Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

20 de julio de 2022

Bilogía DONDE MUEREN LOS DRAGONES DE JADE

 

Bilogía DONDE MUEREN LOS DRAGONES DE JADE – Luisa Ferro

El pozo de las luciérnagas

Marzo de 1279, en la desembocadura del río Perla se desarrolla una batalla naval, las tropas de Kublai Kan dan un serio varapalo a los chinos, tan serio que derroca a la dinastía Song y los mongoles serán los nuevos gobernantes de China.

Akame asiste al final de esa dinastía y se pierde en sus recuerdos. La historia retrocede unos años para trasladarnos al hogar de esta mujer, hija de un médico que regenta una botica en la capital del imperio Song del Sur. Rodeada de plantas medicinales y remedios de toda clase, aprende junto a su padre el arte de sanar.

La historia la cuenta ella, Akame, y nos relata cómo es su vida, la vida de una mujer en la China del siglo XIII. Una vida rodeada de otras mujeres, todas relegadas al papel que la sociedad de la época les asigna: obedecer y procrear. Una mujer que no da descendientes varones a su familia es un ser inútil.

«Supe entonces que, por el mero hecho de haber nacido mujer, mi sino sería el sufrimiento y la obediencia.»

Pero algunas mujeres, como Akame, aspiran a algo más e intentan rebelarse a su manera.

En el mundo femenino en el que se desenvuelve no siempre reina la paz. Si los hombres luchan por el poder económico, político y social, las mujeres luchan entre ellas también por el poder. Las concubinas por ganarse el favor de su señor, la primera esposa por ser la que gobierne sin cortapisas el acotado, pero no exento de intrigas, hogar familiar.

En este primer libro de la bilogía nos adentramos en ese mundo femenino sujeto a las convenciones de la época: el torturador proceso del vendado de pies para frenar su crecimiento, la contratación de casamenteras que ponen en contacto a las familias para concertar un matrimonio, etc.

Con un preciosismo digno de admiración Luisa Ferro nos muestra el hogar de Akame. Es tal el detalle y está tan bien contado, que olí las flores del jardín, oí el roce de la seda de los vestidos y sentí las emociones de la protagonista. Fue como vivir allí. Toda la exuberancia y el exotismo de Oriente plasmados con el verbo excelente de Ferro, con un lenguaje cuidado libre de pedantería.

Pero a mí lo que más me gustó fue el “otro” mundo de Akame: la botica donde aprende a preparar remedios para diferentes dolencias. Luisa Ferro cuenta con detalle, pero sin caer en el abuso, las diferentes prácticas de medicina de la época. Akame, rodeada de mujeres, atiende los problemas exclusivos de las féminas: asiste a partos, cuida de los neonatos, regula menstruaciones, palía los efectos de la menopausia.

A la luz de lo que cuento, cabría pensar que esta novela es feminista. A mí no me lo ha parecido. Es mucho más, es una novela femenina, donde las mujeres y su particular mundo son los protagonistas. Sujetas a la mentalidad de la época, y actuando acorde al momento en el que les ha tocado vivir, cada mujer de esta historia reacciona según su forma de ser. Algunas, como Akame, se preguntan por qué no pueden aspirar a algo más que a obedecer a un marido impuesto y a parir sucesores. A lo largo de la historia de la Humanidad siempre ha habido seres que han querido ir más allá, ellos (en este caso, ellas) son los que han hecho que este mundo cambie a mejor.

La sanadora del emperador

En la segunda novela de la bilogía, asistimos al ascenso de Akame como sanadora. Su reducido mundo se amplía cuando, por avatares del destino que se cuentan en la primera novela, recala en la Ciudad Imperial para asistir a una de las concubinas del emperador. En la vida de Akame no solo aparece el éxito profesional, también entra el amor encarnado en Cao Ren, un personaje que forma parte de ese preciado elenco de seres que quieren ir un paso por delante de los demás (esos que mejoran el mundo). Su mentalidad abierta para la época hará que Akame caiga rendidamente enamorada. Así que en esta historia maravillosa también hay romanticismo y pasión. A este respecto he de remarcar que Luisa Ferro no recurre a la ñoñería ni al almíbar para contarnos el romance entre los dos personajes, algo que yo le agradezco de corazón porque suelo ser demasiado sensible con el azúcar y algo intolerante también.

Pero no nos olvidemos que Kublai Kan está acosando el imperio. El ejército mongol va ganando poco a poco terreno y esa amenaza condiciona todo lo que pasa en esta segunda novela. En «El pozo de las luciérnagas» la narración es más pausada, pero en «La sanadora del emperador» impera más la acción. Este cambio de ritmo también me encantó y demostró que quien hace algo así es alguien que sabe escribir muy bien: Luisa Ferro. La autora no solo domina el lenguaje, también los tiempos y el ritmo de la narración haciendo que el lector se enganche a la historia, o quizás sería mejor decir historias, porque varios personajes nos muestran aquí sus antecedentes y pasado.

El exotismo propio del escenario y la época, en esta segunda novela también está presente. Una delicia.

Por otra parte, la labor de documentación de la autora es de aplausos y hasta de reverencias. El rigor y el detalle caracterizan la forma de trabajar de Luisa Ferro y en estas novelas lo demuestra: Historia, farmacopea, costumbres sociales, ritos de todo tipo y muchos temas más los aborda con seriedad y profesionalidad, pero sin aburrir con datos innecesarios. Da información sin pasarse; así es como se debe escribir novela histórica y esa es la novela histórica que a mí me gusta, porque aprendo y también me divierto.

Una bilogía para leer y para releer. Es de esas historias que sabes que volverás a ellas releyendo y que yo, cuando me ocurre esto, suelo hacer adquiriendo el libro en papel, algo que en este caso no podrá ser porque solo está disponible en versión digital, una pena. En fin, nada es perfecto.

Este verano aún no me he ido de vacaciones, pero en realidad leyendo esta bilogía sí que lo he hecho. He viajado a la China imperial, he visitado lugares exóticos y he conocido personajes de lo más interesantes, además he tenido también acción porque había un ejército de invasores pisándonos los talones. Una gozada de viaje.

 



11 de julio de 2022

Sana, sana, colita de rana (Segunda Parte)


 Pater noster, qui es in caelis, sanctificetur Nomen Tuum. Adveniat regnum tuum, fiat voluntas tua, sicut in caelo, et in terra.

Mientras Álvar posaba las manos sobre la cabeza del indígena que yacía en un catre, el resto de los habitantes del pequeño poblado guardaba un silencio reverencial tan solo roto por la voz del barbudo curandero rezando en latín.

Tras terminar la oración, Álvar se incorporó y se dirigió a la compañera del enfermo.

Hierbe en agua las hojas de esta planta dos veces al día y dale de beber la infusión, verás cómo irá mejorando. Yo vendré a rezar mañana. No temas, mujer.

Gracias, sanador, desde que estás aquí el ritmo del corazón se ha apaciguado. Que los dioses te acompañen siempre respondió ella bajando la cabeza y besando las manos de Álvar.

—Son la Virgen y Nuestro Señor quienes lo consiguen replicó él haciendo la señal de la cruz sobre la indígena—. Yo solo soy su humilde instrumento.

Tras dejar a la mujer al cuidado del enfermo, el jefe de la tribu se acercó a Álvar.

—No sé qué mal hemos hecho, pero hay varios enfermos en el poblado. Gracias por recalar en nuestro pobre hogar para sanarnos. Pídeme lo que quieras y te lo daré si está en mi poder.

—Un mapa cristiano no estaría mal como pago —respondió en español Estebanico que, junto a Alonso y Andrés, había asistido a la escena final.

—Calla de una vez —le reconvino también en español Álvar—. Gracias a las atenciones de esta buena gente estamos vivos, no seas quejica. Acércate a la choza de la izquierda y rézales una avemaría, luego iré yo y prepararé una tisana para la tos de la anciana que desde aquí la oigo toser.

—Sabes que los rezos no hacen nada, ¿verdad? —intervino Alonso—. Si no fuera por tus conocimientos de las plantas que por aquí crecen, esta gente estaba más que muerta de sus achaques.

—Claro que lo sé, Alonsillo. Pero debemos hacernos valer; que crean que nuestros rezos tienen poderes curativos nos procura una calidad especial sobre los demás curanderos. Parece mentira que después de tantos años no te hayas dado cuenta. Jefe Nitchuá, no te preocupes por nosotros —se dirigió al indígena volviendo a la lengua náhualt[1]—, con que nos proporciones un lugar tranquilo para reponer fuerzas es suficiente.

—Y algo de oro —replicó Estebanico otra vez en español.

Tras acomodarse en una de las mejores chozas que la tribu tenía, los cuatro expedicionarios comieron fruta que los nativos les habían servido en unos cuencos.

—Está buena esta… cosa —dijo Andrés mientras daba cuenta de un fruto oleaginoso con un gran hueso en su interior.

—Se llama ahuacatl[2] —respondió Alonso—. Sí que está bueno, sí. Deberíamos cultivarlo.

—¿Antes o después de irnos de aquí? —rezongó malhumorado Estebanico—. Lo que deberíamos es pensar en regresar con los nuestros. Ya estoy harto de vivir entre salvajes.

—Pues yo no echo en falta nada —contestó Alonso—. Desde que este —señaló a Álvar— curó de esa herida tan fea a aquel guerrero pima [3]nos reciben a cuerpo de rey por donde vamos: tenemos comida, alojamiento, mujeres… y todo por rezar en latín, igual que si fuéramos curas.

Las sonoras carcajadas de Alonso sacaron de su ensoñación a Álvar que estaba rememorando el momento al que aludía su compañero. La punta de flecha que tenía clavada aquel pima estaba alojada muy cerca del corazón, extraerla sin matar al herido casi fue un milagro, puede que los rezos algo tuvieran que ver porque ni él mismo creía que su pericia fuera tan buena. La noticia corrió como la pólvora y su fama de curandero era conocida en miles de millas a la redonda.

 Antes de aquello, tuvieron que vivir momentos muy duros. El río por el que ascendieron resultó ser un lugar peligroso lleno de corrientes profundas y fuertes, con remolinos que succionaban todo lo que se ponía a su alcance. Realmente era un río muy bravo. Afortunadamente consiguieron escapar de una muerte segura cuando se desviaron en uno de sus afluentes, los nativos lo llamaban Sinaloa, donde la corriente era menor, aunque tampoco nada desdeñable.

 Ocho años llevaban recorriendo aquel vasto territorio que no tenía fin. Álvar nunca pudo imaginar que vería lugares y gentes tan asombrosos: indígenas ataviados de las formas más llamativas que uno pudiera pensar, con costumbres y ritos variopintos que él iba anotando en un cuaderno de viaje[4]; praderas infinitas donde los pastos llegaban hasta donde la vista alcanzaba, sin una sola montaña alrededor, y donde pacían unos animales imponentes y majestuosos parecidos a los toros, pero con una joroba en el lomo[5].

Realmente Álvar había descubierto muchos pueblos y lugares, su afán de conocer había sido más que saciado, pero añoraba su tierra, estar rodeado de gente afín, no solo de Alonso, Andrés y Estebanico. Sí, ya era hora de pensar en volver.

—Puede que tengas razón, Estebanico. Es hora de regresar a casa.

—Pero, hasta ahora no hemos encontrado una ruta que nos lleve a Nueva España, y mira que lo hemos intentado —replicó Alonso al que la idea de volver no le hacía demasiada gracia porque su mirada azul y su largo pelo rubio hacían estragos entre las nativas que le dedicaban mejores y más intensos favores que al resto de sus compañeros.

—Tendremos que prestar más atención a lo que nos dicen los pobladores de esta zona. ¿Os habéis fijado que hace unas semanas, en aquel poblado a la orilla del río Sinaloa, sus gentes no se extrañaron al vernos? Normalmente se asustan cuando ven nuestras barbas y los ojos claros de Alonso, pero allí no. Eso demuestra que han visto a alguien parecido a nosotros. Deberíamos tirar por ahí.

—Eso en realidad no demuestra nada —insistió Alonso mientras daba una calada a su pipa.

—A ti lo que te pasa es que te has aficionado a fumar, el humo no te deja pensar con claridad. Esa planta no puede ser buena —dijo Estebanico al que las objeciones de Alonso ya le estaban empezando a fastidiar.

—¿Esto? —respondió el aludido señalando su pipa—. Esto no es malo. Al contrario, esto quita todos los males —aspiró el humo cerrando los ojos.

—No lo parece cuando toses por las mañanas —recalcó Andrés al que, al igual que a Estebanico, le parecía que Alonso estaba demasiado pendiente de su pipa, de hecho, cuando se le terminaba el tabaco se ponía de muy mal humor.

—Descansemos esta noche y mañana emprendemos camino al poblado del río —zanjó la discusión Álvar.

Al día siguiente y después de rezar el avemaría prometido al nativo con problemas cardiacos y tras asegurarse que las tisanas de moyotli[6] le estaban haciendo efecto, se despidieron del jefe Nitchuá y embarcaron río arriba.

Cerca del poblado al que había hecho referencia Álvar, encontraron un indígena que llevaba puesto un morrión.

—¡Por las barbas de mi abuelo! —dijo Estebanico saltando de alegría—. ¿Dónde has conseguido eso? —añadió en náhualt.

El indio les indicó un lugar cercano, al otro lado del río. Según sus explicaciones por ahí estaban acampados más barbudos como ellos.

—No nos hagamos ilusiones, lo mismo son más almas perdidas como nosotros… —añadió sin mucha convicción Alonso que ya empezaba a añorar la buena vida que tenía y que, probablemente, no mantendría cuando estuviera rodeado de compatriotas.

En el lugar que el nativo les indicó encontraron un campamento de expedicionarios españoles procedentes del asentamiento de Culiacán[7]. Tras ser recibidos como los náufragos perdidos que eran, y con el asombro debido por tantos años de vagar por tierras desconocidas, los cuatro compañeros se volvieron a vestir con las ropas que ya les parecía pertenecían a otra vida.

El capitán de la expedición acogió en su tienda a Núñez Cabeza de Vaca.

—Vive Dios que vuestra odisea es digna de ser registrada en los libros de historia.

—Bien creí que nunca nadie sabría de mis vivencias pues más de una vez pensé que entregaría mi alma rodeado de extraños y sin dar fe de lo vivido a alguien que pudiera contarlo a mis iguales —respondió Álvar saboreando la copa de vino tinto que el capitán le había ofrecido.

—Seguro que el rey, nuestro señor, os dará prebendas y buenos dineros para que descanséis en vuestro Jerez natal, porque ya se os habrán quitado las ganas de explorar —rio el capitán brindando con su invitado.

—No sé si daros la razón, señor. La verdad es que vi tan grandes cosas y tan singulares que… puede que mi Jerez natal me resulte demasiado pequeño. Ahora que ya he visitado el norte tengo curiosidad por saber qué hay al sur.

—¿Estáis seguro de querer seguir pasando penalidades? Hay muchos peligros en estas tierras dejadas de la mano de Dios.

—Bueno, si vienen mal dadas… siempre puedo dedicarme a ser curandero. Y a rezar.


FIN



Recorrido de Núñez Cabeza de Vaca en su primer viaje a América.

 


NOTA: Álvar Núñez Cabeza de Vaca regresó a España y fue nombrado adelantado. Tres años después se volvió a América; su segundo viaje le llevó al sur del continente.

 

 




[1] Lengua del noroeste de México.

[2] Aguacate en náhualt.

[3] Grupo indígena de Sonora (México).

[4] Álvar Núñez Cabeza de Vaca recogió las primeras observaciones etnográficas sobre las poblaciones indígenas del golfo de México, escribiendo una narración titulada Naufragios, considerada la primera narración histórica sobre los territorios que hoy corresponden a Estados Unidos.

[5] Bisontes o búfalos americanos.

[6] Planta con propiedades cardiotónicas.

[7] Noroeste de México.

15 de junio de 2022

Sana, sana, colita de rana (Primera Parte)

 


—Estas conchas marinas valen mucho más de lo que me estás ofreciendo, no pretendas estafarme, que mi aspecto extranjero no te engañe, sé muy bien lo que te estoy vendiendo.

El cherokee hizo un gesto de rendición ante la reprimenda del mercader. Ese barbudo era un gran regateador y conocedor de la mercancía que canjeaba, resultaba difícil engañarle. El indígena entregó con gesto de fastidio un fardo de pieles de lobo mientras el mercader extranjero le entregaba un cargamento de conchas marinas y caracolas tan apreciadas por los pueblos del interior para obtener un buen abono en los cultivos.

Álvar contó detenidamente el número de pieles que el cherokee le había entregado ante la mirada furibunda de este, pero no estaba dispuesto a que le estafaran otra vez, ya estaba harto de bregar con la mala intención de esos indios que creían que por ser extranjero era más fácil de engañar.

La verdad es que ya estaba harto de muchas cosas. Sentado a la sombra de un frondoso pacano[1] recordó cómo había llegado hasta ese lugar dejado de la mano de Dios, rodeado de indígenas y sin un alma cristiana en miles de kilómetros a la redonda.

Mientras fumaba de su pipa, regalo de un cacique carancagua[2], Álvar cerró los ojos y se dejó llevar por los recuerdos.

Entre la bruma del humo del tabaco se vio a sí mismo embarcando en Sanlúcar de Barrameda rumbo a América. Aquella expedición para conquistar La Florida, que había descubierto Ponce de León, estaba gafada desde sus inicios. Pero, claro, ir bajo el mando de un individuo que se llamaba Pánfilo no era un buen augurio. La ineptitud del gobernador Narváez se puso de manifiesto nada más desembarcar en la costa de Florida. Decidir abandonar los barcos y proseguir andando fue una auténtica estupidez.

—Por todos los santos, señor Narváez, seguir a pie es harto peligroso —le advirtió Álvar—. Estamos en territorio hostil, los indios de aquesta zona son hábiles con los dardos y sus disparos consiguen atravesar nuestras corazas, no tenemos provisiones, no tenemos…

—Don Álvar —le interrumpió Pánfilo de Narváez—, si no os veis capaz de afrontar peligros podéis quedaros aquí, guardando los barcos.

Nadie en su sano juicio podía poner en entredicho el honor de la familia Núñez Cabeza de Vaca, así que Álvar guardó sus reproches y acató las órdenes.

Los presagios del avezado soldado se cumplieron. Varios ataques de los apalache con su endemoniada puntería al disparar flechas mataron a casi todos los expedicionarios. Y los que no sucumbían bajo los flechazos lo hacían víctimas de las aguas pantanosas. Tras comerse para subsistir los caballos de los ahogados, un huracán y dos tormentas pusieron final a la expedición.

Dando una nueva bocanada a la pipa, Álvar recordó con un estremecimiento cómo los pocos supervivientes construyeron cinco barcazas para poder navegar malamente por la costa bajo los certeros flechazos de los indios que hirieron a todos los pasajeros; Álvar, en un gesto instintivo, se llevó la mano a la cara para recorrer la cicatriz que una de aquellas flechas le dejó.

Navegaron durante semanas hasta que llegaron a la desembocadura de un gran río[3] donde la corriente separó a las barcazas disgregando la ya exigua compañía de expedicionarios. Álvar terminó en una isla.

—Yo te nombro isla Malhado[4] —dijo al aire nada más poner pie en tierra en un triste remedo de toma de posesión— pues mala suerte es la que me ha llevado hasta aquí. ¿Y ahora qué hago? —añadió rascándose la cabeza.

Aquella isla resultó que no daba mala suerte porque los indios que le recibieron eran amistosos, y por amistad se entendía que no le mataron a las primeras de cambio, sino que lo tomaron como esclavo.

Habían sido unos años muy duros, se dijo Álvar, dando otra bocanada a la pipa, pero también productivos: aprendió el lenguaje de las tribus de la zona, aprendió a camuflarse entre el follaje con las pinturas que tan virtuosamente sabían utilizar los indios de la isla, y también aprendió el uso de las plantas curativas gracias a que estuvo al servicio de Kawana, el chamán del poblado. Esto último fue lo que más rentable le resultó de todo lo aprendido, sobre todo cuando la fortuna quiso que se muriera Kawana (fortuna para Álvar, no para el chamán) y él ocupó su lugar porque no había otro para sustituirlo.

—¡Que me lleven mil demonios al averno! —exclamó una voz en español—. ¿Eres tú, Álvar? ¿Alvarito?

Álvar abrió los ojos y se incorporó. Enfrente de donde él se hallaba sentado estaban otros tres barbudos como él mirándole con expectación y unas grandes sonrisas en la cara.

—¡Andrés! ¡Alonso! ¡Estebanico! —gritó con lágrimas en los ojos Álvar al reconocer a sus antiguos compañeros de expedición—. Creía que estabais en el fondo del mar, dando de comer a los peces.

—Pues ya ves que no —exclamó el más joven, Estebanico, y el que había descubierto a su perdido compañero.

—Nos dijeron que un hombre con unas trazas parecidas a las nuestras andaba comerciando por este lugar y quisimos averiguar qué había de cierto en ello.

Quien así había hablado era Alonso del Castillo Maldonado, otro integrante de la malhadada expedición de Narváez a La Florida.

—Nosotros también creímos que habías muerto ahogado en aquella maldita desembocadura de ese río del diablo. ¿Qué fue de ti? —preguntó Alonso.

—Acabé de esclavo de un chamán, con él aprendí algunas cosas que luego me sirvieron para recuperar la libertad cuando sané al hijo del cacique de la tribu en la que estuve preso. El padre, agradecido, dejó que me fuera de allí.

—¿Y ahora que eres libre te dedicas a mercadear?

—No tengo recursos ni medios para intentar volver a La Española, así que malvivo como puedo —respondió Álvar encogiéndose de hombros—. ¿Y vosotros?

—Pizca más o menos como tú. Nos apresaron los seminole[5] e igualmente nos esclavizaron —respondió Estebanico—, pero Alonso, que fue monaguillo en su pueblo, consiguió cristianizar a algunos incluido el jefe de la tribu y este nos regaló la libertad también. Como tú, andamos buscando la manera de volver a casa, pero no hay forma.

Los cuatro compañeros se abrazaron y se dispusieron a departir más detalladamente cuanto habían vivido durante esos largos años en que la compañía se había dispersado. Cuando estuvieron al día de sus vicisitudes y ya más serenos por la intensidad del reencuentro, el más cerebral de todos, Andrés Dorantes de Carranza propuso intentar volver a La Española o a Cuba, ahora que ya eran cuatro y podían aunar esfuerzos.

—Buena idea, Andrés —secundó Álvar—. Tan solo una cosita… ¿tú sabes dónde estamos?

—No —contestó el aludido—. Pero sé dónde quiero llegar.

—Ya, pero para llegar a un sitio hay que saber de dónde partes y estos lugares son complejos de explorar. Yo llevo más de cinco años vagando por estos lares y hoy es la primera vez que hablo con otros cristianos. Además, hay que tener mucho cuidado, algunos nativos no reciben muy bien a gente como nosotros, ya lo sabéis, sobre todo los que viven en la costa.

—Pues no vayamos por la costa. Vayamos al interior —añadió Estebanico—. ¿Por qué no construimos una buena barca y navegamos por el río que hay aquí cerca? Lo mismo hasta encontramos oro y todo, no estaría mal porque eso es lo que yo buscaba cuando salí de mi aldea.

Los cuatro amigos decidieron hacer caso al más joven y riéndose a carcajadas, contentos por el reencuentro, se dispusieron a construir una barca.  

—Me place navegar de nuevo con vosotros —dijo un exultante Álvar—. A buen seguro que hemos de tener un trayecto feliz, ya es hora de que se acaben las penalidades.

Así de animados iniciaron la travesía para remontar el río que por allí discurría; un caudal que sería bautizado más adelante con el nombre de Río Bravo por su dificultad para navegarlo ya que está lleno de obstáculos y peligros.

Continuará…





 



[1] Árbol caducifolio nativo de América del Norte (Texas y México) de gran porte.

[2] También karankawa, fueron un grupo de pueblos nativos americanos, ahora extinto, que desempeñó un papel fundamental en la temprana historia de Texas.

[3] Río Misisipi.

[4] Isla de Galveston, en la costa de Texas.

[5]Indios agricultores y cazadores que habitaban parte del golfo de México y Florida. 

27 de mayo de 2022

Juventud, divino tesoro (Segunda Parte)

 

Para leer la Primera Parte pincha AQUÍ

Llevaban más de una semana vagando por zonas insalubres y llenas de mosquitos. La fuente no aparecía y los hombres ya estaban hartos de tanto vagar y rascar las picaduras. El terreno enfangado hacía muy penoso el caminar. Por si fuera poco, en el agua vivían unas violentas criaturas —Sequene las llamaba caimanes— que, de vez en cuando, salían a tierra para atrapar con sus fauces poderosas las piernas de algún desgraciado y llevárselo entre alaridos del infortunado y la impotencia del resto de los compañeros.

—¿Dónde se encontrará esa maldita fuente? —refunfuñó el de Quexo.

—Si nos hubiéramos puesto a buscar oro seguro que ya habríamos terminado —añadió Antón.

De repente, un grupo de indios aparecieron entre unos matorrales. No iban ataviados como los que se habían encontrado al desembarcar y Sequene albergó la ilusión de que fueran de una tribu con una lengua parecida a la suya. Antes de que nadie se lo ordenara se acercó a ellos para intentar parlamentar.

—¿Habláis arawak? —preguntó Sequene en dicha lengua al indio que se había adelantado de su grupo.

El interpelado no hizo amago de comprender, pero Sequene insistió.

—Yo, arahuaco. De Cuba —añadió señalándose a sí mismo—. ¿Tú? —señaló a su interlocutor.

—Mayiami[1] —contestó el aludido señalándose primero y luego haciendo un gesto hacia sus compañeros.

«Bonito nombre, y bonitas mujeres», se dijo Sequene viendo las féminas que integraban el grupo de indígenas. «Si algún día en Cuba no me encuentro a gusto, podría venir aquí a vivir»[2].

—¿Hay por aquí alguna fuente? —preguntó Sequene haciendo el gesto de beber y sin entrar en detalles sobre propiedades milagrosas pues a él, a estas alturas, con encontrar un lugar de donde brotara agua ya le era suficiente.

—Mayiami [3]—repitió su dialogante.

—Fuente. Beber —insistió Sequene reiterando el mismo gesto.

—Mayiami.

Tras insistir con diferentes gestos y recibir la misma contestación de «Mayiami», Sequene se dio por vencido.

—¿Te han dicho dónde se encuentra la fuente? —preguntó Ponce de León.

—En Miami —contestó Sequene—. Un poco más adelante —mintió.

Decidieron pernoctar por la zona aprovechando que en ese lugar el agua no olía mal mientras que los indígenas prosiguieron su camino.

—¡Qué bonitas se ven las estrellas! —exclamó Antón mirando el cielo.

—Estamos perdidos rodeados de cieno y mosquitos y tú te pones a ver las estrellas. ¡Válgame Dios, no os presentía tan insensato, pardiez! —le reconvino el de Quexo.

—Es que se ven tan bien, y tantas. Este sería un buen sitio para observar el firmamento, e incluso para lanzar naves en busca de otros mundos allá en los cielos[4].

—Dejad de decir sandeces y poned a resguardo la pólvora, estas aguas seguro que nos han de estropear la munición.

Mientras Antón miraba embobado el cielo cuajado de estrellas, Ponce se acercó donde el indígena arahuaco estaba comiendo su ración de rancho.

—¿Sequene, te has enterado bien dónde se encuentra ese lugar… Miami?

Sequene hizo un vago gesto de asentimiento. Lo cierto es que no tenía ni idea de dónde estaba. Era consciente de que tantos días dando tumbos estaban acabando con la paciencia de Ponce de León, de hecho, ya le había apeado el "don" delante de su nombre y le tuteaba. Y si, además, por el camino empezaban a desaparecer sus hombres por culpa de los caimanes, la cosa iba a peor. Contrito, decidió confesar a su superior su impostura.

—Veréis, en realidad…

—¡Señor Ponce! —Nuño, uno de los grumetes, interrumpió la confesión del indígena—. He salido del campamento a… explorar y he descubierto una roca donde mana un líquido extraño. Puede que esa sea la fuente que tanto ansiáis.

—¡Voto a Dios! ¡Sabía que tenía razón! Mañana, al alba iremos hasta allí. Bien hecho, Sequene —palmeó la espalda del intérprete.

¿Sequene? Había sido Nuño quien había descubierto la fuente, bien era cierto que no estaba explorando sino buscando un lugar donde evacuar las tripas, pero al fin y al cabo la había visto él. El grumete se fue mirando esquinadamente al indio que internamente agradecía a sus dioses la protección que le estaban procurando porque la interrupción de Nuño había sido un golpe de buena suerte.

En el lugar que Nuño les mostró, entre unos árboles que enraizaban en el agua del pantano, había una roca de la que manaba un líquido blancuzco.

—¡Alabado sea Dios! —dijo Ponce de León rascándose la barbilla—. Nuño, bebe.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Has sido tú quien la ha encontrado, tuyo será el honor de beber el primero —contestó Ponce.

—Bueno… en realidad… hemos llegado hasta aquí gracias a Sequene. Que beba él, le cedo mi turno gustosamente —añadió Nuño dando un paso atrás. Lo que salía de aquella roca no parecía agua.

Todos miraron con expectación al intérprete. Este se dijo que había agradecido demasiado pronto a sus dioses la buena suerte porque en ese momento se había terminado. Si no quería que el engaño se descubriera no tenía más remedio que beber. Con gesto dudoso acercó la mano y tomó un pequeño buche de agua. Lo que fuera aquello blanquecino, no sabía mal, de hecho, no sabía a nada, igual sí era agua… aunque blanca.

Inmediatamente después, y sin dar tiempo a reaccionar a nadie, Ponce bebió también, tan convencido estaba de que aquello era la fuente buscada, además, tenía prisa porque la urticaria le estaba volviendo loco. Si era tan milagrosa como decían, esperaba que el picor de la barba desapareciera, las demás virtudes se verían con el tiempo.

—¡Ea! Ya podéis beber los demás.

Nadie se movió de su sitio.

—Yo es que no tengo mucha sed —dijo uno.

—A mí el agua… como que no. Prefiero el vino —dijo otro.

—Estoy con la tripa revuelta, no creo que beber me venga bien ahora mismo —añadió otro más.

Sequene, obligado, y Ponce de León, convencido, fueron los únicos que bebieron. Los demás esperaron a ver qué les pasaba. Según transcurrieron las horas ninguno mostró síntomas ni de bien ni de mal. El picor de la barba no desapareció y Ponce empezó a sospechar que lo de la fuente era una leyenda más de tantas como se contaban.

—Ya os dije que esas historias sobre una fuente mágica eran cuentos de estos salvajes —le dijo el piloto de Quexo en un aparte—. Mejor volvamos a La Española y demos cuenta de estas nuevas tierras. Dejemos la búsqueda de lugares fantásticos para otros.

—Tenéis razón. He sido un ingenuo, pero estaréis conmigo que hubiera sido fabuloso encontrar la fuente de la eterna juventud.

 

EN LA ACTUALIDAD

—En estos parajes Ponce de León arribó por primera vez a la península de La Florida, aunque él pensaba que era una isla. En un primer viaje se dedicó a explorar la supuesta isla. Varios años después intentó colonizarla, pero un ataque de los indios calusa hirió de gravedad al conquistador en una pierna, cuando esta se gangrenó regresó a La Habana donde falleció.

—Por lo que se ve no encontró la fuente de la eterna juventud —interrumpió al guía turístico una mujer ataviada con un espantoso vestido de flores.

Los demás turistas rieron la gracia de su compañera y el guía asintió:

—Parece ser que no —contestó el guía riéndose también—. De todas formas, muchos historiadores ponen en duda que Ponce de León buscara algo así, le consideran un conquistador con suficiente criterio y sensatez para no dar crédito a lo que no dejaba de ser una fábula. Él lo que realmente buscaba era oro, como todos los demás.

Todo el grupo rio nuevamente.

—Bien, acompáñenme al autocar. Ya es hora de regresar a sus hoteles.

Cuando todos los turistas se acomodaron en sus asientos, el guía se sentó al lado del conductor.

—¿Qué tal este grupo de japoneses? —preguntó el conductor en español y con un fuerte acento cubano.

—Sin problema, tienen un buen nivel de inglés, así que me he defendido bastante bien—contestó el guía igualmente en español.

—Ya sabes que, si tienes problemas con algún idioma, puedes recurrir a mí. Soy un fenómeno con las lenguas desconocidas.

Conductor y guía se echaron a reír a carcajadas mientras los demás ocupantes del autocar asistían a la escena sin comprender lo que parecía una broma íntima entre los dos hombres.

—¿Estos también te han preguntado por la fuente de la eterna juventud?

—¿Tú qué crees?

—Hay que ver lo cándida que es la gente —respondió el conductor riéndose de nuevo.

—Sí, hay mucho incauto por ahí —dijo el guía guiñándole un ojo mientras se rascaba con fuerza debajo de la barbilla—. ¡Maldita urticaria!

—Tienes que afeitarte esa barba, Juan —le reconvino el conductor—. Te lo llevo diciendo desde hace un montón de años.

 

 FIN

 

  

NOTAS



[1] Nombre de la etnia que habitaba la zona donde actualmente se encuentra la ciudad de Miami.

[2] Tras la revolución cubana un alto porcentaje de la población emigró a Miami.

[3] Mayiami significa «agua grande» posiblemente referido a un gran lago que se encuentra en la zona.

[4] Parece ser que el desembarco se produjo en un punto próximo a cabo Cañaveral donde, actualmente, se ubican las actividades espaciales de EE. UU.


18 de mayo de 2022

El precio del pienso, imparable

 


Economía 18/05/2032

 EL PRECIO DEL PIENSO, IMPARABLE

Por tercera semana consecutiva, el precio del pienso para caballerías vuelve a subir. Hoy se han rebasado los 5€/kg.

La escalada de precios ha propiciado que se plantee volver al transporte tradicional. Pero esta alternativa, por la que abogan los sectores más reaccionarios, no es viable según declaraciones del presidente de la Empresa Municipal de Transporte Equino (EMTE): «Olvidamos que el 90% de las gasolineras de hace una década desaparecieron por la falta de petróleo tras la guerra ruso-europea; recurrir nuevamente a los combustibles fósiles es más una utopía que una realidad. Aun así, pagar 200€ por litro de gasolina es inasumible. El empleo de coches eléctricos tampoco es realista, el precio de la luz supera los 10.000€ el kilovatio».

La industria equina también ve inviable un regreso a la locomoción motora, aunque la carestía del pienso para caballo ha provocado un descenso de las ventas de los carruajes de alta gama: «Con estos precios el consumidor prefiere carromatos tirados por dos o cuatro caballos y no por seis u ocho ya que el consumo en estos casos es mucho mayor», ha declarado Elon Musk director de una de las compañías punteras en este tipo de vehículos, Pezuña.com.

Asimismo, los ecologistas siguen apoyando la locomoción equina: «Por muy caro que esté el pienso es más caro para el planeta el calentamiento global derivado del transporte clásico» declaró Alonso Rocínflaco Galgocorredor portavoz del grupo QuéVerdeEraMiValle, «aunque siempre podremos utilizar el tren de San Fernando: un ratito a pie y otro andando»

 






14 de mayo de 2022

Juventud, divino tesoro (Primera Parte)

 

¿Seguro que esta es la ruta, Antón?

Que sí, mi señor. He recorrido este mar de los caribes muchas veces y he tenido el mejor maestro, nuestro gran almirante.

Que formarais parte de la tripulación de don Cristóbal cuando hizo uno de sus viajes no os da ningún título especial. Yo también participé y piloté una de sus naos.

Nadie os discute eso, señor, pero ahora mismo soy yo el que lleva el timón de esta embarcación.

De nada nos ha de servir si vais sin orden ni disciplina. Llevamos más de un mes de un lado a otro según sopla el viento, eso no es navegar, es errar como almas en pena.

Por favor, señores, no discutan más. Allí parece que se ve costa, cojamos un bote e intentemos desembarcar, este calor y esta humedad me están matando objetó un tercer hombre rascándose la barba debajo del mentón.

La pequeña embarcación arribó a una playa de fina arena blanca. Varios hombres desembarcaron mientras miraban a su alrededor.

Bueno, pues ya hemos llegado a otra isla dijo el que comandaba la expedición, un hombre de unos cincuenta años, alto y con aspecto distinguido.

¿Estáis seguro de que estamos en una isla[1]?

Eso lo deberíais saber vos, don Antón, pues hasta aquí nos habéis traído contestó el piloto refunfuñón.

Señor de Quexo, dejad las pullas para otro momento, no ha lugar ahora mismo intercedió el jefe con gesto cansado. Soy yo el que digo que esto es una isla, pues islas es lo que hay en este mar Caribe.

Podría ser una península. 

¿Una qué? Dejaos de sutilezas. Vamos a explorar.

¿Señor Ponce, no deberíamos antes ponerle nombre a esto? El almirante es lo primero que hacía después de tomar tierra en un nuevo lugar sugirió Antón que, diez años después de compartir nave con Colón en su cuarto viaje al Nuevo Mundo, recordaba al genovés con añoranza. Busquemos a algún nativo y le preguntamos cómo se llama este sitio.

—No, mejor nos lo inventamos nosotros que por estos lares suelen utilizar sonidos harto rebuscados. Le pondremos un nombre del santoral, así que llamaré a este lugar… ¿Antón qué día es hoy?

—Dos de abril de mil quinientos y trece, día de San Abundio.

Ponce de León se rascó la barba mientras pensaba cómo sería el gentilicio de los que nacieran en un lugar llamado San Abundio pues ya se imaginaba en aquel sitio una ciudad poblada por mucha gente. El jefe de la expedición era un hombre con una gran visión de futuro, pero también pragmático y supo que recurrir al santo que se celebraba el día del descubrimiento, como se hacía en otras ocasiones, para nominar un nuevo enclave no era buena idea en este caso.

Hoy también es la festividad de la Pascua Florida añadió Antón como si le hubiera leído el pensamiento a su jefe.

¡Florida! ¡Hemos llegado a la Florida! exclamó con alivio Ponce. Y ahora, sí, vamos a explorar.

Cuando todos los hombres desembarcaron de las tres naves que hasta la costa habían arribado, se internaron tierra adentro.

Llevaban media jornada caminando cuando se encontraron con un grupo de cazadores nativos, iban vestidos con ropas multicolores cosidas con cuero y llevaban el pelo trenzado adornado con plumas.

Con gestos amistosos los expedicionarios se acercaron a ellos.

—Don Sequene, parlad con estos indígenas y que sepan que venimos en son de paz —le dijo Ponce a uno de sus hombres.

Sequene era un indio arahuaco de la isla de Cuba, iba como intérprete pues suponían que en las islas de la zona todos hablaban una lengua similar.

El que parecía comandar el grupo de cazadores se acercó a los visitantes.

—Venimos en son de paz —dijo Sequene en su lengua natal[2].

El nativo contestó en una jerga ininteligible para los expedicionarios españoles y también para Sequene que no se enteró de nada. Por lo que se veía, en esa “isla” no hablaban nada parecido a las otras islas del Caribe, qué mala suerte. Sin embargo, el arahuaco no dejó traslucir su ignorancia porque desde que le habían incluido en ese viaje para hacer de intérprete había estado viviendo a cuerpo de rey. Un plato de comida diario con una jarrilla de vino, como cualquier otro tripulante, y nada de latigazos ni malos tratos, todo lo contrario, el jefe de la expedición le hablaba con deferencia y hasta le ponía el “don” delante de su nombre y todo. Si ahora confesaba que no servía para su cometido se acabaría la buena vida, así que decidió fingir mantener una conversación con su supuesto vecino isleño.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Ponce tras la parrafada del cazador.

—Estoooo… dice que… que bien, que mejor que vengamos en son de paz y no de guerra —inventó Sequene.

—Pregúntale dónde hay oro —le dijo Antón.

—Don Antón, si no os importa, aquí las preguntas las hago yo que para algo soy el jefe —reprendió Ponce de León al timonel—. Sequene, preguntadle si sabe dónde hay una fuente mágica con poderes curativos y que proporciona la eterna juventud.

—¡Por Dios, señor Ponce, con esas estáis! Os creía más sensato —protestó el piloto Juan de Quexo—. Esas fábulas sobre fuentes con aguas sanadoras son invenciones de los salvajes. ¿Dónde se ha visto que haya una fuente de tal índole en un lugar pagano? Esos milagros solo pueden darse en enclaves santificados por nuestros sacerdotes —añadió el de Quexo recordando la fuente con fama de curar los sabañones que se encontraba cerca de su pueblo natal.

Ponce de León hizo caso omiso a la reconvención de su piloto y animó a Sequene a que hiciera lo que le había pedido.

—¿Hay por aquí una fuente mágica cuyas aguas curan todas las enfermedades y dan larga vida a quien de ellas bebe? —dijo Sequene en su lengua.

—No te entiendo —contestó el otro nativo en la suya abriendo los brazos—. Tú no eres seminola, ¿verdad?[3]

—Dice… que sí, que por aquí cerca —tradujo Sequene esquivando la mirada de Ponce de León no fuera a verle en los ojos que estaba mintiendo descaradamente.

Ponce sonrió y se rascó la barba por debajo del mentón (esa maldita barba le estaba molestando cada vez más, el calor le había provocado una especie de urticaria debajo de la barbilla, debería rapársela).

Así que era cierto, la fuente de la eterna juventud existía; y él daría con ella. Sus cincuenta y tres años de vida azarosa y agitada le estaban pasando factura. Luchar en la toma de Granada, conquistar Puerto Rico y, sobre todo, administrar sus muchas plantaciones de yuca, le habían dado experiencias y buenos dineros, pero tanto quebranto le había minado la salud. Ponce se sentía viejo, tenía muchos achaques a los que ahora se añadía la molesta urticaria de la barba. Añoraba levantarse por las mañanas sin que nada le doliera, montar a caballo sin resentirse a las pocas millas de viaje, o poder beber hasta la madrugada sin luego tener dolor de cabeza. Quería volver a ser joven. Y ese sueño estaba ya a su alcance.

—Preguntadle dónde se halla la tal fuente —insistió con gesto perentorio a Sequene.

—¿Dónde está? —preguntó Sequene en su lengua arawak[4] con desgana y por decir algo porque ya sabía que sus palabras no iban a ningún lado.

—Que-no-te-en-tien-do —exclamó en su lengua creek[5] el nativo separando mucho las palabras y gesticulando aún más.

—Dice que… por allí… debajo de unas palmeras —mintió de nuevo Sequene preguntándose cómo iba a salir del embrollo.

Encabezados por un ilusionado Ponce de León, los exploradores retomaron la marcha mientras los cazadores observaban cómo se internaban en la espesura.

—¿Dónde van? —preguntó uno de los cazadores al que había estado hablando (infructuosamente) con Sequene.

—No sé. Pero hacia allí solo hay rocas y pantanos. Ellos sabrán. Son gente muy rara. ¿Te has fijado que casi todos tenían pelos en la cara? ¡Qué feos!

—Debe de ser muy incómodo eso de llevar pelo ahí. ¿Te has fijado tú que el más alto no hacía más que rascarse la barbilla?

—Sí que me he fijado. Tienes razón, debe de ser molesto tener pelo en la cara.

 

Continuará…









[1] Cuando Ponce de León llegó a la península de La Florida creyó que era una isla, el error no se subsanó hasta bastantes años después.

[2] Me hubiera gustado transcribir lo que dijo Sequene en su lengua natal, la de los nativos de Cuba, pero mi formación al respecto no llega a tanto. Lo siento. 

[3] Etnia de la península de la Florida. 

[4] Lengua de los arahuacos.

[5] Lengua de los seminolas.


Hada verde:Cursores
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