Nueva entrega de Alalimón.
"El bosque animado", novela escrita por Wenceslao Fernández Flórez.
"El bosque animado", película dirigida por José Luis Cuerda (Reseña de Chelo, aquí)
San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia “rugosa,
frondosa y amena. Para representar gráficamente su suelo bastaría entrecruzar
los dedos de ambas manos, que así se entrecruzan sus montes, todos verdes y de
pendientes suaves”.
En San Salvador de Cecebre hay un bosque, o mejor dicho, una
fraga. Y este libro es la historia de la fraga de Cecebre. La fraga en lengua
gallega es un bosque inculto, entregado a sí mismo, con varias especies de
árboles mezclados. Pero para no confundir demasiado al lector poco habituado al
idioma gallego hablaré aquí de bosque aunque en realidad, y que quede bien
claro, es una fraga.
El bosque suena, se comunica y los árboles se hablan entre
sí. Está vivo. Además, sus sonidos son distintos según el estado de ánimo. El bosque
no dice las mismas cosas de día, cuando lo transitan los humanos o de noche,
cuando la luna le da un halo plateado y embellece todo. El bosque no suena
igual si hace sol o si está lloviendo; cuando llueve los goterones hacen ruido
de pisadas y parece que el bosque camina lleno de gente en marcha.
Cuando la lluvia visita el bosque se esconde en
los sembrados esponjosos y bajo la hierba de los prados, engorda a las plantas,
ensancha los musgos, convierte el polvo de los caminos en barro y las
corredoiras en cauces.
El bosque cambia como cambian las estaciones. Se engalana cuando
el invierno llega y a través del suave terciopelo del musgo, entre el crujir de
los líquenes, aparecen por el suelo setas multicolores: “Esos enanitos de
gorros de colores que son los hongos y que tienen sangre de agua, porque son
hijos de la lluvia”.
En el bosque no solo están los árboles, también lo habitan otros
seres que le dan vida. El topo Furacroyos, de color gris invierno busca a su esposa perdida y vive en su retiro subterráneo donde también habitan los seres mágicos que
fueron desplazados por la incredulidad de los hombres; la mosca Hu-hu, al
frente del pueblo pardo ha encontrado la igualdad social y junto a sus congéneres es feliz aunque, en su uniformidad, las moscas no se escuchan unas a otras porque todas piensan lo mismo; el murciélago
Abrenoite se reparte los crepúsculos con el gallo.
Entre los animales del
bosque hay solidaridad, el pueblo pardo incluso realiza actos terroristas como
desagravio a los ataques que sufren (se introducen en los oídos de los hombres,
en su comida, en su bebida, y molestan hasta volverlos locos). Los habitantes del bosque cuando se
saludan no se desean un buen día o una buena noche, se dicen: “¡Que el hombre
te ignore!”
Y también están los hombres.
Marica de Fame vive míseramente con sus hijos Fuco y Pilara,
es tan pobre que no tiene más tierra que la que le hayan de dar al morir en el
cementerio. Geraldo habita en lo alto de un castro, trabajó como ballenero pero
volvió a Cecebre porque era un hombre de tierra, tenía alma de labrador y en el
mar no era feliz. Las hermanas Roade llegaron de la ciudad porque la humedad de
la costa las enfermaba y aunque la noche del bosque es más oscura que en
la capital, su salud ha mejorado sensiblemente. La familia D’Abondo, propietaria de las
tierras de la comarca, vive rodeada de comodidad y calor en el pazo. Moucha, la bruja, tiene el libro de San Ciprián con todos los conjuros necesarios para curar a los ameigados. El señor de la tesis, un hombre de Madrid que se dedica a estudios científicos, recala en Cecebre en busca de tranquilidad para poder escribir -no sé muy bien por qué, pero sentí cierta afinidad con este personaje-.
De todos los hombres, el único que se atreve a vivir en el
bosque es Xan de Malvís, o como él prefiere que le llamen, Fendetestas. El único
habitante humano del bosque abandonó sus tareas de jornalero para “emprender la
higiénica vida del ladrón de caminos” porque la vida de bandido puede ser dura
pero lo es más arar. No le importa vivir en el bosque pero tiene un grave
inconveniente: no hay tabaco y a él le gusta mucho fumar. Asalta a los
caminantes que se adentran en la fraga al grito de “¡Alto, me caso en Soria, la
bolsa o la vida!”. En cada uno de sus atracos espera anhelante que su víctima
sea un cura pues su sueño es robar algún día a uno. Un ladrón sumamente
peculiar.
En el bosque también hay espíritus. La Santa Compaña se
pasea por allí de vez en cuando, para susto de quienes creen verla de lejos. Nadie quiere tomar el testigo del penitente que encabeza la fila de ánimas por lo que todos vuelven la cara evitando mirar tan fantasmal comitiva. Este desfile solo se puede dar en lugares como la fraga, "en las tierras llanas la gente es más seca y carece de fantasía".
Pero
no todos los fantasmas procesionan en grupo, algunos van por libre y en solitario. Ese
es el caso de Fiz Cotovelo que no cumplió su promesa de acudir a San Andrés de
Teixido (allí va muerto quien no fue vivo) y anda penando desconsolado para
disgusto de Fendetestas que ve mermada su clientela desde que en el pueblo se
corrió la voz de que un espíritu deambula por el bosque.
Todo este variopinto elenco de personajes se pasean por el
bosque y por las páginas de este libro entrañable. Como si de un cuento mágico
se tratara, Fernández Flórez nos relata la vida de los habitantes, habituales u
ocasionales, de la fraga de Cecebre.
Con un lenguaje poético y evocador, con ciertos tintes de
realismo mágico, la prosa maravillosa de esta novela nos sumerge en un bosque
encantado. Un bosque donde se encuentra la Vida, así con mayúscula, y también, como
no, la Muerte porque la una no es posible sin la otra.
La lectura de este libro es un paseo por un bosque
entrañable, lleno de humor, de ternura, de tristeza y de acentos cadenciosos
que, personalmente, me trasladan a épocas muy bonitas de mi niñez. Un paseo que
recomiendo encarecidamente a todos.
Al igual que todo gallego ha de ir alguna vez en la vida a
San Andrés de Teixido, todo buen lector español ha de leer una vez al menos “El
bosque animado”. Un canto precioso a la vida.
















