Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

10 de junio de 2021

Viaje a Mordor (Primera Parte)


 Hace mucho que no escribo nada para la sección sobre andanzas por esos  mundos de Dios «Do you speack English? And Spanish?». La situación de pandemia no favorece nada el turismo; la cosa está para pocos viajes.

El caso es que precisamente la pandemia y todo lo que he tenido que vivir a cuenta de ella, me han dado más ganas de viajar.

Al principio, el estado de alarma y los confinamientos en sus diferentes versiones (nacionales, autonómicos y/o callejeros) prohibían irse muy lejos (en mi caso, durante muchos meses no podía viajar más allá de la acera de enfrente de mi domicilio). Ahora, ya sin estado de alarma y con las autoridades llevándose la contraria, ya sí se puede viajar (más o menos). Sin embargo, irme por ahí con tanto virus (y gilipollas) suelto no me parecía ni seguro ni sensato. Pero también quería escapar, necesitaba alejarme de mi barrio, de mi entorno cotidiano de estos últimos meses porque desde antes de navidades lo más lejos que me he ido ha sido al parque del Retiro que se encuentra a dos kilómetros de mi casa. Me sentía como el oso de un zoológico que solo puede pasear por una jaula de dos por dos metros.

¡Qué dilema! ¿Me voy o no me voy?

Tomé una decisión salomónica: me iría, sí, pero a un lugar donde hubiera poca gente y que estuviera relativamente cerca porque solo tenía un finde para escaparme. Con esas condiciones lo primero que pensé fue irme a una biblioteca, pero con el confinamiento ya estaba bien servida de lectura, además quería moverme y hacer ejercicio. Lo de la biblioteca no me valía.

Al final encontré un lugar cerca y con poca gente: ¡¡¡la España vaciada!!!

Para Soria que me fui. Y como quería hacer ejercicio me decanté por visitar el Parque natural de la Laguna Negra y los Circos Glaciares de Urbión.

Haciendo honor al adjetivo de «vaciada», al llegar a la zona no nos recibió nadie, pero a cambio el clima se propuso hacer de anfitrión y lo hizo con una niebla densa, densa. No se veía un carajo.

En el lugar donde empecé a caminar la niebla ya era bastante espesa, como era temprano pensé que quizás según avanzara el día, la cosa mejoraría y comencé el ascenso. Llegué hasta la laguna, o eso creo porque la verdad es que apenas se veía nada, bastante tuve con mirar por dónde pisaba y no despeñarme. A mi derecha pude vislumbrar algo parecido a agua que, según dijeron mis acompañantes, era la famosa laguna (algo de agua parece que sí había, pero no estoy segura de si era la laguna o un charco grande producto de la lluvia de la noche anterior porque el radio de visión era de medio metro).

La laguna Negra es de origen glacial y se encuentra encajada entre paredes cortadas a cuchillo a unos 2000 metros de altura, o eso me dijeron los que iban conmigo porque si no vi la laguna, mucho menos vi las paredes de roca que la rodeaban.

Una vez alcanzado el objetivo inicial y no contentos con lo que estábamos sufriendo, decidimos continuar la subida sin ser conscientes de que la niebla según se sube en la montaña más espesa suele ser. Nuestra idea era llegar hasta otras lagunas que se encontraban más arriba y que eran más espectaculares.

Pero lo que no sabíamos es que en esa decisión haríamos un viaje alucinante porque con lo que no contábamos, ni mis acompañantes ni yo, era con que íbamos a ser víctimas de un hecho sobrenatural: en un momento dado debimos dar con un «agujero de gusano», es decir, un atajo a través del espacio y el tiempo y nos desplazamos a otro lugar y a otra época, concretamente a Mordor y a la edad del Señor de los Anillos.


Mis acompañantes decían que lo que estábamos bordeando era la llamada Laguna Helada, pero yo estoy segura de que era la Ciénaga de los Muertos donde están sumergidos los cuerpos de guerreros que cayeron en la Guerra de la Última Alianza entre Elfos y Hombres, al final de la Segunda Edad (el que no sepa de qué estoy hablando que se lea El Señor de los Anillos).

El terreno húmedo y el ambiente opresivo hicieron mella en mí, tanto que ni me atrevía a acercarme a la orilla porque estaba segura de que si me asomaba a las aguas esas se me aparecería el cadáver de un elfo. Había un cartel que ponía que aquello era la Laguna Helada, pero creo que solo era una manera de confiar al senderista insensato que se aventuraba a caminar por ahí con semejante climatología. Ni laguna helada ni caliente, ni circos glaciares de los Picos de Urbión; estábamos en Mordor, seguro.

De hecho, me crucé con un señor bajito con una capa de agua y estoy segura de que era Frodo, aunque iba solo porque a Sam no le vi. A Gollum tampoco lo vi, ni falta que hacía porque ese personaje es tope desagradable.

Tampoco vi a Sauron, aunque a ese sí me hubiera gustado encontrármelo, al menos a ese ojo a modo de faro que habría dado una luz que nos hubiera venido de perlas porque resulta que el guía que nos acompañaba se perdió; nos habíamos salido de la senda (ya he dicho que no se veía un carajo) y no dábamos con el GR (el que no sepa qué es un GR que se lea un manual para senderistas).

Perdidos en mitad de la nada (de Mordor), algunos dijeron de llamar a la Guardia Civil para que nos viniera a rescatar; yo miraba en lontananza (o, mejor dicho, donde habría estado la lontananza) por ver si el ojo de Sauron se encendía y nos hacía el favor iluminando la zona y encontrar así el puñetero camino GR.

Al final ni Sauron ni la Benemérita fueron necesarios, después de dar unas cuantas vueltas encontramos un camino que nos permitió volver a tomar ese túnel espacio-tiempo y retornamos a la Laguna Negra, además, esta vez, con mejor tiempo porque la niebla en ese punto había levantado y la laguna que tan esquiva fue al inicio de la caminata, a la vuelta se presentó en todo su esplendor y nos permitió disfrutar de un paisaje espectacular. Menos mal.







Continuará…





30 de mayo de 2021

Lo superarás

 


No podía fallar. Hoy era el gran día. El veinticinco aniversario del internado. Todo el claustro de profesores se iba a congregar para celebrarlo y él sería también, a su manera, protagonista. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Dar de comer a treinta personas no era cualquier cosa, aun más si esas personas significaban tanto para él. Ernesto trajinaba por la gran cocina, su nuevo feudo; entre fogones y cacerolas se movía como un rey entre sus súbditos. Solo hacía dos meses que había conseguido el puesto y ya se había ganado la admiración de profesores y alumnos por su creatividad a la hora de cocinar. Pero hoy más que nunca debía destacar; hoy todo debía ser perfecto, nada podía fallar. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Don Rogelio, el director. Don Pedro, el de Latín. Don Leonardo, el de Geografía. Don Anacleto, el de Matemáticas. Estaban todos. Los conocía bien de su etapa estudiantil en el centro. Estaban todos y Ernesto se iba a esmerar en agasajarles. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

De primer plato una crema con puerro, patata, cebolla, leche y nata. Un homenaje a don Pedro, amante del puerro sobre todas las cosas. Don Pedro Puerros le llamaban en clase cuando él no los podía oír. Su aliento siempre fétido avisaba de su llegada mucho antes de que hiciera acto de presencia. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

De segundo, estofado de pavo. Un guiso que le recordaba a don Leonardo, siempre presumido, siempre henchido, siempre ufano y siempre dispuesto a hablar de sí mismo, pero no de los demás. Un tutor que no sabía escuchar ni mucho menos tutelar. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Como guarnición con el pavo preparó níscalos a la flor de sal de romero con cebada. Ese iba a ser su plato estrella. La temporada de lluvias otoñales propició una buena cosecha de hongos, y Ernesto daría el do de pecho con su guiso. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Coció la cebada con esmero mientras su mente viajaba atrás en el tiempo, cuando el colegio iniciaba su andadura y él acababa de ingresar en el internado. Era un alumno brillante, un alumno especial, querido por muchos profesores, incluso por el director. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Limpió los níscalos con suavidad, retiró los restos de tierra y hojas. Laminó los hongos con cuidado, con precisión milimétrica, con la exactitud que exigía en los problemas de matemáticas don Anacleto; y con la misma precisión con que eludía las ecuaciones más difíciles planteadas por sus alumnos. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Entre lágrimas acertó a picar varios dientes de ajo. El olor acre le recordó otros olores de veinticinco años atrás. Olores, sabores, sensaciones que permanecían agazapadas en un rincón de su memoria y que acudían y le asaltaban con el ímpetu de una ola en pleno temporal. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

En la sartén cubierta por una película verde de aceite de oliva, salteó los níscalos con el ajo. Regó todo con un fuerte y áspero vino de Toro, fuerte como el cuerpo de don Rogelio, áspero como la barba de don Rogelio. Mientras las volutas de alcohol y vapor de agua ascendían hacia el techo de la cocina, los recuerdos de Ernesto se fueron con ellas, su mente se evadió. Se le daba bien evadirse, lo había aprendido hacía mucho tiempo, cada vez que el director acudía a su dormitorio.  «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Doró la cebada en otra sartén y añadió pimienta negra; tan negra como la oscuridad que se cernía sobre él cuando don Rogelio abandonaba su cama. Cató la mezcla y comprobó que se había excedido con la sal al romero. Estaba demasiado salado, sabía a lágrimas; tenía el mismo sabor que su almohada tras esas noches largas y dolorosas de veinticinco años atrás. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Por último, añadió su ingrediente secreto. Ernesto había ganado fama gracias a la creatividad que desplegaba con el uso de algunas plantas. Empleaba un condimento diferente según la ocasión, un toque genuino que le hacía ser un cocinero tan especial.

Desde la cocina oyó el alboroto propio de la celebración. Risas y algún que otro vítor se dejaban escuchar entre el ruido de los cubiertos y el chocar de las copas al brindar. Tras el café, don Rogelio se dispuso a dar un pequeño discurso. Tan solo hizo falta un leve carraspeo por parte del director para que todos a una callaran. El ruido de la conversación desapareció de repente. Como si de una coreografía ensayada al milímetro se tratara, todo el claustro enmudeció en un instante ante la figura del director en pie. Una sincronización perfecta. Ernesto no se extrañó, llevaban veinticinco años entrenando cómo obedecer al director, cómo callar. Llevaban veinticinco años practicando el silencio. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

Pero esta vez sería distinto. En esta ocasión callarían definitivamente. Ernesto había puesto mucho cuidado en ello. Gracias a él, el silencio del claustro de profesores sería perpetuo. Gracias a él y al condimento especial de la guarnición. Entre la sal al romero y el vino de Toro había añadido beleño negro que, en unas horas, haría su trabajo. Primero una ligera sensación de sopor, después la parálisis muscular; los pulmones dejarían de funcionar y la falta de aire los haría enmudecer, como lo venían haciendo desde hacía veinticinco años, pero esta vez para toda la eternidad. «Tranquilo, Ernesto, lo superarás».

 





Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores