13 de junio de 2025

Conversaciones con una druidesa (y IV)

 

Al día siguiente mis compañeros de viaje y yo nos fuimos a visitar el monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil.

El grupo que conformábamos era numeroso, pero entre esos compañeros no se encontraba Aira. Mientras que la guía nos contaba el origen del monasterio (siglo XII) y nos señalaba las características arquitectónicas del edificio yo no hacía más que mirar en derredor por ver si aparecía mi druidesa preferida. Pero, por más que miré entre la vegetación e, incluso, detrás de las columnas y recovecos del monasterio, no la encontré.

La que sí apareció con puntualidad británica fue la lluvia, esa no se perdió la visita. Con el chubasquero puesto y cierto hartazgo ante tanta humedad, intenté apreciar la belleza del lugar.



Cuando la lluvia comenzaba a arreciar llegamos a Parada do Sil tras subir un empinado sendero que a punto estuvo de dejarme tirada en el camino porque la cuesta era de tomo y lomo. Nos dispusimos a comer en el pueblecito, con el inconveniente de que esa idea, la de comer, la tuvieron muchos otros más y dado que el pueblecito era un lugar pequeño (de ahí lo del diminutivo de pueblo) y muchos los que deseábamos comer, la cosa se tradujo en que no había un hueco en ningún restaurante.

Pero no todo fue mala suerte porque mientras me tomaba un vino de la tierra, en uno de los tres bares del pequeño pueblo, una mesa quedó libre y ahí pudimos sentarnos para comer mi pareja y unos amigos que iban en el grupo de excursionistas.

La comida fue deliciosa y la charla entre los comensales distendida. Tras el condumio, y dado que seguía lloviendo a cántaros, decidimos visitar la ciudad de Orense.

Durante toda la visita estuve buscando con la mirada a Aira con el mismo resultado que durante la mañana. Ni en las termas, ni en la catedral, ni en las empedradas calles la encontré. Aunque las explicaciones de nuestra guía eran muy buenas yo echaba de menos los comentarios sarcásticos de la druidesa. A pesar de lo cascarrabias que podía llegar a ser la añoré y no disfruté de la visita.

Me fui a la cama apesadumbrada.

El último día de mi estancia en Galicia nos dispusimos a visitar otro monasterio de los muchos que se hallan en la Ribeira Sacra.

Nada más bajar del autobús, al pie del camino que íbamos a recorrer, había un dolmen. Sabiendo que ese tipo de construcción megalítica puede ser de origen celta, y a pesar de tener ya claro que Aira era castreixa y no céltica, me acerqué a mirar con la esperanza de encontrármela.

Y ahí estaba. Recostada en una de las piedras gigantes me miraba con socarronería.

—¡Aira! ¡Qué alegría verte! ¿Dónde te metiste ayer? Eché de menos tu presencia. Tenía muchas ganas de verte. ¡Qué bien que hayas aparecido, por fin!

Mientras soltaba todas esas frases de sopetón me acerqué a ella con los brazos abiertos, pero antes de llegar siquiera a rozarla ella extendió los suyos en un ademán de rechazo a ese contacto físico. Pero qué arisca es, pensé a la vez que la sonreía.

—¿Ya sabes por qué se llama Ribeira Sacra a esta zona? —me preguntó a modo de saludo y sin ningún tipo de preámbulo.

Como una estudiante pillada en falta en un examen, bajé la cabeza porque no tenía ni idea. Aira esperaba mi respuesta con los brazos cruzados y el ceño fruncido.

—Pues… Ribeira porque está entre ríos y… sacra… porque… ¡está llena de monasterios!

Mi contestación fue repentina y sin pensar, pero según lo dije me di cuenta de que tenía bastante sentido. Esperé el dictamen de mi examinadora con ilusión en la creencia de que había acertado.

—Creía que después de los momentos pasados juntas habías aprendido a interpretar las señales, pero falto un día y ya vuelves a utilizar el discurso oficial y conservador. No tienes ni idea —fue el lapidario veredicto que me espetó.

—Pues ilústrame —le contesté bastante mosqueada.

—Vamos a ver —dijo con el mismo tono que una maestra emplearía con un alumno medio tonto—: Antiguamente a los robledales se les llamaba roboyras.

—Roboyra… Ribeira. Sí, te sigo —contesté cabeceando y en mi papel de estudiante lela.

—Por tanto, lo de sacra, será por…

—… ¡los monasterios! —exclamé interrumpiéndola.

—¡Que no! ¡Qué manía con inmiscuir a los cristianos en todo!

Tras recomponerse la melena con un gesto de fastidio, Aira volvió a la explicación.

—El roble es un árbol sagrado en nuestra cultura. Donde hay robles nosotros esperamos encontrar a los dioses, por eso solemos realizar rituales sagrados en ese tipo de bosques.

—¡Aaaah! Ahora lo pillo. O sea, Ribeira Sacra quiere decir Robledal Sagrado ¿no? —comenté en voz baja porque no las tenía todas conmigo.

—Efectivamente —contestó Aira sin pizca de entusiasmo.

Entre tanto palique el grupo de viajeros se había separado de nosotras camino del monasterio de Santo Estevo. Aira y yo comenzamos a caminar más deprisa para alcanzarlos.

—No te apures —me dijo la druidesa—. Sé perfectamente dónde se encuentra ese antro de superstición. Conmigo, además, irás más segura porque te protegeré de las mouras que suelen andar por la senda.

—¿Mouras?

—¿Tampoco sabes qué son? Tu ignorancia no tiene límites —contestó enfadada —. Las mouras son seres vanidosos y perversos que viven debajo del suelo, en cuevas y túneles subterráneos. Siempre llevan encima montones de joyas y adornos. Son chabacanas, petulantes e insidiosas. Les gusta aparecerse a los caminantes en sendas como la que vamos a recorrer. Si ves alguna, ignórala, no escuches su palabrería, lo único que pretenden es burlarse de quien las presta atención para embaucarlo con promesas engañosas.

­—Unos angelitos, vamos.

—No. Todo lo contrario, te estoy diciendo.

Entre las virtudes de Aira no se encontraba entender el sarcasmo. Ni la de reírse, porque siempre estaba con el ceño fruncido, permanentemente enfadada.

Como si de un conjuro se tratara, cuando llevábamos un pequeño trecho caminando entre helechos y musgo esmeralda, un ser diminuto, con la piel muy pálida y largos cabellos rubios surgió del suelo. A pesar de la poca luz que el cielo cubierto dejaba pasar, su figura brillaba como si de una luciérnaga se tratara. Tal fulgor se debía a la cantidad de collares y pulseras con piedras preciosas que llevaba encima.

—Buenos días, caminante —me saludó educadamente.

—Buenos días —contesté pasando de largo y haciendo caso al consejo que me había dado hacía unos instantes Aira, la cual, nada más aparecer la moura, había hecho mutis por el foro.

—Tengo un regalo para ti —me dijo la pequeña criatura caminando a saltitos al lado mío.

Ignoré su comentario y seguí andando.

—Vaya. No quieres escucharme, ¿eh? Alguien te ha prevenido contra mí. Tú te lo pierdes, pero yo podría hacerte muy famosa.

Con la curiosidad rondándome las entrañas seguí pasando de aquel ser tan extraño. Entonces, la moura se paró en seco y con el rostro congestionado me espetó:

—¡Que te entre o mal do ollo!

No entendí lo que dijo, pero por el tono supuse que nada bueno. Seguí caminando impertérrita y la dejé atrás. Nada más perderla de vista, Aira apareció de nuevo.

—La moura te ha lanzado un meigallo.

Meigallo. ¿Un hechizo? ¿En serio? —dije yo riéndome.

—No es cosa de broma.

—¡Venga ya! Eso son cuentos de viejas.

Nada más decir esto, y cuando aún seguía riéndome, tropecé con una raíz y me caí cuan larga era en medio de un charco. Me empapé el pantalón y acabé con barro hasta en las orejas. Me levanté lanzando maldiciones a la puñetera moura. Por desgracia, como no tengo poderes mágicos, mi particular meigallo no tuvo ningún efecto sobre la duende con malas pulgas.

—¡Te lo advertí! —fue la reacción de la druidesa ante mi infortunio.

Entre exabruptos míos y sonrisas irónicas de Aira llegamos, por fin, al monasterio de Santo Estevo. Sumergida entre árboles se alzaba una construcción imponente que brotaba de repente, como un encanto, entre la espesura. Recordando las palabras que había pronunciado cuando se refirió a ese lugar le pregunté:

—¿Por qué es un antro de superstición?

—Allí se encuentran los anillos de varios obispos que fueron enterrados en el monasterio. La gente cree que tienen poderes sanadores. Pura superstición.

—¿Esto sí es superstición? Pero lo del meigallo de la moura, no. No tiene sentido, reconócelo.

Aira, según de dónde viniera la historia, era más proclive a creerse ciertas cosas.

—Tiene todo el sentido del mundo. Tú misma acabas de comprobar que las mouras existen y tienen poderes —añadió mirando con insistencia mis pantalones empapados de agua y barro—. Ahora, entra ahí —señaló con el mentón el monasterio— y prueba a ver si se te cura el catarro que vas a agarrar con el remojón en el charco.

No dudada que iba a pillar un buen resfriado por culpa de la moura maldita, pero tampoco dudaba que los anillos de unos obispos no me iban a servir de nada para curármelo, aunque, si somos honestos, no se puede curar lo que aún no se padece, por lo que dejé en suspenso el supuesto poder sanador de esos anillos.



Dejando a un lado indisposiciones y meigallos me dispuse a admirar el monasterio construido entre los siglos XII y XVIII y que ahora también es un parador.

—¿A ti qué te parece que un templo cristiano se convierta en un hotel? —pregunté a Aira mirando embobada el claustro.

Al no recibir respuesta miré en derredor para comprobar que la druidesa había desaparecido. Supuse que su ausencia se debía a la repulsión que le provocaba todo lo relacionado con el cristianismo y, por tanto, había decidido permanecer fuera. Busqué en el exterior y tampoco la vi. Durante el resto de la mañana seguí con mi grupo de senderistas y Aira siguió ausente.

Empecé a sospechar que se había despedido a la francesa, o sería más conveniente decir a la gallega. Cuando me subí al autocar que esa misma tarde me devolvería a mi ciudad, y sin señales de Aira por ningún lado, me resigné a perderla de vista sin una despedida.

Justo cuando el autobús abandonaba la comarca de Ribeira Sacra oí una voz que en susurros me dijo:

—Cuídate mucho. Especialmente el catarro.

Reconocí inmediatamente la voz de Aira, pero no la vi. A lo lejos solo quedó el eco de una risa. Vaya, me dije, Aira sí sabe reír.

FIN






1 de junio de 2025

Conversaciones con una druidesa (III)

Durante el día siguiente estuve recorriendo la Ribeira Sacra y en todo momento no se separaron de mí dos fieles acompañantes: la druidesa Aira y la lluvia. La compañía de la primera, a pesar de que era un pelín impertinente, la estimé mucho, en cambio, la de la segunda no la aprecié tanto.

Ya se sabe que en Galicia llueve y, parece ser, que en Semana Santa especialmente, a pesar de que, en este caso, esos días de asueto cayeron casi a finales de abril. De todas maneras, la obstinación en jarrear agua durante los cuatro días que anduve por aquellos lares a mí se me antojó una maldición más que algo esperable. ¿La druidesa tendría poderes sobre los elementos atmosféricos y esa era su manera de brindarme una «amistosa» bienvenida? ¿Estar en una zona vitícola, como es la Ribeira Sacra, indica directamente que tiene que llover mucho en primavera? ¿El dios celta Taranis, encargado de los truenos y las tormentas, andaría cerca y se había dedicado a hacer lo que mejor se le da?

De las tres preguntas que me hice, para las dos primeras no tenía respuesta, pero sí me contesté rápidamente a la última con un rotundo no porque Aira me había dicho que ni ella ni sus congéneres eran celtas, así que el céltico Taranis no pintaba nada en esa ecuación; de todas formas, había cosas que no entendía y quise profundizar en el tema.

—Dijiste que tu pueblo se define como castrexo, pero tu habla tiene raíces celtas.

Aclararé en este punto que yo no entiendo ni papa de celta ni de sus derivados, pero cuando me encuentro con personajes extraños consigo comunicarme con ellos independientemente de su lengua. ¿Por qué? Ni idea. Cosas de los fenómenos paranormales. Esto es algo que agradezco sinceramente ya que, en cuestión de idiomas, soy bastante zote.

Le hice ese comentario a mi acompañante mientras subíamos la empinada cuesta que nos llevaba a San Lourenzo de Barxacova, una preciosa aldea encaramada en un montículo de 600 metros de altitud y que se asoma al valle del río Mao, cerca de su desembocadura con el Sil.

—Tuvimos contactos con los celtíberos del centro de la península y nuestra lengua se vio influida.

—Entonces los celtíberos sí que son celtas —insistí yo—, pero vosotros no. Vivís en castros como los celtas, tenéis armas como las de los celtas, adoráis a dioses muy parecidos a los celtas… pero no sois celtas. Hasta el nombre de Galicia tiene raíces celtas… Disculpa, pero yo esto no lo veo.

—Los celtíberos proceden básicamente de grupos celtas del centro de Europa mientras que nosotros provenimos… de otro grupo étnico similar, pero no igual. Somos genuinos y diferentes de nuestros vecinos, aunque tengamos elementos comunes. En la esencia somos completamente distintos.

¡Uf! Aquello me daba un tufillo independentista. Puede que mi juicio se viera influido por muchos factores de otras zonas de España, incluso de otras partes de Europa, pero lo de que una zona geográfica es diferente cultural y «étnicamente» a otra es el argumento que algunos nacionalistas emplean para prender la mecha del independentismo y para abrir la puerta a la confrontación.

Como sé lo espinoso que puede resultar el tema y como no quería que se me tachara de centralista por rebatir ideas nacionalistas, decidí cambiar de tercio recurriendo al manido tema del tiempo.

—¡No para de llover! A este paso nos van a salir ranas en el pelo.

La verdad es que el santo patrón de la aldea donde nos hallábamos, San Lorenzo, no hizo honor al astro que representa porque el sol ni brillaba ni estaba por la labor. Densas nubes grises cubrían el cielo y una persistente lluvia muy fina nos estaba aguando el paseo.


Panorámica de San Lourenzo de Barxacova (Parada do Sil)

Aira no respondió a mi comentario. Se sumió en un silencio inquietante, como si la lluvia que nos estaba calando hubiera llegado también a lo más profundo de su ser. No es que fuera la alegría de la huerta, pero verla tan callada y encerrada en sí misma me inquietó.

Anduvimos un buen trecho calladas. El silencio de Aira se debía a la introspección que la dominaba en esos momentos, el mío era el efecto del ahogo que me atacaba porque la pendiente por la que estábamos ascendiendo era bastante elevada y el oxígeno no me llegaba en la cantidad necesaria.

Por fin alcanzamos lo más alto de un promontorio donde se podían divisar unas oquedades alargadas y excavadas en la dura roca.

—Otro cenobio eremita —exclamé yo al verlo y recordando las tumbas de San Pedro de Rocas.

—Es una necrópolis —me corrigió Aira aún con el semblante serio.

—¿Hasta aquí venían los de la aldea de San Lorenzo a enterrar a sus muertos? Y encima para cavar la tumba en la pura roca. ¿No había otro sitio mejor para poner el cementerio? Estos gallegos están locos —exclamé dando luz a mis pensamientos en voz alta.

—¡Pero qué simple eres!

El exabrupto de Aira no me pilló de sorpresa porque ya había dado muestras de sus malas pulgas, pero tampoco me enfadé porque, al menos, había salido de ese silencio tan inquietante que le había acompañado durante toda la empinada subida hasta la necrópolis.

—Mira a tu alrededor y dime si no merece la pena llegar hasta este lugar mágico —añadió abriendo los brazos.

Hice caso a lo que me sugería mi acompañante y descubrí un paisaje que quitaba el aliento. Si bien es cierto que yo de aliento ya había llegado hasta allí justita (la subida había sido de tomo y lomo), el poco aire que me quedaba en los pulmones se me escapó cuando divisé el río Mao debajo de la ladera y encajonado entre otras faldas montañosas todas cubiertas de viñas. A lo lejos su caudal se sumaba al del Sil en la desembocadura. Además, y como si los elementos atmosféricos, que tan negativos se nos estaban mostrando hasta ese momento, quisieran hacer patente la belleza del lugar, las nubes se retiraron para permitir que el sol iluminara el fondo del valle reflejando sus rayos en el espejo de agua de los dos ríos. Una preciosidad.


 Valle del río Mao (suena a chino, pero es gallego)

Tras un buen rato observando aquella maravilla y cuando había recuperado por completo el resuello nos dispusimos a bajar para recorrer las pasarelas del río Mao. En el descenso la lluvia no nos acompañó, algo que fue de agradecer porque las viñas con la luz del sol se mostraban mucho más bonitas. Pero ese buen tiempo tenía fecha de caducidad. En cuanto llegamos a las pasarelas las nubes acudieron a la excursión y nos amenizaron con una lluvia torrencial que no nos abandonó hasta que dejamos el entarimado que recorre paralelo a ese río de nombre chino.

—Fíjate bien en el entorno. La vegetación más representativa de Galicia se encuentra aquí —me explicó Aira a quien la lluvia parecía no afectarla.

—Vegetación galaica. ¿Seguro? Porque creo que acabo de ver a Tarzán y a la mona Chita en uno de los árboles. Esto parece la selva más que un bosque gallego —repliqué malhumorada ante la intensidad de la lluvia.

Y es que con tanta agua la pasarela más que un sendero para pasear parecía una pista de patinaje. El suelo estaba sumamente resbaladizo y apenas podía levantar la vista del entarimado porque, en cuanto me despistaba, corría el riesgo de partirme la crisma.

Lo que, según los folletos turísticos, era un agradable paseo que se adentra en el cañón del Mao, para mí fue una tortura con la constante amenaza de terminar en la sala de urgencias de traumatología de algún hospital orensano.

Por fin ese trayecto infernal terminó y, como si de un sortilegio se tratara, el sol apareció de nuevo haciendo creer que lo que acababa de vivir solo había sido un mal sueño. ¿Aira tendría realmente poderes mágico-meteorológicos y todo esto era el fruto de sus manos?

No sé si por obra de Aira, de algún dios celta, castreixo o de origen desconocido, el caso es que al llegar al río Sil, donde se convierte en la frontera natural entre Lugo y Orense, lucía un sol espléndido. Cerca del embarcadero, en el que abordaría un catamarán para recorrer el cañón del río Sil, había un bar donde degusté un vino de la tierra que me supo a gloria bendita. Aira no tomó nada, es más, cuando tenía la copa en la mano me miró con cierto asco.

—¡Puaf! ¡Vino! ¡Qué costumbre bárbara!

Sería bárbaro, pero muy rico. Los romanos (antes que ellos, los fenicios en el sur de la península) sabían lo que se hacían cuando trajeron vides a nuestro suelo patrio y, además, aquí el sabor del vino tenía un gusto especial porque a la vendimia de esta zona la llaman heroica: acarrear cestas cuajadas de racimos por esas pendientes tan empinadas entrañaba heroísmo y poseer unas piernas y brazos dignos de titanes, también implicaba agudizar el ingenio e idear un sistema de poleas para trasladar la uva. Todo ello me hizo recapacitar sobre el precio del vino y lo afortunados que somos los habitantes de esta España nuestra, que podemos degustar tan buenos y valiosos caldos sin movernos de casa.



Subí al barco para disfrutar de un paseo por el río Sil y antes de zarpar ya sabía lo mucho que me iba a gustar esa excursión.

Tengo pasión por los ríos. Creo que es el fruto de un trauma por vivir y ser de una ciudad que posee muchas cosas bonitas pero entre las que no se encuentra su río. El Manzanares tiene su encanto, pero agua no. Por eso cuando veo un rio como dios manda me quedo embobada. El Sil es uno de esos ríos, en la zona que estábamos recorriendo llega a alcanzar una profundidad de 500 metros.

—¡Hala! ¡Qué pasada! —exclamé cuando oí la información de boca de la guía del barco.

—¡Bah! Otra injerencia del hombre de la actualidad, no dejáis que la Naturaleza se exprese como ella quiere —interrumpió mi entusiasmo Aira.

—¿Qué quieres decir? ¿Esa profundidad no es… natural?

—Antes el Sil se oía, no se veía. Ahora se ve, pero ha dejado de oírse —fue la supuesta aclaración a mis dudas por parte de la druidesa.

Al ver el interrogante en mi cara, Aira decidió continuar:

— El Sil no es tan profundo, si ahora se ve tanta agua es porque está embalsado. Antaño, cuando los humanos no alteraban la orografía buscando beneficio propio, este río circulaba al fondo del cañón entre piedras y riscos con una gran corriente, levantando así un clamor que podía oírse por todo el entorno.

Parece ser que en la cuenca del Sil hay una veintena de centrales hidroeléctricas que aprovechan el acusado desnivel del río para proporcionar energía a un montón de hogares gallegos.

—Desde arriba de las colinas no se alcanzaba a ver el río en lo más profundo de la garganta, pero sí se oía su estrépito debido a la corriente —añadió la druidesa con un deje de nostalgia.

—O sea, que no era navegable.

—Este paseo tan ñoño no lo hubieras podido realizar cuando mi pueblo poblaba esta zona —asintió enfadada, cómo no, Aira.

—Aun así, y aunque sea por obra de la mano del hombre, este río es impresionante. Ni el Miño presenta una imagen así de magnífica y eso que el Sil es su afluente.

 —El Miño lleva la fama, pero el Sil lleva el agua —asintió la druidesa.

—¡Eso lo decía mi madre!

—Ya te dije que noté una conexión especial cuando te vi.

¿Qué me estaba queriendo decir? ¿Que éramos familia? Ante esa lejana eventualidad estuve tentada de preguntarle por sus apellidos, pero no me atreví por si me llamaba inculta o algún otro improperio típico de mi nueva amiga. Probablemente los castrexos no utilizaban apellidos. Además, indagar en los antecedentes familiares podría entrañar desagradables sorpresas. Unos años atrás un primo mío anduvo hurgando en el árbol genealógico y descubrió que nuestro apellido Rouco coincide con el del cardenal ya fallecido Rouco Varela porque era gallego y porque su abuelo y el de mi madre eran hermanos. A veces es mejor permanecer en la ignorancia, así que decidí no adentrarme en esas arenas movedizas. Bastante disgusto tenía sabiéndome ligada sanguíneamente con aquel fascistoide purpurado.

Por lo tanto, decidí callarme y disfrutar del paseo «ñoño» que me pareció fantástico.




Laderas cuajadas de vides adornaban las orillas. Como si de funambulistas se trataran, los sarmientos se asomaban desde los balcones de las terrazas donde arraigaban saludando con sus hojas lobuladas y dentadas el paso del río.

Disfruté como una enana. Afortunadamente, la druidesa se calló también y no me amargó el disfrute con alguno de sus hirientes comentarios.

Tras el recorrido por el cañón del río Sil me sentí extenuada. Tantas emociones y, sobre todo, tanta cuesta empinada, todo hay que decirlo, me habían dejado para el arrastre. Le dije a Aira que me iba al hotel a descansar.

—Te has quedado sin ver algunos rincones fascinantes de la zona —objetó cuando supo de mis intenciones.

—Ya me lo imagino, pero no puedo más, de verdad. Mañana, si quieres nos volvemos a ver, pero por hoy creo que ya basta.

Debió de ver la fatiga en mi rostro y la druidesa no insistió, aunque, y como prueba de que ella siempre decía la última palabra, justo cuando subía al autocar que me llevaría a mi hospedaje, me dijo a modo de despedida.

—Por cierto. Llevas todo el día zascandileando por la Ribeira Sacra. Pero… ¿sabes por qué se llama así?

No había caído en ello. Me giré para que me lo explicara, pero ya se había esfumado. ¡Mierda!

 

Continuará…








22 de mayo de 2025

Conversaciones con una druidesa (II)


—¿Qué es eso de castrexos? —pregunté a mi nueva amiga en cuanto nos adentramos en la espesura del bosque, alejadas de miradas indiscretas.

—La cultura castrexa o castreña empezó en la Edad del Bronce y permaneció hasta la llegada de los cristianos; esos monjes entrometidos lo fastidiaron todo —me contestó la druidesa con un tono enfadado—. Nuestros dominios abarcaban todo el noroeste de la península, desde el norte del Duero hasta el río Navia, lo que ahora llamáis Galicia y parte de Portugal, incluso algo de Asturias, León y Zamora también.  

—¡Caray! Pues sí que ocupabais terreno, sí. Perdona, pero yo siempre creí que esa zona de la que hablas estuvo habitada por celtas, digamos que… hispanos, pero celtas.

—¿Tú me ves pinta de celta? —me espetó, ahora sí muy enfadada y mostrando sus ojos glaucos llenos de ira.

—Si te soy sincera nunca he visto un celta. El único que podría considerarse así, fue mi amigo el druida Brigo, pero si dices que vuestros dominios abarcaban algo de Asturias, lo mismo él también era castrexo o castreño o… ¡yo qué sé!

—La gente de ahora quiere simplificarlo todo, para no tener que pensar. Nosotros no somos celtas. ¡Somos castrexos!

—Y el nombre viene de…

—De vivir en castros.

—¡Anda! ¡Igual que los celtas!

—Nosotros tenemos nuestra propia idiosincrasia. Veneramos a la Naturaleza, los druidas y las druidesas nos encargamos de conectar con los espíritus en días señalados como el equinoccio del otoño o el de la primavera, conocemos las propiedades de las plantas, tanto las que curan como las que arrebatan la vida.

—¡Igual que los celtas!

—Te reitero que no somos celtas. Los celtas provienen del centro de Europa y nosotros somos del noroeste de la península.

—Pues la guía nos dijo que vuestra lengua es un derivado del celta, así que algo tendréis que ver con ellos, digo yo —insistí tercamente. Tantos años hablando de los celtas gallegos y enterarme ahora de que no lo eran me dejaba una sensación de abandono y también de estafa.

—¡No somos celtas! ¡Carallo!

—Vaaale, vale —decidí claudicar—. Por cierto, no nos hemos presentado, yo me llamo Kirke —me decanté por mi alias bloguero porque soy reticente a dar demasiados datos a los desconocidos, especialmente si son algo raritos como mi acompañante de ese momento—. ¿Y tú?

—Me llamo Aira.

—¡Qué nombre más bonito!

—Significa aire o espíritu en celta.

—¿En celta? Pero no habíamos quedado en que… Venga, vamos a dejarlo. Este lugar es impresionante —dije cambiando de tema para no cabrearla.

—Antes de que vinieran los eremitas con sus rezos y lamentaciones era más puro, más genuino. Los cristianos sois muy blandos y cuando llegaron aquí ese grupo de calamitosos y paupérrimos monjes no podían soportar la lluvia y el frío del invierno por lo que perforaron la roca para construirse sus míseros chamizos. Si vienes al monte tienes que asumir lo que hay y si no, pues te largas. ¿Qué es eso de destrozar la naturaleza para construirse una casa para pasar una temporada?

Mientras ella hablaba yo miraba unas oquedades en la roca. Al parecer, los primeros cristianos que por aquí se asentaron se construyeron remedos de cabañas adosadas a la roca y, los más fuertes, empotraron las vigas de la techumbre horadando la piedra que les servía también de pared. Una tarea de titanes si se tiene en cuenta que apenas tenían herramientas.

A pesar de la queja de Aira, a mí el resultado del paso de los eremitas por la zona no me parecía un destrozo. Estaba claro que la druidesa no conocía Benidorm, ni la más cercana Sanxenxo. Llega a ver esas dos monstruosidades fruto del turismo y le da un patatús.

—Entiendo que vosotros los celtas, digoooo los castrexos, no hacéis eso de construir en la roca —a pesar de no existir ya la cultura a la que pertenecía Aira yo le hablaba de su pueblo como si aún perdurara.

—No. En nuestros castros levantamos cabañas, pero los druidas cuando vivimos en lo más profundo del bosque afrontamos lo que la Naturaleza nos envía, así sea viento, lluvia o nieve sin alterar nada del entorno.

—Pues qué valor, porque aquí debe de llover casi siempre —añadí observando el musgo que todo lo cubría y colocándome mejor la capucha pues seguía cayendo agua con intensidad.

—El propio bosque nos da lo que necesitamos. Cobijo en sus cuevas, alimento con sus frutos y sus animales, agua y peces con sus riachuelos. Y la contemplación del poder de los dioses con sus obras magníficas —me dijo señalando las fastuosas formaciones rocosas.

El monte Barbeirón en el que nos encontrábamos se caracteriza por unas paredes de granito cubiertas de vegetación, líquenes y musgo. Los robles y abedules que se yerguen entre las paredes pétreas confieren al lugar un halo de misterio aumentado con el sonido de la lluvia al caer sobre las hojas que tapizan el suelo. Excavado en esas rocas se halla el monasterio de San Pedro de Rocas, una joya galaica del arte rupestre cuyo origen se remonta al siglo VI de nuestra era, aunque mi acompañante se empeñaba en asegurar que el lugar había sido descubierto antes por su pueblo celta, o castrexo.

—No me extraña que los monjes vinieran aquí a aislarse del mundanal ruido y de las tentaciones que lo acompañan —exclamé sobrecogida por el paisaje.

—¿Aislados? ¡No me hagas reír! Sí que venían aquí a rezar, pero mientras no pegaban un palo al agua, la comida se la traían de las aldeas cercanas los habitantes que con sus dádivas se creían ganar un puesto en ese cielo cuya puerta custodia precisamente el santo al que han dedicado ese engendro de construcción —añadió Aira otra vez enfadada y señalando el monasterio.

—¡Mujer! Llamar engendro a eso, me parece injusto. Tiene mucho mérito tallar en la roca ese campanario. Por no hablar de las tumbas que hay dentro, excavadas en la dura piedra. Reconoce que eso tiene mucho curro.

—¡Bah! —exclamó despectiva— ¡Dónde esté una buena incineración que se quiten los enterramientos!

—¿Vosotros incineráis a vuestros muertos? ¡Igual que los celtas!

La mirada asesina que me dirigió Aira consiguió que me pusiera a andar más deprisa. Entre las virtudes de mi acompañante no sabía si se encontraba la de convertir a los caminantes impertinentes en gusanos o cualquier otro bicho. Por si las moscas, decidí alejarme unos pasos de ella y me encaminé hacia el monasterio pues se acercaba la hora de irnos al hotel. Al mismo tiempo, como gesto de buena voluntad y para hacerme perdonar mi insistencia en comparar a los castrexos con los celtas, le dije.

—Me encanta estar contigo, pero me tengo que ir. Por cierto: ¿Vosotros cultiváis vino? Lo digo porque mañana vamos a visitar la Ribeira Sacra, dicen que la zona está plagada de viñas.

—¡Puag! ¡Vino! ¡Qué asco! Ese fue un invento de otros pelmas que vinieron antes que los cristianos a fastidiar por aquí: los romanos. ¡Malditos!

—¿Tampoco te caen bien los romanos?

Aira parecía maja, pero su animadversión hacia todo aquel que no formara parte de su pueblo castrexo la convertía en un ser amargado y muy poco amigable. Desde luego no tenía convenientemente desarrolladas las habilidades sociales.

—Ellos iniciaron nuestro declive. Fueron el principio del fin —contestó con un deje de amargura para después añadir—: Aunque el vino es una costumbre foránea intentaré acompañarte en tu periplo para que estés bien informada y no te creas todo lo que te cuentan esos guías sabihondos.

Me alegré de su propuesta, aunque tuve que pasar por alto lo de que el vino era una costumbre foránea porque en esta piel de toro se ha bebido vino desde tiempo inmemorial, pero se ve que en el mundo particular de los castrexos eso era una injerencia exterior.

—Vale, mañana te mando ubicación —espeté dándome cuenta al instante de lo absurdo de mi propuesta porque esa mujer no tendría móvil (si el vino le parecía foráneo lo del teléfono sería casi, casi un insulto). Quiero decir… no sé cómo contactar contigo.

—No es preciso. Yo sabré dónde encontrarte. Nos vemos, Kirke.

Y sin más se fue. Literalmente se esfumó. Pensé que aquella desaparición era fruto de la bruma y la lluvia que caía de manera impenitente, el caso es que por mucho que agucé la vista no conseguí verla ni cerca ni lejos. Había desaparecido.

 

Continuará…


Tumbas excavadas en la roca. Monasterio San Pedro de Rocas.


 





  

15 de mayo de 2025

Conversaciones con una druidesa (I)

 

No soy creyente, pero acorde a las contradicciones que caracterizan al ser humano, cuando llega la Semana Santa me da por rezar. Reconozco que no lo hago por devoción sino por interés: rezo para que haga buen tiempo. En cualquier caso, no me sirve de nada, se ve que el mandamás de allá arriba conoce perfectamente mis motivaciones y decide no hacerme ni caso.

Este año mi interés por el buen tiempo era más intenso porque me iba a hacer senderismo a Galicia. Ir a Galicia en primavera es seguridad absoluta de lluvia, pero si, además, tienes intención de caminar por el monte, la tragedia está servida. Aun así, no desistí y me fui para allá a pesar de los nefastos pronósticos meteorológicos.

No contaba con que se produjese un milagro y brillara el sol, pero algo de milagro sí que tuve pues podría considerarse prodigioso lo que me ocurrió allí.

El primer día de mi recorrido por tierras gallegas recalé en el monte Barbeirón. Ese lugar es famoso porque en él está enclavado el monasterio de San Pedro das Rocas un sitio donde antaño hubo una comunidad de eremitas. La verdad es que el lugar invita al recogimiento y la meditación. El entorno asegura la paz interior necesaria para hablar con el hacedor; también asegura que te agarres una enfermedad reumática porque la humedad se masca y buena prueba de ello es el musgo que todo lo cubre.

Antes de que los cristianos eligieran ese enclave para sus oraciones hubo un pueblo que también vio ahí un buen sitio para contactar con sus dioses: los celtas. Cerca de la iglesia de San Pedro hay un monolito donde los druidas realizaban sus prácticas religiosas.

Después de que la guía local nos explicara lo de los eremitas y lo de los celtas nos dieron tiempo para visitar por dentro el monasterio o lo que queda de él porque está hecho trizas. Como ya he comentado no soy religiosa, además andaba enfadada con el de arriba porque estaba lloviendo bastante, así que en lugar de ir al interior del santuario decidí quedarme merodeando por los alrededores a riesgo de calarme hasta los huesos.

Cuando estaba fotografiando el monolito que los antiguos celtas utilizaban para sus ritos se me acercó una figura cubierta de la cabeza a los pies con lo que parecía una capa de agua.

—Es grandioso este lugar —me dijo con una voz grave pero femenina.

—La verdad es que sí —le contesté mientras seguía a lo mío haciendo fotos.

—Deberías dedicarte a ver más con los ojos y dejar ese chisme a un lado —me reprendió señalando mi cámara fotográfica.

«Vaya, ya está aquí la viajera engreída que va de súper guay porque no se ajusta a los cánones típicos del turista» me dije a mí misma. Intentando no resultar grosera la miré con una sonrisa impostada y decidí alejarme de ella.

Cuando anduve un buen trecho, viendo por el rabillo del ojo que no me seguía, me adentré en lo más espeso del bosque y seguí fotografiando.

—¿Por qué eres tan terca? ¿Para qué tanta foto? —oí a mis espaldas la misma voz de antes—. Los recuerdos verdaderos son los que quedan fijados en nuestra mente y nuestro corazón.

Di un respingo y me topé con la misma mujer. ¿Cómo había llegado hasta mí de nuevo sin hacer nada de ruido? Por lo visto, la viajera impertinente había decidido darme la lata.

—Está lloviendo bastante —contesté—. Quizás deberías entrar en el monasterio, te estás calando —la hice ver pues lo que parecía una capa de agua resultó que era una túnica de paño con una capucha y se estaba empapando. No es que me preocupara el bienestar de aquella tipa, pero era una razón para que se largara y me dejara en paz—. Creo que la guía está dentro explicando algo —añadí para terminar de convencerla.

—Antes bebería tejo macerado que entrar en un templo cristiano.

«La viajera impertinente además de grosera es anticlerical» pensé. No es que me pareciera mal, pero lo que no me gustaba es que tuviera que expresar sus inoportunas opiniones a mi lado.

—El autocar está abierto —añadí en un nuevo intento de desembarazarme de aquella pelma—. Puedes refugiarte ahí de la lluvia.

—La lluvia no me asusta y no sé por qué tendría que defenderme de algo que es natural yendo a un espacio que no es el mío. ¡Autocar! Un invento más de los vuestros para facilitar la invasión a la que nos tenéis sometidos. Llegáis como una plaga maldita, como la turba que sois, con vuestras ínfulas de superioridad, fingiendo que os interesa lo que veis cuando lo único que os mueve es la presuntuosidad y el fatuo intento de presumir de unos viajes que no aprovecháis ni sabéis valorar porque ignoráis la esencia de cualquier lugar en el que estáis. Miraos, haciéndoos autorretratos, selfies los llamáis ahora, como si lo importante de esas instantáneas que capturáis con la cámara o el teléfono fuerais vosotros y no el lugar, su historia, lo que representa. Queréis dejar constancia de vuestro paso, pero sois insignificantes, una muesca imperceptible en el transcurrir del tiempo. ¡Sois patéticos!

¡Menuda bronca me había caído en un momento! La filípica de aquella energúmena me descolocó.

—Perdona, creí que formabas parte de nuestro grupo de excursionistas. ¿Has venido por tu cuenta?

—Vivo aquí —dijo abarcando el lugar abriendo los brazos.

Miré en mi derredor y no vi ninguna vivienda.

—¿Vives en el monasterio? —pregunté desconcertada pues me acababa de decir que no le gustaban los templos cristianos.

—¡Vivo en el bosque, estúpida!

—¡Eh! Sin insultar, ¿vale? Yo te estoy hablando con respeto y eres tú la que se ha acercado a darme la tabarra, así que vamos a tener la fiesta en paz.

—Es que no te enteras de nada —replicó la mujer enfadada.

—Mira, no sé de qué vas. No sé si eres una campista, una pirada o una aburrida a la que le gusta fastidiar —a esas alturas yo también empezaba a ser poco respetuosa—, pero te agradecería que te vayas a otro lugar a dar por saco. Esto es muy grande, hay sitio para las dos sin necesidad de tener que estar juntas.

—¡¿Vienes a mi territorio a echarme de mi casa?! —gritó la loca esa.

—Que no. Solo te sugiero que corra el aire. Tú te vas por un lado y yo por el otro.

—Yo voy por donde quiero.

—Está bien. Pues dime a dónde te vas que yo tomo la dirección contraria —dije conciliadora para quitármela de encima.

—¡Todos sois iguales! Creí que tú eras diferente, por eso me acerqué a ti. Me equivoqué —me dijo sacudiendo la cabeza en un gesto de decepción.

Empezó a alejarse, que es lo que yo quería, pero sus últimas palabras despertaron mi curiosidad.

—¿Creías que yo era diferente… en qué?

La mujer se volvió y se quitó la capucha, a pesar de que la lluvia arreciaba. Tenía un rostro agraciado. Sin ser precisamente una beldad, sus rasgos eran armoniosos. Insertados en una piel blanquísima brillaban unos ojos de un azul intenso. El pelo rubio y largo se pegaba al cráneo por efecto del agua.

—He visto cómo te erguías interesada cuando la mujer de las explicaciones hablaba de nuestra cultura y mirabas ensimismada el altar —respondió señalando hacia donde se encontraba el monolito celta—. Hay admiración cuando observas nuestro bosque, te detienes en el musgo, en las hojas caídas de los robles, en los pequeños detalles. Además, eres la única que no se ha hecho selfies ni ha posado para salir en las fotos. Pensé que tenías una conexión con este lugar, sentí como si volvieras de un largo viaje y regresaras a tu lugar de origen.

Me quedé desconcertada. Había tanta decepción y tristeza en sus palabras que quise confortarla de alguna manera haciéndole ver que no se estaba equivocando, al menos no mucho.

—Buenoooo… esto… puede que no andes tan errada con eso de que he vuelto a mis orígenes. ¡Mi madre era gallega!

La mujer volvió a sacudir la cabeza con decepción en un gesto que empezaba a ser habitual en ella cuando yo decía algo y que ya me estaba resultando cargante.

—Mira, déjalo. Siento haberte molestado. Ha sido un error por mi parte. La soledad y la impotencia provocan que mis sentidos no sean los de antes e interprete mal las señales.

—¡Dame otra oportunidad! —exclamé arrepentida.

No sé qué tenía esa mujer. Era una impertinente, pero al mismo tiempo desprendía un magnetismo que incitaba a saber más de ella. Puede que el origen de ese atractivo radicara en que hablaba poco claro planteando más incógnitas que certezas cuando quería decir algo. Desde luego, fijo que era gallega porque esa imprecisión al hablar es típico de los habitantes de la zona.

—Si supiera quién eres a lo mejor podría averiguar yo también si hay alguna conexión entre tú y yo —añadí insistente.

—Vivo aquí desde hace mucho tiempo —fue la escueta información que me dio. Seguía empeñada en proporcionarme datos con cuentagotas y sin aclarar, a mí, que necesito que me digan las cosas despacito y sin ambages.

—Mucho tiempo no puede ser porque eres joven —añadí por darle coba y por tirarle de la lengua.

—Antes de que llegaran los eremitas con sus rezos y sus lamentaciones, yo ya estaba aquí celebrando mis propios ritos religiosos.

—Pero… pero… Eso fue hace mucho tiempo.

—Te lo acabo de decir. ¿No escuchas? —La tregua de respeto que nos habíamos dado parecía a punto de quebrarse. Esa mujer era enigmática, pero tenía muy poca paciencia.

—¿Tú, cuántos años tienes? —pregunté a bocajarro para aclararme y por avanzar.

—Casi tantos como este bosque —respondió una vez más evasivamente.

Cualquier otra persona que no fuera yo hubiera pensado que esa tía era una pirada, pero como una servidora va bien servida de fenómenos paranormales cuando viaja, encajé lo que acababa de oír con bastante serenidad. Reuní en un segundo todos los datos que tenía y llegué a una conclusión.

—¡Eres una druida!

La sonrisa que apareció en su bonito rostro indicó que había acertado.

—El término exacto es druidesa. Te parecerá extraño —me dijo con un mohín cómplice.

—Pues mira, no.

Esta vez fue ella la sorprendida.

—No eres el primer druida con el que me encuentro —añadí dándome aires de importancia y dejándola aún más estupefacta—. En Asturias conocí a un colega tuyo (Ultraje). Se llamaba Brigo y, al igual que me pasó contigo, empezamos mal porque estaba muy enfadado por algo que, dicho sea de paso, no era responsabilidad mía, pero luego acabamos siendo amigos.

—Entonces no me equivoqué al fijarme en ti, sí que tienes una conexión con mi pueblo.

—Se me da bien hablar con gente rara si es eso a lo que te refieres —dije bajando la mirada con falsa modestia y haciendo círculos con el pie entre las hojas caídas de los robles que nos rodeaban—. ¡Perdón! No quería decir rara, sino celta —rectifiqué, no quería cagarla ahora que empezábamos a llevarnos bien.

—Mi pueblo no es celta.

—¡Ah! ¿No?

—Somos castrexos.

—¿Castrexos? ¿Eso qué es?

—Querida amiga, creo que tú y yo vamos a tener que mantener una buena conversación. Tienes un vínculo con nosotros, pero estás algo verde. Hay que pulir esa basteza. Intentaré poner remedio a eso. ¿Tienes tiempo?

—Voy a estar por aquí cuatro días, no sé si será suficiente para… pulirme —añadí algo mosca porque eso de «basteza» no me había hecho mucha gracia.

—Lo intentaremos.

Aplaudí entusiasmada a pesar de todo. Pasar cuatro días con una druida que me consideraba amiga suya se me antojaba interesante. Parecía que el viaje desastroso por culpa del tiempo no lo iba a ser tanto gracias a esa nueva amiga que había encontrado en el bosque.

 (Continuará...)



GALERÍA FOTOGRÁFICA



 


4 de mayo de 2025

Ayho, ayho, qué duro es trabajar

 

No podía seguir viviendo allí. Que su padre se volviera a casar después de perder a su madre trágicamente a Marisol le pareció una traición.

La nueva mujer de su padre era una belleza y Marisol debía reconocer que desde el primer momento intentó ser amable. Le prestaba vestidos de su amplio ropero y compartía con ella trucos de belleza. «Eres guapísima, Marisol. No le sacas suficiente partido a tu físico. Si me hicieras caso podrías presentarte a Miss Universo», le decía su madrastra mirándose las dos en el gran espejo que presidía su amplio dormitorio.

Aun así, a Marisol no le caía muy bien. Parecía maja, pero resultaba algo cargante con lo de la belleza y el físico. Demasiado superficial.

 Para tomar distancia, y mientras se aclaraba qué hacer con su vida, se buscó un trabajo como monitora de un campamento de verano. En un enclave montañoso, Marisol debía encargarse de los niños que ocupaban una de las múltiples cabañas que formaban parte del centro de ocio. Pero no solo era responsable de las actividades de los chiquillos, también debía limpiar la estancia, hacer la comida y ocuparse del aseo personal de los niños, todos hijos de personalidades prominentes de la sociedad pues allí iban a pasar las semanas estivales los retoños de ministros, empresarios y hasta algún aristócrata. Era un campamento de pijos.

Marisol no estaba acostumbrada a trabajar porque la situación económica de su padre era muy desahogada, por eso no estaba llevando muy bien su decisión. Además, no le gustaba su trabajo. Acababa la jornada extenuada y de mal humor. Al intenso esfuerzo que debía realizar tenía que añadir el mal carácter de los niños a su cargo. Todos eran unos consentidos; criados en la abundancia pensaban que el mundo estaba a su servicio, en especial las personas que los rodeaban como era el caso de Marisol. Asimismo, algunos destacaban por características que provocaban un especial rechazo en la joven.

De hecho, a los siete que tenía a su cargo no los soportaba.

Uno de ellos era al sabiondo que siempre estaba corrigiendo a los demás. Los psicólogos a los que le llevaron sus padres dijeron que tenía un coeficiente de 125, lo que no era óbice para que la criaturita fuera un repelente insufrible. «No se dice ‘a por pan’ sino ‘por pan’. Dos preposiciones no pueden ir juntas»; «La capital de Canadá no es Toronto es Ottawa».

En la cabaña había otro niño que siempre estaba protestando, a cualquier actividad que realizaban le ponía pegas. «¿Ahora vamos a salir a hacer senderismo? Ayer llovió mucho, estará todo embarrado»; «¿Por qué tenemos que trepar a un árbol? Es más seguro quedarse abajo»; «Mi cabaña tiene humedad, necesito un deshumidificador que purifique el ambiente». Un incordio.

En contraposición, uno de los compañeros del gruñón, andaba contento a todas horas. Una sonrisa bobalicona le rondaba siempre en la cara. Tanta alegría y sonrisitas también le molestaba a Marisol, a veces tenía la sensación de que se estaba cachondeando de ella.

Con otro, la hora de levantarse resultaba una tortura, no había manera de hacerlo despertar. Remoloneaba en su cama y Marisol empleaba más de un cuarto de hora en sacarlo de allí. «¡Joooo! Déjame un poquito más. Si apenas he dormido nada. Se está tan bien en la cama…»

Había uno que siempre se quedaba rezagado por timidez. Nunca participaba en los juegos, se quedaba relegado un rincón apartado y los demás se burlaban de él. A este, Marisol, le apreciaba o sería más correcto decir que le daba pena.

Otro no hablaba absolutamente nada, pero no por timidez, sino porque era un engreído que pensaba que los demás no eran merecedores de su atención. Sus padres eran aristócratas y se codeaban con la Casa Real; desde la cuna le habían inculcado un sentimiento de superioridad sanguínea. Siempre se le veía con la barbilla levantada en un gesto de desprecio hacia los demás. De todos los niños que consideraban a Marisol una criada, este era el que más alarde hacía de ello. Un imbécil.

El último de los siete niños de la cabaña era alérgico al polen y merecía especial atención. Marisol no entendía cómo a un niño así lo mandaban a un campamento en plena naturaleza. Se tiraba todo el día estornudando. De vez en cuando, se sonaba la nariz, aunque lo habitual era que no lo hiciera porque siempre le colgaban de la napia dos velas perpetuas que a Marisol le daban mucho asco, pero aún era peor cuando le daba por sorberse los mocos, el ruidito que hacía era sumamente molesto.

¡Menudos siete imbéciles que le habían tocado en suerte! No los aguantaba.

Sin embargo, su labor en el campamento tenía un lado amable. Entre sus compañeros había un monitor que estaba buenísimo. Un morenazo cachas que hacía ostentación de su físico en todo momento porque, a lo largo del día, se le presentaban numerosas ocasiones para poner de manifiesto sus capacidades: subir por una cuerda hacia lo alto de un árbol, escalar una pared rocosa, correr bajo la lluvia. Un portento. El pibón tan solo tenía un pequeño defecto: era algo simple, por no decir tonto de capirote, pero era tan, tan guapo…

Se notaba que al cachas le hacía tilín Marisol porque a menudo le daba palique en un intento de ligársela. Y ella se sentía halagada. «Deja que te ayude» le decía mientras que, sin apenas esfuerzo, levantaba en vilo una de las camas para que Marisol pudiera recoger mejor la ropa tirada que los niños habían dejado en el suelo. «¿Necesitas más leña para la hoguera de esta noche? He visto un abeto de diez metros, te lo puedo trocear en un momentito».

Entre los requiebros del musculitos y el inmenso trabajo que le daban los niños, Marisol se dedicaba también a rechazar las constantes llamadas de su madrastra que no hacía más que rogarle que volviera a casa. Su padre se había vuelto a liar con otra abandonando a su segunda mujer.  «Vuelve, Marisol. Juntas podemos vivir felices».

Pero Marisol no quería volver a pesar de lo duro que resultaba trabajar y que cada día estaba más agotada. Pero, aun así no quería regresar porque hacerlo sería una derrota.

Cierto día llegó la furgoneta de las provisiones, pero en lugar del amable conductor que cada cuarenta y ocho horas traía existencias, del vehículo se bajó una mujer. Aunque la capucha de su sudadera apenas permitía contemplar el rostro y los holgados vaqueros no se ajustaban a su figura se podía adivinar que bajo tan poco favorecedoras ropas se hallaba una mujer atractiva. Su manera de hablar era tosca y con un fuerte deje barriobajero, pero sus movimientos eran, a pesar de todo, elegantes y delicados.

«¿Qué pasa, tía? Esto debe ser un rollo patatero aguantando tanto niñato pijo». «¡Menuda cara tienes, tronca! Normal, rodeada de estirados. A mí me daría un chungo si tuviera que estar todo el día con gente así».

Aunque Marisol no le seguía el rollo a la nueva transportista, debía reconocer que sentía cierta afinidad con ella y que lo que le decía estaba cargado de razón.

Uno de los días que tocaba reparto, la macarra se le acercó con gesto de complicidad y, a la vez que se aseguraba de que no las observaban miradas indiscretas, le entregó una bolsita de plástico en cuyo interior se veía un triturado de hierbas o algo parecido. «Para ayudarte en el curro» fue la escueta explicación de la conductora. Marisol no sabía qué era aquello y, ante la mirada interrogante de la muchacha, la transportista le aclaró: «Líate un petardo con esto. Vas a aguantar lo que te echen».

Tras rebibir unas breves explicaciones sobre cómo confeccionar un cigarro con el material que tenía, Marisol decidió hacer caso a su nueva colega y aquella noche, después de la agotadora jornada, se fumó el primer canuto de su vida. No sería el último.

A partir de aquella noche Marisol estuvo irreconocible, una sonrisa perenne le adornaba la cara. Daba igual las veces que tuviera que recoger la cabaña de los siete maleducados a su cargo, o el tiempo que empleaba en despertar al dormilón del grupo, o que fuera corregida varias veces por el sabiondo, ella se mostraba feliz y sonreía contenta, incluso cantaba. Los niños, contagiados de su felicidad, cantaban con ella y hasta compartían sus tareas: «Ayho, ayho, te vamos a ayudar».

La nueva actitud de Marisol también afectó al musculitos. Sus requiebros no hacían apenas mella en ella. La muchacha, dentro de la renovada felicidad que le procuraba el fumeteo, se mostraba ausente en ensoñaciones románticas. El macizo la sorprendió un día canturreando «Tal vez muy pronto ya mi príncipe vendrá»; no sintió que estuviera pensando en él porque músculos tenía de sobra, pero le faltaba sangre azul. Marisol deseaba enamorarse, pero estaba claro que él no era un buen candidato.

«¿Un príncipe? ¡No me jodas!» fue la reacción que tuvo la transportista macarra cuando la oyó canturrear la misma tonada, «¡Serás rancia!». Pero Marisol notaba que le faltaba algo para sentirse completa, necesitaba su media naranja. «Lo mismo deberías pensar en princesas en lugar de príncipes, tía. Te pega más. Los tíos con los que te rodeas ya ves que no te molan nada» le respondió la repartidora de víveres cuando Marisol insistió en su romántico deseo. «¿Enamorarme de una mujer? Pero, qué cosas se te ocurren. Ni se me ha pasado por la cabeza», «Tampoco se te pasó por el coco darle a la marihuana y mira la afición que le tienes ahora…».

La macarra y Marisol se enrollaron una noche de luna llena detrás de la cabaña donde dormían los siete niñatos y mientras el cultureta hacía sentadillas en el barracón donde dormían los empleados. La intimidad necesaria en el encuentro obligó a que la nueva amiga de la muchacha se despojara de la sudadera, con capucha incluida, que permanentemente llevaba puesta la susodicha. Fue entonces cuando se reveló la verdadera identidad de la supuesta barriobajera: era su madrastra.

Tras aquella noche de desenfreno y descubrimientos sorprendentes Marisol abandonó el campamento y se fue con su antigua madrastra y actual amante.

Viven felices en el apartamento de la playa que consiguió su reciente novia tras el divorcio de su padre. Por las noches se las suele ver juntas por la orilla del mar, cogidas de la mano y cantando: «Ayho, ayho, nos vamos a nadar».





Hada verde:Cursores
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