Gideon A. Mantell vs. Richard Owen
Para la sección “Demencia, la
madre de la Ciencia” traigo cuatro personajes que aparecerán en dos partes porque
en esta ocasión el protagonista de este rincón del blog no es un científico en
concreto sino una característica de la investigación: la envidia.
A lo largo de la historia de la Ciencia se han
dado episodios absurdos entre científicos que investigaban en campos idénticos.
Lo que debería ser motivo de colaboración, como es el interés por una misma
temática, normalmente desencadena en una rivalidad derivada de la confrontación
entre individuos que no comprenden bien los conceptos “compartir” y
“colaborar”. Algunas veces estos enfrentamientos dieron lugar a situaciones
esperpénticas y en la mayoría de los casos vergonzosas.
Esto es lo que pasó entre los
cuatro personajes de esta entrada doble: dos británicos y dos estadounidenses. Estos
científicos, aunque de procedencias distintas, compartían una misma
pasión: la paleontología.
En el siglo XIX hubo un
exacerbado interés por la ciencias naturales. La profusión de sociedades
geográficas y naturalistas propició que
se patrocinaran expediciones a todos los rincones del planeta en busca de
especímenes “raros” para catalogarlos. A resultas de este afán por la
Naturaleza salieron naturalistas hasta de debajo de las piedras. Algunos fueron
profesionales en la materia aunque la mayoría eran aficionados que tenían otra
actividad laboral pero que se implicaron de lleno en su pasión particular hasta
el punto de abandonar su verdadera profesión para volcarse en cuerpo y alma en
lo que, a priori, solo era una distracción.
La mayoría de estos aficionados
no tenía la oportunidad de formar parte de las expediciones a lugares remotos
por lo que se tenían que conformar con explorar los alrededores del lugar donde vivían.
Esto es lo que le ocurrió a Gideon Algernon
Mantell (Inglaterra, 1790-1852).
Mantell era un médico rural de Sussex. Este
médico se interesó por la geología primero para centrarse en la paleontología
después dedicándose, en sus ratos libres, a rastrear las zonas aledañas a su
localidad en busca de fósiles. Su esposa ‘colaboraba’ con él y fue ella
precisamente la que un día, mientras su marido pasaba consulta, encontró una
‘piedra extraña’ cuando paseaba por una zona donde estaban reparando unos
baches con escombros. Algo debió de ver la señora Mantell en aquel pedrusco
para recogerlo y enseñárselo por la noche a su marido.
Aquella piedra resultó ser un
diente fosilizado y, según su tamaño, debía de pertenecer a un animal muy grande.
Desde su poca preparación académica al respecto Mantell supo catalogar aquel
fósil y datarlo en el Cretácico. Como él no tenía un currículum adecuado para
manifestar con rotundidad que su hipótesis era acertada envió el diente a París.
Allí, el reputado paleontólogo Georges Cuvier le echó un jarro de agua fría al
pobre de Mantell pues le dijo que aquello era un diente de rinoceronte.
Afortunadamente Mantell, vanidoso
él, no cejó en su empeño y siguió investigando para conseguir, varios años
después, que otros científicos le dieran la razón en cuanto a la procedencia
extraordinaria de ese diente. Uno de esos científicos le dijo que la forma se
parecía a los dientes de unos reptiles que había visto en las islas Barbados y
que llamaban iguanas. Con esta información, Mantell bautizó al poseedor del
diente fosilizado “Iguanodonte” (diente de iguana).
El doctor Mantell además del diente
de iguanodonte tiene muchos fósiles más y consigue una colección muy extensa.
Mientras que se dedica a buscar fósiles deja de lado su profesión médica, los
pacientes empiezan a disminuir y las deudas empiezan a aumentar: recoger
fósiles puede ser fascinante pero no da dinero.
Ante la quiebra económica decide
mostrar su colección de fósiles convirtiendo su casa en un museo y cobrando una
entrada por visitarla. Sin embargo, esta práctica le desmerece a los ojos de
los científicos “serios” que le afean la conducta –¿dónde se ha visto que un
investigador cobre por enseñar sus descubrimientos?– y entonces Mantell decide
que la visita sea gratis por lo que las deudas siguen sin saldarse y encima la
casa se le llena de desconocidos.
La única manera que tiene Mantell
de sacarle provecho económico a la colección de fósiles es vendiéndola al Museo
Británico. Ante esta situación tan catastrófica, a la abnegada esposa
(recordemos que fue ella la que encontró el diente del iguanodonte) se le acaba
la paciencia y le abandona llevándose a sus cuatro hijos.
Pero esto solo es el principio del fin.
Mientras Mantell buscaba el apoyo de expertos que avalaran su teoría, William Buckland, un reputado geólogo con
reconocimiento en los ámbitos científicos, encontró otro fósil de proporciones parecidas en una cantera de Oxfordshire y lo nombró “Megalosaurio”.
Como Buckland tiene una amplia experiencia científica sabe describirlo muy bien
en un informe que reporta en los Anales de la Sociedad Geológica y es esta
descripción la que queda registrada como la primera mención de la existencia
de un dinosaurio, dejando el hallazgo de Mantell relegado en un segundo
plano cuando realmente fue éste quien descubrió el primer fósil
de dinosaurio.
Los ninguneos y las desgracias de
Mantell no habían hecho más que empezar.
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| Cristal Palace Park |
En la Nochevieja de 1853 se
celebra una cena de gala en un lugar muy peculiar, el Cristal Palace Park. A
mediados del siglo XIX los recién descubiertos dinosaurios se han convertido en una atracción en todos
los sentidos; alrededor de la construcción de hierro y cristal, que sirvió de emblema a la
Gran Exposición de 1851 de Londres, se instala la primera colección de
reproducciones de dinosaurios a tamaño natural; una especie de Jurassic Park
pero en plan decimonónico con animales de cemento en lugar de maquetas animadas
por ordenador como en la película de Spielberg (aunque con la misma falta de
rigor científico).
En aquella cena de Fin de Año se
reúnen en lugar tan emblemático la flor y nata de la paleontología, numerosos
científicos relacionados con esta disciplina se sientan alrededor de una gran
mesa donde hay un ausente, aunque nadie repare en ello: Gideon Mantell. El
descubridor del primer fósil de un dinosaurio no camina entre los vivos desde hace un año pero nadie recuerda ya su nombre y el
responsable de tamaña injusticia es precisamente uno de los asistentes a esa cena, Richard Owen.
Richard Owen (Inglaterra, 1804-1892)
también fue médico, como Mantell, pero su consulta la tenía en Lancaster.
Ya desde joven destacó por su afán
investigador y una audacia rayana en el delito pues solía robar miembros de los
cadáveres en los cementerios. Catadura moral aparte parece ser que tenía una
gran capacidad para organizar y reconstruir cuerpos cuando estos estaban
fragmentados –léase en el caso de esqueletos hallados en excavaciones–. Fue un
gran experto en anatomía animal y esto le llevó a abandonar la práctica de la
medicina para volcarse en la catalogación de especies extintas y así alcanzar
puestos de gran responsabilidad en diversas instituciones relacionadas con la
biología animal. Además escribió numerosos artículos científicos (más de
seiscientos) que le dieron fama y notoriedad.
A él se debe el término “dinosaurio”
(lagarto grande), un concepto que hoy en día se ha descubierto falto de rigor –los
dinosaurios no eran todos tan terribles ni tan lagartos– pero que ha permanecido
en el tiempo a pesar de todo.
Owell no era una persona
atractiva en ningún sentido, ni el físico ni en el moral. Dejando a un lado la
belleza física que no deja de ser un concepto bastante relativo, lo más grave
de su persona fue que carecía de escrúpulos. Charles Darwin no lo podía ver ni
en pintura y siempre lo detestó.
Varios científicos de la época
constataron la mala fe de este investigador. El naturalista T.H. Huxley comprobó
que el jeta de Owen se vanagloriaba de ostentar un puesto de profesor de
fisiología que en realidad ocupaba el propio Huxley. Otro naturalista, Hugh Falconer,
hubo de contemplar atónito cómo Owen se atribuía uno de sus descubrimientos sin
el más mínimo rubor. Hasta el dentista de la reina tuvo un enfrentamiento con
este caradura a cuenta del apropiamiento indebido de una teoría sobre la
fisiología de los dientes.
Owen, además de amoral, era
rencoroso y vengativo. Si no que se lo pregunten a Robert Grant, un joven
anatomista que vio truncada su prometedora carrera en la zoología porque Owen,
envidioso de su valía, impidió que accediera al estudio de especímenes
necesarios para sus investigaciones.
Pero quien realmente sufrió la mala
baba de este individuo fue Gideon Mantell.
Después de separarse de su mujer,
las desgracias del pobre Mantell continuaban. Se fue a vivir a Londres y allí,
en 1841, se cae de un carruaje en marcha, se enreda con las riendas y los
caballos le arrastran varios metros machacándole la columna vertebral. De
resultas de este accidente queda lisiado y sufre unos dolores terribles que le
convierten en un adicto a los opiáceos.
El estado de postración en el que
queda sumido Mantell es aprovechado por un despiadado Owen que se dedica a
eliminar todo rastro de la actividad de su envidiado oponente. Cambia el nombre
de especies que habían sido descubiertas por Mantell y hasta llega a atribuirse
el hallazgo de las mismas. Mantell intenta seguir
investigando a pesar de su lamentable estado pero Owen se encarga de que nada
de lo que haga se publique, sumiéndole en la más negra depresión. Finalmente,
en 1851, un desesperado Mantell no puede más y se suicida con una sobredosis de
opio.
Pero ahí no termina el oprobio de este desgraciado científico. En una
necrológica –de autoría anónima pero que nadie duda que fue obra de Owen– se le
tacha de anatomista inepto y mediocre negándole incluso el descubrimiento del
iguanodonte. Con este panorama era natural que en aquella cena de Nochevieja en el Cristal Palace nadie mencionara ni por asomo a Mantell.
Por si esto no fuera suficiente,
y para rematar la faena, la columna dañada en aquel fatídico accidente de
caballos, se le extirpa en la autopsia y va a parar a las manos de… Owen que es
quien dirige el museo del Real Colegio de Cirujanos, la institución encargada
de recoger muestras interesantes desde un punto de vista anatómico.
Desde luego el pobre Mantell no
tuvo mucha suerte ni en vida ni después de muerto.
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| Dibujo que reproduce un Belemnites |
Dicen que a todo cerdo le llega
su San Martín y, bien por el karma o porque al fin y al cabo existe cierta
justicia cósmica, el caso es que a Owen le llega el día en que su buena
estrella se eclipsa ya que poco a poco va calando la idea de
que ese señor no es de fiar y que se apropia del trabajo de los demás.
Aunque Owen
centró gran parte de su labor en animales muy grandes, como los dinosaurios,
quien se encargó de darle la puntilla fue un animal muy pequeñito, el belemnites, un molusco extinto.
Cuando Owen se atribuye en un
artículo el descubrimiento de este molusco llamándole Belemnites oweni (el engreimiento de este tipo no tenía límites) y
además le premian por tan fantástico hallazgo, el naturalista Chaning Pearce se
queja, y con toda la razón, pues fue él quien lo descubrió anteriormente. En
este caso Owen queda en evidencia pues el avispado de Pearce tuvo la genial
idea de presentar su descubrimiento en la Sociedad Geológica, presentación a la que
asistió el propio Owen por lo que la autoría no tenía ningún género de dudas y la
felonía de Owen tampoco. Tamaña alevosía le supuso la expulsión de diferentes
sociedades e instituciones donde, hasta ese momento, era reconocido y aclamado.
Después del “affair belemnites” la actividad investigadora de Owen decayó
estrepitosamente. Aún en el relativo ostracismo al que fue relegado siguió
dando por saco. Uno de sus últimos actos de perfidia fue el oponerse a que se
erigiera una estatua a Darwin en el Museo de Historia Natural de Londres pero,
afortunadamente, no lo consiguió.
Esta es una muestra de hasta
dónde es capaz de llegar la mezquindad de algunos individuos, mentes
maravillosas que no consienten convivir con otras mentes igual de extraordinarias
y que recurren al juego sucio para eliminar contrincantes y que nadie les haga sombra.
Hubo otros dos paleontólogos más que
llevaron su animadversión mutua a límites extremos y absurdos. Los sujetos en cuestión eran estadounidenses y protagonizaron la llamada “guerra de los
huesos”. Pero esa es otra historia que contaré el mes que viene.















