Hoy en la sala
me siento solo, como suele ser habitual. A pesar de la gente que me rodea. La
sala siempre está llena, cualquier día, laborable o festivo, a cualquier hora,
por la mañana, por la noche o de madrugada. Siempre llena. Desde que la visito
estos dos últimos años nunca la he visto vacía y nunca me he sentido acompañado.
Hoy no ha sido la excepción.
¿Qué tiene esta
sala que me hace sentir soledad? Con todo su peso. Con toda su crudeza. Y con
antipatía. La soledad es mala compañera cuando no se la llama, cuando no se la
busca, cuando se la encuentra en lugares llenos de gente. Estoy rodeado de
personas y estoy solo.
Apenas soy
consciente del murmullo incesante que se oye de fondo. Solo me doy cuenta de
ese cuchicheo molesto al debilitarse levemente, cuando la voz metálica se oye
por megafonía. Con un goteo cadencioso, lento, muy lento, exasperante, la voz
llama a los familiares de los pacientes. Todos esperan, todos esperamos, que
nos llamen. Familiares de… Eso soy yo aquí, el familiar de. No tenemos nombre,
no tengo nombre; el nombre se reserva para los pacientes. Los que esperamos en
esta sala solitaria atestada de gente somos los anónimos familiares.
Un anonimato
que me hace sentir más solo. Un presente adicional, una mueca de burla, un
girón de escarnio: estoy solo y no tengo nombre.
Al otro lado de
las puertas abatibles está el territorio inexplorado. Terra ignota. Allí está
el dolor, las esperanzas sin fundamento, la lucha, la muerte. Al otro lado se
libran batallas, y en este, en la sala solitaria llena de gente, esperamos el
resultado de la confrontación, esperamos saber quién ha ganado, quién ha sido
más fuerte, quién ha salido vencedor.
En un rincón, un hombre se
pelea con la máquina del café. No es un habitual, de lo contrario sabría que
esa máquina está estropeada desde hace un mes.
Aquí también
peleamos, derrotados de antemano nos revolvemos contra la realidad, contra la
impotencia, contra nuestro propio dolor. Un dolor que no se combate con
analgésicos, un dolor que no se ubica en el cuerpo. No asumimos la derrota,
ilusos hasta el final. Somos los daños colaterales, la población civil víctima
del bombardeo.
Enfrente de mí un anciano se
queda adormilado en su silla, una mujer más joven le coloca la cabeza sobre su
propio hombro. La espera se hace larga y el tedio se enseñorea.
Peleamos y
esperamos. Esperamos al heraldo que nos traiga la misiva maldita para
comunicarnos quién cayó en la vanguardia. La voz metálica del mensajero, con un
goteo cadencioso, lento, muy lento, exasperante, va llamando para notificar las
novedades en el frente. Quién está herido leve, quién lo está muy grave, quién
sucumbió al fuego enemigo. Ese enemigo imbatible al final, porque siempre acaba
ganando en la última batalla.
Envuelto en una
capa de falso aislamiento, regurgitando las lágrimas que me dicen al oído que este será el último combate, el que siempre gana
el enemigo, oigo el nombre del que soy familiar. Envuelto en una coraza
endeble, fabricada con esperanzas infundadas, me dirijo a recoger la misiva
del mensajero que trae noticias del frente, de mi frente, de mi batalla. Me
dirijo a recoger el último parte de guerra.
NOTA
Este relato corresponde a un ejercicio donde se practica la prosa poética y había que escribir una historia "infectada de lirismo".
Soy una negada para el lirismo, me cuesta trabajo leer y entender la poesía, así que tener que escribirla, aunque sea en prosa, me supuso un esfuerzo agotador. Para mi sorpresa el texto fue muy bien valorado por mi profesora. Vosotros diréis si estáis de acuerdo con ella.














