15 de diciembre de 2020

Crónicas hercúleas IV


 

Caminaba entre la frondosa vegetación que jalona el río Bellos y acompañada únicamente por el ruido del agua y algún trino aislado de un mirlo acuático. Intentaba no tropezar y acabar despeñada por no mirar al suelo, ya que las impresionantes y verticales paredes calizas del cañón de Añisclo me invitaban a dirigir la mirada hacia el cielo. Tanto me embelesé con las vistas que me separé del grupo con el que me había internado en ese paraje espectacular del Pirineo aragonés.

Aunque me quedé sola no me preocupé, aún quedaban muchas horas de luz y sabía que siguiendo el curso del río acabaría en la ciudad donde nos esperaba el autocar. Así que me dispuse a disfrutar un buen rato de soledad en medio de una naturaleza espectacular.

Me senté en una roca de la senda para tomar unos frutos secos y echar un buen trago de agua. Oí unos pasos, supuse que sería algún excursionista solitario como yo. El contraluz me impedía verle la cara con nitidez, pero su silueta y la forma de caminar me resultaron conocidas, aunque lo que realmente me llamó la atención fue su gran estatura. Quien hacia mí se estaba acercando a través del camino era un gigantón. Antes de que relacionara lo que veía con mis recuerdos, una voz estentórea y de sobras conocida por mí, me saludó:

―¡Por Zeus y las Erinias! ¡Kirke, mi hechicera favorita!

―¿Hércules? De verdad, ¿eres tú? ―pregunté alelada mientras un trozo de avellana se escapaba de mi boca abierta.

―¿Qué te cuentas, bruja? ―prosiguió él como si tal cosa sentándose a mi lado y provocando que la piedra donde estaba se hundiera unos centímetros más en el suelo―. Los dioses nos regalan estar juntos.

Habían pasado más de siete meses desde la última vez que nos vimos, en Andalucía y Gibraltar, pero él reaccionaba como si aquello hubiera ocurrido el día anterior. Supuse que para los seres mitológicos el tiempo transcurre a un ritmo muy distinto que para los mortales.

―Pues, bien ―contesté yo sin reaccionar aún al inesperado reencuentro.

―¿Alguna novedad desde la última vez que nos vimos? ―siguió preguntando él.

―Pues… poca cosa. Tan solo que ahora hay una pandemia que me ha tenido encerrada en casa durante más de dos meses, el sistema sanitario de todo el planeta está colapsado y la economía mundial se va a la mierda por no hablar de los miles de muertos que se está llevando un virus muy puñetero. Pero, en general… estoy… bien.

Cuando me aturdo por algo que no me espero, en este caso encontrarme de nuevo con un héroe mitológico, suelo actuar como una auténtica estúpida y hablo a tontas y a locas. Bueno, en realidad esto lo suelo hacer casi siempre, pero en situaciones especiales, como esta, lo bordo y me supero a mí misma.

―Genial.

―¿Y tú? ¿Qué haces aquí?

―Pasear. Ya te dije que me gusta volver a los lugares en los que estuve.

―Creí que tu estancia en la península se limitó a hacer ese trabajo en el sur. ¿También te mandaron curro en el norte?

Hércules me miró muy serio y me extrañó porque lo que más recordaba de mis pocos, pero intensos, encuentros con él, era su alegría infantil y su sonrisa desenfadada.

―No, aquí no vine a hacer ningún encargo. Si regreso por estos parajes es por motivos más… personales ―añadió con un quiebro en la voz.

Nada más decir eso giró la cabeza de tal manera que no podía verle el rostro y creí oír un sollozo. Esperé a ver si seguía hablando y me contaba el porqué de su paseo por la zona, a ver con qué me salía esta vez. Mientras esperaba su explicación me imaginé cosas como que el cañón de Añisclo era el resultado de otro mamporro de los suyos ya que era tan aficionado a darle golpes a las rocas liándola parda y cambiando la orografía del lugar por donde pasaba, o podía ser que el río Bellos que discurría a nuestros pies fuera el resultado de una de sus meadas. Con este hombretón ya me esperaba cualquier cosa.

Sin embargo, Hércules permaneció callado mirando al lado opuesto donde estaba yo, como si rehuyera mi mirada. Mosqueada me incorporé y busqué sus ojos, estaban acuosos y dos lagrimones resbalaban por el rostro moreno de mi héroe favorito.

―¡Hércules! ¿Qué te pasa?

―Nada, no es nada ―respondió enjugándose los ojos y sorbiéndose los mocos con un ruido que enmudeció al que hacía el río despeñándose entre las rocas―. Es que este lugar me despierta recuerdos muy tristes.

―Vaya. Lo siento.

Debería haberme callado y dejar a Hércules con su dolor, pero la cotilla que reside en mí no me lo permitió, así que no pude evitar preguntar:

―¿Qué te pasó aquí, Hércules?

―Es una historia un poco larga, Kirke.

―Bueno, no tengo nada que hacer ahora mismo, así que me la puedes contar.

Hércules tomó aire profundamente y tras un largo suspiro, que hizo mover las ramas de los árboles más cercanos, empezó a hablar.

―Cuando iba camino de hacer mi trabajo más al sur…

―Lo de robarle las vacas al monstruo ese ―le interrumpí al recordar lo que me contó la primera vez que nos vimos.

―Sí, ese. Bueno, pues al pasar por este llano boscoso…

―Perdona ―volví a interrumpirle― ¿llano boscoso? ¿Esto? ―señalé a nuestro alrededor― ¿Estas montañas te parecen un llano?

―Cuando yo pasé por aquí, era un llano, y tenía bosques. Kirke, la historia es un poco larga, pero si me interrumpes constantemente se va a hacer más larga todavía.

Me miró mosqueado y decidí dejarle hablar dirigiendo dos dedos a mi boca y haciendo el gesto de cerrar una cremallera.

―Como te iba diciendo, pasé por aquí y en un claro del bosque vi a la mujer más bella que podía haberme imaginado y eso que he conocido a muchas bellezas, y a la mayoría las conquisté, sin ningún problema.

«Vaya, en estos meses sin vernos, la egolatría del buen mozo no había disminuido ni un ápice» pensé, pero me abstuve de decirlo por no interrumpirlo de nuevo no fuera a mosquearse y al final no me contara la historia.

―Sin embargo, aquella chiquilla era especial. Ella me vio, hablamos y enseguida nos enamoramos.

―¿Enamorado, tú? ―interrumpí a pesar de todo―. Vaya, al final resulta que también tienes tu corazoncito ―bromeé.

Hércules me dirigió una mirada helada y entonces decidí callarme para siempre porque me asustó bastante. Aquel hombretón estaba mostrándome una faceta inesperada.

―Nos vimos varias veces más. Ella era la hija del rey Tubal, el dueño de estas tierras, y como heredera de tan vasto reino, su padre le tenía destinado un buen matrimonio donde un héroe de tres al cuarto como yo no era suficiente para su adorada hija. En cuanto se enteró de lo nuestro le prohibió a ella que se viera conmigo y a mí me expulsó de su reino. Me fui, pero solo para idear la manera de estar con ella y burlar la prohibición de su padre. No debería haberme ido, lo lamentaré toda mi inmortal vida.

Hércules hundió los hombros y otra vez rehuyó mi mirada, así que supuse que, de nuevo, estaría llorando. La verdad, este cuarto encuentro me estaba resultado completamente extraño. No entendía nada. ¿Dónde estaba mi alegre y risueño hombretón?

Dejé que se repusiera de lo que parecían recuerdos dolorosos y, mientras, me imaginé que la historia que me estaba contando iba a acabar como el rosario de la aurora, algo que es habitual en todas las cosas que se relacionan con la mitología griega. Además, recordé que cuando le hablé de la historia entre los enamorados de Antequera (Crónicas hercúleas III) él me ofreció una solución bastante drástica y sangrienta, así que supuse que, en este caso, y según la idea que tenía Hércules de resolver este tipo de problemas, el padre de la princesa acabaría escabechado y la enamorada rompiendo con su amante por dejarla huérfana. ¡Qué equivocada estaba!

―En mi ausencia, Gerión, el dueño del rebaño que yo tenía que robar, también se encaprichó de mi princesa. Llegó hasta aquí y pidió la mano a su padre; como era un tío poderoso, al rey Tubal no le pareció mal pretendiente, pero mi amada se negó en redondo. Gerión la acosó y ella huyó a lo más profundo del bosque. Conocedora de los parajes que la vieron nacer supo esconderse, mientras daba aviso de su situación a un águila para que me pusiera al corriente de lo que le pasaba.

Hércules volvió a callar y tomó aire. Miró hacia el río y pareció que no iba a continuar. Se notaba que le costaba recordar el episodio y que le producía mucho dolor.

―Gerión, loco por no poder encontrar a la princesa, decidió quemar el bosque para así hacerla salir y llevársela consigo. Sin embargo, ella resistió esperando que yo llegara a rescatarla.

―Y llegaste ¿no? ―interrumpí arriesgándome a llevarme una bronca―. Por favor, dime que llegaste. Los héroes siempre llegan a rescatar, porque eso es lo que hacen, salvar a la gente, para eso son héroes.

Mi alocada verborrea era un signo evidente de que algo dentro de mí me decía que la cosa acababa mal y que los buenos no siempre atinan y hacen las cosas bien, que los héroes de la mitología no son como los de los cómics donde ellos siempre ganan.

―Sí, llegué.

―¡Uf! ¡Menos mal!

―Llegué para recoger el cadáver de mi amada. Toda la zona había sido arrasada por el fuego de Gerión, pero ella no quiso salir, no para acabar con alguien que no fuera yo.

―¡Mierda!

―La sepulté entre las cenizas del bosque quemado. Para que ninguna alimaña pudiera desenterrarla amontoné unas cuantas rocas encima. Cegado por la ira y la desesperación, estuve varios días acumulando piedras encima de su tumba, como una catarsis y como una manera de descargar mi furia haciendo lo que mejor se me da: utilizar la fuerza. Al final, su sepultura se convirtió en un mausoleo, un eterno recuerdo a ella.

Me quedé alelada. No soy muy amiga de las historias de amor, pero lo que me estaba contando Hércules era mogollón de romántico, triste, pero romántico a tope.

―Y ¿dónde está ese mausoleo?

―Aquí ―hizo un gesto abriendo los brazos.

―¿En el río?

―No. Aquí.

―¿En el cañón de Añisclo?

―Kirke, no seas simple. El mausoleo es TODO esto ―volvió a abarcar lo que nos rodeaba con un gesto de los brazos, indicando incluso las montañas más lejanas.

―¡¡¿Los Pirineos?!! ―exclamé asombrada―. Pues sí que es un mausoleo grande, anda que tú, cuando te pones a hacer cosas… Para que luego digan de las pirámides de los faraones.

―Mi amada Pyrene no se merecía menos ―añadió con lágrimas otra vez en los ojos.

―¿Se llamaba Pyrene? Anda qué casualidad, se parece mucho al nombre de la cordillera, Piri… ¡Ostras!

Me di cuenta de que el parecido de los nombres no era ninguna casualidad, los Pirineos no solo eran la tumba de la chica de Hércules, también llevaban su nombre como recuerdo a ella.

―¡Jo! ¡Qué guay! ¡Es súper romántico! Me ha llegado al cuore, de verdad. Y lo siento mucho, Hércules, en serio. Me alegro de que le quitaras todo el ganado al mamón de Gerión, se lo merecía.

―El ganado no fue lo único que le quité ―dijo con un brillo acerado en los ojos.

―¡Ah! ¿Qué le quitaste además? ―pregunté sospechándome que la tragedia griega aún no había terminado.

―La vida ―respondió encogiéndose de hombros―. Eso es lo que realmente se merecía.

Aunque me alegra saber que los villanos reciben su merecido no quise constatar mi alegría por no hacer apología de la violencia, pero el caso es que Hércules tenía razón: Gerión se lo merecía.

―A ese no le enterrarías, ¿no?

―No… exactamente. Me llevé su cabeza como trofeo y la dejé por ahí ―señaló al oeste―, lejos de este lugar. A veces voy allí, además, los humanos me construyeron en ese sitio una torre bastante chula que usaron como faro.

―¿La Torre de Hércules?

―Esa misma. Los mortales no son muy originales poniendo nombres, ¿no crees? ―me dijo guiñándome un ojo y volviendo a parecer el Hércules que a mí me gustaba.

―Pues yo la conozco bastante bien, porque la ciudad en la que se encuentra es el lugar donde nació mi madre. Suelo ir allí de vez en cuando.

―Entonces seguro que nos volvemos a encontrar de nuevo, Kirke. Los dioses nos han predestinado a encontrarnos y ellos son los que mandan. Si nos vemos allí te contaré otras historias más alegres. Creo que hoy no he sido una buena compañía, lo siento. Ahora me tengo que ir, cada vez que paso por aquí me siento muy triste y aunque no puedo evitar regresar de vez en cuando, cada visita me deja hecho polvo. Voy a ver si rompo algo y me animo un poco.

Antes de que me diera tiempo a despedirme de él, Hércules desapareció de mi vista. Recordar su historia tan triste y tan dramática con Pyrene le había sentado fatal y se ve que no tenía ganas de más plática. Natural. Mientras me disponía a seguir la senda y llegar hasta donde debían estar esperándome mis compañeros, anoté mentalmente hacer una visita a mi familia de La Coruña y acudir a ver de nuevo la famosa Torre de Hércules.

El resto de la semana anduve visitando diferentes parajes del Pirineo aragonés y francés. El valle de Pineta, Monte Perdido, Ordesa, los lagos de Neouvielle, el circo Barroude y muchos otros sitios más me asombraron con su orografía fabulosa, pero lo que realmente me sorprendió y me emocionó fue el saber que estaba caminando sobre la tumba más grande construida en un gesto de amor.



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5 de diciembre de 2020

Diario de un REconfinamiento (Parte X)

 

Día 73 (1 de diciembre)

Estoy harta de tanto confinamiento arbitrario, pero también estoy muy cabreada por la sumisión con la que lo estamos llevando. He ido a la Asociación de Vecinos de mi barrio a pedirles explicaciones de por qué no hay protestas, sé que no es momento de manifestarse, pero al menos esperaba sábanas con mensajes de denuncia en los balcones o algo así.

Mi barrio siempre fue muy beligerante, de hecho, durante décadas fue un ejemplo a seguir y un grano en el culo de Esperanza Aguirre cuando fue nuestra presidenta. Y si con la Espe tuvimos motivos para protestar, con la Ayuso nos sobran.

En la asociación vecinal me han comentado que el silencio se debe a que muchos de los cabecillas que organizaban las algaradas, tras el confinamiento estricto de marzo, se han ido a vivir fuera de la ciudad. Estar encerrados en un piso parece que les pasó factura y decidieron cambiar de vida.

La mayoría se han ido al pueblo de sus padres porque allí tienen a la familia y hay dos que se han marchado a Galapagar porque allí viven unos amigos suyos.

 

Día 76 (4 de diciembre)

Hoy me han comunicado desde la Consejería de Sanidad que mi encierro perimetral básico se acaba dentro de dos días, el próximo domingo a las 12 de la noche. Deseando estoy que llegue el momento y contando las horas que faltan.

Han sido 76 días (el domingo serán exactamente 78) de un confinamiento absurdo y político que, a efectos prácticos y desde un punto de vista sanitario, estoy segura de que no ha servido absolutamente de nada, tan solo para cabrear al personal.

Doy por finiquitado este diario de un REconfinamiento.

Quiero agradeceros a todos los que, con paciencia infinita, habéis aguantado mis diatribas, mi mal humor y mi mala baba creados por la situación. Gracias por estar ahí, escuchándome y soportándome; ha sido un desahogo muy bueno el poder dar rienda suelta a mi frustración y saber que al otro lado de estas letras estabais vosotros. Gracias de corazón.

Voy a disfrutar de esta libertad (¿provisional?) a tope, y lo haré guardando las medidas de seguridad que el sentido común me dicta, pero saboreando cada minuto como si fuera el último, que no se sabe lo que nos depara el futuro ni esta pandemia.

Todo tiene un fin y este diario se acaba. Me gustaría decir que se termina definitivamente y que mi despedida es un «adiós» tajante, aunque mucho me temo que, en realidad, va a ser un «hasta luego» porque me da en la nariz que más pronto que tarde (al terminar las navidades), nos vuelven a confinar a todos. Ojalá me equivoque.

Adiós y cuidaos mucho, mucho, mucho.

FIN

(de momento)






 


27 de noviembre de 2020

Diario de un RE-confinamiento Parte IX


 

Día 62 (20 de noviembre)

Hoy ha salido el listado de las nuevas áreas básicas confinadas, en ese ranking maldito salen los lugares que se ven encerrados y se actualiza quitando a los que recobran la libertad.

Me las prometía muy felices porque la Consejería de Sanidad avisó que confinaría las zonas que superaran una incidencia acumulada de 400 casos por cien mil habitantes en los últimos catorce días. Mi zona lleva dos semanas por debajo de esos niveles (exactamente 340 este miércoles).

Inexplicablemente cuando he leído la lista maldita, mi zona sigue confinada a pesar de los datos. Desde hace dos meses, cada vez que sale la lista y veo mi zona en ella, mando a la mierda a todos los de la Consejería de Sanidad, ahora también los tengo que mandar a ver Barrio Sésamo para que aprendan los números y se enteren de que trescientos es menos que cuatrocientos.

 

Día 67 (25 de noviembre)

Mucho se especula sobre los criterios empleados en la Consejería de Sanidad para confinar los sectores selectivos. Yo no sé a qué viene tanto desconcierto, es muy fácil: dos días antes de sacar la lista de las zonas condenadas al encierro los de la consejería consultan cómo va la zona de Daroca, la mía, y en función de lo que salga, ellos ponen el tope unos cuantos puntos por debajo.

Al principio, cuando nosotros teníamos una IA de 1052 casos por cien mil habitantes, el punto de corte fue 1000, así que nos tocó pringar. Cuando bajamos a 730, el tope también bajó, pero a 700; a pringar también. Llegamos a tener quinientos y pico… la consejería estableció que el límite sería de 500. Ahora que tenemos una IA de 340, estaba segura de que establecerían el techo en 300, pero no, lo pusieron en 400, aunque nos siguió tocando pringar porque se ve que le han cogido el gusto a tenernos encerrados y cuando esta gente se obsesiona con algo, no se bajan de la burra fácilmente.

Me pregunto a qué viene tanta inquina con nuestra zona (hay movimiento entre las asociaciones de vecinos y alguno está pensando en llevar nuestro caso al Tribunal de Estrasburgo). Yo creo que entre los residentes debe de haber alguien a quien Ayuso tiene mucha manía y está aprovechando la coyuntura para vengarse, que esta mujer es muy rencorosa. Le estoy dando vueltas y he llegado a una inquietante conclusión: ¡Pedro Sánchez vive aquí! ¡La madre que los parió a los dos!

 

Día 69 (27 de noviembre)

Hoy ha salido la nueva actualización de las zonas confinadas y seguimos encerrados. No sé ya de qué me extraño, pero me he vuelto a cabrear y debería estar ya acostumbrada.

El gobierno central no interviene porque dice que la autonomía es la autonomía y que allá nos las apañemos los madrileños con lo que hemos votado. Voy a pedir amparo a los de Bildu o a los de Esquerra para que intercedan por nosotros, que esos tienen enchufe con ciertos integrantes del gobierno y les hacen caso cuando quieren cambiar algo en Madrid, aunque vaya en contra de lo que votamos aquí (se ve que lo que sale en las urnas se respeta según convenga). Ojalá me funcione.





19 de noviembre de 2020

Diario de un RE-confinamiento Parte VIII

 



Día 55 (13 de noviembre)

Este confinamiento me está volviendo loca y paranoica. Ayer se fue la luz durante casi dos horas y yo estaba segura de que era por culpa de la Covid, o lo que es lo mismo, por culpa de los políticos que gestionan la pandemia.

Como la Ayuso piensa dotar el nuevo hospital de pandemias con personal sanitario de otros centros, al irse la luz lo primero que pensé fue que habían encendido el alumbrado navideño y para no gastar nos habían quitado el suministro eléctrico en nuestro barrio. Salí de mi error cuando me enteré de que, aunque las luces ya están puestas, aún no están funcionando. El apagón debió de ser una simple avería.

De todas formas, y por si acaso, pienso hacerme con una buena provisión de velas, con mi presidenta todo es posible y más vale prevenir; no quiero quedarme a oscuras esta Navidad. Lo que no sé es cómo conseguir un horno de leña para asar el cordero de Nochebuena. Miraré en internet.

 

Día 57 (15 de noviembre)

Tengo una amiga que vive en mi mismo barrio pero que pertenece a otra área básica de salud, pero la suya no está confinada y la mía sí. La frontera que nos separa está en una calle y como el Skype es tan frío, ayer decidimos vernos, aunque con una calzada y un paso de cebra entre medias.

Cuando podíamos vernos como Dios manda, solíamos tomarnos un café al tiempo que nos poníamos al día de nuestras cosas. En esta ocasión yo me pedí un café en el bar que estaba en mi zona (aunque estemos con un alto índice de contagio, se ve que el virus en la zona confinada no es contagioso para los residentes y podemos socializar entre nosotros). Ella, también se pilló otro café en el bar de su lado de la calle y cada una desde nuestra acera, nos pusimos a charlar. Aunque la calle no era muy ancha tuvimos que gritar bastante de manera que nuestra conversación pronto reunió un corro de vecinos, de uno y otro lado. Alguno incluso se decidió a meter baza y a opinar. La tertulia se acabó cuando pasó un coche de policía y nos dispersó porque la reunión superaba las seis personas.

Con lágrimas en los ojos me fui a mi casa mientras tarareaba la canción de Nino Bravo, «Libre», esa que dicen está dedicada a la primera victima que murió al intentar cruzar el muro de Berlín. Inconscientemente le cambié un poco la letra (no sé qué me pasa que estoy versionando canciones antiguas).

 

Llevo casi dos meses reconfinada y ya estoy

cansada de aguantar

pero tras la calle está mi amistad,

mi mundo y mi ciudad.

Pienso que la calzada sólo es

un trozo de alquitrán:

algo que nunca puede detener

mis ansias de cruzar.

Libreee,

como el sol cuando amanece

quiero ser libre

como los demás.

Libreee,

como mi amiga que se libró

y puede al fin escapar.

Libreeee

como el viento que recoge

mi cabreo y mi pesar,

camino sin cesar

detrás de sanidad

y saber lo que es al fin la libertad.

 

Cualquier día me lío la manta a la cabeza y cruzo la calle. Que sea lo que Dios quiera. Lamentablemente Nino Bravo ya no podría componerme una canción, pero quizás Sabina o Serrat, sí. Quién sabe.

 

Día 60 (18 de noviembre)

Estoy pasando por una crisis de identidad social. Y todo por culpa de los políticos y de un científico que salió el otro día en la tele.

Una cadena catalana preguntó a un investigador qué estaba pasando en Madrid con la pandemia. Entre otras cosas dijo que la evolución del contagio había ido de los barrios más pobres a los más ricos, que primero confinaron a los lugares más deprimidos socialmente y ahora estaban confinados los más ricos y más pijos (aunque lo dijo en catalán y estaba subtitulado, lo de «pijos» se le entendió perfectamente).

Yo estoy confinada desde el principio y por ahora sigo igual. ¿A qué clase social pertenezco? Si soy de clase baja, ¿debería intentar pedir alguna ayuda monetaria de esas que dice la derecha dan a los desarrapados? Pero, si soy de clase alta, ¿debería dejar de pagar impuestos como hace el emérito?

Al principio del reconfinamiento me enteré de que yo no estaba en el barrio que pensaba. A ver si resulta que vivo en Aravaca y no me he enterado. De hecho, me estoy fijando más en el campo de fútbol de enfrente y estoy empezando a sospechar que es un campo golf y lo estamos usando mal.

No sé, todo esto me confunde. Voy a mirar bien mi casa, que estoy en la idea de que vivo en un piso de un edificio y lo mismo es un chalet de cinco plantas. 







11 de noviembre de 2020

Diario de un RE-confinamiento Parte VII


 

Día 46 (4 de noviembre)

Hoy me han citado para participar en el cribado de mi zona y saber hasta qué punto hay contagio entre asintomáticos; el viernes me van a hacer un test de antígenos.

Asistiré en un ejercicio de ciudadanía y responsabilidad, aunque no me hace ni pizca de gracia porque la muestra que analizan es un exudado de la nariz y que me metan un palo por uno o varios orificios corporales no es que me apetezca mucho, la verdad.

Hasta ahora la Ayuso me había estado tocando las narices de manera figurada, a partir del viernes también lo hará literalmente. Hay que joderse.

 

Día 49 (7 de noviembre)

Ayer me hicieron el test de antígenos. Se supone que te toman una muestra de la mucosa nasal con una torunda. A mí me debieron de tomar muestras para hacerme también una biopsia cerebral a juzgar por la profundidad a la que me metieron el palitroque; estoy segura de que llegó hasta el lóbulo central. De hecho, creo que ahora tengo un orificio más para evacuar las lágrimas. El enfermero que me atendió, en otra vida debió de ser momificador en el antiguo Egipto y le quedó la afición de sacar el cerebro a través de la nariz.

En la enorme sala donde nos hicieron la prueba a un mogollón de gente, me encontré con varios vecinos de mi urbanización. Al principio mantuvimos la distancia de seguridad y esas cosas, pero en cuanto supimos que todos habíamos dado negativo, a la salida nos dimos besos y abrazos aprovechando la ocasión.

Las celebraciones se acabaron en cuanto uno de nosotros nos recordó a los demás que, a pesar de abundar los negativos por goleada en nuestra zona, seguimos encerrados perimetralmente. Todos nos separamos cabizbajos al volver a la cruda realidad.

¡Qué poco dura la alegría en casa del confinado!

 

Día 52 (10 de noviembre)

Estoy haciendo un diccionario con términos de la pandemia. Con esa manía tan arraigada en los políticos de no llamar a las cosas por su nombre y dar rodeos para decir algo necesito aclararme yo misma.

Mando único sanitario: yo mando, tú obedeces y no me toques las narices.

Desescalada: a salir todos de casa y vámonos que nos vamos, pero ya.

Cogobernanza en la desescalada: las medidas las tomas tú y allá te apañes con lo que pase.

Cogobernanza en la segunda ola: yo mando, pero si sale mal la culpa es tuya que me dejaste solo.

Confinamiento perimetral decretado por el gobierno central: medida ineficaz propia de dictaduras opresoras.

Confinamiento perimetral decretado por las autonomías: medida necesaria para controlar la pandemia.

Restricción de la movilidad: qúedate en casa, pero sal a consumir a los bares que la economía está chunga.

Restricción de la movilidad nocturna: lo mismo que antes pero que no sea de noche.

Situación cercana al colapso hospitalario: colapso hospitalario; los hospitales están petados.

Situación delicada en UCIs: como te dé un infarto ya puedes darte por jodido porque no hay camas en la UCI.

Curva ascendente: vamos como el culo.

Tendencia a la mejoría: estamos igual.

Curva aplanada: eso no te lo crees ni tú.

Curva descendente: eso te lo crees aún menos, pero que ni de coña, vamos.

Caca: mierda.

Alucinante: cágate lorito.

 




Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores