Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

8 de febrero de 2026

El camarero de Tesla

 Mire, señor agente, a ese hombre no le aguantaba nadie, las cosas como son. Yo no fui el único que se enfadó con él, había muchos que le tenían ganas y algunos eran gente de postín. Que no digo yo que eso sea suficiente para matar a nadie, pero si su muerte es sospechosa busque en las altas esferas, no entre los que todos los días teníamos que aguantarle. Porque era un petardo, sabe usted. Un auténtico coñazo de tío y disculpe por hablar así de un muerto, pero las cosas claras y el chocolate espeso.

Respondiendo a su pregunta, que no quiero divagar, le diré que no se hablaba con nadie, así que no tengo ni idea de a quién hay que avisar de que el viejo ha estirado la pata. Y sobre si estaba peor de salud últimamente, no sabría decirle, porque ese hombre bien no ha estado nunca, aunque su enfermedad era del magín, y eso que dicen por ahí que era un genio. Pues lo mismo de ser tan listo se le estropeó algo en el coco y así le fue.

Me hace gracia que me pregunte si había notado un comportamiento extraño estos últimos días, porque lo raro sería que se hubiera comportado normal. Lleva viniendo a este restaurante más de treinta años y no recuerdo un solo día que no haya hecho algo chocante. El primer día que le atendí yo era un chaval y mis compañeros, sabedores de sus rarezas, me mandaron a que le atendiera como una novatada. ¡Menuda broma! La chanza duró hasta ayer porque el tipo se fijó en mí y quiso, desde ese primer día, que fuera yo y no otro quien le tomara la comanda y le sirviera la comida.

Las rarezas empezaban antes de entrar en el restaurante. Previamente a pasar al comedor, daba tres vueltas a la manzana, ni una más ni una menos. Una vez en la puerta, se limpiaba los pies en la alfombra que hay en el zaguán otras tres veces, y sin interrupción porque si, Dios no lo quisiera, salía o entraba otro cliente a medias de ese ritual, volvía a empezar otra vez. En una ocasión, coincidió su entrada cuando salía un grupo de quince personas que no le dejaron limpiarse en el felpudo sus tres veces seguidas. Ni sé cuánto lo tuvo que repetir. Media hora tardó en entrar.

Una vez dentro se iba al lavabo y se limpiaba las manos tres veces, recurriendo a una toalla distinta cada vez. Con las manos ya requetelimpias se sentaba en una mesa para tres, aunque comiera él solo. Las otras dos sillas vacías tenían que estar separadas entre sí a idéntica distancia de la suya formando un triángulo perfecto. En la mesa le esperaban siempre dieciocho servilletas. Sí, señor agente, ha oído bien: dieciocho. Tres por cada plato, vaso y cubierto que utilizaba. Las usaba para limpiarlos. Nosotros le poníamos siempre lo mejor de nuestra selecta vajilla, pero, aun así, debía limpiar todo. Ni que decir tiene que, si veía algún rastro de jabón o una pequeña manchita, nos mandaba retirar todo el servicio y volver a empezar. Un tiquismiquis irritante.

Ah, se me olvidaba, antes de sentarse había que vigilar que entre los comensales que se encontraran en las mesas adyacentes no hubiera ninguna mujer que portara perlas. En ese caso nos montaba un pollo de padre y señor mío. Odiaba las perlas, se ponía frenético. Nosotros, y por si acaso, en cuanto se acercaba la hora de su comida procurábamos que no hubiera mujeres cerca, ni con perlas ni sin ellas, porque yo creo, sabe usted, que tampoco le gustaban las mujeres.

No, yo no he dicho tal cosa, señor. Las preferencias sexuales de nuestros clientes son asuntos privados que en nada nos conciernen, pero ese hombre era raro también en eso. No, tampoco creo que le gustaran los hombres. Le gustaban… los animales. Sí, ya sé que eso no es extraño, pero es que a él le gustaban de manera especial las palomas. Muchas veces le vi en el parque de enfrente dar de comer a esos bichos con plumas. Sí, estoy de acuerdo con usted, es normal esa costumbre, pero es que un día me dijo que se había enamorado de una y que ella le correspondía. Me reconocerá, agente, que eso ya no es tan normal.

Si su muerte le parece sospechosa yo ahí no entro ni salgo, pero ya le comenté que había gente de posibles que le tenía ojeriza. Dicen que sus inventos podían hacer perder dinero a algunos empresarios. Yo de esas cosas no entiendo, pero en una ocasión me comentó que iba a revolucionar las comunicaciones y que algún día podríamos hablar con gente de otros países sin necesidad de cables. Estaba loco, ya le digo.

Hablaba muy mal de un tal… Edison. Decía que le debía un montón de dinero, 50.000 dólares, una pasta, y que le había tomado el pelo. No, no se llevaban bien. Lo mismo fue ese Edison el que lo mató si dice usted que su muerte da que pensar. ¡Ah! Que ya se murió. Entonces bórrelo como sospechoso. ¿Y si fue el gobierno? Lo digo porque una vez me comentó que le espiaban y que le tenían vigilado. Que no fabule, dice usted, pues me callo y no se hable más.

No, no le caía bien a nadie, aunque con el tiempo, fíjese usted, yo le cogí cariño. Me entristece que haya muerto, la verdad sea dicha. Al final le voy a echar de menos.

 Si tan listo era, como algunos dicen y a juzgar por la cantidad de periodistas que han venido a preguntar por él, deberían ponerle su nombre a alguna calle. No, mejor: ¡a un coche! Que dice usted que hay que estar loco para poner el nombre de una persona a un auto, bueno, lo mismo el que se lo pone está igual de pirado que el señor Tesla.


NOTA: Este relato se ha publicado en el  Número 13 revista SCRIPTOREM





1 comentario:

  1. Pobre hombre, tan sabio y tan incomprendido. No sé si sufría de TOC, pero sí sé que, a pesar de que se dice que las mujeres caían rendidas a sus pies, se mantuvo el célibe hasta la hora de su muerte. Bien merece ser recordado dando nombre a algo importante, pero a un coche ideado por un fantoche... Si dicho elemento quiso reconocerle el mérito, podría haberle puesto al coche el nombre de Nikola, así nadie identificaría al famoso científico con el idiota de Musk, je, je.
    Muy divertida la historia.
    Un beso.

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Hada verde:Cursores
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