Mostrando entradas con la etiqueta Bélica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Bélica. Mostrar todas las entradas

1 de noviembre de 2025

Un paseo por Francia: No son horas.

 Con el corazón en un puño debido al encuentro con el soldado Campbell me desplacé unos kilómetros al oeste, hacia una fortificación alemana en la que había varios cañones. 

—Esta es la batería de Longues-sur-Mer. Forma parte de una extensa línea de fortificaciones defensivas que los nazis construyeron para protegerse de una invasión de los aliados. A toda la línea defensiva se le llamó Muro Atlántico —me explicó mi marido todo entusiasmado. 

El entusiasmo de mi media naranja con el mundo bélico nunca lo he entendido. No conozco a nadie más pacifista que él, por no hablar de que se tiró toda la mili renegando de la pérdida de tiempo, pero sabe más de armamento que muchos ministros de defensa. Paradojas de la vida. 

—Estos cañones —prosiguió mi churri con un brillo en los ojos— son de 150 mm.

—¿Quince centímetros? Pero si miden por lo menos seis o siete metros —le repliqué mirando la mole de metal.

—150 mm es el diámetro de la munición —me contestó con cierto tonito condescendiente, sabedor de que yo sobre armas y municiones no tengo ni pajolera idea, como había quedado de manifiesto con mi absurda pregunta—. Son de largo alcance. Desde aquí dispararon a los buques aliados cuando vieron que se acercaban a la costa.


Los cañones en cuestión, que medían bastante más de quince centímetros, estaban protegidos por una especie de carcasa de hormigón armado. Dentro de esa carcasa supuse que se colocarían los artilleros para darles caña a los aliados. 

—Disparaban a los buques, ¿y también a los soldados que desembarcaron? Porque desde aquí no se ve la playa —pregunté pensando en el soldado inglés y sus compañeros.

—No, a esos les disparaban desde una línea más cerca de la costa, en los búnkeres que están a unos metros de la arena, donde terminan las dunas.

Mi marido siguió contando aspectos técnicos de los dichosos cañones, creo que dijo algo de que eran de fabricación checoslovaca, pero no estoy segura porque empecé a sentirme mareada. Todo me daba vueltas y caí al suelo. Pensé que había perdido el conocimiento porque al abrir los ojos ya era de noche. Aturdida miré a mi alrededor y no vi ni a mi marido ni a nadie del grupo con el que viajaba. «¿Me han dejado sola?», me dije, enfadada. «¡No me lo puedo creer!».

Sin embargo, no estaba sola. Dos hombres hablaban en voz baja. Su actitud me resultó sospechosa por lo que no me di a conocer. Sin hacer ruido y procurando que no me vieran me acerqué a ellos parapetándome tras un bloque de piedra.

—Ya llegan, tío, ya llegan. 

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

—Que llegan los aliados.

—No flipes, agonías, que eres muy agonías. No puede ser. El Führer dijo que el desembarco iba a ser en Calais. Es lo lógico, es el tramo más estrecho que separa Gran Bretaña con Francia.

—Pues el Führer se equivoca. Están aquí —replicó el agonías mirando por unos prismáticos—. Estoy viendo varios acorazados y destructores.

—¡Buques de guerra! ¿Estás seguro? 

—Pesqueros no son y embarcaciones de recreo tampoco. Estos no vienen de vacaciones.

—¡Joder! Hay que avisar al jefe de la defensa. Voy a pedir que me pongan con el mariscal —dijo el otro soldado acercándose a una radio.

—¿Con Rommel? Pues busca el número de Berlín porque aquí no lo vas a encontrar. Se ha ido a celebrar el cumpleaños de su mujer.

—¿Qué dices? ¿No se halla en Francia? Nos están dando la murga con lo de que los aliados están al caer y ahora que vienen, él se va. ¡Manda huevos!

—Como el parte meteorológico decía que estos días iba a hacer mal tiempo supuso que esta semana no vendría nadie por mar. De hecho, hay bastantes olas. La verdad, no sé cómo se les ocurre a estos —el agonías señaló hacia los barcos— intentar desembarcar con tanta marejada.

—Pues habrá que avisar a alguien.

—Que decidan los que llevan galones. Llama a algún mando.

El aludido habló con alguien a través de la radio y en unos minutos un coche apareció. Del vehículo se bajó un tipo con gorra de plato y con un uniforme de color gris verdoso, en la pechera de su guerrera lucía una aparatosa insignia con un águila y una cruz gamada. Los dos soldados que estaban en el cañón, el agonías y su compañero, se cuadraron en cuanto le vieron.

—¿Qué es eso de que llegan los aliados? Si deciden atacar, será por Calais, el punto más cercano al continente desde la   pérfida   Albión.    Deme    sus prismáticos —le dijo el recién llegado al agonías.

—¡A sus órdenes, coronel! —contestó el aludido más tieso que un palo.

Cuando el oficial comprobó con sus propios ojos que los soldados no mentían puso cara de circunstancias.

—¡Ya están aquí! Neutralizaremos la invasión hasta que nos lleguen los refuerzos. Prepárense todos para disparar en cuanto estén a tiro y siguiendo las coordenadas de los observadores —les gritó a los soldados—. Voy a dar orden de ametrallar desde los búnkeres a los efectivos que consigan llegar a la playa. Pero necesitamos que movilicen las divisiones Panzer, que las traigan desde Calais a Normandía. Esa orden solo puede venir del Führer —añadió pinzándose el puente de la nariz—, pero su interlocutor es Rommel. Y el mariscal está en Berlín. Ya podía cumplir años su santa esposa otro día. ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¿Qué hacemos?

Los dos soldados se miraron entre sí porque no sabían si la pregunta era retórica o realmente les estaba preguntando a ellos cómo actuar. 

—Voy a llamar yo directamente a la Cancillería del Reich. A ver qué pasa —continuó el coronel para alivio de los reclutas que se vieron exentos de tomar decisiones—. Soldado, páseme la radio.

Tras trastear con el aparato un buen rato, el oficial consiguió línea con Berlín. Allí le dijeron que el jefe estaba de veraneo, en los Alpes. Un buen rato después consiguió comunicación con Berghof, donde se ubicaba la residencia de verano de Hitler. Desde mi escondite asistí a toda la conversación.

—Guten morgen (buenos días, en alemán). Aquí el coronel Schneider. Llamo desde el frente del Muro Atlántico. ¿Está el Führer? Que se ponga.

—¿Guten morgen? —contestaron desde el otro lado de la línea—. Dirá más bien Gute nacht (buenas noches, en alemán). ¡Son las cinco de la madrugada! No son horas de llamar.

—Lo sé, pero necesito hablar con Herr Hitler, es importante.

—El jefe está durmiendo y no le gusta que le interrumpan el descanso porque se pone de muy mala leche, así que deje su mensaje y ya le avisaremos, que no son horas, caramba.

—Dígale que los aliados están desembarcando en Normandía, lejos de Calais. Necesitamos que dé la orden de movilizar las divisiones Panzer, no sabemos cuánto tiempo podremos retenerlos.

—Vale, tomo nota. Cuando se despierte ya le paso el recado.

El coronel cortó la comunicación y se quitó la gorra para rascarse la nuca. A pesar de que hacía bastante frío pude ver cómo sudaba profusamente.

—A esperar —les dijo a los dos soldados que no salían de su asombro tras escuchar la conversación por radio.

Miré el reloj que tenía el oficial, marcaba las 5:30h, y me dije que, siendo alemán, Hitler no tardaría mucho en despertarse así que en breve el coronel recibiría instrucciones. Me equivoqué. Hitler era muy alemán y muy ario para muchas cosas pero en lo de madrugar parecía español porque el tiparraco se despertó a las 12 de la mañana. Ya le vale. 

Transcurrieron siete horas amenizadas con un concierto de cañonazos de las baterías hacia los miles de barcos que se veían en el mar y ráfagas interminables de ametralladoras que, desde el borde de la playa, impedían a los desembarcados avanzar. El ruido era ensordecedor. Esas largas horas a mí se me hicieron eternas,  porque estaba convencida de que sufría una alucinación y temía los posibles daños cerebrales que me la estaban causando. 

Mientras yo esperaba salir de esa pesadilla y el oficial se mesaba su rubio cabello, la radio volvió a sonar. El Führer había despertado ¡Por fin! 

—¿Coronel Schneider? —se oyó al otro lado de la línea.

—Al aparato —contestó el rubio.

—Le he pasado su mensaje a Herr Hitler y dice que no se lo cree.

—¿Están dudando de mi palabra? Con el debido respeto: ¡esto es intolerable!

—No. A usted sí le cree. Lo que no se cree es que estén desembarcando de verdad. Piensa que es una maniobra de distracción y que el verdadero desembarco será en Calais, como él ha estado diciendo desde hace meses. Las divisiones Panzer se quedan donde están.

—Vamos a ver. Hay cientos de buques de guerra y miles de lanchas de desembarco. Llevan saltando al agua soldados en cinco playas desde hace ¡siete horas! Esto no puede ser un amago de desembarco. ¡Soldado! —gritó girándose a los artilleros— ¿Cuántos efectivos han llegado ya a las playas?

El agonías, sin dejar de disparar el cañón a su cargo y alzando la voz para que se le oyera respondió:

—Más de cien mil, según nos dicen los de transmisiones, pero siguen llegando muchos más. Y menos mal que los primeros se han ahogado porque los soltaron antes de tiempo. De momento están parapetados tras unas dunas porque las ametralladoras de los búnkeres los mantienen a raya, pero no sé cuánto tiempo vamos a aguantar así si no nos mandan refuerzos, mi coronel. 

—¿Ha oído, señor? ¿A usted le parece que desembarcar cien mil soldados es una añagaza?

—Pues a lo peor no. Espere. Voy a consultar.

Volvieron a pasar un par de horas más y entre tanto llegaban más y más soldados aliados, algunos sin ningún tipo de impedimenta porque se habían desprendido del equipo para poder salir a flote, esos eran los primeros en caer abatidos por las metralletas de la línea costera. Sin embargo, las cosas se estaban complicando para los alemanes, porque habían aparecido en el cielo aviones que empezaban a lanzar bombas. Dado que yo estaba ahora en ese bando, y por mucho asco que me dieran los nazis, recé para que se salvaran, al menos los que disparaban el cañón al lado del cual me encontraba. 

—Coronel, nos van a aniquilar, son muchos —espetó el agonías—. ¿Cuándo llegan los refuerzos? Esas divisiones Panzer preparadas desde hace meses para combatir la invasión tendrían que estar aquí ya, porque tan cierto es que nos están invadiendo como que yo me llamo Johannes.

El oficial cerró los ojos unos instantes antes de contestar.

—Dejen la posición. Aquí no hacemos nada. No voy a dejar que mueran mis hombres mientras en Berlín o en los Alpes están decidiendo si esto es de verdad o no. Estoy hasta la esvástica de tanto militar que hace la guerra desde un despacho. Daré la orden de retirada a toda la batería. Buen trabajo, soldados. Nos replegamos a Caen.

—¡A sus órdenes, coronel! —respondieron al unísono los dos combatientes.

Una vez que el oficial se fue en el coche, el agonías de Johannes le dijo a su compañero:

—Este —señaló con la barbilla al coronel— acaba gaseado en Auschwitz, se le va a caer el pelo por dar la retirada.

—Eso no es problema nuestro. Coge la radio que nos largamos.

—¡Espera! Hay alguien ahí, he visto una sombra.

Por desgracia, la sombra a la que se refería el agonías era yo. Cuando fijó la vista y me vio bien, se encaminó hacia mí con la mano levantada. 

—¡Una espía!

Cerré los ojos en un reflejo instintivo para no ver lo que se me venía encima. Entonces sentí un cachete flojito en la cara, muy suave para venir de un soldado alemán que se encaraba con quien él creía una espía. Abrí los ojos y vi el rostro de mi marido.

—Te has desmayado. ¿Qué te ha pasado? Menos mal que ya vuelves en ti. Parece una bajada de tensión —me dijo mirándome detenidamente— Vamos a tomarnos un café para que te repongas, aunque ya es algo tarde y los franchutes cierran muy pronto los bares. Lo mismo no encontramos nada abierto.

—Claro, tanto bombardeo y tanto esperar a que Hitler se despierte... hemos perdido el tiempo —añadí yo aún aturdida por lo que acababa de vivir.

—¡¿Qué?!

—¡Que no son horas!

NOTA: 
   Quiero dar las gracias a mi marido por el asesoramiento histórico-militar y por demostrarme, una vez más, que sabe mogollón de la Segunda Guerra Mundial; sin él esta publicación no hubiera sido posible.
   Aunque el relato está escrito en tono de humor y me he tomado algunas licencias literarias, lo de que Rommel (jefe al mando de la defensa de Francia ante la previsible invasión aliada) se fue al cumpleaños de su mujer porque hacía mal tiempo o lo de que no quisieron despertar a Hitler (el único con potestad para movilizar los refuerzos) cuando supieron de la invasión, es completamente verídico, aunque pueda parecer extraño viniendo de gente tan seria como son los alemanes y, encima, nazis.
No solo se perdieron unas horas preciosas esperando que el jefe se levantara de la cama (a las 12, para que luego digan de nosotros), es que, para más inri, va el tío y no se lo cree. Tan obsesionado estaba con que iban a desembarcar en Calais que pensó que le querían engañar con lo de Normandía. El tiempo que se desperdició provocó que algunas posiciones, como la de la batería de Longues-sur-Mer, fueran abandonadas dejando más libre el paso a los aliados. 
   Aun así, la batalla de Normandía duró casi tres meses; el desembarco tardó unas 10 horas, pero llegar hasta Caen (a 25 km) y tomar la ciudad supuso muchísimo más tiempo.
   El desembarco fue una chapuza (la primera línea de ofensiva estuvo más de 48 horas hacinada en las barcas de desembarco por el mal estado del mar y saltó antes de tiempo ahogándose la mayoría, los aviones no consiguieron destruir los nidos de ametralladoras que los estaban esperando…), pero los alemanes también tuvieron su buena cuota de errores lo que propició que la balanza se decantara a favor de los aliados.




17 de octubre de 2018

"14" - Jean Echenoz


Anthime, Padioleau, Bossis y Arcenel son cuatro amigos que viven en la Vendée, una región del oeste de Francia. Tienen profesiones muy diversas -uno de ellos es guarnicionero, otro es contable, otro carnicero y otro matarife- pero comparten una afición común: la pesca. También son amigos de charlar durante horas delante de unos buenos cafés. Lo comparten todo, los buenos momentos y los malos. Comparten hasta el reclutamiento para ir a filas. La Gran Guerra ha comenzado y a ellos les toca ir al frente. A este grupo se añade un quinto componente, Charles, el hermano de Anthime.

A la Primera Guerra Mundial en su momento se la llamó la Gran Guerra pues, evidentemente, aún no se sabía que veinte años después se repetiría el mismo horror y habría una segunda conflagración mundial.

Los cuatro compañeros de pesca tienen que ir a primera línea de combate: “salieron de Nantes el sábado a las seis de la mañana y llegaron a las Ardenas el lunes a última hora de la tarde”. En aquel frente de las Ardenas los cuatro amigos sufrirán una realidad que ni siquiera los oficiales más experimentados podrían haber imaginado. Nadie les avisó que el avance de su ejército hacia el enemigo se vería bloqueado en una línea que iba desde Suiza hasta el mar del Norte, dejando de moverse para quedarse empantanados en una red de trincheras que llegaron a tener una extensión de diez mil kilómetros.

La Primera Guerra Mundial fue el laboratorio en el que se experimentaron diferentes maneras de luchar, pero también fue la muestra evidente de un gran error de cálculo, donde el enemigo se presentó con múltiples formas dando lugar a lo que el propio autor califica de “suicidio europeo”.

El primer error de cálculo se dio cuando los expertos estimaron que aquella conflagración duraría muy poco. “Un asunto de quince días” llegaron a decir los periódicos, pero cuando los cuatro jóvenes llevan tres meses en el frente empiezan a sospechar que la cosa va para largo (los quince días en realidad fueron mil quinientos sesenta y siete).

Otro error de cálculo fue la mala dotación en los uniformes de los soldados. Las botas se agujereaban con facilidad y no soportaban demasiadas marchas, aunque al estar bloqueados lo de andar no era lo más preocupante. Mucho más problemáticos fueron los cascos, se resbalaban constantemente y producían migrañas, solo eran buenos para cocer huevos o como platos soperos. En este caso, los responsables tomaron nota y rectificaron. Los primeros cascos se cambiaron por otros más cómodos y de un azul brillante, tan brillante que relucían con los rayos del sol y convertían a quienes los llevaban en un blanco fácil para el enemigo que estaba en la trinchera de enfrente.

No calibrar que en una guerra hay más enemigos que los que portan armas fue otro error más a la hora de calcular el peligro. Las balas y los obuses mataban, pero también lo hacían las enfermedades infecciosas que se instalaban como vecinos molestos entre los charcos de inmundicia de las trincheras anegadas por el agua o la sangre de compañeros alcanzados por una granada lanzada con puntería. Otro enemigo adicional era el barro que se formaba cuando la lluvia venía a visitar un ejército estancado en una telaraña de zanjas que obligaba a vivir semiencogido para no ser la diana de un disparador atento.  

Pensar que era más seguro combatir en un avión que a pie de trinchera en tierra fue otro gran error de previsión. Resulta que en aquella guerra la batalla aérea tuvo un papel relevante con los primeros aviones de combate de la Historia tras descubrir que aquellos aeroplanos no solo podían hacer labores de rastreo sino que podían aportar su granito de arena destructivo con el simple hecho de poner armas en ellos y a alguien que las disparara. Quien se alistó en las fuerzas aéreas creyendo que su situación era menos arriesgada que en la infantería se equivocó de medio a medio.

En esta corta novela, Echenoz nos cuenta de manera sencilla, pero sin un ápice de compasión, los estragos de una de las guerras más crueles de la Era Moderna y que sería el escenario para probar nuevas formas de matar como la utilización de gases venenosos o el empleo de los recién inventados tanques.

Pero Echenoz no solo se limita a contarnos la crueldad en el frente sino también la guerra que se libra entre la población civil compuesta por mujeres, chiquillos y ancianos “cuyos pasos por las ciudades semivacías suenan a hueco en un traje demasiado holgado”. Cuando la población no apta para el combate cae en la cuenta de que aquello está durando más de quince días tienen que asumir tareas diferentes a las que realizaban en tiempos de paz. Las mujeres trabajan en las fábricas y los niños pequeños realizan los trabajos que deberían hacer sus hermanos mayores pero que están ocupados en matar enemigos en el frente (y/o en que los maten a ellos); estos niños, a su vez, son relevados por sus hermanos menores cuando ellos mismos alcanzan la edad para matar (y ser muertos).

El autor también nos habla de otro tipo de participantes en una guerra: los animales. Unos cumplen su función como alimento, tanto si son domésticos como silvestres, dentro de estos, algunos"ascienden" de categoría, se trata de los animales marginales como el topo, el erizo o el zorro, indeseados antes de la guerra pero aptos para el consumo cuando escasea el rancho. Otros animales son combatientes también pues son útiles desde un punto de vista bélico, en esta categoría se encuentran los perros, los caballos y las palomas. Por último, hay otro tipo de animales considerados enemigos a los que hay que exterminar como si de un adversario más se tratara, en este grupo se encuentran los piojos y las ratas. 

Durante toda la lectura, Echenoz hace gala de un humor mordaz. Con cruel sarcasmo nos habla también de las heridas que un soldado puede sufrir en un combate dependiendo de la “suerte” al ser atacado. Ser malherido y quedar con secuelas irreversibles es motivo de felicitación, y de envidia, por parte de los compañeros del “desafortunado” soldado, pues esa herida es el billete de vuelta a casa. Uno de los protagonistas pierde un brazo (no desvelaré quién para no destripar demasiado el argumento) y regresa al hogar con dos imperdibles, ‘uno sujeta una medalla al mérito y el otro sujeta una de las mangas de su uniforme’. Sufre algunos inconvenientes como no poder comer plátanos o ser más torpe con los naipes que los camaradas que se quedaron sin piernas, aunque menos inepto que los que se quedaron ciegos por el gas mostaza.

Desde luego, a Echenoz en esta novela ironía no le falta, y denuncia tampoco.

Pero la Primera Guerra Mundial también fue la causante de otros inventos no tan crueles. Por ejemplo, Cartier inventó el reloj de pulsera para que un amigo suyo aviador pudiera ver la hora, ya que sacar un reloj de bolsillo pilotando un avión en plena refriega aérea era incómodo y arriesgado. A veces de las situaciones más peregrinas salen las ideas más pragmáticas.

El único punto negativo que le doy a esta pequeña joya es el final brusco. La historia se termina de repente y en un par de frases se resuelve el destino de los personajes, algo que me dejó descolocada y con la sensación de que a la trama le faltaba por lo menos un par de páginas.

No obstante, siempre es recomendable leer a Jean Echenoz. A este autor lo conocí con “Relámpagos” y en aquella obra quedé prendada de su narrativa y de su protagonista (Nikola Tesla). La manera tan mordaz de contar las cosas y su hiriente humor negro son cualidades que me animan a leerlo.





25 de septiembre de 2018

"Todos los buenos soldados" - David Torres


Finales de 1957, Sidi Ifni es una pequeña ciudad sitiada en la costa atlántica marroquí. Allí, en África, al borde del Sáhara, de espaldas al Atlántico, en el resto de un imperio que se derrumbó hace ya centurias, se disputa la última guerra colonial española. En algún lugar de un pedregal interminable se encuentra el frente y varios destacamentos de soldados y legionarios han de defender ese minúsculo territorio aún español.

Pero es Navidad y desde la península llegan en un avión del ejército artistas para amenizar las fiestas. Entre estos artistas se encuentran Carmen Sevilla y el cómico Miguel Gila. Desde la península también les mandan turrón y mazapán, pero lo que realmente necesitan son ametralladoras y botas.

Después de una de las funciones realizadas para animar a la tropa aparece muerto el sargento Armendáriz y Gila es el principal sospechoso. Le retienen hasta que se aclare su relación con el muerto y posible implicación en el asesinato. Desde la fiscalía militar de Tánger llega el teniente Esnaola con la misión de investigar el homicidio, su trabajo se verá complicado cuando aparecen más legionarios asesinados.

Esnaola admira más la estrategia en la guerra que los cojones. Prefiere una confrontación ganada con astucia y pocas bajas a las grandes gestas heroicas con campos de batalla sembrados de muertos. Con esta forma de pensar no podía haber ido a parar a peor sitio. En Marruecos todo está plagado de “grandes hecatombes, medallas póstumas y banderas ensangrentadas”. Odia África.


Además, Esnaola no es bien recibido en Sidi Ifni, a él le gusta airear trapos sucios y en la Legión lo único que se airea es la bandera. Pero el teniente encontrará una valiosa ayuda en el cómico retenido como sospechoso. Gila, con su manera socarrona de ver la vida pondrá el contrapunto a una investigación castrense. Como a Gila no le toman en serio y creen que siempre está contando chistes, incluso cuando no está en un escenario,  consigue compadrear con la tropa y obtener información.

Entreverados con el suspense se encuentran fragmentos de los monólogos del genial cómico. Al humor de Gila se le califica de blanco porque no utiliza nunca palabras malsonantes ni entra en cuestiones políticas ya que sus chistes serían igual de oportunos en cualquier bando, en cualquier frente; pero en realidad es un humor negro. En sus monólogos se refleja toda la insensatez de una guerra donde los cañones no tienen agujeros o los submarinos no se sumergen y se quedan en simples barcos. El humor de Gila es absurdo, como lo es la propia guerra.


De esta manera se desarrolla una novela de género policíaco –hay asesinatos, asesinos e investigaciones- pero que en verdad es mucho más, y ese plus añadido se encuentra en las intervenciones de Gila. El humor puede ser una manera de denunciar; Gila es el bufón que dice la verdad cuando nadie más puede, es el que le cuenta al tirano lo que no quiere oír, lo que sospecha, lo que teme. Esta es sobre todo una novela de denuncia contra la guerra a través, o mediante, el propio Gila y su humor.

David Torres demuestra en “Todos los buenos soldados” un gran conocimiento de nuestro pasado bélico y también su admiración por Miguel Gila. El homenaje que le rinde entre sus páginas es todo un tributo a un genio de la risa, a un grande del Humor con mayúscula. El autor inserta hechos reales –Carmen Sevilla y Gila actuaron en Sidi Ifni en 1957– con otros ficticios como los asesinatos. Además se cuentan sucesos verídicos que bien podrían pasar por inventados por lo extraordinarios que son, como el fusilamiento fallido que sufrió Gila en la guerra civil y del que salió ileso porque, como él mismo contestaba cuando le preguntaban, le fusilaron mal.

Las descripciones de la vida cuartelaria en la guerra son muy buenas y los diálogos entre los legionarios son dignos de cualquier película de marines pero con un tinte especial que los caracteriza: la socarronería típica española utilizada como un escudo para protegerse de tanta sinrazón.

David Torres en la pasada edición de la Feria del Libro de Madrid

David Torres también rinde tributo a los combatientes que murieron en una guerra mal conocida por muchos españoles que creyeron que aquello era un simple incidente fronterizo con unas bandas de nómadas algo revoltosos. Una guerra que apenas se menciona en los libros de Historia pero que supuso la muerte de muchos soldados.

Un relato a caballo entre la novela policíaca y la crónica negra del desvarío imperial de unos gobernantes que llevaron a la muerte a buenos soldados.







12 de septiembre de 2017

"Las cadenas del destino" - Sebastián Roa

Tercera y última entrega de una trilogía fascinante basada en la Reconquista. 

Los dos libros anteriores me gustaron mucho (La loba de al-Ándalus, El ejército de Dios) y este último ha sido el broche perfecto para el relato de una parte de nuestra Historia digna de cualquier película de acción hollywoodiense.

En esta tercera parte la historia continúa donde acabó la segunda, con el desastre de la Batalla de Alarcos en el año 1195. Los cristianos completamente desmoralizados y con su ejército destruido intentan defenderse mediante alianzas y treguas del inminente ataque de las tropas almohades pues es de esperar que tras esa victoria de los musulmanes estos aprovechen la coyuntura.

Pero, una vez más, el califa debe sofocar las rebeliones en tierras africanas por lo que ha de movilizar sus tropas al otro lado del estrecho y eso supone un respiro y una oportunidad para recuperar las pérdidas en los ejércitos cristianos. Y es que el gobierno extremista de los almohades no está bien visto ni siquiera por muchos de sus súbditos, especialmente los andalusíes que son más flexibles en cuanto al seguimiento del islam y que durante muchos años han aprendido a convivir en relativa armonía con los cristianos.

Pero entre los reinos cristianos tampoco hay concordia. La envidia, la ambición y las ansias de poder de los distintos reyes dispersan los objetivos de tal manera que no se sabe a veces muy bien quién es el enemigo pues el que era un aliado en una ocasión se convierte en adversario para la siguiente.

“Está en el sino de los cristianos matarse entre sí, con más saña cuanta más sangre comparten”

En esta novela, tan extensa como las precedentes, transcurren diecisiete años, los que hay entre dos batallas cruciales en el devenir de la Historia de España: la de Alarcos y la de las Navas de Tolosa. A lo largo de sus páginas iremos sabiendo cómo se fraguan las alianzas que llevarán a formar un ejército cristiano que pueda hacer frente al del al-Ándalus. 

De una manera épica, que me gustó muchísimo, se relata la batalla de Las Navas de Tolosa casi minuto a minuto, y esto aunque pueda parecer excesivo no me hizo pesada la lectura, todo lo contrario, disfruté mucho con los avances de unos y con los ataques de otros. El tono épico de la parte final de la novela no evita que, al mismo tiempo, se nos represente la guerra en toda su crudeza; la muerte por doquier, las vidas segadas y la sangre de cristianos y musulmanes mezclada en el fango son descripciones que tienen mucha alegoría.

Al igual que en las otras dos entregas una mujer sirve de hilo conductor de la historia y lleva casi todo el peso del argumento. En esta ocasión se trata de la judía Raquel, una prostituta que se acaba convirtiendo en un elemento primordial como espía al servicio de otra mujer, Leonor de Plantagenet (esposa del rey Alfonso VIII de Castilla). La espectacular belleza de la judía y sus artes de seducción sirven para manejar a su antojo a visires, nobles y reyes de tal manera que se convierten en títeres en sus manos, demostrando que estos hombres piensan más con la entrepierna que con el cerebro. Es en este aspecto donde la historia se me hizo poco creíble. Ya sabemos eso de “pueden más dos tetas que dos carretas” pero no creo que, cuando de la estabilidad de un reino o de la estrategia de una batalla se trata, la pasión carnal llegue a nublar el entendimiento de quienes dirigen estados y ejércitos. 


Epopeyas y seducciones libidinosas aparte, el libro tiene su lado reflexivo, o puede que haya sido yo que le he buscado tres pies al gato dado que mientras estaba sumergida en su lectura un ataque terrorista se perpetró en mi país. Y es que entre los muchos personajes que desfilan por las páginas, hay uno (completamente ficticio) que escribe el Cantar del Mío Cid y en este punto se medita sobre el ascendiente del escritor/orador que con sus palabras enardece a un auditorio ávido de arengas que lo libere de la depresión de sus vidas, de tal manera que quien con sus palabras llega al corazón de otros tiene un poder superior incluso al que posee un general que lidera un ejército. Ahí lo dejo.

Siguiendo con mis reflexiones personales condicionadas por las vivencias de estas últimas semanas, en la novela se hace un canto a la unidad. Se insiste en que ante un enemigo común hay que olvidar rencillas particulares y hacer un frente único para plantar cara a quienes quieren cambiar nuestra forma de vida, a quienes quieren imponer el miedo y la intransigencia.

“Porque es muy alto el precio que hemos pagado, Leonor, para romper las cadenas que pretendían cerrar en torno a nuestro destino. Y esto lo sabrán nuestros hijos, y nuestros nietos, hasta el fin de los días. Ellos cuentan con el camino que les hemos labrado. Saben, sabrán siempre que a nada llegarán si no viven en paz entre ellos y si no se unen para defenderse de sus enemigos”

Con reflexiones o sin ellas, este libro es muy ameno y completamente recomendable. Un broche de oro a un trilogía de lo más interesante.









25 de abril de 2017

La loba de al-Andalus

   Estamos en el siglo XII, los almorávides han tomado el poder hace lustros en los reinos musulmanes del sur de la Península ibérica, pero su extremismo religioso se ha suavizado y apenas queda nada del fanatismo que caracterizó sus primeros años de gobierno.

   En los reinos cristianos del norte, el emperador Alfonso VII de Castilla y León consigue mantener a raya el avance de los musulmanes gracias a sus aliados de Navarra y Aragón; aunque también cuenta con la ayuda de Mardanish, el rey Lobo, un caudillo musulmán que gobierna en el reino de Murcia y que gracias a sus buenas relaciones con los gobernantes cristianos y a su talante moderado consigue que la zona de Levante sea próspera.

   Sin embargo, desde África soplan vientos de intolerancia. Los fanáticos almohades quieren reconquistar al-Andalus para que la ley del Corán sea quien gobierne en esas tierras. Para estos ultraortodoxos islamistas las costumbres relajadas de los reinos andalusíes son inadmisibles.

   En este escenario se desarrolla esta extensa novela (casi mil páginas). En ella se cuentan las vicisitudes de los diferentes reinos, cristianos y musulmanes, que conformaban la Península ibérica en plena Reconquista. Las alianzas, que se formaban o rompían según los intereses de los gobernantes de turno, hacían inclinar la balanza de una batalla a favor de unos o de otros. Intrigas y conjuras, romance y aventura, de todo hay en esta vasta novela, porque mil páginas dan para mucho.

   Esta es la primera novela de una serie de tres donde la tercera aún está por publicar (creo). Yo leí la segunda, El ejército de Dios, primero y luego esta. Si lo hice así fue por desconocimiento, pues no sabía que ese segundo libro pertenecía a una serie (o una saga, que todavía no me aclaro con la diferencia). El ejército de Dios me gustó mucho y por eso me decidí a leer el libro que le precedía.

   No sé si porque no estaba yo para muchos circunloquios (mi situación de estrés creo que ha condicionado mucho la impresión de esta lectura) o porque esta novela no es tan ágil como la segunda, el caso es que se me ha hecho algo pesada. 

   Aunque el estilo narrativo es muy fluido y se lee bien, me ha saturado tanta página. Los avances y retrocesos, tanto de los ejércitos cristianos como de los musulmanes, se cuentan plaza a plaza, castillo a castillo. Guadix, Écija, Jaén, Córdoba, Játiva y muchos enclaves más son arrebatados por los cristianos de manos de los musulmanes y viceversa.

   Para mí ha habido un exceso de detalle; cada guarnición o plaza y cada castillo que se asedia y se toma se cuenta con minuciosidad, y en aquella época las guarniciones o plazas y los castillos cambiaban de dueño y bando continuamente. Para mí esto ha ralentizado mucho el avance de la historia general de la novela.

   No obstante, es una lectura entretenida que se lee bien. El autor hace gala de una estupenda labor de documentación pero sin proliferar los detalles técnicos, es decir, se dedica a novelar, y muy bien, hechos históricos. Una no tiene la sensación de estar leyendo un libro de Historia, todo lo contrario, en todo momento se nota que es una novela. Además, al final aclara qué se ha inventado y qué es real, qué personajes son ficticios y cuáles existieron realmente.

   Una buena novela histórica que, para mi gusto, hubiera estado mejor si se hubiera abreviado algo, pero que, con todo y con eso, es muy entretenida.







5 de agosto de 2016

El rojo en el azul

    Javier Goyena es un comunista que en 1938, durante la Guerra Civil española, trabaja como intendente en un hospital de Murcia. Su actitud derrotista ante el desarrollo de la guerra le obliga a alistarse para participar activamente en el frente. Interviene en la Batalla del Ebro y allí, una vez consumada la derrota del bando republicano, se viste con el uniforme de un requeté haciendo creer que pertenece al bando ganador.

    Esta pantomima dura tres años. La farsa es creíble hasta para él, pues sufre una amnesia debido a un obús que, oportunamente, estalla cuando llegan a rescatarlo.

   Sin embargo su falsa identidad es descubierta por los servicios secretos falangistas y le obligan a trabajar como agente doble. Para ello se incorpora a la División Azul y se va a luchar a los gélidos parajes rusos. Allí tendrá que infiltrarse en las filas soviéticas y recuperar un objeto muy querido por Franco y que le fue sustraído. Para no destripar el argumento no diré de qué objeto se trata, pero añadiré que esa pieza también es codiciada por Hitler, un coleccionista compulsivo de reliquias.  

   Es así como se desarrolla un thriller trepidante, lleno de espías que persiguen a otros espías, que trabajan para diferentes facciones falangistas y donde todos vigilan y controlan al agente doble infiltrado a la fuerza. Un agente que no está preparado para acometer la empresa asignada pero que es vigilado por gente adiestrada en esos menesteres y que, a mi entender, serían los más idóneos para llevar a buen puerto la misión encomendada.

    Quizás, todo esto ha sido una percepción mía particular, porque a medida que se desarrollaba la novela iba alucinando más. El argumento podía haber sido muy entretenido si el objetivo (objeto) de la misión no hubiera sido tan delirante, absurdo y poco creíble. De hecho, la probabilidad de culminar con éxito una misión tan descabellada es muy baja y el autor solventa esta situación con lo que el protagonista da en llamar "golpes de suerte". Lo que la estadística establece como imposible, se hace realidad gracias a la fortuna, que pone a nuestro agente rojo-azul la solución al alcance de la mano. El desenlace es tan increíble como el planteamiento inicial, en esto el autor es fiel a sus pautas.

    Desde luego yo no tuve la misma potra que el protagonista a la hora de decidir leer esta novela.

    De telón de fondo se hace una dura crítica a la guerra en general y a la guerra civil en particular. Se incide mucho en la sinrazón de una guerra fratricida, donde todos cometieron desmanes, aunque me ha parecido ver cierta insistencia en los cometidos por uno de los bandos, mientras que los del otro -insinuados de forma muy tenue- son la lógica reacción a los abusos de los primeros.

   En cualquier caso, cualquier exceso proveniente de los republicanos o de los rebeldes/nacionales es atemperado cuando se compara con las atrocidades de los soviéticos y de los nazis. Será cosa del clima.

   Moraleja: los españoles podemos ser crueles, pero por ahí fuera son peores.  Como en casa, en ningún sitio.






  

7 de mayo de 2016

Operación Black Death

   "Verano de 1944. Monique de Bissy, una joven de la resistencia belga, ha logrado escapar de los alemanes y ha sido rescatada por la red de evasión Comète. Con un estado de salud precario, es acogida por Martín Inchauspe, un aristócrata de dudosa reputación, sospechoso de traficar con obras de arte expoliado por los nazis."

   Esta es parte de la sinopsis de esta novela de espías, o de intriga, o de aventuras, o de romance, o de Historia, porque hay un poco de todo y todo bueno.

   Quizás domine sobre todos los géneros el de espías, porque la lectura se hace como si de un teletipo se tratara, en capítulos cortos y como a fogonazos. De hecho, insertados entre la trama argumental aparecen las informaciones que se intercambian los diferentes servicios de espionaje, los alemanes y los de los aliados. Y quizás, de todos los géneros que se toca, el que menos me gustó fue el del romance; no soy muy aficionada a historias de amores y la parte que relata el enamoramiento entre dos de los personajes me resultó un pelín empalagosa, pero no demasiado.

   La ambigüedad que caracteriza a los espías es la que impera también en la novela. El propio protagonista, Martín Inchauste, un tipo ambicioso y frívolo a partes iguales, se nos muestra enigmático. Su comportamiento heroico en la Guerra Civil en el bando ganador y su sangre azul de aristócrata le franquean las puertas de los estamentos más influyentes de la sociedad española de los años cuarenta, ese estatus le confiere a la vez cierta impunidad que le permite traficar con obras de arte que han sido incautadas por los nazis. Sin embargo su actitud deja ciertas dudas, pues se adivina que tras ese carácter frívolo se esconde algo más. Las propias autoridades desconfían de él ya que no están muy seguros, no saben si Inchauste trabaja "con" los alemanes o "para" ellos.

   Como buena novela, principalmente, de espías, nadie es quien dice ser y nada es lo que parece. La poca definición de los personajes los muestra enigmáticos y sospechosos.

   En los cortos mensajes que se trasmiten los diferentes servicios de espionaje se cita a personajes por su nombre en clave: Mr. Thomas, Nemo, Crook, Mr. Thimoty, Alphonse y muchos más, son los alias tras los que se esconden otros que en la vida cotidiana tienen quehaceres insospechados. Y como un juego del gato y el ratón, los alemanes intentan engañar a los aliados, estos averiguar los oscuros planes de los primeros y desbaratarlos, y todos ganar la partida de la Segunda Guerra Mundial que ya está en sus últimas horas. Como colofón y con un as guardado en la manga en esta partida, los nazis juegan la carta de la guerra química. Ahí es nada.

   Además todo esto se narra con una redacción exquisita, un lenguaje elaborado y unos diálogos que dan mucha frescura y agilidad a la narración, que la hacen muy creíble. El autor se ha documentado exhaustivamente y da detalles precisos, hasta de la moda y la vestimenta de los protagonistas. Gracias a esta labor de documentación una servidora se ha enterado de la aplicación bélica de cierta toxina que produce una bacteria y que yo desconocía. Nunca te acostarás sin aprender una cosa más.

   Cabría explicar que Black Death es el nombre que le dieron en Inglaterra a la epidemia de Peste Negra que se desató en Europa en el siglo XIV y que mató a un tercio de la población. Y ya no cuento más, el que quiera saber qué relación tiene esa muerte negra con los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial que se lea la novela.

Kirke  




22 de septiembre de 2015

La sombra del águila

  Cuando participé en la iniciativa Septiembre mes guerrero tenía pensado leer solamente El húsar, sin embargo con esa lectura me reencontré con el Pérez-Reverte que más me gusta y me quedé con cierta nostalgia de volver a saborear ese estilo que con los años ha ido evolucionando a otra manera de narrar -no me atrevería a decir que a peor-.

   Así que me decidí por otra obra de hace más de veinte años: La sombra del águila y que tenía pendiente. Se da el caso que este relato se publicó en el año 1993 cuando Reverte cubría la guerra de Bosnia como reportero.

   La novela recrea libremente un hecho real de la campaña rusa de Napoleón: el ataque heroico a Sbodonovo, a las puertas de Moscú. La última victoria de la Grande Armée en suelo ruso; después vendría la penosa retirada y el desastre militar que conllevó. Este ataque fue el último vuelo del águila.

   Debido a los pactos entre la corona española y el imperio francés un número considerable de soldados españoles fueron aliados de los franceses en las campañas napoleónicas. Cuando se desencadenaron los levantamientos del 2 de mayo en España la situación de esas tropas era de lo más delicada. Algunos intentaron desertar y fueron fusilados, otros fueron encarcelados y los más decidieron enrolarse de nuevo -y a la fuerza- en el ejército francés con la esperanza de escapar a la menor oportunidad. 

   Y esto es lo que pensaba hacer el segundo batallón del 326 de Infantería de Línea compuesto en su totalidad por españoles cuando en el ataque a Sbodonovo los rusos están masacrando al ejército francés. Sin embargo el alto mando que observa la batalla desde una cima entiende esta maniobra como un acto de heroísmo y mandan una carga de caballería en su auxilio convirtiendo la pretendida deserción en una victoria para el ejército galo.

   La verdad es que me he divertido muchísimo con este breve relato. La situación es de lo más chusca y la forma de contarlo muy socarrona -el Reverte de los inicios- con comentarios y expresiones de lo más ocurrentes. Por ejemplo cuando se refiere a Napoleón: parece ser que los soldados franceses lo llamaban cariñosamente "Le Petit Caporal" (el pequeño cabo) -recordemos que era de muy baja estatura- sin embargo los soldados españoles le llamaban simple y llanamente "El Enano". 

      Aunque todo el relato está contado de forma cómica en el fondo subyace una demoledora crítica a la guerra. Al igual que ocurre con El húsar se pone de manifiesto lo más crudo de una batalla, donde lo único que importa es sobrevivir y poder seguir respirando porque de lo contrario "te despachan en un amén Jesús".

    Hacia la mitad del relato hay una especie de inciso donde se insertan las supuestas confesiones que Napoleón le hace a uno de sus adláteres que le acompañan en su reclusión en la isla Santa Elena. En su soledad se lamenta del error que supuso invadir España: "Maldito el día que decidí meterme en semejante berenjenal. Cometí el error de darles a esos fulanos lo único que les devuelve su dignidad y su orgullo: un enemigo contra el que unirse, una guerra salvaje, un objeto para desahogar su indignación y su rabia. En Rusia me venció el invierno pero quien me venció en España fueron aquellos campesinos bajitos y morenos que nos escupían a la cara mientras los fusilábamos."

Kirke   




   

10 de septiembre de 2015

El húsar

   Esta es mi lectura para participar en la iniciativa Septiembre mes guerrero.

   En plena Guerra de la Independencia un joven oficial francés, Frederic Glüntz, llega a España como integrante del primer escuadrón del 4º de Húsares. Acaba de salir de la academia militar y está pletórico de ideas románticas sobre la guerra y la patria. "Había entrado en la milicia como quien entra en religión, abrazando su sable como quien abraza una cruz. Y si los sacerdotes o los pastores aspiraban a ganar el cielo, él aspiraba a ganar la gloria."

   Sin embargo y ya antes de entrar en batalla va percibiendo que la realidad es muy diferente a lo que él pensaba. 

   Para empezar esta no es una guerra al uso. No se enfrentan solamente a soldados de otro ejército; el pueblo llano también interviene y para más desconcierto hay otro elemento hasta ese momento completamente desconocido en la milicia: las guerrillas. Y es que en España "hasta los perros, las aves, el sol y las piedras son enemigos" de los franceses. Frederic siempre pensó en "guerras limpias, donde los curas no se echen al monte con la sotana remangada y un trabuco a la espalda, y las viejas no arrojen aceite hirviendo sobre nuestros soldados". 

   Además en un par de escaramuzas en las que interviene antes de su bautismo de fuego toma contacto con lo más crudo de la guerra sintiendo que sus ideales empiezan a flaquear. "Así que (la guerra) era eso: barro en las rodillas y sangre en el vientre, atónita sorpresa en la rígida expresión de los muertos, cadáveres despojados, lluvia y enemigos invisibles de los que apenas se percibía la humareda de los disparos. La guerra anónima y sucia".

   Una crítica excelente a la sinrazón de la Guerra. Da igual el motivo o el porqué se pelea, el resultado siempre es el mismo: soledad, frío, miedo, barro, sangre. Un Pérez-Reverte en estado puro -la obra se escribió en 1983- relata crudamente cómo los ideales se desvanecen ante la cruel realidad, cómo el romanticismo sólo tiene cabida en los libros y en los salones cuando se trata de enfrentamientos donde sólo cabe el dolor y la muerte.

   A lo largo de esta lectura me vino a la memoria una canción de Cecilia, Soldadito de plomo. Esta canción ha sido siempre para mí un referente 'antibélico', creo que es una de las canciones más pacifistas y bonitas que he oído. Aquí pongo la letra porque me parece un buen broche final para esta reseña y también para esta iniciativa.

Soldadito de plomo
es el colmo
que tengas que luchar 
por un general de madera.

Formación de batalla
y al final de tu guerra
una medalla, una bandera,
un hoyo bajo la tierra.
Cuerpo a tierra brigada
que al final de la escalada
te espera tu compañía
y te desea tu compañera.

Soldadito de plomo
es el colmo 
que tengas que morir
por lucir tu guerrera.

Cruces, condecoraciones,
distintivos, galones,
entorchados, espadines,
bandas y fajines.
Mosquetones, fusiles, 
y sables y balines,
cartucheras y granadas,
bayonetas caladas.

Soldadito de plomo 
que pena 
que tengas que matar 
por la paz con la guerra.

A matar al enemigo, 
a rematar al herido; 
que se abran las fosas 
y que se cierren los sentidos.
Firmes carguen y fuego 
un pelotón está en juego 
y al entrar en combate 
no vuelva quien no mate.

Soldadito de plomo 
no hace falta 
que tengas que luchar 
por un general de madera.


             Kirke  





14 de mayo de 2015

El nombre de los nuestros

     Con una redacción magnífica Lorenzo Silva nos relata de una forma contundente y cruda los acontecimientos que desembocaron en el llamado desastre de Annual.

    Nunca fui una buena alumna en las clases de Historia y reconozco que apenas me acuerdo de lo poco que me enseñaron sobre la Guerra del Rif y el desastroso resultado para nuestro país. Quizás por eso me ha impresionado tanto esta novela, nunca fui consciente como hasta ahora del desatino que supuso aquella guerra; como en realidad pasa con todas las guerras.

  Siempre he pensado, a pesar de mi ignorancia al respecto, que las guerras coloniales tienen una faceta petulante y abusiva por lo de querer apropiarse el territorio ajeno, siempre por algún motivo económico -léase minas, pozos petrolíferos o algo similar-  pero si ese tipo de guerras se hacen sin la preparación adecuada la petulancia se convierte en estulticia. Si a la idiotez le sumamos la arrogancia de los mandos superiores que creen enfrentarse a 'pueblos bárbaros sin ninguna preparación' el desastre está asegurado.

     En una guerra donde los soldados son reclutas forzosos -muy poco entrenados, mal armados y peor alimentados-, donde la estrategia es establecer posiciones en lugares elevados con un pequeño fortín (blocao) desde el que vigilar al enemigo pero que está lejos de los lugares con agua y que obliga a las aguadas, es decir, caminar 20-40 kilómetros para conseguir agua exponiéndose a los ataques de los rifeños, o donde el oponente está en su elemento mientras que el invasor lo desconoce todo del terreno, hay que ser muy obtuso para pensar que aquello puede terminar bien. Hasta una lega como yo en estas materias se da cuenta de que ese tipo de guerras no se pueden ganar.

    Esto es lo que ocurrió en la Guerra del Rif, y así nos lo relata magníficamente Silva. Con un lenguaje claro pero elaborado también, sin rodeos, directamente, en algunos momentos con crudeza, se nos cuenta el día a día de los soldados de infantería que resistieron los ataques de la harka, los combatientes rifeños, en condiciones lamentables desde las posiciones de Afrau, Talilit y Sidi Dris.

    Es una novela bélica y muy buena; las descripciones de los ataques y la defensa de los españoles son casi cinematográficas, no redunda en detalles pero se visualiza muy bien todo lo que ocurre. Hay una escena que a mí me fascinó especialmente: un destacamento debe ser rescatado por lanchas de la marina en una playa mientras que los rifeños disparan desde unas lomas cercanas; es tan buena la descripción que juraría que oía los balazos.

   Los personajes, a través de los que nos sumergimos en tan espantoso escenario, se hacen queridos por lo desesperado de su situación: el sargento Molina, que con su experiencia transmite serenidad a los aterrados soldados que tiene a su cargo; Amador, un inexperto pero despierto cabo, que sabe dominar el pánico para poder sobrevivir; Andreu, el desencantado pero mortífero soldado, que con su excepcional puntería da moral a la tropa, y muchos más. Cada uno con sus miserias, sus miedos, sus sueños y la desesperanza que sobreviene al constatar que las proezas que realizan nunca se conocerán pues no quedará nadie vivo que pueda contarlas.

   Pero además de una novela bélica también es un crítica a los disparates de unos gobernantes que desde sus despachos no dudaron en enviar a la muerte a inocentes reclutas y en sembrar la destrucción en territorios muy alejados de sus cómodas vidas. Los mandos ensoberbecidos también reciben su dosis de censura cuando se nos muestra cómo la ineptitud de un comandante presuntuoso puede acarrear la muerte de todo un regimiento.

 "La más preciosa de todas las habilidades que podía llegar a atesorar un soldado es sobrevivir al contratiempo de tener un jefe inadecuado o simplemente inútil."

    Un canto y un homenaje a aquellos soldados que dieron la vida muy lejos de sus hogares por una causa que no les concernía, que no entendían y que, en la mayoría de los casos, simplemente desconocían. Desde esta novela Lorenzo Silva honra a todos los combatientes de aquella guerra, incluidos los enemigos, a todos los que dejaron su vida en una contienda absurda y que no pudieron eludir el implacable destino.

"Cada bala tiene un nombre y la bala que a uno le está destinada no puede comprarse ni venderse. Esa bala al salir disparada lleva un nombre, el nombre de los nuestros. Tú que los has visto caer no los olvides nunca."



Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores