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21 de junio de 2025

El suero de la vida

 El relato que viene a continuación es una versión del cuento de los hermanos Grimm, "El agua de la vida" y como ejercicio para el taller de escritura Bremen que propuso esta historia como una de nuestras tareas. Dado que este es un cuento poco conocido (una servidora no tenía noticia de él), pongo seguidamente un breve resumen del mismo.

Un rey está gravemente enfermo. Un anciano revela a los tres hijos del rey que el agua de la vida puede curar a su padre. 

Los dos hijos mayores, movidos por la ambición, emprenden la búsqueda. Sin embargo, su arrogancia y falta de cortesía les impiden superar los obstáculos que encuentran en el camino. 

El hijo menor, por su parte, muestra humildad y amabilidad. En su camino, se encuentra con un enano que le pide ayuda. El joven príncipe, a diferencia de sus hermanos, no duda en ayudarlo y, a cambio, el enano le revela dónde encontrar el agua de la vida y cómo superar los peligros del castillo. 

El joven príncipe llega al castillo, encuentra el agua, libera a la princesa encantada y también recibe la promesa de casarse con ella y heredar su reino. 

Al regresar a casa, sus hermanos, celosos, intentan robarle el agua y la princesa, pero el joven príncipe, gracias a su bondad y sabiduría, logra frustrar sus planes. 

Finalmente, el príncipe regresa a casa con el agua de la vida, cura a su padre y se casa con la princesa, recibiendo su reino como regalo. 


EL SUERO DE LA VIDA

Había una vez un reino muy lejano llamado Gea, sus habitantes vivían felices y despreocupados hasta que una plaga los azotó. Una extraña enfermedad empezó a atacar a sus moradores. Lo que al principio eran unos simples escalofríos poco a poco derivaba en fiebre muy alta, dificultad para respirar y un colapso total que, en la mayoría de los casos, terminaba con la muerte.

El rey de Gea, Oms, no sabía qué hacer. Consultó a todos los sabios del reino, pero estos no sabían qué estaba ocurriendo. Algunos aseguraban que el mal había surgido en una zona del reino caracterizada por el hacinamiento de la población y por tener muchos murciélagos en los alrededores de un mercado famoso por su insalubridad. Otros comentaban que la enfermedad había sido creada en las cuevas que algunos alquimistas utilizaban para sus prácticas arcanas y que, por un descuido o por mala intención (en esto no había demasiado consenso), el patógeno había escapado de las profundidades para atacar a todo el reino. Fuera por un motivo u otro, el caso es que los súbditos de Oms morían a millares.

Oms, desesperado, se reunió con sus tres hijos. Había que buscar un remedio y serían ellos los encargados de encontrarlo para demostrar que la corona se preocupaba y se implicaba con los problemas de sus súbditos.

Primero envió a su primogénito, Supremacista, un fornido joven al que le gustaba vestir con ropa militar. No pertenecía al ejército porque la disciplina castrense se le antojaba demasiado exigente para su forma de ser, pero reconocía que el porte y prestancia de un buen uniforme militar, con sus insignias y sus condecoraciones, daba lustre a su persona. El conjunto quedaba niquelado con el corte de pelo al cepillo y unos brazos tatuados con simbología étnico-fóbica. Supremacista se fue caminando por el bosque y allí se encontró con una anciana que, con voz desfallecida, le pidió que le ayudara a llevar leña, algo que para él sería muy fácil dado los desarrollados (y tatuados) músculos que mostraba en sus brazos. Pero el primogénito de Oms le ordenó, con muy malos modos, que se apartara de su camino pues con sus peticiones estorbaba la misión tan importante que le había sido encomendada y que estaba por encima de ayudar a una vieja decrépita.

A pesar de la mala educación del forzudo, la mujeruca se interesó por la naturaleza de esa importante misión. El musculitos la informó desabridamente y ella le indicó que siguiendo un sendero que cerca de allí nacía podría encontrar el remedio a esa enfermedad para que todos se curaran.

El primogénito del rey siguió las indicaciones de la anciana pensando que lo de que se curaran todos le traía sin cuidado porque lo que realmente le importaba era él y su círculo más cercano. Al poco, se sintió cansado y se tumbó a la sombra de un roble centenario; soñó que todo lo que estaba pasando era una oportunidad del destino para llevar a cabo una selección de los más favorecidos y así crear una raza superior donde los débiles habrán desaparecido gracias a la plaga, especialmente los ancianos que eran los más sensibles y en este caso, además, se ahorrarían un montón de pasta en jubilaciones.

Cuando Supremacista le comentó a su padre cuál sería la solución, es decir, dejar morir a los habitantes de los barrios más pobres (haciendo hincapié en ser especialmente rigurosos con las residencias de ancianos), el monarca no lo vio claro por lo que decidió enviar a su segundo hijo viendo que el primero no le daba una respuesta apropiada a tan peliagudo problema.

El segundo hijo en la línea de sucesión se llamaba Beato que, al contrario que su hermano mayor, era de poca envergadura tirando a enclenque y de aspecto enfermizo. En el mismo bosque, Beato se encontró a la misma anciana que también le requirió ayuda para transportar su hato de leña. Beato se apartó con una mano en sus reales napias porque el aspecto de la vieja era desaliñado y su olor corporal echaba para atrás. No obstante, no le negó por completo su ayuda: prometió que rezaría fervientemente para que ella recuperara las fuerzas de cuando era joven y así poder llevar la leña e incluso un árbol entero si era preciso. La mujer, a pesar de la negativa piadosa de Beato, se interesó por él y éste le comentó la misión que le había encargado su padre. Ella le indicó dónde se ubicaba una cueva famosa por recurrentes manifestaciones mágicas. Beato se persignó ante la mención de magia, pero decidió hacer caso a la mujer. En la cueva vio una piedra antropomorfa en precario equilibrio y él se postró de rodillas porque vio en esa roca la figura de la Virgen. Se reafirmó en su idea cuando la piedra (ya dicho, en precario equilibrio) se cayó al suelo por efecto de la genuflexión, algo que para Beato era una señal divina. Cargó con la supuesta imagen y se la llevó a palacio con la idea de construir una basílica en su honor y así recibir la inmensa gracia mariana de librar al reino de la epidemia que los estaba azotando.

Oms miró y remiró la piedra que le trajo su segundo hijo y, por más que le insistió éste, él no vio la imagen de ninguna mujer, ni virgen ni impura. Mucho menos pensó que esa sea la solución para el terrible problema que tenían encima.

Viendo la inutilidad de la que hacían gala sus dos hijos varones, Oms no tuvo más remedio que acudir al último de sus vástagos, Inmunidad, su hija pequeña. La muchacha nunca dio muestras de una especial inteligencia, pero la verdad es que la niña era más espabilada de lo que todos creían. Su fingida estulticia se debía al desánimo que la embargó desde que se dio cuenta de cómo eran sus dos hermanos destinados a gobernar el reino cuando su padre faltara porque, según una ley escrita milenios antes en el inicio de la dinastía, las mujeres no podían, bajo ningún concepto, reinar en Gea.

Inmunidad se encaminó al bosque y allí se topó con la anciana habitual. Cuando ésta le pidió ayuda con la leña, a pesar de que la chica era poco más fuerte que la abuela, decidió ayudarla y acarreó la provisión de madera hasta la cabaña de la vieja. Esta, agradecida, la invitó a un frugal refrigerio. Al tiempo que la chica se comía un delicioso chocolate con churros, la anciana le entregó un frasco sellado con un tapón de cera y un pliego con unas extrañas frases. La niña preguntó qué era eso y la anciana le contestó enigmáticamente: «El remedio para tu reino. Con este suero podrás curar a todos los contagiados por el mal y con la fórmula que en el papel está escrita podrás hacer más pociones que protegerán a los que aún no hayan padecido dicho mal. Tu búsqueda ha finalizado.» La niña, de natural curioso, le preguntó cómo había obtenido el remedio y la longeva mujer le comentó que del suero de una vaca infectada con una enfermedad semejante. La niña se llevó la fórmula y el frasco a palacio.

Cuando el monarca preguntó qué era lo que traía, su hija le comentó que era una vacuna (el nombre le vino en ese mismo momento al recordar el animal del que consiguió la abuela obtener el suero).

Oms, aunque seguía sin ver claro que aquello pudiera servir para algo, aceptó utilizarlo porque de todos los remedios que le habían traído hasta el momento era el único que tenía visos de poder funcionar. Lo probaron con un par de lacayos que habían caído enfermos y estos curaron en un par de días.

Convencido de que la niña, esa que parecía medio tonta, era la que había conseguido salvar al reino, decidió probar consigo mismo para evitar el contagio, tal como Inmunidad le contó que podía servir esa vacuna.

Sin embargo, Supremacista y Beato, envidiosos del éxito de su hermana, cambiaron el suero por una mezcla de aguas residuales donde se habían bañado varios contagiados por la enfermedad. Oms, entonces, contrajo la enfermedad;  entre terribles toses y tiritando por la fiebre mandó recluir a su hija en las mazmorras más profundas del palacio.  

Pasaron varios meses, la población seguía sucumbiendo ante el mal y el rey estaba a punto de espicharla, mientras Inmunidad languidecía en una insalubre mazmorra.

Una mañana, la anciana llegó a las puertas del palacio. Quería proponerle un negocio a la muchacha que tan amable se había mostrado con ella: montar una botica real. La cría debía convencer a su padre para que les diera un local y capital para arrancar el negocio y ella, la anciana, pondría su saber y conocimiento de las plantas y de los sueros obtenidos de los animales. Pero le denegaron el acceso por su aspecto calamitoso. Ella se despojó de sus ropas malolientes y se acicaló las greñas. Como si de una crisálida se tratara, surgió por efecto del aseo, una mujer que, sin ser una belleza, mostraba unos rasgos agradables. La renovada anciana (que ahora parecía menos anciana y más una sexagenaria de las que se lo pasan pipa con los viajes del IMSERSO) pidió audiencia con el rey para preguntar por Inmunidad.

La introdujeron en la cámara real donde Oms estaba a un paso de irse al otro barrio. Allí también se enteró de la situación en la que se encontraba su futura socia. Entonces, la hechicera (pues esa era su ocupación verdadera) se dispuso primero a curar el rey (con el mismo remedio que le había entregado a Inmunidad y que sus alevosos hermanos habían cambiado). Una vez que el monarca sanó, le contó toda la verdad.

Inmunidad fue liberada y pasó derechita a ser la heredera del trono después de abolir la ley sálica que ya tocaba cambiar por rancia y obsoleta.

Supremacista y Beato fueron despojados de su derecho al trono, además tuvieron que cumplir una condena de varios años como personal de la limpieza en sendos hospitales donde se restablecían los convalecientes de la plaga.

Años después, con Inmunidad en el trono tras el fallecimiento de su padre por causas naturales, la hechicera ganó el premio Nobel de la recién creada ciencia de la Microbiología por la vacuna que contribuyó al exterminio de la epidemia que a punto estuvo de acabar con Gea

Y colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

 

NOTA. Tanto los personajes como los hechos reflejados en esta historia son exclusivamente fruto de la imaginación de su autora. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.






4 de mayo de 2025

Ayho, ayho, qué duro es trabajar

 

No podía seguir viviendo allí. Que su padre se volviera a casar después de perder a su madre trágicamente a Marisol le pareció una traición.

La nueva mujer de su padre era una belleza y Marisol debía reconocer que desde el primer momento intentó ser amable. Le prestaba vestidos de su amplio ropero y compartía con ella trucos de belleza. «Eres guapísima, Marisol. No le sacas suficiente partido a tu físico. Si me hicieras caso podrías presentarte a Miss Universo», le decía su madrastra mirándose las dos en el gran espejo que presidía su amplio dormitorio.

Aun así, a Marisol no le caía muy bien. Parecía maja, pero resultaba algo cargante con lo de la belleza y el físico. Demasiado superficial.

 Para tomar distancia, y mientras se aclaraba qué hacer con su vida, se buscó un trabajo como monitora de un campamento de verano. En un enclave montañoso, Marisol debía encargarse de los niños que ocupaban una de las múltiples cabañas que formaban parte del centro de ocio. Pero no solo era responsable de las actividades de los chiquillos, también debía limpiar la estancia, hacer la comida y ocuparse del aseo personal de los niños, todos hijos de personalidades prominentes de la sociedad pues allí iban a pasar las semanas estivales los retoños de ministros, empresarios y hasta algún aristócrata. Era un campamento de pijos.

Marisol no estaba acostumbrada a trabajar porque la situación económica de su padre era muy desahogada, por eso no estaba llevando muy bien su decisión. Además, no le gustaba su trabajo. Acababa la jornada extenuada y de mal humor. Al intenso esfuerzo que debía realizar tenía que añadir el mal carácter de los niños a su cargo. Todos eran unos consentidos; criados en la abundancia pensaban que el mundo estaba a su servicio, en especial las personas que los rodeaban como era el caso de Marisol. Asimismo, algunos destacaban por características que provocaban un especial rechazo en la joven.

De hecho, a los siete que tenía a su cargo no los soportaba.

Uno de ellos era al sabiondo que siempre estaba corrigiendo a los demás. Los psicólogos a los que le llevaron sus padres dijeron que tenía un coeficiente de 125, lo que no era óbice para que la criaturita fuera un repelente insufrible. «No se dice ‘a por pan’ sino ‘por pan’. Dos preposiciones no pueden ir juntas»; «La capital de Canadá no es Toronto es Ottawa».

En la cabaña había otro niño que siempre estaba protestando, a cualquier actividad que realizaban le ponía pegas. «¿Ahora vamos a salir a hacer senderismo? Ayer llovió mucho, estará todo embarrado»; «¿Por qué tenemos que trepar a un árbol? Es más seguro quedarse abajo»; «Mi cabaña tiene humedad, necesito un deshumidificador que purifique el ambiente». Un incordio.

En contraposición, uno de los compañeros del gruñón, andaba contento a todas horas. Una sonrisa bobalicona le rondaba siempre en la cara. Tanta alegría y sonrisitas también le molestaba a Marisol, a veces tenía la sensación de que se estaba cachondeando de ella.

Con otro, la hora de levantarse resultaba una tortura, no había manera de hacerlo despertar. Remoloneaba en su cama y Marisol empleaba más de un cuarto de hora en sacarlo de allí. «¡Joooo! Déjame un poquito más. Si apenas he dormido nada. Se está tan bien en la cama…»

Había uno que siempre se quedaba rezagado por timidez. Nunca participaba en los juegos, se quedaba relegado un rincón apartado y los demás se burlaban de él. A este, Marisol, le apreciaba o sería más correcto decir que le daba pena.

Otro no hablaba absolutamente nada, pero no por timidez, sino porque era un engreído que pensaba que los demás no eran merecedores de su atención. Sus padres eran aristócratas y se codeaban con la Casa Real; desde la cuna le habían inculcado un sentimiento de superioridad sanguínea. Siempre se le veía con la barbilla levantada en un gesto de desprecio hacia los demás. De todos los niños que consideraban a Marisol una criada, este era el que más alarde hacía de ello. Un imbécil.

El último de los siete niños de la cabaña era alérgico al polen y merecía especial atención. Marisol no entendía cómo a un niño así lo mandaban a un campamento en plena naturaleza. Se tiraba todo el día estornudando. De vez en cuando, se sonaba la nariz, aunque lo habitual era que no lo hiciera porque siempre le colgaban de la napia dos velas perpetuas que a Marisol le daban mucho asco, pero aún era peor cuando le daba por sorberse los mocos, el ruidito que hacía era sumamente molesto.

¡Menudos siete imbéciles que le habían tocado en suerte! No los aguantaba.

Sin embargo, su labor en el campamento tenía un lado amable. Entre sus compañeros había un monitor que estaba buenísimo. Un morenazo cachas que hacía ostentación de su físico en todo momento porque, a lo largo del día, se le presentaban numerosas ocasiones para poner de manifiesto sus capacidades: subir por una cuerda hacia lo alto de un árbol, escalar una pared rocosa, correr bajo la lluvia. Un portento. El pibón tan solo tenía un pequeño defecto: era algo simple, por no decir tonto de capirote, pero era tan, tan guapo…

Se notaba que al cachas le hacía tilín Marisol porque a menudo le daba palique en un intento de ligársela. Y ella se sentía halagada. «Deja que te ayude» le decía mientras que, sin apenas esfuerzo, levantaba en vilo una de las camas para que Marisol pudiera recoger mejor la ropa tirada que los niños habían dejado en el suelo. «¿Necesitas más leña para la hoguera de esta noche? He visto un abeto de diez metros, te lo puedo trocear en un momentito».

Entre los requiebros del musculitos y el inmenso trabajo que le daban los niños, Marisol se dedicaba también a rechazar las constantes llamadas de su madrastra que no hacía más que rogarle que volviera a casa. Su padre se había vuelto a liar con otra abandonando a su segunda mujer.  «Vuelve, Marisol. Juntas podemos vivir felices».

Pero Marisol no quería volver a pesar de lo duro que resultaba trabajar y que cada día estaba más agotada. Pero, aun así no quería regresar porque hacerlo sería una derrota.

Cierto día llegó la furgoneta de las provisiones, pero en lugar del amable conductor que cada cuarenta y ocho horas traía existencias, del vehículo se bajó una mujer. Aunque la capucha de su sudadera apenas permitía contemplar el rostro y los holgados vaqueros no se ajustaban a su figura se podía adivinar que bajo tan poco favorecedoras ropas se hallaba una mujer atractiva. Su manera de hablar era tosca y con un fuerte deje barriobajero, pero sus movimientos eran, a pesar de todo, elegantes y delicados.

«¿Qué pasa, tía? Esto debe ser un rollo patatero aguantando tanto niñato pijo». «¡Menuda cara tienes, tronca! Normal, rodeada de estirados. A mí me daría un chungo si tuviera que estar todo el día con gente así».

Aunque Marisol no le seguía el rollo a la nueva transportista, debía reconocer que sentía cierta afinidad con ella y que lo que le decía estaba cargado de razón.

Uno de los días que tocaba reparto, la macarra se le acercó con gesto de complicidad y, a la vez que se aseguraba de que no las observaban miradas indiscretas, le entregó una bolsita de plástico en cuyo interior se veía un triturado de hierbas o algo parecido. «Para ayudarte en el curro» fue la escueta explicación de la conductora. Marisol no sabía qué era aquello y, ante la mirada interrogante de la muchacha, la transportista le aclaró: «Líate un petardo con esto. Vas a aguantar lo que te echen».

Tras rebibir unas breves explicaciones sobre cómo confeccionar un cigarro con el material que tenía, Marisol decidió hacer caso a su nueva colega y aquella noche, después de la agotadora jornada, se fumó el primer canuto de su vida. No sería el último.

A partir de aquella noche Marisol estuvo irreconocible, una sonrisa perenne le adornaba la cara. Daba igual las veces que tuviera que recoger la cabaña de los siete maleducados a su cargo, o el tiempo que empleaba en despertar al dormilón del grupo, o que fuera corregida varias veces por el sabiondo, ella se mostraba feliz y sonreía contenta, incluso cantaba. Los niños, contagiados de su felicidad, cantaban con ella y hasta compartían sus tareas: «Ayho, ayho, te vamos a ayudar».

La nueva actitud de Marisol también afectó al musculitos. Sus requiebros no hacían apenas mella en ella. La muchacha, dentro de la renovada felicidad que le procuraba el fumeteo, se mostraba ausente en ensoñaciones románticas. El macizo la sorprendió un día canturreando «Tal vez muy pronto ya mi príncipe vendrá»; no sintió que estuviera pensando en él porque músculos tenía de sobra, pero le faltaba sangre azul. Marisol deseaba enamorarse, pero estaba claro que él no era un buen candidato.

«¿Un príncipe? ¡No me jodas!» fue la reacción que tuvo la transportista macarra cuando la oyó canturrear la misma tonada, «¡Serás rancia!». Pero Marisol notaba que le faltaba algo para sentirse completa, necesitaba su media naranja. «Lo mismo deberías pensar en princesas en lugar de príncipes, tía. Te pega más. Los tíos con los que te rodeas ya ves que no te molan nada» le respondió la repartidora de víveres cuando Marisol insistió en su romántico deseo. «¿Enamorarme de una mujer? Pero, qué cosas se te ocurren. Ni se me ha pasado por la cabeza», «Tampoco se te pasó por el coco darle a la marihuana y mira la afición que le tienes ahora…».

La macarra y Marisol se enrollaron una noche de luna llena detrás de la cabaña donde dormían los siete niñatos y mientras el cultureta hacía sentadillas en el barracón donde dormían los empleados. La intimidad necesaria en el encuentro obligó a que la nueva amiga de la muchacha se despojara de la sudadera, con capucha incluida, que permanentemente llevaba puesta la susodicha. Fue entonces cuando se reveló la verdadera identidad de la supuesta barriobajera: era su madrastra.

Tras aquella noche de desenfreno y descubrimientos sorprendentes Marisol abandonó el campamento y se fue con su antigua madrastra y actual amante.

Viven felices en el apartamento de la playa que consiguió su reciente novia tras el divorcio de su padre. Por las noches se las suele ver juntas por la orilla del mar, cogidas de la mano y cantando: «Ayho, ayho, nos vamos a nadar».





22 de marzo de 2025

Qué bien se está en la cama


Este relato es una versión del cuento de los hermanos Grimm "La Bella Durmiente"

***

Había una vez un reino muy lejano donde el rey y la reina esperaban su primer retoño. Toda la corte anhelaba el maravilloso momento en que naciera el heredero a la corona.

El tan ansiado día llegó y el heredero resultó ser una niña preciosa. Nació con las primeras luces de una linda mañana y Aurora la llamaron. La nena era un encanto porque apenas lloraba y no se hacía sentir ya que la mayor parte del tiempo lo pasaba dormidita en su cuna. Un amor.

La calma que la acompañaba debida a ese afán por dormir se tornó en preocupación cuando el bebé dormía prácticamente todo el día. Tan solo abría sus somnolientos ojos para mamar de las ubres de su oronda nodriza y hasta esto lo hacía medio dormida pues al quinto o sexto chupeteo dejaba de nutrirse para sumirse en el profundo sueño que tanto le gustaba.

—Esto no es normal —se quejó el rey y padre de la heredera—. Aurora está en la edad de gatear y decir algunas palabras, pero se pasa las horas en la cuna durmiendo.

—Seguro que es una fase —la exculpaba la reina y madre de la retoña—. Esperemos un poco más, verás cómo al final es una niña despierta y lista.

La espera fue en vano porque con la tierna edad de tres añitos Aurora seguía sobando a todas horas. La corte comenzó a murmurar que una maldición rondaba a la futura soberana y señora del reino.

—Nunca han sido muy laboriosos los reyes anteriores —se atrevió a comentar un palafrenero con fama de deslenguado y de ideas republicanas—, y casi todos se han caracterizado por una pereza exasperante, pero esta princesa va a dejar el listón muy alto ya que parece que ni siquiera quiere abandonar la cama.

Así transcurrieron varios años más hasta que la situación se hizo insostenible cuando la ya adolescente heredera seguía roncando a pierna suelta en sus aposentos porque, tal como ella comentaba las pocas veces que estaba despierta, se estaba muy bien en la cama.

—Sufre narcolepsia —comentó el médico real tras examinar a la princesa y hacerle varias pruebas diagnósticas entre las que se encontraba observar atentamente sus heces y orina.

—Narco… ¿qué? —preguntó el rey que, aunque era muy instruido, esa palabra no la había oído nunca.

—Narcolepsia —repitió el galeno—. La narcolepsia es un trastorno del sueño que genera somnolencia durante el día. Las personas que la padecen pueden tener dificultad para permanecer despiertas durante mucho tiempo. Se duermen de forma repentina. Esto puede causar problemas graves en su rutina diaria.

—¿A qué os referís con causar problemas graves en la rutina diaria, doctor? —preguntó muy preocupada la reina.

—En el caso de Aurora que no saldrá de la cama —fue la tajante contestación del facultativo.

—¿Y qué se puede hacer? —se interesó el rey.

—No se tiene conocimiento de remedio para este mal. No hay cura, majestad —volvió a asentir tajantemente el doctor.

—Este médico es muy bueno pero tanta sinceridad y rotundidad me cargan un poquito —reconoció el rey a su mujer cuando estaban ya a solas.

—¿Qué vamos a hacer con la niña? —preguntó angustiada la reina.

—Disculpad, majestad —interrumpió una mujer que había sido nodriza de la reina y que seguía, a pesar de su larga edad, en la corte como dama de compañía—. Conocí a alguien que padecía el mismo mal que nuestra querida Aurora y consiguió sanar gracias a la intervención de una curandera que vive en el bosque.

—¡Vete a buscarla! —gritó la reina alborozada y nerviosa a la vez.

—Un momento —dijo el rey—. No nos precipitemos. ¿Cómo que curandera? ¿No será una bruja? Si vive en el bosque…

—Curandera, bruja. ¡Qué más da! Lo que tiene que hacer es librar a la niña de su enfermedad, me da igual cómo.

Llamaron a la curandera-bruja y esta se personó en el palacio. Aunque era de pequeña envergadura y muy poquita cosa, a su paso todos se retiraban con cierto respeto y temor porque la fama que la precedía no era muy buena. Entre las comadres se decía que era capaz de convertir en gallinas a quienes la incomodaban y, dado el carácter huraño de la mujer, se sentía incomodada con bastante facilidad. Además, el tufo que desprendía su ropa a moho y sudor tampoco ayudaba el acercamiento a su persona.

—La cosa está chunga —espetó la bruja. Además de huraña era muy vulgar hablando—. Esta niña necesita un estímulo, algo que la mantenga despierta porque le resulte interesante.

—¿Y qué hierba o cocimiento sería el adecuado? —preguntó el rey y padre de la heredera.

—¡Qué cocimientos ni qué niño muerto! —espetó la mujeruca—. Para estimularse y mostrar interés necesita un buen maromo que la entretenga.

—No entiendo —balbució la reina y madre de la adolescente.

—Necesita un hombre que la divierta como realmente se divierte bien una mujer —replicó la bruja riéndose a carcajadas y mostrando unos dientes llenos de manchas y caries.

—¡Ay! Pero antes deberá casarse —exclamó la reina que ya había entendido lo que la curandera quería decir.

—Y no con cualquiera —añadió el rey—. Debemos buscar un pretendiente acorde a su rango. Tiene que poseer sangre azul.

—El color de la sangre y el ringorrango que tenga el susodicho da lo mismo —intervino la bruja—, lo importante es que esté bien dotado para que la nena se satisfaga.

—Por supuesto que tendrá que aportar una dote porque se va a llevar un reino con ese matrimonio —dijo la reina que había vuelto a no enterarse de lo que quería decir la sanadora.

—Querida, creo que esta mujer se refiere a otro tipo de… dotación —puntualizó el rey a su esposa pues él sí había entendido las palabras de la hechicera—. Va a ser complicado averiguar ese tipo de atributos en los posibles candidatos, pero algo habrá que hacer si no queremos que nuestra dinastía se extinga y el populacho aproveche la ocasión para gobernarse sin necesitarnos a nosotros.

Varios heraldos recorrieron los reinos adyacentes buscando un pretendiente para Aurora. Indagar que, además de tierras y riquezas, tuviera unas excelentes cualidades varoniles resultó lo más difícil de la misión, pero el rey contaba con una buena red de espionaje cuyos miembros eran capaces de informarse de todo, incluso de qué aspecto tenían los candidatos cuando se desnudaban.

—Ha sido muy complicado, majestad, pero creo que ya tenemos al pretendiente ideal —informó al monarca el privado del reino, un duque algo estirado y lameculos.

—¿De quién se trata? —preguntó el rey.

—Es el hijo menor de un reyezuelo que se encuentra en los confines del continente. Puede que su alcurnia no sea la más adecuada, pero… es famoso por su vigor en la cama. No sé si me explico, majestad.

—Perfectamente —contestó el soberano haciendo un gesto con la mano para que el valido no entrara en más detalles—. Sea, organicemos las nupcias y que la noche de boda tenga lugar lo antes posible, a ver si acabamos con este enojoso problema.

Los esponsales se realizaron una soleada mañana de primavera. Guirnaldas, banderines y farolillos adornaron la capital del reino para celebrar tan festivo día. Aurora iba vestida con un precioso traje cuajado de perlas y diamantes, mientras que a su lado se hallaba el que iba a ser su esposo, un príncipe algo bajito, con poco pelo y muy poco agraciado. Nadie entendía por qué alguien tan feúcho se había ganado la mano (y todo el resto del cuerpo) de la heredera, pero ya se sabe que los designios de la realeza se escapan al entendimiento del populacho.

De toda la parafernalia que rodeó el evento, Aurora se enteró de nada y menos, porque anduvo adormilada todo el tiempo. Tan solo salió de su sopor para musitar un desmayado «Sí, quiero» cuando el obispo le preguntó si aceptaba a su pretendiente como esposo.

Tras el banquete nupcial los recién casados se retiraron a los aposentos preparados para esa primera noche como marido y mujer. Toda la corte permaneció expectante en la antesala de las habitaciones esperando no sabían muy bien qué.

A los pocos minutos la espera dio resultado. Unos gemidos de placer se empezaron a escuchar. Esos gemidos fueron seguidos por auténticos gritos provenientes de Aurora entre los que se intercalaban frases del tipo «Sigue, no pares» «Así, así» «Qué bien». La orquesta de suspiros y muestras de alborozo duró toda la noche y parte de la mañana del día siguiente. Tan solo se interrumpió cuando unas criadas se internaron en la habitación de los recién casados para proporcionarles condumio que les ayudara a reponer las fuerzas gastadas durante el fornicio nocturno.

Han transcurrido varios meses, Aurora sigue sin salir de sus aposentos, aunque ahora no pasa allí sola las horas durmiendo sino en la agradable compañía de su esposo con el que no para de entretenerse, tal como había prescrito la curandera. En esta ocasión, en lugar de los habituales ronquidos de antaño lo que se escuchan son los gemidos que dan fe de lo despierta que se encuentra la heredera. En esta nueva situación sigue opinando que se está muy bien en la cama.







31 de enero de 2025

Un techo bajo el que cobijarse (La casita de alquiler)

 Este relato es un ejercicio para el taller de escritura del Colectivo Bremen. Siguiendo con nuestra intención de versionar cuentos de los hermanos Grimm, en esta ocasión el cuento elegido para emular es "Hansel y Gretel" también llamado "La casita de chocolate".


UN TECHO BAJO EL QUE COBIJARSE (LA CASITA DE ALQUILER)

 

No tenían dónde caerse muertos, esa era la cruda realidad. Las oportunidades laborales en la España vaciada eran nulas por lo que ese mundo rural cada vez estaba más vacío.

Los mellizos Hugo y Greta sabían que tenían que irse del pueblo si querían salir de la miseria y la depresión. Les gustaba el lugar donde habían nacido, pero allí no había futuro.

Como siempre habían estado juntos desde que nacieron, decidieron buscar oportunidades los dos a la vez y se fueron a la gran ciudad. Hugo consiguió un trabajo antes de partir pues un compañero del colegio que se había ido un año antes le había encontrado un puesto en una hamburguesería, pero Greta no había tenido tanta suerte. Aun así, decidieron seguir con el plan de irse juntos, aunque solo uno de ellos tuviera trabajo. Seguro que una vez instalados algo habría para ella.

Nada más llegar, y de manera provisional, se alojaron en el piso compartido del amigo de Hugo, durmiendo en un pasillo en sendos colchones y con la maleta como armario.

—Hay que buscar alojamiento —le dijo Hugo a su melliza— aunque la cosa está chunga. Ahora soy consciente de lo importante que es tener un techo bajo el que cobijarse.

De todas las dificultades que se imaginaron hallar en la gran ciudad nunca pensaron que lo de encontrar una casa fuera la peor y, sobre todo, la más cara. El paupérrimo salario de Hugo apenas llegaba para comprar algo de comida y ropa, ni de lejos servía para cubrir los gastos de un alquiler. Sumidos en la desesperación y creyendo que tendrían que volver al pueblo, los dos mellizos veían el panorama muy negro.

Sin embargo, un día, un anuncio del «20 minutos» que Hugo pilló en el metro les llamó la atención.

«Jubilada ofrece su casa para compartir con gente joven. Dos habitaciones, salón, baño y cocina. 100 euros.»

Intuyendo que ahí había algo de trampa decidieron igualmente responder al anuncio. Al tercer timbrazo en la puerta les abrió una mujer mayor.

—La casa está en buenas condiciones —le explicó la anciana—. Es espaciosa, yo solo utilizaré el cuarto más pequeño donde paso todo el día. El resto de la vivienda está a vuestra entera disposición.

—¿Todo esto por 100 euros al mes? — preguntó Hugo estupefacto.

—Sí, ese es el precio. Tan solo habría una condición y es que me tengáis en cuenta a la hora de cocinar. No veo bien y apenas puedo caminar, así que cuando os hagáis la comida solo os pido que pongáis un poco más en otro plato y me lo llevéis a la habitación. Yo como muy poco, igual que un pajarito.

Los mellizos pensaron que era un buen trato.

—¡Esto es un chollo! —exclamó Hugo que seguía estupefacto—. ¡Vamos a tener un techo bajo el que cobijarse!

En el tema de la comida, y para ahorrar, Hugo traía a menudo hamburguesas de su lugar de trabajo porque se las dejaban a precio de coste.

—¡Ay, hija! Te agradezco la intención, pero mi colesterol no me permite tanta grasa. Unas verduras salteadas con un poco de ajo serían estupendas para mi mermada salud —espetó la abuela cuando apareció Greta con una de las hamburguesas.

Greta, salió de la habitación y bajó al chino que había en los bajos del edificio a buscar algo de verdura y ajo para cocinárselos a su casera.

—¡Muchas gracias, guapa! —dijo la anciana cuando se comió la verdura—. Ya que estás aquí… ¿Podrías ayudarme a ir al baño? La muleta me molesta para sentarme en el inodoro y sin ella temo caerme.

Una vez en el baño, y después de hacer sus necesidades, la anciana volvió a suplicar a Greta:

—¡Qué torpe soy! Me he manchado. ¿Serías tan amable de ayudarme a ducharme? Solo será un momento.

Greta la duchó, aseó y cambió la ropa.

—Coge la ropa sucia y cuando vayas a poner la lavadora, me haces la colada —pidió de nuevo la casera tras acostarse recién duchada y con un camisón limpio.

Las exigencias de la abuela cada día eran más. Como Hugo se pasaba casi todo el día en el burguer y, dado que Greta aún no había encontrado trabajo era ésta quien se encargaba de atenderla, trabajando a tiempo completo con la anciana, aun así, era un buen trato porque pagar 100 euros por aquella casa era una bicoca.

—Buscaré trabajo por las tardes si me tiro las mañanas atendiendo a la vieja —le dijo Greta a su hermano.

—¡Greta! —se oyó a la casera desde su cuarto— Mañana acompáñame al médico.

—Mira, puedes tomarte esto como un trabajo a cambio de vivir casi gratis los dos —le consoló Hugo viendo la cara de fastidio de su hermana.

—Es que cada día la noto más borde. Antes me pedía las cosas por favor, pero ahora… casi es una exigencia. Además, si tardo en atender sus demandas, me grita e, incluso, un día llegó a insultarme. No sé, Hugo, esto no me gusta demasiado.

—Greta, que pagamos solo 100 euros de alquiler. No vamos a encontrar nada igual en ningún sitio. Tenemos un techo bajo el que cobijarse.

Así quedaron los hermanos entonces. Él iba a trabajar al búrguer y ella atendía a la anciana.

Un día en que Hugo apareció por la casa antes de los esperado (habían tenido una inspección sanitaria y les habían cerrado temporalmente el local a los dueños de la hamburguesería), la vieja le dijo:

—Se ha roto la caldera. ¡Arréglala!

—Yo no tengo ni idea, señora.

—Seguro que es algún tornillo que se ha aflojado —replicó la anciana—. Y si no, busca en internet un tutorial.

Así lo hizo Hugo y, contra todo pronóstico, arregló la caldera. Días después tuvo que desatascar el lavabo, encolar una silla y arreglar una ventana que cerraba mal. Los días que estuvo sin ir al trabajo, por lo del cierre sanitario, tenía tiempo de sobra, pero cuando tuvo que regresar, después del soborno correspondiente al inspector de turno, Hugo empezó a agobiarse porque, tras horas interminables limpiando bandejas y barriendo suelos llenos de sobres de kepchup y mostaza, llegaba a casa cansado y debía seguir trabajando en las múltiples chapuzas que la casera no paraba de encontrar.

Tras llegar varios días tarde a la hamburguesería por quedarse dormido después de jornadas agotadoras arreglando desperfectos en la casa, Hugo fue despedido.

—Ahora sí que la hemos liado. No tenemos ni para pagar el alquiler, por muy bajo que sea.

—Si vamos a estar a su entera disposición, que sea ella la que se haga cargo de todos los gastos —propuso Greta—. Somos sus “internos” ¿no? Es más, debería pagarnos incluso ella algo a nosotros.

—¡Ay, hijos! Cobro una mísera pensión —fue la respuesta de la casera cuando los mellizos le plantearon trabajar con ella a cambio de techo y comida—. Comprad lo que podáis en el mercado, pero ya os aviso que no os puedo pasar mucho.

Era tan poco lo que la vieja les daba que apenas tenían para comer porque, otra de las condiciones de la nueva situación, fue que primero comía la casera y luego ellos, lo que se traducía en que los mellizos se alimentaban con las sobras que dejaba la anciana, que, aunque comiera como un pajarito, se zampaba unos buenos platos.

—¡No aguanto más! —estalló un día Greta—. Esta tía es una déspota, me tiene harta. Prefiero irme al pueblo de nuevo.

—¡De eso, nada! —espetó Hugo—. Hemos conseguido un techo bajo el que cobijarse y no pienso renunciar a él. Además, quizás tengamos una oportunidad. El otro día pillé una carta en la que se le anuncia el desahucio, porque resulta que la tía también está de alquiler, la muy bruja, y, además, uno de esos de renta antigua. Total, que la van a echar y, según pude entender, la van a llevar a una residencia de ancianos.

—O sea, que nosotros también nos vamos a la calle —añadió Greta alicaída.

—O no. Podemos hablar con el verdadero propietario y llegar a un acuerdo.

Tal como había predicho Hugo, la anciana fue expulsada de su casa para ingresarla en una residencia donde la lavarían y darían de comer otros. Hugo y Greta contactaron con el dueño que resultó ser un fondo buitre que pedía por el alquiler de esa vivienda 2.500 euros, algo inalcanzable para los mellizos.

Sin embargo, los hermanos no se dieron por vencidos y llegaron a un acuerdo con el dueño inversor.

Gracias a arreglar los desperfectos de la casa de su antigua casera, Hugo estaba cualificado para encargarse del mantenimiento de todo el edificio pues el resto del inmueble estaba en condiciones muy similares a lo que había sido su hogar. A cambio de encargarse de solucionar los inconvenientes diarios de una construcción antigua (fugas de agua, ventanas desencajadas, etc.) y de limpiar las zonas comunes, los mellizos tenían derecho a disfrutar de un cubículo de diez metros cuadrados situado en el sótano. Como los desperfectos eran continuos y el trasiego de vecinos constante (todos los pisos se habían reconvertido en alojamientos turísticos), estas labores requerían dedicarse a tiempo completo por parte de los dos hermanos impidiéndoles buscar otro trabajo mejor remunerado.

Ni siquiera tenían tiempo libre para salir a la calle y ver la luz del sol que se les negaba en el cuchitril en el que habitaban. Toda su vida transcurría en ese edificio. Cuando Greta comenzó a dudar sobre la decisión de huir del pueblo para vivir así, su hermano la sacó de su error.

—No nos podemos quejar. Tenemos un techo bajo el que cobijarse.

 






2 de diciembre de 2024

Los jubilados de Patones

 Este relato corresponde a una propuesta del Colectivo literario Bremen de versionar cuentos de los hermanos Grimm, en este caso toca "Los músicos de Bremen", para los que no conozcan o no recuerden este cuento pongo el enlace al mismo y, seguidamente, el relato que se me ha ocurrido.

Cuento "Los músicos de Bremen"

LOS JUBILADOS DE PATONES

El ánimo en el Centro de Mayores de Patones de Arriba no podía ser más triste. El ayuntamiento había comunicado que no recibirían más fondos para su mantenimiento por lo que el local iba a cerrar en breve. La crisis económica del país y la rapiña del concejal de Ocio y Tiempo Libre que se había triplicado el sueldo, hacían inviable que el refugio para los jubilados del pueblo siguiera abierto.

Cuatro hombres jugaban a las cartas con semblante preocupado.

¾¿Y ahora qué vamos a hacer? ¾preguntó Paco, antiguo bibliotecario¾. Desde que dejé de trabajar este ha sido mi hogar. ¡Envido a la chica!

¾Jugador de chica, perdedor de mus  ¾contestó Juan, ex profesor de literatura en un instituto¾. No te preocupes, Paco, la vida nos da reveses, pero al final salimos adelante. Nuestra generación ha dado muestras de ser muy dura. Paso. ¡Envido a la grande!

¾¡Lo veo! No tengo yo muy claro qué haremos si este centro cierra, la verdad. Podríamos reunirnos en un bar, pero no creo que ahí nos dejen pasar toda la tarde con una sola consumición ocupando una mesa para jugar a las cartas. Esto del cierre es una putada muy grande y un ataque en toda regla al proletariado. Así nos pagan tantos años de esfuerzo y sacrificio. ¡Es intolerable! Deberíamos movilizarnos.

Quien así hablaba era Carlos, guardia de seguridad y sindicalista cuando estaba en activo.

¾¿Tienes pares, compañero? ¾dijo Antonio, ingeniero informático que se había acogido a la jubilación anticipada.

Juan contestó moviendo la comisura de los labios hacia un lado, asegurándose antes de que no vieran ni Paco ni Carlos esa seña de medias.

¾¡Envido! ¾reaccionó Antonio ante la señal de su pareja de mus anunciándole que tenía tres cartas iguales¾. Tienes razón, Carlos, este cierre es una putada. Pero poco podemos hacer.

¾Paso. No veo tus pares¾contestó Carlos¾. Como tampoco veo que no podamos hacer nada. Callados y conformes no vamos a ningún lado.

¾¿Alguien tiene juego? ¾dijo Paco mientras Carlos le guiñaba un ojo dándole a entender que llevaba treinta y uno.

¾¡Envido! ¾fue la respuesta de Juan.

¾¡Órdago! ¾contestó Paco.

¾No lo veo ¾replicó Juan sospechando la jugada pues Carlos era mano.

¾¿Te achantas? ¾contestó mosqueado Carlos¾. ¿No lo veis? Nos acobardamos a la primera de cambio.

¾Es pura lógica, Carlos ¾dijo Juan¾. Tus cartas suman treinta y una y vas antes que yo, los puntos son para ti. ¿A santo de qué voy a aceptar la apuesta si no voy a ganar? Cuando se sabe que la guerra está perdida es absurdo presentar batalla.

¾Estoy con Juan. Nuestros esfuerzos deben ir encaminados a algo productivo y con visos de éxito.

¾¿Cómo qué, Antonio? ¾preguntó Carlos beligerante.

¾He oído que en Madrid hay muchos centros para jubilados, con bastantes comodidades y mejor equipados que este. Podríamos probar suerte.

¾¿Y abandonar nuestras casas? No pretenderás que nos desplacemos hasta allí todos los días, se nos va la jornada en transporte, que ya no estamos para conducir tanto ¾replicó Carlos que se estaba empezando a enfadar, algo que resultaba intimidante porque de su etapa como guardia de seguridad aún mantenía una envergadura corporal considerable.

¾Vamos a ver ¾intentó conciliar Antonio¾: a nosotros ya no nos queda nada en este pueblucho. No tenemos pareja, nuestros hijos no viven aquí. ¿Por qué no probar suerte en la capital?

¾¿Y de qué vamos a vivir? Nuestras pensiones no nos van a alcanzar para mucho con los precios de la gran ciudad ¾dijo pesaroso Paco, mientras tiraba las cartas al centro de la mesa.

¾¡Vivamos una aventura! Dios proveerá ¾fue la contestación de Antonio.

¾¡Habló el ateo! ¾exclamó Juan.

Tras un buen rato discutiendo, los cuatro amigos decidieron hacer las maletas y encaminarse a Madrid. Tomaron un autobús que los dejó en la Plaza de Castilla. Ya era de noche y no sabían muy bien dónde alojarse mientras esperaban que la providencia divina los iluminara. Caminando sin rumbo fijo se toparon con una sucursal bancaria cerrada, como era de esperar dadas las horas.

¾¿Nos metemos aquí dentro? ¾propuso Carlos.

¾¿Cómo vamos a entrar? Estos sitios son fortines, por no mencionar que sería allanamiento de propiedad privada ¾dijo Juan.

¾¿Allanamiento? Estos de los bancos sí que nos han allanado a nosotros el camino para empobrecernos ¾respondió Carlos mientras sacaba un juego de ganzúas que guardaba de su época de guardia de seguridad.

Tras una breve manipulación, la puerta de la sucursal se abrió sin problemas y con otra hábil maniobra el ex segurata inactivó la alarma. Los cuatro hombres accedieron al interior y se acomodaron en los sillones dispersos por toda la sala. Además, se tomaron unos cafés de la Nespresso colocada en un rincón. Esta nueva moda de equipar los bancos como si fueran cafeterías era un chollo.

Mientras se disponían a dormir oyeron unas voces procedentes del despacho del director.

¾¡Joder! ¡Aquí hay gente! ¿Pero cómo pueden estar trabajando a estas horas? ¾exclamó alarmado Paco.

¾Quien quiera que sea no está trabajando ¾contestó suspicaz Carlos.

Sigilosamente se acercaron a la puerta del despacho para escuchar.

¾¿Estás seguro de no dejar huella alguna? ¾dijo una voz.

¾Segurísimo. La encriptación es perfecta, nadie sabrá dónde ha ido a parar el dinero ni, mucho menos, quién ha sido el que se lo ha llevado ¾contestó otra voz¾. Dentro de un par de días estaremos muy lejos de aquí viviendo a cuerpo de rey con nuestra reciente fortuna en un paraíso fiscal.

¾No sé… ¾dijo la primera voz¾. Nos estamos llevando el dinero de los ahorros de mucha gente.

¾¿Ahora te entran remordimientos? Cuando te camelabas a los clientes para invertir en fondos ruinosos no tenías tantos reparos. Si esa gente se hubiera gastado la pasta, en lugar de ahorrar como hormiguitas, estas cosas no les pasarían.

¾Hombre… Esa es una manera muy torticera de ver las cosas. Parece que se merecen que les roben.

¾¡Exactamente! No le des más vueltas. La operación ya está en marcha. Nos quedaremos esta noche aquí hasta asegurarnos de que el dinero está en la cuenta de Suiza. Mañana nos largamos antes de abrir la oficina.

Los cuatro amigos se quedaron estupefactos al escuchar la conversación desarrollada en el interior del despacho. Carlos sacó la porra que siempre llevaba encima (otro recuerdo de su trabajo como guardia de seguridad) dispuesto a acabar con esos dos ladrones a base de porrazos, pero sus compañeros se lo impidieron.

¾¡No podemos consentir esto! ¾dijo Carlos.

¾Tienes razón, pero hay que pensar fríamente ¾le calmó Antonio.

Se retiraron al salón procurando no hacer ruido. Cavilaron durante un buen rato y, tras ponerse de acuerdo, pasaron a la acción.

Delante de la puerta del despacho donde se escondían los dos trabajadores del banco, Paco se puso a estrujar las hojas de un libro, sacudiéndolas y restregándolas por el suelo produciendo un ruido siniestro.

¾¿Oyes eso? ¾dijo una de las voces¾ Hay alguien fuera.

¾¡¿Qué dices?! Estamos solos.

¾Es como alguien arrastrándose. Da mal rollo.

Durante un buen rato Paco estuvo deslizando las hojas por el pavimento de la oficina. Seguidamente, Juan se acercó a la puerta del despacho y, con voz cavernosa, empezó a recitar unos versos del Tenorio de Zorrilla.

¾ Por dondequiera que fui, la razón atropellé, la virtud escarnecí, a la justicia burlé. Ni reconocí sagrado, ni hubo ocasión ni lugar por mi audacia respetado; ni en distinguir me he parado al clérigo del seglar. A quien quise provoqué, con quien quise me batí, y nunca consideré que puede matarme a mí aquel a quien yo maté.

¾¡Joder! ¾dijo una de las voces¾ ¡Es un fantasma! ¡Y nos está amenazando!

¾¡No digas tonterías! Será alguna conversación de la calle que llega hasta aquí. De todas formas, vayamos a ver.

Cuando los dos empleados del banco salieron del despacho no encontraron a nadie, pero al ir hacia la sala principal, en contraluz vieron la imponente figura de Carlos empuñando la porra y agitando unas esposas. Los dos ladrones salieron corriendo despavoridos.

Antonio se introdujo en el despacho y se sentó delante del ordenador. Gracias a sus conocimientos informáticos desencriptó la encriptación y anuló la fuga del capital que habían planeado los dos facinerosos, recuperando el dinero de los clientes desplumados.

¾El dinero ya está en el lugar que le corresponde ¾dijo Antonio ufano ante la admiración de sus amigos.

¾Deberíamos denunciarlo a las autoridades ¾añadió Carlos¾ y que detengan a esos dos desgraciados.

Cumpliendo con el deber moral que sus recias educaciones les imponían, así lo hicieron.

La noticia trascendió y los cuatro amigos jubilados salieron en todos los informativos y en varias tertulias matutinas. La directiva del banco, para hacerse perdonar el fallo de seguridad, decidió correr con los gastos de los cuatro héroes para que vivieran en unos apartamentos de una de las zonas residenciales más lujosas de la ciudad, con campo de golf, piscina climatizada, gimnasio asistido por osteópatas, cobertura sanitaria las 24 horas del día y, por supuesto, una amplia sala de ocio donde se podía jugar al mus.





Hada verde:Cursores
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