Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

14 de septiembre de 2021

El Señor de los Anillos

 




Anselmo se sentía empoderado.

Mientras caminaba hacia el altar llevando del brazo a su hermana, pensaba que él, como padrino de los novios, era también protagonista y bien mirado el amo y señor del evento al portar los anillos del enlace. Aquellos anillos tenían poder, sin ellos no habría casorio.

Tenía un poco de manía al que se iba a convertir en su nuevo cuñado, un tipo engreído. Llegó a fantasear con perder los anillos y así evitar la boda, al menos retrasarla hasta que se encargaran otros nuevos. El enamoramiento cerril de su hermana hacia su prometido le disuadió, aunque menudo susto se llevaría ese imbécil, pensó con una sonrisa mientras el cura comenzaba a oficiar la ceremonia.

En un gesto instintivo se llevó la mano al bolsillo para comprobar que la cajita de los anillos seguía allí y resultó que no. Alarmado miró en derredor. ¿Se le habrían caído al entrar en la iglesia? Al salir del coche estaban en su sitio. La sonrisita maléfica del niño portador de las arras, sentado a su lado, le alarmó. En los deditos infantiles estaban los anillos.  

―Dame esos anillos ahora mismo ―susurró sin mover demasiado los labios y dándole una colleja flojita.

―¡No! ¡Son míos! Brillan mucho ―contestó el mocoso.

―¡Que me los des!

―¡No! ¡Mi tesoro! ―gritó el niño corriendo para escapar de la iglesia.

Mientras la concurrencia asistía a la escena asombrada, Anselmo pensó que después de todo la boda no se iba a celebrar. Cosas del destino.





11 de septiembre de 2021

Castellano (Reseña kirkeniana)

 

Desde hace unos meses ya no escribo reseñas en el blog, salvo las que yo tildo de reseñas kirkenianas, es decir, reseñas que se salen de lo habitual por algún plus añadido. En la que hoy aparece, el plus consiste en que hablé con el autor del libro.

LA RESEÑA

Este libro es más que un libro, no es un ensayo, pero, desde luego no es tampoco una novela. Es… bueno, no sé muy bien a qué género pertenece, lo que sí sé es que me ha encantado y he disfrutado muchísimo con su lectura.

 En “Castellano” Lorenzo Silva nos cuenta cosas de Castilla y de su propia vida; como hilo conductor utiliza la historia de la revuelta comunera, una historia que en los libros de ídem apenas se cuenta someramente y de la que, la mayoría, si nos atenemos a esos libros de historia, no tenemos ni idea.

Empleando esta revuelta como argumento central, Silva nos muestra qué es realmente Castilla y, lo más importante, qué es ser castellano. En esta segunda faceta radica la chicha de este libro, porque habla del sentimiento de identidad “nacional” como yo nunca había oído hablar y, además, con el que me he sentido plenamente identificada, valga la redundancia.

Silva nació en Madrid, hijo de andaluz y nieto por parte materna de castellanos. Cuando pasaba los veranos en la Málaga natal de su padre, no se sentía andaluz, pero tampoco salmantino cuando visitaba esporádicamente el lugar donde nacieron sus abuelos. Era nacido en Madrid, y ya está. Así creció, así lo sintió durante muchos años.

«Lo que yo fuera, era otra cosa, desdibujada y tal vez sin nombre.»

Pero todo eso cambió cuando tuvo su propia epifanía, y ocurrió a través de la música, oyendo cantar a Nuevo Mester de Juglaría la historia de los comuneros. En el álbum “Los Comuneros”, al son de estilos musicales propios del folklore castellano, se nos relata lo que ocurrió en aquel lejano año de 1521 cuando unos revoltosos súbditos se negaron a pagar más impuestos a un rey advenedizo que además de ser extranjero no le correspondía reinar pues su madre, la castellana, aún estaba viva y, a pesar de lo que se quería hacer creer, muy cuerda. El rey pedigüeño y guiri era Carlos I, y la madre destronada, Juana I de Castilla.

Esta historia también se cuenta en el libro, casi, casi, siguiendo el guion de dicho álbum además de sustentarlo con reflexiones, muy acertadas, del propio autor, y con añadidos históricos muy interesantes sobre la vida, ascendencia y vicisitudes previas de los cabecillas de la rebelión.

Pero el libro es algo más que la historia de los comuneros. Intercala, entre los sucesos de la rebelión, vivencias personales, lugares emblemáticos de Castilla, personajes mostrativos del carácter castellano (Fernán González, el Cid, Francisco de Vitoria, que a pesar de ese nombre era de Burgos). También nos muestra escenarios muy alejados de Castilla, pero donde los castellanos dejaron su impronta y su manera de ser (y su idioma). Mención aparte, en estos interludios de la historia comunera, merece el capítulo dedicado a mi adorado Cervantes.

«El más grande de los hijos de su patria, desbordando los contornos de esta y dejando a una distancia sideral a quienquiera que deba considerarse el segundo, lugar menor que pueden disputarse todos los demás.»

También reparte estopa entre quienes presumieron de entender Castilla y no se enteraron de nada, y en este apartado reciben lo suyo Unamuno (vasco), Azorín (alicantino) e incluso el mismísimo Machado (sevillano). Y lo hace con las palabras de un castellano de pro, Delibes:

«Es la mirada desde fuera, de hombres que, pese a su talento y su vivencia en Castilla, no nacieron en ella, no terminan de penetrar su espíritu y se quedan en la superficie.»

A pesar del desconocimiento general sobre la revuelta comunera, todos conocemos cómo acabó: mal. La rebelión se descabezó, literalmente (los jefes fueron decapitados), y las aguas volvieron a su cauce. Ahora, muchos historiadores están dando la importancia que realmente tuvo aquella insumisión que, a pesar de fracasar, supuso un punto de inflexión. Fue una revuelta revolucionaria, y aunque pueda parecer una redundancia tiene su porqué. Las ideas que la movieron fueron pioneras, en aquel lejano siglo XVI se proponía lo que ahora llamamos monarquía parlamentaria donde el rey estuviera sujeto al parecer del pueblo siendo este representado por los procuradores elegidos en asamblea comunitaria. Esas ideas innovadoras salieron de Castilla.

«La revolución de los comuneros, la primera de la Europa moderna, que no estalló en París, ni en Londres, ni en Berlín, ni en Barcelona, por entonces dóciles a la monarquía absoluta que sobre cada una imperaba, sino en Toledo, a orillas del Tajo, el río que parte en dos el seco páramo castellano.»

Entre reflexiones y avatares comuneros discurre un libro escrito con la perfección narrativa que caracteriza a Lorenzo Silva, convirtiendo la lectura en una auténtica delicia.

EL ENCUENTRO CON EL ESCRITOR

Leí “Castellano” en versión digital, pero me sentí tan identificada con lo que ahí se decía en tantos aspectos que decidí comprar un ejemplar en papel para una siguiente relectura. Como la Feria del Libro se iba a celebrar, por fin, después de más de dos años sin ella por culpa de la pandemia, decidí comprarlo ahí para aprovechar el pequeño descuento que hacen y, de paso, darme un paseo y así quitarme de encima el síndrome de abstinencia provocado por tantos meses esperando este evento. Era tanto el mono que tenía que me fui el mismo día que se iniciaba, o sea, ayer.

Debido al protocolo Covid el aforo este año está muy reducido y ya me sospeché que entrar iba a estar complicado.

Lo bueno de pasear casi a diario por el parque del Retiro es que se conocen lugares que otros paseantes eventuales ignoran. En lugar de acceder por la puerta principal a la Feria del Libro, y por la que entran la mayoría de los visitantes, lo hice por otra menos conocida donde la cola para llegar era mucho menor. Con apenas cinco minutos de espera ya estaba dentro. Además, ese día, o sea ayer, Lorenzo Silva estaba en una caseta firmando ejemplares.

No soy yo mucho de firmas, además de que no me gusta esperar en la fila, cuando llego ante el escritor no sé muy bien cómo comportarme; me encantaría tomarme un café y charlar con muchos autores, pero delante de un mostrador y sabiendo que solo dispones de un par de minutos pues como que se me quitan las ganas. En cambio, ayer hice una excepción; quería transmitir al escritor cuánto me había identificado con él y aunque solo fuera decirle eso me animó a esperar para que me firmara mi recién adquirido ejemplar en papel de “Castellano”.

Ayer mi amigo Murphy no andaba cerca (lo mismo estaba esperando en la larguísima cola que había para entrar por la puerta principal) y tuve mucha suerte. Delante de mí, para la firma, solo había dos personas y en seguida me planté delante de Silva. En un primer momento no supe qué decirle, tan solo un ñoño «Me ha encantado tu libro», menos mal que no añadí eso de «Me gusta mucho cómo escribes», algo que se presupone porque si no te gusta el escritor a santo de qué vas a ir a que te firme nada.

Tras ese titubeo inicial y animada por la sonrisa que adiviné tras la mascarilla por el guiño de sus ojos y con la que me recibió, se me ocurrió comentarle que me había sentido identificada con él y, en un alarde de insensatez temeraria, le dije que éramos muy parecidos. Toma ya. Antes de que Silva pensara que tenía delante a una auténtica cretina, añadí apresuradamente que yo también había nacido en Madrid, que era hija de un castellano y de una gallega y que nunca me sentí de ninguna parte en especial, que “solo” era madrileña, que también conocí la historia de los comuneros a través del Nuevo Mester de Juglaría y que después de leer su libro me había dado cuenta de que me sentía castellana sin yo saberlo. Se lo solté de un tirón, sin anestesia ni nada. Convencida de que me iba a decir un par de frases de cortesía y, tras garabatear algo en el libro, me despacharía con viento fresco pensando, igualmente, que era una auténtica cretina, la sorpresa llegó cuando él me dijo que así se sentía él, que era castellano sin saberlo. Empezamos a hablar de los comuneros, del carácter pragmático de los castellanos, yo le conté cosas de mi abuelo paterno, él cosas del pueblo de los suyos… hablamos y hablamos y cuando terminamos había una cola importante detrás de mí. No me lo podía creer. El par de minutos de rigor que yo creía que tendría como contacto con él fue en realidad mucho más tiempo. Lo siento por los que estaban detrás de mí, supongo que se acordarían de mi abuelo paterno y de toda la parentela materna también, pero yo disfruté como una enana.

Es una gozada comprobar que la persona que está detrás de un escritor al que admiras es muy parecida, o igual, a la que sospechas cuando lo lees. Hasta ahora me habían firmado ejemplares escritores “conocidos” por mí a través de redes sociales o por correos electrónicos; esta es la primera vez que me firma uno del que no había tomado contacto, tan solo el que se da con la lectura, y la experiencia ha sido sumamente agradable. Lo mismo me aficiono y me voy a la caza y captura de firmas, no sé.

Ya para terminar esta extensa y rara reseña, pongo unas líneas de “Castellano”, unas palabras que hago mías porque comulgo completamente con lo que ahí pone y porque es una muestra de hasta qué punto Lorenzo Silva y yo “somos iguales”.

«Elijo con gusto la identidad castellana, no solo como la mejor forma de habitar en mi pellejo de madrileño con pasaporte español, sino como la credencial que prefiero para circular como europeo y ciudadano del mundo.

»No puedo agradecerle (a Castilla) lo bastante que a cambio de tan liviano peaje me haya regalado la lengua en la que vivo y escribo y la voluntad de ser libre, sin someterme a los vasallajes mentales, emocionales y de todo tipo que exigen los nacionalismos.»

 


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Hada verde:Cursores
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