Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

14 de abril de 2019

Lisboa, la vecina de al lado. (Segunda Parte)



Si dejamos las diferencias lingüísticas aparte (para leer la primera parte pincha AQUÍ), he de reconocer que Portugal se parece bastante a España. Desde luego yo me sentí como en casa. Esta sensación la noté nada más bajar del avión y cuando el metro me dejó en pleno centro de Lisboa.

Llegué a la Plaza de Restauradores y allí me recibieron un montón de obreros, grúas y sonido de taladradoras perforando el suelo; la mitad de los edificios estaban andamiados y el pavimento levantado. El ruido y las vallas que entorpecían el paso por todas partes me hicieron creer que efectivamente había viajado, pero en el tiempo, concretamente diez años atrás cuando Ruiz Gallardón era alcalde de Madrid y le dio por poner la ciudad patas arriba.


Plaza de Restauradores, desde luego el nombre le viene que ni pintado, porque la están restaurando a base de bien. 

Otra cosa que me hizo sentir como en casa fue el transporte.

Cualquier turista que se precie tiene que viajar en un tranvía lisboeta. Ir a Lisboa y no subir a una de esas reliquias del pasado es como ir a un parque de atracciones y no montarse en la montaña rusa. El tranvía es la seña de identidad de la capital portuguesa.

Antes de este viaje no recuerdo haberme montado en un tranvía nunca (puede que lo hiciera siendo un bebé) ya que en Madrid dejamos de tener este tipo de vehículos hace muchos años, y menos mal, porque ese medio de transporte es incomodísimo.

Los tranvías en Lisboa son muy pintorescos pero poco confortables, para qué nos vamos a engañar. Para empezar, los asientos son de madera, así que eso de echarse una cabezadita durante el trayecto es misión imposible —a no ser que tengas mucho sueño y una fase REM a prueba de bombas—, pero además los meneos a los que son sometidos los viajeros no son aptos para personas con falta de calcio en los huesos. Cada vez que se pasa por un cruce y hay cambio de vías más vale que te pille bien agarrado porque de lo contrario puedes salir disparado por una ventana (que sea la de la derecha o la de la izquierda depende de por dónde dé el primer bandazo).

Si uno quiere echarse un sueñecito, o quiere librarse de tener moratones por todo el cuerpo, lo mejor es renunciar a viajar en tranvía. Y si uno tiene prisa también, porque además de incomodidad, los tranvías lisboetas adolecen de rapidez. Para pasear no está mal, pero para llegar al trabajo con la hora justa no son muy adecuados.

Si digo que el transporte me resultó familiar no es por el medio en sí (ya he comentado que en Madrid no hay tranvías) sino por las líneas que tuve que utilizar. Resulta que en mi barrio hay dos líneas de autobuses que empleo con frecuencia, el número 28 que me lleva a la Puerta de Alcalá, y el número 15 que me lleva a la Puerta del Sol. Bueno, pues en Lisboa los tranvías que más utilicé fueron el número 28 que me llevó a Alfama y el número 15 que me llevó a Belém.



Tan en casa me sentí y tan familiares me resultaron esas líneas que saqué mi tarjeta de transporte de Madrid para subirme a ellas, algo que no funcionó evidentemente, pero entre otras cosas porque, además, una servidora no atinó a pasar la tarjeta por el sitio adecuado en el lector. Esto, lo de no atinar, dio lugar a un diálogo con el conductor de lo más chusco:

CONDUCTOR: Passa lá (pasa por allí)
YO: No, si ya la paso pero no pita.
CONDUCTOR: Passa lá (pasa por allí)
YO: Que ya la paso. ¿No ve? Esto no funciona.
CONDUCTOR: (alzando la voz bastante cabreado) Passa… ¡¡lá!!

Menos mal que vino mi marido al rescate y, además de hacerme ver que me había equivocado de tarjeta de transporte, me dijo dónde había que acercar el billete de marras.

Esto que me ocurrió vino a reafirmarme en la idea de sentirme en casa, porque los conductores de tranvías lisboetas poseen una característica en común con la mayoría de los conductores de la EMT madrileña: tienen muy mal carácter.

Aprovecho, ya que ha salido el tema, para avisar a futuros viajeros a Lisboa: si queréis recabar información sobre algo, nunca le preguntéis a un conductor de tranvía porque no os va a contestar; el dominio que tienen del arte del ninguneo es asombroso.

Un día, uno de los amigos con los que viajé a Lisboa le preguntó a un conductor dónde se encontraba una parada, el conductor le ignoró de tal manera que ni se dignó a mirarle a pesar de los esfuerzos de mi amigo por hacerse oír y notar haciendo aspavientos con los brazos. Después de tamaño desprecio nos costó, a los demás del grupo, un buen rato convencerle de que no se había hecho transparente.

En este afán de pasar olímpicamente del turista, los conductores de tranvías pueden llegar a esconderse para hacerte creer que el convoy está fuera de servicio. Esto es lo que me ocurrió cuando una noche fui a coger el ascensor da Bica en la parte alta. 


Como ya comenté en la anterior publicación, el término ascensor puede llevar a engaño porque en portugués no coincide con el español. El ascensor da Bica en realidad es un funicular que sube una cuesta bastante empinada desde la parte baja donde está la Rua do Sao Paulo, hasta la zona alta donde se ubica Largo do Calhariz. En esa zona alta, además, hay muchos garitos y bares donde la gente, aprovechando el buen clima del que goza la ciudad, toma sus consumiciones en la calle. En el caso de este ascensor-funicular se traduce que se ponen en medio de las vías e incluso se suben al vehículo —mientras está parado esperando su hora de salida— y se sientan en él haciendo creer al viajero poco experimentado, o sea yo, que el funicular no es tal sino un lugar de copas a lo vintage.

Por eso cuando me acerqué y vi a un montón de jóvenes bebiendo y bromeando alrededor del funicular creí que ya estaba fuera de servicio o que, dadas las horas, se había convertido en un partybus en versión lisboeta. Dudé si subirme a él o no, y decidí buscar al conductor, pero no estaba, o mejor dicho, sí estaba pero se encontraba fuera, mimetizado con los del botellón y pasando desapercibido. Mis acompañantes y yo no sabíamos qué hacer, si dar media vuelta o pedir una cerveza en el bar de al lado y tomárnosla en el vagón. En esas estábamos cuando el conductor salió de su escondite y se introdujo en el funicular, nosotros nos subimos con él mientras nos apremiaba para que nos acomodáramos.


Éramos los únicos pasajeros en el vagón y decidí grabar el descenso con mi teléfono móvil, cuando dirigí la cámara hacia el frente comprobé que en las vías había una docena de personas sentadas en el suelo bebiendo. Creí que era una alucinación que yo solo veía porque el conductor arrancó impertérrito y empezó a descender hacia donde esa gente estaba sin dar muestras de apartarse. En ese momento dejé de grabar y cerré los ojos porque la sangre me resulta una visión muy desagradable y ver cuerpos despedazados también. Tras unos segundos con los ojos cerrados, y al no escuchar ni lamentos ni ruidos de alarma, decidí mirar y descubrí que mis temores eran infundados. Al final llegamos a la parte baja sin lamentar desgracias personales y me despedí del temerario conductor con un “boa noite” que fue contestado por su parte con un gruñido.

Elevador do Lavra


Otro elevador en el que subimos fue el de Lavra, en las guías turísticas aparece como algo que no te debes perder si quieres “sentir Lisboa”. Nos montamos en el elevador sobre las ocho y media de la tarde (en esas fechas y con el horario portugués ya era de noche) y cuando llegamos arriba, el conductor, con la sequedad propia del gremio y a la que ya estábamos acostumbrados, nos dijo que en diez minutos bajaba y ya se terminaba el servicio (o eso creímos entender). Entonces mis acompañantes y yo decidimos dar una vuelta rápida por el lugar para poder volver a bajar en el último viaje. De los diez minutos que teníamos nos sobraron nueve porque el lugar al que nos llevó ese elevador era un barrio de lo más siniestro, completamente silencioso, con una iluminación débil y sin un alma por la calle. Supongo que en Lisboa, como en todas las ciudades, hay sitios que cambian mucho según a qué horas pases por ellos porque por la noche no sé qué interés turístico puede tener esa zona de la ciudad.


Para moverse por Lisboa no solo están los tranvías. También están el metro o el autobús, y el tren si quieres salir de la ciudad. En este caso también me sentí como en casa porque los Comboios de Portugal (así se llama la red de ferrocarriles portugueses) son igual de volubles con sus horarios como los cercanías de la RENFE, algo que pude comprobar cuando regresamos de una escapada a Sintra: el tren que, supuestamente salía a las 17.15 h. resultó que salía a las 18 h. y no porque tuviera retraso, es que el horario lo habían cambiado.

Pero no todo lo que allí viví me pareció familiar, en otros aspectos Lisboa tiene entidad propia y cosas que solo puedes encontrar en esa ciudad. Pero eso ya lo dejo para la próxima publicación que será, además, la última sobre mi periplo lisboeta.

(Vai continuar...)


Vídeo "Tranvías de Lisboa"




9 de abril de 2019

Lisboa, la vecina de al lado. (Primera Parte)


Tras casi un año en el dique seco, vuelvo con la sección “Do you speak English?” Si he tardado tanto no ha sido por falta de ganas sino por falta de recursos económicos que no me permiten viajar al extranjero con la frecuencia que a mí me gustaría.

En esta ocasión mis desventuras viajeras fuera de las fronteras españolas fueron en el país vecino, Portugal, concretamente en la ciudad de Lisboa.

Cuando pienso en Portugal no lo hago como cuando pienso en otros países, es decir, como un sitio muy diferente de la comunidad donde yo habito. Siempre he visto a los portugueses bastante parecidos a los españoles, semejantes en la forma de pensar y de actuar. Por eso cuando planifiqué una escapada a Lisboa no fui muy consciente de irme al “exterior”, ni me vinieron las dudas idiomáticas que me suelen acosar cuando traspaso la frontera. Y eso fue un grave error —lo de relajarme con lo del idioma— porque la cosa no fue tan sencilla.

Todavía hay muchos que piensan que el idioma portugués y el español son parecidos. Eso no es verdad. Salvo unas pocas palabras, nada es igual. Ni siquiera los adverbios, imprescindibles para la comunicación más básica, como “sí” o “no” coinciden. La forma de dar las gracias, otro requisito indispensable si quieres pasar por un turista educado, es totalmente distinto: “moito obrigado/a” (lo del género es complicado porque según a qué portugués o portuguesa preguntes te dirá que se utiliza de modos diferentes) no se parece ni por asomo a nuestro "muchas gracias".

Tampoco es cierto que el portugués sea semejante al gallego. Mi madre era coruñesa y he pasado largas temporadas en Galicia que hicieron que entienda el gallego bastante bien y desde esa posición puedo aseverar, sin género de dudas, que el portugués tampoco se parece mucho al gallego, al menos al gallego que hablaba mi abuela.

He de reconocer que nada más bajar del avión yo también pensé en ese parecido idiomático pues extrañada comprobé que entendía todas las conversaciones a mi alrededor. Cuando paseaba por la calle o entraba a un restaurante había momentos en que comprendía perfectamente lo que hablaban otros interlocutores y esto me hizo sentirme más segura creyendo que me iba a desenvolver bastante bien gracias a esa semejanza lingüística. Sin embargo, me desconcertaba que en otras ocasiones no entendiera nada, algo que achaqué a que posiblemente había algún dialecto del portugués que era de más difícil comprensión.

Al final todo resultó un grave error de percepción por mi parte. Resulta que si entendía muchas de las conversaciones que oía en Lisboa era debido a que esa ciudad está llena de españoles. El “dialecto” que yo no comprendía era el portugués puro y duro.

No solo el portugués no se parece al español, es más, algunos vocablos inducen a error porque son iguales que palabras españolas pero tienen un significado completamente distinto, por ejemplo “presunto” en portugués quiere decir “jamón” en español, y “polvo” significa “pulpo”. Cuando en la carta de especialidades de una tasca  leí “presunto ibérico” pensé que estaban avisando de una de esas estafas que se dan en los sitios turísticos, a lo que pensé “Qué sinceros son estos portugueses”, pero cuando leí más abajo “polvo em vinagre” me dije “Pero qué cosas más raras comen en Portugal”.

Hay más vocablos que son iguales pero nada tienen que ver. Uno de ellos es “ascensor”, allí, en Lisboa, es un funicular que sube (y baja) cuestas. Aunque algunas calles son bastante empinadas no llegan a alcanzar la verticalidad esperada para tener que usar un ascensor (en español). En cambio a los ascensores que suben en vertical para salvar desniveles importantes en la ciudad, a esos los llaman “elevadores” .
Elevador de Santa Justa

Uno de estos elevadores, el de Santa Justa, es una preciosidad. Está hecho en hierro y el interior de la cabina es de madera. Antes de viajar a Lisboa me documenté —como una buena turista que se precie— y me dijeron que era muy bonito coger ese elevador para ver, desde su mirador, la puesta de sol. Debe de ser verdad aunque yo no lo pude comprobar. Cuando faltaba una media hora para atardecer, mis acompañantes y yo nos dispusimos a utilizar ese elevador (ascensor). La fila que había era muy grande y el espacio del elevador (ascensor) muy pequeño, lo que se tradujo en que tuvimos que esperar más de una hora para coger el puñetero ascensor, o elevador. El atardecer nos pilló esperando en una especie de pasillo semi cerrado y sin posibilidad de ver ni el sol ni la luna. Cuando llegamos al mirador, el sol se estaba poniendo, pero allá por las Canarias, y en Lisboa era noche cerrada. A cambio vimos la ciudad iluminada y comprobamos la animación nocturna que tienen sus calles.

Vista nocturna de Lisboa desde el mirador de Santa Justa

Otra cosa en la que no coincide el portugués con el español es en lo de mirador. En este caso no es solo la palabra (en portugués se dice “miradouro”) sino es el concepto en sí mismo. Se supone que un mirador es un sitio desde donde se puede asomar uno y mirar un buen paisaje. En Lisboa es así en la mayoría de los casos pero no en todos; hay excepciones.

Por ejemplo, en el mirador de San Pedro de Alcántara. Fui hasta allí para asomarme a su bonita barandilla y fotografiar la ciudad.  Subir, subí, y asomarme lo que se dice asomarme, no, porque había unas vallas que me impedían acercarme a menos de diez metros de la baranda. Pensé que estarían arreglando el lugar y de ahí el impedimento para acceder, pero cuando fui al mirador de Santa Catalina me pasó exactamente lo mismo. Había unas vallas, con pinta de llevar bastante tiempo ahí, que impedían el acceso. Ante esta situación yo me pregunté si sería cosa de que había muchos suicidas se lanzaban al vacío por esos miradores y el consistorio había decidido poner cartas en el asunto, o que era un contubernio entre los vendedores de postales que evitaban de esa manera fotografiar las vistas para así obligar a comprar sus productos o simplemente que eran ganas de fastidiar.
Mirador de San Pedro de Alcántara (si no se ve a nadie no es porque no hubiera gente, es que no se podía uno acercar a la barandilla).
Mirador de Santa Catalina (véase abajo parte de las vallas que impiden acercarse).
Siguiendo con los miradores, en el de Santa Lucía no había vallas, pero quizás los ediles del ayuntamiento deberían pensar en poner tornos y limitar el aforo porque cuando yo llegué estaba petado de turistas y los famosos azulejos que adornan tan emblemático sitio apenas los pude ver entre tanta gente como había. Además, todos y cada uno de los que allí se encontraban estaban haciéndose selfies por lo que pasear por ese sitio sin riesgo de que te saltaran un ojo con un teléfono móvil fue bastante complicado.

Mirador de Santa Lucía
Entre los vocablos portugueses que suenan igual que en español pero con significado distinto hay algunos que pueden servir de aviso a pesar de la diferencia de concepto. Por ejemplo, en el pintoresco barrio de Alfama nos sentamos en una terracita a comer, las vistas eran muy bonitas, nuestra mesa se encontraba ubicada en un pequeño alto en la confluencia de dos calles empinadas por las que recorrían los vetustos tranvías, característicos de la ciudad. El establecimiento se llamaba “Camelo” (camello) y el nombre resultó ser de lo más apropiado en español porque fue un auténtico camelo cuando de pagar la minuta se trató. La clavada fue importante y la tomadura de pelo también ya que, además de los precios desorbitados en las bebidas, nos cobraron el servicio de camarero aparte sin incluirlo en la factura. Hicimos el guiri pero bien.
Terraza Camelo, donde nos dieron el sablazo padre (que no se le ocurra a nadie ir allí, pongo la dirección:Rua Sao Tomé, 48)
Por todas estas cosas yo eché en falta saber hablar inglés bien, ese idioma tan primordial cuando de viajar por el extranjero se trata, o en su defecto haber asistido a algún cursillo rápido de portugués. En lugar de ir con tantas guías y mapas del callejero debería haberme llevado un buen diccionario. Aunque, después de todo, tengo la terrible sospecha de que, con o sin idiomas, todo lo que he contado me hubiera pasado igual.

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5 de abril de 2019

"Absurdamente" (Antología del absurdo II)-Pedro Fabelo


Este es el segundo volumen de una antología que comencé a leer en febrero. Si he tardado tanto entre un volumen y otro no es porque leerla me esté costando trabajo, es que suelo intercalar diferentes temáticas entre mis lecturas y decidí leer otro tipo de obras entre aquel primer volumen y el que hoy traigo. De hecho, el absurdo de Fabelo es muy agradable y digerible en grado sumo.

En esta segunda entrega de relatos me he reencontrado con el humor absurdo que tan buenos momentos me hizo pasar en el primer libro. Las risas regresaron y con fuerzas renovadas.

Una vez más, Pedro Fabelo hace gala de su verbo ágil e incisivo para hacer crítica de todo y de todos vehiculizando su denuncia mediante el uso del absurdo, una herramienta que él sabe utilizar con mucha destreza.

En esta ocasión se puede leer a un autor que ya tiene tablas, este es su segundo libro publicado y ya puede calificarse de escritor, sin medias tintas y sin falta de letras que puedan llevar a equivocación o engaño.

“Sí amigos, desde el día en que publiqué mi primer libro me convertí en un “escritor”, así, con todas las letras. Hasta entonces solo podía decir que era un escritor a medias, es decir, un “esc”, lo cual incitaba a la confusión, pues había personas que me confundían con la tecla “escape” de algunos teclados para ordenador o aplicaciones informáticas.”

Esa experiencia le ha creado una coraza que le hace más fuerte y que se nota a la hora de escribir, o eso he percibido yo. Porque me ha parecido notar cierta evolución respecto al primer libro. Si bien el humor y el absurdo persisten igualmente, en este segundo volumen creo que hay algunos cambios, y todos para mejor.

En este segundo libro he notado a un Fabelo más poético aunque también sumamente pragmático cuando acaba el prólogo porque tiene que poner una lavadora, que lo cortés no quita lo valiente (y la ropa no se lava sola).

Como muestra de esa evolución que cito, en este segundo volumen emplea una técnica que indica una vuelta de tuerca cuando en algunos relatos alude a personajes y situaciones que se han contado en otros previos, esa inter-conexión entre diferentes historias me ha gustado mucho, creo que le da un plus de unidad.

Los registros del autor son muchos y se nota cuando muda de una cuestión a otra haciendo la lectura muy entretenida. Ese cambio se puede ver también en los títulos de sus historias; títulos que tan pronto invitan a la reflexión (El insoslayable tedio de la certeza más absoluta) como llevan a la pura escatología fisiológica (El dulce aroma de tus pedos). Títulos, por otra parte, que despistan mucho en cuanto a contenido, o no, porque en el primer caso se trata de un diálogo divertidísimo entre dos adivinos y en el segundo se trata de una crítica feroz a la estulticia que enseñorea el mundo obsesivo de las redes sociales.

Las reflexiones que se hacen son de lo más variadas y el tema objeto de dichas reflexiones de lo más inusual. Antes de leer este volumen no podría haber imaginado, ni por asomo, la cantidad de expresiones donde aparece la palabra “mierda” y mucho menos que esa información la diera una de ellas (una mierda): absurdo total.

Porque, como no podía ser de otra manera, el absurdo lo domina todo y se encuentra en (casi) todos los relatos. Pero para mí hay uno en que Fabelo lo borda: Profesionalismo. Ese relato debería ser de lectura obligada cuando se dé el tema de humor absurdo en cualquier curso de escritura creativa que se precie.

La experiencia que ya tiene Fabelo como escritor da mucha fuerza a la crítica que aparece en La llamada, un alegato sarcástico y muy duro sobre el mundo de las editoriales y de los éxitos de ventas. Una vez más, Pedro Fabelo no deja títere con cabeza.

Otra muestra de esa vuelta de tuerca que yo he visto en este segundo volumen es que el propio Fabelo aparece en alguno de los relatos haciendo una especie de cameos indirectos donde se habla de su primer libro (fantástica la imagen del conde Drácula leyendo Absurdamente Volumen I). Esta maniobra, que podría interpretarse como autopublicidad, no está exenta de socarronería cuando valora su propia obra no dejándola en buen lugar, algo que denota su excelente sentido del humor y que le augura, si hacemos caso a los estudios científicos sobre el saber reírse de uno mismo, un estupendo bienestar psicológico.

Antes he comentado que Pedro Fabelo tiene muchos registros, pero al final de este libro se da un giro inesperado en su forma de contar las cosas. El último relato, La vieja máquina de escribir Olympia de mi padre, es un texto entrañable donde el autor nos muestra una faceta íntima e intimista rememorando su adolescencia y el vínculo tan especial con su padre a través de una vieja máquina de escribir y de la afición a ver películas VHS, dos elementos que marcaron la evolución de ese adolescente cuando se hizo adulto.

Con ese último relato, además de regalar al lector un poquito de sí mismo, Fabelo nos demuestra que es capaz de escribir con otro estilo diferente y que a mí, particularmente, me gustaría leer en forma de novela, algo, por otra parte, que no me extrañaría que pasara en un futuro. Quién sabe, de este autor se puede esperar cualquier cosa, potencial no le falta y entusiasmo tampoco.



1 de abril de 2019

La guerra de los fósiles (Primera Parte)

Gideon A. Mantell vs. Richard Owen



Para la sección “Demencia, la madre de la Ciencia” traigo cuatro personajes que aparecerán en dos partes porque en esta ocasión el protagonista de este rincón del blog no es un científico en concreto sino una característica de la investigación: la envidia.


    A lo largo de la historia de la Ciencia se han dado episodios absurdos entre científicos que investigaban en campos idénticos. Lo que debería ser motivo de colaboración, como es el interés por una misma temática, normalmente desencadena en una rivalidad derivada de la confrontación entre individuos que no comprenden bien los conceptos “compartir” y “colaborar”. Algunas veces estos enfrentamientos dieron lugar a situaciones esperpénticas y en la mayoría de los casos vergonzosas.

    Esto es lo que pasó entre los cuatro personajes de esta entrada doble: dos británicos y dos estadounidenses. Estos científicos, aunque de procedencias distintas, compartían una misma pasión: la paleontología.


    En el siglo XIX hubo un exacerbado interés por la ciencias naturales. La profusión de sociedades geográficas y naturalistas  propició que se patrocinaran expediciones a todos los rincones del planeta en busca de especímenes “raros” para catalogarlos. A resultas de este afán por la Naturaleza salieron naturalistas hasta de debajo de las piedras. Algunos fueron profesionales en la materia aunque la mayoría eran aficionados que tenían otra actividad laboral pero que se implicaron de lleno en su pasión particular hasta el punto de abandonar su verdadera profesión para volcarse en cuerpo y alma en lo que, a priori, solo era una distracción.

    La mayoría de estos aficionados no tenía la oportunidad de formar parte de las expediciones a lugares remotos por lo que se tenían que conformar con explorar los alrededores del lugar donde vivían.

    Esto es lo que le ocurrió a Gideon Algernon Mantell (Inglaterra, 1790-1852). 

    Mantell era un médico rural de Sussex. Este médico se interesó por la geología primero para centrarse en la paleontología después dedicándose, en sus ratos libres, a rastrear las zonas aledañas a su localidad en busca de fósiles. Su esposa ‘colaboraba’ con él y fue ella precisamente la que un día, mientras su marido pasaba consulta, encontró una ‘piedra extraña’ cuando paseaba por una zona donde estaban reparando unos baches con escombros. Algo debió de ver la señora Mantell en aquel pedrusco para recogerlo y enseñárselo por la noche a su marido.

    Aquella piedra resultó ser un diente fosilizado y, según su tamaño, debía de pertenecer a un animal muy grande. Desde su poca preparación académica al respecto Mantell supo catalogar aquel fósil y datarlo en el Cretácico. Como él no tenía un currículum adecuado para manifestar con rotundidad que su hipótesis era acertada envió el diente a París. Allí, el reputado paleontólogo Georges Cuvier le echó un jarro de agua fría al pobre de Mantell pues le dijo que aquello era un diente de rinoceronte.

    Afortunadamente Mantell, vanidoso él, no cejó en su empeño y siguió investigando para conseguir, varios años después, que otros científicos le dieran la razón en cuanto a la procedencia extraordinaria de ese diente. Uno de esos científicos le dijo que la forma se parecía a los dientes de unos reptiles que había visto en las islas Barbados y que llamaban iguanas. Con esta información, Mantell bautizó al poseedor del diente fosilizado “Iguanodonte” (diente de iguana).

   El doctor Mantell además del diente de iguanodonte tiene muchos fósiles más y consigue una colección muy extensa. Mientras que se dedica a buscar fósiles deja de lado su profesión médica, los pacientes empiezan a disminuir y las deudas empiezan a aumentar: recoger fósiles puede ser fascinante pero no da dinero.

    Ante la quiebra económica decide mostrar su colección de fósiles convirtiendo su casa en un museo y cobrando una entrada por visitarla. Sin embargo, esta práctica le desmerece a los ojos de los científicos “serios” que le afean la conducta –¿dónde se ha visto que un investigador cobre por enseñar sus descubrimientos?– y entonces Mantell decide que la visita sea gratis por lo que las deudas siguen sin saldarse y encima la casa se le llena de desconocidos.

    La única manera que tiene Mantell de sacarle provecho económico a la colección de fósiles es vendiéndola al Museo Británico. Ante esta situación tan catastrófica, a la abnegada esposa (recordemos que fue ella la que encontró el diente del iguanodonte) se le acaba la paciencia y le abandona llevándose a sus cuatro hijos.

    Pero esto solo es el principio del fin.

    Mientras Mantell buscaba el apoyo de expertos que avalaran su teoría, William Buckland, un reputado geólogo con reconocimiento en los ámbitos científicos, encontró otro fósil de proporciones parecidas en una cantera de Oxfordshire y lo nombró “Megalosaurio”. Como Buckland tiene una amplia experiencia científica sabe describirlo muy bien en un informe que reporta en los Anales de la Sociedad Geológica y es esta descripción la que queda registrada como la primera mención de la existencia de un dinosaurio, dejando el hallazgo de Mantell relegado en un segundo plano cuando realmente fue éste quien descubrió el primer fósil de dinosaurio.

    Los ninguneos y las desgracias de Mantell no habían hecho más que empezar.

Cristal Palace Park
    En la Nochevieja de 1853 se celebra una cena de gala en un lugar muy peculiar, el Cristal Palace Park. A mediados del siglo XIX los recién descubiertos dinosaurios  se han convertido en una atracción en todos los sentidos; alrededor de la construcción de hierro y cristal, que sirvió de emblema a la Gran Exposición de 1851 de Londres, se instala la primera colección de reproducciones de dinosaurios a tamaño natural; una especie de Jurassic Park pero en plan decimonónico con animales de cemento en lugar de maquetas animadas por ordenador como en la película de Spielberg (aunque con la misma falta de rigor científico).

    En aquella cena de Fin de Año se reúnen en lugar tan emblemático la flor y nata de la paleontología, numerosos científicos relacionados con esta disciplina se sientan alrededor de una gran mesa donde hay un ausente, aunque nadie repare en ello: Gideon Mantell. El descubridor del primer fósil de un dinosaurio no camina entre los vivos desde hace un año pero nadie recuerda ya su nombre y el responsable de tamaña injusticia es precisamente uno de los asistentes a esa cena, Richard Owen.

Richard Owen (Inglaterra, 1804-1892) también fue médico, como Mantell, pero su consulta la tenía en Lancaster.

    Ya desde joven destacó por su afán investigador y una audacia rayana en el delito pues solía robar miembros de los cadáveres en los cementerios. Catadura moral aparte parece ser que tenía una gran capacidad para organizar y reconstruir cuerpos cuando estos estaban fragmentados –léase en el caso de esqueletos hallados en excavaciones–. Fue un gran experto en anatomía animal y esto le llevó a abandonar la práctica de la medicina para volcarse en la catalogación de especies extintas y así alcanzar puestos de gran responsabilidad en diversas instituciones relacionadas con la biología animal. Además escribió numerosos artículos científicos (más de seiscientos) que le dieron fama y notoriedad.

    A él se debe el término “dinosaurio” (lagarto grande), un concepto que hoy en día se ha descubierto falto de rigor –los dinosaurios no eran todos tan terribles ni tan lagartos– pero que ha permanecido en el tiempo a pesar de todo.

    Owell no era una persona atractiva en ningún sentido, ni el físico ni en el moral. Dejando a un lado la belleza física que no deja de ser un concepto bastante relativo, lo más grave de su persona fue que carecía de escrúpulos. Charles Darwin no lo podía ver ni en pintura y siempre lo detestó.

    Varios científicos de la época constataron la mala fe de este investigador. El naturalista T.H. Huxley comprobó que el jeta de Owen se vanagloriaba de ostentar un puesto de profesor de fisiología que en realidad ocupaba el propio Huxley. Otro naturalista, Hugh Falconer, hubo de contemplar atónito cómo Owen se atribuía uno de sus descubrimientos sin el más mínimo rubor. Hasta el dentista de la reina tuvo un enfrentamiento con este caradura a cuenta del apropiamiento indebido de una teoría sobre la fisiología de los dientes.

    Owen, además de amoral, era rencoroso y vengativo. Si no que se lo pregunten a Robert Grant, un joven anatomista que vio truncada su prometedora carrera en la zoología porque Owen, envidioso de su valía, impidió que accediera al estudio de especímenes necesarios para sus investigaciones.

    Pero quien realmente sufrió la mala baba de este individuo fue Gideon Mantell.

    Después de separarse de su mujer, las desgracias del pobre Mantell continuaban. Se fue a vivir a Londres y allí, en 1841, se cae de un carruaje en marcha, se enreda con las riendas y los caballos le arrastran varios metros machacándole la columna vertebral. De resultas de este accidente queda lisiado y sufre unos dolores terribles que le convierten en un adicto a los opiáceos.

    El estado de postración en el que queda sumido Mantell es aprovechado por un despiadado Owen que se dedica a eliminar todo rastro de la actividad de su envidiado oponente. Cambia el nombre de especies que habían sido descubiertas por Mantell y hasta llega a atribuirse el hallazgo de las mismas. Mantell intenta seguir investigando a pesar de su lamentable estado pero Owen se encarga de que nada de lo que haga se publique, sumiéndole en la más negra depresión. Finalmente, en 1851, un desesperado Mantell no puede más y se suicida con una sobredosis de opio. 

    Pero ahí no termina el oprobio de este desgraciado científico. En una necrológica –de autoría anónima pero que nadie duda que fue obra de Owen– se le tacha de anatomista inepto y mediocre negándole incluso el descubrimiento del iguanodonte. Con este panorama era natural que en aquella cena de Nochevieja en el Cristal Palace nadie mencionara ni por asomo a Mantell.

    Por si esto no fuera suficiente, y para rematar la faena, la columna dañada en aquel fatídico accidente de caballos, se le extirpa en la autopsia y va a parar a las manos de… Owen que es quien dirige el museo del Real Colegio de Cirujanos, la institución encargada de recoger muestras interesantes desde un punto de vista anatómico.

    Desde luego el pobre Mantell no tuvo mucha suerte ni en vida ni después de muerto.

Dibujo que reproduce un Belemnites

    Dicen que a todo cerdo le llega su San Martín y, bien por el karma o porque al fin y al cabo existe cierta justicia cósmica, el caso es que a Owen le llega el día en que su buena estrella se eclipsa ya que poco a poco va calando la idea de que ese señor no es de fiar y que se apropia del trabajo de los demás. 

    Aunque Owen centró gran parte de su labor en animales muy grandes, como los dinosaurios, quien se encargó de darle la puntilla fue un animal muy pequeñito, el belemnites, un molusco extinto.

    Cuando Owen se atribuye en un artículo el descubrimiento de este molusco llamándole Belemnites oweni (el engreimiento de este tipo no tenía límites) y además le premian por tan fantástico hallazgo, el naturalista Chaning Pearce se queja, y con toda la razón, pues fue él quien lo descubrió anteriormente. En este caso Owen queda en evidencia pues el avispado de Pearce tuvo la genial idea de presentar su descubrimiento en la Sociedad Geológica, presentación a la que asistió el propio Owen por lo que la autoría no tenía ningún género de dudas y la felonía de Owen tampoco. Tamaña alevosía le supuso la expulsión de diferentes sociedades e instituciones donde, hasta ese momento, era reconocido y aclamado.

    Después del “affair belemnites” la actividad investigadora de Owen decayó estrepitosamente. Aún en el relativo ostracismo al que fue relegado siguió dando por saco. Uno de sus últimos actos de perfidia fue el oponerse a que se erigiera una estatua a Darwin en el Museo de Historia Natural de Londres pero, afortunadamente, no lo consiguió.

    Esta es una muestra de hasta dónde es capaz de llegar la mezquindad de algunos individuos, mentes maravillosas que no consienten convivir con otras mentes igual de extraordinarias y que recurren al juego sucio para eliminar contrincantes y que nadie les haga sombra.

    Hubo otros dos paleontólogos más que llevaron su animadversión mutua a límites extremos y absurdos. Los sujetos en cuestión eran estadounidenses y protagonizaron la llamada “guerra de los huesos”. Pero esa es otra historia que contaré el mes que viene.





28 de marzo de 2019

"El mar en ruinas" - David Torres


Hace unos días reseñé una novela donde se daba continuación al poema de Homero, La Ilíada. Hoy traigo una obra que fabula y da continuación a otro poema del vate griego, en este caso La Odisea. En esta ocasión la presento en la sección Vídeo-Reseñas donde solo me dedico a transcribir algunos párrafos que por sí solos dicen mucho. 

 A modo de introducción pongo previamente la sinopsis.

SINOPSIS

"En El mar en ruinas, David Torres continúa el relato de la vida de Odiseo –y de los demás personajes, como Penélope o Telémaco– tras su regreso de la guerra de Troya. Una historia colmada de nuevos lances y desventuras del protagonista. El mar en ruinas es, a un tiempo, la continuación del relato de las hazañas del rey de Ítaca y una revisión de la Odisea mucho más humana y menos épica, en la que los personajes abandonan el carácter paradigmático para adquirir un cuerpo psicológico mucho más verídico y complejo."


Para ver el vídeo hacer clic AQUÍ





21 de marzo de 2019

"El móvil" - Javier Cercas


Reseña perteneciente a la sección Alalimón en colaboración con El blog de Chelo.

"El móvil", novela escrita por Javier Cercas.
"El autor", película dirigida por Manuel Martín Cuenca (Reseña de Chelo, aquí)



Esta novela corta es la primera escrita por Javier Cercas. Al principio formó parte de una recopilación de cinco relatos donde esta historia era el texto más extenso y la que daba título a todo el libro. Dieciséis años después se eliminaron los otros cuatro relatos que la acompañaban por no cumplir las expectativas del autor. Parece ser que, al echar la vista atrás y tras una estupenda trayectoria como escritor, Javier Cercas decidió que la calidad de aquellos primeros escritos no era la adecuada.

Sin embargo, ‘El móvil’ permaneció y con toda la razón porque ya quisieran algunos autores consagrados escribir algo tan bueno no ya en sus inicios, sino en toda su carrera. Por cierto el término ‘móvil’ del título no se refiere a un teléfono sino a lo que la RAE define como “Aquello que mueve material o moralmente algo.

Esta novela corta, o relato largo según se mire, narra la historia de Álvaro, un escritor en ciernes que comienza a escribir su primera novela. Ante la falta de inspiración se centra en lo que le rodea, empezando por su propia comunidad de vecinos donde habita un escritor en ciernes que quiere escribir una novela…

Esta novela dentro de la novela tiene otros protagonistas que son los demás vecinos —un matrimonio joven con problemas económicos, un anciano solitario y huraño—, y los porteros, un matrimonio peculiar donde la esposa busca salir de la monotonía de una vida anodina que no le satisface.

De manera sencilla Javier Cercas desarrolla una historia dentro de otra historia donde los personajes reales asumen papeles de ficción en esa pretendida novela del protagonista. El perfil de los sujetos es excelente y la trama está muy bien urdida con un final sorprendente y realmente bueno.

Argumento central aparte, lo que más me ha gustado de este relato es la continua reflexión que el autor, el de verdad, Javier Cercas, hace sobre lo que supone escribir ficción. Siendo esta su primera novela creo que tiene un valor añadido conocer qué piensa del proceso creativo de la escritura y de todo lo que subyace en él.

Aunque sea una petulancia por mi parte, me he sentido identificada como escritora en ciernes y comparto muchas de sus aseveraciones cuando se refiere a la aventura de escribir, sobre todo al desafío que supone lanzarse al principio, cuando uno pasa de una postura pasiva (leer) a la acción (escribir).

A través del protagonista Álvaro, el autor real Javier Cercas muestra todas las inseguridades que siente cuando acomete una obra de más envergadura. La falta de inspiración es la mayor de ellas, pero el no saber cómo desarrollar una historia, por dónde empezar o como estructurar la trama son otros de los escollos a los que se enfrenta y que siembran dudas en Álvaro (y en Javier Cercas).

Como he comentado, y de nuevo pido disculpas por mi petulancia, me he visto reflejada en muchas de esas situaciones y he compartido sentimientos con Álvaro (con Javier Cercas).

“Lo que no salió en el primer intento es cada vez más difícil que salga.”

“La inspiración es como los fantasmas: todo el mundo habla de ella, pero nadie la ha visto.”

“La literatura es un amante excluyente.”

Con esta última aseveración no solo estoy de acuerdo, yo añadiría que además de excluyente es un amante egoísta y absorbente que te hace perder la noción del tiempo y te desliga de todo lo demás.

“Todo escritor debía ser, antes que cualquier otra cosa, un gran lector.”

“Sospechaba que leer es un acto de índole informativa, lo verdaderamente literario es releer.”

La importancia que le da a la lectura para ser un buen escritor me resultó magnífica y, de nuevo, comparto su idea al cien por cien. Siempre he pensado que todo buen lector lleva el germen de un escritor en su interior: el deseo íntimo de emular a los escritores que admira.

También hace una buena reflexión sobre el papel de la documentación: ha de ser ingente, pero no debe aparecer en el texto —ponerla en la redacción es un signo de pedantería y además aburre al lector—. Según Álvaro (Javier Cercas) la utilidad de una buena documentación radica en conseguir “el sutil equilibrio entre coherencia e incoherencia sobre el que se funda la verosimilitud de un personaje”.

La interacción entre escritor y lector, ese vínculo que se establece entre los dos cuando se lee un libro es algo que también me parece fundamental y que Álvaro (Javier Cercas) define muy bien.

“Un texto es el diálogo del autor con el mundo y, si uno de los dos interlocutores desaparece, el proceso queda irremediablemente mutilado: el texto pierde su eficacia.”

“Cualquier tema es bueno para la literatura, lo que cuenta es el modo de expresarlo.”

Son tantas las cosas con las que he estado de acuerdo con el autor que la empatía ha sido absoluta y más que una novela me pareció leer un manual para escritores noveles, esos que decidimos un día dar el salto de leer a escribir.



15 de marzo de 2019

"La conjura de las reinas" - Valerio Massimo Manfredi



“Hace mucho tiempo, en estas tierras mandaban las reinas y en el cielo reinaba una gran diosa, madre de todos los seres vivos. Su estirpe sigue viva. Mientras los hombres se destruyen en la guerra, las reinas preparan la vuelta al orden antiguo, cuando el lobo pastaba con el cordero, cuando no existía el invierno, sino la eterna primavera.”

Muchas veces al terminar un libro me quedo con la sensación de querer saber más sobre sus personajes. Me gustaría conocer cómo siguen sus vidas más allá del desenlace que la historia de ese libro nos cuenta.

En La Ilíada, Homero nos relata el asedio a Ilión y la guerra entre aqueos y troyanos tras el rapto por estos últimos de Helena, la esposa de Menelao, rey de Esparta. Después de batallas y combates a duelo entre los héroes de las dos facciones y muchas muertes por parte de los dos bandos, tiene que ser el ingenio de Ulises quien dé fin a una larga guerra y provoque la caída de Troya.

Tras la victoria y el rescate de la voluble Helena, los aqueos se disponen a volver a sus respectivos hogares, pero ¿qué pasó después? Manfredi, basándose en algunos escritos, fabula sobre el regreso de los héroes de la guerra de Troya, cuando vuelven victoriosos a sus patrias.

Esta es la historia que siguió a la caída de Troya, esta es la historia que nos cuenta cómo una guerra tan larga y extenuante se combatió por nada.

A lo largo de las páginas de esta novela sabremos los derroteros de los protagonistas de La Ilíada, sobre todo los del bando vencedor: Néstor, rey de Pilos; Idomeneo, rey de Creta; Agamenón, rey de Micenas; Diomedes, rey de Argos; Ulises, rey de Ítaca o Menelao, rey de Esparta y esposo de Helena, la reina que lo inició todo.

Pero han pasado diez años desde que la coalición aquea se marchó de su patria para asediar Troya, y en ese lapso de tiempo han pasado muchas cosas. Pretender regresar después de tanto tiempo como si no hubiera pasado nada sería infantil e inocente.

Mientras que los hombres ganan batallas, riegan los campos con su sangre y ascienden al Olimpo de los héroes por su arrojo y valentía en la guerra, las mujeres permanecen en el hogar sacando adelante a la familia, añorando a los que se han ido y sufriendo la incertidumbre del destino de sus amados.

“Los dolores de la guerra pesan mucho más sobre las mujeres que sobre los hombres.”

Durante esos diez años las reinas, las mujeres de los héroes victoriosos, han tenido que bregar con diferentes problemas ante la ausencia de sus esposos. Durante esos diez años las reinas han gobernado los territorios que  antes de la guerra regían sus consortes. Durante esos diez años las reinas se han desenvuelto bastante bien y han comprobado que no necesitan ningún rey para defender su casa.

Aunque se nos habla de varios personajes, la historia se centra especialmente en Diomedes, rey de Argos. El sagaz Ulises, antes de partir de Troya, le avisa de que no se fíe de nadie al regresar, ni siquiera de su reina. Gracias a este aviso Diomedes salva la vida pues Egialea, su esposa, quiere asesinarlo. Es entonces cuando el rey de Argos decide huir y comenzar de nuevo en otro lugar.

Agamenón corre peor suerte pues su esposa Clitemnestra consigue su propósito y lo asesina con la ayuda de su amante Egisto (perdón por el spoiler, pero creo que esto ya pertenece al conocimiento general). El príncipe heredero Orestes intentará arrebatarle el trono a su madre, para ello pide la ayuda a los otros reyes, también amenazados, también en la cuerda floja debido a la conjura.

En Ítaca, Penélope, la mujer de Ulises, se siente asediada por los numerosos pretendientes que quieren casarse con ella para gobernar la isla. Ella quiere que Ulises vuelva, no para asesinarlo, como el resto de las conjuradas, sino para volver a estar con él porque es la única que añora al esposo ausente. Pero Ulises anda perdido en el mar y no regresa.

Mientras unos reinos caen y otros se mantienen en frágil equilibrio, Diomedes busca un nuevo asentamiento para fundar un nuevo hogar. Llega a Hesperia (el nombre que dan los griegos a Italia), cree que ahí puede comenzar de nuevo, pero el destino es cruel y se reencuentra con el pasado, pues hasta esas tierras también ha llegado huyendo de su patria destruida otro héroe de la guerra pero del bando enemigo. Eneas, príncipe troyano, está allí con la misma intención que Diomedes. Lo que parecía un mundo nuevo se revela igual al antiguo.

“El mundo es igual en todas partes, los hombres que lo habitan son quienes lo hacen diferente.”

Además de las conjuras, además de la incertidumbre e inestabilidad de los reinos aqueos, una nueva amenaza surge del norte: hombres montados a caballo y con espadas de un material mucho más fuerte que el bronce, asolan todo a su paso. Puede que las contiendas acaben, pero “La Guerra” no, esa nunca termina.

Me ha resultado interesante, y entrañable, que en toda la lectura se respire la derrota de quien sale victorioso de la guerra. Esa paradoja resulta sumamente llamativa. La reflexión sobre las consecuencias de una conflagración absurda (como lo son todas las guerras) es lo más valioso de la novela.

A través de las aventuras de Diomedes en tierras itálicas se muestra cómo cada uno arrastra las consecuencias de sus actos y cómo el remordimiento del pasado pesa en el presente. La transformación del ex rey de Argos es notoria, el antaño héroe aclamado por sus tropas se convierte en un fugitivo que no encuentra refugio. Ya no desea recuperar su lujoso palacio, tan solo busca una humilde cabaña donde reposar su cansado cuerpo después de tantas batallas.

“La continua intimidad con la muerte le hacía apreciar enormemente incluso los aspectos más humildes y pobres de la vida.”

Pero esta es una tragedia griega, y como tal el destino de los héroes no es la ancianidad ni el reposo. El destino de estos guerreros es la lucha contra el enemigo, a veces de un territorio vecino, a veces de un territorio lejano. Y siempre contra el peor enemigo de todos, el que se encuentra en el interior de cada uno.

 Esta es la historia después de La Ilíada, la que se da cuando la guerra acaba, cuando todo ha cambiado y nada volverá a ser igual. Esta es la historia del final de una era.




9 de marzo de 2019

"Tumbaollas y hambrientos" - Juan Eslava Galán



El libro que traigo hoy es un compendio de las prácticas culinarias españolas a lo largo de la Historia, desde los caníbales cavernícolas y carroñeros que habitaron nuestro solar patrio hasta la restaurantes más chic de la actualidad.

En esta lectura he descubierto a un Juan Eslava Galán desconocido por mí. No había leído nada de su faceta divulgadora y menos en el campo de la alimentación. Y la experiencia ha sido francamente buena.

En Tumbaollas y hambrientos, Eslava Galán nos hace un completo repaso de la manera de alimentarse en España como una seña de identidad propia a lo largo de los tiempos. La gastronomía siempre ha sido, y será, una manera de manifestar la forma de pensar de un pueblo. Los alimentos que se comen y la forma de prepararlos dice mucho de quienes los consumen.

El libro comienza con dos personajes del Paleolítico cazando en un paraje de la Península Ibérica. Se llaman Omní y Voro, un juego de palabras donde los dos nombres juntos forman: omnívoro; esto me encantó pues soy una ferviente defensora de la alimentación equilibrada a base de todo tipo de alimentos, tanto de origen vegetal como animal. Estos dos individuos son Homo sapiens y ya saben domesticar el fuego, un elemento primordial en la evolución del hombre pues cambió radicalmente la forma de alimentarse y, por tanto, de desarrollarse físicamente.

Mientras brasean el conejo que han capturado, la conversación que se traen entre ellos no tiene desperdicio siendo toda una declaración de intenciones pues avisa de lo que uno se va a encontrar en el resto de la lectura.

Recordando a sus, para ellos antiguos y retrógrados, antepasados de Atapuerca llegan a decir:

—Nosotros hemos aprendido a cocinar, que es pasar de lo crudo a lo cocido, ya no comemos las cosas podridas, ni las otras guarradas como nuestros antepasados, que se lo comían todo. Éramos homínidos y homínidas y ahora somos hombres y mujeres. Esto es cultura.

Los dos cazadores primitivos también saben reflexionar mientras degustan su conejo asado:

—¿Sabes, Voro? —dijo Omní— Aseguran que la pata del conejo trae suerte.
—¡Gilipolleces! —gruñó Voro.
En el nacimiento de la religión, que coincide con el de la cocina, también había ateos.

Este sentido del humor será una constante en todo el libro.

De una manera muy entretenida y didáctica, Eslava Galán nos cuenta cómo aparecieron determinados alimentos básicos en nuestra alimentación patria. El garum de procedencia romana, el gazpacho, la polenta, son algunos de los platos que se describen aludiendo a sus distintos orígenes. Especial hincapié se hace en la olla podrida, la base de todos los potajes/cocidos, esos platos tradicionales con diferentes variantes que se pueden degustar a lo largo y ancho de nuestra piel de toro.

También se nos cuenta quién y en qué época introdujo los animales o las plantas que se convertirían en la base de nuestra alimentación. El olivo traído por los mercaderes griegos, el vino y el cerdo introducidos por los fenicios, el garbanzo por los cartagineses o el lúpulo por los visigodos (gracias a estos últimos empezamos a consumir una cerveza decente).

El origen de algunas expresiones de nuestra lengua se basa en prácticas relacionadas con la alimentación. Así Juan Eslava Galán nos explica qué quería decir en sus inicios el “derecho de pernada” (el derecho del señor a quedarse con una pata (pierna) de cada animal sacrificado por el siervo), de dónde viene “poner la mesa” (en los banquetes de la Edad Media, las mesas consistían en tablas montadas encima de caballetes que se ponían antes de la comida y se quitaban una vez finalizada la misma), o a qué se debe el término “tonelada” (la cantidad de toneles de agua que podía albergar la bodega de un galeón y que daba idea de la capacidad y envergadura de la nave).

Toda la disertación sobre los diferentes usos y maneras de alimentación se salpimentan, como si de una especia sabrosa y preciada se tratara, con anécdotas curiosas como la de un panadero de Jaén al que llamaban ‘Poya gorda’ pero no por las dimensiones de sus atributos masculinos sino porque la porción de masa que se quedaba por sus servicios, denominada 'poya', era desmesurada.

En el devenir y evolución de nuestra forma de comer influyó, y mucho, la religión. Los diferentes pueblos que fueron asentándose en la península implementaron sus costumbres y sus tabúes.

“Cuando la comunidad que profesa una religión siente amenazada su identidad cultural, tiende a cerrarse en su concha y radicaliza sus tabúes alimenticios.”

A este respecto, y demostrando cómo la forma de alimentarse es una seña de identidad, la prohibición de comer cerdo para los judíos y musulmanes fue utilizada para delatarlos cuando se empezó a perseguirlos. Los cristianos demostraban su “buena fe” alardeando de consumir este producto vetado por las religiones enemigas y de ahí nacieron, y se mantienen, las fiestas populares de la matanza del cerdo, donde se reúne toda la familia y al aire libre para que todos los vecinos puedan verla.

Siguiendo con las limitaciones impuestas por la religión a la hora de comer determinados alimentos, se demuestra que quien hizo la ley, hizo la trampa, así se nos cuenta cómo en un monasterio portugués, durante la Cuaresma, los monjes tiraban cerdos y carneros al río para después ‘pescarlos’ y así eludir el ayuno que prohibía consumir carne en esa época del año.

En esta crónica sobre la alimentación hay una buena dosis de crítica social. Se compara la forma de comer entre ricos y pobres, en qué consistía el menú diario de las diferentes clases pues no comían lo mismo los aristócratas que los campesinos, o los clérigos que los soldados. También se constata que la falta de alimentos y las hambrunas han sido el principal motor de los más importantes levantamientos sociales.

Pero a falta de pan, buenas son tortas, y el pueblo llano se defendía del hambre con ingenio y con humor. Por ejemplo, los madrileños llegaron a ennoblecer alimentos muy pobres y humildes con nombres rimbombantes y desorientadores: las tripas fritas en sebo eran “gallinejas”; las patatas asadas, “chuletas de la huerta”; los pimientos fritos, “perdices de huerta” y al guiso de lengua y sesos de vaca se le llamó, en una fantástica demostración de ironía y recochineo, “idiomas y talentos”.

También sabremos leyendo este libro cómo algunos momentos claves de la Historia estuvieron movidos por cuestiones relacionadas con la alimentación. El descubrimiento de América fue el resultado de una maniobra para buscar una ruta alternativa a la de las especias controlada por Portugal, cuando se dio el bloqueo otomano que impedía el paso por tierras musulmanas a las caravanas cristianas que comerciaban con estos condimentos (la pimienta se llegó a utilizar como moneda de cambio siendo más valiosa que el propio oro). O cómo la Reconquista fue motivada para ganar pastos estacionales a la oveja cristiana y cambiar el alforfón (un falso cereal muy basto propio de tierras de mala calidad situadas en lugares altos) por trigo candeal.

La conquista de América y la introducción de nuevos alimentos también son mencionadas y entre estos nuevos productos se hace una loa y alabanza del chocolate, algo con lo que estoy plenamente de acuerdo pues el árbol del cacao no en vano fue llamado Theobroma, alimento de los dioses.

“El chocolate iba adquiriendo fama de ser bebida propia de personas de mucho desgaste mental, una bebida metafísica, para la gente contemplativa.”

Son muchos los temas que aparecen en este tratado de la alimentación hispana, y se narra con arte, con gracia y con cierto humor socarrón. Una delicia de lectura a la par que ilustrativa.

En resumen, un homenaje merecido a la gastronomía y a la cocina como un arte que nos conecta con Dios.

“El cocinado conduce directamente a Dios, cocinar es modificar la naturaleza, mezclar alquímicamente los elementos de la Creación, completar la obra divina, es una de las escalas para ascender a la beatitud.”

Amén.



Hada verde:Cursores
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