7 de mayo de 2018

O sole mio (I)


Los que además de leerme por el blog me seguís por otras redes sociales, estáis al corriente de que hace unas semanas estuve en Venecia para celebrar con mi media naranja nuestras bodas de plata. Por las fotos que colgué en esas redes, algunos pudisteis deducir que la estancia fue muy romántica. La verdad es que no estuvo nada mal pero ya sabéis que yo siempre soy muy sincera y cuento todo lo bueno y… todo lo malo.

Aprovecho este viaje a Venecia para recuperar la sección “Do you speak English?” y así hablar, nuevamente, de mis desventuras cuando traspaso las fronteras españolas.

En esta ocasión el viaje lo realizamos mi marido y yo en compañía de otro matrimonio amigo que también cumplía 25 años de casados. Con toda la ilusión del mundo nos volcamos entusiasmados en este viaje a Italia (el tercero para mí). Una vez más (y esto ya es una tradición) los días previos estuve cantando “Veneeeezia, Veneeeezia ¡cha! ¡cha! ¡cha!. Lo tengo preparado, tengo las maletas. Vamos juntos hasta Italia, quiero comprarme un jersey a rayas”.

Vista del Gran Canal desde el Puente de la Constitución

Un viernes soleado y esplendoroso recalamos en esa ciudad maravillosa. Llevaba muchos años soñando con conocerla; cuando el autobús que nos recogió en el aeropuerto Marco Polo nos dejó en Piazzale Roma y cruzamos el Gran Canal por el puente de la Constitución yo estaba taquicárdica perdida por la emoción de ver cumplido un sueño largamente deseado.

 Pero los sueños suelen estar mejor en la imaginación y son muy distintos a la cruda realidad.

Venecia es una ciudad muy bonita, las cosas como son, pero a mi modo de ver yo creo que necesita alguna reforma, principalmente una buena mano de pintura porque la encontré bastante descascarillada. La humedad inherente a tener tanta agua por todos lados es un incordio y lo pone todo perdido de moho ensuciando las fachadas de los edificios. Si a esto le añadimos que los venecianos tienen cierta querencia en construir los edificios blancos… se masca la tragedia, en cuanto a imagen y presencia.





El hotel en el que nos alojamos era un antiguo palacio –palazzo los llaman allí del siglo XVIII que habitó un conde llamado Querini. Dicho palazzo está situado justo al lado de uno de los muchos canales que discurren por la ciudad y además utilizado como itinerario frecuente de las góndolas donde van los turistas. Esto tuvo como consecuencia que una de las mañanas, recién levantada, yo me asomara a la ventana en plan, ¡qué bonito día, voy a ver qué temperatura hace fuera! para encontrarme con un grupo de japoneses en góndola que en esos momentos estaban pasando por debajo de la habitación fotografiándolo todo, incluida una servidora con legañas y en pijama.

Recepción del hotel donde nos alojamos

A la izquierda Palazzo Querini, el edificio donde se encontraban nuestras habitaciones

Vistas desde la habitación
Mucho se está hablando estos días de la masificación turística de Venecia. La verdad es que hay mucha gente en determinados sitios y el paso por algunas calles y puentes angostos es complicado. La aglomeración en el puente de Rialto me llevó a hacerme un selfie con un desconocido. Con el sol de frente que me cegaba y con tanta gente alrededor no me di cuenta de que el hombre que estaba a mi lado no era mi marido. Encima no me enteré del error hasta que miré las fotos más tarde, en el hotel, y me pregunté ¿pero este tío, quién es? Lo que obligó a volver al día siguiente al concurrido puente para repetir la foto, porque yo no me iba de Venecia sin tener un bonito recuerdo de ese sitio con mi churri, aunque el churri en esta ocasión se mosqueara bastante pues el mogollón de gente le molesta cantidad.

Esta masificación se manifesta especialmente cuando desembarcan los miles de pasajeros de los cruceros que suelen hacer escala en el puerto. De hecho, en muchos balcones de Venecia cuelgan carteles donde se exhibe el rechazo a ese tipo de turismo masivo.

Uno de los cruceros que visitan diariamente Venecia

El desembarco de hordas de turistas que en un par de horas pretenden conocer una ciudad que es mucho más que una plaza, una basílica y un par de puentes, causa muchas molestias. No solo a los venecianos, sino a los viajeros que nos tomamos la visita a la ciudad con mucha más calma. Nosotros a punto estuvimos de no poder entrar en la basílica por culpa de estos grupos numerosos que invaden la Plaza de San Marcos y que lo copan todo. Menos mal que estuvimos al loro y entre dos desembarcos vimos un hueco y, tras solo diez minutos de espera, pudimos contemplar uno de los templos más bonitos que he visto en mi vida. Los mosaicos de las cúpulas y las paredes me dejaron con la boca abierta. Eso sí que es una obra de arte y no los cuadros para el día de la madre que yo hice en el colegio con unas tenazas y unos gresites de colores.

De todas formas si uno quiere estar en la Plaza de San Marcos con poca gente no tiene más que esperar a que se haga de noche; cuando cierran las cafeterías y restaurantes que por allí hay la afluencia de público disminuye considerablemente. Lo malo es que no solo cierran las cafeterías, también lo hace la basílica y los demás edificios emblemáticos por lo que poco se puede hacer por allí, salvo pasear tranquilamente. En fin, nada es perfecto.

Plaza de San Marcos sin apenas gente

Cuando intentamos subir al Campanile pude comprobar una vez más cómo el idioma italiano no solo no se parece al español, sino que mueve a confusión. Resulta que en el letrero de la entrada podía leerse en letras grandes: Ingresso completo, Ingresso ridotto. Pensamos que había dos recorridos, uno largo y otro más corto. Dado que la atracción consistía en subir a un campanario yo pensé que el “ridotto” sería quedarse a mitad de altura o algo así. Mientras pensábamos cuál escoger y yo le daba vueltas a eso de subir hasta la mitad ya que en el medio de la torre no había ventanas, nos acercamos más al citado cartel y pudimos ver en una letra más pequeña: 
Ingresso completo 8 €, Ingresso ridotto 4 € (minore 16 anni)

O sea, que todos subíamos a arriba del todo, pero los menores de 16 años pagaban menos.


Pero Venecia es mucho más que San Marcos y su campanario, o el Gran Canal. Son muchas las cosas que se pueden contar de esa ciudad. Y son cosas poco conocidas como la fauna agresiva que la habita o los fenómenos extraños que se dan entre las islas de la laguna, donde las brújulas (y el GPS)  no funcionan como en el resto del planeta. Pero todo eso lo haré en otra entrega.

Ci vediamo*

*Hasta la vista






5 de mayo de 2018

"La vida escondida entre los libros"-Stephanie Butland


Loveday trabaja en una librería de viejo, o como se llama ahora, de libros de segunda mano. Es poco social, la gente no le gusta, prefiere la compañía de los libros. Rodeada de esos silenciosos y leales compañeros de trabajo se siente cómoda.

Loveday lleva tatuadas las primeras frases de algunas novelas(*). Esas primeras frases le recuerdan que las primeras líneas no definen las últimas páginas de una vida real, al igual que ocurre con las historias que cuentan. El comienzo no marca ni condiciona el final, o ese es el conjuro que la protagonista quiere mantener.


Porque Loveday tuvo al principio de su vida un pasado que la marcó, que la condiciona en el presente y que puede que le estropee el futuro; ella quiere combatirlo, pero no lo consigue. Su actitud puede parecer independencia y autosuficiencia pero en realidad es un ser desvalido y vulnerable que se escuda en el aislamiento.

En su pasado se esconde una familia rota por un hecho dramático –que no desvelaré para no reventar el argumento- y que flota en toda la novela.


Con saltos a la infancia de Loveday el lector va conociendo ese pasado que tanto la marcó y que explica su comportamiento en el presente.

Loveday ha tenido un romance con Rob, un tipo con problemas mentales que intenta controlarla y que la acosa cuando ella rompe la relación. En su vida aparece Nathan, un joven amante de la poesía que intenta acercarse a ella sin mucho éxito pues Loveday prefiere seguir la máxima ‘más vale sola, que mal acompañada’ ante un mundo que se le presenta hostil y que le impide ser feliz.  


Por más que Loveday intenta esconder su pasado para borrar la tristeza que le supone evocarlo, hay alguien que quiere hacérselo recordar cuando empieza a recibir antiguos libros que pertenecieron a sus padres, que corresponden a ese pasado amargo.



La novela habla del amor a los libros, del refugio que supone la lectura para muchas personas, pues la evasión que proporciona ayuda a escapar de una realidad incómoda e infeliz. En el escenario principal, la librería de viejo, se dan las condiciones ideales para hacer algunas reflexiones muy acertadas sobre temas literarios, como los best-sellers, o las colecciones de libros.

“¿Quién necesita tantos millones de ejemplares del Código da Vinci quince años después?”
“¿Qué sentido tiene poseer un libro que no vas a leer?”

Sin embargo, para mí el tema principal es el maltrato, la violencia de género. Me resulta muy difícil plasmar lo que ha significado esta novela sin desvelar cosas que se averiguan bien mediada la lectura pero que suponen el mayor valor del libro, por lo que pido disculpas si de aquí en adelante esta reseña puede tener algo de destripe. Aunque, también aviso, que ese pasado se adivina fácilmente mucho antes de ser revelado de forma clara.



Con una habilidad asombrosa, la escritora describe muy bien cómo un maltratador manipula a su víctima, cómo -escudándose en una relación de (falso) amor- el violento hace sentir culpable a quien sufre su violencia, cómo la víctima se hace a sí misma victimario, y cómo una niña de nueve años se escuda en los momentos de (falsa) felicidad para borrar todos los otros momentos, los de los golpes, los de los llantos, los del sufrimiento.



Cuando la realidad no nos gusta nos creamos un mundo a medida y pensamos que ese es el de verdad. Eso es lo que hace Loveday para sobrevivir y se ayuda de sus amigos los libros para conseguirlo. Pero también cuenta con otros amigos de carne y hueso, como su propio jefe, Archie, un personaje entrañable donde los haya y con una filosofía de vida realmente admirable. 

Esta es otra novela que va de más a menos. Casi toda la lectura es muy dura, debido al tema del maltrato que subyace. Además, muestra escenas sin paliativos, en toda su crudeza. Pero el desenlace, y de manera sorprendente, es edulcorado y con un final Disney que no me gustó. Toda la dureza que se nota en algunos pasajes se diluye al final, para terminar de manera folletinesca, como si se tratara de un telefilm de sobremesa dominguera. ¡Qué rabia!



No tengo nada en contra de los finales felices, pero creo que hay maneras de terminar bien una historia sin necesidad de que los chorretones de azúcar rezumen por todas partes, sin que se fuerce la situación hasta límites que resultan increíbles. Sé que la vida a veces se porta bien con la gente, pero dentro de un orden.

En resumen, un libro bastante bueno, con una muy buena exposición de lo que supone la violencia de género y cómo se vive y marca a la víctima. Un libro muy recomendable a pesar de un final que le resta puntos pero que se puede soslayar porque todo lo anterior es muy valioso.

“Pensé en todas las historias que empiezan así, con algo inesperado en un día de lo más corriente.”



 (*) Las frases que aparecen en las imágenes corresponden a los inicios de las novelas que Loveday se ha tatuado.







1 de mayo de 2018

Disculpe las molestias



Mientras colocaba los dos vasos de zumo de naranja sobre la mesa y la cafetera emitía un pitido anunciando que estaba lista, Julia sintió los brazos de Luis alrededor de su cintura.

—Buenos días—dijo Julia.

Luis se limitó a emitir un gruñido y se sentó a la mesa.

—Qué mala cara tienes hoy. ¿Otra vez las pesadillas?
—Es ese maldito proyecto —contestó Luis mientras le daba un sorbo al zumo—como nos lo tumben estamos jodidos.
—Ten fe, ya verás como lo aceptan. Son ya las ocho y media, date prisa o llegarás tarde.
—Tienes razón, me voy pitando. ¿Qué vas a hacer hoy? —dijo Luis mientras se levantaba y se colocaba la americana que había dejado en el respaldo de la silla.

Julia miró a Luis y le contestó:

—Trabajaré en el artículo que tengo pendiente.

Lo dijo sonriendo, Manuel y Carlos estaban en un campamento. Podría disfrutar del silencio: sin ruido, sin peleas por la Play, sin juguetes tirados por el suelo… ¡El paraíso!

—Aprovecha para darle un buen empujón a ese artículo, deberías haberlo entregado ya, ¿no?
—Hoy es el último día, pero me queda muy poco para acabar. No hay problema. Por fin mi jefe dejará de darme la lata con los plazos y con los editores.
—No te relajes, que siempre lo dejas todo para el final y luego vienen los agobios.

Mientras Luis salía por la puerta de la calle Julia le hizo un mohín a sus espaldas. Siempre tiene que refunfuñar, pensó, pero el día tan estupendo que tenía por delante no se lo iba a estropear el cascarrabias de su marido.

Después de que Luis se marchara, Julia estuvo unos minutos sentada a la mesa de la cocina, con la taza de café caliente entre las manos. Cerró los ojos y terminó de beber el café. Aún remoloneó un rato mientras recogía los restos del desayuno.

Se encaminó al pequeño despacho donde tenía su ordenador portátil, pero antes de entrar en él se asomó a la habitación de Manuel y de Carlos. Sonriendo miró las camitas y los juguetes recogidos en un cajón de plástico.

Todavía se demoró unos instantes, antes de encender el ordenador, en mirar por la ventana el paisaje. Desde el despacho se podía ver un parque con unos columpios, unos cuantos vecinos paseaban sus perros entre nubes de vaho invernal, tan solo se oían los eventuales ladridos de los animales.

Cuando Julia empezó a teclear en su portátil sonó el timbre de la puerta. Vaya, será la cuidadora de doña Lourdes que siempre se equivoca, pensó Julia.

Al abrir, en lugar de la mujer bajita y morena que se encargaba de cuidar a la anciana del piso de al lado, se encontró a un hombre con un mono de trabajo y un casco.

—Buenos días, señora. Le vengo a avisar que vamos a cortar el agua durante toda la mañana. Hay una pequeña avería en la canalización. Disculpe las molestias.
—¿Avería? ¿Qué avería? ¿Pequeña?¿A qué molestias se refiere?

Todas estas preguntas de Julia se quedaron sin respuesta, pues el obrero ya se había dado la vuelta y había empezado a descender las escaleras.

Rezongando para sus adentros, Julia se encaminó de nuevo al despacho y al ordenador. Sentada ante el teclado y dispuesta a terminar el maldito artículo oyó unas voces en la calle, antes de que le diera tiempo a mirar por la ventana un ruido ensordecedor lo llenó todo. Una taladradora estaba levantando el pavimento de la acera de su casa. Cinco operarios idénticamente vestidos manejaban maquinaria diversa.

Intentó concentrarse en el documento que tenía abierto delante de ella, pero era imposible. Ahora, a la taladradora se había sumado una bomba extractora que hacía un ruido mayor y más molesto. Maldiciendo a voces, Julia se incorporó de la silla y entonces comprobó que los pies se le mojaban.

Todo el piso estaba anegado. Desesperada se asomó a la ventana y gritando se dirigió, con aspavientos, a los obreros de la calle.

—¡Oigan! ¿Pero qué han hecho? ¡Tengo toda la casa inundada!
—Señora, hay una avería en la canalización. Le avisamos de las molestias. A ver si prestamos un poco más de atención.


Este relato corresponde a un ejercicio en el que se muestra una situación cotidiana donde ocurre un suceso imprevisto que rompe esa cotidianidad. 


26 de abril de 2018

"La niña del faro" - Jeanette Winterson



“Mi madre me llamó Silver, nací mitad metal precioso y mitad pirata”

Así se presenta la protagonista de esta bonita historia. Silver nació en un acantilado de Salts y ese lugar tan peculiar la marca para siempre.

“Hay quien se cría en una colina y hay quien se cría en el valle. La mayoría lo hace en el llano. Yo vine a la vida inclinada y así es como he vivido desde entonces.”

Salts es un pueblo vacío. Vive de sus costumbres y de su pasado. Nada en él está vivo.

“Salts, el pueblo donde nací, una concha azotada por el mar, orillada de arena y mordisqueada por las rocas. Ah, y un faro.”

Cuando Silver queda huérfana es al faro donde se tiene que ir a vivir pues es acogida por Pew, el anciano farero que se encarga de él.

“En la punta noreste del territorio escocés hay un lugar desierto y agrestre que en gaélico se conoce como Am Parbh.”

El faro se encuentra en el Cabo de la Ira, un refugio de gaviotas y sueños. En esa soledad y con la única compañía del viejo, Silver aprenderá a defenderse, a sobrevivir, pero sobre todo aprenderá a contar historias.

Pew es viejo, tan viejo como el faro. Pertenece a una estirpe de fareros que siempre se encargaron de vigilar un cabo traicionero y con mar siempre embravecido. Además, esa estirpe tiene una peculiaridad: todos son ciegos. Esa ceguera permite que Pew pueda apreciar cosas que escapan a la percepción de los demás.

A través de Pew, Silver conoce la historia del faro, cómo se decidió su construcción y su emplazamiento. A través de los recuerdos de Pew viajamos un siglo atrás y conocemos a la familia Dark, comerciantes de Bristol. Babel Dark se enamora de Molly, la hija de un tendero del pueblo. Pero se casa con otra mujer más acorde con su estatus social, y se instala en Salts como reverendo de la localidad. El carácter complejo e irascible de este personaje tendrá un peso específico en el devenir de toda la historia.

Enlazando diferentes líneas temporales se nos cuentan diferentes historias. En ellas aparecerán personajes reales como Robert Louis Stevenson o Darwin, y ficticios como la maestra Pinch –una mujer que describe el mundo de tal manera que se te quitan las ganas de conocerlo–. El pasado, el presente y la vida de estos personajes conforman un mosaico variado.
   
En realidad “La niña del faro” es una historia de historias. Es un homenaje a esa tradición de antaño cuando los más viejos de un lugar recitaban cuentos, mitad reales mitad fantasía, para transmitir de generación en generación el conocimiento de los acontecimientos como una manera de luchar contra el olvido.

A lo largo de todo el libro hay reflexiones muy interesantes. La gran carga simbólica que tiene un faro como punto de luz en la oscuridad y todo lo que supone esa referencia en la noche, es fuente de frases muy bonitas. Pero ciertas abstracciones se muestran algo filosóficas y he de reconocer que me llegué a perder en algún momento.

El libro va de más a menos. Es estupendo prácticamente en su totalidad, pero al final, cuando Silver ya es adulta, hay un salto en el tiempo que a mí me desconcertó y me dejó bastante descolocada. Además, hay algunas escenas que, en mi opinión, no venían a cuento, como introducir una especie de resumen del argumento de Tristán e Isolda. El libro termina divagando mucho y dejando flecos que me molestaron bastante y que me dejaron un regusto agridulce.

No obstante, es una lectura altamente recomendable. Hay reflexiones muy interesantes y contadas de una forma muy bella.

“Cada faro era una historia y los destellos eran las historias lanzadas al mar por encima de las olas a modo de señal, guía, consuelo y advertencia.”






21 de abril de 2018

Un amor difícil (ni contigo, ni sin ti)



Hace unos días Julia C. escribió un precioso relato donde contaba de una manera sumamente poética, e insunuante, su relación con Morfeo (Morfeo y yo). Ella hablaba de ese amante esquivo que le escamotea sus atenciones, de cómo le añora cuando no está y cómo le agradece cuando sí está. Leyéndola, recapacité sobre mi propia relación con Morfeo y me di cuenta de que es muy diferente a la que tiene ella. Me propuso que escribiera sobre esa relación y yo, que me apunto a un bombardeo, acepté encantada.

Y aquí estoy para contar cómo es mi idilio con Morfeo.

Morfeo conmigo es atento, si por atento se entiende que acude a nuestra cita diaria por la noche. Es bastante puntual. Aunque si ahondamos más en el concepto “atento” tampoco se lo curra mucho, las cosas como son. Pero de esto la culpa la tengo yo, que soy una amante muy facilona y poco exigente.

Él viene y según llega, triunfa, porque consigue su objetivo –y el mío– en un plis plas. Me quedo frita en cuanto toco la almohada –a veces, incluso antes– así que es un amante muy eficiente, pero no todo el mérito lo tiene él, que yo también pongo de mi parte.

Suelo hacer bastante ejercicio físico –no es que sea deportista, es que a menudo llego tarde a los sitios por lo que me tengo que desplazar siempre corriendo, algo que tiene el lado positivo de hacer footing a la vez (yo lo llamo footing-colateral)– y además tengo una mente muy simplona que me ayuda a dejar los problemas de la jornada aparcados para el día siguiente. Estas dos características de mi rutina diaria son unos afrodisíacos estupendos para recibirle, así que cuando Morfeo acude a mí, me encuentra lista y predispuesta. Lo dicho, soy facilona.

Pero, a veces, esa atención que tiene conmigo me incomoda. Porque su querencia por visitarme es excesiva. No quiero que se me enfade –no está el patio como para ir desdeñando buenos amantes– pero en ocasiones me gustaría que no me atendiera tanto. Porque conmigo Morfeo es un poquito sobón; las caricias cuando se prodigan en demasía empiezan a ser cargantes, y tanta insistencia molesta cantidad.

Si digo esto es porque algunas veces me visita en momentos que no deseo o en los que estoy a otra cosa y “no me apetece hacerlo”. Que sea facilona no quiere decir que sea una obsesa y creo que ahí Morfeo se equivoca conmigo. Que me visite por la noche y cuando estoy en la cama, está bien (y eso depende de qué esté haciendo en la cama aunque no voy a entrar en detalles), pero cuando lo hace en otros lugares… su presencia podría considerarse acoso.

Morfeo me ha visitado en el cine –las luces apagadas y un tostón de película también son excelentes afrodisíacos cuando de Morfeo se trata–, o ha venido a verme cuando asistía a una conferencia –las luces estaban encendidas pero el conferenciante actuaba como un auténtico Valium con piernas–.

Hasta en el metro ha llegado a acosarme. En este último sitio es donde más me molesta que me posea, porque el runrún y el suave vaivén del vagón ayudan mucho a ello y yo me dejo. Lo malo es que después, cuando se va, yo me quedo cinco o seis estaciones lejos de mi destino y me tengo que poner a hacer una sesión extra de footing-colateral, con lo que se lo pongo más fácil para que por la noche Morfeo vuelva a triunfar, entrando así en una vorágine de darle al tema constantemente, y la verdad, lo poco agrada, pero lo mucho enfada.

Morfeo es un buen amante. Después de su visita, yo siempre me siento muy relajada y de buen humor, así que cumple con su cometido amatorio, pero siempre tengo la sensación de que mientras estoy con él me estoy perdiendo otras cosas también agradables e interesantes. Me temo que además de facilona soy algo casquivana.

En esta relación yo acepto que él se vaya con más personas, sé que no soy la única en su vida amorosa, y no me importa. Por eso, y por equilibrar la balanza, a mí también me gustaría tener mi propio espacio, ir a mi bola sin tenerlo rondando a todas horas no permitiéndome hacer a gusto otras cosas. Entre esas cosas se encuentra leer un buen libro sin dar cabezadas, por ejemplo. Morfeo conmigo es muy pesado, la verdad. No sé qué me ha visto.

Así que intento cambiar de aires con “otros”. Pero es difícil, porque Morfeo no permite que le abandonen así como así, aunque ese abandono sea temporal. Él quiere en todo momento llevar las riendas de la relación, él decide cuándo viene y cuándo se va y eso a mí me molesta mucho.

Con quien más suelo filtrear para dársela con queso a Morfeo es con Café. Me gusta mucho Café y por varios motivos. Su aspecto es muy atractivo –soy facilona, casquivana y… superficial, ¿qué pasa?–. Huele muy bien, me encanta su olor. Y, a veces, se presenta con una apariencia muy provocativa –cuando se pone nata por encima me vuelve loca–. Pero de Café también me gusta el interior, tiene una cualidad que le hace totalmente opuesto a Morfeo y por eso me gusta más –buscarse otro amante que es igual a lo que una ya tiene, siempre me pareció absurdo y poco práctico–, esa cualidad es la cafeína. Café es estimulante, jaranero, alegre, me hace sentir viva. Pero es inconstante también.

Café suele ser un buen amante, cumple como yo espero y me lo paso muy bien, pero a veces aunque se viene conmigo está como ausente. Su cualidad interior, la cafeína, no surge y no me siento tan viva. Es entonces cuando Morfeo, que es muy listo, se da cuenta y viene a visitarme en plan rechifla para recordarme quién manda en mí, quien es el dueño en nuestra relación: él.

También reconozco que las pocas veces que he escapado de sus garras y he conseguido estar bastantes horas alejada de él, al final le he echado de menos. No soporto más de una o dos noches sin su compañía, entonces le añoro mucho. Menos mal que Morfeo no es rencoroso, y siempre perdona mis infidelidades. Cuando le evoco, viene presuroso, hacemos las paces y nos reconciliamos.

Tenemos una relación difícil Morfeo y yo, pero creo que conseguimos una aceptable avenencia. De momento. Cualquier día, harto de mis devaneos, me abandona y entonces lamentaré ser tan ligera de cascos.




NOTA: Este relato no corresponde a ningún ejercicio del curso. Simplemente Julia me sugirió que contara cómo me llevo yo con Morfeo y accedí. Tenía ganas de escribir alguna gamberrada de las mías y vi en esa invitación una ocasión de volver a mis orígenes. 
Ningún profesor ha corregido esto, pero vosotros tenéis licencia para objetar lo que os parezca bien.

Hada verde:Cursores
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