Mire, señor agente, a ese hombre no le aguantaba nadie, las cosas como son. Yo no fui el único que se enfadó con él, había muchos que le tenían ganas y algunos eran gente de postín. Que no digo yo que eso sea suficiente para matar a nadie, pero si su muerte es sospechosa busque en las altas esferas, no entre los que todos los días teníamos que aguantarle. Porque era un petardo, sabe usted. Un auténtico coñazo de tío y disculpe por hablar así de un muerto, pero las cosas claras y el chocolate espeso.
Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín
8 de febrero de 2026
12 de enero de 2026
Un sueño hecho realidad
Empiezo el año en el blog
anunciando una noticia largamente esperada, al menos por mí.
Hace más de seis años me embarqué en una aventura con final incierto: escribir una novela. De entrada, me pareció una osadía por mi parte pretender hacer algo así, pero como soy de natural atolondrada y me vengo arriba fácilmente, pues me tiré de cabeza a la piscina.
31 de diciembre de 2025
Quién tuviera melena
—Hay que reconocer que el tipo está de muy buen ver. Tiene muy buena planta, sí señora.
—¿Buen ver?
¿Buena planta? Mira que eres remilgada. ¡Está como un queso! Solo por mirar a
semejante pibón les perdono a esos soplagaitas que nos incordien con sus
cámaras y sus cachivaches. Cuánto trasto para rodar una película.
—Bueno, tampoco
te pongas así porque no es el primer galán que nos visita con esa manía que les
ha dado con rodar aquí... La abuela me dijo que una vez estuvo uno muy alto, moreno,
con las sienes plateadas y con bigote que levantaba suspiros por donde iba. Clark
Gable dijo que se llamaba.
—No creo que
aquel actor supere al rubio este. Es que hay que ver… Mira lo que está haciendo
ahora. ¡Madre mía! Lo que no ha conseguido este sol de justicia lo va a lograr
el gachó: ¡me derrito! ¡¿Lo ves?!
—¿El qué? ¿Que
le está lavando la cabeza a su compañera? No sé qué tiene eso de extraordinario.
Y menos entiendo por qué lo graban.
—Hija, qué sosa
eres. Esa escena rezuma sensualidad por todos los poros. Ya me gustaría a mí
que me lavaran el pelo así.
—Pero ¿qué
dices? ¡Si ni siquiera tienes melena! Eso es cosa del otro sexo.
—Pues qué
lástima haber nacido con el sexo equivocado, entre otras cosas, para no tener
que currar tanto, que somos nosotras las que damos el callo y porque si tuviera
una buena melena me dejaba yo hacer por ese buenorro hasta la permanente.
—No blasfemes,
hermana. Además, en cuanto te acercaras a él te pegaba un tiro. ¿No te das
cuenta de que es un cazador?
—Su personaje
es un cazador, él no.
—¡Lleva rifle!
—Da igual. Me
he fijado y no sabe ni cómo se dispara. No me extraña, con esa carita de ángel…
Además, las balas que usan no son de verdad, me lo contó una colega. Dice que
se acercó a husmear y que otro de los actores se asustó y le disparó con uno de
esos rifles; hizo mucho ruido, pero no le provocó ninguna herida.
—No te fíes. De
todas formas, las armas de los nativos que van con el equipo de la película sí
son de verdad. Yo no me acerco ahí ni de coña. No obstante, esa obsesión por
traer personajes que son cazadores me da mala espina.
—¿Y qué
quieres? Si vienen a rodar aquí no van a ser profesores de física cuántica los
protagonistas. En Kenia no hay muchas universidades, pero sabana y animales
para cazar… los que quieras. Aunque, últimamente ya hay menos.
—¿Cazadores?
—Animales.
—Yo no digo que
aquí se hagan películas sobre profesores universitarios, pero… no sé. El tema
ya cansa. Cualquier día, alguno se mete demasiado en su papel y se pone a
pegarnos tiros de verdad.
—De todas
formas, eres una exagerada. También han venido a rodar películas donde no había
cazadores.
—¿Sí? Dime una.
—Lawrence de
Arabia.
—Tienes razón,
ahí no salían cazadores… de animales, pero había guerras y soldados que también
iban armados. Variaciones sobre el mismo tema. El caso es que hay tiros y
muertos y… peligro. Esta gente está mejor en sus casas, o en los escenarios
naturales de sus países. Que filmen sobre sus cosas y nos dejen en paz a los
demás.
—¡Arrea! ¡Nos
están apuntando!
—¡Corre,
hermana! ¡Corre!
—Nos están
apuntando, pero con las cámaras, so tonta. ¡Nos graban! ¡Joder! Y yo con este
pelaje. Tenía que haberme bañado en el río antes de venir.
—Deja de darte
lametazos. Vámonos antes de que les dé por apuntarnos con otro tipo de
objetivo, como el de una mira telescópica.
—No, yo no me
voy. Quiero que el rubiales se fije en mí.
—Pero tú… ¿te
estás escuchando? ¡Que son humanos! Nos largamos. Ya es hora de conseguir
comida para la manada. Al otro lado de la colina he visto un rebaño de cebras
de lo más apetitoso.
—Que no. Me
quedo. Yo quiero que el rubio me mire con esos ojos azules y que me lave el
pelo.
—Y dale. Que
eres una leona… ¡No tienes melena!
22 de diciembre de 2025
Un paseo por Francia: La bruja turista.
Abandonamos las
playas del desembarco con un sabor amargo en el paladar por tanta muerte inútil
y yo, además, con un buen dolor de cabeza de resultas de mi experiencia
paranormal con los nazis y sus conversaciones telefónicas.
Nuestro siguiente destino era la ciudad de Ruan (Rouen en franchute) que
es la capital de Normandía, famosa por su casco antiguo medieval, su profusión
de iglesias góticas y porque allí se cargaron a Juana de Arco.
Temerosa de que me volviera a dar otro patatús que me hiciera viajar en
el tiempo y harta ya de tantos sobresaltos no me separé en ningún momento de
mis acompañantes. Así recorrí las estrechas calles de Ruan disfrutando de sus
iglesias, de su reloj astronómico y de un espectáculo de luces proyectadas en
la fachada de la catedral donde se hacía un repaso de la historia de la ciudad.
Imbuida de la historia guerrera de Ruan cuando fue asaltada por vikingos
que se asentaron allí y fundaron su propia dinastía con el jefe Rollon (según
la serie de TV «Vikings» era hermano de Ragnar Lodbrok) me paseé por sus calles
imaginándome que por ahí también anduvieron esos aguerridos combatientes
noruegos.
Llegamos hasta la plaza del Mercado Viejo (Vieux Marché en franchute)
donde los ingleses le dieron matarile a Juana de Arco (lo de que los ingleses
anduvieran por Ruan es cosa de la Guerra de los Cien Años, para más información
acudid a cualquier enciclopedia). Entre matojos y hierbas que estaban pidiendo
a gritos que los podaran había una placa que señalaba el lugar donde quemaron a
la alucinada de Juana cual falla valenciana en la Nit del Foc.
El morbo que me embargó estar donde chamuscaron a Juana de Arco hizo que
rompiera mi propósito de no separarme del grupo. Me adentré en la espesura del
jardín, que más parecía vergel salvaje por la falta de cuidados jardineros,
para leer bien la oculta placa. Y al hacer esto… la fastidié.
—¡Qué desagradecidos! —dijo una voz femenina.
No presté demasiada atención porque estaba intentando recordar el
franchute del colegio y traducir «bûcher».
—¡Después de todo lo que hice por ellos me trataron como a una bruja!
—continuó mi interlocutora.
—¡Hoguera! —exclamé yo cuando recordé qué significaba «bûcher» en
francés e ignorando a quien me hablaba.
—Efectivamente, en la hoguera acabé —replicó la voz.
Sin mirar a la dueña de la voz, cerré los ojos y me dije: «Jobar, tengo
al lado a Juana de Arco. Esto es un sinvivir.» Resignada y harta de tanta
aparición me giré hacia mi nueva acompañante. Era una mujer de unos cincuenta
años y no iba vestida de ninguna de las maneras a como representan a Juana, es
decir, con cota de malla y armadura, tampoco presentaba quemaduras en el
cuerpo, algo que agradecí internamente porque hubiera sido muy desagradable.
Aunque no encajaba lo que estaba viendo con quien suponía que tenía delante de
mí, le dije:
—Juana, supongo.
—Sí —me contestó inclinando levemente la cabeza.
A pesar de su afirmación seguía sin cuadrarme lo que veía. Juana de Arco
murió con 19 años y aquella mujer era más mayor. «Tener visiones y
guerrear castiga mucho el cuerpo» me dije.
—No te lo tomes a mal, pero te veo desmejorada. En la estatua que tienes
en tu capilla de la catedral sales bastante más joven.
—¿Yo tengo una capilla en la catedral? —preguntó con los ojos como
platos.
—Claro, porque primero te acusaron de brujería, pero luego rectificaron
y te hicieron santa. ¿No te enteraste?
—No tenía ni idea. ¡Qué cosas! Si me viera mi madre iba a alucinar. A
ella también la acusaron de brujería, pero como confesó solo la azotaron y la
desterraron. Lo mismo debería haberse dejado quemar y ahora también sería santa
—añadió lanzando una carcajada que dejó al descubierto una dentadura podrida y
maloliente.
—¿Tu madre también tenía visiones de dios? —pregunté al mismo tiempo que
me anotaba mentalmente volver a leer sobre Juana de Arco porque, evidentemente,
tenía lagunas al respecto.
—No. Curaba con plantas como hacía yo. No creo que viera a dios en su
vida, huíamos de las iglesias como de la peste —volvió a carcajearse
regalándome otra imagen maravillosa del interior de su boca.
—Vamos a ver —repliqué yo pinzándome el puente de la nariz— ¿de verdad
que eres Juana de Arco?
—No. Soy Juana Harvilliers. Bruja confesa y quemada en la hoguera, para
servirte a ti y al diablo —se carcajeó haciendo un reverencia.
—¡Otra Juana quemada aquí!
—A mí me ejecutaron en Ribemont, unos cientos de kilómetros más al
nordeste.
—¿Y qué haces en Ruan?
—Turismo. ¿Y tú?
—También, pero no sabía que los fantasmas… fueran turistas.
—Vagar por la eternidad es muy aburrido y hay que distraerse como una
puede. Vengo aquí porque hay mucha animación. Parece ser —se arrimó a mí en
gesto confidencial— que aquí quemaron a otra bruja por interés político: les
hizo un favor a los ingleses y luego se la quitaron de encima.
—Ya. Algo he oído yo también. ¿Y a ti por qué te quemaron?
—Por envidia. Se me daba bien curar, pero no iba a misa. Un granjero
enfermó y como no conseguí sanarlo dijeron que yo le había provocado la
enfermedad con solo mirarlo y que por eso había muerto. Un clásico. Me
arrestaron, me torturaron y confesé porque de aquella no iba a salir y cuanto
menos durara el suplicio eso que me ahorraba. Me quemaron y aquí estoy
—concluyó con un gesto de resignación.
—Sí, tienes razón, una historia habitual cuando de brujas se trata.
—Lo que no es tan habitual es que a algunas las hagan santas —dijo
señalando con la barbilla la placa que recordaba el lugar de la hoguera de su
tocaya.
—Ya ves. Ella —señalé yo también la placa— sí iba a misa. A lo mejor ahí
radica la diferencia.
—Puede. Te tengo que dejar, me voy a la catedral.
—¿A misa? —pregunté extrañada.
—¡Qué dices! No entré en ninguna iglesia cuando estaba viva, no lo voy a
hacer ahora que estoy muerta —contestó carcajeándose otra vez—. Voy a ver la
fachada, me he enterado de que ponen un espectáculo de luces muy bonito.
—¡Sí! ¡Mola un montón!
Juana se fue sin decir más despareciendo de mi vista al doblar una
esquina, aunque sus carcajadas siguieron oyéndose unos instantes más.
Con su risa en mis oídos me reintegré al grupo de mis compañeros y nos
encaminamos al hotel, cerca del Sena. Al día siguiente finalizaba nuestro viaje
por Francia, pero antes visitaríamos de nuevo París.
La visita a la capital de Francia, como todas las que he realizado, fue
estupenda, pero eso lo dejaré para otra ocasión porque París bien vale una
misa… y un buen relato aparte.
FIN (fin en franchute)
GLOSARIO
1 de noviembre de 2025
Un paseo por Francia: No son horas.
Con el corazón en un puño debido al encuentro con el soldado Campbell me desplacé unos kilómetros al oeste, hacia una fortificación alemana en la que había varios cañones.
—Esta es la batería de Longues-sur-Mer. Forma parte de una extensa línea de fortificaciones defensivas que los nazis construyeron para protegerse de una invasión de los aliados. A toda la línea defensiva se le llamó Muro Atlántico —me explicó mi marido todo entusiasmado.
El entusiasmo de mi media naranja con el mundo bélico nunca lo he entendido. No conozco a nadie más pacifista que él, por no hablar de que se tiró toda la mili renegando de la pérdida de tiempo, pero sabe más de armamento que muchos ministros de defensa. Paradojas de la vida.
—Estos cañones —prosiguió mi churri con un brillo en los ojos— son de 150 mm.
—¿Quince centímetros? Pero si miden por lo menos seis o siete metros —le repliqué mirando la mole de metal.
—150 mm es el diámetro de la munición —me contestó con cierto tonito condescendiente, sabedor de que yo sobre armas y municiones no tengo ni pajolera idea, como había quedado de manifiesto con mi absurda pregunta—. Son de largo alcance. Desde aquí dispararon a los buques aliados cuando vieron que se acercaban a la costa.
Los cañones en cuestión, que medían bastante más de quince centímetros, estaban protegidos por una especie de carcasa de hormigón armado. Dentro de esa carcasa supuse que se colocarían los artilleros para darles caña a los aliados.
—Disparaban a los buques, ¿y también a los soldados que desembarcaron? Porque desde aquí no se ve la playa —pregunté pensando en el soldado inglés y sus compañeros.
—No, a esos les disparaban desde una línea más cerca de la costa, en los búnkeres que están a unos metros de la arena, donde terminan las dunas.
Mi marido siguió contando aspectos técnicos de los dichosos cañones, creo que dijo algo de que eran de fabricación checoslovaca, pero no estoy segura porque empecé a sentirme mareada. Todo me daba vueltas y caí al suelo. Pensé que había perdido el conocimiento porque al abrir los ojos ya era de noche. Aturdida miré a mi alrededor y no vi ni a mi marido ni a nadie del grupo con el que viajaba. «¿Me han dejado sola?», me dije, enfadada. «¡No me lo puedo creer!».
Sin embargo, no estaba sola. Dos hombres hablaban en voz baja. Su actitud me resultó sospechosa por lo que no me di a conocer. Sin hacer ruido y procurando que no me vieran me acerqué a ellos parapetándome tras un bloque de piedra.
—Ya llegan, tío, ya llegan.
—¿Qué? ¿A qué te refieres?
—Que llegan los aliados.
—No flipes, agonías, que eres muy agonías. No puede ser. El Führer dijo que el desembarco iba a ser en Calais. Es lo lógico, es el tramo más estrecho que separa Gran Bretaña con Francia.
—Pues el Führer se equivoca. Están aquí —replicó el agonías mirando por unos prismáticos—. Estoy viendo varios acorazados y destructores.
—¡Buques de guerra! ¿Estás seguro?
—Pesqueros no son y embarcaciones de recreo tampoco. Estos no vienen de vacaciones.
—¡Joder! Hay que avisar al jefe de la defensa. Voy a pedir que me pongan con el mariscal —dijo el otro soldado acercándose a una radio.
—¿Con Rommel? Pues busca el número de Berlín porque aquí no lo vas a encontrar. Se ha ido a celebrar el cumpleaños de su mujer.
—¿Qué dices? ¿No se halla en Francia? Nos están dando la murga con lo de que los aliados están al caer y ahora que vienen, él se va. ¡Manda huevos!
—Como el parte meteorológico decía que estos días iba a hacer mal tiempo supuso que esta semana no vendría nadie por mar. De hecho, hay bastantes olas. La verdad, no sé cómo se les ocurre a estos —el agonías señaló hacia los barcos— intentar desembarcar con tanta marejada.
—Pues habrá que avisar a alguien.
—Que decidan los que llevan galones. Llama a algún mando.
El aludido habló con alguien a través de la radio y en unos minutos un coche apareció. Del vehículo se bajó un tipo con gorra de plato y con un uniforme de color gris verdoso, en la pechera de su guerrera lucía una aparatosa insignia con un águila y una cruz gamada. Los dos soldados que estaban en el cañón, el agonías y su compañero, se cuadraron en cuanto le vieron.
—¿Qué es eso de que llegan los aliados? Si deciden atacar, será por Calais, el punto más cercano al continente desde la pérfida Albión. Deme sus prismáticos —le dijo el recién llegado al agonías.
—¡A sus órdenes, coronel! —contestó el aludido más tieso que un palo.
Cuando el oficial comprobó con sus propios ojos que los soldados no mentían puso cara de circunstancias.
—¡Ya están aquí! Neutralizaremos la invasión hasta que nos lleguen los refuerzos. Prepárense todos para disparar en cuanto estén a tiro y siguiendo las coordenadas de los observadores —les gritó a los soldados—. Voy a dar orden de ametrallar desde los búnkeres a los efectivos que consigan llegar a la playa. Pero necesitamos que movilicen las divisiones Panzer, que las traigan desde Calais a Normandía. Esa orden solo puede venir del Führer —añadió pinzándose el puente de la nariz—, pero su interlocutor es Rommel. Y el mariscal está en Berlín. Ya podía cumplir años su santa esposa otro día. ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¿Qué hacemos?
Los dos soldados se miraron entre sí porque no sabían si la pregunta era retórica o realmente les estaba preguntando a ellos cómo actuar.
—Voy a llamar yo directamente a la Cancillería del Reich. A ver qué pasa —continuó el coronel para alivio de los reclutas que se vieron exentos de tomar decisiones—. Soldado, páseme la radio.
Tras trastear con el aparato un buen rato, el oficial consiguió línea con Berlín. Allí le dijeron que el jefe estaba de veraneo, en los Alpes. Un buen rato después consiguió comunicación con Berghof, donde se ubicaba la residencia de verano de Hitler. Desde mi escondite asistí a toda la conversación.
—Guten morgen (buenos días, en alemán). Aquí el coronel Schneider. Llamo desde el frente del Muro Atlántico. ¿Está el Führer? Que se ponga.
—¿Guten morgen? —contestaron desde el otro lado de la línea—. Dirá más bien Gute nacht (buenas noches, en alemán). ¡Son las cinco de la madrugada! No son horas de llamar.
—Lo sé, pero necesito hablar con Herr Hitler, es importante.
—El jefe está durmiendo y no le gusta que le interrumpan el descanso porque se pone de muy mala leche, así que deje su mensaje y ya le avisaremos, que no son horas, caramba.
—Dígale que los aliados están desembarcando en Normandía, lejos de Calais. Necesitamos que dé la orden de movilizar las divisiones Panzer, no sabemos cuánto tiempo podremos retenerlos.
—Vale, tomo nota. Cuando se despierte ya le paso el recado.
El coronel cortó la comunicación y se quitó la gorra para rascarse la nuca. A pesar de que hacía bastante frío pude ver cómo sudaba profusamente.
—A esperar —les dijo a los dos soldados que no salían de su asombro tras escuchar la conversación por radio.
Miré el reloj que tenía el oficial, marcaba las 5:30h, y me dije que, siendo alemán, Hitler no tardaría mucho en despertarse así que en breve el coronel recibiría instrucciones. Me equivoqué. Hitler era muy alemán y muy ario para muchas cosas pero en lo de madrugar parecía español porque el tiparraco se despertó a las 12 de la mañana. Ya le vale.
Transcurrieron siete horas amenizadas con un concierto de cañonazos de las baterías hacia los miles de barcos que se veían en el mar y ráfagas interminables de ametralladoras que, desde el borde de la playa, impedían a los desembarcados avanzar. El ruido era ensordecedor. Esas largas horas a mí se me hicieron eternas, porque estaba convencida de que sufría una alucinación y temía los posibles daños cerebrales que me la estaban causando.
Mientras yo esperaba salir de esa pesadilla y el oficial se mesaba su rubio cabello, la radio volvió a sonar. El Führer había despertado ¡Por fin!
—¿Coronel Schneider? —se oyó al otro lado de la línea.
—Al aparato —contestó el rubio.
—Le he pasado su mensaje a Herr Hitler y dice que no se lo cree.
—¿Están dudando de mi palabra? Con el debido respeto: ¡esto es intolerable!
—No. A usted sí le cree. Lo que no se cree es que estén desembarcando de verdad. Piensa que es una maniobra de distracción y que el verdadero desembarco será en Calais, como él ha estado diciendo desde hace meses. Las divisiones Panzer se quedan donde están.
—Vamos a ver. Hay cientos de buques de guerra y miles de lanchas de desembarco. Llevan saltando al agua soldados en cinco playas desde hace ¡siete horas! Esto no puede ser un amago de desembarco. ¡Soldado! —gritó girándose a los artilleros— ¿Cuántos efectivos han llegado ya a las playas?
El agonías, sin dejar de disparar el cañón a su cargo y alzando la voz para que se le oyera respondió:
—Más de cien mil, según nos dicen los de transmisiones, pero siguen llegando muchos más. Y menos mal que los primeros se han ahogado porque los soltaron antes de tiempo. De momento están parapetados tras unas dunas porque las ametralladoras de los búnkeres los mantienen a raya, pero no sé cuánto tiempo vamos a aguantar así si no nos mandan refuerzos, mi coronel.
—¿Ha oído, señor? ¿A usted le parece que desembarcar cien mil soldados es una añagaza?
—Pues a lo peor no. Espere. Voy a consultar.
Volvieron a pasar un par de horas más y entre tanto llegaban más y más soldados aliados, algunos sin ningún tipo de impedimenta porque se habían desprendido del equipo para poder salir a flote, esos eran los primeros en caer abatidos por las metralletas de la línea costera. Sin embargo, las cosas se estaban complicando para los alemanes, porque habían aparecido en el cielo aviones que empezaban a lanzar bombas. Dado que yo estaba ahora en ese bando, y por mucho asco que me dieran los nazis, recé para que se salvaran, al menos los que disparaban el cañón al lado del cual me encontraba.
—Coronel, nos van a aniquilar, son muchos —espetó el agonías—. ¿Cuándo llegan los refuerzos? Esas divisiones Panzer preparadas desde hace meses para combatir la invasión tendrían que estar aquí ya, porque tan cierto es que nos están invadiendo como que yo me llamo Johannes.
El oficial cerró los ojos unos instantes antes de contestar.
—Dejen la posición. Aquí no hacemos nada. No voy a dejar que mueran mis hombres mientras en Berlín o en los Alpes están decidiendo si esto es de verdad o no. Estoy hasta la esvástica de tanto militar que hace la guerra desde un despacho. Daré la orden de retirada a toda la batería. Buen trabajo, soldados. Nos replegamos a Caen.
—¡A sus órdenes, coronel! —respondieron al unísono los dos combatientes.
Una vez que el oficial se fue en el coche, el agonías de Johannes le dijo a su compañero:
—Este —señaló con la barbilla al coronel— acaba gaseado en Auschwitz, se le va a caer el pelo por dar la retirada.
—Eso no es problema nuestro. Coge la radio que nos largamos.
—¡Espera! Hay alguien ahí, he visto una sombra.
Por desgracia, la sombra a la que se refería el agonías era yo. Cuando fijó la vista y me vio bien, se encaminó hacia mí con la mano levantada.
—¡Una espía!
Cerré los ojos en un reflejo instintivo para no ver lo que se me venía encima. Entonces sentí un cachete flojito en la cara, muy suave para venir de un soldado alemán que se encaraba con quien él creía una espía. Abrí los ojos y vi el rostro de mi marido.
—Te has desmayado. ¿Qué te ha pasado? Menos mal que ya vuelves en ti. Parece una bajada de tensión —me dijo mirándome detenidamente— Vamos a tomarnos un café para que te repongas, aunque ya es algo tarde y los franchutes cierran muy pronto los bares. Lo mismo no encontramos nada abierto.
—Claro, tanto bombardeo y tanto esperar a que Hitler se despierte... hemos perdido el tiempo —añadí yo aún aturdida por lo que acababa de vivir.
—¡¿Qué?!
—¡Que no son horas!





