Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

14 de junio de 2019

CERRADO POR REFORMAS

Hace más de seis años inicié una aventura que me supondría un vuelco en mi ocio. Hace más de seis años me impliqué en una actividad que me supuso una de las mayores satisfacciones en muchos sentidos. Hace más de seis años abrí este blog: Leer, el remedio del alma.
El 26 de abril de 2013 publiqué mi primera entrada, se trataba de la reseña de un libro muy especial, La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero. Aquella primera reseña, muy, muy corta, apenas un párrafo, fue mi primera incursión en el mundo bloguero. Y ese fue el principio de una actividad que me reportaría muchas alegrías.
Nunca hubiera podido imaginar aquel 26 de abril de hace seis años que con esa tímida reseña iniciaría una andadura que me llevaría a tener multitud de sensaciones.
Son muchas las alegrías que he recibido. Al placer de escribir, de contar las impresiones de una lectura se añadió el compartir esas sensaciones con otros lectores —aunque esto tardó algo en llegar—. Recuerdo con una sonrisa que las primeras entradas no conseguían ningún comentario, tuve la sensación durante varios meses de que nadie me leía, aunque yo escribía con ilusión, y al menos sí podía disfrutar del placer de escribir.
Poco a poco se fueron incorporando comentaristas, generalmente otros blogueros, que me dejaban su opinión sobre un libro o sobre una lectura. Ese círculo se fue haciendo más grande hasta conformar una familia muy particular. La que tengo con vosotros, los más fieles seguidores.
También se amplió el círculo de mis actividades en el blog y nuevas secciones aparecieron en él. Empecé a escribir no solo reseñas, también opiniones particulares sobre algún tema de actualidad (Las cosas de Kirke). Más tarde añadiría otras secciones sobre poesía y sus poetas (Poemas y Cantares), sobre científicos (Demencia, la madre de la Ciencia) y sobre viajes (Do you speak English?). En aquella sección de viajes, además desarrollé un género con el que me siento muy bien, el humor. La redacción de mi tesis también dio lugar a otra sección (Doctoranda al borde de un ataque de nervios) y hasta llegué a experimentar lo bien que se siente uno al trabajar en equipo cuando el colaborador es una excelente persona y una buena compañera, eso es lo que me pasó con Chelo (Alalimón).
Pero el remate llegó cuando me animé a escribir relatos. Sonrío al recordar el primero (La puerta abierta), fue una propuesta de otra bloguera que nos mostraba cuadros y nos invitaba a escribir una historia sobre ellos. Luego seguí otras propuestas porque había sido inoculada con el virus de la escritura de ficción. El Edén de los Novelistas Brutos, Edupsique, El Tintero de Oro, son algunos de los espacios que se encargaron de extender la infección y me animaron a participar en sus eventos. Me presenté a varios concursos (no muchos) y hasta me llevé algún premio y todo.
Con tanta sección nueva y tanta variación, el blog dio muestras de ser un ente vivo, que cambiaba según yo misma iba cambiando. Esta evolución se ha mostrado con cambios tenues, graduales. Después de más de quinientas publicaciones, seis años, un mes y veinte días, ha llegado el momento de que el cambio sea más drástico.
Este blog que tanto quiero ha sido el causante de que mis actividades literarias trasciendan los muros de su espacio y vuelen más lejos. Dos proyectos sumamente tentadores me han surgido gracias al escaparate que supuso el blog.
Uno de ellos surgió como consecuencia de mi manera tan peculiar de contar la ciencia, desde estamentos universitarios, y conociendo esa forma mía de escribir temas científicos, me han ofrecido participar en un libro de texto ciertamente original y rompedor, algo que me ha seducido inmediatamente —me pirra lo diferente, lo que se sale de la norma—.
El otro proyecto también tiene que ver con la escritura aunque es más personal. Una vez más el blog es el responsable y al mismo tiempo la causa de que me desligue de él. En el blog, y con vuestro incondicional apoyo, he ido adentrándome en el género de los relatos. He disfrutado muchísimo pero siento que me he estancado, que he quemado una etapa y que ya es hora de dar un paso más, uno más ambicioso. El cambio, que a mí me parece signo inequívoco de evolución, ha llamado a mi puerta y he decidido seguir su llamada. Voy a adentrarme en escribir historias más largas, unas historias con más trayectoria donde pueda profundizar en los personajes. Historias que dada su longitud no tienen cabida ya en el blog.
Este cambio en la deriva de mis intereses literarios hace que el destino de Leer, el remedio del alma sea incierto. Creo que es momento de parar y reflexionar qué quiero hacer. Tengo presente que el blog necesita una reforma profunda, nada de darle una mano de pintura. La reforma afectará a las cañerías y a la instalación eléctrica, cuando entren los albañiles tirarán paredes haciendo que algunas estancias desaparezcan para que otras tengan más espacio y así lucir más.
La verdad es que aún no tengo muy claro cómo voy a rediseñar el blog. Sobre la mesa hay varios planos, tengo que estudiarlos detenidamente y pensarlo bien.
De momento, y para poder elegir adecuadamente voy a tomarme un largo respiro aprovechando que el verano ya está aquí. Este periodo estival lo dedicaré a descansar, a airearme y a viajar. Pero no estaré ociosa, pues tengo pensado implicarme con ahínco en esos nuevos proyectos que me alejarán del blog y que, supongo, también me ayudarán a dilucidar el futuro de Leer, el remedio del alma.
Cuando el otoño llegue os mostraré el resultado de tanta cavilación y cómo la reforma ha afectado al blog.
Sé que os echaré mucho de menos, pero he decidido abandonar la seguridad de una senda cómoda y transitada para adentrarme en un bosque cuyos frondosos árboles me despiertan temor pero que me atraen también porque estoy segura que en esos parajes desconocidos se esconden maravillosos tesoros.
Un abrazo enorme a todos los que me visitáis asiduamente y dejáis elaborados mensajes aportando vuestras impresiones siempre enriquecedoras. Nos volveremos a ver en otoño.

No hay evolución sin cambio





10 de junio de 2019

El coste de la ignorancia


Dicen que las buenas historias bien contadas remueven la conciencia. Es verdad. Yo lo he comprobado hace unos días cuando me contaron una historia que ya conocía de antemano pero que no me la habían contado bien hasta ese momento. La historia en cuestión es el desastre de Chernóbil, y quien me la contó (bien) es la serie de televisión Chernobyl.
Muchos jóvenes parece ser que se han enterado de aquel “accidente” por esta serie televisiva que es trending topic en redes sociales. Mi hija, por ejemplo, se animó a verla por esa difusión social (y porque tanto su padre como yo se la recomendamos) aunque ella ya sabía más o menos lo que había pasado en aquel lugar (más menos que más).
Yo también creía que sabía más o menos lo que había pasado y eso que lo viví pero viendo lo que se cuenta en la serie, resulta que no me había enterado de casi nada. Si no me enteré fue porque hubo cierto oscurantismo (por no decir encubrimiento) a la hora de dar la información, y también porque no quería saber, porque preferí esconder la cabeza como los avestruces cuando se acerca el peligro, porque preferí cerrar los ojos como hacen los niños cuando ven algo que les da miedo en la (absurda) creencia de que aquello que no se ve, no existe. En fin, que seguí el refrán ancestral de «Ojos que no ven, corazón que no siente».
Pero antes de profundizar en esta reflexión empezaré a contar cómo me enteré del “accidente”.
Corría el año 1986, yo era una tierna veinteañera universitaria. De hecho, el día que apareció la noticia en los periódicos yo me encaminaba a mi facultad. Cuando iba en el tren que me llevaba al campus, un hombre sentado enfrente de mí estaba leyendo su periódico. Por aquel entonces sentarme cerca de alguien que llevara prensa era una técnica que solía emplear yo para enterarme de las noticias aprovechando esos momentos de cercanía en el transporte público que me permitían leer “de gorra” (en los años ochenta yo era una tierna veinteañera universitaria y pobre).
Aquel día ese hombre llevaba el periódico desplegado completamente por lo que la portada se mostraba con claridad. Recuerdo qué periódico era, El Mundo, aunque no recuerdo el titular exacto, pero era algo relativamente suave como «Accidente en la central nuclear de Chernóbil». Lo que sí recuerdo con nitidez fueron las dos ideas que acudieron a mi mente y que me impactaron como fogonazos. Una fue «accidente-nuclear» que me provocó un regusto amargo de bilis en la garganta, la otra idea fue «¿Chernóbil? ¿eso dónde está?»
Me incorporé, sin cortarme ni un pelo, para acercarme más al papel, ver la letra pequeña del artículo y así saber dónde estaba exactamente esa central nuclear que había tenido un “accidente”. Entonces comprobé que se hallaba en Ucrania, en la URSS. Y ahí me relajé, porque la Unión Soviética estaba a tomar viento de España y ese “accidente” me pillaba lejos. ¡Qué tonta fui! En mi ignorancia no supe ver que para las partículas radioactivas no existen las distancias, al menos como las concebimos los mortales ignorantes.
Con la inconsciencia que dan los veinte años y la estúpida tranquilidad que sobreviene a quienes queremos sentirnos seguros a toda costa, me olvidé del asunto y a otra cosa mariposa. Las noticias que se fueron dando los días sucesivos vinieron a afianzar mi creencia de que el “accidente” no era tan grave y además, la Rusia comunista estaba muy, pero que muy lejos. Algunas voces dieron la alarma pero la mayoría de los mandamases europeos enseguida las acallaron por agoreros y porque quienes así protestaban eran ecologistas desaforados y antinucleares, lo que era sinónimo de melenudos barbudos (estábamos en los locos años ochenta) y tocapelotas.
En aquellos años ochenta había un movimiento significativo en contra de la energía nuclear. Yo misma me apunté a manifestaciones de Greenpeace en contra de ese tipo de energía, pero desde aquí confieso que lo hice más por pura pose moderna y rebelde que por una seria convicción pues de los efectos negativos de la radioactividad sabía más bien poco. Mis conocimientos al respecto se reducían a saber que Marie Curie murió de cáncer por ese tipo de radiación (pero es que esta mujer llevaba tubos con polonio radiactivo guardados en los bolsillos y así no hay manera) o que las radiografías no se debían hacer a tontas y a locas donde en embarazadas además podían producir malformaciones en los fetos. Y ahí se centraba lo que sabía. Sobre centrales nucleares, sistemas de seguridad y potencia en megavatios mi ignorancia era mayúscula.
Y es que la ignorancia es el peor compañero que uno puede tener para afrontar la realidad, y el mejor aliado que los gobiernos pueden tener para manipular a la población. La falta de información por parte de las autoridades soviéticas, que no querían poner de manifiesto su ineptitud para manejar una catástrofe mayúscula, contribuyó a que esa ignorancia imperara y, lo que es peor, que mucha población se expusiera más tiempo del necesario a una radiación que les costó la salud y, en la mayoría de los casos, la vida.
Ignorar el problema, restar importancia a lo ocurrido fue la guinda de un pastel que se convirtió en un veneno con consecuencias catastróficas. Mientras, una Europa confiada era testigo y víctima del mayor desastre medioambiental de la Historia y que afectó a la salud de millones de personas.
No entraré en detalles de por qué estalló el núcleo de un reactor nuclear en la “lejana” URSS. El que tenga curiosidad que vea la serie pues ahí se explica muy bien cómo funcionan algunos reactores nucleares y los riesgos que se pueden dar según qué condiciones. Sin destripar nada para quienes no saben o no han visto la serie, solo añadiré que el motivo fundamental de aquel “accidente” fue el COSTE. Siempre se ha considerado a este tipo de energía como barata y cuando se trata de ahorrar dinero los gobiernos se centran en ese aspecto y se olvidan de todo lo demás. «Poderoso caballero es don dinero».
Pero el coste de algunas cosas es relativo, lo que se ahorra por un lado se gasta por el otro. Nuestro refranero tiene una sentencia que vaticina lo que en aquel remoto lugar de la URSS ocurrió en 1986: «Al final, lo barato sale caro».
Porque hay otro tipo de costes, los que no se miden con cantidades monetarias tradicionales, sino con otras monedas de mucho más valor que las de curso legal. El coste de una energía barata escondió el coste de una energía peligrosa. ¿Cuánto cuesta una vida humana? ¿Cuánto cuesta el sufrimiento de un enfermo? ¿Cuánto costó la ignorancia de la población? Mucho, tanto que no se puede ni cuantificar. Y la energía barata resultó ser muy cara. Y ese coste lo acabamos pagando todos.
Tras ver la serie mi conciencia se removió, pero también mi curiosidad y me puse a ver documentales al respecto —algo que debería haber hecho hace años, pero «Más vale tarde que nunca»—. Ahí averigüé cómo la nube radioactiva sobrevoló casi toda Europa —España se salvó por los pelos aunque a mí me quedaron dudas— y cómo algunos países siguieron negando la mayor —Francia nunca reconoció que su límpido cielo galo estuvo oscurecido por partículas de cesio, polonio y un largo etcétera de isótopos radioactivos—. Una vez más, ignorar, mirar para otro lado, fue la manera de afrontar un problema que nadie sabía resolver.
Sin embargo, había muchas señales alrededor. El cáncer de tiroides y los casos de leucemia aumentaron alarmantemente en muchos países, especialmente los escandinavos. Las malformaciones congénitas eran elevadísimas al otro lado del telón de acero. El número de abortos espontáneos se elevó a cotas insospechadas y los varones soviéticos estériles se multiplicaron sin necesidad de vasectomías. El “accidente” estaba dando sus frutos, y el coste se estaba mostrando mucho más elevado de lo esperado.
En un plano más personal yo también tuve mi epifanía particular. Un par de años después del “accidente”, una amiga mía se puso a trabajar en la extinta Junta de Energía Nuclear (ahora se llama Consejo de Seguridad Nuclear). Mi amiga, recién licenciada en Ciencias Químicas, había sido reclutada junto a un mogollón de nuevos químicos pues en la junta estaban desbordados y tenían que cubrir bastantes plazas. Su labor consistía en analizar y medir la radiación en muestras de alimentos procedentes de diversos lugares europeos y que se comercializarían en España. Sujeta a un secreto profesional que le hicieron firmar, no podía dar información detallada sobre sus investigaciones, pero en un aparte y por lo bajini, me avisó que no consumiera cierta marca de puré de patatas pues estaba elaborado con patatas polacas que rozaban el máximo permitido de radiación. Le pregunté por qué una marca española utilizaba patatas polacas cuando en nuestro querido país, hortícola por excelencia, había patatas a cascoporro. Por una razón muy simple, fue su respuesta, las patatas polacas (radioactivas) son más baratas. Otra vez el coste.
Nunca he consumido puré precocinado, siempre que lo he comido ha sido el que mi madre hacía a mano, por el método tradicional de cocer las patatas y luego triturarlas, pero desde entonces detesto ese plato. Cosas de la aprensión y del impacto negativo de las malas noticias.
Dicen que como consecuencia de este “accidente” la URSS cavó su propia tumba y como consecuencia tres años después se disolvió con la caída del muro de Berlín. No soy politóloga y no puedo opinar, pero si eso es cierto, daremos razón a otros refranes nuestros populares, «No hay mal que por bien no venga» o «El que no se consuela es porque no quiere». No obstante, de ser así, tirar ese muro fue extremadamente costoso.
Más de treinta años después aún seguimos pagando el coste, aunque los que deberían pagar realmente las consecuencias de sus actos han pagado más bien poco. A esos sí que les salió barato su mala profesionalidad y su ignorancia.
La factura aún está pendiente, hay muchos recibos por pagar y los iremos liquidando durante cientos de años, es una deuda que nuestros descendientes tendrán que asumir en una herencia envenenada. El coste de nuestra ignorancia tiene unos intereses muy altos. Esperemos que no caigamos en quiebra.
Por cierto, si entrecomillo la palabra “accidente” es porque me parece un término completamente inadecuado, ya que aquello que pasó en la remota URSS no fue tal, fue un acto deliberado y provocado por la soberbia que da la ignorancia de un puñado de estúpidos que no tenían ni idea de lo que estaban haciendo. Ese “accidente” fue el coste de la ignorancia.







6 de junio de 2019

"Absurdamente" (Antología del absurdo III)-Pedro Fabelo


Este es el tercer volumen de un antología del absurdo que cierra (espero que solo por el momento) una serie donde el ABSURDO es el protagonista por excelencia de los relatos que en ella se encuentran.
De nuevo las risas están aseguradas, de nuevo el absurdo impera por doquier y de nuevo la denuncia soterrada (a veces no tan soterrada) se encuentra en las historias que Pedro Fabelo nos cuenta. Cabría pensar que si vuelven el absurdo, el humor y la denuncia, nuevo, lo que se dice nuevo, el tema no lo es. Puede, pero cuando un libro te hace reír y pensar y divertirte, no importa insistir por triplicado como es el caso de esta trilogía.
Una vez más, los temas son muy variados y las situaciones absurdas se dan en diferentes lugares y épocas, demostrando así que el absurdo es atemporal y universal. En este tercer volumen viajamos a Estocolmo para visitar a un abuelo muy sabio (El consejo), o a Alemania a conocer los entresijos de la gala de premios “Goethe ist die hostien” (El premio). También vamos al futuro, al año 2070 (El futuro en la medicina), o al pasado, al año 398 a conocer a Atila cuando es un niño y su madre le cuida (Atilita, el huno).
Una vez más, la retranca que se gasta el autor es de traca e hila muy fino con alguna de sus ironías. Un ruiseñor llamado Atticus Finch, un descendiente de Drácula contagiado de SIDA,  un practicante del deporte del ajedrez con el colesterol elevado o una vidente llamada Cristal de Bohemia porque su nombre de pila es Cristal y nació en Bohemia. Delirante.
Una vez más, la denuncia implícita en casi todos los relatos es de una ironía exquisita. Fabelo nos hacer reír, sí, pero también nos deja cierto regustillo amargo porque en el fondo alguna de las cosas son para pararse y reflexionar de verdad.
Como un aditamento más en este tercer volumen sobre el absurdo, Pedro se nos presenta como una persona agradecida y lo demuestra y muestra dando las gracias a quienes son parte indispensable en esto de escribir: los lectores.
Este tercer volumen me ha hecho reír de nuevo (sí, de nuevo aunque ya sea habitual con este autor) y me ha hecho disfrutar con las historias disparatadas que tan bien cuenta Pedro Fabelo (las cuenta bien porque escribe muy bien, esto tampoco es nuevo). Pero sobre todo esta trilogía me ha permitido conocer a un excelente escritor y, lo que es más importante, a una excelente persona. A través de varios correos electrónicos he compartido impresiones varias con Pedro, al principio con temas relacionados con su obra, donde me enteré cómo se lo ha currado a base de bien pues al autopublicarse ha tenido que maquetar los libros y hasta diseñar las portadas con sus propios dibujos. Poco a poco empezamos a charlar de otras cosas, de nuestros respectivos blogs, de las rarezas de la RAE o de las redes sociales. En fin, charlamos virtualmente de lo terrenal y de lo celestial, y siempre he sentido a un ser muy humano y cercano. Esto ha sido lo mejor de la trilogía.
Y como una muestra más de lo buena gente que es, Pedro me ha mandado vía email unas dedicatorias manuscritas y personalizadas. Un detallazo.


Pero volviendo al libro que nos ocupa, tan solo reseñar que el final vuelve a ser muy personal, el autor nos muestra un poquito de sí mismo a través de una supuesta entrevista que le hacen, ahí nos expone detalles de su forma de ser como que tiene una voz interior sumamente divertida que le inspira y que al conocerla uno se explica perfectamente el porqué del humor tan bueno que se gasta Fabelo.
El libro y la trilogía terminan así, con esa entrevista. Pero yo quiero terminar la reseña con un párrafo que se encuentra en uno de los relatos, El consejo, porque creo que lo que ahí se cuenta refleja muy bien el espíritu de esta colección de libros. Las palabras que a continuación aparecen son toda una declaración de intenciones por parte del autor y el mejor broche para terminar una antología entrañable y divertida.

La vida, en esencia, es lo suficientemente estúpida en sí misma como para no tomársela demasiado en serio. Reíd mientras podáis. Todos los días de vuestra vida. Reíros de todo. Incluso de vuestras desgracias. Especialmente de vuestras desgracias.  Cuando la muerte os visite, reíros de ella en su cara. Que sepa que no la teméis, aunque por dentro os estéis cagando de miedo.
Mienten quienes dicen que la verdad os hará libres. Lo que de verdad nos hace libres es nuestro sentido del humor, nuestra capacidad de poder reírnos de las cosas horribles que nos ocurren a lo largo de nuestra vida. Por eso ni a las religiones ni al poder les gusta el humor. Lo temen. Porque saben que si eres capaz de reír jamás podrán someterte bajo sus estúpidas leyes, sus estúpidas normas ni sus estúpidas reglas.
No sé si hay vida después de la muerte. Lo ignoro. Pero de lo que sí estoy seguro es que, si la hay, me estaré riendo de todo y de todos allí donde esté.

Amén.



1 de junio de 2019

Sofia Kovalevsky: la matemática romántica.


“Exageraba su miedo por coquetería, poseía en alto grado esa gracia femenina tan apreciada por los hombres. Le encantaba ser protegida. Le gustaba exagerar sus miedos y sus debilidades.”
Anna Leffler

Todos somos víctimas de la época que nos toca vivir, pero algunos parece que acusan este estigma de manera más pronunciada. El personaje que hoy traigo para protagonizar Demencia, la madre de la Ciencia, es un producto del siglo XIX en el que vivió, el siglo del romanticismo por antonomasia. Porque esta protagonista alternó una mente brillante en el campo de las matemáticas con una personalidad melancólica donde la dependencia emocional le impidió desarrollar todo su potencial (o quizás ocurrió al revés). Además, los sucesos que jalonaron su vida sentimental la marcaron y la convirtieron en un personaje de novela romántica.

Sofia Vasílievna Kovalévskaya (Sofia Kovalevsky en términos occidentales y para abreviar) nace en Moscú el 15 de enero de 1850 pero su infancia discurre en Bielorrusia. Su padre era un teniente general de artillería que detestaba a las mujeres cultas aunque, paradójicamente, él mismo se casó con una ya que la madre de Sofia era la hija de un eminente matemático y astrónomo que le procuró una buena educación. 
Sofia se inicia en el mundo de las matemáticas de un forma bastante original. Cuando estaban tapizando las paredes de la casa que la familia tenía en Bielorrusia hubo un error de cálculo y se quedaron sin tapiz para forrar todas las estancias, entonces se decidió que la habitación de juegos de los niños se empapelara con hojas de conferencias de Ostrogradsky, un célebre matemático ucraniano de la época, y que andaban por ahí en un cajón pues al padre de Sofia le gustaban mucho las matemáticas. Así la pequeña Sofia, en lugar de dedicarse a jugar con muñecas, se tiraba las horas muertas tratando de descifrar los textos que adornaban las paredes.
Con catorce años estudia trigonometría de manera autodidacta con un libro de su vecino Tirtov —un matemático que vivía en la casa de al lado— y desarrolla el concepto de “seno” sin ayuda de nadie. Esto deja patidifuso al propio Tirtov y convence al padre de Sofia (recordemos que a este señor no le gustaban las mujeres instruidas) para que reciba clases especiales de matemáticas.
Cuando Sofia tiene dieciocho años, la familia se va a vivir a San Petersburgo. Con preceptores privados se adentra en la geometría analítica y el cálculo. Pero Sofia no quiere estudiar en el ámbito doméstico, quiere compartir experiencias y debates con otros estudiantes: quiere asistir a la Universidad. Sin embargo hay un gran problema para que el deseo de Sofia se cumpla ya que es una mujer rusa, y las mujeres rusas no pueden ingresar en la Universidad.
En Rusia, a mediados del siglo XIX, las mujeres que querían acceder a estudios superiores debían hacerlo en el extranjero, y para esto se necesitaban dos requisitos: dinero para pagar el estipendio y el permiso de un varón para pasar la frontera —el permiso del esposo si la viajera estaba casada o el permiso del padre si estaba soltera—. Sofia sí tenía dinero pero era soltera y su padre no estaba por la labor de que la niña se educara tanto.
Con este panorama a la joven Sofia solo le cabe una salida: casarse. El elegido es Vladimir Kovalevsky (del que toma su apellido Kovalévskaya como es preceptivo en Rusia). Vladimir aunque estudia leyes se interesa mucho por las ciencias y dedica sus ratos libres a traducir obras de Darwin, Huxley y otros naturalistas.
Sofia realiza un matrimonio de conveniencia con Kovalevsky en el que los dos cónyuges no comparten lecho y que Sofia considera la más pura muestra de amor imbuida por sus lecturas novelescas (estamos en el siglo romántico por excelencia). El matrimonio cambia sucesivamente de domicilio en diferentes ciudades europeas: San Petersburgo, Viena, Londres, Heidelberg.
En Heidelberg, Vladimir se pone a estudiar paleontología y Sofia asiste a clases de matemáticas y física gracias a una dispensa especial. Sofia también quiere estudiar química, pero el departamento de esta materia lo dirige un tal Bunsen (descubridor del elemento químico cesio e inventor del mechero que lleva su nombre). Este señor además de ser un buen químico es un misógino de tomo y lomo, y proclama a los cuatro vientos que ninguna mujer va a entrar en su laboratorio. Sofia habla con él y le convence para que la acepte como alumna (dicen que años después Bunsen alegó que Sofia le había engañado con sus encantos y que era una mujer muy peligrosa).
Mientras Vladimir se convierte en un reputado paleontólogo, Sofia se va a Berlín a estudiar más matemáticas con Weiterstrass, un célebre matemático y tan misógino como Bunsen, por lo que le impide asistir a sus clases. Una vez más Sofia recurre al contacto directo entrevistándose con él para hacerle cambiar de opinión, pero el alemán es un hueso duro de roer y para quitársela de encima le plantea una serie de problemas de difícil solución y así alegar que no tiene nivel. Sin embargo Sofia los resuelve y el terco profesor queda tan impresionado que le da clases particulares completamente gratuitas ante la negativa de la propia universidad para que ella asista a clase. El contacto directo con Sofia hace que Weiterstrass no solo cambie su opinión sobre las mujeres sino que se convierta en un defensor de sus derechos, al menos de los derechos de Sofia pues se pelea con media universidad para que le concedan el doctorado a su alumna preferida que le tenía completamente sorbido el seso (se rumoreó que la relación entre ellos dos traspasó los límites estrictamente académicos).
Y es que la ‘frágil’ Sofia era tímida, o eso decía ella, pero le proporcionó buenos resultados aprovechar la idea de que las mujeres son lánguidas y quebradizas florecillas (estamos en el siglo romántico por excelencia). Se mostraba insegura ante los varones haciendo que su desvalimiento despertara el afán protector en el sexo contrario. En el caso de su profesor le convenció de que su timidez y su mal dominio de la lengua alemana unidos a su condición femenina le supondrían un impedimento para conseguir el doctorado si tenía que exponerse a un examen oral. Sus razonamientos calan y a cambio de no defender su grado presenta tres trabajos (ni uno, ni dos, sino tres) como tesis doctoral. Al final, con veinticuatro añitos consigue su grado de doctora in absentia y summa cum laude por la Universidad de Göttingen, siendo así la primera mujer en obtener un doctorado en matemáticas.
Con su título de doctora en matemáticas bajo el brazo, Sofia vuelve con su marido de conveniencia a Rusia. Allí se emplea como maestra de aritmética para niñas bien, pero enseñar las tablas de multiplicar no es su ambición. Solicita ser profesora en la universidad pero si en Rusia no permiten que las mujeres estudien en las universidades menos van a consentir que impartan clase, así que el propio ministro de Educación en persona le deniega la solicitud.
 Decepcionada y melancólica (estamos en el siglo romántico por excelencia), Sofia abandona las matemáticas y se dedica a escribir reseñas teatrales y artículos científicos en un periódico. El tiempo libre que le concede dejar de estudiar matemáticas parece que lo emplea en consumar, por fin, su matrimonio de conveniencia con Vladimir. Queda embarazada de su hija Fufú (qué nombre más propio del siglo XIX, ese que es el romántico por excelencia) y ante la insistencia de su querido profesor Weiterstrass retoma la labor matemática. Da una conferencia sobre integrales abelianas en un congreso de médicos rusos y deja a todos con la boca abierta (no me pararé a explicar qué es una integral abeliana porque ya me resulta complicado explicar qué es una integral a secas).
Pero mientras la estrella de Sofia empieza a brillar con fuerza, la de Vladimir se empieza a apagar, las deudas los acosan y deben cambiar su modo de vida y alojarse en un pequeño apartamento de Moscú. Vladimir no levanta cabeza y Sofia, en un acto de amor propio de las novelas románticas que gusta leer, estudia geología e historia natural para alentar a su marido en su trabajo. Pero no sirve de nada, Vladimir anda triste y cabizbajo (estamos en el siglo romántico por excelencia). Sofia deja a su hija con una amiga y se va a Berlín para continuar sus investigaciones en 1880 a petición de Weiterstrass que anda tentándola con nuevos campos de estudio. Tras unos pocos meses vuelve a Moscú para reconciliarse con Vladimir pero él no colabora mucho pues sigue sumido en su tristeza y melancolía. Entonces Sofía se marcha a París y esta vez se lleva a su hija.
En París la eligen miembro de la Sociedad Matemática y ya es una reputada científica. Sin embargo siguen sin permitirle impartir clases como profesora en ninguna universidad. Mientras, Vladimir sucumbe a la desesperación y acaba suicidándose (estamos en el siglo romántico por excelencia). Sofía se queda viuda a la edad de treinta y tres años.
Al año siguiente se va a Estocolmo con el objetivo de convertirse en profesora de su universidad. Allí la reciben de manera muy diversa, algunos la califican de princesa de la ciencia y otros de bruja perniciosa que quiere aprovecharse de la galantería que caracteriza a los suecos para conseguir un puesto que puede ostentar mucho mejor cualquier matemático varón. Sofía se enfada pero no porque la llamen bruja, ni perniciosa, sino porque quiere que le demuestren que hay algún varón en Suecia que sea mejor matemático que ella. La ‘frágil’ Sofia tenía su genio, y redaños.
Pero Sofia consigue su propósito y la nombran profesora de matemáticas, aunque con unas condiciones que nada tienen que ver con las de sus colegas masculinos: da clases tres veces por semana sobre los temas más novedosos del momento (algo que la obliga a actualizarse continuamente), supervisa el trabajo de gran cantidad de estudiantes y se dedica a investigar también.
Con un curriculum espléndido vuelve a Berlín para asistir como estudiante y una vez más comprueba, atónita, que le deniegan el ingreso.
Menos mal que en Estocolmo no son tan obtusos como en Berlín y, cuando tiene treinta y cinco años, la hacen también profesora de mecánica.
Sin embargo Sofia es una mente inquieta y una vez que resuelve un problema se desentiende de él, o lo que es lo mismo: una vez que consigue su objetivo, este le resulta aburrido. Las matemáticas ya no son un desafío para ella y dar clases en la universidad tampoco. La etérea Sofia (estamos en el siglo romántico por excelencia) busca su realización interior en la literatura y se pone a escribir en sueco, francés y ruso. Escribe obras de teatro de corte feminista que publica bajo pseudónimo. También escribe cuentos, poemas, novelas y hasta una autobiografía que se convierte en el best seller del momento (Recuerdos de infancia).
Sumergida en su labor como escritora le regresa el prurito investigador cuando se entera de que la Academia de Ciencias francesa ofrece un premio (el Prix Bordin) a quien haga el mejor trabajo sobre la rotación de un cuerpo rígido alrededor de un punto fijo, un problema que intentaban solucionar sin éxito varios físicos y matemáticos de aquella época. Como Sofia había tratado ya ese tema previamente, decide presentarse y gana tan preciado galardón en 1888. Además, lo hace tan requetebién que el jurado decide aumentar la dotación económica del premio como una muestra de la gran calidad de su trabajo.
Al año siguiente consigue un puesto vitalicio en Estocolmo como profesora, pero ella quiere vivir en París o en Rusia, Suecia no le gusta nada. Además, hay otras pasiones que la desvían de su pasión matemática. A Sofia le gusta que la cuiden y la mimen, busca que un enamorado caballero se encargue de sus intereses pues ella se siente incapaz de llevar esas cuestiones prácticas —puede resolver complejos problemas matemáticos pero no sabe llevar las cuentas de la casa—. Entonces aparece en su vida otro Kovalevsky pariente lejano de su marido y llamado Maxim, un eminente sociólogo e historiador ruso que la enamora y que a punto está de alejarla de las matemáticas. La relación pasa por altibajos donde las rupturas se alternan con reconciliaciones. En una de esas reconciliaciones se va a Niza a hacer senderismo con su amante y allí le da un infarto. El susto le hace tomar una drástica decisión, se casará con Maxim y por amor abandonará su profesión de profesora (estamos en el siglo romántico por excelencia). Pero el destino no le permite llegar a realizar ni el casamiento ni el abandono de la docencia porque empeora y fallece el diez de febrero de 1891 en Estocolmo. Tiene cuarenta y un años.

He comentado que Sofia es un producto de la época que le tocó vivir y no pudo desprenderse de los clichés que predominaban en el siglo donde la mujer era un delicado objeto que había que proteger y cuidar. Ella misma alentó esa supuesta fragilidad con mucha destreza y eso le permitió poder acceder a lugares que de antemano le estaban vedados por su condición femenina, para al llegar allí (ya superados los impedimentos impuestos por las convenciones sociales) demostrar su verdadera naturaleza y su valía.
Algunos historiadores creen que si no hubiera sido tan emocionalmente dependiente habría podido llegar más lejos. Yo creo que esa dependencia era puro artificio para defenderse de una sociedad hostil y que, además, supo manejar muy bien para que le procurara más beneficios que daños. Consiguió manipular una situación adversa para obtener resultados positivos. Todo un ejemplo de que no sobrevive el más fuerte, sino quien mejor sabe adaptarse al entorno.



Para Sofía*. Ojalá alcances todo lo que te propongas y espero que nunca encuentres tantos obstáculos como los que tuvo que salvar tu tocaya.

*Esta entrada se la dedico a mi sobrina Sofía por compartir nombre con la protagonista y por estar ligada a las matemáticas desde que nació.

28 de mayo de 2019

"Canción de Hielo y Fuego"-George R.R.Martin


   Hace unos días terminó una serie televisiva que ha dado mucho que hablar, tanto entre los seguidores como incluso entre quienes no la llegaron a ver nunca, me estoy refiriendo a la serie «Juego de Tronos». Las maniobras de la productora para que no se filtrara ningún dato del argumento fueron noticia incluso en los telediarios, y las especulaciones sobre qué iba a pasar con algunos personajes incendiaron las redes sociales.
   Pero esta serie está basada en una saga literaria, al menos en su mayor parte pues cuando se empezó a rodar la primera temporada dicha saga aún no estaba terminada, y ocho años después tras otras siete temporadas más, el escritor aún no ha finiquitado la historia, de manera que los guionistas tomaron las riendas haciendo lo que les vino en gana.
   Con semejantes premisas creo que esto no va a ser una reseña al uso porque para hablar de los libros a mí se me hace muy complicado no hacer referencia a la serie televisiva.
   He sido una incondicional de la serie desde sus inicios, allá por el año 2011. Si me animé a verla fue porque ya había leído un par de libros de la saga y sabía que el argumento era muy interesante. 
   Trasladar a la pantalla los personajes que ya conocía literariamente me resultó atractivo y no me defraudó porque las primeras temporadas eran un calco de los libros en los que estaban basados todos los episodios.
   Pero poco a poco empezaron los problemas. El principal escollo fue que el escritor y creador de la saga no se decidía a terminarla. Las temporadas se sucedían, más o menos a una por libro, pero llegó un momento en que ya no había más argumento del que tirar. Mientras se rodaba una de las temporadas se publicó el quinto libro de una serie de siete. Aún faltaban (faltan) dos libros para acabar, pero no estaban escritos. 
   Cuando salió este quinto volumen (Danza de dragones) los guionistas ya empezaban a sacar los pies del tiesto y a cambiar cosas de la obra literaria. Esto puede ser razonable, pero algunas de esas cosas cambiadas rompían el derrotero de ciertos personajes cruciales e incluso de la historia global. A mí eso no me gustó nada.
   Entonces hubo sus dimes y diretes entre la productora y el escritor y al final rompieron las relaciones. La verdad es que no sé muy bien cómo acabaron entre ellos realmente y si llegaron o no a algún acuerdo. El caso es que los guionistas se pusieron a la tarea y siguieron la historia que George R.R. Martin dejó a medias. Y, a mi modo de ver, aquí se torció la cosa completamente.
   Cuando los encargados del guion televisivo se pusieron a inventar del todo (por falta de argumento literario ante la inhibición del escritor) no pude ni objetar ni recriminar pues ya no tenía con qué comparar.
   Pero una vez acabada la serie definitivamente creo que se puede hacer balance. 
   Se han quedado muchos flecos pendientes y cosas sin aclarar, algo que me esperaba porque el autor se dedicó a abrir muchos frentes y la historia se había complicado demasiado. 
   Pero lo que más me ha molestado ha sido el cambio de ritmo en la recta final. Si las cinco primeras temporadas fueron bastante lentas —cosa comprensible porque los libros son igualmente lentos— el ritmo va acelerándose en las siguientes para acabar en un sprint agónico en la octava y última temporada. 
   Suceden tantas cosas y tan deprisa que creo no ha dado tiempo a que el espectador asimile todo lo que ocurre, de manera que la historia pierde fuerza y cuando al fin se desvela quién ocupará el trono de hierro uno se queda como flojo, como rumiando con cierto pasmo qué ha pasado. 
   Además, el personaje que acaba reinando es uno de los que más incógnitas me dejaron tras leer los libros, su trayectoria está llena de misterio y fue con el que más me perdí. Y esas incógnitas no se me despejaron en ningún momento en la trama televisiva, así que mal, muy mal.
   No quiero insistir más porque acabaría haciendo spoiler y no sé si algún seguidor de la serie va a animarse a leer los libros. Por si alguno se decide aquí dejo la reseña exclusivamente literaria que escribí hace ya seis años. Luego no digáis que no os avisé.


     Esta saga que está arrasando por todo el mundo, y más ahora que su fama ha aumentado con la emisión de la serie televisiva, es para mí un compendio de sensaciones encontradas.

    Por un lado la historia es apasionante. George R.R.Martin recrea un mundo de fantasía y realidad con múltiples personajes que reflejan todo lo bueno y malo que puede albergar el ser humano. El ritmo de la narración es trepidante en muchos momentos y no se hace aburrido.

    Por otro lado según he ido leyendo los cinco libros que de momento comprenden la saga, mi adhesión a la historia ha ido cambiando.

   En Juego de tronos, el primer libro, nos introducimos en las intrigas de los Siete Reinos. Invernalia, Desembarco del Rey, el Muro, Stark, Lannister, Targaryen, son nombres con los que nos familiarizamos y que ya no nos abandonarán en toda la saga. Desde el primer momento la trama engancha y cuando se acaba este libro la única idea que permanece es seguir con el siguiente.

    En Choque de reyes se sigue desarrollando el argumento iniciado en el primer libro. Sin embargo en éste el ritmo se ralentiza y aunque sigue siendo una lectura entretenida uno empieza a tener la sensación de que las páginas se suceden unas a otras sin que se den cambios significativos. Si se analiza en qué situación se encuentran los principales personajes al inicio del libro es la misma en la que están al final del mismo.

   Tormenta de espadas me reconcilió de nuevo con las vicisitudes de los Siete Reinos. La historia vuelve a ponerse al rojo vivo dando giros inesperados. Aunque para que esos giros imprevistos se den hay que esperar al final, a las últimas cincuenta páginas, y teniendo en cuenta que el librito tiene casi mil trescientas, a mí eso me mosqueó mucho.

   Festín de cuervos y Danza de dragones, me han resultado los libros más flojos de toda la colección. La lectura se hace entretenida por la fluidez con la que el escritor muestra la acción, pero lo que para algunos son libros de transición para mí ha sido una vuelta más de tuerca en una historia que ya se empieza a embrollar demasiado y, lo que es peor, que no avanza.

    Lo que empezó como una saga épica y muy interesante, con acción, intriga y aventura, se está convirtiendo en un culebrón de tomo y lomo. ¿Llegaremos a ver el final algún día?

(publicada el 28 de mayo de 2013)
Kirke


   Retomando la pregunta que dejé planteada en esa publicación de mayo de 2013, está claro que el final llegó a la tele, pero no a los libros. La lentitud del señor Martin a la hora de escribir es exasperante y creo que una estafa para sus lectores. Quizás no sea cosa de ser lento, puede que aún no se haya gastado el dineral que le pagaron los de HBO por los derechos de autor y no tenga necesidad, ni ganas, de ponerse a la tarea. 
   De momento nos quedaremos con ese final de los guionistas, que puede gustar o no, como todos los finales, pero que es un final después de todo. 
   Quién sabe, quizás George R. R. Martin consiga terminar la saga y podamos comparar qué final nos gusta más, yo no pierdo la esperanza. Cosas más raras se han dado.



23 de mayo de 2019

El bosque


Paula al fin se había decidido, buscó un hueco entre su apretada agenda laboral y se tomó un par de días libres para escaparse al bosque. La vieja cabaña de pastores encaramada en un monte y que su madre había habilitado en homenaje a los abuelos ya fallecidos sería el lugar idóneo para pasar unos días alejada de todo y de todos.
Recordando a su profesor de yoga pensó que el silencio y la tranquilidad de aquel bosque, donde sus abuelos vivieron tantos años, le restablecerían una paz interior que había perdido hacía ya demasiado tiempo cuando aceptó aquel apetitoso y deseado cargo como directora de ventas de una empresa muy bien situada en el sector inmobiliario.
Nada más llegar a su destino le llamó la atención el silencio, la ausencia total de sonidos estridentes. Tan solo se oía el leve rumor de las hojas de los álamos que jalonaban un riachuelo el cual añadía a su vez un run run de agua en movimiento. Los árboles, mecidos por un suave viento, parecían comunicarse entre sí en un lenguaje solo comprensible para ellos. De vez en cuando el canto de alguna oropéndola se añadía al coro conformado por los álamos y el río. La quietud del lugar transmitía sosiego; había sido una buena idea ir allí.
Una vez instalada en la pequeña cabaña salió al exterior para poder disfrutar del idílico paisaje y de su tranquilidad.
No se le ocurría mejor manera de disfrutar de esa paz que realizando una sesión de yoga en la pradera que se encontraba a los pies de la cabaña. Cuando estaba en la posición del loto y con los ojos cerrados, el suave rumor de los árboles empezó a subir en intensidad hasta convertirse en un estruendo. Abrió los ojos y miró extrañada a su alrededor, levantó la vista hacia el cielo pues creyó que se avecinaba una tormenta y el viento hacía agitar violentamente las hojas de los álamos. Sin embargo, comprobó que el cielo se presentaba diáfano y libre de nubes. Pero el rumor de los árboles seguía aumentando de volumen y las copas se balanceaban cada vez con más violencia. Al mismo tiempo, pudo ver que entre los arbustos, que formaban parte de la vegetación que rodeaba a la cabaña, había una gran agitación, como si algo o alguien se estuviera moviendo entre ellos pero sin dejarse ver.
Alarmada y consciente de su propia indefensión corrió al interior de la cabaña y cerró con el endeble cerrojo la puerta de acceso. Una vez dentro siguió escuchando el bullicio de los árboles y de los arbustos. Cada vez se agitaban más violentamente, el ruido del viento se colaba entre las rendijas de la puerta produciendo un silbido amenazante mientras que en las ventanas los cristales vibraban añadiendo más ruido aún.
Paula empezó a asustarse y no se explicaba cómo la paz y el silencio que había sentido tan solo unos instantes antes se había podido trocar en violencia y estrépito. Cuando el viento entró por la chimenea en un remolino de cenizas que lo cubrieron todo con una pátina gris, Paula estaba a punto de entrar en pánico.
No sabía qué estaba pasando, no había nubes, nada hacía presagiar una tormenta, pero el bosque estaba agitándose como si algo lo hubiera molestado, como si algo lo estuviera instigando. Entonces recordó viejas leyendas que su abuelo le contaba en noches de invierno para asustarla cuando era una niña. Historias de aparecidos, de seres mitológicos, señores del bosque que lo manejaban a su antojo para engullir a los desaprensivos que se aventuraban a internarse solos en él. Justo cuando rememoraba aquellos cuentos para asustar niños, dos fuertes golpes en la puerta le hicieron dar un brinco.
Paula no pudo ahogar un grito y se retiró al rincón más alejado de la puerta para aovillarse mientras temblaba de la cabeza a los pies. Entonces los golpes se volvieron a repetir. ¿Quién o qué podía andar por ahí? Quizás alguien que deambulaba por el bosque y que se había visto sorprendido por esa especie de tormenta sin nubes. Intentando ser lo más racional posible, Paula se incorporó y decidió abrir la puerta alejando con una sacudida de la cabeza esas fábulas de superchería que no tenían ningún fundamento. Sí, seguro que era alguien necesitado de ayuda.
Decidió abrir aunque, en previsión, tomó un leño de la chimenea a modo de posible defensa. Cuando abrió se encontró con el umbral desierto. Allí no había nadie. «Qué extraño», pensó. Pero lo más extraño fue comprobar que el ruido ensordecedor que unos momentos antes atronaba había desaparecido por completo.
Los álamos permanecían apacibles, tan solo una leve brisa mecía las hojas de las copas, y el rumor del riachuelo se dejaba oír con su run run cadencioso. El trino de una oropéndola cercana se escuchó de nuevo. Paula, sin saber muy bien qué había pasado y aún atónita, decidió volver a su esterilla para reanudar su sesión de yoga. Al salir de la cabaña cerró la puerta tras de sí, sin percatarse de que dos ojos brillaban agazapados en un rincón de la chimenea. 






19 de mayo de 2019

"Ahora que nadie nos oye" - Varios autores


"Ahora que nadie nos oye" es una antología de relatos de la primera edición del concurso "El Tintero de Oro" que gestiona de manera impecable David Rubio a través de su blog.
En esta antología se pueden encontrar diferentes historias, de muchos géneros y muchos estilos narrativos, tan variados como el origen de sus autores. 
Autores aficionados con maneras distintas de contar historias pero con una misma virtud: la ilusión por escribir.
A muchos de estos escritores los conocía previamente por seguirlos en sus respectivos blogs, a otros los he conocido con esta antología. Y con todos he disfrutado leyéndolos.
Gracias a esa variedad de historias y temas, con esta antología me he emocionado, he vivido el suspense, he sonreído, he tenido múltiples sensaciones. 
Pero con un relato en concreto he tenido una sensación inquietante, he sentido una conexión con el personaje y con la autora que me ha hecho pensar en fenómenos paranormales. Según leía ese relato tenía la impresión de que ya lo conocía. El relato se titula 'Muerte en los canales' y lo firma una tal Paloma Celada Rodríguez (me suena mucho ese nombre y no sé de qué). 
Algo parecido me ocurrió con otra antología de relatos escritos por autores aficionados que ya reseñé en su día y con una historia de la misma autora precisamente. Por eso, esta segunda vez tuve esa sensación de "a-mí-esto-ya-me-ha pasado" (creo que los franceses lo llaman déjà vu ).
Como esta sección no se trata de hablar sobre el libro sino de mostrar imágenes dejo mis impresiones extrasensoriales para otro momento y os invito a ver el vídeo, pero antes una explicación.
Prometí cuando inauguré esta parte del blog que la música tendría relación con el libro. En este caso el tema musical de fondo es "The children" que forma parte de la B.S.O. de la serie televisiva 'Juego de Tronos'. Podría explicar que mi elección se basa en que el argumento de esa serie (y los libros que la provocaron) se centra en la lucha por alcanzar el trono de hierro, haciendo un símil con la lucha por ganar el podio en El Tintero de Oro, pero no sería adecuado porque los participantes de ese concurso no son enemigos entre sí como en la serie, sino todo lo contrario: el buen ambiente es estupendo entre los contrincantes. 
También podría argumentar que elegí ese tema porque suena cuando Arya (mi personaje favorito) llega a Braavos y allí aprende los conocimientos necesarios para llevar a cabo su venganza deseada. Si cambiamos 'venganza' por 'publicar', el símil estaría fundamentado.
Pero nada de eso es cierto. He elegido ese tema porque me gusta mucho, al igual que este libro que hoy traigo. No hay que darle más vueltas.
Y ahora sí, sin más rodeos, aquí está la vídeo reseña.


15 de mayo de 2019

La erótica del examen


No me gusta cuidar exámenes, es una de las tareas que más detesto de mi labor docente. Esas horas interminables, delante de un montón de alumnos en el trance de sacudirse una asignatura de encima, me parece la máxima expresión del aburrimiento y de perder el tiempo. Cada vez que me toca vigilar una de esas pruebas me pongo de un mal humor insoportable producido por saber que voy a malgastar dos o tres horas de mi vida.
Además, las aulas preparadas para realizar los exámenes están bajo la influencia de corrientes electromagnéticas perniciosas porque allí se da un fenómeno poco estudiado pero sumamente peculiar: el tiempo transcurre mucho más despacio dentro de las aulas que fuera de ellas. Es una versión retorcida de la teoría de la relatividad de Einstein: cuanto más ganas tienes de que acabe el examen más largo se te hace. Una perspectiva que cambia si es un estudiante el que observa el fenómeno, porque entonces cuando menos quiere que se acabe el examen (debido a que no tiene ni pajolera idea de las respuestas) más corto se le hace el tiempo del que dispone para realizar la prueba.
Pero cuidar un examen puede ser aún peor cuando a un alumno o alumna le da por copiar. Entonces mi animadversión con la tarea se troca en un gran enfado. Tengo muy poca tolerancia con los copiones; pasar por alto este tipo de infracciones es una injusticia para aquel alumno que ha estudiado y se ha esforzado. Además, siempre me cayeron mal los jetas que pretenden vivir del cuento y del fraude. Total, que alumno que veo copiando, alumno al que se le cae el pelo.
He pillado a bastantes con mi ojo avizor e intransigente, de manera que me he granjeado la antipatía y animadversión de algunos estudiantes. Lo sé y lo tengo en cuenta, sobre todo cuando voy a cruzar las calles aledañas a la facultad o estoy esperando el metro en la estación de la Universidad. En esos lugares siempre miro muy bien no estar cerca de mis alumnos por si sienten la necesidad de atropellarme o empujarme a las vías del tren.
Reconozco que las triquiñuelas de algunos para aprobar sin dar ni chapa son verdaderas obras de arte y ahí se lo curran un montón. Aunque yo me pregunto por qué todo el trabajo que emplean en preparar una buena chuleta no lo invierten en estudiar. Pero se ve que a algunos les va la marcha o que les mola más vivir en el filo de la navaja.
Algunas técnicas de fraude/copia pueden poner al profesor en un apuro. Eso es lo que me ocurrió en un examen de tercero de Farmacia. La prueba se realizaba en un aula magna, de esas escalonadas de tal manera que cada fila está en un nivel superior a la de delante y donde vigilar se convierte también en una sesión de ‘cardio-step’ por lo de subir y bajar escaleras.
Resulta que estaba yo vigilando desde la parte más alta del aula con una visión a lo “dron” donde observaba a todos los examinandos desde arriba y por detrás de ellos. Me fijé en que un alumno estaba escribiendo muy rápido, casi frenéticamente, pero que no miraba hacia el papel donde escribía sino hacia “otro sitio”. Esta maniobra suele ser un signo evidente de estar copiando. La experiencia me ha enseñado que cuando en un examen alguien no mira donde escribe es porque está mirando a lo que copia.
Esto no era nada nuevo para mí, ya he comentado que se me da bien pillar a los infractores. Pero en este caso había un elemento perturbador ya que el “otro sitio” al que miraba el alumno se encontraba en su entrepierna. Reconozco que me pilló desprevenida.
Cuando vi el lugar donde el alumno se afanaba en mirar me dije: «Este chico o es un obseso sexual (por lo de no poder apartar la mirada de sus atributos) o está copiando, de dónde no lo sé y mejor, porque prefiero no saberlo». Pero no podía pasar por alto mis sospechas con una infracción de tamaño calibre (me refiero al calibre de la infracción, que quede claro). Sin embargo, para corroborar lo que hasta ese momento solo eran temores, debía tener pruebas. Y ahí estaba lo difícil, a ver cómo miraba yo hacia donde el susodicho estaba mirando sin que se notara que yo también lo miraba para que no se pensara nadie que estaba mirando lo que no debía mirar. Menudo berenjenal.
Pero estaba resuelta y me dispuse a mirarle la entrepierna al sospechoso para ver qué tenía ahí. La resolución no estaba exenta de peligro porque se podía volver en mi contra. Aunque mi intención era pillar a un infractor, podía acabar siendo yo la acusada de infracción por acoso sexual ya que mirarle el paquete a un alumno es totalmente inapropiado.
Como me encontraba a espaldas del alumnado y desde mi posición más alta, que me permitía ver sin ser vista, arriesgué y me incliné bastante para obtener una visión más amplia del regazo del estudiante y así averiguar lo que se traía entre las piernas.
Pero cuando me incliné, resbalé y perdí el equilibrio, entonces el ruido que hice provocó que unas veinte cabezas de estudiantes se giraran hacia donde yo estaba, perdiendo con esta torpe acción mi pretendida ventaja de estar en un lugar donde podía ver sin que se me viera.
Fue entonces cuando decidí cambiar de estrategia. Bajé los escalones hacia la fila donde estaba el sospechoso e intenté mirar por el rabillo del ojo hacia la zona delicada (y también sospechosa) pero la tenía tapada con la mano que no usaba para escribir. Entonces pensé: «A ver si en lugar de un copiador es un onanista compulsivo al que hacer exámenes le pone», porque hay gente para todo.
Mi desconcierto fue tal que llegué a la conclusión de que todo era fruto de mi imaginación desbocada y del aburrimiento. Me dispuse a abandonar, pero entonces el alumno hizo otra cosa que suele disparar las alarmas a los que cuidamos exámenes: dejó de escribir en cuanto yo me acerqué para retomar enseguida la escritura en cuanto me alejé. Esta manera de actuar siempre es muy sospechosa, que la inspiración se vea interrumpida por la llegada del profesor solo puede ser indicativo de que dicha inspiración es de origen fraudulento, es decir, se está copiando.
Entonces me decidí a no moverme de allí para al menos evitar que siguiera copiando (ya estaba segura de que lo hacía). Sin embargo entre las tareas de cuidar un examen se encuentra la de contestar las dudas que puedan surgir con el enunciado de la prueba. La mayoría de esas dudas no son tales, suelen ser burdos e inocentes intentos por parte de los alumnos para que les contestes tú la pregunta que no saben responder ellos.
Un par de tales dudas por parte de sendos alumnos me obligó a abandonar mi puesto vigilante al lado del sospechoso que en seguida fue aprovechado por el mismo para reanudar su labor delictiva.
Ya harta de este juego del ratón y el gato decidí cambiar al alumno de sitio para colocarlo en otra mesa donde tener una visión más amplia de toda su persona, incluida su entrepierna. Fue entonces cuando al levantarse, para obedecer mi orden, se cerró la bragueta. Me quedé alelada, con la boca abierta y sin poder apartar la vista de salva sea la parte, menos mal que otra compañera que estaba al quite supo reaccionar y le espetó: «¡Eh, tú! ¿Qué llevas ahí?» al mismo tiempo que le señalaba sin rubor los genitales y con un descaro propio de quien se pasa la ley de género por el forro.
Y entonces el alumno manipuló la bragueta para sacar una cosa muy larga, y muy grande: el tema enterito de ‘Recomendaciones nutricionales e ingestas dietéticas’, escrito en una estrecha tira de papel enrollada sobre sí misma. Con un pañuelo de papel tomé la prueba del delito (por higiene y por los gérmenes que pueden encontrarse en el sitio donde estuvo escondida) y la guardé en una bolsa de plástico mientras que el alumno se llevaba puesto un cero.
A pesar del apuro pasado aprendí mucho de aquella experiencia. Ahora, si puedo elegir aula, me voy donde haya profesores de ambos sexos por si hay que cachear a alguien (que no lo descarto) y además me meto en el bolsillo un par de guantes de látex por si la chuleta incautada sale de algún otro lugar poco recomendado higiénicamente. Todo puede pasar.





9 de mayo de 2019

El coronel no tiene quien le comprenda


Nadie le comprendía. No entendían nada. Nunca se sintió arropado ni siquiera por quienes compartían con él vocación y riesgos. Él estaba hecho de otra pasta, siempre lo supo.
El padre Gabriel fue el primero en darse cuenta de que aquel chiquillo taciturno y siempre con el ceño fruncido, era especial. Ese sacerdote español que recaló en una aldea perdida del Valle de Aburrá supo percatarse de que él era distinto a los demás. En la mirada de ese niño había una determinación que el cura nunca vio en los otros críos de la escuela más sumisos, vencidos de antemano por un destino que los tenía abocados a la miseria perpetua o a la violencia, casi siempre a las dos cosas.
Pero él no. Él nunca se dio por vencido, siempre fue un combatiente. Luchaba incluso cuando sabía que la pelea estaba perdida. Como aquella vez que el negro Jarrogrande insultó a su madre, le sacaba dos cabezas pero aun así arremetió contra el negro y a pesar de acabar con la nariz partida, moretones por todo el cuerpo y una costilla fracturada, se necesitó la fuerza del padre Gabriel y de dos compañeros más para separarlo de aquel comemierda que ponía en duda la honestidad de su madre. 
Con una sonrisa perversa y sentado en su despacho del cuartel, el coronel Horacio Carrillo recordó aquellas peleas de su infancia. Jarrogrande no fue el único con el que repartió puñadas, el feo Gurre y Pechoelata fueron también objeto de la rabia de Carrillo.
Recostado y con los pies encima del escritorio, recordó cómo, desde la calamitosa casucha en la que habitaba con su madre y sus cinco hermanas, miraba el verde valle que se extendía hacia el sur mientras que al norte la majestuosidad de las montañas andinas le hacían sentir aún más insignificante. Aquellos paisajes eran lo único que recordaba de su infancia con nostalgia. Al atardecer, el verde de la montaña se confundía con el añil del cielo allá en el horizonte, y entonces él sentía la quietud que precedía al ocaso, cuando el sol se ocultaba tras las verdes laderas. Una quietud tan solo interrumpida por el áspero trino de algún sirirí*, ese pájaro que a nadie gustaba, tan solo a él porque a pesar de su pequeño tamaño, y con tal de defender su territorio, conseguía ahuyentar a aves mucho más grandes. El atardecer desde su casa en el valle era el mejor momento de la jornada. Solo esa mezcla de colores imposibles conseguía hacerle sonreír y olvidar la paupérrima vida en una aldea que no le reportaba nada satisfactorio.
Soñaba con escapar de allí, huir de aquella miseria, de los lamentos constantes de su madre siempre llorando la ausencia del esposo que murió ahogado en el río. Horacio la quería pero sentía mucho resquemor hacia ella cuando esta añoraba a su padre, no entendía cómo podía echarlo de menos. Lo único que había recibido de ese desgraciado habían sido palizas, desprecio, insultos y una decena de embarazos que en más de una ocasión a punto estuvieron de acabar con su vida.
Habían pasado más de treinta años, pero el coronel aún recordaba con asombro cómo le recibió su madre la noche que llegó a casa y le comunicó que la jornada de pesca en el río había terminado trágicamente. Un paiche había picado en la rudimentaria caña de su padre y al jalar la humedad le hizo resbalar cayendo al agua y golpeándose antes la cabeza con una roca. Él, con solo once años, no pudo hacer nada y su padre se ahogó enseguida arrastrado por la corriente. Cuando, con el semblante serio pero sin atisbo de tristeza, terminó de darle la noticia a su madre, esta comenzó a llorar y a gritar desesperada por la muerte de su maltratador. Incluso le lanzó reproches a él, al único de los hombres de esa casa que se había preocupado por ella y por sus hermanas.
Aquella decepción le supuso un acicate más para escapar de allí.
El padre Gabriel le ayudó a ingresar en la academia de policía a pesar de sus humildes orígenes. Los buenos informes del generoso cura le abrieron las puertas de la Escuela de Cadetes de Policía General Santander. Se adaptó enseguida al ambiente castrense y a la disciplina. Nunca le importó acatar órdenes, siempre le gustó el orden. Odiaba el caos, la desidia y la molicie, esas con las que había crecido y que le recordaban su mísera niñez.
Se aplicó con interés en los estudios y se graduó con muy buenas calificaciones. Su primer destino fue una remota población en el departamento de Putumayo. Pero no estuvo mucho tiempo allí, el talante férreo y enérgico que le caracterizaba fue alabado por sus superiores que le promocionaron enseguida. Mitú y Popayán fueron los siguientes destinos. Su ascensión fue rápida y alcanzó el rango de coronel recién cumplidos los cuarenta años de edad.
La fama de su honestidad y de su implicación en el establecimiento del orden allá donde había altercados y delincuencia le hicieron el candidato perfecto para ocupar el puesto de Jefe de Policía en una ciudad donde el narcotráfico se había asentado como una lacra. Desde aquel lugar los narcos daban material a los noticiarios nacionales con asesinatos diarios. La corrupción y la violencia se habían enseñoreado de la localidad hasta el punto que los dirigentes políticos ya no sabían qué hacer.
El coronel Horacio Carrillo fue elegido para dirigir el recién creado Bloque de Búsqueda, una unidad especial de policías cuyo único fin era capturar al jefe de los narcos, un malparido que se burlaba de la ley. Acabar con el Monstruo era el objetivo y eso solo se podía conseguir eliminándolo en su propia guarida.
El encargo era arduo, pero las adversidades nunca supusieron para el coronel un impedimento. Aceptó sin dudar la difícil misión por varios motivos. Aquella ciudad estaba cerca de la aldea donde nació, y muchos de sus compañeros de juegos infantiles habían sido captados como sicarios al servicio de los capos pues la posibilidad de ganar dinero fácil a cambio de hacer lo que mejor sabían, ejercer la violencia, era una tentación difícil de evitar.
Carrillo también conocía a muchas de las víctimas de esa violencia. Algunos de los que habían caído en emboscadas o asaltados en sus propios domicilios fueron compañeros en la academia de policía o antiguos colegas con los que compartió destinos anteriores. Había asistido a demasiados entierros y funerales, había consolado a demasiadas viudas y huérfanos; las primeras veces como camarada del finado, últimamente como oficial al cargo de la unidad.
Para el coronel aquella misión era más que una orden de sus superiores, era también una cuestión personal. Esos pendejos no se iban a salir con la suya.
Lo primero que hizo en su nuevo destino fue purgar su propia casa, el cuartel era un nido de confidentes de los narcos. Algunos lo hacían movidos por la codicia y así aumentar sus pobres salarios con los sustanciosos sobornos, otros lo hacían por el miedo; la mayoría lo hacía por los dos motivos: el amor a la plata y el miedo al plomo.
Carrillo no podía pretender atrapar a la Víbora si mucho antes de acercarse a su cubil los cientos de ojeadores que andaban desperdigados por la ciudad ya avisaban a la Alimaña y esta escapaba con antelación, algunas veces escondiéndose delante de sus propias narices pero con la connivencia de toda la población. Porque el Monstruo era querido por los habitantes del lugar; para esos pobres infelices era un salvador, el benefactor que se preocupaba por ellos. No entendían nada esos miserables. La pretendida benevolencia era puro teatro, con sus presuntuosos donativos la Víbora solo quería comprar con migajas la fidelidad de unos desgraciados que solo habían cambiado un señor por otro. Algunos solo valían para la servidumbre.
Pero el coronel no, él siempre fue un combatiente, luchaba incluso cuando sabía que la pelea estaba perdida. Llegaría hasta la guarida del Monstruo allá donde se encontrase y acabaría con él. Ni la plata ni el plomo le alejarían de su objetivo.
Después de rodearse de hombres leales provenientes de zonas remotas del país con una recia catadura moral e inmunes a las amenazas por tener sus familias alejadas de la ciudad, el coronel se dedicó a seguir la huella de la Fiera. Como un sabueso olfateó el mínimo rastro dejado por la Bestia, con la paciencia de un cazador pertinaz se empleó a fondo en capturarla.
Cientos de horas de escuchas telefónicas, seguimientos de soplos —la mayoría de las veces falsos y encaminados a alejar al perseguidor de su perseguido—, interrogatorios a sospechosos en los que no escatimó ninguna herramienta por muy cruel que fuera para obtener la información  deseada, cualquier arma era buena para el coronel con tal de cumplir con su misión.
Muchos cómplices de la Bestia empezaron a aparecer muertos en callejones y en las cunetas con signos de palizas o con un tiro de gracia en el entrecejo. Y la expeditiva manera de actuar del coronel empezó a dar resultados. En dos ocasiones la Víbora estuvo a punto de ser atrapada, se sintió hostigada y tuvo que huir ante el acoso del sabueso. 
Desde las altas esferas políticas se cuestionó al coronel y se pusieron en duda sus métodos poco ortodoxos. Pero al coronel esas críticas le importaban un culo. ¡Qué sabrán esos huevones! La única violencia que conocían era la que veían delante de una película bélica en el living de sus casas sentados en sus cómodos sillones. Qué podían saber del sudor frío que recorre la espalda cuando aparece entre la correspondencia un sobre con una bala dentro. Qué iban a saber del gusto amargo de la bilis que sube hasta la garganta cuando un sicario amenaza a tus hijos en la escuela. No sabían nada. No comprendían nada.
Cuando algunos dirigentes del gobierno probaron la metralla, el sabor metálico, provocado por el miedo y que se enquista en el paladar, les hizo olvidarse de sus objeciones; entonces decidieron, si no apoyarle, mirar para otro lado dejando las sutilezas para otros menesteres. No aprobaban lo que hacía pero sabían que no había otra opción.
El criticado coronel en las reuniones sociales y en las cenas de gala era el único que podía acabar con la Bestia. Todos lo sabían, también el Monstruo.
Primero le ofrecieron plata: jugosos sobornos que le harían un hombre rico, que le permitirían quitarse de una vez la miseria que se le quedó prendida en la piel tras quince años en aquella aldea del valle. Podría viajar, irse a vivir a cualquier lugar lejos de allí. También le ofrecieron ascensos imposibles para alguien de origen tan humilde como él —el Monstruo tenía secuaces en las esferas militares porque ahí donde hubiera mugre la Víbora conseguía llegar con facilidad— podría disponer de un lindo despacho en la capital donde lucir sus relumbrantes medallas.
Pero el brillo de la plata no cegó al coronel. Entonces le ofrecieron plomo. Dos balazos, uno en un brazo y otro en una pierna, daban cuenta de la generosidad de la Alimaña para con sus enemigos. En aquel ataque en el restaurante donde almorzaba, el coronel envió a la morgue a cinco sicarios.
Muchos colegas le avisaron de que no se implicara tanto, que no traía cuenta. «¡Ay, no se me coloque así!», «A qué pues arriesgar, man, si lo único que va a sacar es un pijama de madera», «Le van a poner a chupar gladiolo, m’hijo».
   Pero el coronel siempre fue un combatiente, luchaba incluso cuando sabía que la pelea estaba perdida.
Aquella tarde las nubes barruntaban tormenta al norte, en las montañas. Un viento gélido y violento azotaba los árboles y electrizaba la piel. Un chivatazo le puso sobre aviso, la Alimaña andaba muy cerca. Al igual que un sabueso olisquea el rastro de su presa, el coronel se subió al jeep con la certidumbre de que la caza estaba presta. Al doblar una calle estrecha, un camión le bloqueó el paso, intentó retroceder pero otro vehículo se había interpuesto entre su coche y el resto de la comitiva, entonces empezaron a salir francotiradores de muchas ventanas de las casas aledañas. En medio de la balacera el coronel salió del jeep y vació el cargador de su fusil y el de su pistola; en ese viaje al infierno no se iría solo.
Tirado en el suelo, con el pecho encharcado de sangre, aún tuvo tiempo de mirar hacia el norte, hacia las montañas. Lamentó que los nubarrones le impidieran verlas, pero entonces cerró los ojos y pudo observar el verde de la montaña confundiéndose con el añil del cielo. Con una sonrisa volvió a sentir la misma quietud de su infancia cuando contemplaba los atardeceres. Antes de dejar de respirar creyó oír el canto de un sirirí.




NOTA: Mi protagonista está basado en uno de los pocos personajes de ficción de la serie televisiva Narcos. Desde el primer momento en que salió en pantalla me pareció un personaje muy atractivo, y no me refiero al físico (que también). Ese querer acabar “como sea” con “el malo” cuando la ley impone trabas que los delincuentes se saltan, me pareció valiente, muy creíble y ante todo pragmático. Esto no quiere decir que yo comparta sus ideas, pero a veces hay que saber contra qué o quién se lucha, cuál es el peaje a pagar y si el fin justifica los medios.
Dado que el coronel Carrillo de Narcos no fue real me he permitido la licencia de crearle una infancia y unos inicios de los que nada se dice en la serie de televisión, aunque sí he respetado el final que los guionistas le dieron (para mi disgusto), y perdón si con esta información he reventado el desenlace de este peculiar coronel.


(*) El sirirí (Tyrannus melancholicus) es un pájaro que habita en gran parte de América. Es muy agresivo, incluso con especies más grandes que él. Debido a esa agresividad en Colombia se utiliza la expresión popular "Todo gavilán tiene su sirirí" indicando que hasta el más fuerte tiene alguien que puede molestarlo.


Hada verde:Cursores
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