24 de enero de 2018

Genoveva



—¡Abrígate ben, rapaza(1)

Así despedía Genoveva a su hija mayor cuando esta marchaba corredoira (2) abajo camino del mercado.

Con el gesto adusto y la mirada helada, Genoveva ajustaba con brusquedad el abrigo de la muchacha hasta zarandearla, para así asegurarse de que iba bien protegida del inclemente tiempo. De madrugada y con todo el suelo embarrado, la humedad lo ocupaba todo y un mal resfriado podía ser fatal.

Ya habían pasado más de diez años pero, como si hubiera ocurrido ayer, recordaba cuando hubo de enterrar a su hijo más pequeño en una mañana plomiza, con aquella lluvia fina que empapaba hasta el alma. Las paletadas de tierra cayendo sobre el pequeño ataúd resonaron en la cabeza de Genoveva como golpes inmisericordes dejándola noqueada.

El pequeño Xoán no pudo resistir la fiebre que le devastó y consumió en apenas cinco días. Ni los rezos del cura, ni las cataplasmas de Moucha, la curandera, pudieron hacer nada por el niño. Una tos ronca se instaló en su pecho y acabó llevándoselo del regazo de su madre.

Desde aquel maldito día Genoveva aceró la mirada y endureció el gesto. Desde aquel día la luz de sus ojos grises se apagó. Su pelo rubio se estiró aún más en el moño y su blanca piel se volvió traslúcida. En aquella pequeña fosa de Xoán, Genoveva enterró también la dulzura, los gestos amables y el calor de sus manos.

Pero el destino aún la estaba esperando con más dolor. Agazapado y oculto, como una alimaña, saltó de su madriguera para asestarle un nuevo zarpazo. Pocos meses después, su compañero, el padre de los diez hijos que parió, volvió de trabajar en el campo tiritando y afiebrado. Se metió en la cama para no volver a levantarse.

Otra vez la maldita humedad que todo lo impregnaba tuvo la culpa. Otra vez la lluvia persistente, eterna acompañante de los otoños y de los inviernos, de las primaveras y de la mayor parte del verano, empapó a Genoveva anegándola en una tristeza infinita que la ahogaba y le nublaba la visión.

Pero nunca se la vio llorar, ni lamentarse. Las vecinas comentaban que era de piedra, que no tenía corazón. ‘Non chorar por o seu neno o polo seu home, non é moi normal’ (3) decían las comadres entre susurros y cuidándose de no ser oídas por Genoveva pues esta bien podía, en un arranque de mal genio, reprenderlas en voz alta o, lo que era peor, encararlas con aquella mirada dura que helaba las entrañas.

Con nueve bocas que alimentar se volcó en las muchas cosas que hacer: en la pequeña parcela de tierra que cultivaban ahora los dos chicos mayores, en la huerta, en el chiquero donde un marrano aseguraba la supervivencia de la familia cuando llegara la matanza o en el corral donde tres gallinas y una cabra procuraban huevos y leche. También había que desbrozar las lindes de la casa para que el bosque no los envolviera con su follaje avasallador, lavar la colada, ordeñar, limpiar, coser.

Y luchar contra la humedad. Obtener leña que alimentara la chimenea con un fuego cálido y potente era para Genoveva tan importante como conseguir comida para sobrevivir. La lluvia, que todo lo empapaba, podía entrar en la casa para llevarse en un torbellino de toses y escalofríos a sus habitantes.

Se decía en la aldea que nunca abrazaba a sus hijos, que nunca les hablaba con amor, que no los acariciaba. Pero Genoveva se preguntaba para qué servían las caricias. ¡Amor! ¿Acaso podía el amor hacer bajar la fiebre, calmar los roncos espasmos de un pecho que se ahoga buscando aire? No. El amor solo sirvió para sufrir más la pérdida, para no poder dormir añorando el calor del cuerpo de su marido en las frías noches.

A sus hijos les daba lo único que les servía para vivir: protección. Así lo hizo, hasta aquella mañana en que comenzó a toser.




(1)   Abrígate bien, chiquilla
(2)   Camino rural
(3)   No llorar por su bebé o por su hombre, no es muy normal

22 de enero de 2018

"El cuento de la criada"-Margaret Atwood

Esta novela es un relato de ciencia ficción distópica y feminista, o así la califican por otros foros más cultos que este blog. 

Reconozco que con esta presentación no me apetecía leer el libro. No me gustan las distopías —me deprimen mucho— y la ciencia ficción no es mi género favorito —suelo encontrar en este tipo de textos muchas incongruencias que me ponen muy nerviosa—. No obstante, ante la profusión de reseñas sobre este libro ya antiguo, se publicó en 1985, me animé a unirme al grupo de lectores. Craso error.

Debí fiarme de mis gustos particulares y dejarme de tendencias internautas.


En la República de Gilead hay un régimen totalitario con un sistema de castas muy definido, donde los hombres mandan y las mujeres tienen un papel servil. Hasta aquí el tema no parece muy futurista, de hecho bien podría tratarse de cualquier época pasada anterior al siglo XXI (y según qué países, que en algunos la cosa todavía no ha cambiado).

En esta república, y como suele ocurrir en todos los regímenes totalitarios, no hay libertad de expresión y el que quiere sacar los pies del tiesto es ejecutado con un procedimiento sumarísimo. Por supuesto, como en cualquier régimen totalitario que se precie, hay una resistencia y unos rebeldes que conjuran para acabar con esta situación de represión.

Por el momento, nada nuevo bajo el sol.

El papel que tienen las mujeres depende de su estatus fisiológico. Por razones que no se explican demasiado en la novela —o que no supe averiguar— muchas mujeres no pueden concebir o, si lo hacen, dan a luz seres deformes y con mutaciones genéticas. Las pocas que están sanas y pueden gestar sin riesgo de malformaciones fetales se denominan “criadas”, son propiedad de un hombre, el Comandante, que suele estar casado con otra mujer. Este copula con las criadas mediante un ritual donde está presente la propia esposa. En realidad es una violación en toda regla pero supeditada a la convención social establecida por los dirigentes de tan totalitaria república.

Es en este aspecto —la utilización de la mujer como un objeto sexual y reproductor— donde más incide la novela y la única nota original.

La protagonista, la criada Defred, cuenta su quehacer diario. Con una profusión de detalles que a mí me llegó a poner de los nervios, relata su presente y algunos jirones de su pasado. Estos retazos de su vida, antes de la república y antes de su condición de criada, se cuentan de manera tan confusa que muchas veces yo no tenía claro si aquello era el presente, el pasado o simplemente ella estaba alucinando (la que alucinaba siempre era yo).

La novela está llena de simbolismos: los capítulos que llevan la palabra “noche” son los dedicados a las reflexiones más profundas, y donde yo más me perdí, dicho sea de paso; los nombres de las criadas empiezan por “De” (“Of” en la versión original en inglés) para indicar posesión (Defred=De Fred, propiedad de Fred, esto no lo pillé hasta que me lo explicó una amiga); el rojo es el color de la fertilidad, por lo que las criadas van vestidas con ese color.

Margaret Atwood es una autora de Canadá (curiosamente los rebeldes a la república intentan escapar cruzando la frontera con este país), comprometida con la defensa del medio ambiente y una firme defensora de los derechos humanos y la libertad de expresión. Ella misma se define como una escritora feminista y esta novela es una buena prueba de ello. La crítica implícita a la sociedad machista impera en todo el texto y esto es lo único, para mí, que le da valor a la novela; lástima que la manera de exponer esta crítica no estuviera a la altura de tan loable propósito.

Durante toda la lectura anduve muy perdida. Esto no tiene por qué ser culpa del libro, una servidora tiene serias dificultades en centrarse con temas que no entiende y ante los que suele hacerse demasiadas preguntas. Y ante este libro me pregunté muchas cosas. La principal fue por qué no puede concebir la mayoría de las mujeres y por qué nacen niños con deformidades. 

Además, y si no fuera ya poco lo de andar perdida en toda la lectura, el ritmo es muy lento. La profusión de detalles (con unas descripciones demasiado “barrocas”) y la falta de acción —tan solo al final la cosa se mueve algo— me hicieron dar más de una cabezada. Me aburrí soberanamente.

Aun así, aguanté hasta el final para, en las últimas páginas, añadir otro disgusto más: el final no es cerrado, queda inconcluso. ¡Lo que me faltaba! Con lo poco que me gustan a mí los finales abiertos, porque yo soy de las que pide a un escritor que empiece una historia y que la acabe con un final bien definido. 

En resumen: una novela con una temática interesante pero mal desarrollada, con un argumento flojo y una narrativa tediosa. Una novela que invita a la reflexión por la denuncia y la crítica social que se hace y  que nos incita a hacernos muchas preguntas, aunque, por desgracia, de todas las que me hice predominó esta: ¿por qué perdí el tiempo leyendo esta novela?



18 de enero de 2018

¡Hágase la luz!



     El olor a humedad era desagradable pero es en el sótano donde Susana decidió guardar la caja de herramientas.

Nunca he sido un manitas con las chapuzas de la casa, pero cuando algo se estropea siempre me toca a mí arreglarlo. O lo intento, porque la mayoría de las veces el resultado consiste en llamar al técnico de turno.

Aquel día tenía que reparar el ventilador del techo que está en el salón, necesitaba un destornillador para abrir el pequeño cajetín de la máquina y éste se encontraba en la caja de herramientas.

El ventilador llevaba roto desde hacía tiempo pero Susana decidió que había que arreglarlo ya y solventar la quietud insistente del aparato. No entendí por qué debía ser precisamente ese día, se estaba levantando viento y los truenos anunciaban una buena tormenta; si queríamos aire no teníamos más que abrir la ventana. Pero cuando Susana se pone farruca…

Odio esa caja de herramientas porque tengo cierta tendencia a lesionarme con los utensilios que en ella se encuentran. La última reparación me supuso un moratón en un antebrazo y un corte en el dedo índice de la mano izquierda.

Además, aquel día tenía un mal pálpito.

Me dispuse a bajar la caja de herramientas de la estantería y, entonces, la única bombilla que alumbraba la habitación se apagó. Me imaginé que se habría fundido. ¡Maldita sea!

Oí a Susana chillar en el piso de arriba.

—¡Manolooo! Coge la linterna, se ha ido la luz.

Así que la oscuridad reinante no era exclusiva del sótano; en toda la casa no se veía un carajo.

Entre mis múltiples carencias se encuentra una absoluta falta de orientación. Si ya me cuesta ubicarme con una buena visibilidad, a oscuras la cosa puede adquirir tintes de tragedia griega. Empecé a hiperventilar.

Antes de que la luz se fuera tenía en mi campo de visión la caja de herramientas que a oscuras se me presentaba de otra manera distinta: ya no era sinónimo de daños físicos sino tabla de salvación, pues en ella se encontraba la linterna que daría alivio y solución a la ceguera que tan nervioso me estaba poniendo.

Extendí los brazos hacia arriba esperando tocar con las manos la ansiada caja pero, incomprensiblemente, no hallé nada. Pero nada de nada. Moví las manos haciendo círculos y de arriba abajo —si hubiera sonado una sevillana me habría sentido menos ridículo— pero no palpé ni la caja, ni la estantería.

Empecé a marearme; la ansiedad dio paso a un ataque de pánico. Me obligué a respirar más pausadamente. Puse todos mis sentidos alerta —aunque el de la vista poco me ayudó—, tenía que reproducir en el cerebro la disposición de los pocos muebles que había en el sótano.

Calculé mal, porque donde no debería haber nada tropecé con algo. Era la estantería. Como consecuencia del empellón la caja de las herramientas se cayó y me golpeó la cabeza para, seguidamente, estrellarse contra el suelo desparramando todo su contenido por el suelo.

Aturdido por el dolor del tremendo golpe, me agaché y a gatas me dispuse a tantear en busca de la linterna. Tras varios hallazgos equivocados que consistieron en un clavo que se incrustó en la palma de la mano derecha, unos alicates que me hicieron un buen tajo en la otra mano y una sierra que casi me rebana un dedo, hallé, por fin, la linterna.

Maldiciendo en voz alta le di al interruptor al mismo tiempo que decía:

—¡Hágase la luz!

Atónito comprobé que se iluminaba todo el sótano. No recordaba que la linterna fuera tan potente. Cuando esto cavilaba oí a Susana chillar de nuevo en el piso de arriba.

—¡Manolooo! Ya no busques la linterna, ha vuelto la luz.





15 de enero de 2018

"Cien años de soledad"-Gabriel García Márquez

A estas alturas todos conocen la novela “Cien años de soledad”. El que aún no la haya leído –no sé a qué espera porque se pierde una gran obra– sí habrá, al menos, oído hablar de ella. Esto más que una reseña será un repaso de las maravillas que se encuentran dentro de sus páginas así como la expresión de las múltiples sensaciones que sus reiteradas lecturas me han proporcionado. También voy a contar mi relación amor-odio con García Márquez.

Para empezar, hay que reconocer que el libro es “rarito”. De hecho, la primera vez que lo leí fue en el instituto y por imperativo de mi profesora de Literatura. En aquella ocasión su lectura supuso un auténtico martirio para mí. Recuerdo que le tomé ojeriza a García Márquez y según iba leyendo las vicisitudes de la familia Buendía pensaba que el autor había escrito esa delirante historia bajo los efectos de alguna sustancia alucinógena.

En aquella ocasión tomaba contacto por primera vez con el realismo mágico y la experiencia fue muy negativa. El que suspendiera el examen sobre el análisis del libro no ayudó a mejorar mi opinión sobre este género literario en general y sobre García Márquez en particular.

Con todo y con eso seguí leyendo a don Gabriel.  Por desgracia, la obra elegida fue “El otoño del patriarca” y, otra vez, no disfruté con su lectura, por lo que seguí convencida de que García Márquez y yo no nos llevábamos bien.

Años después leí, un poco a regañadientes, “Crónica de una muerte anunciada”. Fue tal la admiración que se despertó en mí hacia García Márquez por la manera tan magistral de desarrollar un argumento —al inicio nos cuenta el final y aun así uno está deseando terminar el libro para saber cómo acaba— que decidí dar una segunda oportunidad a la primera obra famosa de este autor.

En aquella segunda lectura de “Cien años de soledad” la impresión fue diametralmente opuesta a la de la primera vez. Disfruté muchísimo y tras terminar la novela me convertí en una rendida admiradora del escritor.

¿Cómo se puede percibir un libro de maneras tan distintas? Creo que la razón estriba en el momento y la situación, anímica y de madurez mental, del lector. Es la prueba evidente de que cada libro tiene un momento para ser leído.

El año 2018 lo he empezado leyendo por tercera vez esta novela. Quería iniciar mi año lector con una buena lectura y aposté sobre seguro. Esta nueva lectura me supuso el reencuentro con personajes que ya son entrañables para mí. 


Aunque la historia arranca con la fundación de una población, Macondo, por obra de un hombre, José Arcadio Buendía, la que realmente sostiene a la familia por más de cien años es una mujer, Úrsula Iguarán. La matriarca es el pilar fundamental de los Buendía, y quien logra con su sabiduría ancestral e intuitiva mantener la continuidad de una estirpe. Un linaje prolífico y algo embrollado por la repetición de los nombres.

José Arcadio Buendía, el primero —habrá tres más con el mismo nombre—, es un hombre tenaz, resolutivo pero ensimismado en su búsqueda del conocimiento, hasta volverse loco. 

Otro José Arcadio, el segundo de la estirpe, impulsivo y emprendedor, recorre mundo pero vuelve a Macondo. 


Aureliano, el coronel —y mi personaje preferido— es bueno para la guerra pero está incapacitado para el amor; inicia más de treinta guerras y todas las pierde, sus hombres le siguen, es un hombre carismático pero está solo.

“Extraviado en la soledad de su inmenso poder, empezó a perder el rumbo”

“Cuídate el corazón, Aureliano. Te estás pudriendo vivo”

Arcadio sigue los pasos de su tío y también ingresa en la milicia, al igual que su primo Aureliano José, pero ninguno puede evadir el destino trágico que acosa a los Buendía. 

Aureliano Segundo se sumerge en una vida de placeres y fiesta que no consigue hacerle escapar de la soledad a la que están todos los Buendía abocados. Porque el telón de fondo de esta familia es la soledad. Algunos personajes la asumen y aprenden a convivir con ella, otros se rebelan inútilmente para sucumbir de igual manera. 

José Arcadio, el cuarto que aparece por la novela, está destinado a ser Papa, pero la tragedia de la familia tampoco le es esquiva y su destino se ve truncado.

Otro Aureliano, el penúltimo de la estirpe, se oculta en un cuarto durante decenios estudiando mapas y manuscritos, pero la vida le hace salir de allí, de su refugio y así enfrentar, una vez más, el destino de los Buendía.


Puede que en los personajes masculinos se centre casi todo el argumento, pero el papel de los personajes femeninos es decisivo en los desenlaces. Ellos son los orgullosos que pelean ciegamente, huyen, vuelven, van de un lado a otro; pero ellas son las que mantienen una tenacidad insensata pero contumaz que asegura la supervivencia.


Además de Úrsula, la matriarca, otras mujeres intervienen en la historia de los Buendía.

Amaranta, con un miedo irracional a su propio y atormentado corazón, ama a quien no la ama y es amada por quien ella no puede amar. Ella misma teje su propia mortaja, anunciando que morirá el día que la termine.

Rebeca, llega a Macondo portando los huesos de sus padres en un saco y también  una enfermedad contagiosa: la peste del insomnio que trae de la mano el olvido. 

Pilar Ternera, ha perdido en la espera la fuerza de los muslos y el hábito de la ternura, pero conserva intacta la locura del corazón. Capaz de dar amor a dos de los Buendía, e hijos también; unos niños que serán primos y hermanos a la vez.

Santa Sofía de la Piedad, con la rara virtud de no existir por completo sino en el momento justo. La etérea y bella Remedios que un día desaparece levitando entre las nubes.

La inflexible Fernanda del Carpio, su firmeza para preservar la familia precipita el final de la misma. Renata Remedios, que asume su trágica fortuna cuando decide enamorarse. O Amaranta Úrsula, la más liberal y vital, pero que tampoco se sustrae a su sino.


Pues el destino de la familia Buendía es la desaparición. El principio del fin se da tras cuatro años, once meses y dos días de lluvia. La aniquilación irá acompañada del olvido y con él la extinción total. Porque tras el olvido vienen las dudas y la creencia de que el pasado es mentira.

“La memoria no tiene caminos de regreso, toda primavera antigua es irrecuperable, y el amor más desatinado y tenaz es de todos modos una verdad efímera”

Por último, acabaré mi homenaje a esta obra excepcional, transcribiendo el inicio del libro y que para algunos, entre los que yo me encuentro, ya es todo un referente:

“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.


NOTA: Todas las imágenes corresponden a la edición ilustrada por Luisa Rivera.





11 de enero de 2018

Malditos bichos


Relato presentado al “Amigo invisible literario” y al que hago alusión en la publicación Concursos y despistes.

—¡Malditos bichos! No me podía haber tocado otro proyecto. De tres posibles trabajos me tuvo que caer el único que no me gustaba, el de los insecticidas. ¡Qué voy a contar yo sobre insecticidas si a mí no me pican los mosquitos!

De esta manera Ariadna iba rezongando por la Rambla del Carmelo. Tan solo hacía dos meses que había terminado el grado de publicista y ya estaba trabajando en una reputada agencia de publicidad. Con su flamante título bajo el brazo se presentó a una entrevista de trabajo y, para su sorpresa, la admitieron.

Pero la alegría le duró más bien poco. Como era la última en recalar, y novata, más que apreciar su desbordante ingenio lo que solicitaban de ella eran trabajos de poca monta, como rellenar impresos solicitando permisos de rodaje en la calle para filmar los anuncios que la agencia gestionaba.

Sin embargo, hoy parecía que su suerte había cambiado. La habían convocado a una reunión donde se repartirían tres proyectos nuevos que habían sido concedidos a la agencia. Uno de los proyectos era una petición de la oficina de turismo de Suecia que quería promocionar las visitas a ese país, otro era una campaña sobre la violencia de género y el último era el que Ariadna automáticamente bautizó como el de “los bichos”, un anuncio para una famosa empresa de productos sanitarios entre los que se encontraban unos aerosoles repelentes de mosquitos. 

Cuando Ariadna leyó los resúmenes de las tres campañas se quedó prendada del de la violencia de género. No es que fuera particularmente susceptible al problema —ella nunca había sufrido ese tipo de agresión y ni siquiera conocía a nadie que la hubiera padecido—. Además, Ariadna siempre fue una egoísta porque los problemas de los demás le importaban un bledo; pero a su congénito egoísmo había que añadir otra característica de su personalidad: era una trepa. Por eso hacerse cargo de esa campaña le pareció una estupenda manera de promocionarse. En la actualidad la sociedad está muy sensible con las víctimas de maltrato y seguro que ese posible spot ideado por ella la lanzaría al estrellato en el mundo de la publicidad.

Pero más que lanzarse al estrellato lo que hizo fue estrellarse, porque le tocó hacerse cargo del proyecto de “los bichos”. Tendría que ingeniárselas para cantar las excelencias de una sustancia llamada dietiltoluamida —por Dios, si hasta el nombre ya era repelente— que aplicada sobre la piel ahuyentaba a los mosquitos y sus picaduras.

“El mosquito es vector de enfermedades. Bill Gates presentó en su página personal una lista con los animales más peligrosos para el hombre y el primer puesto lo ocupaba el mosquito con una estimación de 725.000 muertes al año”. Esa era la manera que la empresa insecticida quería justificar la utilidad de su producto y en ese aspecto debería incidir Ariadna, o al menos eso es lo que su jefe quería que hiciera.

—Y a mí qué más me dan las muertes por picaduras, si a mí no me pican yo estoy a salvo —pensó Ariadna haciendo gala, una vez más, de su egoísmo más recalcitrante.

Esta peculiaridad de Ariadna con las picaduras de los mosquitos había sido motivo de bromas por parte de sus allegados. Alguno le había dejado entrever, medio en serio, medio en broma, que si los mosquitos no la picaban era porque la veían como un insecto más pero mucho más grande que ellos y con mucha peor intención.

El mal humor que se apoderó de ella tras salir de esa frustrante reunión la tenía amargada y le había levantado un fuerte dolor de cabeza (o quizás había sido el memorizar el nombre de la sustancia esa). Utilizó la jaqueca como disculpa para largarse de la oficina e irse a su domicilio en el barrio del Carmelo. Quería llegar cuanto antes para tomarse un analgésico y una cerveza fresquita, a ver si así se le quitaba la cefalea y de paso la mala leche.

Su casa se encontraba en lo alto de una cuesta. Dado que su barrio estaba ubicado en la ladera de una colina lo de tener que subir empinadas calles era algo habitual y lógico. Una vez arriba las vistas eran espectaculares pero llegar hasta ahí se hacía muy pesado en algunas ocasiones, como la de hoy en la que un molesto dolor de cabeza no era el mejor compañero para hacer esfuerzos al caminar.

Mientras ascendía sintió un cosquilleo en el pie, algo estaba sobre su tobillo. Levantó la pierna y vio una pequeña arañita que se había entretenido en hacerle cosquillas cerca de la pulsera de su sandalia. 

—¡Qué monada! —pensó, para acto seguido recordar que había visto en un documental de la tele que los arácnidos eran unos depredadores naturales de los mosquitos. Ese recuerdo le trajo a la memoria su contencioso con esos bichos en particular y con todos los insectos en general, por lo que el mal humor volvió con toda su crudeza y se tradujo en un manotazo que lanzó a la arañita a unos pocos centímetros de su pie.

El arranque de furia trajo consigo, a su vez, una punzada de dolor más fuerte en su cráneo y Ariadna lo volvió a pagar con la araña que recibió un pisotón para quedar aplastada contra el pavimento en forma de un puntito negro.

Justo cuando espachurró a la araña creyó ver cómo una sombra negra salía del minúsculo cadáver. También, en ese momento, Ariadna percibió una especie de zumbido a su espalda.

—Bzzz, bzzz.

La publicista se giró rápidamente hacia el lugar de donde procedía el ruido pero no vio a nada ni a nadie. Y esto fue lo que le hizo sospechar, que no hubiera nadie, pues a esas horas de la tarde, aunque ya empezaba declinar el día, lo normal es que hubiera transitando por la rambla más gente y la calle se presentaba inusualmente vacía.

Decidió caminar más deprisa a pesar del dolor de cabeza y de la inclinación de la calle y en este punto advirtió otro elemento extraño: la cuesta tenía escaleras.

—¿Escaleras? —se dijo— ¿desde cuándo hay escaleras en este tramo de la calle?

Miró más detenidamente a su alrededor y comprobó que se encontraba en el carrer Beat Almató, una calle alejada de su domicilio y del itinerario que utilizaba para llegar a él.

—¿Qué demonios está pasando aquí? 

Ariadna pensó que su monumental cabreo unido al terrible dolor de cabeza habían sido la causa de que deambulara sin ton ni son, alejándose de su casa y del analgésico que empezaba a necesitar con urgencia.

Comenzó a descender la calle pero comprobó que le costaba mucho trabajo, más pareciera que estuviera subiendo pues notaba una pesadez extraña en las piernas. Después de dar una veintena de pasos levantó la mirada y, alarmada, constató que había estado ascendiendo en lugar de bajando.

—No puede ser, he girado y me he dado la vuelta, no puedo haber estado subiendo —dijo en voz alta y ya bastante asustada. Mientras esto se decía giró sobre sí misma y en ese giro las escaleras se distorsionaron de manera que no sabía qué tramos eran para ascender y cuáles para descender.

Se sintió como si formara parte de un cuadro de Escher, ese tío que pintaba cosas muy raras, con escaleras que se interconectaban en ángulos imposibles y con una especie de gusanos que no se sabía si subían o bajaban.

Ariadna creyó que la cabeza le iba a estallar, el dolor cada vez era más fuerte y la desorientación que tenía en ese momento le añadía una sensación de vértigo. Se masajeó las sienes con los ojos cerrados y en cuanto los abrió comprobó que se encontraba en lo alto de la empinada escalera. No sabía cómo ni cuándo había llegado hasta allí, porque no era consciente de haberse movido. 

Delante de ella una interminable sucesión de escalones bajaban hasta el inicio de la calle, y a su espalda… no había nada. Creyó que la cefalea le había producido una especie de ceguera selectiva, pero el caso es que tan solo el vacío se encontraba en lo alto de esa alucinante escalinata.

Por si esto no fuera suficiente motivo de confusión volvió a oír el zumbido de los minutos anteriores —o puede que hubieran transcurrido horas, ya que el atardecer se había convertido en noche cerrada—.

—Bzzz, bzzz.

Ariadna se giró otra vez y en esta ocasión le pareció ver arrastrarse algo y que se escondía entre una grieta de un escalón. 

Se dispuso a bajar pero notó que no podía mover los pies. Bajó la vista para ver una sustancia pegajosa que se adhería a sus sandalias. Con mucho esfuerzo consiguió despegar uno de los pies y comprobó que esa sustancia era blanca y al tacto parecía sedosa. 

—Bzzz, bzzz, bzzz.

Esta vez el zumbido era mucho más fuerte y se sentía más cercano. Al mismo tiempo la luz descendió notablemente. La sustancia pegajosa empezó a ascender por sus piernas hasta llegar a la cintura. No podía moverse. 

—Bzzz, bzzz, bzzz.

Una pequeña arañita apareció por un lateral de la escalera y con una lentitud  exasperante se dirigió hacia Ariadna. 

Fascinada y aterrada a partes iguales, Ariadna intentó zafarse de aquello que la impedía moverse. Quería huir, quería despertarse pues una pesadilla debía de ser lo que le estaba ocurriendo. Seguro que era eso, una pesadilla.

En su delirio recordó que a ella no le picaban los mosquitos, y puede que tampoco lo hicieran las arañas. De todas formas en Barcelona no hay arañas venenosas, o quizás sí, pero esa que se le acercaba no era demasiado grande. O puede que el tamaño no tuviera que ver con la toxicidad del veneno, en cuyo caso el artrópodo, que ya estaba a escasos centímetros de sus pies, podía ser muy peligroso. 

—¡Mierda! —pensó— debería haber puesto más atención cuando vi aquel documental sobre arañas. Seguro que también dijeron algo sobre los antídotos. Si tuviera a mano un espray de dietitula… duetila… ditelula… como se llame la sustancia esa, podría mandar a ese asqueroso bicho al Infierno. Aunque, eso solo sirve para los mosquitos, o puede que también para las arañas…

Mientras esto balbucía, Ariadna sintió cómo la araña la había alcanzado y con la misma parsimonia empezó a reptar por sus piernas hasta llegar a su rostro. De cerca pudo comprobar que entre lo que debía de ser la cabeza salían dos apéndices que se incrustaron en su labio superior. Al instante, Ariadna sintió un picotazo.

 —¡Joder! Al final resultó que las arañas sí me pican —pensó a la vez que una extraña sensación de bienestar la invadía, incluso ya no sentía el lacerante dolor de cabeza. 

Medio adormilada sintió cómo la oscuridad se cernía sobre ella y con cierta sensación de mareo, como si empezara a caer por un precipicio sin fin, aún tuvo tiempo para un último pensamiento.

—¡Malditos bichos! 

  





  

Hada verde:Cursores
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