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25 de abril de 2019

"Solo sombras" - Dolores Payás


 Durante toda la noche sopló viento de Mongolia. Aullaba. Como si trajera consigo jaurías enteras, lobos de las estepas. Pero no traía lobos sino nubes de arena. La ciudad amaneció rebozada en un manto de color rojo.”

Este es el primer párrafo con el que comienza una trepidante historia y la ciudad a la que alude es Pekín.

Max Montoya, ingeniero español que trabaja para una multinacional en China, desaparece misteriosamente cuando el coche en el que viaja tiene un choque sin importancia en un atasco. La diplomacia española pide explicaciones a las autoridades chinas y estas mueven su maquinaria para averiguar el paradero del español ya que el campo en el que trabaja está relacionado con la fabricación de componentes informáticos y puede tratarse de un tema de espionaje. Desde España, y por orden de las altas esferas gubernamentales, el CNI envía a uno de sus mejores agentes, Gilda Leyva, para que investigue también.

Con estas premisas arranca un estupendo thriller donde se mezcla aventura, humor, intriga y crónica social a partes iguales. Aunque esta novela a priori puede considerarse policíaca, en realidad es algo más. Es mucho más.

Para empezar, la novela está plagada de guiños humorísticos e irónicos, como que la protagonista se llame Gilda en honor a Rita Hayworth y resulte ser una mujer bajita y no demasiado atractiva. El sentido del humor de la escritora es notorio especialmente cuando se centra en los personajes que representan políticos españoles donde la palma se la lleva el ministro de Asuntos Exteriores. Cada vez que este personaje hace acto de presencia el sarcasmo de la autora se expresa incisivamente; sarcasmo igualmente incisivo cuando aparece el embajador español en China que también se lleva lo suyo. Desternillante.

Mientras que Gilda Leyva se encarga de averiguar el paradero de Max Montoya, Dolores Payás nos presenta una radiografía divertida de los entresijos de la diplomacia —española y china— o de la sociedad del gigante asiático con sus contrastes y sus paradojas (y su encanto también). Especial hincapié se hace en el sentido de la colectividad china, en detrimento de la individualidad, que les permite avanzar a un ritmo escalofriante, porque el trabajo en equipo conlleva muchas ventajas:

“La acción en grupo creaba un equilibrio extraordinario, un arma solidaria, para afrontar la crueldad del mundo.”

Sin defender el sistema político controlador que hay en China, también nos hace reflexionar sobre la impostura del binomio libertad-capitalismo:

“El tan cacareado amor por la libertad es una falacia, el hombre elige ser rico y propietario de cosas antes que ser libre. La libertad conlleva responsabilidades, muchos quebraderos de cabeza.”

La autora habla de estos temas con conocimiento de causa pues ha pasado largas temporadas en China y no como una habitante ocasional, sino interesándose por la forma de vivir y de entender la vida de los chinos.

También hace alusión al machismo exacerbado y arraigado en ese país, al mismo tiempo que rescata el protagonismo que se merecen las mujeres de allí a través de los personajes que por esta novela aparecen.

Y es que los personajes femeninos tienen un peso especial. Payás entiende y defiende a las mujeres y eso se le nota al escribir. Uno podría pensar que dado que la autora es una mujer esto que cuento es lo lógico. Pues no, no todas las autoras están comprometidas con el papel de la mujer en la sociedad. Desde luego Dolores sí y en esta novela así lo manifiesta.

Esta novela apareció en las librerías el mes pasado. Sin embargo yo tuve el privilegio de leerla mucho antes porque la autora me hizo el inmenso honor de entregármela para que le diera mi opinión antes de que una editorial se interesara por ella. Es lo que en el mundo literario se llama “feedback”. Gracias a esta acción pude disfrutar, antes que el público en general, de una historia muy divertida y peculiar ya que, dada la trama, cabría catalogar la novela de policíaca, pero no lo es, o sí, pero no completamente, porque tiene un elemento que no se suele encontrar en las novelas de ese género: el humor. Y parece ser que ese humor tan inesperado en una novela de corte policíaco hizo que algunas editoriales desestimaran publicarla. Pero hubo una editorial, Navona, que fue valiente y apostó por la originalidad de combinar trama policíaca con humor, y menos mal, porque sin ese humor la novela quedaría incompleta.

Si conozco estos detalles es porque mi relación con la escritora va más allá de lo habitual entre un lector y un escritor. Llegados a este punto aviso que lo que viene a continuación deja de ser también una reseña habitual para convertirse en otra cosa. Aunque esto es algo que suelo hacer de vez en cuando —después de todo, este no es un blog de crítica literaria y yo no soy una entendida en la materia sino una simple lectora que manifiesta su opinión— pido disculpas a los puristas por la rebeldía.

Presentación de "Solo sombras" en la Librería Los Editores, a la izquierda Dolores Payás y a la derecha Angels Barceló quien se encargó de presentar la novela.
 Conocí a Dolo Payás hace más de seis años y fue leyendo su primera novela. Me encandiló el estilo narrativo tan cuidado, y tan divertido también, que resulta ser su seña de identidad. Con aquella lectura me apunté su nombre y me propuse leer todo lo que escribiera.

Por estas cosas de los mundos de internet nos pusimos en contacto y mantuvimos una relación telemática pues los miles de kilómetros que separaban nuestros respectivos domicilios hacían prácticamente imposible vernos en persona. Esa amistad virtual se hizo tangible el mes pasado cuando, con motivo de la presentación de “Solo sombras” en Madrid, pudimos hablar cara a cara y darnos un abrazo. Fue muy gratificante comprobar que la mujer afable y cariñosa que se adivinaba tras las letras de sus correos electrónicos era así en persona. Sin trampa ni cartón.
Una servidora con Dolo Payás

Mucho se ha escrito sobre la relación que se establece entre lector y escritor, y del papel que tiene cada uno al intentar, desde los dos lados, “conectar”.

No suelo yo conectar con muchos escritores, me gustan sus obras, sí, pero no siento ninguna atracción. Cuando esa conexión no se da, entonces tengo una relación que yo llamo de “usuario”, es decir leo algo, me gusta (o no) y a otra cosa, mariposa. Pero a veces el vínculo entre lector y escritor va más allá; a través de las letras el lector puede sentir cierta afinidad especial y por motivos muy distintos, pero siempre esa sensación se vehiculiza a través de la forma de contar una historia. Esto me pasa con muy pocos escritores, y Dolo Payás es una de ellos.

La prosa cuidada de Dolores Payás, con un vocabulario de una gran riqueza pero sin ser ampuloso, denota un bagaje cultural importante —ella es muy leída y muy viajada, y eso se percibe al leerla—.

Que se cuenten las historias bien, para mí es fundamental, y si, encima, las historias son interesantes el éxito de la lectura está asegurado. Pero las historias que cuenta Dolo Payás no solo son interesantes y están bien contadas, además tienen trasfondo, hay crítica, hay reflexión y hay siempre humor —un humor que a mí, personalmente, me encanta y que me dice mucho de quien así lo manifiesta—. Cuando todos estos elementos se combinan y además muy bien, voilá: se da la conexión.

 En “Solo sombras” además de una trama interesante, hay mucho divertimento (sobre todo a costa de algunos cargos diplomáticos) y un repaso de algunas de las características de la sociedad china que tan inexplicable y enigmática puede parecernos para quienes nunca hemos vivido allí.

¡Ah! y todo fenomenalmente escrito. Leer a Dolores Payás es ir sobre seguro.






12 de octubre de 2018

"Los perros duros no bailan" - Arturo Pérez-Reverte


Teo y Boris ‘el Guapo’ han desaparecido. Entre sus amigos se especula qué puede haber pasado y uno de ellos, apodado ‘El Negro’, un ex-campeón de lucha ya retirado de las peleas, decide indagar e ir en su busca. Tras interrogar a varios testigos que vieron a Teo y a Boris antes de desaparecer, el Negro da con sus paraderos, pero conseguir liberarlos del lugar donde se encuentran resultará una tarea difícil y peligrosa.

Según esta pequeña sinopsis la última novela de Pérez-Reverte se podría considerar policíaca (por lo de las pesquisas y eso), y no sería desacertado. Pero hay un elemento que hace de esta historia algo más que un novela de este género, y es que los protagonistas no son humanos: son perros.

Teo es un teckel, Boris un lebrel ruso y el Negro una mezcla de mastín español y fila brasileño. Mientras Teo tiene como dueña a un apacible viejita y Boris pertenece a una familia adinerada que le cuida y mima con visitas asiduas al veterinario y a peluquerías caninas, el Negro vive en la calle por su pasado cruel y triste como luchador, las cosas no le fueron muy bien pero es un tipo duro, o mejor dicho, es un perro duro.

Con estas premisas se inicia una aventura original con tintes de novela negra y cierto humor.

A través de las pesquisas del Negro para averiguar dónde se encuentra su amigo Teo nos sumergimos en el submundo de las peleas de perros. Un mundo despiadado donde solo hay dos alternativas para los que las protagonizan: matar o morir. Cual si fueran gladiadores se cuenta detalladamente en qué consiste la vida de esos pobres animales cuando son elegidos para este menester.

Con crudeza y sin paliativos se nos muestra la sanguinaria afición de apostar y disfrutar con el espectáculo de ver a dos animales destrozarse a dentelladas. No sé si el autor ha estado presente en alguna sesión de tan lamentable pasatiempo, pero desde luego uno se siente, incómodamente en mi caso, espectador de primera fila por lo bien que lo describe.

Además, dar voz a las víctimas hace que la historia llegue más al corazoncito de quienes no nos divertimos con el sufrimiento de un ser vivo (sea el ser vivo irracional o no, y estoy pensando también en los combates de boxeo).

He leído bastantes reseñas sobre este libro y en casi todas ellas se destaca un punto negativo por lo políticamente incorrecto de algunos pasajes. En concreto, hay un capítulo titulado “Los perros somos machistas” y algunos han querido ver ahí una apología del machismo. No soy para nada defensora de quienes se creen superiores por ser machos, pero creo que las críticas son excesivas, aunque es cierto que algunas frases son bastante desafortunadas, como cuando un perro dice que es machista “a mucha honra”. O cuando se dice “las perras prefieren los golfos a los caballeros”, claro, que como se refiere a las perras en el sentido literal, o sea, las caninas, pues no sé cómo piensan esas criaturas, pero creo que si lo que se quiere es extrapolar a las mujeres (sin entrar en el concepto ‘perra’ en el sentido figurado porque me llevaría mucho tiempo y mala baba), me atrevería a decirle al autor que vive anclado en un mundo paralelo que nada tiene que ver con la realidad femenina, al menos la realidad en la que vivimos la mayoría de las féminas. Yo prefiero un caballero mil veces antes que a un golfo; me considero lo suficientemente inteligente para ver las ventajas de esta preferencia y sé que la mayoría de mis congéneres tienen esa misma inteligencia. Por favor, dejemos los clichés manidos y obsoletos.

No obstante, y sin entrar en polémica en la postura ante este tema por parte del autor, yo creo que se han cargado demasiado las tintas en ello y tampoco es para tanto. Además, para polemizar ya se basta y sobra el propio Pérez-Reverte, que él solito ya sabe hacerse enemigos por todas partes.

Para mí hay otros puntos negativos en esta obra, sin necesidad de meterse en camisa de once varas. Por ejemplo, cae en errores cuando intenta expresarse como si fuera un perro. En algún momento, el protagonista perruno llega a comentar que no entiende lo que dicen los humanos pero sí sabe lo que piensan por sus actitudes; también comenta que se entera de lo que pasa viendo las fotos en los periódicos o las imágenes en la televisión. Todo esto llega a crear situaciones algo increíbles y que denotan lo difícil que es ponerse en la piel de un perro sin que se note que detrás está un humano. Me explico: en un pasaje se dice “olía a testosterona y adrenalina, o a lo que diablos olamos los perros machos cuando enseñamos los dientes”. Esta ignorancia odorífera es comprensible, lo que no se comprende es cómo un perro sabe de hormonas. En otro pasaje se hace un símil con el gladiador Espartaco y yo me pregunto cómo saben de la existencia de ese personaje, aunque cabe la posibilidad de que vieran en la tele la película de Kirk Douglas o la serie de TV "Spartacus". No sé, creo que la cosa no se sostiene en algunos momentos.

Otro factor que me ha lastrado la lectura ha sido la gran cantidad de razas perrunas que se citan. En honor a la verdad, este problema solo es responsabilidad mía y no del autor.  La única cultura canina que poseo se limita a lo que aprendí viendo “Lassie”, “Rin Tin Tin” y “101 dálmatas” por lo que suelo confundir un caniche con un pomerania y eso se traduce en que si tengo problemas con estas razas tan habituales, cuando me hablan de ‘teckel’, ‘borzoi’, ‘boyera de Flandes’ (aluciné con este nombre), ‘sabueso rodesiano’ o ‘setter irlandés’, es como si me hablaran de las piezas de un motor de avión, es decir, no me entero de nada.

Debido a esta mi ignorancia perruna hube de acudir a las imágenes de Google para hacerme una idea de los personajes que por la novela pululan, de manera que creo invertí más tiempo en esas búsquedas que en la propia lectura de la novela.

De todas formas, la novela tiene algunos pasajes muy buenos. Hay un par de situaciones realmente cómicas que me hicieron soltar carcajadas y en un capítulo se reflexiona, muy someramente, sobre la vida acomodada y lo fácil que es doblegarse a cambio de un plato de comida. Pero con todo y con eso, la novela me decepcionó. Es muy corta, poco más de cien páginas, y la historia es simple y poco trabajada, con un final predecible y algo ñoño.

Esta es una novela más del Pérez-Reverte que no me gusta: un Pérez-Reverte descafeinado que escribe una novela de poca envergadura y que se embolsa sus dineritos (supongo) por un trabajo de un par de meses (supongo). Cuando leo este tipo de obras es cuando echo de menos al Pérez-Reverte que me enamora, el que escribe novelas como ‘Hombres buenos’ o ‘El asedio’, historias trabajadas, con un argumento complejo y con personajes con muchos matices y no el sempiterno ‘tipo duro con una historia triste detrás’ como sería el caso del protagonista de esta mini-novela, el Negro.

Esta ya es la tercera novela en la que me encuentro a ese Pérez-Reverte no deseado (las dos anteriores fueron Falcó y Eva). Supongo que será cuestión de esperar y algún día llegará la obra que, al igual que me pasó con ‘Hombres buenos’, me reconcilie con este autor y me vuelva a enamorar. El que la persigue, la consigue.



5 de marzo de 2018

"Muerte en Madrid"-Mark Oldfield

Esta novela tiene principalmente como escenario a Madrid pero en dos épocas diferentes que se van alternando a lo largo del libro.

En 2009 aparecen los restos de varios individuos con toda la apariencia de haber sido ejecutados. Ana María Galíndez es una forense de la Guardia Civil y se encargará de investigar qué les pasó a esas personas con la ayuda de un par de profesoras de la Universidad Complutense. Por otro lado, se cuentan las actividades del comandante Guzmán en el año 1953. Estos serían los dos grandes bloques de la historia que acabarán convergiendo y relacionándose.

Además, y de forma esporádica, se añaden breves pinceladas de un suceso acaecido en Badajoz en el año 1936 y que, por supuesto, acaba teniendo también relación con todo lo anterior.

De entrada, tanto ir y venir a través de tres épocas ya descoloca un poco, aunque eso no fue lo peor. Pero vayamos por partes.

Leopoldo Guzmán, el protagonista por méritos propios de esta historia, es el jefe de la Brigada Especial. Esta brigada está compuesta por policías también muy especiales, sobre todo porque no se dedican a perseguir delincuentes comunes, sino otros mucho más peligrosos, al menos para la dictadura de Franco: comunistas.

“La Brigada Especial nació al final de la guerra para seguir persiguiendo al enemigo más allá del campo de batalla.”

En su afán de conservar la Victoria, Franco elige a Guzmán, dándole total libertad de acción, para que asegure el régimen cuidando de las amenazas domésticas, esas que están cerca de casa y que pueden ser subversivas. La elección de Guzmán no es gratuita porque él se implica con gusto y saña en su cometido. Es un psicópata en toda regla que disfruta torturando y asesinando a los sospechosos de conspirar contra el jefe del estado.

Esta sería la sinopsis de la novela –me salió un poco larga pero es que el libro tiene más de quinientas páginas-.

En principio, la novela no está mal y el personaje central, Guzmán, está muy bien perfilado. De hecho, a mí me fascinó. Que un personaje execrable, sanguinario, sin escrúpulos, te acabe cayendo simpático denota cierta habilidad por parte del escritor que sabe jugar con el lector y hacer algo así.

Desgraciadamente las habilidades del escritor se quedaron ahí. Tuvo un montón de fallos que empañaron esta destreza.

Cuando un autor extranjero escribe sobre mi país tiendo a recelar, no me fío del rigor a la hora de describir hechos y escenarios. Reconozco, también, que cuando me pongo tiquismiquis los árboles me impiden ver el bosque, me paro en detalles que quizá no tengan tanta importancia y me olvido de valorar la historia global. Pero cuando esos detalles “sin importancia” superan la veintena… pues me enfado bastante.

Si un libro está plagado de errores abandono su lectura, pero con este hice una excepción por dos motivos. El primero, porque el protagonista me resultó muy atractivo, a pesar de ser un hijo de mala madre, y quería saber qué pasaba con él. El segundo, porque me hice una apuesta conmigo misma para comprobar hasta dónde era capaz de llegar el autor con sus meteduras de pata. Si los errores no superaban la decena me ganaba un chocolate, si el número estaba entre diez y veinte, un chocolate con churros, y si superaban la veintena reforzaría la ingesta con varios pasteles. Acabé tomándome chocolate, churros, pasteles y una tila para calmar los nervios que suelen acompañar al cabreo que me agarro cuando un libro está mal escrito.

Según Google, Mark Oldfield –no confundir con mi adorado Mike Oldfield- es un escritor inglés que ha vivido en España, “testigo de excepción de la transición de un estado dictatorial a una democracia, Oldfield aprovechó sus numerosas estancias para aprender más acerca de la percepción de los españoles del momento que estaban viviendo, y sobre todo de su pasado. Ha estudiando concienzudamente la guerra civil española y el largo periodo que siguió”.

No sé cuánto tiempo estuvo viviendo en España el autor, ni dónde lo hizo exactamente -lo mismo estuvo en Mallorca practicando balconing-. Tampoco sé qué entiende por “estudiar concienzudamente”; pero lo que sí sé es que todo eso no le sirvió para aprender demasiado de este país en general y de Madrid en particular. O, al menos, para plasmarlo en esta novela.



No voy a poner todos los fallos de la novela, pero aquí van unas cuantas perlas.

·      La acción que transcurre en 1953 se da en el mes de enero; nieva copiosamente, a todas horas, las ventiscas son de antología, la nieve se acumula por metros en todas partes, una climatología sumamente adversa (aunque el cambio climático ha suavizado mucho las temperaturas, Madrid nunca fue como Moscú, y los inviernos en los años cincuenta tampoco eran para tanto).
·      Un edificio que lleva abandonado varias décadas aún tiene corriente eléctrica cuando dos personajes se introducen en él a buscar unos papeles (cuando un edificio se abandona lo primero que se hace en España es cortar la luz, algunas veces incluso antes de que lo abandonen los inquilinos. Si hay algo que aquí funciona es la diligencia por parte de las eléctricas para no mermar sus pingües ganancias).
·   En las habitaciones de los hoteles hay biblias (la España de Franco era muy católica, apostólica y romana, pero me parece que esa circunstancia nunca se dio, aunque es una práctica habitual en los hoteles norteamericanos).
·    La acción que transcurre en 2009 se da en el mes de agosto, en un momento dado un personaje se queja del tremendo calor que asola Madrid a las cuatro de la tarde porque hay ¡33 grados! (en Madrid y en agosto esa temperatura se tiene, con un poco de suerte,  a las diez de la noche. A las cuatro de la tarde el termómetro no baja de los 38º. Yo firmaba para tener 33º en esos días y a esas horas, ¡es fresquito!).
·      El tremendo calor que Madrid padece no es impedimento para que aparezca un individuo vestido con un abrigo (33º es fresquito, pero no tanto) o para que haya puestos callejeros de chocolate caliente (en agosto, salvo en la verbena de la Paloma, vender chocolate caliente en Madrid tiene menos futuro que vender helados en el Ártico).
·       El uniforme de la Guardia Civil es marrón y se la considera un tipo de Policía (el uniforme es verde y la Guardia Civil no es una Policía, es… la Guardia Civil).
·       Una casa del barrio obrero de Quintana, en el año 1953, tiene portero automático (en 1953 el sistema para abrir los portales no era nada automático, se recurría a las llaves o al sereno).
·       Una casa de Lavapiés tiene una escalera de incendios en 1953 (en ese barrio la mayoría de las casas son centenarias y ni siquiera ahora tienen ese tipo de escaleras).
·      Al lugar donde reside Franco se le llama la casa de campo de El Pardo (no era una casa de campo, era y sigue siendo un palacio con todas las de la ley).
·      El protagonista se va andando desde Vallecas hasta la Puerta del Sol y tarda diez minutos (en línea recta hay más de cuatro kilómetros de distancia entre esos dos sitios, ni corriendo se tarda tan poco, menos andando en enero con las calles lleeeeenas de nieve).
·      Ya por último, el intento del golpe de estado de Tejero fue en 1982 (siendo el escritor un "testigo de excepción de la transición española", por lo visto no prestó demasiada atención porque Tejero y sus colegas nos dieron el susto padre en 1981).

Podría seguir escribiendo más errores pero creo que lo voy a dejar.

Curiosamente, y a pesar de todo, la novela es entretenida y por eso me la terminé. Pero tanto error, alguno imperdonable, no me dejó disfrutar.

Dicen que el escritor está con la segunda entrega –quiere escribir una trilogía sobre “las heridas abiertas de la península ibérica"-. Miedo me da. Creo que esa segunda novela no la leeré, porque si vuelvo a darme otro atracón de chocolate por culpa de tanto gazapo acabo diabética. O con un ataque de ansiedad.


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26 de febrero de 2018

"El alcornoque de los muertos"-Fernando Roye

   Hace unos meses leí “El caso de la mano perdida”, una novela entretenida que tenía como protagonista a un peculiar sargento de la Guardia Civil: Carmelo Domínguez. Este sargento se caracteriza por utilizar métodos muy poco convencionales a la hora de resolver asesinatos.

   En esta segunda entrega el sargento, y todo su equipo de guardias que el cuartel de la benemérita tiene en Santa Honorata, ha de saber quien, en días diferentes, ha colgado de un alcornoque en las afueras del pueblo, al cura, al director de la escuela y al alcalde.

   Carmelo no tiene prisa, ni demasiado interés, en averiguar la autoría de estos hechos. A pesar de las presiones de los poderes fácticos del pueblo: el cacique y un adinerado vecino que ganó su fortuna gracias al estraperlo. La desidia del sargento, en este caso, no es debida a su pereza habitual en el trabajo. En esta ocasión se debe a que lo que aparece colgado del alcornoque no son cadáveres, sino muñecos que representan a los personajes citados.

   De todas formas, los afectados quieren saber qué elementos subversivos están detrás de este desafío a la autoridad, pues así ven lo que parece una broma sin mayores consecuencias.

   Cuando Carmelo realmente se pone a investigar es cuando empiezan a aparecer muertos de verdad. Es entonces cuando la perspicacia de tan singular detective resalta para aclarar los asesinatos.

   Esta segunda novela me ha resultado igual de entretenida que la primera, pero me he vuelto a encontrar las mismas pegas: diálogos poco creíbles, dando un nivel de educación al hablar poco acorde con el estatus social de los personajes o con su edad (hay un niño de once años que parece que tiene veinte cuando habla). El tono empleado con algunos personajes era completamente inadecuado.

   La descripción del ambiente de una casa cuartel es igual de buena que en la primera novela, también el ambiente sórdido y deprimente de los años de postguerra. Más de lo mismo, pero como es bueno no importa la repetición.

   Sin embargo, en este segundo libro la perspicacia que caracteriza al sargento para resolver enigmas se sale de madre y llega a resultar casi fantástica. Aunque en esta novela, y en la anterior, hay cierto halo ‘paranormal’ (muy tenue), la forma de “deducir” un dato clave en la resolución del caso me pareció exagerada y un punto discordante en la historia. Dado que afecta al desenlace de la novela sin ese dato no se podría cerrar el caso esa nota discordante me pareció un error grave.

   De todas formas la novela se lee bien, tiene un ritmo ágil y el personaje sigue siendo tan entrañable como me lo pareció cuando leí su primera aventura. Seguiré leyendo más casos de este singular sargento si el autor tiene a bien crear nuevas andanzas para él.



13 de diciembre de 2017

"La cajita de rapé"-Javier Alonso García-Pozuelo

   Madrid, año 1861. En la casa de la adinerada familia Ribalter aparece muerta una de las criadas, Lorenza. Todo parece indicar que ha habido un asalto en la vivienda y tras el robo algo se torció dando como resultado la muerte de la asistenta.

   El asesinato se da en la Carrera de San Francisco y la investigación corre a cargo del inspector de vigilancia y seguridad del distrito sur de La Latina: José María Benítez Galcedo.

   Benítez y su equipo –Fonseca, Domínguez y Carmona más un nuevo miembro llegado de Málaga, Ortega– se dedicarán a desentrañar la historia de un robo que esconde más de lo que aparenta.

Actual Carrera de San Francisco, al fondo la Basílica de San Francisco El Grande
   Benítez lleva muchos años en el cuerpo, es perro viejo y sabe investigar. Lo que no sabe es capear los mandatos de los altos mandos políticos, más interesados en sus puestos dependientes del gobierno de turno, que de averiguar quién mató a una desgraciada criada.
   
   Es en este punto cuando el veterano inspector duda entre actuar como un buen policía o como un esbirro del poder. Además, el puesto de inspector jefe de Madrid está vacante y él podría ser un buen candidato, siempre y cuando contente a los que tienen en sus manos la elección: los políticos. Para llegar a determinados puestos no es suficiente con ser un buen profesional, hay que estar dispuesto a renunciar a la honestidad y a la integridad, y no todos valen para hacer eso. Desde luego, Benítez, no.


   De esta manera nos adentramos en una historia de corte policial. Los que por aquí pasáis sabéis que no me gusta mucho el género negro. Sin embargo, con las novelas policíacas me pasa como con las judías verdes; a palo seco no me gustan, pero si van aderezadas, rebaño el plato.

   Esto me ha pasado con “La cajita de rapé”, que no solo es una novela policíaca, es mucho más y por eso me ha gustado tanto. Rebañé el plato con fruición –o sea, me leí el libro casi de tirón– porque me gustó mucho.

   El maravilloso aderezo que la novela contiene consiste en una estupenda descripción de la situación política en la segunda mitad del siglo XIX en España, cómo los diferentes gobiernos que se alternaban con un ritmo frenético llevan al país a una inestabilidad social. En 1861 quien gobierna es O’Donnell y su grupo parlamentario cada día cuenta con un miembro menos pues muchos se marchan a la oposición al no cumplir la mayoría de sus promesas electorales y al mostrarse más reaccionario de lo que su programa proclamaba. 

   En esta situación inestable hay descontento popular, el régimen constitucional de la reina Isabel II no ha traído igualdad; los poderosos se benefician de las leyes y también de evitar ir a la guerra –la que se libra en Marruecos–  mediante el bochornoso sistema de redención (si pagas no te reclutan o mandas a otro en tu lugar).

   Otro aderezo que tiene esta novela son los personajes y los diálogos. Desde el más encumbrado aristócrata o burgués a la más humilde portera, la caracterización es estupenda. Unos personajes hablan con el acento propio de su lugar de origen, pues Madrid es el punto de encuentro de gentes procedentes de toda España, pero otros lo hacen con el acento chulesco tan característico de las zonas populares madrileñas y eso me sacó más de una sonrisa. Y es que la acción discurre mayormente en uno de los barrios más castizos de la capital: La Latina. 


   Y este fue el principal condimento de la novela: el escenario. La descripción del Madrid de aquella época es fabulosa. El autor hace gala de un gran conocimiento del callejero haciéndonos transitar, de la mano del inspector Benítez, por las calles y callejones de un barrio que aún hoy conserva algo de su chispa decimonónica. Para bien, o para mal, se ha salvado de la invasión turística (salvo los domingos con El Rastro) que tienen otras zonas céntricas de Madrid, como el Barrio de Las Letras, y eso le confiere un plus de autenticidad (y, quizás también, de pobreza).

   
   A este barrio de La Latina suelo acudir en ocasiones para tomar unas cervezas o unos vinos por lo que las calles donde se desarrolla la acción las conocía casi todas y me sentí espectadora de primera fila junto a José María Benítez persiguiendo pistas e indicios sobre el caso. Tanto es así que no pude evitar recorrer físicamente, esta vez a propósito, algunos de los sitios que en la novela se mencionan (las fotos así lo demuestran).

   Pero no solo la acción se ubica en este barrio. La Puerta del Sol, el Ministerio de la Gobernación, el Café Suizo, y otros lugares emblemáticos de la ciudad en el siglo XIX también aparecen por sus páginas. 

Plaza Puerta de Moros (donde se puede ver una plaza, pero ninguna puerta, como es habitual en muchos lugares de Madrid)

   Para los que sí gusten de la novela policíaca comentaré que la trama está muy bien llevada, que todas las piezas acaban encajando y que la resolución del caso es satisfactoria.

   Una novela muy entretenida, bien documentada, con unas localizaciones muy buenas y con una narrativa más que correcta. En fin, una novela muy buena.

   En Nota del autor, el escritor comenta que este es el primer caso del inspector Benítez, así que espero que haya más entregas de este sagaz policía porque si tiene que resolver más casos yo quiero averiguar en qué consisten, aunque no me guste la novela policíaca.

   Cuando las judías verdes van bien aderezadas, rebaño el plato y repito otra vez. 



19 de septiembre de 2017

"El caso de la mano perdida"-Fernando Roye

Estamos en 1952, en un pueblo perdido de la Sierra Morena. En el medio rural el orden y el cumplimiento de la ley están bajo la responsabilidad de la Guardia Civil. 

En Santa Honorata quien está al mando del cuartel de la Benemérita es el sargento Carmelo Domínguez, apodado “El hechizado” por su heterocromía. Todos creen que esos ojos dispares en cuanto a color son el signo de los poderes que posee el sargento, ya que algunos de sus razonamientos son ilógicos pero certeros a la vez, por lo que algo extraño parece caracterizarle.

El sargento Domínguez es un hombre tranquilo, nunca levanta la voz, no parece alterarle nada. ‘No le gusta trabajar porque le fatiga, pero cuando le da por hacerlo se aplica de veras’. Por eso cuando aparece una mano amputada se dedica a averiguar dónde está su propietario y en qué condiciones (vivo o muerto). 

Los caciques del pueblo, un conde y el alcalde, le presionan para que deje las investigaciones de poca importancia en pos de otros menesteres de más envergadura, como encargarse de la seguridad del jefe de Estado en una breve estancia en la localidad. Porque el mismísimo Franco acudirá a una cacería en las tierras del conde y asegurar la integridad del generalísimo es prioritario para todos. Bueno, para el sargento Carmelo Domínguez, no. Para él es más importante saber quién ha perdido una mano.

A pesar de todos los impedimentos que le ponen en el camino de su investigación, el sargento de la Guardia Civil persiste en sus pesquisas. Con deducciones algo extrañas llega a conclusiones muy acertadas porque al sargento “no se le da bien juntar letras pero lee perfectamente entre líneas”.

De esta manera nos adentramos en una historia policial, con tintes de género negro, sobre todo porque se desarrolla en una época muy negra de la Historia de España: la postguerra. Una época donde ser sindicalista o haberse identificado con el bando perdedor de la guerra era motivo suficiente para ser sospechoso de un asesinato o de cualquier otra fechoría.

A lo largo de toda la lectura hay cierto tono irónico, incluso cómico, que sirve para relajar el ambiente deprimido (y deprimente) que caracterizó a la sociedad española tras la Guerra Civil (especialmente a los que no se beneficiarion de la Victoria). 

Lo único que no me llegó a convencer fueron los diálogos. Cuando hablan algunos personajes con poco nivel cultural se utilizan expresiones, a mi modo de ver, demasiado elaboradas con un vocabulario rico y que no cuadran en alguien que no ha salido del ámbito rural y sin estudios de ningún tipo.

Además he encontrado algunos gazapos. En un momento dado se hace referencia al crimen de Cuenca y se dice que el “asesinado” apareció varias semanas después cuando realmente fueron 16 años los que transcurrieron entre su desaparición y su posterior aparición. 

Las descripciones de la casa cuartel con sus diferentes moradores me parecieron estupendas. No solo está el sargento Domínguez, también se encuentra el cabo Rosario María Liaño, los guardias Ambrosio del Val, Benito Viedma, Ortega Brito... y también sus esposas e hijos. Una convivencia forzada entre colegas y sus familias que conlleva muchos inconvenientes pero también algunas ventajas. Una gran familia a la fuerza, para bien o para mal.

Una novela entretenida con un personaje principal entrañable: el sargento Carmelo Domínguez y que a mí me hizo recordar a otro detective, en este caso televisivo, por su manera tan peculiar de investigar: el detective Colombo.

He leído que el escritor nos va a deleitar con más casos de este singular sargento. Yo me apunto a esta serie de casos porque seguro que disfrutaré tanto como con el de la mano perdida.








16 de julio de 2017

"No soy un monstruo"-Carme Chaparro

En un centro comercial de Madrid un niño de cuatro años desaparece en un despiste de su madre. Todas las alarmas se disparan y además la angustia se acrecienta porque la desaparición es en el mismo lugar donde dos años antes otro niño fue secuestrado sin haber dado con el paradero. La policía y los medios de comunicación no tardan en llegar a la conclusión de que se trata del mismo depredador que ha vuelto a actuar.

En esta historia se ven implicados dos personajes principales, Inés, una reportera de televisión y también escritora de novelas, y Ana, una policía que se encargó del caso del primer niño y además amiga de la escritora.

Este es el escenario de una novela policíaca pues de encontrar a los niños y al culpable de las desapariciones se trata. Pero en realidad es algo más, o yo al menos he visto algo más en este libro y precisamente ese algo es lo que me ha hecho valorar más positivamente esta historia. Desapariciones y depredadores aparte, se muestra el dolor y el miedo de una madre ante la pérdida de un hijo; la desolación mezclada con el sentimiento de culpa que sienten los progenitores cuando su hijo, del que son responsables y al que deben cuidar y proteger, desaparece y es víctima de un monstruo. Aunque esos monstruos no se sientan como tales.

El libro va de menos a más. Si bien se entra de lleno en el argumento, al inicio hay algo de indefinición. Varias historias, en principio accesorias, no me permitieron conectar con la trama.

La autora, Carme Chaparro, al igual que una de las protagonistas, trabaja también en los informativos de una cadena de televisión y es escritora –aunque esta es su primera novela–. En este aspecto me pareció poco original o una manera fácil de perfilar personajes, es decir, utilizar los conocimientos de primera mano que tiene el escritor para describir mejor determinadas situaciones. Es una herramienta recurrente por muchos autores, hasta cierto punto me parece lógica, pero a mi modo de ver resta calidad a la obra. Es como un actor que se interpreta a sí mismo, no tiene apenas que fingir pues es su forma de ser la que se vuelca en el personaje. No obstante, y falta de originalidad aparte, la novela está bastante bien escrita.

La labor de documentación es muy buena. No solo se recrea el mundo de los informativos (mundo perfectamente conocido por la autora pues vive en él), también se muestran los entresijos de la investigación policial y forense, los protocolos y pasos que se dan para que una investigación llegue a buen puerto. 

Se habla también de investigaciones punteras como la huella de teclado, una manera de reconocer a una persona por la forma de teclear un texto (este aspecto yo creí que era pura ciencia ficción pero mi informático personal, mi marido, me sacó del error; esta técnica existe y hay programas informáticos que pueden captar un rastro atendiendo a la velocidad del tecleado). 

El trhiller se desarrolla muy bien y el final es trepidante –devoré las últimas páginas con ansiedad por saber el desenlace–. Un final inesperado aunque algo forzado en mi opinión, pues para encajar algunos aspectos de la trama se recurre a la casualidad y creo que eso le quita frescura.

Con todo y con eso la novela es bastante buena y recomendable totalmente. No sé si tiene tanta calidad como para recibir el Premio Primavera de Novela, pero se lee muy bien y es entretenida. Tampoco sé si en este éxito algo tiene que ver que la escritora sea conocida en el ámbito audiovisual pero, desde luego, ha tenido muy buenos padrinos: Carmen Posadas leyó el manuscrito para darle su opinión (tengo mis dudas de que hubiera aceptado esa tarea si Carme perteneciera al grupo de escritores noveles anónimos) y una editorial como Espasa se ofreció a publicar su obra, ahí es nada.

Un thriller interesante que se lee bien. Ideal para estos días estivales y para dejarse llevar por una historia entretenida. Ni más, ni menos.




1 de marzo de 2017

La pregunta de sus ojos


   Después de varios meses en el dique seco, este barco maravilloso que tengo el honor de tripular con una excepcional marinera, Chelo, vuelve a navegar. 

   En esta ocasión se trata de una novela/película recomendada por nuestro compañero y amigo, Francisco Moroz:

La pregunta de sus ojos, novela escrita por Eduardo Sacheri
El secreto de sus ojos, película dirigida por Juan José Campanella (Reseña de Chelo)


    Benjamín Chaparro es prosecretario de un juzgado de instrucción y está a punto de jubilarse. Esta situación le atemoriza pues siendo un hombre solitario el trabajo es el único motor que le hace levantarse todas las mañanas. Ahora, y ante la perspectiva de tanto tiempo libre, tiene miedo. Miedo al vacío, a dejar de ser útil, a convertirse en nada.

   Ante este panorama tan poco alentador surge una idea en su mente: rescatar del recuerdo un caso que tuvo que atender en el juzgado más de treinta años atrás. Decide escribir sobre ello y utilizar la memoria trasladada al papel como catarsis pues aquel suceso le marcó para siempre.

   En 1969 una mujer aparece muerta y violada. El caso recae en el juzgado de Chaparro y a él le toca la instrucción del caso. Durante las indagaciones trabará contacto con el marido de la víctima, Ricardo Morales, y aunque no es la intención del prosecretario, la fuerza de carácter del viudo hará que Chaparro establezca un vínculo especial con este personaje, un individuo que al perder a su esposa lo ha perdido todo, hasta la razón de vivir; solo le mantiene el deseo de justicia pero ni eso se le concede. Morales es un sujeto que está más allá de cualquier daño, no por sentirse a salvo, sino por haber sucumbido.

"El tiempo pasa más lento para los que padecen, y la angustia y el sufrimiento marcan la piel con signos definitivos"

   Durante la investigación saldrán a la luz rencores, venganzas y corruptelas que salpican los juzgados de una Argentina que se sumerge sin remisión en una de las épocas más oscuras y llenas de oprobio de su historia. Estamos en los años setenta donde los militares, con total impunidad, hacen y deshacen eliminando a cuantos se oponen a sus tejemanejes, haciendo del miedo su mejor herramienta para gobernar. Esta tesitura es el caldo de cultivo perfecto para que crezca la peor ralea y los más abyectos crímenes queden sin castigo; al menos sin castigo oficial.

"Todos somos cobardes, solo es cuestión de que nos atemoricen lo suficiente"

   Sin embargo, a pesar de todo, siempre hay valientes anodinos que se oponen al orden establecido, por mucha presión y amenazas que sufran, y con tenacidad siguen buscando la verdad y la justicia, o lo que ellos entienden por justicia. Cada uno a su manera y según sus capacidades intenta seguir el camino que su conciencia le dicta.

   Cabría esperar, y a tenor de lo ya contado, que esta es una novela policíaca. Hay un asesinato, y se busca a un asesino. Pero no lo es. Porque todas las novelas policíacas suelen terminar cuando se prende al criminal. Por lo general, no sabemos qué pasa después de capturar al homicida. Aquí sí, la historia continúa y nos cuenta qué puede ocurrir una vez resuelto un caso. O lo que ocurre después de haber resuelto este caso. 

   Porque pasan muchas más cosas y porque todo lo que ocurre después hará de Chaparro una persona distinta, tanto que, muchos años después y ya jubilado, escribe toda la verdad para que su conciencia no olvide y para que el lector sepa cuánto puede hacer un ser humano cuando se le lleva al límite, cuando las instituciones no responden, cuando uno mismo se ve obligado a tomar la iniciativa y resolver temas pendientes.

   La novela utiliza un ritmo muy bueno, con ciertos tintes de ironía y de humor negro el autor define muy bien los entresijos de la justicia argentina. La descripción de los personajes es estupenda, llena de matices que van más allá de los rasgos físicos. 

   Confieso que he tenido algunos problemillas a la hora de entender ciertas expresiones típicas del país donde se desarrolla la acción, pues utiliza en ocasiones un lenguaje coloquial que a mí, castellana de pura cepa, me ha costado comprender: ‘chapalear’, ‘redoblante’, ‘bolsillear’, ‘estar al pedo’, ‘volarse los patos’, son algunas de estas expresiones que solo por el contexto he conseguido medio entender.

   Pero, con todo y con eso, me ha encantado el estilo narrativo. Sacheri escribe muy bien y mantiene la intriga hasta el final revelando la verdad oculta de ese caso tan importante en la vida de Benjamín Chaparro, aunque un poco antes de llegar a esa revelación yo ya me la imaginé por lo que en ese aspecto no fue tan sorprendente como cabría esperar.

   Lo que sí me resultó sorprendente fue el porqué del título, hasta el final tampoco se explica y la verdad es que nunca hubiera imaginado ni la pregunta ni a quién pertenecían los ojos que la hacían. Ahí sí que fui sorprendida.

"La brevedad o la prolongación de la vida de un ser humano depende del caudal de dolor que esa persona se ve obligada a soportar"







20 de julio de 2016

Los herejes de Oxford

   En 1576 un joven Giordano Bruno se mete en problemas con la Inquisición. Le da por leer libros prohibidos, y en el convento donde reside desde los trece años, eso no está bien visto. Es entonces cuando huye de la vida monacal y recorre varias ciudades: Turín, Génova, Lyon y muchas más, pues él mismo dijo que "toda tierra es patria para un filósofo".

   Además de leer libros censurados por la Iglesia, defiende la teoría heliocentrista de Copérnico. No solamente la defiende, además la complementa diciendo que el Universo es infinito y que el Sol es una estrella más de las miles que lo conforman.

   El siglo XVI es "una época donde un filósofo o un científico necesita tanto coraje como un soldado para atreverse a expresar en voz alta sus pensamientos". Bruno tiene ese coraje, pero harto de huir por media Europa, decide buscar asilo en tierras más hospitalarias: Inglaterra. Allí se respetan todas las ideas... Todas las ideas que no sean católicas, pues la reina Isabel I mantiene una lucha cruel contra el Papa de Roma y sus seguidores. En Inglaterra no existe la Inquisición, pero el Consejo Privado persigue, tortura y ejecuta a cualquier sospechoso de ser papista.

   Corre el año 1583 y Giordano Bruno encuentra allí refugio, ya que la reina Isabel, supongo que siguiendo aquella máxima de 'los enemigos de mis enemigos, son mis amigos', le brinda protección. Bruno se dedica a defender sus teorías copernicanas en Oxford, concretamente en el Lincoln College. De todas formas la teoría heliocentrista tampoco está bien considerada entre los protestantes, por lo que su estancia no es todo lo cómoda que se podría esperar.


    El ambiente que Bruno encuentra en el Lincoln College es bastante tirante. La ruptura con la Iglesia católica por parte del padre de la reina aún levanta ampollas. Los católicos han tenido que abandonar su fe para abrazar la nueva si no querían ver peligrar su posición e incluso su vida. Hay una guerra soterrada de lealtades. Pero todavía hay reductos que sueñan con reinstaurar el catolicismo en Inglaterra, y se dedican, desde la más absoluta clandestinidad, a propagar la antigua y desterrada fe.
   
   Por todo esto Bruno, que es perseguido por la Inquisición pero es católico al fin y al cabo, no es bien recibido entre los profesores de la universidad. Pero a esta situación se añade un inconveniente más. Empiezan a asesinar a algunos docentes del centro, y además mueren de maneras que asemejan el martirio de algunos santos. Es entonces, cuando el filósofo despliega todo su potencial detectivesco y se dedica a investigar quién está detrás de tanto muerto.

    Porque esta novela, y aunque la introducción pueda hacer creer otra cosa, es de asesinos y asesinatos. Entre sus páginas encontraremos testigos que cuentan las cosas a medias -para dar más suspense al argumento-, rencillas personales entre los finados y que pueden explicar el motivo de su muerte, secretos ocultos que se van desvelando poco a poco, y muchas cosas más, típicas del género detectivesco. 

    Es una novela entretenida, muy bien documentada en cuanto a la vida de Bruno se refiere. Habla de las diferencias teológicas entre la Iglesia anglicana y la católica pero sin profundizar demasiado, algo que yo he agradecido, pues las disquisiciones doctrinales me agobian bastante. 

    El final es un poco rocambolesco y algo forzado pero se puede dar por bueno. La resolución de los crímenes es clara y definida.

    Pero de trasfondo se muestra, con cierta ironía, cómo la política utiliza la religión para obtener poder. Con el término "herejía" se busca perseguir al opositor, al que amenaza el poder establecido, siendo las ideas religiosas un potente instrumento que facilita la tarea de limpiar el camino de obstáculos.

   El fanatismo de unos y la avaricia de otros, son el abono necesario para que los poderosos tengan títeres a su servicio que les hagan el trabajo sucio. 

Jugar a la política con vidas ajenas forma parte del camino a la hora de medrar, y constituye también la verdadera herejía 





Hada verde:Cursores
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