—¡Ya hemos
llegado! ¡Demos gracias a Dios!
Todos inclinaron la cabeza en señal de agradecimiento y se santiguaron.
En verdad había que agradecer el que pisaran tierra sanos y salvos, el viaje
había sido complicado y bastante más largo de lo que el almirante había dicho.
Dos meses y nueve días habían estado navegando sin ver nada más que agua
alrededor. Dos semanas antes de divisar tierra la comida se empezó a
pudrir y algunos marineros prefirieron dormir en cubierta antes que respirar el
olor repugnante que impregnaba los camarotes.
—Don Rodrigo,
venid y tomad fe de la posesión que hago ahora mismo de esta isla para nuestros
reyes y señores.
Un individuo todo
vestido de negro se acercó, iba cargado con tinteros, plumas y demás artículos
de escribir porque para algo era el escribano de la expedición. Cuando Rodrigo de
Escobedo se dispuso a reseñar lo que el almirante le requería se dio cuenta de
que no tenía dónde apoyarse, entre tanto cachivache se le había olvidado bajar
del barco una mesa.
—¡Bernal! —gritó don Rodrigo— acércate y déjame la
espalda para poder apoyarme.
Un chiquillo de quince
años obedeció las órdenes del escribano y este se preparó para tomar nota de lo que el almirante
le iba a dictar.
—Don Cristóbal, antes de
ponernos con la burocracia, ¿no creéis que sería mejor explorar la zona, ver si
está habitada y de qué talante son sus moradores?
—¿A qué os referís con
lo del talante, don Martín?
—Pues que sería adecuado
averiguar si los habitantes de esta isla nos van a recibir con los brazos
abiertos o con hostilidad.
—¡Mirad allí, señores!
Hay gente entre el follaje —exclamó un marinero interrumpiendo los temores del
capitán de una de las naos.
Todos dirigieron la mirada
hacia el lugar que el tripulante señalaba y, efectivamente, unas veinte
personas se encontraban agazapadas entre los arbustos que festoneaban el
interior de la playa donde se encontraban los visitantes.
—Que Santa Lucía te
conserve esa vista, Rodrigo. ¡Qué tino tienes, quillo! —exclamó otro marinero
palmeando la espalda de su compadre—. Primero avistas tierra y ahora ves a esa
gente. ¿Qué coméis en Triana para ver tan bien?
—Bueno, yo en realidad soy
de Lepe —contestó el aludido.
—¿Y por qué te apellidas
de Triana?
—Por lo mismo que tú te
apellidas Gallego y eres de Palos.
—Yo me llamo Juan de
Medina y soy también de Palos —se incorporó a la conversación otro
expedicionario.
—Pues yo me llamo
Francisco de Huelva y soy de allí.
—¿De Palos?
—No, de Huelva.
—¿Queréis dejar los
orígenes de cada uno y prestar atención a los extraños? —gritó don Martín.
—No son extraños,
capitán —intervino el almirante—. Son indios.
—¿Indios?
—Sí. Estamos en las
Indias, por lo tanto, sus habitantes son indios.
—Qué listo es nuestro almirante
—exclamó uno de los marineros.
—No sabría yo si estar
de acuerdo contigo, en el viaje le vi más de una vez algo perdido —replicó otro—.
Si no llega a ser por don Martín que le convenció para tomar otro rumbo,
todavía estamos navegando y bebiendo nuestros propios orines.
Martín Alonso Pinzón
miró a su alrededor. No replicó a su superior, pero él no estaba convencido de
haber llegado donde el almirante les decía. Todo el viaje había sido muy
irregular y la ruta no le cuadraba nada. El piloto de la nave que capitaneaba
era de su misma opinión. Una noche, mientras la escuadra permanecía inmóvil en
una zona llena de algas (1), los dos habían fantaseado con un instrumento de
navegación que les permitiera orientarse, aunque no pudieran ver las estrellas
o no se tuviera tierra a la vista que les ofreciera un punto de referencia.
—¿Te imaginas que
existiera un aparato donde poner las coordenadas en las que te encuentras y las
coordenadas de donde quieres ir y él solo te indique el camino? —le dijo
aquella noche Martín al piloto de la nao.
—¿Y cómo indicaría ese
aparato el camino?
—Pues, no sé, dibujando
en un mapa la ruta. O mejor, diciéndote con una voz lo que debes hacer: seguir
durante diez millas el mismo rumbo, dentro de dos millas girar a la derecha, en
la próxima rotonda tomar la segunda salida…
—¿Rotonda? ¿Qué es eso,
don Martín?
—No sé, es una palabra
que me ha venido a la mente. ¡Bah! No me hagas caso. Esta calma chicha (2) me
está afectando la sesera.
—¡Don Luis! ¡Id a
parlamentar con los indios!
La voz potente del
almirante sacó de sus recuerdos al capitán Pinzón a la vez que el tal Luis
acudía hacia los indígenas que se habían acercado al grupo de recién llegados.
—Don Luis, preguntadles
cómo se llama este lugar —le ordenó el almirante.
Luis de Torres,
intérprete de la expedición, se acercó a los nativos y con cara de pasmo se
quedó callado.
—¡Don Luis! ¿No me
habéis oído? ¡Haced lo que os he ordenado, pardiez!
El intérprete aún tardó
en reaccionar porque los indios que tenía delante estaban tal como su madre los
trajo al mundo y tanta desnudez le había dejado aturdido. Una vez recompuesto (más
o menos), procedió a preguntarles en latín lo que el almirante quería saber.
— Quod nomen est huic loco? (3)
Como los nativos no
hicieron ademán de haber comprendido, procedió a hacer la misma pregunta en
italiano, con idéntico resultado. Pasó al tudesco, el holandés y hasta el
inglés cosechando el mismo fracaso. Al final, procedió a decirlo en castellano,
pero gesticulando mucho y señalando el entorno.
Una de las nativas, que
parecía bastante espabilada, contestó:
—Guanahani.
—¿Qué ha dicho? —preguntó
el almirante al intérprete.
El interpelado no contestó
porque estaba mirando embobado los turgentes pechos de la espabilada india,
además, cuando había dicho esa palabra tan rara —de la que no tenía ni pajolera
idea de cómo traducir— la muchacha se había puesto a saltar con lo que la
turgencia pectoral se había mostrado más notoriamente, haciendo abrir tanto los
ojos a Luis de Torres que a punto estuvieron de salirse de sus órbitas.
—Que, qué ha dicho, don
Luis. A ver si estamos más atentos, os veo algo disperso —le reconvino el
almirante.
—Estooo… No lo he
entendido bien. Perdona, ¿puedes repetirlo? —se dirigió de nuevo a la nativa
saltarina haciendo girar una mano y arqueando las cejas en señal de
interrogación.
—Guanahani —repitió la
aludida demostrando de una vez por todas que era la más espabilada del grupo, incluidos los expedicionarios.
—Guanahani —tradujo el
intérprete.
—Don Rodrigo, tomad nota
del nombre del lugar: Guana… guana…
—¿Queréis que se lo
vuelva a preguntar? —acudió Luis de Torres en ayuda del almirante viendo que se
trababa con el nombre y sin quitar ojo del torso de la amable nativa.
—Creo que no hace falta —respondió
Rodrigo de Escobedo haciendo caso omiso de la cara de fastidio que puso el
intérprete—. Solo una cosa, Guanahani, ¿es con jota o es con hache?
—¿De donde os sacáis lo
de la jota? Ha dicho Guanahani —respondió el almirante
—No sé. Me pareció que
pronunciaba una hache aspirada.
—¿Se lo pregunto otra
vez? —acudió solícito de nuevo el intérprete.
—Vamos a dejar la ortografía
para otro momento —dijo el almirante rascándose la nuca—. Es demasiado
complicado el nombre. Don Rodrigo, poned San Salvador, y ya está. O sea, en el
día de nuestro señor del doce de octubre del año mil cuatrocientos y noventa y
dos, tomo posesión de la isla de San Salvador en nombre de nuestros reyes don
Fernando y doña Ysabel.
—¿Pongo Ysabel con y
griega o mejor con i latina?
—Con y griega, como
siempre don Rodrigo. ¿A qué vienen tantas dudas?
—Es que yo creo que
queda mejor con i latina.
—Dejaos de innovar. Además,
los pendones vienen con las flechas de Fernando y con el yugo de Ysabel. No me
vengáis con novedades que os mando derechito a la Inquisición.
El escribano se encogió de hombros y se calló pensando «Seguro que dentro de unos años Ysabel se escribe con i latina».
—Bien. Ahora que la isla
ya es nuestra procedamos a explorar y a evangelizar.
—Mejor explorar,
almirante, hay que proveer de agua y alimentos a la tripulación —objetó el
pragmático capitán Pinzón—. Ya no nos quedan víveres en las naos.
—Yo también prefiero
explorar —argumentó el grumete Bernal al que igualmente se le iban los ojos hacia la
desnudez de las nativas—. Vamos a buscar más gente desnuda.
—También podríamos buscar
oro —dijo otro marinero al que le faltaban varios dientes y media oreja.
—Pero nuestros soberanos
quieren llevar la cristiandad a estas tierras lejanas —insistió el almirante.
—Si tanto interés tienen
en que recen padrenuestros y avemarías que se hubiera venido un fráter con nosotros
(4) —replicó el maestre Diego, boticario encargado de restañar heridas y
pequeñas dolencias de la tripulación de una de las naos—. Pero, claro, ante un
viaje tan incierto ninguno quiso embarcarse, por lo que se ve a los sacerdotes
no les apetece reunirse con su hacedor antes de tiempo por culpa de una
tempestad —añadió con una sonrisa esquinada.
—Tened vuestra lengua,
maestre Diego, tanta ciencia os aleja de Dios —le susurró al oído el
contramaestre Chanchu mientras se persignaba.
—Maestre Diego, capitán
Pinzón, los dos tenéis razón —cedió el almirante—. Será mejor internarnos para
recolectar agua y alimentos. Estos pobres indios pueden estar un poco más de
tiempo viviendo sin la gracia de la verdadera fe, pero nosotros no podemos
permanecer pasando sed y hambre.
Mientras todos se
internaban en la selva que se encontraba al fondo, rodeados con gran
expectación por los amigables isleños, Martín Alonso Pinzón se sumió de nuevo
en la idea que había empezado a germinar la noche de calma chicha en medio del
océano: el instrumento para viajar sin necesidad de mirar las estrellas ni la línea
de la costa.
En su mente reprodujo un
imaginario mapa donde una flecha fuera avanzando por la ruta calculada por el
instrumento y donde un punto rojo señalara la dirección final. «Y cuando llegue
a las coordenadas elegidas» pensó, «la voz podría decir: “Ha llegado a su
destino”».
(1)
Mar
de los Sargazos
(2)
Quietud
del aire, especialmente en el mar donde provoca la inmovilidad de las naves de
vela.
(3)
¿Cómo
se llama este sitio?
(4)
En
contra de lo que cree la mayoría de la población, en el primer viaje de
Cristóbal Colón no fue ningún fraile ni sacerdote. Los cuadros que reproducen
la llegada a la isla caribeña donde aparece un clérigo levantando un crucifijo son
una falacia.







