8 de febrero de 2022

Igualdad de condiciones

 

Regina se había preparado a conciencia. Ese puesto iba a ser para ella.

Era disciplinada, tenía muy claras las ideas y lo que quería en la vida. Desde adolescente sabía que lo suyo eran las ciencias, también sabía que le gustaba el lujo, sobre todo desde que conoció a Susanita, la hija pequeña de la familia a cuya casa su madre iba a limpiar.

Un día, tendría unos catorce años, acompañó a su madre al chalé donde vivían los Recuero García de Peñalara y Vivancos. El casoplón se encontraba en una urbanización de alto copete situada en una loma llena de mansiones similares. Hasta aquel día Regina pensaba que los ascensores solo se ponían en los edificios de muchas plantas y en los que vivían, o trabajaban, gran cantidad de personas. Sin embargo, en aquella vivienda habitada solo por cuatro personas, el matrimonio Recuero García de Peñalara y Vivancos y sus dos hijos, Susanita y Gonzalito, tenía cuatro plantas contando el sótano y las buhardillas y para moverse de un piso a otro había un elevador de reducidas dimensiones que evitaba a los inquilinos subir tanta escalera cuando se querían mover por la casa. Regina, cuando lo vio, alucinó en colores.

Aquella no fue la única sorpresa que tuvo Regina el día que conoció a la familia que le daba empleo a su madre. En el garaje había cuatro coches —«¿Para qué tantos?», se preguntó ella, «Si solo hay dos adultos que pueden conducir»—, dos todoterrenos más grandes que la furgoneta de su tío Pepe que se dedicaba al reparto de pan en un pueblo de la provincia de Burgos, y dos deportivos que le recordaron a los del Scalextric de su hermano Juan, pero a escala natural.

Las estancias eran amplias, la habitación más pequeña tenía el doble de superficie que el salón donde comían Regina, sus padres y sus dos hermanos en su minúsculo piso de Carabanchel. La profusión de cuadros valiosos, jarrones con flores y muebles robustos también asombraron a la entonces adolescente Regina.

Sí, Regina tenía muy claro que se dedicaría a la ciencia, pero también a ganar mucho dinero para vivir como esa familia.

Se hizo amiga de Susanita, de la misma edad que ella, y la diferencia de clase social con todo lo que conllevaba (barrios distintos, diferentes ambientes de ocio, etc.) no fue un impedimento para que las dos niñas congeniaran.

Estudiaron juntas en la universidad. La pasión de Regina por la ciencia en general y por la biología en particular, fue contagiada a su amiga Susanita —Susi desde que cumplió los dieciocho años—. Aunque, en honor a la verdad, la amiga rica de Regina se apuntó a la carrera de Ciencias Biológicas más por estar con ella que por convicción; a Susi le daba un poco igual lo que estudiara. En realidad, le daba igual casi todo.

Regina, durante su periodo universitario, se esforzó por obtener un buen expediente. Encerrada durante semanas en su minúscula habitación de Carabanchel estudiaba con ahínco. Al final su currículo académico era la admiración de profesores y estudiantes donde las asignaturas se contaban por sobresalientes o matrículas de honor. Susi también terminó la carrera, pero sus notas eran más corrientes: algún que otro notable aislado y todo lo demás aprobado por los pelos.

Cuando las dos amigas se graduaron, Regina decidió hacer un máster, tuvo que optar a una beca y pagarse el resto que no cubría la subvención con el dinero que obtuvo dando clases de química y de inglés a los hijos de algunos vecinos de Susi.

Una vez más Susi siguió los pasos de su inseparable amiga y también se apuntó al mismo máster que Regina, aunque sin necesidad de beca ni de obtener dinero extra con ninguna actividad; los diez mil euros que costaba la matrícula se los dio su padre firmando un cheque en un descanso de un partido de pádel (practicar ese deporte le servía para mitigar el estrés de su trabajo como concejal en el ayuntamiento).

Fueron muchas más las actividades que Regina realizó para formarse y preparar su entrada en alguna empresa de prestigio. Su expediente académico iba creciendo en cantidad y calidad. Cuando supo de la oferta de empleo en una multinacional farmacéutica para formar parte del equipo de investigación de una nueva vacuna, su especialidad en virología la hacía la candidata perfecta. Ese puesto le daría un buen trabajo y una nómina nada desdeñable y suficiente para adquirir todo lo que ella deseaba. No obstante, había más personas interesadas en el puesto y habría de competir contra ellas. Otra vez, y como ya era habitual, Susi hizo lo mismo que Regina y se presentó al puesto, más por acompañar a su amiga del alma que por interés en trabajar; a Susi trabajar no le gustaba, ni en una industria farmacéutica ni en ninguna otra cosa. Ganarse el pan no iba con su forma de ver la vida, más que nada porque el pan que se comía se lo ganaban otros por ella.

Llegó el día de la entrevista, los candidatos fueron convocados con una diferencia de media hora entre sí para hablar con los directores del proyecto y así evaluar la capacidad de cada uno de ellos.

Susi y Regina acudieron a la vez por aprovechar el viaje: la sede de la empresa farmacéutica estaba a las afueras de la ciudad y Regina no tenía vehículo propio, así que se fueron las dos en el descapotable que el padre de Susi le había regalado con ocasión de su reciente cumpleaños.

—¿Qué es ese paquete? —preguntó Regina a su amiga nada más subir en el coche y al ver un bulto envuelto en papel de regalo sobre los escuetos asientos traseros.

—Nada, un detallito que me ha dado mi madre para que se lo entregue a uno de los directivos de la empresa a la que vamos. Parece ser que su mujer acude al mismo club de hípica que ella y yo.

—¿En serio? Vaya. ¡Qué casualidad! —respondió Regina achicando los ojos.

—Sí que es casualidad, sí. Además, mi padre también conoce a otro jefazo de allí, es el director de proyectos de… no sé qué.

—¿Y también le llevas un detallito? —preguntó Regina con cierto retintín.

—No, a ese no le llevo nada. Me ha dicho mi padre que ya hablará con él este fin de semana, cuando jueguen juntos al pádel —respondió Susi sin captar la ironía de su amiga.

La primera en entrevistarse fue Regina. Durante más de media hora estuvo sometida a un exhaustivo examen. Preguntas de genética viral, metodología puntera y muchas otras cuestiones más fueron el tema de la entrevista. A pesar de la dificultad Regina salió contenta, sabía que había respondido a todas y cada una de las preguntas con diligente eficacia y acierto. Era una campeona.

Después le tocó el turno a Susi. Apenas estuvo diez minutos dentro del despacho. Dada la brevedad de la entrevista, Regina pensó que no había salido la cosa bien, algo, por otra parte, esperable porque Susi no tenía apenas preparación en virología, no se le daba bien esa especialidad. En realidad, no se le daba bien nada de lo que había estudiado porque su implicación no era precisamente destacable. Para Susi, todo lo que carecía de interés no se le daba bien, y a Susi solo le interesaba la moda y los caballos por lo que siempre iba muy bien vestida y había ganado algún que otro premio de equitación.

—¿Qué tal te ha ido, Susi? —le preguntó su amiga.

—Bueeeeno… yo creo que bien. Para un puesto tan específico yo creía que me preguntarían cosas más difíciles, la verdad.

—¿Te ha resultado fácil la entrevista? —preguntó incrédula Regina.

—Pues la verdad es que sí —contestó Susi sonriendo satisfecha.

—¿Qué te han preguntado? —inquirió su amiga recordando cuando a ella misma le pidieron que expusiera la secuencia genética de un rotavirus.

—Me pidieron que les explicara qué tipo de silla de montar es más adecuada para el salto y cuál es mejor para carrera. También que les dijera qué tipo de raza es mejor para que los niños aprendan equitación. Me resultó algo raro, si te soy sincera. ¿Es posible que las vacunas esas que van a investigar las prueben en caballos?  

Regina no contestó, se le había formado un nudo en la garganta y no podía hablar. Gruesas lágrimas empezaron a correr por su rostro.

Sin ser consciente de la decepción de su amiga, Susi añadió:

—¡Ah! También me preguntaron a qué hora juega mi padre al pádel.

 


21 de enero de 2022

Unidos por un anillo

 

El día era apacible en La Comarca. Dos hobbits miraban atardecer fumando sendas pipas sentados en la puerta de su casa.

—¿Has estado mirando el Palantir(1), Frodo?

—Sí, estuve hablando un rato con Pippin.

—¿Qué se cuenta?

—Le va muy bien en el bosque de Fargorn(2), el vivero que tiene allí ha sido un negocio redondo, como no necesitan abono las plantas crecen sin apenas cuidados.

—Un chollo y una gran visión empresarial —añadió Sam.

—También informó sobre Gandalf; está peor. Trae de cabeza a los del psiquiátrico. Por las noches enciende el bastón iluminando todas las habitaciones como si fuera de día y no deja dormir a nadie, otras veces les llena el jardín de águilas gritando que nos debe rescatar. En fin, que los tiene a todos tan locos como lo está él.

—Pues yo recibí carta de Eowyn. Tenemos boda. Aragorn se ha separado de Arwen y se ha ido a vivir con la hermana de Éomer.

—Se veía venir. Hacen muy buena pareja, tienen intereses comunes. Recuerdo cuando entrenaban juntos con la espada mientras la elfa pavisosa se dedicaba a bordar un estandarte: ya ves tú, lo mismo tiene cargarse un nazgul(3) como hizo Eowyn que ponerse a bordar. No hay color.

—Pues estamos invitados al casorio; además, tú eres el padrino. No sé qué ponerme —contestó Sam.

—Utiliza el mismo traje que usaste para nuestra boda —respondió Frodo—. Estabas guapísimo.

—Gracias, cariño. Eso haré. Y tú encárgate de llevar los anillos.


NOTA: El relato está basado en personajes de El Señor de los Anillos. No sé hasta qué punto puede ser entendido por quienes ni han visto la trilogía cinematográfica ni han leído los libros de Tolkien. Al   final   de esta nota aclaratoria he puesto la definición de algunos nombres que sonarán a chino a quienes no están familiarizados con esta obra.
Se me hacer difícil hacer un resumen de una historia tan larga para poner en situación. Tan solo comentar que Sam y Frodo fueron los dos hobbits que llegaron hasta las tierras de Mordor donde estaba Sauron para destruir el anillo que podía darle un poder absoluto al señor de Mordor. Juntos pasan multitud de penalidades y formaron una pareja entrañable donde Sam demuestra una fe y una lealtad inquebrantable hacia Frodo.
Eowyn es una guerrera que se enfrentó a un nazgul, lo mató ella solita. Arwen es una elfa que renuncia a su origen para unirse a un humano, Aragorn, guerrero él también. Mientras Eowyn, Aragorn y muchos otros más las pasan canutas para luchar contra Sauron, Arwen se dedica a esperar los acontecimientos a salvo de todo y con el cabreo de su padre porque quiere que huya con su pueblo, borda el estandarte de la casa de Aragorn para utilizarlo en la coronación de este.
(1) Palantir: es una piedra vidente, con forma esférica, sirve para ver acontecimientos o lugares distantes y, también, para comunicarse con el usuario de otra de ellas.
(2) Fargorn: bosque de una exuberancia tal que hasta algunas personas crecen si viven en él.
(3) Nazgul:  jinete negro con un gran poder destructor. El que se cargó Eowyn además iba montado en un dragón.

16 de enero de 2022

El secreto de la (in)felicidad

 

No podía seguir así. Tenía que cambiar, lo que estaba viviendo no era soportable. Había que bloquear esa desazón que todas las mañanas la embargaba y que la llegaba a paralizar e impedir que saliera de la cama.

Remedios nunca había tenido mucha fortuna en nada, pero de un tiempo a esta parte la suerte adversa se estaba ensañando con ella. Estaba acostumbrada a que en los sorteos o cualquier otro tipo de juego de azar no le tocara nunca nada, aunque eso era lo de menos; había otros aspectos en los que la suerte también le era esquiva y donde las consecuencias eran mucho más dramáticas.

Porque dramático fue que se quedara sin líquido de frenos cuando estaba bajando el puerto de Somosierra, algo que los mecánicos que inspeccionaron el coche después del siniestro no se explicaban porque el auto era nuevo (se lo habían entregado el día anterior). «Ha sido mala suerte, señorita» le dijo el guardia civil que la atendió tras el accidente y mientras la introducían en la ambulancia para llevarla al hospital.

También fue catastrófica aquella vez que se le incendió la casa.  Un escape de gas tuvo la culpa, pero Remedios se preguntó en aquella ocasión por qué el gas acabó acumulándose en su piso si ella tenía todo eléctrico. «A veces el gas se filtra por grietas y acaba en los sitios más insospechados» le comentó el agente del seguro cuando fue a dar parte del siniestro y a comunicarle que los escapes de gas, propios o vecinales, no estaban contemplados en la póliza.

No, a Remedios le acompañaba la desgracia. “Pupas” le llamaban sus amigos, el mismo mote que recibía el equipo de fútbol del que era aficionada. Quizás su infelicidad venía de una simbiosis íntima con el club de sus amores.

Eran muchas las desgracias que jalonaban la vida de Remedios y eso la sumía en un estado depresivo que solo se atenuaba malamente a base de medicación. Pero debía de haber otra solución.

Un compañero de trabajo le dijo que la mala suerte no existía, que cada uno era dueño de su propio destino y que cada uno elige lo que le pasa. Remedios no entendió muy bien qué quería decir con eso y tampoco tuvo ocasión de pedirle a su colega que se lo aclarara porque el jefe de personal ese mismo día le comunicó que estaba despedida y ya no volvió por la oficina, aunque le pareció entender que lo había leído en un libro clandestino, oculto… o algo así.

Recordando ese preciso día hizo memoria y visualizó el libro de marras que, además, habían leído bastantes más miembros de su lugar de trabajo. Se trataba de El Secreto. Decidió adquirir un ejemplar por internet, pero como ese día se había quedado sin conexión ―estaban realizando unas obras en las conducciones del gas― decidió bajar a la librería aledaña a su casa a comprarlo en vivo y en directo.

Remedios abrió el libro convencida de que en él encontraría remedio a su adversidad. Cayó en la cuenta de la redundancia de su propósito con su nombre y enseguida vio ahí una señal: la propia Remedios remediaría su situación. Sí que iba a ser cierto que uno elige lo que le ocurre.

Acomodada en el sofá del comedor se sumergió en la lectura, pasaron las horas y Remedios no podía dejar el libro concentrada en lo que estaba leyendo. Su entrega no era tanto debida al interés de lo que allí se contaba sino más bien a que no entendía casi nada de lo que ahí se decía. Subrayó algunas frases y las copió en un papel para analizarlas detenidamente y ver si obtenía alguna conclusión que le sirviera a su caso en particular por lo de concretar y no divagar que para divagaciones ya estaba la autora de la obra que tenía entre manos.

­­­«Cuando quieres cambiar tus circunstancias, primero debes cambiar tus pensamientos». Esta frase la copió en rojo. Sabía que ahí había miga, aunque lo de cómo llevarlo a la práctica se le antojaba más complicado. A ella, por ejemplo, le gustaría cambiar de trabajo ―desde que la despidieron solo había conseguido un puesto como repartidora de comida rápida y aunque lo de ir en bicicleta le había ahorrado la cuota del gimnasio, el curro no le terminaba de convencer―. El día anterior precisamente, y mientras pedaleaba entre el tráfico infernal de la ciudad para llevar una ensalada César y un yogur desnatado a una clienta, pensaba que era la directora de marketing en la misma empresa de la que fue despedida, pero ese pensamiento no le había cambiado nada, seguía trabajando dándole al pedal.

«Es imposible sentirnos mal y tener pensamientos positivos al mismo tiempo». Esta frase la apuntó con un boli de color verde, no por importante, sino por ser una perogrullada. En el momento de escribir aquello la autora debía de estar recién levantada después de una noche de juerga. Al menos eso le pasaba a Remedios cuando estaba con resaca; le venían a la mente ideas simples, aunque se mostraran en ese momento como algo excelso: me duele la cabeza y no se me va a quitar como no me tome una aspirina.

«Cuando más utilices tu poder interior, más poder atraerás hacia ti». Esta oración la apuntó en color azul y flanqueada por dos signos de interrogación. ¿Qué es el poder interior? Ella conocía casos de poderes especiales, como el de Spiderman para moverse como una araña, o el de Superman que podía volar ―ese poder sí que molaba, cómo le gustaría tenerlo cuando llegaba tarde para realizar una entrega―. Aunque en esos casos se trataba de “súper” poderes, y ahí se hablaba de poder a secas, interior, pero normal. Aun así, ella no tenía nada de eso.

«Has de rellenar el espacio en blanco de la pizarra de tu vida con aquello que más desees». Esto ya lo había hecho Remedios antes de leer el libro. Cuando faltaban quince días para Navidad compró un décimo de lotería y escribió el número en la única pizarra que tenía, una magnética pegada en la nevera de la cocina. Todas las mañanas, y hasta que llegó el día del sorteo, miraba el número y lo repetía mentalmente pidiendo que le cayera el Gordo. Ni la pedrea le tocó. Remedios apuntó la frase para, acto seguido, tacharla por inexacta.

«Eres la energía y la energía no puede ser creada o destruida. La energía simplemente cambia de forma». Esta frase le recordó las clases de física del instituto. ¿Eso no lo había dicho antes Einstein?

«Tu trabajo eres Tú. A menos que primero te llenes a ti mismo, no tendrás nada que dar a nadie». Esta fue la primera frase que tuvo sentido para Remedios. Era una verdad como un templo. En su trabajo como no llenara la cesta térmica con los pedidos no podría dárselos a los clientes. La apuntó con el boli verde, el de las perogrulladas.

«Aquello a lo que te resistes es lo que atraes, porque estás fuertemente enfocado en ello con tu emoción». Tuvo que leer este enunciado unas diez veces, no lo entendía. Remedios era una mujer pragmática y todo lo visualizaba con hechos tangibles. Después de darle muchas vueltas, creyó ver lo que quería decir. Era como aquella vez, de pequeña, cuando estaba aprendiendo a andar en bicicleta: se encontraba en una explanada vacía donde tan solo había una farola en medio. Su padre, que le estaba enseñando, le avisó que fuera por cualquier lado menos por donde estaba el poste de la luz, el único lugar que entrañaba peligro para una ciclista en ciernes, pero, inexplicablemente, sus manos movieron el manillar para dirigirse derechita a la farola que la atrajo como un imán. De aquella experiencia sacó en claro, además de un chichón en la frente y sendos moratones en las rodillas, que hay que alejarse de los elementos susceptibles de chocarse cuando vas en bici; esto le fue de gran ayuda, quién se lo iba a decir, en el trabajo como repartidora, pero seguía sin ver la utilidad para acabar con su mala situación.

«En lugar de enfocarte en los problemas del mundo, pon atención y energía en el amor, la confianza, la abundancia, la educación y la paz». Esta frase la anotó porque la puso como una moto. Después de leerla varias veces le entraron ganas de apuntarse a tres ONG, hacerse voluntaria en un comedor social y alistarse en el ejército para ir como casco azul a alguna zona bélicamente conflictiva. Cuando sospechó que eso no le ayudaba a superar su estado de melancolía y menos a tener mejor fortuna, decidió desecharla porque seguro que en una guerra el primer obús que se lanzara le daba de lleno a ella.

«La única razón por la que la gente no tiene lo que quiere es porque piensa más sobre lo que no quiere que sobre lo que quiere». Tras el apunte de esta oración Remedios añadió «El perro de San Roque no tiene rabo porque Ramón Rodríguez se lo ha robado».

Las horas fueron pasando entre la lectura y los apuntes hasta que unos pitidos insistentes en su móvil hicieron que saliera de su concentración. Tenía 23 mensajes de WhatsApp, algunos de sus nuevos compañeros de trabajo, los cuatro últimos de su jefe que habían sido enviados con una separación de diez minutos entre sí. Fueron estos los que la hicieron soltar el libro de golpe: «Se puede saber dónde estás???!!!» «Hace DOS HORAS que deberías haber empezado a repartir tus pedidos!!!» «Como no aparezcas enseguida te despido!!!» «Estás DESPEDIDA!!!!»

¡Maldito libro! Se suponía que su lectura la sacaría del hoyo en que se encontraba y ahora se había hundido un poco más porque al enfrascarse en su lectura había perdido el trabajo. Cerró enfadada el manual e inspiró profundamente para serenarse un poco. A pesar de todo quiso ser positiva y se consoló pensando que, ya que no tenía que ir a trabajar, podría ver la final de la Champions que se jugaba en Lisboa y en la que participaba por segunda vez en su historia el equipo de sus amores y, en esta ocasión, además, enfrentándose al eterno rival de los derbis madrileños.

Encendió la televisión y nada más ver salir al campo de juego a los dos equipos, recordó otra cosa que había visto en un tutorial de YouTube: «Si quieres modificar el rumbo de tu vida empieza por modificar algunas cosas de tu vida».

«¿Y si me cambio de equipo y deseo que gane el adversario?» pensó Remedios, al fin y al cabo, el otro club también era de su ciudad y la deserción le pareció más tolerable. Buscó una camiseta blanca para mimetizarse con su nuevo equipo y se dispuso a ver el partido. Como si de lanzar una moneda a cara o cruz se tratara, decidió que lo que ocurriera en esa final le daría, o no, la razón y sería la señal de que a partir de ese momento su vida sería distinta. El árbitro dio el pitido de inicio del juego; en dos horas, más o menos, Remedios sabría si su infelicidad tenía fecha de caducidad.


 

NOTA: Soy muy crítica con algunos libros de autoayuda, pero respeto, como no podía ser de otra manera, a quienes ven en ellos una herramienta útil para afrontar determinados problemas. Pido disculpas si con este relato he podido ofender a quienes gustan de leer ese tipo de literatura en general y a quienes “El Secreto” les sirvió de ayuda en particular.




19 de diciembre de 2021

Moldeando Palabras (Reseñas kirkenianas)

 


Para terminar el año traigo al blog una reseña de las mías, de las que he dado en llamar kirkenianas. En este tipo de reseñas hablo de un libro que, por algún motivo concreto, me vincula con la historia o con el autor. En este caso el vínculo lo tengo con una de las autoras que aparecen en él pues son varios los escritores ya que se trata de una antología de relatos.

«Moldeando palabras» contiene 24 relatos de otros tantos escritores. Las historias son de lo más variadas y como comentarlas todas me traería mucho tiempo y espacio voy a centrarme en el relato de la autora con la que me siento muy unida.

Primero diré qué tipo de relación me une a la escritora, es una muy estrecha y directa porque resulta que la autora a la que me refiero soy yo, y aunque hay veces en que ni yo misma me reconozco o comprendo por qué hago algunas cosas, lo cierto es que estoy bastante unida a mí misma. Creo que no hacen falta más explicaciones.

Presenté el relato a un certamen hace ya varios meses, por eso de si suena la flauta y decidían publicármelo. Y resulta que la flauta sonó y acabó el relato en letra impresa. A veces los hados o los dioses se aparecen a los mortales y les dan alguna alegría.

He de comentar, ya de paso, que había transcurrido tanto tiempo desde que envié el texto a la editorial que cuando me avisaron de que estaba en imprenta ya ni me acordaba del envío porque conmigo ni los hados ni los dioses se prodigan en hacerme favores y pensaba que la cosa había terminado en agua de borrajas.

Una vez explicada la relación y el porqué de hacer esta reseña kirkeniana, paso a la reseña en sí, algo que puede parecer chusco porque eso de que un autor se reseñe a sí mismo es muy poco ortodoxo por no decir que es puro “auto-nepotismo”, pero algo tendré que hacer si no tengo ni fama ni calidad para que me reseñen otros.

El relato se titula «Dígaselo con un abanico» y está ambientado en el Madrid de finales del siglo XIX. El género al que pertenece podría catalogarse de costumbrista, o pseudo-romántico o dramático porque de amores habla pero no de amores correspondidos, aunque tampoco es que haya tragedia, más bien lo contrario ya que hay cierto tonito humorístico que tiende a ridiculizar a algunos personajes.

En cuanto a la narrativa… yo diría que está bastante bien escrito el relato. No tiene ni faltas de ortografía ni de sintaxis (al menos faltas que consten como tales en el corrector de Word). Los diálogos son pasables y la autora demuestra que se lo ha currado documentándose porque, lo sé de muy buena tinta, tuvo que recurrir a libros de historia para saber quién era alcalde de Madrid en la época en que se desarrollan los hechos o leerse un manual para enterarse de los signos del lenguaje de los abanicos (complicadísimo, oiga usted). También tuvo su intríngulis averiguar de qué partes constan esos artilugios para aventar así como los diferentes materiales con los que se manufacturan. En fin, que escribir esas 12 páginas no fue coser y cantar; al menos el trabajo hay que reconocérselo.

De todas formas cada uno puede obtener su propia opinión si lo lee en el blog (al final aparecen los enlaces).

Tanto esa autora como los que la acompañan en esta antología, tienen un denominador común: la ilusión por escribir, por transmitir sensaciones, por volcar en un papel escrito historias salidas de la imaginación. Un libro entretenido con muchos mundos recreados a través de las letras moldeadas por estos alfareros del lenguaje*.

 

(*) El nombre “Alfareros del Lenguaje” no me lo he inventado yo, más quisiera, así se llama la asociación que promueve iniciativas como la de publicar esta antología.

 


NOTA: Esta es la última entrada del año así que os deseo a todos unas felices fiestas y espero que iniciéis el nuevo año con fuerzas renovadas porque falta nos van a hacer.

También deseo que los Reyes Magos sean generosos con vosotros: sé que os habéis portado muy bien. Yo he debido de comportarme igualmente bien porque, de momento, ya me han adelantado un regalo: la aparición de uno de mis textos en la antología que aquí reseño.



Si alguien está interesado en adquirir el libro, aquí pongo el enlace para obtenerlo: Moldeando palabras

Los enlaces al relato publicado están aquí:

Dígaselo con un abanico (1ª Parte)

Dígaselo con un abanico (2ª Parte)

11 de diciembre de 2021

Invocación (y III)

 

Águeda no podía creer lo que le estaba pasando: ¡volaba! Ella, que se perdía en el monte, que no era capaz de memorizar los nombres de las plantas, que era una inútil, podía volar. Cuando formulaba un deseo en las noches de San Juan sus pretensiones se limitaban a pedir que la huerta no se anegara en primavera con la crecida del río o que pudiera estrenar una saya nueva el Domingo de Ramos, pero ni en sus sueños más locos se había atrevido a desear volar y eso que el cura les decía que fueran ambiciosos en sus peticiones, aunque para el sacerdote a quien había que rogar era a Jesús no a una diosa del bosque.

 La niña decidió dejarse de cábalas y disfrutar de su viaje. Parpadeó varias veces por ver si aquello era en realidad un sueño, y también porque el aire le estaba haciendo lagrimear. De repente, el paisaje que discurría bajo sus pies cambió: contempló otro valle y otras montañas y una aldea entre ellas, la suya, el lugar donde había nacido.

Sin saber qué voluntad gobernaba su cuerpo, se fue acercando hacia la casa que había sido su hogar hasta que se fue a vivir con la vieja. Una mujer salió de la pequeña construcción de adobe: su madre.

―¡Ama! ―gritó Águeda con todas sus fuerzas.

Pero la mujer no hizo ademán de haberla oído.

―¡Ama! ¡Estoy aquí! ¡Mira hacia arriba!

La madre de Águeda siguió trajinando fuera de la casa sin atender la llamada de su hija. La niña, con lágrimas en los ojos ―esta vez producto de la emoción y no del aire―, comprendió que el sortilegio bajo el que estaba no le permitía que los demás percibieran su presencia. Al menos sabía que su madre estaba bien, se la veía algo triste, pero ama siempre fue muy seria, la vida que le había tocado en suerte no le dio muchas alegrías. Le hubiera gustado hablarle, abrazarla, pero no podía ser. Lo que fuera que le estaba sucediendo era suficiente. Cerca de donde su madre estaba vio al hombre que, hacía ya una eternidad, la había ayudado a salir del bosque cuando se perdió. Parecía merodear la casa. ¿Qué hacía allí? ¿Estaba acechando a su ama? Nada más pensar eso, el sujeto elevó la cabeza y la miró. «No te preocupes, Águeda, yo cuido de tu madre». La niña oyó esas palabras aunque el hombre no había movido la boca, pero le estaba hablando a ella. Sin decir nada más, se internó en el bosque.

Una sensación de paz invadió a Águeda y giró el cuerpo para regresar a la cueva aunque desconocía por dónde tenía que ir. Algo, no sabía bien qué, la había llevado hasta allí, sin intervención de su voluntad; ahora que era ella la que pensaba en un rumbo se sintió insegura porque mucho se temía que su orientación en el aire era igual de mala que en el suelo. Sin embargo, una especie de sexto sentido le indicó cuál era el camino y, sobrevolando valles, ríos y montañas, volvió a la caverna donde se encontraban sus compañeras.

―¡Águeda! ¡Águeda! ¡Despierta!

Alguien la estaba zarandeando. Águeda abrió los ojos y vio a Estevania mirándola de cerca.

―¿Qué ha pasado? ¿Ya he vuelto? ―dijo la niña mirando a su alrededor y comprobando que se hallaba en la cueva de nuevo―. ¡He ido a mi casa, Estevania! ¡He visto a mi madre! Y a un señor muy raro que me hablaba sin mover los labios y que me veía aunque mi madre no, pero estaba bien y dijo que la cuidaba y que…

―¡Para! Tranquilízate, estás muy alterada ―respondió la pelirroja.

―¿Volar? ¿Pero qué dices, niña? Además de botarate ahora inventas ―dijo Ane.

―¡Que sí! Fui por el aire hasta mi aldea y…

―¡Basta ya! Levántate y ayúdanos a recoger todo esto. Volvemos a casa mañana ―la interrumpió la vieja sin contemplaciones.

Mientras Estevania y Ane se alejaban, Águeda musitó compungida:

―Pero… yo volé. Era real.

Las dos mujeres se miraron sonriendo.

―Fue buena idea traerla hasta aquí ―dijo Ane―. Ya sabe invocar y a la primera lo ha conseguido. Realmente tiene mucho poder. Poco puedo yo enseñarle ya.

―No digas tonterías ―contestó Estevania―. Aún tiene mucho que perfeccionar y tú eres la más indicada.

El viaje de vuelta a la cabaña fue penoso para Águeda. Había sido muy duro despedirse de aquellas mujeres; apenas había convivido con ellas un par de días, pero habían sido tan intensos que percibía un vínculo especial con todas, especialmente con Estevania.  Por primera vez en su vida, Águeda, tenía un sentimiento de pertenencia, se sentía parte de un grupo.

Instaladas de nuevo en la casa del bosque volvieron a la rutina: recolectar plantas y hongos para luego elaborar emplastos y otros preparados que los aldeanos venían a recoger de tanto en tanto.

Las estaciones se sucedieron una tras otra; la luna recorrió el firmamento docenas de veces y los años fueron pasando.

Águeda, poco a poco fue adquiriendo más destreza en muchos aspectos aunque su mala memoria no se vio afectada; los nombres de las plantas aún se le resistían y le costaba mucho recordar las proporciones de algunas fórmulas, algo que, a veces, le costaba más de un disgusto, como aquella vez que se equivocó con la dosis de un laxante en el jarabe que le preparó a un leñador y este apareció, con el hacha en el hombro, a pedir explicaciones.

Cuando se sentía especialmente triste invocaba a Mari, entonces volaba y recorría lugares lejanos. Visitaba a su madre para comprobar que Basajaun, ese era el hombre misterioso del bosque, cumplía su palabra cuidando de ella.

 Gracias a esos viajes y a las esporádicas escapadas que, cada dos o tres años, hacían a la cueva de Zugarramurdi, Águeda soportó mejor la soledad a la que estaba sometida porque la vieja apenas servía de compañía, cada día era más huraña. El paso de los años y la humedad estaban haciendo mella en sus viejos huesos y sus movimientos eran más torpes, las tisanas de corteza de sauce y los emplastos de mostaza negra cada vez le hacían menos efecto. Ane muchos días ni se levantaba de la cama siendo Águeda la que se encargaba ya de todo.

Una noche en que la ventisca azotaba sin piedad la pequeña choza, Ane se acercó a Águeda con una caja de madera labrada en la mano.

―Creo que ya es hora de que tengas esto ―dijo la anciana entregándole la caja―. Yo ya no le puedo sacar provecho.

Águeda abrió la caja, en el interior se hallaba un colgante de bronce. Era un disco no muy grande, parecía muy antiguo. En una de sus caras estaba labrada la figura de una mujer tocando una especie de flauta. La niña se emocionó, era la primera vez que le regalaban una joya, si es que a una medalla de bronce con una tira de cuero se le podía llamar así.

―Gra… ¡gracias! ―dijo Águeda con la voz entrecortada.

―No me des las gracias y sécate esos ojos, puede que cuando sepas lo que sobrelleva ya no me lo agradezcas ―fue la enigmática y desabrida respuesta de Ane.

Aquella vieja incluso cuando entregaba un regalo era antipática y desagradable.

Al día siguiente Águeda se internó en el bosque en busca de hongo negro para hacerle unas cataplasmas a Ane. Antes de salir de la cabaña se colgó el disco de bronce. Todo el suelo estaba cubierto de hojas y era difícil encontrar la seta que buscaba.

―Por aquí no hay hongo negro, tienes que ir al otro lado del río.

Águeda se giró para comprobar quién había dicho aquello, supuso que sería alguna haya la que le había hablado aunque ya se conocía las voces de la mayoría y aquella voz no concordaba con ninguna. Una avutarda que estaba posada en una rama la observaba. Sin prestar demasiada atención a la voz ―ya estaba más que acostumbrada a oír a los árboles―, la chica siguió a lo suyo.

―No seas terca, ya te he dicho que aquí no hay lo que buscas, que tienes que cruzar el río.

Esta segunda vez ya fue consciente de que quien le hablaba era el pájaro. Hasta ahora ningún animal se había comunicado con ella, eso era nuevo. Sin ser muy consciente de ello, se tocó el amuleto que le había regalado Ane y le pareció sentir que vibraba al contacto con su mano.

―¿Estás segura? ―le preguntó a la avutarda.

―Segurísima, ayer me di un buen festín, no veas qué ricos están.

Águeda hizo caso al ave y en el lugar que le indicó encontró suficiente hongo negro para sus necesidades.

―No te vas a creer lo que me ha pasado ―dijo Águeda nada más entrar en la cabaña―. Ahora puedo entender lo que dicen algunos animales, me dirás que soy tonta, como siempre, pero yo creo que es el colgante que me has regalado… ¿Ane, qué haces?

La vieja se había levantado de su catre y estaba haciendo un hatillo con algunas pertenencias.

―Me voy a Zugarramurdi.

―¿Qué? ¿Cómo vamos a ir a allí ahora, en invierno? No estás en condiciones para hacer un viaje tan largo.

―No me has entendido. Tú no vas a ninguna parte, tú te quedas aquí. Me voy sola ―recalcó la vieja mirando intensamente a la chica.

―De eso nada. No puedes hacer un viaje y mucho menos sola.

―Mira niña, he vivido sola toda mi vida hasta que apareciste tú y siempre me he apañado muy bien, no necesito una mocosa para nada.

Aún discutieron bastante rato, pero la vieja además de antipática era obstinada.

―¿Y por qué tienes que ir precisamente ahora? Creí que la próxima reunión sería en primavera.

―No hay ninguna reunión. Mis compañeras están en apuros y tengo que ayudarlas.

―¿Apuros? ¿Qué apuros?

―Los aldeanos las acusan de auténticas barbaridades. Y los curas se han metido por medio.

―Entonces, más razón para ir yo contigo. También son mis compañeras ―replicó Águeda recogiendo igualmente algunas de sus pertenencias.

―¡No! Tú te quedas aquí. Ahora eres tú quien se debe hacer cargo del legado, ya estás preparada.

―¿De qué legado hablas? No te referirás a esta cabaña cochambrosa, y no me lo tomes a mal, pero esto no es ningún palacio, prefiero vivir en la cueva de Zugarramurdi con Estevania y las demás, antes que vivir sola aquí.

―He dicho que te quedas ―susurró Ane y en ese murmullo iba implícita una amenaza que hizo estremecer a Águeda―. Es peligroso, niña ―ya tenía dieciséis años y aún la trataba como a una cría―. Yo soy la que debo partir, ya he cumplido mi misión y he de compartir el destino de mis compañeras. Aún no ha llegado tu momento.

Se despidieron una fría mañana con la niebla como testigo. Ane abrazó a Águeda que se echó a llorar en cuanto los huesudos brazos de la vieja la abarcaron con dificultad: la artrosis de la anciana y la estatura de la chica complicaron el acercamiento.

―No temas, niña. No estás sola. Mari te protege, el bosque también. Además, dentro de poco vendrá un amigo mío a vigilar que nada malo te pase. Él te enseñará lo poco que necesitas aún saber. Ya está llegando ―husmeó el aire cerrando los ojos.

Sin más, Ane se alejó de la cabaña hasta que la niebla la engulló mientras Águeda lloraba sin consuelo. No podía creer que la vieja la abandonara, aunque más extraño le resultaba que sintiera tristeza por ello.

No volvió a tener noticias de la anciana. Una madrugada la chica se despertó sobresaltada, olía a quemado. Salió de la cabaña asustada pensando en algún incendio forestal, pero no había nada de humo, aunque ese desagradable olor permaneció todo el día y al caer la tarde una opresión en el pecho le hizo saber que Ane ya no caminaba entre los vivos.

Pocos días después apareció un forastero que dijo ser amigo de Ane y venir en su nombre. Se llamaba Gael y el color rojo de su pelo le recordó a Estevania. Gael procedía de las tierras que se hallan más al norte, al otro lado del mar, donde, según él, muchos de sus habitantes tienen el pelo rojo.  

Aquel extraño se comportó con una familiaridad que resultó rara y al mismo tiempo reconfortante. Tal como predijo Ane, Gael cuidó de Águeda y le enseñó muchas cosas, entre las más valiosas leer y escribir, algo que palió en gran medida su nefasta memoria para recordar nombres y recetas. También le contó la historia sobre el origen del colgante que le regaló Ane, cómo había pasado de generación en generación a través de muchas otras mujeres.

Fueron numerosas las cosas que Águeda averiguó a través de Gael, pero eso, querido lector, eso ya es otra historia.

 

 



 

NOTA: Este largo relato, dividido en tres partes para adaptarlo al formato que impone un blog, forma parte de una historia mucho más extensa que estoy escribiendo y que, si las musas o las brujas me lo permiten, algún día verá la luz en forma de novela. Ojalá, y mientras ese momento llega, yo también consiga invocar a la diosa Mari para que me conceda el don de poder publicar el resultado final.

 


Hada verde:Cursores
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