Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

15 de octubre de 2020

Diario de un RE-confinamiento Parte III

 


Día 8 (28 de septiembre)

Hoy he tenido que salir de mi zona restringida para acudir al trabajo. Antes de salir me he esmerado en llevarme todo lo necesario: las llaves del coche, los apuntes y el pendrive con las clases, mi documentación, la mascarilla y, sobre todo, el salvoconducto emitido por la universidad donde trabajo que me permite transitar por la zona libre.

De camino hacia la universidad he visto las luces parpadeantes de un control policial en plena M-30, justo en el lugar más chungo de la pandemia: el Puente de Vallecas. Ahí el tráfico iba muy lento y el atasco tenía casi un kilómetro.

Nada más verlo de lejos he empezado a sudar, y eso que yo estoy acreditada, tengo permiso oficial para salir, pero, aun así, me he puesto muy nerviosa. Me ha entrado taquicardia, sudor frío, he empezado a hiperventilar y hasta se me ha nublado un poco la vista.

En segundos, y según me acercaba al control, me han venido imágenes de películas sobre la Segunda Guerra Mundial cuando los nazis controlaban los guetos judíos y algún policía nervioso con el gatillo fácil se cargaba a alguno por una mirada sospechosa o cualquier otro signo malinterpretado.

Las manos se me han mojado con el sudor y el volante se me ha escurrido de las manos, he estado a punto de colisionar con el automóvil que circulaba en paralelo cuando casi invado el carril de al lado. Me han entrado ganas de llorar.

En pleno ataque de ansiedad, he rebasado el control conteniendo el aliento. No me han parado, y entonces he respirado más tranquila. Creo que lo de no pararme ha sido porque el puesto policial se encontraba en los carriles del sentido opuesto al que yo iba.

No quiero imaginar cómo me lo voy a tomar cuando me encuentre un control en mi misma dirección. Me da que no lo cuento y le van a pedir la documentación a un cadáver.

 

Día 10 (29 de septiembre)

Hoy me he levantado muy contenta, resulta que mi área sanitaria ha conseguido bajar de los mil casos de coronavirus por cien mil habitantes (cuando nos confinaron los superábamos por muy poco). Ahora estamos por los novecientos, que no es ni mucho menos para tirar cohetes, pero que sirve para librarnos del confinamiento este de pacotilla al que nos han relegado las autoridades sanitarias de nuestra comunidad.

La alegría me ha durado menos que una tarta a la puerta de un colegio. Resulta que ahora el tope para confinar o no, está en los quinientos casos, así que volvemos a suspender.

Me siento como cuando en la facultad suspendías con un 4,9 y cuando llegabas al 5, el profesor decía que había cambiado de opinión y que para aprobar era necesario un 7. Mierda.

 

Día 14 (3 de octubre)

Estoy confusa. Ayer confinaron a toda mi ciudad, y como mi barrio ya estaba confinado no me he enterado cuál es mi situación concreta. ¿Estoy confinada dentro del confinamiento ya confinado previamente? ¿Si me salgo de mi barrio me cae una multa y si me salgo de Madrid me caen dos? He querido informarme, pero los medios de comunicación no me han ayudado porque cada uno ha entendido lo que le ha dado la gana y han dicho lo primero que se les ha ocurrido.

Ha llamado a la puerta la vecina de al lado para comentarme un cotilleo y no sabía si dejarla entrar porque somos convivientes o mandarla a su casa porque el rellano era zona fronteriza.

He salido a la calle y no sabía si estaba incumpliendo alguna ley, alguna ordenanza, una orden ministerial o algún (des) acuerdo interterritorial. En mi confusión le he enseñado el salvoconducto para ir a trabajar al segurata del Mercadona, he saludado alzando el brazo y diciendo “Heil, Hitler” a un coche de la policía que estaba en una esquina y no he comprado pan porque en la cola de la panadería había más de seis personas.

He llegado a casa con dolor de cabeza y he querido tomarme la temperatura, pero en lugar del termómetro de infrarrojos, me he equivocado y he cogido la depiladora de luz pulsada y me he quitado media ceja.

Espero que el colapso de los hospitales no se dé en los psiquiátricos porque creo que yo necesito cama en alguno de ellos.

 





8 de octubre de 2020

Diario de un RE-confinamiento Parte II

 

Día 2 (22 de septiembre)

No entiendo por qué me han confinado; yo he seguido las normas a rajatabla y mis vecinos también, creo que ha debido de haber algún error al contar lo casos de infectados porque yo no conozco a nadie de la colonia en la que resido que haya sido contagiado. Los pocos casos de allegados precisamente viven todos en zonas que no han sido castigadas con restricciones. Esto no puede ser.

Además, desde que me he enterado de que no pertenecía (sanitariamente) al barrio del que yo creía formar parte, me ha entrado curiosidad por saber dónde estoy y he ido a mirar qué es la “zona Daroca” donde parece ser que está mi colonia.

He mirado el mapa y resulta que esa zona sanitaria se encuentra en la parte más exterior del barrio de La Elipa, digamos el extrarradio; ahí están las viviendas más separadas y con zonas ajardinadas, mientras que La Elipa propiamente dicha sería como el casco antiguo donde hay calles más estrechas y menos jardines; me temo que hasta en los barrios obreros hay clases (y castas, por mucho que lo nieguen algunos). ¡Qué cosa más rara!

Me he fijado que en mi zona está incluido el cementerio de la Almudena. Y creo que ahí radica la explicación.

El baile de cifras durante estos meses ha sido lamentable. Recuerdo que un lunes dieron un número total de fallecimientos mucho menor que la cifra dada el viernes anterior, por lo que todos llegamos a la feliz conclusión de que había gente que resucitaba.

Por eso yo me planteo si no se habrán hecho otra vez un lío y han incluido a toda la “población” de la Almudena y como decesos por Covid.

He hecho cálculos: en la Almudena hay 5 millones de muertos, la población completa de la zona es 25000, me sale una incidencia de 20 millones de contagios por 100000 habitantes. Normal que nos hayan confinado.

 

Día 4 (24 de septiembre)

No tengo muy claro dónde vivo desde que me enteré de que mi barrio no es el que yo creía, pero la presidenta de mi comunidad autónoma no me lo pone fácil. Hace unos días nos avisó de que el sur de Madrid estaba siendo especialmente castigado por los contagios, y acto seguido se refirió a Alcobendas como uno de los municipios más afectados y ese pueblo se encuentra en el norte de la comunidad.

Me temo que Ayuso ha perdido el norte, y, además, literalmente, porque si se cree que Alcobendas está en el sur… anda muy, pero que muy, desorientada.

También dice nuestra querida presidenta, que el número tan alto de contagios en algunos barrios de Madrid se debe «entre otras cosas, por el modo de vida que tiene nuestra inmigración» (sic).

Es cierto que los inmigrantes suelen vivir en pisos muy pequeños, que son los que abundan en los barrios más humildes y asequibles a su presupuesto, donde, para rentabilizar el coste, se meten dos o tres familias, esto es una realidad. Lo que me tiene mosqueada es que lo dijo como si ese «modo de vida» fuera una elección, como si «nuestra inmigración» viviera hacinada por gusto, porque les encanta compartir un baño de dos metros cuadrados con siete u ocho compañeros de piso, o dormir en un dormitorio de 2x2 metros cuatro personas. Me da que no.

En cualquier caso, esa forma de vivir no tiene nada que ver con la de ella, la presidenta, que cuando se contagió con el virus pasó el aislamiento en un apartamento de dos plantas para ella sola.  Incluso, ni siquiera tiene que ver con mi modo de vivir que resido en un piso más grande y solo con mi marido y mi hija (insisto, incluso en los barrios obreros hay clases, y castas, por mucho que algunos quieran negarlo).

Me gustaría decirle a esa señora cuatro cositas, pero ante la imposibilidad de dirigirme a ella me conformaré con este diario compartido. Señora Ayuso, el hacinamiento no es voluntario, es lo que hay, pero claro, qué sabrá usted, si confunde el norte con el sur.

 

Día 5 (25 de septiembre)

Desde que la presidenta dijo aquello del modo de vida de algunos habitantes, no consigo quitarme de la cabeza la canción de Rosendo, «Maneras de vivir». La tarareo constantemente porque, además, la letra tiene mucha miga, algunas cosas parecen pensadas para la situación actual y eso que Rosendo, habitante de Carabanchel y afectado ahora mismo por las restricciones selectivas y estigmatizantes, la empezó a cantar en 1981 cuando formaba parte del icónico grupo Leño.

Mi amigo Suso Rocanrol, rockero hasta la médula, está en la creencia de que Rosendo es dios, que forma parte de un panteón politeísta donde esos dioses no castigan por nada que hagas a ojos de los demás, tan solo se dedican a dar placer con su música. Como yo no tengo ni idea de rock-and-roll, creeré a mi amigo. En cualquier caso, y viendo que esta canción es muy actual ahora mismo, si Rosendo no es un dios… poco le falta, al menos sí que se le puede considerar, viendo su clarividencia, un profeta.

De todas formas, a base de tararear tanto la canción, poco a poco he ido cambiando la letra adaptándola a mi situación personal, en una especie de mutación ambiental. Me ha quedado esto:

 

No pienses que estoy muy triste

si no me ves sonreír.

Es por culpa del panorama deprimente.

Maneras de vivir.

 

Me sorprendo de la estupidez de la gente.

Y ya no sé qué decir,

¿qué tienen esos incívicos en la mente?

Maneras de vivir.

Maneras de vivir.

 

Voy cruzando el calendario,

todos los días son igual,

escribiendo en mi diario

muchas páginas.

 

Busco dirigentes competentes

y es un esfuerzo baladí.

Debo de ser una demente.

Maneras de vivir.

 

Voy aprendiendo a acostumbrarme,

a conseguir sobrevivir

con unos dirigentes ignorantes.

Maneras de vivir.

Maneras de vivir.

 

Voy cruzando el calendario,

todos los días son igual,

escribiendo en mi diario

muchas páginas.

 





3 de octubre de 2020

Diario de un RE-confinamiento Parte I

 

Ayer, 18 de septiembre, me dispuse a escuchar la comparecencia de los dirigentes de mi comunidad autónoma porque llevaban avisando que iban a tomar medidas para atajar el alarmante número de contagios de Covid-19. Estuve a punto de no hacer caso porque lo de que van a tomar medidas lo llevan diciendo desde mayo y hasta ahora no habían hecho nada, pero como en el fondo soy una ilusa puse la tele a ver qué decían.

La rueda de prensa ya estaba empezada cuando me conecté ―es que la ponían en Telemadrid y me costó encontrar el canal en la tele porque no lo veo desde hace años―. En el momento de unirme el señor vicepresidente nos estaba preguntando a los madrileños qué queríamos ser, si virus o vacuna. Desconcertada por la pregunta, y creyendo que me podía ver y escuchar, levanté la mano y pregunté a mi vez en voz alta: «¿Se puede ser una bacteria? Porque a mí me gustaría ser una Salmonella, ir en un pincho de tortilla que tú te comieras y darte una diarrea que te mantenga sentado en el váter una semana, so capullo.» Pero, por suerte o por desgracia, no me oyó el señor vicepresidente y siguió a lo suyo. Después dijo que lo que estaba haciendo era lo más doloroso que había tenido que hacer nunca a lo que yo repliqué, de nuevo en voz alta: «Eso lo dices porque no me has tenido a mí como Salmonella en tu intestino, que si no, te ibas a enterar de lo que duelen algunos retortijones cuando vas al baño a hacer de vientre.» Pero… tampoco me oyó.

Después habló la presidenta, dijo algo así como que había que evitar el estado de alarma. Siento decirle a esa señora, aunque no me oiga, que no lo ha evitado. Yo estoy en estado de alarma desde que esa mujer nos gobierna; me alarmo, y mucho, cada vez que la veo y oigo. Para empezar, me alarma esa mirada perdida que tiene cuando dirige los ojos al infinito porque me da la sensación de que en esos momentos de desconexión con la realidad está prestando atención a las voces que debe de oír en su cabeza y, lo que es más alarmante aún, que las está haciendo caso a tenor de lo que después dice y hace. A mí esa señora me alarma y me da miedo.

Tras la presidenta habló el consejero de sanidad, dijo que las medidas restrictivas se darían en 37 “áreas básicas de salud”. Con el corazón en un puño me dispuse a escuchar las zonas condenadas, digo afectadas. El tío, con una parsimonia digna de un psicópata, fue diciendo las treinta y siete zonas una a una, cuando iba por la treinta y seis, la mía aún no la había dicho y yo ya me estaba haciendo ilusiones, pero, en el último puesto y como si de un festival de Eurovisión se tratara, ¡zas!, dice: «La Elipa». Mierda.

Me deprimí mucho, pero entonces mi marido, que estaba con su portátil contrastando la información ―es muy pulcro mi chico con las noticias― va y me dice que nosotros no pertenecemos a La Elipa. Flipé, porque yo siempre me he considerado de ese barrio y ahora resultaba que no vivía en él. Parece ser que nosotros estamos en la parte del barrio más nueva y eso ya es otra zona, en concreto la de Daroca. Me puse a pegar saltos de alegría, aunque sería más correcto decir “salto” de alegría porque solo di uno, cuando iba a dar el segundo, mi marido añadió: «La zona de Daroca también está confinada». Mierda.

He estado mirando y los barrios más afectados son los más populares y modestos. En mi indignación y haciendo alarde del espíritu combativo que caracteriza a mi barrio ―o a mi zona, que ahora mismo no sé ni dónde estoy― pensé en convocar para mañana, aprovechando que aún no están vigentes las restricciones, una concentración de los habitantes afectados en las puertas de la Asamblea de Madrid y con una pegatina en la frente donde se vea en qué zona vivimos, para ver si así se acojonan un poco nuestros representantes al ver tanto “foco infeccioso” cerca de ellos; solo por joder. Pero luego caí en la cuenta de que mañana es domingo y los sábados y domingos los políticos no trabajan, o estaría mejor dicho que no trabajan ningún día: los fines de semana simplemente no van allí.

Así que a partir del lunes vuelvo a estar encerrada. Ya iré contando cómo me va y qué pienso. Estas nuevas entregas se llamarán «DIARIO DE UN RECONFINAMIENTO». Aunque no tengo muy claro qué puedo y qué no puedo hacer, de momento, lo que sí voy a hacer es cagarme en . Mierda.

 

Día 1 (21 de septiembre)

Hoy es el primer día de este nuevo confinamiento y no lo he podido empezar peor. He dormido fatal, una pesadilla horrible me ha agitado en sueños.

Soñé que estaba jugando al Juego de la Oca, pero el tablero y las normas eran raras. Las casillas, en lugar de dibujos infantiles, eran escenas de mi vida: el lugar donde trabajo, mi casa, el súper donde hago la compra y cosas así. Las ocas no eran tales sino unos cisnes negros que me recordaron a los del Retiro, que es donde suelo ir a caminar.

En mi sueño iba avanzando por esas casillas tan peculiares, pero caí en la de los dados, y estos también eran muy extraños porque en lugar de números tenían caracteres orientales y un señor, sorprendentemente parecido al presidente de la República Popular de China, los estaba agitando.

Seguí jugando y avanzando en el tablero, pero ahora los personajes de las casillas eran en su mayoría sanitarios y tenían cara de preocupación. Llegué a la casilla del laberinto que estaba dentro del Congreso de los Diputados (ya avisé que el tablero era raro). Me metí dentro del laberinto y me encontré con que, en una bifurcación, había un político plantado diciendo «Es por aquí» pero en el lado opuesto había otro que decía «No, es por aquí»; en otros rincones había diputados que ponían en venta su voto favorable o en contra según quién se lo comprara ―la moneda utilizada no era el euro sino prebendas para sus comunidades autónomas y/o grupos parlamentarios―. Cada vez había más políticos gritando, insultándose entre sí y dando órdenes contradictorias, al final el guirigay era ensordecedor y por más que caminaba no conseguía salir de allí. Creí que me volvía loca.

De repente, me encontré fuera y, dormida, respiré más tranquila, aunque el alivio duró poco porque llegué a la casilla de la cárcel, y en lugar de esperar dos turnos para seguir jugando, me tocó esperar catorce semanas. Al final, salí ―menos mal que en los sueños los tiempos son distintos a la vigilia― y seguí caminando, pero ahora en las casillas los personajes iban con mascarilla, aunque no todos, incluso los había que hacían botellón ―creí reconocer a un chaval de mi barrio asiduo a estas reuniones ilegales en el parque que está al lado de casa―.

Caminando a través del tablero parecía que iba a llegar al final, pero de golpe caí en la casilla de la muerte, solo que en lugar de una calavera estaba la cara de Isabel Díaz Ayuso que, con gesto autoritario y señalándome con el dedo, me mandó a la casilla de salida para empezar de nuevo.

En ese momento me desperté, sudando y con una taquicardia importante. No sé si mi nerviosismo fue por lo de volver a empezar o por ver a la presidenta tan de cerca. Durante unos segundos me calmé porque aquello había sido un mal sueño, pero enseguida caí en la cuenta de que no. Hoy empieza el nuevo confinamiento ―nuevo porque es un confinamiento raro, como la nueva normalidad y, supongo, igual de efectivo que esta―. He retrocedido todas las casillas y encima, ahora, sé lo que me espera; mal empezamos.







30 de septiembre de 2020

Crónicas hercúleas III

      


En nuestra última etapa por tierras andaluzas de aquel fin de semana de diciembre nos fuimos a Antequera. Subiendo por empinadas cuestas llegamos a la parte más antigua y elevada de la ciudad para contemplar un paisaje espectacular: en primer plano y a nuestros pies las viviendas de los antequeranos y al fondo la llamada Peña de los Enamorados que asemeja el perfil de una mujer (algo nariguda para mi gusto).

―Cuenta la leyenda que, durante la Reconquista, un comandante cristiano y la hija de un general musulmán se enamoraron perdidamente ―dijo el guía local―, ante la imposibilidad de su amor por la oposición del padre de ella ―no me quedó claro si la reticencia paterna se debía a cuestiones de religión o de incompatibilidades bélicas por eso de que suegro y yerno combatían en bandos contrarios― los enamorados decidieron despeñarse por el pico que ahora tiene ese nombre en su honor y recuerdo.

Tras oír tan romántica historia nos dirigimos al Arco de los Gigantes. En cuanto oí lo de gigantes pensé en mi amigo Hércules, y no hice mal porque ese nombre también es en su honor. Parece ser que cuando anduvo por la zona no solo se dedicó a romper cosas, también fundó ciudades y Antequera fue una de ellas. Como si mis pensamientos fueran el catalizador para convocarle, la voz de mi héroe favorito susurró en mi oreja.

―Para que luego te quejes de mí. Mira qué maravilla de ciudad hice.

―¡Hércules! ¡Qué alegría volverte a ver! ―exclamé con una amplia sonrisa. A ese grandullón le estaba cogiendo mucho cariño a pesar de sus defectillos.

Él también sonrió e infló el pecho supongo que ufano de ser tan bien recibido, algo que a su desmesurado ego siempre le venía muy bien.

―La verdad es que tienes razón. La ciudad es muy bonita y el entorno espectacular. Fíjate en esa montaña del fondo ―señalé la Peña de los Enamorados con su perfil femenino― es impresionante. Por cierto, tú no tendrás nada que ver con su formación, ¿no? ―añadí suspicaz, ya que mucha de la orografía que me estaba encontrando por la zona tenía su origen en alguna trastada del héroe fortachón.

―No, yo en eso ―hizo un gesto de desagrado― no intervine.

En su tono de voz me pareció percibir cierto desdén y me entró curiosidad, así que decidí tirarle de la lengua picándole.

―Pues mira, no estaría mal que te dedicaras de vez en cuando, y para variar, a hacer cosas chulas como ese perfil de mujer y no a romper montañas y provocar que el agua se salga ―le dije recordando cómo, según él, se había formado el mar Mediterráneo (Crónicas hercúleas II) o cómo se originó el desfiladero de los Gaitanes (Crónicas hercúleas I).

―¿Hacer figuritas te parece bien? ―me respondió con burla―. Y, encima, para homenajear a dos idiotas que se suicidaron por amor ―volvió a burlarse.

―¿Qué tiene de malo? A mí me parece muy romántico que dos enamorados se suiciden ante la imposibilidad de su amor.

―¡Por favor, Kirke! Me estás decepcionando. ¿Dónde está la hechicera que convertía en cerdos a los que le llevaban la contraria?

―Bueno, también me enamoré de Ulises ―le dije algo mosqueada y plenamente consciente de que yo no era la Kirke que él creía, pero me interesaba mantener el engaño en el que él se encontraba.

―Ya, pero cuando se fue de tu isla y te abandonó, no te suicidaste, seguiste con tu vida tan ricamente. Quien no supera un fracaso amoroso, es un patán ―dijo con desprecio.

―No seas tan duro. Pobrecillos ―pensé en aquella pareja a la que las circunstancias les impidieron estar juntos―. En una situación parecida ¿qué habrías hecho tú?

―Escaparme con la chica.

―Ya, pero su padre habría mandado ejércitos en busca de ellos.

―Vale, rectifico. Mato al padre primero y luego me escapo con la chica.

La simplicidad del razonamiento de Hércules era casi infantil, pero tenía que reconocer que el ser tan básico a veces facilita mucho las cosas y hace la vida menos complicada y dramática, por lo menos para los amantes del caso, aunque no para el padre de ella.

Iba a replicarle que su manera de resolver los problemas era demasiado violenta (aunque el suicidio tampoco es una solución dulce precisamente), pero entonces nuestro guía nos dijo que debíamos coger el autocar para ir al Torcal de Antequera, última parada de nuestro viaje. Aturdida por las prisas pues íbamos con poco tiempo no me despedí de Hércules.


El Torcal de Antequera es un paraje natural famoso por las sorprendentes formas que la erosión ha moldeado en las rocas. Las formas sorprendentes más que verlas las intuí porque había una niebla del copón y no se veía un carajo. A quien sí vi perfectamente fue a Hércules: ahí estaba de nuevo esperándome con las manos apoyadas en la cadera y, de golpe, se me quitó el disgusto de no poder contemplar en todo su esplendor el torcal.

―Rocas dignas de un titán ―dijo mirando a su alrededor y con la sonrisita de suficiencia que a mí me ponía de los nervios.

Pensé que, de nuevo, me iba a contar alguna historieta sobre la formación del torcal donde él, cómo no, tendría un papel protagonista, así que decidí adelantarme y contarle yo cómo se formó todo aquello.

―Esto que ves es una formación kárstica, y es el resultado de las reacciones químicas entre el agua y la roca caliza ―mi erudición no se debía a un repentino recordatorio de mis olvidadas clases de geología, sino a que me acababa de leer el folleto explicativo que nos habían entregado en la entrada―. Cuando el agua de la lluvia forma, con el dióxido de carbono del aire, ácido carbónico, este ataca la caliza y la transforma en bicarbonato cálcico que es soluble en agua y que es arrastrado por ella, creando en su trayectoria estas formas tan raras.

Tras mi discurso geoquímico, Hércules se quedó callado, por un momento creí que se había dormido de aburrimiento por mi charla, pero no fue así. Tras esos segundos de silencio, volvió a sonreír y dijo:

―Vaya. El agua, otra vez. Ya estamos con cuentos de viejas.

―Ahora me vas a decir que esto también lo hiciste tú, claro ―le rebatí mosqueada.

―No. Esto no lo hice yo, pero si hubiera querido lo habría hecho.

El grandullón era simpático, pero también insufrible cuando se ponía así.

―Claro, claaaaro. Y… ¿cómo lo habrías hecho exactamente?

―Pues… con las uñas ―me respondió tras tocar una de las rocas―. Esto es muy blando ―añadió tras llevarse entre los dedos parte de la piedra que se había desmenuzado con la presión de sus poderosas manos.

―Qué presumido eres. Será cosa del Olimpo, pero los de allí sois un pelín chulos, perdona que te lo diga ―le dije yo con tono chulesco a mi vez.

―Oye, no me provoques. Además, no presume quien quiere, sino quien puede.

Esto ya era el colmo, cuando se ponía así no lo soportaba. Al final, mi relación con el héroe iba a acabar mal. Decidí callarme para no liarla más, pero él volvió a sonreír.

―Para que veas que no miento, te voy a demostrar que sí puedo hacer algo así ―añadió conciliador.

Entonces, se giró y se inclinó sobre dos rocas. Como me daba la espalda no pude ver qué estaba haciendo, tan solo oía ruido como de arañazos. Tras unos pocos minutos, se irguió y apartándose me mostró lo que había hecho.

―Esto es para ti ―me dijo―. No sé muy bien qué significan estas mujeres, pero me he dado cuenta de que te gustan mucho ―añadió señalando mis pendientes y el broche que llevaba en la chaqueta.

Inconscientemente me los toqué y al tacto recordé que tanto el broche como los pendientes eran figuras que simulaban a las meninas; esas representaciones de los personajes de Velázquez que ahora abundan por doquier y que a mí me encantan pues las colecciono tanto en joyas, en figuritas de adorno o, incluso, en abanicos.

Cuando me fijé en la ofrenda que me hacía Hércules abrí los ojos con asombro: eran dos meninas. Flipé en colores y se me saltaron las lágrimas.


         

Mis meninas hechas por Hércules, ¿a que molan?

―¡Qué! Te has quedado alelada, hechicera. Esto no lo haces tú con tus pócimas, ¿a que no?

Aún impresionada fui incapaz de articular palabra. Hércules se acercó a mí, y me pasó uno de sus enormes y musculosos brazos por los hombros, lo que provocó que me hundiera los pies dos centímetros más en la tierra.

―Yo… esto… no sé qué decir. Es alucinante, pero creía que hacer figuritas no te gustaba.

―Por ser tú, he hecho una excepción. Además, te dije que yo puedo crear una formación kárstica ―dijo lo de ‘kárstica’ con retintín― en cuanto me lo proponga. Ahora, eso sí, yo lo llamaría de otra manera.

―¿Cómo?

―Piedras con formas raras.

Una vez más la simplicidad infantil de mi héroe favorito me hizo sonreír. Me hubiera gustado acariciarle la cara, como se hace con un niño cuando dice algo inocente, pero no lo hice porque su rostro estaba fuera de mi alcance ya que era tan alto que ni poniéndome de puntillas hubiera llegado a tocarlo con la punta de los dedos.

―Muchas gracias, Hércules. Es todo un detalle por tu parte ―miré embelesada «mis» rocas.

―De nada. Ya tienes un recuerdo mío, llévatelo y cuando lo mires podrás acordarte de mí.

―Bueno, lo de llevármelo, va a ser complicado.

―¿Por qué?

―Porque pesan un poquito y el tamaño no es precisamente como para guardarlas en cualquier sitio.

Me imaginé, en el hipotético caso de que hubiera podido arrancar esas dos rocas, intentando meterlas en el autocar primero y en mi casa después.

―Pero yo las he hecho para ti ―dijo Hércules con la frustración de un niño al que le niegan algo.

―Lo siento, no todos somos como tú, ni vivimos en tu misma dimensión.

Viendo la expresión abatida en el grandullón, me sentí como una madre cuando le enseña a su hijo que la vida no siempre nos da lo que queremos.

―Pero, mira, voy a hacer una foto, luego la enmarcaré y la tendré bien visible en mi casa para verla a todas horas y así recordarte ―le dije para animarle―. ¿Qué te parece?

―Vaaale. Está bien. ¿Seguro que la verás a menudo? ―me dijo con el ceño fruncido.

―Seguro. Te lo prometo. Y aunque no la viera, siempre me acordaré de ti ―añadí con un nudo en la garganta.

Hércules vio la tristeza en mi cara y entonces fue él quien me animó.

―De todas formas, nos seguiremos viendo, así que no podrás olvidarte de mí.

―Ya me gustaría, pero es que hoy regreso a casa, me voy de aquí ―abrí los brazos intentando abarcar así la amplia zona por la que nos habíamos estado encontrando.

Mi casa se encontraba en Madrid y allí, que yo supiera, Hércules no había estado haciendo ninguno de sus trabajitos, así que la probabilidad de reencontrarnos era nula.

―No des nada por seguro, Kirke. Los dioses son caprichosos y yo he estado por muchos sitios. Si a eso le añadimos que tú eres una viajera curiosa... No descartes que nos volvamos a ver en algún otro lugar. Que Hermes te acompañe en tu viaje para protegerte hasta tu morada y la vida te sea propicia. ¡Hasta la vista, hechicera!

Hércules me guiñó un ojo y caminando entre rocas sumidas en la niebla desapareció.

Deseé que sus últimas palabras fueran ciertas y me dije que quizás en el futuro sí podríamos reencontrarnos; los seres mitológicos son arrogantes y por eso mismo, impredecibles.  

FIN 

(de momento)







22 de septiembre de 2020

Crónicas hercúleas II


 Al día siguiente de visitar el desfiladero de los Gaitanes, nos fuimos al extranjero para caminar por la Reserva Natural del Peñón de Gibraltar. Tras bajarnos en la Línea de la Concepción donde nos dejó el autocar, fuimos andando hasta Gibraltar, y llegamos a nuestro destino sin demasiados inconvenientes, a pesar de que estuvimos a punto de ser atropellados por un avión de su aeropuerto que le dio por aterrizar cuando nosotros estábamos cruzando la pista ―que nadie me tache de descerebrada por caminar por una pista de aterrizaje, es que para acceder a Gibraltar hay que cruzarla―.

Subimos empinadas cuestas entre lavandas, tomillos y matojos varios, y por tanto sin apenas sombra porque en la zona hay cuatro árboles mal contados. La verdad es que yo de la flora me enteré más bien poco ya que estaba demasiado ocupada atendiendo a la fauna, que consiste principalmente en unos monos con mucha mala leche y con un afán desmedido en atacar al turista español.

Esquivando macacos barriobajeros llegamos al Puente de Windsor, un puente colgante suspendido sobre un barranco de más de cincuenta metros. Al final del mismo, y según nos dijo el guía, se podía observar África y una de las columnas de Hércules. En cuanto oí ese nombre me acordé de mi extraño acompañante en el Caminito del Rey y una sonrisa afloró a mi rostro (Crónicas hercúleas I).

Una vez atravesado el inestable y bamboleante puente me dispuse a fotografiar la columna esa.

―Según la mitología, Hércules, al finalizar su décimo trabajo que consistió en robar el ganado del monstruo Gerión ―explicó nuestro guía―, vino a este lugar y levantó dos columnas, una en el continente africano, en el monte Abyla, y la otra donde ahora nos encontramos, en el Peñón.

―Y ¿dónde están las columnas ahora? ―pregunté al no ver ni siquiera unas ruinas.

―Señora ―me contestó muy serio el guía―, las columnas de Hércules son un mito asociado a un personaje irreal como todos los de la mitología ―añadió mirándome como si fuera idiota―. Las columnas nunca existieron.

Avergonzada por mi metedura de pata, me puse a fotografiar el monte del lado africano utilizando a tope el teleobjetivo de la cámara por si podía verse algún resto, aunque fuera mínimo, de una columna y darle en los morros al sabiondo ese.

―No te esfuerces, no las vas a encontrar ―dijo una voz familiar detrás de mí.

Me giré y allí estaba mi gigantón favorito: Hércules.

―¿Pusiste o no pusiste unas columnas? ―le pregunté como si fuera una madre preguntando a su hijo si es verdad que hizo una trastada en el colegio.

―Pues claro que las puse ―me contestó todo digno―. Pero se las llevaron, como eran de oro y mármol… ―añadió encogiéndose de hombros.

―¡Se las llevaron! ¿Quiénes?

―No lo sé, pero yo creo que fueron los monos, son unos ladrones compulsivos.

―Sí, te creo. Yo he estado a punto de quedarme sin mochila cuando uno de ellos se la quiso llevar, y encima casi me da un zarpazo. Menudos energúmenos.

―Están muy cabreados últimamente ―añadió Hércules dándome la razón―. Imagínate, pasar de tener oro a tener un bocata de chorizo que es lo que soléis llevar los que por aquí paseáis.

―Bueno, el chorizo se puede comer, el oro no. Yo creo que la comida es más útil para un mono.

―Para un mono cualquiera, puede. Para uno inglés, no. A los británicos todo lo que huela a dinero los pone frenéticos, y si el dinero o el oro pertenece a otros, mucho más.

―Para ser griego, estás muy al tanto de los usos de otros pueblos ―le dije mirándole con simpatía.

―Bueno, he viajado mucho y he conocido gente de todo pelaje ―respondió inflando el pecho lo que hizo que sus pectorales casi me aplastaran la nariz.

Aunque me gustaba cada vez más hablar con aquel hombre, no quería perderme el paisaje que se desplegaba ante mí: en un lado, el Mediterráneo, al frente la costa africana, y en el otro lado, el océano. Las imágenes eran preciosas, y la bruma del mar que hacía desvanecerse los límites de la costa, añadía cierto halo mágico que se acrecentaba con la voz cavernosa de mi acompañante.

―Disculpa, pero quiero mirar bien esto, si no te importa ―le dije a Hércules.

―Bonito, ¿eh? ―me dijo él con una sonrisa de suficiencia.

―Pues sí, la verdad.

―Esto también lo hice yo.

―Te refieres a lo de las columnas, ¿no?

―Las columnas las puse después. Me refiero a que todo esto ―hizo un gesto con los brazos abarcando el mar y el estrecho― es obra mía.

―¿Te peleaste con alguien aquí? ―le pregunté al recordar cómo se había formado el desfiladero de los Gaitanes según él.

―No, esto lo hice porque sí.

―¿Y qué hiciste exactamente?

―Pegué una patada entre esos dos montes ―señaló el monte Abyla que estaba en África y el Peñón― y entonces el océano pasó hacia allí ―añadió señalando el mar Mediterráneo.

―¿Separaste África y Europa con una simple patada? ―le pregunté atónita.

―¡Bah! Fue un arrebato de los míos ―me respondió como un niño pequeño pillado en falta.

―¡Venga ya! ¿Me estás tomando el pelo?

Me eché a reír y Hércules no se lo tomó muy bien porque frunció el ceño y cruzó los brazos mosqueado por mi burla.

―A mí me enseñaron en el colegio que los dos continentes se separaron por el movimiento de las placas tectónicas ―dije con el tono más docto posible y recordando las clases de geología.

―Las placas… ¿qué?

―Las placas tectónicas ―continué yo en plan repipi― son porciones de litosfera que se encuentran debajo de la corteza terrestre y que al moverse pueden arrastrar con ellas lo que sea que se encuentre por encima, separando, por ejemplo, continentes.

―Ya. Y ¿qué las hace moverse?

No sabía qué responderle porque yo en geología saqué un cinco pelado y no recordaba muy bien el tema.

―El sustrato de más abajo es como líquido ―improvisé sin estar segura de lo que estaba diciendo―, y eso hace que floten en el… magma… y que se muevan ―rematé esperando que nadie de mis acompañantes me hubiera oído y que no hubiera geólogos entre los presentes.

―O sea, que, según tú, hay unas piedras grandes como continentes que pueden flotar, que se mueven y que al hacerlo rompen las montañas o lo que les pille por encima.

―Esto… sí, más o menos.

Esta vez fue Hércules quien se echó a reír. Sus carcajadas fueron tan potentes que el sonido recordó al de un trueno.

―Parece que va a llover ―dijo uno de los excursionistas más próximo a mí y mirando al cielo―. El caso es que no hay nubes. ¡Qué raro!

Finalmente, Hércules dejó de reírse, se enjugó unas lágrimas gordas como huevos de pato, y recuperando la compostura, me miró con compasión.

―¿En serio? ¿Tú te crees eso? Vamos a ver, ahora eres tú la que me está tomando el pelo.

―No sé, eso es lo que dicen los científicos.

―¿Qué son los científicos?

―Pues unos señores que investigan y que adquieren conocimientos a través de la experimentación.

―Ya. Y para decir esa tontería de las placas tectónicas ¿qué experimentos hicieron?

―Pues no sé, es que ese no es mi campo. Yo…

―Mira, Kirke ―me interrumpió―, dedícate a tus hierbas y tus pócimas, y no te fíes de lo que te cuentan esos científicos, me da que son unos cuentistas.

Quise replicarle, porque Hércules me estaba cayendo muy bien, pero que se metiera con mis colegas, por mucho que fueran geólogos, no me pareció de recibo. Sin embargo, un macaco enorme se interpuso en la senda por la que íbamos caminando y enseñó los colmillos mientras gruñía a la vez. Pegué un grito, entonces el británico mono saltó en mi dirección, pero, cuando iba a aterrizar sobre mi cabeza, desapareció de repente. Creí que había sido abducido o algo así, pero no. Lo que ocurrió es que mi amigo Hércules le dio una toba con el dedo corazón y lo mandó al otro lado del estrecho.

Aplaudí entusiasmada y con el alivio de saberme a salvo se me olvidó su invectiva hacia los científicos.

Aún hablamos un poco más hasta que descendimos del todo el Peñón, y el paseo fue muy agradable, no por el paisaje que estábamos recorriendo pues ya en las zonas menos elevadas las vistas desaparecieron y la flora no era nada espectacular, sino porque desde el lanzamiento del mono agresor, sus otros colegas se cuidaron muy mucho de acercarse a nosotros y yo no tuve que temer más ataques simiescos.

Cuando llegamos a la ciudad de Gibraltar, Hércules se despidió de mí.

―Voy a darme un paseíto al otro lado ―dijo mirando a la costa africana.

―Sí, aprovecha, que ahora está la marea baja.

―Es verdad, no me apetece mojarme la tripa que la tengo algo suelta ―añadió con un gesto muy poco glamuroso para venir de un ser mitológico―. Si hay bajamar solo me mojaré los pies.

―Ten cuidado de no pisar ninguna embarcación.

―¿Por qué? ¿Qué problema hay? Los que por aquí pasan son todos contrabandistas. Estamos en Gibraltar, Kirke, ¿lo habías olvidado?

―Pues tienes toda la razón. Entonces cruza chapoteando ―le pedí con una sonrisa pícara.

―Vale ―me respondió sonriendo también con picardía.

Hércules se giró y se dirigió hacia la costa dando brincos como si fuera un niño pequeño a la salida de clase. Yo le dije adiós con la mano, aunque él ya no me vio, al mismo tiempo que me dije «Hoy, la guardia costera va a tener menos trabajo con el narcotráfico marítimo».


15 de septiembre de 2020

Comportamientos extraños



Hago un paréntesis en mis crónicas hercúleas para participar en el reto propuesto por David Rubio de El Tintero de Oro: SUEÑOS DE ROBOT.

Argumento propuesto por Storynator (subrayados los elementos empleados en el micro): Una turista francesa que sigue los preceptos de una religión inventada por ella y un diseñador de interiores con tendencias depresivas, serán elegidos para un experimento sobre el comportamiento humano que ellos desconocen, cuando aparece en escena un técnico de electrodomésticos, en una historia de confusiones que habla sobre la identidad sexual y la separación de los seres queridos.

 COMPORTAMIENTOS EXTRAÑOS

―Buenos días, ¿ustedes están para el experimento? ―preguntó un hombre con una bata blanca a las dos personas de la sala de espera.
―Oui ―contestó una mujer vestida con una túnica estampada y un turbante morado.
―¿Qué?
―Oui.
―Dice que sí ―contestó el otro individuo―. Yo también.
―También, ¿qué?
―También estoy para el experimento ―dijo echándose a llorar.
―Hombre, no se ponga así.
―Mon ami ―intervino la del turbante―, miga en tu integuiog y vegás cómo el seg de luz mogada te invade y te llena de amog.
―Gracias. Muy amable ―dijo el llorón dejando de llorar―. Creo que ya veo la luz.
―¿De qué colog es?
―Azul.
―¡Pas du tout! ¡Esa no es! Debe seg mogada o estagás pegdido.
―¿Entonces no me ha invadido Dios? ―preguntó haciendo pucheros.
―Hala, otra vez a llorar ―intervino el de la bata.
―Doctor, ¿el expeguimento es dologoso?
―No soy médico.
―¿Y pog qué lleva una bata blanca?
―Vengo de trabajar, no pude cambiarme, soy técnico de lavadoras. Yo también participo en el experimento, aunque no sé por qué. No tengo ningún problema como usted, que ni sabe vestirse ni hablar, o como el llorica este, que ya se ve que no es normal. Pero ¿yo? Ojalá esto acabe pronto, he quedado con mi amorcito ―miró su reloj―, la he dejado con un programa intensivo para que no termine antes de mi llegada; ahora estará con el suavizante, espero pillarla en pleno centrifugado. ¡Cómo nos lo vamos a pasar! ―añadió lascivamente.
NOTA: He intentado seguir las pautas del reto pero el Storynator es muy puñetero y con los elementos que me ha dado me he liado de mala manera y al final no sé muy bien si he cumplido con las reglas o me he ido por los cerros de Úbeda. Lo mismo yo también debería participar en el experimento ese.

9 de septiembre de 2020

Crónicas hercúleas I


 Para estar en diciembre la mañana se presentó espléndida. Un cálido sol nos acompañó desde el inicio del día y sus diáfanos rayos avisaron que el paseo que nos disponíamos a realizar se haría con una buena temperatura. Mejor. Caminar con mucha ropa contra el frío es molesto y tener que llevar guantes imposibilita hacer las fotos con el móvil para luego fardar en Instagram, y la caminata de ese día era digna de mostrar en las redes sociales.

El autocar nos dejó a los pies del embalse del río Guadalhorce, desde allí anduvimos hasta el centro de visitantes donde se nos dieron unos cascos para protegernos la cabeza y unos auriculares para escuchar al guía que nos llevaría por El Caminito del Rey.

El Caminito del Rey es una senda construida por una sociedad hidroeléctrica que tenía dos saltos de agua en sendos lados del desfiladero de los Gaitanes y necesitaba un acceso entre ambos para facilitar el paso de los operarios, así como del transporte de material para el mantenimiento de las infraestructuras. Del nombre, lo ‘del rey’ se debe a que Alfonso XIII asistió a la inauguración, y lo de ‘caminito’ es porque se dio un garbeo de no más de cincuenta pasos y se largó enseguida tras recibir las reverencias acostumbradas en estos casos.

Con mi casco, mi móvil en ristre y los auriculares prestos para escuchar las explicaciones, me dispuse a disfrutar de unas vistas espectaculares.

― El desfiladero de los Gaitanes está situado en la parte occidental de la Cordillera Bética ―dijo el guía mientras nos señalaba con el dedo las llamativas formaciones rocosas―. El cañón cuenta con paredes de más de 300 metros de altura y con anchuras de menos de 10 metros. Está excavado básicamente en calizas y dolomías del Jurásico, existen también afloramientos rocosos del Mioceno. Poco a poco, con el transcurrir de los milenios el río Guadalhorce ha ido profundizando en la roca, taladrando los diferentes estratos para, finalmente, crear el desfiladero.

―¡Qué tontería! ―dijo alguien detrás de mí.

Dado que el paisaje era extraordinario y las explicaciones del guía muy interesantes, no me giré para ver quién opinaba así. Supuse que sería el listillo escéptico que siempre hay en todo grupo de turistas: ese que todo lo sabe y que siempre quiere corregir a los demás.

―De entre las diversas unidades presentes ―continuó nuestro cicerone― se encuentran formaciones de conglomerados y calcarenitas, sedimentos miocenos con bellas estructuras sedimentarias, algunos restos fósiles de ballenas y también unos promontorios redondeados de arenisca en los que la erosión ha excavado una cueva o abrigo. Esto que van a contemplar a lo largo del camino es, señoras y señores, el resultado de la erosión del agua.

―¡Ya! ¡El agua! ¡Ja! Menuzo zoquete, el tío este ―volví a oír detrás.

Parecía que el “listillo” quería guerra y que me iba a dar el viaje, porque, aunque yo lo oí con bastante claridad, no lo decía suficientemente alto como para que lo oyeran los demás ya que nadie hizo amago de haberlo escuchado. Decidí pasar de él: si lo ignoraba era posible que se diera por vencido y se callara, aún quedaban cuatro kilómetros por delante y quería tener la fiesta en paz.

―¿Desde cuándo el agua tiene tanta fuerza y poder? ¡Anda ya! ¡Cómo se puede mentir de manera tan descarada! ―volvió a insistir la voz.

Esta vez lo dijo más alto, pero nadie de mi alrededor dio muestras de oírle.

Intrigada, y siendo consciente de que me podría arrepentir, decidí girarme y averiguar quién era el que refunfuñaba.

Me topé con un hombre muy alto, me sacaba casi dos cabezas ―yo no soy muy espigada, pero tampoco soy bajita, así que el tío era un grandullón―. Su estatura, con ser mucha, no fue lo que más me sorprendió. Lo más llamativo fue que iba muy ligero de ropa. La mañana era soleada y cálida, pero estábamos en pleno mes de diciembre y la temperatura no debía de superar los diecisiete grados. Aun así, el tipo iba con una especie de camiseta de redecilla, sin mangas y unos pantalones ceñidos que dejaban muy poco trabajo a la imaginación porque los relieves eran más que sugerentes sobre lo que había debajo; además, calzaba unas sandalias muy poco apropiadas para andar por la zona. Para rematar, era moreno de piel y lucía una larga melena castaña que le llegaba hasta los hombros.

«¡Qué tío más raro!» me dije, «¡Y qué bueno está!». Sonreí. Quizás no era mala idea ir acompañada todo el caminito con semejante pibón, aunque fuera un tiquismiquis con las explicaciones del guía.

―Estoooo… ¿tú no deberías llevar también casco? ―le dije por entablar conversación e iniciar el acercamiento.

―¿Quién? ¿Yo? ―me contestó enarcando una ceja― ¿Para qué?

―Dicen que pueden desprenderse piedras de las paredes.

―¿Y?

―Pues que, si te dan en la cabeza, puedes tener un problema.

―Unas vulgares rocas no suponen ningún peligro para mí ―me dijo con aire displicente―. ¡Soy un héroe!

El tío además de guapo estaba muy pagado de sí mismo. En fin, nadie es perfecto.

―Antes me ha parecido oír que no estabas de acuerdo con las explicaciones. ¿A qué te referías?

―El individuo ese ―señaló con el mentón al guía que en esos momentos estaba hablando sobre algo de unas vías de tren― no tiene ni idea de cómo se formó todo esto. Dice que fue el agua. Hay que ser estúpido ―añadió riéndose.

―¡Ah! ¿No? Pues el chaval parece que está enterado. ¿Cuál es tu explicación? ―pregunté por seguir dándole palique.

Estaba dispuesta a escuchar teorías sobre extraterrestres, civilizaciones procedentes de otros planetas que construían y diseñaban nuestra orografía. Me imaginé que me contaría algún cuento típico de paranoicos sin otra cosa que hacer que buscar explicaciones raras en donde no las hay, pero lo que me contestó me dejó patidifusa.

―El desfiladero lo hice yo.

Enarqué las cejas y no supe qué contestar. El hombretón era guapo, algo engreído y… estaba como una cabra. Empecé a preocuparme porque los locos tienen cierto riesgo cuando se ponen violentos y les da por agredir. En este caso, dada la envergadura del que yo creía loco, con darme una colleja me ponía en la estratosfera, por no decir que con un simple empujoncito por su parte yo me iba desfiladero abajo sin posibilidad alguna de contarlo ya que la caída era de unos doscientos metros en esos momentos.

Como me quedé callada, él prosiguió.

―Se me fue la mano. Reconozco que no tuve buena puntería y fallé el golpe, le di un puñetazo a la montaña y se abrió de parte a parte ―dijo bajando la voz y con mirada traviesa―, pero la condenada hidra[1] se movía mucho ―añadió a modo de disculpa.

―Se te fue la mano con el golpe por culpa de la hidra. Ya, ahora lo entiendo ―dije yo con los ojos entornados―. Oye, chaval, ¿tú, de dónde vienes? ―añadí pensando que se había escapado de algún psiquiátrico o de algún centro de desintoxicación.

―De Tebas.

―¿Tebas? ¿La localidad griega?

―Esa misma. La ciudad más grande del orbe.

Estuve en Tebas muchos años atrás cuando visité Grecia y, la verdad, no me pareció gran cosa, pero no le quise quitar la ilusión a mi interlocutor porque a cada uno nuestro pueblo nos parece lo mejor del mundo. El tipo, de todas maneras, debió de ver el escepticismo en mi rostro porque añadió:

―En parte fui yo quien le dio esplendor a la ciudad con mi nacimiento. Hay otros que se quieren atribuir el mérito, como el esperpento ese de la esfinge[2] o el psicópata de Edipo[3].

Como yo seguía sin reaccionar ante tanta vanidad (siempre me cayeron mal los engreídos, por muy guapos que sean), él empezó a impacientarse.

―¡Mi nombre es Heracles! ―dijo en tono solemne e inflando el pecho.

Seguí callada pensando que, a algunos padres, cuando elegían el nombre de sus retoños, se les iba la olla y luego dejaba secuelas en los niños para toda la vida.

―Holaaaa ―dijo acercándose a mí y moviendo su enorme manaza delante de mis narices al ver que yo no respondía―. ¿No sabes quién soy? ¿De verdad? Eres más tonta que el tipo ese del micrófono.

―Oye, sin insultar, ¿vale?

―¡Ah! ¡Ya sé lo que te pasa! Seguro que me conoces por mi otro nombre, Hércules. Ahora sí, ¿verdad?

―¿Y qué… Hércules? ¿Estás haciendo turismo? ―dije cambiando de tema y para evitar la discusión sobre si le conocía o no, que era que no porque a ese tío no le había visto yo en mi vida.

―No ―respondió más calmado―. Es que, de vez en cuando, me gusta regresar a los sitios donde trabajé. De los doce curros[4] que he tenido, el que hice por aquí fue uno de los mejores, por el clima, más que nada. Aquí se está mucho mejor que en el inframundo cuando fui allí para llevarme un chucho[5]. Prefiero esto, incluso a Creta, demasiado árida la isla para mi gusto cuando acudía a domar un toro[6].

―Ya, ya… ―añadí yo separándome un poco del gachó que daba muestras de estar en todo lo alto con lo que fuera que se había fumado.

―Aquí solo tuve que robar unas vacas a un monstruo[7] con malas pulgas, pero un poco tonto. No me costó demasiado ―dijo envarado y con una sonrisa de suficiencia.

―¿Y lo de la hidra? ―pregunté por seguirle la corriente y también por curiosidad.

―Eso fue un problemilla que me surgió cuando iba de camino. Esas bichas me tienen mucha manía desde que me cargué a una de ellas en un lago[8], pero yo solo cumplía órdenes ―añadió encogiéndose de hombros―. La que me encontré aquí no quería dejarme pasar, así que tuve que pelearme con ella.

Aunque intenté aparentar normalidad, por eso de que a los locos es mejor no contradecirles, estaba muy nerviosa porque con tanta cháchara los dos nos habíamos quedado rezagados del grupo. Me encontraba en una pasarela suspendida a cientos de metros en medio de una pared rocosa con un tarado que se creía un héroe mitológico. La cosa no pintaba bien y mi nerviosismo lo notó mi acompañante lo que hizo que él también se pusiera nervioso.

―Por cierto, aún no me has dicho tu nombre. Me gusta saber con quien hablo porque a veces intentan engañarme ―me dijo suspicaz―. Algunos tienen la costumbre de adoptar otras formas para hacerse pasar por quienes no son. Mi padre[9] dejó preñada a mi madre así ―añadió frunciendo el ceño―. ¿Cómo te llamas?

―Kirke ―contesté utilizando mi alias bloguero por no darle demasiadas pistas a quien bien pudiera ser un desequilibrado mental.

―¿En serio eres tú, Kirke? No te había reconocido, debe de ser por ese casco que llevas. ¡Qué alegría volver a verte! ―exclamó el tío abriendo los brazos y rodeándome con ellos donde literalmente desaparecí.

Tuve miedo de que me asfixiara, pero el caso es que no se estaba nada mal. El pecho del fanfarrón era acogedor.

―Perdona, ¿nos conocemos? ―le dije una vez deshecho el abrazo.

―Tú, como siempre, tan bromista. Que sepas que me pareció fatal lo que te hizo tu padre[10], eso de mandarte a una isla a tomar por saco solo por desobedecer... ¡Qué cabrones son los dioses! ¿Verdad?

¡Madre mía! Por no dar mi nombre real la había terminado de liar, ahora el tipo creía que yo era Circe de verdad, la hija de Helios. Ese tío estaba flipando. Y yo más.

―Oye, y ¿tú qué haces por aquí? ―me dijo con el semblante más relajado―. ¿Andas buscando algún pardillo para convertirlo en cerdo[11]? ―rio su propia gracia.

―Estooo… Bueno… Yo…

No sabía qué contestar. Tanto tiempo utilizando el nombre de una medio diosa hechicera en el blog no me había dado la capacidad de ponerme en su piel para seguirle la corriente a aquel chiflado. Una cosa es utilizar un alias y otra es creérselo, además, a mí se me da fatal actuar, siempre hacía el ridículo en las obras de teatro del colegio.

―Venga, confiesa. ¿Le has echado el ojo a alguno de los que están por aquí para llevártelo a tu isla? ―me dijo guiñándome un ojo a la vez que me daba un codazo cómplice que a punto estuvo de echarme de la pasarela.

―Bueno, no exactamente ―dije con una risa nerviosa y agarrándome a la barandilla con las dos manos.

―¿O sigues pensando en tu Ulises[12]?

La verdad es que sí estaba pensando en “mi” Ulises, o sea mi marido: a lo mejor se había dado cuenta de que faltaba y volvía a buscarme. Pero por la senda no apareció nadie. Los héroes nunca están cuando se les necesita (y los maridos, menos).

―De todas maneras, si buscas otro héroe, aquí estoy yo ―me dijo como si me hubiera leído el pensamiento y señalándose ufano. El tal Hércules estaba encantado de conocerse.

En otras condiciones aquel ofrecimiento me hubiera halagado, pero a tantos metros alejada de tierra firme y con un precipicio a mis pies, el vértigo me impedía valorar lo que aquello implicaba. Yo solo quería salir de allí.

―Oye, ¿te puedo pedir un favor?

―Claro que sí, Kirke. Estoy a tu disposición.

―¿Podemos ir un poco más rápido para alcanzar al grupo que ya va muy por delante?

―Vale. ¿Por dónde quieres llegar?

―¿Por dónde? Por aquí, por la pasarela ―señalé el inestable entarimado en el que estábamos.

―Lo digo porque, si quieres, puedo pegarle un puñetazo a esta pared, tiro las rocas de aquella curva, le doy un sopapo a la cresta de allí y vamos más rectos.

―No, gracias por el interés, pero con andar más rápido es suficiente ―le contesté con los ojos desorbitados e intentando mostrarme serena.

Afortunadamente, Hércules me hizo caso y realizamos el camino a paso más ligero sin ocasionar ningún derrumbe. Me estuvo contando cosas de su infancia, como que mató un león cuando era un niño y que anduvo con la cabeza del bicho puesta a modo de sombrero durante muchos años.

―Al final me la tuve que quitar porque daba bastante calor y olía muy mal. Además, se acercaban muchas moscas.

Me enteré de más cosas sobre su vida que era bastante agitada. Me aturdí mucho cuando me habló de su familia porque era muy promiscua y algunos eran hijos y nietos entre sí y a la vez. Un lío.

A pesar de la charla, no me olvidé de las fotos, de hecho, nos hicimos un selfie, pero no sé qué paso con esa instantánea porque solo salí yo. Caminando y charlando llegamos al puente que cruzaba el desfiladero y al final del mismo divisamos al grupo.


Selfie en el que Hércules no sale (no sé por qué)


―Bueno, ya hemos alcanzado a tus compañeros. Ha sido un placer charlar contigo, Kirke. Yo voy a dar la vuelta, me ha parecido ver una culebra en el fondo del río ―me guiñó un ojo―. Ya nos veremos en otra ocasión.

―¿Es una promesa o una amenaza? ―me eché a reír y le di un abrazo, o lo intenté, porque mis brazos no consiguieron abarcarlo por completo de tan corpulento como era.

Antes de que mis acompañantes se percataran de mi llegada, Hércules se dio la vuelta y desapareció tras un recodo del camino. Aunque ya no le podía ver le grité:

―¡Ten cuidado con lo que haces! ¡No rompas nada!



 



[1] Según la mitología griega, la hidra es una serpiente gigantesca con tres cabezas.

[2] Ser mitológico con cabeza y medio cuerpo de mujer, alas y medio cuerpo de león.

[3] Rey mítico de Tebas que, sin saberlo, mató a su padre y se casó con su madre.

[4] Hércules mató a parte de su familia y fue condenado a realizar doce trabajos.

[5] El trabajo número doce consistió en raptar al perro Cancerbero del inframundo.

[6] El séptimo trabajo de Hércules consistió en capturar un toro que causaba estragos en Creta.

[7] El décimo trabajo de Hércules consistió en robar el ganado de Gerión, un monstruo que habitaba en lo que hoy es Cádiz.

[8] El segundo trabajo de Hércules consistió en matar la hidra del lago de Lerna.

[9] Zeus yació con la madre de Hércules adoptando la forma de su esposo.

[10] El padre de la hechicera Circe (Kirke), Helios, la desterró a vivir en la isla Eea.

[11] En la Odisea, Circe convierte en cerdos a los tripulantes que iban con Ulises.

[12] Ulises y Circe fueron amantes cuando el griego estuvo en la isla Eea.

NOTA PARA LOS PURISTAS: Según la mitología griega hubo solo una hidra y estaba en Lerna. A esta hidra se la cargó Hércules en su segundo trabajito ordenado por el Olimpo. Cuando el héroe recaló por Andalucía para hacer el décimo encargo, la hidra ya no existía, pero según el guía que nos explicó el origen mitológico del desfiladero de los Gaitanes, una se peleó con Hércules y este, al dar un mamporro, originó una brecha en la montaña. No sé si era una hermana de la de Lerna, o qué, pero eso es lo que me contaron. Las reclamaciones al encargado de documentación mitológica del Caminito del Rey.

 

Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores