Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

27 de mayo de 2020

Diario de un confinamiento (VIII)


DÍA 67 (18 de mayo)
En mi ciudad hemos vuelto a catear, aunque nos han subido un poco la nota y nos dejan hacer algunas cosas que antes estaban prohibidas como ir más de una persona en un coche sin necesidad de una declaración jurada por un notario.
Parece ser que pueden ir varios pasajeros en el coche si todos viven en la misma casa. Según un periódico, los viajeros deben colocarse en el coche en diagonal y sin mascarilla, en otro pone que se pueden sentar juntos, pero con mascarilla y en otro que lo de la mascarilla es opcional siempre y cuando los pasajeros se coloquen haciendo las tres en raya. 
Me he ido a consultar la web de Sanidad y, para variar, no me he enterado de nada.
Hoy hemos ido al hípermercado toda la familia y así cargar más. Yo me he puesto al volante, mi marido se ha colocado en la parte de atrás en el lado opuesto al del conductor y cuando le ha llegado el turno a mi hija, y ante el temor de que nos pusieran una multa por no respetar las normas de colocación, la hemos metido en el maletero. A la vuelta, y como necesitábamos el maletero para guardar la compra, la niña se ha sentado a mi lado, pero le hemos puesto una bolsa del mercadona en la cabeza para que pase desapercibida.
¡Qué ganas tengo de que termine esto, por Dios!

DÍA 71 (22 de mayo)
¡Por fin! Hemos aprobado y vamos a pasar de curso, digo de fase. Aún no sé muy bien en qué consiste ni qué puedo hacer realmente. Lo que sé con certeza es que las terrazas van a abrir, también me he enterado de que es necesario pedir cita. Como nos animan a potenciar los negocios de nuestra zona he llamado al bar de al lado de casa, tras varios intentos en que comunicaba he conseguido que me atiendan, pero hay lista de espera; dado que la terraza no es grande, que ahora hay que reducir el aforo a la mitad y que en mi barrio somos mucho de tomar cañas, me toca el turno la tercera semana del mes de julio.
Deprimida me he ido al barrio de al lado en la hora del paseo; ahí hay más terrazas y como es un barrio pijo, los diferentes alcaldes, como saben que ahí les votan, se han encargado de que sus aceras sean más anchas y por tanto las terrazas tienen más espacio y les caben más mesas. 
Cuando he llegado se estaban manifestando los vecinos aporreando cazuelas y otros utensilios de cocina. Algunos miraban los cacharros con pinta de no saber para qué servían. He oído a una señora preguntar por el móvil a la criada por dónde se agarra una sartén. Desconcertada con tanto ruido me he desorientado y he intentado volver a mi casa, en medio de la confusión un señor me ha atizado en la cabeza con un cazo de la sopa, encima, en lugar de excusarse me ha dicho que la culpa la tiene el gobierno. No le he dicho nada porque, después de todo, el tipo ha salido perdiendo; del porrazo la peor parte se la ha llevado el cazo que se ha abollado irreversiblemente, y me pareció que era de plata. ¡Que se joda!

DÍA 75 (26 de mayo)
Estamos en fase I, aún no hemos llegado a la normalidad, ni a la nueva ni a la vieja, pero en mi barrio lo de tomarse una caña en un bar sigue siendo normal y hay colas kilométricas para esperar y pillar sitio. 
Me he ido a pasear a un parque, ahora que están abiertos, y así no ver las terrazas llenas de gente y ponerme verde de envidia. Caminando, caminando he llegado hasta El Retiro y he pensado tomarme la caña allí; ha sido imposible. Encima he oído que andaba la presidenta de la comunidad autónoma por la zona, he salido despavorida del parque por miedo a que me contagie la cepa que la infectó a ella, que es la más dañina porque estoy segura de que los últimos comportamientos de la señora presidenta se deben a efectos colaterales del Covid-19: los chinos no nos han contado toda la verdad. 
Este virus es muy puñetero y además de problemas respiratorios causa, sobre todo en los políticos infectados, deficiencias mentales graves.





21 de mayo de 2020

Diario de un confinamiento (VII)


DÍA 51 (2 de mayo)
Hoy era el primer día de libertad condicional. Ha sido emocionante, he llorado y todo. Mi reloj-pulsera de actividad también se ha emocionado, ha empezado a vibrar y a emitir lucecitas en cuanto ha notado que he caminado más de veinte pasos sin detenerme. Creo que, a su manera, él también ha llorado de emoción al comprobar que su dueña no está muerta. Es gratificante comprobar tanta lealtad. Lo hemos celebrado juntos dando un buen paseo y apurando hasta el último minuto de la hora permitida.
Este primer permiso carcelario además de emocionante ha sido complicado. Cumplir con todas las condiciones para poder disfrutarlo ha sido muy difícil. Mantener la distancia de seguridad en algunos momentos fue estresante; como los parques están cerrados la gente ha salido a hacer deporte por las aceras y en algunas, que eran demasidado estrechas, al cruzarme con un deportista o con otro paseante me he tenido que poner de perfil. 
He llevado mascarilla para evitar que yo pueda contagiar y no mandar a nadie al hospital, aunque por su culpa la que casi acaba en urgencias he sido yo. Caminar a buen paso con un trapo en la cara es angustioso y dificulta mucho la respiración, además, me he asustado porque al no respirar bien, creí que tenía neumonía por el coronavirus. 
No se puede ir más lejos de un kilómetro y eso también me ha agobiado. He mirado constantemente el reloj para ver cuánto me había alejado de mi casa, pero en las aceras estrechas eso casi me cuesta chocarme con un runner, entonces he salido a la calzada y casi me choco con un repartidor de Glovo. 
La verdad, el paseo no ha sido muy relajante. 
Además, es dos de mayo, en 1808 los madrileños salieron en tromba a la calle para oponerse a la invasión francesa, hoy, por otros motivos, también nos hemos echado a las calles. He visto alegoría en esta fecha. A ver qué pasa mañana, el tres de mayo de 1808 mogollón de madrileños murieron fusilados. Si seguimos con la alegoría lo mismo no es buena idea salir de casa mañana. 
Lo he pensado y he decidido salir igualmente: la vida no es para cobardes.

DÍA 54 (5 de mayo)
Durante este confinamiento me estoy haciendo muchas preguntas. ¿Cuánto durará el encierro? ¿Habré pillado el virus? ¿Lo habré pillado sin darme cuenta y estoy inmunizada? ¿Estoy inmunizada sin haberlo pillado? ¿Se han infectado todos los periodistas y todos los políticos y les ha afectado al cerebro o ya estaban así antes? Como no encuentro respuesta, me rayo mucho. 
Hay una pregunta que me hago siempre y con asiduidad diaria: ¿qué día es hoy? ¿es lunes o martes? ¿es jueves o es viernes? Da igual qué dia sea, pero por culpa de eso discutimos en casa. Hay que tirar la basura, dice mi marido, me toca. No, le contesto yo, los miércoles la tiro yo. Ya, pero hoy es martes, contesta él. No, es miércoles, digo yo. No, es martes, dice él. No, es jueves, dice mi hija, me toca a mí. Entonces, me hago más preguntas: ¿desde cuándo esta familia se pelea por tirar la basura? ¿qué nos está pasando?
Solo hay un día de la semana en que no tengo dudas: el sábado. Sé que es sábado porque el vecino que está al otro lado de la pared de mi dormitorio me lo dice. Es evangelista y los sábados oye misa, además debe de haberse propuesto convertir a todo el barrio dado el volumen que pone en la radio donde retransmiten la ceremonia. Es desconcertante despertarse a las siete de la mañana con un ¡Regocíjate, Dios te quiere! Madrugar tanto un sábado a mí no me da ningún regocijo. Y me vienen más preguntas: ¿Dios no podría quererme un poco más tarde? No sé… ¿a las diez?

DÍA 58 (9 de mayo)
Hoy nos han cateado y nos toca repetir, los del Ministerio de Sanidad no dejan que pasemos a la siguiente fase. Es injusto porque he sido una buena alumna: me he quedado en casa encerrada y cuando he salido a la calle ha sido para comprar comida y solo una vez a la semana, pero el caso es que me han suspendido. 
Dicen que no tenemos infraestructuras sanitarias suficientes para combatir un repunte, ahí también he sido aplicada porque yo nunca voté a quienes se empeñaron en privatizar la sanidad y en quitarnos camas hospitalarias que resulta ahora que se necesitan para pasar de fase.
¡Qué injusticia! ¡El profe me tiene manía!

DÍA 61 (12 de mayo)
A las mujeres se nos ha acusado, en mi caso injustificadamente, de no saber aparcar. Siempre se ha achacado esto a que no sabemos calcular bien las distancias porque el sexo masculino nos ha hecho creer que quince centímetros es algo que en realidad mide bastante menos. Yo creo que esta leyenda urbana está detrás de no saber mantener la distancia social para evitar la transmisión del virus y, por eso, el metro y medio de distancia se convierte en la práctica en cuarenta centímetros como mucho. Pero esto es válido para las mujeres ¿y los tíos? Será que ellos también se creen que “eso” mide quince centímetros y así nos va.
No nos aclaramos con el sistema métrico decimal. En un metro y medio pueden caber veinte personas o solo una, depende de quien lo interprete. Ayer me fui al centro comercial, me puse en la cola de la farmacia, pero como estaban todos tan separados me equivoqué de fila y me puse en la de la carnicería, cuando me tocó turno y pedí una caja de paracetamol, el dependiente me dijo que no tenía, pero que el pollo estaba de oferta. Me llevé kilo y medio de pechuga en filetes para hacer a la plancha.





11 de mayo de 2020

Diario de un confinamiento (VI)


DÍA 46 (27 de abril)
Ayer fue el primer día que se permitió salir a la calle con niños, en algunos sitios fue un despiporre porque los padres se pasaron las normas por el Arco de Cuchilleros (luego decimos que los niños son maleducados, tienen de quién aprender). Hoy, desde el gobierno, dicen que si ven alteraciones cambiarán los próximos planes de desescalada del confinamiento.
Como por culpa de estos padres incívicos una servidora se quede sin poder hacer deporte al aire libre a partir del dos de mayo, la que va a salir a la calle soy yo, sin permiso, pero con una escopeta, me voy a liar la manta a la cabeza y voy a conseguir que lo que pasó en Puerto Urraco se convierta en un cuento de hadas.
En previsión de tener que recurrir a medidas extremas ya estoy intentando proveerme de un rifle o algo así, he mirado en las webs estadounidenses porque me han dicho que ahí hay más oferta, pero resulta que no tienen ya stock. Por lo visto, igual que a los españoles cuando nos ponemos histéricos nos da por comprar papel higiénico, a los norteamericanos les da por acaparar armas. Cada país con sus manías.
Si no consigo hacerme con un arma de fuego, tendré que recurrir a algo más drástico: la discografía completa de Pimpinela. Como no pueda salir el próximo sábado me armo de un altavoz y pongo a esos tíos a cantar a todo volumen. ¡Estoy mu loca!

DÍA 47 (28 de abril)
Llevan días hablando de los planes para acabar con el confinamiento, me he puesto muy nerviosa esperando la comparecencia de los técnicos de sanidad para saber en qué consisten. Tras oír a los del ministerio, me he puesto mucho más nerviosa aún porque no me he enterado de nada. Intenté serenarme y me fui a la web, allí me descargué un PDF con las instrucciones para así leerlas despacito y bien. Las he leído cinco veces y sigo sin enterarme. 
Hay cuatro fases, una de ellas es la cero, y no sé si esa ya está en marcha o no porque en ese apartado pone lo de salir los niños, que ya están saliendo, pero también lo de hacer deporte al aire libre que no se está haciendo, ¿o sí, y yo no me he enterado? He empezado a hiperventilar. 
Algunos conceptos son muy raros y no los comprendo. Lo de que la desescalada será asimétrica, ¿qué quiere decir? ¿tenemos que salir cojeando, o con un ojo cerrado y otro abierto? Espero, además, que eso de desescalar no se refiera a bajar ninguna montaña, porque yo vivo en la meseta, ¿me tendré que ir hasta el nivel del mar rapelando?
También pone que la cosa va a funcionar por provincias, pero he oído las declaraciones de los presidentes autonómicos que dicen que mejor se haga por comunidades y que las islas empezarán por la fase 2 o la 3, no me ha quedado claro, ¿eso quiere decir que las fases que se salten las tendrán que recuperar en la convocatoria de septiembre? También hay algún alcalde que pide que su pueblo utilice las fases siguiendo otro orden que no sea el numérico, primero la 4, luego la 2 y después la 7, que no hay, pero puestos a hacer lo que a uno le da la gana… 
Me pregunto si mi barrio se podría considerar una unidad territorial con entidad propia, sería estupendo porque así nosotros también podríamos ir a nuestra bola. 
He oído a otros expertos que dicen que mejor se haga por área sanitaria, pero yo no sé a qué área pertenezco, de hecho, después de oír a tanto político a lo suyo y después de leer el documento tantas veces ahora mismo no sé ni en qué provincia vivo. 
El PDF termina diciendo que la normalidad será a partir del 25 de junio; yo, después de todo esto, no creo que vuelva a ser normal nunca. Tengo que mirar en qué fase se abren las consultas de los psicólogos, y de paso en qué provincias se hará antes, o en qué islas, o en qué barrios… Me voy a tomar una aspirina.



5 de mayo de 2020

Diario de un confinamiento (V)


DÍA 38 (19 de abril)
Este confinamiento me está afectando y me sorprendo a mí misma haciendo cosas que antes nunca se me hubieran ocurrido: me ha dado por hacer bizcocho, aunque sería más correcto decir que lo he intentado. 
Hasta hoy mi contacto con la repostería se limitaba a rellenar con nata el roscón de Reyes comprado en la pastelería de al lado de casa.  
He cogido una receta de una página de internet que se llama “Tú puedes hacerlo”, una vez más los títulos de algunos sitios me desconciertan, no sé a quién va dirigido ese “Tú”, me temo que, a mí, no.
Antes de empezar ya me avisó el cocinero de la casa, mi marido, que a lo mejor tenía problemas por la falta de costumbre en visitar la cocina, pero que no me desanimara. Su apoyo moral es de agradecer, pero no ha servido de nada.
Nuestra despensa está capacitada para afrontar una hambruna de varios años gracias a las legumbres, la leche y productos congelados de los que nos hemos aprovisionado, pero no está preparada para hacer bizcocho. 
Como no tenía todos los ingredientes que me pedían me he puesto creativa y he improvisado: en lugar de yogur de limón he usado uno griego, en lugar de levadura química he puesto un poco de moho de una naranja que se puso pocha en el frutero y en lugar de ralladura de limón he usado la parte no dañada de la cáscara de la misma naranja. 
Lo he metido todo en el horno siguiendo las indicaciones de la receta…, más o menos porque ponía que usara el horno con ventilador y todos los ventiladores que tenemos en casa están colgados del techo de los dormitorios. 
No sé si ha sido por culpa de no poner el ventilador, pero cuando han pasado los cuarenta minutos aquello tenía el mismo volumen que cuando lo metí. Lo he dejado un poco más, pero seguía sin subir y lo he dejado más. Cuando empezó a oler a quemado ya lo quité. Aunque no se parecía en nada a la foto de la receta, tampoco tenía mal aspecto. Lo he probado y a bizcocho no sabe, pero está rico.

DÍA 43 (24 de abril)
Ayer fue el Día del Libro y he querido hacer algo para celebrarlo: grabar un audio leyendo un pasaje del Quijote, pero he tenido algunos problemas de tipo técnico y social.
Resulta que el micrófono de mi portátil no es muy potente, cuando hablo tengo que meterme el dispositivo en la boca porque si no, no se oye un carajo. Sin embargo, esa falta de sensibilidad no la tiene para captar la música del vecino de al lado que le ha dado por poner reguetón. Viendo que iba a salir de fondo ese ruido, he ido a pedirle que pusiera música de cámara, más acorde con una lectura del Quijote, pero me ha dicho que no tenía de eso, que si le prestaba un CD, pero desde que me suscribí a Spotify ya no tengo CDs. La cosa ha quedado en tablas. 
Al final llegamos a un acuerdo, él dejaba de dar por saco con su música ratonera mientras yo grababa el audio. La grabación ha sido sobre un corto pasaje y no llega a dos minutos, pero a mi vecino le he dicho que iba a leer todo el libro y me ha preguntado que cuánto tiempo me llevaría, que si el libro era muy largo; se ve que entre sus aficiones no se encuentran ni leer ni la cultura en general. Le he dicho que le avisaría cuando terminara. Aún está esperando.

DÍA 45 (26 de abril)
Me he quedado sin reloj de pulsera; como además de dar la hora me mide la actividad con el número de pasos y dado que mis caminatas se han reducido a ir de la cocina al salón y del salón al dormitorio, pues el reloj se ha creído que me he muerto y se ha solidarizado con mi estatus de salud: ha dejado de funcionar. Se ve que ha pensado que para esto, mejor se para.
Visto lo cual he decidido hacer ejercicio, pero a mi manera, apañándome con lo que tengo en casa.
He cogido una botella de aceite de tres litros y una de lejía de dos, y me he puesto a hacer pesas con ellas en la cocina. La diferencia de peso me ha descompensado un poco y me he escorado hacia donde tenía la botella de aceite, pero me he nivelado levantando la pierna opuesta, con lo que he tirado el cubo de la basura. Me he puesto a recoger el estropicio y he aprovechado para hacer sentadillas, pero me he caído de culo encima de una mancha de salsa de tomate. Esto es una mierda.

Continuará...



30 de abril de 2020

Diario de un confinamiento (IV)


DÍA 27 (8/04/2020)
Harta de llamar la atención por no llevar mascarilla al ir al súper he decidido hacer la compra online. Aprovechando que me lo traen a casa he cargado el carrito de la compra a base de bien. Creo que tendré que almacenar en el rellano de la escalera todo lo que he pedido porque en mi cocina no va a caber todo.
He pedido a lo grande: cincuenta cajas de leche, veinte paquetes de macarrones, diez kilos de harina, cinco docenas de huevos, paquetes de café como para permanecer insomne los próximos diez meses, garbanzos para hacer cocido que alimente a todo un cuartel y, lo más importante, treinta paquetes de 24 rollos de papel higiénico; esto último, en realidad, no me hace falta, lo he pedido por joder. He visto que la web del hípermercado tenía a la venta mascarillas, así que también he añadido diez cajas de cincuenta unidades.
Cuando he terminado me han comunicado que el pedido me lo traerán diligentemente el próximo día 25 de junio, salvo uno de los productos: las mascarillas, esas me las enviarán el 30 de noviembre del 2024.
He validado el encargo igualmente porque no me fío del gobierno y los políticos, creo que le han cogido el gusto a tenernos confinados y ellos se encuentran muy bien sin manifestaciones de protesta ni oposiciones molestas populares.
He pensado ponerme a dieta para aguantar con lo que nos queda de comida hasta el 25 de junio que llegará el pedido, pero creo que no será suficiente. Mañana bajaré al súper del barrio a por más comida y que sea lo que Dios quiera.

DÍA 28 (9/04/2020)
Desde el Ministerio de Sanidad nos recomiendan usar mascarilla para no contagiar al prójimo, además dicen que los que no tenemos ningún síntoma somos los realmente peligrosos. Como no tengo mascarillas, ahora, cada vez que salgo a la calle, me siento como un asesino en serie.
Hoy tenía que ir al súper del barrio para poder comer hasta que me llegue el pedido de internet. He querido ser responsable y he buscado algo para taparme la nariz y la boca. La mascarilla que me hice con la botella de la leche sigue sin convencerme, así que me he colocado un pasamontaña y ahora parezco un terrorista de Isis. Me he puesto gamberra y he salido a la calle con el cuchillo jamonero en la mano para echarme unas risas asustando al personal y para que se olviden del virus por un rato.
En la calle no me he topado con nadie a quien gastarle la broma. Con quien sí me he topado ha sido con un coche de la policía municipal que se ha parado a mi lado, he guardado el cuchillo en la bolsa de la compra y he empezado a sudar. Uno de los policías me ha preguntado si me encontraba bien, le he dicho que sí, que estaba sudando porque el pasamontaña me daba calor; ha colado. Los dos patrulleros me han deseado buenos días y se han ido.
En el súper, y después de dejar el cuchillo en casa para evitar más encontronazos embarazosos, he visto a varios clientes llevar mascarillas fp2, las guays, las que protegen a quienes las llevan; me he imaginado que tenían cáncer de pulmón y por eso las usaban ellos en lugar del personal sanitario, de lo contrario me hubiera gustado tener el cuchillo jamonero para hacer justicia.
Como el pasamontaña me estaba sofocando me he puesto a tomar el fresco en la sección de congelados. Una señora se ha apiadado de mí y me ha regalado dos mascarillas de tela que ha sacado de su bolso y que había confeccionado ella misma. Esa buena samaritana me ha quitado el mal humor de ver mascarillas de alta protección en gente que no las merece.
Mañana, cuando baje a tirar la basura, podré estrenar la mascarilla de tela que me han regalado, con ella no parezco ni un pokemon, ni un terrorista: solo una víctima de la cuarentena que está aguantando como puede lo que se nos ha venido encima.

DÍA 33 (14 de abril)
Se empieza a hablar de ir dejando el confinamiento poco a poco. No me he enterado muy bien de qué va eso porque en cuanto he oído que este encierro se iba a poder acabar me han entrado palpitaciones y he empezado a hiperventilar.
Según algunos periodistas posiblemente dejen salir antes a los que tienen niños en casa. Primero fueron los que tenían perro, ahora son los que tienen niños. Está bien, porque yo perro no tengo, pero niña sí. Tiene 22 años, pero creo que puedo hacer algo para disimular la edad y ya estoy en ello porque no quiero que me pille desprevenida la posible orden gubernamental.
Entre las actividades para hacer parecer a mi hija más pequeña estoy pensando en ponerle dos coletitas con lazos. También le voy a tunear la ropa para hacerla más infantil. He pintado unos dibujos de unicornios y se los he pegado a las deportivas blancas (los dibujos me han salido tan mal que pueden pasar por la obra de una cría de cuatro años, así que me ha venido bien ser tan torpe dibujando). He recuperado un cuadro que le hice a punto de cruz de las princesas Disney y se lo he cosido a una sudadera, aunque me ha dado un poco de cosa porque he tenido que cargarme el marco que me costó una pasta, pero todo sea por salir de casa, la libertad tiene un precio, concretamente 60 euros.
Cuando le he enseñado la ropa a mi hija me ha dicho que no se pone eso ni de coña, que si me he vuelto loca. He intentado convencerla, pero se ha cerrado en banda. Que no, que no y que no. Como aún quedan unos días para entrar en esa fase de desconfinamiento parcial creo que podré hacerla cambiar de opinión.
Mientras espero, tengo que pensar mejor algunos puntos flacos de mi plan, lo de vestirla como una niña creo que puede colar. Lo que no sé es cómo hacer pasar por una cría pequeña a alguien que mide 1,70 metros de estatura, ahí tengo un problema, lo reconozco, porque la nena ha crecido bastante. De todas formas, no pierdo la esperanza, algo se me ocurrirá.

Continuará…


24 de abril de 2020

Diario de un confinamiento (III)


DÍA 20 (1/06/2020)
Me he apuntado en un canal de YouTube para hacer ejercicio. Una monitora de pilates se ofrece a dar sesiones gratuitas desde su domicilio y he aprovechado la ocasión. La iniciativa se llama “El gimnasio en casa”. No sé a qué casa se refiere, debe de ser la suya, desde luego en la mía no se puede tener un gimnasio. Al hacer los giros de cintura con los brazos extendidos me he cargado una figurita de cristal recuerdo del viaje a Venecia y he sobado la pantalla de la televisión. Mañana haré este ejercicio con el trapo del polvo y aprovecho el rozamiento. 
Como ni siquiera tengo sitio para la pelota de pilates, he usado una de tenis, pero no es lo mismo. Cuando he hecho el ejercicio número cuatro que consiste en apoyar la espalda sobre la pelota y rodar sobre ella creo que me he provocado dos hernias discales.


DÍA 24 (5/04/2020)
Conocer las cifras de contagiados y de fallecidos por el coronavirus me está sentando fatal, pero poner nombre y cara a las víctimas es aún peor. Hoy me he enterado del contagio de celebridades por todo el mundo y me he agobiado mucho más. Se han infectado Bolsonaro, el príncipe Carlos de Inglaterra, el tigre del zoo de Nueva York y Boris Johnson. No he podido evitar emocionarme y hasta me he puesto a llorar. ¡Pobre tigre!
Parece ser que los felinos también son vulnerables al Covid-19, al tigre neoyorquino se lo pegó su cuidador, así que los humanos podemos infectar a otras especies. Lo de que los felinos nos lo puedan a pasar a nosotros dicen que no está claro. No pienso arriesgarme; he cogido los peluches de los aristogatos que tiene mi hija guardados en un arcón y los he metido en lejía.
Las gatas blancas se han quedado más o menos igual, los gatos han perdido el color, creo que con ellos he llegado tarde y debían de estar ya infectados. O puede que haya sido la lejía que se ha llevado el tinte. Les daré los datos a los chinos y que ellos los evalúen.

DÍA 26 (7/04/2020)
Hoy he utilizado Skype para hablar con la familia. Quedamos antes por wasap para ver qué hora nos venía bien a todos, ha sido complicado, algunos tenían que bajar la basura, otros pasear al perro siete veces y la mayoría había ya quedado para ver teatro, asistir a un club de lectura online o simplemente tenían que dormir. Al final hemos encontrado un hueco y nos hemos conectado.
Éramos doce: tres primos de La Coruña, dos tías de Bilbao, cuatro primos segundos de Asturias, una prima de Getafe y una señora rubia con gafas que no conocía pero que resultó ser una prima de San Sebastián de la que no tenía noticias desde hacía más de diez años.
La calidad de la conexión no era muy buena, además había retardo entre el audio y la imagen por lo que cuando yo veía a mi primo Pepe mover los labios, lo que se oía era la voz de mi prima Manoli. Encima, nos hemos puesto a hablar todos a la vez. 
Me han llegado informaciones confusas: al tío Anselmo de 97 años le van a hacer un ERTE, la hija de 10 años de mi prima Celia se jubila dentro de tres meses y el perro de mi tía Rosa se está sacando el carnet de conducir.
Cuando hemos desconectado me he quedado con la sensación de que no conozco bien a mi familia. Tengo que arreglar eso, a ver si repetimos estas quedadas virtuales y me pongo al día.


Continuará…




19 de abril de 2020

Diario de un confinamiento (II)


DÍA 12 (24/03/2020)
He ido al súper de al lado de casa porque necesito el papel higiénico ya; quise comprarlo en el mercado negro, pero ahí tampoco había. Como no tengo mascarillas, he seguido un tutorial que me mandaron por wasap y me hice una con la parte de arriba de una botella de leche, poniendo en el tapón un trozo de gasa. Con ella puesta estoy a medio camino entre un minion y un pokemon. Entonces he pensado en ponerme un pañuelo anudado a la cara, pero me ha dado miedo que me tomaran por un atracador. He preferido salir a pelo para no llamar la atención.
Cuando he llegado al súper, todo el mundo llevaba mascarilla menos yo, así que todos se me han quedado mirando. Debería haberme puesto la mascarilla de la botella de leche, seguro que habría pasado más desapercibida. 
Juraría que algunas de las miradas de los clientes eran de admiración, incluso me ha parecido oír un tenue aplauso cuando he pasado por charcutería. Una chica se hizo un selfie conmigo (no sé qué habrá salido porque ella estaba en la sección de verduras y yo en la de los lácteos). Mientras esperaba para pagar en la caja, un señor bajito me ha preguntado si soy de Bilbao.

DÍA 14 (26/03/2020)
Quiero mantenerme informada y me he puesto a la tarea. Hoy he leído cinco artículos de otros tantos periódicos, he escuchado dos tertulias televisivas y he visto un telediario. En ellos opinaban sobre el coronavirus varios periodistas (dos de ellos, deportivos), un político licenciado en derecho, un economista y una señora que estaba en la calle paseando al perro y a la que le han preguntado. Han hablado de vacunas, tratamientos, anticuerpos y alguno hasta se ha arriesgado a decir las palabras «autoinmune» y «monoclonal», pero tal cual lo han dicho me han desbaratado lo que yo sabía sobre el tema y pienso que el confinamiento me hace perder la memoria. He repasado mis libros y apuntes de la carrera. Mi hija, al verme con los apuntes de microbiología me ha hecho un examen y he aprobado con nota. No tengo problemas de memoria, debe de ser cosa de los informantes que, o no se saben expresar o no tienen ni puñetera idea de lo que hablan.
He de buscar la información en otro sitio. Tengo una bola de cristal guardada en el trastero, es posible que me valga, seguro que no me puede ir peor.

DÍA 16 (28/03/2020)
Mi vida social se ha reducido a salir por la ventana a aplaudir a las ocho y espero el momento con verdadera ansiedad, así que me arreglo, me pongo tacones y me maquillo. Mi marido me dice que para qué, los tacones no se ven porque el balcón está tapado por debajo y el maquillaje tampoco se ve porque es de noche. Me da igual.
Reconozco que ahora mismo no sé muy bien qué es lo que estamos aplaudiendo. Al principio era para apoyar a los sanitarios, luego también a la policía. Hace una semana un vecino añadió a voces a los trabajadores del Mercadona, luego otro dijo que qué pasaba con los del Carrefour, y otro más dijo que los del Lidl también. Dos días después se añadió a los de la UME y a los bomberos, y un señor del bloque de enfrente pidió por su cuñado que está en Segovia cuidando de un albergue para perros abandonados.
Ayer se lanzaron vivas a la Sanidad, a España y a nuestro barrio, hoy además se han gritado vivas a la madre que nos parió a todos.


Continuará…




14 de abril de 2020

Diario de un confinamiento (I)


¡Hola! ¿Hay alguien ahí? Después de tantos meses de inactividad por este blog no sé si me encontaré con alguien, espero que sí.
Cuando me despedí en diciembre por una buena temporada, porque otras tareas me iban a tener alejada de este lugar, me había hecho un esquema más o menos de tiempos y tenía pensado reabrir el blog por estas fechas, pero nunca creí que sería por los motivos que realmente estoy teniendo estos días; ni en mis peores pesadillas hubiera imaginado que algo como lo que nos está pasando pudiera ocurrir. 
Estas semanas están siendo muy duras, la situación tan dramática que vive nuestro país es para desmoralizarse. El confinamiento al que muchos estamos sujetos no ayuda a mejorar el ánimo.
Siempre he pensado que el humor es una estupenda terapia para combatir muchas cosas, pero no siempre es fácil ver el lado divertido de algunas situaciones. Llevaba semanas intentando escribir algún relato en clave de humor, pero no me sentía inspirada, no tenía ganas de reírme de nada. Aun así, algunos días puedo ver algo de luz y consigo escribir alguna cosilla; también he descubierto que esos momentos me dan mucho relax, así que intento que se prodiguen.
En esos instantes de lucidez y ánimo me pongo a escribir una especie de diario, en él cuento experiencias propias donde añado algunas cosillas inventadas (pocas, aunque pueda parecer mentira) e intento resaltar el lado jocoso de lo que me está pasando, porque, si uno lo mira bien, algunas cosas que estos días se han convertido en cotidianas en realidad son esperpénticas, por lo extraordinarias e inauditas.
Este diario lo estoy publicando poco a poco en una red social, dado que ha tenido bastante aceptación me he decidido a compartirlo por aquí también, de paso aprovecho para reabrir el blog y utilizar este espacio como lo que siempre fue para mí: un calmante para el espíritu. 
Como ya llevamos unas cuantas semanas confinados, tengo bastantes páginas escritas que iré dosificando por entregas. Espero que os guste esta manera de desintoxicarme el alma.

DIARIO DE UN CONFINAMIENTO (I)

DÍA 1 (13/03/2020)
El gobierno decreta el estado de alarma y es viernes. En casa los viernes hacemos la compra de toda la semana y nos hemos encontrado que la declaración gubernamental ha cambiado los hábitos de muchos españoles porque el híper estaba petado y los estantes de algunos productos bajo mínimos. Mi amigo Murphy, el de la ley de ídem, me ha acompañado porque esta semana tocaba comprar papel higiénico y resulta que una manifestación de la histeria colectiva es la compra compulsiva de ese producto sanitario por lo que ya estaba agotado: mierda.

DÍA 2 (14/03/2020)
He rescatado del trastero el parchís, el trivial y el monopoly y nos hemos puesto toda la familia a jugar reunida. Este confinamiento me ha descubierto algunos aspectos de mi personalidad, ya sé por qué me dedico a la enseñanza y no a la especulación inmobiliaria: en el monopoly me he arruinado en cuestión de quince minutos.
Hoy he tenido la primera bronca matrimonial fruto del encierro: mi marido quería contar cuarenta en lugar de veinte cuando me ha comido una ficha del parchís. Dice que no se acuerda muy bien de las reglas, ¡JA!

DÍA 3 (15/03/2020)
Desde los medios nos invitan a no cambiar demasiado nuestra rutina dentro de lo que supone confinarse en casa. Mi hija, que cuando quiere es muy obediente, ha decidido seguir con su afición deportiva: la escalada. Esta mañana me la he encontrado colgada de la puerta del baño haciendo dominadas. Hoy he tenido mi primera bronca maternofilial fruto del encierro: cuando ha querido escalar utilizando las estanterías de la cocina me he negado en redondo.

DÍA 4 (16/03/2020)
He ido a comprar el pan y me he encontrado con el vecino del primero que venía de pasear al perro. A ese chucho le tengo bastante manía por los continuos ladridos con los que tiene a bien amenizar las noches de todo el vecindario, pero hoy mis sentimientos hacia él han cambiado, le he mirado con ojos diferentes, como con codicia… no sé.

DÍA 5 (17/03/2020)
Mi hija se ha puesto a ordenar su habitación, he ido alarmada a tocarle la frente por si tenía fiebre, pero no me ha dejado y además me ha llamado histérica. No me he quedado tranquila y cuando se duerma esta noche pienso ponerle el termómetro con nocturnidad y alevosía. Mientras, iré a mirar por internet si los investigadores chinos han detectado algún tipo de comportamientos extraños en los infectados por el Covid-19.

DÍA 6 (18/03/2020)
Mi marido, tras bajar la basura en cuatro viajes (uno para la bolsa de envases, otro para la orgánica, otro para la de desechos generales y el último para tirar el vidrio) me propone comprar un perro ya que mañana será su santo y yo le recuerdo que ya tuvimos mascotas y siempre me tocó a mí cuidarlas, él me responde que los peces no son mascotas y yo le digo que sí, y él que no, y yo que sí. Es entonces cuando mi hija interviene y nos dice que si le hubiéramos hecho caso cuando de pequeña nos pidió un poni, ahora tendríamos un motivo para salir al parque todos los días dos horas porque, según ella, esos bichos se toman su tiempo en hacer sus necesidades, pero yo no me lo creo, más bien pienso que es una manera de vengarse de mí por no dejarla escalar en la cocina.

DÍA 7 (19/03/2020)
Esta mañana mi hija nos ha reunido con mucha ceremonia en el salón a su padre y a mí porque tenía que decirnos algo importante. Antes de sentarme en el sofá he cogido el termómetro por si acaso. La nena nos ha comunicado que quiere utilizar este tiempo de reflexión e introspección para retomar una actividad abandonada hace años: tocar la guitarra. Aprovechando que tenía el termómetro en las manos, me lo he puesto porque me ha venido un sofoco.

DÍA 11 (23/03/2020)
Lo de tocar la guitarra mi hija se lo ha tomado en serio y ya lleva cuatro días seguidos practicando durante dos horas diarias. Pienso en salir a la calle sin ningún motivo y arriesgarme a que me pille la policía y me lleve al calabozo o que me pille el virus y me lleve al hospital. Cualquiera de las dos opciones me parece más apetecible que esta tortura acústica. 
Recapacito y me quedo en casa porque ni los policías ni los sanitarios tienen la culpa de que yo no apuntara a mi hija a clases de solfeo.

(Continuará…)

       



23 de diciembre de 2019

El precio de una sonrisa


―Son cinco euros
―No, no me lo voy a llevar. Solo estaba mirando.
―Perdone, pero ha sacado el género de su lugar y lo tiene que comprar.
―¡¿Qué?! Lo único que he hecho ha sido cogerlo del mostrador y mirarlo.
―Ya, pero el envoltorio se ha abierto y ya no lo puedo vender así.
Blanca no era amiga de discutir y ya tenía bastante cabreo como para también enfadarse con el dependiente de aquel puesto navideño. Decidió pagar los cinco euros que le demandaba aquel caradura y llevarse esa ridícula diadema con unos mini cuernos de reno que encima tenían unas lucecitas de lo más hortera. ¿En qué estaría pensando para coger esa mamarrachada?
Tras pagar de malos modos al dependiente decidió salir del mercadillo para no tener más encuentros desafortunados.
Nunca le había gustado la Navidad. Las reuniones familiares la agotaban y sacaban de quicio a partes iguales. Tener que reunirse con sus hermanas y sus maridos se le hacía muy cuesta arriba por la sencilla razón de que no los soportaba.
―¡Qué suerte tienes, Blanca! Sin hijos, sin pareja, sin obligaciones. Libre y a tu aire. Sin pensar en nadie más que en ti. ¡Qué envidia me das!
En aquellas palabras de su hermana mayor iba implícita una crítica a su soltería, a su rotunda negativa para formar una familia, como habían hecho todos los demás.
La Navidad era más soportable unos años atrás, cuando sus padres aún vivían y sus sobrinos eran unos niños pequeños. El entusiasmo que ponía su madre en preparar el cordero asado ilusionada por ver reunida a toda la familia en su casa, el afán de su padre por montar el nacimiento añadiendo nuevas figuritas cada año y las caritas de alegría de sus sobrinos cuando los llevaba a la cabalgata, eran suficiente premio para soportar las largas colas en las tiendas y el agobio de tanta gente por las calles.
Pero ahora ya no era lo mismo. Sus padres habían fallecido y sus sobrinos eran unos adolescentes enfadados con el mundo a los que no aguantaba. Tan solo se acordaban de ella cuando se acercaba la fecha de sus cumpleaños para que la tita Blanca fuera generosa con ellos.
―Tita, ¿has visto el nuevo modelo de Play Station?
―Pues no. Yo no juego con esas cosas.
―¡Es flipante, tita! Mola mogollón, tiene un montón de comandos nuevos. Pero cuesta una pasta y mis padres no me la quieren comprar… Por cierto, lo que sí sabrás es que mi cumple es el mes que viene ¿no?
Blanca sabía que era injusta con sus sobrinos.  No solo se acordaban de ella cuando se aproximaban sus cumpleaños. También lo hacían en Navidad, cuando se acercaban los Reyes Magos.
Estaba muy harta. El egoísmo que veía por todas partes se hacía más patente en estas fechas. Cuando alguien daba cualquier cosa es porque esperaba recibir algo a cambio.
Esa misma mañana había tenido un buen ejemplo. Su jefe se había acercado a su mesa para comunicarle que le iba a añadir dos días más de asueto a sus vacaciones para seguidamente decirle que el proyecto que debían entregar en febrero se había adelantado un mes y que el día siete de enero a lo más tardar tendría que estar listo. Eso llevaba implícito que sus vacaciones no serían tales pues iba a tener que trabajar en casa.
Con un humor de perros había salido de la oficina, se había puesto a deambular y había acabado en un mercadillo navideño. Desde uno de los puestos un joven alegre y muy agradable la invitó a que se acercara y mirara lo que quisiera. Sumida en sus negros pensamientos y sin apenas darse cuenta toqueteó una de las diademas de fiesta que en el mostrador estaban. Luego, el simpático joven se convirtió en un sinvergüenza que la había obligado a comprar.  
El jeta aquel le recordaba a una vecina de su inmueble que se mostraba especialmente amable cuando necesitaba que Blanca le hiciera alguna gestión.
―Blanca, tú que eres tan maja, ¿puedes acercarte a la frutería y subirme el pedido? Con este frío me da miedo salir por si me vuelvo a acatarrar y mis hijos están con sus cosas… Anda bonita, ya que sales a la calle, ¿qué te cuesta?
 Aquella mujer era todo dulzura cuando le pedía esas cosas, sin embargo, cuando no la necesitaba ni siquiera la saludaba si se la encontraba en el portal o en el ascensor.
La amabilidad de la gente tenía un precio, más o menos oculto, pero siempre costaba algo, pensaba Blanca. Nada era gratis.
«¡Hipócritas egoístas!» se dijo mientras se disponía a meter las manos en los bolsillos de su abrigo porque había empezado a correr un viento gélido. «Encima me he dejado los guantes en la oficia, ¡pues qué bien!» Sin embargo, la diadema que acaba de comprar le suponía un estorbo para resguardar sus manos del frío y en el bolso no le cabía aquel espanto así que decidió ponérsela.
«Menudas pintas debo de llevar» pensó. Con la diadema en la cabeza se introdujo en el metro. Cuando iba camino del andén, por el pasillo oyó una voz que empezó a cantar:
―Creo que esa chica es un elfo. Sí lo es, sí lo es. Es un elfo.
Blanca se giró y vio a un operario de mantenimiento del suburbano detrás de ella que, sonriendo de oreja a oreja, la miraba y señalando su diadema, repitió:
―Creo que esa chica es un elfo. Sí lo es, sí lo es. Es un elfo.
El hombre siguió tarareando la cancioncilla y cuando estaba a la altura de Blanca le dedicó una gran sonrisa para decirle:
―¡Feliz Navidad!
Luego se marchó pasillo adelante para, unos pasos después, girarse y volver a sonreír a Blanca. Ella se quedó parada, atónita ante la generosidad de aquel desconocido. El hombre no era ningún jefe interesado, ni ningún dependiente, ni un vecino necesitado; simplemente le había dedicado una canción y una sonrisa sin pedir nada a cambio. Nada más… y nada menos.
Antes de que el operario desapareciera por el pasillo, Blanca gritó:
―¡Gracias! ¡Feliz Navidad!





NOTA
Con este sucedáneo de cuento de Navidad os quiero felicitar las pascuas y de paso anunciar que me voy de vacaciones, o sería más exacto decir que me tomo una excedencia porque estaré ausente una buena temporada.
Nuevas obligaciones laborales y otras tareas relacionadas con la escritura, pero alejadas del blog, hacen que tenga que tomar esta drástica medida. Espero que el cierre no sea por mucho tiempo.
De todas formas, aunque con una presencia muy reducida, seguiré moviéndome por estos mundos blogueros porque el blog ‘Demencia, la madre de la Ciencia’ seguirá activo e interactuaré con quienes por allí pasáis.
Por supuesto, esto no es un adiós, sino un hasta luego.
Mucha suerte a todos y ¡FELIZ NAVIDAD!



18 de diciembre de 2019

Cartas lejanas-Crónicas bercianas (y IV)


Tras la escena tan alucinante a la que había asistido y después de abandonar aquel extraño poblado, me interné por una senda y la niebla volvió a invadirlo todo.
«Ya estamos otra vez» me dije, «a ver dónde acabo ahora». Cuando la densidad de la niebla empezó a calarme como si de lluvia se tratara, de nuevo un viento inesperado sopló y las nubes se elevaron súbitamente para dejarme contemplar la aldea otra vez. Pero, en esta ocasión, se trataba de la aldea del principio, no la que tenía esos paupérrimos habitantes sometidos a trabajar en la mina, sino el encantador pueblecito en el que me alojaba.
Casa rural en la que me alojé, en la aldea de Las Médulas, a los pies de las minas de oro romanas

Al llegar a la casa rural que me servía de albergue mis acompañantes se disponían a introducir las maletas en el coche para emprender el viaje de vuelta a casa. Con tanto golpe en la cabeza y con tanto ir y venir por épocas pretéritas se me había olvidado que aquel día era el último de mis vacaciones.
Me subí al auto tras dar unas pobres explicaciones a mis compañeros sobre el origen del chichón que presentaba en la frente. Cuando ya estábamos saliendo del valle dirigí la mirada a la montaña, me habría gustado despedirme de Ruxa, a pesar de todo lo que me había pasado y de que la hacía responsable, le había cogido cariño. Además, seguro que me podría dar algún mejunje para bajar la inflamación de la frente porque el analgésico que me había tomado por la mañana no me había hecho efecto. Pero no solo me hubiera gustado estar con ella para que me ayudara, me apetecía sentir su mirada incisiva y oír su risa socarrona. Miré por la ventanilla del vehículo por si aparecía al borde de la carretera de manera sorpresiva, pero fue en vano. Abandonamos la zona y yo me quedé sin volver a ver a Ruxa. Mentalmente, le dije adiós y lancé un beso al aire.
Antes de enfilar para mi ciudad hicimos una parada en Ponferrada, la capital de la comarca de El Bierzo, pues queríamos degustar allí el famoso cocido maragato. Pero antes de almorzar decidimos visitar el llamativo castillo de los templarios.

Castillo de los templarios en Ponferrada

El edificio data del siglo XII y las sucesivas restauraciones lo han dejado en muy buen estado de manera que uno se traslada a la Edad Media fácilmente sin necesidad de pócimas ni nieblas ni hechicerías varias. Deambulé por el patio de armas y me deleité con las magníficas vistas desde sus murallas. A los pies de la fortaleza el río Sil fluía majestuoso.
Tras pasear por las estancias que daban al exterior decidí recorrer las del interior; lo hice por curiosidad y por huir del sol que castigaba inclemente ese día del mes de julio.
En busca de frescor descendí a las mazmorras. Allí, los que gestionan la visita al monumento habían colocado una especie de maniquí vestido de templario para poner en situación al visitante y darle ambiente a la cosa. A mí me pareció algo chusco y entre la pobre iluminación y el olor a humedad, empecé a sentir algo de agobio. Además, el maniquí me daba muy mal rollo, no sabía muy bien por qué.

Mazmorras del castillo con sucedáneo de templario

Tras hacer un par de fotos me dispuse a salir de la sala y fue entonces cuando oí un carraspeo. Dado que allí solo estábamos el muñeco y yo, y recordando experiencias pasadas, no me anduve con tonterías y subí los escalones, que me llevaban a las partes nobles del castillo, de dos en dos.
Una vez en la planta superior, y ya con más luz, recuperé el resuello pues la subida frenética desde el sótano casi consiguió que echara el bofe. En una de las paredes se podía leer un letrero con una flecha que indicaba dónde se encontraba la biblioteca. «Biblioteca» me dije «bonita palabra y seguro que un sitio mucho más agradable que las mazmorras».
Una vez en la biblioteca pude comprobar que no era una sala especialmente grande, no obstante, allí se encontraban algunos volúmenes bellamente ilustrados procedentes de colecciones privadas que los habían donado al castillo para deleitar a las visitas, pero casi todos eran de fechas posteriores a cuando los caballeros habitaban el lugar, por lo que sospeché que la mayoría de los templarios no debían de ser muy aficionados a la lectura, aunque supongo que tendrían poco tiempo para leer si estaban ocupados defendiendo la zona de ataques varios.
En una vitrina se encontraban varios manuscritos y me llamó mucho la atención una colección de cartas que parece se enviaron entre los diferentes maestres ante la inminente extinción de la orden. Me entró curiosidad por saber qué ponían, cómo se expresarían esos hombres medio monjes, medio guerreros y qué plasmarían cuando vieron que su modo de vida estaba a punto de desaparecer.


Me acerqué al cristal para ver si podía leerlas. Era un intento estéril porque a la caligrafía retorcida de la época, y que hacía ilegible la letra,  había que añadir que las cartas estaban escritas en latín, así que en el supuesto de que hubiera descifrado aquellos trazos no me hubiera enterado de nada de todas maneras.
Cuando me di cuenta de mi estupidez me separé de la vitrina y entonces las cartas se movieron alzándose del lugar donde estaban depositadas. Lo primero que pensé es que ahí había corriente y el aire se había colado en la urna de cristal haciendo volar los papeles. «Menudo lío va a tener el que se encargue de esto como se le revuelvan todas las cartas» pensé.
Una de las cartas se elevó unos pocos centímetros más de sus compañeras y las letras se desprendieron del papel para mostrarse a la altura de mis ojos con perfecta nitidez. Instintivamente cerré los párpados y me toqué ligeramente el chichón convencida de que el golpe en la cabeza, además de la inflamación me había provocado una conmoción cerebral.
Maldiciendo de nuevo a Ruxa abrí los ojos, pero las letras seguían ahí, delante de mí, brillando como si la tinta negra con la que habían sido escritas estuviera aún fresca.  Al mismo tiempo una voz se oyó al ritmo de las palabras que desfilaban delante de mi vista como si alguien leyera lo que ahí estaba escrito. ¡La carta me estaba contando lo que en ella estaba escrito!
Intentaré reproducir más o menos lo que escuché.
Frater Rodericus Yanae, preceptori domus Templi de Pontem Ferratam, religioso et honesto fratri Jacobus de Molayo, Dei gracia pauperis milicie Templi magíster humilis, salutem in domino.
Querido hermano por la gracia de Dios:
Con la incertidumbre de no saber si esta misiva llegará a vuestras manos, me encomiendo a nuestro salvador para que con su infinita benevolencia permita que estas letras que ahora escribo puedan ser leídas por vuestra gracia.
La situación es insostenible, sé que vos ya tenéis suficientes pesares, pero me veo en la obligación de poner en vuestro conocimiento lo que aquí acontece.
Cada día que transcurre es para dar paso a otro con más penalidades y sufrimientos que el anterior. La población siente un gran rencor hacia nosotros, nos tildan de elitistas e incluso de arrogantes.
Procuramos no mezclarnos con la plebe y el poco trato que tenemos con el exterior es a través de los criados y algún comerciante que se introduce en la fortaleza para proveernos de viandas y otros artículos necesarios para el desenvolvimiento de nuestras tareas. A través de esos esporádicos contactos hemos sabido de la malquerencia del populacho hacia nuestras personas. Es inadmisible el trato del que somos receptores.
Estas tierras, hoy en paz, son seguras gracias a nuestros desvelos. Que la tumba de nuestro venerado apóstol sea el punto de encuentro de multitud de peregrinos procedentes de toda la cristiandad, es solo posible a nuestra siempre atenta vigilancia en los caminos.
Pero el vulgo es desagradecido, tornadizo y fácilmente manipulable por quienes buscan nuestra ruina.
Las noticias que nos llegan desde tierras francas no hacen más que aumentar nuestra pesadumbre. El encarcelamiento del que sois víctima es una execrable muestra más de la iniquidad de nuestros enemigos.
Por eso me es más doloroso aún si cabe poner en vuestro conocimiento que nos es imposible la ayuda que solicitáis. Por desgracia nuestros medios son escasos y no podemos reunir la tropa que nos pedís para recuperar las posesiones extraídas a nuestra perseguida hermandad ni tampoco podemos daros el auxilio que facilitaría vuestra fuga de la prisión en la que os retienen.
Lamento añadir más pesares a vuestros ya seguros sufrimientos, amantísimo y respetado Jacobus, pero quienes aquí estamos no podemos más que rogar a nuestro redentor por la salvación de vuestra alma esperando que cuando llegue el final os unáis al Creador pudiendo gozar de la imponderable gracia divina de ver a nuestro Señor y a la Reina de los Cielos.
Vuestro hermano en la gracia de Dios.
Rodericus Yanae
Tras estas palabras la voz se calló. Y yo pensé en voz alta:
―Vamos, que el Jacobus ese va a tener que esperar sentado a que el cobarde de Rodericus le ayude ¡Ya se puede dar por jodi…!  
―¡Cómo osas! ―tronó una voz a mis espaldas antes de que pudiera terminar la verbalización de mis pensamientos.
Me giré alarmada y vi a un anciano sentado en una silla de madera. Tenía una larga barba blanca, el escaso pelo también estaba canoso y le llegaba hasta los hombros. Una túnica blanca le cubría todo el cuerpo y se ceñía con un cinturón oscuro de cuero del que pendía en un costado una especie de palo o porra muy larga. En medio del pecho, una gran cruz roja bordada destacaba entre la blancura de la tela. Pensé que sería algún vigilante del castillo al que le habían vestido de época para ambientar el lugar y felicité mentalmente a los diseñadores porque el atuendo estaba muy bien logrado.
―Disculpe si he alzado mucho la voz, pero no creo yo que sea para ponerse así ―le contesté al señor de blanco pensando que me había recriminado por hablar en una biblioteca.
―Eres una descarada y una felona. ¡Yo no soy ningún cobarde! ¿Cómo te atreves a insultarme?
―Mire, lo de descarada se lo paso, y lo de felona… pues, también, porque no sé qué es eso. Pero lo que no le consiento es que me grite. ¡Un poquito de respeto, por favor! ―contesté yo encarándome a aquel energúmeno― Además, ¿en qué momento le he llamado yo a usted cobarde?
―¡Ahora mismo! Nada más terminar de leer la misiva has dicho que yo era cobarde. No ha nacido nadie que se atreva a faltarme el respeto y luego viva para contarlo. ¡Te mataré con mis propias manos!
Según vociferaba el anciano se levantó de la silla y se llevó una mano a la cadera donde tenía el palo o la porra o lo que fuera aquello porque desde donde estaba yo no atinaba a ver muy bien qué era. De resultas de esa acción yo retrocedí unos pasos porque el anciano tenía un aspecto venerable, pero al levantarse me di cuenta de que era alto y bastante fornido a pesar de su edad. Como él se había interpuesto entre la puerta de salida y mi persona decidí atemperar la situación y calmar a ese vigilante demasiado implicado en su papel.
―Vamos a calmarnos un poquito ¿vale? Yo no me dirigía a usted cuando he dicho lo de cobarde, sino al tipo que escribió la carta esa que… por cierto ¿usted también la ha escuchado?
―¿Escuchar, el qué?
―A la carta, se ha puesto a hablar.
―No digas dislates, mujer. ¿Cómo va a hablar un papel? Eso sería cosa del Maligno, y las palabras que has oído son fruto del amor entre cofrades.
―Entonces esas palabras que yo he oído… usted también lo ha escuchado, ¿no?
―¿Escuchar, el qué?
―La caaaarta ―repetí yo segura de que el venerable y colérico anciano necesitaba un audífono―. Si ha oído las palabras, ha oído la carta, era ella la que hablaba.
―Mujer ignorante, las palabras que oíste eran las de la carta, pero quien las pronunciaba era yo. Te estaba leyendo su contenido pues antes pude comprobar que te esforzabas en descifrarlo.
―¡Ah! ¡Vale, vaaale! ―respondí aliviada pues la posibilidad de un edema cerebral se alejaba de mi mente―. Así que usted la estaba leyendo ahí sentado, en la silla, ¿cómo ha podido hacerlo desde tan lejos?
―Me la sé de memoria.
―¿Qué pasa? ¿Es usted el guía y se la lee todos los días a los turistas que venimos aquí?
―Dices cosas muy raras, mujer. Me la sé de memoria porque la escribí yo mismo.
―¿La escribió usted? ¿Entonces, es una falsificación? Oiga, pues da el pego porque parece totalmente de la época, ¡qué bueno!
―¡¿Falsificador, yo?! Esto es intolerable. Vas a pagar cara tu desfachatez, mujer del demonio.
―¡Tranquilito, eh! Quiero hablar con su superior ―aquel bedel, guía turístico, o lo que quiera que fuera se estaba sobrepasando y yo ya me había cansado. Había pagado una entrada y se supone que el cliente siempre tiene la razón, pero ese señor me trataba sin ninguna consideración.
―¿Mi superior? No va a ser posible, rindió cuentas ante el Altísimo hace tiempo.
Con esa explicación tan retorcida entendí que quería decir que la había espichado, lo mismo por tener que bregar con semejante bruto como subalterno.
―Bueno, pues quiero hablar con quien esté por encima de usted. Le voy a poner una reclamación de aúpa ―repliqué con un buen enfado. Las malas maneras del susodicho y la prepotencia con la que me trataba me habían cabreado a base de bien.
―Yo solo respondo ante nuestro Señor ―me contestó indicando hacia arriba con el índice de la mano derecha.
Seguí con la mirada la dirección que señalaba su dedo, pero solo vi un artesonado de madera, y desde luego allí no había ningún señor ni señora. Ante mi cara de extrañeza el tipo continuó.
―Mis actos solo pueden ser juzgados por un tribunal divino y sé que seré refrendado por defender con sangre cualquier ofensa que reciba mi orden o mi persona como representante de la misma. Así que prepárate para reunirte con tu hacedor, impertinente mujer ―me contestó al mismo tiempo que sacaba lo que yo creí que era una porra pero que resultó ser una espada de dimensiones descomunales ―. ¡A mí nadie me llama cobarde!
―¡Y dale! ¡Que yo no lo he llamado cobarde! Que yo me refería al tal Rodericus de la carta por dejar en la estacada al Jacobus ese ―contesté angustiada porque se había acercado peligrosamente a mí comprobando que la espada era muy real y para nada el atrezo de la indumentaria del viejo.
―¡Yo soy Rodericus, maestre de la encomienda de Pontem Ferrata! ¿Quién eres tú para cuestionar mi manera de actuar frente a nuestro Gran Maestre, Jacobus, que Dios tenga en su gloria? Si no acudimos a su rescate es porque nuestra integridad estaba en juego.
«O sea, que no le ayudaste porque te entró el canguelo de diñarla también. Se supone que los templarios erais gente valiente, sin miedo a morir; al fin y al cabo, la muerte es la manera de reencontraros con vuestro Señor Dios. Pero, por lo que se ve os daba mieditis abandonar este mundo tan terrenal» pensé. No lo dije en voz alta porque mi oponente ya estaba de bastante mal humor y no había necesidad de añadir más motivos para querer atacarme.
Reculé ante el avance del viejo con la espada en ristre, pero me topé con la pared, entonces cerré los ojos y deseé con toda mi alma que esa pesadilla desapareciera. Pedí con todas mis fuerzas que bajara la niebla, incluso que alguien me diera otro garrotazo para salir de allí. Cuando sentí en la garganta el filo de la espada empecé a sudar a chorros. Aquella alucinación, porque alucinación tenía que ser, estaba llegando demasiado lejos. O puede que no fuera una alucinación, puede que ese tipo fuera un chalado que se había emparanoiado con las historias del Temple y en su delirio creyera ser un maestre de los templarios en Ponferrada, en cuyo caso ya me podía considerar tan jodida como el pobre Jacobus de la maldita carta.
Pero de repente una voz resonó:
―¡Detente, Rodrigo!
Como una servidora estaba con los ojos cerrados a causa del miedo no vi quién hablaba así, pero reconocí perfectamente la voz: era la de Ruxa. Sin poder creérmelo del todo, abrí los ojos y efectivamente, ahí estaba mi amiga. Mi primer impulso fue ir a abrazarla, pero me lo impedía la peligrosa espada que, si bien no había seguido su imparable avance hacia mi garganta, tampoco había sido retirada.
Rodericus, o Rodrigo, o como quiera que se llamara ese animal, se giró cuando Ruxa habló y en su semblante apareció la sorpresa.
―¿Qué haces aquí? ¡Maldita bruja del averno!
―Vigilar tus desmanes. Tu mal genio y tu arrogancia siempre trajeron problemas, viejo ―contestó ella acercándose lentamente hacia él y con cierta chulería que me pareció genial.
―¡Déjanos en paz! Esta mujer y yo tenemos cuentas que saldar, no es asunto tuyo.
―Estás muy equivocado. Sabes que me preocupan tus actividades, pero, además, ella ―me señaló con el dedo― sí es asunto mío. Nosotras, al contrario que los de tu orden, no abandonamos a una hermana cuando está en apuros. Así que ya estás bajando esa espada y dejando libre a mi amiga.
A pesar del tono autoritario con el que Ruxa le habló al viejo, este no bajó el arma y yo empecé a sospechar que la cabezonería del templario me iba a suponer un tajo en el cuello y eso sí que debía hacer daño. En ese momento el doloroso chichón que tenía en la frente me pareció una caricia comparado con lo que se me venía encima.
―¿Estás pensando en desafiarme, viejo decrépito? ―añadió la hechicera con un brillo letal en los ojos― ¡Baja la espada!
Esta vez el de la barba blanca obedeció. En su mirada se mezclaba el miedo con el odio. Se ve que no estaba acostumbrado a acatar órdenes, y me imaginé que mucho menos de una mujer.
Libre ya de la opresión en el cuello corrí hacia Ruxa y me parapeté detrás de ella pues el templario seguía con el arma en la mano y nos miraba con mala leche. Entonces la bruja me tomó por los hombros con un gesto de protección y salimos de la biblioteca.
―¿Y si le da por perseguirnos? ―le dije a mi salvadora mirando hacia la puerta porque no las tenía todas conmigo.
―Cálmate, no puede salir del recinto de la biblioteca. Su condena es esa, preservar las cartas que reflejan su ignominia y su vergüenza.
Más tranquila, y ya repuesta del susto, abracé a Ruxa con todas mis fuerzas. Me hacía ilusión verla, pero en esta ocasión, además, me había salvado de una buena.
―¡Qué bien que hayas aparecido por aquí! Nunca hubiera imaginado volver a encontrarte y menos tan lejos de tu hogar.
―Ya de dije que tú eres una de las nuestras y las hermanas nos ayudamos unas a las otras. Además, la distancia y el tiempo no existe entre nosotras. A mí también me ha gustado volver a verte, pero tengo que marchar, hay otras colegas que también están en apuros y la vieja Ruxa debe acudir a echar una mano.
Ante mi cara de tristeza por oír sus últimas palabras, la bruja añadió:
―Tranquila, filliña, nos volveremos a ver, aunque espero que no te metas en tantos líos, tienes cierta predisposición para aparecer en lugares con situaciones complicadas ―me dijo con un gesto cómplice.
Yo estaba convencida de que esas situaciones complicadas a las que aludía eran responsabilidad suya pero no quería echárselo en cara porque, al fin y al cabo, me había ayudado mucho y, además, esa mujer se hacía querer.
―Muchas gracias, Ruxa, por todo lo que has hecho ―le dije volviéndola a abrazar―. Te debo mucho, nunca podré agradecértelo como te mereces.
―La verdadera fraternidad, en los malos momentos se manifiesta ―añadió adaptando de nuevo el papel de maestro Yoda―. Hoy por ti, mañana por mí. Ya me devolverás el favor.
―No creo que yo sea capaz de ayudarte, no tengo tus poderes ni tu sabiduría.
―Sabes y puedes hacer más cosas de las que crees ―añadió guiñándome un ojo para, seguidamente, desaparecer de repente.
Me quedé atónita mirando al vacío en el lugar donde, unos instantes antes, estaba Ruxa. Aún perpleja e intentando asimilar lo que me había pasado, decidí abandonar el castillo.
Cuando estaba saliendo de allí oí una carcajada familiar y una voz que decía entre risas:
―Recuerda, filliña: ¡tú eres una bruja!

FIN





NOTA
El castillo de Ponferrada fue habitado por templarios cuando un rey leonés permitió que la  orden del Temple estableciera una encomienda en dicha localidad el año 1178. Años más tarde, en la confrontación de León con el reino de Castilla, a los templarios les dio por apoyar al rey castellano, entonces el rey leonés se agarró tremendo mosqueo y les quitó el castillo para dárselo a los caballeros hospitalarios. Poco después, y ya reconciliados rey leonés y templarios bercianos, el castillo volvió a los del Temple y los hospitalarios tuvieron que hacer las maletas.
Cuando en Francia se inició un proceso judicial contra el Temple, que acabó con la ejecución del Gran Maestre y la disolución de la orden, el maestre de Ponferrada, Rodrigo Yáñez (Rodericus, en latín), decidió entregar dicho castillo al hermano del rey y, junto a sus caballeros, quitarse de en medio no fuera que en León les diera por imitar a los franceses.
Dicen que el Gran Maestre, Jacques de Molay (Jacobus de Molayo, en latín) pidió ayuda a varias encomiendas para que le rescataran sin éxito alguno según se pudo comprobar (murió en la hoguera).
Esta es, a grandes rasgos y que me perdonen los puristas, la historia del castillo de Ponferrada y los templarios.
No sé si Rodrigo llegó a escribir alguna carta al gran maestre de la orden en Francia ni si este último le pidió ayuda porque, como cuento en el relato, en aquellas misivas del museo no se entendía nada de nada, la letraja era de cuidado. Pero me he tomado la licencia literaria de poner en sus letras esta escenificación. Por cierto, el encabezamiento de la carta me lo he inventado, he intentado ponerlo más o menos en latín, pero dado que aquella asignatura hace más de treinta años que la estudié, seguro que está lleno de faltas; que me vuelvan a perdonar los puristas.

GLOSARIO

Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores