Segunda novela que tiene como protagonista a un ex-agente del MGB (servicio secreto de la URSS), Leo Demidov.
Stalin ha muerto y parece que aires nuevos llegan a las repúblicas soviéticas. Nikita Kruschev es el Jefe de Gobierno y quiere suavizar la presión sobre sus gobernados. El mandatario elabora un discurso donde se intenta anunciar que algo está cambiando en las altas esferas políticas y que la sangrienta represión que caracterizó el mandato de Stalin es algo reprobable que no se volverá a repetir. Ese discurso pretende ser algo así como una confesión y una disculpa, a la vez que el punto de partida de una nueva era.
Sin embargo la sección más reaccionaria del Partido no quiere perder ni un ápice de poder y mucho menos tener que rendir cuentas por sus abusos del pasado. Este sector confabula para que el cambio no se dé y todo siga igual, por lo que el pretendido discurso no puede difundirse y deberá permanecer escondido.
En este marco Leo Demidov ya no es un agente al servicio de la maquinaria comunista sino un policía de la unidad de homicidios. Una unidad que apenas cuenta con medios pues en el régimen totalitario de la Unión Soviética los homicidios no existen. Pero Leo, al igual que la mayoría de los que trabajaron a las órdenes de Stalin, tiene un pasado oscuro lleno de asesinatos y acciones reprobables.
Tantos años de represión sangrienta no se pueden borrar de un plumazo por un simple discurso. Hay demasiado dolor, demasiados muertos, demasiados fantasmas que impedirán la redención. Una antigua víctima de Demidov resurgirá del pasado como un espectro y volverá en busca de venganza.
Con estos mimbres se urde un thriller trepidante y con mucha acción. En un intento de salvar a su familia, el único elemento que puede realmente redimir y salvar a Leo de su pasado, el ex-agente soviético irá a un gulag en la parte más septentrional de Rusia, volverá a Moscú y llegará hasta una Hungría revolucionaria que quiere dejar de ser un satélite de la URSS.
Me 'enamoré' de Leo Demidov leyendo El niño 44. La integridad de este hombre me pareció asombrosa, a pesar de su manera de actuar se mostraba como un ser convencido de sus ideas y con un alto sentido del deber y del compromiso. Además en aquella novela se hacía una crítica demoledora de la represión stalinista.
Disfruté mucho con aquella lectura y me dispuse a hacer lo mismo con ésta. Lamentablemente la novela me decepcionó. Se vuelve a insistir en la misma crítica político-social aunque Stalin ya está muerto y los nuevos dirigentes parecen tener un talante más benigno -todo lo benigno que puede ser un sistema autoritario basado en la represión-. Puestos a repetir las mismas técnicas pensé que en esta segunda entrega también habría un desconocido asesino al que perseguir. Ahí no reincidió el autor: el personaje malvado -que lo hay- se conoce desde el principio. Además, en esta ocasión, el héroe de mis sueños únicamente se limita a repartir -y a recibir- mamporros a diestro y siniestro.
Cuando una lectura resulta decepcionante siempre causa frustración, pero cuando se ha leído previamente algo relacionado con ella y que gustó mucho, ese desengaño es mayor. Es por eso que me ha dado mucho coraje no conectar con Leo como lo hice en aquella primera novela que tanto me conmocionó.
No obstante, me gusta ser positiva y aprender de las malas experiencias. En este caso he aprendido dos cosas: que me tengo que leer bien las críticas de una novela antes de empezarla y que los dichos populares casi siempre tienen razón, en concreto el que dice "Nunca segundas partes fueron buenas".
Kirke



