Mire, señor agente, a ese hombre no le aguantaba nadie, las cosas como son. Yo no fui el único que se enfadó con él, había muchos que le tenían ganas y algunos eran gente de postín. Que no digo yo que eso sea suficiente para matar a nadie, pero si su muerte es sospechosa busque en las altas esferas, no entre los que todos los días teníamos que aguantarle. Porque era un petardo, sabe usted. Un auténtico coñazo de tío y disculpe por hablar así de un muerto, pero las cosas claras y el chocolate espeso.
Respondiendo a su pregunta, que no quiero divagar, le diré que no se
hablaba con nadie, así que no tengo ni idea de a quién hay que avisar de que el
viejo ha estirado la pata. Y sobre si estaba peor de salud últimamente, no
sabría decirle, porque ese hombre bien no ha estado nunca, aunque su enfermedad
era del magín, y eso que dicen por ahí que era un genio. Pues lo mismo de ser
tan listo se le estropeó algo en el coco y así le fue.
Me hace gracia que me pregunte si había notado un comportamiento extraño
estos últimos días, porque lo raro sería que se hubiera comportado normal.
Lleva viniendo a este restaurante más de treinta años y no recuerdo un solo día
que no haya hecho algo chocante. El primer día que le atendí yo era un chaval y
mis compañeros, sabedores de sus rarezas, me mandaron a que le atendiera como
una novatada. ¡Menuda broma! La chanza duró hasta ayer porque el tipo se fijó
en mí y quiso, desde ese primer día, que fuera yo y no otro quien le tomara la
comanda y le sirviera la comida.
Las rarezas empezaban antes de entrar en el restaurante. Previamente a
pasar al comedor, daba tres vueltas a la manzana, ni una más ni una menos. Una
vez en la puerta, se limpiaba los pies en la alfombra que hay en el zaguán
otras tres veces, y sin interrupción porque si, Dios no lo quisiera, salía o
entraba otro cliente a medias de ese ritual, volvía a empezar otra vez. En una
ocasión, coincidió su entrada cuando salía un grupo de quince personas que no
le dejaron limpiarse en el felpudo sus tres veces seguidas. Ni sé cuánto lo
tuvo que repetir. Media hora tardó en entrar.
Una vez dentro se iba al lavabo y se limpiaba las manos tres veces,
recurriendo a una toalla distinta cada vez. Con las manos ya requetelimpias se
sentaba en una mesa para tres, aunque comiera él solo. Las otras dos sillas
vacías tenían que estar separadas entre sí a idéntica distancia de la suya
formando un triángulo perfecto. En la mesa le esperaban siempre dieciocho
servilletas. Sí, señor agente, ha oído bien: dieciocho. Tres por cada plato,
vaso y cubierto que utilizaba. Las usaba para limpiarlos. Nosotros le poníamos
siempre lo mejor de nuestra selecta vajilla, pero, aun así, debía limpiar todo.
Ni que decir tiene que, si veía algún rastro de jabón o una pequeña manchita,
nos mandaba retirar todo el servicio y volver a empezar. Un tiquismiquis
irritante.
Ah, se me olvidaba, antes de sentarse había que vigilar que entre los
comensales que se encontraran en las mesas adyacentes no hubiera ninguna mujer
que portara perlas. En ese caso nos montaba un pollo de padre y señor mío. Odiaba
las perlas, se ponía frenético. Nosotros, y por si acaso, en cuanto se acercaba
la hora de su comida procurábamos que no hubiera mujeres cerca, ni con perlas
ni sin ellas, porque yo creo, sabe usted, que tampoco le gustaban las mujeres.
No, yo no he dicho tal cosa, señor. Las preferencias sexuales de
nuestros clientes son asuntos privados que en nada nos conciernen, pero ese
hombre era raro también en eso. No, tampoco creo que le gustaran los hombres.
Le gustaban… los animales. Sí, ya sé que eso no es extraño, pero es que a él le
gustaban de manera especial las palomas. Muchas veces le vi en el parque de
enfrente dar de comer a esos bichos con plumas. Sí, estoy de acuerdo con usted,
es normal esa costumbre, pero es que un día me dijo que se había enamorado de
una y que ella le correspondía. Me reconocerá, agente, que eso ya no es tan
normal.
Si su muerte le parece sospechosa yo ahí no entro ni salgo, pero ya le
comenté que había gente de posibles que le tenía ojeriza. Dicen que sus
inventos podían hacer perder dinero a algunos empresarios. Yo de esas cosas no
entiendo, pero en una ocasión me comentó que iba a revolucionar las
comunicaciones y que algún día podríamos hablar con gente de otros países sin
necesidad de cables. Estaba loco, ya le digo.
Hablaba muy mal de un tal… Edison. Decía que le debía un montón de
dinero, 50.000 dólares, una pasta, y que le había tomado el pelo. No, no se
llevaban bien. Lo mismo fue ese Edison el que lo mató si dice usted que su
muerte da que pensar. ¡Ah! Que ya se murió. Entonces bórrelo como sospechoso.
¿Y si fue el gobierno? Lo digo porque una vez me comentó que le espiaban y que
le tenían vigilado. Que no fabule, dice usted, pues me callo y no se hable más.
No, no le caía bien a nadie, aunque con el tiempo, fíjese usted, yo le
cogí cariño. Me entristece que haya muerto, la verdad sea dicha. Al final le
voy a echar de menos.
Si tan listo era, como algunos
dicen y a juzgar por la cantidad de periodistas que han venido a preguntar por
él, deberían ponerle su nombre a alguna calle. No, mejor: ¡a un coche! Que dice
usted que hay que estar loco para poner el nombre de una persona a un auto,
bueno, lo mismo el que se lo pone está igual de pirado que el señor Tesla.

Pobre hombre, tan sabio y tan incomprendido. No sé si sufría de TOC, pero sí sé que, a pesar de que se dice que las mujeres caían rendidas a sus pies, se mantuvo el célibe hasta la hora de su muerte. Bien merece ser recordado dando nombre a algo importante, pero a un coche ideado por un fantoche... Si dicho elemento quiso reconocerle el mérito, podría haberle puesto al coche el nombre de Nikola, así nadie identificaría al famoso científico con el idiota de Musk, je, je.
ResponderEliminarMuy divertida la historia.
Un beso.
Qué agobio de persona !.... en el cementerio, ya habrán salido corriendo hasta los difuntos ! : DD
ResponderEliminarBuen relato !!.