8 de septiembre de 2023

Esto es una maldición

 


—¡Esto es una maldición!

Rigoberto echaba chispas. Le habían asignado el puesto en la excavación de la nueva línea de metro y todo eran problemas. La ampliación de la línea 3 desde Villaverde a El Casar estaba siendo un incordio. No podía más. Dos semanas atrás un cortocircuito dejó sin iluminación el túnel que estaban horadando, el día anterior la tuneladora había dejado de funcionar, la pieza que se había roto debía llegar de Alemania y como había huelga de transportistas el proveedor les dijo que antes de un mes no creía poder suministrarles el repuesto.

Todo comenzó con aquel maldito hallazgo.

—¿En serio me estás diciendo que habéis encontrado restos arqueológicos? —le espetó bruscamente al operario que le acabada de dar la noticia.

El obrero se rascó la nuca por debajo del casco de seguridad y con timidez le contestó:

—Sí, don Rigoberto. Es un pedrusco…

—¿Pedrusco? —le interrumpió iracundo el capataz— Pues claro que hay pedruscos. ¡Estamos excavando a cuarenta y cinco metros bajo tierra! ¿Qué pretendes ver ahí? ¿El jardín botánico?

—Ya, don Rigoberto, ya sé que al excavar se ven rocas, pero este pedrusco tiene dibujos raros y en algunos sitios hay pegados como trocitos de azulejos, muy chiquititos, una miaja ¿sabe usté?, y paece que forman figuras. El Nicolás dice que son delfines, el Rubén que ballenas, a mí me parecen peces, no sabría decirle cuáles porque a mí los documentales de la 2 me aburren un poco, me sirven solo para echar una cabezadita en el sofá los domingos por la tarde…

—Para ya, Higinio. No me interesa tu vida. ¿Unos dibujos con azulejos? ¡La madre que me parió! Como sean mosaicos me voy a cagar en todo lo cagable.

—¿Mosaicos? Pues no lo sé con certeza ciertamente, a mí me parecieron peces, pero lo mismo eran otro tipo de bichos, ya le digo que a mí los documentales… prefiero el fútbol, la verdá.

Rigoberto ya se imaginó lo que se le venía encima. Si lo que habían encontrado los operarios era algún resto arqueológico de cualquier tipo, la obra se paralizaría y los jefazos se la iban a montar gorda. Dar parte a los de Patrimonio era entrar en el infierno, todo quedaba parado hasta que cuatro pintamonas con un título de historiador bajo el brazo dictaminaran que aquello era la casa de vete tú a saber quién que vivió hace miles de años. Daba igual si de la vivienda quedaban cuatro piedras mal contadas, eran «históricas» y no se podían tocar. Menudos petardos los de Patrimonio.

El capataz se planteó silenciar aquello. A lo mejor, se estaba alarmando sin necesidad; puede que lo que se hallaba allí tan solo fuera el resto de la reforma de una cocina que alguien simplemente había decidido enterrar para no pagar el contenedor. Bien era cierto que esconder escombros ilegales a tanta profundidad era algo raro, pero él en la construcción ya había visto de todo y estaba curado de espanto.

—Venga, Higino. Llévame allí a ver si son delfines, ballenas o la sirenita de Disney.

Los dos hombres tomaron un pequeño ascensor que los introdujo tierra adentro hasta donde estaban los demás operarios.

Varios obreros se encontraban alrededor de un pequeño montículo y discutían entre sí.

—Yo te digo que esto es de los moros.

—¿Moros? ¡Quiá! Desde el 11M tú ves moros en todas partes. Esto es de los primitivos, los cavernícolas.

—Tú sí que estás hecho un cavernícola. ¿Desde cuándo los primitivos hacían alicatao? Porque eso de ahí son azulejos, pequeños, pero azulejos, te lo digo yo.

—¿Y los moros alicataban?

—¡Ya lo creo! En Granada hay unos sitios la mar de bonitos con azulejos chulísimos que son un primor, lo vi yo en un viaje que hice con la Mari y mis cuñaos.

—Yo también estuve allí, pero las baldosas eran más grandes, estos son muy chicos.

—Pues yo creo que son restos romanos —se incorporó a la conversación el obrero más joven, un estudiante de Filosofía y Letras que se pagaba la carrera trabajando en las obras del metro a tiempo parcial.

—¿Cómo van a ser de Roma si estamos en Madrid? ¡No digas tonterías!

—¡Parad ya, cojones! —gritó el capataz que había escuchado la conversación según se acercaba al grupo.

Rigoberto se agachó para ver más detenidamente aquellos restos. Lamentablemente, el universitario iba a tener razón, eso tenía toda la pinta de un mosaico como los que se pueden ver en el suelo de la villas romanas que se conservan en algunos lugares. Cerca de su propio domicilio, en Alcalá de Henares, había un yacimiento arqueológico que atraía muchos turistas.

No solo le iban a parar la obra, lo mismo se suspendía y los de Getafe se quedarían sin metro. Aunque si los restos hallados consistían solo en ese «pedrusco», lo mismo podían hacer como que no había pasado nada. Miró a su alrededor por si hubiera más restos históricos: parecía que no. Sin embargo, el obrero joven le vino a fastidiar.

—Don Rigoberto, un poco más allá parece que hay un hueco, no he entrado, pero creo que ahí hay urnas funerarias.

—¿Pero qué dices, chaval? —contestó el capataz—. ¿Urnas y encima funerarias? ¿Tú no te duermes con los documentales de la 2? —añadió con retintín.

El aludido se limitó a encogerse de hombros y no se dignó a explicar el porqué de su deducción.

El capataz se dirigió malhumorado al lugar que le indicaba su subalterno haciendo cuenta mental de no contratar nunca más a universitarios.

—Higinio, trae focos e ilumina esto —ordenó.

Un potente chorro de luz dejó ver en un pequeño recinto varios recipientes en bastante buen estado. Todos se quedaron con la boca abierta. El capataz hizo ademán de entrar en la cámara, pero Higino le agarró del brazo.

—Ni se le ocurra entrar ahí, don Rigoberto.

—¿Por qué?

—A ver si es una tumba de los egipcios y le da una maldición como cuando descubrieron al Turamón ese, que la espicharon todos por entrar donde estaba la momia.

—Egipcios. Aquí. En Villaverde.

—Bueno este —señaló al estudiante de Filosofía y Letras— ha dicho que son restos de Roma y a usté le ha parecío bien.

El capataz hizo caso omiso del comentario y entró. Allí había cuatro recipientes grandes de cerámica muy parecidos a los que se podían ver en el yacimiento cerca de su casa. Maldiciendo por lo bajo decidió afrontar la situación. Este proyecto debía salir adelante. Acordó dar una paga extra a los obreros presentes para que callaran y no dijeran nada. Unas cuantas paletadas «accidentales» taparían esos vestigios antiguos y aquí paz y después gloria.

—Estamos de acuerdo entonces. De lo visto aquí, chitón. Si la obra se para vosotros también y no cobráis ni un duro, así que todos salimos ganando si hacemos como que no hemos visto nada.

Rigoberto pensó que el universitario podría ser un obstáculo, estos jóvenes eran idealistas y algo tocapelotas, pero para su sorpresa no se opuso. Le habían subido las tasas de matriculación y necesitaba la pasta. El que sí puso mala cara fue Higinio.

—¿Y a ti qué te pasa?

—Ha hecho usté mal en entrar, don Rigoberto. Y mucho más si se va a cargar las tumbas, o las urnas o lo que sea eso. Los egipcios son mu chungos con las maldiciones.

—Y dale, Higinio. ¡Aquí nunca estuvieron los egipcios!

CUATRO SEMANAS DESPUÉS

—No somos  —se lamentó Higinio con un parche en el ojo, resultado de una chispa que saltó de un soldador en la obra y que, inexplicablemente, atravesó la pantalla de protección.

—Y que lo digas, Higinio. ¡Qué mala suerte! —añadió Rubén desde la silla de ruedas en la que tenía que desplazarse después de que un derrumbe en el túnel le partiera la médula espinal.

Los operarios de las obras de ampliación de la línea 3 del metro salieron del cementerio cabizbajos después de dar el último adiós a su capataz.

—Parece que fue ayer cuando nos estaba abroncando por no darle al tajo más rápido —dijo Nicolás masajeándose el cuello (le acababan de quitar un collarín por una contractura cervical sobrevenida tras una caída en la obra).

—Es que fue ayer —respondió Higinio—. Lo dijo justo antes de que otro mosaico de azulejos se le cayera encima y le hiciera papilla. ¡Pobre don Rigoberto! Pa mí que esto es una maldición de los egipcios.

—¡Qué pesado estás! —dijo Rubén.

—A ti cuando se te mete una cosa en la cabeza… —dijo Nicolás.

—¡Aquí nunca estuvieron los egipcios! —dijeron los dos.

 


 


 


27 de junio de 2023

Crónica de una presentación


 

En la anterior entrada del blog, informaba de la salida a la luz de una publicación en la que una servidora participa. En ese post os presentaba «Decamerón del siglo XXI» contando en qué consiste y de qué va dicho libro.

Hoy voy a hablar de otra presentación del Decamerón actual, ésta en sociedad, en vivo y en directo.

Pero antes, os voy a contar el proceso previo de ver en papel esa publicación. Si en la anterior entrada reseñaba el estilo y los motivos que llevaron a la escritura de este libro de relatos, ahora me voy a centrar en cómo eso acabó en letra impresa, en un libro real y tangible.

Una vez seleccionados y ordenados los relatos que forman parte del Decamerón, había que elegir una editorial que se hiciera cargo de imprimir aquello. La oferta es amplia, pero la calidad de lo que se oferta… eso ya es harina de otro costal. Después de mucho elucubrar nos decantamos por Círculo Rojo, una editorial de autoedición (o sea, te cobran) aunque, para justificar sus emolumentos, te ofrecen una serie de servicios (no todos cumplidos a rajatabla, para qué nos vamos a engañar) como maquetación, distribución de ejemplares a diferentes plataformas que los pongan a la venta o, incluso, diseño de una web para dar visibilidad a la obra.

Sin entrar en más pormenores, el libro acabó impreso y pudimos tenerlo en nuestras manos. Pero ahí no se acababa todo. Había que darle publicidad. Aunque ahí también la editorial se ofreció (por contrato) a realizar su parte, este tema, y por decirlo de una manera suave, digamos que necesita mejorar.

No obstante, los autores no nos amilanamos fácilmente y también nos pusimos manos a la obra. Decidimos dar visibilidad a nuestro retoño, que lo conociera la gente, que para eso lo habíamos hecho realidad.

Algunos de nosotros, al ser blogueros, ya disponíamos de un espacio donde hablar sobre el libro. Yo misma hice una reseña, o lo que sea que se llame a lo que hago yo cuando hablo de un libro Reseña kirkeniana Decamerón siglo XXI. Juan Carlos Galán, coautor del libro y amigo bloguero, también hizo otra reseña, esta ya con todas las de la ley Colectivo Bremen. Decamerón del siglo XXI

Aun así, había que darle más visibilidad al libro y fue entonces cuando vino la siguiente fase: hacer una presentación. Una tarea también ardua y con complicaciones.

En primer lugar, pensamos en acudir a la librería donde el Colectivo Bremen inició su andadura, Tipos Infames. Al principio parecía que sería allí la presentación, pero problemas logísticos con el suministro de ejemplares y cierta racanería por parte de la distribuidora y la editorial, impidieron que la cosa cuajara.

En el Círculo de Bellas Artes también nos ofrecieron la posibilidad de dejarnos un espacio para esa presentación, pero al final tampoco pudo ser. La librería Cervantes, un lugar muy chic en pleno barrio de Universidad, se ofreció a “cedernos” su minúsculo espacio (no cabían más de veinte personas, y si estas eran delgaditas) a cambio de un módico precio (unos doscientos pavos). Las reducidas dimensiones del lugar nos desanimaron (ya solo con los autores que íbamos a presentar el libro ocupábamos un tercio del aforo). Así que ahí, pues tampoco. La cosa se estaba complicando.

A pesar de todo, mis colegas de reparto no se desanimaron y siguieron insistiendo. Al final y, como el que la persigue, la consigue, encontramos un lugar donde poder presentar con espacio suficiente y sin pagar un euro: la librería Gaztambide, en pleno barrio de la Moncloa y con el ambiente universitario propio de la zona (está al lado de la Universidad Complutense).

Una vez concretadas las circunstancias del lugar (la planta baja de la librería) así como la fecha y hora, procedimos a finiquitar el encuentro. Otra vez tuvimos un impedimento gracias a la tocapelotas de la distribuidora de los libros que no nos aseguraba, a una semana vista, poder suministrar los ejemplares a tiempo. En esta ocasión, Jose, el encargado de la librería salió al rescate y, utilizando sus múltiples contactos fruto de los muchos años que lleva ejerciendo como librero, consiguió recibir a tiempo el material para poderlo poner a la venta.

El viernes, 23 de junio, a las 18:30h, se inició la presentación del Decamerón del siglo XXI. Previamente, los autores que vivimos en Madrid, fuimos haciendo correr la voz entre nuestros allegados y RR.SS. para publicitar el evento. Según se iba acercando la fecha algunos de los invitados fueron descolgándose, de tal manera que yo, algo agorera y tendente a ver siempre el vaso medio vacío, me temí lo peor: aquí no va a venir ni el Tato.

Para más desánimo, ese viernes se iniciaba la primera ola de calor del verano con unas previsiones de 38 grados, lo que, en la práctica, se tradujo en que a las seis y media de la tarde rondaban los 40 grados a la sombra. A esas horas y con esos calores, el común de los mortales no sale a la calle salvo para acudir a una piscina a darse un chapuzón o por algún motivo urgente de salud que requiera asistencia hospitalaria. Y yo me volví a temer lo peor: aquí no va a venir ni el Tato.

Los organizadores del evento, o sea, los autores residentes en Madrid (Paco, Antonio, Juan Carlos, Laura y yo) llegamos los primeros, como es preceptivo y la sala, obviamente estaba vacía. 


Yo, siempre pesimista, pensé que así se iba a quedar, de hecho, lamenté no haberme traído una chaqueta y algunas piezas de ropa más para desperdigarlas por las sillas y dar la sensación de ocupación.

Sin embargo, algunos visitantes empezaron a aparecer, con cara de despistados, aunque puede que fuera el síntoma fruto de la deshidratación causada por la calorina que había en la calle. Poco a poco fueron llenándose las sillas y cinco minutos después de la hora convenida, por eso de que ser puntual en España se considera de mala educación, dimos comienzo al evento. Abundando en lo de no ser puntual, siguió llegando gente una vez empezada la presentación, y los presentadores vimos que las sillas se ocupaban y que algunos comenzaban a sentarse en las escaleras, otros, con las articulaciones más flexibles, incluso en el suelo. Aquello empezaba a parecerse a una asamblea universitaria. El aforo se quedó pequeño. Tato no sé si vino porque como el sitio estaba petado no pude distinguirlo, pero amigos y familiares nos acompañaron, y hasta un señor de Albacete que pasaba por allí, le entró curiosidad y se quedó.


De la presentación en sí poco voy a hablar porque de hacer una estupenda crónica se ha encargado Juan Carlos. Tan solo os avanzo que se habló de Bocaccio, cómo no, pero también de sus novias, amantes y ligues varios y de cómo las trató literariamente según recibió favores o calabazas de ellas. También se habló de Dante, de Botticelli y algún ilustre artista más. Se habló de historia, de amor, de literatura, de la peste y del coronavirus a un nivel de microbiología de andar por casa, de si es más higiénico matar con veneno o a cuchilladas, de la puntualidad puntillosa alemana; hasta Paco se arrancó con un poema de Octavio Paz.

Tengo que hacer especial mención al momento en que se recordó a uno de los autores que tristemente desapareció hace unos meses: Nano. Yo no tuve el privilegio de conocerle en persona, tan solo he podido disfrutar de sus letras, pero tanto Laura como Antonio, que sí le tuvieron como amigo, hicieron una breve semblanza de él; fue el momento más emotivo de todo el evento y una prueba evidente de que es muy cierto aquello que escribió Isabel Allende sobre la muerte: «la gente cuando realmente se muere es cuando se la olvida». Nano aún sigue vivo entre los que le recuerdan como lo demostraron dos de mis compañeros en la presentación.

Se tocaron varios temas más, pero no me voy a parar porque antes he comentado que de esto iba a hablar poco. Si queréis saber más y mejor sobre la presentación leed la publicación de Juan Carlos en su blog Presentación Decamerón del siglo XXI en la librería Gaztambide.

Antes de terminar, y para los que estuvisteis allí, me gustaría aclarar que sí ensayamos algo nuestras intervenciones, si no lo pareció fue porque ni somos actores ni, mucho menos, políticos, por lo que lo de actuar se nos da regular, y el guion se saltó muy alegremente por parte de casi todos. ¡Viva la espontaneidad, qué caramba!

En cualquier caso, lo mejor de la velada fue el público. No solo llenó la sala, aplaudió y se rio con nuestras anécdotas, es que también compraron los libros. Fueron tan generosos que se agotaron las existencias y alguno se quedó con las ganas de tener un ejemplar.

Dicen que de una boda sale otra, pues algo se puede extrapolar con la presentación de este libro porque algunos asistentes nos ofrecieron el Ateneo y la Fundación Clara Campoamor para hacer otra presentación. Parece ser que esto, como el comer y el rascar, todo es empezar.

Si surgen otras presentaciones ya hablaré de ellas, y ante la experiencia vivida, prometo no preocuparme por si viene o no el Tato, aunque puede que le invite para que no se sienta ninguneado.







 


 

 

27 de mayo de 2023

Decamerón del siglo XXI (Reseña kirkeniana)


Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, o que el ser humano es muy predecible porque, básicamente, siempre se comporta igual ante fenómenos similares. Parece ser que por mucho tiempo que pase y por mucho que (se supone) hayamos evolucionado, al final resulta que somos muy parecidos a nuestros lejanos ancestros del Paleolítico.

Es cierto que en situaciones parecidas la forma de reaccionar es también análoga, aunque haya varios siglos de por medio entre dichas situaciones. Y si no, juzgad lo que os voy a contar.

En el siglo XIV una epidemia asoló Europa. La peste bubónica se cebó en la población y cayeron como moscas; entre veinticinco a cuarenta millones de personas (el ratio es muy amplio, pero en la Edad Media no existía el INE) palmaron por culpa de una bacteria (bichito para los profanos), Yersinia pestis. Este bichito, pequeño pero matón, se cargó a la mitad de la población europea.

A Pasteur (considerado el padre de la microbiología) le faltaban quinientos años para nacer, pero algunos europeos espabilados sospecharon que la transmisión de la enfermedad se debía al hacinamiento y las malas condiciones de higiene. Y aunque aún faltaban otros seiscientos años para que nacieran los primeros ministros de sanidad con potestad para encerrar al personal en sus casas (utilizando el eufemismo de «confinamiento»), esos mismos europeos de mente abierta decidieron aislarse en lugares apartados. Esto lo sabemos porque algunas crónicas nos lo cuentan, y entre estas se encuentra una obra universal que, aunque es ficción, refleja cómo algunas personas reaccionaron ante la epidemia de peste negra. Me estoy refiriendo al «Decamerón» de Giovanni Boccaccio. Como algunos recordarán, y si no aquí estoy yo para refrescar memoria, en este libro diez personajes se aíslan en una casa de campo a las afueras de Florencia huyendo del contagio y, para entretener el aislamiento, se cuentan historias entre ellos. Un total de cien cuentos conforman esta joya de la literatura donde se tratan temas diversos.

Siete siglos después, y con algunas epidemias más entre medias, otra plaga vino a azotar Europa (y el resto del planeta), en esta ocasión el bichito que se encargó de dar por saco fue un virus (más pequeño que una bacteria, pero igual de matón), SARS-CoV-2. Esta vez el aislamiento no fue cosa de algunos espabilados porque ya estaban las autoridades para ponernos las pilas (más o menos). Algunos, además, y al igual que hicieran los personajes de Boccaccio, decidieron contarse historias entre ellos para pasar el tiempo y evadirse del desastre desatado.

Estos personajes del siglo XXI a los que me refiero, se aislaron cada uno en su propia casa, pero consiguieron contarse esas historias gracias a la tecnología propia de la época: internet. Cada quince días se conectaban y se reunían telemáticamente para leer los relatos que cada uno había escrito sobre el tema previamente propuesto en la reunión anterior. De esta forma, y siguiendo un paralelismo bastante fiel con la obra de Boccaccio, se reunieron cien cuentos repartidos en diez jornadas, cada una con un tema concreto («Naturaleza», «La soledad», «El arte de la gastronomía», «La envidia», etcétera). Y, al igual que hizo el maestro italiano, se publicaron en un libro, sobre el que va esta reseña kirkeniana: «Decamerón del siglo XXI».

Pampinea, Fiammetta, Filomena, Emilia, Laureta, Neifile, Elissa, Pánfilo, Filostrato y Dioneo (los narradores del Decamerón de Boccaccio, refresco memoria de nuevo) se han reencarnado en Ana, Antonio, Carlos, Paco, Nacho, Josep, Juan Nadie, Juan Carlos, Laura, Luijo, Marisa, Paloma y Nano. Todos formamos parte del Colectivo Literario Bremen, y utilizo la primera persona del plural porque resulta que la Paloma que sale en la relación es una servidora.

Tuve la inmensa fortuna de conocer dicho colectivo en plena pandemia y fue como abrir una ventana al campo para que entrara aire fresco y limpio. El desahogo de contar historias que por unos instantes nos pudieran alejar de los duros momentos que estábamos viviendo fue un lenitivo magistral. Siendo amantes de la literatura, la escritura vino a rescatarnos de la depresión, el desánimo y la tristeza en los que el bichito del demonio nos estaba sumiendo. Cada dos semanas nos reunimos para compartir los relatos salidos de nuestra propia imaginación. Nos trasladamos a lugares remotos, o cercanos, nos reímos, también lloramos, compartimos experiencias, impresiones sobre las narraciones de cada cual: nos sentimos unidos y confortados por la fantástica terapia que es contar historias.

En este libro se tratan temas muy dispares: humor, sarcasmo, drama, poesía, crítica social, deporte, romance, asesinatos. Hay de todo, como en botica. Un remedio diferente para cada ocasión, y todos igual de efectivos: acabar con una sonrisa en la cara. Historias para leer en cualquier lugar y para disfrutar.

La que esto escribe colabora con una decena de relatos, además tuve la suerte de ser la maestra de ceremonias en la décima jornada, o reina (en la obra de Boccaccio, los que dirigen cada jornada se llaman así, refresco de nuevo la memoria). No voy a valorar la calidad de mis escritos porque resultaría raro, aunque tampoco sería la primera vez (yo no tengo filtro y me vengo arriba con facilidad), pero sí voy a comentar la categoría de los demás.

Doy fe que mis compañeros tienen un nivelazo de flipar. En este colectivo hay periodistas, profesores, informáticos, científicos, enfermeros; gente que desarrolla su actividad profesional en sectores variopintos, pero con un denominador común: les gusta escribir y, además, lo hacen muy bien. He aprendido mucho con ellos, me he sentido como el pequeño saltamontes frente a su maestro Po (quien no sepa de qué estoy hablando que se vaya a la Wikipedia y busque serie de TV Kung-Fu, no tengo ganas de seguir refrescando memoria), aunque en esta ocasión el maestro eran doce pedazos de escritores, mis compañeros de reparto, que me enseñaron mogollón. Me ha tocado la lotería al conocerlos.

Si las vacunas nos sacaron del atolladero pandémico a todos, a algunos contar historias nos sacó de la tristeza y la depresión. Ahora queremos que todos vosotros podáis también disfrutar y evadiros con estos cuentos nacidos en la pandemia.

Abajo os pongo los enlaces donde podéis adquirir el libro. Por cierto, los beneficios de las ventas irán a ACNUR. Con esta acción se podría pensar que somos muy rumbosos, pero en realidad la generosidad será vuestra si decidís adquirir vuestro ejemplar, os aseguro que no os vais a arrepentir.


Decamerón del siglo XXI - Círculo Rojo

Decamerón del siglo XXI en Libros.cc

Decamerón del siglo XXI en Amazon

Decamerón del siglo XXI en la FNAC

Decamerón del siglo XXI en El Corte Inglés

Decamerón del siglo XXI en La Casa del Libro



 

 


26 de abril de 2023

Érase una vez un blog


 

Hace diez años yo tuve una idea. En realidad, suelo tener unas cuantas de vez en cuando, pero a la que me refiero en concreto es una que fue acertada —de estas ya no tengo tantas— y que resultó ser muy buena: crear un blog. 

La idea no vino de repente en plan «¡Eureka!» ni nada parecido. Llevaba una temporada pensando en escribir lo que opinaba sobre los libros que leía. Cuando terminaba un libro que me gustaba mucho sentía la necesidad de compartir mi grata experiencia, de recomendar aquella lectura. Sin embargo, la inquietud de compartir mis impresiones era más acuciante cuando la lectura resultaba nefasta, ahí la mala leche que me sacudía por haber perdido el tiempo con una novela mediocre me instaba más insistentemente a despacharme a gusto y largar. 

La idea era esa, compartir mis impresiones lectoras, pero no sabía cómo.

Fue mi propia hija la que vino a rescatarme de mis cuitas.

—¿Por qué no creas un blog?

—¿Un qué?

—Un blog, mamá. Es muy fácil. Hay plataformas que te dan todas las herramientas necesarias. Una vez que lo diseñas, tú escribes ahí lo que quieras.

—¿Un qué? —insistí yo.

No sabía de qué me estaba hablando. No había leído nunca un blog así que la sugerencia me sonaba a chino. Tras indagar algo sobre qué iba el tema, me puse a la tarea. 

Seguí los pasos que Blogger me indicaba y poco a poco fui creando mi propio espacio, aunque en el proceso cometí algunos errores, unos los corregí y otros fueron de tal magnitud que permanecen hoy en día: en mi desconocimiento, cuando me pidieron la «dirección» yo puse la de mi correo electrónico de aquel momento, buscapina7, sin saber que ahí podría haber puesto el propio nombre del blog. Cosas de la ignorancia. 

Elegir ese nombre del blog me llevó bastante tiempo. Lo de poner títulos nunca se me dio bien y aunque no tenía muy claro en qué iba a acabar aquello, quería que fuera algo representativo y mostrativo de lo que en ese espacio habría (lo que viene a significar un título, vamos). Fue entonces cuando recordé algo que leí en algún sitio sobre el concepto que tenían los antiguos egipcios sobre las bibliotecas; para aquellos sabios eran hospitales del alma pues en ellas se encontraban los remedios que podían sanar el espíritu, y ahí me vino otra idea (de las buenas): llamaría a mi blog «Leer, el remedio del alma». Además, como soy boticaria lo de disponer de remedios para curar me molaba bastante.

Después vino otro dilema: el alias. Es cierto que podía poner mi nombre real pero mi hija, otra vez, acudió al rescate, o a la puesta al día.

—Lo normal en el mundo bloguero, mamá, es que utilices un nickname.

—¿Un qué?

—Un alias, un nombre ficticio, un…

—Un apodo.

—Lo que sea.

Eso me llevó bastante tiempo porque si no se me da bien inventar títulos, poner nombres tampoco. Andaba dándole vueltas a lo de procurar remedios, leer, el alma… y me vino la noción de pócima, de ahí pasé a la de bruja —tengo fijación por estos personajes, me gustan mucho— e, inmediatamente, me puse a buscar el nombre de alguna hechicera famosa. Tras darle muchas vueltas, pensé que qué mejor bruja que la primera de todas ellas: Circe. En mis indagaciones averigüé que el nombre original en griego de esa diosa/bruja era más sonoro: Kirke, y con esa versión me quedé.

Fui a Blogger toda decidida con mis «credenciales», pero resulta que me pedía un nombre y un «apellido» (si no rellenaba los dos campos no podía seguir con el proceso de abrir la cuenta), y ahí como ya no tenía el cuerpo para farolillos o, lo que es lo mismo, más paciencia para inventar o idear nombres, me fui a lo conocido, a la buscapina de mi correo y también, por culpa de mi metedura de pata, del blog. 

Tal día como hoy, 26 de abril, pero de hace diez años, arrancó a caminar «Leer, el remedio del alma» al mando de una tal Kirke Buscapina que no tenía muy claro cómo iba a funcionar aquello. 

La primera publicación fue la reseña de una novela de Rosa Montero, «La ridícula idea de no volver a verte». Aunque llamar reseña a tres párrafos donde contaba lo mucho que me gustó ese libro es una exageración o, lo que es lo mismo, no tener ni idea de en qué consiste reseñar. Cuando, más tarde, visité otros blogs donde sí reseñaban en serio me di cuenta de que lo que hacía yo era… otra cosa. Aun así, no me desanimé, aunque me deprimí un poquito, la verdad.

Fueron muchos los libros sobre los que opiné, primero muy brevemente, luego ya me fui extendiendo con más detalle. Tanto es así que incluso me animé a opinar sobre otras cosas que no tenían que ver con la literatura y así nació una sección colateral: «Las cosas de Kirke». Más tarde empecé a escribir sobre poetas, ponía una breve biografía de un poeta (el primero fue García Lorca) y terminaba con una poesía del protagonista; a esta sección la llamé «Poemas y Cantares». 

Entre publicación y publicación fue conociendo otros blogs, no todos de literatura, algunos versaban sobre cine, o sobre pintura. En uno de estos una bloguera especialista en arte un día sugirió que tomáramos uno de los cuadros que nos mostraba y que escribiéramos una historia. Yo nunca había escrito ficción, aunque siempre tuve el prurito de escribir algo, pero era una especie de quimera. Aquel reto me animó a sumergirme en el apasionante mundo de la escritura y nació mi primer relato: «La puerta abierta». Al igual que aquella primera reseña, este cuento era muy breve, pero en mi interior también se abrió otra puerta, la de escribir ficción y, de momento, no se ha cerrado.

Me apunté a más concursos/retos, dentro del mundo de los blogs y también fuera, en espacios que conocí gracias a otros blogueros.  Incluso llegué a ganar algún premio que otro. La puerta se había abierto de par en par.

El blog fue creciendo con más secciones. «Do you speak English?» fue el apartado donde contar mis desventuras con mis viajes allende nuestras fronteras; «Demencia, la madre de la Ciencia» resaltaba la vida de algunos científicos y, con el tiempo, abrió su propio espacio con un blog solo para ella: la demencia científica se convirtió en un spin off. Cuando me dispuse a escribir mi tesis doctoral apareció otra nueva sección: «Doctoranda al borde de un ataque de nervios» y fue la constatación de que escribir era mi pasión y mi desahogo porque aquello, además de divertirme, me sirvió para liberar las muchas tensiones que me generó el proceso de doctorarme.

Y es que escribir se ha convertido en una terapia de relajación para mí. Cuando la pandemia nos confinó a todos (a algunos más que a otros gracias a ciertos gobernantes chapuceros), «Diario de un confinamiento» vino a rescatarme de la depresión en la que hubiera podido caer por culpa del maldito coronavirus. 

«Crónicas hercúleas», «Crónicas astures» o «Crónicas bercianas» fueron sagas basadas en ciertas experiencias extrasensoriales en alguno de mis viajes por el territorio patrio. Ahora mismo, entre algún relato aislado y retos de la blogosfera, está en marcha «Crónicas del Descubrimiento», una saga sobre las (des)aventuras de los conquistadores de América. 

Hoy en día, en el blog las reseñas ya son casi historia (alguna publico, pero muy de tarde en tarde y siempre por motivos muy personales). Aquel espacio que se creó hace diez años ha ido creciendo, madurando y transformándose en lo que ahora es.


 


Pero en esta andadura, lo más extraordinario no ha sido el devenir del blog, sino los acompañantes que me he ido encontrando por el camino. 

Gracias a las reseñas, algunos autores se pusieron en contacto conmigo, y eso es algo que no me esperaba en absoluto. Que alguien leyera lo que yo publicaba ya me parecía asombroso, pero que entre los lectores se encontraran escritores ya consagrados me resultó una experiencia paranormal. Encima, y esto sí que es sorprendente, he llegado a mantener una relación de amistad con algunos de ellos. Entre estos se encuentran Dolo Payás y Luisa Ferro, dos estupendas escritoras y mejores personas. Una gozada total.

También, y según me iba haciendo conocer, conocí a mi vez a otros blogueros. Los seguidores aparecieron, unos fueron flor de un día (hicieron un par de comentarios y no volvieron a dar señales de vida, aunque siguen en la lista de seguimiento), pero otros permanecen en la actualidad junto a nuevas incorporaciones esporádicas.

Entre los fieles, guardo especial cariño a los que, además, se convirtieron en amigos. 

Una de mis primeras lectoras y comentarista fue Rosa Berros. Ella había creado un blog por la misma época que yo y andaba también «vagando» por la red. Iniciamos una relación muy cercana a pesar de la supuesta frialdad de internet; compartíamos impresiones sobre nuestras lecturas y, aunque no siempre coincidíamos en gustos, nos enriquecíamos mutuamente (ella me aporta mucho más a mí que yo a ella, que conste). Creo que desde la primera vez que me visitó no ha dejado de comentar ninguna publicación mía. Es la fidelidad encarnada en bloguera (además de una estupenda reseñista).

En los inicios de mi blog, apareció como por casualidad otro bloguero, Francisco Moroz, y además de darme su opinión en forma de comentarios tuvo la ocurrencia de otorgarme un premio de los que circulan por este mundo. Aquello fue como el pistoletazo de salida al espacio internauta porque las visitas se dispararon y llegaron más lectores. A Francisco le considero mi padrino bloguero.

Como he comentado, no todos los lugares que visitaba en calidad de bloguera tenían que ver con la literatura. Un día, no sé muy bien cómo, llegué a un blog donde la autora, Chelo, relataba el nacimiento de sus dos sobrinos al mismo tiempo que comentaba que le gustaba el cine. Sin ser temas, a priori, que me atrajeran mucho, decidí seguirla. Noté cierto feeling sin saber muy bien por qué. Aquella impresión se tradujo con el tiempo en una sección compartida «Alalimón» (reseñas de libros y de películas basadas en ellos) y en una amistad que trascendió el ámbito virtual. 

Josep Mª Panadès, Conxita Casamitjana, fueron otros blogueros que fui conociendo y con los que compartí impresiones a través de las experiencias relatadas en sus blogs bien en forma de relatos, bien en forma de opiniones sobre algún tema. La afinidad y el buen rollo se dieron desde el minuto cero y aún perduran.

Ya tenía asumido que mi publicaciones sobre los libros que leía no eran en realidad reseñas, pero Juan Carlos Galán me vino a confirmar que para reseñar hay que estar hecho de una pasta especial, concretamente de la que está hecho él. Cuando me pregunto cómo debe ser una buena reseña, me voy a su blog y ahí aprendo. Cuando tengo la suerte de verle en persona y charlar con él aprendo más de muchas otras cosas. Un profesor maravilloso.

De hecho, y esto es lo que más agradezco de aquella estupenda idea que tuve hace ya diez años, esa afinidad con otros blogueros se ha traducido en lo que venimos en llamar 'quedadas blogueras' y que consisten en reuniones en persona, en vivo y en directo, nada de pantallas de ordenador. En esas quedadas hablamos, reímos y nos lo pasamos fenomenal. Una amistad sincera y gratificante.

Mamen Piriz, Teresa Cloquell, Pedro Fabelo, David Rubio, Raúl Ógar y muchos otros más, fueron/son también compañeros de viaje en este periplo que me aportan mucho, cada uno a su modo.

Han pasado diez años ya. Echo la vista atrás y el balance es positivo, plenamente. «Leer, el remedio del alma» me ha dado mucho, ideas, satisfacciones, creatividad, desahogo, pero, ante todo, me ha dado la oportunidad de conocer gente maravillosa. Solo por eso ya es motivo más que suficiente para celebrar el aniversario de aquella idea que tuve hace una década.



19 de marzo de 2023

Entre pillos anda el juego


 

Bon día. Quiero denunciar una estafa.

Bon día. ¿Qué tipo de estafa?

De las gordas. Mi familia ha perdido mucho dinero. Pagamos por unos servicios que no nos fueron dados.

De acuerdo. Necesitaré algunos datos para registrar la denuncia y tramitarla a las autoridades pertinentes.

Mientras el policía nacional que atendía el mostrador de atención al público se sentaba delante de un ordenador, el recién llegado a la comisaría miraba con nerviosismo a uno y otro lado de la sala.

Perdone, ¿no podríamos hacer esto en un lugar más discreto?

—¿Discreto? ¿Por qué? —preguntó el policía al demandante.

—Bueno, es un tema delicado y no quisiera que… la cosa trascendiera. No sé si me entiende.

—Pues no, no le entiendo, la verdad. A no ser que en lugar de una estafa quiera denunciar otro tipo de delito más sensible, como un abuso o una violación, para esas cosas tenemos un protocolo especial.

—¿Cómo de especial? Lo digo porque, ahora que lo menciona, en cierta medida lo que nos ha pasado es una violación.

Ante estas palabras, el funcionario se acercó al individuo que le estaba hablando y en tono tranquilizador le habló en voz baja.

—Vamos a ver. ¿A usted y a su familia qué les ha pasado?

—Nos han engañado durante diecisiete años, confiamos en un hombre que nos lo prometió todo y ahora se ríe de nosotros, nos amenaza, nos acosa. Es horroroso.

—¿Pero ha habido violación o no ha habido violación? —preguntó el policía rascándose la cabeza por debajo de la gorra y pensando en llamar directamente al psicólogo. Lo de atender a víctimas siempre le pareció complicado y reconocía que no solía tener mucho tacto con ellas—. ¿Quiere contármelo más despacio delante de un café? —añadió recordando uno de los cursillos que le habían impartido sobre empatía.

—Muchas gracias, agente. Me parece una buena idea, mi café con soja y sin azúcar. Ah, y que la taza no sea blanca, por favor, ese color me da ganas de vomitar, por eso no soporto la leche.

—La máquina del pasillo ofrece café solo o con leche. Y no lo sirve en taza, tiene vasos de cartón marrón. Así que… un café solo sin azúcar —dijo el policía dirigiéndose al dispensador y decidido a llamar al psicólogo a la mínima de cambio. El tipo ese era retorcido y algo señoritingo.

Se sentaron en unas sillas dispuestas en un pasillo, como no había demasiada concurrencia en la comisaría, aquello era relativamente discreto.

—Bueno, pues usted dirá.

—Verá, esta historia comenzó en 2001. Mi familia nunca tenía suerte en… el desarrollo profesional. Somos muchos, pero no conseguíamos ser… amados por ahí fuera. Siempre nos hacían sombra, en el estado español y también en Europa. Queríamos cambiar las cosas, pero no sabíamos cómo. Hasta que llegó él. Él nos ofreció su amor, sus contactos, su influencia, en fin, todo. A cambio de una retribución económica por sus servicios, ya sabe, la pela es la pela, nos prometió felicidad, amor en todas partes, reconocimiento. Nosotros creímos en él, pero fue un sinvergüenza que nos engañó.

—Ya. Entiendo —replicó el policía que, en realidad, no estaba entendiendo nada.

—Al principio, parecía que la cosa iba bien. Empezamos a creer sus embustes cuando nos pitaron varios penaltis sin ningún fundamento pero que nos ayudaron a ganar partidos complicados. Un par de ligas cayeron, luego alguna Copa del Rey…

—A ver, a ver, a ver. ¿Penaltis? ¿Ligas? ¿Copas?

—Sí, hombre, sí. Con los títulos llegó el reconocimiento, el amor. A mi familia se la empezó a amar fuera de nuestra tierra, en muchos lugares allende las fronteras. Fue precioso.

—Un momento. ¿Pero de qué familia me está usted hablando?

—De la gran familia culé: el Barça.

—¿Todo esto es por el fútbol? —preguntó el agente con los ojos como platos.

—Pues claro. ¿No me ha reconocido? Fui presidente del club durante muchos años. ¿No se ha fijado en los colores de mi pañuelo de seda o en la insignia de mi solapa?

El policía no contestó. Sí se había fijado en los complementos a los que aludía el individuo, pero no como un reconocimiento a lo que representaba; lo único que pensó cuando vio el pañuelo era que esos colores no combinaban bien y la insignia, de oro macizo, era una exageración de muy mal gusto. El agente Contreras no era aficionado al fútbol; lo suyo era el ajedrez. La «apertura vienesa» o la «defensa Alekhine» eran términos que dominaba mientras que «fuera de juego» o «saque de esquina» le parecían situaciones difíciles de comprender. En la comisaría era el raro, todos sus compañeros, seguidores del llamado «deporte rey», le miraban con suspicacia. Las discusiones entre sus colegas tras un fin de semana liguero o una competición de Champions eran terreno vedado para él. Se quedaba apartado de la conversación y las disputas por aquella jugada tan polémica o un arbitraje cuestionable no le interesaban en absoluto. Le dejaban de lado. Tan solo agradecían su nula afición al fútbol cuando había un partido importante que nadie quería perderse, porque, entonces, Contreras se prestaba a hacer la guardia y así dejar librar a alguno de sus compañeros futboleros.

—¿Me está diciendo que pagaron a alguien para ganar trofeos? —preguntó directo, como lo hacía cuando jugaba al ajedrez.  Sin empatía, buscando tumbar el rey.

—Hombre,  dicho así… suena mal. En realidad, fue un incentivo para animarnos a nosotros mismos. Para insuflarnos moral, para no estar siempre a la sombra de otros equipos, sobre todo ese que se viste de blanco —replicó haciendo una muesca de asco.

—¿Y cuánto pagaron exactamente?

—En total… unos siete millones de euros, más o menos.

—¡Caray, con el «incentivo»!

—Tenga en cuenta que fueron diecisiete años lo que duró nuestra… relación. Pero yo lo que quiero es denunciar el engaño que mi familia ha sufrido.

—¡Ah! ¿Ustedes han sido los engañados?

—Sí, claro que sí. Porque las promesas no se cumplieron.

—Bueno... nueve ligas españolas, seis Copas del Rey y ocho Supercopas… —replicó el agente consultando los datos en su teléfono móvil— A mí eso no me parece un mal rédito, la verdad.

—No, a pesar de todo seguimos estando por debajo de… esos de blanco. Nos han engañado. Y encima ahora, ese… desgraciado, quiere más o dice que se va de la lengua. ¡Encima! ¡Esto es un abuso! ¡Extorsión! ¡Nosotros somos las víctimas!

Ante las voces airadas del denunciante otros dos agentes se acercaron donde estaba Contreras. Los recién llegados sí entendían de fútbol y reconocieron al instante al antiguo presidente del Fútbol Club Barcelona. Tras saludarlo con afectación se interesaron por su problema. Cuando fueron puestos al corriente los dos policías se miraron con preocupación.

—Esto es muy grave, presidente —dijo el más alto—. No sé yo si denunciar lo que cuenta va a ser de ayuda. Tan solo servirá para que la prensa se entere y se corra la voz.

—Pero nos están extorsionando. Eso es un delito.

—Y pagar por arbitrajes favorables, también —puntualizó Contreras que, aunque no sabía nada de fútbol, sí entendía de leyes.

—Pero, esto es un ataque a nuestra familia. ¡Una conspiración! ¡Un ultraje!

—Cálmese, presi. Mire que como esto vaya a instancias superiores puede salirle el tiro por la culata. Podrían sufrir sanciones. No sé, multas o prohibir al club participar en competiciones —intervino el otro policía que iba con el alto.

—¡Eso! No le dejarían competir en la Champions —replicó Contreras que recordó la importancia que le daban sus colegas a ese torneo.

—Bueno, que no nos dejen jugar en la Champions tampoco supondría un problema —le contestó el poli alto que era también culé—. Total, para lo que duramos ahí…

—Nos estamos desviando del tema —insistió el expresidente.

—Yo creo que lo mejor que puede hacer es dejar las cosas como están y no liarla más. Esto no debería saberse porque le va a caer la del pulpo —dijo conciliador uno de los agentes.

—O sea, que seguimos pagando para que no hable ese sinvergüenza.

Los dos policías aficionados al fútbol no dijeron nada, aunque pensaron que sí. Tan solo Contreras se atrevió a decir algo, pero por lo bajini «Menudo marrón tienen estos».

—Está bien —se rindió el exmandatario—. No denuncio nada, tienen ustedes razón, lo mejor es que esto no se sepa, pero ahora mismo me voy a Hacienda. Voy a declarar los pagos para ver si nos devuelven algo. La pela es la pela.

 



 

 

Hada verde:Cursores
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