
Hace unos meses tuve que leer este libro por imperativo laboral. Los alumnos de 4º curso de Dietética debían hacer un trabajo basado en este best-seller y una servidora debía encargarse de supervisar las pruebas prácticas que tendrían que realizar. No tuve más remedio que leerme la obra en cuestión pues sería muy poco profesional no conocer el porqué y los motivos que llevarían a hacer determinadas mediciones a los alumnos.
Quiero resaltar la obligatoriedad de esta lectura porque en condiciones normales nunca me habría acercado a una obra de estas características.
Suelo huir de los superventas, también de los libros de divulgación científica y de los de autoayuda. Cuando estos tres conceptos se reúnen en un solo libro no huyo, escapo como alma que lleva el diablo. Pero en determinadas ocasiones hay que plegarse a las órdenes que nuestros superiores nos dan: donde hay patrón, no manda marinero.
Ya la presentación del escritor me dio mala espina. El autor, Peter J. D’Adamo, es doctorado en naturopatía y licenciado en medicina naturópata. He intentado averiguar si este doctorado y esa licenciatura es una especialidad de la carrera de medicina en EEUU –país donde realizó esos estudios– pero no he tenido éxito. Es decir, no sé si este señor es un médico de los de verdad u otro vendedor que adorna su currículo con la palabra “doctor” delante de su nombre.
El concepto naturopatía es de por sí ambiguo. Etimológicamente significa: 'Doctrina que defiende el empleo de medios naturales en todos los aspectos de la vida, especialmente para conservar la salud y tratar las enfermedades'.
Es decir, para curar enfermedades la Naturaleza se basta y sobra. Como boticaria que soy tendría mucho que añadir al respecto. Sí es verdad que muchos remedios farmacológicos provienen de plantas y otros elementos presentes en la Naturaleza, pero la ciencia farmacológica ha evolucionado mucho y algunos compuestos creados en el laboratorio también son efectivos y mucho más eficaces. Negar las bondades de la investigación no me parece correcto.
En cualquier caso, independientemente de la formación académica del autor, es innegable que su libro se ha convertido en un fenómeno editorial y los millones de ejemplares vendidos le han reportado pingües beneficios. A mí esto no me molesta, lo que me preocupa es que la venta de estos libros ha venido acompañada del seguimiento de unas recomendaciones alimentarias que distan mucho de ser adecuadas, y me atrevería a decir, saludables.
A mitad de camino entre un libro de autoayuda y un anuncio de la teletienda, el libro nos marca unas pautas para “cambiar nuestro destino genético”. Cada individuo viene marcado por una dotación genética heredada de sus progenitores que a su vez la heredaron de sus antepasados. Esta información que se encuentra en nuestros genes puede derivar en aspectos positivos y negativos. Según el autor, nosotros podemos cambiar eso y lograr que solo se manifiesten los aspectos buenos, relegando o “acallando” los malos.
La verdad es que el concepto de partida es real. Se basa en el “genotipo” (todo junto). El genotipo es la variedad de genes que un individuo posee, unos se manifestarán en forma de determinadas características y otro permanecerán “callados”. Aquí el autor da una vuelta de tuerca y elabora un concepto “particular” (sic) añadiendo ciertos aspectos que incluyen la relación con el entorno, la influencia de la historia familiar y los efectos de las historia fetal o prenatal. A esta nueva definición él la bautiza como Geno Tipo.
Incluso esta nueva forma de entender el genotipo clásico es correcta. Las nuevas investigaciones sobre el tema han llegado a la conclusión de que el entorno tiene una influencia importante en la expresión o no de determinados genes, es lo que actualmente se denomina “epigenética”. También es aceptado por la mayoría de los científicos que lo que ocurre en el desarrollo fetal puede incidir en la aparición de determinadas enfermedades cuando ese feto se convierte en adulto –obesidad, diabetes, y otras enfermedades están directamente relacionadas con la alimentación de la madre durante la gestación y la presencia de determinados genes–.
Hasta aquí, todo bien. El problema viene cuando saca conclusiones de estas premisas. Y esto es algo que caracteriza a muchas nuevas teorías o terapias alternativas. Parten de una base científica correcta, con un buen razonamiento, pero en un determinado momento dan un “salto” y se sacan conclusiones de la chistera, como si de un truco de prestidigitador se tratara.
Según el autor nosotros podemos “hacer hablar” a algunas partes de nuestra herencia mientras hacemos que otras se queden en silencio. Pero primero debemos saber qué genes tenemos en nuestras células para saber cuáles deben “hablar” y cuáles deben “callarse” .
Lo ideal para saber qué genoma poseemos es ir a un laboratorio y que nos hagan el perfil genético. No obstante, el autor nos da otra alternativa, mucho más cómoda y barata: comprar su libro (y leérselo).
El caso es que se nos dan unas pautas para averiguar qué genes poseemos y qué enfermedades somos propensos a padecer. Una vez conocida esta información pasa a una segunda fase: cómo neutralizar esos genes “malos” mediante la alimentación.
La forma de saber qué genes se encuentran en nuestras células me pareció bastante peregrina –medir el torso o las piernas, la proporción entre dedo anular e índice, tamaño craneal, etc.– aunque alguna de estas mediciones sí sirven para averiguar algunos datos de composición corporal, me cuesta creer que también sirvan para conocer la dotación genética. Y eso que avisa que lo va a explicar; explicación que brilla por su ausencia porque fue lo primero que yo quise buscar y no encontré.
El autor, en un alarde de síntesis con el genoma humano, clasifica todas las posibles combinaciones de genes en seis grandes grupos a los que da nombres muy sugerentes: Cazador, Recolector, Maestro, Explorador, Guerrero y Nómada. Estos nombres se basan en otra teoría suya: nuestros genes ya vienen determinados por nuestros ancestros más antiguos que se dedicaban a una u otra labor en función de su predisposición genética. Según a qué grupo pertenezcamos tendremos tendencia a padecer determinadas enfermedades. Por cierto, a cuenta de esta clasificación el autor escribe:
"No tengo realmente pruebas arqueológicas ni antropológicas para completar los datos. Puedo deducir cómo se desarrollaron estos grupos pero esta es la parte de la historia para la cual las pruebas siguen siendo básicamente circunstanciales. He identificado los seis grupos que existen y luego he especulado acerca de cómo llegaron hasta aquí. El resto tendrá que aportarlo algún otro."
En este punto de la lectura mi asombro llegó a la alucinación. Es decir, el autor expone una serie de teorías, pero la demostración de su veracidad se la endiña a otro. Yo lo flipo.
Una vez que ya sabemos a qué enfermedades estamos predestinados (Alzheimer, infarto de miocardio y/o ictus, cáncer de mama o de cualquier otro tipo, etc.) y ante la posibilidad de que nos sumamos en la más profunda depresión, el autor nos ofrece una salida optimista y reparadora: su libro. En él encontraremos remedio al fatal destino genético.
No negaré que en la introducción se habla de conceptos genéticos de manera acertada: acetilación de histonas, metilación, genes reactivos, etc. Lo que ya no es tan acertado es llegar a la conclusión de que la dieta puede metilar los genes indeseables (un gen metilado no se expresa y no manifiesta la información que lleva, léase en este caso el padecer una enfermedad). Lo que no explica es cómo la dieta metila los genes “malos” y deja sin metilar “los buenos”, los que sí nos interesa que se expresen.
Otra de las perlas con las que adorna la introducción es su particular concepto de la selección natural y que él llama “efecto fundador”, una mezcla entre antropología y ciencia ficción:
“Cuando un pequeño grupo se separa de un grupo mayor y emigra a tierras lejanas, sus miembros sólo transportan una fracción del potencial genético de la población original. Sean cuales sean los genes que han logrado llevarse del grupo mayor, esos serán los genes que sobrevivan, y nos son necesariamente los más aptos. No obstante, son los supervivientes, y los que pasarán su herencia genética al resto de nosotros”.
Si no son los más aptos, me pregunto yo, ¿cómo logran sobrevivir? El autor lo explica claramente: han tenido suerte . Si Darwin levantara la cabeza…
En fin, no voy a extenderme más porque podría poner muchos más ejemplos. Tampoco analizaré las posibles dietas a seguir que el autor propone, pues como todas las dietas tienen muchos fallos y carencias.
Pero si tuviera que extraer una conclusión global o un objetivo sería muy clara. Toda la obra está encaminada a una meta final: vender el libro. Aunque hay otra más, vender el otro libro que publicó anteriormente a este y que también fue superventas: “Los grupos sanguíneos y la alimentación”. Este último no me lo he leído y viendo cómo me fue con el que nos ocupa ahora, no pienso leerlo ni harta de vino. Para leer ficción prefiero las novelas.
