Hace tiempo que determiné no presentarme a ningún concurso literario y entre mis propósitos para este año 2018 se encuentra seguir con la misma postura. La razón se basa principalmente en que me lleva mucho tiempo leer a los demás concursantes y analizar debidamente sus textos, por lo que cumplir con los plazos me resulta complicado y agobiante.
Pero esto de no concursar no solo se debe a mi lentitud y mi afán cumplidor. Hay otro motivo: mi despiste.
Es cierto que últimamente mis equivocaciones por estos lares son más abundantes, puede que sea estrés o la influencia de la luna, pero soy despistada desde que tengo uso de razón y mi mala memoria, mi falta de atención o simplemente estar en Babia me han traído muchos problemas y más de un disgusto.
Cuando iba a párvulos ya tuve mi primera contrariedad (o una de las primeras de las que se tiene constancia). Lo que viene a continuación es algo que acaeció cuando yo tenía unos siete años, y no es un recuerdo mío, es la reproducción de lo que se cuenta en las comidas familiares cuando quieren evocar mi niñez y de paso echarse unas risas.
Resulta que un día volví muy compungida del colegio; me habían mandado buscar una imagen de un caballo para dibujarlo y andaba yo espantada pues las artes plásticas no se me daban bien –después de varias décadas mi habilidad con la pintura es igual de mala–. Mis padres, y hasta una prima mía que andaba ese día por casa, me animaron y me instaron a que me pusiera a la tarea. Con el apoyo familiar pinté algo más o menos aceptable. Fui al día siguiente toda orgullosa a clase, encantada de mi dibujo. Cuando regresé a casa hecha un mar de lágrimas, mi madre me preguntó qué había pasado pues el caballo de marras no había quedado tan mal. Y era cierto, el caballo estaba bastante bien, pero se me había “olvidado” poner encima a Viriato, el verdadero objeto del trabajo.
Con esta anécdota he querido plasmar una de las bases de mi despiste: enfoco mi atención sobre una cosa y eso me impide ver las demás.
Lo de dejarme las cosas por los sitios más insospechados es otra de las consecuencias de mi despiste. No entro en detalles porque podría escribir muchas páginas, pero mi presupuesto en paraguas es muy elevado, aunque estos años de sequía me han proporcionado cierto respiro.
Lo peor es cuando otros sufren las consecuencias de mi mala cabeza.
Cuando mi hija era pequeña acudía a clases de ballet y a un taller de pintura –todo lo mal que se me da a mí pintar se le da bien a ella, se ve que salió a la familia de su padre–. Tanto el taller de pintura como la danza eran dos clases por semana, de manera que todos los días después del colegio teníamos que ir a algún sitio.
Una de las características de los despistados es confundir a menudo el día de la semana, cuando es lunes creer que es martes o cuando es miércoles creer que es martes otra vez. Aparecer en el estudio de danza con la nena toda peinada con su moño y su maillot y decirme la profesora qué hacía allí, que ese día no tocaba clase, o ir el día que correspondía pero coger la mochila de pintura en lugar de la del ballet y la niña tener que bailar con una bata llena de manchas de óleo, son un par de ejemplos de lo que tuvo que sufrir mi querida hijita. Un desastre.
Rellenar impresos para solicitar lo que sea, me supone una tarea titánica. Invariablemente necesito dos o tres ejemplares antes de rellenarlos adecuadamente sin equivocarme, aunque la mayoría de las veces los entrego incompletos. Siempre me falta algo.
Pero a lo que voy hoy es a mi nula capacidad para presentarme a los concursos literarios. Leer las bases es primordial y cumplir las normas también. Pues yo no hago ni lo uno ni lo otro. Bueno, las bases sí me las leo, pero como luego se me olvidan o no me entero bien, acabo escribiendo otra cosa totalmente diferente y que nada tiene que ver con lo que el concurso demandaba.
Esto me pasó hace poco. Intervine en un ejercicio llamado “Amigo invisible literario”. Consistía en escribir un relato “personalizado” a otro participante, y para que fuera de su agrado había que basarse en sus gustos y preferencias, además de sus miedos (los organizadores nos suministraban esos datos).
A mi me tocó en suerte un participante que quería que su relato se desarrollara en el barrio barcelonés del Carmelo o en el de la Taixonera y al que le daban miedo las arañas y el vértigo. La consigna añadida era “Relato de terror”.
Para empezar, cuando leí las bases ya no me enteré bien, porque al enviar mi relato no sabía que era un concurso donde todos teníamos que leer a todos, comentar y puntuar. Creí que era solo un regalo de Navidad a otro escritor, pero sin más aditamentos. La primera, en la frente.
Teniendo en cuenta que no conozco Barcelona –por tanto no conozco los barrios citados– y que el género de terror no es lo mío, la tarea se me antojó difícil. Pero ya que me había comprometido me dispuse a cumplir como una campeona. A lo hecho, pecho.
Tras estrujarme las neuronas, me salió algo que yo creí medianamente pasable. Tras repasarlo varias veces y cuando ya iba a mandarlo a los organizadores, me dio por volver a leer las consignas y fue entonces cuando me di cuenta de que donde ponía “Relato de terror” había más palabras al lado, concretamente “en donde aparezcan fantasmas”.
¡Porras! ¿y ahora qué hago yo?, me dije. Porque mi relato se desarrollaba en las calles empinadas de esos barrios barceloneses y tenía arañas; pero fantasmas no. El plazo estaba a punto de expirar, había un súper puente vacacional a la vista y no tenía tiempo para rectificar demasiado. Hice un añadido deprisa y corriendo y lo mandé.
Pero ahí no acaba todo. Había más cosas que pasé por alto al leer las bases del evento. Lo de escribir un “texto personalizado” quería decir que el destinatario del relato debía ser el protagonista del mismo.
Mi relato era para un hombre y mi protagonista era una mujer que, evidentemente, no se llamaba como el receptor. ¡Zas, en toda la boca!
Como podréis adivinar en el concurso no me comí una rosca y me cayeron críticas por todos lados, por insumisa. Hasta me acusaron de enviar un texto que tenía por ahí guardado, algo que me dolió especialmente porque yo no hago esas cosas: con lo que me cuesta inventarme relatos, cuando escribo uno ni se me ocurre guardarlo, lo mando a donde sea, al menos a mi blog.
Por cosas como esta yo no estoy capacitada para participar en concursos. O puede que me quiera engañar a mí misma, y en el fondo sé que no puedo participar porque no tengo la calidad necesaria para hacerlo de manera plausible.
“Excusatio non petita, accusatio manifesta”























