Si dejamos las
diferencias lingüísticas aparte (para leer la primera parte pincha AQUÍ), he de reconocer que Portugal se parece
bastante a España. Desde luego yo me sentí como en casa. Esta sensación la noté
nada más bajar del avión y cuando el metro me dejó en pleno centro de Lisboa.
Llegué a la
Plaza de Restauradores y allí me recibieron un montón de obreros, grúas y
sonido de taladradoras perforando el suelo; la mitad de los edificios estaban
andamiados y el pavimento levantado. El ruido y las vallas que entorpecían el
paso por todas partes me hicieron creer que efectivamente había viajado, pero
en el tiempo, concretamente diez años atrás cuando Ruiz Gallardón era alcalde
de Madrid y le dio por poner la ciudad patas arriba.
| Plaza de Restauradores, desde luego el nombre le viene que ni pintado, porque la están restaurando a base de bien. |
Otra cosa que
me hizo sentir como en casa fue el transporte.
Cualquier
turista que se precie tiene que viajar en un tranvía lisboeta. Ir a Lisboa y no
subir a una de esas reliquias del pasado es como ir a un parque de atracciones
y no montarse en la montaña rusa. El tranvía es la seña de identidad de la
capital portuguesa.
Antes de este
viaje no recuerdo haberme montado en un tranvía nunca (puede que lo hiciera
siendo un bebé) ya que en Madrid dejamos de tener este tipo de vehículos hace
muchos años, y menos mal, porque ese medio de transporte es incomodísimo.
Los tranvías en
Lisboa son muy pintorescos pero poco confortables, para qué nos vamos a
engañar. Para empezar, los asientos son de madera, así que eso de echarse una
cabezadita durante el trayecto es misión imposible —a no ser que tengas mucho
sueño y una fase REM a prueba de bombas—, pero además los meneos a los que son
sometidos los viajeros no son aptos para personas con falta de calcio en los
huesos. Cada vez que se pasa por un cruce y hay cambio de vías más vale que te
pille bien agarrado porque de lo contrario puedes salir disparado por una
ventana (que sea la de la derecha o la de la izquierda depende de por dónde dé
el primer bandazo).
Si uno quiere
echarse un sueñecito, o quiere librarse de tener moratones por todo el cuerpo,
lo mejor es renunciar a viajar en tranvía. Y si uno tiene prisa también, porque
además de incomodidad, los tranvías lisboetas adolecen de rapidez. Para pasear
no está mal, pero para llegar al trabajo con la hora justa no son muy adecuados.
Si digo que el
transporte me resultó familiar no es por el medio en sí (ya he comentado que en
Madrid no hay tranvías) sino por las líneas que tuve que utilizar. Resulta que
en mi barrio hay dos líneas de autobuses que empleo con frecuencia, el número
28 que me lleva a la Puerta de Alcalá, y el número 15 que me lleva a la Puerta
del Sol. Bueno, pues en Lisboa los tranvías que más utilicé fueron el número 28
que me llevó a Alfama y el número 15 que me llevó a Belém.
Tan en casa me
sentí y tan familiares me resultaron esas líneas que saqué mi tarjeta de
transporte de Madrid para subirme a ellas, algo que no funcionó evidentemente,
pero entre otras cosas porque, además, una servidora no atinó a pasar la
tarjeta por el sitio adecuado en el lector. Esto, lo de no atinar, dio lugar a
un diálogo con el conductor de lo más chusco:
CONDUCTOR:
Passa lá (pasa por allí)
YO: No, si ya
la paso pero no pita.
CONDUCTOR:
Passa lá (pasa por allí)
YO: Que ya la
paso. ¿No ve? Esto no funciona.
CONDUCTOR: (alzando
la voz bastante cabreado) Passa… ¡¡lá!!
Menos mal que
vino mi marido al rescate y, además de hacerme ver que me había equivocado de
tarjeta de transporte, me dijo dónde había que acercar el billete de marras.
Esto que me
ocurrió vino a reafirmarme en la idea de sentirme en casa, porque los
conductores de tranvías lisboetas poseen una característica en común con la
mayoría de los conductores de la EMT madrileña: tienen muy mal carácter.
Aprovecho, ya
que ha salido el tema, para avisar a futuros viajeros a Lisboa: si queréis
recabar información sobre algo, nunca le preguntéis a un conductor de tranvía
porque no os va a contestar; el dominio que tienen del arte del ninguneo es
asombroso.
Un día, uno de
los amigos con los que viajé a Lisboa le preguntó a un conductor dónde se
encontraba una parada, el conductor le ignoró de tal manera que ni se dignó a
mirarle a pesar de los esfuerzos de mi amigo por hacerse oír y notar haciendo
aspavientos con los brazos. Después de tamaño desprecio nos costó, a los demás
del grupo, un buen rato convencerle de que no se había hecho transparente.
En este afán de
pasar olímpicamente del turista, los conductores de tranvías pueden llegar a
esconderse para hacerte creer que el convoy está fuera de servicio. Esto es lo
que me ocurrió cuando una noche fui a coger el ascensor da Bica en la parte
alta.
Como ya comenté
en la anterior publicación, el término ascensor puede llevar a engaño porque en
portugués no coincide con el español. El ascensor da Bica en realidad es un
funicular que sube una cuesta bastante empinada desde la parte baja donde está
la Rua do Sao Paulo, hasta la zona alta donde se ubica Largo do Calhariz. En
esa zona alta, además, hay muchos garitos y bares donde la gente, aprovechando
el buen clima del que goza la ciudad, toma sus consumiciones en la calle. En el
caso de este ascensor-funicular se traduce que se ponen en medio de las vías e
incluso se suben al vehículo —mientras está parado esperando su hora de salida—
y se sientan en él haciendo creer al viajero poco experimentado, o sea yo, que
el funicular no es tal sino un lugar de copas a lo vintage.
Por eso cuando
me acerqué y vi a un montón de jóvenes bebiendo y bromeando alrededor del
funicular creí que ya estaba fuera de servicio o que, dadas las horas, se había
convertido en un partybus en versión lisboeta. Dudé si subirme a él o no, y
decidí buscar al conductor, pero no estaba, o mejor dicho, sí estaba pero se
encontraba fuera, mimetizado con los del botellón y pasando desapercibido. Mis
acompañantes y yo no sabíamos qué hacer, si dar media vuelta o pedir una
cerveza en el bar de al lado y tomárnosla en el vagón. En esas estábamos cuando
el conductor salió de su escondite y se introdujo en el funicular, nosotros nos
subimos con él mientras nos apremiaba para que nos acomodáramos.
Éramos los
únicos pasajeros en el vagón y decidí grabar el descenso con mi teléfono móvil,
cuando dirigí la cámara hacia el frente comprobé que en las vías había una
docena de personas sentadas en el suelo bebiendo. Creí que era una alucinación
que yo solo veía porque el conductor arrancó impertérrito y empezó a descender
hacia donde esa gente estaba sin dar muestras de apartarse. En ese momento dejé
de grabar y cerré los ojos porque la sangre me resulta una visión muy
desagradable y ver cuerpos despedazados también. Tras unos segundos con los
ojos cerrados, y al no escuchar ni lamentos ni ruidos de alarma, decidí mirar y
descubrí que mis temores eran infundados. Al final llegamos a la parte baja sin
lamentar desgracias personales y me despedí del temerario conductor con un “boa
noite” que fue contestado por su parte con un gruñido.
![]() |
| Elevador do Lavra |
Otro elevador
en el que subimos fue el de Lavra, en las guías turísticas aparece como algo
que no te debes perder si quieres “sentir Lisboa”. Nos montamos en el elevador
sobre las ocho y media de la tarde (en esas fechas y con el horario portugués
ya era de noche) y cuando llegamos arriba, el conductor, con la sequedad propia
del gremio y a la que ya estábamos acostumbrados, nos dijo que en diez minutos
bajaba y ya se terminaba el servicio (o eso creímos entender). Entonces mis
acompañantes y yo decidimos dar una vuelta rápida por el lugar para poder
volver a bajar en el último viaje. De los diez minutos que teníamos nos
sobraron nueve porque el lugar al que nos llevó ese elevador era un barrio de
lo más siniestro, completamente silencioso, con una iluminación débil y sin un
alma por la calle. Supongo que en Lisboa, como en todas las ciudades, hay
sitios que cambian mucho según a qué horas pases por ellos porque por la noche
no sé qué interés turístico puede tener esa zona de la ciudad.
Para moverse
por Lisboa no solo están los tranvías. También están el metro o el autobús, y el
tren si quieres salir de la ciudad. En este caso también me sentí como en casa
porque los Comboios de Portugal (así se llama la red de ferrocarriles
portugueses) son igual de volubles con sus horarios como los cercanías de la
RENFE, algo que pude comprobar cuando regresamos de una escapada a Sintra: el
tren que, supuestamente salía a las 17.15 h. resultó que salía a las 18 h. y no
porque tuviera retraso, es que el horario lo habían cambiado.
Pero no todo lo
que allí viví me pareció familiar, en otros aspectos Lisboa tiene entidad
propia y cosas que solo puedes encontrar en esa ciudad. Pero eso ya lo dejo para la
próxima publicación que será, además, la última sobre mi periplo lisboeta.
(Vai continuar...)
Vídeo "Tranvías de Lisboa"





























