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31 de diciembre de 2025

Quién tuviera melena

 

—Hay que reconocer que el tipo está de muy buen ver. Tiene muy buena planta, sí señora.

—¿Buen ver? ¿Buena planta? Mira que eres remilgada. ¡Está como un queso! Solo por mirar a semejante pibón les perdono a esos soplagaitas que nos incordien con sus cámaras y sus cachivaches. Cuánto trasto para rodar una película.

—Bueno, tampoco te pongas así porque no es el primer galán que nos visita con esa manía que les ha dado con rodar aquí... La abuela me dijo que una vez estuvo uno muy alto, moreno, con las sienes plateadas y con bigote que levantaba suspiros por donde iba. Clark Gable dijo que se llamaba.

—No creo que aquel actor supere al rubio este. Es que hay que ver… Mira lo que está haciendo ahora. ¡Madre mía! Lo que no ha conseguido este sol de justicia lo va a lograr el gachó: ¡me derrito! ¡¿Lo ves?!

—¿El qué? ¿Que le está lavando la cabeza a su compañera? No sé qué tiene eso de extraordinario. Y menos entiendo por qué lo graban.

—Hija, qué sosa eres. Esa escena rezuma sensualidad por todos los poros. Ya me gustaría a mí que me lavaran el pelo así.

—Pero ¿qué dices? ¡Si ni siquiera tienes melena! Eso es cosa del otro sexo.

—Pues qué lástima haber nacido con el sexo equivocado, entre otras cosas, para no tener que currar tanto, que somos nosotras las que damos el callo y porque si tuviera una buena melena me dejaba yo hacer por ese buenorro hasta la permanente.

—No blasfemes, hermana. Además, en cuanto te acercaras a él te pegaba un tiro. ¿No te das cuenta de que es un cazador?

—Su personaje es un cazador, él no.

—¡Lleva rifle!

—Da igual. Me he fijado y no sabe ni cómo se dispara. No me extraña, con esa carita de ángel… Además, las balas que usan no son de verdad, me lo contó una colega. Dice que se acercó a husmear y que otro de los actores se asustó y le disparó con uno de esos rifles; hizo mucho ruido, pero no le provocó ninguna herida.

—No te fíes. De todas formas, las armas de los nativos que van con el equipo de la película sí son de verdad. Yo no me acerco ahí ni de coña. No obstante, esa obsesión por traer personajes que son cazadores me da mala espina.

—¿Y qué quieres? Si vienen a rodar aquí no van a ser profesores de física cuántica los protagonistas. En Kenia no hay muchas universidades, pero sabana y animales para cazar… los que quieras. Aunque, últimamente ya hay menos.

—¿Cazadores?

—Animales.

—Yo no digo que aquí se hagan películas sobre profesores universitarios, pero… no sé. El tema ya cansa. Cualquier día, alguno se mete demasiado en su papel y se pone a pegarnos tiros de verdad.

—De todas formas, eres una exagerada. También han venido a rodar películas donde no había cazadores.

—¿Sí? Dime una.

—Lawrence de Arabia.

—Tienes razón, ahí no salían cazadores… de animales, pero había guerras y soldados que también iban armados. Variaciones sobre el mismo tema. El caso es que hay tiros y muertos y… peligro. Esta gente está mejor en sus casas, o en los escenarios naturales de sus países. Que filmen sobre sus cosas y nos dejen en paz a los demás.

—¡Arrea! ¡Nos están apuntando!

—¡Corre, hermana! ¡Corre!

—Nos están apuntando, pero con las cámaras, so tonta. ¡Nos graban! ¡Joder! Y yo con este pelaje. Tenía que haberme bañado en el río antes de venir.

—Deja de darte lametazos. Vámonos antes de que les dé por apuntarnos con otro tipo de objetivo, como el de una mira telescópica.

—No, yo no me voy. Quiero que el rubiales se fije en mí.

—Pero tú… ¿te estás escuchando? ¡Que son humanos! Nos largamos. Ya es hora de conseguir comida para la manada. Al otro lado de la colina he visto un rebaño de cebras de lo más apetitoso.

—Que no. Me quedo. Yo quiero que el rubio me mire con esos ojos azules y que me lave el pelo.

—Y dale. Que eres una leona… ¡No tienes melena!

 




 NOTA: En estas fechas se suele recordar a quienes durante el año nos dejaron. Con este relato yo rindo homenaje a un actor que se fue hace tres meses, uno de los grandes y un amor platónico de mi juventud: Robert Redford.


20 de febrero de 2019

"Absurdamente" (Antología del absurdo I) - Pedro Fabelo


Este es el primer volumen de una antología de relatos sobre un tema poco tratado (por desgracia) en la literatura: el absurdo.

Soy una persona que no suele dejarse llevar por la primera impresión. En el caso de la lectura no valoro un libro hasta que llevo por lo menos la mitad del mismo leído (a no ser que el libro sea un coñazo de campeonato y tenga que abandonar antes por una cuestión de salud mental). Pero hay excepciones. A veces, ya en las primeras páginas adivino que ese libro me va a gustar. Un primer párrafo muy bien escrito y original o un inicio intrigante suelen ser la clave para despertar mi curiosidad y hacerme saber que voy a disfrutar mucho con una historia.

Algo parecido me ocurrió con "Absurdamente", pero más exagerado. E inaudito. Porque supe que me iba a gustar mucho no ya en el primer párrafo sino antes de iniciar la lectura propiamente dicha; fue en las citas iniciales. Esto no me había pasado nunca. Y es que nada más abrir la portada aparecen estas dos citas:

Todo el universo es una gran broma. Frank Zappa.
Ya te digo. Pedro Fabelo.

Con semejante arranque yo me dije: esto promete. Y así fue.

Pero si ya esas dos citas auguraban una buena lectura, el primer relato me enganchó por completo, y en este caso fue porque me tocó la fibra sensible-laboral. Muchos de vosotros sabéis que soy farmacéutica y si hay algo a lo que un boticario no puede sustraerse es a conocer nuevos fármacos y a leer un buen prospecto. A mí, esas cosas me ponen; será deformación profesional. Bien, pues este primer volumen de "Absurdamente" comienza en una consulta donde una doctora prescribe humor absurdo a un paciente aquejado de sobreexposición a la realidad y es entonces cuando se muestra un prospecto entrañable con todos los elementos (indicaciones, modo de empleo, presentación, efectos adversos, etc.) para conocer las virtudes y los inconvenientes en caso de sobredosis de tan original remedio. Flipé en colores.

Una vez que el lector se informa de que el humor absurdo es una de las mejores terapias contra el malestar general, ese que deviene tras enfrentarse a la cruda realidad, todo lo que aparece a continuación son diferentes dosis de tan fantástico medicamento en distintas variantes (formas farmacéuticas en lenguaje boticario).

Esas variantes pueden ser en forma (farmacéutica) de historias entrañables como el cariñoso homenaje a Robin Williams tras su desaparición (En memoria de Robin Williams) o como la descripción de la sala de espera de una consulta en un ambulatorio (Sala de espera); en forma de historias desternillantes, como la de un taxista que un día descubre qué son los intermitentes y para qué sirven (Diario de un taxista en Nueva York); en forma de historias picantonas (Polvo de estrellas, yo no tenía ni idea de lo que realmente significaba ese término); o en forma de diálogos delirantes (e inquietantes) como el que se da entre dos agentes del KGB y un usuario de Facebook (Grotesco e inquietante).

Diferentes formas (farmacéuticas) pero un mismo principio activo: el humor absurdo.

Hay algunos relatos que se adentran en la filosofía, y a este respecto hay uno en concreto (Romanticismo) que me ha dejado perpleja y sumamente preocupada. No me gustaría destripar la historia pero en él, a modo de deducción lógica, se llega a una conclusión espeluznante: “Todos los jefes son unos románticos”. He revisado coma a coma cada paso de esa deducción y no le encuentro fisuras. ¡Estremecedor!

Otros relatos se internan en la prosa poética donde las comparaciones, además de acertadas, son preciosas. Y para muestra esta estupenda píldora:

“La ignorancia es como un laborioso operario que trabaja día y noche sin descanso colocando ladrillo sobre ladrillo levantando un muro imaginario que sirve para marcar las diferencias; mientras que el conocimiento es como una potente excavadora que se encarga de derribar ese mismo muro con la facilidad que le otorgan el entendimiento y la inteligencia.”

Pero no solo hay diversión y risas en estos relatos. En casi todos ellos subyace una crítica feroz al orden establecido y ahí es donde, a mi modo de ver, reside el mayor valor de este libro.

Utilizando el humor absurdo, Pedro Fabelo se ríe de todo y de todos, pero también denuncia. Deja al descubierto, a través de situaciones delirantes, la realidad que nos toca vivir, acreditando toda la falacia que nos rodea. Nos movemos en un mundo lleno de hipócritas de todo tipo, de fariseos que vigilan con minuciosidad el comportamiento de los demás, mientras que se relajan descaradamente con el suyo propio. El autor se ríe de todo pero con una risa agridulce porque pone en evidencia qué mal está el cotarro.

Además de un sentido del humor absurdo (con juegos de palabras de una agudeza exquisita) el autor hace gala de una gran erudición. Las alusiones a muchos referentes de la cultura en diferentes campos (del cine, de la literatura, de la música, etc.) son magníficas y muy variadas. Kubrick, Kafka (indirectamente), Frank Zappa, Kiarostami, Joyce, son algunos de los aludidos pero no siempre de manera positiva, y si no que se lo pregunten a la pobre de Danielle Steel (no me gusta nada esta escritora pero me dio un poco de penita porque Fabelo es inmisericorde con ella, algo que, por otra parte, se merece).

Y por si esto no fuera suficiente para engancharse a la lectura de este primer volumen, el estilo narrativo es más que impecable. Con sencillez, pero sin caer en la simpleza (como a él le gusta la escritura), relata historias de manera fluida y entretenida. Los diálogos —esa herramienta tan poderosa y tan peligrosa pues no es fácil de manejar— son excelentes y contribuyen a la fluidez de la lectura, facilitando que el libro se lea casi de una sentada.

Si al principio de esta reseña hablaba del fantástico inicio del libro, el final no le va a la zaga. Para terminar, Fabelo nos explica por qué escribe, entre múltiples motivos se encuentran estos:

“Me gusta escribir para mostrar mi enfado o mi decepción con algunas personas, o para denunciar algo mediante la burla o la crítica despiadada.”

“Me gusta sentir el afecto de la gente que me lee y que le gusta lo que escribo y cómo lo escribo.”

Suscribo al cien por cien sus motivos pues yo misma he experimentado lo mismo al escribir. Yo misma he utilizado la escritura para liberar la impotencia y la decepción que me reportan algunas situaciones. En esto me siento identificada con el autor pues he sentido lo mismo que él. Bueno… lo mismo, lo mismo… no, porque el lugar donde manifiesta este tipo de sentimientos yo nunca lo he visitado. Si queréis saber a qué lugar me refiero tendréis que leer el libro, así veréis satisfecha vuestra curiosidad y de paso os divertiréis con una lectura entretenida, muy buena y completamente recomendable.



25 de mayo de 2017

"Irreal como la vida misma" - Josep Mª Panadés

 

   En anteriores ocasiones he reseñado que los relatos cortos no me suelen gustar mucho, que prefiero las tramas más largas porque me implico más en la historia.

   Sin embargo, libros como este me hacen cambiar de opinión. Está claro que si el relato es bueno, da igual la extensión del mismo. Se puede contar mucho en muy poco espacio y esto es lo que pasa con "Irreal como la vida misma".

   Además de encontrar en este libro historias muy buenas, hay mucha variedad. El autor, Josep Mª Panadés, toca diferentes temáticas y lo hace muy bien.

   Entre las páginas de este libro uno se puede encontrar historias entrañables como la de un payaso que no hace reír, historias singulares como la del origen de una pareja famosa de gánsteres, historias cargadas de alegorías sobre la mala conciencia y el peso de la culpa, historias crudas sobre la violencia de género, historias inquietantes que ocurren a la cuatro y cuarto, historias de fantasmas malditos, oscuros secretos y muertes extrañas, apariciones, túneles donde al final no se encuentra la luz. Las historias transcurren en el tiempo presente, en tiempos pasados o en un futuro año 2092.

   Josep Mª Panadés tiene muchos registros, engancha con su manera de contar las cosas, nos pone en antecedentes sobre los personajes que protagonizan sus relatos (personajes que, como él mismo señala en el epílogo, podríamos encontrarnos en la vida real) y sorprende con finales inesperados.

   Y para rematar todo esto, además lo hace con un lenguaje muy cuidado, con un vocabulario rico pero sin caer en la pedantería ni en la retórica barroca que utilizan algunos autores, sobre todo si son noveles, para impresionar y hacernos creer que son muy cultos. Josep Mª escribe bien pero sin agobiar con vocablos rebuscados o sintaxis enrevesadas.

   Una delicia leer  unas historias entretenidas y además con una prosa tan cuidada. Recomendable al 100%.





                                                         


Hada verde:Cursores
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