10 de abril de 2022

Ha llegado a su destino

 



—¡Ya hemos llegado! ¡Demos gracias a Dios!

Todos inclinaron la cabeza en señal de agradecimiento y se santiguaron. En verdad había que agradecer el que pisaran tierra sanos y salvos, el viaje había sido complicado y bastante más largo de lo que el almirante había dicho. Dos meses y nueve días habían estado navegando sin ver nada más que agua alrededor. Dos semanas antes de divisar tierra la comida se empezó a pudrir y algunos marineros prefirieron dormir en cubierta antes que respirar el olor repugnante que impregnaba los camarotes.

—Don Rodrigo, venid y tomad fe de la posesión que hago ahora mismo de esta isla para nuestros reyes y señores.

Un individuo todo vestido de negro se acercó, iba cargado con tinteros, plumas y demás artículos de escribir porque para algo era el escribano de la expedición. Cuando Rodrigo de Escobedo se dispuso a reseñar lo que el almirante le requería se dio cuenta de que no tenía dónde apoyarse, entre tanto cachivache se le había olvidado bajar del barco una mesa.

—¡Bernal!  —gritó don Rodrigo— acércate y déjame la espalda para poder apoyarme.

Un chiquillo de quince años obedeció las órdenes del escribano y este se preparó para tomar nota de lo que el almirante le iba a dictar.

—Don Cristóbal, antes de ponernos con la burocracia, ¿no creéis que sería mejor explorar la zona, ver si está habitada y de qué talante son sus moradores?

—¿A qué os referís con lo del talante, don Martín?

—Pues que sería adecuado averiguar si los habitantes de esta isla nos van a recibir con los brazos abiertos o con hostilidad.

—¡Mirad allí, señores! Hay gente entre el follaje —exclamó un marinero interrumpiendo los temores del capitán de una de las naos.

Todos dirigieron la mirada hacia el lugar que el tripulante señalaba y, efectivamente, unas veinte personas se encontraban agazapadas entre los arbustos que festoneaban el interior de la playa donde se encontraban los visitantes.

—Que Santa Lucía te conserve esa vista, Rodrigo. ¡Qué tino tienes, quillo! —exclamó otro marinero palmeando la espalda de su compadre—. Primero avistas tierra y ahora ves a esa gente. ¿Qué coméis en Triana para ver tan bien?

—Bueno, yo en realidad soy de Lepe —contestó el aludido.

—¿Y por qué te apellidas de Triana?

—Por lo mismo que tú te apellidas Gallego y eres de Palos.

—Yo me llamo Juan de Medina y soy también de Palos —se incorporó a la conversación otro expedicionario.

—Pues yo me llamo Francisco de Huelva y soy de allí.

—¿De Palos?

—No, de Huelva.

—¿Queréis dejar los orígenes de cada uno y prestar atención a los extraños? —gritó don Martín.

—No son extraños, capitán —intervino el almirante—. Son indios.

—¿Indios?

—Sí. Estamos en las Indias, por lo tanto, sus habitantes son indios.

—Qué listo es nuestro almirante —exclamó uno de los marineros.

—No sabría yo si estar de acuerdo contigo, en el viaje le vi más de una vez algo perdido —replicó otro—. Si no llega a ser por don Martín que le convenció para tomar otro rumbo, todavía estamos navegando y bebiendo nuestros propios orines.

Martín Alonso Pinzón miró a su alrededor. No replicó a su superior, pero él no estaba convencido de haber llegado donde el almirante les decía. Todo el viaje había sido muy irregular y la ruta no le cuadraba nada. El piloto de la nave que capitaneaba era de su misma opinión. Una noche, mientras la escuadra permanecía inmóvil en una zona llena de algas (1), los dos habían fantaseado con un instrumento de navegación que les permitiera orientarse, aunque no pudieran ver las estrellas o no se tuviera tierra a la vista que les ofreciera un punto de referencia.

—¿Te imaginas que existiera un aparato donde poner las coordenadas en las que te encuentras y las coordenadas de donde quieres ir y él solo te indique el camino? —le dijo aquella noche Martín al piloto de la nao.

—¿Y cómo indicaría ese aparato el camino?

—Pues, no sé, dibujando en un mapa la ruta. O mejor, diciéndote con una voz lo que debes hacer: seguir durante diez millas el mismo rumbo, dentro de dos millas girar a la derecha, en la próxima rotonda tomar la segunda salida…

—¿Rotonda? ¿Qué es eso, don Martín?

—No sé, es una palabra que me ha venido a la mente. ¡Bah! No me hagas caso. Esta calma chicha (2) me está afectando la sesera.

—¡Don Luis! ¡Id a parlamentar con los indios!

La voz potente del almirante sacó de sus recuerdos al capitán Pinzón a la vez que el tal Luis acudía hacia los indígenas que se habían acercado al grupo de recién llegados.

—Don Luis, preguntadles cómo se llama este lugar —le ordenó el almirante.

Luis de Torres, intérprete de la expedición, se acercó a los nativos y con cara de pasmo se quedó callado.

—¡Don Luis! ¿No me habéis oído? ¡Haced lo que os he ordenado, pardiez!

El intérprete aún tardó en reaccionar porque los indios que tenía delante estaban tal como su madre los trajo al mundo y tanta desnudez le había dejado aturdido. Una vez recompuesto (más o menos), procedió a preguntarles en latín lo que el almirante quería saber.

— Quod nomen est huic loco? (3)

Como los nativos no hicieron ademán de haber comprendido, procedió a hacer la misma pregunta en italiano, con idéntico resultado. Pasó al tudesco, el holandés y hasta el inglés cosechando el mismo fracaso. Al final, procedió a decirlo en castellano, pero gesticulando mucho y señalando el entorno.

Una de las nativas, que parecía bastante espabilada, contestó:

—Guanahani.

—¿Qué ha dicho? —preguntó el almirante al intérprete.

El interpelado no contestó porque estaba mirando embobado los turgentes pechos de la espabilada india, además, cuando había dicho esa palabra tan rara —de la que no tenía ni pajolera idea de cómo traducir— la muchacha se había puesto a saltar con lo que la turgencia pectoral se había mostrado más notoriamente, haciendo abrir tanto los ojos a Luis de Torres que a punto estuvieron de salirse de sus órbitas.

—Que, qué ha dicho, don Luis. A ver si estamos más atentos, os veo algo disperso —le reconvino el almirante.

—Estooo… No lo he entendido bien. Perdona, ¿puedes repetirlo? —se dirigió de nuevo a la nativa saltarina haciendo girar una mano y arqueando las cejas en señal de interrogación.

—Guanahani —repitió la aludida demostrando de una vez por todas que era la más espabilada del grupo, incluidos los expedicionarios.

—Guanahani —tradujo el intérprete.

—Don Rodrigo, tomad nota del nombre del lugar:  Guana… guana…

—¿Queréis que se lo vuelva a preguntar? —acudió Luis de Torres en ayuda del almirante viendo que se trababa con el nombre y sin quitar ojo del torso de la amable nativa.

—Creo que no hace falta —respondió Rodrigo de Escobedo haciendo caso omiso de la cara de fastidio que puso el intérprete—. Solo una cosa, Guanahani, ¿es con jota o es con hache?

—¿De donde os sacáis lo de la jota? Ha dicho Guanahani —respondió el almirante

—No sé. Me pareció que pronunciaba una hache aspirada.

—¿Se lo pregunto otra vez? —acudió solícito de nuevo el intérprete.

—Vamos a dejar la ortografía para otro momento —dijo el almirante rascándose la nuca—. Es demasiado complicado el nombre. Don Rodrigo, poned San Salvador, y ya está. O sea, en el día de nuestro señor del doce de octubre del año mil cuatrocientos y noventa y dos, tomo posesión de la isla de San Salvador en nombre de nuestros reyes don Fernando y doña Ysabel.

—¿Pongo Ysabel con y griega o mejor con i latina?

—Con y griega, como siempre don Rodrigo. ¿A qué vienen tantas dudas?

—Es que yo creo que queda mejor con i latina.

—Dejaos de innovar. Además, los pendones vienen con las flechas de Fernando y con el yugo de Ysabel. No me vengáis con novedades que os mando derechito a la Inquisición.

El escribano se encogió de hombros y se calló pensando «Seguro que dentro de unos años Ysabel se escribe con i latina».

—Bien. Ahora que la isla ya es nuestra procedamos a explorar y a evangelizar.

—Mejor explorar, almirante, hay que proveer de agua y alimentos a la tripulación —objetó el pragmático capitán Pinzón—. Ya no nos quedan víveres en las naos.

—Yo también prefiero explorar —argumentó el grumete Bernal al que igualmente se le iban los ojos hacia la desnudez de las nativas—. Vamos a buscar más gente desnuda.

—También podríamos buscar oro —dijo otro marinero al que le faltaban varios dientes y media oreja.

—Pero nuestros soberanos quieren llevar la cristiandad a estas tierras lejanas —insistió el almirante.

—Si tanto interés tienen en que recen padrenuestros y avemarías que se hubiera venido un fráter con nosotros (4) —replicó el maestre Diego, boticario encargado de restañar heridas y pequeñas dolencias de la tripulación de una de las naos—. Pero, claro, ante un viaje tan incierto ninguno quiso embarcarse, por lo que se ve a los sacerdotes no les apetece reunirse con su hacedor antes de tiempo por culpa de una tempestad —añadió con una sonrisa esquinada.

—Tened vuestra lengua, maestre Diego, tanta ciencia os aleja de Dios —le susurró al oído el contramaestre Chanchu mientras se persignaba.

—Maestre Diego, capitán Pinzón, los dos tenéis razón —cedió el almirante—. Será mejor internarnos para recolectar agua y alimentos. Estos pobres indios pueden estar un poco más de tiempo viviendo sin la gracia de la verdadera fe, pero nosotros no podemos permanecer pasando sed y hambre.

Mientras todos se internaban en la selva que se encontraba al fondo, rodeados con gran expectación por los amigables isleños, Martín Alonso Pinzón se sumió de nuevo en la idea que había empezado a germinar la noche de calma chicha en medio del océano: el instrumento para viajar sin necesidad de mirar las estrellas ni la línea de la costa.

En su mente reprodujo un imaginario mapa donde una flecha fuera avanzando por la ruta calculada por el instrumento y donde un punto rojo señalara la dirección final. «Y cuando llegue a las coordenadas elegidas» pensó, «la voz podría decir: “Ha llegado a su destino”».



 




(1)    Mar de los Sargazos

(2)    Quietud del aire, especialmente en el mar donde provoca la inmovilidad de las naves de vela.

(3)    ¿Cómo se llama este sitio?

(4)    En contra de lo que cree la mayoría de la población, en el primer viaje de Cristóbal Colón no fue ningún fraile ni sacerdote. Los cuadros que reproducen la llegada a la isla caribeña donde aparece un clérigo levantando un crucifijo son una falacia.


2 de abril de 2022

Sevilla: desmontando mitos


 Tenía muchas ganas de conocer Sevilla, desde hace muchos años ha sido un destino deseado pero postergado por uno u otro motivo. En honor a la verdad estuve allí en el año 92, pero solo fui a ver la Expo del ídem y de la ciudad tan solo vi el aeropuerto cuando aterrizó, y más tarde despegó, el avión que me llevó para pasar un día en el recinto donde se realizó la Exposición Universal. «Algún día tengo que regresar y conocer Sevilla», me dije en aquella ocasión. He tardado treinta años en cumplir aquel deseo.

Quizás los muchos años deseando algo hicieron que tuviera una idea distorsionada del objeto deseado, el caso es que Sevilla no fue para mí lo que esperaba, y no lo digo como algo negativo, simplemente Sevilla tiene muchos mitos y ninguno es cierto.

El primer mito que se me desmoronó fue el del tiempo. Para empezar, los pronósticos eran de lluvia, lluvia y luego más lluvia, algo que, según la fama de esa ciudad, es algo que solo ocurre cuando tienen que salir los pasos de Semana Santa y cuando yo fui aún faltaban más de quince días para que eso ocurriera. Sí es cierto que los pronósticos, como ocurre con el resto de España, no se cumplieron, y menos mal, aunque nada más apearme del AVE había descargado un aguacero de los gordos (no me pilló de milagro) por lo que el suelo aparecía lleno de charcos que al pasar con el troley salpicaban de mala manera y los canalones de los tejados parecían fuentes colgantes de tanta agua como desahogaban, así que otro mito vino a desmontarse, ese que dice que la lluvia en Sevilla es una maravilla: no es verdad, en Sevilla la lluvia molesta lo mismo que en otras partes.

El caso es que el sol, tras ese aguacero que a mí me pilló dentro del tren, apareció en todo su esplendor, pero las predicciones seguían anunciando lluvia por lo que mis acompañantes y yo decidimos darnos prisa y aprovechar para visitar los alrededores del hotel nada más dejar las maletas. Cargados con paraguas, chubasqueros y botas en previsión de lluvia permanente nos fuimos a todo correr a ver sitios y lugares antes de que lloviera. Vimos la catedral, la Giralda, el Patio de Banderas, la Plaza de España y la antigua Fábrica de Tabaco casi con la lengua fuera para que no nos pillara la lluvia. Empecé a sospechar que tanto correr no era necesario porque en el cielo no se veía una sola nube. Sin embargo, y con la idea en mente de que en Sevilla la lluvia es una maravilla, me dije que quizás lo maravilloso radicara en que podía llover sin nubosidad, así que seguimos viendo lugares casi a la carrera. Tanto correr hizo que nos cansáramos antes, claro, y decidimos tomar algo, pero lo hicimos en una terracita, al lado de una estufa (no llovía, pero hacía más que fresco) y como seguíamos teniendo miedo al chaparrón anunciado, comimos también rápidamente. En honor a la verdad, comimos un poco más rápido de lo esperado porque al lado de nuestra mesa se nos puso un tío con una guitarra a cantar, o sería más apropiado decir que se puso a dar gritos sin ton ni son mientras aporreaba el instrumento de cuerda y nos levantaba tremendo dolor de cabeza. Así que otro mito se me cayó porque yo creía que todos los sevillanos sabían bailar sevillanas y cantar flamenco, pero o ese tío era de Cuenca o tenía algún gen defectuoso que le afectaba a la garganta y al concepto de cante jondo (aunque “jondió” bastante).

Después de cenar, las nubes seguían ausentes y yo me empecé a relajar, así que volví a ver la Giralda y sus alrededores con más tranquilidad y sin temor climatológico.

El día siguiente de mi llegada un tibio sol esperaba en la calle y, aunque volví a salir cargada con paraguas, chubasquero, etc., decidí tomármelo con más tranquilidad e hice bien porque no cayó ni una gota.

Ya he comentado que no conocía Sevilla, así que tampoco conozco su famosa Semana Santa. No soy yo amante de las procesiones, pero reconozco que sí me apetecía ver algún paso porque suelen ser magníficos y llamativos. Me dijeron que ante la inminencia de la Pascua cristiana muchos templos tenían en su interior ya preparados esos espectaculares pasos. En Triana encontré una iglesia abierta y me introduje en ella a ver el que correspondía a la cofradía del Cristo de no-sé-qué. Ahí vino otra decepción: el paso era espectacular, sí, lleno de soportes de plata repujada para las velas, con un palio de terciopelo rojo lleno de flecos y bordados de oro, pero el Cristo no estaba en ningún lado, ni en el paso ni en la iglesia. Salí mosqueada del templo y reparé que justo al lado había un bar, era la hora del aperitivo y, sabiendo cómo son los sevillanos y lo contagiosa que es su alegría de vivir, me pregunté si no estaría ahí confraternizando con sus porteadores.

Iglesia donde el cristo del paso se encontraba ausente, posiblemente estuviera tomándose una caña en el bar de al lado

Iglesia donde el cristo del paso se encontraba ausente, posiblemente estuviera tomándose una caña en el bar de al lado


Me habían dicho que Sevilla era una ciudad grande y cosmopolita, pero tranquila y segura. Mentira. Muchas de sus calles son peatonales, o eso parece, porque no pasan coches, pero sí pasan patinetes, bicicletas y tranvías, todos muy silenciosos pero veloces. Además, el carril bici se confunde con el resto del pavimento de la calle lo que para una madrileña acostumbrada en su ciudad a ver los carriles bici con colores chillones resulta desconcertante y motivo de mucho peligro porque te sales del lugar pensado para el peatón sin comerlo ni beberlo. Paseando una mañana por la avenida de la Constitución, entre las bicis, los patinetes y los tranvías, estuve más expuesta a ser atropellada que en cuarenta años viviendo en Madrid donde sus conductores tienen fama de pasarse el código de la circulación por el forro del abrigo. Está bien que se preserve la salud de los sevillanos con transportes poco contaminantes provocando un descenso de enfermedades pulmonares, pero no sé yo si, en contraposición, el número de traumatismos ha aumentado.

Pero no solo el tráfico no contaminante es peligroso. Sevilla huele muy bien, lo reconozco, huele a azahar gracias a los naranjos que adornan hasta el último rincón de esa ciudad maravillosa, pero si las flores de esos árboles dan un aroma estupendo, los frutos, o sea, las naranjas, dan unos sustos morrocotudos. Dichas naranjas son de un tamaño considerable y tienen la costumbre de caerse del árbol de vez en cuando lo que supone que al llegar al suelo se espachurran con el consabido desparrame de pulpa y zumo, aunque si antes de llegar al suelo pillan en su trayectoria la cabeza de algún turista despistado, al desparrame pringoso de pulpa y zumo se añade un chichón de dimensiones nada desdeñables.


Plaza de Doña Elvira, llena de naranjos. Obsérvese el tamaño de las naranjas caídas en el suelo


El último día de mi estancia en Sevilla lo dediqué a visitar el Real Alcázar. Un lugar magnífico elegido por los reyes de diferentes dinastías para alojarse en él durante sus estancias sevillanas. Paseé entre sus jardines y sus diferentes palacios. En uno de ellos me llamó la atención un piano de cola, no por el instrumento en sí, sino porque en él había un cartel pidiendo que no se tocara. Entiendo que era una pieza antigua y muy valiosa y no era cuestión de que algún espontáneo se pusiera en plan Mozart a darle a la tecla, pero eché de menos esa precaución sevillana en la terraza donde un desalmado nos atronó los oídos con su cante desafinado, el ayuntamiento debería considerar poner un cartel parecido en su guitarra.


Tentada estuve de llevarme el cartelito y ponérselo en la guitarra del "agradable" cantaor que nos "amenizó" la cena en una terracita.


Si más sobresaltos, terminé mi estancia en Sevilla, regresé a mi ciudad y con la misma idea en la cabeza que aquella primera vez en la que estuve de paso: volver. Espero que no discurran otros treinta años para ver cumplido mi deseo.

 

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17 de marzo de 2022

El trabajo del abuelo

 


—Mamá, ¿por qué el abuelo vuelve a trabajar?

—Tu padre y yo nos hemos quedado en el paro y no tenemos ingresos, pero el abuelo sí ha conseguido trabajo y así contribuye a los gastos.

—¿Y tiene que trabajar en nuestra casa precisamente?

—Bueno, salió un puesto de ascensorista aquí y… lo aprovechamos.

—Es que no hace nada, mamá. Solo está sentado dentro del ascensor y dormido, cuando le digo “al tercero” no me hace caso, siempre tengo que darle yo al botón.

—Estaba, digo… está sordo, ya lo sabes. Pero tampoco pasa nada si pulsas tú el piso.

—Además, el abuelo huele mal.

—Al abuelo no le gustaba… no le gusta mucho ducharse, lo sabes también. Deja de quejarte y date prisa que llegamos tarde al cole.

Mientras el niño fue a su habitación por la mochila del colegio, su madre pensó cómo podría solventar lo del olor del cadáver de su suegro. La mala situación económica familiar les impedía declarar el fallecimiento del abuelo cuya pensión era la única fuente de ingresos.

Los vecinos no se habían quejado del nuevo ascensorista porque en el inmueble todos estaban en una situación similar, de hecho, el cadáver de la suegra de la del sexto era la nueva portera, y el del padre del vecino del quinto era el nuevo vigilante de trasteros.

Pero ese olor… Quizás habría que ir pensando en cambiar de trabajo al abuelo y ponerle como jardinero, con el tiempo podría convertirse en abono para las plantas.







12 de marzo de 2022

Espiritualidad natural

 


«Si sirves a la naturaleza, ella te servirá a ti» Lavinia tenía muy presente esa frase. Ella nunca había sido mucho de naturaleza, pero sí sabía buscar que todo a su alrededor le sirviera para algo. Casi siempre conseguía lo que quería y en este momento lo que quería era llevarse al huerto a su profesor de yoga. 

Se apuntó a meditación ante la insistencia de su amiga Rita empeñada en que dejara de fumar, un vicio que, según su amiga, era fruto del estresante trabajo de Lavinia en un bufete de alto copete.

—Defender a políticos corruptos tiene un precio, Lavinia. Tu salud se resiente. Vente a yoga, te hará bien. Además, te gustará. El maestro Yogananda es un fenómeno, está solicitadísimo. Somos muy afortunadas de tenerlo como gurú en el centro.

Yogananda, con ese nombre Lavinia se imaginó a un venerable anciano de barba larga y túnica igualmente larga hasta los pies, pero el profesor de yoga resultó ser un macizo de treinta años vestido con mallas ajustadas y camiseta de tirantes que mostraban, con todo lujo de detalles, su musculosa anatomía. En cuanto vio al profesor, Lavinia se convirtió en su más rendida admiradora y en una fanática del yoga.

Durante semanas se implicó con seriedad y pulcritud en aprender los asanas que el musculoso profesor enseñaba. Bakasana, kakasana y muchas otras posturas más se convirtieron en algo cotidiano para Lavinia la cual, antes de conocer a Yogananda, creía que “asana” era el nombre de una infusión.

Yogananda era aficionado a acompañar sus ejercicios con frases de pensadores donde Confucio era su preferido. También le gustaba mucho la naturaleza.

—La comunión con nuestra madre naturaleza nos proporciona la paz del útero anterior al nacimiento; antes de ser lo que somos, fuimos silencio y en la naturaleza encontraremos la ausencia de ruido que necesitamos para alcanzar el equilibrio —dijo el macizo antes de terminar una de sus clases— Namasté —añadió haciendo una reverencia con las manos unidas a la altura del fornido pecho.

Tanta insistencia con lo de comulgar con la naturaleza acabó convirtiéndose en varias clases al aire libre en El Retiro. A Lavinia no le hizo mucha gracia eso de tumbarse en el húmedo césped en lugar de hacerlo en el seco y caliente parqué de la sala de clases, pero con tal de estar cerca del maestro se fue a ese céntrico parque de Madrid a practicar yoga. Durante varios días tuvo que combinar la postura del guerrero con las fotos que los paseantes les hacían al grupo, aunque la mayoría enfocaban sus teléfonos móviles al profesor, especialmente las mujeres.

Lavinia era una de las alumnas más aplicadas y Yogananda acabó fijándose en ella. Primer objetivo conseguido.

—He decidido incluirte en un selecto grupo de alumnas aventajadas. Tengo grandes planes para ti —le dijo a Lavinia nada más terminar una de las clases en el parque y mientras una señora se hacía un selfie con el profesor de fondo—. Si puedes disponer de un fin de semana entero para mí, alcanzarás el nirvana. Namasté.

Yogananda no añadió nada más, pero Lavinia llegó a su casa flotando en una nube. Mientras se duchaba para quitarse el sudor provocado por los asanas, y el olor de una meada de perro donde se había sentado, especuló cómo sería llegar al nirvana con Yogananda y se puso como una moto: la ducha le duró un buen rato.

Tras una tremenda discusión con su jefe, la devota alumna consiguió un fin de semana libre de trabajo, nada de correos electrónicos ni llamadas intempestivas de algún concejal en apuros. El teléfono móvil quedó desconectado. Para alcanzar el nirvana había que estar libre de pensamientos negativos y hablar con ediles metidos en líos no era nada positivo.

Por desgracia el nirvana del que hablaba Yogananda no tenía nada que ver con el que se imaginó Lavinia. El fin de semana prometido consistió en una especie de aislamiento espiritual en una casa rural en los Pirineos navarros.

Nada más llegar vino la primera decepción: su escapada con el yogui la compartía con otras tres alumnas tan aventajadas como ella. Además, también tuvo que compartir la habitación con sus compañeras si habitación se podía llamar a cuatro esterillas tiradas en una sala grande con una chimenea que no daba calor porque no tenía madera con la que alimentarse. Para más incomodidad, el baño era un antiguo corral de gallinas. La única habitación de la casa con cama y aseo propio estaba ocupada por el maestro ya que necesitaba aislarse para poder luego transmitir sabiduría a sus pupilas, o eso es lo que dijo Yogananda.

El primer día unas campanillas la mar de molestas la despertaron a las cuatro de la mañana, hora de levantarse. En el exterior de la casa y envueltos en una espesa niebla meditaron en silencio, tan solo roto por los bostezos de Lavinia. Después se dispusieron a desayunar, esta vez ya en el interior. El condumio consistió en un cuenco con copos de avena y bebida de soja.

Después de lavarse someramente en una palangana con agua helada que hubieron de compartir por turnos las cuatro alumnas aventajadas, se fueron todos a un hayedo cercano. Allí buscaron el árbol con pinta de ser más viejo e hicieron un corro a su alrededor para rendir homenaje a la sabiduría de la ancianidad o algo así, Lavinia no se enteró muy bien qué objetivo tenía aquello; la birria de desayuno que habían tomado le impedía prestar atención porque la hipoglucemia mermaba sus facultades. Tras permanecer una media hora agarrados por las manos en torno al haya anciana abrazaron, uno a uno, el tronco del árbol. Lavinia hubiera preferido abrazar al profesor, pero, en lugar del cuerpo musculoso y terso del yogui, tuvo que conformarse con rodear con sus brazos un tronco lleno de musgo y bichos. Estaba claro que aquella escapada de fin de semana no se iba a parecer de ninguna manera a lo que ella deseaba.

 Varios asanas después y cuando el sol ya empezaba a esconderse, regresaron a la casa donde les esperaba un plato de tofu y un vaso de zumo de papaya como cena. Una vez que terminaron de comer, algo que les llevó muy poco tiempo, todos se fueron a dormir: en el suelo ellas, en un mullido colchón él.

La decepción y el hambre impidieron que Lavinia conciliara el sueño, aunque puede que la dureza del suelo algo tuviera que ver también. Mientras daba vueltas en su esterilla pensó que un fin de semana en una academia militar hubiera sido más reconfortante que ese viaje para alcanzar el nirvana. También maldijo no haber incluido en su escueto equipaje un cartón de tabaco porque, además de hambre, tenía unas ganas locas de fumar.

Al siguiente día, y tras el mismo ritual de meditación, desayuno paupérrimo y abluciones monacales, Lavinia se dispuso a pasar otra mañana haciendo el moñas en el bosque, pero Yogamanda la sorprendió.

—Hoy, queridas mías, deberéis encontraros a vosotras mismas. Buscad en la soledad del bosque vuestro yo más profundo, sondead en vuestro interior y hallad la verdad que no sabéis ver entre el bullicio de la ciudad. Id cada una por vuestra cuenta y no regreséis hasta haber alcanzado el fin.

—Pero, maestro, ¿no nos vas a guiar tú? —interrumpió la beatífica arenga una de las alumnas.

—El viaje de introspección es algo muy íntimo que cada uno debe hacer solo, sin más compañía que su alma.  Yo os espero meditando en la casa y os acompañaré en espíritu. No temáis, no os dejo desamparadas, tomad estos japa malas*. Namasté.

Lavinia, tras caminar un buen rato y ya lejos de las miradas de sus compañeras, se sentó en una roca dispuesta a dejar pasar el día. No le apetecía andar sin ton ni son, además no estaba segura de saber volver si se alejaba demasiado de la casa donde, al abrigo y sin moverse, estaba acompañándolas espiritualmente Yogamanda.

Sentada en la piedra, Lavinia acarició las cuentas de madera del japa mala pensando que habría preferido que el gurú le diera un bocadillo de chorizo antes que un rosario budista. Intentó concentrarse en los mantras que tan fielmente había ido aprendiendo desde hacía meses: «Deja que tu práctica de yoga sea una celebración de la vida», «El cuidado de no herir es la forma más hermosa de respeto».

De repente sintió algo por su pierna, se subió la pernera de su pantalón harem* y vio cómo una araña subía hacia la rodilla; se levantó de golpe y tras sacudírsela la pisoteó con saña. La violencia de su reacción se llevó por delante unas cuantas setas y algún que otro bicho minúsculo más. Tras observar el estropicio pensó en Confucio cuando dijo aquello de «No hagas a otros aquello que no te gustaría que te hicieran a ti» y sintió un hondo arrepentimiento, aunque en seguida recordó que también dijo «No importa lo que hagas en la vida, hazlo con todo tu corazón» y debía reconocer que se había cargado a la araña con mucho interés.

Cuando se disponía a regresar pensando que se acercaba el ocaso, unos negros nubarrones empezaron a tronar para, sin casi solución de continuidad, descargar un chaparrón que le empapó todo el cuerpo y el japa mala. Llegó a la casa antes que sus camaradas de yoga.

—¿Ya te has encontrado a ti misma? —preguntó Yogamanda nada más verla.

—He encontrado la casa, lo que no es poco —respondió Lavinia mientras a sus pies se formaba un charco de agua—. Discúlpame, pero tengo algo que hacer.

—¿Vas a seguir meditando mientras llegan tus compañeras?

—No, voy a conectar el móvil que tengo en la mochila, voy a pedir un Uber y en cuanto llegue a mi casa me voy a fumar un paquete entero de tabaco —contestó mientras se representaba mentalmente el nirvana en forma de nicotina—. Namasté.






 

Japa mala: sarta de cuentas esféricas, generalmente de madera, usada en el hinduismo, el budismo y el sijismo para recitar mantras o el nombre o los nombres de una deidad.

Pantalón harem: pantalón holgado hasta los tobillos o las rodillas.


22 de febrero de 2022

Mamá cumple cien años

 


Hace tiempo que quiero escribirte, pero hasta ahora no me he decidido. Sé que debería haberlo hecho mucho antes porque este tipo de carta se escribe cuando hace poco que la persona a la que va dirigida se acaba de marchar y tú te fuiste hace ya mucho tiempo. También es cierto que esos mensajes suelen ser despedidas y yo no me quise despedir de ti en un estúpido intento de no aceptar que te habías ido.

Muchos afrontan la pérdida de un ser querido conjurando la tristeza con palabras en recuerdo del ausente, yo no. Cuando te fuiste no sabía qué escribir, no tenía ganas. Me dije que algún día lo haría, que el momento llegaría por sí solo y así fue. El momento ha llegado, diez años después de tu marcha.

Hace unas semanas fue tu cumpleaños, si aún estuvieras aquí la tarta tendría cien velas: si aún estuvieras aquí habrías cumplido cien años. La cifra es redonda y no sé cómo lo habríamos celebrado porque a ti ese tipo de fiestas no te gustaban demasiado. Tu coquetería era incompatible con decir tu edad. Es cierto que siempre pareciste más joven de lo que eras en realidad y tú lo llevabas a gala; cuando hacían apuestas sobre los años que tenías, y al ver que nadie acertaba y todos daban cifras muy por debajo de la real, sonreías ufana y te negabas rotundamente a sacar a nadie de la duda.

Sí, eras muy coqueta. En todos los sentidos. No recuerdo haberte visto nunca con un chándal, ni siquiera con pantalones ni zapato plano; por eso, cuando yo era una niña, me resultaban tan extrañas unas fotos donde aparecías muy joven montada en la moto del entonces tu novio —el que después sería mi padre—, vestida con unos pantalones pitillo y calzada con unas bailarinas. No podía creer que fueras tú. Más me extrañó averiguar que ese atuendo tan rompedor, en los años de tu juventud, te impidió entrar en una catedral famosa por su sobriedad gótica y por la rigidez de sus normas. Sonrío recordando esto, aún te oigo decir «La culpa fue de tu padre. Si tuviera un coche llevaría falda y no me habría quedado fuera».

Quizás como consecuencia de aquella anécdota el día de tu boda también quisiste llevar un atuendo original para entrar en otro templo —no era una catedral, pero sí una majestuosa iglesia del barrio de Salamanca—. En los felices años sesenta las mujeres se casaban de blanco y con un vestido largo, lo más largo posible y que arrastrara una suntuosa cola por el suelo. Tú no. Tú decidiste ir de blanco, sí, pero el vestido llegaba hasta media pantorrilla y el velo apenas cubría los hombros. En aquella ocasión nadie te impidió acceder al templo, cómo hacerlo si eras la elegancia personificada. Las fotos de tu boda también sorprendieron mi niñez.

La verdad es que tu sencillez a la hora de vestir —en realidad era buen gusto— siempre llamó la atención de propios y extraños.

Sabías ir a la contra. Si todas se casaban de largo, tú de corto. Si todas a los cuarenta ya tenían cuatro o cinco hijos, tú eras madre primeriza y, encima, con cesárea (algo que te trajo muchos problemas y al médico que te trató también).

Otra cosa que llamaba la atención era tu habilidad cocinando y la presentación de los platos que elaborabas. Esto último, a mí, me sorprendía más. No solo hacías unos platos riquísimos, además los colocabas en la mesa con detalles que hacían aún más apetecible el guiso. Antes de que los chefs de la tele nos dieran lecciones de estética culinaria, tú ya nos tenías acostumbrados en casa a poner una ensaladilla rusa adornada con pimientos de piquillo y alcaparras sobre una cubierta, perfectamente uniforme, de mahonesa casera. O cuando nos preparabas filetes empanados, que todos nos preguntábamos cómo diantres te salían todos exactamente iguales, parecían clones, ni uno más hecho que otro ni con más pan rallado, idénticos. O la tortilla de patata, ni poco cuajada ni muy seca. O las croquetas hechas a mano y, como los filetes empanados, idénticas entre sí.

También se te daba estupendamente calibrar la calidad de un buen café. Clasificabas las zonas cercanas a nuestra casa en función del café que servían en los establecimientos de hostelería. «Ahí ponen un café aguado» «Allí el café es pasable» «Aquí el café es muy bueno, se nota que lo muelen en el momento ¿notas el aroma?» Aún hoy entro en las cafeterías que a ti te gustaban y me pido un café, aunque yo no tengo el mismo paladar exquisito que tú.

Estuve en tu pueblo natal hace un par de años. De vuelta de un viaje a las Rías Bajas decidimos abandonar la autovía para hacer una breve parada allí. Qué cambiado está, no sé si te gustaría cómo la pequeña ciudad donde diste tus primeros pasos se ha convertido en un reclamo para turistas que hacen el camino de Santiago y que quieren degustar el mejor pulpo del mundo. Sí, en los últimos años el pulpo a feira le ha dado mucha notoriedad, y no, yo tampoco entiendo cómo un lugar de tierra adentro, alejado de la costa, se ha ganado la fama de preparar un plato así.

Ahora todo está lleno de hoteles y albergues para peregrinos. Me acuerdo de un día que nos topamos, cerca de la casa de tu madre, con un grupo de diez personas que estaban haciendo el camino. Como era lógico iban sucias de polvo y sudorosas por el esfuerzo —y por el sol de justicia que en verano puede castigar Galicia—. Desde tu pueblo a Santiago hay dos jornadas andando, y ante la inminencia de llegar a su destino con esa presencia tan lamentable tú exclamaste: «Ya buscarán algún sitio donde asearse porque con esa pinta no se puede visitar al Santo».  Lógica tu observación, si a ti en otra catedral no te dejaron entrar con pantalones menos deberían franquear el paso a quien huele a choto. Aunque es cierto que el templo compostelano ya tiene en cuenta la posibilidad de olores desagradables y para ello poseen un incensario de proporciones asombrosas.

Recuerdo un día que asistimos a misa mayor en la catedral. El recinto estaba a rebosar de fieles y como era día litúrgico especial se usaría el botafumeiro. Nunca lo había visto y quise estar lo más cerca posible colocándome con tu hermano justo debajo donde el armatoste iba a “volar”, tú en cambio te quedaste en la nave central, alejada del crucero. Desde tu posición apenas se veía el balanceo impresionante del botafumeiro y cuando te lo hicimos ver, te encogiste de hombros y no te moviste de tu sitio; nosotros nos fuimos al transepto dispuestos a disfrutar en primera línea del espectáculo. Cómo me acordé de ti cuando aquello empezó a balancearse. En pocas ocasiones he pasado tanto miedo y nunca he rezado tanto (algo que, dado el lugar, era lo más adecuado). Cada vez que ese mastodonte de plata pasaba a centímetros sobre mi cabeza, yo no hacía más que pedirle al Santo que por lo que más quisiera los engranajes soportaran el peso y no se soltara porque de lo contrario allí iban a rodar más cabezas que en la Revolución Francesa.

Aún recuerdo cómo sonreías con cierta malevolencia al verme pálida tras acabar la misa: «¿Qué? ¿Disfrutaste?» Creo que te eché en cara que deberías habérmelo avisado, pero tú me dijiste —con la misma sonrisa maliciosa— que era muy seguro y que los tiraboleiros eran gente seria y responsable. No lo dudé, pero el caso es que ahora ya no se permite que haya público justo debajo, por algo será.

Gallega de pro, pero madrileña de elección. Amabas tu tierra natal, aunque preferías Madrid. Disfrutabas mucho de la urbe, te encantaba ir a lugares llenos de gente. Y amabas la diversidad. Cuántas veces te oí decir: «En Madrid todo el año es carnaval. Te sientas en una terraza y en media hora has visto a gente vestida de mil maneras a cuál más rara».

Tu acento gallego lo adquirías nada más entrar a Galicia por Piedrafita, pero te desprendías de él, como un abrigo cuando se va de un clima frío a otro caluroso, en cuanto llegabas a Madrid. Nadie sospechaba que eras gallega si no lo decías, y cuando se enteraban muchos se asombraban para decir inmediatamente: «No pareces gallega», algo que tú (y yo también) no sabías cómo interpretar, como si ser de Galicia se notara en la cara. Hablabas de tu tierra con nostalgia comedida, la que da el recuerdo de un tiempo y un pasado que se fueron y a los que tampoco hay que dar demasiadas vueltas.

Algunas amigas paisanas tuyas, que también se establecieron en la capital, deseaban (y llegado el momento lo hicieron) volver a sus pueblos cuando ellas y sus maridos envejecieran. Te preguntaban a menudo si tú harías lo mismo y sin dudarlo ni un segundo contestabas con un escueto y rotundo no.

Eras de pocas palabras, pero las pocas que decías eran auténticas sentencias. Frases lapidarias y llenas de sentido común. Siempre concisa, siempre directa al grano. A veces adornabas tus frases con cierta socarronería y humor ácido, algo que muchos no sabían detectar porque cuando hacías eso ponías tu semblante más serio y, quien no te conocía, no sabía si estabas de broma o no. Esto es algo que, me temo o me congratulo, yo he heredado de ti, pero en una versión más suave porque la maestra eras tú. Cuando me dicen qué retranca me gasto siempre pienso que si fueras tú aún sería peor, o mejor, según se mire.

Aunque siempre presentabas un semblante serio, te gustaban mucho las bromas. La abuela me contó que un día, siendo novios, le ofreciste un vaso de orujo gallego a mi padre, haciéndole creer que era agua. Él, confiado, le dio un trago largo que le hizo lagrimear más de media hora.

Recuerdo el día que unos compañeros de universidad vinieron a casa a estudiar y tú, al abrirles la puerta les dijiste, toda seria, claro, que yo no estaba pero que si querían les ponías algo para comer. Fueron las carcajadas que solté desde el lugar donde yo me hallaba escondida las que sacaron de su estupor a mis colegas universitarios. Menuda cara de pánfilos se les quedó. Cuánto nos reíamos tú y yo recordando aquel día.

Recuerdo todo esto y pienso en ti, te veo, te escucho. Disfruto rememorando y recreando estas situaciones pasadas porque lo hago con una sonrisa, con nostalgia comedida, la que tú tenías hacia tu tierra, la que se siente por algo que sabemos que se fue, que no tiene vuelta atrás y que, por mucho que nos rebelemos, no podemos cambiar. Así asumo la pérdida y la hago más llevadera: recordándote con humor, con ese humor que heredé de ti.

Aunque estés presente en multitud de ocasiones sin necesidad de escribir nada, este mes cumplirías cien años y te recuerdo con esta carta. Así siento que, en cierta manera, no te has ido, al menos no te has ido del todo.

 











 

 

 


Hada verde:Cursores
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