8 de marzo de 2018

Ya no


Este relato corresponde a un ejercicio donde hay que mostrar el desarrollo de una relación de pareja a través de diálogos. Aquí el narrador no debe tener protagonismo para dejar que sean los propios personajes los que se definan y describan cómo es su relación.

YA NO

—Mira qué flores más bonitas te he traído. Peonías rojas, las que tanto te gustan —dijo él.

—Gracias —respondió ella.

—Eva, podías ser más entusiasta. Encima que me he acordado de elegir tus flores favoritas. No creas que es fácil encontrarlas, tuve que buscar en varias floristerías.

—Eres muy amable. Ya te he dado las gracias.

—Qué desagradable puedes llegar a ser cuando quieres —le dijo él sentándose enfrente de ella y cruzando las piernas—. ¿Todavía estás enfadada?

—No, ya no. Es que estoy cansada; pero hubiera preferido en lugar de flores una disculpa.

—Esta es mi manera de disculparme, ¿no te has dado cuenta? Tan listilla conmigo para unas cosas y tan tonta para otras, Eva.

—Da igual, Vicente. Son muy bonitas. No quiero discutir más contigo. Ya no.

—Si discutimos es porque tú quieres. Te gusta mucho buscarme las cosquillas, me tocas las narices con tonterías y claro, yo luego respondo y tú te enfadas. Ahora mismamente, te traigo flores y te pones muy borde.

—Por favor, Vicente. Déjalo ya. He dicho que no quiero discutir.

—Sí, claro, no quieres discutir, pero mírate, toda seria y con cara de vinagre. No te hagas la ofendida, sabes que tengo un pronto muy fuerte, me conoces desde hace muchos años, Eva. ¿Cuántos llevamos juntos? ¿Quince, dieciséis?

—El mes pasado se cumplieron catorce, Vicente.

—Es verdad. Menuda cara de cordero degollado me pusiste porque se me olvidó el aniversario. Yo soy muy malo con las fechas, Eva, lo sabes. De sobra lo sabes. Pero te empeñas en que me comporte como si fuera uno de esos moñas que solo están pendientes de su chica, como el marido de tu amiga Encarna, que está todo el día con regalitos y cenas sorpresa. Yo no soy así, nunca lo fui. No sé a qué viene que te pongas a estas alturas tan exquisita conmigo.

—No quiero cenas sorpresa ni nada parecido. Ya no. Lo que siempre he querido ha sido un poco de atención, Vicente, solo eso. Que me escucharas, que me tuvieras en cuenta. Y respeto. ¿Es mucho pedir?

—Mira, no empieces, Eva. Ya estás otra vez. ¿Respeto? No paras, cuando te da por un temita no lo sueltas. Eres una obsesiva de compulsión, o como se diga eso que tienen algunos y que les hace repetir las cosas una y otra vez.

Un silencio incómodo se instaló entre Eva y Vicente, como un paréntesis. Tras un minuto, Vicente se levantó y se acercó hacia donde estaba Eva. Mientras le acariciaba la mejilla le dijo:

—Venga, no nos enfademos. Sabes que tú eres lo más importante para mí, todo lo que hago es por ti y para ti. Por eso me preocupo tanto cuando llego a casa y no estás o cuando te llaman por teléfono y no sé quién es. Tú eres muy confiada, Eva, y la gente es mala; no te das cuenta pero es así. Pero para eso estoy yo, para cuidarte y protegerte. Lo malo es que de puro buena eres tonta y no sabes ver las cosas y es entonces cuando yo pierdo los nervios, Eva. Ya sabes cómo soy. Tengo un pronto muy fuerte y se me va la mano, pero sabes que es porque tú me lo pones muy difícil, nena. Por eso ayer la cosa se complicó un poco.

Eva no dijo nada y Vicente dejó de acariciarla para seguir hablando, esta vez en un tono de voz más elevado.

—¡Qué terca eres! Si sabes que me molesta que la cena no esté a su hora ¿por qué ayer tuviste que llegar tarde y sin avisar de que te retrasarías?

—Me quedé sin batería en el móvil y solo me retrasé diez minutos, Vicente, por favor.

—Ya estamos con lo de la batería del teléfono. A mí no me engañas, Eva, ¿te crees que soy tan tonto como tú? No, te olvidaste de avisarme porque estarías muy entretenida, vete tú a saber con quien. Y si hay algo que detesto más que cenar tarde es que me tomen por idiota.

—Vicente, esto no va a ninguna parte. Vamos a dejarlo. Ya da igual.

—No, no da igual. ¿No quieres hablar y que te escuchen? Pues a mí me pasa lo mismo. Yo también quiero hablar y explicarme. Si la cosa ayer acabó tan mal fue porque tú llegaste tarde y no me diste ninguna explicación y ya sabes que tengo un pronto muy fuerte. Lo sabes, Eva, lo sabes.

—Sí, lo sé. También sé cómo terminan tus prontos. Pero ya me da igual. Se acabó, Vicente. No insistas, por favor, ya no.

—¡Cómo que ya no! –dijo Vicente a voz en grito.

En ese momento las personas que estaban cerca dejaron de hablar y miraron hacia donde estaba la pareja.

—Insisto porque la culpa la tuviste tú, como las demás veces —siguió gritando Vicente—. Luego la Policía siempre me acaba deteniendo a mí, pero sabes que yo no soy culpable porque me dejas volver. Tú lo sabes, lo sabes perfectamente.

Tras un momento de silencio y cuando los demás dejaron de prestar atención a la escena, Vicente volvió a bajar el tono de voz y en un susurro le dijo a Eva:

—Pero ya pasó todo, cariño. Aquí estoy, con esas flores que tanto te gustan. Venga, Eva, no seas rencorosa.

—No, Vicente, ya no pienso volver más, no quiero estar contigo. Te dejo. Ya no me importan tus estúpidas explicaciones, ni tus patéticos arrepentimientos, ni tus prontos, ni tus flores. No me importan nada. Ya no.

En ese momento dos hombres uniformados entraron en la sala.

—¿Señor Bejarano?

—Si, soy yo –contestó Vicente.

—Tenemos que cerrar el ataúd de su esposa. El sepelio saldrá camino del cementerio en quince minutos.

Mientras esto decían, una pareja de policías se acercó a Vicente para escoltarlo.

—Por favor, agentes —dijo Vicente— ¿podrían quitarme las esposas? Me gustaría entregarle este ramo de flores a mi mujer cuando me despida de ella. Son peonías rojas. Sus preferidas. Solo quiero dejarle unas flores, no le voy a hacer nada malo. Ya no.




NOTA: Como sé que muchos de vosotros me vais a preguntar la opinión del profesor os la cuento ya. El ejercicio estaba mal hecho y no le gustó. Creo que si hubiera puesto nota me habría cascado un cero. Me dijo, y cito textualmente, que el relato es inverosímil porque los muertos no pueden hablar. Cuando le argumenté que era un diálogo imaginado de Vicente, me contestó que entonces no estaba bien expresado, que debería haberlo redactado con la forma de un diálogo interior. También me dijo, y vuelvo a citar textualmente, que los finales sorpresa están sobrevalorados en literatura.
Por suerte o por desgracia, soy bastante rebelde y en este caso no he seguido las indicaciones del profesor por lo que he publicado el texto tal como lo escribí. Díscola que es una. O terca.





5 de marzo de 2018

"Muerte en Madrid"-Mark Oldfield

Esta novela tiene principalmente como escenario a Madrid pero en dos épocas diferentes que se van alternando a lo largo del libro.

En 2009 aparecen los restos de varios individuos con toda la apariencia de haber sido ejecutados. Ana María Galíndez es una forense de la Guardia Civil y se encargará de investigar qué les pasó a esas personas con la ayuda de un par de profesoras de la Universidad Complutense. Por otro lado, se cuentan las actividades del comandante Guzmán en el año 1953. Estos serían los dos grandes bloques de la historia que acabarán convergiendo y relacionándose.

Además, y de forma esporádica, se añaden breves pinceladas de un suceso acaecido en Badajoz en el año 1936 y que, por supuesto, acaba teniendo también relación con todo lo anterior.

De entrada, tanto ir y venir a través de tres épocas ya descoloca un poco, aunque eso no fue lo peor. Pero vayamos por partes.

Leopoldo Guzmán, el protagonista por méritos propios de esta historia, es el jefe de la Brigada Especial. Esta brigada está compuesta por policías también muy especiales, sobre todo porque no se dedican a perseguir delincuentes comunes, sino otros mucho más peligrosos, al menos para la dictadura de Franco: comunistas.

“La Brigada Especial nació al final de la guerra para seguir persiguiendo al enemigo más allá del campo de batalla.”

En su afán de conservar la Victoria, Franco elige a Guzmán, dándole total libertad de acción, para que asegure el régimen cuidando de las amenazas domésticas, esas que están cerca de casa y que pueden ser subversivas. La elección de Guzmán no es gratuita porque él se implica con gusto y saña en su cometido. Es un psicópata en toda regla que disfruta torturando y asesinando a los sospechosos de conspirar contra el jefe del estado.

Esta sería la sinopsis de la novela –me salió un poco larga pero es que el libro tiene más de quinientas páginas-.

En principio, la novela no está mal y el personaje central, Guzmán, está muy bien perfilado. De hecho, a mí me fascinó. Que un personaje execrable, sanguinario, sin escrúpulos, te acabe cayendo simpático denota cierta habilidad por parte del escritor que sabe jugar con el lector y hacer algo así.

Desgraciadamente las habilidades del escritor se quedaron ahí. Tuvo un montón de fallos que empañaron esta destreza.

Cuando un autor extranjero escribe sobre mi país tiendo a recelar, no me fío del rigor a la hora de describir hechos y escenarios. Reconozco, también, que cuando me pongo tiquismiquis los árboles me impiden ver el bosque, me paro en detalles que quizá no tengan tanta importancia y me olvido de valorar la historia global. Pero cuando esos detalles “sin importancia” superan la veintena… pues me enfado bastante.

Si un libro está plagado de errores abandono su lectura, pero con este hice una excepción por dos motivos. El primero, porque el protagonista me resultó muy atractivo, a pesar de ser un hijo de mala madre, y quería saber qué pasaba con él. El segundo, porque me hice una apuesta conmigo misma para comprobar hasta dónde era capaz de llegar el autor con sus meteduras de pata. Si los errores no superaban la decena me ganaba un chocolate, si el número estaba entre diez y veinte, un chocolate con churros, y si superaban la veintena reforzaría la ingesta con varios pasteles. Acabé tomándome chocolate, churros, pasteles y una tila para calmar los nervios que suelen acompañar al cabreo que me agarro cuando un libro está mal escrito.

Según Google, Mark Oldfield –no confundir con mi adorado Mike Oldfield- es un escritor inglés que ha vivido en España, “testigo de excepción de la transición de un estado dictatorial a una democracia, Oldfield aprovechó sus numerosas estancias para aprender más acerca de la percepción de los españoles del momento que estaban viviendo, y sobre todo de su pasado. Ha estudiando concienzudamente la guerra civil española y el largo periodo que siguió”.

No sé cuánto tiempo estuvo viviendo en España el autor, ni dónde lo hizo exactamente -lo mismo estuvo en Mallorca practicando balconing-. Tampoco sé qué entiende por “estudiar concienzudamente”; pero lo que sí sé es que todo eso no le sirvió para aprender demasiado de este país en general y de Madrid en particular. O, al menos, para plasmarlo en esta novela.



No voy a poner todos los fallos de la novela, pero aquí van unas cuantas perlas.

·      La acción que transcurre en 1953 se da en el mes de enero; nieva copiosamente, a todas horas, las ventiscas son de antología, la nieve se acumula por metros en todas partes, una climatología sumamente adversa (aunque el cambio climático ha suavizado mucho las temperaturas, Madrid nunca fue como Moscú, y los inviernos en los años cincuenta tampoco eran para tanto).
·      Un edificio que lleva abandonado varias décadas aún tiene corriente eléctrica cuando dos personajes se introducen en él a buscar unos papeles (cuando un edificio se abandona lo primero que se hace en España es cortar la luz, algunas veces incluso antes de que lo abandonen los inquilinos. Si hay algo que aquí funciona es la diligencia por parte de las eléctricas para no mermar sus pingües ganancias).
·   En las habitaciones de los hoteles hay biblias (la España de Franco era muy católica, apostólica y romana, pero me parece que esa circunstancia nunca se dio, aunque es una práctica habitual en los hoteles norteamericanos).
·    La acción que transcurre en 2009 se da en el mes de agosto, en un momento dado un personaje se queja del tremendo calor que asola Madrid a las cuatro de la tarde porque hay ¡33 grados! (en Madrid y en agosto esa temperatura se tiene, con un poco de suerte,  a las diez de la noche. A las cuatro de la tarde el termómetro no baja de los 38º. Yo firmaba para tener 33º en esos días y a esas horas, ¡es fresquito!).
·      El tremendo calor que Madrid padece no es impedimento para que aparezca un individuo vestido con un abrigo (33º es fresquito, pero no tanto) o para que haya puestos callejeros de chocolate caliente (en agosto, salvo en la verbena de la Paloma, vender chocolate caliente en Madrid tiene menos futuro que vender helados en el Ártico).
·       El uniforme de la Guardia Civil es marrón y se la considera un tipo de Policía (el uniforme es verde y la Guardia Civil no es una Policía, es… la Guardia Civil).
·       Una casa del barrio obrero de Quintana, en el año 1953, tiene portero automático (en 1953 el sistema para abrir los portales no era nada automático, se recurría a las llaves o al sereno).
·       Una casa de Lavapiés tiene una escalera de incendios en 1953 (en ese barrio la mayoría de las casas son centenarias y ni siquiera ahora tienen ese tipo de escaleras).
·      Al lugar donde reside Franco se le llama la casa de campo de El Pardo (no era una casa de campo, era y sigue siendo un palacio con todas las de la ley).
·      El protagonista se va andando desde Vallecas hasta la Puerta del Sol y tarda diez minutos (en línea recta hay más de cuatro kilómetros de distancia entre esos dos sitios, ni corriendo se tarda tan poco, menos andando en enero con las calles lleeeeenas de nieve).
·      Ya por último, el intento del golpe de estado de Tejero fue en 1982 (siendo el escritor un "testigo de excepción de la transición española", por lo visto no prestó demasiada atención porque Tejero y sus colegas nos dieron el susto padre en 1981).

Podría seguir escribiendo más errores pero creo que lo voy a dejar.

Curiosamente, y a pesar de todo, la novela es entretenida y por eso me la terminé. Pero tanto error, alguno imperdonable, no me dejó disfrutar.

Dicen que el escritor está con la segunda entrega –quiere escribir una trilogía sobre “las heridas abiertas de la península ibérica"-. Miedo me da. Creo que esa segunda novela no la leeré, porque si vuelvo a darme otro atracón de chocolate por culpa de tanto gazapo acabo diabética. O con un ataque de ansiedad.


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28 de febrero de 2018

Segundas partes nunca fueron buenas

El relato que viene a continuación corresponde a un ejercicio donde había que buscar dos palabras pertenecientes a dos universos distintos, es decir, que nada tuvieran que ver la una con la otra. Una vez elegidas esas dos palabras había que escribir una historia extraña. 
La elección de esas dos palabras se hizo de la siguiente manera: cada alumno escribió en sendos papeles dos palabras y luego se juntaron todas en una bolsa. Una mano inocente, la del profesor, fue extrayendo las papeletas para cada alumno. Una vez más, mi amigo Murphy y su ley vinieron a visitarme y las dos palabras que me tocaron en suerte (en negrita y rojo al final del relato) dieron lugar al texto más disparatado que he escrito hasta ahora (y eso que ya llevo unos cuantos en mi haber).



Estoy sala’o.

Todo se empezó a torcer con aquella piñacera entre Louis y yo. No llevó nada bien que me negara a servir de plato en la mesa principesca. Sé que quería lucirse con su especialidad “Cangrejo relleno” pero yo no me sentí muy entusiasmado, eso de que quisiera rebozarme y ponerme al fogón no me pareció buena idea. En aquella tremenda bronca el chef real acabó con una mano escaldada y yo en ese momento me dije “Sebastián, bróder, este verraco te lo hará pagar”.

Y así fue. Sus constantes chismorreos acerca de mí hicieron mella en Ariel que sucumbió a la lengua viperina del estúpido francés chupasalsas. Tantos años como acompañante de la princesa, aguantando sus lloriqueos de “me quiere, no me quiere”, solo sirvieron para que me conmutaran la pena de muerte por otra de destierro en el mercado.

Una jebita muy guapa —demasiado maquillada para mi gusto— me compró, y sentí cierto alivio cuando le dijo al tendero que era vegetariana, lo que me hizo suponer que no quería comerme. Aunque el uso que pensaba darme no me lo hubiera imaginado ni en un millón de vidas oceánicas.

Los primeros días anduve algo despistado, la casa de Marieta —así se llamaba aquella linda jeba— era muy peculiar. La habitaban muchas jóvenes de edades parecidas a la de mi nueva ama y obedecían a un hombre al que todas llamaban Igor. Era este sujeto un varón malencarado, musculoso y lleno de tatuajes —el que llevaba en el antebrazo derecho me recordaba a mi primo el alacrán Renato—.

La rutina diaria de Marieta siempre era la misma. Las mañanas las empleaba en holgazanear en la cama, se levantaba bien entrada la tarde, comía algo y esperaba con la misma poca ropa que usaba para dormir, sentada en una banqueta de la barra de un bar muy mal iluminado y con olor a tabaco rancio. Marieta solía llevarme enganchado en el tirante de su combinación, y desde ese lugar me enteraba de todo lo que ocurría.

Allí, en ese bar, y con la misma actitud indolente, el resto de sus socias se sentaban también. Pero Igor no, él se dedicaba a contar el dinero de la caja y a platicar con los hombres que en el garito entraban. Estos, además de echarse unos tragos, solían emparejarse con una jebita para irse después con ella a alguna de las habitaciones que se encontraban en un largo y estrecho pasillo. Aventuré mucho sobre qué pasaría en aquellos dormitorios pues los gritos y suspiros, que a través de las finas paredes se podían oír cuando la música del bar no era demasiado fuerte, me dejaban algo confuso y desorientado.

Marieta casi siempre era la última en abandonar la apestosa barra, sobre todo cuando llegaba un hombre muy delgado, completamente vestido de negro y con unos lentes ahumados que no se quitaba nunca. El hombre de negro se acercaba a mi ama y entonces, sin quitarme el ojo de encima, nos íbamos los tres a la habitación de ella.

Una vez allí se repetía siempre el mismo ritual: Marieta se desnudaba mientras el hombre de negro se sentaba en una butaca, luego ella se tumbaba en la cama y posándome en su vientre me hacía pasear por su cuerpo. Desde el cuello hasta los pies iba recorriendo el voluptuoso contorno de mi ama. Cuando pasaba entre las tetas, el señor de negro se incorporaba ligeramente para ponerse completamente de pie cuando me acercaba a la chocha —monte de Venus lo llamaba de manera socarrona Igor—. Mi repetitivo paseo terminaba cuando el hombre de negro emitía un ronco jadeo y empezaba a convulsionar. Entonces, Marieta me dejaba encima de una mesa, se volvía a vestir con sus ligeras ropas y recibía unos billetes del tipo vestido de oscuro que solo en ese momento sonreía siniestramente.

Mi vida con Marieta aunque no era igual de lujosa que cuando vivía en palacio, tampoco era demasiado dura. Cuando la visitaban otros hombres yo me dedicaba a mirar desde la mesilla cómo se ponían a quimbar. A mí solo me tocaba trabajar cuando el hombre de negro acudía. Pero como, generalmente, al segundo o tercer recorrido por Marieta el paseo terminaba, reconozco que no tenía que esforzarme mucho.

Así pasaban las jornadas, hasta que mi mala suerte reapareció. Estoy sala’o.

Ayer el hombre de negro no se levantó cuando yo caminaba por la papaya de Marieta, a pesar de pararme allí un rato intencionadamente. Después de hacer el recorrido unas diez veces, y ante la falta de respuesta por parte del siniestro individuo, este le sugirió a mi ama que ¡me comiera una pata!

¡¿Qué tú dise?! ¡Casi me da un chungo!

Marieta le contestó que era vegetariana y que no podía hacer eso, pero cuando el comemierda le puso sobre la cama unos cuantos billetes más, ella se olvidó de sus costumbres alimenticias y accedió.

¡No me jodas! ¡Jinetera malparida!

Vuelta a las andadas. Otra vez volvía a ser objeto de los apetitos más lascivos de los humanos. La cara de Louis, el maldito chef, se me apareció riéndose a carcajadas. Me quedé paralizado hasta que la sabrosona boca de mi ama se acercó a mí. No sé si fue el instinto de supervivencia o comprobar de cerca que esa linda bemba despedía un aliento fétido, pero una furia insospechada me invadió y utilicé una de mis pinzas para atrapar con saña la lengua de Marieta. Aunque mi intención era asesina solo conseguí que gritara e insultara —esto último no lo puedo asegurar porque mi pinza en su boca le impedía vocalizar adecuadamente—. El hombre de negro se abalanzó sobre los dos, y fue entonces cuando yo solté mi presa para caer al suelo.

Mientras la jinetera lloraba desconsolada, el mala hoja vestido de negro le ofrecía un pañuelo para tapar la hemorragia de la boca y un cabreado Igor acudía para ver qué estaba pasando, yo aproveché el quilombo que se formó y me escondí entre dos baldosas del suelo que estaban algo sueltas.

Y aquí sigo, sin una triste alga que llevarme a las pinzas, partío del hambre y esperando que la inanición acabe conmigo. ¡Manda pinga! ¡Qué peligrosa es la vida de un cangrejo en un puticlub, bróder!


Quiero agradecer a Ángel Guzmán su asesoramiento, y su paciencia, a la hora de orientarme por el "lenguaje cubano". Gracias, Ángel.






26 de febrero de 2018

"El alcornoque de los muertos"-Fernando Roye

   Hace unos meses leí “El caso de la mano perdida”, una novela entretenida que tenía como protagonista a un peculiar sargento de la Guardia Civil: Carmelo Domínguez. Este sargento se caracteriza por utilizar métodos muy poco convencionales a la hora de resolver asesinatos.

   En esta segunda entrega el sargento, y todo su equipo de guardias que el cuartel de la benemérita tiene en Santa Honorata, ha de saber quien, en días diferentes, ha colgado de un alcornoque en las afueras del pueblo, al cura, al director de la escuela y al alcalde.

   Carmelo no tiene prisa, ni demasiado interés, en averiguar la autoría de estos hechos. A pesar de las presiones de los poderes fácticos del pueblo: el cacique y un adinerado vecino que ganó su fortuna gracias al estraperlo. La desidia del sargento, en este caso, no es debida a su pereza habitual en el trabajo. En esta ocasión se debe a que lo que aparece colgado del alcornoque no son cadáveres, sino muñecos que representan a los personajes citados.

   De todas formas, los afectados quieren saber qué elementos subversivos están detrás de este desafío a la autoridad, pues así ven lo que parece una broma sin mayores consecuencias.

   Cuando Carmelo realmente se pone a investigar es cuando empiezan a aparecer muertos de verdad. Es entonces cuando la perspicacia de tan singular detective resalta para aclarar los asesinatos.

   Esta segunda novela me ha resultado igual de entretenida que la primera, pero me he vuelto a encontrar las mismas pegas: diálogos poco creíbles, dando un nivel de educación al hablar poco acorde con el estatus social de los personajes o con su edad (hay un niño de once años que parece que tiene veinte cuando habla). El tono empleado con algunos personajes era completamente inadecuado.

   La descripción del ambiente de una casa cuartel es igual de buena que en la primera novela, también el ambiente sórdido y deprimente de los años de postguerra. Más de lo mismo, pero como es bueno no importa la repetición.

   Sin embargo, en este segundo libro la perspicacia que caracteriza al sargento para resolver enigmas se sale de madre y llega a resultar casi fantástica. Aunque en esta novela, y en la anterior, hay cierto halo ‘paranormal’ (muy tenue), la forma de “deducir” un dato clave en la resolución del caso me pareció exagerada y un punto discordante en la historia. Dado que afecta al desenlace de la novela sin ese dato no se podría cerrar el caso esa nota discordante me pareció un error grave.

   De todas formas la novela se lee bien, tiene un ritmo ágil y el personaje sigue siendo tan entrañable como me lo pareció cuando leí su primera aventura. Seguiré leyendo más casos de este singular sargento si el autor tiene a bien crear nuevas andanzas para él.



22 de febrero de 2018

A dos velas


Hoy Dalmiro estaba muy nervioso porque su amada Úrsula le iba a visitar.

La morada de Dalmiro de Braganza y Villegas se encontraba en pleno centro de la ciudad. Vivía a doscientos metros de una concurrida plaza y enfrente de un bonito parque.

Su casa no era muy amplia y el mobiliario no era abundante, pero tenía mucha clase y buen gusto. Dalmiro había sabido sacar provecho de los veinte metros cuadrados que componían su vivienda. Era un loft con toda clase de comodidades: una práctica cama, tipo futón japonés, consistente en un colchón tirado en el suelo y lleno de manchas pero que las mantas raídas conseguían tapar, al lado una caja de cartón de la casa Ducados servía de mesilla y sobre ella una lámpara vintage de gas butano alumbraba cálidamente la estancia cuando la luz del sol dejaba de iluminar; en un rincón estaba el armario, un carro del Mercadona con un bonito acabado en tonos verdes que contenía el ropero de Dalmiro y en un amasijo multicolor (Dalmiro no era muy ordenado) la ropa de verano se juntaba con la de invierno. Unos cartones, de diferentes procedencias, alfombraban el piso dando un toque cálido muy hogareño pues en invierno aislaban del frío que la acera solía proporcionar.

Por lo general no solía recibir visitas, tan solo algún policía municipal de vez en cuando se acercaba a su casa para comunicarle el malestar de sus vecinos de arriba, unos patanes a los que todo les molestaba: que si huele mal, que si hay ruido a altas horas de la madrugada… pero Dalmiro siempre fue inmune a las críticas. Aceptó hace muchos años que su estilo de vida no es entendido por todos —en realidad, por casi nadie—, cosas de las clases sociales inferiores que con sus trabajos rutinarios y sus horarios encorsetados no podían disponer de la libertad que proporciona una situación desahogada como la suya.

Sin embargo, la cita con Úrsula era muy especial. Llevaba meses cortejándola sin obtener grandes avances en su conquista pues eran muchos los pretendientes que la requerían. Úrsula vivía en una amplia finca, al lado del río, con un majestuoso puente de color rosa que le servía de techo y todas las mañanas era despertada por el amoroso graznido de las gaviotas. Ventajas de vivir en el campo y que la convertían en una damisela de gustos refinados. Debía esmerarse para que la recepción estuviera a la altura de su invitada.
   
En la delicada mesa de metal situada en el centro de la estancia y cubierta con un fino mantel de papel de periódico, colocó unos elegantes vasos de plástico para poder escanciar en ellos el excelente vino que había conseguido, un tinto Don Simón de las bodegas García Carrión y que haría las delicias del paladar exquisito de Úrsula. Una lata de sardinas y unas lonchas de mortadela serían los entrantes de la cena para seguidamente pasar al segundo plato que consistiría en un sabroso carpaccio de salami procedente de los cubos de basura de un Ahorramás aledaño.

Para dar un toque más romántico, Dalmiro decidió no utilizar la lámpara de gas y recurrir a un par de velas insertadas en sendos botellines de cerveza (ya vacíos) que darían reflejos ambarinos a la estancia. Cuando estaba prendiendo las velas oyó la cantarina voz de Úrsula.

—¿Me da su permiso? —dijo ella desde el umbral de la casa.

—Adelante, querida. Pase, por favor —indicó Dalmiro con una reverencia.

Acto seguido, Dalmiro tomó la delicada mano derecha de Úrsula, que iba enfundada en unos guantes de áspera lana y por los que se podían ver las uñas astilladas de los dedos índice y anular, e imediatamente la ayudó a despojarse del abrigo de fino paño verde —más fino por la parte de las axilas y por las mangas a la altura de los codos— que dejaba adivinar unas curvas esculturales donde unos michelines se mostraban provocadores en la cintura.

—Úrsula, siéntase como en su casa.

La invitada se acomodó en una moderna silla de plástico con forma de caja y que despedía cierto olor a fruta —fruta no de temporada pues el aroma ciertamente ácido que percibían sus papilas olfativas indicaba que se había echado a perder hacía mucho tiempo—.

—Muchas gracias, Dalmiro. Ha sido usted muy amable invitándome a su mansión —dijo Úrsula al tiempo que sonreía mostrando una dentadura amarillenta y mellada.

—No hay de qué, señora. El honor es mío por tener la inmensa suerte de gozar de su grata compañía —contestó Dalmiro embelesado ante la cautivadora imagen de una Úrsula sonriente.

Mientras esto hablaban procedieron a degustar los manjares que sobre la mesa estaban dispuestos.

—Este vino es realmente exquisito. Y el carpaccio es de lo mejor que he tenido el placer de paladear en muchos años, queridísimo Dalmiro.

—Me complace sobremanera que disfrute de este condumio, querida.

La conversación discurrió plácidamente mientras platicaban sobre diversos temas, como la fluctuación del mercado inmobiliario o el índice Dow Jones. Mecidos por el sopor producido por la ingesta de los manjares regados generosamente con el vino —cayeron tres tetrabriks—Úrsula y Dalmiro se durmieron plácidamente, la una recostada en el regazo del otro.

Las dos velas que alumbraban con reflejos ambarinos la reunión se consumieron, pero una de ellas, y antes de apagarse del todo, dejó caer una lágrima en forma de pavesa sobre el mantel de papel produciendo una quemadura y formando un agujero negro que se fue extendiendo para convertirse en una hoguera donde el delicado alfombrado contribuyó a que se iniciara un incendio en toda regla.

Los susceptibles vecinos de arriba olieron el humo enseguida, pero habituados como estaban a los malos olores propios de su molesto inquilino de abajo no reaccionaron hasta que comenzaron a ver las llamas. Un camión de bomberos se personó para dar punto y final a la romántica cita de Úrsula y Dalmiro.
***
El sepelio fue la comidilla de todo el barrio durante varias semanas. Nunca se había visto un entierro con tanto fasto como aquel. Dentro del coche fúnebre iban dos sencillas cajas de pino desbastado que albergaban los restos de Dalmiro y Úrsula. La comitiva, formada por una asistente social del ayuntamiento y el conductor del coche, despidió a la pareja entre toses —hacía un frío inusual ese mes de abril— y formularios de la beneficencia municipal.

Dalmiro y Úrsula descansan en una tumba suntuosa, muy amplia, rodeada de cipreses y cubierta de hierba. Una placa los recuerda para toda la eternidad:

“Fosa común”




NOTA: Este texto es el resultado de un ejercicio donde había que cambiar "el tono" del narrador, es decir, contar una historia con un estilo narrativo inadecuado.


Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores