22 de agosto de 2018

"Absolutamente Heather" - Matthew Weiner


Esta es la historia de Mark y Karen Breakstone. Mark es anodino, no destaca demasiado, no se le estima y siempre queda relegado en un segundo plano, solo se le da bien una cosa: ganar dinero. Karen se siente aislada de los grupos, es muy insegura, no le gusta ni la improvisación ni el riesgo, por eso el nivel de vida que Mark le puede dar es muy atractivo para ella, le proporciona seguridad. Cuando tienen una hija, Heather, vuelcan en ella todas sus frustraciones. Mark y Karen compiten por la atención y el interés de Heather.

Pero esta también es la historia de Robert Klasky, Bobby, hijo de una madre soltera y que le desatiende desde su nacimiento. Además, es un psicópata en toda regla.

No contaré la manera en que un personaje tan distinto como es Bobby, en carácter y nivel social, llega a las vidas de Mark, Karen y Heather porque entonces destriparía lo poco de interesante que tiene el argumento. Pero el caso es que los cuatro personajes coinciden y la historia toma una deriva tan previsible que el lector empieza a ver cómo va a acabar la cosa. Es tan predecible que pensé que debería pasar algo inesperado que cambiara el final para hacerlo sorprendente, pues, de lo contrario, la novela sería una estafa.

Y, efectivamente, pasa ‘algo’ que me dejó con la boca abierta, pero de estupefacción por la simpleza del final. No me podía creer que la novela –o el relato, porque es muy corta– terminara de una forma tan burda y sosa. El caso es que me sorprendió, eso sí, pero de una manera bastante decepcionante.

El modo de narrar esta historia es muy sencilla, yo lo calificaría de simple, como si fuera un cuento para niños, y no sé si fue esta forma de contar las cosas, pero me resultó un estilo muy frío, impersonal, y en ningún momento sentí ni afinidad, ni conexión alguna con ningún personaje.

El recurso narrativo empleado no muestra cómo son los personajes sino que lo cuenta de manera directa con descripciones, algo que es mucho más fácil para el escritor pero que denota poca laboriosidad en la redacción. La casi total ausencia de diálogos lastra la lectura, aunque los pocos que hay no son creíbles -en un momento dado aparece una niña de cinco años hablando con un lenguaje demasiado elaborado incluso para un adulto-.

Estas dos características de la narración, pocos (y malos) diálogos y contar directamente cómo son los personajes, para mí son muestras de una novela con baja calidad literaria. Si el argumento hubiera sido interesante, o estuviera bien desarrollado, podría compensar en cierta manera esas deficiencias. Pero, como comenté anteriormente, la deriva de la historia es previsible. El final simplón, aunque sorprendente de una forma ‘extraña’, deja con la sensación de que al lector le han estado tomando el pelo de una manera descarada.

Leí la reseña de una compañera bloguera, y además buena amiga, y en ella comentaba que no sabía decantarse sobre si le había gustado la novela o no, y nos invitaba a leerla y dar nuestra opinión. Bien, yo no tengo tantas dudas, a mí me quedó bastante clara mi impresión: la novela no me gustó.





16 de agosto de 2018

Vacaciones con Murphy



Después del paréntesis veraniego aquí estoy de vuelta. Regreso y lo hago para hacer algo que se me da muy bien: quejarme.

Tengo fama de ser cascarrabias y yo creo que es merecida pero a veces pienso que el destino se empeña en ponerme las cosas difíciles para así poder dar rienda suelta a mi malhumor. No sé si es el destino o algún duende capullo quien se obstina en darme por saco, pero en estas vacaciones de verano el destino, el duende o los dos, se han esmerado especialmente en fastidiarme.

Dicen que para viajar es muy importante elegir bien los compañeros de viaje. Yo elegí una buena compañía pero no me di cuenta de que se incorporó al grupo un acompañante no invitado. Me refiero a Murphy, el de la Ley de Murphy. Y no solo vino conmigo sino que se hizo notar a base de bien.

Pensaréis que soy una exagerada pero os voy a contar todas las incidencias que tuve a lo largo del viaje y vosotros juzgaréis después.

Como anuncié en mi despedida vacacional este año me fui al norte, al fresquito… Y tanto que fresquito, el forro polar que metí en la maleta ‘por si acaso’ me lo tuve que poner todos los días. Es cierto que la zona en la que estuve era de montaña y ahí la temperatura es más baja, pero hubo días que más parecía otoño que verano.

En realidad el frío no me importó porque huía del calor de Madrid, así que tener que abrigarme en julio hasta me pareció bueno. Además, caminar varios kilómetros bajo un sol inclemente puede ser muy penoso, mejor que esté nublado. Pero si las nubes bajan demasiado, la caminata por la montaña puede convertirse en un deambular errático y bastante despistado.

Eso me pasó cuando fui caminando desde El Cable hasta el refugio de Áliva, la niebla era tan densa que hubo un momento en el que no sabía dónde estaba. En otras ocasiones el refugio se ve desde lejos y sirve de referencia para saber cuánto queda por andar. Pero cuando no se ve un carajo la orientación es muy mala y no se sabe si falta mucho o poco para llegar a un destino que se presenta incierto por la indefinición. Además, una puede encontrarse de golpe, y sin previo aviso, con otro caminante que viene de frente o, lo que es peor, con un toro que está parado en medio del camino.
Camino hacia el refugio de Áliva
Refugio de Áliva al fondo, a la derecha
Toros en la niebla

Esas mismas nubes insistentes impidieron que disfrutara de las maravillosas vistas que se pueden observar desde el mirador de El Cable, arriba de Fuente Dé. Yo ya había estado ahí en otras ocasiones y sé lo bonito que se presenta el valle de Liébana desde esas alturas, pero dos de mis acompañantes iban allí por primera vez y tuvieron que conformarse con las fotos de Google para hacerse una idea de lo que había abajo porque ese día no se veía absolutamente nada.

Vistas (¿vistas?) desde el mirador de El Cable 

El valle de Liébana no fue el único que no se dejó ver. Especialmente esquivo se mostró el Naranjo. Tuve que ‘perseguirlo’ durante dos días para poder verlo. Se empeñó en esconderse tras unas nubes y no quería mostrarse. La primera intentona fue en el pueblo de Bulnes, tras subir a un mirador estuve cerca de una hora esperando a que las nubes se fueran y ver ese pico. El caso es que las nubes se fueron, pero venían otras después, de manera que el ‘Picu Urriellu’ estuvo escondido todo el rato.

Pero no me di por vencida. Al día siguiente me fui a otro lugar para ver el Naranjo, primero me subí a una colina y las puñeteras nubes seguían tapándolo, pero tras una buena espera y desde otro mirador, el Naranjo de Bulnes se mostró desafiante y bello entre otros picos no menos bonitos.

El Naranjo desde el Mirador de Poo
En mi deambular norteño recalé en la playa de Gulpiyuri. Esta playa es muy espectacular porque no se encuentra en el mar. Me explico: la playa está en medio de un prado y el agua marina penetra en ella a través de un túnel que atraviesa las rocas tras las que está el mar. A mí la playa me pareció muy bonita, pero creo que si hubiera tenido agua habría estado mejor, porque resulta que una servidora apareció allí cuando había marea baja, tan baja que el agua se había retirado completamente tras las rocas y la playa solo tenía arena. Huelga decir que no me bañé.

Playa de Gulpiyuri

Otra muestra de que mi ‘amigo’ Murphy estuvo haciendo de las suyas fue en la Ruta del Cares. No sé qué poderes tiene este Murphy pero creo que puede mover montañas, como la fe, pero en versión puñetera. He recorrido esa senda varias veces y sé perfectamente que hay un ‘pequeño’ repecho al inicio de la ruta –si se empieza en Poncebos–, pero en esta ocasión Murphy alargó la cuesta de manera que yo creí estar ascendiendo un ocho mil. ¡Madre mía, esa pendiente no se acababa nunca! Estoy segura de que las otras veces que hice la senda, aquella subida fue más corta. Según mi marido la cuesta no ha variado nada y lo que ha cambiado es mi edad –las veces anteriores que hice la ruta tenía veinte años menos–, pero esa explicación no me convence. Fue Murphy, que alargó la pendiente para hacerme la puñeta. Seguro.


Una servidora sudando la gota gorda subiendo "el repechito" de la Ruta del Cares


Pero lo peor estaba por llegar.

Cuando inicié mis vacaciones lo hice con la esperanza de que fueran aventureras. No es que me fuera a los Alpes, pero los Picos de Europa tienen su porción de riesgo y algunos desfiladeros son peligrosos. Así que me calcé las botas de montaña con la intención de vivir el “peligro”. Dicen que hay que tener cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad, y es cierto. Murphy se empleó a fondo en cumplir mi deseo de aventura y riesgo, pero de una manera muy diferente a la que yo tenía en la cabeza.

Mi estancia en los Picos de Europa se dividió en dos estapas. Una etapa asturiana donde pernoctaba en Cangas de Onís, y otra etapa cántabra donde residí en un hotelito de una pequeña localidad situada entre Potes y Fuente Dé. El municipio donde se encontraba ese hotelito cántabro se llama Camaleño. Si habéis estado pendientes de las noticias el mes de julio habréis oído hablar de ese lugar pues fue allí donde la noche del 17 y la madrugada del 18 un individuo se atrincheró en su casa y se dedicó a disparar a la Guardia Civil. ¿A que no sabéis qué día iba yo allí? El 18 de julio. Pero cuando llegué a la zona ese señor ya no estaba en su casa de Camaleño, qué va. Se había escapado y las fuerzas del orden público suponían que estaría por las cercanías.

Vistas desde el hotel de Camaleño (posiblemente con el fugado escondido entre los árboles)
Saber que por donde yo estaba, andaba merodeando un tarado con una recortada me puso muy nerviosa. A pesar de las palabras tranquilizadoras de un guardia civil al que preguntamos antes de llegar, ‘señora, está usted en el lugar más vigilado, y seguro, de España’ (sí, sí, seguro, pensé, por eso se os ha escapado) yo no las tenía todas conmigo. Encima, el encargado del bar del hotel nos dijo que el individuo ese (el Rambo de Liébana le llamaban) era parroquiano del establecimiento. Ya solo me faltaba que se tomara un café allí, a mi lado.

Como era de esperar, la noche del 18 de julio, el tema de conversación de los clientes de ese bar era “el fugado”. La mayoría de los vecinos de la zona pensaban que, dado lo buen conocedor que era del monte, ya estaría muy lejos de allí. Al igual que me pasó con las palabras del guardia civil, yo no me lo creí. Y resultó que yo tenía razón. Al sujeto le pillaron esa madrugada cuando regresaba a su casa a la una de la mañana. Una hora y media antes yo volvía de cenar en Potes por una carretera aledaña a su domicilio y, estoy segura, ese tío estaba por allí ya. Al menos, Murphy no tuvo a bien que me topara con él de bruces.

Cuando pedí unas vacaciones de riesgo no estaba pensando en acudir a un tiroteo. Entre mi equipaje llevaba, además de las botas de montaña, un chubasquero y hasta un capa de agua para protegerme de las inclemencias del tiempo o de los posibles inconvenientes. Nunca se me ocurrió añadir un chaleco antibalas.

En fin, que estas vacaciones fueron de desventura en desventura, pero es lo que hay. Cuando al destino, o al duende puñetero, le dan por enrededar y Murphy se empeña en acompañarte… no hay nada que hacer.

Pero no todo fueron cosas malas. También hubo otras muy buenas. Una de ellas fue la buena compañía (la que yo elegí) con la que hice el viaje. A pesar de las inclemencias meteorológicas o de los fugados montaraces, me divertí mucho y las risas fueron constantes. Esas risas en algunos lugares no fueron bien entendidas, en un par de sidrerías de Cangas aún se están preguntando qué tiene de gracioso escanciar una botella de sidra y no conseguir que caiga dentro del vaso ni siquiera la mitad de su contenido.

Además, conocí a personajes muy peculiares (pero mucho) que me contaron historias realmente curiosas. En sucesivas publicaciones, en lo que voy a llamar Crónicas astures y Crónicas cántabras,  transmitiré lo que esos extraños personajes me relataron. Estoy segura de que disfrutaréis con sus historias al igual que lo hice yo cuando las escuché.

Pero eso será otro día. Ahora voy a ver si ya mando a freír espárragos a Murphy y consigo reponerme de tanto sobresalto.








1 de julio de 2018

Cerrado por vacaciones


‘Viajar y cambiar de lugar revitaliza la mente’ – Séneca

El año pasado, por estas fechas más o menos, desconecté el blog por primera vez desde que lo abrí. En aquella ocasión, la defensa de mi tesis doctoral me había dejado secuelas y necesitaba recargar la batería.

Comprobé entonces que desconectar de vez en cuando, aunque sea de una actividad que gusta como es la de escribir, siempre viene bien.

Cambiar de aires, dejar de hacer las cosas que habitualmente se hacen -aunque sean las cosas que a una le agradan- despeja mucho. Si, encima, esa desconexión se hace viajando, la mente se revitaliza; y esto lo dijo Séneca, así que no voy yo a enmendarle la plana a ese señor tan sabio.

Este año me voy también unos días y cierro el blog.

Además, estas vacaciones no las voy a pasar en ninguna isla, como llevo haciendo desde hace más de veinte años. Me voy al norte, al fresquito, a practicar senderismo y a disfrutar de la gastronomía cantábrica que tanto me gusta. De paso, retorno a mis orígenes norteños -lo cortés no quita lo valiente-. Me voy a disfrutar pero también puedo ser muy espiritual, aunque esa espiritualidad sea con el estómago lleno a base de queso de Cabrales, de fabes con almejas o de sobaos pasiegos.

Intentaré, a pesar de las digestiones complicadas, estar en armonía con el paisaje que mis antepasados vieron antes que yo y establecer comunicación con sus espíritus para inspirarme y volver con muchas ideas para escribir nuevas historias. Mi sentido pragmático para con el blog se impone y pienso sacarle rédito al viaje.

Por cierto, perdonad si no contesto a los comentarios pero desde ya mismo estoy en modo off. Es decir, cuando esta entrada aparezca por la red, una servidora estará preparando las maletas, con las botas de montaña puestas, dispuesta a encaramarse a cualquier risco para hacerle la competencia a las cabras monteses y establecer contacto con el fantasma de algún celta que ande por ahí perdido en el limbo de las montañas.

Nos leemos en unas semanas.
¡Feliz verano!




29 de junio de 2018

"La habitación oscura" - Isaac Rosa


Un grupo de amigos comparten un local donde reunirse y realizar diferentes actividades. Un día se va la luz en todo el barrio y se quedan completamente a oscuras, entonces descubren la excitación que supone no ver absolutamente nada y cómo ese factor puede cambiar la percepción de las cosas.

A raíz de esa experiencia inesperada deciden construir una habitación oscura en el sótano, donde no se pueda ver, donde nadie puede hablar y así no reconocerse entre ellos. En esa habitación pasan a ser anónimos. En esa habitación los sentidos –salvo el de la vista se agudizan y en ese anonimato cada uno encuentra una vía de escape. En esa habitación descubren la desinhibición, pueden mostrarse como no se atreven a hacerlo con luz, porque allí no existe la fealdad, ni el rechazo.


Cuando construyen esa habitación oscura son jóvenes y los motivos por los que la habitación se muestra atractiva son diversos. Pasan los años y esos jóvenes se hacen adultos, maduran, cambian; y la habitación también cambia, evoluciona con ellos.

A lo largo de quince años los inquilinos van mostrando sus impresiones, qué significa la habitación oscura para cada uno de ellos. Esos moradores tienen nombres propios, Raúl, María, Andrés, Jesús, Pablo, Sonia, Eva, Sergio, Olga… Unos están allí desde el principio, algunos han dejado la habitación tras un corto periodo de tiempo, otros se han incorporado más tarde.

El narrador cuenta en primera persona lo que significa la habitación, qué se siente dentro de ella. El narrador es uno de los usuarios de la habitación oscura; un usuario que va cambiando según qué nos cuenta, unas veces es María, otras es Sergio, otras simplemente no lo sabemos. Pero eso no importa, porque lo que importa es cómo todos y cada uno de los moradores de la habitación oscura buscan allí lo que no pueden encontrar fuera, ahí fuera donde hay luz, donde se ve, donde se reconocen.

En la evolución de los personajes, y de la habitación, se muestran las diferentes etapas de la vida: la juventud donde todo es ilusionante y la madurez que llega cargada de responsabilidades y decepciones.


En esa evolución merece especial mención la manera de contar cómo la crisis económica les afecta. A mí, personalmente, me fascinó. Al principio asisten al hundimiento de la economía como simples espectadores que se creen a salvo de la catástrofe, “un público cautivado por el espectáculo del apocalipsis” para asistir después impotentes al derrumbe donde los cascoques y los vidrios rotos les caen encima provocándoles heridas, algunas irreversibles.

La forma de narrar es muy cinematográfica. El autor utiliza mucho el recurso de la cámara rápida, o “time lapse”. Se nos cuenta el paso del tiempo con esta técnica, donde una sucesión de imágenes pasadas rápidamente nos muestra cómo la habitación y las vidas de sus ocupantes van cambiando. Son cambios imperceptibles si se miran en un lapso de tiempo corto, pero que muestran su importancia al verlos con la perspectiva de un intervalo temporal mayor.

En todo el libro se respira denuncia, un grito en la oscuridad que protesta por tantos sueños rotos, por una juventud perdida en el desencanto de unas expectativas que no se cumplieron.

“La habitación oscura” es una alegoría, llena de metáforas, algunos fragmentos son pura prosa poética, otros son tan prosaicos que se rompe completamente el ritmo y hasta descoloca al lector. Este recurso me parece bien si está hecho a propósito, si se busca ese desconcierto. Lo que no me pareció tan bien fue la creación de situaciones poco creíbles para así desarrollar un argumento que se ve forzado al final. Además, ese final es brusco, áspero, y tan sorprendente que a mí no me convenció, no me lo creí.

En cualquier caso la trama y la forma de contar es original, no deja indiferente y eso siempre es de agradecer.


Nota: En este vídeo resalto algunos párrafos de la novela que me parecieron muy buenos.



25 de junio de 2018

A casa



Estación de tren de cercanías de Atocha. Una taquilla de venta de billetes. Al mostrador se acerca una muchacha de dieciséis años con una mochila, unas zapatillas deportivas, unos vaqueros gastados y una sudadera dos tallas más grande. Se dirige a la taquillera.

MUCHACHA: Quiero un billete. Solo ida.

TAQUILLERA: ¿Destino?

MUCHACHA: Es igual.

La taquillera, veterana empleada de la estación, levanta la vista del teclado para fijarse en su interlocutora y se encuentra con una adolescente de mirada triste y perdida. La chica mira hacia un lado y hacia otro, como si buscara a alguien, o como si temiera que alguien la buscara a ella.

TAQUILLERA: Me tienes que decir un lugar.

MUCHACHA: Cualquiera, lejos de aquí. Qué más da.

TAQUILLERA: Bueno, cada lugar es diferente.

MUCHACHA: ¿De verdad? Pues yo creo que en todos los sitios pasa lo mismo, son igual de feos y la gente es igual de capulla.

La taquillera mira a la adolescente por encima de sus gafas.

TAQUILLERA: ¿Tú crees? Yo pienso que hay gente buena y gente mala en todos los lugares, pero eso no los hace idénticos. Todo es cuestión de actitud.

MUCHACHA: ¡Oh, claro! Cuestión de actitud. Y ¿eso qué es? Porque la actitud de los demás es siempre la misma, te miran, te utilizan y luego te mandan a la mierda.

TAQUILLERA: A ti, siendo tan joven, ¿ya te han mandado a la mierda? Seguro que no ha sido para tanto.

MUCHACHA: Me he encontrado con mucho capullo.

TAQUILLERA: ¿Sí? ¿A qué te refieres?

MUCHACHA: A tíos como el Chispas, que es un gilipollas y un mamón. Al principio se enrollaba cantidad, era divertido, pero luego resultó ser un cabronazo.

La taquillera se quita las gafas para mirar fijamente a la muchacha.

TAQUILLERA: ¿Por qué dices eso? ¿Qué hizo?

MUCHACHA: Se lo montaba con otra tía más, y le tiraba los trastos a una amiga suya. Un harén quería tener el imbécil. 

La chica baja la cabeza y arrastra un pie de lado a lado.

MUCHACHA: No sé por qué te cuento esto. Yo lo que quiero es un billete.

TAQUILLERA: A veces las personas no responden como nosotros queremos pero eso no es culpa de ellas, sino de nosotros mismos que nos equivocamos a la hora de conocer a los demás.

MUCHACHA: Vale, tía. Lo que tú digas. Pero dame ya el dichoso billete.

TAQUILLERA: Tienes que decirme un destino. ¿O prefieres que elija yo por ti? ¿Es eso lo que quieres? ¿Que otro decida?

MUCHACHA: No me des la charla. La maquinita esa ¿no puede sacar uno a voleo? Como la de la primitiva.

La taquillera sonríe condescendientemente.

TAQUILLERA: Me temo que esa función todavía no se ha implantado en la RENFE.

La taquillera observa con resignación y ternura a la joven. Suspira, y esbozando una sonrisa más amplia le pregunta:

TAQUILLERA: ¿Dónde viven tus padres?

MUCHACHA: En Guadalajara.

La taquillera se pone las gafas y comienza a teclear.

TAQUILLERA: Bien, un billete a Guadalajara, solo ida. A casa.



 NOTA

Este relato es un ejercicio para practicar el guion de cine. El narrador no puede ser omnisciente, no sabe qué piensan los personajes, tan solo cuenta lo que pasa y se intenta que sea el diálogo el mejor narrador de la escena. 


Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores