21 de octubre de 2023

El otoño de las setas

 

Sonia estaba enfadada. No había podido quedar con sus amigas porque ese fin de semana tocaba reunión familiar. Cada dos o tres meses su abuela insistía en realizar algún tipo de actividad que sirviera de excusa para reunir a sus dos hijos con sus respectivas esposas e hijas. Normalmente esas actividades se basaban en una comida en algún restaurante del centro de la ciudad y en una sobremesa que no se prolongaba demasiado, algo que le permitía a Sonia apuntarse a cualquier otra cosa que hubiera planeado su pandilla, en cualquier caso, un plan siempre mucho más interesante que reunirse con sus padres, tíos, prima y abuela.

Sin embargo, en esta ocasión su tía se había lucido con una nueva propuesta. Nueva y estrambótica al parecer de Sonia: ir al bosque a recolectar setas.

Ya que estamos en otoño, podíamos salir de la ciudad y recoger setas propuso la tía Blanca desde la vídeo llamada del grupo de wasap.

Según oyó la proposición, Sonia empezó a hacerle gestos a su padre, cuidándose muy bien de que no se vieran en la cámara del móvil, para que dijera que no.

¿Bosque? ¿Había bosques cerca de Madrid? Seguro que sería necesario desplazarse muchos kilómetros fuera. La naturaleza no le gustaba demasiado, aguantaba malamente los paseos cuando precisamente su tía la llevaba al Retiro, pero ir a un bosque le pareció una putada muy grande. Encima a buscar setas.

La seta es un alimento muy nutritivo recalcó su tía por la vídeo llamada. Contienen vitaminas, hierro, fósforo, magnesio y fibra, entre otras cosas. Además, se pueden preparar de muchas maneras a cuál más rica.

La tía Blanca, además de pesada con lo de andar, era profesora de nutrición en la universidad y se solía arrancar bastante a menudo sobre las bondades de este o de aquel alimento. Sonia ya estaba acostumbrada a sus discursitos sobre las propiedades nutricionales de los víveres, pero lo de las setas… No solo había que comerlas, había que recogerlas también. Lo próximo qué iba a ser: ¿comer conejo al ajillo, pero antes ir a cazarlo en el monte?

A pesar de sus gestos, su padre aceptó la original propuesta y quedaron en el puerto de la Fuenfría, un paso de montaña que atraviesa la sierra de Guadarrama. Resultó que sí había bosques cerca de Madrid.

Con unas cestas de mimbre que le recordaron el cuento de Caperucita Roja, se fueron todos a recoger setas. Y ahí estaba Sonia, buscando hongos y con un enfado de mil demonios.

La premisa era hallar cualquier tipo de hongo, pero siguiendo unas «pautas de seguridad» (así lo definió la pelmazo de la tía Blanca).

Hay que tener cuidado, antes de arrancarla, preguntadme a mí advirtió Blanca, no vaya a ser que la seta sea venenosa.

¿Cómo que venenosa? ¿Es que pueden estar mal? preguntó Sonia con el ceño fruncido.

Sí, pero no te preocupes que yo sé diferenciarlas. Mi abuelo era un crack reconociendo setas. A su pueblo de Burgos se acercaban muchos para consultarle sobre algunos especímenes contestó ufana su tía.

Sonia cruzó los brazos y decidió callar. Sin embargo, y aunque no sabía mucho sobre el tema, dudaba mucho que lo de reconocer si una seta era comestible o no, viniera en los genes. Puede que el abuelo de su tía fuera una eminencia, eso no quería decir que ella tuviera esa capacidad.

La niña se alejó del grupo con la intención de sentarse en alguna roca no demasiado húmeda y dejar pasar el tiempo. Sin embargo, cuando buscaba un lugar medianamente seco divisó, debajo de un enorme pino, una seta bastante grande y con unas pintitas blancas muy chulas.

Se acercó para arrancarla, sin preguntar antes como le habían advertido. Total, si no servía para comer, se la quedaría de recuerdo, se haría un selfie con ella y lo colgaría en Instagram. Puede que ir hasta allí no fuera una pérdida de tiempo, después de todo.

Cuando Sonia se agachó para arrancarla, la seta se meneó.

¡Tiene un bicho dentro! ¡Agg! ¡Qué asco!

Se separó del hongo con una mueca de desagrado. La seta volvió a sacudirse y debajo de ella salió un ser, pero no era ningún bicho. Se trataba de un hombrecillo muy, pero que muy diminuto. Iba todo vestido de verde, en la cabeza llevaba un gorro con un cascabel en el extremo superior y del que sobresalían unas orejas puntiagudas.

Sonia se quedó con los ojos abiertos de par en par. ¿Qué era eso? Recordó de las peroratas de su tía que algunos hongos desprendían sustancias alucinógenas y creyó que aquella seta era de esa clase. Estaba flipando en colores.

¡Hola! exclamó el hombrecillo.

La chiquilla parpadeó estupefacta. «Aquello» también hablaba.

Hola contestó con un hilo de voz Sonia aún atónita.

¿Qué te trae por aquí? ¿Por qué te has acercado a mi humilde morada?

La niña no supo muy bien qué contestar. Al parecer la seta era la casa de ese señor tan bajito, y decirle que su intención era arrancársela no le pareció ni educado ni prudente.

Esto… yo… Estaba paseando.

¿Y esa cesta?

¿Qué cesta?

La que llevas colgada del brazo contestó el hombrecillo con recelo frunciendo el ceño.

¡Ah! ¡Esta cesta! Pues… es para llevar la merienda.

¿La merienda? ¿A las doce de la mañana?

Bueno, es que no es para mí. Se la llevo a otra persona para que se la coma más tarde.

¿Y a quién le llevas esa… merienda?

Pues… a alguien que vive por aquí… a… ¿mi abuelita?

Sonia estaba empezando a aturullarse. Encontrarse a aquel ser era ya extraño, pero encima la estaba sometiendo a un interrogatorio muy incómodo y ella mentía muy mal. Al menos, desde la posición donde estaba el hombrecillo no podía ver que la cesta ni llevaba merienda ni cena, estaba completamente vacía.

De acuerdo aceptó el enanillo dando por buenas las explicaciones de la chica ¡Menos mal! Creí que eras una de esas personas a las que les da por recoger setas. Estoy hasta el gorro de que vengan a incordiarme. No veas el trabajo que me dan. Hacer conjuros para invisibilizar mi casa es agotador; muchas veces me pillan con la guardia baja, como tú hoy, y no me da tiempo a hacer el hechizo.

¿Sabes hacer magia? preguntó Sonia con los ojos como platos.

Pues claro. Esa es una de las virtudes que tienen los de mi condición.

¡Ah! Ya. Y… Tú… ¿Tú qué eres, exactamente?

¿No sabes quién soy? ¿No me reconoces? esta vez era él el sorprendido.

Me da que no. Que yo sepa, es la primera vez que nos vemos. Si te hubiera visto con anterioridad, seguro que me acordaría.

Ya sé que es la primera vez que nos vemos tú y yo. Pero, de verdad ¿no sabes qué soy? exclamó abriendo los brazos para mostrarse mejor.

Ante el encogimiento de hombros de la niña, el hombrecillo hizo un gesto de abatimiento y el color verde de su vestimenta empezó a oscurecerse.

Esto va a peor. Ni los niños saben reconocernos ya. Seguro que si fuera un Pokémon me habrías identificado al instante. ¡Soy un duende!

¿Cómo los de los cuentos antiguos? ¡Qué fuerte! ¡Qué fuerte! ¡Qué fuerte!

¿Cuentos antiguos? Dirás tradicionales. O sea, los que tienen seres mágicos y en los que suceden cosas extraordinarias, donde las princesas duermen cien años esperando un príncipe azul que las rescate. En fin, los cuentos de toda la vida.

Bueno… ahora eso de que las princesas duerman esperando que venga un príncipe a salvarlas… no está bien visto. Tú no te has enterado del empoderamiento femenino, ¿verdad?

¿Qué?

Que ahora, son las chicas las que toman las decisiones y no deben supeditarse al arbitrio masculino. Debemos acabar con la sociedad patriarcal que impera desde siglos para que la mujer ocupe su lugar rompiendo moldes preestablecidos por un orden orgánico determinado por los hombres.

¿Qué?

Sonia sonrió satisfecha. Si la hubiera visto su profe de Igualdad de Género seguro que le subía la nota.

Bueno, no te entristezcas. Tampoco es para tanto replicó la niña intentando animar al hombrecillo. Vale que no te he reconocido, pero sí que me acuerdo de algunas historias que me contaba mi abuela cuando era pequeña donde los duendes hacíais cosas muy molonas. Por ejemplo, el cuento de Blancanieves, tus compis eran muy majos, ya sabes, Gruñón, Dormilón, Mudito… recitó Sonia cerrando los ojos para recordar a duras penas aquel cuento tan… antiguo.

Primero contestó el duende pinzándose la nariz con dos dedos, en ese cuento no salen duendes, son enanos. Segundo, esos nombres tan estúpidos se los pusieron los americanos cuando hicieron la película que es una patada en las narices a los pobres hermanos Grimm.

Enanos… duendes… da igual, ¿no? replicó Sonia mientras el hombrecillo se quitaba el gorro y lo estrujaba entre las manos al oírla. Por cierto, ¿quiénes son los hermanos Grimm? ¿Familiares tuyos?

Los enanos buscan piedras preciosas en el interior de las montañas y nosotros, los duendes, nos dedicamos… Mira, vamos a dejarlo contestó abatido y el tono verde de su ropa se apagó un poco más.

Os dedicáis a hacer magia ¿a que sí? añadió Sonia para animarlo; le caía bien, pero, sin saber por qué, cada vez que ella abría la boca él se entristecía. Antes has dicho que puedes hacer invisible tu casa, eso mola mogollón, colega.

Sí, supongo que sí. Aunque a este paso, seremos invisibles sin necesidad de hechizos, nos borraréis de la memoria y eso sí que es desaparecer para siempre.

Al menos no tendrás que temer a los idiotas que les da por recoger setas dijo Sonia reproduciendo mentalmente la imagen de su tía Blanca.

No te creas, una cosa es que nadie se acuerde de ti y otra que destruyan tu vivienda y te echen a la calle.

¡Stop desahucios!

El mercado inmobiliario en el bosque está muy mal prosiguió el duende haciendo caso omiso del arranque reivindicativo de la niña. Los otoños son cada vez más secos, apenas brotan setas y las que salen son demasiado pequeñas. Hace cien años yo tenía una casa con un porche y cinco habitaciones. Ahora mira dónde vivo, en un apartamento de una sola estancia con cocina americana. Una birria.

¿Tu magia no puede hacer nada?

¿Contra el cambio climático? ¿Quién te crees que soy? ¿Merlín?

Merlín… ¿otro familiar tuyo?

El duende pareció encogerse y hacerse más pequeño tras oír a la chica. Sonia ya no sabía qué hacer, estaba claro que todo lo que decía empeoraba el estado de ánimo de su nuevo amigo. Era un duende con tendencia a la depresión.

Venga, va. No puedes hacer que llueva, pero puedes cambiar los colores de las cosas, tú mismo te estás poniendo de diferentes tonos de verde. Me he dado cuenta de que ahora el verde de tu ropa es más feo que antes. Lo he pillado. Se me ocurre que podrías hacer con las setas algo parecido, que tengan un aspecto desagradable, o que huelan mal, así nadie las querrá y os dejarán las casas tranquilas.

A mí se me ocurre que los humanos podríais dejar de fastidiar tanto. Desperdiciáis mucho. Usar y tirar es vuestra manía. Reciclar, reutilizar y reducir, eso es lo que debéis hacer. Comer productos de cercanía, desplazarse con medios no contaminantes, caminar más. Ahí está la «magia».

Sonia no supo qué replicar. Al parecer el duende era depresivo y militante ecologista también. Aunque debía reconocer que lo que decía era muy sensato.

Vale, tienes razón. El mundo está muy mal. ¿Qué voy a hacer yo?

¡Te lo acabo de decir!

Ya, pero yo no soy nada más que una niña y…

­El cambio se produce como resultado de millones de pequeñas acciones que pueden parecer insignificantes. El viaje de mil millas comienza con el primer paso.

Un duende depresivo, ecologista y seguidor de la filosofía zen. Un tipo curioso.

De acuerdo. Prometo ponerme las pilas desde ya mismo respondió animada Sonia. Para empezar, le voy a decir a mi tía que nada de recoger setas. Que las coma de granja… ecológica, claro.

¿Pero tú no estabas aquí para entregarle la merienda a tu abuela?

Sonia se dio cuenta de que el entusiasmo ecológico-reformista le había hecho olvidar la mentira que le contó al hombrecillo.

Bueno… verás… es que…

Tranquila, no me tragué esa excusa le guiñó un ojo el duende.

A partir de ahora voy a cambiar y, además, lo voy a colgar en mis redes sociales, y voy a contarlo en el cole, y…

Vale, vale, vale. No te aceleres. Tómatelo con calma. Poco a poco, pero sin pausa.

En ese momento se empezaron a escuchar voces. Eran los padres de Sonia que la estaban llamando para que regresara con ellos.

Tengo que irme. Me gustaría volver a verte, voy a guardar la ubicación para encontrarte otro día dijo la niña sacando su móvil.

Bueno, si funciona el cambio… puede que cuando vengas ya no esté aquí. Quizás me haya mudado a otra seta con jardín y ático sonrió el duende recuperando el brillo en el color de su ropa. Cuida mi hogar señaló el bosque que también es el tuyo.

Sonia se despidió de su amigo y cuando se estaba alejando el duende la llamó de nuevo.

¡Niña! ¡Otra cosa más!

Tú dirás.

Hazme un favor: lee más cuentos… antiguos.

 



24 de septiembre de 2023

Cada loco con su tema

 


Tanto los personajes como los hechos reflejados en la siguiente historia son reales, pero se han modificado algunas situaciones para añadir dramatismo. El final es completamente inventado, aunque no se descarta la posibilidad de que acabe siendo real.

 

Amigo, no gima.

El hombre se giró hacia quien así había hablado.

—¿Perdona, me hablas a mí?

Ante el cabeceo afirmativo de la mujer, él añadió.

—No estoy gimiendo, Paloma, tan solo es un suspiro de concentración para hallar una prosopopeya adecuada al texto. Otra cosa, ¿por qué me tratas de usted?

—Porque si te tuteo no me sale.

—¿El qué?

—El palíndromo.  «Amigo, no gimas» no se lee igual del derecho que del revés, le tengo que quitar la “s”. Por cierto, si en lugar de Antonio te llamaras Otto me facilitarías mucho las cosas, también te lo digo.

Antonio se encogió de hombros y siguió escribiendo en su tablet ignorando a Paloma que empezó a dar vueltas sobre sí misma mientras murmuraba palabras sueltas.

Ojo, eje, anilina, oro, kayak, orejero

—¿Qué te ocurre, mi niña? Te veo algo… perdida le dijo una mujer con los ojos claros y mirada dulce.

—¡Ana! Tú nombre sí me sirve respondió Paloma a la vez que movía las manos como si escribiera en el aire. «Ana eje…  Ana». No, eso no me vale.

—Cálmate, ya verás como se te ocurre algo la tranquilizó Ana. Ahora mismo te sientes perdida cual hoja mecida por el viento, pero eres una perla en un mar solitario. Dale tiempo y reposo a tu creatividad.

—Para ti es fácil. Te sale la poesía por los poros de la piel contestó Paloma malhumorada. Las metáforas se te dan como setas se giró dando la espalda y siguió hablando sola: Seta es palíndromo de ates, pero cómo coño pongo esas dos palabras juntas.

—La que has liado, Nacho dijo Ana a un hombre que se encontraba en una mesa cercana escribiendo en un ordenador portátil. La propuesta de emplear varias figuras retóricas en un relato está siendo difícil para algunos —miró a Paloma—. Tu dominio de la oratoria desborda el cántaro de nuestras capacidades.

—Creo que esto nos puede servir para espolear nuestra creatividad respondió el aludido. Yo también ando picado buscando hipálages. Sin embargo, se puede oler el desatino en el ambiente y eso es divertido ¿no?

—Las figuras retóricas son buenos recursos del lenguaje se unió a la conversación otro hombre alto con gafas y pinta de profesor de literatura, el uso poco frecuente de las palabras potencia su significado y realza su belleza interior. Solo es cuestión de esforzarse un poco. A mí me gusta este desafío, estimula mi intelecto buscar epanadiplosis, aunque reconozco que anda Paloma alborotada y así anda.

—Estoy de acuerdo en que puede ser estimulante, Juan Carlos dijo Antonio con su tablet en la mano. Mi búsqueda de prosopopeyas está provocando que el aire susurre en mi cabeza ideas inimaginables y el tiempo se arrastre en silencio tenuemente.

—«Ana lava aval…», «Ana oro lana...» siguió hablando sola Paloma en una esquina de la sala. «Adán, nada», ¡esa vale! exclamó dando un bote para, acto seguido fruncir el ceño. ¿Adán sabía nadar? ¿Había ríos en el Paraíso? ¿Con mucha corriente? Porque entonces nadar iba a nadar poco.

Se equivocó la paloma… empezó a canturrear Antonio mirando de reojo a su compañera.

Huele el silencio, oye el azul del mar y camina por el aire de tus pensamientos.

—¿Cómo dices, Paco? preguntó Nacho.

—Nada, estoy escribiendo un poema.

—Pues te han salido unas cuantas sinestesias dijo Juan Carlos. ¿Os dais cuenta? Complicado no es, solo pensamos que es complicado. ¿Veis o no veis?

—Vemos, pero esto es laborioso cual río estridente y cautivador contestó Paco rascándose la nuca y achicando los ojos. No sé qué acabo de decir, la verdad. ¿Una sinestesia o una prosopopeya? ¿Una metáfora? Un palíndromo seguro que no.

Anita lava la tina dijo Paloma.

—¿Qué? preguntó Ana. ¿Me estás hablando?

A ti no, bonita contestó la otra.

—¿Por qué no nos tomamos algo a ver si así las musas acuden prestas a calmar la ansiedad de nuestros sentidospropuso Ana conciliadora viendo que la cosa se iba de madre.

—¡Eso sí que es una metáfora! exclamó Nacho. Sí, ¿verdad? ¿O no? Es un enigma etéreo en un ambiente adivinatorio.

—Amigo Nacho, creo que te estás columpiando cual zarigüeya soñadora intervino Antonio.

Divaga en el mar de sus pensamientos y así se divaga —propuso Juan Carlos.

Mi mente oye cómo habla tu piel —recitó Paco.

—Insisto, vamos a tomar algo para despejarnos dijo Ana con cara de preocupación.

¿Aquí tendrán cerveza? ¿Será propio de aquí? preguntó Juan Carlos.

—¡Arriba la birra! —exclamó Paloma ¡Por fin, algo que se puede decir con sentido!

—Yo prefiero un vino que arrulle mis pensamientos —habló Antonio.

El dulce éter del alcohol amargo dijo Nacho preguntándose a la vez si el éter era amargo y el alcohol dulce para así tener otra hipálage.

El amor por las letras nos nubla el entendimiento dijo Ana dándose por vencida.

—¡La medicación! dijo un hombre vestido de blanco irrumpiendo en la sala.

Junto al hombre iba otro sanitario arrastrando un carrito con varios recipientes de plástico que contenían comprimidos y cápsulas de diferentes colores y tamaños. Cada vasito llevaba el nombre de su destinatario.

Uno de los enfermeros comenzó a repartir los vasitos.

El sabroso sueño del azúcar soporífero dijo Nacho tragando el comprimido que le había tocado.

Buena es la ayuda que se da por buena dijo Juan Carlos haciendo lo propio.

La primavera acude a nuestra vida a través de la química dijo Ana.

Siente el silencio, acuna el pensamiento dijo Paco.

La creatividad callará suavemente dijo Antonio.

Yo hago yoga hoy dijo Paloma rechazando, infructuosamente, su medicación.

 ­Y a estos ¿qué les pasa? preguntó a su compañero el que llevaba el carrito.

—No lo sé muy bien. Ingresaron por urgencias ayer, todos a la vez, y los trajeron directos a psiquiatría. Parece ser que estaban haciendo un taller de lectura o de escritura, no estoy seguro, y se les fue la pinza. Un brote psicótico colectivo.

Los dos sanitarios miraron con conmiseración a los pacientes mientras estos se tomaban sus medicinas. El del carrito añadió:

—Para que luego digan que leer es bueno.

 




NOTA: Este es un relato que intenta cumplir con los requisitos propuestos para el taller de escritura en el que participo. Se trata de introducir en un mismo texto varias figuras retóricas. Para quienes tengan ya olvidadas estas herramientas de escritura pongo a continuación la definición de las que aquí aparecen.

 

HIPÁLAGE: Figura retórica de construcción que consiste en aplicar a un sustantivo un adjetivo que corresponde a otro sustantivo.

PALÍNDROMO: Palabra o expresión que es igual si se lee de izquierda a derecha que de derecha a izquierda.

EPANADIPLOSIS: Figura retórica de construcción que consiste en terminar un verso o una frase con la misma palabra con la que empieza.

METÁFORA: Figura retórica de pensamiento por medio de la cual una realidad o concepto se expresan por medio de una realidad o concepto diferentes con los que lo representado guarda cierta relación de semejanza.

PROSOPOPEYA: Figura retórica de pensamiento que consiste en atribuir a los seres inanimados o abstractos características y cualidades propias de los seres animados, o a los seres irracionales actitudes propias de los seres racionales o en hacer hablar a personas muertas o ausentes.

SINESTESIA: Figura literaria que consiste en la asociación de elementos que provienen de diferentes dominios sensoriales.




8 de septiembre de 2023

Esto es una maldición

 


—¡Esto es una maldición!

Rigoberto echaba chispas. Le habían asignado el puesto en la excavación de la nueva línea de metro y todo eran problemas. La ampliación de la línea 3 desde Villaverde a El Casar estaba siendo un incordio. No podía más. Dos semanas atrás un cortocircuito dejó sin iluminación el túnel que estaban horadando, el día anterior la tuneladora había dejado de funcionar, la pieza que se había roto debía llegar de Alemania y como había huelga de transportistas el proveedor les dijo que antes de un mes no creía poder suministrarles el repuesto.

Todo comenzó con aquel maldito hallazgo.

—¿En serio me estás diciendo que habéis encontrado restos arqueológicos? —le espetó bruscamente al operario que le acabada de dar la noticia.

El obrero se rascó la nuca por debajo del casco de seguridad y con timidez le contestó:

—Sí, don Rigoberto. Es un pedrusco…

—¿Pedrusco? —le interrumpió iracundo el capataz— Pues claro que hay pedruscos. ¡Estamos excavando a cuarenta y cinco metros bajo tierra! ¿Qué pretendes ver ahí? ¿El jardín botánico?

—Ya, don Rigoberto, ya sé que al excavar se ven rocas, pero este pedrusco tiene dibujos raros y en algunos sitios hay pegados como trocitos de azulejos, muy chiquititos, una miaja ¿sabe usté?, y paece que forman figuras. El Nicolás dice que son delfines, el Rubén que ballenas, a mí me parecen peces, no sabría decirle cuáles porque a mí los documentales de la 2 me aburren un poco, me sirven solo para echar una cabezadita en el sofá los domingos por la tarde…

—Para ya, Higinio. No me interesa tu vida. ¿Unos dibujos con azulejos? ¡La madre que me parió! Como sean mosaicos me voy a cagar en todo lo cagable.

—¿Mosaicos? Pues no lo sé con certeza ciertamente, a mí me parecieron peces, pero lo mismo eran otro tipo de bichos, ya le digo que a mí los documentales… prefiero el fútbol, la verdá.

Rigoberto ya se imaginó lo que se le venía encima. Si lo que habían encontrado los operarios era algún resto arqueológico de cualquier tipo, la obra se paralizaría y los jefazos se la iban a montar gorda. Dar parte a los de Patrimonio era entrar en el infierno, todo quedaba parado hasta que cuatro pintamonas con un título de historiador bajo el brazo dictaminaran que aquello era la casa de vete tú a saber quién que vivió hace miles de años. Daba igual si de la vivienda quedaban cuatro piedras mal contadas, eran «históricas» y no se podían tocar. Menudos petardos los de Patrimonio.

El capataz se planteó silenciar aquello. A lo mejor, se estaba alarmando sin necesidad; puede que lo que se hallaba allí tan solo fuera el resto de la reforma de una cocina que alguien simplemente había decidido enterrar para no pagar el contenedor. Bien era cierto que esconder escombros ilegales a tanta profundidad era algo raro, pero él en la construcción ya había visto de todo y estaba curado de espanto.

—Venga, Higino. Llévame allí a ver si son delfines, ballenas o la sirenita de Disney.

Los dos hombres tomaron un pequeño ascensor que los introdujo tierra adentro hasta donde estaban los demás operarios.

Varios obreros se encontraban alrededor de un pequeño montículo y discutían entre sí.

—Yo te digo que esto es de los moros.

—¿Moros? ¡Quiá! Desde el 11M tú ves moros en todas partes. Esto es de los primitivos, los cavernícolas.

—Tú sí que estás hecho un cavernícola. ¿Desde cuándo los primitivos hacían alicatao? Porque eso de ahí son azulejos, pequeños, pero azulejos, te lo digo yo.

—¿Y los moros alicataban?

—¡Ya lo creo! En Granada hay unos sitios la mar de bonitos con azulejos chulísimos que son un primor, lo vi yo en un viaje que hice con la Mari y mis cuñaos.

—Yo también estuve allí, pero las baldosas eran más grandes, estos son muy chicos.

—Pues yo creo que son restos romanos —se incorporó a la conversación el obrero más joven, un estudiante de Filosofía y Letras que se pagaba la carrera trabajando en las obras del metro a tiempo parcial.

—¿Cómo van a ser de Roma si estamos en Madrid? ¡No digas tonterías!

—¡Parad ya, cojones! —gritó el capataz que había escuchado la conversación según se acercaba al grupo.

Rigoberto se agachó para ver más detenidamente aquellos restos. Lamentablemente, el universitario iba a tener razón, eso tenía toda la pinta de un mosaico como los que se pueden ver en el suelo de la villas romanas que se conservan en algunos lugares. Cerca de su propio domicilio, en Alcalá de Henares, había un yacimiento arqueológico que atraía muchos turistas.

No solo le iban a parar la obra, lo mismo se suspendía y los de Getafe se quedarían sin metro. Aunque si los restos hallados consistían solo en ese «pedrusco», lo mismo podían hacer como que no había pasado nada. Miró a su alrededor por si hubiera más restos históricos: parecía que no. Sin embargo, el obrero joven le vino a fastidiar.

—Don Rigoberto, un poco más allá parece que hay un hueco, no he entrado, pero creo que ahí hay urnas funerarias.

—¿Pero qué dices, chaval? —contestó el capataz—. ¿Urnas y encima funerarias? ¿Tú no te duermes con los documentales de la 2? —añadió con retintín.

El aludido se limitó a encogerse de hombros y no se dignó a explicar el porqué de su deducción.

El capataz se dirigió malhumorado al lugar que le indicaba su subalterno haciendo cuenta mental de no contratar nunca más a universitarios.

—Higinio, trae focos e ilumina esto —ordenó.

Un potente chorro de luz dejó ver en un pequeño recinto varios recipientes en bastante buen estado. Todos se quedaron con la boca abierta. El capataz hizo ademán de entrar en la cámara, pero Higino le agarró del brazo.

—Ni se le ocurra entrar ahí, don Rigoberto.

—¿Por qué?

—A ver si es una tumba de los egipcios y le da una maldición como cuando descubrieron al Turamón ese, que la espicharon todos por entrar donde estaba la momia.

—Egipcios. Aquí. En Villaverde.

—Bueno este —señaló al estudiante de Filosofía y Letras— ha dicho que son restos de Roma y a usté le ha parecío bien.

El capataz hizo caso omiso del comentario y entró. Allí había cuatro recipientes grandes de cerámica muy parecidos a los que se podían ver en el yacimiento cerca de su casa. Maldiciendo por lo bajo decidió afrontar la situación. Este proyecto debía salir adelante. Acordó dar una paga extra a los obreros presentes para que callaran y no dijeran nada. Unas cuantas paletadas «accidentales» taparían esos vestigios antiguos y aquí paz y después gloria.

—Estamos de acuerdo entonces. De lo visto aquí, chitón. Si la obra se para vosotros también y no cobráis ni un duro, así que todos salimos ganando si hacemos como que no hemos visto nada.

Rigoberto pensó que el universitario podría ser un obstáculo, estos jóvenes eran idealistas y algo tocapelotas, pero para su sorpresa no se opuso. Le habían subido las tasas de matriculación y necesitaba la pasta. El que sí puso mala cara fue Higinio.

—¿Y a ti qué te pasa?

—Ha hecho usté mal en entrar, don Rigoberto. Y mucho más si se va a cargar las tumbas, o las urnas o lo que sea eso. Los egipcios son mu chungos con las maldiciones.

—Y dale, Higinio. ¡Aquí nunca estuvieron los egipcios!

CUATRO SEMANAS DESPUÉS

—No somos  —se lamentó Higinio con un parche en el ojo, resultado de una chispa que saltó de un soldador en la obra y que, inexplicablemente, atravesó la pantalla de protección.

—Y que lo digas, Higinio. ¡Qué mala suerte! —añadió Rubén desde la silla de ruedas en la que tenía que desplazarse después de que un derrumbe en el túnel le partiera la médula espinal.

Los operarios de las obras de ampliación de la línea 3 del metro salieron del cementerio cabizbajos después de dar el último adiós a su capataz.

—Parece que fue ayer cuando nos estaba abroncando por no darle al tajo más rápido —dijo Nicolás masajeándose el cuello (le acababan de quitar un collarín por una contractura cervical sobrevenida tras una caída en la obra).

—Es que fue ayer —respondió Higinio—. Lo dijo justo antes de que otro mosaico de azulejos se le cayera encima y le hiciera papilla. ¡Pobre don Rigoberto! Pa mí que esto es una maldición de los egipcios.

—¡Qué pesado estás! —dijo Rubén.

—A ti cuando se te mete una cosa en la cabeza… —dijo Nicolás.

—¡Aquí nunca estuvieron los egipcios! —dijeron los dos.

 


 


 


27 de junio de 2023

Crónica de una presentación


 

En la anterior entrada del blog, informaba de la salida a la luz de una publicación en la que una servidora participa. En ese post os presentaba «Decamerón del siglo XXI» contando en qué consiste y de qué va dicho libro.

Hoy voy a hablar de otra presentación del Decamerón actual, ésta en sociedad, en vivo y en directo.

Pero antes, os voy a contar el proceso previo de ver en papel esa publicación. Si en la anterior entrada reseñaba el estilo y los motivos que llevaron a la escritura de este libro de relatos, ahora me voy a centrar en cómo eso acabó en letra impresa, en un libro real y tangible.

Una vez seleccionados y ordenados los relatos que forman parte del Decamerón, había que elegir una editorial que se hiciera cargo de imprimir aquello. La oferta es amplia, pero la calidad de lo que se oferta… eso ya es harina de otro costal. Después de mucho elucubrar nos decantamos por Círculo Rojo, una editorial de autoedición (o sea, te cobran) aunque, para justificar sus emolumentos, te ofrecen una serie de servicios (no todos cumplidos a rajatabla, para qué nos vamos a engañar) como maquetación, distribución de ejemplares a diferentes plataformas que los pongan a la venta o, incluso, diseño de una web para dar visibilidad a la obra.

Sin entrar en más pormenores, el libro acabó impreso y pudimos tenerlo en nuestras manos. Pero ahí no se acababa todo. Había que darle publicidad. Aunque ahí también la editorial se ofreció (por contrato) a realizar su parte, este tema, y por decirlo de una manera suave, digamos que necesita mejorar.

No obstante, los autores no nos amilanamos fácilmente y también nos pusimos manos a la obra. Decidimos dar visibilidad a nuestro retoño, que lo conociera la gente, que para eso lo habíamos hecho realidad.

Algunos de nosotros, al ser blogueros, ya disponíamos de un espacio donde hablar sobre el libro. Yo misma hice una reseña, o lo que sea que se llame a lo que hago yo cuando hablo de un libro Reseña kirkeniana Decamerón siglo XXI. Juan Carlos Galán, coautor del libro y amigo bloguero, también hizo otra reseña, esta ya con todas las de la ley Colectivo Bremen. Decamerón del siglo XXI

Aun así, había que darle más visibilidad al libro y fue entonces cuando vino la siguiente fase: hacer una presentación. Una tarea también ardua y con complicaciones.

En primer lugar, pensamos en acudir a la librería donde el Colectivo Bremen inició su andadura, Tipos Infames. Al principio parecía que sería allí la presentación, pero problemas logísticos con el suministro de ejemplares y cierta racanería por parte de la distribuidora y la editorial, impidieron que la cosa cuajara.

En el Círculo de Bellas Artes también nos ofrecieron la posibilidad de dejarnos un espacio para esa presentación, pero al final tampoco pudo ser. La librería Cervantes, un lugar muy chic en pleno barrio de Universidad, se ofreció a “cedernos” su minúsculo espacio (no cabían más de veinte personas, y si estas eran delgaditas) a cambio de un módico precio (unos doscientos pavos). Las reducidas dimensiones del lugar nos desanimaron (ya solo con los autores que íbamos a presentar el libro ocupábamos un tercio del aforo). Así que ahí, pues tampoco. La cosa se estaba complicando.

A pesar de todo, mis colegas de reparto no se desanimaron y siguieron insistiendo. Al final y, como el que la persigue, la consigue, encontramos un lugar donde poder presentar con espacio suficiente y sin pagar un euro: la librería Gaztambide, en pleno barrio de la Moncloa y con el ambiente universitario propio de la zona (está al lado de la Universidad Complutense).

Una vez concretadas las circunstancias del lugar (la planta baja de la librería) así como la fecha y hora, procedimos a finiquitar el encuentro. Otra vez tuvimos un impedimento gracias a la tocapelotas de la distribuidora de los libros que no nos aseguraba, a una semana vista, poder suministrar los ejemplares a tiempo. En esta ocasión, Jose, el encargado de la librería salió al rescate y, utilizando sus múltiples contactos fruto de los muchos años que lleva ejerciendo como librero, consiguió recibir a tiempo el material para poderlo poner a la venta.

El viernes, 23 de junio, a las 18:30h, se inició la presentación del Decamerón del siglo XXI. Previamente, los autores que vivimos en Madrid, fuimos haciendo correr la voz entre nuestros allegados y RR.SS. para publicitar el evento. Según se iba acercando la fecha algunos de los invitados fueron descolgándose, de tal manera que yo, algo agorera y tendente a ver siempre el vaso medio vacío, me temí lo peor: aquí no va a venir ni el Tato.

Para más desánimo, ese viernes se iniciaba la primera ola de calor del verano con unas previsiones de 38 grados, lo que, en la práctica, se tradujo en que a las seis y media de la tarde rondaban los 40 grados a la sombra. A esas horas y con esos calores, el común de los mortales no sale a la calle salvo para acudir a una piscina a darse un chapuzón o por algún motivo urgente de salud que requiera asistencia hospitalaria. Y yo me volví a temer lo peor: aquí no va a venir ni el Tato.

Los organizadores del evento, o sea, los autores residentes en Madrid (Paco, Antonio, Juan Carlos, Laura y yo) llegamos los primeros, como es preceptivo y la sala, obviamente estaba vacía. 


Yo, siempre pesimista, pensé que así se iba a quedar, de hecho, lamenté no haberme traído una chaqueta y algunas piezas de ropa más para desperdigarlas por las sillas y dar la sensación de ocupación.

Sin embargo, algunos visitantes empezaron a aparecer, con cara de despistados, aunque puede que fuera el síntoma fruto de la deshidratación causada por la calorina que había en la calle. Poco a poco fueron llenándose las sillas y cinco minutos después de la hora convenida, por eso de que ser puntual en España se considera de mala educación, dimos comienzo al evento. Abundando en lo de no ser puntual, siguió llegando gente una vez empezada la presentación, y los presentadores vimos que las sillas se ocupaban y que algunos comenzaban a sentarse en las escaleras, otros, con las articulaciones más flexibles, incluso en el suelo. Aquello empezaba a parecerse a una asamblea universitaria. El aforo se quedó pequeño. Tato no sé si vino porque como el sitio estaba petado no pude distinguirlo, pero amigos y familiares nos acompañaron, y hasta un señor de Albacete que pasaba por allí, le entró curiosidad y se quedó.


De la presentación en sí poco voy a hablar porque de hacer una estupenda crónica se ha encargado Juan Carlos. Tan solo os avanzo que se habló de Bocaccio, cómo no, pero también de sus novias, amantes y ligues varios y de cómo las trató literariamente según recibió favores o calabazas de ellas. También se habló de Dante, de Botticelli y algún ilustre artista más. Se habló de historia, de amor, de literatura, de la peste y del coronavirus a un nivel de microbiología de andar por casa, de si es más higiénico matar con veneno o a cuchilladas, de la puntualidad puntillosa alemana; hasta Paco se arrancó con un poema de Octavio Paz.

Tengo que hacer especial mención al momento en que se recordó a uno de los autores que tristemente desapareció hace unos meses: Nano. Yo no tuve el privilegio de conocerle en persona, tan solo he podido disfrutar de sus letras, pero tanto Laura como Antonio, que sí le tuvieron como amigo, hicieron una breve semblanza de él; fue el momento más emotivo de todo el evento y una prueba evidente de que es muy cierto aquello que escribió Isabel Allende sobre la muerte: «la gente cuando realmente se muere es cuando se la olvida». Nano aún sigue vivo entre los que le recuerdan como lo demostraron dos de mis compañeros en la presentación.

Se tocaron varios temas más, pero no me voy a parar porque antes he comentado que de esto iba a hablar poco. Si queréis saber más y mejor sobre la presentación leed la publicación de Juan Carlos en su blog Presentación Decamerón del siglo XXI en la librería Gaztambide.

Antes de terminar, y para los que estuvisteis allí, me gustaría aclarar que sí ensayamos algo nuestras intervenciones, si no lo pareció fue porque ni somos actores ni, mucho menos, políticos, por lo que lo de actuar se nos da regular, y el guion se saltó muy alegremente por parte de casi todos. ¡Viva la espontaneidad, qué caramba!

En cualquier caso, lo mejor de la velada fue el público. No solo llenó la sala, aplaudió y se rio con nuestras anécdotas, es que también compraron los libros. Fueron tan generosos que se agotaron las existencias y alguno se quedó con las ganas de tener un ejemplar.

Dicen que de una boda sale otra, pues algo se puede extrapolar con la presentación de este libro porque algunos asistentes nos ofrecieron el Ateneo y la Fundación Clara Campoamor para hacer otra presentación. Parece ser que esto, como el comer y el rascar, todo es empezar.

Si surgen otras presentaciones ya hablaré de ellas, y ante la experiencia vivida, prometo no preocuparme por si viene o no el Tato, aunque puede que le invite para que no se sienta ninguneado.







 


 

 

27 de mayo de 2023

Decamerón del siglo XXI (Reseña kirkeniana)


Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, o que el ser humano es muy predecible porque, básicamente, siempre se comporta igual ante fenómenos similares. Parece ser que por mucho tiempo que pase y por mucho que (se supone) hayamos evolucionado, al final resulta que somos muy parecidos a nuestros lejanos ancestros del Paleolítico.

Es cierto que en situaciones parecidas la forma de reaccionar es también análoga, aunque haya varios siglos de por medio entre dichas situaciones. Y si no, juzgad lo que os voy a contar.

En el siglo XIV una epidemia asoló Europa. La peste bubónica se cebó en la población y cayeron como moscas; entre veinticinco a cuarenta millones de personas (el ratio es muy amplio, pero en la Edad Media no existía el INE) palmaron por culpa de una bacteria (bichito para los profanos), Yersinia pestis. Este bichito, pequeño pero matón, se cargó a la mitad de la población europea.

A Pasteur (considerado el padre de la microbiología) le faltaban quinientos años para nacer, pero algunos europeos espabilados sospecharon que la transmisión de la enfermedad se debía al hacinamiento y las malas condiciones de higiene. Y aunque aún faltaban otros seiscientos años para que nacieran los primeros ministros de sanidad con potestad para encerrar al personal en sus casas (utilizando el eufemismo de «confinamiento»), esos mismos europeos de mente abierta decidieron aislarse en lugares apartados. Esto lo sabemos porque algunas crónicas nos lo cuentan, y entre estas se encuentra una obra universal que, aunque es ficción, refleja cómo algunas personas reaccionaron ante la epidemia de peste negra. Me estoy refiriendo al «Decamerón» de Giovanni Boccaccio. Como algunos recordarán, y si no aquí estoy yo para refrescar memoria, en este libro diez personajes se aíslan en una casa de campo a las afueras de Florencia huyendo del contagio y, para entretener el aislamiento, se cuentan historias entre ellos. Un total de cien cuentos conforman esta joya de la literatura donde se tratan temas diversos.

Siete siglos después, y con algunas epidemias más entre medias, otra plaga vino a azotar Europa (y el resto del planeta), en esta ocasión el bichito que se encargó de dar por saco fue un virus (más pequeño que una bacteria, pero igual de matón), SARS-CoV-2. Esta vez el aislamiento no fue cosa de algunos espabilados porque ya estaban las autoridades para ponernos las pilas (más o menos). Algunos, además, y al igual que hicieran los personajes de Boccaccio, decidieron contarse historias entre ellos para pasar el tiempo y evadirse del desastre desatado.

Estos personajes del siglo XXI a los que me refiero, se aislaron cada uno en su propia casa, pero consiguieron contarse esas historias gracias a la tecnología propia de la época: internet. Cada quince días se conectaban y se reunían telemáticamente para leer los relatos que cada uno había escrito sobre el tema previamente propuesto en la reunión anterior. De esta forma, y siguiendo un paralelismo bastante fiel con la obra de Boccaccio, se reunieron cien cuentos repartidos en diez jornadas, cada una con un tema concreto («Naturaleza», «La soledad», «El arte de la gastronomía», «La envidia», etcétera). Y, al igual que hizo el maestro italiano, se publicaron en un libro, sobre el que va esta reseña kirkeniana: «Decamerón del siglo XXI».

Pampinea, Fiammetta, Filomena, Emilia, Laureta, Neifile, Elissa, Pánfilo, Filostrato y Dioneo (los narradores del Decamerón de Boccaccio, refresco memoria de nuevo) se han reencarnado en Ana, Antonio, Carlos, Paco, Nacho, Josep, Juan Nadie, Juan Carlos, Laura, Luijo, Marisa, Paloma y Nano. Todos formamos parte del Colectivo Literario Bremen, y utilizo la primera persona del plural porque resulta que la Paloma que sale en la relación es una servidora.

Tuve la inmensa fortuna de conocer dicho colectivo en plena pandemia y fue como abrir una ventana al campo para que entrara aire fresco y limpio. El desahogo de contar historias que por unos instantes nos pudieran alejar de los duros momentos que estábamos viviendo fue un lenitivo magistral. Siendo amantes de la literatura, la escritura vino a rescatarnos de la depresión, el desánimo y la tristeza en los que el bichito del demonio nos estaba sumiendo. Cada dos semanas nos reunimos para compartir los relatos salidos de nuestra propia imaginación. Nos trasladamos a lugares remotos, o cercanos, nos reímos, también lloramos, compartimos experiencias, impresiones sobre las narraciones de cada cual: nos sentimos unidos y confortados por la fantástica terapia que es contar historias.

En este libro se tratan temas muy dispares: humor, sarcasmo, drama, poesía, crítica social, deporte, romance, asesinatos. Hay de todo, como en botica. Un remedio diferente para cada ocasión, y todos igual de efectivos: acabar con una sonrisa en la cara. Historias para leer en cualquier lugar y para disfrutar.

La que esto escribe colabora con una decena de relatos, además tuve la suerte de ser la maestra de ceremonias en la décima jornada, o reina (en la obra de Boccaccio, los que dirigen cada jornada se llaman así, refresco de nuevo la memoria). No voy a valorar la calidad de mis escritos porque resultaría raro, aunque tampoco sería la primera vez (yo no tengo filtro y me vengo arriba con facilidad), pero sí voy a comentar la categoría de los demás.

Doy fe que mis compañeros tienen un nivelazo de flipar. En este colectivo hay periodistas, profesores, informáticos, científicos, enfermeros; gente que desarrolla su actividad profesional en sectores variopintos, pero con un denominador común: les gusta escribir y, además, lo hacen muy bien. He aprendido mucho con ellos, me he sentido como el pequeño saltamontes frente a su maestro Po (quien no sepa de qué estoy hablando que se vaya a la Wikipedia y busque serie de TV Kung-Fu, no tengo ganas de seguir refrescando memoria), aunque en esta ocasión el maestro eran doce pedazos de escritores, mis compañeros de reparto, que me enseñaron mogollón. Me ha tocado la lotería al conocerlos.

Si las vacunas nos sacaron del atolladero pandémico a todos, a algunos contar historias nos sacó de la tristeza y la depresión. Ahora queremos que todos vosotros podáis también disfrutar y evadiros con estos cuentos nacidos en la pandemia.

Abajo os pongo los enlaces donde podéis adquirir el libro. Por cierto, los beneficios de las ventas irán a ACNUR. Con esta acción se podría pensar que somos muy rumbosos, pero en realidad la generosidad será vuestra si decidís adquirir vuestro ejemplar, os aseguro que no os vais a arrepentir.


Decamerón del siglo XXI - Círculo Rojo

Decamerón del siglo XXI en Libros.cc

Decamerón del siglo XXI en Amazon

Decamerón del siglo XXI en la FNAC

Decamerón del siglo XXI en El Corte Inglés

Decamerón del siglo XXI en La Casa del Libro



 

 


26 de abril de 2023

Érase una vez un blog


 

Hace diez años yo tuve una idea. En realidad, suelo tener unas cuantas de vez en cuando, pero a la que me refiero en concreto es una que fue acertada —de estas ya no tengo tantas— y que resultó ser muy buena: crear un blog. 

La idea no vino de repente en plan «¡Eureka!» ni nada parecido. Llevaba una temporada pensando en escribir lo que opinaba sobre los libros que leía. Cuando terminaba un libro que me gustaba mucho sentía la necesidad de compartir mi grata experiencia, de recomendar aquella lectura. Sin embargo, la inquietud de compartir mis impresiones era más acuciante cuando la lectura resultaba nefasta, ahí la mala leche que me sacudía por haber perdido el tiempo con una novela mediocre me instaba más insistentemente a despacharme a gusto y largar. 

La idea era esa, compartir mis impresiones lectoras, pero no sabía cómo.

Fue mi propia hija la que vino a rescatarme de mis cuitas.

—¿Por qué no creas un blog?

—¿Un qué?

—Un blog, mamá. Es muy fácil. Hay plataformas que te dan todas las herramientas necesarias. Una vez que lo diseñas, tú escribes ahí lo que quieras.

—¿Un qué? —insistí yo.

No sabía de qué me estaba hablando. No había leído nunca un blog así que la sugerencia me sonaba a chino. Tras indagar algo sobre qué iba el tema, me puse a la tarea. 

Seguí los pasos que Blogger me indicaba y poco a poco fui creando mi propio espacio, aunque en el proceso cometí algunos errores, unos los corregí y otros fueron de tal magnitud que permanecen hoy en día: en mi desconocimiento, cuando me pidieron la «dirección» yo puse la de mi correo electrónico de aquel momento, buscapina7, sin saber que ahí podría haber puesto el propio nombre del blog. Cosas de la ignorancia. 

Elegir ese nombre del blog me llevó bastante tiempo. Lo de poner títulos nunca se me dio bien y aunque no tenía muy claro en qué iba a acabar aquello, quería que fuera algo representativo y mostrativo de lo que en ese espacio habría (lo que viene a significar un título, vamos). Fue entonces cuando recordé algo que leí en algún sitio sobre el concepto que tenían los antiguos egipcios sobre las bibliotecas; para aquellos sabios eran hospitales del alma pues en ellas se encontraban los remedios que podían sanar el espíritu, y ahí me vino otra idea (de las buenas): llamaría a mi blog «Leer, el remedio del alma». Además, como soy boticaria lo de disponer de remedios para curar me molaba bastante.

Después vino otro dilema: el alias. Es cierto que podía poner mi nombre real pero mi hija, otra vez, acudió al rescate, o a la puesta al día.

—Lo normal en el mundo bloguero, mamá, es que utilices un nickname.

—¿Un qué?

—Un alias, un nombre ficticio, un…

—Un apodo.

—Lo que sea.

Eso me llevó bastante tiempo porque si no se me da bien inventar títulos, poner nombres tampoco. Andaba dándole vueltas a lo de procurar remedios, leer, el alma… y me vino la noción de pócima, de ahí pasé a la de bruja —tengo fijación por estos personajes, me gustan mucho— e, inmediatamente, me puse a buscar el nombre de alguna hechicera famosa. Tras darle muchas vueltas, pensé que qué mejor bruja que la primera de todas ellas: Circe. En mis indagaciones averigüé que el nombre original en griego de esa diosa/bruja era más sonoro: Kirke, y con esa versión me quedé.

Fui a Blogger toda decidida con mis «credenciales», pero resulta que me pedía un nombre y un «apellido» (si no rellenaba los dos campos no podía seguir con el proceso de abrir la cuenta), y ahí como ya no tenía el cuerpo para farolillos o, lo que es lo mismo, más paciencia para inventar o idear nombres, me fui a lo conocido, a la buscapina de mi correo y también, por culpa de mi metedura de pata, del blog. 

Tal día como hoy, 26 de abril, pero de hace diez años, arrancó a caminar «Leer, el remedio del alma» al mando de una tal Kirke Buscapina que no tenía muy claro cómo iba a funcionar aquello. 

La primera publicación fue la reseña de una novela de Rosa Montero, «La ridícula idea de no volver a verte». Aunque llamar reseña a tres párrafos donde contaba lo mucho que me gustó ese libro es una exageración o, lo que es lo mismo, no tener ni idea de en qué consiste reseñar. Cuando, más tarde, visité otros blogs donde sí reseñaban en serio me di cuenta de que lo que hacía yo era… otra cosa. Aun así, no me desanimé, aunque me deprimí un poquito, la verdad.

Fueron muchos los libros sobre los que opiné, primero muy brevemente, luego ya me fui extendiendo con más detalle. Tanto es así que incluso me animé a opinar sobre otras cosas que no tenían que ver con la literatura y así nació una sección colateral: «Las cosas de Kirke». Más tarde empecé a escribir sobre poetas, ponía una breve biografía de un poeta (el primero fue García Lorca) y terminaba con una poesía del protagonista; a esta sección la llamé «Poemas y Cantares». 

Entre publicación y publicación fue conociendo otros blogs, no todos de literatura, algunos versaban sobre cine, o sobre pintura. En uno de estos una bloguera especialista en arte un día sugirió que tomáramos uno de los cuadros que nos mostraba y que escribiéramos una historia. Yo nunca había escrito ficción, aunque siempre tuve el prurito de escribir algo, pero era una especie de quimera. Aquel reto me animó a sumergirme en el apasionante mundo de la escritura y nació mi primer relato: «La puerta abierta». Al igual que aquella primera reseña, este cuento era muy breve, pero en mi interior también se abrió otra puerta, la de escribir ficción y, de momento, no se ha cerrado.

Me apunté a más concursos/retos, dentro del mundo de los blogs y también fuera, en espacios que conocí gracias a otros blogueros.  Incluso llegué a ganar algún premio que otro. La puerta se había abierto de par en par.

El blog fue creciendo con más secciones. «Do you speak English?» fue el apartado donde contar mis desventuras con mis viajes allende nuestras fronteras; «Demencia, la madre de la Ciencia» resaltaba la vida de algunos científicos y, con el tiempo, abrió su propio espacio con un blog solo para ella: la demencia científica se convirtió en un spin off. Cuando me dispuse a escribir mi tesis doctoral apareció otra nueva sección: «Doctoranda al borde de un ataque de nervios» y fue la constatación de que escribir era mi pasión y mi desahogo porque aquello, además de divertirme, me sirvió para liberar las muchas tensiones que me generó el proceso de doctorarme.

Y es que escribir se ha convertido en una terapia de relajación para mí. Cuando la pandemia nos confinó a todos (a algunos más que a otros gracias a ciertos gobernantes chapuceros), «Diario de un confinamiento» vino a rescatarme de la depresión en la que hubiera podido caer por culpa del maldito coronavirus. 

«Crónicas hercúleas», «Crónicas astures» o «Crónicas bercianas» fueron sagas basadas en ciertas experiencias extrasensoriales en alguno de mis viajes por el territorio patrio. Ahora mismo, entre algún relato aislado y retos de la blogosfera, está en marcha «Crónicas del Descubrimiento», una saga sobre las (des)aventuras de los conquistadores de América. 

Hoy en día, en el blog las reseñas ya son casi historia (alguna publico, pero muy de tarde en tarde y siempre por motivos muy personales). Aquel espacio que se creó hace diez años ha ido creciendo, madurando y transformándose en lo que ahora es.


 


Pero en esta andadura, lo más extraordinario no ha sido el devenir del blog, sino los acompañantes que me he ido encontrando por el camino. 

Gracias a las reseñas, algunos autores se pusieron en contacto conmigo, y eso es algo que no me esperaba en absoluto. Que alguien leyera lo que yo publicaba ya me parecía asombroso, pero que entre los lectores se encontraran escritores ya consagrados me resultó una experiencia paranormal. Encima, y esto sí que es sorprendente, he llegado a mantener una relación de amistad con algunos de ellos. Entre estos se encuentran Dolo Payás y Luisa Ferro, dos estupendas escritoras y mejores personas. Una gozada total.

También, y según me iba haciendo conocer, conocí a mi vez a otros blogueros. Los seguidores aparecieron, unos fueron flor de un día (hicieron un par de comentarios y no volvieron a dar señales de vida, aunque siguen en la lista de seguimiento), pero otros permanecen en la actualidad junto a nuevas incorporaciones esporádicas.

Entre los fieles, guardo especial cariño a los que, además, se convirtieron en amigos. 

Una de mis primeras lectoras y comentarista fue Rosa Berros. Ella había creado un blog por la misma época que yo y andaba también «vagando» por la red. Iniciamos una relación muy cercana a pesar de la supuesta frialdad de internet; compartíamos impresiones sobre nuestras lecturas y, aunque no siempre coincidíamos en gustos, nos enriquecíamos mutuamente (ella me aporta mucho más a mí que yo a ella, que conste). Creo que desde la primera vez que me visitó no ha dejado de comentar ninguna publicación mía. Es la fidelidad encarnada en bloguera (además de una estupenda reseñista).

En los inicios de mi blog, apareció como por casualidad otro bloguero, Francisco Moroz, y además de darme su opinión en forma de comentarios tuvo la ocurrencia de otorgarme un premio de los que circulan por este mundo. Aquello fue como el pistoletazo de salida al espacio internauta porque las visitas se dispararon y llegaron más lectores. A Francisco le considero mi padrino bloguero.

Como he comentado, no todos los lugares que visitaba en calidad de bloguera tenían que ver con la literatura. Un día, no sé muy bien cómo, llegué a un blog donde la autora, Chelo, relataba el nacimiento de sus dos sobrinos al mismo tiempo que comentaba que le gustaba el cine. Sin ser temas, a priori, que me atrajeran mucho, decidí seguirla. Noté cierto feeling sin saber muy bien por qué. Aquella impresión se tradujo con el tiempo en una sección compartida «Alalimón» (reseñas de libros y de películas basadas en ellos) y en una amistad que trascendió el ámbito virtual. 

Josep Mª Panadès, Conxita Casamitjana, fueron otros blogueros que fui conociendo y con los que compartí impresiones a través de las experiencias relatadas en sus blogs bien en forma de relatos, bien en forma de opiniones sobre algún tema. La afinidad y el buen rollo se dieron desde el minuto cero y aún perduran.

Ya tenía asumido que mi publicaciones sobre los libros que leía no eran en realidad reseñas, pero Juan Carlos Galán me vino a confirmar que para reseñar hay que estar hecho de una pasta especial, concretamente de la que está hecho él. Cuando me pregunto cómo debe ser una buena reseña, me voy a su blog y ahí aprendo. Cuando tengo la suerte de verle en persona y charlar con él aprendo más de muchas otras cosas. Un profesor maravilloso.

De hecho, y esto es lo que más agradezco de aquella estupenda idea que tuve hace ya diez años, esa afinidad con otros blogueros se ha traducido en lo que venimos en llamar 'quedadas blogueras' y que consisten en reuniones en persona, en vivo y en directo, nada de pantallas de ordenador. En esas quedadas hablamos, reímos y nos lo pasamos fenomenal. Una amistad sincera y gratificante.

Mamen Piriz, Teresa Cloquell, Pedro Fabelo, David Rubio, Raúl Ógar y muchos otros más, fueron/son también compañeros de viaje en este periplo que me aportan mucho, cada uno a su modo.

Han pasado diez años ya. Echo la vista atrás y el balance es positivo, plenamente. «Leer, el remedio del alma» me ha dado mucho, ideas, satisfacciones, creatividad, desahogo, pero, ante todo, me ha dado la oportunidad de conocer gente maravillosa. Solo por eso ya es motivo más que suficiente para celebrar el aniversario de aquella idea que tuve hace una década.



Hada verde:Cursores
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