10 de septiembre de 2018

Ultraje

CRÓNICAS ASTURES III


Después de una noche en blanco dándole vueltas a cómo encontrar a la xana Ayalga me levanté de muy mal humor. Irse de vacaciones supone para mí descansar y disfrutar; sin embargo ni estaba descansando ni me lo estaba pasando muy bien con mi búsqueda absurda.

Repasando lo que el oso Furaco me contó (Legítima defensa), recordé que me dijo algo sobre que la xana se había encaprichado de un monje y que se había hecho cristiana. Esa información me dio una idea: ¿y si en vez de buscar en el río, hábitat de las ninfas, lo hiciera en un sitio donde hay monjes? Lo mismo la zona adecuada después de la conversión de la xana era una iglesia en lugar de un río.

No soy yo mucho de iglesias pero sabía que cerca de donde estaba mi hotel había una. Además era de la época de Favila, de hecho la mandó construir él para homenajear a su padre, don Pelayo. La iglesia en cuestión se llama de la Santa Cruz porque ahí se guardó la cruz de madera con la que Pelayo ganó la batalla de Covadonga. Como estaba cerca del Sella… igual Ayalga se había mudado allí por eso de ser cristiana. Estaba hecha un lío y como no se me ocurría otra cosa decidí probar suerte. Total, de perdidos al río, o mejor dicho, de perdidos a la iglesia, porque en el río precisamente no había tenido éxito.

Esa tarde me dirigí a la iglesia de la Santa Cruz. El cielo estaba cubierto de nubes que amenazaban tormenta. Cuando iba a entrar en el templo, una mujer con una tarjeta identificativa colgada del cuello, me impidió el paso; había que pagar una entrada para acceder. Ahora la iglesia ya no es un lugar de culto sino un mini museo donde se muestra una réplica de la Cruz de la Victoria y un dolmen que se halla situado debajo del templo. Así que en esa iglesia ya no se realizan ritos religiosos y desde luego no hay monjes.

¡Vaya chasco! Estaba claro que las pocas probabilidades de encontrar a la xana allí se habían evaporado completamente. Pero como estaba a punto de caer un buen chaparrón y como no llevaba paraguas decidí pagar la entrada y visitar por dentro la iglesia. Accedí a una pequeña capilla con media docena de bancos de madera, tras sentarme en uno de ellos la portera-recepcionista puso un documental proyectado en una de las paredes del recinto y se marchó. Yo era la única visitante en ese momento y la proyección se convirtió en un pase privado. Me sentí una ‘vip’.

La película duró unos diez minutos y en ella una voz en off contaba la historia de la iglesia, la de la Cruz de la Victoria y también la del dolmen que se encuentra debajo. Lo que contaban de la cruz me pareció curioso aunque algo retorcido (por lo visto esa cruz fue la que consiguió la victoria en Covadonga y los cientos de guerreros que las pasaron canutas en aquellos desfiladeros no tuvieron mucho que ver con que se ganara la batalla).

Pero lo que me resultó más interesante fue lo del dolmen. Parece ser que Favila no había encontrado lugar mejor para construir el templo en honor a su padre que un enterramiento celta con más de tres mil años de antigüedad. Que digo yo, con lo grande que es Cangas de Onís y con la cantidad de terreno libre que debía de haber en aquel lejano siglo VIII, ¿no podía haber elegido otro lugar?¿qué necesidad había de utilizar un sitio ya ocupado?

Eso estaba pensando al terminar el documental y apagarse la luz del proyector. Cuando me levanté para irme, la voz en off continuó. Me volví a sentar creyendo que venía otra película, pero el proyector seguía apagado, la única luz que había era la que entraba por un ventanuco. Extrañada esperé a ver qué pasaba y presté atención a la voz.

—¡Qué ultraje! ¡Maldita sea! ¡Qué ofensa, por Belenus!

Para ser el locutor de un documental se expresaba muy coloquialmente, pensé. El caso es que esa voz no era exactamente igual a la de la película que acaba de ver… Miré a mi alrededor por si había entrado otro visitante, pero yo estaba completamente sola. O no.

—¡Por Belenus y todas las xanas!¡Qué ultraje!

Alguien que no se dejaba ver seguía hablando y además había dicho ¡‘xanas’! Giré en redondo en busca de quien así hablaba pero seguía estando sola. Sentí un déjà vu y recordé cuando me encontré con el oso Furaco. Ya estamos otra vez, me dije. Lo de oír voces empezaba a ser una costumbre y, la verdad, no me gustaba nada. Pero esta voz había dicho ‘xana’ y eso era buena señal.

Al igual que en aquella ocasión con el oso, hablé al aire.

—Hola. ¿Quién eres?¿Cómo te llamas?¿Qué haces aquí?¿Qué te ha pasado?

Después de las experiencias vividas ya tenía aprendida la lección y no me anduve con rodeos. Había que ir al grano y dejarme de vaguedades.

—Que el cielo esté contigo, visitante. Mi nombre es Brigo —contestó la voz.

—Gracias... Brigo. Supongo que eres un sacerdote por el lugar en el que estamos y por esa manera de saludar —respondí.

—Así es, estimada dama.

—Y supongo también que eres de una época muy lejana pues nadie se dirige hoy a las mujeres con la palabra dama.

—Sí, tengo muchos años. Demasiados…

—Por tus lamentos te noto algo irritado y esa manera de maldecir en un lugar consagrado... es un poco irreverente ¿no crees?

—Vuelves a acertar. Pero de todos los años que llevo aquí, los últimos trece siglos están siendo exasperantes. Exactamente, mil doscientos ochenta y un años y doscientos sesenta días llevo enojado.

—Caramba ¡qué precisión! ¿Qué pasó para que tengas en cuenta tan exactamente el paso del tiempo? ¿Se trata de la fecha de tu muerte?

Si llevaba trece siglos enfadado deduje que quien hablaba estaba muerto. Por otra parte, la naturalidad con la que yo aceptaba que conversaba con muertos era para preocuparse; o para pedirle a Íker Jiménez que me contratara.

—No, mi enfado y mi indignación comenzaron cuando construyeron esta maldita iglesia.

—Pero has dicho que eres sacerdote y se supone que a vosotros os gustan los templos, ¿no?

—Claro que me gustan los templos, pero este edificio es un ultraje hacia mi persona y mi fe.

—¿Por qué? ¿No te gusta el arte visigodo? Esta iglesia es muy pequeña, pero no está nada mal —le contesté mientras miraba a mi alrededor y comprobaba que la capilla era acogedora.

—No me gustan los templos cerrados, con techos, paredes y puertas. Y menos me gustan los crucificados que los adornan. Ese dios cristiano acabó con todo. Los dioses se han de adorar al aire libre, en su mayor templo: la naturaleza.

—Oye, tú eres un cura un poco raro.

—Será porque no soy un cura.

—Dijiste que eras sacerdote.

—Sí. Soy un druida.

¡Acabáramos! Por eso maldecía en una iglesia y estaba tan a disgusto.

—Y ¿qué hace un druida como tú en un sitio como este? —dije arrepintiéndome al instante, por lo visto el asiduo contacto con los muertos estaba afectando a mi comunicación verbal con salidas de tono inapropiadas para hablarle a un druida.

—Intentar descansar eternamente. Pero es en vano porque los impertinentes cristianos me lo impiden al profanar mi túmulo funerario erigiendo una iglesia.

Nada más decir eso y con una rapidez de reflejos que me sorprendió, exclamé:

—¡Tú estás enterrado en el dolmen que hay aquí!

—Sí. ¡Qué ironía del destino! Yo, que tanto detesto a esa religión y a su cruz tengo que reposar para toda la eternidad en uno de sus templos. Quizás Belenus me castigó por decidir sobre mi propia muerte y ahora tengo que pagar mi suicidio.

—¿Te suicidaste? ¿Por qué?

—Me equivoqué en uno de mis vaticinios, creo que se me fue la mano con el beleño, y aseguré a los guerreros de mi castro que iban a ganar la batalla contra otra tribu enemiga, pero no fue así. El desastre de la derrota y la destrucción de nuestra aldea me sumieron en la desesperación.

—Lo lamento.

—Más lo lamento yo, porque lo peor estaba por venir. Nuestros clanes siempre han guerreado entre sí pero la tradición permanecía. Desde mi tumba, en esta preciosa colina, asistí a otro tipo de invasión mucho más destructiva y devastadora para nosotros.

—¿A qué te refieres?

—Al cristianismo. Nuestras tradiciones se transformaron por culpa de esa religión hasta el punto de ser una parodia de sí mismas. Ha sido muy duro ver cómo nuestra cultura se distorsionó en manos de los nuevos sacerdotes.

—¿Que vuestra cultura se distorsionó con el cristianismo? No lo entiendo.

—Esos monjes cristianos no tenían imaginación y utilizaron nuestros mitos para dar forma a su ideología. La mayoría de sus festividades religiosas están tomadas de nosotros. El día de difuntos, la noche de San Juan, la Semana Santa, son fiestas nuestras, Samhain, Beltane, Ostara, pero ahora tienen nombres cristianos. ¡Es un ultraje!

—Bueno, puede que las distintas religiones no sean más que la tradición que va evolucionando —dije por cortesía, pero la verdad es que tenía razón.

—A mí me indigna.

—Una cosita… ¿cómo te suicidaste? —con muertos o con vivos una servidora siempre ha sido bastante cotilla y algo morbosa.

—Con un brebaje de hojas de tejo. El árbol de la oscuridad fue un buen aliado para mi viaje al inframundo. Tras ingerir el bebedizo vino la somnolencia y la muerte.

—Sí, la taxina es un veneno muy potente. Produce parada cardiorrespiratoria —mi formación farmacéutica apareció casi sin yo quererlo.

—No en vano nuestro texu es el árbol que acompaña a los muertos. Hasta ese símbolo nos ha sido robado. Ahora hay tejos plantados cerca de muchos cementerios cristianos, ¡qué desfachatez!

—Pero en ese árbol no todo es veneno. ¿Sabes que también tiene una sustancia que sirve para curar algunos tumores?

Quién me iba a decir a mí, cuando estudiaba farmacología, que un día iba a compartir esos conocimientos con un druida. ¡Qué cosas!

—Vaya, tú también entiendes de plantas. ¿Eres una curandera? —exclamó Brigo con un tono de extrañeza.

—En la antigüedad a mis colegas de profesión se los consideraba así, pero ahora ya no, aunque sí conozco algunas cosas sobre plantas y sus propiedades.

—Así que eres una sanadora.

—Bueno, yo no diría tanto —contesté ruborizándome porque me pareció notar un deje de admiración en la voz de Brigo.

—Alguien que conoce las plantas ama la naturaleza y alguien que ama la naturaleza es agradable para mí. Sé bienvenida, mi señora.

Reconozco que ese halago me gustó. No veía a Brigo, pero su voz era muy sugerente. Mientras pensaba esto, el subconsciente me traicionó y dije en voz alta:

—¡Qué pena que no pueda verte!

—Si no me ves es porque no estás mirando hacia el lugar adecuado.

Abrí bien los ojos pero no vi a nadie.

—¿Quieres dejar de mirar al altar? Estoy aquí abajo.

Entonces me incorporé hacia donde estaba el dolmen, en un agujero excavado en el suelo de la iglesia y al que había que asomarse bastante pues estaba algo profundo. Allí, entre varias losas de piedra, se encontraba un hombre sentado. Y ¡qué hombre! Vestía una túnica oscura que dejaba la piernas y los brazos al descubierto, aparentaba unos treinta años, la melena le llegaba a los hombros y era morena al igual que la piel, los ojos eran muy claros y una barba corta hacía destacar unos dientes blancos en una encantadora sonrisa que me dedicaba enteramente a mí en ese momento. Era muy guapo.

Hasta esa ocasión nunca había visto druidas, pero siempre me los imaginé ancianos, con largas melenas y barbas blancas. Como Gandalf, pero en celta. Brigo desde luego no se parecía en nada al mago de Tolkien. En un acto reflejo me acicalé las greñas y recompuse la poco favorecedora sudadera que llevaba con unos vaqueros desgastados. ¡Qué pintas, por dios! Para un día que me encuentro con un druida yo voy hecha unos zorros.

—Encantada de conocerte, Brigo —balbucí con una risita idiota.

—Lo mismo digo… ¿Cómo te llamas?

—Paloma.

—Precioso nombre. Entre los celtas, la paloma simboliza la liberación de las almas. El arrullo de una paloma anuncia que un alma acaba de subir a los reinos celestiales. Quien te puso ese nombre ¿era conocedor de nuestra tradición?

—No lo creo. Fue más bien porque Paloma es el nombre de una de nuestras vírgenes (Mi nombre).

—¡No me lo puedo creer! ¿También nos han robado ese símbolo los cristianos? ¡Esto es indignante! ¡Inadmisible!

Brigo se levantó y, con una agilidad que me sorprendió, subió hasta donde yo me encontraba. De cerca pude comprobar que sus ojos claros tenían un precioso color azul que me encandiló aún más de lo que ya estaba, aunque ya no sonreía porque se le veía muy disgustado.

—Tranquilo, no te enfades. También me llamo Kirke —dije para aplacarlo.

—Y ese nombre ¿de dónde viene, de otra de vuestras vírgenes? —respondió burlonamente.

—En realidad es el nombre de una hechicera griega (De diosas y hechiceras).

—Bueno, eso está mucho mejor. En cuanto te vi entrar sentí una conexión especial contigo. Conoces las plantas, tienes el nombre de una hechicera… eres una de los nuestros —replicó sonriendo de nuevo y acercándose más a mí.

Llegados a este punto creo que empecé a babear, o al menos me quedé con la boca abierta, no estoy segura. La proximidad de ese druida  me puso algo nerviosa. Brigo era todo un seductor y pensé que cuando estuvo vivo debió de hechizar mucho y sin necesidad de ninguna planta ni conjuro.

Antes de perder por completo los papeles y caer como una pava rendida a sus pies me obligué a recordar el motivo de mi visita a tan extraordinario lugar.

—Al principio citaste a un tal Belenus, que no sé quién es, y a las xanas. ¿Conoces a alguna xana?

—Conozco a unas cuantas, mi estimada Kirke —respondió sonriendo aún más—. Las que habitan en el lago Enol son especialmente encantadoras y amigas de la alegría y la fiesta, por lo menos cuando yo las frecuentaba —añadió con una expresión pícara en la cara.

Sin perder la sonrisa Brigo siguió evocando mientras estiraba las piernas en el estrecho banco de madera.

—¡Qué tiempos aquellos! En Beltane, a la luz de las hogueras, yo participaba en los ritos de fertilidad. Las xanas acudían a nuestra fiesta y entonces yo me unía a ellas para…

Antes de que Brigo me contara detalladamente qué hacía exactamente en esos ritos fertilizantes decidí interrumpirle.

—Ya, ya. Pero entre todas esas xanas que conoces, ¿está una que se llama Ayalga?

—Ayalga. Me suena mucho. ¡Ah, sí! ya sé de quién hablas —contestó torciendo el gesto e incorporándose repentinamente serio— ¿Por qué preguntas por ella?

—Me gustaría conocerla, tengo un recado que darle de parte de un amigo común.

—¿Amigo? Ayalga no tiene amigos, al menos desde hace siglos. Traicionó a su estirpe y a sus congéneres. No es una compañía recomendable.

—¿Por qué dices eso?

—Cuando los monjes empezaron a llegar hasta estos montes ella se quedó prendada de un joven novicio. Era un lechuguino estirado y delgaducho. No sé qué vio en él, pero se enamoró locamente. Contraviniendo nuestras normas se le apareció un par de veces y el monje en lugar de corresponder a sus insinuaciones se encerró en un monasterio pues creía que ella era el demonio que venía a llevárselo al averno. Ayalga en aquella época era un bellezón, ¡y el frailuco la rechazó! De verdad, vosotros los cristianos no podéis ser más idiotas.

—¡Pobre Ayalga!

—De pobre nada, ese rechazo la convirtió en un ser amargado. Su resentimiento lo volcó en sus compañeras y renegó de su entorno. Dicen que se convirtió al cristianismo en un último intento de conquistar al mojigato novicio. Habrase visto, ¡una xana cristiana! Otro ultraje más —respondió airadamente Brigo negando con la cabeza.

—De todas formas me gustaría hablar con ella. ¿Sabes dónde puedo encontrarla?

—No lo sé. Al hacerse cristiana dejó de frecuentar nuestros lugares, aunque el río sería el mejor sitio donde mirar. Las xanas son seres acuáticos, necesitan estar cerca del agua. Aunque cambien de dios, su naturaleza es la que es.

Me sentí decepcionada al oír esto porque en el río ya había buscado sin resultados positivos. Después de todo, este personaje tampoco iba a ayudarme a encontrar a la xana. Brigo vio el desencanto en mi rostro y pasando su brazo por mi hombro me dijo.

—No te entristezcas. Aunque la encontraras tampoco creo que te sirviera de mucho. Es una loca.

—Sí, ya lo sé, una loca enamorada, y rechazada, pero…

—No. Cuando digo loca —me interrumpió Brigo— no estoy utilizando un recurso poético, estoy dando un diagnóstico. Está loca de verdad. Hace muchos lustros que no la veo pero la última vez iba desgreñada, hablando sola y diciendo incoherencias. Se ha desquiciado completamente. Está ida, chalada, majareta —insistió.

—Cuando la viste ¿dónde fue?

—Te digo que fue hace mucho ya, no creo que aún ande por ahí.

—Da igual. Dime el sitio, por favor.

—Cerca de aquí. En un recodo del río.

—Ya he estado en el Sella y no la encontré. Y no me apetece volver porque a quien sí vi fue a una joven que lloraba desconsoladamente y que me puso la piel de gallina (El beso).

—¿Una rubia con una túnica verde?

—Sí, ¿la conoces?

—Seguramente sería Froiluba. Desde que se quedó viuda le da por acudir cuando anochece a la orilla del río a lamentarse y a espantar a los pobres despistados que les da por frecuentar el lugar a esas horas.

—Sí me pareció que lloraba la ausencia de un amado. Me dio mucha pena.

—¡Que se fastidie! Por culpa de ella y de su llorado esposo estoy cabreado desde hace siglos. No me mires así. El amado por el que pena fue el que decidió construir una iglesia encima de mi tumba. Su marido era Favila.

—¡Arrea! Pues menos mal que no le pregunté por la xana porque si se llega a enterar que le quiero hacer un favor al que la dejó viuda…

Brigo puso cara de no entender nada pero se me estaba haciendo tarde y aunque me gustaba platicar con un hombre tan simpático —y guapo— decidí abreviar y no dar más explicaciones.

—Entonces, ¿el río es el único lugar donde puedo encontrar a la xana? Volveré al Sella, si no hay más remedio.

—La última vez que vi a Ayalga no fue en el Sella sino el otro río que está cerca de aquí, el Güeña —me respondió Brigo.

¡Es verdad! Había otro río en la zona. ¡¿Cómo no me había dado cuenta?!

En ese momento un trueno retumbó anunciando que la tormenta ya estaba encima.

—Parece que Ñuberu está aquí —dijo Brigo mirando por el ventanuco de la iglesia.

Ante mi cara de extrañeza él aclaró.

—Ñuberu, el que hace truenos. Uno de nuestros dioses.

—Será mejor que me vaya antes de que se ponga a llover. No he traído paraguas y me están esperando para cenar.

—¿Por qué no te quedas un poco más aquí, conmigo? —me sugirió Brigo acercándose otra vez a mí con su encantadora sonrisa.

Si nunca me había imaginado a los druidas con la pinta de Brigo, tampoco me los imaginaba tan ligones como él. Era un seductor en toda regla.

Hube de esforzarme para no caer en las redes del donjuán celta, pero ese conquistador fantasmal tenía más de tres mil años y era un poco mayor, incluso para mí. Tenía que centrarme en mi misión: la promesa hecha a Furaco. Debía encontrar a la puñetera xana e ir al Güeña a probar suerte allí.

—Gracias por tu oferta tan tentadora, pero tengo que irme, de verdad. También te agradezco la información que me has dado.

—Gracias a ti por tu grata compañía, Kirke. Ha sido un gran placer conocerte. Antes de irte, deja que te dé mi bendición.

—¿Bendición? ¿Eso no es cosa de los cristianos?

—Ese es otro de los rituales que nos robaron esos plagiadores insoportables —contestó Brigo volviéndose a enfadar.

—De acuerdo, está bien —le contesté para calmarlo. Este druida además de seductor era algo bipolar, pasaba del encanto al enfado muy fácilmente—. Dame esa bendición.

Brigo puso sus manos sobre mis hombros y dijo estas bellas palabras:

Que el camino salga a tu encuentro.
Que el viento esté siempre detrás de ti y la lluvia caiga suave sobre tus campos.
Y hasta que nos volvamos a encontrar, que los dioses te sostengan suavemente.

Mientras decía tan bonitas frases, me dejé acariciar por el suave tono de su voz cerrando los ojos, los abrí cuando terminó y comprobé que Brigo había desaparecido. Miré por todos lados, incluso donde estaba el dolmen, pero allí ya no había nadie.

Salí de la iglesia con las últimas palabras de Brigo resonando en la cabeza. Ojalá que todo lo que me había deseado se cumpliera, sobre todo porque en esa bendición se contemplaba la posibilidad de volvernos a encontrar.

Cuando, ya fuera del recinto, me reencontré con la recepcionista pensé que me recriminaría mi larga estancia en el interior pues mi plática con Brigo había sido bastante larga. Pero no, me despidió con una cordial sonrisa y unas frases dichas con el acento tan encantador de estas tierras. Extrañada miré mi reloj y comprobé que había estado en el interior de la iglesia tan solo diez minutos, los que había durado la proyección. No podía ser, si había hablado con el druida un buen rato. ¡Qué raro! Decidí no darle más vueltas al asunto y encaminarme al hotel de una vez.

 Afortunadamente Ñuberu tronaba pero aún no había empezado a soltar agua, por lo que pude llegar a mi hotel sin empaparme. Una vez más mi búsqueda de la xana no había sido fructífera pero había conseguido importante información que podría ayudarme a encontrar a Ayalga.

Mi próxima incursión sería en el río Güeña. Esperaba que allí se acabaran mis pesquisas pues aunque la visita a la iglesia había sido sumamente agradable —conocer a Brigo me había encantado— tanto indagar empezaba ya a hartarme un poquito.

Quizás fue el embrujo del druida encantador o esa bendición última que me dio, pero me sentía muy animada y segura de que mi búsqueda estaba a punto de llegar a su fin.

(Continuará…)




NOTA: La iglesia de la Santa Cruz se erigió en una pequeña colina y sobre un antiguo enterramiento. Lo que queda del dolmen de aquel monumento funerario se puede observar en el interior del pequeño templo a través de un orifico hecho en el suelo. He intentado obtener información sobre qué tipo de enterramiento era (celta, prehistórico, etc…) pero no conseguí averiguar mucho pues ni siquiera hay demasiado consenso a la hora de datar exactamente su antigüedad, así que me tomé la licencia literaria de ‘habitar’ esa tumba con un druida.

GALERÍA FOTOGRÁFICA

Iglesia de la Santa Cruz erigida por Favila.
Entrada y relieve donde se representa la Cruz de la Victoria.
Dolmen y altar de la capilla de Santa Cruz  (como no se me permitió fotografiar en el interior,  las fotos están tomadas de la red). Si me hubieran dejado hacer fotos me habría hecho un selfie con Brigo, pero no pudo ser.

Una de las múltiples representaciones de la Cruz de la Victoria, esta se encuentra en el puente romano que cruza el río Sella.
Uno de los muchos tejos (texu) que se encuentran en Asturias, este está situado delante del monasterio de San Pedro de Villanueva.

Lago Enol, donde Brigo se montaba fiestas con las xanas.

GLOSARIO

Crónicas astures I: Legítima defensa
Crónicas astures II: El beso
Crónicas astures III: Ultraje

5 de septiembre de 2018

El beso

CRÓNICAS ASTURES II


Mientras paseaba por la orilla del Sella, me devanaba los sesos pensando cómo iba a cumplir mi promesa a Furaco (Legítima defensa (Crónicas astures I)). Yo no sabía nada de xanas, ni de su apariencia, ni de sus costumbres. Por no decir que son seres mitológicos que se supone no existen. Pero una al menos sí existía: Ayalga, la que había condenado a un pobre oso a vagar eternamente por haber matado a un rey. Y yo debía encontrarla para convencerla de que perdonara al pobre Furaco. ‘Búscala en el río, entre las rocas…’ me dijo el oso penitente. Y ahí estaba, paseando entre peñascos llenos de musgo, acompañada del sonido que producía la corriente del agua.

Estaba anocheciendo, una bruma difusa comenzaba a acariciar el río y le proporcionaba un halo misterioso que tenía algo de fantasmagórico. Incluso el ruido del agua al pasar entre las rocas se hizo más tenue. La noche se acercaba pidiendo silencio y el río obediente se acallaba, se apagaba. La luz, los árboles, el agua, todo se aprestaba a la quietud, al descanso.  

La humedad que impregnaba las piedras de la orilla las hacía brillar como si fueran de metal. Cuando estaba concentrada en no resbalar oí unos sollozos. Alguien estaba llorando. Miré alarmada a mi alrededor creyendo que algún caminante tan insensato como yo se había decidido a adentrarse en esa zona y se había caído haciéndose daño.

La poca luz diurna que quedaba y la niebla que comenzaba a espesarse me dificultaron la visión y en una primera ojeada no vi a nadie, pero los sollozos seguían oyéndose.

Me detuve y me senté para fijarme mejor y para evitar caerme, las piedras estaban completamente mojadas por lo que la probabilidad de patinar y darme un golpe cada vez era más elevada. No quería añadir a esos sollozos que escuchaba los míos propios y acabar haciendo coro con él o la que se estaba lamentando.

El llanto comenzó a ser más intenso y yo empecé a sentirme peor. Aquellos gemidos me producían mucha angustia y quería saber dónde se encontraba quien así lloraba para poder ofrecerle mi ayuda. La bruma que unos momentos antes acariciaba el río, ya estaba invadiendo toda la ribera y la visibilidad era muy mala. Aun así pude distinguir la silueta de una mujer agachada en la orilla opuesta, enfrente de donde me encontraba yo.

Se hallaba cabizbaja y sentada en una roca muy cerca del agua. Una larguísima melena rubia, que llegaba hasta el suelo, le cubría el rostro. Las manos reposaban en el regazo y los hombros se sacudían con cada nuevo sollozo. Aunque no podía verle la cara, parecía joven. Sus ropas eran extrañas. A través de la bruma pude vislumbrar una especie de túnica verde muy larga y unas zapatillas finas de algún tejido que parecía suave. Desde luego la vestimenta era muy poco adecuada para caminar por ese terreno. Normal que se haya caído, me dije, vestida así yo me caería hasta por un lugar llano.

Entonces pensé que ese pelo tan largo, el vestido y un calzado tan peculiar no eran de esta época. ¡La xana! Tenía que ser ella. A ver quién si no podría andar por el río con esas trazas.

Me incorporé de un salto (a punto estuve de caer al agua) y con un movimiento de brazos para hacerme notar le grité a la mujer.

—¡Hola! ¿Te puedo ayudar?

La mujer ni se inmutó, continuó con su llanto desgarrador. A riesgo de terminar en el río seguí gesticulando con los brazos y grité más fuerte.

—¡Hola! Estoy aquí. ¡Aquí! Mira enfrente. ¿Qué te ha pasado? ¿Por qué lloras?

Pero la muchacha siguió ignorándome, no sé si voluntariamente o porque a pesar de mis gritos no me oyó. Pero yo sí la oía a ella. De hecho, dejó de llorar y comenzó a hablar. Al principio creí que se dirigía a mí pero en seguida me di cuenta de que sus palabras eran para otro interlocutor, aunque allí no había nadie más, por lo que deduje que en realidad estaba hablando sola. A pesar de un par de intentos por mi parte para hacerme notar, ella siguió con su monólogo sin prestarme atención.

Decidí atender a lo que decía y fue entonces cuando comprendí que no se trataba de la xana Ayalga. Esto fue lo que habló esa extraña mujer:

  Sabía que no te volvería a ver. Lo sabía. Pero mis ruegos resultaron inútiles. Ni mis abrazos ni mis lágrimas consiguieron retenerte.
  Marchaste montado en tu caballo y con tu ridícula escolta. ¿Cuántas veces te pedí que aumentaras tu guardia personal, que te rodearas de gente de confianza y leal? Pero tu carácter bondadoso te impidió ver la magnitud del peligro en el que estabas. No fuiste capaz de calibrar la codicia de los que te rodeaban.
 La sensibilidad y la cortesía que te caracterizaban fueron buenas virtudes para enamorar, pero nefastas para reinar. Sobre todo para regir a un hatajo de ambiciosos que solo quieren medrar a costa de lo que sea.  
  Yo me enamoré de ti. Lo hice con el alma y con el cuerpo. Me entregué por completo a una pasión que me sorprendió. Ningún trovador me contó cómo el deseo acompaña al amor. Ese amor que siempre creí era un sentimiento etéreo, intangible, inspirador de bonitas palabras para volcarlas en versos. Nadie me avisó del calor, del fuego que devora sin llama pero que devasta las entrañas. 
  Ningún romance de los que mis damas de compañía cantaban en las largas noches de invierno al lado de la chimenea, contó la dependencia que se crea al amar. No podía imaginar cómo la ausencia del amado, por muy breve que sea, alarga el tiempo, estira las horas y la separación se convierte en un tormento que solo cesa cuando el amante regresa; cómo la añoranza de su cuerpo sume en la desesperación por acariciarlo, besarlo, sentirlo.
  Cada vez que te ibas con tus nobles a cazar yo temía por tu vida. Me daban miedo las bestias del bosque. Pero mucho más me atemorizaban tus allegados, esos que decían ser amigos tuyos, aliados contra el infiel que quiso invadir nuestras tierras. Ellos son las verdaderas alimañas, aves carroñeras que esperan la menor oportunidad para atacar y rapiñar.
  Yo sabía que el riesgo estaba allí, en tus caballeros. Por eso, cuando volvías de las cacerías sano y salvo yo te abrazaba y besaba como si hubieras estado ausente años. Sé que la corte murmuraba sobre mi comportamiento. Mi vieja nodriza no paraba de reprenderme. Una reina no puede comportarse como una cualquiera, decía, has de ser recatada, comedida, esas muestras de cariño hacia tu esposo en público son un escándalo. Pero yo nunca le hice caso. Me daba igual lo que se dijera de mí. Solo me importabas tú.
  En aquellos banquetes que tanto destestabas, yo me sentaba con las mujeres de los nobles y sentía sus miradas cargadas de codicia. Vosotros, los hombres, os reuníais para coordinar la nueva estrategia ante el posible regreso del enemigo. Ese enemigo que vino de tierras yermas, secas y que en estos montes verdes se sintió como pez fuera del agua. Esa es su debilidad, me dijiste un día paseando por el puente que cruza el río. Nosotros nos movemos con soltura por estos parajes pero ellos se pierden, y los desfiladeros de nuestras montañas son el mejor de los aliados, me contabas entusiasmado. Como si la guerra fuera solo un juego. Un juego de hombres, donde se mata y se muere. Un juego en el que las mujeres solo podemos rezar y esperar.
  Pero yo sabía que el enemigo estaba mucho más cerca. El marido de tu hermana nunca me gustó. Ese energúmeno engreído no perdía ocasión para fanfarronear y presumir de su parentesco contigo a través de un matrimonio de conveniencia; de cuán ventajoso era para todos, sobre todo para él, unir las estirpes cántabras y astures. Por los cuchicheos a mis espaldas de las esposas de tus nobles, tus falsos amigos, sabía que conspiraban contra ti.
  Intenté avisarte, pero tú siempre te reías y mientras apartabas un mechón de pelo de mi cara, con esa mirada dulce que tanto amé, me decías que exageraba, que me asustaba por nada. Que todo eran cosas de una mujer enamorada y aprensiva, que estabas a salvo.
  El enemigo estaba en casa y en ti también. Tu inocencia jugó en tu contra.
  Por eso, aquel día, aquel maldito día que te fuiste a cazar yo sabía que algo terrible iba a suceder. La bruma del río invadió la cama donde yo aún dormitaba. Tú estabas vistiéndote. El escudero esperaba afuera para acabar de ponerte la impedimenta. Cuando te observé entre jirones de niebla supe que no te volvería a ver.
  Me puse a llorar y tú, condescendiente, te acercaste a mí. Me enjugaste las lágrimas, me besaste y te fuiste. Yo salí detrás de ti, medio desnuda. Llegué al patio de armas y allí, delante de todos tus caballeros, de las chismosas de mis damas y de los sirvientes, te besé.
  Te besé como si fuera la última vez. Te di el último beso. El beso que selló nuestro amor y nuestra despedida, la definitiva. El beso que aún puedo sentir en mis labios, el beso que me quema y me consuela, que me recuerda cuánto te amé y cuánto te echo de menos.
  Con aquel beso me despedí de ti. Con aquel beso te dije adiós. Te perdí, y contigo perdí todo lo demás. Ya no tengo nada, tan solo tu recuerdo y el sabor de tus labios cuando nos dimos el último beso.

Tras decir esto, la muchacha volvió a llorar desconsoladamente. Yo no sabía qué hacer, pero me sentí una intrusa. Me resultó embarazoso presenciar un dolor tan íntimo, así que decidí que lo mejor era marcharme de allí y dejarla con su pena. Nada ni nadie podría mitigar la tristeza y el desconsuelo que asolaban a aquella mujer.

Me alejé del río. Aunque ya no podía oír los lamentos de la joven, sus sollozos y sus palabras resonaban en mi cabeza dejándome un nudo en la garganta.

Pero yo también tenía mis problemas, bien es verdad que de un cariz menos trágico. Seguía sin encontrar a Ayalga y debía cumplir una promesa. Con el ánimo por los suelos –entre la dama doliente y la xana esquiva las vacaciones se me estaban torciendo un poco– regresé al hotel. 

El río era la única referencia para encontrar a Ayalga pero ir allí no había dado el resultado esperado. Pensé en regresar al día siguiente a probar suerte de nuevo, pero la posibilidad de volver a ver a la doncella misteriosa me dio escalofríos. No sabía qué hacer. Pero yo soy muy cabezota y cuando prometo algo lo cumplo, así que me fui a descansar con la intención de seguir en los siguientes días con la búsqueda de la dichosa xana, aunque no tuviera ni idea de dónde buscar. Pero algo se me ocurriría. Y así fue.

(Continuará…)






NOTAEsta historia está inspirada en unos relieves de los capiteles que se encuentran en la entrada al monasterio de San Pedro de Villanueva. En ellos se ve a Favila y a su esposa, Froiluba, besándose. Este beso se considera una escena “subida de tono” para la época y algunos historiadores consideran que reflejaba la pasión de los dos esposos. Sea como fuere, yo me imagino a Froiluba apasionada y enamorada. Un amor que le duró bien poco porque se quedó viuda muy pronto.

GALERÍA FOTOGRÁFICA

Puente romano sobre el río Sella

Río Sella

Escenas donde Favila y Froiluba se besan



GLOSARIO

Crónicas astures I: Legítima defensa
Crónicas astures II: El beso

1 de septiembre de 2018

Legítima defensa

CRÓNICAS ASTURES I



—¡Fue en legítima defensa!

Apoyada en una roca que tenía una extraña inscripción en forma de cruz, miré hacia un lado y hacia otro, allí no había nadie y sin embargo alguien había dicho algo.

—¡Fue en legítima defensa! –volví a escuchar y volví a mirar alrededor mío sin conseguir ver a nadie.

Había llegado hasta ese rincón apartado de Llueves, una aldea encaramada en la cima de un monte cerca de Cangas de Onís, en busca de algo de tranquilidad porque mi visita a los Picos de Europa estaba siendo algo decepcionante. No tengo nada en contra de la accesibilidad a nuestros parajes más abruptos por parte de todo el mundo, pero encontrar más gente en algunas sendas de montaña que en la Gran Vía en Navidad me estaba molestando un poco.

Por eso, aquel día, aproveché el aislamiento que me proporcionaba un lugar desconocido por el turista tradicional. Me senté en una peña que se encontraba cerca de una de las viviendas de aquella aldea buscando la tan ansiada soledad montañera.

Y ahí me encontraba, sentada en un risco pensando en mis cosas. De hecho, antes de oír esa voz inesperada, estaba recordando mi petición de hacía un par de días en el santuario de Covadonga. No soy creyente pero sí algo supersticiosa y ya que la cueva, donde a Pelayo le auxilió la Virgen en la batalla contra el infiel, se ha convertido en lugar de peregrinación y milagros, decidí probar suerte. Pero yo no solicité salud o un buen trabajo, mi petición fue algo diferente; pedí inspiración.

Concretamente lo que solicité en esa gruta tan inquietante fue encontrarme con el espíritu de algún ancestro, o algún habitante de estas tierras, que me inspirara alguna historia, que me contara algo que luego yo pudiera relatar. Eso le pedí a La Santina, o a las xanas —ninfas asturianas— que dicen habitaron antes esa gruta brumosa y con agua, cuando las tribus astures utilizaban aquel lugar para sus ritos religiosos.

—¡Fue en legítima defensa!

¡Otra vez! En esta ocasión lo oí perfectamente y perfectamente me di cuenta de que allí no había nadie. Tímidamente y empezando a creer en vírgenes que conceden deseos, hablé al aire y dije:

—¿Hola?¿Hay alguien ahí?

Nada más decirlo me sentí ridícula, pero enseguida escuché la misma voz de antes.

—Estoy aquí ¿no me ves?

Miré otra vez a mi alrededor. Tan solo había árboles y vegetación entre prados de un verde esmeralda.

—No, no te veo, pero te oigo.

—¿De verdad? Ya era hora, llevo cientos de años andando por aquí y es la primera vez que alguien se percata de mi presencia. Hubiera preferido que me vieran, pero algo es algo. Esto de penar es muy solitario y aburrido.

El propietario de esa voz llevaba andando “cientos de años”. El corazón se me puso a mil por hora. La Santina o las xanas me habían concedido mi deseo. Estaba contactando con alguien de la Reconquista, ¿quién si no, en semejante sitio, podía ser el dueño de esa voz? Una voz, he de remarcar, ronca, profunda, grave y sumamente varonil. ¡Ay, madre! ¡Era don Pelayo! Seguro.

—¿Don Pelayo? ¿Sois vos? —dije recurriendo a ese “vos” que supuse me haría más cercana a un personaje del siglo VIII y, ya de paso, demostrar lo culta que soy.

—¿Yo? No —contestó la voz.

Reconozco que me decepcionó un poco saber que no era Pelayo mi interlocutor pero me agarré a eso de que llevaba cientos de años por la zona.

—Entonces, ¿cuál es vuestro nombre?

—Furaco.

Qué nombre más raro, pensé, pero en la Reconquista no todo eran nombres cristianos. Algunos astures y cántabros, que también participaron en aquella guerra, eran paganos. O lo mismo se trataba de un combatiente musulmán; esto de los fantasmas puede ser sumamente complejo.

Decidí recabar más información.

—¿Sois noble o un guerrero raso? ¿Cristiano o musulmán? ¿Cuál es el dios en el que creéis?

—No sé de qué me estás hablando rapaza. Yo no creo en ningún dios, eso son cosas vuestras. Yo solo creo en lo que me rodea: el agua, los árboles, las nubes, el sol, la luna, el día, la noche... Bueno, y en las xanas. Creo en las malditas xanas también  —respondió con un tono enfadado que me asustó un poco.

Esto último me desconcertó mucho. Ahora era yo quien no sabía de qué estaba hablando la voz. Decidí seguir con el interrogatorio, para un espíritu que me había encontrado tenía que aprovechar la ocasión.

—Antes hablasteis de que fue en legítima defensa, ¿a qué os referíais?

—A que yo solo actué para defenderme, pero la xana se enfadó, me dijo que atacar a los hombres estaba mal y que matar reyes estaba aún peor. Que había puesto a la incipiente monarquía en peligro, dijo. Esa xana traidora, tras encapricharse de un monje se hizo cristiana y desde entonces todo fue hacerle la pelota a los frailes que empezaron a pulular por estos montes. Se enfadó tanto con mi acción que me castigó a vagar eternamente por mi imprudencia. ¡Xana rencorosa!

¡Atiza, estaba tratando con un magnicida! Así que era un insumiso. Intenté recordar mis clases de Historia pero no sabía de ningún rey que hubiera muerto asesinado por esta zona. Sí que recordaba a uno al que apuñalaron mientras estaba haciendo de vientre —una manera muy poco regia de morir, dicho sea de paso— pero aquel rey era navarro, o castellano, y eso ocurrió muy lejos de donde me encontraba. Me estaba haciendo un lío, por lo que decidí ir al grano sutilmente.

—Así que conspirasteis para acabar con el rey.

—¡Que no! Que fue en legítima defensa, ¿es que no escuchas? Ese imbécil se me echó encima, con una lanza pretendía ensartarme ¿qué iba a hacer yo?

—Vale. Os defendisteis, con la espada como un buen combatiente.

—¿Qué espada? Lo hice con las garras, y de un solo golpe me deshice de ese alfeñique. No tenía ni medio zarpazo.

—¿Garras?¿Zarpazo? No entiendo. ¿No usasteis un arma?

—Claro que usé armas. Las mías, las que tengo y que sé utilizar muy bien. Diez uñas como puñales y una gran potencia; pesar cientos de kilos también ayuda. Cada uno con lo que ha nacido.

Llegados a este punto yo ya estaba completamente perdida. Zarpazos, cientos de kilos… Entonces se me ocurrió la pregunta por la que debería haber empezado.

—¿Cómo se llamaba el rey al que asesinasteis?

—Que yo no asesiné a nadie, ¡carayu! ¡Que fue en legítima defensa! ¿Cuántas veces lo tendré que repetir? Eres tan obtusa como la xana.

—Bueno, pues ¿cómo se llamaba el rey al que disteis muerte?

—Eso está mejor. La xana me dijo que se llamaba Favila.

¡Madre mía! Sí que había contactado con el espíritu de un ser de la Reconquista. De lo poco que recordaba de mis lecciones de Historia se encontraba que el rey Favila había muerto cuando un oso, al que pretendía cazar, le atacó. El espíritu parlante era ¡un oso!

No era don Pelayo, pero hablar con el que mató a su hijo no estaba nada mal. A falta de pan, buenas son tortas. Aunque no fuera un humano, tampoco se trataba de un oso corriente: era un oso regicida.  Enseguida sentí simpatía por él y decidí seguir conversando un rato más para obtener más información pues sabía que la muerte del segundo rey de Asturias suscitaba polémica.

—Y ¿cómo ocurrió exactamente?

—Yo estaba comiendo unas bayas tan tranquilo. De repente oí ruido de caballos y decidí esconderme entre unos arbustos. Vi un grupo de caballeros con sus armaduras que huían de otros que estaban persiguiéndolos.

—¿En serio? ¿Quiénes eran los perseguidores y quiénes los perseguidos?

—Ni idea. A mí todos los humanos me parecen iguales, y la única información que me interesa de ellos es si van armados. En ese momento lo que me preocupaba era quitarme de en medio. Esos tíos tienen mucha facilidad para sacar la espada, o la lanza. Entre el grupo de los perseguidos se encontraba un muchacho al que los que iban con él llamaban majestad. Y fue ese el que primero descabalgó. Le vi algo asustado, la verdad.

—¿Y los perseguidores?

—Aún estaban al inicio de la colina. El que los comandaba tenía un porte imponente, era casi tan grande como yo. A ese me pareció oír que también le llamaban majestad.

—¡Arrea, otro rey! Esto se pone interesante.

—Yo estaba seguro de que los dos grupos se iban a enfrentar y me quedé a ver qué pasaba. Pero, entonces, una abeja impertinente me picó en el hocico, tuve que quitármela de encima y fue cuando delaté mi posición. Todos los del primer grupo miraron donde estaba yo y el alfeñique se puso todo chulito diciendo que me iba a matar, que con mi piel se confeccionaría una buena capa que le daría prestigio y que le haría más viril. Los humanos sois realmente estúpidos.

En ese instante, Furaco se calló. Pensé que se había ido, pero tras unos segundos volví a oír su voz profunda y grave.

—Se abalanzó sobre mí con una lanza. Yo solo me defendí. De un zarpazo lo derribé y lo estampé contra esa roca en la que estás apoyada, y con otro zarpazo más lo dejé inconsciente. No quería matarlo, yo solo me defendí. Me escondí otra vez y fue cuando el grupo perseguidor llegó hasta el lugar. El tío corpulento se bajó del caballo y, mientras sus acompañantes cuchicheaban con la pequeña escolta del enclenque, se acercó al muchacho que ya estaba desangrándose y le asestó una estocada que acabó rematando lo que yo ya había hecho.

—O sea, que el que mató a Favila no fuiste tú —después de tanta confidencia decidí pasar al tuteo.

—No lo sé. Aunque el gigante ese no le hubiera ensartado con su espada, me parece que el chico no lo habría contado de todas formas.

—Y luego ¿qué pasó?

—Todos empezaron a gritar que una alimaña asesina había matado a su rey. ¿Será posible? ¿Yo, asesino? Pero si estaba comiendo bayas sin meterme con nadie.

Oí cómo Furaco suspiraba y tras una pausa continuó.

—Entre grandes aspavientos, que me parecieron exagerados, decían que era una desgracia. Entonces todos se inclinaron ante el hombre corpulento y doblaron la rodilla jurándole fidelidad y llamándole nuevo rey.  

—¿Qué hiciste tú?

—Marcharme de allí por si les daba por acabar lo que empezó ese tal Favila. En cuanto llegué al río la xana se me apareció. Estaba muy enfadada y fue cuando me condenó a vagar eternamente por estos bosques. ¡Es injusto! ¿Qué quería que hiciera yo? ¡Fue en legítima defensa!

—Además, técnicamente tú no mataste al rey. Por lo que cuentas, fue ese otro monarca el que se lo cargó realmente. Así que tu xana se equivocó. ¿Le dijiste lo de la estocada?

—Lo intenté, pero estaba tan furiosa que no escuchaba. Me maldijo y aquí estoy.

Aunque el lugar en el que estaba condenado ese oso desgraciado era realmente bonito, sentí lástima por él. Vagar eternamente sin poder gozar de la compañía de otros congéneres —hace siglos que por ese lugar ya no hay osos— debe de ser algo muy triste. En un alarde de altruismo decidí echarle una mano.

—Quizás alguien debería interceder por ti. Si me dices dónde encontrar a la xana yo podría hablar con ella.

—¿De verdad harías algo así? Por favor, búscala en el río, entre las rocas y donde más densa sea la vegetación. Ahí suele estar.

—De acuerdo, lo intentaré. Otra cosa, ¿esa xana tiene nombre? Lo digo por si me encuentro con otra que no sea “tu” xana.

     Realmente estaba abducida por ese oso penitente. No solo me estaba comprometiendo a buscar un ser mitológico sino que, en mi delirio, creía que iba a encontrar más de uno.

      —Se llama Ayalga. Si la encuentras cuéntale todo, e insiste que fue en legítima defensa.

Entonces la voz se calló y no volví a escucharla más. Me pareció ver que unos arbustos cercanos se movían, como si algo se hubiera introducido entre ellos. El silencio se enseñoreó del lugar y yo me quedé completamente sola.

Durante todo el camino de vuelta hacia Cangas, a mi hotel, me dediqué a rastrear por la orilla del río Sella en busca de la xana. No sabía muy bien qué buscar porque no sé ni qué apariencia tienen. En mi paseo tan solo vi a un pescador que estaba medio sumergido en el río. Iba a preguntarle si había visto una xana por allí, pero enseguida me di cuenta de que era absurda la promesa que le había hecho a Furaco. ¿Cómo iba yo a encontrar un ser de leyenda y completamente imaginario?

Pero una promesa es un compromiso contraído que no se puede soslayar y quise cumplir con la palabra dada por lo que me dispuse a indagar y busqué a Ayalga. Y la encontré. Pero esa es otra historia.

Aunque decidí no contar nada de este encuentro a mis allegados —ya tengo fama entre mis amigos de ser algo rara y no quiero añadir más extravagancias a mi historial— he pensado que con vosotros no puedo callar, debéis saber lo que ocurrió de verdad. Que los libros de Historia no os engañen; yo lo sé de primera mano, o de primera zarpa. Un oso me lo contó, el oso que atacó a Favila en legítima defensa.

(Continuará...)





NOTA: Según las crónicas de la época, al rey Favila, hijo de Pelayo, lo mató un oso cuando intentó cazarlo en una supuesta prueba de virilidad. Pero otros historiadores sugieren que realmente murió asesinado por su cuñado, duque —rey para algunos cronistas— de Cantabria y que sería su sucesor con el nombre de Alfonso I de Asturias. Dicen que Alfonso tenía una constitución hercúlea que le hacía parecer un oso. Otros estudiosos del tema alegan que la figura del oso se asocia a la persona del rey, de ahí el refuerzo de la teoría regicida.

GALERÍA FOTOGRÁFICA

Roca grabada con una cruz donde murió Favila
Relieve del monasterio de San Pedro de Villanueva donde se muestra la muerte de Favila por un oso. El de la izquierda se supone que es Favila y el de la derecha se supone que es el oso (a mí, más que un oso, me parece un cerdo, con perdón)
Río Sella y pescador al que estuve a punto de preguntar por la xana
Población de Llueves
Gruta de Covadonga

Vista de Cangas de Onís desde el lugar donde el oso se cargó a Favila (en legítima defensa)

30 de agosto de 2018

"Duelo" - Eduardo Halfon


Eduardo viaja a Guatemala en busca de información para terminar un puzle de recuerdos de la infancia. En ese puzle falta una pieza, falta saber qué pasó con un hermano de su padre que murió siendo un niño. A él, al Eduardo niño, le dicen que su tío Salomón murió ahogado en el lago Amatitlán pero no tiene más datos, tan solo la referencia imprecisa de un niño ahogado en un lago.

La muerte del niño Salomón marca la historia familiar de Eduardo. Nadie en la familia quiere hablar de ello aunque la trágica desaparición ha dejado un poso de tristeza y culpa. La falta de más datos dejan huella en el Eduardo adulto que quiere saber más.

La muerte del niño Salomón es el motor de una búsqueda en los recuerdos, en el pasado familiar y da pie a una reflexión profunda por parte del protagonista sobre cómo la propia identidad depende de  quienes nos precedieron, de nuestros familiares.

Mezclando recuerdos, vivencias propias y otras contadas por sus allegados, Eduardo evoca el pasado de su familia judía.

Sus abuelos, uno polaco y el otro libanés, también se llamaban Salomón y como judíos tienen una historia de persecución y exterminio. Pero ese pasado duele y en un intento de proteger a su descendencia y de autoprotegerse también, se evita recordar, o se distorsionan los recuerdos. El abuelo polaco pasó la guerra mundial en un campo de concentración y para explicar al niño Eduardo qué son esos números tatuados en su brazo le dice que es un número de teléfono.

Además, como una forma de acentuar la importancia de lo que le ocurrió al niño Salomón, ese nombre, Salomón, es el de varios familiares más. A mí, esto me resultó muy lioso, tanto Salomón por todos lados me despistó y me hizo perder el hilo de la narración.

De todas formas la narración es caótica, algo que se ajusta a lo que se está tratando: recuperar recuerdos. Cuando uno evoca no lo hace de manera lineal ni ordenada. En ese aspecto el autor demuestra un gran dominio de la técnica para plasmar evocaciones, aunque esa técnica no sea la más adecuada para que el lector se aclare y se entere de qué está pasando. Por lo menos eso es lo que a mí me ocurrió.

Con el pretexto de saber qué sucedió realmente con el niño Salomón se hace un repaso sobre varios temas como el antisemitismo, el paso del tiempo o la situación social guatemalteca. Hay una gran carga simbólica en toda la narración y hay frases realmente buenas.

“El tiempo era una cosa real e indestructible.”
“A veces siento que lo puedo oír todo, salvo el sonido de mi propio nombre.”
“Siempre me ha espantado más la desidia del hombre ante el horror que el horror mismo.”

Esta mini novela -apenas tiene cien páginas- se encontraría en ese género que ahora llaman ‘realismo del yo’, es decir, es un relato semi-autobiográfico. En este género el autor cuenta cosas de su vida pero también añade otras inventadas. A mí, personalmente, estas semi-biografías me ponen nerviosa porque no sé qué es real y qué es inventado y no me siento cómoda. Sé que es una apreciación muy particular y tampoco sabría decir por qué me molesta tanto esta mezcla de vivencias reales e imaginadas. Es lo mismo que me pasa con la metaliteratura, otra técnica que me pone de los nervios y que me da inseguridad.

Por otra parte, la brevedad del relato me impidió implicarme en la historia, no conecté con ningún personaje porque apenas hay tiempo para conocerlos y “encariñarse” con ellos.

Por lo tanto, entre lo caótico de la narración y la brevedad de la historia esta mini novela no me llenó del todo. Además, en ese caos de real e imaginado hubo algunas escenas que acabaron de descolocarme. Para rematar, el final es tan simbólico que no pillé la alegoría o, posiblemente, es que no había nada que pillar. No estoy segura. ¡Qué torpe soy!



26 de agosto de 2018

"Mi perro idiota" - John Fante


Mi perro idiota” es un relato largo que junto a otro, “La orgía”, se incluye en el libro “Al oeste de Roma”.

Este relato es la historia de Henry Molise y su familia. Henry es un guionista de cine de origen italiano que vive en California.

A Henry no le van bien las cosas, está en el paro y sus cuatro hijos son fuente continua de problemas. Su hija Tina sale con un ex marine que solo sabe surfear, su hijo Dominic se dedica a vaguear y a acostarse con negras, algo que exaspera mucho a su madre, mientras que Dennis es un actor que no consigue ningún papel. Jamie, el hijo más pequeño es el único que, de momento, no le da disgustos y por eso es el ninguneado de la familia.

A Henry le gustaría escribir una novela, pero se conforma con los guiones de cine porque si la historia no funciona siempre le puede echar la culpa al director, al productor o a los actores. En cambio, si la novela fracasa la responsabilidad es exclusiva del escritor. No se siente capacitado para afrontar esa tarea, le da miedo constatar que no tiene calidad.

“Para escribir se ha de amar, y para amar se ha de comprender.”

Henry detesta a sus hijos, detesta su vida, quiere huir y empezar de nuevo. Le gustaría escapar a Roma. Italia es la quimera, el lugar con el que sueña y donde ubica sus anhelos. Pero la cruda realidad le obliga a permanecer en California, al oeste de Roma.

Un nuevo personaje entra en la vida de Henry para cambiarlo todo. En el jardín de la casa aparece un perro enorme dormido. Intentan despertarlo pero no lo consiguen. Cuando lo hace se dedica a deambular por la propiedad de Henry haciendo caso omiso a las indicaciones de los miembros de la familia. Al perro parece que solo le interesan dos cosas: dormir y lamerse su enorme miembro que saca constantemente de su vaina. Deciden ponerle el nombre de ‘Idiota’.

Idiota es un Akita y como esa raza es japonesa, Henry cree que al ser extranjero no entiende el inglés y por eso no obedece. Pero a Idiota le gusta la bronca y abusa de su fuerza,  por lo que se enfrenta a la aristocracia canina de la lujosa y políticamente correcta urbanización donde vive la familia que le ha acogido. Constantemente se pelea con otros perros y además intenta fornicar, pero solo con los machos porque odia a las hembras. La actitud más que transgresora de Idiota crea cierta animadversión por parte de los vecinos, los humanos y los perrunos.

“Era un extranjero con los problemas de integración de un extranjero en un barrio wasp, despreciado por todos los perros anglos y odiado por los de raza alemana.”


Con un irónico sentido del humor John Fante nos cuenta la historia de una familia norteamericana media en los años ochenta. El perro Idiota es el hilo que mueve y que desencadena sentimientos y acciones en los integrantes de esa familia. Ese perro idiota los hará reaccionar.

Dicen que Bukowski tuvo a Fante como autor de referencia para desarrollar el llamado ‘realismo sucio’. He leído a Bukowski y prefiero a Fante con diferencia porque a Bukowski no le entiendo y me aburre, todo lo contrario de lo que me pasa con Fante. Para mí, el maestro supera al alumno por goleada.

En esta encantadora historia se nos habla de las quimeras, de los sueños que solo se sostienen en la imaginación, de la cruda realidad, de la familia. Y todo con mucho sarcasmo, con humor y con ciertos tintes de surrealismo que hacen muy divertida la lectura.

Solo le pongo una pega: el final brusco y sin resolver. Este tipo de objeción suele ser motivo suficiente para que la novela se devalúe estrepitosamente a mis ojos. Pero en esta ocasión no fue así por la sencilla razón de que todo lo demás fue tan bueno que (casi) no me importó.

Podría poner otra pega, pero no sé si tenerla en cuenta porque no es responsabilidad del autor. Se trata de la portada. No entiendo cómo ponen la foto de un perro que no es un Akita si la raza del personaje del relato es esa. Supongo que la explicación más plausible es que el diseñador no se leyó el texto, algo que me imagino no es obligatorio, pero creo que alguien debería haberse dado cuenta y avisar.

Diseños gráficos aparte, este es un relato encantador que hace reír casi siempre y que también encierra mucha ternura, y todo gracias a la genialidad de John Fante y a un perro idiota.




Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores