18 de mayo de 2018

Abandonados I (Reseñas a medias)


Hace meses que mi ritmo de publicación de reseñas literarias ha descendido considerablemente. Esto es debido, en parte, a mi participación en un curso de escritura que ha hecho aumentar mi producción de relatos propios en detrimento de la lectura y su posterior reseña. Mi reciente viaje a Venecia y la crónica que nació de él también tiene parte de culpa. Pero no todo es debido a estas razones. Hay una mucho más importante y es que últimamente mi tino a la hora de elegir buenas lecturas es nefasto, es tan mala la opinión que me merecen que abandono su lectura antes de acabarlos. No doy una, la mayor parte de los libros que selecciono para leer son unos rollos de campeonato.

Me he parado a reflexionar sobre ello. ¿A que puede ser debido esto? Tengo varias explicaciones.

1-   Que me he vuelto mucho más crítica y ahora no soporto lo que antes me parecía soportable.
2-   Que me he vuelto más impaciente y no tengo aguante para proseguir con una lectura y darle la oportunidad de que se enderece según avanza el argumento.
3-   Que elijo a tontas y a locas y me muevo por impulsos a la hora de decidir leer un libro, sin pararme y analizar bien qué es lo que me hace atractiva una lectura.

Sea como fuere, el caso es que llevo un buen número de libros que no he terminado. 

Cuando escribo una reseña me gusta ser sincera y avisar si el libro tiene alguna pega. Como un aviso a los navegantes yo advierto de lo que hay. Pero esto lo hago cuando el libro lo he terminado. Si no lo acabo tengo presente que es posible que al final la cosa se haya arreglado. Pero he estado reflexionando, y creo que en el caso de los abandonos también debería avisar, aunque de una manera más sucinta. Y aquí estoy, con la recopilación de los libros que en los últimos meses me han decepcionado tanto que ni siquiera me han dado ganas de terminarlos. En estas no-reseñas explico por qué me decidí a abandonar la lectura.


Las tres muertes de Fermín Salvochea - Jesús Cañadas.

1873, recién instaurada la Primera República, Fermín Salvochea tomó posesión del cargo de alcalde de Cádiz. Siguiendo su espíritu anarquista, adoptó una serie de medidas polémicas que le granjearon la simpatía de los pobres al mismo tiempo que la animadversión de las clases pudientes y del clero.
1907. Fermín Salvochea, legendario alcalde de la ciudad de Cádiz, fallece en extrañas circunstancias. Ese mismo día, Juaíco, un barbero viejo y borracho, decide contarle la historia de Salvochea a su hijo Sebastián.
1873. El joven Juaíco empieza a trabajar para Fermín Salvochea durante su primera semana como alcalde. Una muerte en un burdel los embarcará en una aventura llena de misterios, magia negra y venganza más allá de la tumba.
1907. Un enigmático teatro de los horrores ha llegado a Cádiz. Brutales asesinatos se suceden en los callejones de la ciudad. Sólo Sebastián y sus amigos podrán encontrar la verdad tras la historia de Juaíco y proteger Cádiz del mal antiguo que anida en sus entrañas."

Esta sería la sinopsis del libro y no me negaréis que se presenta interesante. Bueno, pues no lo fue, al menos durante el primer tercio del libro (insisto que no lo terminé). Una de las cosas que no me gustó es que no entra en materia ni a tiros. La famosa muerte de Fermín Salochea “en extrañas circunstancias” no se cuenta durante el primer tercio del libro, y el tal Juaíco le cuenta a su hijo de todo menos cómo murió el alcalde.

El lenguaje empleado es demasiado almibarado y rebuscado con algunos adjetivos que yo creo ya están en desuso desde hace varias décadas. Fallos garrafales como citar la famosa Canción del pirata de Espronceda y decir “por cien cañones por banda” (no son cien, son diez; si un barco lleva cien cañones por banda, serían un total de doscientos, y ese barco se hundiría sí o sí, a no ser que sea el Titanic en cuyo caso se hundiría igual pero no por culpa del peso).

Con estas premisas ya iba yo pensando en dejar la lectura hasta que en la historia aparecieron grifos, y no me refiero a los instrumentos por los que sale el agua, sino a esos seres mitológicos mitad águila, mitad león. Lo que me faltaba. Así que dejé el librito por ser una payasada absurda, que tendrá su público, no lo niego, pero entre el que yo no me encuentro.

Polvo eres - Nieves Concostrina.

En este libro se cuenta la manera de morir de deteminados famosos cuyo deceso resultó algo fuera de lo normal. “No importa que sean santos, mandamases, escritores o músicos: algunos personajes no descansan ni después de muertos. Estas amenas y por momentos desternillantes páginas nos cuentan sus innumerables peripecias a la hora de morir o después de su deceso”.

El término “desternillante” del que escribió la sinopsis no coincide con el mío. Vamos a dejarlo en “graciosillo”. Se utilizan expresiones demasiado coloquiales, y aunque esta obra se cataloga en algunos foros como de “divulgación” yo creo que titular algunos capítulos como “Carlos I de España, el pejiguera de las tumbas” o “El botellón fúnebre de Nerón” me parece bastante vulgar y falto de respeto (vaya por delante que yo no soy monárquica). Además, esos titulares son llamativos pero no se corresponden para nada con la historia que subyace debajo.

No estoy en contra de la divulgación de cualquier tipo, pero si para llamar la atención del respetable público hay que acudir a expresiones chavacanas, casi que mejor dejar la cultura en los libros “serios” y dejarse de chorradas.

La sinfonía del tiempo - Álvaro Arbina.

La sinfonía del tiempo es una emocionante historia de amor, una gran saga familiar y una poderosa intriga histórica. Un fascinante viaje a los tiempos del acero y el carbón, de los edificios de hierro y cristal, de los avances industriales y científicos, de la desigualdad social y el refinamiento burgués

Así es parte de la sinopsis de esta novela. Una vez más, los que escriben las sinopsis tienen conceptos que no coinciden con los míos sobre algunas palabras. “Emocionante historia de amor” para mí fue una edulcorada, ñoña e insulsa historieta digna de un telefilm o de un culebrón, pero de los malos.

Si a esto le añadimos que la sintaxis en algunos párrafos los volvía ininteligibles por las frases tan retorcidas o que el librito tenía más de quinientas páginas… no dudé ni un momento en cerrarlo sin terminar.

El llanto de la isla de Pascua - José Vicente Alfaro.

Un arqueólogo español entra a formar parte de una ambiciosa excavación que pretende arrojar un poco más de luz sobre los numerosos enigmas que todavía hoy persisten en torno a la Isla de Pascua. Un crimen atroz y la sospecha de hallarse ante un descubrimiento antropológico sensacional, le situarán en el centro de una conspiración de la que se acabará convirtiendo en involuntario protagonista”.

Esta es la sinopsis, no voy a valorar el lenguaje empleado porque no quiero enrollarme. Solo decir que la novela está llena de saltos en el tiempo, desde la actualidad al pasado (año 1195 a.C.). Cuando se trata de la actualidad la presentación de los personajes y la manera de contarlos me pareció plana y bastante insulsa. Cuando narra lo que está pasando hace más de treinta siglos la cosa es tan difusa y tan rara (hasta donde leí no averigüé si estaba hablando de extraterrestres) que me costó centrarme. Tanto me dispersé que decidí dejarlo y quedarme sin saber cómo se construyeron los famosos moais de la isla de Pascua.

Las hijas del capitán - María Dueñas.

Esta es la última novela de María Dueñas. Con ella pretendí deshacer el empate que tengo con esta autora. ‘El tiempo entre costuras’ me gustó mucho, pero ‘Misión Olvido’ no me gustó nada. Así que este iba a ser el libro que inclinaría la balanza en un sentido u otro. Lo hizo. Y lo hizo de una manera mucho más rápida de la que se podría esperar tratándose de un tocho de mas de seiscientas páginas. Si fue rápido es porque no pasé de las primeras doscientas hojas.

La trama puede parecer interesante, pero en realidad a mí no me lo pareció. Las páginas se suceden una tras otra y la historia no avanza. Pasan muchas “cositas” pero en realidad no pasa ninguna “cosa”. Hay paja por un tubo. Describir el trayecto de una de las protagonistas a través de un Nueva York nocturno relatando calle por calle su itinerario a mí me resultó aburrido e innecesario, tan solo se explica esta maniobra si la autora quiere demostrar su maravilloso conocimiento de esa ciudad, algo que a mí me trae al fresco porque no tengo intención de visitar Nueva York en un futuro próximo y si lo hago me dedicaré a utilizar un mapa y no su novela.

Lo que leí me pareció insulso, ñoño y con poca chicha. No discuto que la cosa se enderece al final, pero si el argumento se pone interesante solo en la última etapa no entiendo a qué viene aburrir al personal con un principio más lento que un chotis.

Y hasta aquí mis abandonos. Tengo más, pero los publicaré más adelante. Por hoy, basta.

De todas formas vaya esta publicación como pre-aviso o explicación a otras reseñas que se basarán en re-lecturas. Después del éxito que estoy teniendo con algunas novedades cada vez soy más propensa a repetir con lo que ya leí y me gustó; con lo seguro.




14 de mayo de 2018

¡Oh, sole mío! (y III)


Mucho se habla de las obras de arte que hay en Venecia, que si el Palacio Ducal, que si la Basílica de San Marcos o el Puente Rialto, y aunque todo el mundo alaba la arquitectura esplendorosa de esa ciudad yo tengo que dejar clara mi disconformidad con la manera de construir que tienen allí.

No niego que los palacios renacentistas o los edificios del siglo XVIII son muy bonitos, pero a mi modo de ver tienen algunos defectos, y no solo me refiero a los desconchones que abundan por doquier. Yo no entiendo ni jota de arquitectura, pero sé lo que es una línea recta y distingo lo que está derecho de lo que está torcido. También sé lo que es la fuerza de la gravedad y que las cosas que se inclinan en exceso tienen el riesgo de caerse.

Si en anteriores entradas me quejé de la humedad y cómo afeaba las fachadas, a lo que voy ahora es a decir que en Venecia muchos edificios, además de aparecer ennegrecidos por el moho, están torcidos. Este defecto se nota especialmente en las torres y/o campanarios de la ciudad.

Aquí van unas cuantas muestras.




Esta querencia para inclinarse por parte de las torres venecianas no sé muy bien a qué se debe –ya he comentado que no tengo ni idea de arquitectura–. No sé si es por una mala cimentación, por impericia de los arquitectos venecianos o por solidaridad con su prima la torre  de Pisa, la inclinada.

No obstante, si hiciéramos un concurso para ver qué torre está más ladeada, la palma se la llevaría el campanario de la iglesia de Burano. Es un auténtico desafío a la ley de la gravedad.


Yo no sé cómo la gente sigue yendo a misa allí, el día que se caiga la torre si está todo el pueblo en plena ceremonia, la escabechina en la iglesia puede ser de campeonato. Todo un peligro y una imprudencia.

Uno de mis acompañantes en este viaje a Venecia estudió arquitectura varios años, pero no logró terminar sus estudios. Viendo la manera de construir en esa ciudad, se volvió a España con la desagradable sensación de que si hubiera cursado la carrera en Italia habría conseguido aprobar.


En la primera entrega de esta crónica veneciana comenté que siempre que he hecho un viaje a Italia, tarareo eso de “Vamos juntos hasta Italia, quiero comprarme un jersey a rayas”, pero el caso es que en ninguno de mis viajes a ese país me he comprado un jersey así porque no los veo en las tiendas. En Venecia averigüé por qué no se encuentran jerseys a rayas disponibles: los gondoleros han acabado con todas las existencias.

Yo creí que lo de las camisetas de rayas de los gondoleros eran clichés manidos que no se correspondían con la realidad –como si uno piensa que en Sevilla todas las mujeres van vestidas de faralaes–. El caso es que en Venecia todos los gondoleros llevan camisetas de rayas. Os parecerá una tontería, pero a mí me alucinó. El color de esas rayas puede variar, rojo, azul o negro. Lo que no varía es el sombrero tan ridículo de paja, aunque se empiezan a ver signos de rebeldía en algún sector del gremio pues muchos iban con la testa descubierta –algo que yo comprendo y que respeto porque mira que es feo el sombrerito–.

Lo que sí pertenece a un estereotipo más que obsoleto es eso de que cantan “Oh, sole mio”. Además, esa canción suscita controversia entre los venecianos porque resulta que es una balada napolitana que nada tiene que ver con Venecia. Así que aprovecho para pedir perdón por titular esta serie de publicaciones precisamente con esa canción, pero en el ideario del turista habitual ‘Oh, sole mio’ se relaciona, aunque sea erróneamente, con Venecia.

Desde luego, el gondolero que nos paseó a nosotros no cantó nada de nada, quizás porque andaba mosqueado con otro colega con el que casi se choca y con el que cruzó ciertas palabritas subidas de tono donde se pudo escuchar “vaffanculo”, “porco” y “figlio de puttana”. Yo no tengo ni idea de italiano, pero creo que en esencia entendí bastante bien lo que se decían.

Otro cliché manido, y no del todo cierto, es eso de que los gondoleros utilizan el remo para dirigir la góndola. Sí que lo emplean, pero también se sirven de otras ayudas algo menos ortodoxas: los pies.


Con la ayuda de los pies o con la de las manos, los gondoleros se ganan el sueldo a pulso literalmente hablando, aunque no se pueden quejar de la clientela porque es abundante y porque los 80€ que te clavan por un paseo de media hora no es ningún impedimento para que los canales se llenen de turistas embarcados en una nao tan peculiar.



Pero la góndola no es el único modo de transporte en Venecia. De hecho, las góndolas las utilizan solo los turistas. El habitante común de Venecia utiliza los vaporettos. Por cierto, el nombre despista bastante porque uno podría pensar que se mueven a vapor, pero la verdad es que lo hacen con gasóleo a juzgar por los apestosos gases que emiten, a no ser que el agua al evaporarse en Italia huela diferente a como lo hace en España (yo, después de lo de los mosquitos, estoy abierta a las más estrambóticas posibilidades).

 En principio, estos barcos-bus se emplean para ir de un lado a otro, dentro de la propia ciudad o entre las islas que se encuentran en la laguna. Pero también pueden tener otro uso que a mí me sorprendió.

La ciudad está atravesada por un canal enorme y bastante ancho. La única manera de ir del norte de la isla al sur es cruzándolo, pero solo hay cuatro puentes a lo largo de ese canal, haciendo que ir de norte a sur sea bastante complicado y poco práctico si uno tiene prisa. Y aquí es donde entran en acción los vaporettos, porque estos barcos colectivos tienen una peculiaridad: navegan haciendo zig-zag, de manera que una parada la tienen en una orilla y la siguiente en la opuesta, así muchos venecianos emplean el vaporetto para trayectos de una sola estación, lo justo para cruzar el canal.

Esta manera de navegar puede ser muy útil, pero a mí me parece insensata. Si solo hubiera dos o tres barcos, vale. Pero cuando hay un tráfico de mil demonios la cosa se puede poner peligrosa, porque eso de que cada uno vaya a lo suyo genera situaciones comprometidas. Aún tengo el susto en el cuerpo cuando una lancha-taxi se le cruzó al vaporetto en el que viajaba y pasó a tan solo un metro del casco.

Tráfico marítimo visto desde el Puente de Rialto

Hay varios tipos de vaporettos, unos más grandes que otros. Yo prefiero los grandes ya que cuando viajé en los pequeños lo hice bastante mosqueada porque son mucho más bajos. Al igual que no tengo ni idea de arquitectura, tampoco la tengo de ingeniería naval, pero eso de ir sentada por debajo de la línea de flotación del barco a mí me da un poco de canguelo. Mirar por la ventana y ver el agua a la altura de tus ojos mosquea cantidad. Por mucha mampara de cristal o de metal que haya entre el viajero y el líquido elemento, la sensación es de bastante inseguridad.

Sea en góndola, sea en vaporetto, viajar por los canales de Venecia es toda una experiencia. Aunque puestos a citar medios de transporte el que más se uliza allí es el tren de San Fernando: un ratito a pie y otro andando. Porque para moverse en Venecia hay que caminar, solo así se puede llegar a rincones preciosos, solitarios, con el encanto que confieren los habitantes del lugar, donde cada vecino contribuye al paisaje de la ciudad aportando su granito arena: un balcón lleno de flores, una banderola, un cartel protestando por la masificación turística o simplemente ropa tendida.






















Esta es la Venecia que a mí me enamoró, y por mucho que haya protestado a lo largo de estas tres publicaciones, la realidad es que fue un viaje entrañable, disfruté mucho de la estancia en esa ciudad maravillosa, me divertí, caminé por sus calles -estrechas y no tan estrechas-, me perdí y descubrí nuevos rincones. Volvería allí otra vez sin dudar. Venecia es única.



Para que vosotros también podáis disfrutar un poco de Venecia os invito a ver el vídeo del siguiente enlace donde he intentado sintetizar con unas cuantas fotos –que no hacen justicia la belleza de esa maravillosa ciudad. Aunque las mejores imágenes son las que permanecen en mi retina, en mi recuerdo y en mi corazón; esas sí que son preciosas porque están acompañadas por las sensaciones que una cámara no puede captar: el sonido del agua al chocar con las paredes de las casas, el olor de las flores de los balcones o el silencio del atardecer.





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10 de mayo de 2018

¡Oh, sole mío! (II)


Antes de salir de España me estuve informando sobre Venecia, sobre su historia, sobre su origen y geografía. Pero nada ni nadie me informó de la fauna característica de allí y creo que la oficina de turismo debería poner en conocimiento del visitante cómo se las gastan los bichos que por Venecia pululan.

El tener tanta agua por todas partes es un ecosistema ideal para unos animales terriblemente maléficos: los mosquitos.

Los mosquitos venecianos se caracterizan por poseer unas dimensiones extraordinarias que yo creo son debidas a la alimentación tan variada que tienen. Al ser Venecia un lugar tan turístico sus habitantes eventuales son de procedencias muy diversas y esa amplia multiplicidad de diferentes tipos de sangre convierten a los mosquitos venecianos en unos especímenes fuera de serie. Todo esto se traduce en que si el mosquito es grande, el picotazo también.

En resumen, acabé con los brazos y las piernas llenos de ronchas dignas de una varicela. Lo llevé fatal porque en España los mosquitos no me pican, sin embargo, en Venecia mi inmunidad no funcionó por lo que me viene a la mente que en los países de la Unión Europea no rigen las mismas normas como nos quieren hacer creer.

En esta zona, al lado de la Viale Giuseppe Garibaldi, los mosquitos se ensañan especialmente

Pero los mosquitos no son los animales más peligrosos que uno puede encontrar en Venecia. Dentro de esa fauna tan particular hay otros bichos más agresivos: las gaviotas. Estas aves también poseen unas dimensiones muy grandes y además tienen mucha mala leche.


Paseando por el mercado de Rialto una gaviota me atropelló en un vuelo rasante. No sé si lo hizo adrede o le falló el sistema de navegación, pero me dio un porrazo tremendo en toda la cara cuando se fue a por unos restos de pescado que uno de los tenderos de dicho mercado había tirado cerca de donde yo me encontraba.

Las gaviotas además de agredir con su cuerpo lo hacen con “las cosas” que tienen dentro de su cuerpo. Estando en una terraza del Campo de Sta. Margherita una de ellas nos bombardeó con una ráfaga de excrementos. Como si de un bombardero de la Luftwaffe se tratara hizo una pasada asesina por encima de toda la mesa. En esta ocasión yo me libré por los pelos y los proyectiles cayeron delante y detrás de mí, pero uno de mis acompañantes no tuvo tanta suerte y tuvo que mandar al tinte la chaqueta que llevaba puesta. Al menos, las copas de vino blanco fresquito que nos estábamos tomando no sufrieron ningún daño contaminante; eso sí que hubiera sido una tragedia. 


La gaviota que se abalanza hacia la cámara no fue la que me agredió, pero debía de ser prima hermana suya porque esta también iba con muy malas intenciones.

Otra de las características de Venecia son sus callejuelas, algunas son muy estrechas (mucho, mucho) y yo creo que eso hace que los GPS se confundan, es decir, tú vas por una calle y el aparato localizador se piensa que vas por la de al lado, algo que solo supone un error de diez o veinte metros. Teniendo en cuenta que la mayoría de esas calles terminan en un canal de agua o en un puente que lleva a una puerta de una casa particular, el que el GPS se confunda de calle, aunque sea una aledaña, se traduce en lo que suele ocurrir con estos cacharros: ¡que te pierdes!

Una noche, volviendo de cenar, intentamos llegar al hotel utilizando el GPS. Si hubiera sido de día no habríamos necesitado recurrir a este aparato, porque con ir hacia donde más gente se veía llegaríamos a la Plaza de San Marcos, que era nuestro punto de referencia para encontrar el palazzo donde nos hospedábamos.

Pero era de noche, y bastante tarde, por lo que recorrimos calles y cruzamos canales siguiendo las indicaciones del GPS que en ese momento era el único que nos podía informar porque por la calle no había ni un alma. Al menos un alma italiana, ya que los pocos transeúntes que nos encontramos eran turistas como nosotros. El caso es que el navegador se hizo un lío y se empeñó en llevarnos por un sitio que terminaba en una verja que daba a una casa. Y de allí no sabía salir, porque nos alejábamos y el GPS nos volvía a llevar al mismo sitio, de manera que estuvimos caminando en círculo un buen rato.

Pensamos que nuestros teléfonos móviles (los de mi marido, el mío y los del otro matrimonio que nos acompañaba) eran muy malos, pero resulta que detrás nuestra venía una pareja de chicos con el GPS hablando a voces (creo que en alemán) y les pasó lo mismo. Así que puede que la humedad les afecte a todos estos trastos, o que Venecia siga anclada en el siglo XVIII y pase de tecnologías modernas.

Menos mal que dieron las doce, y menos mal que en Italia no se ponen exquisitos con los ruidos, porque en ese momento las campanas de San Marcos comenzaron a tañer señalando la medianoche y gracias al ruido de los doce campanazos pudimos localizar con el oído por dónde se encontraba la plaza y por tanto dónde estaba nuestro hotel. Si no llega a ser por el reloj de San Marcos todavía estaríamos dando vueltas.

A la altura de la Fenice fue donde dimos vueltas en círculo gracias a nuestro querido GPS que no se orientaba en esa zona.

Pero esto de la desorientación no solo nos pasó en Venecia. En otra de las islas de la laguna vivimos un fenómeno paranormal. Bajamos del vaporetto que nos llevó a la isla de Burano y comenzamos a caminar por la avenida principal, cruzamos el puente del canal que la atraviesa y tras dar un largo paseo y almorzar, nos dispusimos a regresar al embarcadero para tomar otro vaporetto y volver a Venecia.

En el camino hacia el embarcadero, los dos hombres de nuestro grupo (os recuerdo que viajamos con otro matrimonio amigo) se adelantaron, y nosotras nos quedamos rezagadas disfrutando placenteramente de las vistas de esa isla (léase viendo tiendas). Entre tienda y tienda y entre puente y puente, en un momento dado perdimos el norte, o el sur, o donde quiera que estuviera el dichoso embarcadero.

Nuestros maridos, que ya estaban acuciándonos vía whatsapp preocupados por si nos había pasado algo (yo creo que lo que realmente les preocupaba es que les hubiera pasado algo a nuestras tarjetas de crédito) esperaban impacientes en el embarcadero. Nosotras, tras dar un par de rodeos, llegamos a una plaza que nos sonaba del camino de ida y entonces supimos que estábamos bien encaminadas. Dijimos a nuestros cónyuges que ya llegábamos y ellos nos fueron a recibir con los brazos abiertos (más o menos). Y con los brazos abiertos se quedaron, porque nosotras llegamos por el lado opuesto por el que se suponía debíamos de aparecer.
Plaza de la isla de Burano que, según nuestros cálculos, debería estar a la derecha del embarcadero, pero resultó que estaba a la izquierda.

En la isla de Murano me ocurrió algo parecido. Al desembarcar vi un faro a la izquierda, cuando más tarde otros turistas me preguntaron por ese faro yo les indiqué hacia la izquierda, pero inexplicablemente el faro se encontraba… a la derecha. Mi marido dice que no sé orientarme, pero yo creo que hay algún tipo de radiación electromagnética que gira las islas y vuelve los mapas del revés.

Faro (¿móvil?) de la isla de Murano


Mucho se habla del Triángulo de las Bermudas, pero lo que pasa en el Triángulo Venecia-Murano-Burano no es normal.

Aún me queda hablar de la arquitectura típica de Venecia y de sus góndolas, pero como ya me he enrollado mucho lo dejo para más adelante.

Continuerà…




7 de mayo de 2018

¡Oh, sole mío! (I)


Los que además de leerme por el blog me seguís por otras redes sociales, estáis al corriente de que hace unas semanas estuve en Venecia para celebrar con mi media naranja nuestras bodas de plata. Por las fotos que colgué en esas redes, algunos pudisteis deducir que la estancia fue muy romántica. La verdad es que no estuvo nada mal pero ya sabéis que yo siempre soy muy sincera y cuento todo lo bueno y… todo lo malo.

Aprovecho este viaje a Venecia para recuperar la sección “Do you speak English?” y así hablar, nuevamente, de mis desventuras cuando traspaso las fronteras españolas.

En esta ocasión el viaje lo realizamos mi marido y yo en compañía de otro matrimonio amigo que también cumplía 25 años de casados. Con toda la ilusión del mundo nos volcamos entusiasmados en este viaje a Italia (el tercero para mí). Una vez más (y esto ya es una tradición) los días previos estuve cantando “Veneeeezia, Veneeeezia ¡cha! ¡cha! ¡cha!. Lo tengo preparado, tengo las maletas. Vamos juntos hasta Italia, quiero comprarme un jersey a rayas”.

Vista del Gran Canal desde el Puente de la Constitución

Un viernes soleado y esplendoroso recalamos en esa ciudad maravillosa. Llevaba muchos años soñando con conocerla; cuando el autobús que nos recogió en el aeropuerto Marco Polo nos dejó en Piazzale Roma y cruzamos el Gran Canal por el puente de la Constitución yo estaba taquicárdica perdida por la emoción de ver cumplido un sueño largamente deseado.

 Pero los sueños suelen estar mejor en la imaginación y son muy distintos a la cruda realidad.

Venecia es una ciudad muy bonita, las cosas como son, pero a mi modo de ver yo creo que necesita alguna reforma, principalmente una buena mano de pintura porque la encontré bastante descascarillada. La humedad inherente a tener tanta agua por todos lados es un incordio y lo pone todo perdido de moho ensuciando las fachadas de los edificios. Si a esto le añadimos que los venecianos tienen cierta querencia en construir los edificios blancos… se masca la tragedia, en cuanto a imagen y presencia.





El hotel en el que nos alojamos era un antiguo palacio –palazzo los llaman allí del siglo XVIII que habitó un conde llamado Querini. Dicho palazzo está situado justo al lado de uno de los muchos canales que discurren por la ciudad y además utilizado como itinerario frecuente de las góndolas donde van los turistas. Esto tuvo como consecuencia que una de las mañanas, recién levantada, yo me asomara a la ventana en plan, ¡qué bonito día, voy a ver qué temperatura hace fuera! para encontrarme con un grupo de japoneses en góndola que en esos momentos estaban pasando por debajo de la habitación fotografiándolo todo, incluida una servidora con legañas y en pijama.

Recepción del hotel donde nos alojamos

A la izquierda Palazzo Querini, el edificio donde se encontraban nuestras habitaciones

Vistas desde la habitación
Mucho se está hablando estos días de la masificación turística de Venecia. La verdad es que hay mucha gente en determinados sitios y el paso por algunas calles y puentes angostos es complicado. La aglomeración en el puente de Rialto me llevó a hacerme un selfie con un desconocido. Con el sol de frente que me cegaba y con tanta gente alrededor no me di cuenta de que el hombre que estaba a mi lado no era mi marido. Encima no me enteré del error hasta que miré las fotos más tarde, en el hotel, y me pregunté ¿pero este tío, quién es? Lo que obligó a volver al día siguiente al concurrido puente para repetir la foto, porque yo no me iba de Venecia sin tener un bonito recuerdo de ese sitio con mi churri, aunque el churri en esta ocasión se mosqueara bastante pues el mogollón de gente le molesta cantidad.

Esta masificación se manifesta especialmente cuando desembarcan los miles de pasajeros de los cruceros que suelen hacer escala en el puerto. De hecho, en muchos balcones de Venecia cuelgan carteles donde se exhibe el rechazo a ese tipo de turismo masivo.

Uno de los cruceros que visitan diariamente Venecia

El desembarco de hordas de turistas que en un par de horas pretenden conocer una ciudad que es mucho más que una plaza, una basílica y un par de puentes, causa muchas molestias. No solo a los venecianos, sino a los viajeros que nos tomamos la visita a la ciudad con mucha más calma. Nosotros a punto estuvimos de no poder entrar en la basílica por culpa de estos grupos numerosos que invaden la Plaza de San Marcos y que lo copan todo. Menos mal que estuvimos al loro y entre dos desembarcos vimos un hueco y, tras solo diez minutos de espera, pudimos contemplar uno de los templos más bonitos que he visto en mi vida. Los mosaicos de las cúpulas y las paredes me dejaron con la boca abierta. Eso sí que es una obra de arte y no los cuadros para el día de la madre que yo hice en el colegio con unas tenazas y unos gresites de colores.

De todas formas si uno quiere estar en la Plaza de San Marcos con poca gente no tiene más que esperar a que se haga de noche; cuando cierran las cafeterías y restaurantes que por allí hay la afluencia de público disminuye considerablemente. Lo malo es que no solo cierran las cafeterías, también lo hace la basílica y los demás edificios emblemáticos por lo que poco se puede hacer por allí, salvo pasear tranquilamente. En fin, nada es perfecto.

Plaza de San Marcos sin apenas gente

Cuando intentamos subir al Campanile pude comprobar una vez más cómo el idioma italiano no solo no se parece al español, sino que mueve a confusión. Resulta que en el letrero de la entrada podía leerse en letras grandes: Ingresso completo, Ingresso ridotto. Pensamos que había dos recorridos, uno largo y otro más corto. Dado que la atracción consistía en subir a un campanario yo pensé que el “ridotto” sería quedarse a mitad de altura o algo así. Mientras pensábamos cuál escoger y yo le daba vueltas a eso de subir hasta la mitad ya que en el medio de la torre no había ventanas, nos acercamos más al citado cartel y pudimos ver en una letra más pequeña: 
Ingresso completo 8 €, Ingresso ridotto 4 € (minore 16 anni)

O sea, que todos subíamos a arriba del todo, pero los menores de 16 años pagaban menos.


Pero Venecia es mucho más que San Marcos y su campanario, o el Gran Canal. Son muchas las cosas que se pueden contar de esa ciudad. Y son cosas poco conocidas como la fauna agresiva que la habita o los fenómenos extraños que se dan entre las islas de la laguna, donde las brújulas (y el GPS)  no funcionan como en el resto del planeta. Pero todo eso lo haré en otra entrega.

Ci vediamo*


5 de mayo de 2018

"La vida escondida entre los libros"-Stephanie Butland


Loveday trabaja en una librería de viejo, o como se llama ahora, de libros de segunda mano. Es poco social, la gente no le gusta, prefiere la compañía de los libros. Rodeada de esos silenciosos y leales compañeros de trabajo se siente cómoda.

Loveday lleva tatuadas las primeras frases de algunas novelas(*). Esas primeras frases le recuerdan que las primeras líneas no definen las últimas páginas de una vida real, al igual que ocurre con las historias que cuentan. El comienzo no marca ni condiciona el final, o ese es el conjuro que la protagonista quiere mantener.


Porque Loveday tuvo al principio de su vida un pasado que la marcó, que la condiciona en el presente y que puede que le estropee el futuro; ella quiere combatirlo, pero no lo consigue. Su actitud puede parecer independencia y autosuficiencia pero en realidad es un ser desvalido y vulnerable que se escuda en el aislamiento.

En su pasado se esconde una familia rota por un hecho dramático –que no desvelaré para no reventar el argumento- y que flota en toda la novela.


Con saltos a la infancia de Loveday el lector va conociendo ese pasado que tanto la marcó y que explica su comportamiento en el presente.

Loveday ha tenido un romance con Rob, un tipo con problemas mentales que intenta controlarla y que la acosa cuando ella rompe la relación. En su vida aparece Nathan, un joven amante de la poesía que intenta acercarse a ella sin mucho éxito pues Loveday prefiere seguir la máxima ‘más vale sola, que mal acompañada’ ante un mundo que se le presenta hostil y que le impide ser feliz.  


Por más que Loveday intenta esconder su pasado para borrar la tristeza que le supone evocarlo, hay alguien que quiere hacérselo recordar cuando empieza a recibir antiguos libros que pertenecieron a sus padres, que corresponden a ese pasado amargo.



La novela habla del amor a los libros, del refugio que supone la lectura para muchas personas, pues la evasión que proporciona ayuda a escapar de una realidad incómoda e infeliz. En el escenario principal, la librería de viejo, se dan las condiciones ideales para hacer algunas reflexiones muy acertadas sobre temas literarios, como los best-sellers, o las colecciones de libros.

“¿Quién necesita tantos millones de ejemplares del Código da Vinci quince años después?”
“¿Qué sentido tiene poseer u libro que no vas a leer?”

Sin embargo, para mí el tema principal es el maltrato, la violencia de género. Me resulta muy difícil plasmar lo que ha significado esta novela sin desvelar cosas que se averiguan bien mediada la lectura pero que suponen el mayor valor del libro, por lo que pido disculpas si de aquí en adelante esta reseña puede tener algo de destripe. Aunque, también aviso, que ese pasado se adivina fácilmente mucho antes de ser revelado de forma clara.



Con una habilidad asombrosa, la escritora describe muy bien cómo un maltratador manipula a su víctima, cómo -escudándose en una relación de (falso) amor- el violento hace sentir culpable a quien sufre su violencia, cómo la víctima se hace a sí misma victimario, y cómo una niña de nueve años se escuda en los momentos de (falsa) felicidad para borrar todos los otros momentos, los de los golpes, los de los llantos, los del sufrimiento.



Cuando la realidad no nos gusta nos creamos un mundo a medida y pensamos que ese es el de verdad. Eso es lo que hace Loveday para sobrevivir y se ayuda de sus amigos los libros para conseguirlo. Pero también cuenta con otros amigos de carne y hueso, como su propio jefe, Archie, un personaje entrañable donde los haya y con una filosofía de vida realmente admirable. 

Esta es otra novela que va de más a menos. Casi toda la lectura es muy dura, debido al tema del maltrato que subyace. Además, muestra escenas sin paliativos, en toda su crudeza. Pero el desenlace, y de manera sorprendente, es edulcorado y con un final Disney que no me gustó. Toda la dureza que se nota en algunos pasajes se diluye al final, para terminar de manera folletinesca, como si se tratara de un telefilm de sobremesa dominguera. ¡Qué rabia!



No tengo nada en contra de los finales felices, pero creo que hay maneras de terminar bien una historia sin necesidad de que los chorretones de azúcar rezumen por todas partes, sin que se fuerce la situación hasta límites que resultan increíbles. Sé que la vida a veces se porta bien con la gente, pero dentro de un orden.

En resumen, un libro bastante bueno, con una muy buena exposición de lo que supone la violencia de género y cómo se vive y marca a la víctima. Un libro muy recomendable a pesar de un final que le resta puntos pero que se puede soslayar porque todo lo anterior es muy valioso.

“Pensé en todas las historias que empiezan así, con algo inesperado en un día de lo más corriente.”



 (*) Las frases que aparecen en las imágenes corresponden a los inicios de las novelas que Loveday se ha tatuado.







Hada verde:Cursores
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