Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

28 de marzo de 2019

"El mar en ruinas" - David Torres


Hace unos días reseñé una novela donde se daba continuación al poema de Homero, La Ilíada. Hoy traigo una obra que fabula y da continuación a otro poema del vate griego, en este caso La Odisea. En esta ocasión la presento en la sección Vídeo-Reseñas donde solo me dedico a transcribir algunos párrafos que por sí solos dicen mucho. 

 A modo de introducción pongo previamente la sinopsis.

SINOPSIS

"En El mar en ruinas, David Torres continúa el relato de la vida de Odiseo –y de los demás personajes, como Penélope o Telémaco– tras su regreso de la guerra de Troya. Una historia colmada de nuevos lances y desventuras del protagonista. El mar en ruinas es, a un tiempo, la continuación del relato de las hazañas del rey de Ítaca y una revisión de la Odisea mucho más humana y menos épica, en la que los personajes abandonan el carácter paradigmático para adquirir un cuerpo psicológico mucho más verídico y complejo."


Para ver el vídeo hacer clic AQUÍ





21 de marzo de 2019

"El móvil" - Javier Cercas


Reseña perteneciente a la sección Alalimón en colaboración con El blog de Chelo.

"El móvil", novela escrita por Javier Cercas.
"El autor", película dirigida por Manuel Martín Cuenca (Reseña de Chelo, aquí)



Esta novela corta es la primera escrita por Javier Cercas. Al principio formó parte de una recopilación de cinco relatos donde esta historia era el texto más extenso y la que daba título a todo el libro. Dieciséis años después se eliminaron los otros cuatro relatos que la acompañaban por no cumplir las expectativas del autor. Parece ser que, al echar la vista atrás y tras una estupenda trayectoria como escritor, Javier Cercas decidió que la calidad de aquellos primeros escritos no era la adecuada.

Sin embargo, ‘El móvil’ permaneció y con toda la razón porque ya quisieran algunos autores consagrados escribir algo tan bueno no ya en sus inicios, sino en toda su carrera. Por cierto el término ‘móvil’ del título no se refiere a un teléfono sino a lo que la RAE define como “Aquello que mueve material o moralmente algo.

Esta novela corta, o relato largo según se mire, narra la historia de Álvaro, un escritor en ciernes que comienza a escribir su primera novela. Ante la falta de inspiración se centra en lo que le rodea, empezando por su propia comunidad de vecinos donde habita un escritor en ciernes que quiere escribir una novela…

Esta novela dentro de la novela tiene otros protagonistas que son los demás vecinos —un matrimonio joven con problemas económicos, un anciano solitario y huraño—, y los porteros, un matrimonio peculiar donde la esposa busca salir de la monotonía de una vida anodina que no le satisface.

De manera sencilla Javier Cercas desarrolla una historia dentro de otra historia donde los personajes reales asumen papeles de ficción en esa pretendida novela del protagonista. El perfil de los sujetos es excelente y la trama está muy bien urdida con un final sorprendente y realmente bueno.

Argumento central aparte, lo que más me ha gustado de este relato es la continua reflexión que el autor, el de verdad, Javier Cercas, hace sobre lo que supone escribir ficción. Siendo esta su primera novela creo que tiene un valor añadido conocer qué piensa del proceso creativo de la escritura y de todo lo que subyace en él.

Aunque sea una petulancia por mi parte, me he sentido identificada como escritora en ciernes y comparto muchas de sus aseveraciones cuando se refiere a la aventura de escribir, sobre todo al desafío que supone lanzarse al principio, cuando uno pasa de una postura pasiva (leer) a la acción (escribir).

A través del protagonista Álvaro, el autor real Javier Cercas muestra todas las inseguridades que siente cuando acomete una obra de más envergadura. La falta de inspiración es la mayor de ellas, pero el no saber cómo desarrollar una historia, por dónde empezar o como estructurar la trama son otros de los escollos a los que se enfrenta y que siembran dudas en Álvaro (y en Javier Cercas).

Como he comentado, y de nuevo pido disculpas por mi petulancia, me he visto reflejada en muchas de esas situaciones y he compartido sentimientos con Álvaro (con Javier Cercas).

“Lo que no salió en el primer intento es cada vez más difícil que salga.”

“La inspiración es como los fantasmas: todo el mundo habla de ella, pero nadie la ha visto.”

“La literatura es un amante excluyente.”

Con esta última aseveración no solo estoy de acuerdo, yo añadiría que además de excluyente es un amante egoísta y absorbente que te hace perder la noción del tiempo y te desliga de todo lo demás.

“Todo escritor debía ser, antes que cualquier otra cosa, un gran lector.”

“Sospechaba que leer es un acto de índole informativa, lo verdaderamente literario es releer.”

La importancia que le da a la lectura para ser un buen escritor me resultó magnífica y, de nuevo, comparto su idea al cien por cien. Siempre he pensado que todo buen lector lleva el germen de un escritor en su interior: el deseo íntimo de emular a los escritores que admira.

También hace una buena reflexión sobre el papel de la documentación: ha de ser ingente, pero no debe aparecer en el texto —ponerla en la redacción es un signo de pedantería y además aburre al lector—. Según Álvaro (Javier Cercas) la utilidad de una buena documentación radica en conseguir “el sutil equilibrio entre coherencia e incoherencia sobre el que se funda la verosimilitud de un personaje”.

La interacción entre escritor y lector, ese vínculo que se establece entre los dos cuando se lee un libro es algo que también me parece fundamental y que Álvaro (Javier Cercas) define muy bien.

“Un texto es el diálogo del autor con el mundo y, si uno de los dos interlocutores desaparece, el proceso queda irremediablemente mutilado: el texto pierde su eficacia.”

“Cualquier tema es bueno para la literatura, lo que cuenta es el modo de expresarlo.”

Son tantas las cosas con las que he estado de acuerdo con el autor que la empatía ha sido absoluta y más que una novela me pareció leer un manual para escritores noveles, esos que decidimos un día dar el salto de leer a escribir.



15 de marzo de 2019

"La conjura de las reinas" - Valerio Massimo Manfredi



“Hace mucho tiempo, en estas tierras mandaban las reinas y en el cielo reinaba una gran diosa, madre de todos los seres vivos. Su estirpe sigue viva. Mientras los hombres se destruyen en la guerra, las reinas preparan la vuelta al orden antiguo, cuando el lobo pastaba con el cordero, cuando no existía el invierno, sino la eterna primavera.”

Muchas veces al terminar un libro me quedo con la sensación de querer saber más sobre sus personajes. Me gustaría conocer cómo siguen sus vidas más allá del desenlace que la historia de ese libro nos cuenta.

En La Ilíada, Homero nos relata el asedio a Ilión y la guerra entre aqueos y troyanos tras el rapto por estos últimos de Helena, la esposa de Menelao, rey de Esparta. Después de batallas y combates a duelo entre los héroes de las dos facciones y muchas muertes por parte de los dos bandos, tiene que ser el ingenio de Ulises quien dé fin a una larga guerra y provoque la caída de Troya.

Tras la victoria y el rescate de la voluble Helena, los aqueos se disponen a volver a sus respectivos hogares, pero ¿qué pasó después? Manfredi, basándose en algunos escritos, fabula sobre el regreso de los héroes de la guerra de Troya, cuando vuelven victoriosos a sus patrias.

Esta es la historia que siguió a la caída de Troya, esta es la historia que nos cuenta cómo una guerra tan larga y extenuante se combatió por nada.

A lo largo de las páginas de esta novela sabremos los derroteros de los protagonistas de La Ilíada, sobre todo los del bando vencedor: Néstor, rey de Pilos; Idomeneo, rey de Creta; Agamenón, rey de Micenas; Diomedes, rey de Argos; Ulises, rey de Ítaca o Menelao, rey de Esparta y esposo de Helena, la reina que lo inició todo.

Pero han pasado diez años desde que la coalición aquea se marchó de su patria para asediar Troya, y en ese lapso de tiempo han pasado muchas cosas. Pretender regresar después de tanto tiempo como si no hubiera pasado nada sería infantil e inocente.

Mientras que los hombres ganan batallas, riegan los campos con su sangre y ascienden al Olimpo de los héroes por su arrojo y valentía en la guerra, las mujeres permanecen en el hogar sacando adelante a la familia, añorando a los que se han ido y sufriendo la incertidumbre del destino de sus amados.

“Los dolores de la guerra pesan mucho más sobre las mujeres que sobre los hombres.”

Durante esos diez años las reinas, las mujeres de los héroes victoriosos, han tenido que bregar con diferentes problemas ante la ausencia de sus esposos. Durante esos diez años las reinas han gobernado los territorios que  antes de la guerra regían sus consortes. Durante esos diez años las reinas se han desenvuelto bastante bien y han comprobado que no necesitan ningún rey para defender su casa.

Aunque se nos habla de varios personajes, la historia se centra especialmente en Diomedes, rey de Argos. El sagaz Ulises, antes de partir de Troya, le avisa de que no se fíe de nadie al regresar, ni siquiera de su reina. Gracias a este aviso Diomedes salva la vida pues Egialea, su esposa, quiere asesinarlo. Es entonces cuando el rey de Argos decide huir y comenzar de nuevo en otro lugar.

Agamenón corre peor suerte pues su esposa Clitemnestra consigue su propósito y lo asesina con la ayuda de su amante Egisto (perdón por el spoiler, pero creo que esto ya pertenece al conocimiento general). El príncipe heredero Orestes intentará arrebatarle el trono a su madre, para ello pide la ayuda a los otros reyes, también amenazados, también en la cuerda floja debido a la conjura.

En Ítaca, Penélope, la mujer de Ulises, se siente asediada por los numerosos pretendientes que quieren casarse con ella para gobernar la isla. Ella quiere que Ulises vuelva, no para asesinarlo, como el resto de las conjuradas, sino para volver a estar con él porque es la única que añora al esposo ausente. Pero Ulises anda perdido en el mar y no regresa.

Mientras unos reinos caen y otros se mantienen en frágil equilibrio, Diomedes busca un nuevo asentamiento para fundar un nuevo hogar. Llega a Hesperia (el nombre que dan los griegos a Italia), cree que ahí puede comenzar de nuevo, pero el destino es cruel y se reencuentra con el pasado, pues hasta esas tierras también ha llegado huyendo de su patria destruida otro héroe de la guerra pero del bando enemigo. Eneas, príncipe troyano, está allí con la misma intención que Diomedes. Lo que parecía un mundo nuevo se revela igual al antiguo.

“El mundo es igual en todas partes, los hombres que lo habitan son quienes lo hacen diferente.”

Además de las conjuras, además de la incertidumbre e inestabilidad de los reinos aqueos, una nueva amenaza surge del norte: hombres montados a caballo y con espadas de un material mucho más fuerte que el bronce, asolan todo a su paso. Puede que las contiendas acaben, pero “La Guerra” no, esa nunca termina.

Me ha resultado interesante, y entrañable, que en toda la lectura se respire la derrota de quien sale victorioso de la guerra. Esa paradoja resulta sumamente llamativa. La reflexión sobre las consecuencias de una conflagración absurda (como lo son todas las guerras) es lo más valioso de la novela.

A través de las aventuras de Diomedes en tierras itálicas se muestra cómo cada uno arrastra las consecuencias de sus actos y cómo el remordimiento del pasado pesa en el presente. La transformación del ex rey de Argos es notoria, el antaño héroe aclamado por sus tropas se convierte en un fugitivo que no encuentra refugio. Ya no desea recuperar su lujoso palacio, tan solo busca una humilde cabaña donde reposar su cansado cuerpo después de tantas batallas.

“La continua intimidad con la muerte le hacía apreciar enormemente incluso los aspectos más humildes y pobres de la vida.”

Pero esta es una tragedia griega, y como tal el destino de los héroes no es la ancianidad ni el reposo. El destino de estos guerreros es la lucha contra el enemigo, a veces de un territorio vecino, a veces de un territorio lejano. Y siempre contra el peor enemigo de todos, el que se encuentra en el interior de cada uno.

 Esta es la historia después de La Ilíada, la que se da cuando la guerra acaba, cuando todo ha cambiado y nada volverá a ser igual. Esta es la historia del final de una era.




9 de marzo de 2019

"Tumbaollas y hambrientos" - Juan Eslava Galán



El libro que traigo hoy es un compendio de las prácticas culinarias españolas a lo largo de la Historia, desde los caníbales cavernícolas y carroñeros que habitaron nuestro solar patrio hasta la restaurantes más chic de la actualidad.

En esta lectura he descubierto a un Juan Eslava Galán desconocido por mí. No había leído nada de su faceta divulgadora y menos en el campo de la alimentación. Y la experiencia ha sido francamente buena.

En Tumbaollas y hambrientos, Eslava Galán nos hace un completo repaso de la manera de alimentarse en España como una seña de identidad propia a lo largo de los tiempos. La gastronomía siempre ha sido, y será, una manera de manifestar la forma de pensar de un pueblo. Los alimentos que se comen y la forma de prepararlos dice mucho de quienes los consumen.

El libro comienza con dos personajes del Paleolítico cazando en un paraje de la Península Ibérica. Se llaman Omní y Voro, un juego de palabras donde los dos nombres juntos forman: omnívoro; esto me encantó pues soy una ferviente defensora de la alimentación equilibrada a base de todo tipo de alimentos, tanto de origen vegetal como animal. Estos dos individuos son Homo sapiens y ya saben domesticar el fuego, un elemento primordial en la evolución del hombre pues cambió radicalmente la forma de alimentarse y, por tanto, de desarrollarse físicamente.

Mientras brasean el conejo que han capturado, la conversación que se traen entre ellos no tiene desperdicio siendo toda una declaración de intenciones pues avisa de lo que uno se va a encontrar en el resto de la lectura.

Recordando a sus, para ellos antiguos y retrógrados, antepasados de Atapuerca llegan a decir:

—Nosotros hemos aprendido a cocinar, que es pasar de lo crudo a lo cocido, ya no comemos las cosas podridas, ni las otras guarradas como nuestros antepasados, que se lo comían todo. Éramos homínidos y homínidas y ahora somos hombres y mujeres. Esto es cultura.

Los dos cazadores primitivos también saben reflexionar mientras degustan su conejo asado:

—¿Sabes, Voro? —dijo Omní— Aseguran que la pata del conejo trae suerte.
—¡Gilipolleces! —gruñó Voro.
En el nacimiento de la religión, que coincide con el de la cocina, también había ateos.

Este sentido del humor será una constante en todo el libro.

De una manera muy entretenida y didáctica, Eslava Galán nos cuenta cómo aparecieron determinados alimentos básicos en nuestra alimentación patria. El garum de procedencia romana, el gazpacho, la polenta, son algunos de los platos que se describen aludiendo a sus distintos orígenes. Especial hincapié se hace en la olla podrida, la base de todos los potajes/cocidos, esos platos tradicionales con diferentes variantes que se pueden degustar a lo largo y ancho de nuestra piel de toro.

También se nos cuenta quién y en qué época introdujo los animales o las plantas que se convertirían en la base de nuestra alimentación. El olivo traído por los mercaderes griegos, el vino y el cerdo introducidos por los fenicios, el garbanzo por los cartagineses o el lúpulo por los visigodos (gracias a estos últimos empezamos a consumir una cerveza decente).

El origen de algunas expresiones de nuestra lengua se basa en prácticas relacionadas con la alimentación. Así Juan Eslava Galán nos explica qué quería decir en sus inicios el “derecho de pernada” (el derecho del señor a quedarse con una pata (pierna) de cada animal sacrificado por el siervo), de dónde viene “poner la mesa” (en los banquetes de la Edad Media, las mesas consistían en tablas montadas encima de caballetes que se ponían antes de la comida y se quitaban una vez finalizada la misma), o a qué se debe el término “tonelada” (la cantidad de toneles de agua que podía albergar la bodega de un galeón y que daba idea de la capacidad y envergadura de la nave).

Toda la disertación sobre los diferentes usos y maneras de alimentación se salpimentan, como si de una especia sabrosa y preciada se tratara, con anécdotas curiosas como la de un panadero de Jaén al que llamaban ‘Poya gorda’ pero no por las dimensiones de sus atributos masculinos sino porque la porción de masa que se quedaba por sus servicios, denominada 'poya', era desmesurada.

En el devenir y evolución de nuestra forma de comer influyó, y mucho, la religión. Los diferentes pueblos que fueron asentándose en la península implementaron sus costumbres y sus tabúes.

“Cuando la comunidad que profesa una religión siente amenazada su identidad cultural, tiende a cerrarse en su concha y radicaliza sus tabúes alimenticios.”

A este respecto, y demostrando cómo la forma de alimentarse es una seña de identidad, la prohibición de comer cerdo para los judíos y musulmanes fue utilizada para delatarlos cuando se empezó a perseguirlos. Los cristianos demostraban su “buena fe” alardeando de consumir este producto vetado por las religiones enemigas y de ahí nacieron, y se mantienen, las fiestas populares de la matanza del cerdo, donde se reúne toda la familia y al aire libre para que todos los vecinos puedan verla.

Siguiendo con las limitaciones impuestas por la religión a la hora de comer determinados alimentos, se demuestra que quien hizo la ley, hizo la trampa, así se nos cuenta cómo en un monasterio portugués, durante la Cuaresma, los monjes tiraban cerdos y carneros al río para después ‘pescarlos’ y así eludir el ayuno que prohibía consumir carne en esa época del año.

En esta crónica sobre la alimentación hay una buena dosis de crítica social. Se compara la forma de comer entre ricos y pobres, en qué consistía el menú diario de las diferentes clases pues no comían lo mismo los aristócratas que los campesinos, o los clérigos que los soldados. También se constata que la falta de alimentos y las hambrunas han sido el principal motor de los más importantes levantamientos sociales.

Pero a falta de pan, buenas son tortas, y el pueblo llano se defendía del hambre con ingenio y con humor. Por ejemplo, los madrileños llegaron a ennoblecer alimentos muy pobres y humildes con nombres rimbombantes y desorientadores: las tripas fritas en sebo eran “gallinejas”; las patatas asadas, “chuletas de la huerta”; los pimientos fritos, “perdices de huerta” y al guiso de lengua y sesos de vaca se le llamó, en una fantástica demostración de ironía y recochineo, “idiomas y talentos”.

También sabremos leyendo este libro cómo algunos momentos claves de la Historia estuvieron movidos por cuestiones relacionadas con la alimentación. El descubrimiento de América fue el resultado de una maniobra para buscar una ruta alternativa a la de las especias controlada por Portugal, cuando se dio el bloqueo otomano que impedía el paso por tierras musulmanas a las caravanas cristianas que comerciaban con estos condimentos (la pimienta se llegó a utilizar como moneda de cambio siendo más valiosa que el propio oro). O cómo la Reconquista fue motivada para ganar pastos estacionales a la oveja cristiana y cambiar el alforfón (un falso cereal muy basto propio de tierras de mala calidad situadas en lugares altos) por trigo candeal.

La conquista de América y la introducción de nuevos alimentos también son mencionadas y entre estos nuevos productos se hace una loa y alabanza del chocolate, algo con lo que estoy plenamente de acuerdo pues el árbol del cacao no en vano fue llamado Theobroma, alimento de los dioses.

“El chocolate iba adquiriendo fama de ser bebida propia de personas de mucho desgaste mental, una bebida metafísica, para la gente contemplativa.”

Son muchos los temas que aparecen en este tratado de la alimentación hispana, y se narra con arte, con gracia y con cierto humor socarrón. Una delicia de lectura a la par que ilustrativa.

En resumen, un homenaje merecido a la gastronomía y a la cocina como un arte que nos conecta con Dios.

“El cocinado conduce directamente a Dios, cocinar es modificar la naturaleza, mezclar alquímicamente los elementos de la Creación, completar la obra divina, es una de las escalas para ascender a la beatitud.”

Amén.



3 de marzo de 2019

Elizabeth Garrettt Anderson: la médica testaruda.

EDICIÓN ESPECIAL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER


“Sobre todo, no le temas a los momentos difíciles, pues de ellos salen las mejores cosas.”
Rita Levi-Montalcini (Premio Nobel de Medicina)

Aprovechando que se acerca el Día Internacional de la Mujer, y a pesar de que no me gusta demasiado esta efemérides por lo que implica, voy a hacer un 2x1: traigo un nuevo protagonista para “Demencia, la madre de la Ciencia” y de paso rindo homenaje a todas las mujeres que se encontraron con dificultades para desarrollar su carrera por su condición femenina. Y lo voy a hacer con un personaje que tuvo que luchar contra viento y marea no solo para ejercer su profesión, sino incluso para prepararse académicamente.

Elizabeth Garrett Anderson nace el nueve de junio de 1836 en Whitechapel (Londres). Su padre era un hombre de negocios emprendedor descendiente de herreros, y aunque él mismo no tenía estudios era partidario de que todos sus hijos, independientemente de su sexo, tuvieran una buena preparación intelectual.

Mientras sus hermanos se dedicaron a diferentes tipos de actividades —donde sus hermanas se decantaban por la maternidad y el cuidado de la familia—, Elizabeth elige ser médica, algo inaudito pues hasta el momento no había ninguna mujer con esa profesión en su país, ya que en la conservadora y encorsetada sociedad victoriana la labor de médico se consideraba inadecuada para una mujer: el espíritu femenino era demasiado sensible para enfrentarse a una disección y su inteligencia insuficiente para comprender las complejas materias médicas. Además, ¿qué paciente en su sano juicio iba a tomar en serio a una mujer como médico?

Esta forma de pensar era lo que impedía el acceso de las mujeres a las facultades de medicina.

Con este panorama Elizabeth hubo de conformarse, de momento, con convertirse en enfermera del Middlesex Teaching Hospital cuando tiene veinticuatro años. Pero su estancia en ese hospital la aprovecha para formarse, de manera autodidacta, como doctora. Observa con atención a los médicos que trabajan con ella y contrata a profesores particulares que le imparten clases de anatomía y de química.

Asiste como oyente a las clases de la facultad. Cuando consigue un certificado de honor en todos sus exámenes —exámenes que oficialmente a ella no le sirven de mucho pues está allí de ‘prestado’— el profesorado le sugiere que mantenga en secreto sus éxitos.

Un día acude a estas clases un médico invitado, éste hace una pregunta a los alumnos y Elizabeth es la única capaz de contestarla. Esta es la gota que colma el vaso de la paciencia de sus compañeros varones que exigen la expulsión de tan incómoda estudiante. Le impiden acceder a clase y más tarde la acaban despidiendo del hospital donde ejercía como enfermera.

Pero Elizabeth no se amilana y busca otras alternativas.

Por aquel entonces la Society of Apothecaries (Sociedad de Boticarios) no contempla en sus reglamentos ninguna prohibición para que las mujeres ingresen en ella. Garrett solicita incorporarse y se presenta a los exámenes tras cinco años de cursar un exhaustivo programa con diversas asignaturas. Recibe un diploma y su nombre se consigna en el Registro Médico.

Tras esta demostración por parte de Elizabeth, la Sociedad de Boticarios tomó buena nota. Ante el temor de que más mujeres quisieran seguir el ejemplo de Garrett se revisaron los reglamentos  y se cambiaron prohibiendo el ingreso de las peligrosas damiselas en el único cuerpo médico examinador que, hasta entonces, no le ponía trabas a las mujeres.

Aunque Elizabeth ha conseguido su diploma aún no tiene un título universitario. Las universidades de Oxford, Cambridge, St. Andrews, Londres y Edimburgo le deniegan el acceso. Así que, una vez más, esta mujer inasequible al desánimo busca otra alternativa. Aprende francés y se va a la Universidad de París, allí le permiten estudiar medicina y se convierte, con treinta y cuatro años, en la primera mujer británica que consigue el título de médico tras presentar una tesis sobre la migraña.

Pero en Gran Bretaña se niegan a reconocer el título francés de Elizabeth y siguen sin aceptar que esta mujer sea médica.

Por aquella época se casa con James George Skelton Anderson, un hombre que, al igual que hizo el padre de Elizabeth antes, la apoya y colabora en su desarrollo profesional. Una vez más aparece la figura masculina que se desmarca del sentir general y, en un alarde de valentía y de sentido común, no se pliega a lo establecido contribuyendo a la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres.

Cuenta también con el apoyo de Emily Davies —una sufragista defensora a ultranza del derecho de las mujeres a ingresar en la Universidad— e inicia una exitosa carrera como cirujana en el hospital femenino New Hospital for Women, en cuya fundación ella misma colabora.

Esta colaboración entre mujeres que sufren la discriminación en el terreno laboral por su condición femenina es algo común en aquellos años convulsos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Las sufragistas con su enconada lucha para conseguir el derecho a votar, revuelven conciencias y crean un sentimiento de solidaridad.

Fruto de esta colaboración entre mujeres fue la relación, no demasiado armoniosa todo hay que decirlo, que se dio entre Elizabeth Garrett Anderson y Sophia Jex-Blake.

Aquí voy a hacer un paréntesis en la biografría de nuestra protagonista para contar brevemente la trayectoria de Jex-Blake pues de alguna manera está relacionada con el trasfondo de esta publicación.

 Sophia Jex-Blake fue otra médica que tuvo que bregar para estudiar Medicina y que protagonizó una historia singular dentro de la lucha feminista por la igualdad de oportunidades.

Sophia junto a otras seis mujeres intentó ingresar en la Escuela de Medicina de Edimburgo. Este grupo, llamado “Las siete de Edimburgo”, pudo asistir a las clases magistrales y realizar los exámenes con una dispensa especial. Las siete mujeres, aprovechando ese “trato de favor”, se aplicaron seriamente en sus estudios obteniendo excelentes calificaciones. Al igual que le pasó a Garrett, este éxito no fue bien visto por los estudiantes masculinos y algunos médicos de la facultad. Los alumnos varones se rebelaron y la escuela se negó a dar a estas mujeres su título en Medicina. Ellas llevaron su caso a los tribunales y al Parlamento; el resultado fue negativo pues las siete aspirantes a doctoras perdieron la batalla. Aunque perder una batalla no significa necesariamente perder una guerra que no había hecho más que comenzar.

Al igual que Garrett, ellas no se rindieron. La mayoría se graduó en Berna (Suiza) y cuando volvieron a Gran Bretaña fundaron su propia escuela, la London School of Medicine for Women.

Dados los inconvenientes que Elizabeth Garrett Anderson tuvo que sufrir también para formarse como médica no es de extrañar que apoyara la causa de Sophia. Por eso colabora en la fundación de esta escuela de medicina para mujeres. Allí, ella misma imparte clases y contrata como profesora de Ginecología a la primera médica de Estados Unidos, Elizabeth Blackwell.

Garrett se implica también en la vida social y política. Es una ferviente sufragista y en 1908 es elegida alcaldesa de Aldeburgh, convirtiéndose así en la primera mujer de Gran Bretaña que alcanza este cargo.

Elizabeth muere el diecisiete de diciembre de 1917. Tiene ochenta y un años, y el hospital que ella había fundado toma su nombre en homenaje a esta persona que nunca se dio por vencida a pesar de las múltiples trabas que se encontró en su camino por el simple hecho de haber nacido mujer.


El trabajo de estas pioneras de la titulación en Medicina acabó dando sus frutos. El Irish College of Physicians, tras las acciones de estas guerreras decidió aceptar a las mujeres en los exámenes de titulación, y el Royal Free Hospital acabó admitiendo a estudiantes mujeres para realizar estudios clínicos.

Aquella batalla de Edimburgo capitaneada por Sophia se perdió cuando el Parlamento no reconoció la titulación adquirida, pero finalmente estas incansables luchadoras ganaron la guerra.

Gracias a mujeres así, inasequibles al desaliento y a las dificultades, nosotras hoy tenemos el camino allanado. Aún hay muchas cosas por hacer y muchos más obstáculos que salvar pero aquellas pioneras nos demostraron que la perseverancia y el saber que tenemos razón ayuda a alcanzar todo lo que nos propongamos.

Va por todas ellas.  








Hada verde:Cursores
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