19 de agosto de 2016

Conquistador

    Después de leer la trilogía de Gengis Khan (El lobo de las estepas, El señor de las flechas, Los huesos de la colinas) y la siguiente novela que relata lo que ocurre tras la muerte de este gran guerrero, El imperio de la plata, me decidí a leer el quinto y último libro de esta fascinante saga.

   Tras la muerte de Gengis el imperio mongol vive años de incertidumbre, Ogedai, su hijo y sucesor, consigue expandir aún más sus dominios y también consolidar un sistema que gobierne tantos y tan dispares territorios, de manera que todo lo conquistado no se pierda.

   Sin embargo Ogedai muere sin dejar establecido quién le debe suceder. Su hijo Guyuk es demasiado joven, por lo que otros nietos de Gengis, con vastos territorios a su cargo, le disputan el khanato. Pero Torogene, la madre de Guyuk y esposa del desaparecido Ogedai, sabe mantener el orden con mano firme y consigue retener el poder para su hijo.

   Pero la vida de un guerrero mongol es peligrosa y mucho más si detenta mucho poder, por lo que las intrigas y las envidias acosan al joven khan. 

   Así nos introducimos en una historia fascinante y llena de acción, donde los nietos de Gengis se disputan el honor de ser khan de khanes. Mongke, Arik Bote, Kublai y algunos más creen ser los más adecuados para gobernar el inmenso imperio que conquistó Gengis Khan.

   Sin embargo la disputa por el gobierno del imperio no es óbice para que las conquistas continúen. En el norte, los territorios de Damasco, Bagdad y las fortalezas de la secta de los Asesinos son arrasados por las hordas mongolas y por el sur, los restos del imperio chino también sufren el acoso de la caballería del khanato.

   Hay muchos personajes, pero el principal y en el que se centra toda la atención es Kublai. Nieto de Gengis, y en la línea sucesoria -si hacemos caso al orden de nacimiento- muy lejos de aspirar a gobernar a todos los mongoles y sus súbditos. Además, Kublai no es un guerrero -una condición indispensable para liderar a los mongoles-, al menos no lo es en un principio. Su abuelo, que había conquistado parte del imperio chino tuvo el acierto de rodearse de algunos eruditos de esta nación y Kublai fue educado por ellos. A los ojos de su hermano mayor y de sus primos es un intelectual que no sirve para nada. Al menos para nada que los mongoles realmente valoren. Sin embargo Kublai comandará un ejército y llegará hasta lo más profundo del sur de China, completando lo que su abuelo inició. Los conocimientos que adquirió a través de sus maestros chinos le servirán para comprender y saber gobernar los nuevos territorios.

   La novela está narrada con la agilidad que caracteriza a Conn Iggulden, y tiene, a partes iguales, intrigas políticas y aventuras. El autor utiliza muy bien los pocos datos históricos que se conservan de aquella época y confecciona una historia creíble y muy bien ambientada. No obstante, al final del libro explica las licencias literarias que se ha tomado, aprovechando la poca información que se tiene de algunos personajes.

   Este quinto libro de la saga relata cómo Kublai llegó al poder y es en ese punto donde termina. Por una vez, y sin que sirva de precedente, el autor ha querido terminar una historia en el punto álgido del protagonista, evitándonos asistir al ocaso -como ocurrió con la historia de Gengis- y desaparición de un personaje fascinante.

   Porque "el tiempo y la edad acaban apagando las llamas más luminosas". La dinastía que inició Kublai en China apenas duró cien años. El esplendor de los mongoles fue efímero y desapareció casi con la misma rapidez con la que se expandió.

"Cualquiera puede cambiar el mundo, pero nadie puede cambiarlo para siempre"





15 de agosto de 2016

Mi nombre



   Tu nombre me sabe a hierba es una canción de Serrat que casi todos los que ya tenemos una edad hemos cantado en algún momento de nuestra vida. De esta balada siempre me llamó la atención el título, es muy musical ─qué menos viniendo de una canción─ pero además me extraña el significado estricto de la frase: ¿los nombres tienen sabor? Por no hablar de a qué sabe la hierba, yo nunca la he probado pero se supone que debe de estar bien, al menos la que nace en el valle, a golpes de sol y de agua.

   Pero el motivo de mi reflexión de hoy no va de hierbas, sino de nombres. Cuando oía a Serrat asociando el sabor de la hierba con el recuerdo de su amada, yo me preguntaba ¿a qué sabrá mi nombre? Nunca lo he sabido, pero lo que sí sé es a qué suena.

   Mi nombre suena a bicho. Porque me llamo Paloma, y ese es el nombre de un pájaro. Puede parecer bonito, pero en realidad ese apelativo me ha traído bastantes problemas. 

   El primer problema surgió el mismo día de mi nacimiento. Cuando mi padre le comunicó a mi abuela burgalesa que había nacido y que me iba a llamar así, ella, cual pitonisa clarividente, sentenció:

─¡¿Le vais a poner el nombre de un pájaro a la niña?! Ay, pobre.

   Me gustaría aclarar que mi abuela se llamaba Nicasia y con ese nombre no creo que fuera la persona más adecuada para criticar cómo se llamaban otros, pero estaba en su derecho y así se lo hizo saber a mi padre.

   Mis progenitores, a pesar de la oposición familiar ─hubo más parientes que no estaban de acuerdo y pensaban igual que mi abuela─ decidieron seguir adelante, y con ese nombre fui bautizada y registrada en el juzgado.

   Cabría puntualizar que el nombre de Paloma es bastante habitual en Madrid, ciudad en la que he nacido. Aunque la patrona oficial de la capital de España es la Virgen de la Almudena, a la Virgen de la Paloma se la considera la patrona popular de los madrileños. Podéis conocer el origen del nombre en el blog de Francisco Moroz  (Por ser la Virgen de la Paloma).


   El caso es que llamarme así me ha reportado bastantes bromas por parte de amigos e incredulidad por parte de algunos desconocidos que no saben de los usos y costumbres madrileños.

   Recuerdo que en una ocasión, en Galicia, me presentaron a unos conocidos de una prima mía. Cuando les dije que me llamaba Paloma se echaron a reír y creyeron que les estaba diciendo mi apodo, les aclaré que ese era mi nombre real y ante la insistencia en no creerme tuve que enseñarles el DNI.

   Las palomas son aves muy dadas a simbolismos. Son el símbolo de la paz, una de ellas fue la emisaria de Dios cuando, con una rama de olivo en el pico, se presentó a Noé, indicándole que la inundación del diluvio se había terminado y que el peligro había desaparecido. 

   También simbolizan la pureza. La representación de palomas blancas junto a vírgenes es muy habitual en obras de pintura y/o escultura. 

   Yo no sé quién se encarga de elegir los símbolos para representar ciertas cosas. Pero el caso es que poner a las palomas como signo de pureza es de lo más desacertado. Porque las palomas son aves de la familia de las colúmbidas y con costumbres muy poco higiénicas, de hecho se las considera ‘las ratas del aire’. Son un reservorio de parásitos y de virus que pueden poner en grave riesgo la salud de quien convive con ellas. 

   A cuenta de esta información diré que en la universidad, en una clase práctica de parasitología, un compañero llevó una paloma para obtener parásitos y era tal la cantidad de bichos que tenía ─por dentro y por fuera─ que nos suministró muestras a toda la clase. El profesor, aludiendo a la capacidad para albergar tanta fauna, dijo: 

─La paloma es muy agradecida. No le hace ascos a nada.

   Todos giraron la cabeza hacia mí y el cachondeo en el laboratorio duró toda la práctica. Aún hoy, antiguos compañeros de promoción, me recuerdan la dichosa frase.

   Mi nombre, además de sonar a bicho, se presta a continuas bromas. Hace tiempo publiqué una entrada sobre el ingeniero Nikola Tesla; indagando sobre su vida averigüé que, en su excentricidad, se enamoró de una paloma. Cuando lo comenté en una reunión con amigos, mi marido dijo: 

─Anda. ¡Igual que yo!

   Mi nombre también fue fruto de desorientación lingüística para mi sobrina. Un día en el parque, siendo ella muy pequeña y paseando con mis suegros, ante un grupo de esas aves que picoteaban en el césped, su abuela le entregó un currusco de pan para que le diera de comer a las palomas. Ella toda solícita cogió el pan y… me lo dio a mí. En otra ocasión, me contaron que la abuela al ver una paloma volando se la señaló al mismo tiempo que decía:

─Mira, S., una paloma.

A lo que mi sobrinita miró al cielo preguntando: 

─¿Está aquí la tía?

   La paloma no solamente es muy simbólica. También es un tema recurrente en muchas canciones.

   Hay una que se llama Se equivocó la paloma. También es de Serrat y pertenece al mismo álbum en el que se encuentra la de la hierba ─álbum que se titula, precisamente, "La paloma"─. El estribillo dice “Se equivocó la paloma, se equivocaba”. Si me hubieran dado un euro cada vez que he tenido que oír tararear ese fragmento cuando fallaba las respuestas en clase ante las preguntas de la profesora, tendría una pequeña fortuna. Yo creo que mis compañeros deseaban que metiera la pata solamente para poder ponerse a cantar el maldito soniquete.

   Siguiendo con las canciones, había otra de Tony Leblanc que se llamaba Paloma, palomita, palomera ─lo pongo en pasado porque creo que ya está descatalogada, gracias a Dios─. De esta prefiero no hablar mucho porque era espantosa, pero podría haber conseguido buenos caudales si también me hubieran dado un euro cada vez que la profesora, cuando me quería reprender por alguna fechoría, se dirigía a mí con esa muletilla.

   En los años 90, Emilio Aragón tuvo un exitazo con una canción llamada Cuidado con Paloma (que me han dicho que es de goma). Él tuvo un éxito de ventas y yo otro motivo de tortura por parte de mis allegados.

  De la canción Cucurrucucú, paloma también podría contar mucho, especialmente con un compañero de la universidad que era mexicano. Le hizo gracia mi nombre y cada vez que nos cruzábamos por los pasillos silbaba esa tonada. ¡Qué martirio, por favor!


   Podría contar muchas más anécdotas/desventuras a cuenta de mi nombre. Si Oscar Wilde escribió “La importancia de llamarse Ernesto” yo podría escribir “El incordio de llamarse Paloma”, pero no me quiero extender. 

   El caso es que hoy es mi santo y en mi ciudad se celebra por todo lo alto la festividad de la Virgen de la Paloma. La verbena que lleva su nombre es muy popular y hasta dio lugar a una zarzuela y todo. Aunque yo la tengo un poco de manía, porque mis padres acudieron a esa verbena pocos días antes de mi nacimiento y creo que fue esa fiesta la responsable de que me llamaran así. 


    Tanto chotis, tanto organillo sonando y el chocolate con churros debieron de afectar seriamente a mis padres y cuando, once días después de la festividad, nací yo, se pusieron castizos y decidieron llamarme como la patrona popular de los madrileños. O como un ave de la familia de las colúmbidas, según se mire.


Kirke  



7 de agosto de 2016

Reto "Tres días, tres citas" II



    Esta es mi segunda entrega del reto literario consistente en plasmar una cita que nos haya gustado al leer un libro.

    Como ya comenté en la primera entrega, suelo apuntar en un cuaderno las frases que me emocionan cuando leo y ya llevo unas cuantas libretas llenas de anotaciones. Me ha sido muy difícil seleccionar una para esta segunda parte. Al final me he decidido por una que expresa muy bien lo que significa leer; una afición que tenemos una servidora y los que por este blog suelen pasar. Está tomada de la novela Misterioso asesinato en casa de Cervantes (si quieres leer la reseña pincha aquí), de Juan Eslava Galán.

"Quien no lee no alcanza conocimientos y quien no alcanza conocimientos pasa por la vida como asno con anteojeras, solo siguiendo el camino que le marca el amo. Por el contrario, el que lee mucho y anda mucho, ve mucho y sabe mucho. Conocer nunca estorba y siempre ayuda."

     Estas palabras las pone el autor en boca de Cervantes cuando defiende el inmenso valor de la lectura. La novela es pura invención, pero a mí no me extrañaría nada que el genial escritor alcalaíno las hubiera dicho en algún momento de su vida. De hecho, parte de la cita es una frase de Don Quijote.

    Hace unas semanas, en una comida de trabajo, surgió el tema de la situación del gobierno -de desgobierno- en España. Cada uno expresaba sus ideas políticas con mayor o menor acierto y defendía a sus representantes parlamentarios. Tengo que reseñar -y sé que no soy imparcial a la hora de valorar estos comportamientos- que los más extremistas argumentaban su postura de manera muy pobre, cayendo en constantes contradicciones. Y cuando digo extremistas, me refiero a aquellos que magnifican los errores del contrario mientras no ven, o disculpan, los de los suyos. Es ese sector del grupo vi una ausencia total de autocrítica, algo que los más moderados sí tenían.

   Curiosamente estos tertulianos, además de votar al mismo partido, tenían un elemento común: ninguno era aficionado a leer. Fue entonces cuando me vino a la mente la cita que más arriba he copiado. Sin conocimientos no podemos separar la paja del grano y es mucho más fácil ser engañados. Así ocurre luego: corruptos, ladrones, nepotistas y prevaricadores, se presentan para representar al pueblo, son votados y elegidos para gobernar.

   La ignorancia nos convierte en asnos con anteojeras y nos hace seguir el camino que nos marca el amo. Yo, dentro de mis limitaciones, intento quitarme las anteojeras leyendo mucho y procuro seguir mi propio camino, no el que me marcan otros. O, al menos, intento que no me engañen demasiado.




    Ahora debería nominar otros tres blogs. En la primera parte de este maravilloso reto ya di muestras de no seguir a rajatabla las normas. Aquí voy a hacer algo parecido. No voy a nominar a nadie. No por rebeldía, sino por sentido común. Resulta que, además de saltarme las normas, soy muy lenta y he tardado mucho en seguir el reto, lo que ha provocado que casi todos mis posibles nominados ya han sido retados por otros blogueros y no tendría sentido volver a repetir, además podríamos entrar en un interminable bucle.

   De todas formas, si alguno no fue nombrado y le apetece participar en este original reto que se anime y nos haga disfrutar con las citas literarias que más le han gustado.



    

5 de agosto de 2016

El rojo en el azul

    Javier Goyena es un comunista que en 1938, durante la Guerra Civil española, trabaja como intendente en un hospital de Murcia. Su actitud derrotista ante el desarrollo de la guerra le obliga a alistarse para participar activamente en el frente. Interviene en la Batalla del Ebro y allí, una vez consumada la derrota del bando republicano, se viste con el uniforme de un requeté haciendo creer que pertenece al bando ganador.

    Esta pantomima dura tres años. La farsa es creíble hasta para él, pues sufre una amnesia debido a un obús que, oportunamente, estalla cuando llegan a rescatarlo.

   Sin embargo su falsa identidad es descubierta por los servicios secretos falangistas y le obligan a trabajar como agente doble. Para ello se incorpora a la División Azul y se va a luchar a los gélidos parajes rusos. Allí tendrá que infiltrarse en las filas soviéticas y recuperar un objeto muy querido por Franco y que le fue sustraído. Para no destripar el argumento no diré de qué objeto se trata, pero añadiré que esa pieza también es codiciada por Hitler, un coleccionista compulsivo de reliquias.  

   Es así como se desarrolla un thriller trepidante, lleno de espías que persiguen a otros espías, que trabajan para diferentes facciones falangistas y donde todos vigilan y controlan al agente doble infiltrado a la fuerza. Un agente que no está preparado para acometer la empresa asignada pero que es vigilado por gente adiestrada en esos menesteres y que, a mi entender, serían los más idóneos para llevar a buen puerto la misión encomendada.

    Quizás, todo esto ha sido una percepción mía particular, porque a medida que se desarrollaba la novela iba alucinando más. El argumento podía haber sido muy entretenido si el objetivo (objeto) de la misión no hubiera sido tan delirante, absurdo y poco creíble. De hecho, la probabilidad de culminar con éxito una misión tan descabellada es muy baja y el autor solventa esta situación con lo que el protagonista da en llamar "golpes de suerte". Lo que la estadística establece como imposible, se hace realidad gracias a la fortuna, que pone a nuestro agente rojo-azul la solución al alcance de la mano. El desenlace es tan increíble como el planteamiento inicial, en esto el autor es fiel a sus pautas.

    Desde luego yo no tuve la misma potra que el protagonista a la hora de decidir leer esta novela.

    De telón de fondo se hace una dura crítica a la guerra en general y a la guerra civil en particular. Se incide mucho en la sinrazón de una guerra fratricida, donde todos cometieron desmanes, aunque me ha parecido ver cierta insistencia en los cometidos por uno de los bandos, mientras que los del otro -insinuados de forma muy tenue- son la lógica reacción a los abusos de los primeros.

   En cualquier caso, cualquier exceso proveniente de los republicanos o de los rebeldes/nacionales es atemperado cuando se compara con las atrocidades de los soviéticos y de los nazis. Será cosa del clima.

   Moraleja: los españoles podemos ser crueles, pero por ahí fuera son peores.  Como en casa, en ningún sitio.






  

1 de agosto de 2016

Pablo Neruda


    En este mes de agosto el poeta elegido para Poemas y Cantares es Pablo Neruda.

   Este poeta en realidad se llamó Ricardo Eliécer Neftalí Reyes Basoalto, Pablo Neruda es un pseudónimo. 

   Ricardo/Pablo nació el 12 de julio de 1904 en Parral (Chile). Su padre, José del Carmen Reyes, fue un obrero ferroviario y su madre, Rosa Neftalí Basoalto, era maestra de escuela. Cuando Ricardo/Pablo tenía un mes de edad, su madre falleció de tuberculosis. A los dos años su padre se volvió a casar.

   Con diecisiete años cambia su nombre real por el de Pablo Neruda. Parece ser que el motivo fue no avergonzar a su padre por tener un hijo poeta. El origen del nombre no está tan claro. Unos opinan que fue un homenaje al escritor checo Jan Neruda y otros piensan que se debe a un personaje aludido en la obra de Conan Doyle, 'Estudio en escarlata', cuando Sherlock Holmes decide ir a escuchar un concierto de una violinista llamada Norman-Neruda.

   En 1930 se casa con Maruca, tienen una hija cuatro años después, pero esta fallece con ocho años debido a una hidrocefalia. Neruda se separó de su mujer y se llegó a casar otras dos veces más.

   Cuando estalla la Guerra Civil en España, queda conmocionado. Además, el asesinato de su amigo Federico García Lorca le afecta especialmente y es entonces cuando se implica mucho con el movimiento republicano. De esta situación y de estos sentimientos nació el poemario España en el corazón.

   En Chile participa en la vida política, llega a ser senador. Cuando, en 1946, accede al poder una coalición de radicales presidida por Gabriel González Videla, se desata la represión. Un conflicto minero que se salda con varios muertos hace protestar vehementemente en el Senado al poeta y esto le coloca en el punto de mira.

   En 1948 se prohíbe el Partido Comunista y el enfrentamiento de Neruda con el presidente del país es tan enconado que el gobierno decide detener al senador. Neruda acaba exilándose.

   Recala en París donde goza de la protección de varios amigos, entre los que se encuentra Picasso. En 1952 regresa a Chile tras saber que ya no es perseguido. En 1971 recibe el Premio Nobel. Cuando le comentaron que el rey sueco, al saludar a todos los premiados, retuvo más tiempo, y con más simpatía, la mano del chileno, este contestó que fue “una reminiscencia de la antigua gentileza palaciega hacia los juglares”.

    El 11 de septiembre de 1973 un golpe militar derroca –y asesina–  al presidente electo Salvador Allende. El día 19 de ese mismo mes, el poeta ingresa en un hospital de Santiago donde fallece cuatro días después por un cáncer de próstata. Tenía 69 años. 

   Su casa fue saqueada y sus libros quemados por los seguidores del golpista Pinochet. A su funeral acudieron muchos personajes perseguidos por el nuevo régimen, muchos de los cuales acabaron convirtiéndose en “desaparecidos”.

   En 2011 se publican unas declaraciones del que fuera asistente del poeta cuando falleció. El asistente afirma que Neruda había sido asesinado en el hospital al administrarle una inyección letal. Se inicia una investigación, se exhuman los restos del poeta y en 2013 un juez descarta el envenenamiento. Sin embargo, tras una apelación, en 2015 se redacta un informe donde se concluye que, muy posiblemente, Neruda murió por una inyección recibida y ‘de origen desconocido’.

    Muchos son los poemas que me gustan de Neruda, pero he elegido uno que me llama la atención por el recuerdo del amor que se acabó y que sigue evocándose. Es el último poema de “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Escribir, por ejemplo: " La noche está estrellada,  
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos". 
El viento de la noche gira en el cielo y canta. 
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.  
Yo la quise, y a veces ella también me quiso. 
En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.  
La besé tantas veces bajo el cielo infinito. 
Ella me quiso, a veces yo también la quería.  
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. 
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.  
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. 
Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.  
Y el verso cae al alma como pasto el rocío. 
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.  
La noche está estrellada y ella no está conmigo. 
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.  
Mi alma no se contenta con haberla perdido. 
Como para acercarla mi mirada la busca.  
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. 
La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.  
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. 
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.  
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. 
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.  
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. 
Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.  
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. 
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,  
mi alma no se contenta con haberla perdido. 
Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,  
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. 

Pablo Neruda (1904-1973)

     Siempre que un amor se va ─porque nos deja, porque lo dejamos nosotros, porque se acaba simplemente─ deja un poso, unas cenizas que sin previo aviso se nos aparecen en la mente, en el recuerdo y que nos rememoran los momentos felices vividos. 

     No es nada más ─ni nada menos─ que la añoranza de la pérdida; perder por el camino instantes de felicidad nos deja heridos y a algunos, como Neruda, les hace escribir unos preciosos versos.




Hada verde:Cursores
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