Este relato corresponde a un ejercicio donde hay que mostrar el desarrollo de una relación de pareja a través de diálogos. Aquí el narrador no debe tener protagonismo para dejar que sean los propios personajes los que se definan y describan cómo es su relación.
YA NO
—Mira qué
flores más bonitas te he traído. Peonías rojas, las que tanto te gustan —dijo
él.
—Gracias —respondió
ella.
—Eva, podías
ser más entusiasta. Encima que me he acordado de elegir tus flores favoritas.
No creas que es fácil encontrarlas, tuve que buscar en varias floristerías.
—Eres muy
amable. Ya te he dado las gracias.
—Qué
desagradable puedes llegar a ser cuando quieres —le dijo él sentándose enfrente
de ella y cruzando las piernas—. ¿Todavía estás enfadada?
—No, ya no. Es
que estoy cansada; pero hubiera preferido en lugar de flores una disculpa.
—Esta es mi
manera de disculparme, ¿no te has dado cuenta? Tan listilla conmigo para unas
cosas y tan tonta para otras, Eva.
—Da igual, Vicente.
Son muy bonitas. No quiero discutir más contigo. Ya no.
—Si discutimos
es porque tú quieres. Te gusta mucho buscarme las cosquillas, me tocas las
narices con tonterías y claro, yo luego respondo y tú te enfadas. Ahora
mismamente, te traigo flores y te pones muy borde.
—Por favor, Vicente.
Déjalo ya. He dicho que no quiero discutir.
—Sí, claro, no
quieres discutir, pero mírate, toda seria y con cara de vinagre. No te hagas la
ofendida, sabes que tengo un pronto muy fuerte, me conoces desde hace muchos
años, Eva. ¿Cuántos llevamos juntos? ¿Quince, dieciséis?
—El mes pasado
se cumplieron catorce, Vicente.
—Es verdad.
Menuda cara de cordero degollado me pusiste porque se me olvidó el aniversario.
Yo soy muy malo con las fechas, Eva, lo sabes. De sobra lo sabes. Pero te
empeñas en que me comporte como si fuera uno de esos moñas que solo están
pendientes de su chica, como el marido de tu amiga Encarna, que está todo el
día con regalitos y cenas sorpresa. Yo no soy así, nunca lo fui. No sé a qué
viene que te pongas a estas alturas tan exquisita conmigo.
—No quiero
cenas sorpresa ni nada parecido. Ya no. Lo que siempre he querido ha sido un
poco de atención, Vicente, solo eso. Que me escucharas, que me tuvieras en
cuenta. Y respeto. ¿Es mucho pedir?
—Mira, no
empieces, Eva. Ya estás otra vez. ¿Respeto? No paras, cuando te da por un
temita no lo sueltas. Eres una obsesiva de compulsión, o como se diga eso que
tienen algunos y que les hace repetir las cosas una y otra vez.
Un silencio
incómodo se instaló entre Eva y Vicente, como un paréntesis. Tras un minuto, Vicente
se levantó y se acercó hacia donde estaba Eva. Mientras le acariciaba la
mejilla le dijo:
—Venga, no nos
enfademos. Sabes que tú eres lo más importante para mí, todo lo que hago es por
ti y para ti. Por eso me preocupo tanto cuando llego a casa y no estás o cuando
te llaman por teléfono y no sé quién es. Tú eres muy confiada, Eva, y la gente
es mala; no te das cuenta pero es así. Pero para eso estoy yo, para cuidarte y
protegerte. Lo malo es que de puro buena eres tonta y no sabes ver las cosas y
es entonces cuando yo pierdo los nervios, Eva. Ya sabes cómo soy. Tengo un
pronto muy fuerte y se me va la mano, pero sabes que es porque tú me lo pones
muy difícil, nena. Por eso ayer la cosa se complicó un poco.
Eva no dijo
nada y Vicente dejó de acariciarla para seguir hablando, esta vez en un tono de
voz más elevado.
—¡Qué terca
eres! Si sabes que me molesta que la cena no esté a su hora ¿por qué ayer
tuviste que llegar tarde y sin avisar de que te retrasarías?
—Me quedé sin
batería en el móvil y solo me retrasé diez minutos, Vicente, por favor.
—Ya estamos
con lo de la batería del teléfono. A mí no me engañas, Eva, ¿te crees que soy
tan tonto como tú? No, te olvidaste de avisarme porque estarías muy
entretenida, vete tú a saber con quien. Y si hay algo que detesto más que cenar
tarde es que me tomen por idiota.
—Vicente, esto
no va a ninguna parte. Vamos a dejarlo. Ya da igual.
—No, no da
igual. ¿No quieres hablar y que te escuchen? Pues a mí me pasa lo mismo. Yo
también quiero hablar y explicarme. Si la cosa ayer acabó tan mal fue porque tú
llegaste tarde y no me diste ninguna explicación y ya sabes que tengo un pronto
muy fuerte. Lo sabes, Eva, lo sabes.
—Sí, lo sé.
También sé cómo terminan tus prontos. Pero ya me da igual. Se acabó, Vicente.
No insistas, por favor, ya no.
—¡Cómo que ya
no! –dijo Vicente a voz en grito.
En ese momento
las personas que estaban cerca dejaron de hablar y miraron hacia donde estaba
la pareja.
—Insisto
porque la culpa la tuviste tú, como las demás veces —siguió gritando Vicente—.
Luego la Policía siempre me acaba deteniendo a mí, pero sabes que yo no soy culpable
porque me dejas volver. Tú lo sabes, lo sabes perfectamente.
Tras un
momento de silencio y cuando los demás dejaron de prestar atención a la escena,
Vicente volvió a bajar el tono de voz y en un susurro le dijo a Eva:
—Pero ya pasó
todo, cariño. Aquí estoy, con esas flores que tanto te gustan. Venga, Eva, no
seas rencorosa.
—No, Vicente,
ya no pienso volver más, no quiero estar contigo. Te dejo. Ya no me importan
tus estúpidas explicaciones, ni tus patéticos arrepentimientos, ni tus prontos,
ni tus flores. No me importan nada. Ya no.
En ese momento
dos hombres uniformados entraron en la sala.
—¿Señor
Bejarano?
—Si, soy yo
–contestó Vicente.
—Tenemos que
cerrar el ataúd de su esposa. El sepelio saldrá camino del cementerio en quince
minutos.
Mientras esto
decían, una pareja de policías se acercó a Vicente para escoltarlo.
—Por favor,
agentes —dijo Vicente— ¿podrían quitarme las esposas? Me gustaría entregarle
este ramo de flores a mi mujer cuando me despida de ella. Son peonías rojas.
Sus preferidas. Solo quiero dejarle unas flores, no le voy a hacer nada malo.
Ya no.
NOTA: Como sé
que muchos de vosotros me vais a preguntar la opinión del profesor os la cuento
ya. El ejercicio estaba mal hecho y no le gustó. Creo que si hubiera puesto nota me habría cascado un cero. Me
dijo, y cito textualmente, que el relato es inverosímil porque los muertos no pueden hablar. Cuando le
argumenté que era un diálogo imaginado de Vicente, me contestó que entonces no
estaba bien expresado, que debería haberlo redactado con la forma de un diálogo interior. También me
dijo, y vuelvo a citar textualmente, que los finales sorpresa están
sobrevalorados en literatura.
Por suerte o
por desgracia, soy bastante rebelde y en este caso no he seguido las
indicaciones del profesor por lo que he publicado el texto tal como lo escribí.
Díscola que es una. O terca.









