Los que además
de leerme por el blog me seguís por otras redes sociales, estáis al corriente
de que hace unas semanas estuve en Venecia para celebrar con mi media naranja
nuestras bodas de plata. Por las fotos que colgué en esas redes, algunos
pudisteis deducir que la estancia fue muy romántica. La verdad es que no estuvo
nada mal pero ya sabéis que yo siempre soy muy sincera y cuento todo lo bueno
y… todo lo malo.
Aprovecho este
viaje a Venecia para recuperar la sección “Do you speak English?” y así hablar,
nuevamente, de mis desventuras cuando traspaso las fronteras españolas.
En esta ocasión
el viaje lo realizamos mi marido y yo en compañía de otro matrimonio amigo que
también cumplía 25 años de casados. Con toda la ilusión del mundo nos volcamos
entusiasmados en este viaje a Italia (el tercero para mí). Una
vez más (y esto ya es una tradición) los días previos estuve cantando “Veneeeezia,
Veneeeezia ¡cha! ¡cha! ¡cha!. Lo tengo preparado, tengo las maletas. Vamos
juntos hasta Italia, quiero comprarme un jersey a rayas”.
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| Vista del Gran Canal desde el Puente de la Constitución |
Un viernes
soleado y esplendoroso recalamos en esa ciudad maravillosa. Llevaba muchos años
soñando con conocerla; cuando el autobús que nos recogió en el aeropuerto Marco
Polo nos dejó en Piazzale Roma y cruzamos el Gran Canal por el puente de la
Constitución yo estaba taquicárdica perdida por la emoción de ver cumplido un
sueño largamente deseado.
Pero los sueños suelen estar mejor en la
imaginación y son muy distintos a la cruda realidad.
Venecia es una
ciudad muy bonita, las cosas como son, pero a mi modo de ver yo creo que
necesita alguna reforma, principalmente una buena mano de pintura porque la encontré bastante descascarillada. La humedad inherente a tener tanta agua por todos
lados es un incordio y lo pone todo perdido de moho ensuciando las fachadas de
los edificios. Si a esto le añadimos que los venecianos tienen cierta querencia
en construir los edificios blancos… se masca la tragedia, en cuanto a imagen y
presencia.
El hotel en el
que nos alojamos era un antiguo palacio –palazzo los llaman allí– del siglo
XVIII que habitó un conde llamado Querini. Dicho palazzo está situado justo al
lado de uno de los muchos canales que discurren por la ciudad y además
utilizado como itinerario frecuente de las góndolas donde van los turistas.
Esto tuvo como consecuencia que una de las mañanas, recién levantada, yo me
asomara a la ventana en plan, ¡qué bonito día, voy a ver qué temperatura hace
fuera! para encontrarme con un grupo de japoneses en góndola que en esos
momentos estaban pasando por debajo de la habitación fotografiándolo todo, incluida
una servidora con legañas y en pijama.
| Recepción del hotel donde nos alojamos |
| A la izquierda Palazzo Querini, el edificio donde se encontraban nuestras habitaciones |
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| Vistas desde la habitación |
Mucho se está
hablando estos días de la masificación turística de Venecia. La verdad es que
hay mucha gente en determinados sitios y el paso por algunas calles y puentes
angostos es complicado. La aglomeración en el puente de Rialto me llevó a
hacerme un selfie con un desconocido. Con el sol de frente que me cegaba y con
tanta gente alrededor no me di cuenta de que el hombre que estaba a mi lado no
era mi marido. Encima no me enteré del error hasta que miré las fotos más
tarde, en el hotel, y me pregunté ¿pero este tío, quién es? Lo que obligó a volver al día siguiente al concurrido puente para repetir la foto, porque yo no me iba de Venecia sin tener un bonito recuerdo de ese sitio con mi churri, aunque el churri en esta ocasión se mosqueara bastante pues el mogollón de gente le molesta cantidad.
Esta
masificación se manifesta especialmente cuando desembarcan los miles de
pasajeros de los cruceros que suelen hacer escala en el puerto. De hecho, en muchos balcones de Venecia cuelgan carteles donde se exhibe el rechazo a ese tipo
de turismo masivo.
El desembarco
de hordas de turistas que en un par de horas pretenden conocer una ciudad que
es mucho más que una plaza, una basílica y un par de puentes, causa muchas
molestias. No solo a los venecianos, sino a los viajeros que nos tomamos la
visita a la ciudad con mucha más calma. Nosotros a punto estuvimos de no poder
entrar en la basílica por culpa de estos grupos numerosos que invaden la Plaza
de San Marcos y que lo copan todo. Menos mal que estuvimos al loro y entre dos
desembarcos vimos un hueco y, tras solo diez minutos de espera, pudimos contemplar uno de los templos más bonitos que he visto en mi vida. Los mosaicos
de las cúpulas y las paredes me dejaron con la boca abierta. Eso sí que es una
obra de arte y no los cuadros para el día de la madre que yo hice en el colegio
con unas tenazas y unos gresites de colores.
De todas formas
si uno quiere estar en la Plaza de San Marcos con poca gente no tiene más que
esperar a que se haga de noche; cuando cierran las cafeterías y restaurantes
que por allí hay la afluencia de público disminuye considerablemente. Lo malo
es que no solo cierran las cafeterías, también lo hace la basílica y los demás
edificios emblemáticos por lo que poco se puede hacer por allí, salvo pasear tranquilamente. En fin, nada es perfecto.
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| Plaza de San Marcos sin apenas gente |
Cuando
intentamos subir al Campanile pude comprobar una vez más cómo el idioma
italiano no solo no se parece al español, sino que mueve a confusión. Resulta
que en el letrero de la entrada podía leerse en letras grandes: Ingresso completo, Ingresso ridotto. Pensamos que había dos recorridos, uno largo y
otro más corto. Dado que la atracción consistía en subir a un campanario yo
pensé que el “ridotto” sería quedarse a mitad de altura o algo así. Mientras
pensábamos cuál escoger y yo le daba vueltas a eso de subir hasta la mitad ya que en el medio de la torre no había ventanas, nos
acercamos más al citado cartel y pudimos ver en una letra más pequeña: Ingresso completo 8 €, Ingresso ridotto 4 € (minore 16 anni).
O sea, que todos subíamos a arriba del todo, pero los menores de 16 años pagaban menos.
Pero Venecia es mucho más que San Marcos y su campanario, o el Gran Canal. Son muchas las cosas que se pueden contar de esa ciudad. Y son cosas poco conocidas como la
fauna agresiva que la habita o los fenómenos extraños que se dan entre las
islas de la laguna, donde las brújulas (y el GPS) no funcionan como en el resto del planeta. Pero
todo eso lo haré en otra entrega.
Ci vediamo*





















