25 de mayo de 2017

Irreal como la vida misma

   En anteriores ocasiones he reseñado que los relatos cortos no me suelen gustar mucho, que prefiero las tramas más largas porque me implico más en la historia.

   Sin embargo, libros como este me hacen cambiar de opinión. Está claro que si el relato es bueno, da igual la extensión del mismo. Se puede contar mucho en muy poco espacio y esto es lo que pasa con "Irreal como la vida misma".

   Además de encontrar en este libro historias muy buenas, hay mucha variedad. El autor, Josep Mª Panadés, toca diferentes temáticas y lo hace muy bien.

   Entre las páginas de este libro uno se puede encontrar historias entrañables como la de un payaso que no hace reír, historias singulares como la del origen de una pareja famosa de gánsteres, historias cargadas de alegorías sobre la mala conciencia y el peso de la culpa, historias crudas sobre la violencia de género, historias inquietantes que ocurren a la cuatro y cuarto, historias de fantasmas malditos, oscuros secretos y muertes extrañas, apariciones, túneles donde al final no se encuentra la luz. Las historias transcurren en el tiempo presente, en tiempos pasados o en un futuro año 2092.

   Josep Mª Panadés tiene muchos registros, engancha con su manera de contar las cosas, nos pone en antecedentes sobre los personajes que protagonizan sus relatos (personajes que, como él mismo señala en el epílogo, podríamos encontrarnos en la vida real) y sorprende con finales inesperados.

   Y para rematar todo esto, además lo hace con un lenguaje muy cuidado, con un vocabulario rico pero sin caer en la pedantería ni en la retórica barroca que utilizan algunos autores, sobre todo si son noveles, para impresionar y hacernos creer que son muy cultos. Josep Mª escribe bien pero sin agobiar con vocablos rebuscados o sintaxis enrevesadas.

   Una delicia leer  unas historias entretenidas y además con una prosa tan cuidada. Recomendable al 100%.




16 de mayo de 2017

La felicidad

Foto

         Relato presentado en la comunidad Escribiendo que es gerundio, en el apartado "Una imagen, un relato".


    Qué gran serenidad me invade, qué plenitud siento. Mi cuerpo parece levitar y esa quietud que recorre mis venas me hace sentir ligera. La sensación de paz es muy agradable y esa luz opalina que todo lo envuelve me resulta acogedora.
    Ni recuerdo la última vez que me sentí así de bien. El estrés del trabajo, las tareas domésticas después de una jornada agotadora, el cuidado de los niños. No puedo más. Esta paz es tan extraña como inesperada.
     Desde donde estoy, en esta roca alejada de todo y de todos, las nubes se presentan como un lecho acogedor, un mullido colchón que promete un cálido recibimiento. Quiero ir hacia allí, sé que así la paz será eterna.
    No sé por qué estoy desnuda, ni por qué estas cuerdas de goma me impiden moverme. Quiero ir hacia las nubes, pero las ataduras en mis brazos y en mi cara no me dejan. Ya está, he conseguido arrancarlas, ya soy libre de saltar. Qué feliz me siento. ¡Allá voy!

***

— ¡Doctor! ¡Doctor! Tenemos un problema.
— ¿Qué ocurre, enfermera?
—La paciente del quirófano 6, está muy agitada, no consigo que se calme y se ha arrancado la vía y la mascarilla de oxígeno. En cuanto el anestesista le administró lo que se supone que era óxido nitroso empezó su comportamiento extraño.
—¿Qué quiere decir con ese “se supone”?.
—Creo que se equivocó de toma de gas, doctor.
—¡¡¿Qué?!! ¡Menuda denuncia nos va a caer! Esto es intolerable, se nos va a venir todo un ejército de abogados encima cuando la paciente despierte. Eso si despierta y no se nos queda tiesa en la mesa de operaciones.
—Puede que no nos denuncie, doctor, después de todo.
—¿Por qué lo dice?
—No sé, no parece que lo esté pasando muy mal. Ahora mismo tiene una sonrisa de felicidad en la cara.


10 de mayo de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (XV)

La mejor defensa es un buen ataque



   Estos días ando preparando la defensa de la tesis. Mi trabajo ya ha pasado el escrutinio del decanato de la facultad y el del rectorado. Tras ese escrutinio me han dado la aprobación y consideran la tesis apta para exponerla. 

   Ahora tendré que demostrar, ante un tribunal de cinco especialistas en las materias que trato, que ese beneplácito es merecido.

   Es lo que en esto de las tesis se llama la lectura o defensa. Hace unas semanas comenté que un apartado de los artículos (y de la tesis) no me gustaba nada por lo que llevaba implícito su nombre. Me refería al apartado “Discusión”. Lo de discutir ya me parece negativo. Bien, pues el término “Defensa” me da el mismo mal rollo que el de discusión.

   Porque cuando uno se defiende es porque lo atacan, y si “defensa” me da muy mala espina, “ataque” ya me pone muy nerviosa.

   La defensa de una tesis consiste en exponer (mediante una presentación de diapositivas por PowerPoint) durante 40 minutos ante el citado tribunal, un resumen de la tesis, explicando en qué se basa la misma y los resultados que se han obtenido. Después de esta exposición, cada miembro del tribunal hace una serie de preguntas al doctorando.

   De entrada, 40 minutos puede parecer mucho, pero si se tiene en cuenta que en ese lapso de tiempo se ha de contar el trabajo de varios años, bien mirado es muy poco. Entonces se plantean dos opciones: una, resumir bastante quitando muchas cosas; dos, contarlo todo pero a toda pastilla.

   Las dos opciones tienen su lado bueno y su lado malo.

   La primera, la de contar menos de lo que se hizo, es buena porque aprovechas y no hablas de lo más peliagudo, o lo que peor llevas. Pero esta opción es mala porque muchas cosas en las que has invertido un tiempo precioso y gastado muchas neuronas no van a ver la luz, al menos públicamente hablando.

   La segunda opción, contar todo a todo correr, también tiene sus pros y sus contras. Lo bueno: que si vas muy deprisa lo más seguro es que aturdas al tribunal con un exceso de información y eso puede derivar en que lo descoloques y no sepan ni qué preguntar. Lo malo: que si vas muy deprisa lo más seguro es que aturdas al tribunal con un exceso de información y eso puede derivar en que lo cabrees y te inflen a preguntas sobre todo porque no han entendido nada.

   A estas dos opciones hay que añadir una tercera: que tus directores no te dejen hacer ni una cosa ni la otra, es decir, que quieran que lo cuentes todo, sin correr y en 40 minutos. Esta es la opción que se baraja siempre y la que, no se sabe cómo, se acaba haciendo. Intento indagar, a través de compañeros que ya pasaron por este trance, cómo lo hicieron y ninguno sabe contestarme a ciencia cierta. Yo creo que hay algún santo patrón de la Defensa Doctoral, o algo así, que se encarga de este milagro, pero tampoco he podido averiguar qué santo es para ponerle una vela.

   Hay una cuarta posibilidad que, aunque remota, puede ocurrir: que no digas nada, ni mucho ni poco, ni deprisa ni pausadamente. Esto pasa cuando el pánico escénico hace acto de presencia y deja a las cuerdas vocales en estado catatónico. Es lo que comúnmente se llama “quedarse en blanco” y lo que yo denomino “cagarla, pero bien”.

   Por si esto fuera poco, después vienen las preguntas de todos y cada uno de los miembros del tribunal. Por dónde te pueden salir es la principal causa de preocupación del doctorando, pero yo a este respecto no me hago cábalas porque lo tengo muy claro: me van a preguntar sobre lo que peor me sé.

   El caso es que en organizar la defensa estoy, y ando algo preocupada pues no sé si sabré defenderme de forma correcta. Ya comenté que mi trabajo tiene pocos asteriscos y mis resultados no son para que me den el premio Nobel precisamente.

   Dicen que la mejor defensa es un buen ataque, así que he pensado en presentarme ese día con una armadura y una espada, pero soy de constitución endeble y no creo que pueda con la impedimenta. También he pensado en llevar algún tipo de artefacto arrojadizo (cóctel molotov, granada de mano, etc.) pero me parece una medida excesivamente drástica, y entre que me suspendan la tesis o ir a la cárcel, prefiero lo primero.

   Así que, ante todo lo dicho, he optado por hacer una presentación muy bien presentada (valga la redundancia), con unos esquemas muy esquemáticos (valga, otra vez, la redundancia) y con una animación de diapositivas sobria pero animada (la redundancia que vuelva a valer). De momento estoy pensando en contarlo todo, luego ya veré si mi mente ese día le da por recortar por su cuenta ante el cronómetro que tendré en el atril para avisarme del ritmo que llevo y para acojonarme aún más -como si no fuera suficiente ver a cinco señores que saben muchísimo sobre lo que hablas atentos a tus palabras-.

   Para evitar la opción de no decir nada también pienso prepararme, dado que soy farmacéutica y conozco algunos principios activos que pueden ayudar a relajar emplearé esos conocimientos en mi persona (que nadie se alarme porque no pienso utilizar sustancias ilegales ni dosis elevadas que me dejen dormida).

   Cuando el día de la defensa llegue iré bien pertrechada, para atacar, para defenderme y para fenecer en el intento si es necesario, pero ese día tengo que triunfar porque la derrota no se contempla. Cual gladiador valiente saldré a la arena a vencer (o morir). De hecho, el protocolo marca que el doctorando inicie su disertación con la frase “Con el permiso del tribunal comienzo mi exposición”, pero estoy pensando cambiarla por esta otra:

“Ave, Tribunal, la que va a morir os saluda”

   Espero que todos los miembros del tribunal, después de la exposición y el turno de preguntas, acaben con el dedo pulgar hacia arriba. Por si acaso, seguiré buscando al santo patrón de la Defensa Doctoral para que me eche una mano.





6 de mayo de 2017

La buena letra

   Hace tiempo que tengo ganas de leer algo de Chirbes. Una compañera bloguera, Rosa Berros, que es una fan incondicional de este escritor, lleva tiempo recomendándome leerlo.

    Por fin le hice caso y no me arrepiento.
    
Una madre le cuenta a su hijo pequeñas anécdotas familiares y a través de ellas vamos conociendo las vicisitudes de una familia como otra cualquiera que tuvo que pasar por una guerra fraticida, la Guerra Civil española, y la época posterior al conflicto bélico.

A través de los recuerdos de la madre no solo sabemos del devenir de esa familia, también sabemos de la huella que la experiencia vivida y el tiempo ha dejado en esa mujer.

Ana, la narradora, recuerda los años de la guerra y lo que vino después cuando esta terminó. Al rememorar para su hijo la memoria que le viene es "una memoria enferma y sin esperanza".

Porque desesperanza y hastío es lo que se respira en este relato (no es una novela, no llega a las doscientas páginas). En toda la lectura se percibe una constante nostalgia de un tiempo pasado que siempre fue mejor que el presente. Un tiempo pasado antes de que la guerra y la derrota llegara a la vida de Ana y de su familia.

En la memoria de Ana permanecen los recuerdos amargos de años de frío y oscuridad de una guerra que nunca terminó para los vencidos. El derrotado tuvo que soportar la venganza del vencedor. Ella y su familia hubieron de adaptarse para poder sobrevivir y aunque ahora, cuando Ana invoca ese pasado, el recuerdo se torna más amable y duele menos, se percibe un poso de tristeza.

La guerra, y lo que vino después, enseñó a Ana y su familia, a soportarse, a quererse entre sí, a valorar lo realmente valioso. Aunque algunos se volvieron huraños, se tornaron egoístas, perdieron los ideales por los que lucharon y la decepción se anidó tan profundamente en sus almas que se convirtieron en seres egocéntricos y amargados.

 Un relato hecho de recuerdos que persiguen pero que también identifican. Un relato de derrota y tristeza; la tristeza que se siente cuando uno se da cuenta de que ha luchado y ha perdido.

"He resistido, me he cansado en la lucha y he llegado a saber que tanto esfuerzo no ha servido para nada."





3 de mayo de 2017

Sin ella no vale nada


   Con este relato he participado en el segundo certamen Panacea, organizado por la Facultad de Farmacia de la Universidad Complutense de Madrid.

   El tema de este año era "Elixires y la eterna juventud". Me he inspirado en una escena de una película de los años 80 que me dejó una honda impresión (la escena, no la película): Los inmortales, además la banda sonora es una canción de Queen, Who wants to live for ever. Al final del relato os pongo un video clip de la canción y con escenas precisamente de esa película (pido disculpas por la calidad pero no he encontrado otra versión mejor).

SIN ELLA NO VALE NADA

  Hoy me ha dejado, hoy la he perdido para siempre. Nunca entendió por qué mi piel no tenía arrugas ni por qué mi pelo no se volvió blanco con el transcurrir de los años. Mientras ella, poco a poco, iba acusando el paso del tiempo yo seguía igual de lozano que cuando nos conocimos.

   Mi aspecto y nuestro amor permanecieron inmutables a lo largo de estos sesenta años juntos. Pero ella no; ella fue cambiando como cambiaban las estaciones del año, como cambiaba el paisaje fuera de nuestra cabaña. Tan solo su mirada quedó igual, el brillo de sus ojos siempre fue el mismo, incluso en el momento de expirar en mis brazos no perdieron ni un ápice de luz.

   Ahora me ha dejado, estoy solo y maldigo aquel condenado elixir que bebí hace una eternidad. Maldigo esta eterna juventud que de nada me sirve si ella no está.




Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores