12 de julio de 2020

Secuelas del confinamiento


Dicen los psicólogos que los meses de confinamiento nos pasarán, o nos están pasando, factura. Los duros momentos vividos a costa del puñetero coronavirus han dejado huella en nuestra psique y las consecuencias se manifiestan de maneras diversas según la idiosincrasia de cada uno y la particular manera de reaccionar de cada cual.
Entre las múltiples manifestaciones de ese confinamiento, se encuentra el llamado “insomnio post cuarentena”. Parece ser que algunos no pueden dormir bien y dicen que es por una especie de estrés post traumático. Yo, la verdad, sigo durmiendo a pierna suelta, o lo intento, pero no me dejan los que parece sí padecen de ese tipo de insomnio. Me explicaré.
El martes pasado, una vecina del bloque de al lado no podía dormir por culpa del maldito insomnio ese y decidió a las tres y media de la madrugada hablar a voces con su novio, aunque, más que hablar lo que hizo, a tenor de los decibelios de la conversación, fue discutir con él. Algunos días del mes de julio en Madrid la temperatura no baja de los treinta grados en ningún momento por lo que casi todos los vecinos solemos dormir con las ventanas abiertas y eso me permitió escuchar con total nitidez la bronca telefónica.
―¡Tío, eres un cabrón! ¡Siempre pones por delante a tu amigo y a mí no me haces ni caso! ¡Tío, eso no se hace!
Tras unos segundos en que, supongo, contestó el aludido tío cabrón, la tipa continuó:
―¡Que no, tío! ¡Que no! ¡Mañana, no, ahora! ¡Siempre me haces lo mismo, tío!
Después de un rato de (bendito) silencio que debería corresponder a lo que fuera que dijera el tío al otro lado de la línea telefónica, ella volvió a gritar. Completamente desvelada, me asomé a la ventana para escuchar mejor, y a punto estuve de pedirle a la tiparraca que pusiera el manos libres y así tener una información más completa del desarrollo de la riña.
A pesar de no escuchar al otro interlocutor, me hice una composición de lugar: parece ser que el novio de la chica prefería darle la razón a un amigo suyo antes que a ella, y la gritona le pedía que eligiera: su amigo o su novia. Cuando estaba a punto de enterarme qué elegía el interfecto, el vecino que vive en el piso de debajo de mí, me chafó la escucha:
―¡¿Te quieres callar?! ¡Que aquí hay gente que queremos dormir!
Tras esto, la chica se metió adentro de su casa con lo que la discusión ya no se podía entender, se oían voces pero eran ininteligibles. Estuve en un tris de reconvenir a mi vecino porque me había dejado con la intriga de saber por quién se decantaría el abroncado, si por el amigo o por su novia.
Me volví a la cama a intentar pillar el sueño. Cuando estaba a punto de volverme a dormir, la chica salió otra vez al balcón dando las mismas voces y esta vez con un tono histérico que a mí ya me empezó a preocupar.
―¡No, por favor! ¡No me digas eso, por favor! ¡No, tío! ¡No! ¡No! ¡Por favor, te lo pido!
Segura de que el vecino de abajo iba a saltar por la ventana en plan Spiderman para llegar hasta la terraza de la gritona y estrangularla con sus propias manos, resulta que se asoma el vecino de mi piso de arriba para decir:
―¡Un poquito de dignidad, por favor! Si no te quiere, pues no te quiere. Déjalo ya, hija mía.
Tras esto, no sé si la chica cerró la ventana, cortó la comunicación o se dedicó a seguir la conversación por wasap, pero el caso es que ya no se la volvió a escuchar. Decepcionada por no saber el desenlace, pero aliviada de poder estar otra vez en silencio, me volví a la cama, pero antes una carcajada se hizo oír en todo el bloque: fui yo. No pude evitarlo, y pido perdón porque sé que algún que otro vecino se despertó por culpa de mi risa. O puede que se despertara por culpa del insomnio post cuarentena.

NOTA: Juro por lo más sagrado que lo que he contado es real como la vida misma. No he inventado absolutamente nada, palabrita del Niño Jesús.





4 de julio de 2020

¿Gibraltar español? No, gracias (y II)


Tras atravesar la pista de aterrizaje nos internamos en territorio inglés a través de callejuelas jalonadas de supermercados de cadenas españolas y gasolineras de proveedores británicos.
Durante el ascenso hacia la reserva natural los guías nos fueron informando sobre la flora y fauna del peñón. Sobre la flora había poco que contar pues la zona no es precisamente un vergel y sobre la fauna tampoco porque básicamente allí solo hay lagartijas y otra especie que da mucho qué hablar: los monos de Gibraltar.
Estos bichos son lo más destacable del lugar, yo diría que lo único (ex militares británicos con acento andaluz aparte). Se trata de macacos de Berbería, y su particularidad reside en que son los únicos monos “autóctonos” de Europa, en ningún otro lugar del continente europeo hay monos en libertad. Esa es la principal característica desde un punto de vista biológico, pero en realidad su principal peculiaridad es que tienen una mala leche impresionante.
Nos dijeron que estos monos son una especie protegida por dos motivos. Una, porque son raros (por lo de que son los únicos de Europa) y otra, porque el gobierno de su graciosa majestad (la majestad británica) los preserva basándose en una leyenda que dice que cuando no haya monos en Gibraltar, este dejará de ser inglés, y como los ingleses cuando trincan algo no lo sueltan ni a tiros pues quieren asegurarse de no perder el territorio. Todo esto se traduce en que si le haces algo a un mono te buscas un lío, y la premisa cuando visitas la reserva es no meterte con ellos.
Y yo me dispuse a no meterme con ellos, a no acercarme, a no darles comida (está prohibidísimo); a intentar ignorarlos, en suma. Pero ¿qué haces si son ellos los que no pasan de ti? ¿qué se hace cuando te agreden? me tendré que defender ¿no? Vamos, digo yo.

Los monos (de Gibraltar) además son muy traicioneros, desde el primer momento fueron a engañar. Los primeros que se dejaron ver eran más o menos pequeños (sentados medirían medio metro), parece ser que esas son las hembras, y fueron las que nos “recibieron”, estaban quietas a los lados del camino e iban a lo suyo. Eso nos inspiró confianza, hasta nos decidimos a hacer fotos y ellas, complacientes, se dejaban fotografiar.
A medida que ascendíamos ya se empezaron a ver otros ejemplares más grandes, pero como estaban alejados de la senda ni parecían tan grandes ni amenazadores, aunque a mí no me gustaba nada su forma de mirarnos, es como cuando un atracador se fija en su próxima víctima centrándose en sus puntos débiles para atacar. Desde que se empezaron a ver en la lejanía esos monos más grandes, una servidora se puso en estado de alarma y muy tensa.
Mi intuición no me falló, porque cuando estábamos ya casi arriba del peñón, los monos grandes (sentados medían más de un metro y tenían la cabeza más grande que la mía) se situaban en el borde del camino. Si en la lejanía sus miradas eran amenazantes, ahora que los podía ver a menos de medio metro, sus miradas eran para acojonar al más pintado.
La fiesta comenzó cuando faltaban unos doscientos metros para llegar al centro de visitantes que se halla en el lugar más alto al que se puede acceder si no eres militar.
El primer ataque lo recibió un compañero que iba delante de mí. Sin previo aviso y con total alevosía, un pedazo de mono que era más alto que yo, se encaramó a la mochila de mi colega, este intentó zafarse sacudiéndose la espalda y zarandeando la mochila. En el vaivén y dado que yo iba justo detrás, el mono se acercó a mi cara, y por la parte menos agradable de su anatomía, es decir, el culo. Entre la visión culera, los alaridos del atacado y la cobardía que me caracteriza, salí corriendo en dirección contraria mientras otro compañero que iba atrás, más valiente que yo, cogió un palo y se dedicó a arrearle al mono agresor. En mi huida me crucé con otro mono que acudía al lío, yo pensé que para ayudar a su compañero, pero no, iba a llevarse la mochila del tío del palo que la había dejado en el suelo cuando acudió al rescate del primer agredido. Los monos estos, tienen mala leche, son traicioneros y unos ladrones; se ve que tanto tiempo viviendo en un nido de piratas les ha afectado el genoma.
Cuando conseguimos llegar al centro de visitantes pensamos que ya estábamos a salvo, pero tampoco. Allí dentro los monos se paseaban como Pedro por su casa. Como están protegidos pueden hacer lo que les dé la gana, incluso estar entre las mesas del bar. Los que no pudimos hacer algunas cosas fuimos nosotros porque nos prohibieron sacar los bocatas y nos tuvimos que salir a comer sentados en unas rocas. Mientras los monos estaban dentro de la cafetería, los humanos estábamos fuera, en el monte. Esto es lo que pasa cuando te encuentras en un país donde conducen al revés que los demás.
La ingestión del bocata fue bastante accidentada porque acudieron algunos ejemplares a quitarnos la comida y también la cartera (uno de ellos abrió la cremallera de una mochila con una facilidad pasmosa). Después de comer fuimos a visitar O’Hara’s Battery, un cañón que se encuentra en la punta más alta de la roca y que apunta a tierras africanas. Allí el guía nos explicó la importancia estratégica militar del enclave porque un disparo de ese cañón podía llegar sin problemas al otro continente (y también a España) y porque se vigilaba todo el paso marítimo del estrecho. Las vistas eran espectaculares, se podía ver la bahía de Algeciras, media costa de Cádiz y parte de la de Málaga; o eso creí entender porque yo, más que el paisaje, estuve mirando los veinte o treinta monos que se acercaron a nuestro grupo y que parecía estaban atendiendo a las explicaciones del guía, pero lo que realmente esperaban eran un descuido de alguno de nosotros para llevarse la mochila o lo que pudieran trincar. Tanto interés por llevarse lo de los demás fue, para mí, la muestra más palpable de que aquellos monos eran británicos hasta el último pelo.
Cuando ya regresamos a la ciudad de Gibraltar pude constatar que la ciudad es fea como un demonio. No tiene nada destacable, solo las tiendas de perfumes, alcohol y joyas que, se supone, son más baratas, y digo se supone porque como fuimos un domingo resulta que estaban cerradas, así que no pude comprobar esos precios tan sugerentes.
Para reponernos de tanto susto simiesco y de la fealdad del lugar nos quisimos despedir de Gibraltar tomándonos una pinta de cerveza en una terracita. Vimos un pub (inglés, claro) que tenía un nombre muy british, “Lord Nelson” y allí fuimos a saciar nuestra sed. Para empezar a mí no me gustó la idea porque ver tanta bandera británica por todas partes había sacado la patriota que tengo muy, pero que muy, escondida en mi interior, y eso de ir a un sitio con el nombre del almirante que nos dio estopa en Trafalgar, pues me escocía un poco. Pero la sed era grande y mi patriotismo de escasa duración, así que nos sentamos allí.
A la izquierda de la imagen, dos productos típicos de Gibraltar: la cerveza (al fondo) y los monos (en primer plano). En la derecha de la imagen un ejemplar típico hispano (mi churri), tomándose una pinta de cerveza.

En Gibraltar casi todo el mundo habla español, sobre todo porque la mayoría de los trabajadores son de Cádiz y porque los llanitos (los nacidos en Gibraltar) aunque su pasaporte ponga Gran Bretaña, son más andaluces que la Torre del Oro. No obstante, hay mucho militar desplazado allí eventualmente, pero incluso esos algo de español saben pues su ocio lo tienen en Algeciras y alrededores. Bueno, pues nosotros dimos con el único habitante de Gibraltar que no tenía ni pajolera idea de hablar español: el camarero y dueño del pub. Debía de ser primo hermano de Gareth Bale, porque hay que ser obtuso para vivir rodeado de gente que habla español y no aprender nada.
Inesperadamente tuve que acudir a mi rudimentario inglés y la cosa acabó más o menos bien, aunque yo me bebí una jarra de cerveza en lugar de una caña porque confundí los términos “small” y “big”. Tampoco me importó mucho porque con el calor y la caminata, necesitaba reponer líquidos.
Con el sol acostándose en el horizonte abandonamos Gibraltar. Ya en tierras españolas recapacité sobre el lugar: es una zona abrupta, con una ciudad bastante fea y unos habitantes violentos y groseros (me refiero a los monos). La verdad, por un lugar así yo no me molestaría en luchar. Por mí los monos pueden quedarse en ese lugar todo el tiempo que quieran, a ver si, con un poco de suerte, se encargan ellos solitos de dejar la roca libre de británicos a base de incordiar.
¿Gibraltar español? No, gracias.




24 de junio de 2020

¿Gibraltar español? No, gracias (I)


Ahora que estamos ya todos en la nueva normalidad yo voy a retomar en el blog una cosa de la normalidad vieja, o sea una cosa realmente normal: escribir sobre mis viajes por esos mundos de Dios. Se supone que este viaje pertenecería a la sección Do you speak English? (donde cuento mis viajes al extranjero y no hablan español) pero también podría pertenecer a la sección And Spanish? (donde cuento mis viajes donde sí hablan español) porque el territorio visitado suscita controversia en muchos aspectos, incluido el lingüístico. Y es que el lugar en el que estuve y sobre el que voy a escribir, es nada más y nada menos que Gibraltar, lugar polémico por excelencia.
Por polemizar que no quede porque el propio título ya me imagino que puede soliviantar a algunos, pero espero explicarme adecuadamente y que se me entienda a qué viene el título que he puesto.
En los tiempos en que éramos felices en nuestra ignorancia sobre el virus que ya estaba preparándose para putearnos a base de bien, es decir, el mes de diciembre pasado, hice una escapada a Gibraltar. De entrada, ir allí no me seducía mucho, pero íbamos un grupo de amigos en plan senderista y queríamos subir al famoso Peñón (de Gibraltar).
Los guías que nos acompañaron en aquella excursión nos aleccionaron previamente sobre algunas ‘cosillas’ para no tener problemas con los nativos. Esos consejos consistían en no hacer alusiones políticas sobre la territorialidad del risco, no hablar mal a voces de su graciosa majestad (me refiero a la majestad de los británicos, de la nuestra no dijeron nada) y, por supuesto, nada de decir cosas como «Gibraltar español» porque la reivindicación se penaba con una noche en el calabozo.
Yo, como soy muy cobarde y dormir en un lugar rodeada de delincuentes (que es lo que supongo hay en un calabozo) me da mucho miedo, me propuse firmemente seguir las instrucciones de nuestros guías. Tenía muy claro que en cuanto traspasara la frontera que separa La Línea de la Concepción (territorio español) con Gibraltar (territorio británico) había que ser muy precavida. El problema es que entramos en la zona andando y como iba charlando con otros compañeros y el puesto de la aduana más se parecía a la garita de una estación de tren que a un puesto fronterizo, pues no me di cuenta de que había cambiado de país.
Tan enfrascada estaba con la conversación de otra senderista que ni siquiera me percaté de por dónde estaba caminando. Cuando había recorrido unos cien metros, una extraña alarma, como las que se emplean para avisar de que llega el tren en un paso a nivel, me hizo levantar la vista y comprobar que a mi alrededor había bastantes aviones aparcados (¿se dice aparcar en el caso de los aviones?) y que el suelo tenía pintadas unas gruesas líneas y números en amarillo. Cuando un policía me dijo con acento andaluz, pero con la palabra “police” escrita en su uniforme, que me diera prisa en llegar “al otro lao, mi arma” me puse a correr a la vez que me le quedaba mirando porque el acento y el uniforme me habían descolocado mucho. Nada más llegar ‘al otro lado’, una barrera se bajó detrás de mí para seguidamente escuchar un ruido como de motores. Alucinada comprobé que por donde yo acababa de pasar estaba en esos momentos aterrizando un avión.
Resulta que para acceder a Gibraltar el paso de peatones (y también de los coches) es la pista de aterrizaje del mini aeropuerto gibraltareño. Eso lo hacemos en España y nos tachan de paletos e insensatos en todas partes, especialmente en la Gran Bretaña.
En la confusión creada al evitar que no nos atropellara un avión, la mitad del grupo de senderismo se quedó en un lado de la pista y la otra mitad en el opuesto. Mientras esperábamos a que se levantaran las barreras y pudiera cruzar el resto del grupo, un señor bajito y con una gorra del Betis se me acercó y empezó a charlar conmigo. Tenía un acento andaluz mucho más cerrado que el del policía de la pista de aterrizaje y en algunos momentos me costaba entenderle.
―Todavía quedan dó avione má ―me dijo graciosamente―. Hasta que no aterrisen tós no se pué pasar.
―¿Cuánto tiempo va a ser eso? ―pregunté preocupada porque estábamos esperando al sol y ya empezaba a calentar.
―Unos dié o dose minutos. La torre de contró de Sevilla dise que uno viene retrasao, iguá é una miajilla .
―Y usted, ¿cómo sabe eso?
―Es que yo he sío militá, sabe uté. Y ahora, jubilao, pue me dedico a escuchá a las torres de contró de la sona.
―¡Ah! ¿Y era usted del Ejército del Aire? ―pregunté por lo de saber escuchar las torres de control, aunque esa actividad del exmilitar me pareció ilegal por muy militar del aire que hubiera sido.
―Sí, yo pertenesí a la “rá”.
Lo de “rá” no lo entendí, pero como muchas de las palabras que me estaba diciendo tampoco las pillaba bien (su acento andaluz era cerrao, cerrao, cerrao) pues no le di mucha importancia.
―¿Y dónde estuvo usted destinado? ―le pregunté por cortesía, al hombre se le veía con ganas de hablar y yo no tenía otra cosa que hacer mientras que el avión retrasado llegaba a su destino.
―Primero en Londres, despué en Sujanton, luego ya me vine aquí, y ya llevo sincuenta años.
Lo de ‘Sujanton’ tampoco lo entendí, pero lo de Londres sí, aunque seguí sin entender que un militar español estuviera destinado fuera de nuestras fronteras, al menos a un país en donde, se supone, no teníamos conflictos bélicos. Menos mal que el anciano vino a aclarar mis dudas con lo siguiente que dijo:
―Es lo que tiene pertenesé a la «rá», que uno pué acabá en cualquier lugá, pero la royal force  ―estas dos palabras las pronunció con un impecable acento british― no mira .
Resulta que la «rá» era la RAF (Royal Air Force), la rama aérea de las Fuerzas Armadas británicas. ¡El señor ese era inglés! Ni en un millón de años lo hubiera pensado.
Lo de acceder andando a otro país cruzando una pista de aterrizaje y hablar con un exmilitar británico con acento andaluz fueron las dos primeras cosas raritas que me pasaron en Gibraltar, pero no las únicas.
Cuando por fin aterrizó el último avión y las barreras se levantaron, el resto del grupo se reunió con los demás y nos dispusimos a ascender el Peñón. Allí también me ocurrieron más cosas… curiosas, algunas estuvieron a punto de crear un conflicto diplomático, pero eso ya lo contaré en otra publicación.

Continuará…
To be continued… 
A continuasión





16 de junio de 2020

Diario de un confinamiento (y X)

DÍA 96 (16 de junio)
Noventa y cinco días, cinco horas y treinta y dos minutos llevo confinada. La puñetera normalidad no llega a mi ciudad ni a tiros; es lo que tiene vivir tantas personas juntas, que viene un virus y la lía parda y no como en las aldeas perdidas donde la gente aprovecha que va a comprar el pan para socializar. 
Aunque en las dos últimas semanas algo ha cambiado: ya me tomo alguna que otra caña en una terraza, he visto a algunos familiares, me he reunido con amigos a los que solo veía por skype desde marzo y hasta he ido a comprar ropa. 
Pero esta vuelta a la vida no está saliendo como yo pensaba. Porque lo de tomar algo en un bar, o ir a una tienda a comprar algo que no sea comida me genera mucha ansiedad; nada más salir a la calle ya estoy pensando en volver a mi casa. No me reconozco. 
Supongo que esto es un aviso de lo que será la nueva normalidad, y no me gusta. Añoro la vieja normalidad y la vida que yo tenía antes de este virus del demonio. 
Los meses de confinamiento me están pasando factura y constatar que ya nada será igual me ha deprimido mucho. He pasado dos días sin ganas de nada, he apuntado el número de la consulta de un psicólogo para pedir cita, no me encuentro bien. 
Antes de llamar al médico he visto en internet un artículo de la revista científica Nature y he leído que el confinamiento ha salvado medio millón de vidas en España y que seguir las nuevas normas de convivencia puede salvar muchas más. He roto el papel donde tenía apuntado el número del psicólogo porque se me ha pasado la tristeza. El confinamiento y la nueva normalidad siguen sin gustarme, pero valen la pena. 
Intentaré ajustarme a la nueva situación, es la única manera de salir de esta. Ya lo dijo Darwin: «No sobrevive el más fuerte, sino el que mejor se adapta al cambio». No seré yo quien dude de alguien como ese señor, así que a cambiar y a adaptarse, porque de lo que se trata es de sobrevivir y poder contarlo.

FIN




Con esta entrada termino mi particular diario de un confinamiento.
Escribir este diario se ha convertido para mí en una válvula de escape en momentos en los que me sentía desbordada por la situación de alerta sanitaria. Las noticias que nos llegaban en lo más crudo de la pandemia eran desoladoras, y ridiculizar el día a día que yo estaba viviendo era la única manera de defenderme de tanta desgracia, de tanto dolor. Nunca he mencionado a las víctimas de la enfermedad porque no me pareció adecuado dado el tono de humor de estos escritos, pero en todo momento las he tenido muy presentes.
Quiero agradeceros a todos los fieles que habéis seguido esta serie de publicaciones, tanto por Facebook como por el blog «Leer, el remedio del alma». Muchos me habéis dado las gracias por haceros reír, pero soy yo quien está agradecida por haber compartido con vosotros estas experiencias que eran más o menos comunes a todos. Fue una manera muy bonita de no sentirme tan confinada.
También me gustaría dar las gracias a todos los sanitarios y a los que, de una manera u otra y dentro del caos que supuso una situación que nos desbordó a todos, consiguieron contener el desbarajuste y ayudaron a superarlo. Quiero dar las gracias a todos los que antepusieron el bien de los demás a su propia seguridad. Me consta que me han estado leyendo enfermeras, farmacéuticos, e incluso algún médico; también sé que, en momentos muy duros, mis letras les divirtieron, me siento honrada y orgullosa de ese pequeño granito de arena con el que he podido contribuir sobre todo porque, además de confinada, me sentí impotente de no poder hacer nada más; saber que, en un hospital, en una farmacia, alguien había sonreído leyéndome, alivió mi propia pena.
Por lo demás, ya poco puedo añadir. Solo desearos que os podáis adaptar a la nueva normalidad y así podáis sobrevivir; recordad a Darwin. Que el cambio os sea leve.

10 de junio de 2020

Diario de un confinamiento (IX)


DÍA 81 (1 de junio)
Llevamos una semana en fase 1 y yo sigo sin poder sentarme en una terraza a tomarme una caña. Estoy llevando esto peor que el confinamiento absoluto de las primeras semanas de cuarentena. Me pongo mala al ver las terrazas llenas y yo sin poder catarlas.
Hoy me he ido a pasear al cementerio, ahí al menos no hay mesas con gente tomando cerveza que me pongan los dientes largos. Entre cipreses y sepulturas he caminado divinamente porque todos los habitantes de la zona respetan la distancia de seguridad, es una gozada tanta educación. 
Sentada en una tumba me he puesto a rememorar tiempos pasados: cuando me iba a un bar y me comía con las manos un bocata de calamares rodeada de gente, o cuando tomando unas cervezas con los amigos comíamos aceitunas todos del mismo cuenco o una ración de patatas bravas y hacíamos mojete en el mismo plato. Me he puesto muy triste recordando esos tiempos pasados, tan lejanos, esas cosas que yo hacía… en el mes de febrero.

DÍA 86 (6 de junio)
No hay mal que por bien no venga. Ahora que no se puede estar rodeado de personas porque se considera un delito de salud pública, he aprovechado la reapertura del Museo del Prado con poca gente. Hoy abrían por primera vez desde que se declaró el estado de alarma, pero con aforo reducido y además con entradas gratuitas. Me he ido disparada para el museo a primera hora, mucho antes del horario de apertura, para ser de las primeras en la cola. 
Cuando he llegado no había nadie, y eso me pareció raro. Me he puesto delante de la taquilla a esperar a que abrieran y mientras, me he relamido pensando en la gozada de ver los cuadros de Goya sin tener que esquivar cabezas, o poder contemplar El Jardín de las Delicias de cerca para ver bien todos los detalles. ¡Qué ilusión! Justo cuando estaba imaginándome delante de las Meninas sin mogollón de turistas que me lo impidieran, ha venido un guardia jurado a interrumpirme la ensoñación. 
Que qué hago ahí, me dice, esperar para entrar en el museo, le digo yo, que si tengo entrada, me dice él, que estoy en la taquilla para cogerla, le digo yo, que eso se hace por internet, me dice él, pues ahora la pillo, le digo yo mientras accedía a la web con el móvil, que no me moleste me dice él riéndose, que ya están agotadas las entradas desde que se anunció la apertura, pues qué putada, le digo yo, pues tiene usted razón, me dice él, pero haga el favor de irse de aquí que no se puede estar parado en la calle a no ser que sea una reunión familiar. 
Me fui de allí cabizbaja mientras el vigilante se reunía con su compañero y le oía decirle algo de que soy una panoli.
Estaremos a punto de entrar en la fase 2, pero yo sigo sin poder hacer las mismas cosas que cuando estaba en la fase 0. ¡Qué asco!

DÍA 89 (9 de junio)
Después de intentarlo más de quince días, he conseguido tomarme una cerveza en una terraza de mi barrio. Incapaz de contener la emoción me he echado a llorar en cuanto me la han servido. El camarero, como me ha visto tan nerviosa, me ha preguntado si en lugar de cerveza prefería una tila; he agarrado la caña y la he sujetado fuertemente contra mí; si llega a quitármela lo escabecho. Creo que se me ha puesto cara de Gollum.
Voy con una fase de retraso. Estoy haciendo en la fase 2 lo que se supone se podía hacer en la fase 1 en la cual he seguido haciendo lo que era de la fase 0. Tanta ansiedad y pensar en las fases me han levantado dolor de cabeza, me he tomado un paracetamol. El camarero que no me ha quitado ojo, se ha acercado y me ha preguntado que si me sentía mal, que si tosía o tenía dolores musculares. Le he dicho que no, que solo me dolía la cabeza, se ha ido y ha vuelto con un termómetro. Le he mandado a paseo. Un cliente de la mesa vecina ha dicho que si tenía síntomas de coronavirus debía marcharme de allí, yo le he dicho que se metiera en sus asuntos y otro ha contestado que si estoy contagiada eso es asunto de todos. Al final me he tenido que ir y me he tomado la cerveza en mi casa. Vuelvo a estar en la fase 0. Tengo que aprender a dominar mis emociones o estaré confinada toda la vida.





Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores