31 de diciembre de 2025

Quién tuviera melena

 

—Hay que reconocer que el tipo está de muy buen ver. Tiene muy buena planta, sí señora.

—¿Buen ver? ¿Buena planta? Mira que eres remilgada. ¡Está como un queso! Solo por mirar a semejante pibón les perdono a esos soplagaitas que nos incordien con sus cámaras y sus cachivaches. Cuánto trasto para rodar una película.

—Bueno, tampoco te pongas así porque no es el primer galán que nos visita con esa manía que les ha dado con rodar aquí... La abuela me dijo que una vez estuvo uno muy alto, moreno, con las sienes plateadas y con bigote que levantaba suspiros por donde iba. Clark Gable dijo que se llamaba.

—No creo que aquel actor supere al rubio este. Es que hay que ver… Mira lo que está haciendo ahora. ¡Madre mía! Lo que no ha conseguido este sol de justicia lo va a lograr el gachó: ¡me derrito! ¡¿Lo ves?!

—¿El qué? ¿Que le está lavando la cabeza a su compañera? No sé qué tiene eso de extraordinario. Y menos entiendo por qué lo graban.

—Hija, qué sosa eres. Esa escena rezuma sensualidad por todos los poros. Ya me gustaría a mí que me lavaran el pelo así.

—Pero ¿qué dices? ¡Si ni siquiera tienes melena! Eso es cosa del otro sexo.

—Pues qué lástima haber nacido con el sexo equivocado, entre otras cosas, para no tener que currar tanto, que somos nosotras las que damos el callo y porque si tuviera una buena melena me dejaba yo hacer por ese buenorro hasta la permanente.

—No blasfemes, hermana. Además, en cuanto te acercaras a él te pegaba un tiro. ¿No te das cuenta de que es un cazador?

—Su personaje es un cazador, él no.

—¡Lleva rifle!

—Da igual. Me he fijado y no sabe ni cómo se dispara. No me extraña, con esa carita de ángel… Además, las balas que usan no son de verdad, me lo contó una colega. Dice que se acercó a husmear y que otro de los actores se asustó y le disparó con uno de esos rifles; hizo mucho ruido, pero no le provocó ninguna herida.

—No te fíes. De todas formas, las armas de los nativos que van con el equipo de la película sí son de verdad. Yo no me acerco ahí ni de coña. No obstante, esa obsesión por traer personajes que son cazadores me da mala espina.

—¿Y qué quieres? Si vienen a rodar aquí no van a ser profesores de física cuántica los protagonistas. En Kenia no hay muchas universidades, pero sabana y animales para cazar… los que quieras. Aunque, últimamente ya hay menos.

—¿Cazadores?

—Animales.

—Yo no digo que aquí se hagan películas sobre profesores universitarios, pero… no sé. El tema ya cansa. Cualquier día, alguno se mete demasiado en su papel y se pone a pegarnos tiros de verdad.

—De todas formas, eres una exagerada. También han venido a rodar películas donde no había cazadores.

—¿Sí? Dime una.

—Lawrence de Arabia.

—Tienes razón, ahí no salían cazadores… de animales, pero había guerras y soldados que también iban armados. Variaciones sobre el mismo tema. El caso es que hay tiros y muertos y… peligro. Esta gente está mejor en sus casas, o en los escenarios naturales de sus países. Que filmen sobre sus cosas y nos dejen en paz a los demás.

—¡Arrea! ¡Nos están apuntando!

—¡Corre, hermana! ¡Corre!

—Nos están apuntando, pero con las cámaras, so tonta. ¡Nos graban! ¡Joder! Y yo con este pelaje. Tenía que haberme bañado en el río antes de venir.

—Deja de darte lametazos. Vámonos antes de que les dé por apuntarnos con otro tipo de objetivo, como el de una mira telescópica.

—No, yo no me voy. Quiero que el rubiales se fije en mí.

—Pero tú… ¿te estás escuchando? ¡Que son humanos! Nos largamos. Ya es hora de conseguir comida para la manada. Al otro lado de la colina he visto un rebaño de cebras de lo más apetitoso.

—Que no. Me quedo. Yo quiero que el rubio me mire con esos ojos azules y que me lave el pelo.

—Y dale. Que eres una leona… ¡No tienes melena!

 




 NOTA: En estas fechas se suele recordar a quienes durante el año nos dejaron. Con este relato yo rindo homenaje a un actor que se fue hace tres meses, uno de los grandes y un amor platónico de mi juventud: Robert Redford.


22 de diciembre de 2025

Un paseo por Francia: La bruja turista.

 

Abandonamos las playas del desembarco con un sabor amargo en el paladar por tanta muerte inútil y yo, además, con un buen dolor de cabeza de resultas de mi experiencia paranormal con los nazis y sus conversaciones telefónicas.

Nuestro siguiente destino era la ciudad de Ruan (Rouen en franchute) que es la capital de Normandía, famosa por su casco antiguo medieval, su profusión de iglesias góticas y porque allí se cargaron a Juana de Arco.

Temerosa de que me volviera a dar otro patatús que me hiciera viajar en el tiempo y harta ya de tantos sobresaltos no me separé en ningún momento de mis acompañantes. Así recorrí las estrechas calles de Ruan disfrutando de sus iglesias, de su reloj astronómico y de un espectáculo de luces proyectadas en la fachada de la catedral donde se hacía un repaso de la historia de la ciudad.


Imbuida de la historia guerrera de Ruan cuando fue asaltada por vikingos que se asentaron allí y fundaron su propia dinastía con el jefe Rollon (según la serie de TV «Vikings» era hermano de Ragnar Lodbrok) me paseé por sus calles imaginándome que por ahí también anduvieron esos aguerridos combatientes noruegos.


Llegamos hasta la plaza del Mercado Viejo (Vieux Marché en franchute) donde los ingleses le dieron matarile a Juana de Arco (lo de que los ingleses anduvieran por Ruan es cosa de la Guerra de los Cien Años, para más información acudid a cualquier enciclopedia). Entre matojos y hierbas que estaban pidiendo a gritos que los podaran había una placa que señalaba el lugar donde quemaron a la alucinada de Juana cual falla valenciana en la Nit del Foc.

El morbo que me embargó estar donde chamuscaron a Juana de Arco hizo que rompiera mi propósito de no separarme del grupo. Me adentré en la espesura del jardín, que más parecía vergel salvaje por la falta de cuidados jardineros, para leer bien la oculta placa. Y al hacer esto… la fastidié.

—¡Qué desagradecidos! —dijo una voz femenina.

No presté demasiada atención porque estaba intentando recordar el franchute del colegio y traducir «bûcher».

—¡Después de todo lo que hice por ellos me trataron como a una bruja! —continuó mi interlocutora.

—¡Hoguera! —exclamé yo cuando recordé qué significaba «bûcher» en francés e ignorando a quien me hablaba.

—Efectivamente, en la hoguera acabé —replicó la voz.

Sin mirar a la dueña de la voz, cerré los ojos y me dije: «Jobar, tengo al lado a Juana de Arco. Esto es un sinvivir.» Resignada y harta de tanta aparición me giré hacia mi nueva acompañante. Era una mujer de unos cincuenta años y no iba vestida de ninguna de las maneras a como representan a Juana, es decir, con cota de malla y armadura, tampoco presentaba quemaduras en el cuerpo, algo que agradecí internamente porque hubiera sido muy desagradable. Aunque no encajaba lo que estaba viendo con quien suponía que tenía delante de mí, le dije:

—Juana, supongo.

—Sí —me contestó inclinando levemente la cabeza.

A pesar de su afirmación seguía sin cuadrarme lo que veía. Juana de Arco murió con 19 años y aquella mujer era más mayor. «Tener visiones y guerrear castiga mucho el cuerpo» me dije.

—No te lo tomes a mal, pero te veo desmejorada. En la estatua que tienes en tu capilla de la catedral sales bastante más joven.

—¿Yo tengo una capilla en la catedral? —preguntó con los ojos como platos.

—Claro, porque primero te acusaron de brujería, pero luego rectificaron y te hicieron santa. ¿No te enteraste?

—No tenía ni idea. ¡Qué cosas! Si me viera mi madre iba a alucinar. A ella también la acusaron de brujería, pero como confesó solo la azotaron y la desterraron. Lo mismo debería haberse dejado quemar y ahora también sería santa —añadió lanzando una carcajada que dejó al descubierto una dentadura podrida y maloliente.

—¿Tu madre también tenía visiones de dios? —pregunté al mismo tiempo que me anotaba mentalmente volver a leer sobre Juana de Arco porque, evidentemente, tenía lagunas al respecto.

—No. Curaba con plantas como hacía yo. No creo que viera a dios en su vida, huíamos de las iglesias como de la peste —volvió a carcajearse regalándome otra imagen maravillosa del interior de su boca.

—Vamos a ver —repliqué yo pinzándome el puente de la nariz— ¿de verdad que eres Juana de Arco?

—No. Soy Juana Harvilliers. Bruja confesa y quemada en la hoguera, para servirte a ti y al diablo —se carcajeó haciendo un reverencia.

—¡Otra Juana quemada aquí!

—A mí me ejecutaron en Ribemont, unos cientos de kilómetros más al nordeste.

—¿Y qué haces en Ruan?

—Turismo. ¿Y tú?

—También, pero no sabía que los fantasmas… fueran turistas.

—Vagar por la eternidad es muy aburrido y hay que distraerse como una puede. Vengo aquí porque hay mucha animación. Parece ser —se arrimó a mí en gesto confidencial— que aquí quemaron a otra bruja por interés político: les hizo un favor a los ingleses y luego se la quitaron de encima.

—Ya. Algo he oído yo también. ¿Y a ti por qué te quemaron?

—Por envidia. Se me daba bien curar, pero no iba a misa. Un granjero enfermó y como no conseguí sanarlo dijeron que yo le había provocado la enfermedad con solo mirarlo y que por eso había muerto. Un clásico. Me arrestaron, me torturaron y confesé porque de aquella no iba a salir y cuanto menos durara el suplicio eso que me ahorraba. Me quemaron y aquí estoy —concluyó con un gesto de resignación.

—Sí, tienes razón, una historia habitual cuando de brujas se trata.

—Lo que no es tan habitual es que a algunas las hagan santas —dijo señalando con la barbilla la placa que recordaba el lugar de la hoguera de su tocaya.

—Ya ves. Ella —señalé yo también la placa— sí iba a misa. A lo mejor ahí radica la diferencia.

—Puede. Te tengo que dejar, me voy a la catedral.

—¿A misa? —pregunté extrañada.

—¡Qué dices! No entré en ninguna iglesia cuando estaba viva, no lo voy a hacer ahora que estoy muerta —contestó carcajeándose otra vez—. Voy a ver la fachada, me he enterado de que ponen un espectáculo de luces muy bonito.

—¡Sí! ¡Mola un montón!

Juana se fue sin decir más despareciendo de mi vista al doblar una esquina, aunque sus carcajadas siguieron oyéndose unos instantes más.

Con su risa en mis oídos me reintegré al grupo de mis compañeros y nos encaminamos al hotel, cerca del Sena. Al día siguiente finalizaba nuestro viaje por Francia, pero antes visitaríamos de nuevo París.

La visita a la capital de Francia, como todas las que he realizado, fue estupenda, pero eso lo dejaré para otra ocasión porque París bien vale una misa… y un buen relato aparte.

 

FIN (fin en franchute)




GLOSARIO

El arquitecto del rey

La amante destronada

El pirata con contrato

Quiero regresar a casa

No son horas

La bruja turista




1 de noviembre de 2025

Un paseo por Francia: No son horas.

 Con el corazón en un puño debido al encuentro con el soldado Campbell me desplacé unos kilómetros al oeste, hacia una fortificación alemana en la que había varios cañones. 

—Esta es la batería de Longues-sur-Mer. Forma parte de una extensa línea de fortificaciones defensivas que los nazis construyeron para protegerse de una invasión de los aliados. A toda la línea defensiva se le llamó Muro Atlántico —me explicó mi marido todo entusiasmado. 

El entusiasmo de mi media naranja con el mundo bélico nunca lo he entendido. No conozco a nadie más pacifista que él, por no hablar de que se tiró toda la mili renegando de la pérdida de tiempo, pero sabe más de armamento que muchos ministros de defensa. Paradojas de la vida. 

—Estos cañones —prosiguió mi churri con un brillo en los ojos— son de 150 mm.

—¿Quince centímetros? Pero si miden por lo menos seis o siete metros —le repliqué mirando la mole de metal.

—150 mm es el diámetro de la munición —me contestó con cierto tonito condescendiente, sabedor de que yo sobre armas y municiones no tengo ni pajolera idea, como había quedado de manifiesto con mi absurda pregunta—. Son de largo alcance. Desde aquí dispararon a los buques aliados cuando vieron que se acercaban a la costa.


Los cañones en cuestión, que medían bastante más de quince centímetros, estaban protegidos por una especie de carcasa de hormigón armado. Dentro de esa carcasa supuse que se colocarían los artilleros para darles caña a los aliados. 

—Disparaban a los buques, ¿y también a los soldados que desembarcaron? Porque desde aquí no se ve la playa —pregunté pensando en el soldado inglés y sus compañeros.

—No, a esos les disparaban desde una línea más cerca de la costa, en los búnkeres que están a unos metros de la arena, donde terminan las dunas.

Mi marido siguió contando aspectos técnicos de los dichosos cañones, creo que dijo algo de que eran de fabricación checoslovaca, pero no estoy segura porque empecé a sentirme mareada. Todo me daba vueltas y caí al suelo. Pensé que había perdido el conocimiento porque al abrir los ojos ya era de noche. Aturdida miré a mi alrededor y no vi ni a mi marido ni a nadie del grupo con el que viajaba. «¿Me han dejado sola?», me dije, enfadada. «¡No me lo puedo creer!».

Sin embargo, no estaba sola. Dos hombres hablaban en voz baja. Su actitud me resultó sospechosa por lo que no me di a conocer. Sin hacer ruido y procurando que no me vieran me acerqué a ellos parapetándome tras un bloque de piedra.

—Ya llegan, tío, ya llegan. 

—¿Qué? ¿A qué te refieres?

—Que llegan los aliados.

—No flipes, agonías, que eres muy agonías. No puede ser. El Führer dijo que el desembarco iba a ser en Calais. Es lo lógico, es el tramo más estrecho que separa Gran Bretaña con Francia.

—Pues el Führer se equivoca. Están aquí —replicó el agonías mirando por unos prismáticos—. Estoy viendo varios acorazados y destructores.

—¡Buques de guerra! ¿Estás seguro? 

—Pesqueros no son y embarcaciones de recreo tampoco. Estos no vienen de vacaciones.

—¡Joder! Hay que avisar al jefe de la defensa. Voy a pedir que me pongan con el mariscal —dijo el otro soldado acercándose a una radio.

—¿Con Rommel? Pues busca el número de Berlín porque aquí no lo vas a encontrar. Se ha ido a celebrar el cumpleaños de su mujer.

—¿Qué dices? ¿No se halla en Francia? Nos están dando la murga con lo de que los aliados están al caer y ahora que vienen, él se va. ¡Manda huevos!

—Como el parte meteorológico decía que estos días iba a hacer mal tiempo supuso que esta semana no vendría nadie por mar. De hecho, hay bastantes olas. La verdad, no sé cómo se les ocurre a estos —el agonías señaló hacia los barcos— intentar desembarcar con tanta marejada.

—Pues habrá que avisar a alguien.

—Que decidan los que llevan galones. Llama a algún mando.

El aludido habló con alguien a través de la radio y en unos minutos un coche apareció. Del vehículo se bajó un tipo con gorra de plato y con un uniforme de color gris verdoso, en la pechera de su guerrera lucía una aparatosa insignia con un águila y una cruz gamada. Los dos soldados que estaban en el cañón, el agonías y su compañero, se cuadraron en cuanto le vieron.

—¿Qué es eso de que llegan los aliados? Si deciden atacar, será por Calais, el punto más cercano al continente desde la   pérfida   Albión.    Deme    sus prismáticos —le dijo el recién llegado al agonías.

—¡A sus órdenes, coronel! —contestó el aludido más tieso que un palo.

Cuando el oficial comprobó con sus propios ojos que los soldados no mentían puso cara de circunstancias.

—¡Ya están aquí! Neutralizaremos la invasión hasta que nos lleguen los refuerzos. Prepárense todos para disparar en cuanto estén a tiro y siguiendo las coordenadas de los observadores —les gritó a los soldados—. Voy a dar orden de ametrallar desde los búnkeres a los efectivos que consigan llegar a la playa. Pero necesitamos que movilicen las divisiones Panzer, que las traigan desde Calais a Normandía. Esa orden solo puede venir del Führer —añadió pinzándose el puente de la nariz—, pero su interlocutor es Rommel. Y el mariscal está en Berlín. Ya podía cumplir años su santa esposa otro día. ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¿Qué hacemos?

Los dos soldados se miraron entre sí porque no sabían si la pregunta era retórica o realmente les estaba preguntando a ellos cómo actuar. 

—Voy a llamar yo directamente a la Cancillería del Reich. A ver qué pasa —continuó el coronel para alivio de los reclutas que se vieron exentos de tomar decisiones—. Soldado, páseme la radio.

Tras trastear con el aparato un buen rato, el oficial consiguió línea con Berlín. Allí le dijeron que el jefe estaba de veraneo, en los Alpes. Un buen rato después consiguió comunicación con Berghof, donde se ubicaba la residencia de verano de Hitler. Desde mi escondite asistí a toda la conversación.

—Guten morgen (buenos días, en alemán). Aquí el coronel Schneider. Llamo desde el frente del Muro Atlántico. ¿Está el Führer? Que se ponga.

—¿Guten morgen? —contestaron desde el otro lado de la línea—. Dirá más bien Gute nacht (buenas noches, en alemán). ¡Son las cinco de la madrugada! No son horas de llamar.

—Lo sé, pero necesito hablar con Herr Hitler, es importante.

—El jefe está durmiendo y no le gusta que le interrumpan el descanso porque se pone de muy mala leche, así que deje su mensaje y ya le avisaremos, que no son horas, caramba.

—Dígale que los aliados están desembarcando en Normandía, lejos de Calais. Necesitamos que dé la orden de movilizar las divisiones Panzer, no sabemos cuánto tiempo podremos retenerlos.

—Vale, tomo nota. Cuando se despierte ya le paso el recado.

El coronel cortó la comunicación y se quitó la gorra para rascarse la nuca. A pesar de que hacía bastante frío pude ver cómo sudaba profusamente.

—A esperar —les dijo a los dos soldados que no salían de su asombro tras escuchar la conversación por radio.

Miré el reloj que tenía el oficial, marcaba las 5:30h, y me dije que, siendo alemán, Hitler no tardaría mucho en despertarse así que en breve el coronel recibiría instrucciones. Me equivoqué. Hitler era muy alemán y muy ario para muchas cosas pero en lo de madrugar parecía español porque el tiparraco se despertó a las 12 de la mañana. Ya le vale. 

Transcurrieron siete horas amenizadas con un concierto de cañonazos de las baterías hacia los miles de barcos que se veían en el mar y ráfagas interminables de ametralladoras que, desde el borde de la playa, impedían a los desembarcados avanzar. El ruido era ensordecedor. Esas largas horas a mí se me hicieron eternas,  porque estaba convencida de que sufría una alucinación y temía los posibles daños cerebrales que me la estaban causando. 

Mientras yo esperaba salir de esa pesadilla y el oficial se mesaba su rubio cabello, la radio volvió a sonar. El Führer había despertado ¡Por fin! 

—¿Coronel Schneider? —se oyó al otro lado de la línea.

—Al aparato —contestó el rubio.

—Le he pasado su mensaje a Herr Hitler y dice que no se lo cree.

—¿Están dudando de mi palabra? Con el debido respeto: ¡esto es intolerable!

—No. A usted sí le cree. Lo que no se cree es que estén desembarcando de verdad. Piensa que es una maniobra de distracción y que el verdadero desembarco será en Calais, como él ha estado diciendo desde hace meses. Las divisiones Panzer se quedan donde están.

—Vamos a ver. Hay cientos de buques de guerra y miles de lanchas de desembarco. Llevan saltando al agua soldados en cinco playas desde hace ¡siete horas! Esto no puede ser un amago de desembarco. ¡Soldado! —gritó girándose a los artilleros— ¿Cuántos efectivos han llegado ya a las playas?

El agonías, sin dejar de disparar el cañón a su cargo y alzando la voz para que se le oyera respondió:

—Más de cien mil, según nos dicen los de transmisiones, pero siguen llegando muchos más. Y menos mal que los primeros se han ahogado porque los soltaron antes de tiempo. De momento están parapetados tras unas dunas porque las ametralladoras de los búnkeres los mantienen a raya, pero no sé cuánto tiempo vamos a aguantar así si no nos mandan refuerzos, mi coronel. 

—¿Ha oído, señor? ¿A usted le parece que desembarcar cien mil soldados es una añagaza?

—Pues a lo peor no. Espere. Voy a consultar.

Volvieron a pasar un par de horas más y entre tanto llegaban más y más soldados aliados, algunos sin ningún tipo de impedimenta porque se habían desprendido del equipo para poder salir a flote, esos eran los primeros en caer abatidos por las metralletas de la línea costera. Sin embargo, las cosas se estaban complicando para los alemanes, porque habían aparecido en el cielo aviones que empezaban a lanzar bombas. Dado que yo estaba ahora en ese bando, y por mucho asco que me dieran los nazis, recé para que se salvaran, al menos los que disparaban el cañón al lado del cual me encontraba. 

—Coronel, nos van a aniquilar, son muchos —espetó el agonías—. ¿Cuándo llegan los refuerzos? Esas divisiones Panzer preparadas desde hace meses para combatir la invasión tendrían que estar aquí ya, porque tan cierto es que nos están invadiendo como que yo me llamo Johannes.

El oficial cerró los ojos unos instantes antes de contestar.

—Dejen la posición. Aquí no hacemos nada. No voy a dejar que mueran mis hombres mientras en Berlín o en los Alpes están decidiendo si esto es de verdad o no. Estoy hasta la esvástica de tanto militar que hace la guerra desde un despacho. Daré la orden de retirada a toda la batería. Buen trabajo, soldados. Nos replegamos a Caen.

—¡A sus órdenes, coronel! —respondieron al unísono los dos combatientes.

Una vez que el oficial se fue en el coche, el agonías de Johannes le dijo a su compañero:

—Este —señaló con la barbilla al coronel— acaba gaseado en Auschwitz, se le va a caer el pelo por dar la retirada.

—Eso no es problema nuestro. Coge la radio que nos largamos.

—¡Espera! Hay alguien ahí, he visto una sombra.

Por desgracia, la sombra a la que se refería el agonías era yo. Cuando fijó la vista y me vio bien, se encaminó hacia mí con la mano levantada. 

—¡Una espía!

Cerré los ojos en un reflejo instintivo para no ver lo que se me venía encima. Entonces sentí un cachete flojito en la cara, muy suave para venir de un soldado alemán que se encaraba con quien él creía una espía. Abrí los ojos y vi el rostro de mi marido.

—Te has desmayado. ¿Qué te ha pasado? Menos mal que ya vuelves en ti. Parece una bajada de tensión —me dijo mirándome detenidamente— Vamos a tomarnos un café para que te repongas, aunque ya es algo tarde y los franchutes cierran muy pronto los bares. Lo mismo no encontramos nada abierto.

—Claro, tanto bombardeo y tanto esperar a que Hitler se despierte... hemos perdido el tiempo —añadí yo aún aturdida por lo que acababa de vivir.

—¡¿Qué?!

—¡Que no son horas!

NOTA: 
   Quiero dar las gracias a mi marido por el asesoramiento histórico-militar y por demostrarme, una vez más, que sabe mogollón de la Segunda Guerra Mundial; sin él esta publicación no hubiera sido posible.
   Aunque el relato está escrito en tono de humor y me he tomado algunas licencias literarias, lo de que Rommel (jefe al mando de la defensa de Francia ante la previsible invasión aliada) se fue al cumpleaños de su mujer porque hacía mal tiempo o lo de que no quisieron despertar a Hitler (el único con potestad para movilizar los refuerzos) cuando supieron de la invasión, es completamente verídico, aunque pueda parecer extraño viniendo de gente tan seria como son los alemanes y, encima, nazis.
No solo se perdieron unas horas preciosas esperando que el jefe se levantara de la cama (a las 12, para que luego digan de nosotros), es que, para más inri, va el tío y no se lo cree. Tan obsesionado estaba con que iban a desembarcar en Calais que pensó que le querían engañar con lo de Normandía. El tiempo que se desperdició provocó que algunas posiciones, como la de la batería de Longues-sur-Mer, fueran abandonadas dejando más libre el paso a los aliados. 
   Aun así, la batalla de Normandía duró casi tres meses; el desembarco tardó unas 10 horas, pero llegar hasta Caen (a 25 km) y tomar la ciudad supuso muchísimo más tiempo.
   El desembarco fue una chapuza (la primera línea de ofensiva estuvo más de 48 horas hacinada en las barcas de desembarco por el mal estado del mar y saltó antes de tiempo ahogándose la mayoría, los aviones no consiguieron destruir los nidos de ametralladoras que los estaban esperando…), pero los alemanes también tuvieron su buena cuota de errores lo que propició que la balanza se decantara a favor de los aliados.




27 de octubre de 2025

Un paseo por Francia: Quiero regresar a casa.

 


«Playa de Gold (Gold Beach) es el nombre en clave que recibió uno de los tramos de costa donde se realizó el desembarco del día D, el 6 de junio de 1944, durante la Segunda Guerra Mundial. El desembarco fue ejecutado por un compendio de tropas de Estados Unidos, Reino Unido y Canadá, además de soldados de otras naciones. En Playa Gold desembarcaron la 5ª División y la 8.ª Brigada blindada de Reino Unido. El enclave está situado entre las playas de Omaha y Juno. Está a la altura de la famosa población de Arromanches-les-Bains, una comuna de Francia a 25 km al noroeste de Caen y dentro del departamento de Calvados en la región de Normandía.»

A pesar de que la voz cadenciosa de la guía era sumamente arrulladora conseguí no dormirme en el trayecto en bus y escuché toda la explicación sobre el desembarco de Normandía. Los temas bélicos no me seducen especialmente, pero a mi chico sí y, por darle gusto, accedí a conocer las playas donde los aliados pusieron pie en territorio ocupado por los alemanes en la Segunda Guerra Mundial.

Arromanches-les-Bains es un pueblecito costero, lugar de veraneo de los franceses que gustan del mar y no son muy exigentes con el buen tiempo ya que suele soplar el viento y hace bastante fresco en verano, por no hablar de la temperatura del agua que está gélida.

Tras visitar Gold Beach que, por mucho desembarco aliado que se diera en la guerra, es una playa normal, nos encaminamos a Arromanches. Esta localidad vive, esencialmente, de la fama del desembarco. Todos los establecimientos tienen nombres relacionados con el día D, la oficina de turismo está repleta de libros con fotos y reportajes sobre aquel día. Incluso, en la plaza, a modo de mobiliario urbano, están colocados carros de combate y otros vehículos militares.

Además, el año anterior habían celebrado el ochenta aniversario de dicho desembarco y aún quedaban restos de la conmemoración. De los tres ejércitos mayoritarios en el día D, el británico desembarcó en Gold Beach y por eso, en recuerdo de los soldados caídos en combate, por doquier aparecían coronas confeccionadas con amapolas (de tela, las de verdad no les durarían ni dos minutos al ser flores sumamente perecederas). Lo de recordar a los muertos en batalla con amapolas es muy british y a mí me dio la oportunidad de comprar algunas cosillas con esa flor (un pañuelo, una taza y un imán) ya que, junto al girasol, la amapola es mi flor favorita.

Si alguno se está preguntando qué tienen que ver las amapolas con los ingleses y con los soldados muertos aquí estoy yo para aclararos y daros luz.

Un poeta canadiense contó en un poema que la sangre derramada por los soldados británicos en Flandes durante la Primera Guerra Mundial se convertía en las amapolas que crecían entre las tumbas de esos soldados (o algo así, porque el poema no me lo sé, además de que está en inglés). El caso es que a la Royal British Legion le gustó mucho el símil y desde hace más de cien años se conmemora a los caídos de Reino Unido con esa flor: los británicos se ponen una amapola en la solapa (de tela, las de verdad no les durarían ni dos minutos al ser flores sumamente perecederas) todos los 11 de noviembre (Día del Armisticio de la Primera Guerra Mundial). Como he comentado anteriormente, no soy aficionada a los temas bélicos, pero sí le tengo afición a Sting y este cantante tiene una preciosa canción, Children’s Crusade, donde hace alusión a lo de las amapolas y los soldados, de ahí mi conocimiento del tema porque el poema anteriormente citado no me lo he leído.

Estrené mi foulard de amapolas para combatir la brisa marina que se estaba convirtiendo en un viento frío, y lo hice mirando el mar y la playa a la vez que reflexionaba sobre mi fijación con las amapolas: son flores campestres, rotundamente naturales, sin el artificio de las flores ornamentales de los jardines. Desde luego nada que ver mis motivos con los de los británicos para amar las amapolas.


Mientras me peleaba con el viento para anudarme correctamente el pañuelo vi a alguien saliendo del agua. Se acercó a mí tiritando (el agua estaba helada a pesar de ser el mes de julio). Me extrañó que no llevara bañador sino una camisa y un pantalón caquis. Si me encontrara en una playa del Mediterráneo hubiera pensado que era un náufrago de alguna patera, pero las aguas (océano Atlántico), el color de su piel (blanquísima), el de su pelo (rojo) y el de sus ojos (azules) me quitaron la idea de la cabeza consciente de lo políticamente incorrecto de mi razonamiento y de mis prejuicios.

—Quiero regresar a casa —me espetó sin más preámbulos.

No supe qué decirle. Para empezar, no sabía cuál era su domicilio y aunque lo supiera tampoco hubiera sido capaz de darle instrucciones para llegar porque yo no vivía en la zona.

Ante mi mutismo el chico (al acercarse me di cuenta de que era un chaval) insistió.

—Quiero regresar a casa.

—¿No sería mejor que te cambies de ropa antes? Con este viento y empapado vas a pillar una neumonía.

—Quiero regresar a casa. Me he perdido, tengo frío, necesito ir a mi hogar.

Esto último lo dijo entre sollozos. Entonces me percaté de que algunas de las gotas que surcaban su rostro no era agua de mar sino lágrimas.

—Te acompaño a una cafetería, te tomas algo caliente y vemos quién te puede dar ropa seca. ¿De acuerdo? —añadí yo agarrándolo del brazo e intentando serenarlo porque le noté muy asustado.

—¡No! ¡Quiero regresar a casa! —gritó desasiéndose de mí.

—Está bien, está bien —quise calmarle levantando las manos—. ¿Dónde vives?

—Quiero regresar a casa —repitió como un mantra con la mirada perdida.

Me fijé más en su indumentaria y vi que en una de las mangas de la camisa caqui tenía bordada la bandera británica. Debajo había otra insignia, también bordada, con unos dibujos extraños que no fui capaz de descifrar, tan solo el número 8.

«Ya estamos», me dije, «este es un soldado del desembarco». Sin despeinarme asumí que me volvía a topar con otro rarito y, como si tal cosa, le pregunté:

—¿Perteneces a las tropas aliadas que desembarcaron aquí?

—¡Soldado Campbell! ¡8.ª Brigada blindada de la armada de Su Graciosa Majestad! —me contestó marcialmente y con el saludo militar.

Empapado de agua y con esa cara de niño (calculé que no tendría más de diecisiete o dieciocho años), aquel saludo resultaba casi cómico si no fuera porque el pobre estaba realmente desesperado.

—Pues como quieras regresar a casa vas a tener que seguir nadando hacia el norte. En cuanto cruces el Canal de la Mancha ya has llegado —ironicé para quitarle hierro al asunto y por no saber qué contestarle a un muerto que quiere retornar a su morada.

—Quiero regresar a casa —insistió—. Me gustaría ver a mi madre. La echo de menos. Pero puede que sea más razonable buscar a mi regimiento y reintegrarme con ellos —se aplacó sentándose en la arena.

—Creo que eso va a ser más difícil que volver a casa. Me parece que ya no queda nadie —argumenté yo con un escalofrío en el cuerpo al pensar en la madre de aquel chico.

—¿Se han ido? Seguro que ya han tomado posiciones. Las órdenes eran poner pie desde el caserío de La Reviére hasta el caserío de Hamel. ¿Dónde está Hamel? He de ir allí.

—No tengo ni idea. No soy de aquí.

—¡Ah! ¿No? Entonces… ¿no serás alemana? —me preguntó con suspicacia.

—¿Alemana yo? Vamos a ver, chaval. Soy bajita, morena y con el pelo rizado. ¿Tengo pinta de ser de Alemania? —otra vez yo y mis prejuicios.

—Pues he de retomar el contacto con mi unidad. Por favor, ayúdame.

—Mira… lo de encontrar a tus colegas lo mismo es complicado…

—No entiendo cómo nos lanzaron tan pronto al agua —prosiguió sin hacerme caso—. Abrieron las compuertas de las barcazas de desembarco demasiado pronto, había demasiada profundidad, no hacíamos pie y algunos no sabían nadar. Y aunque supieras nadar, tampoco servía de mucho, el equipo y las armas pesaban demasiado y te hundías sin remisión. Yo me tuve que deshacer de todo, hasta de las botas y el casco, de lo contrario me hubiera ahogado como la mayoría de mis compañeros.

—Si abrieron las rampas para que saltarais al agua antes de tiempo, eso fue un fallo muy gordo. ¡Joder! Y decían que fue una operación muy bien programada.

—¿Bien programada? ¡Ja! Quisieron hacer el desembarco con luna nueva, por lo de que no nos vieran antes de tiempo lo que implicó que nosotros tampoco viéramos nada. También debía haber pleamar para no tener que caminar tanto, que aquí cuando baja la marea el agua se va a tomar por saco de la costa. Deberíamos haber desembarcado el día 5 de junio y varias horas antes nos metieron a los de primera línea en las barcazas, pero resulta que había temporal y decidieron posponerlo un día más, el 6 de junio. Sin embargo, a los que ya estábamos en las lanchas nos dejaron allí, casi dos días enteros, con un vaivén horrible, hacinados, sin apenas comer, mareados la mayoría, vomitando por las olas y el miedo… Aunque nos soltaron más lejos de lo que debían, yo casi lo agradecí, prefería morir ahogado que encerrado en aquella lata de sardinas. Cuando conseguí zafarme de todo el equipo, salí a flote y llegué a la orilla, pero los alemanes nos estaban esperando disparando desde los búnkeres. No sé qué pudo pasar. Se supone que la línea de defensa alemana debería haber sido neutralizada por nuestros aviones y los paracaidistas. Después de seis interminables horas agazapado tras unas dunas con los proyectiles de los nazis pasando a centímetros de mi cabeza, decidí regresar al agua, me pareció más seguro.

Sobrecogida por lo que estaba oyendo enmudecí imaginando el horror que debieron pasar aquellos soldados ese día que, en la actualidad, es tan alabado por todos. ¡Qué horror!

—Pero no encuentro a mis compañeros. ¿Qué voy a hacer? Al menos estoy vivo —se dijo para darse ánimos.

Mientras hablaba del espanto que tuvo que vivir me fijé en un agujero de su camisa, estaba a la altura de un costado y ahí la tela mojada presentaba un tono más oscuro, tirando a rojo. Espeluznada me di cuenta de que era el orificio que le había provocado alguna de las balas con las que los recibieron los alemanes nada más pisar tierra. Yo ya sabía que aquel muchacho estaba muerto, pero lo terrible era que él no.

Hasta ahora, entre la gente rara que me había encontrado cada uno, a su modo, era consciente de su estado, este chiquillo no. Entre lo aterrador de su relato y mi nuevo descubrimiento la boca se me secó y no fui capaz de decirle nada.

Sabía por mi marido, un devorador de libros y documentales sobre la Segunda Guerra Mundial, que en el desembarco de Normandía, el famoso día D, murieron cerca de 5.000 soldados (casi una quinta parte ahogados y no por culpa de las balas alemanas) y hubo unos 6.000 heridos y/o desaparecidos. Más de diez mil vidas truncadas en un conflicto bélico absurdo, como lo son todos los conflictos bélicos. Eso sin contar las bajas alemanas, que también fueron muchas.

El soldado Campbell no fue el único que no consiguió volver a casa. Miles de jóvenes no regresaron jamás; miles de madres perdieron a sus hijos mientras estos las echaban de menos.

El muchacho, consciente de mi silencio, se levantó de la arena y se volvió a internar en el mar.

—¿A dónde vas? —le pregunté.

—Quiero regresar a casa.








5 de octubre de 2025

Un paseo por Francia: El pirata con contrato.

 

Tras varios días recorriendo el valle del Loira nos desplazamos al norte de Francia, a Bretaña. El primer lugar de esa región donde recalamos fue Dinan, un pueblecito digno escenario para el cuento de La Bella y la Bestia. Tras visitar sus preciosas y coquetas calles nos fuimos a Saint-Malo.

Cuando viajo busco lugares muy diferentes a los que frecuento, por eso de que en la variación está el gusto. Por donde yo me muevo suele haber bastante gente ya que vivo en una gran ciudad. Las aglomeraciones no me asustan, pero tampoco me agradan, aunque esté acostumbrada. Por eso, cuando llego a un lugar donde hay pocas personas me relajo y disfruto del momento.

En Saint-Malo no me relajé nada de nada, porque aquello estaba petado de turistas. La localidad está situada en pleno Canal de la Mancha y tiene unas bonitas playas.

Debido a su emplazamiento (si uno se pone a nadar todo tieso para el norte llega a Gran Bretaña) tiene un pasado marítimo lleno de episodios bélicos. En esta ciudad se atrincheraron los alemanes en la Segunda Guerra Mundial cuando desembarcaron los aliados unas cuantas playas más al este. Pero antes de la confrontación mundial, Saint-Malo vivió momentos de luchas intensas pues llegó a ser una república independiente a caballo entre el ducado de Bretaña y el reino de Francia. Tanto los bretones como los franceses se querían apropiar de Saint-Malo y el pequeño estado tuvo que defenderse. Todo lo anterior explica por qué toda la ciudad es una auténtica fortaleza amurallada.

Además, su situación geopolítica propició que la ciudad fuera el refugio de corsarios y piratas. De hecho, todo el merchandising turístico está focalizado en esta cuestión, de tal manera que más parece un parque temático sobre piratas que una ciudad costera.

Intentando alejarme de la aglomeración turística y de las tiendas con maniquíes de Jack Sparrow, me interné entre sus estrechas callejuelas. Fuera ya de las vías principales hallé la paz deseada. Callejeando y sin saber muy bien a dónde iba me topé con una construcción llamativa.




     Se trataba de una casa con una pequeña torre adosada. La torre en sí ya era admirable porque su base era circular, pero arriba tenía la forma de un octógono, terminando en un tejado puntiagudo. En la casa, un coqueto balcón sobresalía de la fachada, mientras que las ventanas blancas, a juego con la puerta, destacaban en la piedra marrón. El acceso a la pequeña torre se hacía a través de una sugestiva puerta roja.

El cartel que se encontraba al inicio del callejón explicaba que en aquella casa se había alojado la duquesa Ana. No tenía ni idea de quién era esa señora (probablemente la guía lo habría contado en el bus, pero, de nuevo, yo había aprovechado el trayecto para dormir), así que busqué en Google.

Ana de Bretaña fue duquesa de ídem y reina de Francia en el siglo XV, resultó ser una buena gobernante del ducado y mecenas de las artes. Hasta aquí, su currículum me dejó bastante fría. Lo que me impactó fue averiguar que estuvo 14 veces embarazada, pero de esos embarazos solo llegaron a término 7 y de esos siete hijos tan solo dos sobrevivieron. Ya sabemos todos que la mortalidad infantil ha sido muy elevada hasta hace bien poco, pero, aun así, el sufrimiento de esta madre tuvo que ser enorme. Encima, la pobre mujer, se murió con 36 años.

Mientras estaba fotografiando la construcción, oí un ruido estridente de goznes mal engrasados. En el silencio de aquel callejón ese estrépito retumbó en mis oídos haciéndome dar un respingo. Buqué el origen del escándalo, y resultó que procedía de la puerta roja de la torre: se estaba abriendo lentamente. Como era de día y lucía un sol espléndido no sentí temor, pero esa escena me ocurre de noche y me falta calle para salir corriendo.

Me quedé parada esperando ver quién se disponía a salir de tan peculiar lugar. Lo primero que pensé, dada mi experiencia y tendencias paranormales, es que me iba a encontrar con Ana de Bretaña, al fin y al cabo, esa fue su casa.

Sin embargo, quien surgió no se parecía a ninguna duquesa. No es que yo tenga mucha experiencia en el trato con duquesas del siglo XV (ni de ningún siglo), pero me da que no llevan trabuco ni espada al cinto como el señor que se me plantó delante. A las armas que portaba había que añadir a su atuendo unos pantalones embutidos en unas botas de caña muy alta que le tapaban las rodillas y una casaca entallada de un color parecido al rojo llena de lamparones y remiendos. Un sombrero de tres picos coronaba su cabeza dejando entrever una larga melena recogida en una coleta. La barba, que le tapaba media cara, estaba entrelazada por diminutas trenzas.

—¿Quién será este? Por las pintas parece un pirata —me pregunté y me contesté a la vez.

Tanto la pregunta como la respuesta las hice en voz alta por lo que el susodicho me oyó.

—Distinguida dama, erráis en vuestro juicio pues no soy ningún pirata bandido.

Tras asegurarme de que se dirigía a mí (lo de «distinguida dama» me había hecho pensar que había alguien más en la escena) le contesté:

—Perdone. Como toda la ciudad está dedicada a los piratas me he dejado llevar por el ambiente.

—Perdonada estáis. Os confieso que os ha salvado vuestra condición femenina, de haber sido un varón habría pagado con su vida el llamarme pirata.

—Lamento haberlo ofendido. ¿Entonces, cuál es vuestra profesión? —insistí porque seguía pensando que las pintas que llevaba eran típicas de los piratas, por muy ofendido que se sintiera.

—Me llamo René Duguay-Trouin, soy corsario al servicio de su majestad Luis XVI.

¡Corsario! O sea, pirata con «patente de corso», una autorización por la que un estado concedía al propietario de un buque particular la posibilidad de ir armado y atacar los intereses (barcos, ciudades…) de un país enemigo. Corsarios, piratas, a mí siempre me parecieron iguales: ladrones que asaltaban buques, ni más ni menos. Dada la beligerancia de quien tenía delante no me atreví a mostrar mi opinión abiertamente; aun así, le dejé entrever qué pensaba yo de los corsarios.

—Así que, usted ataca barcos en alta mar y los… desvalija.

—Barcos enemigos —puntualizó él ajustándose la casaca.

—Ya. Barcos enemigos con ricos tesoros que ustedes se quedan.

—Bueno, algo habrá que cobrar por los servicios prestados —sonrió enseñando una dentadura cariada.

—Claro, porque su rey no les daba un sueldo, ¿no?

—El acuerdo firmado con su majestad dictamina que los emolumentos dependen del botín obtenido. En los asaltos incautamos lo que encontramos y nos lo quedamos. Lo pone en el contrato.

—Pero eso es lo que hacen los piratas —le espeté a riesgo de que se olvidara de mi condición femenina y decidiera darme matarile con el trabuco o con la espada.

—Estáis equivocada, señora mía. Los piratas actúan por su cuenta. Los corsarios lo hacemos por orden real, tenemos permiso. ¡Firmamos un contrato!

Me pareció una respuesta hipócrita, pero lo cierto es que lo dijo con una candidez que demostraba lo convencido que estaba de actuar con corrección.

Mi débil instinto patriota afloró pensando en cuánto oro y plata procedente de América perdieron los españoles por culpa de ese tipo de ataques, aunque, la verdad sea dicha, la mayor parte acabó en el fondo del mar a causa de las tempestades. No obstante, no pude evitar seguir tocándole un poco las narices.

—Si tan enemigos son los buques asaltados, ¿no sería mejor que los atacara la armada del país contrario en lugar de enviar a los pira… corsarios?

—Es que, la mayoría de las veces, no se disponen de suficientes navíos, por eso recurren a nosotros —contestó encogiéndose de hombros.

—Acabáramos. Es decir, recurren a mercenarios.

—Corsarios.

—Vale. Y… ¿no saca usted mucho rédito? —le pregunté mirando el mal estado de su ropa.

—Mi indumentaria no es la adecuada para un servidor del rey, lo reconozco —respondió dándose cuenta del porqué de mi pregunta—, pero es que Saint-Malo no es la corte. Aquí me relajo y soy más yo. Aflora mi verdadero ser.

«El de un ladrón», me dije a mí misma y teniendo mucho cuidado de no decirlo en voz alta.

—Lo que obtenemos mis hombres y yo por asaltar a los ingleses y a los holandeses, preferimos gastarlo en juego y mujeres —prosiguió.

—¿Ingleses y holandeses?

—Sí. Son nuestros enemigos. No los dejamos ni a sol ni a sombra. Para ellos somos un grano en el culo —espetó riéndose a carcajadas.

Saber que no atacó barcos españoles hizo que mi débil sentido patriótico (que en el extranjero se hacía más fuerte) volviera a aflorar y empecé a mirarlo de otra manera. Si les daba caña a los británicos y a los altivos y violentos holandeses que tanto nos incordiaron a nosotros pues bien merecido lo tenían. Donde las dan, las toman.

Con otra percepción sobre su persona tras saber quiénes eran objeto de su rapiña, decidí averiguar más sobre él.

—¿Todos los ataques que ha realizado han sido exitosos? Es decir, supongo que los barcos asaltados se defienden, ¿nunca ha tenido que abandonar alguna presa?

—El intríngulis consiste en atacar barcos que no sean de la armada, o sea, barcos que transportan mercancías. Primero porque llevan botín y, segundo y no menos importante, porque no están tan bien armados como los militares. No obstante, he sufrido algún que otro revés. Una vez fui apresado y encarcelado en Inglaterra.

—¿Cómo salió de allí? ¿Pagando un rescate?

—Utilizando mis armas.

—¿Estaba en la cárcel armado? —exclamé con los ojos como platos— ¿No le cachearon antes?

—Bueno, el arma que empleé no me la podían quitar. Cuando digo arma no me refiero a estas —dijo mirando el trabuco y la espada—, sino a otras… que no se ven a simple vista.

Creí que se refería a su locuacidad porque los franceses son únicos mareando la perdiz. Lo mismo, a este le dio por aturdir al carcelero con una interminable verborrea y le dejó libre con tal de no oírle, aunque eso me parecía poco serio viniendo de los ingleses.

El propio corsario me sacó de dudas. Se me acercó y, con sonrisa picarona, me dijo al oído.

—Enamoré a una inglesa.

Enarcó las cejas y sonrió ampliamente. Tras unos instantes de confusión, enseguida pillé de qué arma hablaba. No pedí más explicaciones por no sufrir otra de las características de los franceses: lo ufanos que están de sus capacidades amatorias. Allá por donde vas, presumen de que nadie liga y hace el amor mejor que ellos. Yo creo que no se puede generalizar. En cualquier caso, al corsario que tenía delante aquello le funcionó si consiguió salir de prisión. Detrás de toda leyenda siempre hay algo de verdad.

—Si me vieran mis padres… Ellos, que querían que fuera cura.

—¿En serio?

—Sí. Estaba destinado a ser eclesiástico, pero yo prefiero usar las armas. Todas… —añadió enarcando de nuevo las cejas—. Menos mal que no me doblegué a los designios paternos. Anda que no me lo pasé yo bien en Brasil. ¡Qué mujeres!

—¿Brasil?

—En once días tomé Río de Janeiro, y eso que se suponía que la ciudad tenía unas fortificaciones inexpugnables. Me tuvieron que pagar un buen caudal en forma de rescate y encima les obligué a liberar más de 1.000 presos franceses. Aunque yo solo me limité a seguir las cláusulas del contrato, no es de extrañar que Luis XVI me tenga en tan grande estima,

«Y que los portugueses te tengan manía» añadí yo para mis adentros.

—Lo siento, encantadora dama, pero tengo que asistir a una partida de naipes y no quiero hacer esperar a mis camaradas.

Una vez más, miré a mi alrededor por ver si había alguien más ya que no me di por aludida con lo de «encantadora dama». Tras hacerme una reverencia se alejó a la vez que añadía sin volverse:

—No todo ha de ser asaltar barcos. Los corsarios también tenemos derecho a tiempo de asueto. Lo pone en el contrato.






Hada verde:Cursores
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