El miércoles 17 de junio a las 19:30 h por fin llegó el momento de
presentar «El legado de Circe». El lugar, el Café de Levante, famoso por sus
actividades culturales. Por sus mesas han pasado personajes eminentes de la
cultura española y, ahora, también yo.
Los instantes previos fueron un cúmulo de sensaciones. Estaba muy, pero
que muy ilusionada. Quienes se encontraban conmigo me preguntaban si también
estaba nerviosa y, la verdad, no sabía muy bien qué contestar porque lo que
sentía era difícil de describir. Ahora, tras el paso de los días, creo que la
definición exacta sería decir que no estaba nerviosa, estaba acojonada.
Mi acojone no era debido a tener que hablar ante un auditorio pendiente
de mis palabras. Por suerte o por desgracia, soy docente y estoy acostumbrada a
hablar delante de todo tipo de público (léase estudiantes). Entre mis oyentes
he tenido de todo: los que asisten interesados y atentos, los que les importa
un pimiento lo que digo y los que se dedican a mirar en el ordenador o en el
móvil vídeos de Tik-Tok. No era eso lo que me tenía asustada. Lo que me
preocupaba era que mi amigo Murphy (el de la ley de ídem) anduviera entre los
asistentes.
La entrevista que realicé por la mañana fue de lo más accidentada y
después de esa experiencia, francamente, estaba segura de que por la tarde
sería peor.
Contemplé diferentes escenarios, todos ellos muy poco halagüeños; por mi
mente pasaron escenas donde se desataba un incendio, se caía el edificio o,
incluso, se producía un sunami (Cádiz está declarada zona proclive a sufrir este
fenómeno por su proximidad a la falla de las Azores-Gibraltar con una elevada
actividad sísmica).
Quizás gracias a estos pensamientos no me puse nerviosa ante el hecho en
sí de presentar mi primera novela. Además, estar flanqueada por dos fantásticos
escritores del Colectivo Bremen ayudó mucho.
Ana Rodríguez-Tenorio y Nacho Moreno se convirtieron en mis dos ángeles
custodios en esta experiencia y ellos fueron los verdaderos responsables de que
yo estuviera tranquila y cómoda. A los dos los conocía virtualmente por
nuestras reuniones online del taller de escritura, de esa forma habíamos
compartido muchas horas de charla literaria, pero yo prefiero el tú a tú del
contacto directo y ese día tuve la ocasión de contactar así.
A Nacho ya lo había conocido personalmente unas pocas semanas antes del
evento con ocasión de un viaje que hizo a Madrid por motivos laborales y a Ana
la conocí en persona el mismo día de la presentación. Ese día constaté lo que
ya sabía telemáticamente: son unas excelentes personas.
Mucho se habla del poder terapéutico de los abrazos. Doy fe de ello.
Tener cerca a alguien que aprecias y poder sentir su cariño es reconfortante.
Ana, Nacho y yo nos abrazamos como los amigos que somos y tuvo un significado
especial porque lo habitual es que esos abrazos sean virtuales ya que, como he
comentado previamente, nuestro trato había sido telemático siempre. Allí nos
abrazamos de verdad. En ese momento supe que ni se iba a caer el edificio, que
no habría ningún incendio y que la falla de las Azores-Gibraltar iba a estar tranquilita.
Murphy podía venir si quería, pero le iba a dar igual porque con semejante
compañía nada nos iba a fastidiar la velada.
Tras saludar a varios de los asistentes, entre ellos, Marta, la
responsable del establecimiento, procedimos a la presentación en sí. Ana y
Nacho me dedicaron unas preciosas palabras y supieron dirigir la charla a la perfección.
Allí hablamos de brujas y de brujos, de plantas que curan y que matan, de
comportamientos humanos y divinos (Circe estuvo presente en todo momento), de la
aventura que supone publicar y de muchas otras cosas más. Hubo hasta un
espontáneo que pasaba por allí y se encontró con la presentación y hasta se
animó a comprar el libro porque se le había despertado la curiosidad.
Fue una velada estupenda.
Al final Murphy no vino, pero la que sí estaba fue Circe porque yo salí
de allí sintiéndome una diosa de lo satisfecha que me sentí. Lo mismo de tanto
hablar de ella se me está contagiando algo. Quizás, con el tiempo, aprenda a
desarrollar el poder de convertir en cerdos a los que me incomodan y Murphy acabe
en el horno un día de estos.



