Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

18 de octubre de 2026

El bueno de Axel

 Siempre he sido la oveja negra de la familia. Cuando algo salía mal la culpa recaía en mí indefectiblemente. Yo era el perfecto culpable. En la otra cara de la moneda: mi hermano menor; el idealista, el aplicado y amante hijo. El bueno de Axel.

Mis padres no ocultaron nunca su predilección por mi hermano, y eso que mi madre también se llevó lo suyo en cuanto a culpa inmerecida.

Antes de nacer nosotros vivían de gorra en un casoplón perteneciente a las múltiples propiedades de mi abuelo. La mansión estaba rodeada de frondosos árboles y preciosos jardines. Allí, dada la desahogada posición del benefactor paterno, nada les faltaba y se pasaban el día tocándose las narices. Además, como no tenían vecinos en las cercanías, practicaban el nudismo y el amor libre, aunque esto último era algo monótono porque solo se amaban entre ellos dos dada la falta de vecindario.

Entre los frondosos árboles había todo tipo de frutales de los que se servían sin mesura: jugosos melocotones, carnosos plátanos, refrescantes naranjas… Pero a mi madre lo que le gustaba a rabiar eran las manzanas. Además, de todos los bichos que por la heredad pululaban, cantarines ruiseñores, gráciles gacelas, elegantes cisnes… ella se encaprichó de una serpiente y allá donde iba se la llevaba.

Mi abuelo era generoso con mis progenitores, pero también muy maniático con algunos temas, cosas de la edad porque era ya muy mayor cuando mis padres se casaron. Tenía un huerto solo para él donde había un manzano que cuidaba personalmente. Entre sus manías también se encontraba el odio que profesaba a los reptiles en general y a las serpientes en particular.

El encontronazo entre mi abuelo y su nuera fue inevitable. Verla pasear con la serpiente de un lado a otro le traía por la calle de la amargura, pero el día que la pilló comiéndose una manzana de su árbol preferido montó en cólera. Tal fue el cabreo que desheredó a mi padre y los echó de la propiedad.

—Tu padre está senil. Mira que ponerse así por una simple manzana, hay que joderse. Deberías hacer algo para incapacitarlo.

—¡Qué dices, Ava! Mi padre tiene poder en todas partes. Una guerra con él está perdida de antemano. Me buscaré un trabajo.

—¿Tú? ¿Trabajar? Pero si no sabes hacer nada, Aidan. Siempre criado entre algodones. Nos vamos a morir de hambre.

A pesar del pesimismo de mi madre consiguieron salir adelante. Ahorraron un pequeño capital montando un modesto negocio de manualidades (de su época hippie y de amor libre habían desarrollado la habilidad de confeccionar pulseras y collares con abalorios). Ese inicial taller, con el discurrir del tiempo, se convirtió en una joyería que dio copiosos beneficios permitiéndoles vivir con cierto desahogo.

En ese hogar nacimos mi hermano y yo. Antes de la llegada al mundo de Axel, yo era el hijo único que recibía todas las atenciones, pero en cuanto nació el pequeño quedé relegado a un segundo plano. Tan solo se fijaban en mí para regañarme o hacerme responsable de alguna fechoría que no siempre era culpa mía.

Ese resquemor me acompañó toda mi juventud y lo mostré en forma de rebeldía al convertirme en adulto. En lugar de hacerme cargo del negocio familiar decidí montar mi propia empresa, una gestoría inmobiliaria. Mi hermano Axel asumió la dirección de la joyería cuando nuestro padre se hizo mayor y pensó en jubilarse. Aun así, no dejó sus otras aficiones entre las que se encontraba ser voluntario de una asociación que acompañaba ancianos en residencias de mayores y la gestión de una ONG que suministraba material escolar a poblados africanos deprimidos.

A pesar del rechazo paterno por mi desvinculación con la familia, mi negocio prosperó. En seguida me di cuenta de los pingües beneficios que reportaba la especulación inmobiliaria. Me especialicé en comprar inmuebles ruinosos por precios irrisorios para rehabilitarlos y venderlos como pisos de lujo. Algunas veces me encontraba con el inconveniente de que el edificio en cuestión estaba habitado, pero solventaba el problema fácilmente aumentando los alquileres y desahuciando a los morosos en cuanto dejaban de pagar. Lo de echar a inquilinos indeseables me venía de familia porque mi abuelo fue todo un referente.

La joyería era modestamente rentable, solo daba para vivir sin grandes alardes. Mi capital siempre fue muy superior al de mi hermano, pero mis padres siempre le ponían a él como ejemplo.

—Camilo, ¿has visto qué piso más bonito se ha comprado tu hermano? —me dijo mi madre una de las pocas veces que fui a comer con ella—. Es un loft muy coqueto. Recogidito y muy mono. Además, tiene de vecinos a unos manteros ¿no te parece entrañable?

«Recogidito» era el eufemismo utilizado por mi madre para describir un apartamento de cuarenta metros cuadrados con una sola ventana y un dormitorio donde los pies de la cama topaban con la puerta de la nevera en la cocina.

Mono era mi chalet. Una de las mejores mansiones de La Moraleja desde cuyo jardín podía ver las barbacoas que celebraban en sus respectivos hogares media plantilla del Real Madrid. Pero para mis padres era mucho mejor el pisito de mi hermano Axel y sus vecinos marginales.

Todo estalló cuando mi abuelo, que había pasado bastante de nosotros desde el incidente de la manzana y la serpiente, nos invitó a mi hermano y a mí a participar de una iniciativa de la multinacional que presidía desde hacía lustros.

—Quiero que me presentéis un proyecto para diversificar capital. Hacienda me cruje y tengo que inventarme algo para eludir el fisco. Vosotros sois, al fin y al cabo, familia y la familia es lo primero a pesar de lo tarambanas que fueron vuestros padres —nos espetó el viejo cuando acudimos a su despacho en una de las torres más altas de la ciudad.

Me puse manos a la obra. Soy un tiburón de las finanzas, mi cuenta bancaria lo acredita, así que estaba seguro de salir vencedor en esta nueva competición con mi hermano.

Presenté en el consejo de administración un proyecto de acero y ladrillo para construir vivienda social que se podría sujetar a los beneficios fiscales que deseaba mi abuelo. Era un trabajo pesado, fruto de mis años lidiando con el polvo y el sudor de las obras. Además, encubría perfectamente una maniobra empresarial para, en muy pocos años, revender esas viviendas, supuestamente creadas para los más necesitados, a precios mucho más altos a población con mayores recursos.

Axel, fiel a su talante, presentó un proyecto para formar una plataforma de economía colaborativa que conectaría a personas necesitadas con recursos excedentes. Una especie de ayuda humanitaria derivada de los millonarios beneficios anuales de la empresa.

A punto estuve de carcajearme con la propuesta de mi hermano. Hay que ser moñas. Sin embargo, los miembros del consejo de administración se decantaron por su proyecto, desechando el mío por abusivo e interesado.

—No te enojes, Camilo —me dijo mi hermano mientras tomábamos unos canapés y una copa de vino tras la celebración del consejo—. Tú ya construyes edificios. Nada cambia para ti.

—¿Eso es lo que crees que hago? ¿Construir edificios? Ofrezco alternativas, hago crecer la ciudad, convierto barrios abandonados en zonas residenciales. Yo creo prosperidad —contesté enfadado—. ¡Qué sabrás tú de mi trabajo si nunca te has dignado a visitar los lugares que rehabilito!

—Eso no es justo. Sé a qué te dedicas, pero para que no me juzgues mal, mañana mismo iré a uno de esos edificios que reconstruyes.

Le llevé a uno de los más elevados. Cuando estábamos en la azotea contemplando el perfil de la ciudad, Axel se echó a reír.

—¿Qué te parece tan gracioso? —le pregunté.

—Desde estas alturas todo parece insignificante. Incluso tu fortuna y tu trayectoria profesional.

—¿Menosprecias mi trabajo?

—Solo quiero que sepas que nada de esto es importante, ni tú ni yo ni nadie. Solo importa el todo del que formamos parte.

Creo que ha quedado patente lo mal que me cae mi hermano, por su gazmoñería y su buenismo, pero en realidad lo que me saca de quicio de él es cuando se pone trascendental, a todo le quiere dar un viso espiritual. En esos momentos no le soporto. Y en aquella azotea, después del varapalo con mi proyecto, oír tanta sandez hizo que perdiera la poca paciencia que tengo.

—De acuerdo, hermano —le repliqué—. Prepárate para formar parte de algo.

Antes de que supiera de qué estaba hablando, lo empujé y cayó al vacío dando con sus huesos encima de uno de los huecos preparados para la cimentación de un nuevo edificio aledaño, justo al lado de la hormigonera, un aparato que me vino muy bien para cubrir su cadáver.

Axel ahora forma parte de los cimientos de una vivienda con siete plantas, piscina y cancha de pádel.

La policía ha venido a verme hoy otra vez para preguntarme nuevamente si sé dónde puede estar mi hermano. Les he dicho lo mismo que en anteriores ocasiones: planeaba irse del país, a repartir ayuda a los más necesitados. ¿África? ¿Algún país del sudeste asiático? Ni idea de a donde ha podido ir. Hay muchos lugares donde se necesita ayuda y mi hermano está dispuesto a dársela a todos ellos. El bueno de Axel.

NOTA: Este es un relato para el taller de escritura Bremen del que formo parte. En esta ocasión el tema a trabajar era "hermanos". 
Quizás a algunos la historia les suene de algo pero Axel y Camilo son fruto de la mente calenturienta de esta autora.


2 de octubre de 2026

Amor de piedra

 Ramiro acusaba el cansancio de tantas noches de trabajo; solo eso podía explicar las voces que creía oír en la solitaria sala del museo.

Su especialidad en arqueometría y análisis de la policromía antigua le había capacitado para trabajar en uno de los museos más prestigiosos del mundo: el Museo Arqueológico Nacional. Sus novedosos conocimientos de la más avanzada tecnología colorimétrica le permitían descifrar los secretos químicos ocultos en restos arqueológicos de gran valor sin dañarlos y obtener así información importantísima.

La famosa institución estaba preparando una exposición internacional sobre estudios actualizados de las grandes piezas ibéricas del museo: «Los colores del pasado: del Mediterráneo al Atlántico». Para dicha exposición habían requerido los servicios de Ramiro; debía analizar dos de las piezas más valiosas y famosas de la colección: la Dama de Elche y la Dama de Baza.

Debido a los estrictos protocolos de seguridad las esculturas no podían trasladarse a los laboratorios subterráneos por lo que el joven arqueólogo tenía que trabajar «in situ», en las horas que el museo permanecía cerrado al público y en una penumbra acogedora (y algo intimidante) para no alterar la humedad y la temperatura ambientales.

«Mediante el uso de luces multiespectrales podemos hacer hablar a las piedras» solía comentar a sus colegas, aunque lo de «hablar» lo decía en plan metafórico, por eso las voces que creía escuchar a altas horas de la madrugada las achacaba al cansancio.

—Buenas noches, Ramiro —le saludó el guardia de seguridad cuando fue a comprobar que todo estaba en orden.

—Buenas noches, Mateo. Por favor, revisa si la conexión wifi se vincula con algún dispositivo y se transmite cierto tipo de sonido por megafonía —le comunicó el joven ante la posibilidad de alguna interferencia.

—No hay nada enchufao —contestó el segurata—. Además, yo no oigo ná.

—No te preocupes. Seguro que son imaginaciones mías.

—Si no me necesita me voy a seguir la ronda.

—Adelante, Mateo. Yo recojo esto y me voy, ya está bien por hoy. Necesito descansar.

***

—Que son imaginaciones, dice. Este chico será un portento en lo suyo y guapo a rabiar, pero es un pelín pazguato —se oyó una voz en la sala 13 donde unos momentos antes se encontraba Ramiro trabajando.

—Con esos dos luceros que tiene por ojos y con ese tronío que se gasta el gachó, puede ser todo lo pazguato que quiera. Nadie es perfecto —contestó otra voz femenina con acento andaluz.

—Mira, chica, no te hagas ilusiones porque no tienes nada que hacer. Ramiro es mío y él también denota su predilección por mí. Las mujeres de Elche no podemos evitar esa fascinación en los hombres —suspiró la primera voz con tono engolado.

—Eso sí que son imaginaciones, estirá.

—¿No has percibido con qué mimo me toca y el arrobo con que me mira?

—¡A pijo sacao! Pues claro que te mira alobao, porque tienes más años que la tos. Además, esas cosas que llevas en la cabeza, que parecen las orejeras de un sillón, llaman la atención hasta a un ciego —espetó la andaluza—. Conmigo sí que se queda cuajao. Babeando le vi el otro día cuando se acercó a mí. En Baza yo ya levantaba suspiros cuando estaba viva y alguna cosa más llegué a levantar que no te voy a contar  por no escandalizarte que eres muy remilgada, aunque darte un poco de sonrojo lo mismo no te venía mal porque estás blanca como el papel. Quilla, ¿tú no tomabas el sol en Elche?

—El andar al aire libre es cosa de la plebe. Yo soy una dama y siempre me moví entre palacios y mansiones. Incluso mi efigie ha sido la inquilina de las más ilustres estancias. ¡Yo estuve en el Louvre! Viví en París, pero una provinciana como tú no puede entender lo que significa eso.

—Así te has quedao, paliducha y con cara de amargada. Ramiro nunca se enamoraría de una estirá. Él es viril y fuerte, admira el valor y pa eso ya estoy yo aquí: una guerrera sagrada, mi ajuar así lo muestra. ¡Soy la hostia!

—Una ordinaria es lo que eres. No se puede ser más basta, por favor —replicó la de Elche con tono desabrido y burla—. Yo soy un símbolo de identidad cultural. He inspirado a múltiples poetas gracias a mis facciones perfectas y helenistas. Mi belleza no tiene parangón.

—Ni tu engreimiento. Serás una belleza, pero… no estás entera. Ya me dirás cómo Ramiro te va a dedicar ciertas atenciones si te falta casi todo del cuerpo, porque solo eres un busto. En cambio, mírame a mí: enterita, de arriba abajo y con un color que para ti quisieras.

—El verdadero amor es el del intelecto. Ramiro se enamorará de mi ser, no de mi cuerpo. Somos almas gemelas que comparten el amor por la cultura. Al principio le está atrayendo mi físico, pero eso solo es la puerta que le dará acceso a estancias más recónditas y placenteras que van más allá de lo puramente sensual.

—Cucha, esaboría, donde estén unas buenas caderas como las de la menda… déjate de intelectos y estancias recondidas.

De pronto, un fuerte carraspeo interrumpió el diálogo entre las dos esculturas. Seguidamente se oyó otra voz con acento de Albacete y procedente de una escultura con cuerpo de toro y cabeza humana.

—Perdonad que interrumpa. No he podido evitar oír vuestra conversación, entre otras cosas porque aquí no hay otra cosa que hacer y porque no he tenido más remedio ya que el pedestal al que me han dejado anclado me impide largarme e irme a mi Balazote natal. Solo quería haceros notar un pequeño detalle a tener en cuenta en vuestra pelea por el amor del bello Ramiro: ¿sois conscientes de que estáis hechas de piedra?

—¡¿Quién te ha dado a ti vela en este entierro?! —contestaron a la vez las dos damas.

El toro con cabeza humana se calló y no volvió a intervenir, pero un escalofrío recorrió su cuerpo de piedra caliza mientras pensaba: «Estas dos acaban mal».

—Es mejor que dejemos esta discusión porque no nos conduce a nada —concedió la de Elche—. No le doy la razón a un ser tan desagradable de ver como es la bicha —añadió refiriéndose al toro—, pero no puedo rebajarme a discutir con una palurda como tú —volvió a añadir esta vez refiriéndose a la de Baza.

—Pero ¿tú qué te has creído, tía esparramá? Eres una estirá que se cree la reina del Mambo porque ha viajado a París. Los rodetes que tienes en la cabeza te comprimen los sesos y te han dejado p’allá. Insulsa insufrible.

—Qué despliegue tan fascinante de vulgaridad. Se nota que pasaste siglos enterrada bajo el barro. Por mucho colorido que poseas, la finura no se compra con pintura barata. Tu falta de distinción no se puede decorar.

—Cucha, petarda, te voy a dar yo un par de lecciones sobre distinción con las falcatas que tengo yo aquí para defenderme de imbéciles como tú.

—¿Me vas a agredir? Pero qué simple puedes ser. La bicha ya te lo ha avisado: somos de piedra. ¿Qué vas a hacer para llegar hasta mi pedestal? Ordinaria y tonta; lo tienes todo, hija mía.

—No me provoques señoritinga que me pierdo…

***

ÚLTIMA HORA: Vandalizan la Dama de Elche.

 

MADRID. — El Museo Arqueológico Nacional (MAN) ha sido escenario en las últimas horas de un preocupante acto de vandalismo. Según fuentes de la investigación, un grupo de desconocidos logró burlar todos los controles y protocolos de seguridad del edificio durante la pasada noche, logrando acceder de forma directa a la Sala 13, el espacio noble destinado a la colección de Protohistoria.

Una vez en el interior de la sala, los intrusos se ensañaron de manera exclusiva con una de las piezas más valiosas y emblemáticas del patrimonio histórico español: la Dama de Elche. La dirección del centro ha confirmado que los vándalos, utilizando un objeto punzante, esculpieron de forma permanente las palabras "Paliducha estirá" en la frente de la milenaria escultura de piedra caliza. Ninguna otra pieza arqueológica del entorno, como la Dama de Baza o la Bicha de Balazote, sufrió daños materiales.

La Brigada de Patrimonio Histórico de la Policía Nacional ya investiga el suceso y analiza las grabaciones de las cámaras de seguridad para esclarecer cómo se vulneró el perímetro. Por su parte, el equipo de conservación y restauración del museo se enfrenta a una situación crítica; al tratarse de un grabado por incisión sobre un material poroso y antiguo, el daño en la superficie de la obra es directo, lo que requerirá una intervención microscópica de extrema complejidad para intentar mitigar el impacto estético en la pieza.

Fuentes cercanas al museo nos han desvelado que, para la restauración, requerirán los servicios de un joven y reputado arqueólogo que ya trabaja para ellos:  Ramiro de la Torre Caverna. El elegido ha declarado: «No es mi especialidad, pero haré todo lo que esté en mi mano por restaurar una pieza tan bella y delicada. Me dedicaré a esta importante misión en cuerpo y alma».


 



NOTA DE LA AUTORA: Esta es un relato para el taller del Colectivo Bremen. Toda la historia es fruto de la imaginación de la autora, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

Por fortuna, tanto la dama de Baza como la de Elche se encuentran en perfecto estado y, que se sepa, no hay ninguna rivalidad entre ellas. Menos mal.


1 de septiembre de 2026

Al cobijo de una rana

 


La tormenta primaveral era antológica, como lo suelen ser todas en Madrid. Se desató con toda la furia de los elementos sorprendiendo a los transeúntes desprevenidos y sin paraguas; al menos eso es lo que le había pasado a Micaela. En mitad del Paseo de Recoletos la pilló el aguacero; los goterones iniciales (grandes como monedas de cincuenta céntimos) que anunciaban el apocalipsis en forma de lluvia ya la hicieron correr por el bulevar en busca de refugio. La marquesina de una parada de autobús fue su primera elección, lamentablemente también fue el lugar elegido por muchos otros de sus conciudadanos sin paraguas y el lugar estaba abarrotado de gente, siguió corriendo cuando ya las gotas del principio se habían convertido en una cortina de agua, los pocos portales que permanecían abiertos a pesar del temporal también se hallaban ocupados por paseantes resguardados de la lluvia.

Desesperada y calada hasta los huesos se resignó a su suerte y a pillar un resfriado que, a buen seguro, la tendría con fiebre unos cuantos días. Sin embargo, y en medio de la acera, vio una estructura metálica, parecía la figura de un animal. Sin pensárselo se dirigió allí porque aquella cosa tenía cuatro patas y debajo había lugar para cobijarse.

Medianamente a salvo del aguacero comprobó que «esa cosa» que la cobijaba era una rana. «¿Qué o a quién se homenajea erigiendo un monumento a una rana?» se preguntó Micaela escurriendo el fino abrigo de paño empapado. En una placa situada a los pies de la rana de metal se podía leer: «Rana de la Fortuna». Al levantar la vista se dio cuenta de que aquello se encontraba enfrente de un casino y entonces le cuadró el lugar y el motivo de tan insólito elemento urbano.

Fortuna le pareció a Micaela encontrarla para poder huir del aguacero, aunque puestos a pedir suerte hubiera sido mejor que no hubiera llovido nada.

Con superstición tocó la panza metálica del bicho (llena de símbolos). No necesitaba suerte en el juego (suponiendo que ese era el motivo dada la ubicación) porque no era aficionada a apostar, ni siquiera compraba lotería. Su única relación con el juego había sido las partidas de mus en la universidad y de tute con su abuelo. Si había tocado la rana era porque andaba muy necesitada de buena estrella ya que últimamente su vida era un desastre.

Tras cinco años como becaria en un bufete de medio pelo, había conseguido llegar a pasante, pero su precario puesto se tambaleó ante la llegada de una nueva compañera que, con su presencia y don de gentes, había encandilado a todo el personal (incluida, por desgracia, a la directiva) relegando a Micaela a las funciones de becaria y en su nivel más bajo, es decir, a llevar cafés para los demás. Cuando Starbucks instaló una máquina con siete variedades de café e infusiones, su misión en el despacho perdió sentido y la pusieron de patitas en la calle con un paupérrimo finiquito en las manos.

Mientras se lamentaba de su negra suerte se fijó que, en el edificio del otro lado del paseo, la Biblioteca Nacional, había un gran cartel anunciando una exposición. El título, «Homo homini lupus» era llamativo, e ininteligible para Micaela que no tenía ni idea de latín, pero en letra más pequeña, y gracias a su buena vista, pudo leer la traducción debajo en el mismo cartel: el hombre es un lobo para el hombre.

Con ese título supuso que la exposición trataría sobre la caza de los lobos (o algo parecido), pero no le cuadraba que ese tema se expusiera en la Biblioteca Nacional, sería más propio el Museo de Ciencias Naturales. Intrigada buscó en internet con su móvil.

Parece ser que la frase era de un filósofo llamado Thomas Hobbes «¡Qué curioso! Me pega más que lo hubiera dicho Félix Rodríguez de la Fuente» se dijo Micaela con una sonrisa recordando el visionado de unos documentales de la 2 que se llamaban «El Hombre y la Tierra» y que le fascinaban a su abuelo.

«La expresión se utiliza para describir la crueldad, egoísmo y desconfianza que los seres humanos pueden mostrar entre sí», siguió leyendo en internet. Levantando la vista de la pantalla del móvil, Micaela reflexionó sobre ello.

Tras su experiencia laboral con un final tan desastroso se dijo que era verdad. Ese despacho de abogados era una manada de lobos: se habían comportado con ella de manera cruel y egoísta. Después de tantos cafés repartidos, de saberse de memoria los gustos de todo el personal (Marina, la de derecho familiar, quiere el café solo y sin endulzar; Javier, el de facturación, cortado y con sacarina; Manuel, el conserje, doble y con dos sobres de azúcar…). Ella creía que les caía bien, pero nadie movió un dedo en señal de protesta cuando decidieron despedirla, ni un abrazo de consuelo recibió. Tan solo Asunción, la mujer de la limpieza, se limitó a lanzarle una tímida sonrisa de conmiseración cuando salió por la puerta del bufete. ¡Qué desgraciados!

Aunque la peor había sido Lorena, la nueva, la que, con sus risitas, sus faldas cortas y sus generosos escotes que mostraban un busto igualmente generoso, se los había metido a todos en el bolsillo, especialmente a los hombres y a Anabel, la recepcionista, lesbiana declarada que había salido del armario en los años noventa.

Nada más llegar, Lorena se hizo con la cartera de un nuevo cliente (un concejal al que le habían pillado con las manos en el culo de su secretaria) ya que su máster sobre acoso laboral en la Universidad de Oxford la acreditaban para gestionar la denuncia. También tenía otro máster sobre derechos del colectivo LGTBI lo que la catapultó a colaborar en la gestión de varias cuentas de empresas que estaban decidiendo si poner un tercer retrete en sus instalaciones para los transgénero.

Micaela el único título que poseía tras terminar la carrera era un curso de fotografía en blanco y negro realizado en un taller del ayuntamiento en el Centro Cultural de su barrio. Además, usaba una talla de sujetador 70 A.

La manada de lobos (sus compañeros) había atacado a la oveja (ella) y la habían devorado cruelmente, con saña y alevosía, para luego tomarse un café y ayudar a la digestión.

Micaela también sabía que la manada necesita de un líder (esto lo aprendió viendo los documentales de Rodríguez de la Fuente con su abuelo), un lobo alfa que los guiaba y decidía qué presa atacar. En este caso había sido Lorena, la nueva, la pechotes como la llamaba Manuel.

Esa era la responsable, sin ningún género de dudas. La loba alfa

Micaela miró hacia el encapotado cielo y pensó: «No, no es una loba. ¡Es una zorra!»




13 de julio de 2026

Presentación "El legado de Circe" en Cádiz: Café de Levante


El miércoles 17 de junio a las 19:30 h por fin llegó el momento de presentar «El legado de Circe». El lugar, el Café de Levante, famoso por sus actividades culturales. Por sus mesas han pasado personajes eminentes de la cultura española y, ahora, también yo.

Los instantes previos fueron un cúmulo de sensaciones. Estaba muy, pero que muy ilusionada. Quienes se encontraban conmigo me preguntaban si también estaba nerviosa y, la verdad, no sabía muy bien qué contestar porque lo que sentía era difícil de describir. Ahora, tras el paso de los días, creo que la definición exacta sería decir que no estaba nerviosa, estaba acojonada.

24 de junio de 2026

Presentación "El legado de Circe" en Cádiz: Sobrevivir a una entrevista.

 




En esto de escribir y publicar una novela estoy teniendo vivencias de lo más variopintas y extraordinarias.

Una vez salvado el que parecía un escollo insalvable que fue publicar la novela vino el siguiente paso: darla a conocer.

2 de abril de 2026

La hora del planeta

 Este relato es el resultado de un ejercicio propuesto en el taller de escritura al que pertenezco. El tema, en esta ocasión, era "Puntualidad" y esta gamberrada es lo que me ha salido. Disculpad la broma.

LA HORA DEL PLANETA

En la relojería «La hora del planeta» reina el caos. Varios operarios corren de un lado al otro mientras que, desde el despacho del director general, don Minuto Exacto, se oyen unos gritos furibundos.

—¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Esto es un desastre! ¡Reunión en el taller principal ahora mismo! —grita don Minuto con el rostro enrojecido por la furia.

Todos los trabajadores y mandos intermedios se van a una espaciosa sala donde, sobre miles de mesas llenas de piezas de relojería, se montan los relojes de todo tipo que rigen el tiempo en la Tierra. Clepsidras, relojes de arena, de sol, atómicos, múltiples utensilios capaces de medir el tiempo se encuentran desperdigados por el inmenso taller.

8 de febrero de 2026

El camarero de Tesla

 Mire, señor agente, a ese hombre no le aguantaba nadie, las cosas como son. Yo no fui el único que se enfadó con él, había muchos que le tenían ganas y algunos eran gente de postín. Que no digo yo que eso sea suficiente para matar a nadie, pero si su muerte es sospechosa busque en las altas esferas, no entre los que todos los días teníamos que aguantarle. Porque era un petardo, sabe usted. Un auténtico coñazo de tío y disculpe por hablar así de un muerto, pero las cosas claras y el chocolate espeso.

12 de enero de 2026

Un sueño hecho realidad

 

Empiezo el año en el blog anunciando una noticia largamente esperada, al menos por mí.

Hace más de seis años me embarqué en una aventura con final incierto: escribir una novela. De entrada, me pareció una osadía por mi parte pretender hacer algo así, pero como soy de natural atolondrada y me vengo arriba fácilmente, pues me tiré de cabeza a la piscina.

31 de diciembre de 2025

Quién tuviera melena

 

—Hay que reconocer que el tipo está de muy buen ver. Tiene muy buena planta, sí señora.

—¿Buen ver? ¿Buena planta? Mira que eres remilgada. ¡Está como un queso! Solo por mirar a semejante pibón les perdono a esos soplagaitas que nos incordien con sus cámaras y sus cachivaches. Cuánto trasto para rodar una película.

—Bueno, tampoco te pongas así porque no es el primer galán que nos visita con esa manía que les ha dado con rodar aquí... La abuela me dijo que una vez estuvo uno muy alto, moreno, con las sienes plateadas y con bigote que levantaba suspiros por donde iba. Clark Gable dijo que se llamaba.

—No creo que aquel actor supere al rubio este. Es que hay que ver… Mira lo que está haciendo ahora. ¡Madre mía! Lo que no ha conseguido este sol de justicia lo va a lograr el gachó: ¡me derrito! ¡¿Lo ves?!

—¿El qué? ¿Que le está lavando la cabeza a su compañera? No sé qué tiene eso de extraordinario. Y menos entiendo por qué lo graban.

—Hija, qué sosa eres. Esa escena rezuma sensualidad por todos los poros. Ya me gustaría a mí que me lavaran el pelo así.

—Pero ¿qué dices? ¡Si ni siquiera tienes melena! Eso es cosa del otro sexo.

—Pues qué lástima haber nacido con el sexo equivocado, entre otras cosas, para no tener que currar tanto, que somos nosotras las que damos el callo y porque si tuviera una buena melena me dejaba yo hacer por ese buenorro hasta la permanente.

—No blasfemes, hermana. Además, en cuanto te acercaras a él te pegaba un tiro. ¿No te das cuenta de que es un cazador?

—Su personaje es un cazador, él no.

—¡Lleva rifle!

—Da igual. Me he fijado y no sabe ni cómo se dispara. No me extraña, con esa carita de ángel… Además, las balas que usan no son de verdad, me lo contó una colega. Dice que se acercó a husmear y que otro de los actores se asustó y le disparó con uno de esos rifles; hizo mucho ruido, pero no le provocó ninguna herida.

—No te fíes. De todas formas, las armas de los nativos que van con el equipo de la película sí son de verdad. Yo no me acerco ahí ni de coña. No obstante, esa obsesión por traer personajes que son cazadores me da mala espina.

—¿Y qué quieres? Si vienen a rodar aquí no van a ser profesores de física cuántica los protagonistas. En Kenia no hay muchas universidades, pero sabana y animales para cazar… los que quieras. Aunque, últimamente ya hay menos.

—¿Cazadores?

—Animales.

—Yo no digo que aquí se hagan películas sobre profesores universitarios, pero… no sé. El tema ya cansa. Cualquier día, alguno se mete demasiado en su papel y se pone a pegarnos tiros de verdad.

—De todas formas, eres una exagerada. También han venido a rodar películas donde no había cazadores.

—¿Sí? Dime una.

—Lawrence de Arabia.

—Tienes razón, ahí no salían cazadores… de animales, pero había guerras y soldados que también iban armados. Variaciones sobre el mismo tema. El caso es que hay tiros y muertos y… peligro. Esta gente está mejor en sus casas, o en los escenarios naturales de sus países. Que filmen sobre sus cosas y nos dejen en paz a los demás.

—¡Arrea! ¡Nos están apuntando!

—¡Corre, hermana! ¡Corre!

—Nos están apuntando, pero con las cámaras, so tonta. ¡Nos graban! ¡Joder! Y yo con este pelaje. Tenía que haberme bañado en el río antes de venir.

—Deja de darte lametazos. Vámonos antes de que les dé por apuntarnos con otro tipo de objetivo, como el de una mira telescópica.

—No, yo no me voy. Quiero que el rubiales se fije en mí.

—Pero tú… ¿te estás escuchando? ¡Que son humanos! Nos largamos. Ya es hora de conseguir comida para la manada. Al otro lado de la colina he visto un rebaño de cebras de lo más apetitoso.

—Que no. Me quedo. Yo quiero que el rubio me mire con esos ojos azules y que me lave el pelo.

—Y dale. Que eres una leona… ¡No tienes melena!

 




 NOTA: En estas fechas se suele recordar a quienes durante el año nos dejaron. Con este relato yo rindo homenaje a un actor que se fue hace tres meses, uno de los grandes y un amor platónico de mi juventud: Robert Redford.


22 de diciembre de 2025

Un paseo por Francia: La bruja turista.

 

Abandonamos las playas del desembarco con un sabor amargo en el paladar por tanta muerte inútil y yo, además, con un buen dolor de cabeza de resultas de mi experiencia paranormal con los nazis y sus conversaciones telefónicas.

Nuestro siguiente destino era la ciudad de Ruan (Rouen en franchute) que es la capital de Normandía, famosa por su casco antiguo medieval, su profusión de iglesias góticas y porque allí se cargaron a Juana de Arco.

Temerosa de que me volviera a dar otro patatús que me hiciera viajar en el tiempo y harta ya de tantos sobresaltos no me separé en ningún momento de mis acompañantes. Así recorrí las estrechas calles de Ruan disfrutando de sus iglesias, de su reloj astronómico y de un espectáculo de luces proyectadas en la fachada de la catedral donde se hacía un repaso de la historia de la ciudad.


Imbuida de la historia guerrera de Ruan cuando fue asaltada por vikingos que se asentaron allí y fundaron su propia dinastía con el jefe Rollon (según la serie de TV «Vikings» era hermano de Ragnar Lodbrok) me paseé por sus calles imaginándome que por ahí también anduvieron esos aguerridos combatientes noruegos.


Llegamos hasta la plaza del Mercado Viejo (Vieux Marché en franchute) donde los ingleses le dieron matarile a Juana de Arco (lo de que los ingleses anduvieran por Ruan es cosa de la Guerra de los Cien Años, para más información acudid a cualquier enciclopedia). Entre matojos y hierbas que estaban pidiendo a gritos que los podaran había una placa que señalaba el lugar donde quemaron a la alucinada de Juana cual falla valenciana en la Nit del Foc.

El morbo que me embargó estar donde chamuscaron a Juana de Arco hizo que rompiera mi propósito de no separarme del grupo. Me adentré en la espesura del jardín, que más parecía vergel salvaje por la falta de cuidados jardineros, para leer bien la oculta placa. Y al hacer esto… la fastidié.

—¡Qué desagradecidos! —dijo una voz femenina.

No presté demasiada atención porque estaba intentando recordar el franchute del colegio y traducir «bûcher».

—¡Después de todo lo que hice por ellos me trataron como a una bruja! —continuó mi interlocutora.

—¡Hoguera! —exclamé yo cuando recordé qué significaba «bûcher» en francés e ignorando a quien me hablaba.

—Efectivamente, en la hoguera acabé —replicó la voz.

Sin mirar a la dueña de la voz, cerré los ojos y me dije: «Jobar, tengo al lado a Juana de Arco. Esto es un sinvivir.» Resignada y harta de tanta aparición me giré hacia mi nueva acompañante. Era una mujer de unos cincuenta años y no iba vestida de ninguna de las maneras a como representan a Juana, es decir, con cota de malla y armadura, tampoco presentaba quemaduras en el cuerpo, algo que agradecí internamente porque hubiera sido muy desagradable. Aunque no encajaba lo que estaba viendo con quien suponía que tenía delante de mí, le dije:

—Juana, supongo.

—Sí —me contestó inclinando levemente la cabeza.

A pesar de su afirmación seguía sin cuadrarme lo que veía. Juana de Arco murió con 19 años y aquella mujer era más mayor. «Tener visiones y guerrear castiga mucho el cuerpo» me dije.

—No te lo tomes a mal, pero te veo desmejorada. En la estatua que tienes en tu capilla de la catedral sales bastante más joven.

—¿Yo tengo una capilla en la catedral? —preguntó con los ojos como platos.

—Claro, porque primero te acusaron de brujería, pero luego rectificaron y te hicieron santa. ¿No te enteraste?

—No tenía ni idea. ¡Qué cosas! Si me viera mi madre iba a alucinar. A ella también la acusaron de brujería, pero como confesó solo la azotaron y la desterraron. Lo mismo debería haberse dejado quemar y ahora también sería santa —añadió lanzando una carcajada que dejó al descubierto una dentadura podrida y maloliente.

—¿Tu madre también tenía visiones de dios? —pregunté al mismo tiempo que me anotaba mentalmente volver a leer sobre Juana de Arco porque, evidentemente, tenía lagunas al respecto.

—No. Curaba con plantas como hacía yo. No creo que viera a dios en su vida, huíamos de las iglesias como de la peste —volvió a carcajearse regalándome otra imagen maravillosa del interior de su boca.

—Vamos a ver —repliqué yo pinzándome el puente de la nariz— ¿de verdad que eres Juana de Arco?

—No. Soy Juana Harvilliers. Bruja confesa y quemada en la hoguera, para servirte a ti y al diablo —se carcajeó haciendo un reverencia.

—¡Otra Juana quemada aquí!

—A mí me ejecutaron en Ribemont, unos cientos de kilómetros más al nordeste.

—¿Y qué haces en Ruan?

—Turismo. ¿Y tú?

—También, pero no sabía que los fantasmas… fueran turistas.

—Vagar por la eternidad es muy aburrido y hay que distraerse como una puede. Vengo aquí porque hay mucha animación. Parece ser —se arrimó a mí en gesto confidencial— que aquí quemaron a otra bruja por interés político: les hizo un favor a los ingleses y luego se la quitaron de encima.

—Ya. Algo he oído yo también. ¿Y a ti por qué te quemaron?

—Por envidia. Se me daba bien curar, pero no iba a misa. Un granjero enfermó y como no conseguí sanarlo dijeron que yo le había provocado la enfermedad con solo mirarlo y que por eso había muerto. Un clásico. Me arrestaron, me torturaron y confesé porque de aquella no iba a salir y cuanto menos durara el suplicio eso que me ahorraba. Me quemaron y aquí estoy —concluyó con un gesto de resignación.

—Sí, tienes razón, una historia habitual cuando de brujas se trata.

—Lo que no es tan habitual es que a algunas las hagan santas —dijo señalando con la barbilla la placa que recordaba el lugar de la hoguera de su tocaya.

—Ya ves. Ella —señalé yo también la placa— sí iba a misa. A lo mejor ahí radica la diferencia.

—Puede. Te tengo que dejar, me voy a la catedral.

—¿A misa? —pregunté extrañada.

—¡Qué dices! No entré en ninguna iglesia cuando estaba viva, no lo voy a hacer ahora que estoy muerta —contestó carcajeándose otra vez—. Voy a ver la fachada, me he enterado de que ponen un espectáculo de luces muy bonito.

—¡Sí! ¡Mola un montón!

Juana se fue sin decir más despareciendo de mi vista al doblar una esquina, aunque sus carcajadas siguieron oyéndose unos instantes más.

Con su risa en mis oídos me reintegré al grupo de mis compañeros y nos encaminamos al hotel, cerca del Sena. Al día siguiente finalizaba nuestro viaje por Francia, pero antes visitaríamos de nuevo París.

La visita a la capital de Francia, como todas las que he realizado, fue estupenda, pero eso lo dejaré para otra ocasión porque París bien vale una misa… y un buen relato aparte.

 

FIN (fin en franchute)




GLOSARIO

El arquitecto del rey

La amante destronada

El pirata con contrato

Quiero regresar a casa

No son horas

La bruja turista




1 de noviembre de 2025

Un paseo por Francia: No son horas.

 Con el corazón en un puño debido al encuentro con el soldado Campbell me desplacé unos kilómetros al oeste, hacia una fortificación alemana en la que había varios cañones. 

—Esta es la batería de Longues-sur-Mer. Forma parte de una extensa línea de fortificaciones defensivas que los nazis construyeron para protegerse de una invasión de los aliados. A toda la línea defensiva se le llamó Muro Atlántico —me explicó mi marido todo entusiasmado. 

El entusiasmo de mi media naranja con el mundo bélico nunca lo he entendido. No conozco a nadie más pacifista que él, por no hablar de que se tiró toda la mili renegando de la pérdida de tiempo, pero sabe más de armamento que muchos ministros de defensa. Paradojas de la vida. 

—Estos cañones —prosiguió mi churri con un brillo en los ojos— son de 150 mm.

—¿Quince centímetros? Pero si miden por lo menos seis o siete metros —le repliqué mirando la mole de metal.

—150 mm es el diámetro de la munición —me contestó con cierto tonito condescendiente, sabedor de que yo sobre armas y municiones no tengo ni pajolera idea, como había quedado de manifiesto con mi absurda pregunta—. Son de largo alcance. Desde aquí dispararon a los buques aliados cuando vieron que se acercaban a la costa.


Los cañones en cuestión, que medían bastante más de quince centímetros, estaban protegidos por una especie de carcasa de hormigón armado. Dentro de esa carcasa supuse que se colocarían los artilleros para darles caña a los aliados. 

—Disparaban a los buques, ¿y también a los soldados que desembarcaron? Porque desde aquí no se ve la playa —pregunté pensando en el soldado inglés y sus compañeros.

—No, a esos les disparaban desde una línea más cerca de la costa, en los búnkeres que están a unos metros de la arena, donde terminan las dunas.

Mi marido siguió contando aspectos técnicos de los dichosos cañones, creo que dijo algo de que eran de fabricación checoslovaca, pero no estoy segura porque empecé a sentirme mareada. Todo me daba vueltas y caí al suelo. Pensé que había perdido el conocimiento porque al abrir los ojos ya era de noche. Aturdida miré a mi alrededor y no vi ni a mi marido ni a nadie del grupo con el que viajaba. «¿Me han dejado sola?», me dije, enfadada. «¡No me lo puedo creer!».

Sin embargo, no estaba sola. Dos hombres hablaban en voz baja. Su actitud me resultó sospechosa por lo que no me di a conocer. Sin hacer ruido y procurando que no me vieran me acerqué a ellos parapetándome tras un bloque de piedra.

—Ya llegan, tío, ya llegan. 

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

—Que llegan los aliados.

—No flipes, agonías, que eres muy agonías. No puede ser. El Führer dijo que el desembarco iba a ser en Calais. Es lo lógico, es el tramo más estrecho que separa Gran Bretaña con Francia.

—Pues el Führer se equivoca. Están aquí —replicó el agonías mirando por unos prismáticos—. Estoy viendo varios acorazados y destructores.

—¡Buques de guerra! ¿Estás seguro? 

—Pesqueros no son y embarcaciones de recreo tampoco. Estos no vienen de vacaciones.

—¡Joder! Hay que avisar al jefe de la defensa. Voy a pedir que me pongan con el mariscal —dijo el otro soldado acercándose a una radio.

—¿Con Rommel? Pues busca el número de Berlín porque aquí no lo vas a encontrar. Se ha ido a celebrar el cumpleaños de su mujer.

—¿Qué dices? ¿No se halla en Francia? Nos están dando la murga con lo de que los aliados están al caer y ahora que vienen, él se va. ¡Manda huevos!

—Como el parte meteorológico decía que estos días iba a hacer mal tiempo supuso que esta semana no vendría nadie por mar. De hecho, hay bastantes olas. La verdad, no sé cómo se les ocurre a estos —el agonías señaló hacia los barcos— intentar desembarcar con tanta marejada.

—Pues habrá que avisar a alguien.

—Que decidan los que llevan galones. Llama a algún mando.

El aludido habló con alguien a través de la radio y en unos minutos un coche apareció. Del vehículo se bajó un tipo con gorra de plato y con un uniforme de color gris verdoso, en la pechera de su guerrera lucía una aparatosa insignia con un águila y una cruz gamada. Los dos soldados que estaban en el cañón, el agonías y su compañero, se cuadraron en cuanto le vieron.

—¿Qué es eso de que llegan los aliados? Si deciden atacar, será por Calais, el punto más cercano al continente desde la   pérfida   Albión.    Deme    sus prismáticos —le dijo el recién llegado al agonías.

—¡A sus órdenes, coronel! —contestó el aludido más tieso que un palo.

Cuando el oficial comprobó con sus propios ojos que los soldados no mentían puso cara de circunstancias.

—¡Ya están aquí! Neutralizaremos la invasión hasta que nos lleguen los refuerzos. Prepárense todos para disparar en cuanto estén a tiro y siguiendo las coordenadas de los observadores —les gritó a los soldados—. Voy a dar orden de ametrallar desde los búnkeres a los efectivos que consigan llegar a la playa. Pero necesitamos que movilicen las divisiones Panzer, que las traigan desde Calais a Normandía. Esa orden solo puede venir del Führer —añadió pinzándose el puente de la nariz—, pero su interlocutor es Rommel. Y el mariscal está en Berlín. Ya podía cumplir años su santa esposa otro día. ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¿Qué hacemos?

Los dos soldados se miraron entre sí porque no sabían si la pregunta era retórica o realmente les estaba preguntando a ellos cómo actuar. 

—Voy a llamar yo directamente a la Cancillería del Reich. A ver qué pasa —continuó el coronel para alivio de los reclutas que se vieron exentos de tomar decisiones—. Soldado, páseme la radio.

Tras trastear con el aparato un buen rato, el oficial consiguió línea con Berlín. Allí le dijeron que el jefe estaba de veraneo, en los Alpes. Un buen rato después consiguió comunicación con Berghof, donde se ubicaba la residencia de verano de Hitler. Desde mi escondite asistí a toda la conversación.

—Guten morgen (buenos días, en alemán). Aquí el coronel Schneider. Llamo desde el frente del Muro Atlántico. ¿Está el Führer? Que se ponga.

—¿Guten morgen? —contestaron desde el otro lado de la línea—. Dirá más bien Gute nacht (buenas noches, en alemán). ¡Son las cinco de la madrugada! No son horas de llamar.

—Lo sé, pero necesito hablar con Herr Hitler, es importante.

—El jefe está durmiendo y no le gusta que le interrumpan el descanso porque se pone de muy mala leche, así que deje su mensaje y ya le avisaremos, que no son horas, caramba.

—Dígale que los aliados están desembarcando en Normandía, lejos de Calais. Necesitamos que dé la orden de movilizar las divisiones Panzer, no sabemos cuánto tiempo podremos retenerlos.

—Vale, tomo nota. Cuando se despierte ya le paso el recado.

El coronel cortó la comunicación y se quitó la gorra para rascarse la nuca. A pesar de que hacía bastante frío pude ver cómo sudaba profusamente.

—A esperar —les dijo a los dos soldados que no salían de su asombro tras escuchar la conversación por radio.

Miré el reloj que tenía el oficial, marcaba las 5:30h, y me dije que, siendo alemán, Hitler no tardaría mucho en despertarse así que en breve el coronel recibiría instrucciones. Me equivoqué. Hitler era muy alemán y muy ario para muchas cosas pero en lo de madrugar parecía español porque el tiparraco se despertó a las 12 de la mañana. Ya le vale. 

Transcurrieron siete horas amenizadas con un concierto de cañonazos de las baterías hacia los miles de barcos que se veían en el mar y ráfagas interminables de ametralladoras que, desde el borde de la playa, impedían a los desembarcados avanzar. El ruido era ensordecedor. Esas largas horas a mí se me hicieron eternas,  porque estaba convencida de que sufría una alucinación y temía los posibles daños cerebrales que me la estaban causando. 

Mientras yo esperaba salir de esa pesadilla y el oficial se mesaba su rubio cabello, la radio volvió a sonar. El Führer había despertado ¡Por fin! 

—¿Coronel Schneider? —se oyó al otro lado de la línea.

—Al aparato —contestó el rubio.

—Le he pasado su mensaje a Herr Hitler y dice que no se lo cree.

—¿Están dudando de mi palabra? Con el debido respeto: ¡esto es intolerable!

—No. A usted sí le cree. Lo que no se cree es que estén desembarcando de verdad. Piensa que es una maniobra de distracción y que el verdadero desembarco será en Calais, como él ha estado diciendo desde hace meses. Las divisiones Panzer se quedan donde están.

—Vamos a ver. Hay cientos de buques de guerra y miles de lanchas de desembarco. Llevan saltando al agua soldados en cinco playas desde hace ¡siete horas! Esto no puede ser un amago de desembarco. ¡Soldado! —gritó girándose a los artilleros— ¿Cuántos efectivos han llegado ya a las playas?

El agonías, sin dejar de disparar el cañón a su cargo y alzando la voz para que se le oyera respondió:

—Más de cien mil, según nos dicen los de transmisiones, pero siguen llegando muchos más. Y menos mal que los primeros se han ahogado porque los soltaron antes de tiempo. De momento están parapetados tras unas dunas porque las ametralladoras de los búnkeres los mantienen a raya, pero no sé cuánto tiempo vamos a aguantar así si no nos mandan refuerzos, mi coronel. 

—¿Ha oído, señor? ¿A usted le parece que desembarcar cien mil soldados es una añagaza?

—Pues a lo peor no. Espere. Voy a consultar.

Volvieron a pasar un par de horas más y entre tanto llegaban más y más soldados aliados, algunos sin ningún tipo de impedimenta porque se habían desprendido del equipo para poder salir a flote, esos eran los primeros en caer abatidos por las metralletas de la línea costera. Sin embargo, las cosas se estaban complicando para los alemanes, porque habían aparecido en el cielo aviones que empezaban a lanzar bombas. Dado que yo estaba ahora en ese bando, y por mucho asco que me dieran los nazis, recé para que se salvaran, al menos los que disparaban el cañón al lado del cual me encontraba. 

—Coronel, nos van a aniquilar, son muchos —espetó el agonías—. ¿Cuándo llegan los refuerzos? Esas divisiones Panzer preparadas desde hace meses para combatir la invasión tendrían que estar aquí ya, porque tan cierto es que nos están invadiendo como que yo me llamo Johannes.

El oficial cerró los ojos unos instantes antes de contestar.

—Dejen la posición. Aquí no hacemos nada. No voy a dejar que mueran mis hombres mientras en Berlín o en los Alpes están decidiendo si esto es de verdad o no. Estoy hasta la esvástica de tanto militar que hace la guerra desde un despacho. Daré la orden de retirada a toda la batería. Buen trabajo, soldados. Nos replegamos a Caen.

—¡A sus órdenes, coronel! —respondieron al unísono los dos combatientes.

Una vez que el oficial se fue en el coche, el agonías de Johannes le dijo a su compañero:

—Este —señaló con la barbilla al coronel— acaba gaseado en Auschwitz, se le va a caer el pelo por dar la retirada.

—Eso no es problema nuestro. Coge la radio que nos largamos.

—¡Espera! Hay alguien ahí, he visto una sombra.

Por desgracia, la sombra a la que se refería el agonías era yo. Cuando fijó la vista y me vio bien, se encaminó hacia mí con la mano levantada. 

—¡Una espía!

Cerré los ojos en un reflejo instintivo para no ver lo que se me venía encima. Entonces sentí un cachete flojito en la cara, muy suave para venir de un soldado alemán que se encaraba con quien él creía una espía. Abrí los ojos y vi el rostro de mi marido.

—Te has desmayado. ¿Qué te ha pasado? Menos mal que ya vuelves en ti. Parece una bajada de tensión —me dijo mirándome detenidamente— Vamos a tomarnos un café para que te repongas, aunque ya es algo tarde y los franchutes cierran muy pronto los bares. Lo mismo no encontramos nada abierto.

—Claro, tanto bombardeo y tanto esperar a que Hitler se despierte... hemos perdido el tiempo —añadí yo aún aturdida por lo que acababa de vivir.

—¡¿Qué?!

—¡Que no son horas!

NOTA: 
   Quiero dar las gracias a mi marido por el asesoramiento histórico-militar y por demostrarme, una vez más, que sabe mogollón de la Segunda Guerra Mundial; sin él esta publicación no hubiera sido posible.
   Aunque el relato está escrito en tono de humor y me he tomado algunas licencias literarias, lo de que Rommel (jefe al mando de la defensa de Francia ante la previsible invasión aliada) se fue al cumpleaños de su mujer porque hacía mal tiempo o lo de que no quisieron despertar a Hitler (el único con potestad para movilizar los refuerzos) cuando supieron de la invasión, es completamente verídico, aunque pueda parecer extraño viniendo de gente tan seria como son los alemanes y, encima, nazis.
No solo se perdieron unas horas preciosas esperando que el jefe se levantara de la cama (a las 12, para que luego digan de nosotros), es que, para más inri, va el tío y no se lo cree. Tan obsesionado estaba con que iban a desembarcar en Calais que pensó que le querían engañar con lo de Normandía. El tiempo que se desperdició provocó que algunas posiciones, como la de la batería de Longues-sur-Mer, fueran abandonadas dejando más libre el paso a los aliados. 
   Aun así, la batalla de Normandía duró casi tres meses; el desembarco tardó unas 10 horas, pero llegar hasta Caen (a 25 km) y tomar la ciudad supuso muchísimo más tiempo.
   El desembarco fue una chapuza (la primera línea de ofensiva estuvo más de 48 horas hacinada en las barcas de desembarco por el mal estado del mar y saltó antes de tiempo ahogándose la mayoría, los aviones no consiguieron destruir los nidos de ametralladoras que los estaban esperando…), pero los alemanes también tuvieron su buena cuota de errores lo que propició que la balanza se decantara a favor de los aliados.




27 de octubre de 2025

Un paseo por Francia: Quiero regresar a casa.

 


«Playa de Gold (Gold Beach) es el nombre en clave que recibió uno de los tramos de costa donde se realizó el desembarco del día D, el 6 de junio de 1944, durante la Segunda Guerra Mundial. El desembarco fue ejecutado por un compendio de tropas de Estados Unidos, Reino Unido y Canadá, además de soldados de otras naciones. En Playa Gold desembarcaron la 5ª División y la 8.ª Brigada blindada de Reino Unido. El enclave está situado entre las playas de Omaha y Juno. Está a la altura de la famosa población de Arromanches-les-Bains, una comuna de Francia a 25 km al noroeste de Caen y dentro del departamento de Calvados en la región de Normandía.»

A pesar de que la voz cadenciosa de la guía era sumamente arrulladora conseguí no dormirme en el trayecto en bus y escuché toda la explicación sobre el desembarco de Normandía. Los temas bélicos no me seducen especialmente, pero a mi chico sí y, por darle gusto, accedí a conocer las playas donde los aliados pusieron pie en territorio ocupado por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial.

Arromanches-les-Bains es un pueblecito costero, lugar de veraneo de los franceses que gustan del mar y no son muy exigentes con el buen tiempo ya que suele soplar el viento y hace bastante fresco en verano, por no hablar de la temperatura del agua que está gélida.

Tras visitar Gold Beach que, por mucho desembarco aliado que se diera en la guerra, es una playa normal, nos encaminamos a Arromanches. Esta localidad vive, esencialmente, de la fama del desembarco. Todos los establecimientos tienen nombres relacionados con el día D, la oficina de turismo está repleta de libros con fotos y reportajes sobre aquel día. Incluso, en la plaza, a modo de mobiliario urbano, están colocados carros de combate y otros vehículos militares.

Además, el año anterior habían celebrado el ochenta aniversario de dicho desembarco y aún quedaban restos de la conmemoración. De los tres ejércitos mayoritarios en el día D, el británico desembarcó en Gold Beach y por eso, en recuerdo de los soldados caídos en combate, por doquier aparecían coronas confeccionadas con amapolas (de tela, las de verdad no les durarían ni dos minutos al ser flores sumamente perecederas). Lo de recordar a los muertos en batalla con amapolas es muy british y a mí me dio la oportunidad de comprar algunas cosillas con esa flor (un pañuelo, una taza y un imán) ya que, junto al girasol, la amapola es mi flor favorita.

Si alguno se está preguntando qué tienen que ver las amapolas con los ingleses y con los soldados muertos aquí estoy yo para aclararos y daros luz.

Un poeta canadiense contó en un poema que la sangre derramada por los soldados británicos en Flandes durante la Primera Guerra Mundial se convertía en las amapolas que crecían entre las tumbas de esos soldados (o algo así, porque el poema no me lo sé, además de que está en inglés). El caso es que a la Royal British Legion le gustó mucho el símil y desde hace más de cien años se conmemora a los caídos de Reino Unido con esa flor: los británicos se ponen una amapola en la solapa (de tela, las de verdad no les durarían ni dos minutos al ser flores sumamente perecederas) todos los 11 de noviembre (Día del Armisticio de la Primera Guerra Mundial). Como he comentado anteriormente, no soy aficionada a los temas bélicos, pero sí le tengo afición a Sting y este cantante tiene una preciosa canción, Children’s Crusade, donde hace alusión a lo de las amapolas y los soldados, de ahí mi conocimiento del tema porque el poema anteriormente citado no me lo he leído.

Estrené mi foulard de amapolas para combatir la brisa marina que se estaba convirtiendo en un viento frío, y lo hice mirando el mar y la playa a la vez que reflexionaba sobre mi fijación con las amapolas: son flores campestres, rotundamente naturales, sin el artificio de las flores ornamentales de los jardines. Desde luego nada que ver mis motivos con los de los británicos para amar las amapolas.


Mientras me peleaba con el viento para anudarme correctamente el pañuelo vi a alguien saliendo del agua. Se acercó a mí tiritando (el agua estaba helada a pesar de ser el mes de julio). Me extrañó que no llevara bañador sino una camisa y un pantalón caquis. Si me encontrara en una playa del Mediterráneo hubiera pensado que era un náufrago de alguna patera, pero las aguas (océano Atlántico), el color de su piel (blanquísima), el de su pelo (rojo) y el de sus ojos (azules) me quitaron la idea de la cabeza consciente de lo políticamente incorrecto de mi razonamiento y de mis prejuicios.

—Quiero regresar a casa —me espetó sin más preámbulos.

No supe qué decirle. Para empezar, no sabía cuál era su domicilio y aunque lo supiera tampoco hubiera sido capaz de darle instrucciones para llegar porque yo no vivía en la zona.

Ante mi mutismo el chico (al acercarse me di cuenta de que era un chaval) insistió.

—Quiero regresar a casa.

—¿No sería mejor que te cambies de ropa antes? Con este viento y empapado vas a pillar una neumonía.

—Quiero regresar a casa. Me he perdido, tengo frío, necesito ir a mi hogar.

Esto último lo dijo entre sollozos. Entonces me percaté de que algunas de las gotas que surcaban su rostro no era agua de mar sino lágrimas.

—Te acompaño a una cafetería, te tomas algo caliente y vemos quién te puede dar ropa seca. ¿De acuerdo? —añadí yo agarrándolo del brazo e intentando serenarlo porque le noté muy asustado.

—¡No! ¡Quiero regresar a casa! —gritó desasiéndose de mí.

—Está bien, está bien —quise calmarle levantando las manos—. ¿Dónde vives?

—Quiero regresar a casa —repitió como un mantra con la mirada perdida.

Me fijé más en su indumentaria y vi que en una de las mangas de la camisa caqui tenía bordada la bandera británica. Debajo había otra insignia, también bordada, con unos dibujos extraños que no fui capaz de descifrar, tan solo el número 8.

«Ya estamos», me dije, «este es un soldado del desembarco». Sin despeinarme asumí que me volvía a topar con otro rarito y, como si tal cosa, le pregunté:

—¿Perteneces a las tropas aliadas que desembarcaron aquí?

—¡Soldado Campbell! ¡8.ª Brigada blindada de la armada de Su Graciosa Majestad! —me contestó marcialmente y con el saludo militar.

Empapado de agua y con esa cara de niño (calculé que no tendría más de diecisiete o dieciocho años), aquel saludo resultaba casi cómico si no fuera porque el pobre estaba realmente desesperado.

—Pues como quieras regresar a casa vas a tener que seguir nadando hacia el norte. En cuanto cruces el Canal de la Mancha ya has llegado —ironicé para quitarle hierro al asunto y por no saber qué contestarle a un muerto que quiere retornar a su morada.

—Quiero regresar a casa —insistió—. Me gustaría ver a mi madre. La echo de menos. Pero puede que sea más razonable buscar a mi regimiento y reintegrarme con ellos —se aplacó sentándose en la arena.

—Creo que eso va a ser más difícil que volver a casa. Me parece que ya no queda nadie —argumenté yo con un escalofrío en el cuerpo al pensar en la madre de aquel chico.

—¿Se han ido? Seguro que ya han tomado posiciones. Las órdenes eran poner pie desde el caserío de La Reviére hasta el caserío de Hamel. ¿Dónde está Hamel? He de ir allí.

—No tengo ni idea. No soy de aquí.

—¡Ah! ¿No? Entonces… ¿no serás alemana? —me preguntó con suspicacia.

—¿Alemana yo? Vamos a ver, chaval. Soy bajita, morena y con el pelo rizado. ¿Tengo pinta de ser de Alemania? —otra vez yo y mis prejuicios.

—Pues he de retomar el contacto con mi unidad. Por favor, ayúdame.

—Mira… lo de encontrar a tus colegas lo mismo es complicado…

—No entiendo cómo nos lanzaron tan pronto al agua —prosiguió sin hacerme caso—. Abrieron las compuertas de las barcazas de desembarco demasiado pronto, había demasiada profundidad, no hacíamos pie y algunos no sabían nadar. Y aunque supieras nadar, tampoco servía de mucho, el equipo y las armas pesaban demasiado y te hundías sin remisión. Yo me tuve que deshacer de todo, hasta de las botas y el casco, de lo contrario me hubiera ahogado como la mayoría de mis compañeros.

—Si abrieron las rampas para que saltarais al agua antes de tiempo, eso fue un fallo muy gordo. ¡Joder! Y decían que fue una operación muy bien programada.

—¿Bien programada? ¡Ja! Quisieron hacer el desembarco con luna nueva, por lo de que no nos vieran antes de tiempo lo que implicó que nosotros tampoco viéramos nada. También debía haber pleamar para no tener que caminar tanto, que aquí cuando baja la marea el agua se va a tomar por saco de la costa. Deberíamos haber desembarcado el día 5 de junio y varias horas antes nos metieron a los de primera línea en las barcazas, pero resulta que había temporal y decidieron posponerlo un día más, el 6 de junio. Sin embargo, a los que ya estábamos en las lanchas nos dejaron allí, casi dos días enteros, con un vaivén horrible, hacinados, sin apenas comer, mareados la mayoría, vomitando por las olas y el miedo… Aunque nos soltaron más lejos de lo que debían, yo casi lo agradecí, prefería morir ahogado que encerrado en aquella lata de sardinas. Cuando conseguí zafarme de todo el equipo, salí a flote y llegué a la orilla, pero los alemanes nos estaban esperando disparando desde los búnkeres. No sé qué pudo pasar. Se supone que la línea de defensa alemana debería haber sido neutralizada por nuestros aviones y los paracaidistas. Después de seis interminables horas agazapado tras unas dunas con los proyectiles de los nazis pasando a centímetros de mi cabeza, decidí regresar al agua, me pareció más seguro.

Sobrecogida por lo que estaba oyendo enmudecí imaginando el horror que debieron pasar aquellos soldados ese día que, en la actualidad, es tan alabado por todos. ¡Qué horror!

—Pero no encuentro a mis compañeros. ¿Qué voy a hacer? Al menos estoy vivo —se dijo para darse ánimos.

Mientras hablaba del espanto que tuvo que vivir me fijé en un agujero de su camisa, estaba a la altura de un costado y ahí la tela mojada presentaba un tono más oscuro, tirando a rojo. Espeluznada me di cuenta de que era el orificio que le había provocado alguna de las balas con las que los recibieron los alemanes nada más pisar tierra. Yo ya sabía que aquel muchacho estaba muerto, pero lo terrible era que él no.

Hasta ahora, entre la gente rara que me había encontrado cada uno, a su modo, era consciente de su estado, este chiquillo no. Entre lo aterrador de su relato y mi nuevo descubrimiento la boca se me secó y no fui capaz de decirle nada.

Sabía por mi marido, un devorador de libros y documentales sobre la Segunda Guerra Mundial, que en el desembarco de Normandía, el famoso día D, murieron cerca de 5.000 soldados (casi una quinta parte ahogados y no por culpa de las balas alemanas) y hubo unos 6.000 heridos y/o desaparecidos. Más de diez mil vidas truncadas en un conflicto bélico absurdo, como lo son todos los conflictos bélicos. Eso sin contar las bajas alemanas, que también fueron muchas.

El soldado Campbell no fue el único que no consiguió volver a casa. Miles de jóvenes no regresaron jamás; miles de madres perdieron a sus hijos mientras estos las echaban de menos.

El muchacho, consciente de mi silencio, se levantó de la arena y se volvió a internar en el mar.

—¿A dónde vas? —le pregunté.

—Quiero regresar a casa.








Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores