Siempre he sido la oveja negra de la familia. Cuando algo salía mal la culpa recaía en mí indefectiblemente. Yo era el perfecto culpable. En la otra cara de la moneda: mi hermano menor; el idealista, el aplicado y amante hijo. El bueno de Axel.
Mis padres no ocultaron nunca su predilección por mi hermano, y eso que
mi madre también se llevó lo suyo en cuanto a culpa inmerecida.
Antes de nacer nosotros vivían de gorra en un casoplón perteneciente a
las múltiples propiedades de mi abuelo. La mansión estaba rodeada de frondosos
árboles y preciosos jardines. Allí, dada la desahogada posición del benefactor
paterno, nada les faltaba y se pasaban el día tocándose las narices. Además,
como no tenían vecinos en las cercanías, practicaban el nudismo y el amor
libre, aunque esto último era algo monótono porque solo se amaban entre ellos
dos dada la falta de vecindario.
Entre los frondosos árboles había todo tipo de frutales de los que se
servían sin mesura: jugosos melocotones, carnosos plátanos, refrescantes
naranjas… Pero a mi madre lo que le gustaba a rabiar eran las manzanas. Además,
de todos los bichos que por la heredad pululaban, cantarines ruiseñores,
gráciles gacelas, elegantes cisnes… ella se encaprichó de una serpiente y allá
donde iba se la llevaba.
Mi abuelo era generoso con mis progenitores, pero también muy maniático
con algunos temas, cosas de la edad porque era ya muy mayor cuando mis padres
se casaron. Tenía un huerto solo para él donde había un manzano que cuidaba
personalmente. Entre sus manías también se encontraba el odio que profesaba a
los reptiles en general y a las serpientes en particular.
El encontronazo entre mi abuelo y su nuera fue inevitable. Verla pasear
con la serpiente de un lado a otro le traía por la calle de la amargura, pero
el día que la pilló comiéndose una manzana de su árbol preferido montó en
cólera. Tal fue el cabreo que desheredó a mi padre y los echó de la propiedad.
—Tu padre está senil. Mira que ponerse así por una simple manzana, hay
que joderse. Deberías hacer algo para incapacitarlo.
—¡Qué dices, Ava! Mi padre tiene poder en todas partes. Una guerra con
él está perdida de antemano. Me buscaré un trabajo.
—¿Tú? ¿Trabajar? Pero si no sabes hacer nada, Aidan. Siempre criado
entre algodones. Nos vamos a morir de hambre.
A pesar del pesimismo de mi madre consiguieron salir adelante. Ahorraron
un pequeño capital montando un modesto negocio de manualidades (de su época hippie
y de amor libre habían desarrollado la habilidad de confeccionar pulseras y
collares con abalorios). Ese inicial taller, con el discurrir del tiempo, se
convirtió en una joyería que dio copiosos beneficios permitiéndoles vivir con cierto
desahogo.
En ese hogar nacimos mi hermano y yo. Antes de la llegada al mundo de
Axel, yo era el hijo único que recibía todas las atenciones, pero en cuanto
nació el pequeño quedé relegado a un segundo plano. Tan solo se fijaban en mí
para regañarme o hacerme responsable de alguna fechoría que no siempre era
culpa mía.
Ese resquemor me acompañó toda mi juventud y lo mostré en forma de
rebeldía al convertirme en adulto. En lugar de hacerme cargo del negocio
familiar decidí montar mi propia empresa, una gestoría inmobiliaria. Mi hermano
Axel asumió la dirección de la joyería cuando nuestro padre se hizo mayor y
pensó en jubilarse. Aun así, no dejó sus otras aficiones entre las que se
encontraba ser voluntario de una asociación que acompañaba ancianos en
residencias de mayores y la gestión de una ONG que suministraba material
escolar a poblados africanos deprimidos.
A pesar del rechazo paterno por mi desvinculación con la familia, mi
negocio prosperó. En seguida me di cuenta de los pingües beneficios que
reportaba la especulación inmobiliaria. Me especialicé en comprar inmuebles
ruinosos por precios irrisorios para rehabilitarlos y venderlos como pisos de
lujo. Algunas veces me encontraba con el inconveniente de que el edificio en
cuestión estaba habitado, pero solventaba el problema fácilmente aumentando los
alquileres y desahuciando a los morosos en cuanto dejaban de pagar. Lo de echar
a inquilinos indeseables me venía de familia porque mi abuelo fue todo un
referente.
La joyería era modestamente rentable, solo daba para vivir sin grandes
alardes. Mi capital siempre fue muy superior al de mi hermano, pero mis padres
siempre le ponían a él como ejemplo.
—Camilo, ¿has visto qué piso más bonito se ha comprado tu hermano? —me
dijo mi madre una de las pocas veces que fui a comer con ella—. Es un loft
muy coqueto. Recogidito y muy mono. Además, tiene de vecinos a unos manteros
¿no te parece entrañable?
«Recogidito» era el eufemismo utilizado por mi madre para describir un
apartamento de cuarenta metros cuadrados con una sola ventana y un dormitorio donde
los pies de la cama topaban con la puerta de la nevera en la cocina.
Mono era mi chalet. Una de las mejores mansiones de La Moraleja desde
cuyo jardín podía ver las barbacoas que celebraban en sus respectivos hogares media
plantilla del Real Madrid. Pero para mis padres era mucho mejor el pisito de mi
hermano Axel y sus vecinos marginales.
Todo estalló cuando mi abuelo, que había pasado bastante de nosotros
desde el incidente de la manzana y la serpiente, nos invitó a mi hermano y a mí
a participar de una iniciativa de la multinacional que presidía desde hacía
lustros.
—Quiero que me presentéis un proyecto para diversificar capital.
Hacienda me cruje y tengo que inventarme algo para eludir el fisco. Vosotros
sois, al fin y al cabo, familia y la familia es lo primero a pesar de lo
tarambanas que fueron vuestros padres —nos espetó el viejo cuando acudimos a su
despacho en una de las torres más altas de la ciudad.
Me puse manos a la obra. Soy un tiburón de las finanzas, mi cuenta
bancaria lo acredita, así que estaba seguro de salir vencedor en esta nueva
competición con mi hermano.
Presenté en el consejo de administración un proyecto de acero y ladrillo
para construir vivienda social que se podría sujetar a los beneficios fiscales
que deseaba mi abuelo. Era un trabajo pesado, fruto de mis años lidiando con el
polvo y el sudor de las obras. Además, encubría perfectamente una maniobra
empresarial para, en muy pocos años, revender esas viviendas, supuestamente
creadas para los más necesitados, a precios mucho más altos a población con
mayores recursos.
Axel, fiel a su talante, presentó un proyecto para formar una plataforma
de economía colaborativa que conectaría a personas necesitadas con recursos
excedentes. Una especie de ayuda humanitaria derivada de los millonarios
beneficios anuales de la empresa.
A punto estuve de carcajearme con la propuesta de mi hermano. Hay que
ser moñas. Sin embargo, los miembros del consejo de administración se
decantaron por su proyecto, desechando el mío por abusivo e interesado.
—No te enojes, Camilo —me dijo mi hermano mientras tomábamos unos
canapés y una copa de vino tras la celebración del consejo—. Tú ya construyes
edificios. Nada cambia para ti.
—¿Eso es lo que crees que hago? ¿Construir edificios? Ofrezco
alternativas, hago crecer la ciudad, convierto barrios abandonados en zonas
residenciales. Yo creo prosperidad —contesté enfadado—. ¡Qué sabrás tú de mi
trabajo si nunca te has dignado a visitar los lugares que rehabilito!
—Eso no es justo. Sé a qué te dedicas, pero para que no me juzgues mal,
mañana mismo iré a uno de esos edificios que reconstruyes.
Le llevé a uno de los más elevados. Cuando estábamos en la azotea
contemplando el perfil de la ciudad, Axel se echó a reír.
—¿Qué te parece tan gracioso? —le pregunté.
—Desde estas alturas todo parece insignificante. Incluso tu fortuna y tu
trayectoria profesional.
—¿Menosprecias mi trabajo?
—Solo quiero que sepas que nada de esto es importante, ni tú ni yo ni
nadie. Solo importa el todo del que formamos parte.
Creo que ha quedado patente lo mal que me cae mi hermano, por su
gazmoñería y su buenismo, pero en realidad lo que me saca de quicio de él es
cuando se pone trascendental, a todo le quiere dar un viso espiritual. En esos
momentos no le soporto. Y en aquella azotea, después del varapalo con mi
proyecto, oír tanta sandez hizo que perdiera la poca paciencia que tengo.
—De acuerdo, hermano —le repliqué—. Prepárate para formar parte de algo.
Antes de que supiera de qué estaba hablando, lo empujé y cayó al vacío dando
con sus huesos encima de uno de los huecos preparados para la cimentación de un
nuevo edificio aledaño, justo al lado de la hormigonera, un aparato que me vino
muy bien para cubrir su cadáver.
Axel ahora forma parte de los cimientos de una vivienda con siete
plantas, piscina y cancha de pádel.
La policía ha venido a verme hoy otra vez para preguntarme nuevamente si
sé dónde puede estar mi hermano. Les he dicho lo mismo que en anteriores
ocasiones: planeaba irse del país, a repartir ayuda a los más necesitados.
¿África? ¿Algún país del sudeste asiático? Ni idea de a donde ha podido ir. Hay
muchos lugares donde se necesita ayuda y mi hermano está dispuesto a dársela a
todos ellos. El bueno de Axel.






