24 de febrero de 2016

Pólvora negra

   El 31 de mayo de 1906 Alfonso XIII se casa con Victoria Eugenia de Battenberg en la Iglesia de los Jerónimos de Madrid. Durante el desfile nupcial y cuando pasan por la calle Mayor a la altura del número 88 -actualmente número 84-, la comitiva sufre un atentado cuando Mateo Morral desde un balcón lanza una bomba camuflada en un ramo de flores. El atentado causó 27 muertos entre los que no se encontraba el rey, objetivo del asesino.

   La novela se desarrolla tomando este suceso como punto de partida y de llegada. Con saltos hacia delante y hacia atrás en el tiempo el lector va adquiriendo la información de cómo se gestó el atentado y cómo acabaron las pesquisas en busca del autor. 

   Con un estilo narrativo muy peculiar, Montero Glez –seudónimo de Roberto Montero González– cuenta de manera chulesca y con cierta sordidez todo lo acontecido antes y después del atentado fallido contra Alfonso XIII el día de su boda. 

   La descripción del Madrid más castizo es estupenda. Desde el café Candela –un sitio por lo fino que habían puesto al principio de la calle Alcalá– hasta los merenderos de Cuatro Caminos el lector pasea por las zonas más populares de la capital. El autor, como si fuera un chulapo más, cuenta cosas como ésta a raíz de un frenazo que da el conductor de un tranvía: 

Los viajeros, proclives al trazo grueso, empezaron a hacer juegos florales con la madre del conductor. El pueblo llano, insolente y agresivo a la hora de poner como chupa de dómine al prójimo, se echaba por la boca a toda la parentela del conductor sin pasar por alto a sus muertos más frescos. Y es que cuando se trata del insulto y la ofensa no hay idioma en el mundo con más chispa.”

Inmueble desde el que se lanzó la bomba
   El desfile de pintorescos personajes es muy divertido. Entre las páginas del libro conocemos a la Chelo –una pizpireta y castiza camarera–, su novio el ‘Ulogio’, el teniente Beltrán –un policía violento y corrupto encargado de atrapar al autor del atentado–, Isidro Ibarra –un conductor de tranvías y anarquista–, Pepe Cuesta –el dueño de la fonda desde donde se lanzó la bomba– o Juan Montseny  –columnista agitador de masas y conciencias–.


   Además se hace un picante repaso a la mayoría de los componentes de la Familia Real, haciendo especial hincapié en las tías del rey, a las que tilda de casquivanas y muy activas en cuanto al sexo se refiere, mencionando ya de paso que tenían a quien parecerse, es decir, a su madre, la reina Isabel II –célebre por su promiscuidad–. El origen bastardo del rey Alfonso XII también se comenta y se barajan dos posibles paternidades. Como si estuviéramos en un patio de vecinos vamos enterándonos de todos los chismes que corren sobre la parentela de Alfonso XIII.

   Los políticos de aquella época tienen su momento de gloria en la novela. Y, al igual que ocurre con la familia del monarca, no se salva ni uno. Sólo un par de ejemplos: a Primo de Rivera se le cuestiona cómo ganó en Melilla la Cruz Laureada de San Fernando y al conde de Romanones –ministro de Gobernación en aquel momento– se le tacha de poco ético pues su catadura moral era igual a la de los churros; se dejaba dorar en todos los aceites

Mateo Morral
   Por supuesto, entre todos estos personajes impera Mateo Morral, el anarquista que lanzó la bomba. Su deambular antes y después del atentado se relata minuciosamente. Incluso se relata su participación en otro atentado anterior contra Alfonso XIII, aquella vez en París y, al igual que el de Madrid, fallido.

   Porque de telón de fondo está la situación política donde el anarquismo cobra fuerza y pone contra las cuerdas a los inestables y efímeros gobiernos que se dan en las últimas décadas del siglo XIX. Los anarquistas cuentan entre sus logros el asesinato de Cánovas del Castillo y el atentado en Barcelona durante la procesión del Corpus que provocó 12 muertos. En 1912 se apuntarían otro tanto al asesinar a Canalejas. A este respecto se hace una interesante reflexión cuando Mateo conversa con uno de sus mentores y se menciona la utilización de bombas como forma de lucha: “No se puede estar en contra de la explotación del ser humano en el trabajo y luego estar por poner bombas que explotan a la gente”.

   De la obra de este escritor se dice que tiene influencias del esperpento de Valle-Inclán y del realismo sucio de Bukowsky. Desde luego esperpénticas y sucias son muchas de las escenas que describe, sobre todo cuando el teniente Beltrán se adentra en los círculos más sórdidos del Madrid proletario y donde, con total impunidad, el policía muestra su faceta más salvaje para arrancar a golpe de culata la información que busca. En algunos momentos la narración se vuelve bronca y árida, como si las bombas que se lanzan no solo estuvieran compuestas de pólvora sino también de resquemor, enfado e impotencia.

   El propio autor en los agradecimientos cita a Arturo Pérez-Reverte que “le ayudó con la pólvora, la nitroglicerina y la mala leche necesaria para que esta novela estuviese documentada al dedillo”. Fue galardonada con el Premio Azorín de Novela en el 2008.

   Un documento completo de un atentado que de haber tenido éxito habría cambiado el rumbo de nuestra Historia de manera radical. O quizás no. Quién sabe.

 “Pólvora negra” más que una novela es "una zarzuela sangrienta que sirve para engordar la morcilla rancia de la Historia de España".

Kirke  



21 de febrero de 2016

Cumpleaños, bautizos y celebraciones


   Mi abuela nunca supo qué día nació exactamente. Fue en el mes de diciembre y había nevado mucho. Tanto que mi bisabuelo no pudo desplazarse hasta el ayuntamiento para registrarla  y por tanto el registro se realizó bastantes días después. La bautizaron un 14 de diciembre y ese es el día que consta como de su nacimiento también.

   ¿Por qué os hablo de esto? pues porque yo tampoco sé con seguridad cuándo nació mi blog. La primera entrada fue el 26 de abril de 2013, pero empecé a escribir en el blog como un ejercicio de entrenamiento en el mundo de la blogosfera y aquello más que un comienzo fue un débil experimento. De hecho, las primeras entradas eran muy escuetas pues en realidad eran la copia de los comentarios que vertía en una web –aNobii- donde sucintamente los usuarios colgábamos la opinión que nos merecía un libro nada más terminarlo.

   Por eso, y porque no sabía que un blog celebra su cumpleaños, nunca he conmemorado el nacimiento del mío. 

   Lo que sí sé es cuándo fue bautizado: el día que Francisco Moroz me concedió el primer premio, el 21 de febrero de 2015. Un mes antes ya empezó a visitar el blog y fue dejando algún que otro comentario, pero ese 21 de febrero me premió con el Black Wolf Blogger Award.

Premio condedido por Francisco Moroz el 21 de febrero de 2015

   Aquel día fue el verdadero inicio de esta aventura bloguera. Ese día se abrieron, en este blog, las puertas de par en par de la mano de quien desde entonces he dado en llamar mi padrino bloguero. Gracias, Francisco, sabes que mi deuda contigo es impagable.

   Con aquél primer premio comenzó todo. Amigos de Francisco llegaron a mi blog, dejaron comentarios y yo, a mi vez, conocí a otros blogueros. De esta manera se inició un ciclo de intercambio que supuso una auténtica conmoción para mí.

   Por eso tomo esa fecha como el día de cumple-blog o de bautizo-blog.


   Al principio, y quizás imbuida por otros foros, quería tener un gran número de seguidores y también muchas visitas. Todos los días acudía a mis datos de “Estadísticas” a ver qué tal se estaba dando. Los resultados eran poco alentadores, pero yo seguía vertiendo mis opiniones sobre libros con la convicción de que eran tres amigos los que me estaban leyendo, amigos que me daban su opinión delante de unas copas cuando nos veíamos cara a cara.

   En aquellos tímidos inicios comenzaron a dejar sus impresiones otros blogueros que también estaban empezando y en una perfecta simbiosis nos ayudábamos mutuamente –ayuda que hoy aún se da-. En este grupo, y sin desmerecer a nadie, hay una reseñista con la que me unen vínculos especiales por estos motivos y por tener muchas cosas en común. Tanto nos parecemos en algunos aspectos que hasta nos confunden el nombre; para los que aún no se aclaren recalcaré que yo no me llamo Rosa. 

      Con el tiempo el círculo se ha ido agrandando hasta llegar a conocer a más gente maravillosa, y de diferentes partes del planeta, con la que comparto algo más que impresiones de literatura.


   Tanta es la riqueza que he adquirido gracias a esta experiencia que yo misma he ido ampliando el radio de acción del blog. No sólo comento libros, de vez en cuando escribo sobre experiencias vividas en el trabajo, en el quehacer diario o en los pocos viajes que realizo (Las cosas de Kirke).

   El empuje recibido es tal que hasta con la poesía me atrevo (Poemas y Cantares) o con científicos locos (Demencia, la madre de la Ciencia).

   Además he tenido tanta suerte que colaboro con otra maravillosa bloguera, Chelo, reseñando libros en los que se basaron películas (Alalimón) y esta experiencia de conjugar esfuerzos además de reportarme diversión me ha regalado una excelente amiga virtual.

   En este cúmulo de nuevas experiencias hice una tímida incursión en escribir relatos de ficción, aunque esta faceta anda un poco aletargada por timidez y cobardía.

   Desde mi “bautismo” el número de seguidores ha aumentado e igualmente las visitas aunque siguen estando muy lejos de otros blogs famosos. Pero en esta andadura he aprendido también a separar el grano de la paja; tengo pocos seguidores pero sé que son buenos y selectos. Quizás el número de comentarios en las entradas no es muy elevado pero todos y cada uno de estos comentarios sé que están hechos con cuidado y detenimiento, fundamentados y sentidos. La calidad sustituye a la cantidad. 

Imagen creada por Francisco Moroz
    Y aquí estoy, celebrando con todos vosotros la enorme alegría que ha supuesto conoceros, compartir tan buenas experiencias e incluso algunas malas cuando nuestros comentarios no han sido del agrado de algunos visitantes. 

   Quiero celebrar con vosotros la alegría que supone saber que te leen y que esa lectura merece emplear un tiempo, siempre precioso, para dejar un comentario. Quiero celebrar lo mucho que aprendo de esos comentarios y lo agradecida que me siento por vuestra dedicación.


   Me gustaría nombraros a todos y cada uno de los que, con paciencia infinita y admirable fidelidad, me seguís asiduamente. Mi despiste congénito me impide hacerlo por no dejar a nadie en el tintero y crear malentendidos. Sé que os dais por aludidos todos los que gustáis de pasar por aquí y a vosotros están dedicadas estas palabras de agradecimiento.


   También quiero aprovechar para pedir disculpas si no os dedico la atención que merecéis en vuestros blogs porque sois tan prolíficos y creativos que, a veces, me es muy difícil seguir vuestro ritmo. En cualquier caso sabed que os leo siempre y que araño tiempo de donde haga falta para poder estar al día con vuestros escritos aunque en ocasiones no deje constancia de ello. Prometo enmendarme y poner remedio a esto; estoy pensando en reducir drásticamente mis horas de sueño.

  He estado pensando cómo plasmar mi gratitud y he querido dejar un regalo: la foto de la estilográfica con la que he escrito a mano algunas de las cosas que luego vierto en este blog.

   En "Memorias de África" Denys Finch Hatton (Robert Redford) le regala a Karen Blixen (Meryl Streep) una pluma para que escriba los cuentos que se inventa y relata a sus amigos. Bien, yo os regalo a todos esta pluma para que sigáis escribiendo: relatos, poesías, reseñas, comentarios y todo lo que se os antoje porque disfruto mucho con vuestras ideas y necesito de vuestra creatividad para alimentar mi mente.


Esta pluma fue un regalo de mi esposo "para que escriba todas esas cosas que se me ocurren"


   Que esta pluma represente el vehículo para comunicarnos y que el año que viene podamos reunirnos otra vez para celebrar la inmensa alegría de haberos conocido.

Kirke  



19 de febrero de 2016

El general maldito

    Corre el año 70 dC y Tito, el hijo del emperador Vespasiano, está en Judea asediando Jerusalén. Tras la caída de la ciudad uno de sus generales, Marco Grato, asustado por la maldición que uno de los rebeldes le lanza antes de morir ajusticiado, se va a Jericó. En el camino el general sufre una emboscada donde todos sus hombres mueren, a él también se le supone muerto aunque su cadáver no se encuentra entre todos los demás.

   A los pocos meses aparece en Jerusalén pero sin recordar nada de su pasado. Regresa a Roma para que se recupere. Sin embargo, algo ha cambiado en él, su comportamiento -cruel y despiadado- no es igual y determinadas actitudes y aptitudes -es amable con los esclavos y ahora es zurdo- levantan el recelo entre los que le conocen, incluida su propia esposa.

   Con este prometedor inicio la novela se presenta intrigante y llena de suspense. Poco a poco nos enteramos de la vida pasada del general amnésico. Poco a poco los hechos pasados y los presentes explican el porqué de algunas situaciones, pero siempre rodeados de cierto halo misterioso que hace pensar en espíritus y venganzas pendientes.

   Con un ritmo irregular -el inicio y el final son trepidantes mientras que entre medias la historia se desarrolla algo lenta- el autor nos mantiene intrigados continuamente, dando pequeñas pistas que nos pueden hacer deducir qué le pasa al maldito general, aunque el final es sorprendente y, para mí, algo rocambolesco pero imprevisto al fin y al cabo.

   Como suele ser habitual en 'novelas de romanos' se utilizan con demasiada profusión términos latinos para designar elementos que tienen traducción en nuestro idioma. Esto es algo que siempre me llama la atención y que me molesta sobremanera. En esta novela incluso en un momento concreto de la trama se plasma un diálogo completo en latín, algo que además de romper el ritmo de lectura no tiene sentido pues en latín se supone que hablan prácticamente todos los personajes -exceptuando los judíos cuando en Judea aparecen- y no sé a qué viene poner ese diálogo en concreto en el idioma originario. Si lo que se pretende es demostrar que el autor domina esa lengua muerta que lo ponga en el currículum al final del libro y que no maree al lector (al menos a los que somos de ciencias y el latín lo tenemos completamente olvidado).

   Al final de tanto misterio y con todos y cada uno de los enigmas resueltos se respira cierto tono dogmático. Al menos a mí me ha parecido ver una moraleja o mensaje final donde se puede concluir que siempre hay una posibilidad de redención, de reparar el daño hecho y que en el último momento un ser, por muy depravado que haya sido toda su vida, puede rectificar y arrepentirse. Puede ser esta una conclusión muy particular mía pero aquí pongo una frase que aparece en boca de uno de los personajes y que a mí me resultó prueba evidente de lo que comento:

"Arrepiéntete de todo el amor que no hayas dado" 

   Con todo y con esto la novela está muy bien escrita, los diálogos son ágiles y creíbles y, aunque al final creo que baja un poco el nivel, la lectura es muy agradable. El suspense se mantiene hasta las últimas páginas y eso hace que el lector esté ávido de saber qué le ocurrió realmente, en la lejana Judea, al general maldito.

Kirke 



16 de febrero de 2016

Lost in Atenas (Segunda Parte)

Lost in Atenas (Segunda parte)
Do you speak English?


   El hotel estaba muy cerca del barrio de la Plaka. De camino a ese sitio -el único que parecía con actividad por la zona- mi marido, que puede ser muy insistente cuando un tema le obsesiona, les preguntó a los asturianos si sabían hablar griego, o inglés en su defecto, a lo que éstos contestaron que sólo sabían español y un poco de bable pero que éste último sólo lo hablaban en la intimidad. 

   Nada más llegar a la Plaka nos salió al paso un señor hablando en lo que me pareció inglés, al ver que nosotros no reaccionábamos se nos quedó mirando más fijamente y de pronto exclamó: “¡Españoles! ¡Viva España! ¡Hola!” a la vez que nos hacía ademán de invitarnos a entrar en el restaurante cuya puerta estaba detrás de él. Todos nos quedamos atónitos, especialmente mi marido, y aún aturdidos por el recibimiento seguimos andando por la calle. Como diez pasos más adelante se nos presentó una mujer con actitudes y palabras muy parecidas a las del primer personaje. La estupefacción fue en aumento. Cuando en un tramo de cien metros ya nos había pasado lo mismo con otras tres personas más -todas invitándonos a entrar en sus respectivos locales- ya ni nos parábamos a escuchar. 

   Al final terminamos en un local muy acogedor con manteles a cuadros rojos y blancos donde nuestros nuevos amigos cenaron unos bistecs y nosotros nos tomamos un café. El pedir estos alimentos se hizo por el simple método de señalar, los filetes en la foto que había en el cartel del menú y los cafés apuntando con el dedo índice la cafetera que había detrás de la barra (el que nos los pusieran solos, que es como los queríamos, supongo que fue o pura casualidad o porque no hicimos ningún gesto más). 

   Después de departir un rato y relajarnos -mi marido no demasiado- pagamos. Este último procedimiento lo conseguimos haciendo el gesto universal de menear la mano como si estuviéramos escribiendo y luego mirar la cantidad que ponía en la factura (el alfabeto griego no es igual al nuestro pero los números sí). 

   Con este relato minucioso de nuestra primera consumición en Grecia quiero constatar que en todo el proceso no necesitamos apenas hablar o al menos hacerlo en griego.

   Al día siguiente y paseando por las bulliciosas calles de esa zona decidimos sentarnos en una de las múltiples terrazas que tienen las “tabepna” y cuando quisimos pedir cerveza lo hicimos en inglés, “beer”, pero el camarero lo repitió en griego, 'býra'. Esa fue la primera palabra que aprendimos del griego y que mi marido mejor registró. Más adelante, y esta vez con el guía del Peloponeso, aprendimos a decir ‘kaliméra’ (buenos días), ‘kalinijta’ (buenas noches), ‘efjaristó’ (gracias), 'paracaló' (por favor); no sé si todavía recuerda mi esposo estas expresiones pero cómo se dice ‘cerveza’ no se le ha olvidado aún. Cuando uno le pone interés….

   Después de tan satisfactoria experiencia decidimos acudir a ese maravilloso barrio para comer y beber pues además allí muchos de los dependientes de los establecimientos hablaban correctamente el español. 

   Recuerdo que vi en una joyería un colgante precioso de una lechuza -el símbolo de Palas Atenea- y entramos para preguntar su precio -previamente mi chico había intentado, en vano, disuadirme pues le parecía muy complicado hacerse entender en un establecimiento de esas características- y mientras yo pensaba en qué idioma dirigirme -si en mi inglés chapucero o en un francés pasable- la dependienta nos salió al paso diciendo en un perfecto español: “Buenos días, ¿en qué puedo ayudarles?” por lo que la compra se realizó sin ningún problema. Al final, e intrigada por la perfecta dicción de la empleada que nos atendió, le pregunté de dónde era a lo que me contestó que de Atenas. Yo creo que me engañó; esa señora era de Burgos o Valladolid, conozco a muchos españoles que hablan peor nuestro idioma que esa mujer.

   Pero en Atenas no todo es comer y beber. Yo también quería conocer la Acrópolis y para nuestra desgracia no se encontraba ubicada en la Plaka así que había que hacer acopio de valor y aventurarnos. Llegar no fue complicado porque como está en una colina se ve desde todos los sitios y una vez allí al comprar la entrada puedes elegir guía en español. Sólo hay que tener cuidado porque suele haber mucha gente y si se es tremendamente despistado -como es mi caso- puedes equivocarte de grupo y ponerte con los austriacos, con lo que no te enteras de nada. Menos mal que para eso ya está mi marido que me cuida y sorprendido de que estuviera atendiendo a las explicaciones de un señor que hablaba en alemán me preguntó que por qué no iba con el guía que hablaba español; me hice la interesante y cosmopolita pero en realidad me estaba preguntando dónde habría aprendido español el guía ése porque no se le entendía nada.


   No quiero extenderme más, sólo añadiré que nos perdimos varias veces por la ciudad y al final acabábamos llegando a nuestro destino. Mi marido, que empezó temeroso, a partir del tercer día era el que capitaneaba las excursiones plano en mano y, además, también desarrolló un especial sentido de la orientación para ubicar las “tabepna” donde ponían las “býra” más fresquitas. Cuando uno le pone interés…


τέλος
(Fin)

Kirke  


14 de febrero de 2016

Lost in Atenas (Primera Parte)

Lost in Atenas (Primera Parte)
Do you speak English?


   Ayer anuncié que iba a contar mis desventuras debidas a mi poco conocimiento de los idiomas. No sabía qué regla seguir para elegir el orden de mis (pocos) viajes, si empezar por el viaje más antiguo o por el más reciente. 

    He decidido empezar por el viaje más peligroso: cuando fui a Grecia. 

   En aquel viaje mi vida en ningún momento corrió peligro, el que estuvo en grave riesgo fue mi matrimonio.

   Desde adolescente siempre tuve en mente conocer Italia y Grecia, por lo del arte clásico. No sé muy bien de dónde me viene esta atracción porque soy de ciencias pero lo clásico siempre me ha gustado. A Italia viajé con unas amigas estando soltera pero Grecia quedó pendiente, al final la panda se disgregó y el viaje nunca se realizó. Recién casada y ya sabiendo que con las antiguas amigas ese viaje no se haría decidí proponérselo a mi flamante y recién estrenado marido.

   Ya sólo el plantear el viaje supuso un enfrentamiento conyugal. Recuerdo que estábamos cenando en un restaurante y el diálogo más o menos fue así:

YO: ¿Qué te parece si este verano nos vamos a Grecia?
ÉL: (Con los ojos como platos) ¿A dóndeee?
YO: (Interpretando erróneamente su cara de extrañeza y creyendo que el bullicio de los otros comensales le había impedido oírme bien le contesto alzando la voz y vocalizando mucho más) ¡A Gre-cia!
ÉL: (Con los ojos como platos) ¡¿A Greeciaaa?!
YO: (Viendo que la cara de estupefacción no le abandonaba y descartada ya la teoría de la mala acústica pienso que ‘Grecia’ es también el nombre de algún planeta de una galaxia muy, muy lejana por lo que me apresuro a puntualizar) Sí, a Grecia, el país donde nacieron Aristóteles, Sócrates y Demis Roussos(*).
ÉL: (Descartando pararse a explicarme que me había entendido perfectamente desde el principio y yendo al grano con lo que le preocupa) ¿Pero tú sabes hablar griego?

   Ahí me pilló. Ya he dicho que soy de ciencias y sólo estudié en un curso un poco de latín pero el griego ni lo toqué. Aunque tampoco es que me hubiera servido de mucho el estudiarlo porque lo que te enseñan en el bachillerato es griego clásico y no es igual que el que se habla en la actualidad. El caso es que no sé ni griego clásico ni moderno. Pero yo no me amilano fácilmente y aún tenía muchas balas en la recámara.

YO: Hombre, no sé hablar griego pero me imagino que al 90% de los turistas que visitan Grecia les pasa lo mismo y eso no les impide disfrutar de sus ciudades y monumentos.

Después de un tira y afloja donde yo me empecé a poner muy cazurra la conversación acabó así:

ÉL: Está bien, vámonos a Grecia pero tú te encargas de todo.

   Esa frase la dijo con muy mala intención porque en esas pocas palabras iba agazapado un mensaje subliminar que yo interpreté perfectamente y que viene a ser “tú-te-encargas-de-todo-pero-como-algo-salga-mal-te-vas-a-acordar-del-viaje-toda-tu-puñetera-vida”.

   El caso es que busqué un viaje organizado, algo que no me gusta porque prefiero viajar a mi aire sin estar sujeta a horarios ni itinerarios establecidos por otros, pero como no sé hablar griego…
   El viaje consistía en 10 días conociendo el Peloponeso con un guía que nos acompañaría “full time” y 5 días en Atenas “libres” es decir, solos; sin guía ni nadie que nos acompañara. Y ahí radicó el error-problema, esos cinco días en Atenas pusieron a prueba la solidez de mi matrimonio y la paciencia de una servidora.



   El avión aterrizó en Atenas una tórrida noche de julio con tres horas de retraso. Nada más llegar al hotel lo primero que quería era llamar a casa de mis padres para avisar que habíamos llegado bien –a principios de los 90 no existían los teléfonos móviles- y esto ya fue el primer escollo a salvar. 

   En la recepción esa noche estaba de guardia el único empleado del hotel que no sabía hablar francés –lo pude comprobar más tarde- ni por supuesto español. Dado que mi inglés por aquella época era demasiado malo para que me pudiera entender tuve que pedir una llamada internacional con gestos haciendo el ademán de coger un teléfono llevando la mano a la oreja con  el dedo pulgar y el meñique extendido. No sé si en Grecia los teléfonos se usan de otra forma o el recepcionista era algo retrasado, el caso es que se me quedó mirando con cara de gremlin y se encogió de hombros. Menos mal que en Grecia los teléfonos suenan parecido a los de España porque cuando dije “riiiingg, riiingg” sí que me entendió y me pasó a la cabina que había en recepción dándome línea para comunicar con mi país. Durante todo el procedimiento de hacerme entender por el susodicho recepcionista tuve a mi querido esposo pegado a mi nuca diciendo por lo bajini: madre mía, madre mía.

   En el traslado al hotel coincidimos con un matrimonio de Gijón, ellos, al contrario que nosotros no tenían cena incluida y querían comer algo por los alrededores y nos invitaron a acompañarlos. Era ya muy tarde, como las once y media de la noche, y mientras mi marido negaba con la cabeza y ponía cara de espanto ante la insólita invitación, yo aceptaba verbalmente. Como a mi marido no le vieron el gesto y en cambio a mí sí me oyeron nos fuimos los cuatro a conocer Atenas ‘la nuit’.

To be continued....
θα συνεχίσει....
(*) Demis Roussos no nació en Grecia, era hijo de griegos pero nació en Egipto. De esto me enteré mucho después. En el momento de aquella conversación yo estaba convencida de que era griego ese señor.
Kirke  


Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores