Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

19 de enero de 2019

"Viento del Norte" - Elena Quiroga



En el pazo de La Sagreira vive Álvaro Castro, el señor, y también Ermitas, su antigua nodriza que ha devenido en ama de llaves. Allí vive también Marcela, la hija de la Matuxa que renegó de ella nada más nacer abandonándola; en el pazo además están Herminia, y Rosalía y Dolores,  y muchos más, todos son criados al servicio del amo. Enrique y Lucía son los tíos de Álvaro y viven, en otra mansión cercana, con sus siete hijos. Los señores de los pazos y sus sirvientes conviven y comparten experiencias a pesar de las desigualdades de todo tipo que se dan entre ellos.

De la mano de Elena Quiroga, nos introducimos en la Galicia rural del siglo pasado, una Galicia llena de tonos verdes, de agua, de sol, de muchos matices que esta excelente escritora sabe plasmar de maravilla.  Los personajes, cada uno en su papel, están bien perfilados y son complejos, con muchas facetas que los hacen creíbles y muy humanos.

“Ser humano era aceptar, en su humanidad, las complejas humanidades de los otros.”


Entre estos personajes se encuentra también el paisaje gallego que interactúa con el resto.

“El íntimo contacto con la Naturaleza fecunda en el alma la armonía de las palabras.”

    Además, en esta novela se hace un análisis muy interesante del papel de la mujer, tanto por su condición ‘fisiológica’ como por los condicionamientos sociales y culturales.


“Sirviéndole, toda la vida sirviéndole, ¿de qué valían los nombres? ¿Criada? ¿Mujer? ¿Qué diferencia había?”

    Con una riqueza lingüística admirable, Quiroga escribe una historia de las de antes, cuando los señoritos se enamoraban de las criadas, cuando las desigualdades sociales y culturales abrían brechas imposibles de salvar, cuando lo sobrenatural y la magia (o la superstición) lo impregnaba todo. Porque para mí, esta novela, es una historia romántico-costumbrista de las que tanto se estilaban en el siglo XIX.

La novela fue galardonada con el Nadal en 1950, en una época donde los premios se los llevaban novelas de calidad, porque si esta novela tiene algo es calidad, y mucha. 

La narrativa es una maravilla. Una prosa poética que nos sumerge en el paisaje gallego y que nos permite “oler” el bosque, “escuchar” el susurro de las hojas en los árboles, “sentir” el azote del viento que anuncia la tormenta y “mojarnos” con la bruma de la ría. Pero no solo hay poesía en su forma de escribir, el uso (que no abuso) de algunas palabras en gallego y las expresiones coloquiales de esa tierra maravillosa consiguió que “oyera” a los personajes, que el acento y la cadencia en el hablar de sus gentes sonaran en mi cabeza sintiéndome una espectadora privilegiada.

“—Brincábale la tapia, pensándose que nos emboucaba. Buenos galanes tuviera, que dejábanla llegar con los pies llenos de sangre y arrebuñadas las pantorrillas por los tojos.”

“—¡Que no escarmentará! —se lamentaba Ermitas—. Porque fuerte es, y trabajadora; puede sola con más sacas a la cabeza que dos homes por junto.”

De estos vocablos, “oír” tumbaloureiro (una clase de viento y cuya traducción literal sería tumba laureles) me erizó la piel pues mi abuela solía citarlo siempre que había tormenta y al leer esa expresión, tan emotiva para mí, visualicé a la madre de mi madre arrebujándose en el chal de lana que solía llevar mientras cerraba bien todas las ventanas de su casa. Es fascinante cómo algunas palabras nos pueden trasladar a épocas y lugares ya desaparecidos.

Tengo una vinculación especial con Galicia pero también con la escritora y quizás mi opinión no sea nada objetiva. Por eso, esta reseña se va a alejar de lo común y se va a convertir en no sé muy bien qué.

Mi madre nació en una localidad de La Coruña y, por avatares de la vida, tuvo que abandonar su acomodada vida. Al quedarse huérfana de padre y desaparecer los ingresos con los que mi abuelo mantenía a mi abuela y sus diez hijos, mi madre pasó de señorita con servicio a formar parte del servicio de otras señoritas. Cosas del destino y de la neumonía que se llevó a mi abuelo con cuarenta años recién cumplidos. El caso es que siendo una adolescente mi madre se puso a trabajar para Elena Quiroga, cuando la escritora residía en Nigrán (Pontevedra). Por cierto, mi madre se llamaba Herminia y ese es el nombre de uno de los personajes de la novela. Cuando Quiroga se vino a vivir a Madrid se trajo a mi madre, y esto es algo que yo siempre le agradeceré porque gracias a ese traslado, mi madre conoció a mi padre y de resultas una servidora anda por este mundo.

Aunque mi madre al casarse dejó de trabajar para ella, siguieron en contacto. Por mi nacimiento me regaló una medalla de oro con la Virgen de la Paloma y mi nombre grabado en el reverso. Cuando yo era una niña, mi madre y yo la visitábamos en su dimicilio de la calle del León. Elena estaba casada con el Secretario de la Real Academia de Historia y vivía en la sede de esta institución, un palacio del siglo XVIII que a mí me daba un poco de repelús pues los suelos de vetusta madera crujían a cada paso y los rostros de señores cariacontecidos que se veían en los cuadros de las paredes me daban miedo.

De aquellas visitas recuerdo el interés de la escritora por mi formación como estudiante, siempre me preguntaba por mis notas escolares (una carta de recomendación suya y mi buen expediente académico permitieron que ingresara en el entonces prestigioso instituto Beatriz Galindo al que yo no podía acceder, en principio, por no residir en el barrio de Salamanca donde está ubicado). Elena Quiroga siempre se mostró una mujer involucrada en los problemas de acceso de las mujeres a determinadas áreas y creía firmemente, con toda la razón, que una buena educación era la base para superar esas trabas. Además, estaba especialmente interesada en que me aficionara a la lectura (algo que consiguió sin problemas) poniendo a mi disposición su extensísima biblioteca (un salón más grande que mi casa con estanterías en las cuatro paredes y que llegaban hasta el alto techo).  Me pregunto qué pensaría si supiera que ahora también me da por escribir.

   Además de la biblioteca tenía libros por todas partes. Uno de los múltiples pasillos que en esa casa había, tenía una de las paredes forrada con el diccionario enciclopédico Espasa compuesto por un montón de volúmenes con sus correspondientes apéndices. Por cierto, el Espasa que hay en casa de mis padres (una edición de cuatro tomos) fue un regalo de la Quiroga.

También recuerdo que era una monárquica convencida (provenía de familia aristocrática). En ocasiones discutía mucho con su asistente personal, una portuguesa que se declaraba republicana, y las peloteras que tenían las dos (sin llegar nunca la sangre al río) eran antológicas. Mi madre hacía de moderadora mientras yo asistía fascinada a esas conversaciones.

Pero de mi relación con la escritora lo que más recuerdo es a su marido. Era historiador y se llamaba Dalmiro de la Válgoma. El nombre ya era llamativo, pero su figura y su intelecto lo eran mucho más. Cuando yo lo conocí tenía el pelo completamente blanco, un elegante bigote y unas gafas de montura metálica dorada. Era un señor sumamente cortés y muy galante, con unos modales exquisitos. Todo un caballero. Con la manera de percibir las cosas de mis doce-trece años, a ese hombre solo le faltaba una chistera, un bastón y una capa para convertirse en un personaje de una novela romántica del siglo XIX.

Aunque lo que más recuerdo de él son las anécdotas sobre personajes y hechos históricos que me solía contar. La manera tan amena de relatar la Historia hizo cambiar mi concepto de ella. Con este académico aprendí que nuestra historia no solo consiste en fechas y lugares, es el pasado que explica el presente. Creo que él es el responsable de que, a pesar de haberme dedicado profesionalmente a las ciencias, sienta fascinación por todo lo histórico. 

Pero me he ido por los cerros de Úbeda, o por los montes gallegos sería más adecuado decir. Ya avisé que esto no iba a ser una reseña corriente.

Volviendo a la novela, y para terminar esta reseña fuera de lo común, Viento del Norte es una historia de amor y desamor a la tierra, a las costumbres y entre los seres humanos. Una novela con tintes folletinescos que no restan valor ni calidad, al contrario, pues manifiesta un argumento trabajado donde el drama es un elemento más de la historia, como lo es de la vida.




15 de enero de 2019

Yo, Julia - Santiago Posteguillo



Dicen que el ser humano es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, a este respecto yo no tengo ninguna duda de que pertenezco a esa especie porque cumplo el axioma a rajatabla. Y cuando la piedra es leer premios Planeta, no he tropezado dos veces sino decenas. Y no aprendo. De hecho, me he leído la última novela galardonada y otra vez me he pegado el batacazo padre.

Como ya viene siendo habitual, me he vuelto a preguntar qué ve el jurado del Planeta para premiar algunas cosas. Se supone que los que optan a tan famoso galardón se presentan con pseudónimo, de manera que su posible fama no pueda influir en el fallo. Yo esto no me lo creo. Para mí que, de alguna manera, se filtra la autoría real, los evaluadores se ven afectados por la carrera literaria de algunos concursantes y luego pasa lo que pasa. En el caso de Posteguillo, que le premian una obra mediocre tirando a mala.

He leído otras cosas de Santiago Posteguillo y he comprobado que es un buen escritor, pero con esta novela no lo demuestra. Siento ser tan clara por sus seguidores, que los tiene y son muchos.

“Yo, Julia” relata el ascenso de Julia Domna al trono imperial de Roma. En realidad el que se convierte en emperador es su marido, Septimio Severo, pero ella le apoya influyendo en algunas importantes decisiones que inclinaron la balanza a favor de su marido y en contra de otros pretendientes al trono. Su influencia y su importancia en el desarrollo del devenir imperial parece ser que no fueron reconocidas en su justa medida por la Historia, y Santiago Posteguillo decide corregir esta injusticia. Esto es algo que le honra pero que a mí me parece oportunista dado el estado actual de las cosas (reivindicaciones por la igualdad de oportunidades para las mujeres, equiparación salarial, etc.). A lo que se ve al jurado le pareció un tema vigente y quizás, por eso y solo eso, le dieron el premio.

El tema es interesante y lo único a destacar de la novela, porque técnicamente tiene fallos y esto a mí me subleva, por muy fascinante y reivindicativa que pueda ser la trama.

El principal obstáculo para valorar positivamente la novela es su innecesaria extensión. No tengo nada en contra de los “tochos” siempre y cuando la historia necesite de muchas páginas para contarse. Este no es el caso. Durante las (casi) setecientas páginas del libro se habla de diferentes temas “colaterales” que a mi modo de ver no aportan nada o muy poco al argumento, tan solo datos que hacen la lectura muy pesada. Al argumento principal (la lucha por el trono imperial) se añaden diferentes temas interesantes pero que diluyen la trama (se habla de la vida de los esclavos y de los colonos, del sistema de aduanas, de que si Julio César nació o no por cesárea y de la conveniencia de aplicar esta técnica en el parto, de la biblioteca de Pérgamo, de los doce trabajos de Hércules…).

De todas formas, el autor ya nos avisa con una frase que se puede leer nada más empezar y que pone en boca de uno de los narradores: “El lector habrá de tener paciencia conmigo”. Y tenía razón. Aunque en mi caso más que como un aviso debí tomarme la frase como una amenaza.

Pero no solo añade cosas innecesarias, encima, las repite. Porque en esta novela además de relleno hay mucha reiteración. Por ejemplo, que el emperador Cómodo era violento, voluble y sanguinario queda muy clarito, entre otras cosas porque lo repite hasta la saciedad. Con que lo diga una vez, o dos, es más que suficiente. Lo mismo pasa cuando el narrador, o algún personaje, define a Julia: una mujer excepcional que se sale de la norma. Insiste tanto que yo empecé a tomarle ojeriza a la protagonista.

Desde luego el autor se ha documentado muy bien sobre los hechos históricos en los que se basa la novela, y nos lo hace saber, ya lo creo. Son muchos los datos históricos que se aportan de diferentes maneras, unas a través del narrador (lo más adecuado para mí) y otras a través de los diálogos entre los personajes. En este último caso la información que se plasma es muy buena pero el diálogo se hace artificial y poco creíble (no me veo yo a un gobernador de Britania contándole a su mujer cómo se disponen las legiones para atacar o cómo va a acabar con sus enemigos en el frente de batalla, la verdad). Además, poner en boca de ciertos personajes algunas cosas los distorsiona, dejando de ser lo que quiera que sean (un legionario, o un esclavo, por ejemplo) para convertirse en un catedrático de Historia, y queda fatal.

Por si la demostración de una buena documentación no hubiera quedado clara, además de repetir ciertos hechos históricos varias veces en diferentes ocasiones, el autor nos regala, al final de algunos capítulos, párrafos enteros de documentos escritos por personajes de aquella época para así certificar que lo que cuenta es tal cual. Demasiado para el cuerpo.

Otra cosa que no me gustó es el uso y abuso de palabras en latín. Cuando hay expresiones o cosas que no tienen traducción al idioma en que se escribe no me parece mal que se empleen los vocablos originales, pero cuando no es así, recurrir a esta técnica me parece pedante y un tostón. Por ejemplo, no sé a qué viene poner “medici” en lugar de médicos, o “domus” en lugar de casa. Por cierto, usa muchos latinajos, pero las fechas las pone con el calendario moderno, algo que yo le agradezco porque si leer latín me cansa, hacer la cuenta de la vieja con el calendario romano hubiera sido terrorífico.

Reconozco que algunas de las objeciones que le pongo a la novela son muy personales, pero hay otras cosas que son fallos en toda regla. Por ejemplo, en una escena se relata que está a punto de llover, para inmediatamente, en el siguiente párrafo, contar que luce un sol radiante (¿en qué quedamos?). Un personaje no viaja a Roma en un momento dado y sin embargo se explica que no acude a un banquete en esa ciudad porque está indispuesto (¿la indisposición consiste en no disponer del don de la ubicuidad?). Estos fallos son “peccata minuta” (yo también sé utilizar innecesariamente latinajos) y se pueden disculpar, pero cuando la obra es premiada y laureada y ensalzada, a mí me enfurecen un poquito.

Antes he comentado que tanto repetir que Julia es una mujer excelente y pluscuamperfecta hizo que se me atravesara un poco. Creo, además, que el autor la adorna excesivamente con algunas virtudes que, lejos de ensalzarla, la hacen poco creíble. Por ejemplo, en un pasaje de la novela hay que atravesar un desierto, y parece ser que del mogollón de soldados que hay en las dos legiones que lo van a cruzar (todos militares experimentados en múltiples batallas a lo largo y ancho del vasto imperio romano), la única que sabe cómo afrontar una tormenta de arena es Julia porque nació en Siria, y claro, allí hay mucho desierto. Puede que sea verídico, no me han quedado ganas de comprobarlo (si hay alguien que lo sabe, que me saque de mi error), pero a mí esto me chirría. Por cierto, por si alguno tiene curiosidad, cuando se avecina una tormenta de arena hay que impregnarse la nariz con aceite o agua (mejor el aceite porque el agua es más necesaria para beber cuando hay que caminar por el desierto) así no se taponan las vías respiratorias y uno no se ahoga. Me lo aprendí muy bien porque se repite esta información como unas seis o siete veces.

Para rematar, y por si todo lo anterior fuera poco, no empaticé con ningún personaje. Hasta la protagonista se me hizo un pelín antipática. Más que una novela parece que estaba delante de un docudrama (escrito) de esos que ponen en la 2. Me aburrí bastante y lo peor es que me podía haber ahorrado la lectura yendo a la wikipedia, pues todo lo que se cuenta aparece ahí pero más resumido, como a mí me gusta. Por cierto, después de leer la novela, indagué sobre el personaje de Julia en otros medios y he podido comprobar que su actividad fue más interesante, desde mis propios gustos, justo cuando fue ya emperatriz, algo que no aparece en la novela y que me dejó con una sensación de “novela interruptus”(al final le he cogido el gusto a lo del latín). Aunque, conociendo al autor y sabiendo su querencia por las trilogías, no me extrañaría que hubiera más libros para completar la vida de esta mujer.

“Yo, Julia” es una novela innecesariamente larga, repetitiva, insulsa, con excesivo detalle, con abundancia de datos históricos... Un momento... me estoy repitiendo. Creo que he sido poseída por el espíritu escritor de Posteguillo. Lo mismo me dan un premio Planeta… ¿Sí? No, va a ser que no.



11 de enero de 2019

"Irreal como la vida misma" - Josep Mª Panadés


     Hace unos meses reseñé de manera "tradicional" el libro que ahora nos ocupa, en aquella crónica (más adelante está el enlace), ya comentaba las excelencias de este libro de relatos. 

     Si vuelvo a insistir con esta obra es porque el libro lo merece y su autor también. Josep Mª Panadés, además de ser un escritor de los buenos, también es un excelente compañero de la blogosfera. 

    Valga este montaje como complemento a aquella primera reseña escrita.

NOTA: La música no  tiene ninguna vinculación especial con el libro, tan solo la preferencia del autor por el intérprete que la ejecuta.


Para visionar el vídeo hacer clic AQUÍ 


Para leer la reseña escrita hacer clic AQUÍ 




8 de enero de 2019

Leonardo Torres Quevedo


Algunos de los personajes que por esta sección han pasado tuvieron dificultades para desarrollar y ver reconocida su labor científica por ser mujeres. Han sido varias las científicas que han desfilado por Demencia, la madre de la Ciencia donde el principal escollo a superar fue su condición de mujer.

El protagonista de hoy también tuvo muchos problemas para desarrollar su trabajo, en este caso no fue a causa de su sexo sino de su nacionalidad. Torres Quevedo tenía una grave defecto que le dificultó destacar en el mundo de la ciencia: era español. Esta tara fue mucho más sangrante en su propio país pues al día de hoy muchos de sus compatriotas desconocen su labor y ni siquiera saben quien fue. Entre esta población se encuentra una servidora para la que, hasta que vio un documental hace unas semanas, Torres Quevedo era el nombre de un edificio situado enfrente de la sede central del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Y sin más rodeos vamos con este excelente inventor patrio.

Leonardo Torres Quevedo nace en Cantabria el 28 de diciembre de 1852. Su padre es ingeniero de caminos y trabaja en los ferrocarriles de Bilbao por lo que toda la familia reside en esa ciudad. Como sus padres viajan frecuentemente, Leonardo pasa largas temporadas al cuidado de unas parientes del padre, las hermanas Barrenechea, que le toman cariño y lo declaran heredero de todos sus bienes (que eran muchos), algo que le va a venir muy bien para independizarse.

Estudia el bachillerato en Bilbao, y en París completa sus estudios durante dos años. Cuando el padre es trasladado a Madrid, toda la familia se instala en la capital y Leonardo, que tiene entonces dieciocho años, se matricula en la Escuela Oficial del Cuerpo de Ingenieros de Caminos. Pero estos estudios se interrumpen por culpa de la Tercera Guerra Carlista. Bilbao es asediado por los carlistas y el joven Leonardo se va a allí como voluntario a defender la ciudad. Tras levantarse el sitio de la ciudad vasca, nuestro protagonista regresa a Madrid y finaliza la carrera con un brillante cuarto puesto en su promoción. Tiene veinticuatro años.

Empieza a ejercer de ingeniero en la misma empresa de ferrocarriles que su padre pero alterna su trabajo con viajes por toda Europa para informarse de primera mano sobre los últimos avances técnicos y científicos. Leonardo da muestras de ser una mente inquieta, algo que deriva en una actividad frenética cuando se pone a inventar.

Debido a esta inquietud intelectual el joven ingeniero realiza sus propias investigaciones (sufragadas por él mismo) cuando se instala en Santander.

Se casa con Luz Polanco a la edad de treinta y tres años y tiene ocho hijos con ella. Se vuelca en el diseño de distintas máquinas para usos muy diversos. En 1889 regresa a Madrid, participa en los círculos sociales de la urbe y publica diferentes trabajos científicos.

Cuando alguna de las máquinas inventadas por él son aceptadas en el extranjero, aquí le empiezan a premiar y le caen algunos reconocimientos como la Medalla Echegaray; ingresa en la Real Academia Española usando el mismo sillón que ocupó Pérez-Galdós y es presidente de la Sociedad Matemática Española. También le proponen ser ministro de Fomento en el gobierno liberal de García Prieto, pero él declina el ofrecimiento.

En París también es reconocido. La Sorbona le nombra doctor honoris causa y forma parte de la Academia de Ciencias de París. Esto sí que tiene valor pues menudos son los franceses para reconocer el mérito de los extranjeros y más si encima son españoles.

Muere en Madrid, el 18 de diciembre de 1936, cuando le faltaban diez días para cumplir ochenta y cuatro años.

Supongo que algunos no habrán oído hablar de este ingeniero que incluso llegó a ocupar un sillón en la RAE (un dato anecdótico: fue una gran defensor del esperanto). Sin embargo son muchos los aparatos que salieron de su mente despierta y para usos de lo más variopinto.

En el campo de la aeronáutica, Torres Quevedo dirigió la construcción del primer dirigible español, lo bautizaron España y corría el año 1905. En su diseño se incorporaban elementos innovadores que lo hacían mucho más seguro que otros dirigibles ya construidos por lo que la empresa francesa Astra compró la patente. Este tipo de dirigible lo utilizaron los franceses y los británicos en la Primera Guerra Mundial para labores de inspección naval.

Dirigible Astra-Torres

En 1918 Torres Quevedo diseñó otro dirigible, el Hispania, pensado para realizar grandes recorridos. Con él, España pretendía efectuar la primera travesía aérea del Atlántico pero los problemas de financiación (cómo me suena esto) hicieron que el dinero no llegara a tiempo (cómo me sigue sonando esto) y el proyecto se retrasó mucho, tanto que los británicos se nos adelantaron y son ellos quienes atraviesan el Atlántico en un bimotor desde Terranova hasta Irlanda. Aquí nos encontramos con el primer fracaso de este ingeniero por culpa de su nacionalidad. Marca España.

Pero Torres Quevedo no solo diseñó dirigibles. Su mente imaginativa se centró en  máquinas que facilitaban el transporte donde la orografía es compleja. Muy jovencito, en su Cantabria natal, construyó en su casa el primer transbordador, el transbordador de Portolín. Este artilugio salvaba un desnivel de cuarenta metros en doscientos metros de longitud, la tracción era animal (un par de vacas) y la barquilla era una simple silla. Más adelante, y siempre basándose en su idea original, construyó el transbordador del río León, ya con tracción a motor pero que solo transportaba materiales, no personas. Estamos ante el inventor del teleférico.

Como estos transbordadores son muy codiciados en lugares donde la orografía dificulta el transporte, Torres Quevedo presentó sus ideas en Suiza. Pero los suizos no solo no atendieron a su proyecto, además se chotearon del pobre ingeniero español con comentarios hechos con mucha mala baba.

Este fracaso con los helvéticos no impidió que construyera el primer transbordador para llevar personas. Se estrenó en el Monte Ulía, en San Sebastián. Esta maquinaria fue la que se empleó, posteriormente, para los transbordadores en otros países, como el de Chamonix o el de Río de Janeiro.

Funicular del Monte Ulía

Torres Quevedo también inventó otro tipo de máquinas. A destacar el primer aparato de radiodirección del mundo: el telekino. Este artilugio era un autómata que ejecutaba órdenes transmitidas por ondas hertzianas. En el puerto de Bilbao hizo una demostración guiando un bote desde la orilla. Sentó las bases, junto a otro genio, Nikola Tesla, del mando a distancia.

Demostración en el puerto de Bilbao del funcionamiento del telekino

También construyó varias máquinas analógicas de cálculo. Este tipo de máquinas “traducen” operaciones matemáticas en movimientos físicos. Una de ellas fue el Ajedrecista, una máquina que jugaba solo con rey y torre pero que siempre daba mate. Algunos consideran a este autómata el primer videojuego de la historia.

Máquina de ajedrez diseñada por Torres Quevedo
Con el telekino y el ajedrecista, Torres Quevedo sienta las bases de lo que ahora llamamos inteligencia artificial, máquinas que pueden desempeñar tareas complejas donde es necesario “pensar”.

Su actividad creadora fue frenética. Inventó el puntero proyectable, un antepasado de los punteros láser que ahora muchos utilizamos cuando queremos exponer un trabajo; construyó un proyector didáctico que mejoraba la forma en la que las diapositivas se colocaban sobre unas placas de vidrio para proyectarlas; mejoró las máquinas de escribir; construyó un aritmómetro (una máquina electromecánica capaz de realizar cálculos de forma autónoma con un dispositivo de entrada de comandos)...

Spanish Aero Car

Fueron muchas las patentes que este ingeniero desarrolló, pero la obra que le lanzó al estrellato (sobre todo en el extranjero) fue el Spanish Aero Car. Este funicular atraviesa las cataratas del Niágara de una orilla a otra del río, es prácticamente horizontal (no salva desniveles como lo suelen hacer este tipo de máquinas) y puede soportar hasta nueve toneladas de carga. Se inauguró en 1916 y sigue en funcionamiento al día de hoy con muy pocas modificaciones respecto al original diseñado por nuestro ingeniero cántabro. Fue un proyecto español de principio a fin: ideado por un español, construido por una empresa española y con capital español. Hay que reseñar que desde el siglo que ya lleva funcionando no ha habido accidentes dignos de mención. Esto sí que es Marca España (de la buena).

A la entrada de acceso de la estación para cruzar las cataratas hay una placa de bronce que recuerda la autoría: 



Por lo menos los canadienses sí le dan el reconocimiento que se merece.

A pesar de ser un gran desconocido del público, la contribución de este ingeniero a la mecánica fue muy importante y muchos de sus inventos han servido para que, sus versiones mejoradas, hoy nos faciliten más la vida.

Espero que con esta publicación haya enmendado esta injusticia. Ojalá. Torres Quevedo se lo merece.




4 de enero de 2019

Escenas navideñas: Ya vienen los Reyes Magos.



—No es el mismo, mamá. Ya te lo dije.
—¡Cómo no va a ser el mismo, Jorge! —contestó Marta.
—Que no. ¿No ves que no es igual? —insistió el niño.

Jorge estaba comparando dos fotos. Una se la acababa de hacer esa misma mañana en un centro comercial; había acudido hasta allí con su madre y su hermana a entregar su carta a los Reyes Magos y se había hecho una foto sentado en el regazo de Melchor. Igual que el año anterior. Cuando Marta le ofreció hacerse la instantánea, el niño ya mostró recelo. Aquel rey mago no se parecía en nada al del año pasado, iba vestido de forma similar pero la cara no era igual, aunque llevara una barba que le cubría medio rostro. Accedió a posar a regañadientes pero nada más llegar a casa se fue a ver la foto de las navidades pasadas.

—Hace un año entero que no lo ves y la gente envejece, pasa el tiempo y..
—¡Que no se parecen, mamá! Además, Melchor este año tiene menos arrugas, ¿no debería tener más si es más viejo?

Marta comprobó que el rey de este año era claramente mucho más joven. Maldijo para sus adentros por haber caído en un desliz tan burdo. El caso es que ella siempre pensó que de los tres Reyes Magos el que menos se prestaba a este tipo de errores era Melchor. La idea de Gaspar era algo difusa y sujeta a interpretaciones, unas veces aparecía con la melena negra, otras castaña y otras rubia. Con Baltasar pasaba algo parecido, sobre todo cuando el que se disfrazaba no era de raza negra; de lejos, el betún —o lo que fuera que se pusieran en la cara para oscurecer la piel— podía pasar desapercibido, pero de cerca, los niños se daban cuenta de que ahí había gato encerrado. Por eso Melchor siempre le pareció a Marta idóneo, un abuelete con el pelo completamente blanco. ¿En qué oficina de empleo habían hecho la selección de un rey mago que no pasaba de los veinticinco años? Porque al que señalaba Jorge aún le quedaban unos cuantos años para cumplir los treinta.

—Bueno, ya sabes que ahora la gente se hace intervenciones de estética, o sea, se opera… y se quita años de encima… y no quiere parecer tan mayor…
—¿Como la rubia esa del anuncio de colonia que tanto le gusta a papá? Esa que cuando sale, papá silba y tú dices que está operada.
—Sí, como esa —contestó Marta con el ceño fruncido recordando la cara de alelado que ponía su marido cuando aparecía la maldita Charlize Theron en la publicidad de un perfume; había que reconocer que estaba radiante pero con pinta de no haber cumplido aún los veinte años. Desde luego el bisturí podía hacer milagros.
—Entonces, ¿los reyes también se operan para hacerse jóvenes?

"Los reyes puede que no, pero las reinas…" pensó Marta recordando a la monarca española.

—No lo sé, Jorge, pero es posible. ¿Quieres que llevemos la foto nueva al salón y guardamos la vieja del año pasado?
—Además, este tiene los ojos azules —insistió Jorge señalando la foto recién hecha— y este otro no —añadió mostrando a su madre la foto del año anterior.
—Bueno, estooo… es que los ojos también pueden cambiar —dijo una Marta acorralada. Que los niños sean inocentes no quiere decir que sean idiotas.
—¿Sí? ¿Cómo? —replicó Jorge con los ojos entornados y desconfiando abiertamente.
—Con lentillas. ¡Qué pesado estás! Deja las fotos y recoge tu cuarto —dijo Marta y dando por terminada la discusión.

A pesar de los escollos que su hijo le ponía, el día que estaba por llegar era lo más deseado de la Navidad: los Reyes Magos. Esa fiesta era la mejor de todo el año, y la noche que la precedía era la más mágica.

Con la ilusión de una niña esperaba ese día para regalar y recibir regalos. Sus gustos habían cambiado a lo largo de los años. De pequeña pedía juguetes y ropa —aunque esto último siempre era idea de su madre—. Según se hizo mayor sus peticiones iban siendo menos materialistas, pedía que el chico de sus suspiros se fijara en ella, o que el profe de matemáticas dejara de tenerle tanta manía. Ahora, cumplidos ya los cuarenta, sus objetivos eran menos ambiciosos y más pragmáticos, pedía lo mismo que su abuela: salud. Esta deriva tan deprimente no era capaz de quitar la ilusión de ese día y Marta esperaba la llegada de los magos orientales con un brillo en los ojos.

La cabalgata que recorría su ciudad era el heraldo que escenificaba que los reyes ya estaban cerca y que iban a pasar por casa. Al igual que hicieron sus padres con ella y su hermana, Marta llevaba a sus hijos a ver el desfile, a recoger caramelos —que luego nadie se comía— y a pasar un frío de mil demonios esperando a las carrozas que, indefectiblemente, salían siempre con más de media hora de retraso. En esas largas esperas Marta se esmeraba en lo que su marido llamaba el royal zapateo, una combinación de claqué y zapateado español que consistía en golpear los pies contra el suelo para obligar a circular la sangre y evitar que se congelen las extremidades.

Solo tenía un fallo esta fiesta y tenía que ver con la comida. Para Marta ese día no era perfecto por culpa del dichoso roscón. O mejor dicho, por culpa de tener que comprarlo. Las largas colas para conseguir ese rico dulce navideño también la exasperaban, pero en la pastelería de su barrio los hacían muy sabrosos y esperar en la calle durante más de una hora con temperaturas gélidas se compensaba con el chocolate calentito que acompañaba después al roscón.

Este año Marta estaba especialmente nerviosa, y no sabía bien por qué. Quizás fuera el jet lag del viaje de fin de año a Canarias, pero andaba algo descolocada.  Los niños también estaban alterados, Jorge no quería irse a dormir a pesar de amenazarle con quedarse sin juguetes si no dormía, pues los Reyes Magos no gustan de tener testigos cuando entregan los regalos. Incluso Inés, una marmota que se dormía en cualquier parte, estaba agitada y le costaba dormirse.

Al fin los niños se durmieron. Marta se recostó en la cama mientras esperaba que el sueño de sus hijos fuera más profundo, luego se levantaría y con Rafa pondría los regalos bajo el árbol de Navidad.

Un ruido la despertó, miró el reloj y marcaba las siete de la mañana. ¡Los regalos! No los había colocado, y ya era muy tarde —o muy pronto, pues estaba a punto de amanecer—. Embotada aún por el sueño pudo oír que había alguien en el salón. "Menos mal que Rafa sí ha estado atento y está poniendo los regalos", se dijo Marta mientras daba media vuelta en la cama dispuesta a seguir durmiendo. Justo cuando se giró vio a su marido completamente dormido. Cerró los ojos con una sonrisa en la cara para abrirlos inmediatamente después con alarma. Si Rafa estaba en la cama… ¿quién hacía ruido en el salón?

Marta creyó que sería Jorge, se habría levantado a mirar si ya habían llegado los Reyes Magos, a pesar de que sus padres le habían avisado de que no podía hacerlo hasta que fuera completamente de día. "Qué niño más desobediente´", pensó Marta mientras se incorporaba para ir hacia el salón. Antes de llegar, pasó delante de la habitación de Jorge y vio que el niño seguía durmiendo en su cama, al igual que Inés lo hacía en la suya.

—Ladrones —le dijo Marta al oído de Rafa mientras lo zarandeaba en la cama—. Ladroneeees —insistió, pues Rafa seguía como un tronco.

Después de varios empujones, un par de pellizcos y un tirón de pelo, Rafa se despertó.

—¿Qué pasa? ¿Qué ocurre? —dijo Rafa con voz ronca y la mirada perdida.
—Ladrones, Rafa, tenemos ladrones —le contestó su mujer en un susurro pues no quería alertar a quien quiera que estuviera en el salón.
—Sí, ya lo sé, cariño. Tenemos ladrones por todas partes, especialmente en el Congreso —contestó Rafa aún dormido y dándose media vuelta en la cama al mismo tiempo que se arrebujaba con el edredón.
—¡Que no! Los ladrones están aquí. Despierta ya.
—¡¿Tenemos diputados en casa?! —contestó Rafa incorporándose de un brinco y muy confuso.
—Hay alguien en el salón y los niños están en sus habitaciones durmiendo así que…
—¿Y cómo sabes que hay alguien?
—Por el ruido.
—¿Ruido? ¿Qué ruido? Yo no oigo nada —contestó Rafa ya completamente despierto.
—Antes sí lo he oído. ¿Qué hacemos? ¿Llamamos a la policía?
—¿Pero tú estás segura de que hay alguien ahí? Voy a mirar, que cuando sueñas, te confundes —contestó Rafa recordando aquella ocasión en que su mujer se despertó dando alaridos porque estaba sonando la alarma de incendios cuando en realidad lo que sonaba era el despertador. Además en casa no tenían alarma contra incendios.

Rafa se encaminó al salón con sigilo y con un zapato en la mano a modo de arma arrojadiza y como defensa ante la eventual posibilidad de que su mujer tuviera razón. En esta ocasión deseó vivir en Estados Unidos para disponer, en lugar de una pieza de calzado, de un rifle con mira telescópica, un obús teledirigido o alguna arma así y que suelen tener casi todos los hogares norteamericanos que se precien.

En la penumbra no se detectaba ningún movimiento, y el silencio era completo.

—Aquí no hay nadie —dijo Rafa a su mujer mientras accionaba el interruptor de la luz.

Con el salón iluminado pudieron comprobar que, efectivamente, todo estaba en orden. Tan solo una ventana se encontraba entreabierta dejando pasar el frío de la madrugada que hizo tiritar al matrimonio.

—Nos hemos dejado esta ventana abierta, Marta, y ha debido de batirse haciendo ruido —explicó Rafa mientras la cerraba.
—¡Los regalos! —gritó Marta mientras se llevaba las manos a la boca.
—¡No chilles! Vas a despertar a los niños. ¿Qué pasa con los regalos?
—Que están en el árbol —contestó Marta señalando hacia el rincón donde se encontraba el árbol de Navidad.
—Ya, claro. ¿Dónde quieres que estén? ¿En la cocina?
—¿Los has colocado tú, Rafa?
—No.
—Pues yo tampoco —añadió Marta con los ojos abiertos de par en par.
—Venga ya. Entonces ¿quién los ha puesto?
—¡Los Reyes Magos! —contestó ella con una sonrisa bobalicona.
—Marta, de verdad, no puedes comer tanto roscón por la noche, el azúcar es indigesto y en tu caso te provoca pérdida de memoria. Los habrás colocado medio dormida y ahora no te acuerdas.
—¡Que no! Que han sido los Reyes Magos. ¡Han venido los reyes! ¡Han venido los reyes! ¡Han venido los reyes! —insistió Marta dando palmadas y brincando por todo el salón.

Rafa no se lo podía creer, lo de su mujer no tenía remedio. De todas formas se acercó donde reposaban los regalos para fijarse mejor. A simple vista parecían los mismos paquetes que ellos habían ido comprando y envolviendo durante los días previos.

—Pues si han sido los Reyes Magos, ya podían haber comprado los regalos y no solo colocarlos. Nos habríamos ahorrado un montón de pasta —dijo Rafa apagando la luz y cogiendo a Marta por el brazo—. Vamos a la cama, con un poco de suerte estos —señaló con la barbilla las habitaciones de los niños— no se despiertan pronto y podemos aún dormir un rato más.

De nuevo acostados, Rafa pensó que el estrés de las fechas navideñas le estaba pasando factura a Marta y el agotamiento la volvía más paranoica de lo habitual en ella. Con esta idea en la cabeza se durmió enseguida.

Pero Marta no conseguía dormir, estaba muy excitada. Ella no había puesto los regalos, estaba segura. En un susurro, y mientras sonreía como una niña, dijo:

—¡Han venido los Reyes Magos!




NOTA: Con esta entrega cierro la serie de escenas navideñas. Espero que hayáis tenido unas fiestas muy felices y menos estresantes que las de esta familia. Ojalá que estas historias os hayan arrancado una sonrisa porque reír es una buena terapia para afrontar casi todo.
Deseo que los Reyes Magos os traigan muchos buenos momentos para vivir este nuevo año con entusiasmo y alegría. Pero sobre todo os deseo que nunca os falte la ilusión y que seáis capaces de sonreír como lo hace un niño.




28 de diciembre de 2018

Escenas navideñas: A por uvas.


—Bueno, pues al final la cena ha salido bastante bien, ¿no crees?

Eso le dijo Rafa a su mujer mientras recogían la cocina y ponía en marcha el lavavajillas.

—¿Bastante bien? ¿En serio? ¿De qué estás hablando, Rafa? —contestó una malhumorada Marta— Mi madre me ha pedido el número de un abogado matrimonialista, mi hermana ha dicho que el año que viene celebrará la Navidad en Londres, tu madre ha anunciado que la próxima Nochebuena se presentará voluntaria para atender un comedor social y mi padre le ha preguntado a tu madre que qué hay que hacer para cenar allí. ¿A eso le llamas tú salir bien?
—Al menos el próximo año cenaremos solos, así no tendrás que agobiarte por el menú. Pedimos cualquier cosa a Glovo o a JustEat y listo. ¡Solucionado! —contestó Rafa entusiasta.
—¿Una cena de Nochebuena solos? ¡Qué tristeza, por favor!
—A ti no hay quién te entienda, Marta. Por estas fechas siempre te estás quejando del trabajo,  que si los preparativos, que si el menú y cuando hay una posibilidad de ahorrarnos todo eso vas tú y te lamentas. Para mí que estás bajo los efectos del síndrome de Estocolmo.
—Pero es que estas fechas son para pasarlas con la familia…
—Pero si la familia es una tocanarices que solo sabe despotricar y dar la nota, lo mejor es que cada uno se quede en su casa, o en Londres —añadió Rafa pensando especialmente en su cuñada favorita.

A pesar del disgusto, Marta estaba segura de que el año siguiente volverían a reunirse todos, porque sus padres no se divorciarían —llevaban amenazando con el tema desde hacía años— y su hermana no se iría a Londres porque seguramente para entonces ya habría roto con el anglicano ya que sus novios no le duraban más de cinco o seis meses.

—Venga, Marta. Para que se te quite el sofocón aquí tienes mi regalo de Papá Noel.
—Pero si quedamos en darnos los regalos en Reyes.
—Bueno, este obsequio no puede esperar tanto —contestó él al mismo tiempo que le tendía un sobre a Marta.

Sorprendida, Marta tomó el sobre y lo abrió. Dentro había cuatro billetes de avión.

—¿Nos vamos de viaje? —exclamó Marta con los ojos abiertos de par en par.
—Para que no tengas que preparar más cenas ni nada por el estilo, y lejos de la querida familia. Nos vamos a celebrar la Nochevieja fuera.
—¡A Canarias!
—Sí, a la isla de La Palma —contestó Rafa—. Mañana hacemos las maletas.

***
Mientras esperaban en la cola de facturación del aeropuerto, Marta tenía la desagradable sensación de que se había olvidado meter algo en el equipaje. Sabía que en las islas afortunadas la temperatura era mucho más suave que en la península, pero no dejaba de ser invierno y ella, por si acaso, había puesto ropa de abrigo y también de verano. Esa previsión se había traducido en que llevaban tres voluminosas maletas.

—Marta, nos vamos a pasar cinco días fuera de casa y parece que emigramos a otro país —contestó Rafa mientras agarraba a Jorge que estaba subido a uno de los trolleys.
—Nunca se sabe, por el día puede que haga calor pero por la noche seguro que refresca.

Ya instalados en sus asientos correspondientes del avión y mientras esperaban pista para despegar, el personal de cabina se dedicó a explicar el protocolo de actuación en caso de accidente. Como era habitual casi nadie prestó atención a las maniobras de los auxiliares de vuelo, tan solo un señor mayor atendió a las instrucciones con interés. Incluso llegó a preguntar a su vecino de al lado una cosa que no había entendido sobre cómo ponerse el chaleco salvavidas, algo que le preocupaba porque él no sabía nadar, a lo que su vecino le contestó que no se inquietara, que si el avión se caía al mar daba igual llevar el chaleco que no, porque en el agua iban a quedar todos hechos papilla.

—Mamá, en Canarias es una hora menos que en casa, ¿a qué sí? —le dijo Jorge mientras miraba por la ventanilla del avión.
—Sí, hijo.
—Entonces, ¿vamos a tomar las uvas más temprano?
—¿Más temprano?
—Cuando den las doce en casa, donde vamos será más pronto.
—Eso da igual, las uvas se toman a las doce.
—Las once en Canarias —añadió Rafa guiñando un ojo a Jorge.
—No, a las doce donde se esté —porfió ella pero cada vez más insegura.
—Pero tú, mamá, siempre has dicho que había que tomar las uvas con el reloj de la Puerta del Sol, que si no daba mala suerte.
—La mala suerte viene si no se toman las uvas, no depende del reloj —contestó ella ya dubitativa pues era muy supersticiosa.

La verdad es que desde que tenía uso de razón Marta había tomado las uvas al son de las campanadas del reloj ubicado en la Puerta del Sol. Cuando era pequeña porque era el único sitio desde donde la televisión conectaba; luego, con los años, la oferta se amplió a más lugares según las diferentes televisiones autonómicas, pero ella siguió con esa costumbre hasta hacerla inherente al hecho de tomar las uvas. Nunca se le había presentado una ocasión donde el horario no coincidiera y por tanto el famoso reloj no era el adecuado.

—Rafa, es cierto —le dijo Marta a su marido y con cierta alarma en la voz—. En Canarias no podemos tomar las uvas con el reloj de la Puerta del Sol
—No fastidies, Marta ¡Qué más dará!
—Mira que si luego tenemos mala suerte...

Rafa la miró con condescendencia y, como ya estaba habituado a sus paranoias, intentó conciliar las manías de su mujer con la situación actual.

—Vamos a ver, podemos hacer tres cosas. Una, tomar las uvas a las once y coincidiendo con la retrasmisión de la Puerta del Sol. Dos, acceder a la grabación de las campanadas por internet y ponerla cuando sean las doce en la isla. Tres, y la opción más lógica y natural, pasar de tonterías y tomar las uvas con el reloj que tengamos más a mano en ese momento.
—¿Y eso dónde será? ¿ya has pensado dónde? ¿En la habitación del hotel, o en la recepción? ¿En la calle? ¿En la playa? ¿Hay relojes con campanas en las playas? —respondió Marta hiperventilando y con claros signos de angustia en la cara.
—Pues no lo había pensado, la verdad. Pero seguro que en la ciudad hay algún lugar con un reloj, y supongo que ahí darán las doce.
—¿Con campanadas? —insistió Marta ya en ataque de ansiedad.
—No lo sé, Marta. Con campanadas o con algún otro tipo de sonido. Tranquila, cariño, no te me pongas paranoica ¿vale? —respondió Rafa, al que ya se le estaba agotando la paciencia.

Cuando se instalaron en su hotel, la recepcionista les invitó a asistir al cotillón de Nochevieja que la dirección había organizado para todos los clientes, pero Rafa declinó el ofrecimiento alegando que eso estaría lleno de jubilados extranjeros y que él prefería celebrar la entrada del año nuevo entre gente que hablara su mismo idioma. Marta, ante la eventualidad de no encontrar un reloj adecuado para las campanadas, no las tenía todas consigo pero su marido la convenció razonando que si la mayoría de los clientes del hotel eran alemanes lo más seguro es que dieran las campanadas en su idioma y eso iba a ser más engorroso.

—¿Tú sabes cómo se dice “Ahora vienen los cuartos” en alemán? No, ¿verdad? Pues imagínate el follón, seguro que nos confundimos. Ya nos liamos todos los años y eso que nos lo explican en español...

Fue la propia recepcionista la que les informó que en Santa Cruz de la Palma los habitantes de la ciudad solían congregarse en una plaza donde tomaban las uvas cuando el reloj de la iglesia de San Salvador diera las doce de la noche.

El 31 de diciembre, tras cenar en un restaurante del paseo marítimo de Santa Cruz, se encaminaron a la iglesia que les había indicado la empleada del hotel. Llegaron a las once y media hora canaria y allí ya había bastantes parroquianos con matasuegras, gorritos de fiesta y botellas de champán o de vino preparados para despedir el año.

Inés se había quedado dormida en su carrito y Jorge estaba encantado de celebrar la Nochevieja en la calle y en manga corta.

—¿Estás ya más tranquila? comentó Rafa.
—No sé, ¿seguro que ese reloj da la hora con campanadas? contestó Marta que cuando se ponía paranoica era muy insistente.
—No creo que esta gente se haya venido hasta aquí para tomar el fresco. De verdad, cuando te da por un tema…

En ese momento Marta empezó a rebuscar frenéticamente en su bolso, al no encontrar lo que buscaba comenzó a gemir. Rafa se preocupó cuando su mujer le miró asustada y muy pálida. Lo primero que pensó es que se le habían indigestado las papas arrugás que habían tomado un rato antes, un plato que a Marta le gustaba mucho y que comía sin moderación. Pero luego se dio cuenta de que la cara de horror de su mujer era debida a algo diferente a una mala digestión.

—¡Las uvas! ¡No las tengo!
—Venga ya, Marta. No gastes bromitas que los Santos Inocentes fueron hace tres días.
—No es una broma. Cogí las bolsas que nos regalaron en el hotel, pero me las debí de dejar en la mesita de la habitación contestó ella con la cara completamente desencajada.

Cuando Rafa se dio cuenta de que su mujer no estaba bromeando recurrió de nuevo a su pragmatismo.

—Tranquila, no pasa nada. Aún faltan veinte minutos para la medianoche. Me voy a comprar uvas.
—¿Comprar uvas? ¿A estas horas? Tú deliras.
—Que no, que seguro encuentro algún sitio donde me las den. Un bar o una tienda de chinos. Ya verás. Espérame aquí con los niños —dijo Rafa mientras salía corriendo.

Marta miraba impaciente el reloj de la iglesia donde los minutos iban transcurriendo y acercándose a las doce inexorablemente, y Rafa sin aparecer. Esperaba fervientemente que su marido tuviera suerte con su búsqueda y que encontrara las uvas sin equivocarse. Rafa era muy despistado al hacer la compra, especialmente en Canarias. Un verano, en Lanzarote, se fue al súper a comprar pepino para prepararse unos gin tonic en el apartamento de vacaciones y apareció con un calabacín. Lo mismo ahora traía ciruelas en lugar de uvas, este hombre era tan imprevisible…

Cuando solo faltaban tres minutos para la medianoche y cuando Marta estaba a punto de entrar en pánico, Rafa llegó corriendo con una bolsa de plástico, de ella sacó tres racimos de uvas. En realidad eran los restos que un restaurante le había regalado donde faltaban las uvas más grandes y solo quedaban las pequeñas, las que nadie quiere.

—¡Aquí están las uvas! dijo un Rafa exultante.
—Son muy pequeñas le contestó Marta.
—Es que aquí, como llueve poco, la fruta crece menos. Lo mismo pasa con las patatas, las papas. Además, mejor así. Siempre te quejas de que las uvas grandes no te da tiempo a masticarlas y acabas con todas en la boca. Ahora podrás comerlas tranquilamente.

Con desconfianza Marta miró su racimo y no quedó convencida. Le dio uno de los racimos incompletos a Jorge.

—Mamá, aquí hay más de doce uvas dijo el niño con cara de extrañeza.
—Sí, pero no da tiempo a contarlas, tú vete comiendo según suenen las campanadas y cuando se paren dejas de comer ¿de acuerdo?
—Vale —dijo Jorge encogiéndose de hombros. Lo de celebrar la Nochevieja al aire libre era algo no solo novedoso para el niño, también muy diferente a lo que estaba acostumbrado.
—Rafa, por Dios, dime que no has recogido la uvas de un contenedor de basura.
—Que no, ¿por qué te tienes que agobiar con todo?
—Porque tú no me lo pones fácil.
—Te recuerdo que fuiste tú la que se olvidó las uvas en el hotel.
—Pero tú podías haberme preguntado si las había cogido…

Mientras Rafa y Marta discutían, el reloj de la plaza comenzó a dar las campanadas, ellos entre la algarabía del público y el poco volumen del reloj no se dieron cuenta. Jorge, que sí estaba atento, comía sus uvas contando cuidadosamente para no llevarse ni una más a la boca pues esa fruta no le gustaba demasiado. Al ver que sus padres seguían hablando le dio un pisotón a Marta y fue cuando el matrimonio se percató de lo que ocurría.

Para cuando Marta y Rafa empezaron a comer sus uvas ya habían sonado seis campanadas, por lo que tuvieron que comerlas de dos en dos y sin estar seguros de cuántas estaban comiendo en realidad. Al final, y como todos los años, Marta acabó con las doce uvas o más  en la boca.

Entre el ruido de los fuegos artificiales que comenzaron nada más terminar las campanadas, Rafa cogió a Jorge en brazos y besó a Marta.

—¡Feliz Año Nuevo! les dijo a su hijo y a su mujer.
—¡Fefiz Faño Fuefvo! contestó Marta mientras intentaba masticar las uvas.

(Continuará...)


NOTA: Este relato fue escrito hace un par de semanas. Hoy, treinta de diciembre, acabo de ver en las noticias que esta Nochevieja el reloj de la Puerta del Sol se atrasará una hora cuando en las Islas Canarias sean las doce para que desde allí puedan ver las campanadas desde esa emblemática plaza. Yo estoy flipando. Por lo que se ve hay muchas Martas como la de mi relato.









Hada verde:Cursores
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