“Una saga de mujeres aristócratas con unas vidas marcadas por el viaje. Tres hermanas, que llegan a Manila arrastradas por el sueño de su padre. En un clima de tensiones políticas, estas mujeres lucharán por encontrar el hueco que las defina a sí mismas, en la masonería, en la familia, o en la sociedad clasista de la segunda mitad del siglo XIX, pero, sobre todo, en un país bello y a la vez hostil que las cambiará para siempre”
Esta sería la sinopsis de la novela. Según esta sinopsis el título de filipinianas es muy apropiado. Y lo es, solo que es oportuno bien mediado el libro, porque a Manila llegan estas tres mujeres cuando se ha pasado el ecuador de la novela. Previamente las tres mujeres protagonistas (o casi todas ellas) han estado en Toledo, Madrid, Palma de Mallorca y Alejandría. Quiero recalcar con esto que la introducción a la trama –si es que tanta página previa a Filipinas fue una introducción– me pareció excesiva.
Porque según iba leyendo tenía la sensación –muy habitual en algunas novelas– de que se contaban muchas cosas pero en realidad no estaba pasando nada. Al llegar a Filipinas –por fin– parece que la cosa se anima pues arriban en los meses previos de la guerra que acabaría con la independencia de esa colonia. Como se cita a Baler –el lugar donde resistieron absurdamente los últimos de Filipinas– y también a célebres cabecillas que dirigieron la revuelta yo me hice ilusiones.
El caso es que fue eso, una ilusión, porque lo que prometía se quedó en nada, al menos para mí.
Definiría a esta novela como “lo que podría haber sido pero no fue”. Podría haber sido un alegato sobre el papel de las mujeres en el siglo XIX y la rebeldía de algunas ante la subyugación establecida. Podría haber sido un alegato sobre el colonialismo y los colonos integrados en el país que los acogió y que deben abandonar todo por decisiones meramente políticas y odios estimulados espuriamente por objetivos oscuros. Podría haber sido muchas cosas pero al final es una historia algo ñoña y liviana.
De un tiempo a esta parte me descubro a mí misma muy picajosa a la hora de leer, me fijo demasiado –esto no sé si es bueno o malo– en detalles que a lo mejor no tienen tanta importancia. El caso es que, o tengo muy mala suerte, o he desarrollado un sexto sentido para captar gazapos. Lo peor es que cada vez los aguanto menos.
Previamente a esta novela abandoné una ambientada en el siglo XV porque en un momento dado aparecía un personaje portando un cubo y ¡una fregona! Fue tal el mosqueo que me agarré que cerré el libro y no seguí. En esta novela que nos ocupa he encontrado también algunos errores –quizás no de tanto calado como el que acabo de exponer–. Cuando se cita a Hipatia de Alejandría se refieren a ella como “la directora de la Biblioteca de Alejandría”, algo totalmente falso.
Además, y esto me molestó más que ese cargo imaginario adjudicado a Hipatia, los diálogos me parecieron simplones y poco trabajados. Se describen situaciones absurdas como que un personaje abandone el puesto de cónsul en Alejandría para cumplir su sueño que consiste en tocar el órgano en la catedral de Manila. Todo esto añadido a una historia que podía haber sido excelente y que se quedó a medio gas, hizo que esta lectura me decepcionara y me dejara desorientada a partes iguales.
Mi decepción y desorientación se debe a que hace varios años leí la continuación de esta novela (Tiempo de arena). Si leí la segunda parte antes que la primera fue por puro desconocimiento y porque tengo la desagradable manía de ponerme a leer libros sin documentarme previamente sobre el autor y su bibliografía. Cuando leo una sinopsis atractiva me tiro de cabeza a la piscina y así me va.
El caso es que aquella segunda parte –que yo leí primero– me gustó mucho. Viendo lo poco que me ha gustado ahora la primera, ya no sé si yo he cambiado, si la que cambió fue la autora que escribió mejor y se lo curró más en la segunda o qué demonios ha pasado. Podría averiguarlo leyendo por segunda vez la segunda parte que previamente leí primero –esto se está pareciendo a una crónica de la Guerra de las Galaxias con tanto episodio hacia adelante y hacia atrás, mil perdones–, pero no me apetece. Me quedaré con la incógnita.
De todas maneras, a mí me gusta ser positiva y extraer conclusiones válidas incluso de las lecturas mediocres –de las malas lecturas solo saco conclusiones negativas porque mi positivismo tiene sus límites–. Así que de esta novela destacaré las buenas descripciones de Filipinas, de Manila en concreto, y el romanticismo implícito en toda la historia con sus amores aventureros y revolucionarios.
Otra conclusión extraída de esta lectura es que a partir de ahora no pondré calificación de “kirkes” al final de la reseña, porque ya no estoy segura de que algo que me gusta ahora me siga gustando dentro de unos años o viceversa. Si no me apetece releer algunos libros para comprobar si mis gustos han cambiado menos me va a apetecer repasar el blog cada dos por tres.






