28 de junio de 2016

La vida de las paredes

 La vida de las paredes es la primera novela de la ilustradora Sara Morante. Estos dos datos creo que son muy importantes a la hora de valorar esta historia.

   La novela se desarrolla a principios del siglo XX y narra la vida de los habitantes del edificio situado en el número 16 de la calle Argumosa. 

   Quizás, sería más adecuado decir que narra la vida de todo lo que hay en ese edificio, pues la vidriera que hace de claraboya en la escalera o las gárgolas que custodian el tejado también tienen su protagonismo y algo que contar. Dentro de estos personajes inanimados las paredes cuentan igualmente otras historias, por ejemplo, las que encierran las fotografías que están colgadas en ellas.

   Lo primero que hacemos nada más abrir el libro es conocer a los habitantes del edificio, La autora nos describe a estos personajes y al mismo tiempo acompaña dichas descripciones con ilustraciones de los mismos.

   Así, vamos conociendo a los porteros, que viven en la planta baja. Un matrimonio con una triste historia de pérdida a sus espaldas.
Carmen y Emilio, los porteros
   Conocemos a la dueña del inmueble y habitante de la primera planta, Berta Noriega. Una mujer liberal y algo enigmática que vive a su aire, sin importarle mucho los convencionalismos.

Berta Noriega
   También conoceremos al matrimonio López y a su hijo, que viven en el primer piso donde las fotografías que adornan las paredes cuentan una desgraciada historia de amor y venganza.

Los López

   En el segundo piso vive Fernando Ruballo, un voyeur cuyas reprobables actitudes se muestran inquietantes -como es preceptivo en un voyeur-. En el piso aledaño se hospeda María, una bordadora con penurias económicas que trata de paliar patéticamente, vendiendo su cuerpo, y cuyo único solaz es la compañía de un jilguero.
Fernando y María

   Por último, en el ático se alojan un pintor y su Musa. La Musa fue una famosa equilibrista que se enamoró del pintor al que sirvió de inspiración y que, tras un desgraciado accidente, vive agarrada a una muleta.
La Musa
   Dentro de los protagonistas inanimados están las gárgolas y la preciosa vidriera que comunica el techo de la escalera con el tejado. Y, uniéndolo todo, las paredes; las paredes que son testigos mudos de la vida de los moradores del edificio, que acompañan en la dicha y en la desgracia a los habitantes y que a través de esos inquilinos tienen vida propia.



   Más que una novela yo calificaría esta historia como un cuento. Un cuento bellamente ilustrado. Las imágenes me encandilaron desde que vi la portada y es lo que me mantuvo atenta a la narración. La sencillez de las ilustraciones me gustó mucho.

    No sé si por hacer un guiño a ese estilo tan peculiar de pintar, la escritora ha utilizado también un estilo muy sencillo al escribir. El caso es que esa sencillez, que en los dibujos me gustó, no me agradó en la lectura. Me ha parecido demasiado plana la forma de contar el argumento -el escaso argumento, pues la trama no es nada complicada- y no he conectado con ninguno de los personajes. Asistí al devenir de los protagonistas con mucha frialdad y no me conmovió nada de lo que les ocurre -y eso que a algunos les ocurren cosas muy tristes-.

   Una historia sencilla, de personas sencillas. Una historia muy bien contada a través de sus imágenes aunque no tanto a través de sus palabras.



   Kirke  


NOTA: Todas las imágenes pertenecen a la novela y son obra de la escritora.

24 de junio de 2016

Las aventuras del ingenioso hidalgo don Miguel de Cervantes


   Muchos conocen las aventuras que vivió Don Quijote pero no tantos saben que su creador no anduvo parco en ellas y también tuvo una buena dosis de emoción en su vida. Como un homenaje más a Miguel de Cervantes, aquí van unas cuantas aventuras que él mismo experimentó.

   Para empezar, y por si algún riguroso lector me pone pegas, aclararé que probablemente Miguel de Cervantes no fue hidalgo. Si nos atenemos al término “hidalgo”, éste implica nobleza o, al menos, riqueza. Ninguna de estas dos cosas las tuvo Cervantes, pero he querido hacer un paralelismo con su principal creación y le he ascendido de clase social. Espero que se me perdone la licencia.

   Cuando Cervantes tiene 22 años se le intenta apresar por herir en duelo al maestro de obras Antonio Segura. Este dato es cuestionado por algunos historiadores, pero coincide que en esas fechas nuestro protagonista se marcha a Italia y la razón de su viaje a ese país bien pudiera ser el huir de la justicia.

   El caso es que en 1569 llega a Roma. Toma plaza de soldado en la compañía del capitán Diego de Urbina, en el Tercio de Miguel de Moncada. Embarca en la galera Marquesa, y el 7 de octubre de 1571 participa en la batalla de Lepanto, "la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros", formando parte de la armada cristiana dirigida por Juan de Autria, el hermanastro del rey Felipe II.

   En 1571, Miguel es un soldado bisoño y su cometido consiste en arrojar piñas incendiarias desde el esquife de la nave para proteger a los arcabuceros. Los que se encargaban de estas tareas se encontraban en una de las partes del barco más expuestas a la artillería y sufrían con frecuencia heridas de bala. Cervantes recibió una bala en el pecho y otra le seccionó un nervio, dejándole inútil la mano izquierda.

   Se cura en Messina de sus heridas. Allí don Juan de Austria le premia, por su valerosa intervención en la batalla, con tres escudos y le nombra soldado aventajado (una especie de cabo).

   Cuando regresa a España a bordo de la nave Sol, Cervantes sueña con la posibilidad de que le sea concedida la patente de capitán y llegar así al más alto rango militar al que puede acceder. Pero, una vez más, la suerte le da la espalda y muy cerca de Cadaqués, su embarcación es atacada por una flota turca comandada por Mami Arnaute. Miguel, junto a todos los integrantes de la nao, incluido su propio hermano Rodrigo, es apresado. 


   Es llevado a Argel, por entonces un auténtico nido de piratas que llegó a tener más de 25.000 presos cristianos. Para desgracia del entonces aún soldado, lleva en su poder unas cartas de recomendación de don Juan de Austria y del Duque de Sessa, esto les hace pensar a sus captores que Cervantes es un personaje importante de rica familia y del que se puede obtener un sustancioso rescate. Por eso la cantidad que piden por su libertad es de 500 escudos de oro, una auténtica fortuna.

   Su cautiverio duró cinco años, pero durante este período Cervantes no se resignó a su destino e intentó fugarse en cuatro ocasiones. Los cuatro intentos acabaron en fracaso.

   El primer intento de fuga falló porque el moro que iba a guiar hasta Orán a Cervantes y a sus compañeros de evasión, los abandonó a la primera de cambio. Los huidos regresaron a Argel y allí fueron encadenados y sufrieron una mayor vigilancia.

   Mientras, la madre de Miguel y Rodrigo, intenta reunir la cantidad de dinero para poder liberar a sus hijos. Después de muchos esfuerzos consigue bastantes ducados pero no son suficientes para rescatar a los dos vástagos. Miguel renuncia a su propia libertad para ceder el puesto a su hermano. 

   Sin embargo, Rodrigo lleva un plan ideado por su hermano para liberarle a él y a catorce compañeros de cautiverio. El plan consiste en que Miguel y los otros presos se reúnan en una cueva cerca del mar, y allí esperarán la llegada de una galera española que los recogerá. Una vez más, con saña infinita, la mala suerte se ceba en Cervantes, porque la galera cuando estaba acercándose a la playa es apresada. Los presos huidos también fueron capturados. Parece ser que el fracaso de este segundo intento de fuga se debió a la delación de un traidor.

   Cervantes se declaró responsable único de este segundo intento de huida y el gobernador turco, Azán Bajá, lo encerró en su propio presidio durante cinco meses y encadenado hasta las cejas.

   Pero Cervantes no tira la toalla y todavía insiste en su idea de escapar. En esta tercera ocasión, el plan consiste en llegar por tierra a Orán, una plaza española. Como necesita guías, y a ser posible, de los que no les dejen en la estacada como en la primera fuga, le escribe unas cartas al general de dicha plaza, Martín de Córdoba, para que les suministre exploradores. Dichas cartas se las confía a un moro y éste es apresado. El plan se va al garete. Por este tercer intento, Cervantes fue condenado a dos mil palos de castigo. Un castigo que no llegó a recibir porque hubo intercesiones a su favor y Miguel se libró del apaleamiento.

   Dicen que no hay dos sin tres, pero para Cervantes parece que no hay tres sin cuatro, porque, y a pesar de las malas experiencias, intenta una cuarta vez la escapatoria. Se puede tildar a este personaje de muchas cosas pero de falta de moral no, desde luego.

   En este cuarto intento el plan consistía en entregar una suma de dinero elevada a un mercader veneciano para conseguir una fragata en la que transportar a muchos cautivos más. Entre estos cautivos se encontraba un ex dominico, Juan Blanco Paz, que se chivó al gobernador turco a cambio de un escudo y una jarra de manteca. Hay algunos que valen tan poco, moral y físicamente, que son capaces de vender a cualquiera por una miseria. El caso es que tampoco funcionó este plan. Y ya van cuatro.

   Azán Bajá, el gobernador, más que harto de la rebeldía de tan obstinado cautivo, decidió trasladar a Cervantes a una prisión de alta seguridad, esta vez en su propio palacio.

   Mucho se ha hablado y escrito de por qué Cervantes no fue castigado más severamente. Lo habitual en estos casos es que el que dirige la evasión, y más si es reincidente, sea condenado a muerte. Cervantes, sin embargo, sobrevivió a tanta intentona de escape. Algunos piensan que Bajá sentía cierta predilección por el escritor; una predilección que no tenía nada que ver con su forma de escribir, y que explicaría que no fuera ejecutado a pesar de su actitud rebelde. Algunos van más allá e insinúan que la atracción fue mutua. 

   El propio Lope de Vega –que le tenía una tirria espantosa a Cervantes– le dedicó unos versos bastante ofensivos:

¡Honra a Lope, potrilla, o guay de ti!
que es sol, y si se enoja lloverá;
y este tu don Quijote baladí
de culo en culo por el mundo va
vendiendo especias y azafrán romí
y al final en muladares parará.

   No seré yo quien cuestione a los eruditos de la Historia, pero a mí, francamente, cómo consiguió salvar el pellejo Cervantes o con quién se acostaba, me importa un ardite. Lo que realmente me interesa es que logró conservar la vida y así pudimos todos disfrutar de las maravillosas obras que después escribió.

   Nunca sabremos si Cervantes habría seguido intentando escaparse porque, afortunadamente para todos, los padres trinitarios consiguieron por fin recaudar los 500 escudos de oro y así pudieron rescatar a nuestro protagonista.

   El 19 de septiembre de 1580 Cervantes es liberado. Llega a España el 24 de octubre del mismo año. Termina así un período de suplicios, torturas y penalidades que tanto le marcaron y que, a la postre, sirvieron para inspirar algunos de sus mejores textos. No hay mal que por bien no venga.

   Está claro que la vida de Cervantes fue azarosa y llena de aventura. Tantos intentos de fuga son dignos de un buen guion cinematográfico pero es que, además, demuestra el talante rebelde e inconformista de este maravilloso escritor. Su defensa y alabanza de la libertad se manifiesta en muchas de sus obras.

   Quizás estas palabras sobre la libertad adquieren mucho más sentido sabiendo que quien las escribió vivió muchos años desposeído de ella:

Don Quijote de la Mancha. Segunda Parte, Capítulo LVIII

   Doy gracias a los cielos, al gusto peculiar del gobernador turco o a la divinidad pertinente, por haber permitido que Miguel de Cervantes sobreviviera a tanta adversidad. Todos hemos de agradecer que no fuera ejecutado por ser tan pertinaz en escaparse, pues, de lo contrario, hoy no podríamos disfrutar de una de las mejores obras de la literatura: el Quijote. Y yo, además, tendría un héroe menos al que admirar.

Kirke  


Otras publicaciones para conmemorar el IV Centenario de la muerte de Cervantes:
Miguel de Cervantes
El Quijote y yo



22 de junio de 2016

El discurso secreto

   Segunda novela que tiene como protagonista a un ex-agente del MGB (servicio secreto de la URSS), Leo Demidov.

   Stalin ha muerto y parece que aires nuevos llegan a las repúblicas soviéticas. Nikita Kruschev es el Jefe de Gobierno y quiere suavizar la presión sobre sus gobernados. El mandatario elabora un discurso donde se intenta anunciar que algo está cambiando en las altas esferas políticas y que la sangrienta represión que caracterizó el mandato de Stalin es algo reprobable que no se volverá a repetir. Ese discurso pretende ser algo así como una confesión y una disculpa, a la vez que el punto de partida de una nueva era.

    Sin embargo la sección más reaccionaria del Partido no quiere perder ni un ápice de poder y mucho menos tener que rendir cuentas por sus abusos del pasado. Este sector confabula para que el cambio no se dé y todo siga igual, por lo que el pretendido discurso no puede difundirse y deberá permanecer escondido.

   En este marco Leo Demidov ya no es un agente al servicio de la maquinaria comunista sino un policía de la unidad de homicidios. Una unidad que apenas cuenta con medios pues en el régimen totalitario de la Unión Soviética los homicidios no existen. Pero Leo, al igual que la mayoría de los que trabajaron a las órdenes de Stalin, tiene un pasado oscuro lleno de asesinatos y acciones reprobables.

   Tantos años de represión sangrienta no se pueden borrar de un plumazo por un simple discurso. Hay demasiado dolor, demasiados muertos, demasiados fantasmas que impedirán la redención. Una antigua víctima de Demidov resurgirá del pasado como un espectro y volverá en busca de venganza.

   Con estos mimbres se urde un thriller trepidante y con mucha acción. En un intento de salvar a su familia, el único elemento que puede realmente redimir y salvar a Leo de su pasado, el ex-agente soviético irá a un gulag en la parte más septentrional de Rusia, volverá a Moscú y llegará hasta una Hungría revolucionaria que quiere dejar de ser un satélite de la URSS.

  Me 'enamoré' de Leo Demidov leyendo El niño 44. La integridad de este hombre me pareció asombrosa, a pesar de su manera de actuar se mostraba como un ser convencido de sus ideas y con un alto sentido del deber y del compromiso. Además en aquella novela se hacía una crítica demoledora de la represión stalinista.

   Disfruté mucho con aquella lectura y me dispuse a hacer lo mismo con ésta. Lamentablemente la novela me decepcionó. Se vuelve a insistir en la misma crítica político-social aunque Stalin ya está muerto y los nuevos dirigentes parecen tener un talante más benigno -todo lo benigno que puede ser un sistema autoritario basado en la represión-. Puestos a repetir las mismas técnicas pensé que en esta segunda entrega también habría un desconocido asesino al que perseguir. Ahí no reincidió el autor: el personaje malvado -que lo hay- se conoce desde el principio. Además, en esta ocasión, el héroe de mis sueños únicamente se limita a repartir -y a recibir- mamporros  a diestro y siniestro.

    Cuando una lectura resulta decepcionante siempre causa frustración, pero cuando se ha leído previamente algo relacionado con ella y que gustó mucho, ese desengaño es mayor. Es por eso que me ha dado mucho coraje no conectar con Leo como lo hice en aquella primera novela que tanto me conmocionó.

   No obstante, me gusta ser positiva y aprender de las malas experiencias. En este caso he aprendido dos cosas: que me tengo que leer bien las críticas de una novela antes de empezarla y que los dichos populares casi siempre tienen razón, en concreto el que dice "Nunca segundas partes fueron buenas".


Kirke  




   

17 de junio de 2016

Do you speak English? IX

La dulce Bruselas (Segunda Parte)


   Bruselas también es conocida por ser la capital europea más lluviosa. Nosotros tuvimos suerte pues los tres días que allí estuvimos hizo sol –salvo la tarde del sábado que lloviznó un poquito–. No nos llovió pero hizo bastante frío y eso que fuimos en el mes de abril. No sé  qué entienden “por ahí fuera” lo que es un clima cálido ya que el recepcionista de nuestro hotel estaba encantado con la meteorología, y nos dio las gracias porque nosotros –los españoles- les habíamos traído buen tiempo. ¿Buen tiempo con 7 grados al sol a las doce de la mañana? Eso lo hace en España pero en febrero, en abril buen tiempo es ir en manga corta y no con abrigo y bufanda, que es como teníamos que ir vestidos al salir a la calle.

   Sí que debía de ser raro en esas fechas que hubiera un sol radiante porque el domingo, que ni siquiera había nubes en el cielo, estaban todos los parques llenos de belgas en camiseta de tirantes tomando el sol, cual lagartos en busca de calor. Ellos estaban en tirantes pero yo no me quité el abrigo en ningún momento.

   Bruselas tiene tres idiomas oficiales, el francés, el neerlandés (o flamenco) y el alemán. Con el francés yo me defendí bastante bien. En términos generales puedo decir que me entendí con los lugareños aunque nada más llegar al aeropuerto las expectativas no fueron muy optimistas. 

   Sería cuestión de mala suerte pero según aterrizamos no vi ningún cartel en francés; todos estaban en inglés y en un idioma irreconocible por mí que creí era alemán raro y luego deduje que era neerlandés. Fue en ese momento cuando me percaté que Bruselas está en territorio valón y flamenco, es decir, es capital de la comunidad francesa donde hablan francés y es también la capital flamenca donde se habla neerlandés. Intenté averiguar qué parte era la francesa para no salir de allí y asegurarme poder hablar con cierta tranquilidad pero no lo conseguí. Porque si se me da mal hablar el inglés, el neerlandés -que a mí me parece alemán raro- no es que se me dé mal, es que no entiendo nada.

   Viendo los buenos resultados en cuanto a comunicación se ve que tuve suerte y no salí de la zona francesa. Eso o que los bruselenses son bilingües y todos hablan francés independientemente de la zona en la que se encuentren.

   Como soy una viajera responsable antes de emprender el viaje intenté aprender un poco de la Historia de Bélgica. Parece ser que por el siglo XVI el Duque de Alba también “visitó” Bruselas y no dejó muy buen recuerdo. Andaba yo algo preocupada por si algún belga aún lo tenía enquistado en la memoria y se pudiera ensañar con nosotros por ser españoles. No tuve ningún reproche de nadie. Por lo visto el paso del tiempo ayuda a restañar las heridas;  que casi cien años después, los franceses dejaran peor recuerdo que los españoles también ayudó bastante. A esos, a los franceses, sí que les tienen mucha manía.
Atomium

   En la primera parte de esta crónica comenté que gracias a los maravillosos guías que tuvimos –mis cuñados- no nos perdimos. Eso no fue exactamente verdad. Un día sí nos extraviamos, fue en el metro y por ser honrados. Me explico.

   Queríamos visitar el Atomium y aunque Bruselas es una ciudad bastante pequeña y se puede ir andando casi a todas partes, esa célebre estructura se encontraba algo lejos de nuestro hotel, por lo que decidimos utilizar el metro. El suburbano de Bruselas no tiene muchas líneas y el mapa no es demasiado difícil de comprender, por lo que el viaje no se presentaba complicado. 

   Llegamos a la estación y procedí a comprar los billetes. Me entendí perfectamente con el taquillero y la compra se realizó sin problemas. Con los billetes en la mano nos dispusimos a localizar la línea que nos llevaría al Atomium y hasta el andén llegamos sin ningún inconveniente. Fue esperando al convoy cuando nos dimos cuenta que en ningún momento habíamos tenido que pasar un torno u otro sistema de acceso, es decir que no habíamos cancelado el billete del viaje. 

   Los españoles tenemos fama de caraduras y de irnos sin pagar de los sitios, pero eso es una leyenda urbana o nuestro grupo fue la excepción porque quisimos ser honrados y que nuestros billetes fueran “picados” en lugar de guardárnoslos para el viaje de vuelta. El caso es que salimos del andén y volvimos sobre nuestros pasos para ver qué habíamos hecho mal. 

   A todo esto el taquillero nos vio desde su puesto y empezó a hacer gestos. Supongo que cinco panolis en medio de un vestíbulo mirando a todos lados con cara de despiste llama la atención a cualquiera, incluso a un taquillero del metro. Me acerqué a la taquilla con los billetes en la mano y el empleado del metro me preguntó si había cambiado de opinión y que si quería devolver los billetes que no podía ser. Cuando le pregunté qué hacía con los tickets me miró como quien mira a un pobre ignorante digno de compasión. Resulta que las canceladoras de los tickets estaban pegadas en una columna y no hay ningún sistema de acceso que prohíba pasar al que no lleve su título de transporte. Los belgas son muy europeos y muy confiados.

   Lo de que me miraran con cara de pena me volvió a ocurrir otra vez. En esta ocasión fue en una taberna típica y famosa por los variados tipos de queso que ofrecen. Pedimos una tabla de quesos y cuando el camarero nos la sirvió se dirigió a mí y, en un francés muy claro, me explicó que tuviéramos cuidado con el queso que se encontraba en el centro del plato, pues era extremadamente fuerte y había que comerlo en pequeñas cantidades. El buen hombre y preocupado por nuestros estómagos me lo repitió dos veces para asegurarse de que lo había entendido bien y yo asentí. Antes de que se retirara yo ya había traducido al español lo que él me había dicho. 
   
   Resulta que mi hija es una fanática del queso y cuanto más fuerte es, más le gusta; total, que en cuanto oyó que el queso del centro era el más fuerte allá que se fue a coger un buen trozo y en un plis-plas se lo metió en la boca. El camarero que aún estaba sirviendo nuestra mesa abrió los ojos como platos y se dirigió a mí alzando la voz y repitiendo que ese queso era muy fuerte, a la vez me dedicó una mirada mezcla de compasión y de rechazo por ser una mala madre cuya ignorancia del idioma iba a provocar el vómito en una tierna niña. Menos mal que mi hija acompañó la deglución del maldito queso con un gesto de “está riquísimo” y así el camarero se dio cuenta de que era verdad que me había enterado perfectamente. Fue entonces cuando trocó la mirada de reproche hacia mí para dedicar una de extrañeza a mi hija.

 Como no podía ser de otra manera también visitamos el Parlamento Europeo –por fuera-. Para mí no es la zona más bonita de la ciudad pero había que verla. Lo que más me sorprendió fueron algunas señales de circulación, como esta:


  Seré yo muy mal pensada y le busco siempre tres pies al gato pero me pareció irónico el mensaje implícito en la señal del medio, la de “prohibido patinar”. En los alrededores del Parlamento Europeo no se puede patinar pero está claro que dentro del Parlamento sí, porque algunas decisiones sobre economía que se han tomado allí han sido desastrosas y los patinazos de nuestros eurodiputados son de libro Guinness. Podría seguir dando caña con este tema pero creo que no es el momento ni el lugar. 

   El recuerdo que tengo de Bruselas es muy bueno y pensar en la Troika me ha puesto de mal humor. Creo que para quitarme el mal sabor de boca me dirigiré a la nevera a por un poco de chocolate.

Kirke  



13 de junio de 2016

La elegancia del erizo



Nueva entrega de la sección Alalimón. 

La elegancia del erizo escrita por Muriel Barbery.
El erizo dirigida por Mona Achache (Reseña de Chelo)

   


   Leí este libro, un préstamo de la biblioteca municipal, hace bastantes años. La semana pasada me lo regaló una amiga a la que me unen muchas cosas, especialmente el amor por la lectura. Desde aquí, y sabiendo que leerá esto que escribo, le doy las gracias de todo corazón, pues me brindó con su obsequio la oportunidad de volver a releer una  novela que en su momento me gustó bastante. En esta segunda lectura capté sensaciones que pasaron desapercibidas en la primera. La magia de la relectura se volvió, una vez más, a manifestar.


   En el número 7 de la calle Grenelle, en París, viven dos personas completamente diferentes y a la vez iguales en sentimientos y forma de pensar.

   Una de ellas es Renée, una mujer de 54 años, la portera. Una portera con apariencia de portera. Una portera que vive y se desenvuelve como una portera. Una portera que hace lo que se espera de una portera.

   Pero Renée no es una portera cualquiera. Lee a Marx y a Tolstói -su libro de cabecera es Ana Karenina-, escucha a Mozart o a Mahler y le gustan los paisajistas holandeses, especialmente Vermeer. Pero esto no lo puede saber nadie, y mucho menos los inquilinos del inmueble donde vive y trabaja. 

   Renée posee la elegancia del erizo, “por fuera está cubierta de púas pero por dentro tiene el refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes”.

   Renée se ha refinado ella misma a través de la lectura “cuando la victoria sobre la agresividad del primate se apodera de esas armas prodigiosas que son los libros y las palabras, la empresa es sencilla, y así es como me convertí en un alma educada que extraía de los signos escritos la fuerza de resistir a su propia naturaleza”.

"Todas las familias felices se parecen. Pero las familias desdichadas lo son cada una a su manera"

   La otra persona completamente distinta y al mismo tiempo tan parecida a Renée es una niña de doce años, vive en la quinta planta del edificio y se llama Paloma –qué bonito nombre, por cierto–. Paloma tampoco quiere mostrarse como realmente es, tiene una inteligencia prodigiosa pero aparenta a los ojos de los demás que es una niña simple y algo rara. Pero Paloma –insisto, bonito nombre– es hipersensible a todo lo disonante, a las constantes contradicciones que halla en todo lo que la rodea y no se reconoce en ninguna creencia ni en ninguna cultura. Con sus pocos años ya sabe que el mundo es feo y que no tiene ganas de verlo.

   Renée y Paloma a pesar de las diferencias de edad y de clase social y de las distintas circunstancias que las rodean, son almas gemelas. No quieren que los demás sepan cómo son en realidad; quieren pasar desapercibidas.

   A estos dos personajes y dentro de todo el elenco que conforma el vecindario del inmueble sito en el número 7 de la calle Grenelle, viene a sumarse Kakuro Ozu, un japonés de porte distinguido y con un don peculiar: ve más allá de las apariencias. El japonés aporta la serenidad propia de la cultura oriental: “los japoneses saben que sólo se saborea un placer porque se sabe que es efímero y único”. Kakuro, con sus finas maneras, confraternizará con la portera y la niña, formando un extraño y cautivador trío de personas sensibles y excepcionales.

   El libro narra, a través de las palabras de la portera y la niña, el lento discurrir de las vidas de los inquilinos con sus rutinas y su mediocridad, donde Renée por su lado y Paloma por el suyo, reflexionan sobre muchos asuntos cotidianos que a otros no les harían pararse a pensar ni un segundo.

   Porque el libro es una reflexión continua, sobre temas de lo más variopinto: las puertas correderas, la gramática, la fenomenología, la muerte, la vejez, la diferencia de clases o el papel higiénico. Son cuestiones muy dispares, pero todas encierran un pensamiento profundo (incluso la del papel higiénico, por raro que pueda parecer).

   Podría escribir muchas líneas con el torrente de ideas que se vierten en este libro. Por no extenderme en demasía sólo plasmaré aquí unas pocas.

 “A la belleza se le perdona todo, incluso la vulgaridad”

 “Cuando la enfermedad entra en un hogar, no se apodera sólo de su cuerpo, sino que teje entre los corazones una tela oscura que entierra toda esperanza.”

“Si olvidas el futuro, pierdes el presente.”

“Hay que conceder a los demás lo que uno se permite a sí mismo.”

“Si quieres cuidar de ti, cuida de los demás.”

“Cuanto más ansío las estrellas, más abocada estoy a la pecera.”

“¿Qué queda exactamente de una vida cuando quienes la vivieron juntos hace tiempo que murieron?”

   Algunas de estas reflexiones me han dejado impactada, especialmente las que se hacen sobre la vejez, la juventud y lo rápido que pasa el tiempo que se nos concede:

No hay que olvidar tampoco que esos viejos fueron jóvenes, que el tiempo de una vida es irrisorio, que un día tienes veinte años, y al siguiente ya son ochenta.

Yo hace tiempo que aprendí que la vida se pasa volando, mirando a los adultos a mi alrededor, tan apresurados siempre, tan agobiados porque se les va a cumplir el plazo, tan ávidos del ahora para no pensar en el mañana…. Pero si se teme el mañana es porque no se sabe construir el presente,  y cuando no se sabe construir el presente, uno se dice a sí mismo que podrá hacerlo mañana y entonces ya está perdido porque el mañana siempre termina por convertirse en hoy.”

 Porque en el fondo es una reflexión sobre la vida, sobre el sentido que cada uno le da a la suya y cómo se comporta cada cual ante ese extraño fenómeno que es vivir y por tanto morir, pues la vida no se entiende sin la muerte. 

   Este libro es simplemente una reflexión sobre lo efímera y a veces banal que se nos presenta la existencia y con cuánta insensatez somos incapaces de captar los momentos de belleza y felicidad que se nos ofrecen.

   Podría terminar esta reseña con alguna de las frases que, como preciosas camelias, adornan la lectura de este conmovedor libro, pero lo haré con una que venía insertada en forma de tarjeta, y como un presente más, dentro del ejemplar que me fue regalado por mi gran amiga:

“Dale a cada día la oportunidad de convertirse en el mejor de tu vida”

Kirke 


9 de junio de 2016

Do you speak English? VIII

La dulce Bruselas (Primera Parte)


  Aquí traigo otra crónica sobre mis peripecias allende los Pirineos. En esta ocasión el destino fue Bruselas y reconozco que no tuve demasiados problemas idiomáticos.

   A Bruselas se la conoce principalmente por ser la sede de las instituciones de la Unión Europea. Incluso alberga la sede central de otro organismo internacional de mayor alcance territorial como es la OTAN.

   A esta ciudad también se la conoce por sus productivas manufacturas de tapices, llegando a ser el mayor centro de producción de estas obras de arte en el siglo XV. En esta ciudad se confeccionaron –se confeccionan– los encajes de mayor finura y calidad –al menos eso dicen los expertos–.

  En fin, que Bruselas es conocida por muchas cosas, pero para mí esa ciudad está ligada a otra palabra llena de connotaciones placenteras: ¡chocolate!

   En Bélgica se producen algunos de los mejores chocolates del mundo –que me perdonen los suizos– y en Bruselas se ubica una “Confitería farmacéutica”, pues su fundador consideraba el chocolate –con toda la razón del mundo– un alimento sumamente curativo. Yo lo pondría a la misma altura que el Prozac y el cannabis (el “otro” chocolate).

 Por eso cuando mi cuñada nos propuso a mi marido, a mi hija y a mí, pasar un fin de semana en Bruselas yo lo primero que pensé fue “me voy a poner morada a bombones”.

   Aquel viaje fue muy cómodo porque viajé en plan reinona. Mis cuñados conocen muy bien la ciudad ya que mi cuñada, por motivos laborales, la visita con frecuencia. Esto se tradujo en que no necesité mirar un plano ni buscar qué lugares visitar; mis cuñados fueron los guías en todo momento y sabían qué restaurantes y, lo más importante, qué cervecerías eran las mejores.

   Como esta vez el ir de un sitio a otro no dependía de mí, no nos perdimos. Nunca podré agradecer a estos guías desinteresados su aportación porque estoy convencida de que si no hubiera ido con ellos no habría encontrado algunos de los lugares considerados emblemáticos. 

Manneken Pis

   Por ejemplo, el “Manneken Pis”. Esa fuente con el niño en pelotas echando agua por donde la anatomía está preparada para evacuar la orina, se encuentra en un rincón, casi escondido. La fuente, no sé por qué, yo me la imaginaba más grande y emplazada en un lugar más vistoso. El caso es que está en un chaflán y si no andas con ojo pasas de largo. De hecho, yo lo hice. Iba con la cámara fotográfica en ristre dispuesta a hacer una foto, cuando llegué estaba lleno de turistas japoneses –o chinos, no estoy segura– y la tapaban literalmente, por lo que seguí andando. Menos mal que mi cuñada, a la que le pasó algo parecido la primera vez que visitó a tan famoso meón, me llamó y volví sobre mis pasos.

   La fuente del niño haciendo pis es muy pequeña pero las cervezas que sirven en algunas cervecerías no lo son en absoluto. En un garito que se llamaba Le Roy d’Espagne quisimos probar la cerveza negra, yo pedí una copa. En España, al menos en los lugares donde yo voy a tomar cerveza, una copa no tiene más de 200 cc de capacidad. La que me sirvieron podría pasar por la copa de cualquier torneo deportivo en cuanto a tamaño, ahí había más de un litro de cerveza. No sé si para no desentonar con la bebida, el camarero también era descomunal, se me ocurrió ponerme de pie para quitarme el abrigo y comprobé que me sacaba cuatro cabezas de estatura. ¡Qué barbaridad! ¿Cómo pudimos invadir Flandes?

   Otro lugar emblemático de la capital belga es la Grand Place, en un lugar muy animado, bordeado por diferentes establecimientos, principalmente  tiendas de tapices y encajes. Los escaparates de esas tiendas creo que son espectaculares por las maravillas hechas a mano que se exponen, y digo creo porque yo apenas me fijé. Y es que había otro tipo de escaparates que a mí  y a mi hija nos llamaron más la atención: los de las chocolaterías. 




   Hacen unas cosas con el chocolate que son auténticas obras de arte. Hubo alguien al que oí decir que eran como las fallas; que me perdonen los valencianos pero no tiene nada que ver. El arte puede que sea igual en cuanto a hacer figuras de gran realismo o belleza, pero el final es muy distinto. Porque si en Valencia toda esa dedicación y trabajo acaba hecha cenizas y humo, la de los chocolates belgas acaba en el estómago y dando un segundo placer; primero alegra la vista y luego el paladar. 

  Antes de salir de España estuvimos planeando qué lugares visitar: la catedral, la Grand Place, el Atomium, el monumento del quinto centenario y el Parlamento Europeo fueron algunos de los lugares que se nombraron y que acabamos visitando. 

   Pero yo tenía en mente un lugar señalado en mi mapa particular con una gran cruz roja: la tienda de Leónidas, una bombonería famosa por sus chocolates y que para mí es la representación del Paraíso en la Tierra. Yo, cuando muera, quiero que mi espíritu se quede allí. No entraré en detalles de la cantidad y variedad de bombones que adquirí, sólo comentaré que si alguna vez he deseado ser multimillonaria fue ese día, porque de tener más dinero me habría comprado la tienda entera.
Cajas de bombones (ahora vacías) 

   Pero no solo de chocolate vive el hombre –yo sí podría– y también nos dedicamos a tomar otro tipo de  alimentos. La famosa pularda que a mí me tenía intrigada, con ese nombre parecía algo realmente exquisito, la comimos en un local de las Galeries Royales Saint-Hubert. No estaba mal pero no deja de ser gallina. También comimos unos mejillones que más parecían ostras de lo grandes que eran, pero los de las Rías Bajas de Galicia a mí me saben mejor y no me quiero poner patriotera. 

Galeries Royales St-Hubert

   Una de las noches cenamos en un sitio realmente encantador, L’Estrille aux Vieux Bruselles, donde la camarera pudo practicar su español con nosotros y donde degustamos un vino muy rico. No sé si fue por el vino, por la amable camarera o por la excelente compañía, pero esa noche quedó grabada en mi memoria como una velada estupenda. Creo que la cantidad de chocolate que ya llevaba ingerida pudo colaborar bastante al bienestar.



Pero Bruselas aún tenía muchas más cosas sorprendentes que ofrecernos.

Continuará…. 



Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores