1 de septiembre de 2018

Legítima defensa

CRÓNICAS ASTURES I



—¡Fue en legítima defensa!

Apoyada en una roca que tenía una extraña inscripción en forma de cruz, miré hacia un lado y hacia otro, allí no había nadie y sin embargo alguien había dicho algo.

—¡Fue en legítima defensa! –volví a escuchar y volví a mirar alrededor mío sin conseguir ver a nadie.

Había llegado hasta ese rincón apartado de Llueves, una aldea encaramada en la cima de un monte cerca de Cangas de Onís, en busca de algo de tranquilidad porque mi visita a los Picos de Europa estaba siendo algo decepcionante. No tengo nada en contra de la accesibilidad a nuestros parajes más abruptos por parte de todo el mundo, pero encontrar más gente en algunas sendas de montaña que en la Gran Vía en Navidad me estaba molestando un poco.

Por eso, aquel día, aproveché el aislamiento que me proporcionaba un lugar desconocido por el turista tradicional. Me senté en una peña que se encontraba cerca de una de las viviendas de aquella aldea buscando la tan ansiada soledad montañera.

Y ahí me encontraba, sentada en un risco pensando en mis cosas. De hecho, antes de oír esa voz inesperada, estaba recordando mi petición de hacía un par de días en el santuario de Covadonga. No soy creyente pero sí algo supersticiosa y ya que la cueva, donde a Pelayo le auxilió la Virgen en la batalla contra el infiel, se ha convertido en lugar de peregrinación y milagros, decidí probar suerte. Pero yo no solicité salud o un buen trabajo, mi petición fue algo diferente; pedí inspiración.

Concretamente lo que solicité en esa gruta tan inquietante fue encontrarme con el espíritu de algún ancestro, o algún habitante de estas tierras, que me inspirara alguna historia, que me contara algo que luego yo pudiera relatar. Eso le pedí a La Santina, o a las xanas —ninfas asturianas— que dicen habitaron antes esa gruta brumosa y con agua, cuando las tribus astures utilizaban aquel lugar para sus ritos religiosos.

—¡Fue en legítima defensa!

¡Otra vez! En esta ocasión lo oí perfectamente y perfectamente me di cuenta de que allí no había nadie. Tímidamente y empezando a creer en vírgenes que conceden deseos, hablé al aire y dije:

—¿Hola?¿Hay alguien ahí?

Nada más decirlo me sentí ridícula, pero enseguida escuché la misma voz de antes.

—Estoy aquí ¿no me ves?

Miré otra vez a mi alrededor. Tan solo había árboles y vegetación entre prados de un verde esmeralda.

—No, no te veo, pero te oigo.

—¿De verdad? Ya era hora, llevo cientos de años andando por aquí y es la primera vez que alguien se percata de mi presencia. Hubiera preferido que me vieran, pero algo es algo. Esto de penar es muy solitario y aburrido.

El propietario de esa voz llevaba andando “cientos de años”. El corazón se me puso a mil por hora. La Santina o las xanas me habían concedido mi deseo. Estaba contactando con alguien de la Reconquista, ¿quién si no, en semejante sitio, podía ser el dueño de esa voz? Una voz, he de remarcar, ronca, profunda, grave y sumamente varonil. ¡Ay, madre! ¡Era don Pelayo! Seguro.

—¿Don Pelayo? ¿Sois vos? —dije recurriendo a ese “vos” que supuse me haría más cercana a un personaje del siglo VIII y, ya de paso, demostrar lo culta que soy.

—¿Yo? No —contestó la voz.

Reconozco que me decepcionó un poco saber que no era Pelayo mi interlocutor pero me agarré a eso de que llevaba cientos de años por la zona.

—Entonces, ¿cuál es vuestro nombre?

—Furaco.

Qué nombre más raro, pensé, pero en la Reconquista no todo eran nombres cristianos. Algunos astures y cántabros, que también participaron en aquella guerra, eran paganos. O lo mismo se trataba de un combatiente musulmán; esto de los fantasmas puede ser sumamente complejo.

Decidí recabar más información.

—¿Sois noble o un guerrero raso? ¿Cristiano o musulmán? ¿Cuál es el dios en el que creéis?

—No sé de qué me estás hablando rapaza. Yo no creo en ningún dios, eso son cosas vuestras. Yo solo creo en lo que me rodea: el agua, los árboles, las nubes, el sol, la luna, el día, la noche... Bueno, y en las xanas. Creo en las malditas xanas también  —respondió con un tono enfadado que me asustó un poco.

Esto último me desconcertó mucho. Ahora era yo quien no sabía de qué estaba hablando la voz. Decidí seguir con el interrogatorio, para un espíritu que me había encontrado tenía que aprovechar la ocasión.

—Antes hablasteis de que fue en legítima defensa, ¿a qué os referíais?

—A que yo solo actué para defenderme, pero la xana se enfadó, me dijo que atacar a los hombres estaba mal y que matar reyes estaba aún peor. Que había puesto a la incipiente monarquía en peligro, dijo. Esa xana traidora, tras encapricharse de un monje se hizo cristiana y desde entonces todo fue hacerle la pelota a los frailes que empezaron a pulular por estos montes. Se enfadó tanto con mi acción que me castigó a vagar eternamente por mi imprudencia. ¡Xana rencorosa!

¡Atiza, estaba tratando con un magnicida! Así que era un insumiso. Intenté recordar mis clases de Historia pero no sabía de ningún rey que hubiera muerto asesinado por esta zona. Sí que recordaba a uno al que apuñalaron mientras estaba haciendo de vientre —una manera muy poco regia de morir, dicho sea de paso— pero aquel rey era navarro, o castellano, y eso ocurrió muy lejos de donde me encontraba. Me estaba haciendo un lío, por lo que decidí ir al grano sutilmente.

—Así que conspirasteis para acabar con el rey.

—¡Que no! Que fue en legítima defensa, ¿es que no escuchas? Ese imbécil se me echó encima, con una lanza pretendía ensartarme ¿qué iba a hacer yo?

—Vale. Os defendisteis, con la espada como un buen combatiente.

—¿Qué espada? Lo hice con las garras, y de un solo golpe me deshice de ese alfeñique. No tenía ni medio zarpazo.

—¿Garras?¿Zarpazo? No entiendo. ¿No usasteis un arma?

—Claro que usé armas. Las mías, las que tengo y que sé utilizar muy bien. Diez uñas como puñales y una gran potencia; pesar cientos de kilos también ayuda. Cada uno con lo que ha nacido.

Llegados a este punto yo ya estaba completamente perdida. Zarpazos, cientos de kilos… Entonces se me ocurrió la pregunta por la que debería haber empezado.

—¿Cómo se llamaba el rey al que asesinasteis?

—Que yo no asesiné a nadie, ¡carayu! ¡Que fue en legítima defensa! ¿Cuántas veces lo tendré que repetir? Eres tan obtusa como la xana.

—Bueno, pues ¿cómo se llamaba el rey al que disteis muerte?

—Eso está mejor. La xana me dijo que se llamaba Favila.

¡Madre mía! Sí que había contactado con el espíritu de un ser de la Reconquista. De lo poco que recordaba de mis lecciones de Historia se encontraba que el rey Favila había muerto cuando un oso, al que pretendía cazar, le atacó. El espíritu parlante era ¡un oso!

No era don Pelayo, pero hablar con el que mató a su hijo no estaba nada mal. A falta de pan, buenas son tortas. Aunque no fuera un humano, tampoco se trataba de un oso corriente: era un oso regicida.  Enseguida sentí simpatía por él y decidí seguir conversando un rato más para obtener más información pues sabía que la muerte del segundo rey de Asturias suscitaba polémica.

—Y ¿cómo ocurrió exactamente?

—Yo estaba comiendo unas bayas tan tranquilo. De repente oí ruido de caballos y decidí esconderme entre unos arbustos. Vi un grupo de caballeros con sus armaduras que huían de otros que estaban persiguiéndolos.

—¿En serio? ¿Quiénes eran los perseguidores y quiénes los perseguidos?

—Ni idea. A mí todos los humanos me parecen iguales, y la única información que me interesa de ellos es si van armados. En ese momento lo que me preocupaba era quitarme de en medio. Esos tíos tienen mucha facilidad para sacar la espada, o la lanza. Entre el grupo de los perseguidos se encontraba un muchacho al que los que iban con él llamaban majestad. Y fue ese el que primero descabalgó. Le vi algo asustado, la verdad.

—¿Y los perseguidores?

—Aún estaban al inicio de la colina. El que los comandaba tenía un porte imponente, era casi tan grande como yo. A ese me pareció oír que también le llamaban majestad.

—¡Arrea, otro rey! Esto se pone interesante.

—Yo estaba seguro de que los dos grupos se iban a enfrentar y me quedé a ver qué pasaba. Pero, entonces, una abeja impertinente me picó en el hocico, tuve que quitármela de encima y fue cuando delaté mi posición. Todos los del primer grupo miraron donde estaba yo y el alfeñique se puso todo chulito diciendo que me iba a matar, que con mi piel se confeccionaría una buena capa que le daría prestigio y que le haría más viril. Los humanos sois realmente estúpidos.

En ese instante, Furaco se calló. Pensé que se había ido, pero tras unos segundos volví a oír su voz profunda y grave.

—Se abalanzó sobre mí con una lanza. Yo solo me defendí. De un zarpazo lo derribé y lo estampé contra esa roca en la que estás apoyada, y con otro zarpazo más lo dejé inconsciente. No quería matarlo, yo solo me defendí. Me escondí otra vez y fue cuando el grupo perseguidor llegó hasta el lugar. El tío corpulento se bajó del caballo y, mientras sus acompañantes cuchicheaban con la pequeña escolta del enclenque, se acercó al muchacho que ya estaba desangrándose y le asestó una estocada que acabó rematando lo que yo ya había hecho.

—O sea, que el que mató a Favila no fuiste tú —después de tanta confidencia decidí pasar al tuteo.

—No lo sé. Aunque el gigante ese no le hubiera ensartado con su espada, me parece que el chico no lo habría contado de todas formas.

—Y luego ¿qué pasó?

—Todos empezaron a gritar que una alimaña asesina había matado a su rey. ¿Será posible? ¿Yo, asesino? Pero si estaba comiendo bayas sin meterme con nadie.

Oí cómo Furaco suspiraba y tras una pausa continuó.

—Entre grandes aspavientos, que me parecieron exagerados, decían que era una desgracia. Entonces todos se inclinaron ante el hombre corpulento y doblaron la rodilla jurándole fidelidad y llamándole nuevo rey.  

—¿Qué hiciste tú?

—Marcharme de allí por si les daba por acabar lo que empezó ese tal Favila. En cuanto llegué al río la xana se me apareció. Estaba muy enfadada y fue cuando me condenó a vagar eternamente por estos bosques. ¡Es injusto! ¿Qué quería que hiciera yo? ¡Fue en legítima defensa!

—Además, técnicamente tú no mataste al rey. Por lo que cuentas, fue ese otro monarca el que se lo cargó realmente. Así que tu xana se equivocó. ¿Le dijiste lo de la estocada?

—Lo intenté, pero estaba tan furiosa que no escuchaba. Me maldijo y aquí estoy.

Aunque el lugar en el que estaba condenado ese oso desgraciado era realmente bonito, sentí lástima por él. Vagar eternamente sin poder gozar de la compañía de otros congéneres —hace siglos que por ese lugar ya no hay osos— debe de ser algo muy triste. En un alarde de altruismo decidí echarle una mano.

—Quizás alguien debería interceder por ti. Si me dices dónde encontrar a la xana yo podría hablar con ella.

—¿De verdad harías algo así? Por favor, búscala en el río, entre las rocas y donde más densa sea la vegetación. Ahí suele estar.

—De acuerdo, lo intentaré. Otra cosa, ¿esa xana tiene nombre? Lo digo por si me encuentro con otra que no sea “tu” xana.

     Realmente estaba abducida por ese oso penitente. No solo me estaba comprometiendo a buscar un ser mitológico sino que, en mi delirio, creía que iba a encontrar más de uno.

      —Se llama Ayalga. Si la encuentras cuéntale todo, e insiste que fue en legítima defensa.

Entonces la voz se calló y no volví a escucharla más. Me pareció ver que unos arbustos cercanos se movían, como si algo se hubiera introducido entre ellos. El silencio se enseñoreó del lugar y yo me quedé completamente sola.

Durante todo el camino de vuelta hacia Cangas, a mi hotel, me dediqué a rastrear por la orilla del río Sella en busca de la xana. No sabía muy bien qué buscar porque no sé ni qué apariencia tienen. En mi paseo tan solo vi a un pescador que estaba medio sumergido en el río. Iba a preguntarle si había visto una xana por allí, pero enseguida me di cuenta de que era absurda la promesa que le había hecho a Furaco. ¿Cómo iba yo a encontrar un ser de leyenda y completamente imaginario?

Pero una promesa es un compromiso contraído que no se puede soslayar y quise cumplir con la palabra dada por lo que me dispuse a indagar y busqué a Ayalga. Y la encontré. Pero esa es otra historia.

Aunque decidí no contar nada de este encuentro a mis allegados —ya tengo fama entre mis amigos de ser algo rara y no quiero añadir más extravagancias a mi historial— he pensado que con vosotros no puedo callar, debéis saber lo que ocurrió de verdad. Que los libros de Historia no os engañen; yo lo sé de primera mano, o de primera zarpa. Un oso me lo contó, el oso que atacó a Favila en legítima defensa.

(Continuará...)





NOTA: Según las crónicas de la época, al rey Favila, hijo de Pelayo, lo mató un oso cuando intentó cazarlo en una supuesta prueba de virilidad. Pero otros historiadores sugieren que realmente murió asesinado por su cuñado, duque —rey para algunos cronistas— de Cantabria y que sería su sucesor con el nombre de Alfonso I de Asturias. Dicen que Alfonso tenía una constitución hercúlea que le hacía parecer un oso. Otros estudiosos del tema alegan que la figura del oso se asocia a la persona del rey, de ahí el refuerzo de la teoría regicida.

GALERÍA FOTOGRÁFICA

Roca grabada con una cruz donde murió Favila
Relieve del monasterio de San Pedro de Villanueva donde se muestra la muerte de Favila por un oso. El de la izquierda se supone que es Favila y el de la derecha se supone que es el oso (a mí, más que un oso, me parece un cerdo, con perdón)
Río Sella y pescador al que estuve a punto de preguntar por la xana
Población de Llueves
Gruta de Covadonga

Vista de Cangas de Onís desde el lugar donde el oso se cargó a Favila (en legítima defensa)

30 de agosto de 2018

"Duelo" - Eduardo Halfon


Eduardo viaja a Guatemala en busca de información para terminar un puzle de recuerdos de la infancia. En ese puzle falta una pieza, falta saber qué pasó con un hermano de su padre que murió siendo un niño. A él, al Eduardo niño, le dicen que su tío Salomón murió ahogado en el lago Amatitlán pero no tiene más datos, tan solo la referencia imprecisa de un niño ahogado en un lago.

La muerte del niño Salomón marca la historia familiar de Eduardo. Nadie en la familia quiere hablar de ello aunque la trágica desaparición ha dejado un poso de tristeza y culpa. La falta de más datos dejan huella en el Eduardo adulto que quiere saber más.

La muerte del niño Salomón es el motor de una búsqueda en los recuerdos, en el pasado familiar y da pie a una reflexión profunda por parte del protagonista sobre cómo la propia identidad depende de  quienes nos precedieron, de nuestros familiares.

Mezclando recuerdos, vivencias propias y otras contadas por sus allegados, Eduardo evoca el pasado de su familia judía.

Sus abuelos, uno polaco y el otro libanés, también se llamaban Salomón y como judíos tienen una historia de persecución y exterminio. Pero ese pasado duele y en un intento de proteger a su descendencia y de autoprotegerse también, se evita recordar, o se distorsionan los recuerdos. El abuelo polaco pasó la guerra mundial en un campo de concentración y para explicar al niño Eduardo qué son esos números tatuados en su brazo le dice que es un número de teléfono.

Además, como una forma de acentuar la importancia de lo que le ocurrió al niño Salomón, ese nombre, Salomón, es el de varios familiares más. A mí, esto me resultó muy lioso, tanto Salomón por todos lados me despistó y me hizo perder el hilo de la narración.

De todas formas la narración es caótica, algo que se ajusta a lo que se está tratando: recuperar recuerdos. Cuando uno evoca no lo hace de manera lineal ni ordenada. En ese aspecto el autor demuestra un gran dominio de la técnica para plasmar evocaciones, aunque esa técnica no sea la más adecuada para que el lector se aclare y se entere de qué está pasando. Por lo menos eso es lo que a mí me ocurrió.

Con el pretexto de saber qué sucedió realmente con el niño Salomón se hace un repaso sobre varios temas como el antisemitismo, el paso del tiempo o la situación social guatemalteca. Hay una gran carga simbólica en toda la narración y hay frases realmente buenas.

“El tiempo era una cosa real e indestructible.”
“A veces siento que lo puedo oír todo, salvo el sonido de mi propio nombre.”
“Siempre me ha espantado más la desidia del hombre ante el horror que el horror mismo.”

Esta mini novela -apenas tiene cien páginas- se encontraría en ese género que ahora llaman ‘realismo del yo’, es decir, es un relato semi-autobiográfico. En este género el autor cuenta cosas de su vida pero también añade otras inventadas. A mí, personalmente, estas semi-biografías me ponen nerviosa porque no sé qué es real y qué es inventado y no me siento cómoda. Sé que es una apreciación muy particular y tampoco sabría decir por qué me molesta tanto esta mezcla de vivencias reales e imaginadas. Es lo mismo que me pasa con la metaliteratura, otra técnica que me pone de los nervios y que me da inseguridad.

Por otra parte, la brevedad del relato me impidió implicarme en la historia, no conecté con ningún personaje porque apenas hay tiempo para conocerlos y “encariñarse” con ellos.

Por lo tanto, entre lo caótico de la narración y la brevedad de la historia esta mini novela no me llenó del todo. Además, en ese caos de real e imaginado hubo algunas escenas que acabaron de descolocarme. Para rematar, el final es tan simbólico que no pillé la alegoría o, posiblemente, es que no había nada que pillar. No estoy segura. ¡Qué torpe soy!



26 de agosto de 2018

"Mi perro idiota" - John Fante


Mi perro idiota” es un relato largo que junto a otro, “La orgía”, se incluye en el libro “Al oeste de Roma”.

Este relato es la historia de Henry Molise y su familia. Henry es un guionista de cine de origen italiano que vive en California.

A Henry no le van bien las cosas, está en el paro y sus cuatro hijos son fuente continua de problemas. Su hija Tina sale con un ex marine que solo sabe surfear, su hijo Dominic se dedica a vaguear y a acostarse con negras, algo que exaspera mucho a su madre, mientras que Dennis es un actor que no consigue ningún papel. Jamie, el hijo más pequeño es el único que, de momento, no le da disgustos y por eso es el ninguneado de la familia.

A Henry le gustaría escribir una novela, pero se conforma con los guiones de cine porque si la historia no funciona siempre le puede echar la culpa al director, al productor o a los actores. En cambio, si la novela fracasa la responsabilidad es exclusiva del escritor. No se siente capacitado para afrontar esa tarea, le da miedo constatar que no tiene calidad.

“Para escribir se ha de amar, y para amar se ha de comprender.”

Henry detesta a sus hijos, detesta su vida, quiere huir y empezar de nuevo. Le gustaría escapar a Roma. Italia es la quimera, el lugar con el que sueña y donde ubica sus anhelos. Pero la cruda realidad le obliga a permanecer en California, al oeste de Roma.

Un nuevo personaje entra en la vida de Henry para cambiarlo todo. En el jardín de la casa aparece un perro enorme dormido. Intentan despertarlo pero no lo consiguen. Cuando lo hace se dedica a deambular por la propiedad de Henry haciendo caso omiso a las indicaciones de los miembros de la familia. Al perro parece que solo le interesan dos cosas: dormir y lamerse su enorme miembro que saca constantemente de su vaina. Deciden ponerle el nombre de ‘Idiota’.

Idiota es un Akita y como esa raza es japonesa, Henry cree que al ser extranjero no entiende el inglés y por eso no obedece. Pero a Idiota le gusta la bronca y abusa de su fuerza,  por lo que se enfrenta a la aristocracia canina de la lujosa y políticamente correcta urbanización donde vive la familia que le ha acogido. Constantemente se pelea con otros perros y además intenta fornicar, pero solo con los machos porque odia a las hembras. La actitud más que transgresora de Idiota crea cierta animadversión por parte de los vecinos, los humanos y los perrunos.

“Era un extranjero con los problemas de integración de un extranjero en un barrio wasp, despreciado por todos los perros anglos y odiado por los de raza alemana.”


Con un irónico sentido del humor John Fante nos cuenta la historia de una familia norteamericana media en los años ochenta. El perro Idiota es el hilo que mueve y que desencadena sentimientos y acciones en los integrantes de esa familia. Ese perro idiota los hará reaccionar.

Dicen que Bukowski tuvo a Fante como autor de referencia para desarrollar el llamado ‘realismo sucio’. He leído a Bukowski y prefiero a Fante con diferencia porque a Bukowski no le entiendo y me aburre, todo lo contrario de lo que me pasa con Fante. Para mí, el maestro supera al alumno por goleada.

En esta encantadora historia se nos habla de las quimeras, de los sueños que solo se sostienen en la imaginación, de la cruda realidad, de la familia. Y todo con mucho sarcasmo, con humor y con ciertos tintes de surrealismo que hacen muy divertida la lectura.

Solo le pongo una pega: el final brusco y sin resolver. Este tipo de objeción suele ser motivo suficiente para que la novela se devalúe estrepitosamente a mis ojos. Pero en esta ocasión no fue así por la sencilla razón de que todo lo demás fue tan bueno que (casi) no me importó.

Podría poner otra pega, pero no sé si tenerla en cuenta porque no es responsabilidad del autor. Se trata de la portada. No entiendo cómo ponen la foto de un perro que no es un Akita si la raza del personaje del relato es esa. Supongo que la explicación más plausible es que el diseñador no se leyó el texto, algo que me imagino no es obligatorio, pero creo que alguien debería haberse dado cuenta y avisar.

Diseños gráficos aparte, este es un relato encantador que hace reír casi siempre y que también encierra mucha ternura, y todo gracias a la genialidad de John Fante y a un perro idiota.




22 de agosto de 2018

"Absolutamente Heather" - Matthew Weiner


Esta es la historia de Mark y Karen Breakstone. Mark es anodino, no destaca demasiado, no se le estima y siempre queda relegado en un segundo plano, solo se le da bien una cosa: ganar dinero. Karen se siente aislada de los grupos, es muy insegura, no le gusta ni la improvisación ni el riesgo, por eso el nivel de vida que Mark le puede dar es muy atractivo para ella, le proporciona seguridad. Cuando tienen una hija, Heather, vuelcan en ella todas sus frustraciones. Mark y Karen compiten por la atención y el interés de Heather.

Pero esta también es la historia de Robert Klasky, Bobby, hijo de una madre soltera y que le desatiende desde su nacimiento. Además, es un psicópata en toda regla.

No contaré la manera en que un personaje tan distinto como es Bobby, en carácter y nivel social, llega a las vidas de Mark, Karen y Heather porque entonces destriparía lo poco de interesante que tiene el argumento. Pero el caso es que los cuatro personajes coinciden y la historia toma una deriva tan previsible que el lector empieza a ver cómo va a acabar la cosa. Es tan predecible que pensé que debería pasar algo inesperado que cambiara el final para hacerlo sorprendente, pues, de lo contrario, la novela sería una estafa.

Y, efectivamente, pasa ‘algo’ que me dejó con la boca abierta, pero de estupefacción por la simpleza del final. No me podía creer que la novela –o el relato, porque es muy corta– terminara de una forma tan burda y sosa. El caso es que me sorprendió, eso sí, pero de una manera bastante decepcionante.

El modo de narrar esta historia es muy sencilla, yo lo calificaría de simple, como si fuera un cuento para niños, y no sé si fue esta forma de contar las cosas, pero me resultó un estilo muy frío, impersonal, y en ningún momento sentí ni afinidad, ni conexión alguna con ningún personaje.

El recurso narrativo empleado no muestra cómo son los personajes sino que lo cuenta de manera directa con descripciones, algo que es mucho más fácil para el escritor pero que denota poca laboriosidad en la redacción. La casi total ausencia de diálogos lastra la lectura, aunque los pocos que hay no son creíbles -en un momento dado aparece una niña de cinco años hablando con un lenguaje demasiado elaborado incluso para un adulto-.

Estas dos características de la narración, pocos (y malos) diálogos y contar directamente cómo son los personajes, para mí son muestras de una novela con baja calidad literaria. Si el argumento hubiera sido interesante, o estuviera bien desarrollado, podría compensar en cierta manera esas deficiencias. Pero, como comenté anteriormente, la deriva de la historia es previsible. El final simplón, aunque sorprendente de una forma ‘extraña’, deja con la sensación de que al lector le han estado tomando el pelo de una manera descarada.

Leí la reseña de una compañera bloguera, y además buena amiga, y en ella comentaba que no sabía decantarse sobre si le había gustado la novela o no, y nos invitaba a leerla y dar nuestra opinión. Bien, yo no tengo tantas dudas, a mí me quedó bastante clara mi impresión: la novela no me gustó.





16 de agosto de 2018

Vacaciones con Murphy



Después del paréntesis veraniego aquí estoy de vuelta. Regreso y lo hago para hacer algo que se me da muy bien: quejarme.

Tengo fama de ser cascarrabias y yo creo que es merecida pero a veces pienso que el destino se empeña en ponerme las cosas difíciles para así poder dar rienda suelta a mi malhumor. No sé si es el destino o algún duende capullo quien se obstina en darme por saco, pero en estas vacaciones de verano el destino, el duende o los dos, se han esmerado especialmente en fastidiarme.

Dicen que para viajar es muy importante elegir bien los compañeros de viaje. Yo elegí una buena compañía pero no me di cuenta de que se incorporó al grupo un acompañante no invitado. Me refiero a Murphy, el de la Ley de Murphy. Y no solo vino conmigo sino que se hizo notar a base de bien.

Pensaréis que soy una exagerada pero os voy a contar todas las incidencias que tuve a lo largo del viaje y vosotros juzgaréis después.

Como anuncié en mi despedida vacacional este año me fui al norte, al fresquito… Y tanto que fresquito, el forro polar que metí en la maleta ‘por si acaso’ me lo tuve que poner todos los días. Es cierto que la zona en la que estuve era de montaña y ahí la temperatura es más baja, pero hubo días que más parecía otoño que verano.

En realidad el frío no me importó porque huía del calor de Madrid, así que tener que abrigarme en julio hasta me pareció bueno. Además, caminar varios kilómetros bajo un sol inclemente puede ser muy penoso, mejor que esté nublado. Pero si las nubes bajan demasiado, la caminata por la montaña puede convertirse en un deambular errático y bastante despistado.

Eso me pasó cuando fui caminando desde El Cable hasta el refugio de Áliva, la niebla era tan densa que hubo un momento en el que no sabía dónde estaba. En otras ocasiones el refugio se ve desde lejos y sirve de referencia para saber cuánto queda por andar. Pero cuando no se ve un carajo la orientación es muy mala y no se sabe si falta mucho o poco para llegar a un destino que se presenta incierto por la indefinición. Además, una puede encontrarse de golpe, y sin previo aviso, con otro caminante que viene de frente o, lo que es peor, con un toro que está parado en medio del camino.
Camino hacia el refugio de Áliva
Refugio de Áliva al fondo, a la derecha
Toros en la niebla

Esas mismas nubes insistentes impidieron que disfrutara de las maravillosas vistas que se pueden observar desde el mirador de El Cable, arriba de Fuente Dé. Yo ya había estado ahí en otras ocasiones y sé lo bonito que se presenta el valle de Liébana desde esas alturas, pero dos de mis acompañantes iban allí por primera vez y tuvieron que conformarse con las fotos de Google para hacerse una idea de lo que había abajo porque ese día no se veía absolutamente nada.

Vistas (¿vistas?) desde el mirador de El Cable 

El valle de Liébana no fue el único que no se dejó ver. Especialmente esquivo se mostró el Naranjo. Tuve que ‘perseguirlo’ durante dos días para poder verlo. Se empeñó en esconderse tras unas nubes y no quería mostrarse. La primera intentona fue en el pueblo de Bulnes, tras subir a un mirador estuve cerca de una hora esperando a que las nubes se fueran y ver ese pico. El caso es que las nubes se fueron, pero venían otras después, de manera que el ‘Picu Urriellu’ estuvo escondido todo el rato.

Pero no me di por vencida. Al día siguiente me fui a otro lugar para ver el Naranjo, primero me subí a una colina y las puñeteras nubes seguían tapándolo, pero tras una buena espera y desde otro mirador, el Naranjo de Bulnes se mostró desafiante y bello entre otros picos no menos bonitos.

El Naranjo desde el Mirador de Poo
En mi deambular norteño recalé en la playa de Gulpiyuri. Esta playa es muy espectacular porque no se encuentra en el mar. Me explico: la playa está en medio de un prado y el agua marina penetra en ella a través de un túnel que atraviesa las rocas tras las que está el mar. A mí la playa me pareció muy bonita, pero creo que si hubiera tenido agua habría estado mejor, porque resulta que una servidora apareció allí cuando había marea baja, tan baja que el agua se había retirado completamente tras las rocas y la playa solo tenía arena. Huelga decir que no me bañé.

Playa de Gulpiyuri

Otra muestra de que mi ‘amigo’ Murphy estuvo haciendo de las suyas fue en la Ruta del Cares. No sé qué poderes tiene este Murphy pero creo que puede mover montañas, como la fe, pero en versión puñetera. He recorrido esa senda varias veces y sé perfectamente que hay un ‘pequeño’ repecho al inicio de la ruta –si se empieza en Poncebos–, pero en esta ocasión Murphy alargó la cuesta de manera que yo creí estar ascendiendo un ocho mil. ¡Madre mía, esa pendiente no se acababa nunca! Estoy segura de que las otras veces que hice la senda, aquella subida fue más corta. Según mi marido la cuesta no ha variado nada y lo que ha cambiado es mi edad –las veces anteriores que hice la ruta tenía veinte años menos–, pero esa explicación no me convence. Fue Murphy, que alargó la pendiente para hacerme la puñeta. Seguro.


Una servidora sudando la gota gorda subiendo "el repechito" de la Ruta del Cares


Pero lo peor estaba por llegar.

Cuando inicié mis vacaciones lo hice con la esperanza de que fueran aventureras. No es que me fuera a los Alpes, pero los Picos de Europa tienen su porción de riesgo y algunos desfiladeros son peligrosos. Así que me calcé las botas de montaña con la intención de vivir el “peligro”. Dicen que hay que tener cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad, y es cierto. Murphy se empleó a fondo en cumplir mi deseo de aventura y riesgo, pero de una manera muy diferente a la que yo tenía en la cabeza.

Mi estancia en los Picos de Europa se dividió en dos estapas. Una etapa asturiana donde pernoctaba en Cangas de Onís, y otra etapa cántabra donde residí en un hotelito de una pequeña localidad situada entre Potes y Fuente Dé. El municipio donde se encontraba ese hotelito cántabro se llama Camaleño. Si habéis estado pendientes de las noticias el mes de julio habréis oído hablar de ese lugar pues fue allí donde la noche del 17 y la madrugada del 18 un individuo se atrincheró en su casa y se dedicó a disparar a la Guardia Civil. ¿A que no sabéis qué día iba yo allí? El 18 de julio. Pero cuando llegué a la zona ese señor ya no estaba en su casa de Camaleño, qué va. Se había escapado y las fuerzas del orden público suponían que estaría por las cercanías.

Vistas desde el hotel de Camaleño (posiblemente con el fugado escondido entre los árboles)
Saber que por donde yo estaba, andaba merodeando un tarado con una recortada me puso muy nerviosa. A pesar de las palabras tranquilizadoras de un guardia civil al que preguntamos antes de llegar, ‘señora, está usted en el lugar más vigilado, y seguro, de España’ (sí, sí, seguro, pensé, por eso se os ha escapado) yo no las tenía todas conmigo. Encima, el encargado del bar del hotel nos dijo que el individuo ese (el Rambo de Liébana le llamaban) era parroquiano del establecimiento. Ya solo me faltaba que se tomara un café allí, a mi lado.

Como era de esperar, la noche del 18 de julio, el tema de conversación de los clientes de ese bar era “el fugado”. La mayoría de los vecinos de la zona pensaban que, dado lo buen conocedor que era del monte, ya estaría muy lejos de allí. Al igual que me pasó con las palabras del guardia civil, yo no me lo creí. Y resultó que yo tenía razón. Al sujeto le pillaron esa madrugada cuando regresaba a su casa a la una de la mañana. Una hora y media antes yo volvía de cenar en Potes por una carretera aledaña a su domicilio y, estoy segura, ese tío estaba por allí ya. Al menos, Murphy no tuvo a bien que me topara con él de bruces.

Cuando pedí unas vacaciones de riesgo no estaba pensando en acudir a un tiroteo. Entre mi equipaje llevaba, además de las botas de montaña, un chubasquero y hasta un capa de agua para protegerme de las inclemencias del tiempo o de los posibles inconvenientes. Nunca se me ocurrió añadir un chaleco antibalas.

En fin, que estas vacaciones fueron de desventura en desventura, pero es lo que hay. Cuando al destino, o al duende puñetero, le dan por enrededar y Murphy se empeña en acompañarte… no hay nada que hacer.

Pero no todo fueron cosas malas. También hubo otras muy buenas. Una de ellas fue la buena compañía (la que yo elegí) con la que hice el viaje. A pesar de las inclemencias meteorológicas o de los fugados montaraces, me divertí mucho y las risas fueron constantes. Esas risas en algunos lugares no fueron bien entendidas, en un par de sidrerías de Cangas aún se están preguntando qué tiene de gracioso escanciar una botella de sidra y no conseguir que caiga dentro del vaso ni siquiera la mitad de su contenido.

Además, conocí a personajes muy peculiares (pero mucho) que me contaron historias realmente curiosas. En sucesivas publicaciones, en lo que voy a llamar Crónicas astures y Crónicas cántabras,  transmitiré lo que esos extraños personajes me relataron. Estoy segura de que disfrutaréis con sus historias al igual que lo hice yo cuando las escuché.

Pero eso será otro día. Ahora voy a ver si ya mando a freír espárragos a Murphy y consigo reponerme de tanto sobresalto.








1 de julio de 2018

Cerrado por vacaciones


‘Viajar y cambiar de lugar revitaliza la mente’ – Séneca

El año pasado, por estas fechas más o menos, desconecté el blog por primera vez desde que lo abrí. En aquella ocasión, la defensa de mi tesis doctoral me había dejado secuelas y necesitaba recargar la batería.

Comprobé entonces que desconectar de vez en cuando, aunque sea de una actividad que gusta como es la de escribir, siempre viene bien.

Cambiar de aires, dejar de hacer las cosas que habitualmente se hacen -aunque sean las cosas que a una le agradan- despeja mucho. Si, encima, esa desconexión se hace viajando, la mente se revitaliza; y esto lo dijo Séneca, así que no voy yo a enmendarle la plana a ese señor tan sabio.

Este año me voy también unos días y cierro el blog.

Además, estas vacaciones no las voy a pasar en ninguna isla, como llevo haciendo desde hace más de veinte años. Me voy al norte, al fresquito, a practicar senderismo y a disfrutar de la gastronomía cantábrica que tanto me gusta. De paso, retorno a mis orígenes norteños -lo cortés no quita lo valiente-. Me voy a disfrutar pero también puedo ser muy espiritual, aunque esa espiritualidad sea con el estómago lleno a base de queso de Cabrales, de fabes con almejas o de sobaos pasiegos.

Intentaré, a pesar de las digestiones complicadas, estar en armonía con el paisaje que mis antepasados vieron antes que yo y establecer comunicación con sus espíritus para inspirarme y volver con muchas ideas para escribir nuevas historias. Mi sentido pragmático para con el blog se impone y pienso sacarle rédito al viaje.

Por cierto, perdonad si no contesto a los comentarios pero desde ya mismo estoy en modo off. Es decir, cuando esta entrada aparezca por la red, una servidora estará preparando las maletas, con las botas de montaña puestas, dispuesta a encaramarse a cualquier risco para hacerle la competencia a las cabras monteses y establecer contacto con el fantasma de algún celta que ande por ahí perdido en el limbo de las montañas.

Nos leemos en unas semanas.
¡Feliz verano!




29 de junio de 2018

"La habitación oscura" - Isaac Rosa


Un grupo de amigos comparten un local donde reunirse y realizar diferentes actividades. Un día se va la luz en todo el barrio y se quedan completamente a oscuras, entonces descubren la excitación que supone no ver absolutamente nada y cómo ese factor puede cambiar la percepción de las cosas.

A raíz de esa experiencia inesperada deciden construir una habitación oscura en el sótano, donde no se pueda ver, donde nadie puede hablar y así no reconocerse entre ellos. En esa habitación pasan a ser anónimos. En esa habitación los sentidos –salvo el de la vista se agudizan y en ese anonimato cada uno encuentra una vía de escape. En esa habitación descubren la desinhibición, pueden mostrarse como no se atreven a hacerlo con luz, porque allí no existe la fealdad, ni el rechazo.


Cuando construyen esa habitación oscura son jóvenes y los motivos por los que la habitación se muestra atractiva son diversos. Pasan los años y esos jóvenes se hacen adultos, maduran, cambian; y la habitación también cambia, evoluciona con ellos.

A lo largo de quince años los inquilinos van mostrando sus impresiones, qué significa la habitación oscura para cada uno de ellos. Esos moradores tienen nombres propios, Raúl, María, Andrés, Jesús, Pablo, Sonia, Eva, Sergio, Olga… Unos están allí desde el principio, algunos han dejado la habitación tras un corto periodo de tiempo, otros se han incorporado más tarde.

El narrador cuenta en primera persona lo que significa la habitación, qué se siente dentro de ella. El narrador es uno de los usuarios de la habitación oscura; un usuario que va cambiando según qué nos cuenta, unas veces es María, otras es Sergio, otras simplemente no lo sabemos. Pero eso no importa, porque lo que importa es cómo todos y cada uno de los moradores de la habitación oscura buscan allí lo que no pueden encontrar fuera, ahí fuera donde hay luz, donde se ve, donde se reconocen.

En la evolución de los personajes, y de la habitación, se muestran las diferentes etapas de la vida: la juventud donde todo es ilusionante y la madurez que llega cargada de responsabilidades y decepciones.


En esa evolución merece especial mención la manera de contar cómo la crisis económica les afecta. A mí, personalmente, me fascinó. Al principio asisten al hundimiento de la economía como simples espectadores que se creen a salvo de la catástrofe, “un público cautivado por el espectáculo del apocalipsis” para asistir después impotentes al derrumbe donde los cascoques y los vidrios rotos les caen encima provocándoles heridas, algunas irreversibles.

La forma de narrar es muy cinematográfica. El autor utiliza mucho el recurso de la cámara rápida, o “time lapse”. Se nos cuenta el paso del tiempo con esta técnica, donde una sucesión de imágenes pasadas rápidamente nos muestra cómo la habitación y las vidas de sus ocupantes van cambiando. Son cambios imperceptibles si se miran en un lapso de tiempo corto, pero que muestran su importancia al verlos con la perspectiva de un intervalo temporal mayor.

En todo el libro se respira denuncia, un grito en la oscuridad que protesta por tantos sueños rotos, por una juventud perdida en el desencanto de unas expectativas que no se cumplieron.

“La habitación oscura” es una alegoría, llena de metáforas, algunos fragmentos son pura prosa poética, otros son tan prosaicos que se rompe completamente el ritmo y hasta descoloca al lector. Este recurso me parece bien si está hecho a propósito, si se busca ese desconcierto. Lo que no me pareció tan bien fue la creación de situaciones poco creíbles para así desarrollar un argumento que se ve forzado al final. Además, ese final es brusco, áspero, y tan sorprendente que a mí no me convenció, no me lo creí.

En cualquier caso la trama y la forma de contar es original, no deja indiferente y eso siempre es de agradecer.


Nota: En este vídeo resalto algunos párrafos de la novela que me parecieron muy buenos.



25 de junio de 2018

A casa



Estación de tren de cercanías de Atocha. Una taquilla de venta de billetes. Al mostrador se acerca una muchacha de dieciséis años con una mochila, unas zapatillas deportivas, unos vaqueros gastados y una sudadera dos tallas más grande. Se dirige a la taquillera.

MUCHACHA: Quiero un billete. Solo ida.

TAQUILLERA: ¿Destino?

MUCHACHA: Es igual.

La taquillera, veterana empleada de la estación, levanta la vista del teclado para fijarse en su interlocutora y se encuentra con una adolescente de mirada triste y perdida. La chica mira hacia un lado y hacia otro, como si buscara a alguien, o como si temiera que alguien la buscara a ella.

TAQUILLERA: Me tienes que decir un lugar.

MUCHACHA: Cualquiera, lejos de aquí. Qué más da.

TAQUILLERA: Bueno, cada lugar es diferente.

MUCHACHA: ¿De verdad? Pues yo creo que en todos los sitios pasa lo mismo, son igual de feos y la gente es igual de capulla.

La taquillera mira a la adolescente por encima de sus gafas.

TAQUILLERA: ¿Tú crees? Yo pienso que hay gente buena y gente mala en todos los lugares, pero eso no los hace idénticos. Todo es cuestión de actitud.

MUCHACHA: ¡Oh, claro! Cuestión de actitud. Y ¿eso qué es? Porque la actitud de los demás es siempre la misma, te miran, te utilizan y luego te mandan a la mierda.

TAQUILLERA: A ti, siendo tan joven, ¿ya te han mandado a la mierda? Seguro que no ha sido para tanto.

MUCHACHA: Me he encontrado con mucho capullo.

TAQUILLERA: ¿Sí? ¿A qué te refieres?

MUCHACHA: A tíos como el Chispas, que es un gilipollas y un mamón. Al principio se enrollaba cantidad, era divertido, pero luego resultó ser un cabronazo.

La taquillera se quita las gafas para mirar fijamente a la muchacha.

TAQUILLERA: ¿Por qué dices eso? ¿Qué hizo?

MUCHACHA: Se lo montaba con otra tía más, y le tiraba los trastos a una amiga suya. Un harén quería tener el imbécil. 

La chica baja la cabeza y arrastra un pie de lado a lado.

MUCHACHA: No sé por qué te cuento esto. Yo lo que quiero es un billete.

TAQUILLERA: A veces las personas no responden como nosotros queremos pero eso no es culpa de ellas, sino de nosotros mismos que nos equivocamos a la hora de conocer a los demás.

MUCHACHA: Vale, tía. Lo que tú digas. Pero dame ya el dichoso billete.

TAQUILLERA: Tienes que decirme un destino. ¿O prefieres que elija yo por ti? ¿Es eso lo que quieres? ¿Que otro decida?

MUCHACHA: No me des la charla. La maquinita esa ¿no puede sacar uno a voleo? Como la de la primitiva.

La taquillera sonríe condescendientemente.

TAQUILLERA: Me temo que esa función todavía no se ha implantado en la RENFE.

La taquillera observa con resignación y ternura a la joven. Suspira, y esbozando una sonrisa más amplia le pregunta:

TAQUILLERA: ¿Dónde viven tus padres?

MUCHACHA: En Guadalajara.

La taquillera se pone las gafas y comienza a teclear.

TAQUILLERA: Bien, un billete a Guadalajara, solo ida. A casa.



 NOTA

Este relato es un ejercicio para practicar el guion de cine. El narrador no puede ser omnisciente, no sabe qué piensan los personajes, tan solo cuenta lo que pasa y se intenta que sea el diálogo el mejor narrador de la escena. 


Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores