23 de noviembre de 2022

Maldito italiano

 


—¡Maldito italiano! Es endemoniadamente bueno. ¡No puedo con él! Siempre ha sido una piedra en mi zapato. ¡Cómo le odio!

El hombre que así maldecía se paseaba con angustia por la pequeña habitación en la que estaba viviendo desde hacía meses. Sus ingresos habían mejorado bastante. Su última ópera parecía que había sido bien acogida por el público.  El estreno de «La flauta mágica» con él mismo como director fue todo un éxito. ¡Por fin! Su talento como compositor operístico se veía reconocido. Aunque ese maldito italiano lo había conseguido mucho antes que él.

El italiano del demonio había obtenido un gran triunfo en La Scala de Milán con tan solo veintiocho años. Se implicó a conciencia en el encargo de su majestad María Teresa de Austria y lo hizo muy bien, el maldito. Después le siguieron muchas óperas más y el reconocimiento de la familia imperial. ¡Menuda traición! ¿Cómo se puede alabar el trabajo de un extranjero por encima del de un súbdito leal?

El compositor se mesaba los cabellos de su peluca ya de por sí bastante despeinada pues en los últimos tiempos había descuidado mucho su aspecto y su higiene. Su hermana y su esposa intentaban cuidarlo, pero él no se dejaba. Tenía que componer, debía superar a ese maldito italiano. Pero la inspiración no llegaba. La fiebre que solía aquejarle desde niño ahora era una compañera molesta y fiel que se negaba a abandonarlo. Le dolían mucho las articulaciones y un molesto sarpullido le salpicaba todo el cuerpo.

¡Me están envenenando!

Wolfgang, no digas tonterías le dijo su hermana Sophie. Estás muy débil porque apenas comes, ni duermes. Te niegas a seguir los consejos del médico que te propone reposo y tranquilidad.

¡Tranquilidad! ¿Cómo voy a estar tranquilo? Ese maldito italiano me está calumniando por los salones de Viena. No parará hasta acabar conmigo.

¿Ya estás otra vez? Sophie tiene razón, debes descansar. Tú mismo te estás matando con esa obsesión por el pobre Antonio que no pisa Viena desde hace mesesdijo Constanze, la esposa del compositor, en ayuda de su cuñada.

¿Obsesión? ¿Obsesión dices? ¡Ja! No, señoras mías. Vosotras, que sois espíritus buenos, no podéis ver la maldad, pero yo sí. Ese maldito italiano es el demonio encarnado.

El compositor empezó a revolver entre un amasijo de papeles desperdigados sin orden encima de una mesa atestada de cachivaches.

¿Dónde está? ¿Qué habéis hecho con mi obra?

¿Qué dices, Wolfgang? preguntó Sophie.

¡Estaba aquí! La partitura que escribí ayer. La dejé en esta mesa y ahora ha desaparecido.

Querido esposo, ayer no escribiste nada. Permaneciste todo el día en el jardín, gritando, para mayor desesperación de nuestros vecinos que ya no te soportan más. ¡Por el amor de Dios, serénate!

¡Ya sé lo que está ocurriendo! Él os ha embaucado ¿verdad? ¡Confesad! Os ha pagado para que le entreguéis mi trabajo y así luego apropiárselo. Como ya lo hizo cuando yo era un chaval. ¡Maldito italiano!

No vuelvas con lo mismo otra vez, hermano. Sabes que ese pobre hombre nunca te hizo mal. Nunca se apropió de nada tuyo, ni de nadie. No le hace falta, Wolfgang. Es un hombre rico y respetado en su país y en el nuestro. No necesita…

¡Cállate! la interrumpió el compositor. No soporto ver cómo os ponéis de su parte.

Mientras deambulaba como un poseso por la habitación, Mozart recordó lo humillante que fue el duelo de óperas que, tantos años atrás, el emperador José II, ese asqueroso traidor, propuso para averiguar cuál era el mejor estilo operístico: el italiano o el alemán. Su obra fue precisa y virtuosa, pero el maldito bastardo de Italia hizo una creación que encandiló al público presente. Aún resonaban en su cabeza los aplausos que llevaron al emperador José a proclamar a Salieri como el mejor compositor de Europa. 

Pero claro continuó con sus recuerdos en voz alta, el traidor del emperador ya prefería al italiano desde mucho antes. ¡Le incluyó en el cuarteto del que él mismo formaba parte con tan solo dieciséis años!

Wolfgang, tú tocabas el piano con cuatro… No te hagas mala sangre y deja de pensar en Antonio, por favor.

Si yo hubiera tenido mejor salud… Seguro que habría cosechado éxitos antes que él prosiguió enajenado y obviando el consejo de su esposa. Pero el destino me ha sido aciago siempre, me dio una constitución débil. Esa maldita viruela que contraje al llegar a Viena me impidió asistir a la audición de la emperatriz madre. La mala suerte siempre fue mi compañera.

De tu mala salud no tiene la culpa el destino, hermano. Ni la mala suerte. Si padre no te hubiera paseado por media Europa en condiciones insalubres para ganar el respeto que ansiaba… todo habría sido muy distinto argumentó Sophie.

Padre quería lo mejor para mí.

¿Estás seguro? Solo le interesaba la fama y el dinero. Tu salud física y mental nunca le preocupó. Fue toda su vida un hombre amargado y me temo que acabó por contagiarte su frustración y su paranoia con conspiraciones y ataques que solo su mente enfermiza veía.

Cuando tildó de traidor a nuestro emperador no era paranoia, era verdad siguió porfiando el músico.

Reconocía que su padre había sido un tirano, obsesionado con demostrar a propios y extraños las excelencias de su hijo con la música, pero, aun así, sabía detectar los peligros de la corte donde, por otra parte, tanto deseaba introducir a su hijo.

¿Traidor, el emperador José? Cuando, por patriotismo, quiso promocionar la música alemana por encima de la italiana, tu odiado contrincante tuvo que volver a Italia, y solo entonces tú pudiste descollar. Reconócelo, esposo mío. ¡Y descansa, por todos los cielos! Estás ardiendo de fiebre.

¡Sois unas arpías! Todos estáis en contra mía. ¡Estoy solo! Pero seré el más grande. Algún día se me reconocerá.

Mientras, entre su hermana y su esposa, metían casi a empujones a Mozart en la cama, este siguió despotricando.

Seré reconocido como el más grande compositor de todos los tiempos. Sin necesidad de duelos de óperas ni estupideces cortesanas. Y si hace falta adornar algunos hechos, que así sea.  Seguro que algún director de cine se encargará de versionar mi vida de una manera más amable, aunque sea mentira. Tanto me da. Y a ese maldito italiano lo pondrán a bajar de un guindo.

¿Cine? ¿Qué es eso, Sophie? preguntó Constanze a su cuñada.

Ni idea. La fiebre le hace delirar e inventa palabras extrañas.

Ya veo el título de la película: «Amadeus». Será un éxito de taquilla.

—¿Película? ¿Taquilla? ¿Pero qué dices, Wolfgang? preguntó con extrañeza la esposa.

—Dice incoherencias. Es la fiebre, seguro —insistió Sophie—. No le hagas ni caso.

—Lo único que no me gustará de esa película será la risita idiota del actor protagonista. Pero no importa. Salieri será el villano. Y lo mejor: le echarán la culpa de mi muerte —añadió con una sonrisa—. ¡Maldito italiano!

 

NOTA HISTÓRICA: el  compositor Antonio Salieri fue un reputado músico alabado y laureado durante toda su carrera profesional. En la corte de José II de Habsburgo ganó fama y reconocimiento. En los años ochenta del siglo pasado, el director de cine Milos Forman versionó la vida de Mozart en la película "Amadeus" que es considerada por los entendidos en música como un compendio de errores históricos y musicales. Entre esos errores se halla la imagen de Salieri, un personaje completamente diferente de la realidad.



19 de noviembre de 2022

Vuelvo al blog (que conste que no es una amenaza)

Por fin regreso a este blog después de una ausencia de cuatro meses. El parón veraniego fue más largo de lo que tenía pensando. Proyectos literarios me han tenido alejada de este espacio. Dos aventuras ilusionantes no me han permitido dedicar el tiempo necesario para atender correctamente el blog. Ahora que esos dos proyectos están encauzados es hora de volver.

Sin desvelar demasiado por eso de que puede traer mala suerte, contaré que uno de los proyectos ha consistido en rematar y terminar mi primera novela (dado el trabajo que me ha dado lo mismo también es la última).

Además de estrenarme como «novelista» (perdonadme lo pretencioso del término) he enviado el manuscrito a un certamen de una editorial de peso, es que yo me vengo arriba con mucha facilidad y tengo más moral que el Alcoyano. Supongo que en dicho concurso no me voy a comer una rosca, pero lo cierto es que el desafío me ha proporcionado un estímulo enriquecedor y por eso, independientemente del resultado, yo ya estoy satisfecha.

Escribir una historia más larga de lo que supone un relato, el género en el que me he estado moviendo hasta ahora, es un reto e implica un arduo trabajo. He disfrutado mucho perfilando personajes, dándoles vida, dirigiendo sus destinos y decidiendo qué iba a pasar con ellos: a este me lo cargo, a este le salvo...

Además, he descubierto que la historia evoluciona según vas escribiendo. Siempre creí que cuando un escritor se ponía a realizar una novela tenía pensado el principio, el desarrollo y el final desde el inicio. También es cierto que en algunas entrevistas de autores famosos estos decían que cuando se ponían a escribir no tenían ni idea de cómo iba a terminar la historia. Bueno, sin ponerme yo al mismo nivel de esos escritores tan laureados, tengo que confesar que a mí me ha pasado algo parecido. Empecé escribiendo una idea y una historia y algunos personajes aparecieron para ganar más protagonismo al mismo tiempo que otros, en origen, más importantes pasaban a un segundo plano. También la deriva de estos fue muy distinta a la que yo tenía en mi cabeza al empezar. Qué cosas.

Me ha costado muchísimo trabajo y he contado con la ayuda inestimable de una amiga sin la que este desafío no habría llegado a buen puerto. Pero, a pesar de esas «penurias», me lo he pasado pipa. Tanto me he divertido que ya estoy escribiendo la segunda novela. Hala. Ya os he dicho que me vengo arriba enseguida.

El segundo proyecto en el que me he embarcado es también una obra literaria, pero esta vez con otros escritores.  Sin adelantar demasiados detalles por los mismos motivos que antes, puedo contar que se tratará de una antología de relatos con un «motivo» común y en la que una servidora participa con diez cuentos. En cuanto vea la luz ya os presentaré el resultado.

Y estas son las razones por las que he estado desaparecida, mas ya estoy de vuelta. Poco a poco retomaré mis historias del descubrimiento de América y volveré a poner voz a esos conquistadores tan locos y fanáticos. También espero reengancharme a los retos que otros blogueros proponen en forma de micros o de relatos sobre algún tema. En fin, que me reincorporo después de esta excedencia autoimpuesta.

¡Qué contenta estoy de volver!



20 de julio de 2022

Bilogía DONDE MUEREN LOS DRAGONES DE JADE

 

Bilogía DONDE MUEREN LOS DRAGONES DE JADE – Luisa Ferro

El pozo de las luciérnagas

Marzo de 1279, en la desembocadura del río Perla se desarrolla una batalla naval, las tropas de Kublai Kan dan un serio varapalo a los chinos, tan serio que derroca a la dinastía Song y los mongoles serán los nuevos gobernantes de China.

Akame asiste al final de esa dinastía y se pierde en sus recuerdos. La historia retrocede unos años para trasladarnos al hogar de esta mujer, hija de un médico que regenta una botica en la capital del imperio Song del Sur. Rodeada de plantas medicinales y remedios de toda clase, aprende junto a su padre el arte de sanar.

La historia la cuenta ella, Akame, y nos relata cómo es su vida, la vida de una mujer en la China del siglo XIII. Una vida rodeada de otras mujeres, todas relegadas al papel que la sociedad de la época les asigna: obedecer y procrear. Una mujer que no da descendientes varones a su familia es un ser inútil.

«Supe entonces que, por el mero hecho de haber nacido mujer, mi sino sería el sufrimiento y la obediencia.»

Pero algunas mujeres, como Akame, aspiran a algo más e intentan rebelarse a su manera.

En el mundo femenino en el que se desenvuelve no siempre reina la paz. Si los hombres luchan por el poder económico, político y social, las mujeres luchan entre ellas también por el poder. Las concubinas por ganarse el favor de su señor, la primera esposa por ser la que gobierne sin cortapisas el acotado, pero no exento de intrigas, hogar familiar.

En este primer libro de la bilogía nos adentramos en ese mundo femenino sujeto a las convenciones de la época: el torturador proceso del vendado de pies para frenar su crecimiento, la contratación de casamenteras que ponen en contacto a las familias para concertar un matrimonio, etc.

Con un preciosismo digno de admiración Luisa Ferro nos muestra el hogar de Akame. Es tal el detalle y está tan bien contado, que olí las flores del jardín, oí el roce de la seda de los vestidos y sentí las emociones de la protagonista. Fue como vivir allí. Toda la exuberancia y el exotismo de Oriente plasmados con el verbo excelente de Ferro, con un lenguaje cuidado libre de pedantería.

Pero a mí lo que más me gustó fue el “otro” mundo de Akame: la botica donde aprende a preparar remedios para diferentes dolencias. Luisa Ferro cuenta con detalle, pero sin caer en el abuso, las diferentes prácticas de medicina de la época. Akame, rodeada de mujeres, atiende los problemas exclusivos de las féminas: asiste a partos, cuida de los neonatos, regula menstruaciones, palía los efectos de la menopausia.

A la luz de lo que cuento, cabría pensar que esta novela es feminista. A mí no me lo ha parecido. Es mucho más, es una novela femenina, donde las mujeres y su particular mundo son los protagonistas. Sujetas a la mentalidad de la época, y actuando acorde al momento en el que les ha tocado vivir, cada mujer de esta historia reacciona según su forma de ser. Algunas, como Akame, se preguntan por qué no pueden aspirar a algo más que a obedecer a un marido impuesto y a parir sucesores. A lo largo de la historia de la Humanidad siempre ha habido seres que han querido ir más allá, ellos (en este caso, ellas) son los que han hecho que este mundo cambie a mejor.

La sanadora del emperador

En la segunda novela de la bilogía, asistimos al ascenso de Akame como sanadora. Su reducido mundo se amplía cuando, por avatares del destino que se cuentan en la primera novela, recala en la Ciudad Imperial para asistir a una de las concubinas del emperador. En la vida de Akame no solo aparece el éxito profesional, también entra el amor encarnado en Cao Ren, un personaje que forma parte de ese preciado elenco de seres que quieren ir un paso por delante de los demás (esos que mejoran el mundo). Su mentalidad abierta para la época hará que Akame caiga rendidamente enamorada. Así que en esta historia maravillosa también hay romanticismo y pasión. A este respecto he de remarcar que Luisa Ferro no recurre a la ñoñería ni al almíbar para contarnos el romance entre los dos personajes, algo que yo le agradezco de corazón porque suelo ser demasiado sensible con el azúcar y algo intolerante también.

Pero no nos olvidemos que Kublai Kan está acosando el imperio. El ejército mongol va ganando poco a poco terreno y esa amenaza condiciona todo lo que pasa en esta segunda novela. En «El pozo de las luciérnagas» la narración es más pausada, pero en «La sanadora del emperador» impera más la acción. Este cambio de ritmo también me encantó y demostró que quien hace algo así es alguien que sabe escribir muy bien: Luisa Ferro. La autora no solo domina el lenguaje, también los tiempos y el ritmo de la narración haciendo que el lector se enganche a la historia, o quizás sería mejor decir historias, porque varios personajes nos muestran aquí sus antecedentes y pasado.

El exotismo propio del escenario y la época, en esta segunda novela también está presente. Una delicia.

Por otra parte, la labor de documentación de la autora es de aplausos y hasta de reverencias. El rigor y el detalle caracterizan la forma de trabajar de Luisa Ferro y en estas novelas lo demuestra: Historia, farmacopea, costumbres sociales, ritos de todo tipo y muchos temas más los aborda con seriedad y profesionalidad, pero sin aburrir con datos innecesarios. Da información sin pasarse; así es como se debe escribir novela histórica y esa es la novela histórica que a mí me gusta, porque aprendo y también me divierto.

Una bilogía para leer y para releer. Es de esas historias que sabes que volverás a ellas releyendo y que yo, cuando me ocurre esto, suelo hacer adquiriendo el libro en papel, algo que en este caso no podrá ser porque solo está disponible en versión digital, una pena. En fin, nada es perfecto.

Este verano aún no me he ido de vacaciones, pero en realidad leyendo esta bilogía sí que lo he hecho. He viajado a la China imperial, he visitado lugares exóticos y he conocido personajes de lo más interesantes, además he tenido también acción porque había un ejército de invasores pisándonos los talones. Una gozada de viaje.

 



11 de julio de 2022

Sana, sana, colita de rana (Segunda Parte)


 Pater noster, qui es in caelis, sanctificetur Nomen Tuum. Adveniat regnum tuum, fiat voluntas tua, sicut in caelo, et in terra.

Mientras Álvar posaba las manos sobre la cabeza del indígena que yacía en un catre, el resto de los habitantes del pequeño poblado guardaba un silencio reverencial tan solo roto por la voz del barbudo curandero rezando en latín.

Tras terminar la oración, Álvar se incorporó y se dirigió a la compañera del enfermo.

Hierbe en agua las hojas de esta planta dos veces al día y dale de beber la infusión, verás cómo irá mejorando. Yo vendré a rezar mañana. No temas, mujer.

Gracias, sanador, desde que estás aquí el ritmo del corazón se ha apaciguado. Que los dioses te acompañen siempre respondió ella bajando la cabeza y besando las manos de Álvar.

—Son la Virgen y Nuestro Señor quienes lo consiguen replicó él haciendo la señal de la cruz sobre la indígena—. Yo solo soy su humilde instrumento.

Tras dejar a la mujer al cuidado del enfermo, el jefe de la tribu se acercó a Álvar.

—No sé qué mal hemos hecho, pero hay varios enfermos en el poblado. Gracias por recalar en nuestro pobre hogar para sanarnos. Pídeme lo que quieras y te lo daré si está en mi poder.

—Un mapa cristiano no estaría mal como pago —respondió en español Estebanico que, junto a Alonso y Andrés, había asistido a la escena final.

—Calla de una vez —le reconvino también en español Álvar—. Gracias a las atenciones de esta buena gente estamos vivos, no seas quejica. Acércate a la choza de la izquierda y rézales una avemaría, luego iré yo y prepararé una tisana para la tos de la anciana que desde aquí la oigo toser.

—Sabes que los rezos no hacen nada, ¿verdad? —intervino Alonso—. Si no fuera por tus conocimientos de las plantas que por aquí crecen, esta gente estaba más que muerta de sus achaques.

—Claro que lo sé, Alonsillo. Pero debemos hacernos valer; que crean que nuestros rezos tienen poderes curativos nos procura una calidad especial sobre los demás curanderos. Parece mentira que después de tantos años no te hayas dado cuenta. Jefe Nitchuá, no te preocupes por nosotros —se dirigió al indígena volviendo a la lengua náhualt[1]—, con que nos proporciones un lugar tranquilo para reponer fuerzas es suficiente.

—Y algo de oro —replicó Estebanico otra vez en español.

Tras acomodarse en una de las mejores chozas que la tribu tenía, los cuatro expedicionarios comieron fruta que los nativos les habían servido en unos cuencos.

—Está buena esta… cosa —dijo Andrés mientras daba cuenta de un fruto oleaginoso con un gran hueso en su interior.

—Se llama ahuacatl[2] —respondió Alonso—. Sí que está bueno, sí. Deberíamos cultivarlo.

—¿Antes o después de irnos de aquí? —rezongó malhumorado Estebanico—. Lo que deberíamos es pensar en regresar con los nuestros. Ya estoy harto de vivir entre salvajes.

—Pues yo no echo en falta nada —contestó Alonso—. Desde que este —señaló a Álvar— curó de esa herida tan fea a aquel guerrero pima [3]nos reciben a cuerpo de rey por donde vamos: tenemos comida, alojamiento, mujeres… y todo por rezar en latín, igual que si fuéramos curas.

Las sonoras carcajadas de Alonso sacaron de su ensoñación a Álvar que estaba rememorando el momento al que aludía su compañero. La punta de flecha que tenía clavada aquel pima estaba alojada muy cerca del corazón, extraerla sin matar al herido casi fue un milagro, puede que los rezos algo tuvieran que ver porque ni él mismo creía que su pericia fuera tan buena. La noticia corrió como la pólvora y su fama de curandero era conocida en miles de millas a la redonda.

 Antes de aquello, tuvieron que vivir momentos muy duros. El río por el que ascendieron resultó ser un lugar peligroso lleno de corrientes profundas y fuertes, con remolinos que succionaban todo lo que se ponía a su alcance. Realmente era un río muy bravo. Afortunadamente consiguieron escapar de una muerte segura cuando se desviaron en uno de sus afluentes, los nativos lo llamaban Sinaloa, donde la corriente era menor, aunque tampoco nada desdeñable.

 Ocho años llevaban recorriendo aquel vasto territorio que no tenía fin. Álvar nunca pudo imaginar que vería lugares y gentes tan asombrosos: indígenas ataviados de las formas más llamativas que uno pudiera pensar, con costumbres y ritos variopintos que él iba anotando en un cuaderno de viaje[4]; praderas infinitas donde los pastos llegaban hasta donde la vista alcanzaba, sin una sola montaña alrededor, y donde pacían unos animales imponentes y majestuosos parecidos a los toros, pero con una joroba en el lomo[5].

Realmente Álvar había descubierto muchos pueblos y lugares, su afán de conocer había sido más que saciado, pero añoraba su tierra, estar rodeado de gente afín, no solo de Alonso, Andrés y Estebanico. Sí, ya era hora de pensar en volver.

—Puede que tengas razón, Estebanico. Es hora de regresar a casa.

—Pero, hasta ahora no hemos encontrado una ruta que nos lleve a Nueva España, y mira que lo hemos intentado —replicó Alonso al que la idea de volver no le hacía demasiada gracia porque su mirada azul y su largo pelo rubio hacían estragos entre las nativas que le dedicaban mejores y más intensos favores que al resto de sus compañeros.

—Tendremos que prestar más atención a lo que nos dicen los pobladores de esta zona. ¿Os habéis fijado que hace unas semanas, en aquel poblado a la orilla del río Sinaloa, sus gentes no se extrañaron al vernos? Normalmente se asustan cuando ven nuestras barbas y los ojos claros de Alonso, pero allí no. Eso demuestra que han visto a alguien parecido a nosotros. Deberíamos tirar por ahí.

—Eso en realidad no demuestra nada —insistió Alonso mientras daba una calada a su pipa.

—A ti lo que te pasa es que te has aficionado a fumar, el humo no te deja pensar con claridad. Esa planta no puede ser buena —dijo Estebanico al que las objeciones de Alonso ya le estaban empezando a fastidiar.

—¿Esto? —respondió el aludido señalando su pipa—. Esto no es malo. Al contrario, esto quita todos los males —aspiró el humo cerrando los ojos.

—No lo parece cuando toses por las mañanas —recalcó Andrés al que, al igual que a Estebanico, le parecía que Alonso estaba demasiado pendiente de su pipa, de hecho, cuando se le terminaba el tabaco se ponía de muy mal humor.

—Descansemos esta noche y mañana emprendemos camino al poblado del río —zanjó la discusión Álvar.

Al día siguiente y después de rezar el avemaría prometido al nativo con problemas cardiacos y tras asegurarse que las tisanas de moyotli[6] le estaban haciendo efecto, se despidieron del jefe Nitchuá y embarcaron río arriba.

Cerca del poblado al que había hecho referencia Álvar, encontraron un indígena que llevaba puesto un morrión.

—¡Por las barbas de mi abuelo! —dijo Estebanico saltando de alegría—. ¿Dónde has conseguido eso? —añadió en náhualt.

El indio les indicó un lugar cercano, al otro lado del río. Según sus explicaciones por ahí estaban acampados más barbudos como ellos.

—No nos hagamos ilusiones, lo mismo son más almas perdidas como nosotros… —añadió sin mucha convicción Alonso que ya empezaba a añorar la buena vida que tenía y que, probablemente, no mantendría cuando estuviera rodeado de compatriotas.

En el lugar que el nativo les indicó encontraron un campamento de expedicionarios españoles procedentes del asentamiento de Culiacán[7]. Tras ser recibidos como los náufragos perdidos que eran, y con el asombro debido por tantos años de vagar por tierras desconocidas, los cuatro compañeros se volvieron a vestir con las ropas que ya les parecía pertenecían a otra vida.

El capitán de la expedición acogió en su tienda a Núñez Cabeza de Vaca.

—Vive Dios que vuestra odisea es digna de ser registrada en los libros de historia.

—Bien creí que nunca nadie sabría de mis vivencias pues más de una vez pensé que entregaría mi alma rodeado de extraños y sin dar fe de lo vivido a alguien que pudiera contarlo a mis iguales —respondió Álvar saboreando la copa de vino tinto que el capitán le había ofrecido.

—Seguro que el rey, nuestro señor, os dará prebendas y buenos dineros para que descanséis en vuestro Jerez natal, porque ya se os habrán quitado las ganas de explorar —rio el capitán brindando con su invitado.

—No sé si daros la razón, señor. La verdad es que vi tan grandes cosas y tan singulares que… puede que mi Jerez natal me resulte demasiado pequeño. Ahora que ya he visitado el norte tengo curiosidad por saber qué hay al sur.

—¿Estáis seguro de querer seguir pasando penalidades? Hay muchos peligros en estas tierras dejadas de la mano de Dios.

—Bueno, si vienen mal dadas… siempre puedo dedicarme a ser curandero. Y a rezar.


FIN



Recorrido de Núñez Cabeza de Vaca en su primer viaje a América.

 


NOTA: Álvar Núñez Cabeza de Vaca regresó a España y fue nombrado adelantado. Tres años después se volvió a América; su segundo viaje le llevó al sur del continente.

 

 




[1] Lengua del noroeste de México.

[2] Aguacate en náhualt.

[3] Grupo indígena de Sonora (México).

[4] Álvar Núñez Cabeza de Vaca recogió las primeras observaciones etnográficas sobre las poblaciones indígenas del golfo de México, escribiendo una narración titulada Naufragios, considerada la primera narración histórica sobre los territorios que hoy corresponden a Estados Unidos.

[5] Bisontes o búfalos americanos.

[6] Planta con propiedades cardiotónicas.

[7] Noroeste de México.

15 de junio de 2022

Sana, sana, colita de rana (Primera Parte)

 


—Estas conchas marinas valen mucho más de lo que me estás ofreciendo, no pretendas estafarme, que mi aspecto extranjero no te engañe, sé muy bien lo que te estoy vendiendo.

El cherokee hizo un gesto de rendición ante la reprimenda del mercader. Ese barbudo era un gran regateador y conocedor de la mercancía que canjeaba, resultaba difícil engañarle. El indígena entregó con gesto de fastidio un fardo de pieles de lobo mientras el mercader extranjero le entregaba un cargamento de conchas marinas y caracolas tan apreciadas por los pueblos del interior para obtener un buen abono en los cultivos.

Álvar contó detenidamente el número de pieles que el cherokee le había entregado ante la mirada furibunda de este, pero no estaba dispuesto a que le estafaran otra vez, ya estaba harto de bregar con la mala intención de esos indios que creían que por ser extranjero era más fácil de engañar.

La verdad es que ya estaba harto de muchas cosas. Sentado a la sombra de un frondoso pacano[1] recordó cómo había llegado hasta ese lugar dejado de la mano de Dios, rodeado de indígenas y sin un alma cristiana en miles de kilómetros a la redonda.

Mientras fumaba de su pipa, regalo de un cacique carancagua[2], Álvar cerró los ojos y se dejó llevar por los recuerdos.

Entre la bruma del humo del tabaco se vio a sí mismo embarcando en Sanlúcar de Barrameda rumbo a América. Aquella expedición para conquistar La Florida, que había descubierto Ponce de León, estaba gafada desde sus inicios. Pero, claro, ir bajo el mando de un individuo que se llamaba Pánfilo no era un buen augurio. La ineptitud del gobernador Narváez se puso de manifiesto nada más desembarcar en la costa de Florida. Decidir abandonar los barcos y proseguir andando fue una auténtica estupidez.

—Por todos los santos, señor Narváez, seguir a pie es harto peligroso —le advirtió Álvar—. Estamos en territorio hostil, los indios de aquesta zona son hábiles con los dardos y sus disparos consiguen atravesar nuestras corazas, no tenemos provisiones, no tenemos…

—Don Álvar —le interrumpió Pánfilo de Narváez—, si no os veis capaz de afrontar peligros podéis quedaros aquí, guardando los barcos.

Nadie en su sano juicio podía poner en entredicho el honor de la familia Núñez Cabeza de Vaca, así que Álvar guardó sus reproches y acató las órdenes.

Los presagios del avezado soldado se cumplieron. Varios ataques de los apalache con su endemoniada puntería al disparar flechas mataron a casi todos los expedicionarios. Y los que no sucumbían bajo los flechazos lo hacían víctimas de las aguas pantanosas. Tras comerse para subsistir los caballos de los ahogados, un huracán y dos tormentas pusieron final a la expedición.

Dando una nueva bocanada a la pipa, Álvar recordó con un estremecimiento cómo los pocos supervivientes construyeron cinco barcazas para poder navegar malamente por la costa bajo los certeros flechazos de los indios que hirieron a todos los pasajeros; Álvar, en un gesto instintivo, se llevó la mano a la cara para recorrer la cicatriz que una de aquellas flechas le dejó.

Navegaron durante semanas hasta que llegaron a la desembocadura de un gran río[3] donde la corriente separó a las barcazas disgregando la ya exigua compañía de expedicionarios. Álvar terminó en una isla.

—Yo te nombro isla Malhado[4] —dijo al aire nada más poner pie en tierra en un triste remedo de toma de posesión— pues mala suerte es la que me ha llevado hasta aquí. ¿Y ahora qué hago? —añadió rascándose la cabeza.

Aquella isla resultó que no daba mala suerte porque los indios que le recibieron eran amistosos, y por amistad se entendía que no le mataron a las primeras de cambio, sino que lo tomaron como esclavo.

Habían sido unos años muy duros, se dijo Álvar, dando otra bocanada a la pipa, pero también productivos: aprendió el lenguaje de las tribus de la zona, aprendió a camuflarse entre el follaje con las pinturas que tan virtuosamente sabían utilizar los indios de la isla, y también aprendió el uso de las plantas curativas gracias a que estuvo al servicio de Kawana, el chamán del poblado. Esto último fue lo que más rentable le resultó de todo lo aprendido, sobre todo cuando la fortuna quiso que se muriera Kawana (fortuna para Álvar, no para el chamán) y él ocupó su lugar porque no había otro para sustituirlo.

—¡Que me lleven mil demonios al averno! —exclamó una voz en español—. ¿Eres tú, Álvar? ¿Alvarito?

Álvar abrió los ojos y se incorporó. Enfrente de donde él se hallaba sentado estaban otros tres barbudos como él mirándole con expectación y unas grandes sonrisas en la cara.

—¡Andrés! ¡Alonso! ¡Estebanico! —gritó con lágrimas en los ojos Álvar al reconocer a sus antiguos compañeros de expedición—. Creía que estabais en el fondo del mar, dando de comer a los peces.

—Pues ya ves que no —exclamó el más joven, Estebanico, y el que había descubierto a su perdido compañero.

—Nos dijeron que un hombre con unas trazas parecidas a las nuestras andaba comerciando por este lugar y quisimos averiguar qué había de cierto en ello.

Quien así había hablado era Alonso del Castillo Maldonado, otro integrante de la malhadada expedición de Narváez a La Florida.

—Nosotros también creímos que habías muerto ahogado en aquella maldita desembocadura de ese río del diablo. ¿Qué fue de ti? —preguntó Alonso.

—Acabé de esclavo de un chamán, con él aprendí algunas cosas que luego me sirvieron para recuperar la libertad cuando sané al hijo del cacique de la tribu en la que estuve preso. El padre, agradecido, dejó que me fuera de allí.

—¿Y ahora que eres libre te dedicas a mercadear?

—No tengo recursos ni medios para intentar volver a La Española, así que malvivo como puedo —respondió Álvar encogiéndose de hombros—. ¿Y vosotros?

—Pizca más o menos como tú. Nos apresaron los seminole[5] e igualmente nos esclavizaron —respondió Estebanico—, pero Alonso, que fue monaguillo en su pueblo, consiguió cristianizar a algunos incluido el jefe de la tribu y este nos regaló la libertad también. Como tú, andamos buscando la manera de volver a casa, pero no hay forma.

Los cuatro compañeros se abrazaron y se dispusieron a departir más detalladamente cuanto habían vivido durante esos largos años en que la compañía se había dispersado. Cuando estuvieron al día de sus vicisitudes y ya más serenos por la intensidad del reencuentro, el más cerebral de todos, Andrés Dorantes de Carranza propuso intentar volver a La Española o a Cuba, ahora que ya eran cuatro y podían aunar esfuerzos.

—Buena idea, Andrés —secundó Álvar—. Tan solo una cosita… ¿tú sabes dónde estamos?

—No —contestó el aludido—. Pero sé dónde quiero llegar.

—Ya, pero para llegar a un sitio hay que saber de dónde partes y estos lugares son complejos de explorar. Yo llevo más de cinco años vagando por estos lares y hoy es la primera vez que hablo con otros cristianos. Además, hay que tener mucho cuidado, algunos nativos no reciben muy bien a gente como nosotros, ya lo sabéis, sobre todo los que viven en la costa.

—Pues no vayamos por la costa. Vayamos al interior —añadió Estebanico—. ¿Por qué no construimos una buena barca y navegamos por el río que hay aquí cerca? Lo mismo hasta encontramos oro y todo, no estaría mal porque eso es lo que yo buscaba cuando salí de mi aldea.

Los cuatro amigos decidieron hacer caso al más joven y riéndose a carcajadas, contentos por el reencuentro, se dispusieron a construir una barca.  

—Me place navegar de nuevo con vosotros —dijo un exultante Álvar—. A buen seguro que hemos de tener un trayecto feliz, ya es hora de que se acaben las penalidades.

Así de animados iniciaron la travesía para remontar el río que por allí discurría; un caudal que sería bautizado más adelante con el nombre de Río Bravo por su dificultad para navegarlo ya que está lleno de obstáculos y peligros.

Continuará…





 



[1] Árbol caducifolio nativo de América del Norte (Texas y México) de gran porte.

[2] También karankawa, fueron un grupo de pueblos nativos americanos, ahora extinto, que desempeñó un papel fundamental en la temprana historia de Texas.

[3] Río Misisipi.

[4] Isla de Galveston, en la costa de Texas.

[5]Indios agricultores y cazadores que habitaban parte del golfo de México y Florida. 

Hada verde:Cursores
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