Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

27 de noviembre de 2021

Invocación (I)


 

Nunca lo conseguiría. No tenía capacidad para hacer todo lo que ella le exigía por mucho que su madre dijera que ese era su destino. Le resultaba muy difícil aprender aquello. Eran demasiadas cosas. Saber las propiedades de todas esas plantas era muy complicado, apenas entendía en qué consistían las dolencias que sanaban; si los nombres de las enfermedades ya le resultaban en la mayoría de los casos extraños, más aún cómo se curaban. Tan solo conocía unas pocas dolencias, como el mal del pecho, ese que se llevó a su padre cuando ella era una niña, o el garrotillo ―aún recordaba con pavor la muerte de su hermano Unai cuando su garganta llegó a hincharse tanto que el pobre bebé acabó ahogado―. Por lo demás poco sabía de las causas por las que se moría la gente, porque esas cosas poco interesan cuando se tienen doce años.

Tampoco podía diferenciar esos malditos hongos tan parecidos, mucho menos memorizar sus enrevesados nombres. Ni siquiera era capaz de distinguirlos entre las hojas del suelo; más de una vez los había pisado deambulando por el monte en su busca y cuando esto ocurría ella la regañaba sin compasión.

Por eso prefería ir sola al bosque, aunque se desorientara porque su inutilidad era tal que en cuanto se alejaba de las cercanías de su casa se perdía fácilmente.

―Águeda, siempre estás con la cabeza en las nubes, no prestas atención por dónde vas y por eso te pierdes ―le solía reprender con dulzura su madre.

Su nefasta capacidad para orientarse fue la responsable de que acabara en el lugar en el que se hallaba, con esa maldita mujer. El día que se perdió en Irati fue el inicio del desastre.

Una de las ovejas que cuidaba se adentró en el bosque y Águeda fue en su busca para reintegrarla al rebaño ―el dueño era capaz de matarla si regresaba con la manada incompleta―, así que, a pesar del temor que la zona le inspiraba, se introdujo en la floresta para encontrar el animal perdido. Al final la oveja supo salir de allí por sus propios medios, pero Águeda no. Pasar la noche en aquel lugar siniestro fue un mal trago: la humedad, la oscuridad, los crujidos de los árboles que al mecerse con el viento parecía que le hablaban, todo la aterró. Águeda supuso que fue producto del miedo, pero creyó entender frases murmuradas por las hayas que, en cierta medida, la reconfortaron. En su cabeza sonaron voces diferentes, algunas dulces, otras infantiles; había una muy grave que cada vez que se oía parecía enfadada, en cambio había otra más aguda que solo decía impertinencias, se dedicaba a ridiculizarla y a llamarla panoli.

Cuando estaba a punto de amanecer apareció un hombre muy alto, con una larga y brillante cabellera rubia. Sin dirigirle la palabra la tomó de la mano y la condujo fuera del bosque hasta las cercanías de su aldea. Si no llega a ser por él hubiera muerto sola en aquella selva de hayas y abetos.

Fue una experiencia terrible, pero lo peor aún estaba por llegar. Lo malo no fue perderse, peor fue contarlo. Cuando le dijo a su madre, y a las vecinas reunidas en su casa alrededor de la lumbre, que por la noche las hayas le habían hablado y que un hombre extraño acudió en su ayuda, todas las mujeres que la escucharon se persignaron y comenzaron a murmurar. En pocos días el rumor se extendió por toda la aldea y cada vez que Águeda paseaba por las embarradas calles, los vecinos la señalaban con el dedo y más de uno escupía a su paso.

Una madrugada, cuando un tibio sol apuntaba entre las montañas, su madre la despertó y se la llevó al bosque con un pequeño hatillo donde había guardado unas pocas prendas.

―¿Dónde vamos, madre?

―A un lugar seguro para ti ―fue la escueta respuesta de su progenitora.

Caminaron durante horas entre árboles centenarios. Cuando llegaron a un pequeño claro del bosque donde discurría un río, divisaron una cabaña. Una anciana salió de la choza a recibirlas.

―Aquí tienes a mi hija. Tiene el don, es contigo con quien debe estar ―dijo la madre de Águeda.

La anciana miró a la niña y, después de un severo escrutinio, sonrió mostrando una reluciente dentadura, algo que asombró a Águeda porque nadie de la aldea con los mismos años tenía una boca tan sana como la de aquella mujer.

Antes de irse la madre de Águeda abrazó a su hija con lágrimas en los ojos.

―Aquí estarás bien. Créeme, este es tu lugar. Obedécela ―señaló a la anciana―, con ella aprenderás cosas increíbles.

Y así empezó su calvario. Su madre le dijo que ahí estaría bien, pero no era cierto. Se levantaba al alba para limpiar y ordenar el siempre desordenado habitáculo de la vieja, lleno de hierbas secas y frascos con líquidos de distintos colores. Las pocas palabras que la anciana le dirigía eran para darle órdenes. El resto del día lo ocupaba en aprender lo que ella le quería enseñar, invariablemente con frases secas y concisas.

―Hongo yesquero ―señalaba con un dedo artrítico un cestillo lleno de setas marrones y esponjosas―. Crece en la corteza de los árboles. Bueno para taponar heridas que sangran mucho.

Águeda, angustiada, intentaba memorizar todo mientras la anciana seguía con sus lecciones.

―Oreja de Judas, para la hinchazón de la piel y la irritación de los ojos. Pulmonaria, se recoge en verano; para la tisis y los catarros. Genciana, para los problemas del estómago. Acedera, suelta las tripas y la vejiga.

Tan solo en algunas ocasiones se explayaba más en sus explicaciones, como cuando le enseñó el pebrazo.

―Para la gonorrea ―dijo tomando en sus manos sarmentosas una seta ―. Esta la pide con frecuencia el cura ―sonrió con ironía―, aunque nunca viene él, claro, siempre manda a algún chiquillo.  

Casi todos los días iban juntas al bosque, a recolectar plantas y hongos. De regreso a la cabaña elaboraban emplastos, ungüentos y todo tipo de preparados que guardaban en una alacena, protegidos de la luz y de la humedad que todo lo impregnaba. De vez en cuando alguna aldeana se acercaba a la choza para llevarse una de las pócimas que la vieja y ella hacían. A cambio, recibían una gallina, una hogaza de pan o un buen trozo de queso. De todas las visitantes esporádicas que hasta allí se acercaban, Águeda nunca reconoció a ninguna. No eran sus antiguas vecinas; su nuevo hogar estaba muy lejos de la casa de su madre, y constatar eso la entristecía porque sabía que nunca volvería allí.

No era feliz. Se agobiaba con tanto nombre y tantas cosas que aprender. Ella nunca había sido muy espabilada ―estaba allí por tonta, por haberse perdido en Irati y, encima, contar lo que le ocurrió―. La anciana le decía, de tarde en tarde, que tenía el don. Como la vieja no era precisamente dicharachera, Águeda no consiguió averiguar a qué se refería. Por lo que a ella le constaba, no era capaz de hacer nada bien.

Siete lunas después de su llegada, la anciana le dijo a Águeda que preparara un zurrón con comida, que iban a hacer un viaje de varios días.

―¿Dónde vamos?

―A ver unas amigas ―respondió secamente la vieja.

Águeda se limitó a obedecer sin indagar más, pero en su interior se preguntó qué amigas podía tener esa mujer tan hosca que vivía en lo más profundo del bosque sin más compañía que los árboles, el agua del río y, desde hacía unos meses, una chiquilla torpe.

Caminaron durante varias jornadas entre bosques y montañas, siempre esquivando los lugares poblados. Cuando se hacía de noche, buscaban el refugio de algún árbol hueco o se cobijaban en las hojas amontonadas entre rocas cubiertas de musgo. Al cumplirse el quinto día de viaje divisaron desde una loma una población en medio de un valle cubierto de praderas de color esmeralda.

―Zugarramurdi ―exclamó la vieja con una sonrisa de satisfacción.

―¿Es a ese pueblo donde vamos?

―No exactamente.

Bajaron en dirección a la aldea, pero antes de llegar se desviaron hacia una zona boscosa y, tras atravesar un claro, llegaron a una cueva enorme. Águeda había visitado con otros chiquillos las grutas de su pueblo natal, pero eran pequeñas oquedades excavadas en la roca donde apenas cabían unas pocas personas. Sin embargo, la cueva en la que se encontraban era grandísima, en algunas zonas el techo era más alto que el de la iglesia de su aldea.

Mientras Águeda miraba embobada a su alrededor se oyeron voces femeninas. Del fondo de la cueva surgieron varias mujeres de edades diferentes. Todas se acercaron a las recién llegadas.

―Ane ¡Por fin has venido, amiga! ¡Cuántos años sin verte! Será un placer volver a charlar contigo y compartir vivencias ―dijo una mujer de tez muy blanca y con una larga cabellera roja al tiempo que abrazaba a la anciana.

Con esas pocas frases Águeda obtuvo más información de su mentora que en todos los meses que había pasado con ella: se llamaba Ane, era capaz de charlar y, lo más asombroso, ¡tenía amigas!

El asombro y los descubrimientos para Águeda no habían hecho más que comenzar.

CONTINUARÁ…





20 de noviembre de 2021

Perdida en la selva (y II)

 

Mecida por la vibración de las hayas al moverlas el suave viento empecé a cabecear. Un ligero mareo me invadió y ante mis ojos danzaron imágenes.

Como si de una película se tratara vi pasar las estaciones en el bosque. En el otoño las hojas descendían desde las alturas imposibles de las ramas más altas, hasta el suelo para formar un manto mullido y húmedo. La lluvia fina que regaba todo el lugar las convertía en un fertilizante alimento para las raíces de los árboles que las habían dejado caer, volviendo en cierta manera al lugar del que procedían. El calor de la putrefacción permitía temperaturas agradables para soportar el invierno cuando el bosque quedaba aletargado, en reposo, durmiente, en espera de rayos de sol más potentes que lo despertaran. La primavera con sus días más largos avivaba la savia y entonces nuevas hojas, hijas de las que cayeron y yacieron a los pies de las hayas, nacían para, en un magnífico despliegue horizontal, acaparar toda la luz y nutrirse. El verano transcurría en el bosque con un frescor fruto de la sombra producida por las ramas al tamizar los pocos rayos de sol que llegaban hasta el suelo.

―Yo me pregunto por qué esta mujer nos entiende. ¿No os parece sospechoso?

La voz chillona del haya toca narices me sacó de la ensoñación.

―Bueno, de vez en cuando aparece alguien así. No es la primera vez ―contestó el haya amable a la que ya había bautizado como Maja.

―Han pasado muchas lunas desde la última vez que un humano estuvo por aquí y habló con nosotros ―tronó la voz del haya que parecía llevar la batuta y a la que yo llamé Gruñón.  

―Es cierto, aún me acuerdo de ella. Pobrecilla, qué triste destino le aguardaba ―replicó Tocanarices―. Si hubiera sabido cómo iba a acabar seguro que no se habría ido de aquí.

No tenía ni idea de quién estaban hablando, pero me picó la curiosidad.

―¿Qué le pasó? ―pregunté alzando la cabeza y mirando a todos los árboles por igual. Aún no era capaz de identificar qué haya en concreto hablaba, aunque a Maja sí que la tenía localizada.

―Murió ―fue la escueta respuesta.

Un silencio siniestro se enseñoreó del lugar, ni el viento se hizo notar. Sentí un escalofrío.

―Ya, bueno. Si dices que fue hace mucho tiempo, lo lógico es que se haya muerto ―dije yo por tirarle de la lengua, o de lo que sea que tengan los árboles que hablan.

―Lo malo no fue que se muriera, sino cómo le vino la muerte ―prosiguió Tocanarices.

―La quemaron en una hoguera ―añadió Gruñón.

Esta vez su voz parecía afligida, algo que me sorprendió porque hasta ahora siempre había hablado con un tono enfadado.

―¡Madre mía! ¿Estáis seguros? Ya no se quema a la gente en la hoguera, eso son cosas de un pasado lejano ―repliqué yo algo asustada.

―A ver, panoli. Te acabamos de decir que fue hace muchas lunas.

―¡Ah! Vale. Y… exactamente, ¿por qué la quemaron? ―pregunté yo como si hubiera motivos más válidos que otros para hacer esa monstruosidad.

―Por bruja ―contestó la voz infantil, Nene ya para mí.

―Por ser diferente, en realidad ―añadió Maja―. No hacía ningún mal. Siempre que venía al bosque a buscar plantas para los emplastos que ella misma elaboraba, era amable con todos nosotros, respetuosa con cualquier ser vivo. Nunca hizo daño a nadie, pero sus congéneres la tenían miedo.

―Que se juntara en una cueva con otras amigas para bailar y vete tú a saber qué otras cosas más, no ayudó mucho, la verdad ―dijo Tocanarices―. Cuando se hacen cosas raras… pues eso no gusta a muchos. Los humanos sois muy cerriles. Pero la pobre Ane estaba un poco ida, las cosas como son.

―Debería haberse quedado aquí, entre nosotros, nunca la habrían encontrado. Incluso tenía el permiso de Basajaun para quedarse a vivir en el bosque ―añadió Gruñón.

―Además se llevaba muy bien con la otra loca, la que anda desnuda por aquí ―prosiguió Tocanarices.

―¡Más respeto! ¡No consiento que hables así de nuestra señora! ­―tronó Gruñón―. Basandere puede caminar por sus dominios como le dé la gana, y si quiere hacerlo desnuda está en su derecho.

Mientras Gruñón regañaba al haya faltona ―a lo que se ve Tocanarices era irrespetuoso con todo el mundo―, yo intentaba memorizar los nombres que estaba oyendo.

―Y esos Basanosequé y Basandenosecuántos, ¿quiénes son?

―Los señores del bosque ―contestó Nene―. ¿No te los has encontrado?

―Creo que no. ¿Qué aspecto tienen?

―Basajaun es muy alto, tiene una larga cabellera rubia; suele tener mal carácter, no le gusta que le desobedezcan. Basandere es muy bella y suele andar desnuda ―me informó Nene.

―Pues no, no me los he encontrado. A él casi que estoy segura, y a ella segurísimo que no, me habría dado cuenta si hubiera visto a una mujer en pelotas.

―¿Y a Juana? ¿La has visto?

―Si no me das más pistas… No sé a quién te refieres. Aunque entre los senderistas es común saludar a los paseantes con los que nos cruzamos no suelo preguntarles cómo se llaman ―contesté pensando que por fin oía un nombre facilito de recordar, Juana.

―Si la hubieras visto también te acordarías ―replicó Tocanarices.

―¿Por qué? ¿También va desnuda? ―pregunté.

―Es un esqueleto. Lo llevan en volandas unas hadas.

―Tienes razón, a esa tampoco me la encontré, y menos mal.

Después de saber qué clase de gente deambulaba por la zona, casi que estaba contenta de estar sola. ¡Menudos inquilinos los de este bosque! ¡Y me quejaba yo de mis vecinos!

―¿Y por qué "pasea" así la pobre Juana? ―pregunté curiosa pensando que había gente con manías muy raras para caminar por el bosque.

―Porque fue envenenada. Era reina de Navarra y tenía enemigos que no la querían bien.

―Ya, si la envenenaron muy bien no les caía, no, pero ¿y eso qué tiene que ver para ir el esqueleto por ahí?

―Busca venganza.

―¿Dando sustos a los que se encuentra por el camino? Pues vaya con la reina ―comenté.

―Nos estamos desviando de la principal cuestión ―dijo Tocanarices―. ¿Por qué eres capaz de entendernos?

―No tengo ni idea. Pero cuando me pierdo caminando me suelen pasar cosas raras. Hace un par de años me encontré con el espíritu de un oso en un bosque asturiano (Crónicas astures) y aquello, además de ser extraño, me causó muchos quebraderos de cabeza. En otras ocasiones he tenido como acompañante a un dios griego (Crónicas hercúleas), y en El Bierzo me topé con una bruja que también me metió en líos (Crónicas bercianas). No sé, quizás sea algo genético ―concluí encogiéndome de hombros.

―¡Bruja! ¡Esa es la clave! ―exclamó Tocanarices―. Como Ane, y como otras antes que ella, fueron las únicas que consiguieron entendernos.

―Hace mucho tiempo que las brujas dejaron de existir. A todas las persiguieron y quemaron o encerraron ―dijo Gruñón.

―Pues alguna debe de quedar suelta aún ―insistió Tocanarices.

―¿Qué más da el motivo? ―intervino Maja― Tú estás aquí, hablando con nosotros, sintiendo el bosque. Eso es lo único que importa.

―La verdad es que esta experiencia es muy instructiva ―asentí yo―, pero me gustaría que alguien me dijera cómo encontrar una senda que me saque de aquí. Vamos a ver, no me entendáis mal. Estoy disfrutando mucho de vuestra compañía pero la noche está a punto de caer encima y yo no tengo equipamiento para hacer vivac.

―Quizás si anduvieras un poco y no estuvieras de cháchara con nosotros ya habrías encontrado el camino ―replicó Tocanarices haciendo honor a su nombre.

―Si te encuentras con Basajaun puede que te ayude ―dijo Nene­.

O sea, que después de tanta cháchara me iba a tocar seguir andando a la buena de Dios para encontrarme con alguien que me diera indicaciones.

―Bueno, pues me pondré a caminar a ver qué hago ―dije con el ánimo por los suelos.

―Para toparte con Basajaun solo tienes que cerrar los ojos e invocarle, él se te mostrará… si quiere. Suele hacerlo para ayudar a los caminantes errantes ―me ayudó Nene.

Dado que la humedad previa al crepúsculo ya se estaba haciendo notar y la perspectiva de pernoctar en aquel lugar no me atraía nada, desesperada decidí hacer caso al haya infantil. Cerré los ojos y deseé con todas mis fuerzas que el señor del bosque se me apareciera para sacarme de allí.

De repente, una voz distinta se oyó.

―¡Por fin! ¡Estás aquí! Llevo media hora buscándote.

Abrí los ojos y enfoqué la vista hacia quien hablaba. Un hombre rubio, con una mochila en la espalda me estaba mirando.

―¿Basajaun? ―dije asombrada.

La indumentaria que llevaba aquel hombre para nada me cuadraba con un señor del bosque con malas pulgas. Más parecía otro senderista y además muy parecido al guía del grupo con el que había empezado a caminar por allí.

―No. Soy Miguel. ¿No me reconoces? Estamos buscándote desde hace un buen rato. Espera, voy a comunicar por el walkie que te he encontrado. ¿Qué te pasa? Estás pálida. Ni que hubieras visto fantasmas.

No era Basajaun, sentí cierta decepción. Después de tanto cuento como me había enterado esperaba algo más excepcional, pero también tenía que reconocer que podía haber sido peor.

―Al menos no eres Juana ―dije en voz alta sin darme cuenta.

―¿Qué Juana? ¿Qué dices? De verdad, Paloma, ¿te encuentras bien? ¿Te has caído y te has golpeado la cabeza? ―me preguntó con gesto alarmado―. Te noto desorientada.

Claro que estaba desorientada, me había perdido y había estado hablando con árboles. O eso creía porque desde que apareció Miguel las hayas permanecieron calladas. Quizás tuviera razón el guía y me había golpeado, o había inhalado algún efluvio de un hongo alucinógeno ―no podía quitarme esa posibilidad de la cabeza ni a tiros―.

No contesté. Tan solo me limité a seguirle para unirnos con el resto del grupo de caminantes. Empezamos a alejarnos de la zona y cuando ya estaba convencida de que todo lo vivido y oído había sido fruto de una ensoñación, escuché perfectamente.

―¡Hasta pronto! ¡Vuelve cuando quieras… panoli!

FIN






13 de noviembre de 2021

Perdida en la selva (I)

 

«Un paraíso de la Naturaleza» «Exuberancia en estado puro» «El mayor hayedo-abetal de Europa te asombrará con sus paisajes sacados de un cuento y sus miles de hectáreas de naturaleza salvaje para perderte». Estas eran las frases que pude leer en el folleto de una agencia de senderismo sobre la Selva de Irati. Aunque sé que los reclamos turísticos siempre suelen ser exagerados, decidí apuntarme al viaje y conocer ese lugar. Además, eso de ir a una selva en España me pareció original porque yo siempre había ubicado las selvas en lugares recónditos y muy alejados de mi casa como África o América.

La verdad es que el folleto que me hizo viajar hasta ese bosque de Navarra no mintió. El lugar era espectacular y el asombro comenzó en el mismo momento en que bajé del autocar y me calcé las botas de montaña para iniciar el recorrido. De todas formas, lo de que aquello fuera una selva siguió sin convencerme, demasiadas películas de Tarzán vi en mi niñez para quitarme de encima ciertos prejuicios e informaciones incorrectas.

El folleto no se equivocaba, no. Sobre todo en la frase que decía lo de miles de hectáreas para perderte.

Empecé a caminar con la boca abierta mirando embobada a mi alrededor. Hayas altísimas mezcladas con abetos también altísimos me hicieron mirar hacia arriba con los ojos abiertos de par en par. Tanto mirar arriba hizo que no mirara abajo, donde pisaba, y eso provocó que diera algún que otro traspiés porque el suelo estaba cubierto de hojas caídas y bastante embarrado ―cosas del otoño y de la lluvia navarra―. Pero lo de mirar atontada hacia arriba tuvo otra consecuencia peor que la de resbalar de vez en cuando y fue que me salí de la senda alejándome del grupo de senderismo. Salirte de una senda y caminar sola en una zona que no conoces lleva irremisiblemente a un único desenlace: te pierdes.

No sé cuánto tiempo llevaría perdida en el bosque cuando me percaté de que estaba sola. En un momento dado miré a mi alrededor y allí no había más que árboles, rocas cubiertas de musgo y un silencio inquietante tan solo roto por el bisbiseo de las hojas mecidas por el suave viento que, a ráfagas, barría el bosque.

Lo primero que se me ocurrió fue mandar un whatsapp al guía para avisarle de mi situación, pero no había cobertura. Lo segundo que se me ocurrió fue acudir al GPS del Google Maps aunque en la casilla de “destino” no sabía muy bien qué poner, pero miraría en el mapa algún lugar con casas y allí me iría. Mis dudas no tenían ningún sentido porque el GPS tampoco funcionaba.

«Tranquila, Paloma, no pasa nada, el grupo no puede andar muy lejos, seguro que lo encuentras enseguida» me dije para darme ánimos, pero lo cierto es que estaba más sola que la una y cierto canguelo y angustia empezaron a invadirme.

Intenté recordar las lecciones de mi abuela gallega sobre cómo orientarse en el bosque; me dijo algo como que el musgo en los árboles se adhiere en la cara norte. «Bueno, pues ya está», me dije, «miro dónde está el musgo y me voy al norte» ―aunque no supiera realmente qué había al norte, bueno, sí, según mis lecciones de geografía al norte de Navarra está Francia, tampoco es que me hiciera mucha gracia ir hasta allí, pero no podía ponerme exquisita en una situación tan extrema―.

Me acerqué a un haya y me fijé en el musgo; el puñetero recubría todo el tronco, por todos lados. «Pues estamos listos» me dije ya algo cabreada. Yo no sé para qué nos enseñan cosas que no sirven para nada, incluida mi pobre abuela.

Empecé a barajar más opciones para darme cuenta de que no las tenía porque yo soy muy urbanita y sin planos y sin GPS o gente a la que preguntar, no sé moverme en lugares que no conozco.

Me senté abatida en el suelo.

―Vaya, al final no sabe qué hacer. ¡Pobrecilla! ―dijo alguien con una dulce voz.

―Te dije que era una panoli, otra tonta que se pierde ―respondió otra voz, esta más aguda.

Me giré ilusionada creyendo que un par de excursionistas andaban cerca y serían mi salvación, pero allí no había nadie, aunque las voces siguieron oyéndose y esta vez eran más.

―Deberíamos ayudarla, ¿no creéis? ―esta voz era como la de un niño.

―Si no sabe caminar por aquí ¿para qué viene? Cada uno es responsable de sus decisiones ―dijo otra voz mucho más ronca y con autoridad.

―No seas tan rígido. Seguro que ha sido un despiste tonto, un error sin importancia. Vamos a echarle una mano ―insistió la primera voz, la dulce.

―¡No! Los problemas de los humanos no son de nuestra incumbencia.

―¡Que se fastidie! Por panoli ―añadió la voz aguda.

Mientras esta conversación se daba yo no hacía más que mirar a mi alrededor pero no divisaba a nadie. Me incorporé y, creyendo aún que eran excursionistas ocultos por los árboles, grité.

―¡Hola! ¡¿Hay alguien ahí?! ¡No os veo! ¡Estoy aquí! ¡Aquí! ―chillé con todas mis fuerzas para que me pudieran localizar.

―¿Quieres hacer el favor de no gritar? ―me reconvino la voz ronca.

―Panoli y además chillona. Lo tiene todo la pava esta ―añadió la voz aguda.

Quienes hablaban estaban cerca de mí, pero yo seguía sin ver a nadie.

―¿Dónde estáis? ―dije al aire― No os veo.

―¿No nos ves? Pues tienes un problema de vista, bonita. Panoli, chillona y cegata, lo tienes claro ―me contestó la voz aguda.

―Mira bien ―dijo la primera voz que oí, la dulce―. Sí que nos ves, y ahora además nos oyes.

Al tiempo que la voz dijo eso, las ramas del haya más cercana a mí vibraron suavemente, cuando miré hacia ellas volví a oír la misma voz.

―No temas ―dijo al tiempo que las ramas volvían a moverse.

«¿Me están hablando los árboles?» me dije. Entonces pensé que, en mi errático deambular, había pisado algún hongo alucinógeno y había respirado alguna sustancia tóxica que ahora me provocaba visiones, o mejor dicho, “audiciones”.

―El bosque cuida de todas sus criaturas ―prosiguió la voz.

―Hasta de las panolis ―añadió la voz aguda con cierto tono irónico.

―Pero, pero,… Esto no puede ser. Los árboles no hablan ―dije yo tontamente.

―Porque tú lo digas ―dijo otra voz distinta a las anteriores.

―Todos los seres vivos se comunican de una manera u otra. Que no se comprenda por todos es otra cuestión ―aclaró la voz dulce.

­―Vale, está bien ―me rendí―. Estoy hablando con unas hayas. Y ya que estamos… ¿podríais decirme cómo salir de aquí?

―¿Tan mal te encuentras en nuestra compañía? ―dijo la voz infantil con tristeza―. ¿Por qué quieres irte?

―No, no, no. Este sitio es flipante, francamente bonito ―me excusé―, pero no es cuestión de estar aquí todo el día… o toda la noche.

Tras decir esto me estremecí al pensar que tuviera que pernoctar en el bosque. La bruma ya era espesa a media mañana, con la oscuridad de la noche ese lugar debía de ser espeluznante, y encima oyendo voces, por muy acogedoras que fueran algunas.

―¿Por qué no te serenas e intentas disfrutar de todo lo que te está rodeando? Si sabes que este lugar es increíble… ¡Relájate!

―Ya, si tienes razón ―contesté sin saber muy bien a qué árbol dirigirme―, pero desconocer dónde estoy exactamente y qué va a pasar me pone nerviosa. Al menos ¿podríais decirme en qué lugar hay señal de GPS para ubicarme y tranquilizarme un poco? Una vez que lo sepa, prometo relajarme y ponerme contemplativa.

―¡El GPS, dice! ¿Pero tú qué te has creído que es esto? Siempre es igual, venís aquí a disfrutar de la Naturaleza, pero queréis seguir teniendo las mismas cosas que en la ciudad. ¡Los humanos sois estúpidos! ―tronó la voz ronca.

―Bueno… tampoco hace falta insultar ―dije yo algo atemorizada porque la voz era amenazante y parecía la del mandamás del grupo.

―Ya os dije que era una panoli.

―¡Oye, ya está bien! ―me revolví hacia la voz esa de pito que ya me estaba empezando a hartar, aunque, una vez más, no sabía muy bien qué haya era la que había hablado―. Vale que me he perdido, que soy de ciudad, pero un poquito de respeto. A ti te quería ver yo en un atasco en hora punta en la M40, a ver qué hacías.

―Tranquilicémonos, por favor ―intervino la voz dulce―. Insisto en que deberías pararte y escuchar el bosque, no solo a nosotros, sino a todos: el musgo, las setas, los gusanos, las hojas caídas… Podemos contarte muchas cosas.

Al mismo tiempo que el haya amable hablaba me sentí adormecida y me acurruqué en las raíces de una de ellas (esperando que no fueran las de la voz chunga ni las del haya toca narices).

―Eso es ―prosiguió el haya simpática―. Estate atenta y oirás muchas historias. Atiende.

―Está bien, pero como alguien vuelva a llamarme panoli, me levanto y me voy.

―¿Irte? ¿A dónde, pano…? Vaaale, ya me callo.

Me recosté e hice lo que me había sugerido la dulce voz, atender y escuchar. Fue impresionante todo lo que aprendí.

(Continuará…)

 



 


5 de noviembre de 2021

El bosque encantado

 

Me gustaría que supieras que estoy bien, que nada me incomoda, que estoy a salvo. Y que mi seguridad es gracias a ti, aita. Hiciste bien en esconderme en este bosque, fue una buena idea. Los humanos son implacables y no cejan cuando se empecinan en algo, especialmente cuando se sienten amenazados, aunque la amenaza no sea real, aunque sea una falacia.

Porque un embuste fue el pensar que tú y yo les haríamos algo malo a los aldeanos, pero siempre fueron gente supersticiosa, ignorante, víctimas de quienes, sabedores de su estulticia, aprovecharon para manipularlos y unirlos en una causa que los alejara de sus verdaderos problemas, aquellos derivados del abuso de los que, precisamente, envenenaron sus mentes haciéndoles creer que nosotros suponíamos un peligro para ellos.

Tú, una amenaza, aita. Tú que siempre fuiste bondadoso con todos, con cualquiera que acudiera a ti en busca de ayuda. ¿Recuerdas cuando el río se desbordó y anegó las casas de los aldeanos? Te ofreciste a ayudarlos, con tus enormes manos y tu estatura de gigante los recogiste y los llevaste a lo alto de una loma mientras las aguas volvían a su cauce y evitaste que muchos de los que ahora nos persiguen murieran ahogados.

Pero la memoria de los humanos es frágil, olvidadiza y sus oídos están siempre prestos al rumor, a la insidia, a la maledicencia.

Aún recuerdo con pavor el griterío de la aldea cuando todos a una salieron a darnos caza. Nunca vi temor en tu rostro hasta ese día, aunque tu miedo fuera por mí. Podrías haberlos aniquilado con un barrido de tus poderosos brazos, podrías haber destruido sus casas en justa venganza por ser tan desagradecidos, pero querías ponerme a salvo y huiste, huimos en la noche cerrada acuciados por las voces de la turba enfurecida.

Tú eres demasiado grande, yo aún no alcanzo la estatura de un adulto y para mí es más fácil esconderme, por eso me dejaste en el bosque, oculto tras unas rocas y te alejaste para alejar contigo a la manada furibunda y separarla así de mí.

El viento y la lluvia me hablan de ti, me cuentan que, de vez en cuando, vienes a buscarme y que te desesperas al no encontrarme. No sufras, nada me amenaza, aquí estoy seguro.

Las ardillas me dicen que te han visto llorar, que lamentas aquella decisión, pero quisiera que supieras que fue acertada. Estoy bien, aita.

El bosque me cuida, desde el principio. La primera noche que pasé aquí te confieso que estuve muy asustado. Cuando te marchaste quise ser valiente, como me pediste antes de desaparecer, pero la oscuridad era densa, la niebla que todo lo empapaba me hizo estremecer y lloré. Temí por mí, y también por ti.

Al final el miedo y el llanto hicieron que me rindiera al sueño. Al amanecer una dulce voz cantarina me despertó, al abrir los ojos comprobé que una hermosa mujer vestida de verde estaba inclinada sobre mí; creí estar soñando pero su sonrisa y la caricia en mi rostro fue real. Sin dejar de sonreír me susurró que todo iba a ir bien. En un lenguaje extraño se dirigió a las hayas centenarias que me habían dado cobijo esa noche en que me escondiste. Cuando la dama terminó de hablar, un fuerte viento meció las ramas de los árboles, tuve la sensación de que asentían a lo que fuera que la bella mujer les hubiera dicho.

Desde ese momento, todo el bosque me acoge. El río me canta nanas las noches que te añoro más de lo habitual y me cuesta dormirme, las ranas me acompañan con sus saltos en mis juegos infantiles, el musgo me abriga al atardecer protegiéndome del rocío y las hojas caídas en el suelo me proporcionan un lugar acogedor en el que tumbarme.



La dama de verde viene de vez en cuando y me enseña a conocer el bosque, a comprender su lenguaje. Entiendo el susurro de las hayas cuando se comunican entre sí, entiendo el cantar del río, incluso lo imito. Leo las nubes y descifro sus aéreos mensajes, el color, las formas me dan mucha información. Pero ante todo, la dama me enseña a esconderme cuando algún aldeano osa adentrarse en este lugar sagrado. He aprendido a adoptar formas imposibles que hacen que los estúpidos humanos no sepan verme aunque esté delante de sus narices. Puedo convertirme en una roca, o abrazarme al tronco de un haya y fundirme con ella, mis pestañas pueden parecer setas y quien delante de mí pasa no advierte mi mirada escrutadora.







Los pájaros me ponen al día de lo que acontece en la aldea; ya se han cansado de buscarnos, dicen, sus habitantes ahora están centrados en perseguir a unas pobres mujeres cuyo delito consiste en vivir en una cueva y utilizar plantas para curar enfermedades. Un pinzón me dijo que quieren quemarlas porque sus poderes se los da el diablo. ¡Qué ignorantes! Su sabiduría proviene del bosque, el mismo que me cuida y vela por mí.

Me gustaría verte, pero la dama de verde me dice que no es el momento, que hay que esperar, aún no puedo mostrarme. Debo seguir camuflado, escondido. Es pronto para enseñar mi escondite, ni siquiera a ti.

También me gustaría que supieras que he recibido todos los juguetes que has ido dejando en el bosque. Los tejones y los zorzales me avisan de los lugares donde los depositas. El primer regalo, tu txapela, la guardo con amor, huele a ti, me la pongo muchas veces, aunque la he recubierto de musgo para que no la descubran los paseantes impertinentes que se acercan a este maravilloso lugar.



Ojalá entendieras los trinos de los pájaros, o el murmullo de las hayas, así sabrías de mí y de todo esto que te cuento. De momento, solo puedo dejar mensajes en las rocas, pequeñas señales de que estoy bien, a resguardo y feliz. Espero que algún día podamos reunirnos, que llegue el momento del reencuentro, entonces te enseñaré yo todo lo que he aprendido, tú también sabrás camuflarte y esconderte para vivir juntos aquí, lejos de los humanos, lejos de sus vilezas y sus miserias, rodeados de las hayas y los animales, protegidos por el bosque encantado.

 








NOTA: cuenta la leyenda que dos gigantes, padre e hijo, fueron perseguidos por unos aldeanos para matarlos pues, aunque nunca habían hecho daño a la población, los consideraban un peligro. El padre huyó y escondió a su hijo en el bosque de Urbasa. Cuando la persecución cesó, el padre volvió al bosque a recuperar a su hijo pero no lo halló. Dicen que deja juguetes en el lugar para atraerlo y poder reunirse con él, y que el primer regalo consistió en su propia txapela. Muchos de los caminantes que se adentran en el bosque encantado buscan al niño gigante sin que, por el momento, nadie lo haya encontrado. También dicen que el niño está protegido por la diosa Mari, reina de la Naturaleza, por lo que nadie podrá capturar nunca al gigante escondido.


16 de octubre de 2021

Hablando se entiende la gente

 

―Buenos días a todos.

―¡¡¡Buenos días profe!!! ―contestaron al unísono todos los alumnos.

―Antes de comenzar la clase, os comunico que el primer examen parcial será dentro de quince días, el viernes cinco de noviembre, en el aula 6 del edificio C a las 17:30h.

―Perdona, profe, ¿qué día has dicho? ―dijo un estudiante al fondo del aula

―¿A qué hora? ―preguntó otro.

―Tranquilos, os he puesto todos los datos en un aviso que ya he colgado en el Campus Virtual, ahí tenéis toda la información. También os he mandado lo mismo a través de la mensajería interna de la universidad.

―¿Qué aula era? ―insistió otro alumno― ¿Es en el edificio A o en el B?

―Ya os he dicho que todo está en el Campus Virtual y en la mensajería ―recordó la profesora masajeándose las sienes―. No obstante, os pongo lo mismo en la pizarra.

―¡Gracias, profe!

―¡Gracias!

―¡Okis!

Tras poner todo en la pizarra la mayoría de los alumnos se dedicó a sacar fotos del encerado.

―O sea, el examen es el día seis a las siete en el aula cinco del edificio A, ¿no? ―dijo un alumno mientras tecleaba en su móvil.

―No, Antonio, no has dado ni una ―contestó la profesora mientras se pinzaba el puente de la nariz―. Por favor, mira bien en el Campus, ahí está todo.

―Ya, pero es que yo lo del campus no lo miro ―contestó el aludido―. Prefiero el Whatsapp. ¿Por qué no lo mandas por el grupo de clase?

―Ya os he dicho que desde rectorado nos desaconsejan utilizar las redes sociales para comunicarnos con vosotros, y menos si es una información sobre un examen. Tenéis la mensajería interna que funciona más o menos igual, ¿qué más os da? ―replicó a su vez la docente mientras con gesto fatigado se sentaba en su silla pensando que lo último que le apetecía era compartir su número de móvil con noventa alumnos y mucho menos participar en un grupo de Whatsapp con tantos integrantes.

―Vale, profe. ¡Gracias! ―asintió Antonio mientras seguía tecleando frenéticamente su móvil.

―¿Qué tipo de examen va a ser, profe? ―preguntó otro estudiante desde el fondo del aula.

―Eso también lo he colgado en la plataforma, además lo hemos hablado al inicio de curso, cuando os expliqué las normas de evaluación, pero lo repito otra vez: el examen es tipo test, constará de cincuenta preguntas, las contestaciones erróneas no restan puntos, pero para aprobar hay que obtener una nota igual o superior a siete.

Mientras la profesora hablaba, todos los estudiantes empezaron a escribir en sus móviles o en sus tablets; alguno, sin ganas de teclear, se limitó a activar la grabación de su teléfono y dirigió el micrófono hacia el estrado donde ella estaba. Observando a sus alumnos, la docente recordó aquellos tiempos en los que para tomar notas se empleaba un bolígrafo y un papel, debió de ser allá por el Pleistoceno.

―Y si contestamos alguna pregunta mal, ¿qué pasa?

―No pasa nada, Iván, lo acabo de decir: las contestaciones erróneas no restan puntos.

―Mola.

―Pero hay que conseguir un siete o más para aprobar ―puntualizó la profesora.

―¡Jo! ¿Por qué?

―Porque los errores no se puntúan negativamente ―contestó la docente dándose un ligero masaje en la base del cuello.

―¿Y si saco un seis, qué pasa?

―Que suspendes.

―¿Y si saco un cuatro?

―También suspendes.

―Profe ―dijo una alumna mientras educadamente levantaba el brazo, para pedir la palabra.

―Dime, Raquel.

―¿Cómo va a ser el examen?

―Tipo test, lo acabo de decir.

―Ya, pero exactamente… ¿a qué te refieres?

―Preguntas con varias opciones para contestar o preguntas donde se muestra una frase y hay que contestar si es verdadera o falsa ―respondió la profesora arrastrando las palabras―. Lleváis varios cursos haciendo exámenes así, no sé a qué vienen tantas dudas, la verdad.

―¡Gracias! ―dijo Raquel mientras tecleaba su Ipad.

―¿Qué entra en el examen? ―preguntó otro alumno.

―Lo que llevamos impartido hasta el momento. Ya os avisé la clase anterior que hoy terminaríamos el último tema incluido en el examen.

―¿Y ese tema cuál es? ―preguntó Antonio.

El compañero de al lado le dio un codazo a la vez que le susurraba la contestación.

―Vamos por el tema 5, Toni ―contestó la compañera que estaba delante girándose hacia atrás.

―Entonces el tema 6 no entra, ¿no?

―No, Luis, no entra, entre otras cosas porque aún no lo hemos visto ― contestó la profesora mientras hurgaba en su bolso buscando un ibuprofeno.

―¡Gracias!

―¿Y las preguntas cómo van a ser?

―¡Tipo test! ―contestó la profesora elevando la voz.

―Ya, gracias, pero me refería a si van a ser fáciles o difíciles.

―¡Profe! ¡Profe! ¿Dónde vas?

―A la máquina del pasillo, por una botella de agua. Se me está levantando dolor de cabeza ―contestó ella―, tengo que tomarme un analgésico.

Saliendo del aula la docente pensó que más que un analgésico necesitaba un tranquilizante, o mejor aún, un anestésico. Mientras la máquina expendedora le lanzaba un botellín de agua, decidió acudir a Recursos Humanos para comunicarles que se quiere jubilar.




28 de septiembre de 2021

Rendición

 

Ya no me queda nada. Todo lo he perdido. Tan solo me queda este montículo en el que llorarte, en el que lloramos antes los dos, tú y yo, a nuestros hijos. Ellos fueron los primeros en marcharse, al final también te fuiste tú. Aquí estáis, debajo de la tierra por la que luchaste, por la que luchamos todos y que al final nos ha sido arrebatada.

Tanto esfuerzo, tanto sacrificio, no han servido de nada.

Tú y los demás hombres de la aldea, enardecidos por las historias de nuestros antepasados, decidisteis oponer resistencia al invasor. Los jefes de otras tribus ya os avisaron que el nuevo enemigo era poderoso, tenía soldados avezados en la lucha, armas letales, gladius las llamaron. Legionarios curtidos en numerosas batallas, acostumbrados a combatir en todos los terrenos y a enfrentarse a todo tipo de estrategias. Pero vosotros, tú y los demás hombres del clan, quisisteis pelear, a pesar de todo.

Nuestra tierra es nuestra, no podemos someternos al extranjero, nadie nos dirá a qué dioses venerar, nuestras riquezas nos pertenecen, no son de ningún emperador lejano. Diciendo esas proclamas os convencíais de que había que luchar. Con esas arengas enardecíais a los remisos, a los que adivinaban que oponerse a un enemigo tan poderoso era un suicidio. Los ancianos os avisaron: presentar batalla sabiendo que ya está perdida es inútil y solo trae sufrimiento.

Y los ancianos tenían razón. La batalla se perdió, y en ella yo te perdí a ti, aunque antes tuvimos que ver cómo nuestros hijos también se iban. El asedio que nos privó de la comida y luego del agua, cuando envenenaron nuestros pozos, nos debilitó, y los niños y los ancianos fueron los primeros en sucumbir. Ahora, ya sometidos, ya rendidos y humillados, seguimos pasando hambre. Los que ahora son nuestros dueños se vengan en los supervivientes por el esfuerzo añadido de tener que guerrear contra nosotros.

Si no nos rebelamos seremos nada, me decías cuando estábamos a solas en nuestra cabaña, en nuestro hogar, en el lugar donde nacieron y vimos crecer a nuestros hijos. Ahora somos menos que nada.

Tras las jornadas interminables en la mina, agotados y exhaustos de trabajar en las entrañas de la tierra, debemos buscar nuestro propio sustento. Somos menos que esclavos, estos tienen el cobijo de sus amos, pero nosotros no. Trabajamos para el invasor de sol a sol, pero también hemos de procurarnos el alimento. Raíces, bayas, los frutos de un nuevo árbol que los amos trajeron de tierras lejanas y que se llaman castañas, es mi comida. Harapos, pieles podridas remendadas mil veces es mi vestimenta.

Dicen que otras tribus que se rindieron sin oposición, ahora son mejor consideradas; también trabajan para ellos, los amos, pero tienen casas, tienen un plato con comida todos los días. Nosotros no, nosotros nos rebelamos y ahora pagamos el precio de esa rebeldía.

Es mejor morir con honor que someterse, me dijiste la noche antes de partir a la última batalla, la que se perdió y en la que yo te perdí a ti. Tenías razón en parte, ahora lo sé. Es mejor morir, con o sin honor me da igual, eso os lo dejo a vosotros, a los guerreros.

Es mejor morir que vivir así, sometida, humillada, sin ti, sin nuestros hijos. Ya no tengo ni un cuchillo con el que sacrificarme. A ti tu padre te enseñó a combatir, a mí mi madre me enseñó el poder curativo de las plantas, pero también el veneno que se encuentra agazapado en las raíces y en las bayas. Ahora esos conocimientos me ayudarán a pasar al otro lado; allí me reuniré contigo y con nuestros hijos. Ojalá, allí, donde sea que vayamos a estar, no sea necesaria la rebeldía para disfrutar de la eternidad.






21 de septiembre de 2021

Desde mi balcón

 

Asisto fascinada y espantada a partes iguales a las erupciones volcánicas en La Palma. Una isla que adoro y que he visitado en muchas ocasiones.

He paseado por sus senderos, me he internado en sus bosques y en sus cráteres. He recorrido la llamada Ruta de los Volcanes, un camino que discurre muy cerca de la grieta que se ha abierto el pasado domingo. Todas las fotos que aquí aparecen son de esa isla bonita y muchas están tomadas cerca de donde ahora la lava arrasa todo a su paso.

Sufro por las pérdidas y la devastación que están soportando los palmeros. Toda mi solidaridad con los vecinos, gente dura, afable, fuerte, acostumbrada a soportar penalidades y que, una vez más son víctimas de la naturaleza.

Recupero un texto que escribí hace años durante una de mis estancias en La Palma, asomada al balcón de la casa donde me alojé en aquella ocasión. Con este relato pretendí mostrar la orografía y el carácter de los habitantes de una isla especial y muy querida por mí. Con este recuerdo intento paliar la angustia que me generan las imágenes que me llegan de la isla que me robó el corazón desde el primer día que estuve allí.

DESDE MI BALCÓN

Desde mi balcón observo montañas milenarias que nacieron cuando la Tierra vomitó sus entrañas de fuego, cenizas y lava. Cicatrices del nacimiento de una era, cuando la vida no existía. Heridas aún no cerradas, que siguen sangrando debajo de la tierra y que escupen a la superficie, cada cierto tiempo, sangre en forma de lava incandescente.   

Desde mi balcón observo las nubes que sobrevuelan el océano y que al llegar a las cumbres solitarias se demoran en sus cimas regalando el agua que propicia la vida creando bosques de laurisilva, reliquias vivientes de vegetación extinguida en el resto del planeta.

    Desde mi balcón observo las estrellas en una noche oscura donde sólo la luz de astros celestes muy lejanos se deja ver. Luces que nos recuerdan cuán insignificantes resultamos, qué poco somos en la inmensidad de ese cielo cuajado de cuerpos luminosos. Desde mi balcón el cielo estrellado se muestra más limpio y en todo su esplendor.

Desde mi balcón observo el mar que vive un desencuentro perpetuo con las rocas. Se acerca a ellas para luego alejarse enfadado, violento, en continua agitación. Aguas revueltas que, quizás contagiadas del paisaje abrupto de la costa, se muestran amenazadoras.

    Desde mi balcón observo una costa negra, como el corazón de la Tierra, que vierte arena oscura en sus playas. Un constante recuerdo de épocas tenebrosas cuando todo se estaba originando y todo estaba por aparecer. 

   Desde mi balcón observo los pobladores de esta tierra ingrata que los agota y maltrata, que les exige hasta la última gota de sudor para recolectar sus frutos. Habitantes duros, pero dulces en el hablar y en el sentir. Desde mi balcón oigo un acento suave, amoroso, que recuerda al que se oye al otro lado del mar. Oigo palabras con una cadencia que arrulla, que acoge al forastero haciéndole sentirse en casa.

  Desde mi balcón observo el océano que despidió a las tres carabelas de Colón en su última parada en tierra conocida antes de llegar a un mundo nuevo. El mismo océano que durante siglos ha despedido a los habitantes de estas tierras en busca de una nueva vida en ese otro mundo. 

    Desde mi balcón respiro el aire cargado de agua, lluvia horizontal que vuelve la realidad irreal. Desde mi balcón contemplo paisajes únicos de un sitio especial; un lugar privilegiado al que me asomo todos los veranos y cuando regreso a mi rutina, a mi vida diaria, solo deseo asomarme un año más y observar todo otra vez desde mi balcón.

GALERÍA FOTOGRÁFICA















14 de septiembre de 2021

El Señor de los Anillos

 




Anselmo se sentía empoderado.

Mientras caminaba hacia el altar llevando del brazo a su hermana, pensaba que él, como padrino de los novios, era también protagonista y bien mirado el amo y señor del evento al portar los anillos del enlace. Aquellos anillos tenían poder, sin ellos no habría casorio.

Tenía un poco de manía al que se iba a convertir en su nuevo cuñado, un tipo engreído. Llegó a fantasear con perder los anillos y así evitar la boda, al menos retrasarla hasta que se encargaran otros nuevos. El enamoramiento cerril de su hermana hacia su prometido le disuadió, aunque menudo susto se llevaría ese imbécil, pensó con una sonrisa mientras el cura comenzaba a oficiar la ceremonia.

En un gesto instintivo se llevó la mano al bolsillo para comprobar que la cajita de los anillos seguía allí y resultó que no. Alarmado miró en derredor. ¿Se le habrían caído al entrar en la iglesia? Al salir del coche estaban en su sitio. La sonrisita maléfica del niño portador de las arras, sentado a su lado, le alarmó. En los deditos infantiles estaban los anillos.  

―Dame esos anillos ahora mismo ―susurró sin mover demasiado los labios y dándole una colleja flojita.

―¡No! ¡Son míos! Brillan mucho ―contestó el mocoso.

―¡Que me los des!

―¡No! ¡Mi tesoro! ―gritó el niño corriendo para escapar de la iglesia.

Mientras la concurrencia asistía a la escena asombrada, Anselmo pensó que después de todo la boda no se iba a celebrar. Cosas del destino.





11 de septiembre de 2021

Castellano (Reseña kirkeniana)

 

Desde hace unos meses ya no escribo reseñas en el blog, salvo las que yo tildo de reseñas kirkenianas, es decir, reseñas que se salen de lo habitual por algún plus añadido. En la que hoy aparece, el plus consiste en que hablé con el autor del libro.

LA RESEÑA

Este libro es más que un libro, no es un ensayo, pero, desde luego no es tampoco una novela. Es… bueno, no sé muy bien a qué género pertenece, lo que sí sé es que me ha encantado y he disfrutado muchísimo con su lectura.

 En “Castellano” Lorenzo Silva nos cuenta cosas de Castilla y de su propia vida; como hilo conductor utiliza la historia de la revuelta comunera, una historia que en los libros de ídem apenas se cuenta someramente y de la que, la mayoría, si nos atenemos a esos libros de historia, no tenemos ni idea.

Empleando esta revuelta como argumento central, Silva nos muestra qué es realmente Castilla y, lo más importante, qué es ser castellano. En esta segunda faceta radica la chicha de este libro, porque habla del sentimiento de identidad “nacional” como yo nunca había oído hablar y, además, con el que me he sentido plenamente identificada, valga la redundancia.

Silva nació en Madrid, hijo de andaluz y nieto por parte materna de castellanos. Cuando pasaba los veranos en la Málaga natal de su padre, no se sentía andaluz, pero tampoco salmantino cuando visitaba esporádicamente el lugar donde nacieron sus abuelos. Era nacido en Madrid, y ya está. Así creció, así lo sintió durante muchos años.

«Lo que yo fuera, era otra cosa, desdibujada y tal vez sin nombre.»

Pero todo eso cambió cuando tuvo su propia epifanía, y ocurrió a través de la música, oyendo cantar a Nuevo Mester de Juglaría la historia de los comuneros. En el álbum “Los Comuneros”, al son de estilos musicales propios del folklore castellano, se nos relata lo que ocurrió en aquel lejano año de 1521 cuando unos revoltosos súbditos se negaron a pagar más impuestos a un rey advenedizo que además de ser extranjero no le correspondía reinar pues su madre, la castellana, aún estaba viva y, a pesar de lo que se quería hacer creer, muy cuerda. El rey pedigüeño y guiri era Carlos I, y la madre destronada, Juana I de Castilla.

Esta historia también se cuenta en el libro, casi, casi, siguiendo el guion de dicho álbum además de sustentarlo con reflexiones, muy acertadas, del propio autor, y con añadidos históricos muy interesantes sobre la vida, ascendencia y vicisitudes previas de los cabecillas de la rebelión.

Pero el libro es algo más que la historia de los comuneros. Intercala, entre los sucesos de la rebelión, vivencias personales, lugares emblemáticos de Castilla, personajes mostrativos del carácter castellano (Fernán González, el Cid, Francisco de Vitoria, que a pesar de ese nombre era de Burgos). También nos muestra escenarios muy alejados de Castilla, pero donde los castellanos dejaron su impronta y su manera de ser (y su idioma). Mención aparte, en estos interludios de la historia comunera, merece el capítulo dedicado a mi adorado Cervantes.

«El más grande de los hijos de su patria, desbordando los contornos de esta y dejando a una distancia sideral a quienquiera que deba considerarse el segundo, lugar menor que pueden disputarse todos los demás.»

También reparte estopa entre quienes presumieron de entender Castilla y no se enteraron de nada, y en este apartado reciben lo suyo Unamuno (vasco), Azorín (alicantino) e incluso el mismísimo Machado (sevillano). Y lo hace con las palabras de un castellano de pro, Delibes:

«Es la mirada desde fuera, de hombres que, pese a su talento y su vivencia en Castilla, no nacieron en ella, no terminan de penetrar su espíritu y se quedan en la superficie.»

A pesar del desconocimiento general sobre la revuelta comunera, todos conocemos cómo acabó: mal. La rebelión se descabezó, literalmente (los jefes fueron decapitados), y las aguas volvieron a su cauce. Ahora, muchos historiadores están dando la importancia que realmente tuvo aquella insumisión que, a pesar de fracasar, supuso un punto de inflexión. Fue una revuelta revolucionaria, y aunque pueda parecer una redundancia tiene su porqué. Las ideas que la movieron fueron pioneras, en aquel lejano siglo XVI se proponía lo que ahora llamamos monarquía parlamentaria donde el rey estuviera sujeto al parecer del pueblo siendo este representado por los procuradores elegidos en asamblea comunitaria. Esas ideas innovadoras salieron de Castilla.

«La revolución de los comuneros, la primera de la Europa moderna, que no estalló en París, ni en Londres, ni en Berlín, ni en Barcelona, por entonces dóciles a la monarquía absoluta que sobre cada una imperaba, sino en Toledo, a orillas del Tajo, el río que parte en dos el seco páramo castellano.»

Entre reflexiones y avatares comuneros discurre un libro escrito con la perfección narrativa que caracteriza a Lorenzo Silva, convirtiendo la lectura en una auténtica delicia.

EL ENCUENTRO CON EL ESCRITOR

Leí “Castellano” en versión digital, pero me sentí tan identificada con lo que ahí se decía en tantos aspectos que decidí comprar un ejemplar en papel para una siguiente relectura. Como la Feria del Libro se iba a celebrar, por fin, después de más de dos años sin ella por culpa de la pandemia, decidí comprarlo ahí para aprovechar el pequeño descuento que hacen y, de paso, darme un paseo y así quitarme de encima el síndrome de abstinencia provocado por tantos meses esperando este evento. Era tanto el mono que tenía que me fui el mismo día que se iniciaba, o sea, ayer.

Debido al protocolo Covid el aforo este año está muy reducido y ya me sospeché que entrar iba a estar complicado.

Lo bueno de pasear casi a diario por el parque del Retiro es que se conocen lugares que otros paseantes eventuales ignoran. En lugar de acceder por la puerta principal a la Feria del Libro, y por la que entran la mayoría de los visitantes, lo hice por otra menos conocida donde la cola para llegar era mucho menor. Con apenas cinco minutos de espera ya estaba dentro. Además, ese día, o sea ayer, Lorenzo Silva estaba en una caseta firmando ejemplares.

No soy yo mucho de firmas, además de que no me gusta esperar en la fila, cuando llego ante el escritor no sé muy bien cómo comportarme; me encantaría tomarme un café y charlar con muchos autores, pero delante de un mostrador y sabiendo que solo dispones de un par de minutos pues como que se me quitan las ganas. En cambio, ayer hice una excepción; quería transmitir al escritor cuánto me había identificado con él y aunque solo fuera decirle eso me animó a esperar para que me firmara mi recién adquirido ejemplar en papel de “Castellano”.

Ayer mi amigo Murphy no andaba cerca (lo mismo estaba esperando en la larguísima cola que había para entrar por la puerta principal) y tuve mucha suerte. Delante de mí, para la firma, solo había dos personas y en seguida me planté delante de Silva. En un primer momento no supe qué decirle, tan solo un ñoño «Me ha encantado tu libro», menos mal que no añadí eso de «Me gusta mucho cómo escribes», algo que se presupone porque si no te gusta el escritor a santo de qué vas a ir a que te firme nada.

Tras ese titubeo inicial y animada por la sonrisa que adiviné tras la mascarilla por el guiño de sus ojos y con la que me recibió, se me ocurrió comentarle que me había sentido identificada con él y, en un alarde de insensatez temeraria, le dije que éramos muy parecidos. Toma ya. Antes de que Silva pensara que tenía delante a una auténtica cretina, añadí apresuradamente que yo también había nacido en Madrid, que era hija de un castellano y de una gallega y que nunca me sentí de ninguna parte en especial, que “solo” era madrileña, que también conocí la historia de los comuneros a través del Nuevo Mester de Juglaría y que después de leer su libro me había dado cuenta de que me sentía castellana sin yo saberlo. Se lo solté de un tirón, sin anestesia ni nada. Convencida de que me iba a decir un par de frases de cortesía y, tras garabatear algo en el libro, me despacharía con viento fresco pensando, igualmente, que era una auténtica cretina, la sorpresa llegó cuando él me dijo que así se sentía él, que era castellano sin saberlo. Empezamos a hablar de los comuneros, del carácter pragmático de los castellanos, yo le conté cosas de mi abuelo paterno, él cosas del pueblo de los suyos… hablamos y hablamos y cuando terminamos había una cola importante detrás de mí. No me lo podía creer. El par de minutos de rigor que yo creía que tendría como contacto con él fue en realidad mucho más tiempo. Lo siento por los que estaban detrás de mí, supongo que se acordarían de mi abuelo paterno y de toda la parentela materna también, pero yo disfruté como una enana.

Es una gozada comprobar que la persona que está detrás de un escritor al que admiras es muy parecida, o igual, a la que sospechas cuando lo lees. Hasta ahora me habían firmado ejemplares escritores “conocidos” por mí a través de redes sociales o por correos electrónicos; esta es la primera vez que me firma uno del que no había tomado contacto, tan solo el que se da con la lectura, y la experiencia ha sido sumamente agradable. Lo mismo me aficiono y me voy a la caza y captura de firmas, no sé.

Ya para terminar esta extensa y rara reseña, pongo unas líneas de “Castellano”, unas palabras que hago mías porque comulgo completamente con lo que ahí pone y porque es una muestra de hasta qué punto Lorenzo Silva y yo “somos iguales”.

«Elijo con gusto la identidad castellana, no solo como la mejor forma de habitar en mi pellejo de madrileño con pasaporte español, sino como la credencial que prefiero para circular como europeo y ciudadano del mundo.

»No puedo agradecerle (a Castilla) lo bastante que a cambio de tan liviano peaje me haya regalado la lengua en la que vivo y escribo y la voluntad de ser libre, sin someterme a los vasallajes mentales, emocionales y de todo tipo que exigen los nacionalismos.»

 


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Hada verde:Cursores
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