Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

14 de mayo de 2022

Juventud, divino tesoro (Primera Parte)

 

¿Seguro que esta es la ruta, Antón?

Que sí, mi señor. He recorrido este mar de los caribes muchas veces y he tenido el mejor maestro, nuestro gran almirante.

Que formarais parte de la tripulación de don Cristóbal cuando hizo uno de sus viajes no os da ningún título especial. Yo también participé y piloté una de sus naos.

Nadie os discute eso, señor, pero ahora mismo soy yo el que lleva el timón de esta embarcación.

De nada nos ha de servir si vais sin orden ni disciplina. Llevamos más de un mes de un lado a otro según sopla el viento, eso no es navegar, es errar como almas en pena.

Por favor, señores, no discutan más. Allí parece que se ve costa, cojamos un bote e intentemos desembarcar, este calor y esta humedad me están matando objetó un tercer hombre rascándose la barba debajo del mentón.

La pequeña embarcación arribó a una playa de fina arena blanca. Varios hombres desembarcaron mientras miraban a su alrededor.

Bueno, pues ya hemos llegado a otra isla dijo el que comandaba la expedición, un hombre de unos cincuenta años, alto y con aspecto distinguido.

¿Estáis seguro de que esto es una isla[1]?

Eso lo deberíais saber vos, don Antón, pues hasta aquí nos habéis traído contestó el piloto refunfuñón.

Señor de Quexo, dejad las pullas para otro momento, no ha lugar ahora mismo intercedió el jefe con gesto cansado. Soy yo el que digo que esto es una isla, pues islas es lo que hay en este mar Caribe.

Podría ser una península. 

¿Una qué? Dejaos de sutilezas. Vamos a explorar.

¿Señor Ponce, no deberíamos antes ponerle nombre a esto? El almirante es lo primero que hacía después de tomar tierra en un nuevo lugar sugirió Antón que, diez años después de compartir nave con Colón en su cuarto viaje al Nuevo Mundo, recordaba al genovés con añoranza. Busquemos a algún nativo y le preguntamos cómo se llama este sitio.

—No, mejor nos lo inventamos nosotros que por estos lares suelen utilizar sonidos harto rebuscados. Le pondremos un nombre del santoral, así que llamaré a este lugar… ¿Antón qué día es hoy?

—Dos de abril de mil quinientos y trece, día de San Abundio.

Ponce de León se rascó la barba mientras pensaba cómo sería el gentilicio de los que nacieran en un lugar llamado San Abundio pues ya se imaginaba en aquel sitio una ciudad poblada por mucha gente. El jefe de la expedición era un hombre con una gran visión de futuro, pero también pragmático y supo que recurrir al santo que se celebraba el día del descubrimiento, como se hacía en otras ocasiones, para nominar un nuevo enclave no era buena idea en este caso.

Hoy también es la festividad de la Pascua Florida añadió Antón como si le hubiera leído el pensamiento a su jefe.

¡Florida! ¡Hemos llegado a la Florida! exclamó con alivio Ponce. Y ahora, sí, vamos a explorar.

Cuando todos los hombres desembarcaron de las tres naves que hasta la costa habían arribado, se internaron tierra adentro.

Llevaban media jornada caminando cuando se encontraron con un grupo de cazadores nativos, iban vestidos con ropas multicolores cosidas con cuero y llevaban el pelo trenzado adornado con plumas.

Con gestos amistosos los expedicionarios se acercaron a ellos.

—Don Sequene, parlad con estos indígenas y que sepan que venimos en son de paz —le dijo Ponce a uno de sus hombres.

Sequene era un indio arahuaco de la isla de Cuba, iba como intérprete pues suponían que en las islas de la zona todos hablaban una lengua similar.

El que parecía comandar el grupo de cazadores se acercó a los visitantes.

—Venimos en son de paz —dijo Sequene en su lengua natal[2].

El nativo contestó en una jerga ininteligible para los expedicionarios españoles y también para Sequene que no se enteró de nada. Por lo que se veía, en esa “isla” no hablaban nada parecido a las otras islas del Caribe, qué mala suerte. Sin embargo, el arahuaco no dejó traslucir su ignorancia porque desde que le habían incluido en ese viaje para hacer de intérprete había estado viviendo a cuerpo de rey. Un plato de comida diario con una jarrilla de vino, como cualquier otro tripulante, y nada de latigazos ni malos tratos, todo lo contrario, el jefe de la expedición le hablaba con deferencia y hasta le ponía el “don” delante de su nombre y todo. Si ahora confesaba que no servía para su cometido se acabaría la buena vida, así que decidió fingir mantener una conversación con su supuesto vecino isleño.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Ponce tras la parrafada del cazador.

—Estoooo… dice que… que bien, que mejor que vengamos en son de paz y no de guerra —inventó Sequene.

—Pregúntale dónde hay oro —le dijo Antón.

—Don Antón, si no os importa, aquí las preguntas las hago yo que para algo soy el jefe —reprendió Ponce de León al timonel—. Sequene, preguntadle si sabe dónde hay una fuente mágica con poderes curativos y que proporciona la eterna juventud.

—¡Por Dios, señor Ponce, con esas estáis! Os creía más sensato —protestó el piloto Juan de Quexo—. Esas fábulas sobre fuentes con aguas sanadoras son invenciones de los salvajes. ¿Dónde se ha visto que haya una fuente de tal índole en un lugar pagano? Esos milagros solo pueden darse en enclaves santificados por nuestros sacerdotes —añadió el de Quexo recordando la fuente con fama de curar los sabañones que se encontraba cerca de su pueblo natal.

Ponce de León hizo caso omiso a la reconvención de su piloto y animó a Sequene a que hiciera lo que le había pedido.

—¿Hay por aquí una fuente mágica cuyas aguas curan todas las enfermedades y dan larga vida a quien de ellas bebe? —dijo Sequene en su lengua.

—No te entiendo —contestó el otro nativo en la suya abriendo los brazos—. Tú no eres seminola, ¿verdad?[3]

—Dice… que sí, que por aquí cerca —tradujo Sequene esquivando la mirada de Ponce de León no fuera a verle en los ojos que estaba mintiendo descaradamente.

Ponce sonrió y se rascó la barba por debajo del mentón (esa maldita barba le estaba molestando cada vez más, el calor le había provocado una especie de urticaria debajo de la barbilla, debería rapársela).

Así que era cierto, la fuente de la eterna juventud existía; y él daría con ella. Sus cincuenta y tres años de vida azarosa y agitada le estaban pasando factura. Luchar en la toma de Granada, conquistar Puerto Rico y, sobre todo, administrar sus muchas plantaciones de yuca, le habían dado experiencias y buenos dineros, pero tanto quebranto le había minado la salud. Ponce se sentía viejo, tenía muchos achaques a los que ahora se añadía la molesta urticaria de la barba. Añoraba levantarse por las mañanas sin que nada le doliera, montar a caballo sin resentirse a las pocas millas de viaje, o poder beber hasta la madrugada sin luego tener dolor de cabeza. Quería volver a ser joven. Y ese sueño estaba ya a su alcance.

—Preguntadle dónde se halla la tal fuente —insistió con gesto perentorio a Sequene.

—¿Dónde está? —preguntó Sequene en su lengua arawak[4] con desgana y por decir algo porque ya sabía que sus palabras no iban a ningún lado.

—Que-no-te-en-tien-do —exclamó en su lengua creek[5] el nativo separando mucho las palabras y gesticulando aún más.

—Dice que… por allí… debajo de unas palmeras —mintió de nuevo Sequene preguntándose cómo iba a salir del embrollo.

Encabezados por un ilusionado Ponce de León, los exploradores retomaron la marcha mientras los cazadores observaban cómo se internaban en la espesura.

—¿Dónde van? —preguntó uno de los cazadores al que había estado hablando (infructuosamente) con Sequene.

—No sé. Pero hacia allí solo hay rocas y pantanos. Ellos sabrán. Son gente muy rara. ¿Te has fijado que casi todos tenían pelos en la cara? ¡Qué feos!

—Debe de ser muy incómodo eso de llevar pelo ahí. ¿Te has fijado tú que el más alto no hacía más que rascarse la barbilla?

—Sí que me he fijado. Tienes razón, debe de ser molesto tener pelo en la cara.

 

Continuará…









[1] Cuando Ponce de León llegó a la península de La Florida creyó que era una isla, el error no se subsanó hasta bastantes años después.

[2] Me hubiera gustado transcribir lo que dijo Sequene en su lengua natal, la de los nativos de Cuba, pero mi formación al respecto no llega a tanto. Lo siento. 

[3] Etnia de la península de la Florida. 

[4] Lengua de los arahuacos.

[5] Lengua de los seminolas.


4 de mayo de 2022

Ya lo veremos

 

Nakipuma estaba muy nerviosa. Ser convocada por el regidor de Panamá era para ponerse nerviosa y preocuparse mucho. El nuevo alcalde tenía fama de colérico; había ganado su puesto traicionando y arrestando a uno de sus superiores y eso daba idea del talante del sujeto con el que la mujer iba a verse, algo que, por otra parte, a Nakipuma no le extrañaba: ninguno de los invasores barbudos era de fiar, desde el soldado de más bajo rango hasta el mayor preboste. No, no eran de fiar.

Esperó en una sobria sala y miró el enorme crucifijo que pendía de una de las paredes. Le habían enseñado que el dios de los barbudos era bueno y amoroso, y aquello no lo ponía en duda porque al dios ese no lo conocía en persona, pero sus sacerdotes no eran así: aún le escocían las nalgas de la última vez que se equivocó al rezar una de sus oraciones, el golpe con la vara que le dio el padre Clemente no había sido nada compasivo y mucho menos amoroso.

—Así que tú eres la india que tanta fama tiene.

Nakipuma se sobresaltó al oír la voz, se había ensimismado en sus pensamientos y no se percató de la presencia del muchacho que ahora la interpelaba.

—Sígueme —prosiguió el joven—, mi hermano te está esperando.

Pasaron a una sala contigua donde una oscura mesa de madera repujada ocupaba el centro. Detrás de la mesa, y sentado en un gran sillón, se hallaba un hombre de unos cuarenta años. El joven que acompañaba a Nakipuma se sentó en una de las sillas libres colocadas enfrente, sin invitarla a hacer lo mismo por lo que ella permaneció de pie.

—Aquí tienes a tu india, chache —dijo el joven al hombre más mayor.

—Cuántas veces te tengo que decir que no me llames chache, Hernando. Tienes que comportarte con más sobriedad.

—Ahora estamos solos.

—¿Solos? —respondió el aludido señalando con el mentón a Nakipuma.

—¡Bah! Es una india, ella no cuenta —respondió Hernando con un gesto despectivo.

—¡Aun así, debes guardar las formas, rediez! Bueno, pasemos a lo que nos importa ahora mismo. Te estarás preguntando qué haces aquí —se dirigió a la muchacha que permanecía de pie delante de él.

Nakipuma no hizo ningún gesto y el hombre volvió a hablar esta vez recalcando más las palabras y muy despacio.

—¿En-tien-des-mi-len-gua? —la falta de reacción de la chica le hizo creer que no hablaba español.

Esta vez Nakipuma afirmó con la cabeza. Claro que los entendía. Tenía facilidad para hablar otras lenguas, incluida la de los invasores, pero algunas veces le convenía hacerse la ignorante para enterarse de cosas que decían delante de ella creyendo que no los comprendía. Este no era el caso, desde luego, aunque seguía siendo reacia a hablar, esos sonidos tan fuertes le arañaban la garganta y prefería contestar a las órdenes de los blancos con gestos antes que con palabras.

—Bien, ya creí que me habían engañado cuando me hablaron de ti —prosiguió su interrogador—. Necesito de tus habilidades para un negocio que tengo entre manos.

Nakipuma permaneció impasible a la vez que en su interior se desataba cierta alarma. Que un barbudo necesitara algo de su pueblo siempre iba aparejado con algún tipo de incomodidad que terminaba de mala manera. Ante la inexpresividad de la indígena, el hombre prosiguió.

—Dicen que sabes ver el futuro, que adivinas lo que está por venir. ¿Es cierto?

Así que era eso, otro blanco en busca de respuestas a sus dudas y ansias de poder. Ahora le preguntaría dónde había oro, ese metal maldito que tanto les obsesionaba y que los volvía unos locos violentos. ¡Qué pesados se ponían con el oro! No entendía por qué les gustaba tanto, solo servía para adornar ya que era demasiado blando para hacer flechas o fabricar utensilios. Nakipuma no respondió.

—Chache, digo, Paco, ya te avisé que esto no era buena idea —intervino el joven—. Mírala, parece medio tonta, ¿no ves la cara de estúpida que tiene?

—Tú déjame a mí. ¡Y tampoco me llames Paco, demontres!

—¿Cómo quieres que te llame, entonces?

—¡Don Francisco! Eres duro de mollera, Hernando. Debería haberte dejado en Trujillo que bastante tengo con mis asuntos como para hacer de niñera de un mocoso por muy hermano mío que seas — exclamó pensando que los lazos de sangre eran ciertamente unas ataduras difíciles de romper y sobrellevar, aunque él aún ignoraba en esos días que unos años después le llegarían otros dos hermanos más desde Cáceres para formar un auténtico clan.

A Francisco Pizarro no le gustaba que le faltaran el respeto, algo que, según él, solía ocurrir con demasiada facilidad. Era estricto con las formas y no perdonaba ninguna ofensa, aunque esta solo estuviera en su imaginación. Siempre presto a enfadarse era rencoroso y guardaba los agravios para repararlos en cuanto tuviera ocasión. Así había hecho con Núñez de Balboa. Nunca consiguió que le llamara Francisco; con la campechanía que le caracterizaba para Francisco era simple desprecio el antiguo gobernador del Darién y exjefe suyo se empeñaba en llamarle por el diminutivo que en ese momento su propio hermano había empleado a pesar de saber que no le gustaba. Pero la venganza es un plato que se sirve frío, y Francisco así lo demostró cuando varios años después él mismo apresó a quien había dirigido la expedición al Mar del Sur. Ahora el campechano estaba criando malvas tras ser decapitado por alta traición.

—Vamos al objeto de esta reunión de una vez, por todos los santos; a este paso nos amanece otro día sin avanzar ni un ápice —prosiguió Pizarro saliendo de sus recuerdos—. ¿Puedes ver el futuro? ¿Sí o no? ¡Contesta, mujer!

Nakipuma asintió esta vez rápidamente. Sabía por experiencia que no era recomendable enfadar a los barbudos y el que tenía delante empezaba a hacerlo. No sabía bien qué quería saber el hombre, pero siempre podía inventarse cualquier cosa. Tenía muy calados a los invasores, sabía fingir que veía algo o cambiar su visión según conviniera para darles lo que ellos buscaban. Si querían que les dijeran que había tierras plenas de oro en lugares remotos, pues les decía eso, si querían que les dijeran que sus esposas les eran fieles en sus hogares de origen, pues eso oían, aunque ella viera, y le había ocurrido más de una vez, que la casta esposa por la que alguno se preocupaba entretenía la ausencia del lejano marido aventurero acostándose con un amante menos aventurero, pero más cercano.

Era fácil engañarlos, después de todo.

Pero Nakipuma no era una impostora: podía ver el futuro o algo que ocurría en el presente lejos de su campo de visión, aunque siempre lo que los dioses querían mostrarle, eso no dependía de su voluntad. Era una reputada jaibanás (chamán) de los emberá (etnia del istmo de Panamá), lo había demostrado desde bien pequeña; su madre y su abuela también lo fueron y ella seguía la estela, lo llevaba en su sangre, pero eran los dioses los que decidían qué podía ver y qué no.

Ante la respuesta afirmativa de la joven, Pizarro sonrió. Sabía que el padre Clemente no era partidario de que recurriera a las supercherías de los indios (así lo llamaba el fráter), pero entre sus hombres la muchacha que tenía delante, tan bajita, tan poquita cosa, era famosa por adivinar el futuro y él quería saber qué le iba a deparar la expedición que estaba a punto de iniciar: la búsqueda del Birú, un imperio situado más al sur donde las riquezas eran inmensas, o eso era lo que llevaba oyendo desde hacía muchos años.

—Dime, entonces, cuál es mi destino, mujer. Salgo de viaje y quiero saber qué me voy a encontrar. Dicen que sueles emplear hierbas para tener tus visiones, haz lo que sea necesario para tu oficio que aquí estás segura. Nada te ha de pasar. Emplea tus artes como bien dispongas.

La muchacha sacó de su zurrón unas bolas verdes, se llevó a la boca un par de ellas y comenzó a masticarlas mientras los dos hombres la observaban. El peyote solía tardar bastante en hacer efecto, pero ella simularía una visión y les daría lo que querían: en el mítico Birú había mucho oro, que se fueran a buscarlo lo más lejos posible de allí, al sur, siempre al sur; con un poco de suerte la selva y los pobladores de aquellas tierras se encargarían de que no volvieran nunca.

Nakipuma simuló convulsionar mientras los dos hermanos la miraban embobados. Las convulsiones formaban parte de la función que la chica iba a representar. Cuando se dispuso a desvariar con invenciones sobre oro y fortuna sin fin, una visión se formó en su mente. Nakipuma se asustó, aún era pronto para que el peyote hiciera efecto, pero la visión era nítida.

Delante de sus ojos, ahora nublados por el trance, apareció la figura de un hombre ataviado con lujosas telas de llamativos colores. Un tocado de plumas coronaba su aristocrática cabeza mientras dos aros enormes de oro colgaban de las orejas. El tipo era guapo y elegante. A sus pies se extendían cultivos fértiles, dispuestos en terrazas a lo largo de las laderas de unas altas montañas. Unos animales con la piel cubierta de lana y con largos cuellos pastaban apaciblemente, de vez en cuando alguno levantaba la cabeza y escupía un chorro largo de saliva. ¡Qué bichos tan raros y qué asco! El hombre estaba rodeado de guerreros que le llamaban Atahualpa mientras le rendían pleitesía.

De repente, la idílica visión se borró y ante los ojos de Nakipuma apareció el mismo hombre atractivo, pero esta vez ya no era tan regio su porte, estaba cargado de cadenas y una habitación se llenaba de oro para ser rescatado, mientras que sus captores lo ejecutaban. Una sombra blandía una espada, pero Nakipuma no podía saber quién era. Seguidamente, la sombra se giró hacia ella cobrando nitidez y definición: quien portaba la espada que mataba al hombre encadenado era el mismo que le había pedido que le adivinara el futuro.

Nakipuma sacudió la cabeza y quiso borrar de su mente tan horrible visión. Aquello no le gustaba, no se parecía en nada a lo que solía ver cuando requerían sus servicios, maridos cornudos o familiares lejanos que habían olvidado al muchacho que se fue a hacer fortuna allende el mar y que ella traducía en mensajes de tranquilidad: «Tu mujer te es fiel, espera castamente tu regreso» o «En tu pueblo todos te añoran». Sin embargo, esto era muy distinto. No conocía al hombre ejecutado, ese que llamaban Atahualpa, pero el sufrimiento en su semblante lo sentía como propio. Saber que su asesino estaba tan cerca de ella la asustó y repugnó a partes iguales. Pero los dioses querían que siguiera viendo y no pudo evadirse de aquel horror. Vio sangre, mucha sangre, de los pobladores de aquel fastuoso lugar y de los invasores, todos peleaban contra todos en una guerra sin sentido, los indígenas contra sus hermanos y los blancos entre sí.

Sin abandonar las visiones, Nakipuma decidió mentir al barbudo que esperaba su vaticinio, podría disuadirle de su aventura, evitar aquel espanto, aunque los dioses nunca se equivocaban cuando mostraban el futuro; aun así, debería intentarlo. Sin embargo, en ese instante otra escena le sobrevino: el barbudo que había asesinado a Atahualpa era acuchillado por varios de sus hombres y moría ahogado entre vómitos de su propia sangre. Recordó una frase que había oído al padre Clemente muchas veces: «A todo cerdo, le llega su San Martín».

En ese momento, las visiones cesaron. Nakipuma volvió del trance y miró al hombre que tenía delante y que la observaba con expectación.

—¿Qué has visto, muchacha? Tu rostro refleja una gran congoja. No temas decirme lo que sea que hayas adivinado. Soy un hombre temeroso de Dios, pero afrontaré mi destino con entereza.

—Los dioses no son claros —balbució Nakipuma para ganar tiempo mientras pensaba qué revelar y qué no.

—¡Los dioses, dice! —exclamó el hombre más joven—. Para mí que eso que se ha comido le ha sentado mal, si hasta se le han puesto los ojos del revés, chache, digo Paco, digo don Francisco. Esas bolas verdes circulan en algunas tabernas y los que se las comen hacen cosas raras, algunos se creen que son caballos, o cerdos, o…

—¡Cállate, Hernando! ¡Mal rayo te parta! No seas mentecato. Yo sé lo que me hago. Dime, mujer, qué has visto —se dirigió a la muchacha con un tono más amable—. Por favor.

Nakipuma acababa de tener la experiencia más increíble de su vida como jaibanás, sin embargo, lo que acaba de oír la sorprendió: un blanco utilizando ‘por favor’ con una indígena. Eso sí que era asombroso. Lo mismo su hermano tenía razón y el peyote le había sentado mal.

—Al sur hay un rico país, pero está entre brumas, escondido en las montañas. Su riqueza no es la que vosotros buscáis —intentó eludir la verdad—, su valor está en sus gentes.

—No me place pasar penalidades para llegar a un lugar donde solo hay gente, por muy valiosa que sea —replicó Hernando con un gesto de decepción en la cara—. Aunque con los esclavos también se pueden obtener buenos dineros.

El mayor de los Pizarro no dijo nada, pero se quedó mirando fijamente a la muchacha. Sabía que ocultaba algo, que no era sincera.

—Eso que dices y nada, es lo mismo. Tu fama no sería tanta si actúas así. Sé que has visto algo y quiero saberlo ¡ya!

«Se acabaron los buenos modales», pensó Nakipuma, a los conquistadores se les terminaba la paciencia enseguida y el que tenía delante no poseía demasiada.

—Ganarás gloria y fama, pero también sufrimiento —añadió Nakipuma en un vano intento de disuadir al que tanto dolor iba a infligir en unas tierras lejanas.

—El sufrimiento no es nada nuevo para mí —replicó Francisco Pizarro con una sonrisa esquinada—. Estoy acostumbrado a pasar penurias, el dolor no me asusta.

«Más te vale» pensó Nakipuma, las cuchilladas que acabarían con su vida debían de doler un montón porque la cara que había visto de Pizarro agonizando no era de placidez precisamente. Quizás si le dijera que iba a morir en aquel imperio desistiría de ir, pero si él no iba, otros lo harían. Su pueblo y todos los demás estaban condenados, los invasores eran demasiados; por muchos que murieran en el combate o por las fiebres, venían más a sustituirlos. No se podía parar aquello. Decidió callarse el cruel final de su interrogador y dejar que lo que tuviera que ocurrir siguiera su curso.

—¿Has visto algo más respecto a mí? —insistió Francisco Pizarro. A ese hombre no se le escapaba ni una.

—Tendrás una existencia larga y placentera. Dejarás un buen recuerdo de tu paso por esta vida y morirás en paz rodeado de los tuyos —mintió Nakipuma en un acto de inútil rebeldía. Al menos, si se creía esa profecía, la muerte le pillaría de sorpresa. ¡Que se fastidie! Esa era su débil venganza.

—Bien. Emprendo la expedición con más ánimo con lo que me cuentas, muchacha. ¡Nos espera la gloria, Hernando!

Esta vez fue el pequeño de los Pizarro el que miró con suspicacia a la muchacha para acto seguido añadir:

—Ya lo veremos.

 






Hada verde:Cursores
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