22 de septiembre de 2020

Crónicas hercúleas II


 Al día siguiente de visitar el desfiladero de los Gaitanes, nos fuimos al extranjero para caminar por la Reserva Natural del Peñón de Gibraltar. Tras bajarnos en la Línea de la Concepción donde nos dejó el autocar, fuimos andando hasta Gibraltar, y llegamos a nuestro destino sin demasiados inconvenientes, a pesar de que estuvimos a punto de ser atropellados por un avión de su aeropuerto que le dio por aterrizar cuando nosotros estábamos cruzando la pista ―que nadie me tache de descerebrada por caminar por una pista de aterrizaje, es que para acceder a Gibraltar hay que cruzarla―.

Subimos empinadas cuestas entre lavandas, tomillos y matojos varios, y por tanto sin apenas sombra porque en la zona hay cuatro árboles mal contados. La verdad es que yo de la flora me enteré más bien poco ya que estaba demasiado ocupada atendiendo a la fauna, que consiste principalmente en unos monos con mucha mala leche y con un afán desmedido en atacar al turista español.

Esquivando macacos barriobajeros llegamos al Puente de Windsor, un puente colgante suspendido sobre un barranco de más de cincuenta metros. Al final del mismo, y según nos dijo el guía, se podía observar África y una de las columnas de Hércules. En cuanto oí ese nombre me acordé de mi extraño acompañante en el Caminito del Rey y una sonrisa afloró a mi rostro (Crónicas hercúleas I).

Una vez atravesado el inestable y bamboleante puente me dispuse a fotografiar la columna esa.

―Según la mitología, Hércules, al finalizar su décimo trabajo que consistió en robar el ganado del monstruo Gerión ―explicó nuestro guía―, vino a este lugar y levantó dos columnas, una en el continente africano, en el monte Abyla, y la otra donde ahora nos encontramos, en el Peñón.

―Y ¿dónde están las columnas ahora? ―pregunté al no ver ni siquiera unas ruinas.

―Señora ―me contestó muy serio el guía―, las columnas de Hércules son un mito asociado a un personaje irreal como todos los de la mitología ―añadió mirándome como si fuera idiota―. Las columnas nunca existieron.

Avergonzada por mi metedura de pata, me puse a fotografiar el monte del lado africano utilizando a tope el teleobjetivo de la cámara por si podía verse algún resto, aunque fuera mínimo, de una columna y darle en los morros al sabiondo ese.

―No te esfuerces, no las vas a encontrar ―dijo una voz familiar detrás de mí.

Me giré y allí estaba mi gigantón favorito: Hércules.

―¿Pusiste o no pusiste unas columnas? ―le pregunté como si fuera una madre preguntando a su hijo si es verdad que hizo una trastada en el colegio.

―Pues claro que las puse ―me contestó todo digno―. Pero se las llevaron, como eran de oro y mármol… ―añadió encogiéndose de hombros.

―¡Se las llevaron! ¿Quiénes?

―No lo sé, pero yo creo que fueron los monos, son unos ladrones compulsivos.

―Sí, te creo. Yo he estado a punto de quedarme sin mochila cuando uno de ellos se la quiso llevar, y encima casi me da un zarpazo. Menudos energúmenos.

―Están muy cabreados últimamente ―añadió Hércules dándome la razón―. Imagínate, pasar de tener oro a tener un bocata de chorizo que es lo que soléis llevar los que por aquí paseáis.

―Bueno, el chorizo se puede comer, el oro no. Yo creo que la comida es más útil para un mono.

―Para un mono cualquiera, puede. Para uno inglés, no. A los británicos todo lo que huela a dinero los pone frenéticos, y si el dinero o el oro pertenece a otros, mucho más.

―Para ser griego, estás muy al tanto de los usos de otros pueblos ―le dije mirándole con simpatía.

―Bueno, he viajado mucho y he conocido gente de todo pelaje ―respondió inflando el pecho lo que hizo que sus pectorales casi me aplastaran la nariz.

Aunque me gustaba cada vez más hablar con aquel hombre, no quería perderme el paisaje que se desplegaba ante mí: en un lado, el Mediterráneo, al frente la costa africana, y en el otro lado, el océano. Las imágenes eran preciosas, y la bruma del mar que hacía desvanecerse los límites de la costa, añadía cierto halo mágico que se acrecentaba con la voz cavernosa de mi acompañante.

―Disculpa, pero quiero mirar bien esto, si no te importa ―le dije a Hércules.

―Bonito, ¿eh? ―me dijo él con una sonrisa de suficiencia.

―Pues sí, la verdad.

―Esto también lo hice yo.

―Te refieres a lo de las columnas, ¿no?

―Las columnas las puse después. Me refiero a que todo esto ―hizo un gesto con los brazos abarcando el mar y el estrecho― es obra mía.

―¿Te peleaste con alguien aquí? ―le pregunté al recordar cómo se había formado el desfiladero de los Gaitanes según él.

―No, esto lo hice porque sí.

―¿Y qué hiciste exactamente?

―Pegué una patada entre esos dos montes ―señaló el monte Abyla que estaba en África y el Peñón― y entonces el océano pasó hacia allí ―añadió señalando el mar Mediterráneo.

―¿Separaste África y Europa con una simple patada? ―le pregunté atónita.

―¡Bah! Fue un arrebato de los míos ―me respondió como un niño pequeño pillado en falta.

―¡Venga ya! ¿Me estás tomando el pelo?

Me eché a reír y Hércules no se lo tomó muy bien porque frunció el ceño y cruzó los brazos mosqueado por mi burla.

―A mí me enseñaron en el colegio que los dos continentes se separaron por el movimiento de las placas tectónicas ―dije con el tono más docto posible y recordando las clases de geología.

―Las placas… ¿qué?

―Las placas tectónicas ―continué yo en plan repipi― son porciones de litosfera que se encuentran debajo de la corteza terrestre y que al moverse pueden arrastrar con ellas lo que sea que se encuentre por encima, separando, por ejemplo, continentes.

―Ya. Y ¿qué las hace moverse?

No sabía qué responderle porque yo en geología saqué un cinco pelado y no recordaba muy bien el tema.

―El sustrato de más abajo es como líquido ―improvisé sin estar segura de lo que estaba diciendo―, y eso hace que floten en el… magma… y que se muevan ―rematé esperando que nadie de mis acompañantes me hubiera oído y que no hubiera geólogos entre los presentes.

―O sea, que, según tú, hay unas piedras grandes como continentes que pueden flotar, que se mueven y que al hacerlo rompen las montañas o lo que les pille por encima.

―Esto… sí, más o menos.

Esta vez fue Hércules quien se echó a reír. Sus carcajadas fueron tan potentes que el sonido recordó al de un trueno.

―Parece que va a llover ―dijo uno de los excursionistas más próximo a mí y mirando al cielo―. El caso es que no hay nubes. ¡Qué raro!

Finalmente, Hércules dejó de reírse, se enjugó unas lágrimas gordas como huevos de pato, y recuperando la compostura, me miró con compasión.

―¿En serio? ¿Tú te crees eso? Vamos a ver, ahora eres tú la que me está tomando el pelo.

―No sé, eso es lo que dicen los científicos.

―¿Qué son los científicos?

―Pues unos señores que investigan y que adquieren conocimientos a través de la experimentación.

―Ya. Y para decir esa tontería de las placas tectónicas ¿qué experimentos hicieron?

―Pues no sé, es que ese no es mi campo. Yo…

―Mira, Kirke ―me interrumpió―, dedícate a tus hierbas y tus pócimas, y no te fíes de lo que te cuentan esos científicos, me da que son unos cuentistas.

Quise replicarle, porque Hércules me estaba cayendo muy bien, pero que se metiera con mis colegas, por mucho que fueran geólogos, no me pareció de recibo. Sin embargo, un macaco enorme se interpuso en la senda por la que íbamos caminando y enseñó los colmillos mientras gruñía a la vez. Pegué un grito, entonces el británico mono saltó en mi dirección, pero, cuando iba a aterrizar sobre mi cabeza, desapareció de repente. Creí que había sido abducido o algo así, pero no. Lo que ocurrió es que mi amigo Hércules le dio una toba con el dedo corazón y lo mandó al otro lado del estrecho.

Aplaudí entusiasmada y con el alivio de saberme a salvo se me olvidó su invectiva hacia los científicos.

Aún hablamos un poco más hasta que descendimos del todo el Peñón, y el paseo fue muy agradable, no por el paisaje que estábamos recorriendo pues ya en las zonas menos elevadas las vistas desaparecieron y la flora no era nada espectacular, sino porque desde el lanzamiento del mono agresor, sus otros colegas se cuidaron muy mucho de acercarse a nosotros y yo no tuve que temer más ataques simiescos.

Cuando llegamos a la ciudad de Gibraltar, Hércules se despidió de mí.

―Voy a darme un paseíto al otro lado ―dijo mirando a la costa africana.

―Sí, aprovecha, que ahora está la marea baja.

―Es verdad, no me apetece mojarme la tripa que la tengo algo suelta ―añadió con un gesto muy poco glamuroso para venir de un ser mitológico―. Si hay bajamar solo me mojaré los pies.

―Ten cuidado de no pisar ninguna embarcación.

―¿Por qué? ¿Qué problema hay? Los que por aquí pasan son todos contrabandistas. Estamos en Gibraltar, Kirke, ¿lo habías olvidado?

―Pues tienes toda la razón. Entonces cruza chapoteando ―le pedí con una sonrisa pícara.

―Vale ―me respondió sonriendo también con picardía.

Hércules se giró y se dirigió hacia la costa dando brincos como si fuera un niño pequeño a la salida de clase. Yo le dije adiós con la mano, aunque él ya no me vio, al mismo tiempo que me dije «Hoy, la guardia costera va a tener menos trabajo con el narcotráfico marítimo».


15 de septiembre de 2020

Comportamientos extraños



Hago un paréntesis en mis crónicas hercúleas para participar en el reto propuesto por David Rubio de El Tintero de Oro: SUEÑOS DE ROBOT.

Argumento propuesto por Storynator (subrayados los elementos empleados en el micro): Una turista francesa que sigue los preceptos de una religión inventada por ella y un diseñador de interiores con tendencias depresivas, serán elegidos para un experimento sobre el comportamiento humano que ellos desconocen, cuando aparece en escena un técnico de electrodomésticos, en una historia de confusiones que habla sobre la identidad sexual y la separación de los seres queridos.

 COMPORTAMIENTOS EXTRAÑOS

―Buenos días, ¿ustedes están para el experimento? ―preguntó un hombre con una bata blanca a las dos personas de la sala de espera.
―Oui ―contestó una mujer vestida con una túnica estampada y un turbante morado.
―¿Qué?
―Oui.
―Dice que sí ―contestó el otro individuo―. Yo también.
―También, ¿qué?
―También estoy para el experimento ―dijo echándose a llorar.
―Hombre, no se ponga así.
―Mon ami ―intervino la del turbante―, miga en tu integuiog y vegás cómo el seg de luz mogada te invade y te llena de amog.
―Gracias. Muy amable ―dijo el llorón dejando de llorar―. Creo que ya veo la luz.
―¿De qué colog es?
―Azul.
―¡Pas du tout! ¡Esa no es! Debe seg mogada o estagás pegdido.
―¿Entonces no me ha invadido Dios? ―preguntó haciendo pucheros.
―Hala, otra vez a llorar ―intervino el de la bata.
―Doctor, ¿el expeguimento es dologoso?
―No soy médico.
―¿Y pog qué lleva una bata blanca?
―Vengo de trabajar, no pude cambiarme, soy técnico de lavadoras. Yo también participo en el experimento, aunque no sé por qué. No tengo ningún problema como usted, que ni sabe vestirse ni hablar, o como el llorica este, que ya se ve que no es normal. Pero ¿yo? Ojalá esto acabe pronto, he quedado con mi amorcito ―miró su reloj―, la he dejado con un programa intensivo para que no termine antes de mi llegada; ahora estará con el suavizante, espero pillarla en pleno centrifugado. ¡Cómo nos lo vamos a pasar! ―añadió lascivamente.
NOTA: He intentado seguir las pautas del reto pero el Storynator es muy puñetero y con los elementos que me ha dado me he liado de mala manera y al final no sé muy bien si he cumplido con las reglas o me he ido por los cerros de Úbeda. Lo mismo yo también debería participar en el experimento ese.

9 de septiembre de 2020

Crónicas hercúleas I


 Para estar en diciembre la mañana se presentó espléndida. Un cálido sol nos acompañó desde el inicio del día y sus diáfanos rayos avisaron que el paseo que nos disponíamos a realizar se haría con una buena temperatura. Mejor. Caminar con mucha ropa contra el frío es molesto y tener que llevar guantes imposibilita hacer las fotos con el móvil para luego fardar en Instagram, y la caminata de ese día era digna de mostrar en las redes sociales.

El autocar nos dejó a los pies del embalse del río Guadalhorce, desde allí anduvimos hasta el centro de visitantes donde se nos dieron unos cascos para protegernos la cabeza y unos auriculares para escuchar al guía que nos llevaría por El Caminito del Rey.

El Caminito del Rey es una senda construida por una sociedad hidroeléctrica que tenía dos saltos de agua en sendos lados del desfiladero de los Gaitanes y necesitaba un acceso entre ambos para facilitar el paso de los operarios, así como del transporte de material para el mantenimiento de las infraestructuras. Del nombre, lo ‘del rey’ se debe a que Alfonso XIII asistió a la inauguración, y lo de ‘caminito’ es porque se dio un garbeo de no más de cincuenta pasos y se largó enseguida tras recibir las reverencias acostumbradas en estos casos.

Con mi casco, mi móvil en ristre y los auriculares prestos para escuchar las explicaciones, me dispuse a disfrutar de unas vistas espectaculares.

― El desfiladero de los Gaitanes está situado en la parte occidental de la Cordillera Bética ―dijo el guía mientras nos señalaba con el dedo las llamativas formaciones rocosas―. El cañón cuenta con paredes de más de 300 metros de altura y con anchuras de menos de 10 metros. Está excavado básicamente en calizas y dolomías del Jurásico, existen también afloramientos rocosos del Mioceno. Poco a poco, con el transcurrir de los milenios el río Guadalhorce ha ido profundizando en la roca, taladrando los diferentes estratos para, finalmente, crear el desfiladero.

―¡Qué tontería! ―dijo alguien detrás de mí.

Dado que el paisaje era extraordinario y las explicaciones del guía muy interesantes, no me giré para ver quién opinaba así. Supuse que sería el listillo escéptico que siempre hay en todo grupo de turistas: ese que todo lo sabe y que siempre quiere corregir a los demás.

―De entre las diversas unidades presentes ―continuó nuestro cicerone― se encuentran formaciones de conglomerados y calcarenitas, sedimentos miocenos con bellas estructuras sedimentarias, algunos restos fósiles de ballenas y también unos promontorios redondeados de arenisca en los que la erosión ha excavado una cueva o abrigo. Esto que van a contemplar a lo largo del camino es, señoras y señores, el resultado de la erosión del agua.

―¡Ya! ¡El agua! ¡Ja! Menuzo zoquete, el tío este ―volví a oír detrás.

Parecía que el “listillo” quería guerra y que me iba a dar el viaje, porque, aunque yo lo oí con bastante claridad, no lo decía suficientemente alto como para que lo oyeran los demás ya que nadie hizo amago de haberlo escuchado. Decidí pasar de él: si lo ignoraba era posible que se diera por vencido y se callara, aún quedaban cuatro kilómetros por delante y quería tener la fiesta en paz.

―¿Desde cuándo el agua tiene tanta fuerza y poder? ¡Anda ya! ¡Cómo se puede mentir de manera tan descarada! ―volvió a insistir la voz.

Esta vez lo dijo más alto, pero nadie de mi alrededor dio muestras de oírle.

Intrigada, y siendo consciente de que me podría arrepentir, decidí girarme y averiguar quién era el que refunfuñaba.

Me topé con un hombre muy alto, me sacaba casi dos cabezas ―yo no soy muy espigada, pero tampoco soy bajita, así que el tío era un grandullón―. Su estatura, con ser mucha, no fue lo que más me sorprendió. Lo más llamativo fue que iba muy ligero de ropa. La mañana era soleada y cálida, pero estábamos en pleno mes de diciembre y la temperatura no debía de superar los diecisiete grados. Aun así, el tipo iba con una especie de camiseta de redecilla, sin mangas y unos pantalones ceñidos que dejaban muy poco trabajo a la imaginación porque los relieves eran más que sugerentes sobre lo que había debajo; además, calzaba unas sandalias muy poco apropiadas para andar por la zona. Para rematar, era moreno de piel y lucía una larga melena castaña que le llegaba hasta los hombros.

«¡Qué tío más raro!» me dije, «¡Y qué bueno está!». Sonreí. Quizás no era mala idea ir acompañada todo el caminito con semejante pibón, aunque fuera un tiquismiquis con las explicaciones del guía.

―Estoooo… ¿tú no deberías llevar también casco? ―le dije por entablar conversación e iniciar el acercamiento.

―¿Quién? ¿Yo? ―me contestó enarcando una ceja― ¿Para qué?

―Dicen que pueden desprenderse piedras de las paredes.

―¿Y?

―Pues que, si te dan en la cabeza, puedes tener un problema.

―Unas vulgares rocas no suponen ningún peligro para mí ―me dijo con aire displicente―. ¡Soy un héroe!

El tío además de guapo estaba muy pagado de sí mismo. En fin, nadie es perfecto.

―Antes me ha parecido oír que no estabas de acuerdo con las explicaciones. ¿A qué te referías?

―El individuo ese ―señaló con el mentón al guía que en esos momentos estaba hablando sobre algo de unas vías de tren― no tiene ni idea de cómo se formó todo esto. Dice que fue el agua. Hay que ser estúpido ―añadió riéndose.

―¡Ah! ¿No? Pues el chaval parece que está enterado. ¿Cuál es tu explicación? ―pregunté por seguir dándole palique.

Estaba dispuesta a escuchar teorías sobre extraterrestres, civilizaciones procedentes de otros planetas que construían y diseñaban nuestra orografía. Me imaginé que me contaría algún cuento típico de paranoicos sin otra cosa que hacer que buscar explicaciones raras en donde no las hay, pero lo que me contestó me dejó patidifusa.

―El desfiladero lo hice yo.

Enarqué las cejas y no supe qué contestar. El hombretón era guapo, algo engreído y… estaba como una cabra. Empecé a preocuparme porque los locos tienen cierto riesgo cuando se ponen violentos y les da por agredir. En este caso, dada la envergadura del que yo creía loco, con darme una colleja me ponía en la estratosfera, por no decir que con un simple empujoncito por su parte yo me iba desfiladero abajo sin posibilidad alguna de contarlo ya que la caída era de unos doscientos metros en esos momentos.

Como me quedé callada, él prosiguió.

―Se me fue la mano. Reconozco que no tuve buena puntería y fallé el golpe, le di un puñetazo a la montaña y se abrió de parte a parte ―dijo bajando la voz y con mirada traviesa―, pero la condenada hidra[1] se movía mucho ―añadió a modo de disculpa.

―Se te fue la mano con el golpe por culpa de la hidra. Ya, ahora lo entiendo ―dije yo con los ojos entornados―. Oye, chaval, ¿tú, de dónde vienes? ―añadí pensando que se había escapado de algún psiquiátrico o de algún centro de desintoxicación.

―De Tebas.

―¿Tebas? ¿La localidad griega?

―Esa misma. La ciudad más grande del orbe.

Estuve en Tebas muchos años atrás cuando visité Grecia y, la verdad, no me pareció gran cosa, pero no le quise quitar la ilusión a mi interlocutor porque a cada uno nuestro pueblo nos parece lo mejor del mundo. El tipo, de todas maneras, debió de ver el escepticismo en mi rostro porque añadió:

―En parte fui yo quien le dio esplendor a la ciudad con mi nacimiento. Hay otros que se quieren atribuir el mérito, como el esperpento ese de la esfinge[2] o el psicópata de Edipo[3].

Como yo seguía sin reaccionar ante tanta vanidad (siempre me cayeron mal los engreídos, por muy guapos que sean), él empezó a impacientarse.

―¡Mi nombre es Heracles! ―dijo en tono solemne e inflando el pecho.

Seguí callada pensando que, a algunos padres, cuando elegían el nombre de sus retoños, se les iba la olla y luego dejaba secuelas en los niños para toda la vida.

―Holaaaa ―dijo acercándose a mí y moviendo su enorme manaza delante de mis narices al ver que yo no respondía―. ¿No sabes quién soy? ¿De verdad? Eres más tonta que el tipo ese del micrófono.

―Oye, sin insultar, ¿vale?

―¡Ah! ¡Ya sé lo que te pasa! Seguro que me conoces por mi otro nombre, Hércules. Ahora sí, ¿verdad?

―¿Y qué… Hércules? ¿Estás haciendo turismo? ―dije cambiando de tema y para evitar la discusión sobre si le conocía o no, que era que no porque a ese tío no le había visto yo en mi vida.

―No ―respondió más calmado―. Es que, de vez en cuando, me gusta regresar a los sitios donde trabajé. De los doce curros[4] que he tenido, el que hice por aquí fue uno de los mejores, por el clima, más que nada. Aquí se está mucho mejor que en el inframundo cuando fui allí para llevarme un chucho[5]. Prefiero esto, incluso a Creta, demasiado árida la isla para mi gusto cuando acudía a domar un toro[6].

―Ya, ya… ―añadí yo separándome un poco del gachó que daba muestras de estar en todo lo alto con lo que fuera que se había fumado.

―Aquí solo tuve que robar unas vacas a un monstruo[7] con malas pulgas, pero un poco tonto. No me costó demasiado ―dijo envarado y con una sonrisa de suficiencia.

―¿Y lo de la hidra? ―pregunté por seguirle la corriente y también por curiosidad.

―Eso fue un problemilla que me surgió cuando iba de camino. Esas bichas me tienen mucha manía desde que me cargué a una de ellas en un lago[8], pero yo solo cumplía órdenes ―añadió encogiéndose de hombros―. La que me encontré aquí no quería dejarme pasar, así que tuve que pelearme con ella.

Aunque intenté aparentar normalidad, por eso de que a los locos es mejor no contradecirles, estaba muy nerviosa porque con tanta cháchara los dos nos habíamos quedado rezagados del grupo. Me encontraba en una pasarela suspendida a cientos de metros en medio de una pared rocosa con un tarado que se creía un héroe mitológico. La cosa no pintaba bien y mi nerviosismo lo notó mi acompañante lo que hizo que él también se pusiera nervioso.

―Por cierto, aún no me has dicho tu nombre. Me gusta saber con quien hablo porque a veces intentan engañarme ―me dijo suspicaz―. Algunos tienen la costumbre de adoptar otras formas para hacerse pasar por quienes no son. Mi padre[9] dejó preñada a mi madre así ―añadió frunciendo el ceño―. ¿Cómo te llamas?

―Kirke ―contesté utilizando mi alias bloguero por no darle demasiadas pistas a quien bien pudiera ser un desequilibrado mental.

―¿En serio eres tú, Kirke? No te había reconocido, debe de ser por ese casco que llevas. ¡Qué alegría volver a verte! ―exclamó el tío abriendo los brazos y rodeándome con ellos donde literalmente desaparecí.

Tuve miedo de que me asfixiara, pero el caso es que no se estaba nada mal. El pecho del fanfarrón era acogedor.

―Perdona, ¿nos conocemos? ―le dije una vez deshecho el abrazo.

―Tú, como siempre, tan bromista. Que sepas que me pareció fatal lo que te hizo tu padre[10], eso de mandarte a una isla a tomar por saco solo por desobedecer... ¡Qué cabrones son los dioses! ¿Verdad?

¡Madre mía! Por no dar mi nombre real la había terminado de liar, ahora el tipo creía que yo era Circe de verdad, la hija de Helios. Ese tío estaba flipando. Y yo más.

―Oye, y ¿tú qué haces por aquí? ―me dijo con el semblante más relajado―. ¿Andas buscando algún pardillo para convertirlo en cerdo[11]? ―rio su propia gracia.

―Estooo… Bueno… Yo…

No sabía qué contestar. Tanto tiempo utilizando el nombre de una medio diosa hechicera en el blog no me había dado la capacidad de ponerme en su piel para seguirle la corriente a aquel chiflado. Una cosa es utilizar un alias y otra es creérselo, además, a mí se me da fatal actuar, siempre hacía el ridículo en las obras de teatro del colegio.

―Venga, confiesa. ¿Le has echado el ojo a alguno de los que están por aquí para llevártelo a tu isla? ―me dijo guiñándome un ojo a la vez que me daba un codazo cómplice que a punto estuvo de echarme de la pasarela.

―Bueno, no exactamente ―dije con una risa nerviosa y agarrándome a la barandilla con las dos manos.

―¿O sigues pensando en tu Ulises[12]?

La verdad es que sí estaba pensando en “mi” Ulises, o sea mi marido: a lo mejor se había dado cuenta de que faltaba y volvía a buscarme. Pero por la senda no apareció nadie. Los héroes nunca están cuando se les necesita (y los maridos, menos).

―De todas maneras, si buscas otro héroe, aquí estoy yo ―me dijo como si me hubiera leído el pensamiento y señalándose ufano. El tal Hércules estaba encantado de conocerse.

En otras condiciones aquel ofrecimiento me hubiera halagado, pero a tantos metros alejada de tierra firme y con un precipicio a mis pies, el vértigo me impedía valorar lo que aquello implicaba. Yo solo quería salir de allí.

―Oye, ¿te puedo pedir un favor?

―Claro que sí, Kirke. Estoy a tu disposición.

―¿Podemos ir un poco más rápido para alcanzar al grupo que ya va muy por delante?

―Vale. ¿Por dónde quieres llegar?

―¿Por dónde? Por aquí, por la pasarela ―señalé el inestable entarimado en el que estábamos.

―Lo digo porque, si quieres, puedo pegarle un puñetazo a esta pared, tiro las rocas de aquella curva, le doy un sopapo a la cresta de allí y vamos más rectos.

―No, gracias por el interés, pero con andar más rápido es suficiente ―le contesté con los ojos desorbitados e intentando mostrarme serena.

Afortunadamente, Hércules me hizo caso y realizamos el camino a paso más ligero sin ocasionar ningún derrumbe. Me estuvo contando cosas de su infancia, como que mató un león cuando era un niño y que anduvo con la cabeza del bicho puesta a modo de sombrero durante muchos años.

―Al final me la tuve que quitar porque daba bastante calor y olía muy mal. Además, se acercaban muchas moscas.

Me enteré de más cosas sobre su vida que era bastante agitada. Me aturdí mucho cuando me habló de su familia porque era muy promiscua y algunos eran hijos y nietos entre sí y a la vez. Un lío.

A pesar de la charla, no me olvidé de las fotos, de hecho, nos hicimos un selfie, pero no sé qué paso con esa instantánea porque solo salí yo. Caminando y charlando llegamos al puente que cruzaba el desfiladero y al final del mismo divisamos al grupo.


Selfie en el que Hércules no sale (no sé por qué)


―Bueno, ya hemos alcanzado a tus compañeros. Ha sido un placer charlar contigo, Kirke. Yo voy a dar la vuelta, me ha parecido ver una culebra en el fondo del río ―me guiñó un ojo―. Ya nos veremos en otra ocasión.

―¿Es una promesa o una amenaza? ―me eché a reír y le di un abrazo, o lo intenté, porque mis brazos no consiguieron abarcarlo por completo de tan corpulento como era.

Antes de que mis acompañantes se percataran de mi llegada, Hércules se dio la vuelta y desapareció tras un recodo del camino. Aunque ya no le podía ver le grité:

―¡Ten cuidado con lo que haces! ¡No rompas nada!



 



[1] Según la mitología griega, la hidra es una serpiente gigantesca con tres cabezas.

[2] Ser mitológico con cabeza y medio cuerpo de mujer, alas y medio cuerpo de león.

[3] Rey mítico de Tebas que, sin saberlo, mató a su padre y se casó con su madre.

[4] Hércules mató a parte de su familia y fue condenado a realizar doce trabajos.

[5] El trabajo número doce consistió en raptar al perro Cancerbero del inframundo.

[6] El séptimo trabajo de Hércules consistió en capturar un toro que causaba estragos en Creta.

[7] El décimo trabajo de Hércules consistió en robar el ganado de Gerión, un monstruo que habitaba en lo que hoy es Cádiz.

[8] El segundo trabajo de Hércules consistió en matar la hidra del lago de Lerna.

[9] Zeus yació con la madre de Hércules adoptando la forma de su esposo.

[10] El padre de la hechicera Circe (Kirke), Helios, la desterró a vivir en la isla Eea.

[11] En la Odisea, Circe convierte en cerdos a los tripulantes que iban con Ulises.

[12] Ulises y Circe fueron amantes cuando el griego estuvo en la isla Eea.

NOTA PARA LOS PURISTAS: Según la mitología griega hubo solo una hidra y estaba en Lerna. A esta hidra se la cargó Hércules en su segundo trabajito ordenado por el Olimpo. Cuando el héroe recaló por Andalucía para hacer el décimo encargo, la hidra ya no existía, pero según el guía que nos explicó el origen mitológico del desfiladero de los Gaitanes, una se peleó con Hércules y este, al dar un mamporro, originó una brecha en la montaña. No sé si era una hermana de la de Lerna, o qué, pero eso es lo que me contaron. Las reclamaciones al encargado de documentación mitológica del Caminito del Rey.

 

12 de julio de 2020

Secuelas del confinamiento


Dicen los psicólogos que los meses de confinamiento nos pasarán, o nos están pasando, factura. Los duros momentos vividos a costa del puñetero coronavirus han dejado huella en nuestra psique y las consecuencias se manifiestan de maneras diversas según la idiosincrasia de cada uno y la particular manera de reaccionar de cada cual.
Entre las múltiples manifestaciones de ese confinamiento, se encuentra el llamado “insomnio post cuarentena”. Parece ser que algunos no pueden dormir bien y dicen que es por una especie de estrés post traumático. Yo, la verdad, sigo durmiendo a pierna suelta, o lo intento, pero no me dejan los que parece sí padecen de ese tipo de insomnio. Me explicaré.
El martes pasado, una vecina del bloque de al lado no podía dormir por culpa del maldito insomnio ese y decidió a las tres y media de la madrugada hablar a voces con su novio, aunque, más que hablar lo que hizo, a tenor de los decibelios de la conversación, fue discutir con él. Algunos días del mes de julio en Madrid la temperatura no baja de los treinta grados en ningún momento por lo que casi todos los vecinos solemos dormir con las ventanas abiertas y eso me permitió escuchar con total nitidez la bronca telefónica.
―¡Tío, eres un cabrón! ¡Siempre pones por delante a tu amigo y a mí no me haces ni caso! ¡Tío, eso no se hace!
Tras unos segundos en que, supongo, contestó el aludido tío cabrón, la tipa continuó:
―¡Que no, tío! ¡Que no! ¡Mañana, no, ahora! ¡Siempre me haces lo mismo, tío!
Después de un rato de (bendito) silencio que debería corresponder a lo que fuera que dijera el tío al otro lado de la línea telefónica, ella volvió a gritar. Completamente desvelada, me asomé a la ventana para escuchar mejor, y a punto estuve de pedirle a la tiparraca que pusiera el manos libres y así tener una información más completa del desarrollo de la riña.
A pesar de no escuchar al otro interlocutor, me hice una composición de lugar: parece ser que el novio de la chica prefería darle la razón a un amigo suyo antes que a ella, y la gritona le pedía que eligiera: su amigo o su novia. Cuando estaba a punto de enterarme qué elegía el interfecto, el vecino que vive en el piso de debajo de mí, me chafó la escucha:
―¡¿Te quieres callar?! ¡Que aquí hay gente que queremos dormir!
Tras esto, la chica se metió adentro de su casa con lo que la discusión ya no se podía entender, se oían voces pero eran ininteligibles. Estuve en un tris de reconvenir a mi vecino porque me había dejado con la intriga de saber por quién se decantaría el abroncado, si por el amigo o por su novia.
Me volví a la cama a intentar pillar el sueño. Cuando estaba a punto de volverme a dormir, la chica salió otra vez al balcón dando las mismas voces y esta vez con un tono histérico que a mí ya me empezó a preocupar.
―¡No, por favor! ¡No me digas eso, por favor! ¡No, tío! ¡No! ¡No! ¡Por favor, te lo pido!
Segura de que el vecino de abajo iba a saltar por la ventana en plan Spiderman para llegar hasta la terraza de la gritona y estrangularla con sus propias manos, resulta que se asoma el vecino de mi piso de arriba para decir:
―¡Un poquito de dignidad, por favor! Si no te quiere, pues no te quiere. Déjalo ya, hija mía.
Tras esto, no sé si la chica cerró la ventana, cortó la comunicación o se dedicó a seguir la conversación por wasap, pero el caso es que ya no se la volvió a escuchar. Decepcionada por no saber el desenlace, pero aliviada de poder estar otra vez en silencio, me volví a la cama, pero antes una carcajada se hizo oír en todo el bloque: fui yo. No pude evitarlo, y pido perdón porque sé que algún que otro vecino se despertó por culpa de mi risa. O puede que se despertara por culpa del insomnio post cuarentena.

NOTA: Juro por lo más sagrado que lo que he contado es real como la vida misma. No he inventado absolutamente nada, palabrita del Niño Jesús.





4 de julio de 2020

¿Gibraltar español? No, gracias (y II)


Tras atravesar la pista de aterrizaje nos internamos en territorio inglés a través de callejuelas jalonadas de supermercados de cadenas españolas y gasolineras de proveedores británicos.
Durante el ascenso hacia la reserva natural los guías nos fueron informando sobre la flora y fauna del peñón. Sobre la flora había poco que contar pues la zona no es precisamente un vergel y sobre la fauna tampoco porque básicamente allí solo hay lagartijas y otra especie que da mucho qué hablar: los monos de Gibraltar.
Estos bichos son lo más destacable del lugar, yo diría que lo único (ex militares británicos con acento andaluz aparte). Se trata de macacos de Berbería, y su particularidad reside en que son los únicos monos “autóctonos” de Europa, en ningún otro lugar del continente europeo hay monos en libertad. Esa es la principal característica desde un punto de vista biológico, pero en realidad su principal peculiaridad es que tienen una mala leche impresionante.
Nos dijeron que estos monos son una especie protegida por dos motivos. Una, porque son raros (por lo de que son los únicos de Europa) y otra, porque el gobierno de su graciosa majestad (la majestad británica) los preserva basándose en una leyenda que dice que cuando no haya monos en Gibraltar, este dejará de ser inglés, y como los ingleses cuando trincan algo no lo sueltan ni a tiros pues quieren asegurarse de no perder el territorio. Todo esto se traduce en que si le haces algo a un mono te buscas un lío, y la premisa cuando visitas la reserva es no meterte con ellos.
Y yo me dispuse a no meterme con ellos, a no acercarme, a no darles comida (está prohibidísimo); a intentar ignorarlos, en suma. Pero ¿qué haces si son ellos los que no pasan de ti? ¿qué se hace cuando te agreden? me tendré que defender ¿no? Vamos, digo yo.

Los monos (de Gibraltar) además son muy traicioneros, desde el primer momento fueron a engañar. Los primeros que se dejaron ver eran más o menos pequeños (sentados medirían medio metro), parece ser que esas son las hembras, y fueron las que nos “recibieron”, estaban quietas a los lados del camino e iban a lo suyo. Eso nos inspiró confianza, hasta nos decidimos a hacer fotos y ellas, complacientes, se dejaban fotografiar.
A medida que ascendíamos ya se empezaron a ver otros ejemplares más grandes, pero como estaban alejados de la senda ni parecían tan grandes ni amenazadores, aunque a mí no me gustaba nada su forma de mirarnos, es como cuando un atracador se fija en su próxima víctima centrándose en sus puntos débiles para atacar. Desde que se empezaron a ver en la lejanía esos monos más grandes, una servidora se puso en estado de alarma y muy tensa.
Mi intuición no me falló, porque cuando estábamos ya casi arriba del peñón, los monos grandes (sentados medían más de un metro y tenían la cabeza más grande que la mía) se situaban en el borde del camino. Si en la lejanía sus miradas eran amenazantes, ahora que los podía ver a menos de medio metro, sus miradas eran para acojonar al más pintado.
La fiesta comenzó cuando faltaban unos doscientos metros para llegar al centro de visitantes que se halla en el lugar más alto al que se puede acceder si no eres militar.
El primer ataque lo recibió un compañero que iba delante de mí. Sin previo aviso y con total alevosía, un pedazo de mono que era más alto que yo, se encaramó a la mochila de mi colega, este intentó zafarse sacudiéndose la espalda y zarandeando la mochila. En el vaivén y dado que yo iba justo detrás, el mono se acercó a mi cara, y por la parte menos agradable de su anatomía, es decir, el culo. Entre la visión culera, los alaridos del atacado y la cobardía que me caracteriza, salí corriendo en dirección contraria mientras otro compañero que iba atrás, más valiente que yo, cogió un palo y se dedicó a arrearle al mono agresor. En mi huida me crucé con otro mono que acudía al lío, yo pensé que para ayudar a su compañero, pero no, iba a llevarse la mochila del tío del palo que la había dejado en el suelo cuando acudió al rescate del primer agredido. Los monos estos, tienen mala leche, son traicioneros y unos ladrones; se ve que tanto tiempo viviendo en un nido de piratas les ha afectado el genoma.
Cuando conseguimos llegar al centro de visitantes pensamos que ya estábamos a salvo, pero tampoco. Allí dentro los monos se paseaban como Pedro por su casa. Como están protegidos pueden hacer lo que les dé la gana, incluso estar entre las mesas del bar. Los que no pudimos hacer algunas cosas fuimos nosotros porque nos prohibieron sacar los bocatas y nos tuvimos que salir a comer sentados en unas rocas. Mientras los monos estaban dentro de la cafetería, los humanos estábamos fuera, en el monte. Esto es lo que pasa cuando te encuentras en un país donde conducen al revés que los demás.
La ingestión del bocata fue bastante accidentada porque acudieron algunos ejemplares a quitarnos la comida y también la cartera (uno de ellos abrió la cremallera de una mochila con una facilidad pasmosa). Después de comer fuimos a visitar O’Hara’s Battery, un cañón que se encuentra en la punta más alta de la roca y que apunta a tierras africanas. Allí el guía nos explicó la importancia estratégica militar del enclave porque un disparo de ese cañón podía llegar sin problemas al otro continente (y también a España) y porque se vigilaba todo el paso marítimo del estrecho. Las vistas eran espectaculares, se podía ver la bahía de Algeciras, media costa de Cádiz y parte de la de Málaga; o eso creí entender porque yo, más que el paisaje, estuve mirando los veinte o treinta monos que se acercaron a nuestro grupo y que parecía estaban atendiendo a las explicaciones del guía, pero lo que realmente esperaban eran un descuido de alguno de nosotros para llevarse la mochila o lo que pudieran trincar. Tanto interés por llevarse lo de los demás fue, para mí, la muestra más palpable de que aquellos monos eran británicos hasta el último pelo.
Cuando ya regresamos a la ciudad de Gibraltar pude constatar que la ciudad es fea como un demonio. No tiene nada destacable, solo las tiendas de perfumes, alcohol y joyas que, se supone, son más baratas, y digo se supone porque como fuimos un domingo resulta que estaban cerradas, así que no pude comprobar esos precios tan sugerentes.
Para reponernos de tanto susto simiesco y de la fealdad del lugar nos quisimos despedir de Gibraltar tomándonos una pinta de cerveza en una terracita. Vimos un pub (inglés, claro) que tenía un nombre muy british, “Lord Nelson” y allí fuimos a saciar nuestra sed. Para empezar a mí no me gustó la idea porque ver tanta bandera británica por todas partes había sacado la patriota que tengo muy, pero que muy, escondida en mi interior, y eso de ir a un sitio con el nombre del almirante que nos dio estopa en Trafalgar, pues me escocía un poco. Pero la sed era grande y mi patriotismo de escasa duración, así que nos sentamos allí.
A la izquierda de la imagen, dos productos típicos de Gibraltar: la cerveza (al fondo) y los monos (en primer plano). En la derecha de la imagen un ejemplar típico hispano (mi churri), tomándose una pinta de cerveza.

En Gibraltar casi todo el mundo habla español, sobre todo porque la mayoría de los trabajadores son de Cádiz y porque los llanitos (los nacidos en Gibraltar) aunque su pasaporte ponga Gran Bretaña, son más andaluces que la Torre del Oro. No obstante, hay mucho militar desplazado allí eventualmente, pero incluso esos algo de español saben pues su ocio lo tienen en Algeciras y alrededores. Bueno, pues nosotros dimos con el único habitante de Gibraltar que no tenía ni pajolera idea de hablar español: el camarero y dueño del pub. Debía de ser primo hermano de Gareth Bale, porque hay que ser obtuso para vivir rodeado de gente que habla español y no aprender nada.
Inesperadamente tuve que acudir a mi rudimentario inglés y la cosa acabó más o menos bien, aunque yo me bebí una jarra de cerveza en lugar de una caña porque confundí los términos “small” y “big”. Tampoco me importó mucho porque con el calor y la caminata, necesitaba reponer líquidos.
Con el sol acostándose en el horizonte abandonamos Gibraltar. Ya en tierras españolas recapacité sobre el lugar: es una zona abrupta, con una ciudad bastante fea y unos habitantes violentos y groseros (me refiero a los monos). La verdad, por un lugar así yo no me molestaría en luchar. Por mí los monos pueden quedarse en ese lugar todo el tiempo que quieran, a ver si, con un poco de suerte, se encargan ellos solitos de dejar la roca libre de británicos a base de incordiar.
¿Gibraltar español? No, gracias.




Hada verde:Cursores
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