22 de octubre de 2020

Diario de un RE-confinamiento Parte IV


 Día 16 (5 de octubre)

Ayer fui a trabajar dispuesta a ser parada por algún control controlador ya que la universidad en la que doy clase está fuera del municipio de Madrid y tenía que salir del perímetro de los apestados. Curiosamente, ahora que toda la capital está confinada, no vi ni un coche patrulla, así que llegué a mi puesto de trabajo sin contratiempos.

Por la tarde me acerqué al centro de la ciudad y como no me salía de mi municipio me relajé. Hice mal. En plena plaza de Callao había un control. No sé muy bien qué hacía allí porque, que yo supiera, eso no es la frontera con otra área libre de virus; llegué a pensar que por culpa del Madrid Central de Carmena, esa zona sea ahora un municipio independiente.

El caso es que nos pararon a un señor bajito y a mí. Primero le pidieron la documentación al señor; resulta que era de Cuenca, aunque vivía en Madrid, pero no estaba empadronado y el policía le echó una bronca de padre y señor mío. Creí que se lo llevaban al calabozo, pero al final lo dejaron ir. Con la bronca que se llevó yo me puse muy nerviosa y, aunque he nacido en Madrid y siempre he vivido en la ciudad, miré bien mi DNI para comprobar qué domicilio ponía no fuera a ser que la cosa se pusiera tensa.

Antes de mirar mi documentación el señor agente me preguntó cuál era el motivo de mi presencia allí. Le iba a decir la verdad, que iba a una famosa librería de la Gran Vía a comprar un libro, pero me di cuenta de que eso podía ser sospechoso (lo de comprar un libro y, por tanto, leer), así que no quise arriesgar y preferí mentir. Como sé que algunos jueces consideran que fumar es un derecho fundamental, le dije: «Voy a comprar tabaco, que se me ha acabado». El policía ni miró el DNI, me deseó una buena tarde y pasé el control sin problema.

 

Día 19 (8 de octubre)

Isabel Díaz Ayuso dice que los datos de contagios están mejorando. Fernando Simón dice que no se fía de esos datos. Salvador Illa dice que no se están cuestionando los datos de Madrid. Ignacio Aguado dice que hay que tomar más medidas porque vamos mal. Ruíz Escudero dice lo que se ha hecho es suficiente porque vamos bien.

El ministro nos confina. Los jueces nos desconfinan. Antes del confinamiento total, mi barrio ya estaba confinado, y ahora no sé cuántos confinamientos me han quitado los jueces, si solo uno o los dos. En la tele dicen que no vale el último confinamiento porque se vulneran derechos fundamentales, pero que el primero sigue vigente porque ahí ya no hay vulneración, no me ha quedado claro si porque en esos barrios no tenemos los mismos derechos o simplemente que no tenemos derechos.

La Comunidad de Madrid dice que mañana dará nuevas órdenes, así que voy a aprovechar para marcharme hoy de mi barrio y de mi ciudad. Tengo que buscar un lugar donde no haya ni políticos ni jueces, creo que Marte estaría bien. No, mejor Júpiter, que está más lejos.

 

Día 20 (9 de octubre)

Al final nos han encasquetado un estado de alarma, precisamente lo que Ayuso quería evitar a toda costa, o eso dijo ella, porque yo creo que lo estaba pidiendo a gritos.

Dicen que, antes de tomar esta medida, el presidente de España no ha podido hablar con la presidenta de Madrid, que no le llamaba y que cuando lo hacía él no le cogía el teléfono, o algo así. También dicen que ha sido la vicepresidenta del gobierno central la que ha podido hablar con el viceprisidente autonómico, y que este le ha pasado el recado a su jefa. Mientras, el consejero de Sanidad ha ido a lo suyo y ha puesto más áreas sanitarias confinadas (es tenaz e insistente este hombre con lo de confinar por trozos, qué manía). Por lo visto, al final ha llamado nuestra presi para hablar con el presi de todos, pero este ya no se podía poner porque estaba reunido con los ministros redactando, esperemos que esta vez bien, la nueva ley o dictamen, o lo que sea, que establece el estado de alarma.

Ante tanto desencuentro telefónico, yo me pregunto: ¿esta gente no tiene whatsapp? ¿o messenger? ¿o instagram para mandarse un privado? Incluso, TikTok, lo mismo si se enviaran un par de vídeos bailando al son de “Échame a mí la culpa” de Albert Hammond se relajaban un poquito.

 

Día 23 (12 de octubre)

Me siento rara: hoy me he levantado nacionalista, y yo nunca he tenido esas tendencias, debe de ser porque hoy es el día de la fiesta nacional y algo flota en el ambiente. Esto es raro en mí porque siempre he pensado que creerse mejor por ser de un sitio determinado y encima llevar una bandera para jalearlo, era cosa de paletos. Tampoco es que yo me crea ciudadana del mundo, como dicen los antinacionalistas, porque yo mundo conozco más bien poco.

Pero hoy me siento muy de mi pueblo. Estoy exaltada, sobre todo desde que se nos ha encerrado, y como algunos llevamos dos semanas más de acumulación respecto a otros lugares de la ciudad, la cosa está enquistada. Tanto señalarnos como apestados hace piña entre los que nos hemos visto relegados a un gueto, a ese lugar excluyente, pero también exclusivo. Ahora comprendo a los judíos.

Desde hace varios días, he notado cierta complicidad entre mis vecinos, un sentimiento de identidad común. Además, ahora que toda la ciudad está confinada, nos seguimos sintiendo diferentes respecto a otros barrios a pesar de la supuesta homogeneidad que nos da el estado de alarma.

Cuando empezó todo esto, en otros sitios de la ciudad se nos miraba por encima del hombro (la Lomana nos insultó y todo) y ahora, que también les toca a ellos, van de coleguitas. Pues no, ahora ya no vale. Además, este nuevo sentimiento de identidad no puedo compartirlo con otras zonas de Madrid con las que no tengo nada que ver. Ni con virus ni sin él, el barrio de Salamanca y el mío nunca han estado hermanados a pesar de ser colindantes.

Mañana me iré a la asociación vecinal del barrio a proponer un proyecto nacionalista. Debemos tener una bandera, un himno y alguna chorrada más, digo, alguna cosa identificativa y cohesiva que nos convierta en un rebaño, digo, que nos identifique como pueblo. Como hoy es fiesta, nacional, aprovecharé el asueto y pensaré en un plan de acción. Algo se me ocurrirá. 

 

Día 24 (13 de octubre)

Desde el gobierno central dicen que la Comunidad de Madrid no está haciendo nada para combatir la epidemia. ¡Eso no es verdad! Fuentes fidedignas me han informado de que la presidenta acude todos los días a misa.

Yo también estoy rezando mucho.

 




15 de octubre de 2020

Diario de un RE-confinamiento Parte III

 


Día 8 (28 de septiembre)

Hoy he tenido que salir de mi zona restringida para acudir al trabajo. Antes de salir me he esmerado en llevarme todo lo necesario: las llaves del coche, los apuntes y el pendrive con las clases, mi documentación, la mascarilla y, sobre todo, el salvoconducto emitido por la universidad donde trabajo que me permite transitar por la zona libre.

De camino hacia la universidad he visto las luces parpadeantes de un control policial en plena M-30, justo en el lugar más chungo de la pandemia: el Puente de Vallecas. Ahí el tráfico iba muy lento y el atasco tenía casi un kilómetro.

Nada más verlo de lejos he empezado a sudar, y eso que yo estoy acreditada, tengo permiso oficial para salir, pero, aun así, me he puesto muy nerviosa. Me ha entrado taquicardia, sudor frío, he empezado a hiperventilar y hasta se me ha nublado un poco la vista.

En segundos, y según me acercaba al control, me han venido imágenes de películas sobre la Segunda Guerra Mundial cuando los nazis controlaban los guetos judíos y algún policía nervioso con el gatillo fácil se cargaba a alguno por una mirada sospechosa o cualquier otro signo malinterpretado.

Las manos se me han mojado con el sudor y el volante se me ha escurrido de las manos, he estado a punto de colisionar con el automóvil que circulaba en paralelo cuando casi invado el carril de al lado. Me han entrado ganas de llorar.

En pleno ataque de ansiedad, he rebasado el control conteniendo el aliento. No me han parado, y entonces he respirado más tranquila. Creo que lo de no pararme ha sido porque el puesto policial se encontraba en los carriles del sentido opuesto al que yo iba.

No quiero imaginar cómo me lo voy a tomar cuando me encuentre un control en mi misma dirección. Me da que no lo cuento y le van a pedir la documentación a un cadáver.

 

Día 10 (29 de septiembre)

Hoy me he levantado muy contenta, resulta que mi área sanitaria ha conseguido bajar de los mil casos de coronavirus por cien mil habitantes (cuando nos confinaron los superábamos por muy poco). Ahora estamos por los novecientos, que no es ni mucho menos para tirar cohetes, pero que sirve para librarnos del confinamiento este de pacotilla al que nos han relegado las autoridades sanitarias de nuestra comunidad.

La alegría me ha durado menos que una tarta a la puerta de un colegio. Resulta que ahora el tope para confinar o no, está en los quinientos casos, así que volvemos a suspender.

Me siento como cuando en la facultad suspendías con un 4,9 y cuando llegabas al 5, el profesor decía que había cambiado de opinión y que para aprobar era necesario un 7. Mierda.

 

Día 14 (3 de octubre)

Estoy confusa. Ayer confinaron a toda mi ciudad, y como mi barrio ya estaba confinado no me he enterado cuál es mi situación concreta. ¿Estoy confinada dentro del confinamiento ya confinado previamente? ¿Si me salgo de mi barrio me cae una multa y si me salgo de Madrid me caen dos? He querido informarme, pero los medios de comunicación no me han ayudado porque cada uno ha entendido lo que le ha dado la gana y han dicho lo primero que se les ha ocurrido.

Ha llamado a la puerta la vecina de al lado para comentarme un cotilleo y no sabía si dejarla entrar porque somos convivientes o mandarla a su casa porque el rellano era zona fronteriza.

He salido a la calle y no sabía si estaba incumpliendo alguna ley, alguna ordenanza, una orden ministerial o algún (des) acuerdo interterritorial. En mi confusión le he enseñado el salvoconducto para ir a trabajar al segurata del Mercadona, he saludado alzando el brazo y diciendo “Heil, Hitler” a un coche de la policía que estaba en una esquina y no he comprado pan porque en la cola de la panadería había más de seis personas.

He llegado a casa con dolor de cabeza y he querido tomarme la temperatura, pero en lugar del termómetro de infrarrojos, me he equivocado y he cogido la depiladora de luz pulsada y me he quitado media ceja.

Espero que el colapso de los hospitales no se dé en los psiquiátricos porque creo que yo necesito cama en alguno de ellos.

 





8 de octubre de 2020

Diario de un RE-confinamiento Parte II

 

Día 2 (22 de septiembre)

No entiendo por qué me han confinado; yo he seguido las normas a rajatabla y mis vecinos también, creo que ha debido de haber algún error al contar lo casos de infectados porque yo no conozco a nadie de la colonia en la que resido que haya sido contagiado. Los pocos casos de allegados precisamente viven todos en zonas que no han sido castigadas con restricciones. Esto no puede ser.

Además, desde que me he enterado de que no pertenecía (sanitariamente) al barrio del que yo creía formar parte, me ha entrado curiosidad por saber dónde estoy y he ido a mirar qué es la “zona Daroca” donde parece ser que está mi colonia.

He mirado el mapa y resulta que esa zona sanitaria se encuentra en la parte más exterior del barrio de La Elipa, digamos el extrarradio; ahí están las viviendas más separadas y con zonas ajardinadas, mientras que La Elipa propiamente dicha sería como el casco antiguo donde hay calles más estrechas y menos jardines; me temo que hasta en los barrios obreros hay clases (y castas, por mucho que lo nieguen algunos). ¡Qué cosa más rara!

Me he fijado que en mi zona está incluido el cementerio de la Almudena. Y creo que ahí radica la explicación.

El baile de cifras durante estos meses ha sido lamentable. Recuerdo que un lunes dieron un número total de fallecimientos mucho menor que la cifra dada el viernes anterior, por lo que todos llegamos a la feliz conclusión de que había gente que resucitaba.

Por eso yo me planteo si no se habrán hecho otra vez un lío y han incluido a toda la “población” de la Almudena y como decesos por Covid.

He hecho cálculos: en la Almudena hay 5 millones de muertos, la población completa de la zona es 25000, me sale una incidencia de 20 millones de contagios por 100000 habitantes. Normal que nos hayan confinado.

 

Día 4 (24 de septiembre)

No tengo muy claro dónde vivo desde que me enteré de que mi barrio no es el que yo creía, pero la presidenta de mi comunidad autónoma no me lo pone fácil. Hace unos días nos avisó de que el sur de Madrid estaba siendo especialmente castigado por los contagios, y acto seguido se refirió a Alcobendas como uno de los municipios más afectados y ese pueblo se encuentra en el norte de la comunidad.

Me temo que Ayuso ha perdido el norte, y, además, literalmente, porque si se cree que Alcobendas está en el sur… anda muy, pero que muy, desorientada.

También dice nuestra querida presidenta, que el número tan alto de contagios en algunos barrios de Madrid se debe «entre otras cosas, por el modo de vida que tiene nuestra inmigración» (sic).

Es cierto que los inmigrantes suelen vivir en pisos muy pequeños, que son los que abundan en los barrios más humildes y asequibles a su presupuesto, donde, para rentabilizar el coste, se meten dos o tres familias, esto es una realidad. Lo que me tiene mosqueada es que lo dijo como si ese «modo de vida» fuera una elección, como si «nuestra inmigración» viviera hacinada por gusto, porque les encanta compartir un baño de dos metros cuadrados con siete u ocho compañeros de piso, o dormir en un dormitorio de 2x2 metros cuatro personas. Me da que no.

En cualquier caso, esa forma de vivir no tiene nada que ver con la de ella, la presidenta, que cuando se contagió con el virus pasó el aislamiento en un apartamento de dos plantas para ella sola.  Incluso, ni siquiera tiene que ver con mi modo de vivir que resido en un piso más grande y solo con mi marido y mi hija (insisto, incluso en los barrios obreros hay clases, y castas, por mucho que algunos quieran negarlo).

Me gustaría decirle a esa señora cuatro cositas, pero ante la imposibilidad de dirigirme a ella me conformaré con este diario compartido. Señora Ayuso, el hacinamiento no es voluntario, es lo que hay, pero claro, qué sabrá usted, si confunde el norte con el sur.

 

Día 5 (25 de septiembre)

Desde que la presidenta dijo aquello del modo de vida de algunos habitantes, no consigo quitarme de la cabeza la canción de Rosendo, «Maneras de vivir». La tarareo constantemente porque, además, la letra tiene mucha miga, algunas cosas parecen pensadas para la situación actual y eso que Rosendo, habitante de Carabanchel y afectado ahora mismo por las restricciones selectivas y estigmatizantes, la empezó a cantar en 1981 cuando formaba parte del icónico grupo Leño.

Mi amigo Suso Rocanrol, rockero hasta la médula, está en la creencia de que Rosendo es dios, que forma parte de un panteón politeísta donde esos dioses no castigan por nada que hagas a ojos de los demás, tan solo se dedican a dar placer con su música. Como yo no tengo ni idea de rock-and-roll, creeré a mi amigo. En cualquier caso, y viendo que esta canción es muy actual ahora mismo, si Rosendo no es un dios… poco le falta, al menos sí que se le puede considerar, viendo su clarividencia, un profeta.

De todas formas, a base de tararear tanto la canción, poco a poco he ido cambiando la letra adaptándola a mi situación personal, en una especie de mutación ambiental. Me ha quedado esto:

 

No pienses que estoy muy triste

si no me ves sonreír.

Es por culpa del panorama deprimente.

Maneras de vivir.

 

Me sorprendo de la estupidez de la gente.

Y ya no sé qué decir,

¿qué tienen esos incívicos en la mente?

Maneras de vivir.

Maneras de vivir.

 

Voy cruzando el calendario,

todos los días son igual,

escribiendo en mi diario

muchas páginas.

 

Busco dirigentes competentes

y es un esfuerzo baladí.

Debo de ser una demente.

Maneras de vivir.

 

Voy aprendiendo a acostumbrarme,

a conseguir sobrevivir

con unos dirigentes ignorantes.

Maneras de vivir.

Maneras de vivir.

 

Voy cruzando el calendario,

todos los días son igual,

escribiendo en mi diario

muchas páginas.

 





3 de octubre de 2020

Diario de un RE-confinamiento Parte I

 

Ayer, 18 de septiembre, me dispuse a escuchar la comparecencia de los dirigentes de mi comunidad autónoma porque llevaban avisando que iban a tomar medidas para atajar el alarmante número de contagios de Covid-19. Estuve a punto de no hacer caso porque lo de que van a tomar medidas lo llevan diciendo desde mayo y hasta ahora no habían hecho nada, pero como en el fondo soy una ilusa puse la tele a ver qué decían.

La rueda de prensa ya estaba empezada cuando me conecté ―es que la ponían en Telemadrid y me costó encontrar el canal en la tele porque no lo veo desde hace años―. En el momento de unirme el señor vicepresidente nos estaba preguntando a los madrileños qué queríamos ser, si virus o vacuna. Desconcertada por la pregunta, y creyendo que me podía ver y escuchar, levanté la mano y pregunté a mi vez en voz alta: «¿Se puede ser una bacteria? Porque a mí me gustaría ser una Salmonella, ir en un pincho de tortilla que tú te comieras y darte una diarrea que te mantenga sentado en el váter una semana, so capullo.» Pero, por suerte o por desgracia, no me oyó el señor vicepresidente y siguió a lo suyo. Después dijo que lo que estaba haciendo era lo más doloroso que había tenido que hacer nunca a lo que yo repliqué, de nuevo en voz alta: «Eso lo dices porque no me has tenido a mí como Salmonella en tu intestino, que si no, te ibas a enterar de lo que duelen algunos retortijones cuando vas al baño a hacer de vientre.» Pero… tampoco me oyó.

Después habló la presidenta, dijo algo así como que había que evitar el estado de alarma. Siento decirle a esa señora, aunque no me oiga, que no lo ha evitado. Yo estoy en estado de alarma desde que esa mujer nos gobierna; me alarmo, y mucho, cada vez que la veo y oigo. Para empezar, me alarma esa mirada perdida que tiene cuando dirige los ojos al infinito porque me da la sensación de que en esos momentos de desconexión con la realidad está prestando atención a las voces que debe de oír en su cabeza y, lo que es más alarmante aún, que las está haciendo caso a tenor de lo que después dice y hace. A mí esa señora me alarma y me da miedo.

Tras la presidenta habló el consejero de sanidad, dijo que las medidas restrictivas se darían en 37 “áreas básicas de salud”. Con el corazón en un puño me dispuse a escuchar las zonas condenadas, digo afectadas. El tío, con una parsimonia digna de un psicópata, fue diciendo las treinta y siete zonas una a una, cuando iba por la treinta y seis, la mía aún no la había dicho y yo ya me estaba haciendo ilusiones, pero, en el último puesto y como si de un festival de Eurovisión se tratara, ¡zas!, dice: «La Elipa». Mierda.

Me deprimí mucho, pero entonces mi marido, que estaba con su portátil contrastando la información ―es muy pulcro mi chico con las noticias― va y me dice que nosotros no pertenecemos a La Elipa. Flipé, porque yo siempre me he considerado de ese barrio y ahora resultaba que no vivía en él. Parece ser que nosotros estamos en la parte del barrio más nueva y eso ya es otra zona, en concreto la de Daroca. Me puse a pegar saltos de alegría, aunque sería más correcto decir “salto” de alegría porque solo di uno, cuando iba a dar el segundo, mi marido añadió: «La zona de Daroca también está confinada». Mierda.

He estado mirando y los barrios más afectados son los más populares y modestos. En mi indignación y haciendo alarde del espíritu combativo que caracteriza a mi barrio ―o a mi zona, que ahora mismo no sé ni dónde estoy― pensé en convocar para mañana, aprovechando que aún no están vigentes las restricciones, una concentración de los habitantes afectados en las puertas de la Asamblea de Madrid y con una pegatina en la frente donde se vea en qué zona vivimos, para ver si así se acojonan un poco nuestros representantes al ver tanto “foco infeccioso” cerca de ellos; solo por joder. Pero luego caí en la cuenta de que mañana es domingo y los sábados y domingos los políticos no trabajan, o estaría mejor dicho que no trabajan ningún día: los fines de semana simplemente no van allí.

Así que a partir del lunes vuelvo a estar encerrada. Ya iré contando cómo me va y qué pienso. Estas nuevas entregas se llamarán «DIARIO DE UN RECONFINAMIENTO». Aunque no tengo muy claro qué puedo y qué no puedo hacer, de momento, lo que sí voy a hacer es cagarme en . Mierda.

 

Día 1 (21 de septiembre)

Hoy es el primer día de este nuevo confinamiento y no lo he podido empezar peor. He dormido fatal, una pesadilla horrible me ha agitado en sueños.

Soñé que estaba jugando al Juego de la Oca, pero el tablero y las normas eran raras. Las casillas, en lugar de dibujos infantiles, eran escenas de mi vida: el lugar donde trabajo, mi casa, el súper donde hago la compra y cosas así. Las ocas no eran tales sino unos cisnes negros que me recordaron a los del Retiro, que es donde suelo ir a caminar.

En mi sueño iba avanzando por esas casillas tan peculiares, pero caí en la de los dados, y estos también eran muy extraños porque en lugar de números tenían caracteres orientales y un señor, sorprendentemente parecido al presidente de la República Popular de China, los estaba agitando.

Seguí jugando y avanzando en el tablero, pero ahora los personajes de las casillas eran en su mayoría sanitarios y tenían cara de preocupación. Llegué a la casilla del laberinto que estaba dentro del Congreso de los Diputados (ya avisé que el tablero era raro). Me metí dentro del laberinto y me encontré con que, en una bifurcación, había un político plantado diciendo «Es por aquí» pero en el lado opuesto había otro que decía «No, es por aquí»; en otros rincones había diputados que ponían en venta su voto favorable o en contra según quién se lo comprara ―la moneda utilizada no era el euro sino prebendas para sus comunidades autónomas y/o grupos parlamentarios―. Cada vez había más políticos gritando, insultándose entre sí y dando órdenes contradictorias, al final el guirigay era ensordecedor y por más que caminaba no conseguía salir de allí. Creí que me volvía loca.

De repente, me encontré fuera y, dormida, respiré más tranquila, aunque el alivio duró poco porque llegué a la casilla de la cárcel, y en lugar de esperar dos turnos para seguir jugando, me tocó esperar catorce semanas. Al final, salí ―menos mal que en los sueños los tiempos son distintos a la vigilia― y seguí caminando, pero ahora en las casillas los personajes iban con mascarilla, aunque no todos, incluso los había que hacían botellón ―creí reconocer a un chaval de mi barrio asiduo a estas reuniones ilegales en el parque que está al lado de casa―.

Caminando a través del tablero parecía que iba a llegar al final, pero de golpe caí en la casilla de la muerte, solo que en lugar de una calavera estaba la cara de Isabel Díaz Ayuso que, con gesto autoritario y señalándome con el dedo, me mandó a la casilla de salida para empezar de nuevo.

En ese momento me desperté, sudando y con una taquicardia importante. No sé si mi nerviosismo fue por lo de volver a empezar o por ver a la presidenta tan de cerca. Durante unos segundos me calmé porque aquello había sido un mal sueño, pero enseguida caí en la cuenta de que no. Hoy empieza el nuevo confinamiento ―nuevo porque es un confinamiento raro, como la nueva normalidad y, supongo, igual de efectivo que esta―. He retrocedido todas las casillas y encima, ahora, sé lo que me espera; mal empezamos.







30 de septiembre de 2020

Crónicas hercúleas III

      


En nuestra última etapa por tierras andaluzas de aquel fin de semana de diciembre nos fuimos a Antequera. Subiendo por empinadas cuestas llegamos a la parte más antigua y elevada de la ciudad para contemplar un paisaje espectacular: en primer plano y a nuestros pies las viviendas de los antequeranos y al fondo la llamada Peña de los Enamorados que asemeja el perfil de una mujer (algo nariguda para mi gusto).

―Cuenta la leyenda que, durante la Reconquista, un comandante cristiano y la hija de un general musulmán se enamoraron perdidamente ―dijo el guía local―, ante la imposibilidad de su amor por la oposición del padre de ella ―no me quedó claro si la reticencia paterna se debía a cuestiones de religión o de incompatibilidades bélicas por eso de que suegro y yerno combatían en bandos contrarios― los enamorados decidieron despeñarse por el pico que ahora tiene ese nombre en su honor y recuerdo.

Tras oír tan romántica historia nos dirigimos al Arco de los Gigantes. En cuanto oí lo de gigantes pensé en mi amigo Hércules, y no hice mal porque ese nombre también es en su honor. Parece ser que cuando anduvo por la zona no solo se dedicó a romper cosas, también fundó ciudades y Antequera fue una de ellas. Como si mis pensamientos fueran el catalizador para convocarle, la voz de mi héroe favorito susurró en mi oreja.

―Para que luego te quejes de mí. Mira qué maravilla de ciudad hice.

―¡Hércules! ¡Qué alegría volverte a ver! ―exclamé con una amplia sonrisa. A ese grandullón le estaba cogiendo mucho cariño a pesar de sus defectillos.

Él también sonrió e infló el pecho supongo que ufano de ser tan bien recibido, algo que a su desmesurado ego siempre le venía muy bien.

―La verdad es que tienes razón. La ciudad es muy bonita y el entorno espectacular. Fíjate en esa montaña del fondo ―señalé la Peña de los Enamorados con su perfil femenino― es impresionante. Por cierto, tú no tendrás nada que ver con su formación, ¿no? ―añadí suspicaz, ya que mucha de la orografía que me estaba encontrando por la zona tenía su origen en alguna trastada del héroe fortachón.

―No, yo en eso ―hizo un gesto de desagrado― no intervine.

En su tono de voz me pareció percibir cierto desdén y me entró curiosidad, así que decidí tirarle de la lengua picándole.

―Pues mira, no estaría mal que te dedicaras de vez en cuando, y para variar, a hacer cosas chulas como ese perfil de mujer y no a romper montañas y provocar que el agua se salga ―le dije recordando cómo, según él, se había formado el mar Mediterráneo (Crónicas hercúleas II) o cómo se originó el desfiladero de los Gaitanes (Crónicas hercúleas I).

―¿Hacer figuritas te parece bien? ―me respondió con burla―. Y, encima, para homenajear a dos idiotas que se suicidaron por amor ―volvió a burlarse.

―¿Qué tiene de malo? A mí me parece muy romántico que dos enamorados se suiciden ante la imposibilidad de su amor.

―¡Por favor, Kirke! Me estás decepcionando. ¿Dónde está la hechicera que convertía en cerdos a los que le llevaban la contraria?

―Bueno, también me enamoré de Ulises ―le dije algo mosqueada y plenamente consciente de que yo no era la Kirke que él creía, pero me interesaba mantener el engaño en el que él se encontraba.

―Ya, pero cuando se fue de tu isla y te abandonó, no te suicidaste, seguiste con tu vida tan ricamente. Quien no supera un fracaso amoroso, es un patán ―dijo con desprecio.

―No seas tan duro. Pobrecillos ―pensé en aquella pareja a la que las circunstancias les impidieron estar juntos―. En una situación parecida ¿qué habrías hecho tú?

―Escaparme con la chica.

―Ya, pero su padre habría mandado ejércitos en busca de ellos.

―Vale, rectifico. Mato al padre primero y luego me escapo con la chica.

La simplicidad del razonamiento de Hércules era casi infantil, pero tenía que reconocer que el ser tan básico a veces facilita mucho las cosas y hace la vida menos complicada y dramática, por lo menos para los amantes del caso, aunque no para el padre de ella.

Iba a replicarle que su manera de resolver los problemas era demasiado violenta (aunque el suicidio tampoco es una solución dulce precisamente), pero entonces nuestro guía nos dijo que debíamos coger el autocar para ir al Torcal de Antequera, última parada de nuestro viaje. Aturdida por las prisas pues íbamos con poco tiempo no me despedí de Hércules.


El Torcal de Antequera es un paraje natural famoso por las sorprendentes formas que la erosión ha moldeado en las rocas. Las formas sorprendentes más que verlas las intuí porque había una niebla del copón y no se veía un carajo. A quien sí vi perfectamente fue a Hércules: ahí estaba de nuevo esperándome con las manos apoyadas en la cadera y, de golpe, se me quitó el disgusto de no poder contemplar en todo su esplendor el torcal.

―Rocas dignas de un titán ―dijo mirando a su alrededor y con la sonrisita de suficiencia que a mí me ponía de los nervios.

Pensé que, de nuevo, me iba a contar alguna historieta sobre la formación del torcal donde él, cómo no, tendría un papel protagonista, así que decidí adelantarme y contarle yo cómo se formó todo aquello.

―Esto que ves es una formación kárstica, y es el resultado de las reacciones químicas entre el agua y la roca caliza ―mi erudición no se debía a un repentino recordatorio de mis olvidadas clases de geología, sino a que me acababa de leer el folleto explicativo que nos habían entregado en la entrada―. Cuando el agua de la lluvia forma, con el dióxido de carbono del aire, ácido carbónico, este ataca la caliza y la transforma en bicarbonato cálcico que es soluble en agua y que es arrastrado por ella, creando en su trayectoria estas formas tan raras.

Tras mi discurso geoquímico, Hércules se quedó callado, por un momento creí que se había dormido de aburrimiento por mi charla, pero no fue así. Tras esos segundos de silencio, volvió a sonreír y dijo:

―Vaya. El agua, otra vez. Ya estamos con cuentos de viejas.

―Ahora me vas a decir que esto también lo hiciste tú, claro ―le rebatí mosqueada.

―No. Esto no lo hice yo, pero si hubiera querido lo habría hecho.

El grandullón era simpático, pero también insufrible cuando se ponía así.

―Claro, claaaaro. Y… ¿cómo lo habrías hecho exactamente?

―Pues… con las uñas ―me respondió tras tocar una de las rocas―. Esto es muy blando ―añadió tras llevarse entre los dedos parte de la piedra que se había desmenuzado con la presión de sus poderosas manos.

―Qué presumido eres. Será cosa del Olimpo, pero los de allí sois un pelín chulos, perdona que te lo diga ―le dije yo con tono chulesco a mi vez.

―Oye, no me provoques. Además, no presume quien quiere, sino quien puede.

Esto ya era el colmo, cuando se ponía así no lo soportaba. Al final, mi relación con el héroe iba a acabar mal. Decidí callarme para no liarla más, pero él volvió a sonreír.

―Para que veas que no miento, te voy a demostrar que sí puedo hacer algo así ―añadió conciliador.

Entonces, se giró y se inclinó sobre dos rocas. Como me daba la espalda no pude ver qué estaba haciendo, tan solo oía ruido como de arañazos. Tras unos pocos minutos, se irguió y apartándose me mostró lo que había hecho.

―Esto es para ti ―me dijo―. No sé muy bien qué significan estas mujeres, pero me he dado cuenta de que te gustan mucho ―añadió señalando mis pendientes y el broche que llevaba en la chaqueta.

Inconscientemente me los toqué y al tacto recordé que tanto el broche como los pendientes eran figuras que simulaban a las meninas; esas representaciones de los personajes de Velázquez que ahora abundan por doquier y que a mí me encantan pues las colecciono tanto en joyas, en figuritas de adorno o, incluso, en abanicos.

Cuando me fijé en la ofrenda que me hacía Hércules abrí los ojos con asombro: eran dos meninas. Flipé en colores y se me saltaron las lágrimas.


         

Mis meninas hechas por Hércules, ¿a que molan?

―¡Qué! Te has quedado alelada, hechicera. Esto no lo haces tú con tus pócimas, ¿a que no?

Aún impresionada fui incapaz de articular palabra. Hércules se acercó a mí, y me pasó uno de sus enormes y musculosos brazos por los hombros, lo que provocó que me hundiera los pies dos centímetros más en la tierra.

―Yo… esto… no sé qué decir. Es alucinante, pero creía que hacer figuritas no te gustaba.

―Por ser tú, he hecho una excepción. Además, te dije que yo puedo crear una formación kárstica ―dijo lo de ‘kárstica’ con retintín― en cuanto me lo proponga. Ahora, eso sí, yo lo llamaría de otra manera.

―¿Cómo?

―Piedras con formas raras.

Una vez más la simplicidad infantil de mi héroe favorito me hizo sonreír. Me hubiera gustado acariciarle la cara, como se hace con un niño cuando dice algo inocente, pero no lo hice porque su rostro estaba fuera de mi alcance ya que era tan alto que ni poniéndome de puntillas hubiera llegado a tocarlo con la punta de los dedos.

―Muchas gracias, Hércules. Es todo un detalle por tu parte ―miré embelesada «mis» rocas.

―De nada. Ya tienes un recuerdo mío, llévatelo y cuando lo mires podrás acordarte de mí.

―Bueno, lo de llevármelo, va a ser complicado.

―¿Por qué?

―Porque pesan un poquito y el tamaño no es precisamente como para guardarlas en cualquier sitio.

Me imaginé, en el hipotético caso de que hubiera podido arrancar esas dos rocas, intentando meterlas en el autocar primero y en mi casa después.

―Pero yo las he hecho para ti ―dijo Hércules con la frustración de un niño al que le niegan algo.

―Lo siento, no todos somos como tú, ni vivimos en tu misma dimensión.

Viendo la expresión abatida en el grandullón, me sentí como una madre cuando le enseña a su hijo que la vida no siempre nos da lo que queremos.

―Pero, mira, voy a hacer una foto, luego la enmarcaré y la tendré bien visible en mi casa para verla a todas horas y así recordarte ―le dije para animarle―. ¿Qué te parece?

―Vaaale. Está bien. ¿Seguro que la verás a menudo? ―me dijo con el ceño fruncido.

―Seguro. Te lo prometo. Y aunque no la viera, siempre me acordaré de ti ―añadí con un nudo en la garganta.

Hércules vio la tristeza en mi cara y entonces fue él quien me animó.

―De todas formas, nos seguiremos viendo, así que no podrás olvidarte de mí.

―Ya me gustaría, pero es que hoy regreso a casa, me voy de aquí ―abrí los brazos intentando abarcar así la amplia zona por la que nos habíamos estado encontrando.

Mi casa se encontraba en Madrid y allí, que yo supiera, Hércules no había estado haciendo ninguno de sus trabajitos, así que la probabilidad de reencontrarnos era nula.

―No des nada por seguro, Kirke. Los dioses son caprichosos y yo he estado por muchos sitios. Si a eso le añadimos que tú eres una viajera curiosa... No descartes que nos volvamos a ver en algún otro lugar. Que Hermes te acompañe en tu viaje para protegerte hasta tu morada y la vida te sea propicia. ¡Hasta la vista, hechicera!

Hércules me guiñó un ojo y caminando entre rocas sumidas en la niebla desapareció.

Deseé que sus últimas palabras fueran ciertas y me dije que quizás en el futuro sí podríamos reencontrarnos; los seres mitológicos son arrogantes y por eso mismo, impredecibles.  

FIN 

(de momento)







Hada verde:Cursores
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