18 de octubre de 2026

El bueno de Axel

 Siempre he sido la oveja negra de la familia. Cuando algo salía mal la culpa recaía en mí indefectiblemente. Yo era el perfecto culpable. En la otra cara de la moneda: mi hermano menor; el idealista, el aplicado y amante hijo. El bueno de Axel.

Mis padres no ocultaron nunca su predilección por mi hermano, y eso que mi madre también se llevó lo suyo en cuanto a culpa inmerecida.

Antes de nacer nosotros vivían de gorra en un casoplón perteneciente a las múltiples propiedades de mi abuelo. La mansión estaba rodeada de frondosos árboles y preciosos jardines. Allí, dada la desahogada posición del benefactor paterno, nada les faltaba y se pasaban el día tocándose las narices. Además, como no tenían vecinos en las cercanías, practicaban el nudismo y el amor libre, aunque esto último era algo monótono porque solo se amaban entre ellos dos dada la falta de vecindario.

Entre los frondosos árboles había todo tipo de frutales de los que se servían sin mesura: jugosos melocotones, carnosos plátanos, refrescantes naranjas… Pero a mi madre lo que le gustaba a rabiar eran las manzanas. Además, de todos los bichos que por la heredad pululaban, cantarines ruiseñores, gráciles gacelas, elegantes cisnes… ella se encaprichó de una serpiente y allá donde iba se la llevaba.

Mi abuelo era generoso con mis progenitores, pero también muy maniático con algunos temas, cosas de la edad porque era ya muy mayor cuando mis padres se casaron. Tenía un huerto solo para él donde había un manzano que cuidaba personalmente. Entre sus manías también se encontraba el odio que profesaba a los reptiles en general y a las serpientes en particular.

El encontronazo entre mi abuelo y su nuera fue inevitable. Verla pasear con la serpiente de un lado a otro le traía por la calle de la amargura, pero el día que la pilló comiéndose una manzana de su árbol preferido montó en cólera. Tal fue el cabreo que desheredó a mi padre y los echó de la propiedad.

—Tu padre está senil. Mira que ponerse así por una simple manzana, hay que joderse. Deberías hacer algo para incapacitarlo.

—¡Qué dices, Ava! Mi padre tiene poder en todas partes. Una guerra con él está perdida de antemano. Me buscaré un trabajo.

—¿Tú? ¿Trabajar? Pero si no sabes hacer nada, Aidan. Siempre criado entre algodones. Nos vamos a morir de hambre.

A pesar del pesimismo de mi madre consiguieron salir adelante. Ahorraron un pequeño capital montando un modesto negocio de manualidades (de su época hippie y de amor libre habían desarrollado la habilidad de confeccionar pulseras y collares con abalorios). Ese inicial taller, con el discurrir del tiempo, se convirtió en una joyería que dio copiosos beneficios permitiéndoles vivir con cierto desahogo.

En ese hogar nacimos mi hermano y yo. Antes de la llegada al mundo de Axel, yo era el hijo único que recibía todas las atenciones, pero en cuanto nació el pequeño quedé relegado a un segundo plano. Tan solo se fijaban en mí para regañarme o hacerme responsable de alguna fechoría que no siempre era culpa mía.

Ese resquemor me acompañó toda mi juventud y lo mostré en forma de rebeldía al convertirme en adulto. En lugar de hacerme cargo del negocio familiar decidí montar mi propia empresa, una gestoría inmobiliaria. Mi hermano Axel asumió la dirección de la joyería cuando nuestro padre se hizo mayor y pensó en jubilarse. Aun así, no dejó sus otras aficiones entre las que se encontraba ser voluntario de una asociación que acompañaba ancianos en residencias de mayores y la gestión de una ONG que suministraba material escolar a poblados africanos deprimidos.

A pesar del rechazo paterno por mi desvinculación con la familia, mi negocio prosperó. En seguida me di cuenta de los pingües beneficios que reportaba la especulación inmobiliaria. Me especialicé en comprar inmuebles ruinosos por precios irrisorios para rehabilitarlos y venderlos como pisos de lujo. Algunas veces me encontraba con el inconveniente de que el edificio en cuestión estaba habitado, pero solventaba el problema fácilmente aumentando los alquileres y desahuciando a los morosos en cuanto dejaban de pagar. Lo de echar a inquilinos indeseables me venía de familia porque mi abuelo fue todo un referente.

La joyería era modestamente rentable, solo daba para vivir sin grandes alardes. Mi capital siempre fue muy superior al de mi hermano, pero mis padres siempre le ponían a él como ejemplo.

—Camilo, ¿has visto qué piso más bonito se ha comprado tu hermano? —me dijo mi madre una de las pocas veces que fui a comer con ella—. Es un loft muy coqueto. Recogidito y muy mono. Además, tiene de vecinos a unos manteros ¿no te parece entrañable?

«Recogidito» era el eufemismo utilizado por mi madre para describir un apartamento de cuarenta metros cuadrados con una sola ventana y un dormitorio donde los pies de la cama topaban con la puerta de la nevera en la cocina.

Mono era mi chalet. Una de las mejores mansiones de La Moraleja desde cuyo jardín podía ver las barbacoas que celebraban en sus respectivos hogares media plantilla del Real Madrid. Pero para mis padres era mucho mejor el pisito de mi hermano Axel y sus vecinos marginales.

Todo estalló cuando mi abuelo, que había pasado bastante de nosotros desde el incidente de la manzana y la serpiente, nos invitó a mi hermano y a mí a participar de una iniciativa de la multinacional que presidía desde hacía lustros.

—Quiero que me presentéis un proyecto para diversificar capital. Hacienda me cruje y tengo que inventarme algo para eludir el fisco. Vosotros sois, al fin y al cabo, familia y la familia es lo primero a pesar de lo tarambanas que fueron vuestros padres —nos espetó el viejo cuando acudimos a su despacho en una de las torres más altas de la ciudad.

Me puse manos a la obra. Soy un tiburón de las finanzas, mi cuenta bancaria lo acredita, así que estaba seguro de salir vencedor en esta nueva competición con mi hermano.

Presenté en el consejo de administración un proyecto de acero y ladrillo para construir vivienda social que se podría sujetar a los beneficios fiscales que deseaba mi abuelo. Era un trabajo pesado, fruto de mis años lidiando con el polvo y el sudor de las obras. Además, encubría perfectamente una maniobra empresarial para, en muy pocos años, revender esas viviendas, supuestamente creadas para los más necesitados, a precios mucho más altos a población con mayores recursos.

Axel, fiel a su talante, presentó un proyecto para formar una plataforma de economía colaborativa que conectaría a personas necesitadas con recursos excedentes. Una especie de ayuda humanitaria derivada de los millonarios beneficios anuales de la empresa.

A punto estuve de carcajearme con la propuesta de mi hermano. Hay que ser moñas. Sin embargo, los miembros del consejo de administración se decantaron por su proyecto, desechando el mío por abusivo e interesado.

—No te enojes, Camilo —me dijo mi hermano mientras tomábamos unos canapés y una copa de vino tras la celebración del consejo—. Tú ya construyes edificios. Nada cambia para ti.

—¿Eso es lo que crees que hago? ¿Construir edificios? Ofrezco alternativas, hago crecer la ciudad, convierto barrios abandonados en zonas residenciales. Yo creo prosperidad —contesté enfadado—. ¡Qué sabrás tú de mi trabajo si nunca te has dignado a visitar los lugares que rehabilito!

—Eso no es justo. Sé a qué te dedicas, pero para que no me juzgues mal, mañana mismo iré a uno de esos edificios que reconstruyes.

Le llevé a uno de los más elevados. Cuando estábamos en la azotea contemplando el perfil de la ciudad, Axel se echó a reír.

—¿Qué te parece tan gracioso? —le pregunté.

—Desde estas alturas todo parece insignificante. Incluso tu fortuna y tu trayectoria profesional.

—¿Menosprecias mi trabajo?

—Solo quiero que sepas que nada de esto es importante, ni tú ni yo ni nadie. Solo importa el todo del que formamos parte.

Creo que ha quedado patente lo mal que me cae mi hermano, por su gazmoñería y su buenismo, pero en realidad lo que me saca de quicio de él es cuando se pone trascendental, a todo le quiere dar un viso espiritual. En esos momentos no le soporto. Y en aquella azotea, después del varapalo con mi proyecto, oír tanta sandez hizo que perdiera la poca paciencia que tengo.

—De acuerdo, hermano —le repliqué—. Prepárate para formar parte de algo.

Antes de que supiera de qué estaba hablando, lo empujé y cayó al vacío dando con sus huesos encima de uno de los huecos preparados para la cimentación de un nuevo edificio aledaño, justo al lado de la hormigonera, un aparato que me vino muy bien para cubrir su cadáver.

Axel ahora forma parte de los cimientos de una vivienda con siete plantas, piscina y cancha de pádel.

La policía ha venido a verme hoy otra vez para preguntarme nuevamente si sé dónde puede estar mi hermano. Les he dicho lo mismo que en anteriores ocasiones: planeaba irse del país, a repartir ayuda a los más necesitados. ¿África? ¿Algún país del sudeste asiático? Ni idea de a donde ha podido ir. Hay muchos lugares donde se necesita ayuda y mi hermano está dispuesto a dársela a todos ellos. El bueno de Axel.

NOTA: Este es un relato para el taller de escritura Bremen del que formo parte. En esta ocasión el tema a trabajar era "hermanos". 
Quizás a algunos la historia les suene de algo pero Axel y Camilo son fruto de la mente calenturienta de esta autora.


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