13 de julio de 2026

Presentación "El legado de Circe" en Cádiz: Café de Levante


El miércoles 17 de junio a las 19:30 h por fin llegó el momento de presentar «El legado de Circe». El lugar, el Café de Levante, famoso por sus actividades culturales. Por sus mesas han pasado personajes eminentes de la cultura española y, ahora, también yo.

Los instantes previos fueron un cúmulo de sensaciones. Estaba muy, pero que muy ilusionada. Quienes se encontraban conmigo me preguntaban si también estaba nerviosa y, la verdad, no sabía muy bien qué contestar porque lo que sentía era difícil de describir. Ahora, tras el paso de los días, creo que la definición exacta sería decir que no estaba nerviosa, estaba acojonada.

Mi acojone no era debido a tener que hablar ante un auditorio pendiente de mis palabras. Por suerte o por desgracia, soy docente y estoy acostumbrada a hablar delante de todo tipo de público (léase estudiantes). Entre mis oyentes he tenido de todo: los que asisten interesados y atentos, los que les importa un pimiento lo que digo y los que se dedican a mirar en el ordenador o en el móvil vídeos de Tik-Tok. No era eso lo que me tenía asustada. Lo que me preocupaba era que mi amigo Murphy (el de la ley de ídem) anduviera entre los asistentes.

La entrevista que realicé por la mañana fue de lo más accidentada y después de esa experiencia, francamente, estaba segura de que por la tarde sería peor.

Contemplé diferentes escenarios, todos ellos muy poco halagüeños; por mi mente pasaron escenas donde se desataba un incendio, se caía el edificio o, incluso, se producía un sunami (Cádiz está declarada zona proclive a sufrir este fenómeno por su proximidad a la falla de las Azores-Gibraltar con una elevada actividad sísmica).

Quizás gracias a estos pensamientos no me puse nerviosa ante el hecho en sí de presentar mi primera novela. Además, estar flanqueada por dos fantásticos escritores del Colectivo Bremen ayudó mucho.

Ana Rodríguez-Tenorio y Nacho Moreno se convirtieron en mis dos ángeles custodios en esta experiencia y ellos fueron los verdaderos responsables de que yo estuviera tranquila y cómoda. A los dos los conocía virtualmente por nuestras reuniones online del taller de escritura, de esa forma habíamos compartido muchas horas de charla literaria, pero yo prefiero el tú a tú del contacto directo y ese día tuve la ocasión de contactar así.

A Nacho ya lo había conocido personalmente unas pocas semanas antes del evento con ocasión de un viaje que hizo a Madrid por motivos laborales y a Ana la conocí en persona el mismo día de la presentación. Ese día constaté lo que ya sabía telemáticamente: son unas excelentes personas.

Mucho se habla del poder terapéutico de los abrazos. Doy fe de ello. Tener cerca a alguien que aprecias y poder sentir su cariño es reconfortante. Ana, Nacho y yo nos abrazamos como los amigos que somos y tuvo un significado especial porque lo habitual es que esos abrazos sean virtuales ya que, como he comentado previamente, nuestro trato había sido telemático siempre. Allí nos abrazamos de verdad. En ese momento supe que ni se iba a caer el edificio, que no habría ningún incendio y que la falla de las Azores-Gibraltar iba a estar tranquilita. Murphy podía venir si quería, pero le iba a dar igual porque con semejante compañía nada nos iba a fastidiar la velada.

Tras saludar a varios de los asistentes, entre ellos, Marta, la responsable del establecimiento, procedimos a la presentación en sí. Ana y Nacho me dedicaron unas preciosas palabras y supieron dirigir la charla a la perfección. Allí hablamos de brujas y de brujos, de plantas que curan y que matan, de comportamientos humanos y divinos (Circe estuvo presente en todo momento), de la aventura que supone publicar y de muchas otras cosas más. Hubo hasta un espontáneo que pasaba por allí y se encontró con la presentación y hasta se animó a comprar el libro porque se le había despertado la curiosidad.

Fue una velada estupenda.

Al final Murphy no vino, pero la que sí estaba fue Circe porque yo salí de allí sintiéndome una diosa de lo satisfecha que me sentí. Lo mismo de tanto hablar de ella se me está contagiando algo. Quizás, con el tiempo, aprenda a desarrollar el poder de convertir en cerdos a los que me incomodan y Murphy acabe en el horno un día de estos.












24 de junio de 2026

Presentación "El legado de Circe" en Cádiz: Sobrevivir a una entrevista.

 




En esto de escribir y publicar una novela estoy teniendo vivencias de lo más variopintas y extraordinarias.

Una vez salvado el que parecía un escollo insalvable que fue publicar la novela vino el siguiente paso: darla a conocer.

Como ya comenté anteriormente para publicar hube de recurrir a una editorial muy modesta, Meiga Ediciones, que si bien no me cobró ni un euro (algo con lo que yo estaba especialmente obsesionada) tiene sus inconvenientes. Uno de ellos es que la promoción es limitada y corre a cargo primordialmente del escritor. No me quejo, lo asumo conscientemente. Lo malo es que yo promocionando tengo muchas carencias.

Para empezar, el número de seguidores en mis redes sociales es muy bajo. Básicamente me siguen familiares, amigos y compañeros de trabajo junto a algún alumno. Dado que soy hija única y que me relaciono lo justo con mis semejantes, la cosa se traduce en que mi radio de interacción social es muy reducido.

Como prueba de que no miento aquí van mis datos de seguidores: en Instagram, 119; en Facebook, 80; en el blog, 156. Si a eso le añadimos que de esos seguidores una cuarta parte es la que realmente interactúa conmigo, se puede deducir que voy de cráneo a la hora de dar a conocer la novela.

Tengo pocos amigos (en el hipotético caso de que seguidores en redes sociales sea equiparable a amigos), pero son muy buenos. De hecho, gracias a dos de ellos la semana pasada presenté «El legado de Circe» en Cádiz.

De la presentación en sí misma y qué pinta una escritora madrileña como yo en Cádiz, hablaré en la siguiente publicación. Hoy me quiero centrar en los acontecimientos previos y que tuvieron que ver con dicha presentación.

Antes del evento en sí, estos amigos se encargaron de darle publicidad. Esa difusión se basó en dos hechos habituales para algunos, pero completamente insólitos para mí, a saber: una entrevista en la radio y la publicación de una noticia en el periódico.

El día antes de irme a Cádiz recibí una llamada de Canal Sur Radio. Se presentó un periodista citándome el día siguiente a las 10:05h de la mañana para realizar la entrevista telefónicamente. Tan nerviosa me puse, por lo bizarro de la propuesta, que no se me ocurrió preguntar si era en directo o en diferido. Como la hora era tan exacta, diez y cinco de la mañana, yo deduje, sin tener ninguna base, que sería en directo y deduje también (con la misma base que la anterior deducción) que sería cortita, algo de lo que me congratulé porque cuanto menos tiempo tuviera para hablar menor probabilidad tenía de hacer el ridículo.

A la situación tan insólita de que me entrevisten se añadía otro elemento que ya me daba mala espina. A la hora en que me entrevistarían yo estaba en el tren. La RENFE últimamente no se caracteriza por un buen funcionamiento y me temí que la calidad de la señal telefónica no iba a ser muy buena y cabría la posibilidad de que esa entrevista tuviera alguna dificultad. ¿Alguna dificultad? Me quedé corta porque la conversación estuvo llena de inconvenientes.

Ya he comentado en varias ocasiones que la ley de Murphy conmigo no se cumple, se ensaña. Aquel día Murphy se despachó a gusto.

Cuando faltaban unos minutos para esa cita de las 10:05h me levanté de mi sitio y me dirigí a la plataforma entre vagones (donde están las puertas) ya que en los asientos aledaños al mío la gente estaba hablando y se notaba mucho ruido. En dicha plataforma había silencio y tranquilidad y allí me dispuse a recibir la llamada acompañada de mi sufrido marido que estaba oyendo por los auriculares el programa de radio en directo. Gracias a ello me enteré de que la entrevista sería en diferido pues, tras el informativo de las diez de la mañana, anunciaron que después de las doce saldría una servidora a hablar de «El legado de Circe». Con esa información me llegó otra indirectamente: la entrevista no iba a ser cortita.

Saber que me habían citado en la radio ya me puso de los nervios, pero tuve poco tiempo para alterarme porque, con puntualidad de reloj suizo, la llamada desde la emisora sonó. Respiré hondo y descolgué. El periodista del día anterior volvió a hablarme y con una simpatía encantadora me explicó que si había alguna interferencia o si se cortaba la comunicación no pasaba nada, que me volvía a llamar y que ya editaban al final.

Como estaba sola en la plataforma no había nada de ruido (también se encontraba allí mi marido, pero estaba callado) y empecé a contestar las preguntas del periodista con tranquilidad. Me dije: «¡Qué bien estoy aquí solita y en silencio!»

Ilusa de mí.

Nada más pensar eso veo por la puerta de un vagón que se acerca un grupo de más de diez personas con su equipaje, cuando miro por la puerta del otro vagón, otro grupo más numeroso también se dirige a donde estoy yo. Por un segundo pensé que eran fans que venían a verme dar la entrevista, como le pasó a Rosalía cuando fue a La Revuelta, que se formó un buen pitote en las puertas del lugar donde se grababa el programa.

Evidentemente, aquellas personas no eran seguidores de una servidora ni de «El legado de Circe». Simplemente eran viajeros que se apeaban en Sevilla dado que el tren en ese momento estaba entrando en la estación de Santa Justa.

Viendo que la plataforma entre vagones había perdido la tranquilidad que yo buscaba me dispuse a volver a mi asiento, al mismo tiempo que el periodista seguía preguntándome y yo contestando mientras esquivaba a los pasajeros para no ser atropellada por ningún troley.

Cuando se restableció el sosiego tras abandonar la estación de Sevilla, un túnel vino a complicar todavía más la situación. Cuando digo complicar me refiero a que la llamada se interrumpió. Mientras yo renegaba en todos los idiomas que conozco, el periodista me volvió a llamar y me tranquilizó. Me dijo que pasadas las once de la mañana retomábamos la entrevista, que no me preocupara.

El entrevistador me dijo eso porque no sabía la manía que me tiene Murphy y no podía imaginar que aún me iba a fastidiar un poco más.

Poco después de las once, y cumpliendo su palabra, mi interlocutor me llamó. Volví a repetir el mismo proceso, salí a la plataforma en busca de silencio y calma y nada más retomar la conversación, y como si de un déjà-vu se tratara, oootra vez veo venir pasajeros. «¿Qué coñ- pasa esta vez?» me pregunté.

¿Qué pasaba? Que estábamos llegando a Jerez de la Frontera y allí también se bajaba más gente. De nuevo retomé el regreso a mi sitio y, entre la megafonía anunciando la parada y los ruiditos de la pasajera de enfrente que le dio por estrujar una bolsa de papel, seguí haciendo mi entrevista.

Cuando terminé tuve una sensación de alivio e inquietud al mismo tiempo. Alivio porque la tortura había terminado; inquietud porque no tenía muy claro qué había dicho ya que la mayor parte del tiempo que estuve hablando también estaba pendiente de mi alrededor.

Llegué a pensar que lo mismo no la emitían porque había sido un fracaso. El caso es que sí la emitieron y, según mis amigos de Cádiz que la escucharon en el momento de la emisión, salió bien.

Como no las tenía todas conmigo (mis amigos son buena gente y cabía la posibilidad de que suavizaran el resultado para no disgustarme) quise escuchar yo misma esa entrevista. Contacté por WhatsApp con el periodista y me pasó el enlace del programa. La verdad, para el escenario en que se desarrolló la conversación, no quedó mal. De todas maneras, podéis juzgar vosotros mismos porque el audio está al final de esta publicación.

Nada más llegar a Cádiz, y aún mosqueada con mi «amigo» Murphy, decidí tomarme una cervecita al lado de la catedral. Allí me esperaba otra sorpresa, en el Diario de Cádiz aparecía una noticia sobre mi persona y la novela.



Alucinando y sin creérmelo del todo empecé a flotar en una nube. Una sensación muy agradable que solo fue el preámbulo de lo que iba a pasar por la tarde cuando presenté «El legado de Circe» en el Café de Levante. Pero esa es otra historia que contaré más adelante.

Ahora voy a buscar un tutorial que me explique cómo hacer una entrevista en un tren y no morir en el intento. No creo que me vuelva a surgir nada parecido, pero si ocurriera pediré un asiento especial al lado del conductor que ahí seguro que se está más tranquilo.







NOTA: Quiero agradecer a Canal Sur Radio Cádiz por dar espacio y voz a escritores que no tenemos proyección mediática, a Luis Álvarez por su paciencia y simpatía y al Diario de Cádiz por dejar un huequito para promocionar la primera novela de una completa desconocida.


2 de abril de 2026

La hora del planeta

 Este relato es el resultado de un ejercicio propuesto en el taller de escritura al que pertenezco. El tema, en esta ocasión, era "Puntualidad" y esta gamberrada es lo que me ha salido. Disculpad la broma.

LA HORA DEL PLANETA

En la relojería «La hora del planeta» reina el caos. Varios operarios corren de un lado al otro mientras que, desde el despacho del director general, don Minuto Exacto, se oyen unos gritos furibundos.

—¡No puede ser! ¡No puede ser! ¡Esto es un desastre! ¡Reunión en el taller principal ahora mismo! —grita don Minuto con el rostro enrojecido por la furia.

Todos los trabajadores y mandos intermedios se van a una espaciosa sala donde, sobre miles de mesas llenas de piezas de relojería, se montan los relojes de todo tipo que rigen el tiempo en la Tierra. Clepsidras, relojes de arena, de sol, atómicos, múltiples utensilios capaces de medir el tiempo se encuentran desperdigados por el inmenso taller.

Don Minuto entra como un vendaval en el recinto mientras todos los operarios guardan un respetuoso silencio debido al temor que el director general despierta en ellos. Generalmente es un tipo serio y algo antipático, pero cuando se enfada, como es el caso, se convierte en una bestia muy desagradable.

—¡Se han desajustado todos los relojes de la Historia! Como coja al imbécil que ha provocado este estropicio lo escabecho. ¡Segundo, venga aquí!

Segundo Estricto es el número dos en el escalafón de la empresa, la mano derecha del director general. Cariacontecido se acerca a su jefe con cierto temblor en las manos.

—¿Me puede decir qué ha pasado exactamente? —grita don Minuto al subalterno a pesar de que lo tiene a su lado y no hace falta subir la voz para que le oiga.

—Ha habido un error en la cadena de montaje… —balbucea Segundo con un hilillo de voz—. Dos remesas de piezas han llegado defectuosas, una ha provocado que los relojes se adelanten y la otra que se retrasen. Pero solo un par de minutos, señor. Puede que tres o cuatro... No sé… Hay algo de confusión al respecto.

—¡Dos, tres, siete! ¡Da igual! Nosotros nos encargamos del discurrir del tiempo y la Historia se ve afectada si nuestro trabajo falla. ¡¿Es que no os dais cuenta de vuestra misión, botarates?! ¡Esto va a traer consecuencias irreparables!

—Si ha sido cosa de dos o tres minutos tampoco es para tanto, digo yo —exclama uno de los operarios—. Además, en el caso de que los relojes se adelanten la gente llega a tiempo en lugar de hacerlo con retraso. ¿Qué tiene de malo eso?

Don Minuto, además de tener muy mal carácter tiene un oído finísimo y oye lo que acaba de decir el trabajador.

—¡¿Que no es para tanto?! ¡¿Que qué tiene de malo adelantarse?! ¡Lo mismo o peor que retrasarse, idiota! ¡Puntualidad, deme un informe de daños!

Puntualidad Rigurosa se acerca con un papel entre las manos que tiembla al ritmo del susto que lleva en el cuerpo según se acerca al director.

—Me van informando con cuentagotas, don Minuto, pero de momento le puedo comunicar que el mariscal Grouchy ha llegado a tiempo.

—Puntualidad, deme más detalles, tengo muchas cosas en la cabeza y no sé de quién me está hablando ahora mismo —le replica don Minuto con el ceño fruncido.

—El mariscal Grouchy era el encargado de llevar refuerzos a Napoleón en la batalla de Waterloo, se supone que se retrasa y los prusianos e ingleses le ganan al emperador francés, pero ahora con este lío de los relojes ha llegado a tiempo y Napoleón gana esa batalla decisiva. Así que…

—Así que… ¡Qué! —grita don Minuto a la pobre mujer.

—Pues… que… Napoleón se hace con el control de toda Europa. No hay quien le tosa. Vamos a tener que hablar todos en francés —añade Puntualidad tragando saliva.

—¡Esto es un desastre! ¡Un desastre! —se desgañita el director tirándose de los cuatro pelos que le quedan en la cabeza (además de malhumorado y con oído de tísico, don Minuto es calvo).

—Puede que en lugar de francés tengamos que hablar todos en japonés, o quizás en alemán —dice un hombre más bien bajito y con cara de perro apaleado al tiempo que levanta el brazo para pedir la palabra.

—Contrarreloj, venga aquí y explique eso que ha dicho —le ordena don Minuto.

Contrarreloj Prisas, el encargado del montaje de relojes del siglo XX, obedece a su jefe y, al igual que sus compañeros, acude temblando.

—Me dicen desde control histórico que los Estados Unidos no participan en la Segunda Guerra Mundial.

—¿Y eso? —pregunta el director en tono amenazante.

—Resulta que a los japoneses les han tocado los relojes adelantados y les ha dado tiempo de declararles la guerra a los estadounidenses antes de atacar Pearl Harbor, estos se han preparado medianamente y el ataque no ha sido para tanto, además, la opinión pública no ha presionado para entrar en guerra, como ocurriría si esa declaración bélica no se hubiera dado.

—¡¿Veis cómo llegar a su hora no es bueno?! ¡¿Quién es el imbécil que ha dicho antes que eso no era malo?! —espeta el director general de «La hora del planeta».

El imbécil aludido se escabulle entre sus compañeros para pasar desapercibido mientras que toma nota mental de no expresar nunca lo que piensa en voz alta.

—Don Minuto, llegar a tiempo o retrasarse no siempre es adecuado, como usted acaba de comentar —dice una voz femenina entre el grupo de trabajadores—, pero en la ficción el desajuste horario ha provocado que las historias hayan cambiado para bien.

Quien así habla es Eternidad, la encargada del tiempo literario. Se acerca a don Minuto con la sonrisa que la caracteriza fruto de leer a todas horas las historias que le llegan constantemente. Su sonrisa aplaca la furia de don Minuto pues este pierde el tono rojizo de la cara y parece serenarse.

—Mire. En la literatura los relojes se han atrasado y esto ha salvado vidas, señor —argumenta Eternidad—. Por ejemplo, Romeo llega más tarde a la tumba de su amada, el efecto del tónico que ha tomado Julieta ya ha pasado y la encuentra despierta, así no se suicida y viven juntos y felices su amor. ¿No es maravilloso?

—¿Maravilloso? —pregunta don Minuto al que le ha vuelto el tono rojo a la cara, signo de que se está volviendo a cabrear—. ¡¿Maravilloso?! La mayor tragedia romántica de la literatura universal termina con los amantes viviendo felices. ¿Dónde se ha visto que una tragedia tenga un final feliz? Eternidad, por favor, no diga tonterías.

Eternidad se retira cabizbaja antes de que reciba un rebuzno de su superior como le ha pasado a sus otros compañeros. En esto, acude en su ayuda Brevedad y le dice al director:

—Bueno… esto… Hay otro ejemplo, en este caso el personaje se adelanta y cambia su destino. Santiago Nasar, el protagonista de «Crónica de una muerte anunciada» llega a tiempo a su casa, su madre no le cierra la puerta y él puede refugiarse para que no le maten los hermanos Vicario. Esto es bueno, don Minuto, no me lo negará. A todos los que hemos leído esa novela nos angustió el triste final de Santiago porque no se lo merecía.

—Ya, valoro mucho su buen corazón, Brevedad, pero… ¡¿Me puede aclarar cómo se puede anunciar una muerte que no ocurre?! Si el interfecto no muere la novela entera pierde sentido. Mire, váyanse las dos a tomar algo de aire fresco porque su estulticia me está empezando a molestar.

Las dos mujeres se retiran y se mezclan con el resto de los trabajadores. Don Minuto tiene razón, el desastre es inconmensurable.

—Señor, perdone, nos están llegando varios mensajes de diferentes épocas y personajes. La centralita se está colapsando —se acerca el encargado de comunicación.

—Dígame, Tempus Fugit —le dice el director mientras se pinza la nariz.

—Vamos a ver empieza a decir Tempus mientras mira un bloc de notas—, Bruto pregunta si es obligatorio llegar a tiempo para matar a Julio César o se retrasa y no se lo carga, me comenta que está un poco harto de que le pongan de ejemplo de traidor y que si puede cambiar la cosa aprovechando el lío de las horas. Sigo: los mandamases del desembarco de Normandía me preguntan que si le añaden o le quitan minutos a la hora H. Más: Felipe II nos pregunta que si podemos atrasar los relojes no minutos ni horas sino días para que la Armada Invencible se encuentre buen tiempo cuando vaya a Inglaterra y pueda mantener el nombre de invencible para siempre. Tengo más, pero no quiero angustiarlo que le veo agobiado, don Minuto —termina su perorata Tempus.

El director general tiene que sentarse porque está al borde de la apoplejía. Suda profusamente. Todos los trabajadores empiezan a ser conscientes del embolado en el que están metidos y se miran entre sí sin saber qué hacer.

Don Minuto empieza a sentir un hormigueo preocupante en el brazo izquierdo y comienza a masajeárselo. Segundo acude a él para atenderle mientras le pide a Puntualidad que llame a una ambulancia porque sospecha que a su jefe le está dando un infarto.

—Espero que lleguen a tiempo, o no lo va a contar —comenta preocupada Eternidad.

—Todo dependerá de qué remesa defectuosa les ha tocado a los sanitarios, como sea la que hace que los relojes se retrasen… —añade Brevedad.

 


 


NOTAS ACLARATORIAS

Para los que andáis flojos en Historia:

En la batalla de Waterloo Napoleón necesitaba el apoyo del mariscal Grouchy, este se retrasó mientras que los prusianos llegaron puntuales para unirse a Wellington. Napoleón fue derrotado definitivamente y exiliado, marcando el fin de su era en Europa. La verdad es que Grouchy se retrasó porque en lugar de ir hacia donde sonaban los cañones se fue para otra zona (que ya le vale para ser todo un mariscal), el reloj poco tuvo que ver pero yo me he tomado la licencia literaria de echarle la culpa a la hora.

Japón tenía planeado entregar una declaración formal de guerra a Estados Unidos unos minutos antes de que comenzara el bombardeo, para no ser acusados de un ataque a traición. Sin embargo, cuando los diplomáticos japoneses entregaron el documento, las bombas ya habían caído. Esto enfureció tanto a la opinión pública estadounidense que el país entró en la Segunda Guerra Mundial con una determinación total de "venganza".

Para los que andáis flojos en Literatura:

En «Romeo y Julieta» cuando Romeo llega a la tumba de Julieta, ella aún está dormida y él cree que ha muerto y se suicida. Cuando Julieta despierta, se encuentra a Romeo tieso y también se da matarile.

En «Crónica de una muerte anunciada», los hermanos Vicario quieren matar a Santiago Nasar y lo matan; éste muere frente a su propia puerta, la cual su madre cerró un segundo antes pensando que él ya estaba dentro. No hago spoiler porque el propio título ya dice cómo acaba la cosa.

 

 


8 de febrero de 2026

El camarero de Tesla

 Mire, señor agente, a ese hombre no le aguantaba nadie, las cosas como son. Yo no fui el único que se enfadó con él, había muchos que le tenían ganas y algunos eran gente de postín. Que no digo yo que eso sea suficiente para matar a nadie, pero si su muerte es sospechosa busque en las altas esferas, no entre los que todos los días teníamos que aguantarle. Porque era un petardo, sabe usted. Un auténtico coñazo de tío y disculpe por hablar así de un muerto, pero las cosas claras y el chocolate espeso.

Respondiendo a su pregunta, que no quiero divagar, le diré que no se hablaba con nadie, así que no tengo ni idea de a quién hay que avisar de que el viejo ha estirado la pata. Y sobre si estaba peor de salud últimamente, no sabría decirle, porque ese hombre bien no ha estado nunca, aunque su enfermedad era del magín, y eso que dicen por ahí que era un genio. Pues lo mismo de ser tan listo se le estropeó algo en el coco y así le fue.

Me hace gracia que me pregunte si había notado un comportamiento extraño estos últimos días, porque lo raro sería que se hubiera comportado normal. Lleva viniendo a este restaurante más de treinta años y no recuerdo un solo día que no haya hecho algo chocante. El primer día que le atendí yo era un chaval y mis compañeros, sabedores de sus rarezas, me mandaron a que le atendiera como una novatada. ¡Menuda broma! La chanza duró hasta ayer porque el tipo se fijó en mí y quiso, desde ese primer día, que fuera yo y no otro quien le tomara la comanda y le sirviera la comida.

Las rarezas empezaban antes de entrar en el restaurante. Previamente a pasar al comedor, daba tres vueltas a la manzana, ni una más ni una menos. Una vez en la puerta, se limpiaba los pies en la alfombra que hay en el zaguán otras tres veces, y sin interrupción porque si, Dios no lo quisiera, salía o entraba otro cliente a medias de ese ritual, volvía a empezar otra vez. En una ocasión, coincidió su entrada cuando salía un grupo de quince personas que no le dejaron limpiarse en el felpudo sus tres veces seguidas. Ni sé cuánto lo tuvo que repetir. Media hora tardó en entrar.

Una vez dentro se iba al lavabo y se limpiaba las manos tres veces, recurriendo a una toalla distinta cada vez. Con las manos ya requetelimpias se sentaba en una mesa para tres, aunque comiera él solo. Las otras dos sillas vacías tenían que estar separadas entre sí a idéntica distancia de la suya formando un triángulo perfecto. En la mesa le esperaban siempre dieciocho servilletas. Sí, señor agente, ha oído bien: dieciocho. Tres por cada plato, vaso y cubierto que utilizaba. Las usaba para limpiarlos. Nosotros le poníamos siempre lo mejor de nuestra selecta vajilla, pero, aun así, debía limpiar todo. Ni que decir tiene que, si veía algún rastro de jabón o una pequeña manchita, nos mandaba retirar todo el servicio y volver a empezar. Un tiquismiquis irritante.

Ah, se me olvidaba, antes de sentarse había que vigilar que entre los comensales que se encontraran en las mesas adyacentes no hubiera ninguna mujer que portara perlas. En ese caso nos montaba un pollo de padre y señor mío. Odiaba las perlas, se ponía frenético. Nosotros, y por si acaso, en cuanto se acercaba la hora de su comida procurábamos que no hubiera mujeres cerca, ni con perlas ni sin ellas, porque yo creo, sabe usted, que tampoco le gustaban las mujeres.

No, yo no he dicho tal cosa, señor. Las preferencias sexuales de nuestros clientes son asuntos privados que en nada nos conciernen, pero ese hombre era raro también en eso. No, tampoco creo que le gustaran los hombres. Le gustaban… los animales. Sí, ya sé que eso no es extraño, pero es que a él le gustaban de manera especial las palomas. Muchas veces le vi en el parque de enfrente dar de comer a esos bichos con plumas. Sí, estoy de acuerdo con usted, es normal esa costumbre, pero es que un día me dijo que se había enamorado de una y que ella le correspondía. Me reconocerá, agente, que eso ya no es tan normal.

Si su muerte le parece sospechosa yo ahí no entro ni salgo, pero ya le comenté que había gente de posibles que le tenía ojeriza. Dicen que sus inventos podían hacer perder dinero a algunos empresarios. Yo de esas cosas no entiendo, pero en una ocasión me comentó que iba a revolucionar las comunicaciones y que algún día podríamos hablar con gente de otros países sin necesidad de cables. Estaba loco, ya le digo.

Hablaba muy mal de un tal… Edison. Decía que le debía un montón de dinero, 50.000 dólares, una pasta, y que le había tomado el pelo. No, no se llevaban bien. Lo mismo fue ese Edison el que lo mató si dice usted que su muerte da que pensar. ¡Ah! Que ya se murió. Entonces bórrelo como sospechoso. ¿Y si fue el gobierno? Lo digo porque una vez me comentó que le espiaban y que le tenían vigilado. Que no fabule, dice usted, pues me callo y no se hable más.

No, no le caía bien a nadie, aunque con el tiempo, fíjese usted, yo le cogí cariño. Me entristece que haya muerto, la verdad sea dicha. Al final le voy a echar de menos.

 Si tan listo era, como algunos dicen y a juzgar por la cantidad de periodistas que han venido a preguntar por él, deberían ponerle su nombre a alguna calle. No, mejor: ¡a un coche! Que dice usted que hay que estar loco para poner el nombre de una persona a un auto, bueno, lo mismo el que se lo pone está igual de pirado que el señor Tesla.


NOTA: Este relato se ha publicado en el  Número 13 revista SCRIPTOREM





12 de enero de 2026

Un sueño hecho realidad

 

Empiezo el año en el blog anunciando una noticia largamente esperada, al menos por mí.

Hace más de seis años me embarqué en una aventura con final incierto: escribir una novela. De entrada, me pareció una osadía por mi parte pretender hacer algo así, pero como soy de natural atolondrada y me vengo arriba fácilmente, pues me tiré de cabeza a la piscina.

La historia la tenía en mente desde hacía mucho tiempo, pero plasmarla en negro sobre blanco ya era otro cantar.

Hasta ese momento había escrito (y sigo haciéndolo) muchos relatos, pero eran/son historias breves donde el desarrollo de los personajes es muy simple pues sus historias tienen poco recorrido.

Contar una historia de más de doscientas páginas ya eran palabras mayores. En el proceso de ordenar los diferentes personajes, sus vivencias y sus perfiles, y encajarlos en un solo bloque dando coherencia a la historia total casi pierdo las pocas neuronas que tengo. Para mí fue un trabajo titánico.

Además, me di cuenta de que soy (según dicen los expertos) una escritora brújula, es decir, sé dónde quiero llegar, aunque no tenga muy claro qué camino tomar para alcanzar ese destino final. O lo que es lo mismo, sé qué historia quiero contar, pero a grandes rasgos, sin entrar en detalles; esos vinieron según avanzaba la escritura. Mientras escribía añadí personajes que no tenía en mente al principio, o le di menos protagonismo a otros que, a priori, me parecieron importantes. Incluso conté cosas que, al inicio, ni se me habían ocurrido. Me pasó algo que otros escritores (algunos de alcurnia) comentan en las entrevistas: la historia se fue desarrollando según avanzaba la escritura; ella, la historia, me fue pidiendo qué contar y cómo llegar a esa meta final. Curiosísimo.

Aunque la novela no es histórica se desarrolla en una época muy concreta y quise documentarme adecuadamente para no meter la pata con algún que otro personaje o situación «real». Eso me llevó bastante trabajo, aunque el acceso digital a los libros de historia facilita mucho esto.

También tuve que esforzarme, aunque un poquito menos, para documentarme en otro campo que conozco algo mejor: las plantas medicinales. Aunque la novela no es un tratado de farmacología, soy farmacéutica y la cabra tira al monte por lo que la protagonista es una curandera que recurre a los medios naturales para sanar y quise asegurarme de que mi memoria no me jugaba malas pasadas. En este caso no recurrí a internet, utilicé un libro que en mi casa se considera la biblia del farmacéutico: «El Dioscórides renovado» de Pío Font Quer.



Con todo esto que cuento no quiero hacerme pasar por una escritora esforzada y sesuda, solo me gustaría mostrar el curro que me dio la puñetera novela.

Aun así, me divertí mucho escribiéndola y el esfuerzo lo sufrí con estoicismo, o lo que es lo mismo: sarna con gusto no pica. No me arrepentí, a pesar del trabajo, de mi decisión.

Lo que sí hizo que dudara de esa idea de escribir la novela fue lo que vino después: publicarla. Ahí más de una vez me pregunté (y me maldije a mí misma) en qué narices estaba yo pensando cuando me lancé a esta aventura. Porque escribir me dio trabajo, pero conseguir publicarla fue una auténtica tortura.

Primero me presenté a un concurso, por si sonaba la flauta y porque si ganaba la editorial premiaba al ganador con la publicación. No me comí una rosca.

Para quienes empezamos en esto de escribir y si no somos famosos, es decir, no salimos en la tele presentando un programa con nuestro consorte o tenemos un canal de YouTube con mogollón de seguidores, la opción más factible para publicar es acudir a una editorial de autopublicación que te pide una pasta por adelantado. A mí esto me parece un abuso. No pretendo ganarme el pan escribiendo, pero tampoco quiero que me cueste dinero.

Otra opción, para los autores desconocidos, es autopublicarse en plataformas «gratuitas» como Amazon, pero ahí te lo tienes que currar todo, es decir, maquetar el texto e ilustrar la portada. Soy una negada con las herramientas que hay que emplear para hacer esto, por lo que esa opción tampoco era viable para mí.

Con un panorama tan poco alentador me dispuse a buscar editorial que quisiera publicarme sin cobrarme un euro. Tras varios correos con resultados deprimentes por fin, gracias a la recomendación de mi amiga escritora Luisa Ferro, di con «Meiga Ediciones» (el nombre ya me dio muy buenas vibraciones pues ya sabéis de mi querencia por todas las brujas en general y por las gallegas en particular). La editora y capitana de la empresa, Lizzie Quintas, me dio su confianza y apostó por mi proyecto. Dado que la editorial es muy modesta el proceso fue lento, pero seguro.

Fueron muchos meses pero, al final, la espera valió la pena porque la edición quedó preciosa, empezando por el diseño de la portada, obra de Itziar Cabañas, que es una maravilla; pero no solo el exterior es bonito, dentro se nota un trabajo artesanal, cuidado al detalle, con encabezamientos de capítulo muy bonitos y elaborados, con separaciones de secciones trabajadas y con detalles en la tipografía que solo alguien que ama los libros es capaz de pensar y hacer. Todo eso se lo debo a Lizzie, un amor de mujer.







Después de tanto trabajo y esfuerzo, con momentos de desánimo en los que pensé tirar la toalla, aquí está ya el resultado y estoy muy satisfecha. Ahora solo queda que esta hija tardía se dé a conocer y que quienes la lean disfruten y les guste.

No obstante, aún no se ha terminado el trabajo porque ahora me hallo inmersa en conseguir un lugar para hacer la presentación de la novela, pero esa es otra historia que ya contaré más adelante porque el tema tiene también mucha miga.

Os pongo la sinopsis del libro así como el enlace donde se puede adquirir a través de la cuenta de la editorial en Instagram (la web se encuentra en proceso de renovación y de momento no está operativa).

Quienes queráis adquirir un ejemplar podéis enviar un mensaje privado a la cuenta y la propia Lizzie os hará el envío con algún detallito tan característico de ella y que hará de la entrega algo especial (estas son las bondades del trabajo cien por cien artesanal).

Como una niña con zapatos nuevos me siento, contenta y feliz por ver mi criatura ya en papel y disponible. Quien la persigue, la consigue.

 SINOPSIS

 «Siglo III a. C. Aloia acaba de perder a su abuela, la curandera del castro galaico en el que nació. Sola y estigmatizada desde su nacimiento decide ir al lugar donde está su padre, un ser que nunca llegó a conocer y del que solo sabe que es un guerrero de las tierras del interior, una zona llamada Carpetania. Para realizar un viaje tan arriesgado recurre al apoyo de Gael, un extranjero que recaló en el castro muchos años atrás huyendo de un pasado que le atormenta. También cuenta con otra ayuda: una medalla con la efigie de una enigmática mujer.

Aloia y Gael emprenden una travesía peligrosa porque el territorio es el campo de batalla donde se disputan el dominio de la península ibérica dos gigantes: Cartago y Roma.

Cuando llegue a su destino, Aloia se enfrentará a un mundo nuevo cuya forma de vida es muy distinta a la de su niñez, también descubrirá el amor y el rechazo que su conocimiento de los poderes terapéuticos de las plantas, heredado de su abuela la curandera, provoca en algunos sectores del nuevo hogar.»

 

Enlace Meiga Ediciones: Cuenta Instagram


31 de diciembre de 2025

Quién tuviera melena

 

—Hay que reconocer que el tipo está de muy buen ver. Tiene muy buena planta, sí señora.

—¿Buen ver? ¿Buena planta? Mira que eres remilgada. ¡Está como un queso! Solo por mirar a semejante pibón les perdono a esos soplagaitas que nos incordien con sus cámaras y sus cachivaches. Cuánto trasto para rodar una película.

—Bueno, tampoco te pongas así porque no es el primer galán que nos visita con esa manía que les ha dado con rodar aquí... La abuela me dijo que una vez estuvo uno muy alto, moreno, con las sienes plateadas y con bigote que levantaba suspiros por donde iba. Clark Gable dijo que se llamaba.

—No creo que aquel actor supere al rubio este. Es que hay que ver… Mira lo que está haciendo ahora. ¡Madre mía! Lo que no ha conseguido este sol de justicia lo va a lograr el gachó: ¡me derrito! ¡¿Lo ves?!

—¿El qué? ¿Que le está lavando la cabeza a su compañera? No sé qué tiene eso de extraordinario. Y menos entiendo por qué lo graban.

—Hija, qué sosa eres. Esa escena rezuma sensualidad por todos los poros. Ya me gustaría a mí que me lavaran el pelo así.

—Pero ¿qué dices? ¡Si ni siquiera tienes melena! Eso es cosa del otro sexo.

—Pues qué lástima haber nacido con el sexo equivocado, entre otras cosas, para no tener que currar tanto, que somos nosotras las que damos el callo y porque si tuviera una buena melena me dejaba yo hacer por ese buenorro hasta la permanente.

—No blasfemes, hermana. Además, en cuanto te acercaras a él te pegaba un tiro. ¿No te das cuenta de que es un cazador?

—Su personaje es un cazador, él no.

—¡Lleva rifle!

—Da igual. Me he fijado y no sabe ni cómo se dispara. No me extraña, con esa carita de ángel… Además, las balas que usan no son de verdad, me lo contó una colega. Dice que se acercó a husmear y que otro de los actores se asustó y le disparó con uno de esos rifles; hizo mucho ruido, pero no le provocó ninguna herida.

—No te fíes. De todas formas, las armas de los nativos que van con el equipo de la película sí son de verdad. Yo no me acerco ahí ni de coña. No obstante, esa obsesión por traer personajes que son cazadores me da mala espina.

—¿Y qué quieres? Si vienen a rodar aquí no van a ser profesores de física cuántica los protagonistas. En Kenia no hay muchas universidades, pero sabana y animales para cazar… los que quieras. Aunque, últimamente ya hay menos.

—¿Cazadores?

—Animales.

—Yo no digo que aquí se hagan películas sobre profesores universitarios, pero… no sé. El tema ya cansa. Cualquier día, alguno se mete demasiado en su papel y se pone a pegarnos tiros de verdad.

—De todas formas, eres una exagerada. También han venido a rodar películas donde no había cazadores.

—¿Sí? Dime una.

—Lawrence de Arabia.

—Tienes razón, ahí no salían cazadores… de animales, pero había guerras y soldados que también iban armados. Variaciones sobre el mismo tema. El caso es que hay tiros y muertos y… peligro. Esta gente está mejor en sus casas, o en los escenarios naturales de sus países. Que filmen sobre sus cosas y nos dejen en paz a los demás.

—¡Arrea! ¡Nos están apuntando!

—¡Corre, hermana! ¡Corre!

—Nos están apuntando, pero con las cámaras, so tonta. ¡Nos graban! ¡Joder! Y yo con este pelaje. Tenía que haberme bañado en el río antes de venir.

—Deja de darte lametazos. Vámonos antes de que les dé por apuntarnos con otro tipo de objetivo, como el de una mira telescópica.

—No, yo no me voy. Quiero que el rubiales se fije en mí.

—Pero tú… ¿te estás escuchando? ¡Que son humanos! Nos largamos. Ya es hora de conseguir comida para la manada. Al otro lado de la colina he visto un rebaño de cebras de lo más apetitoso.

—Que no. Me quedo. Yo quiero que el rubio me mire con esos ojos azules y que me lave el pelo.

—Y dale. Que eres una leona… ¡No tienes melena!

 




 NOTA: En estas fechas se suele recordar a quienes durante el año nos dejaron. Con este relato yo rindo homenaje a un actor que se fue hace tres meses, uno de los grandes y un amor platónico de mi juventud: Robert Redford.


22 de diciembre de 2025

Un paseo por Francia: La bruja turista.

 

Abandonamos las playas del desembarco con un sabor amargo en el paladar por tanta muerte inútil y yo, además, con un buen dolor de cabeza de resultas de mi experiencia paranormal con los nazis y sus conversaciones telefónicas.

Nuestro siguiente destino era la ciudad de Ruan (Rouen en franchute) que es la capital de Normandía, famosa por su casco antiguo medieval, su profusión de iglesias góticas y porque allí se cargaron a Juana de Arco.

Temerosa de que me volviera a dar otro patatús que me hiciera viajar en el tiempo y harta ya de tantos sobresaltos no me separé en ningún momento de mis acompañantes. Así recorrí las estrechas calles de Ruan disfrutando de sus iglesias, de su reloj astronómico y de un espectáculo de luces proyectadas en la fachada de la catedral donde se hacía un repaso de la historia de la ciudad.


Imbuida de la historia guerrera de Ruan cuando fue asaltada por vikingos que se asentaron allí y fundaron su propia dinastía con el jefe Rollon (según la serie de TV «Vikings» era hermano de Ragnar Lodbrok) me paseé por sus calles imaginándome que por ahí también anduvieron esos aguerridos combatientes noruegos.


Llegamos hasta la plaza del Mercado Viejo (Vieux Marché en franchute) donde los ingleses le dieron matarile a Juana de Arco (lo de que los ingleses anduvieran por Ruan es cosa de la Guerra de los Cien Años, para más información acudid a cualquier enciclopedia). Entre matojos y hierbas que estaban pidiendo a gritos que los podaran había una placa que señalaba el lugar donde quemaron a la alucinada de Juana cual falla valenciana en la Nit del Foc.

El morbo que me embargó estar donde chamuscaron a Juana de Arco hizo que rompiera mi propósito de no separarme del grupo. Me adentré en la espesura del jardín, que más parecía vergel salvaje por la falta de cuidados jardineros, para leer bien la oculta placa. Y al hacer esto… la fastidié.

—¡Qué desagradecidos! —dijo una voz femenina.

No presté demasiada atención porque estaba intentando recordar el franchute del colegio y traducir «bûcher».

—¡Después de todo lo que hice por ellos me trataron como a una bruja! —continuó mi interlocutora.

—¡Hoguera! —exclamé yo cuando recordé qué significaba «bûcher» en francés e ignorando a quien me hablaba.

—Efectivamente, en la hoguera acabé —replicó la voz.

Sin mirar a la dueña de la voz, cerré los ojos y me dije: «Jobar, tengo al lado a Juana de Arco. Esto es un sinvivir.» Resignada y harta de tanta aparición me giré hacia mi nueva acompañante. Era una mujer de unos cincuenta años y no iba vestida de ninguna de las maneras a como representan a Juana, es decir, con cota de malla y armadura, tampoco presentaba quemaduras en el cuerpo, algo que agradecí internamente porque hubiera sido muy desagradable. Aunque no encajaba lo que estaba viendo con quien suponía que tenía delante de mí, le dije:

—Juana, supongo.

—Sí —me contestó inclinando levemente la cabeza.

A pesar de su afirmación seguía sin cuadrarme lo que veía. Juana de Arco murió con 19 años y aquella mujer era más mayor. «Tener visiones y guerrear castiga mucho el cuerpo» me dije.

—No te lo tomes a mal, pero te veo desmejorada. En la estatua que tienes en tu capilla de la catedral sales bastante más joven.

—¿Yo tengo una capilla en la catedral? —preguntó con los ojos como platos.

—Claro, porque primero te acusaron de brujería, pero luego rectificaron y te hicieron santa. ¿No te enteraste?

—No tenía ni idea. ¡Qué cosas! Si me viera mi madre iba a alucinar. A ella también la acusaron de brujería, pero como confesó solo la azotaron y la desterraron. Lo mismo debería haberse dejado quemar y ahora también sería santa —añadió lanzando una carcajada que dejó al descubierto una dentadura podrida y maloliente.

—¿Tu madre también tenía visiones de dios? —pregunté al mismo tiempo que me anotaba mentalmente volver a leer sobre Juana de Arco porque, evidentemente, tenía lagunas al respecto.

—No. Curaba con plantas como hacía yo. No creo que viera a dios en su vida, huíamos de las iglesias como de la peste —volvió a carcajearse regalándome otra imagen maravillosa del interior de su boca.

—Vamos a ver —repliqué yo pinzándome el puente de la nariz— ¿de verdad que eres Juana de Arco?

—No. Soy Juana Harvilliers. Bruja confesa y quemada en la hoguera, para servirte a ti y al diablo —se carcajeó haciendo un reverencia.

—¡Otra Juana quemada aquí!

—A mí me ejecutaron en Ribemont, unos cientos de kilómetros más al nordeste.

—¿Y qué haces en Ruan?

—Turismo. ¿Y tú?

—También, pero no sabía que los fantasmas… fueran turistas.

—Vagar por la eternidad es muy aburrido y hay que distraerse como una puede. Vengo aquí porque hay mucha animación. Parece ser —se arrimó a mí en gesto confidencial— que aquí quemaron a otra bruja por interés político: les hizo un favor a los ingleses y luego se la quitaron de encima.

—Ya. Algo he oído yo también. ¿Y a ti por qué te quemaron?

—Por envidia. Se me daba bien curar, pero no iba a misa. Un granjero enfermó y como no conseguí sanarlo dijeron que yo le había provocado la enfermedad con solo mirarlo y que por eso había muerto. Un clásico. Me arrestaron, me torturaron y confesé porque de aquella no iba a salir y cuanto menos durara el suplicio eso que me ahorraba. Me quemaron y aquí estoy —concluyó con un gesto de resignación.

—Sí, tienes razón, una historia habitual cuando de brujas se trata.

—Lo que no es tan habitual es que a algunas las hagan santas —dijo señalando con la barbilla la placa que recordaba el lugar de la hoguera de su tocaya.

—Ya ves. Ella —señalé yo también la placa— sí iba a misa. A lo mejor ahí radica la diferencia.

—Puede. Te tengo que dejar, me voy a la catedral.

—¿A misa? —pregunté extrañada.

—¡Qué dices! No entré en ninguna iglesia cuando estaba viva, no lo voy a hacer ahora que estoy muerta —contestó carcajeándose otra vez—. Voy a ver la fachada, me he enterado de que ponen un espectáculo de luces muy bonito.

—¡Sí! ¡Mola un montón!

Juana se fue sin decir más despareciendo de mi vista al doblar una esquina, aunque sus carcajadas siguieron oyéndose unos instantes más.

Con su risa en mis oídos me reintegré al grupo de mis compañeros y nos encaminamos al hotel, cerca del Sena. Al día siguiente finalizaba nuestro viaje por Francia, pero antes visitaríamos de nuevo París.

La visita a la capital de Francia, como todas las que he realizado, fue estupenda, pero eso lo dejaré para otra ocasión porque París bien vale una misa… y un buen relato aparte.

 

FIN (fin en franchute)




GLOSARIO

El arquitecto del rey

La amante destronada

El pirata con contrato

Quiero regresar a casa

No son horas

La bruja turista




1 de noviembre de 2025

Un paseo por Francia: No son horas.

 Con el corazón en un puño debido al encuentro con el soldado Campbell me desplacé unos kilómetros al oeste, hacia una fortificación alemana en la que había varios cañones. 

—Esta es la batería de Longues-sur-Mer. Forma parte de una extensa línea de fortificaciones defensivas que los nazis construyeron para protegerse de una invasión de los aliados. A toda la línea defensiva se le llamó Muro Atlántico —me explicó mi marido todo entusiasmado. 

El entusiasmo de mi media naranja con el mundo bélico nunca lo he entendido. No conozco a nadie más pacifista que él, por no hablar de que se tiró toda la mili renegando de la pérdida de tiempo, pero sabe más de armamento que muchos ministros de defensa. Paradojas de la vida. 

—Estos cañones —prosiguió mi churri con un brillo en los ojos— son de 150 mm.

—¿Quince centímetros? Pero si miden por lo menos seis o siete metros —le repliqué mirando la mole de metal.

—150 mm es el diámetro de la munición —me contestó con cierto tonito condescendiente, sabedor de que yo sobre armas y municiones no tengo ni pajolera idea, como había quedado de manifiesto con mi absurda pregunta—. Son de largo alcance. Desde aquí dispararon a los buques aliados cuando vieron que se acercaban a la costa.


Los cañones en cuestión, que medían bastante más de quince centímetros, estaban protegidos por una especie de carcasa de hormigón armado. Dentro de esa carcasa supuse que se colocarían los artilleros para darles caña a los aliados. 

—Disparaban a los buques, ¿y también a los soldados que desembarcaron? Porque desde aquí no se ve la playa —pregunté pensando en el soldado inglés y sus compañeros.

—No, a esos les disparaban desde una línea más cerca de la costa, en los búnkeres que están a unos metros de la arena, donde terminan las dunas.

Mi marido siguió contando aspectos técnicos de los dichosos cañones, creo que dijo algo de que eran de fabricación checoslovaca, pero no estoy segura porque empecé a sentirme mareada. Todo me daba vueltas y caí al suelo. Pensé que había perdido el conocimiento porque al abrir los ojos ya era de noche. Aturdida miré a mi alrededor y no vi ni a mi marido ni a nadie del grupo con el que viajaba. «¿Me han dejado sola?», me dije, enfadada. «¡No me lo puedo creer!».

Sin embargo, no estaba sola. Dos hombres hablaban en voz baja. Su actitud me resultó sospechosa por lo que no me di a conocer. Sin hacer ruido y procurando que no me vieran me acerqué a ellos parapetándome tras un bloque de piedra.

—Ya llegan, tío, ya llegan. 

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

—Que llegan los aliados.

—No flipes, agonías, que eres muy agonías. No puede ser. El Führer dijo que el desembarco iba a ser en Calais. Es lo lógico, es el tramo más estrecho que separa Gran Bretaña con Francia.

—Pues el Führer se equivoca. Están aquí —replicó el agonías mirando por unos prismáticos—. Estoy viendo varios acorazados y destructores.

—¡Buques de guerra! ¿Estás seguro? 

—Pesqueros no son y embarcaciones de recreo tampoco. Estos no vienen de vacaciones.

—¡Joder! Hay que avisar al jefe de la defensa. Voy a pedir que me pongan con el mariscal —dijo el otro soldado acercándose a una radio.

—¿Con Rommel? Pues busca el número de Berlín porque aquí no lo vas a encontrar. Se ha ido a celebrar el cumpleaños de su mujer.

—¿Qué dices? ¿No se halla en Francia? Nos están dando la murga con lo de que los aliados están al caer y ahora que vienen, él se va. ¡Manda huevos!

—Como el parte meteorológico decía que estos días iba a hacer mal tiempo supuso que esta semana no vendría nadie por mar. De hecho, hay bastantes olas. La verdad, no sé cómo se les ocurre a estos —el agonías señaló hacia los barcos— intentar desembarcar con tanta marejada.

—Pues habrá que avisar a alguien.

—Que decidan los que llevan galones. Llama a algún mando.

El aludido habló con alguien a través de la radio y en unos minutos un coche apareció. Del vehículo se bajó un tipo con gorra de plato y con un uniforme de color gris verdoso, en la pechera de su guerrera lucía una aparatosa insignia con un águila y una cruz gamada. Los dos soldados que estaban en el cañón, el agonías y su compañero, se cuadraron en cuanto le vieron.

—¿Qué es eso de que llegan los aliados? Si deciden atacar, será por Calais, el punto más cercano al continente desde la   pérfida   Albión.    Deme    sus prismáticos —le dijo el recién llegado al agonías.

—¡A sus órdenes, coronel! —contestó el aludido más tieso que un palo.

Cuando el oficial comprobó con sus propios ojos que los soldados no mentían puso cara de circunstancias.

—¡Ya están aquí! Neutralizaremos la invasión hasta que nos lleguen los refuerzos. Prepárense todos para disparar en cuanto estén a tiro y siguiendo las coordenadas de los observadores —les gritó a los soldados—. Voy a dar orden de ametrallar desde los búnkeres a los efectivos que consigan llegar a la playa. Pero necesitamos que movilicen las divisiones Panzer, que las traigan desde Calais a Normandía. Esa orden solo puede venir del Führer —añadió pinzándose el puente de la nariz—, pero su interlocutor es Rommel. Y el mariscal está en Berlín. Ya podía cumplir años su santa esposa otro día. ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¿Qué hacemos?

Los dos soldados se miraron entre sí porque no sabían si la pregunta era retórica o realmente les estaba preguntando a ellos cómo actuar. 

—Voy a llamar yo directamente a la Cancillería del Reich. A ver qué pasa —continuó el coronel para alivio de los reclutas que se vieron exentos de tomar decisiones—. Soldado, páseme la radio.

Tras trastear con el aparato un buen rato, el oficial consiguió línea con Berlín. Allí le dijeron que el jefe estaba de veraneo, en los Alpes. Un buen rato después consiguió comunicación con Berghof, donde se ubicaba la residencia de verano de Hitler. Desde mi escondite asistí a toda la conversación.

—Guten morgen (buenos días, en alemán). Aquí el coronel Schneider. Llamo desde el frente del Muro Atlántico. ¿Está el Führer? Que se ponga.

—¿Guten morgen? —contestaron desde el otro lado de la línea—. Dirá más bien Gute nacht (buenas noches, en alemán). ¡Son las cinco de la madrugada! No son horas de llamar.

—Lo sé, pero necesito hablar con Herr Hitler, es importante.

—El jefe está durmiendo y no le gusta que le interrumpan el descanso porque se pone de muy mala leche, así que deje su mensaje y ya le avisaremos, que no son horas, caramba.

—Dígale que los aliados están desembarcando en Normandía, lejos de Calais. Necesitamos que dé la orden de movilizar las divisiones Panzer, no sabemos cuánto tiempo podremos retenerlos.

—Vale, tomo nota. Cuando se despierte ya le paso el recado.

El coronel cortó la comunicación y se quitó la gorra para rascarse la nuca. A pesar de que hacía bastante frío pude ver cómo sudaba profusamente.

—A esperar —les dijo a los dos soldados que no salían de su asombro tras escuchar la conversación por radio.

Miré el reloj que tenía el oficial, marcaba las 5:30h, y me dije que, siendo alemán, Hitler no tardaría mucho en despertarse así que en breve el coronel recibiría instrucciones. Me equivoqué. Hitler era muy alemán y muy ario para muchas cosas pero en lo de madrugar parecía español porque el tiparraco se despertó a las 12 de la mañana. Ya le vale. 

Transcurrieron siete horas amenizadas con un concierto de cañonazos de las baterías hacia los miles de barcos que se veían en el mar y ráfagas interminables de ametralladoras que, desde el borde de la playa, impedían a los desembarcados avanzar. El ruido era ensordecedor. Esas largas horas a mí se me hicieron eternas,  porque estaba convencida de que sufría una alucinación y temía los posibles daños cerebrales que me la estaban causando. 

Mientras yo esperaba salir de esa pesadilla y el oficial se mesaba su rubio cabello, la radio volvió a sonar. El Führer había despertado ¡Por fin! 

—¿Coronel Schneider? —se oyó al otro lado de la línea.

—Al aparato —contestó el rubio.

—Le he pasado su mensaje a Herr Hitler y dice que no se lo cree.

—¿Están dudando de mi palabra? Con el debido respeto: ¡esto es intolerable!

—No. A usted sí le cree. Lo que no se cree es que estén desembarcando de verdad. Piensa que es una maniobra de distracción y que el verdadero desembarco será en Calais, como él ha estado diciendo desde hace meses. Las divisiones Panzer se quedan donde están.

—Vamos a ver. Hay cientos de buques de guerra y miles de lanchas de desembarco. Llevan saltando al agua soldados en cinco playas desde hace ¡siete horas! Esto no puede ser un amago de desembarco. ¡Soldado! —gritó girándose a los artilleros— ¿Cuántos efectivos han llegado ya a las playas?

El agonías, sin dejar de disparar el cañón a su cargo y alzando la voz para que se le oyera respondió:

—Más de cien mil, según nos dicen los de transmisiones, pero siguen llegando muchos más. Y menos mal que los primeros se han ahogado porque los soltaron antes de tiempo. De momento están parapetados tras unas dunas porque las ametralladoras de los búnkeres los mantienen a raya, pero no sé cuánto tiempo vamos a aguantar así si no nos mandan refuerzos, mi coronel. 

—¿Ha oído, señor? ¿A usted le parece que desembarcar cien mil soldados es una añagaza?

—Pues a lo peor no. Espere. Voy a consultar.

Volvieron a pasar un par de horas más y entre tanto llegaban más y más soldados aliados, algunos sin ningún tipo de impedimenta porque se habían desprendido del equipo para poder salir a flote, esos eran los primeros en caer abatidos por las metralletas de la línea costera. Sin embargo, las cosas se estaban complicando para los alemanes, porque habían aparecido en el cielo aviones que empezaban a lanzar bombas. Dado que yo estaba ahora en ese bando, y por mucho asco que me dieran los nazis, recé para que se salvaran, al menos los que disparaban el cañón al lado del cual me encontraba. 

—Coronel, nos van a aniquilar, son muchos —espetó el agonías—. ¿Cuándo llegan los refuerzos? Esas divisiones Panzer preparadas desde hace meses para combatir la invasión tendrían que estar aquí ya, porque tan cierto es que nos están invadiendo como que yo me llamo Johannes.

El oficial cerró los ojos unos instantes antes de contestar.

—Dejen la posición. Aquí no hacemos nada. No voy a dejar que mueran mis hombres mientras en Berlín o en los Alpes están decidiendo si esto es de verdad o no. Estoy hasta la esvástica de tanto militar que hace la guerra desde un despacho. Daré la orden de retirada a toda la batería. Buen trabajo, soldados. Nos replegamos a Caen.

—¡A sus órdenes, coronel! —respondieron al unísono los dos combatientes.

Una vez que el oficial se fue en el coche, el agonías de Johannes le dijo a su compañero:

—Este —señaló con la barbilla al coronel— acaba gaseado en Auschwitz, se le va a caer el pelo por dar la retirada.

—Eso no es problema nuestro. Coge la radio que nos largamos.

—¡Espera! Hay alguien ahí, he visto una sombra.

Por desgracia, la sombra a la que se refería el agonías era yo. Cuando fijó la vista y me vio bien, se encaminó hacia mí con la mano levantada. 

—¡Una espía!

Cerré los ojos en un reflejo instintivo para no ver lo que se me venía encima. Entonces sentí un cachete flojito en la cara, muy suave para venir de un soldado alemán que se encaraba con quien él creía una espía. Abrí los ojos y vi el rostro de mi marido.

—Te has desmayado. ¿Qué te ha pasado? Menos mal que ya vuelves en ti. Parece una bajada de tensión —me dijo mirándome detenidamente— Vamos a tomarnos un café para que te repongas, aunque ya es algo tarde y los franchutes cierran muy pronto los bares. Lo mismo no encontramos nada abierto.

—Claro, tanto bombardeo y tanto esperar a que Hitler se despierte... hemos perdido el tiempo —añadí yo aún aturdida por lo que acababa de vivir.

—¡¿Qué?!

—¡Que no son horas!

NOTA: 
   Quiero dar las gracias a mi marido por el asesoramiento histórico-militar y por demostrarme, una vez más, que sabe mogollón de la Segunda Guerra Mundial; sin él esta publicación no hubiera sido posible.
   Aunque el relato está escrito en tono de humor y me he tomado algunas licencias literarias, lo de que Rommel (jefe al mando de la defensa de Francia ante la previsible invasión aliada) se fue al cumpleaños de su mujer porque hacía mal tiempo o lo de que no quisieron despertar a Hitler (el único con potestad para movilizar los refuerzos) cuando supieron de la invasión, es completamente verídico, aunque pueda parecer extraño viniendo de gente tan seria como son los alemanes y, encima, nazis.
No solo se perdieron unas horas preciosas esperando que el jefe se levantara de la cama (a las 12, para que luego digan de nosotros), es que, para más inri, va el tío y no se lo cree. Tan obsesionado estaba con que iban a desembarcar en Calais que pensó que le querían engañar con lo de Normandía. El tiempo que se desperdició provocó que algunas posiciones, como la de la batería de Longues-sur-Mer, fueran abandonadas dejando más libre el paso a los aliados. 
   Aun así, la batalla de Normandía duró casi tres meses; el desembarco tardó unas 10 horas, pero llegar hasta Caen (a 25 km) y tomar la ciudad supuso muchísimo más tiempo.
   El desembarco fue una chapuza (la primera línea de ofensiva estuvo más de 48 horas hacinada en las barcas de desembarco por el mal estado del mar y saltó antes de tiempo ahogándose la mayoría, los aviones no consiguieron destruir los nidos de ametralladoras que los estaban esperando…), pero los alemanes también tuvieron su buena cuota de errores lo que propició que la balanza se decantara a favor de los aliados.




Hada verde:Cursores
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