Este relato es el resultado de un ejercicio propuesto en el taller de escritura al que pertenezco. El tema, en esta ocasión, era "Puntualidad" y esta gamberrada es lo que me ha salido. Disculpad la broma.
LA HORA DEL PLANETA
En la relojería «La hora del planeta» reina el caos. Varios operarios corren de un lado al otro mientras que, desde el despacho del director general, don Minuto Exacto, se oyen unos gritos furibundos.
—¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Esto es un desastre! ¡Reunión en el
taller principal ahora mismo! —grita don Minuto con el rostro enrojecido por la
furia.
Todos los trabajadores y mandos intermedios se van a una espaciosa sala
donde, sobre miles de mesas llenas de piezas de relojería, se montan los relojes de
todo tipo que rigen el tiempo en la Tierra. Clepsidras, relojes de arena, de
sol, atómicos, múltiples utensilios capaces de medir el tiempo se encuentran
desperdigados por el inmenso taller.
Don Minuto entra como un vendaval en el recinto mientras todos los
operarios guardan un respetuoso silencio debido al temor que el director
general despierta en ellos. Generalmente es un tipo serio y algo antipático,
pero cuando se enfada, como es el caso, se convierte en una bestia muy
desagradable.
—¡Se han desajustado todos los relojes de la Historia! Como coja al
imbécil que ha provocado este estropicio lo escabecho. ¡Segundo, venga aquí!
Segundo Estricto es el número dos en el escalafón de la empresa, la mano derecha
del director general. Cariacontecido se acerca a su jefe con cierto temblor en
las manos.
—¿Me puede decir qué ha pasado exactamente? —grita don Minuto al
subalterno a pesar de que lo tiene a su lado y no hace falta subir la voz para
que le oiga.
—Ha habido un error en la cadena de montaje… —balbucea Segundo con un
hilillo de voz—. Dos remesas de piezas han llegado defectuosas, una ha
provocado que los relojes se adelanten y la otra que se retrasen. Pero solo un
par de minutos, señor. Puede que tres o cuatro... No sé… Hay algo de confusión
al respecto.
—¡Dos, tres, siete! ¡Da igual! Nosotros nos encargamos del discurrir del
tiempo y la Historia se ve afectada si nuestro trabajo falla. ¡¿Es que no os
dais cuenta de vuestra misión, botarates?! ¡Esto va a traer consecuencias
irreparables!
—Si ha sido cosa de dos o tres minutos tampoco es para tanto, digo yo —exclama
uno de los operarios—. Además, en el caso de que los relojes se adelanten la
gente llega a tiempo en lugar de hacerlo con retraso. ¿Qué tiene de malo eso?
Don Minuto, además de tener muy mal carácter tiene un oído finísimo y
oye lo que acaba de decir el trabajador.
—¡¿Que no es para tanto?! ¡¿Que qué tiene de malo adelantarse?! ¡Lo
mismo o peor que retrasarse, idiota! ¡Puntualidad, deme un informe de daños!
Puntualidad Rigurosa se acerca con un papel entre las manos que tiembla
al ritmo del susto que lleva en el cuerpo según se acerca al director.
—Me van informando con cuentagotas, don Minuto, pero de momento le puedo comunicar
que el mariscal Grouchy ha llegado a tiempo.
—Puntualidad, deme más detalles, tengo muchas cosas en la cabeza y no sé de
quién me está hablando ahora mismo —le replica don Minuto con el ceño fruncido.
—El mariscal Grouchy era el encargado de llevar refuerzos a Napoleón en
la batalla de Waterloo, se supone que se retrasa y los prusianos e ingleses le ganan al
emperador francés, pero ahora con este lío de los relojes ha llegado a tiempo y
Napoleón gana esa batalla decisiva. Así que…
—Así que… ¡Qué! —grita don Minuto a la pobre mujer.
—Pues… que… Napoleón se hace con el control de toda Europa. No hay quien
le tosa. Vamos a tener que hablar todos en francés —añade Puntualidad tragando
saliva.
—¡Esto es un desastre! ¡Un desastre! —se desgañita el director tirándose
de los cuatro pelos que le quedan en la cabeza (además de malhumorado y con
oído de tísico, don Minuto es calvo).
—Puede que en lugar de francés tengamos que hablar todos en japonés, o
quizás en alemán —dice un hombre más bien bajito y con cara de perro
apaleado al tiempo que levanta el brazo para pedir la palabra.
—Contrarreloj, venga aquí y explique eso que ha dicho —le ordena don
Minuto.
Contrarreloj Prisas, el encargado del montaje de relojes del siglo XX,
obedece a su jefe y, al igual que sus compañeros, acude temblando.
—Me dicen desde control histórico que los Estados Unidos no participan
en la Segunda Guerra Mundial.
—¿Y eso? —pregunta el director en tono amenazante.
—Resulta que a los japoneses les han tocado los relojes adelantados y
les ha dado tiempo de declararles la guerra a los estadounidenses antes de
atacar Pearl Harbor, estos se han preparado medianamente y el ataque no ha sido
para tanto, además, la opinión pública no ha presionado para entrar en guerra,
como ocurriría si esa declaración bélica no se hubiera dado.
—¡¿Veis cómo llegar a su hora no es bueno?! ¡¿Quién es el imbécil que ha
dicho antes que eso no era malo?! —espetó el director general de «La hora del
planeta».
El imbécil aludido se escabulle entre sus compañeros para pasar
desapercibido mientras que toma nota mental de no expresar nunca lo que piensa
en voz alta.
—Don Minuto, llegar a tiempo o retrasarse no siempre es adecuado, como
usted acaba de comentar —dice una voz femenina entre el grupo de trabajadores—,
pero en la ficción el desajuste horario ha provocado que las historias hayan
cambiado para bien.
Quien así habla es Eternidad, la encargada del tiempo literario. Se
acerca a don Minuto con la sonrisa que la caracteriza fruto de leer a todas
horas las historias que le llegan constantemente. Su sonrisa aplaca la furia de don Minuto pues este pierde el tono rojizo de la cara y
parece serenarse.
—Mire. En la literatura los relojes se han atrasado y esto ha salvado
vidas, señor —argumenta Eternidad—. Por ejemplo, Romeo llega más tarde a la
tumba de su amada, el efecto del tónico que ha tomado Julieta ya ha pasado y la
encuentra despierta, así no se suicida y viven juntos y felices su amor. ¿No es
maravilloso?
—¿Maravilloso? —pregunta don Minuto al que le ha vuelto el tono rojo a
la cara, signo de que se está volviendo a cabrear—. ¡¿Maravilloso?! La mayor
tragedia romántica de la literatura universal termina con los amantes viviendo
felices. ¿Dónde se ha visto que una tragedia tenga un final feliz? Eternidad,
por favor, no diga tonterías.
Eternidad se retira cabizbaja antes de que reciba un rebuzno de su
superior como le ha pasado a sus otros compañeros. En esto, acude en su ayuda Brevedad y le dice al director:
—Bueno… esto… Hay otro ejemplo, en este caso el personaje se adelanta y
cambia su destino. Santiago Nasar, el protagonista de «Crónica de una muerte
anunciada» llega a tiempo a su casa, su madre no le cierra la puerta y él puede
refugiarse para que no le maten los hermanos Vicario. Esto es bueno, don
Minuto, no me lo negará. A todos los que hemos leído esa novela nos angustió el
triste final de Santiago porque no se lo merecía.
—Ya, valoro mucho su buen corazón, Brevedad, pero… ¡¿Me puede aclarar
cómo se puede anunciar una muerte que no ocurre?! Si el interfecto no muere la
novela entera pierde sentido. Mire, váyanse las dos a tomar algo de aire fresco
porque su estulticia me está empezando a molestar.
Las dos mujeres se retiran y se mezclan con el resto de los
trabajadores. Don Minuto tiene razón, el desastre es inconmensurable.
—Señor, perdone, nos están llegando varios mensajes de diferentes épocas
y personajes. La centralita se está colapsando —se acerca el encargado de
comunicación.
—Dígame, Tempus Fugit —le dice el director mientras se pinza la nariz.
—Vamos a ver —empieza a decir Tempus mientras mira un bloc de notas—, Bruto pregunta si es obligatorio llegar a tiempo para matar a Julio César o se retrasa y no se lo carga, me comenta que está un poco harto de que le pongan de ejemplo de traidor y que si puede cambiar la cosa aprovechando el lío de las horas. Sigo: los mandamases del desembarco de Normandía me preguntan que si le añaden o le quitan minutos a la hora H. Más: Felipe II nos pregunta que si podemos atrasar los relojes no minutos ni horas sino días para que la Armada Invencible se encuentre buen tiempo cuando vaya a Inglaterra y pueda mantener el nombre de invencible para siempre. Tengo más, pero no quiero angustiarlo que le veo agobiado, don Minuto —termina su perorata Tempus.
El director general tiene que sentarse porque está al borde de la
apoplejía. Suda profusamente. Todos los trabajadores empiezan a ser conscientes
del embolado en el que están metidos y se miran entre sí sin saber qué hacer.
Don Minuto empieza a sentir un hormigueo preocupante en el brazo
izquierdo y comienza a masajeárselo. Segundo acude a él para atenderle mientras
le pide a Puntualidad que llame a una ambulancia porque sospecha que a su jefe le
está dando un infarto.
—Espero que lleguen a tiempo, o no lo va a contar —comenta preocupada
Eternidad.
—Todo dependerá de qué remesa defectuosa les ha tocado a los sanitarios,
como sea la que hace que los relojes se retrasen… —añade Brevedad.
NOTAS ACLARATORIAS
Para los que andáis flojos en Historia:
En la batalla de Waterloo Napoleón necesitaba el apoyo del mariscal Grouchy,
este se retrasó mientras que los prusianos llegaron puntuales para unirse a
Wellington. Napoleón fue derrotado definitivamente y exiliado, marcando el fin
de su era en Europa. La verdad es que Grouchy se retrasó porque en lugar de ir hacia donde sonaban los cañones se fue para otra zona (que ya le vale para ser todo un mariscal), el reloj poco tuvo que ver pero yo me he tomado la licencia literaria de echarle la culpa a la hora.
Japón tenía planeado entregar una declaración formal de guerra a Estados
Unidos unos minutos antes de que comenzara el bombardeo, para no ser acusados
de un ataque a traición. Sin embargo, cuando los diplomáticos japoneses
entregaron el documento, las bombas ya habían caído. Esto enfureció tanto a la
opinión pública estadounidense que el país entró en la Segunda Guerra Mundial
con una determinación total de "venganza".
Para los que andáis flojos en Literatura:
En «Romeo y Julieta» cuando Romeo llega a la tumba de Julieta, ella aún
está dormida y él cree que ha muerto y se suicida. Cuando Julieta despierta, se
encuentra a Romeo tieso y también se da matarile.
En «Crónica de una muerte anunciada», los hermanos Vicario quieren matar
a Santiago Nasar y lo matan; éste muere frente a su propia puerta, la cual su
madre cerró un segundo antes pensando que él ya estaba dentro. No hago spoiler
porque el propio título ya dice cómo acaba la cosa.
