Nadie le
comprendía. No entendían nada. Nunca se sintió arropado ni siquiera por quienes
compartían con él vocación y riesgos. Él estaba hecho de otra pasta, siempre lo
supo.
El padre
Gabriel fue el primero en darse cuenta de que aquel chiquillo taciturno y
siempre con el ceño fruncido, era especial. Ese sacerdote español que recaló en
una aldea perdida del Valle de Aburrá supo percatarse de que él era distinto a
los demás. En la mirada de ese niño había una determinación que el cura nunca
vio en los otros críos de la escuela más sumisos, vencidos de antemano por un
destino que los tenía abocados a la miseria perpetua o a la violencia, casi
siempre a las dos cosas.
Pero él no. Él
nunca se dio por vencido, siempre fue un combatiente. Luchaba incluso cuando
sabía que la pelea estaba perdida. Como aquella vez que el negro Jarrogrande
insultó a su madre, le sacaba dos cabezas pero aun así arremetió contra el
negro y a pesar de acabar con la nariz partida, moretones por todo el cuerpo y
una costilla fracturada, se necesitó la fuerza del padre Gabriel y de dos
compañeros más para separarlo de aquel comemierda que ponía en duda la
honestidad de su madre.
Con una sonrisa
perversa y sentado en su despacho del cuartel, el coronel Horacio Carrillo
recordó aquellas peleas de su infancia. Jarrogrande no fue el único con el que
repartió puñadas, el feo Gurre y Pechoelata fueron también objeto de la rabia
de Carrillo.
Recostado y con
los pies encima del escritorio, recordó cómo, desde la calamitosa casucha en la
que habitaba con su madre y sus cinco hermanas, miraba el verde valle que se
extendía hacia el sur mientras que al norte la majestuosidad de las montañas
andinas le hacían sentir aún más insignificante. Aquellos paisajes eran lo
único que recordaba de su infancia con nostalgia. Al atardecer, el verde de la
montaña se confundía con el añil del cielo allá en el horizonte, y entonces él
sentía la quietud que precedía al ocaso, cuando el sol se ocultaba tras las
verdes laderas. Una quietud tan solo interrumpida por el áspero trino de algún
sirirí*, ese pájaro que a nadie gustaba, tan solo a él porque a pesar de su
pequeño tamaño, y con tal de defender su territorio, conseguía ahuyentar a aves
mucho más grandes. El atardecer desde su casa en el valle era el mejor momento
de la jornada. Solo esa mezcla de colores imposibles conseguía hacerle sonreír
y olvidar la paupérrima vida en una aldea que no le reportaba nada
satisfactorio.
Soñaba con
escapar de allí, huir de aquella miseria, de los lamentos constantes de su
madre siempre llorando la ausencia del esposo que murió ahogado en el río.
Horacio la quería pero sentía mucho resquemor hacia ella cuando esta añoraba a
su padre, no entendía cómo podía echarlo de menos. Lo único que había recibido
de ese desgraciado habían sido palizas, desprecio, insultos y una decena de
embarazos que en más de una ocasión a punto estuvieron de acabar con su vida.
Habían pasado
más de treinta años, pero el coronel aún recordaba con asombro cómo le recibió
su madre la noche que llegó a casa y le comunicó que la jornada de pesca en el
río había terminado trágicamente. Un paiche había picado en la rudimentaria
caña de su padre y al jalar la humedad le hizo resbalar cayendo al agua y
golpeándose antes la cabeza con una roca. Él, con solo once años, no pudo hacer
nada y su padre se ahogó enseguida arrastrado por la corriente. Cuando, con el
semblante serio pero sin atisbo de tristeza, terminó de darle la noticia a su
madre, esta comenzó a llorar y a gritar desesperada por la muerte de su
maltratador. Incluso le lanzó reproches a él, al único de los hombres de esa
casa que se había preocupado por ella y por sus hermanas.
Aquella
decepción le supuso un acicate más para escapar de allí.
El padre
Gabriel le ayudó a ingresar en la academia de policía a pesar de sus humildes
orígenes. Los buenos informes del generoso cura le abrieron las puertas de la
Escuela de Cadetes de Policía General Santander. Se adaptó enseguida al
ambiente castrense y a la disciplina. Nunca le importó acatar órdenes, siempre
le gustó el orden. Odiaba el caos, la desidia y la molicie, esas con las que
había crecido y que le recordaban su mísera niñez.
Se aplicó con
interés en los estudios y se graduó con muy buenas calificaciones. Su primer
destino fue una remota población en el departamento de Putumayo. Pero no estuvo
mucho tiempo allí, el talante férreo y enérgico que le caracterizaba fue
alabado por sus superiores que le promocionaron enseguida. Mitú y Popayán fueron
los siguientes destinos. Su ascensión fue rápida y alcanzó el rango de coronel recién
cumplidos los cuarenta años de edad.
La fama de su
honestidad y de su implicación en el establecimiento del orden allá donde había
altercados y delincuencia le hicieron el candidato perfecto para ocupar el
puesto de Jefe de Policía en una ciudad donde el narcotráfico se había asentado
como una lacra. Desde aquel lugar los narcos daban material a los noticiarios
nacionales con asesinatos diarios. La corrupción y la violencia se habían
enseñoreado de la localidad hasta el punto que los dirigentes políticos ya no
sabían qué hacer.
El coronel
Horacio Carrillo fue elegido para dirigir el recién creado Bloque de Búsqueda,
una unidad especial de policías cuyo único fin era capturar al jefe de los
narcos, un malparido que se burlaba de la ley. Acabar con el Monstruo era el
objetivo y eso solo se podía conseguir eliminándolo en su propia guarida.
El encargo era
arduo, pero las adversidades nunca supusieron para el coronel un impedimento. Aceptó
sin dudar la difícil misión por varios motivos. Aquella ciudad estaba cerca de
la aldea donde nació, y muchos de sus compañeros de juegos infantiles habían
sido captados como sicarios al servicio de los capos pues la posibilidad de
ganar dinero fácil a cambio de hacer lo que mejor sabían, ejercer la violencia,
era una tentación difícil de evitar.
Carrillo
también conocía a muchas de las víctimas de esa violencia. Algunos de los que
habían caído en emboscadas o asaltados en sus propios domicilios fueron compañeros
en la academia de policía o antiguos colegas con los que compartió destinos
anteriores. Había asistido a demasiados entierros y funerales, había consolado
a demasiadas viudas y huérfanos; las primeras veces como camarada del finado,
últimamente como oficial al cargo de la unidad.
Para el coronel
aquella misión era más que una orden de sus superiores, era también una
cuestión personal. Esos pendejos no se iban a salir con la suya.
Lo primero que
hizo en su nuevo destino fue purgar su propia casa, el cuartel era un nido de
confidentes de los narcos. Algunos lo hacían movidos por la codicia y así
aumentar sus pobres salarios con los sustanciosos sobornos, otros lo hacían por
el miedo; la mayoría lo hacía por los dos motivos: el amor a la plata y el
miedo al plomo.
Carrillo no
podía pretender atrapar a la Víbora si mucho antes de acercarse a su cubil los
cientos de ojeadores que andaban desperdigados por la ciudad ya avisaban a la Alimaña
y esta escapaba con antelación, algunas veces escondiéndose delante de sus
propias narices pero con la connivencia de toda la población. Porque el
Monstruo era querido por los habitantes del lugar; para esos pobres infelices
era un salvador, el benefactor que se preocupaba por ellos. No entendían nada
esos miserables. La pretendida benevolencia era puro teatro, con sus presuntuosos
donativos la Víbora solo quería comprar con migajas la fidelidad de unos
desgraciados que solo habían cambiado un señor por otro. Algunos solo valían para
la servidumbre.
Pero el coronel
no, él siempre fue un combatiente, luchaba incluso cuando sabía que la pelea
estaba perdida. Llegaría hasta la guarida del Monstruo allá donde se encontrase
y acabaría con él. Ni la plata ni el plomo le alejarían de su objetivo.
Después de
rodearse de hombres leales provenientes de zonas remotas del país con una recia
catadura moral e inmunes a las amenazas por tener sus familias alejadas de la
ciudad, el coronel se dedicó a seguir la huella de la Fiera. Como un sabueso olfateó
el mínimo rastro dejado por la Bestia, con la paciencia de un cazador pertinaz
se empleó a fondo en capturarla.
Cientos de
horas de escuchas telefónicas, seguimientos de soplos —la mayoría de las veces
falsos y encaminados a alejar al perseguidor de su perseguido—, interrogatorios
a sospechosos en los que no escatimó ninguna herramienta por muy cruel que
fuera para obtener la información
deseada, cualquier arma era buena para el coronel con tal de cumplir con
su misión.
Muchos
cómplices de la Bestia empezaron a aparecer muertos en callejones y en las
cunetas con signos de palizas o con un tiro de gracia en el entrecejo. Y la expeditiva
manera de actuar del coronel empezó a dar resultados. En dos ocasiones la
Víbora estuvo a punto de ser atrapada, se sintió hostigada y tuvo que huir ante
el acoso del sabueso.
Desde las altas
esferas políticas se cuestionó al coronel y se pusieron en duda sus métodos poco
ortodoxos. Pero al coronel esas críticas le importaban un culo. ¡Qué sabrán esos huevones! La única violencia que
conocían era la que veían delante de una película bélica en el living de sus
casas sentados en sus cómodos sillones. Qué podían saber del sudor frío que
recorre la espalda cuando aparece entre la correspondencia un sobre con una
bala dentro. Qué iban a saber del gusto amargo de la bilis que sube hasta la
garganta cuando un sicario amenaza a tus hijos en la escuela. No sabían nada.
No comprendían nada.
Cuando algunos
dirigentes del gobierno probaron la metralla, el sabor metálico, provocado por
el miedo y que se enquista en el paladar, les hizo olvidarse de sus objeciones;
entonces decidieron, si no apoyarle, mirar para otro lado dejando las sutilezas
para otros menesteres. No aprobaban lo que hacía pero sabían que no había otra
opción.
El criticado
coronel en las reuniones sociales y en las cenas de gala era el único que podía
acabar con la Bestia. Todos lo sabían, también el Monstruo.
Primero le
ofrecieron plata: jugosos sobornos que le harían un hombre rico, que le
permitirían quitarse de una vez la miseria que se le quedó prendida en la piel
tras quince años en aquella aldea del valle. Podría viajar, irse a vivir a
cualquier lugar lejos de allí. También le ofrecieron ascensos imposibles para
alguien de origen tan humilde como él —el Monstruo tenía secuaces en las
esferas militares porque ahí donde hubiera mugre la Víbora conseguía llegar con
facilidad— podría disponer de un lindo despacho en la capital donde lucir sus relumbrantes
medallas.
Pero el brillo
de la plata no cegó al coronel. Entonces le ofrecieron plomo. Dos balazos, uno
en un brazo y otro en una pierna, daban cuenta de la generosidad de la Alimaña
para con sus enemigos. En aquel ataque en el restaurante donde almorzaba, el
coronel envió a la morgue a cinco sicarios.
Muchos colegas
le avisaron de que no se implicara tanto, que no traía cuenta. «¡Ay, no se me
coloque así!», «A qué pues arriesgar, man, si lo único que va a sacar es un
pijama de madera», «Le van a poner a chupar gladiolo, m’hijo».
Pero el coronel
siempre fue un combatiente, luchaba incluso cuando sabía que la pelea estaba
perdida.
Aquella tarde
las nubes barruntaban tormenta al norte, en las montañas. Un viento gélido y
violento azotaba los árboles y electrizaba la piel. Un chivatazo le puso sobre
aviso, la Alimaña andaba muy cerca. Al igual que un sabueso olisquea el rastro
de su presa, el coronel se subió al jeep con la certidumbre de que la caza
estaba presta. Al doblar una calle estrecha, un camión le bloqueó el paso,
intentó retroceder pero otro vehículo se había interpuesto entre su coche y el
resto de la comitiva, entonces empezaron a salir francotiradores de muchas
ventanas de las casas aledañas. En medio de la balacera el coronel salió del
jeep y vació el cargador de su fusil y el de su pistola; en ese viaje al
infierno no se iría solo.
Tirado en el
suelo, con el pecho encharcado de sangre, aún tuvo tiempo de mirar hacia el
norte, hacia las montañas. Lamentó que los nubarrones le impidieran verlas, pero
entonces cerró los ojos y pudo observar el verde de la montaña confundiéndose
con el añil del cielo. Con una sonrisa volvió a sentir la misma quietud de su
infancia cuando contemplaba los atardeceres. Antes de dejar de respirar creyó
oír el canto de un sirirí.
NOTA: Mi
protagonista está basado en uno de los pocos personajes de ficción de la serie
televisiva Narcos. Desde el primer momento en que salió en pantalla me pareció
un personaje muy atractivo, y no me refiero al físico (que también). Ese querer
acabar “como sea” con “el malo” cuando la ley impone trabas que los
delincuentes se saltan, me pareció valiente, muy creíble y ante todo
pragmático. Esto no quiere decir que yo comparta sus ideas, pero a veces hay que
saber contra qué o quién se lucha, cuál es el peaje a pagar y si el fin
justifica los medios.
Dado que el
coronel Carrillo de Narcos no fue real me he permitido la licencia de crearle
una infancia y unos inicios de los que nada se dice en la serie de televisión,
aunque sí he respetado el final que los guionistas le dieron (para mi
disgusto), y perdón si con esta información he reventado el desenlace de este
peculiar coronel.
(*) El sirirí (Tyrannus melancholicus) es un pájaro que
habita en gran parte de América. Es muy agresivo, incluso con especies más
grandes que él. Debido a esa agresividad en Colombia se utiliza la expresión
popular "Todo gavilán tiene su sirirí" indicando que hasta el más
fuerte tiene alguien que puede molestarlo.