Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

15 de marzo de 2019

"La conjura de las reinas" - Valerio Massimo Manfredi



“Hace mucho tiempo, en estas tierras mandaban las reinas y en el cielo reinaba una gran diosa, madre de todos los seres vivos. Su estirpe sigue viva. Mientras los hombres se destruyen en la guerra, las reinas preparan la vuelta al orden antiguo, cuando el lobo pastaba con el cordero, cuando no existía el invierno, sino la eterna primavera.”

Muchas veces al terminar un libro me quedo con la sensación de querer saber más sobre sus personajes. Me gustaría conocer cómo siguen sus vidas más allá del desenlace que la historia de ese libro nos cuenta.

En la Ilíada, Homero nos relata el asedio a Ilión y la guerra ente aqueos y troyanos tras el rapto por estos últimos de Helena, la esposa de Menelao, rey de Esparta. Después de batallas y combates a duelo entre los héroes de las dos facciones y muchas muertes por parte de los dos bandos, tiene que ser el ingenio de Ulises quien dé fin a una larga guerra y provoque la caída de Troya.

Tras la victoria y el rescate de la voluble Helena, los aqueos se disponen a volver a sus respectivos hogares, pero ¿qué pasó después? Manfredi, basándose en algunos escritos, fabula sobre el regreso de los héroes de la guerra de Troya, cuando vuelven victoriosos a sus patrias.

Esta es la historia que siguió a la caída de Troya, esta es la historia que nos cuenta cómo una guerra tan larga y extenuante se combatió por nada.

A lo largo de las páginas de esta novela sabremos los derroteros de los protagonistas de la Ilíada, sobre todo los del bando vencedor: Néstor, rey de Pilos; Idomeneo, rey de Creta; Agamenón, rey de Micenas; Diomedes, rey de Argos; Ulises, rey de Ítaca o Menelao, rey de Esparta y esposo de Helena, la reina que lo inició todo.

Pero han pasado diez años desde que la coalición aquea se marchó de su patria para asediar Troya, y en ese lapso de tiempo han pasado muchas cosas. Pretender regresar después de tanto tiempo como si no hubiera pasado nada sería infantil e inocente.

Mientras que los hombres ganan batallas, riegan los campos con su sangre y ascienden al Olimpo de los héroes por su arrojo y valentía en la guerra, las mujeres permanecen en el hogar sacando adelante a la familia, añorando a los que se han ido y sufriendo la incertidumbre del destino de sus amados.

“Los dolores de la guerra pesan mucho más sobre las mujeres que sobre los hombres.”

Durante esos diez años las reinas, las mujeres de los héroes victoriosos, han tenido que bregar con diferentes problemas ante la ausencia de sus esposos. Durante esos diez años las reinas han gobernado los territorios que  antes de la guerra regían sus consortes. Durante esos diez años las reinas se han desenvuelto bastante bien y han comprobado que no necesitan ningún rey para defender su casa.

Aunque se nos habla de varios personajes, la historia se centra especialmente en Diomedes, rey de Argos. El sagaz Ulises, antes de partir de Troya, le avisa de que no se fíe de nadie al regresar, ni siquiera de su reina. Gracias a este aviso Diomedes salva la vida pues Egialea, su esposa, quiere asesinarlo. Es entonces cuando el rey de Argos decide huir y comenzar de nuevo en otro lugar.

Agamenón corre peor suerte pues su esposa Clitemnestra consigue su propósito y lo asesina con la ayuda de su amante Egisto (perdón por el spoiler, pero creo que esto ya pertenece al conocimiento general). El príncipe heredero Orestes intentará arrebatarle el trono a su madre, para ello pide la ayuda a los otros reyes, también amenazados, también en la cuerda floja debido a la conjura.

En Ítaca, Penélope, la mujer de Ulises, se siente asediada por los numerosos pretendientes que quieren casarse con ella para gobernar la isla. Ella quiere que Ulises vuelva, no para asesinarlo, como el resto de las conjuradas, sino para volver a estar con él porque es la única que añora al esposo ausente. Pero Ulises anda perdido en el mar y no regresa.

Mientras unos reinos caen y otros se mantienen en frágil equilibrio, Diomedes busca un nuevo asentamiento para fundar un nuevo hogar. Llega a Hesperia (el nombre que dan los griegos a Italia), cree que ahí puede comenzar de nuevo, pero el destino es cruel y se reencuentra con el pasado, pues hasta esas tierras también ha llegado huyendo de su patria destruida otro héroe de la guerra pero del bando enemigo. Eneas, príncipe troyano, está allí con la misma intención que Diomedes. Lo que parecía un mundo nuevo se revela igual al antiguo.

“El mundo es igual en todas partes, los hombres que lo habitan son quienes lo hacen diferente.”

Además de las conjuras, además de la incertidumbre e inestabilidad de los reinos aqueos, una nueva amenaza surge del norte: hombres montados a caballo y con espadas de un material mucho más fuerte que el bronce, asolan todo a su paso. Puede que las contiendas acaben, pero “La Guerra” no, esa nunca termina.

Me ha resultado interesante, y entrañable, que en toda la lectura se respire la derrota de quien sale victorioso de la guerra. Esa paradoja resulta sumamente llamativa. La reflexión sobre las consecuencias de una conflagración absurda (como lo son todas las guerras) es lo más valioso de la novela.

A través de las aventuras de Diomedes en tierras itálicas se muestra cómo cada uno arrastra las consecuencias de sus actos y cómo el remordimiento del pasado pesa en el presente. La transformación del ex rey de Argos es notoria, el antaño héroe aclamado por sus tropas se convierte en un fugitivo que no encuentra refugio. Ya no desea recuperar su lujoso palacio, tan solo busca una humilde cabaña donde reposar su cansado cuerpo después de tantas batallas.

“La continua intimidad con la muerte le hacía apreciar enormemente incluso los aspectos más humildes y pobres de la vida.”

Pero esta es una tragedia griega, y como tal el destino de los héroes no es la ancianidad ni el reposo. El destino de estos guerreros es la lucha contra el enemigo, a veces de un territorio vecino, a veces de un territorio lejano. Y siempre contra el peor enemigo de todos, el que se encuentra en el interior de cada uno.

 Esta es la historia después de la Ilíada, la que se da cuando la guerra acaba, cuando todo ha cambiado y nada volverá a ser igual. Esta es la historia del final de una era.




9 de marzo de 2019

"Tumbaollas y hambrientos" - Juan Eslava Galán



El libro que traigo hoy es un compendio de las prácticas culinarias españolas a lo largo de la Historia, desde los caníbales cavernícolas y carroñeros que habitaron nuestro solar patrio hasta la restaurantes más chic de la actualidad.

En esta lectura he descubierto a un Juan Eslava Galán desconocido por mí. No había leído nada de su faceta divulgadora y menos en el campo de la alimentación. Y la experiencia ha sido francamente buena.

En Tumbaollas y hambrientos, Eslava Galán nos hace un completo repaso de la manera de alimentarse en España como una seña de identidad propia a lo largo de los tiempos. La gastronomía siempre ha sido, y será, una manera de manifestar la forma de pensar de un pueblo. Los alimentos que se comen y la forma de prepararlos dice mucho de quienes los consumen.

El libro comienza con dos personajes del Paleolítico cazando en un paraje de la Península Ibérica. Se llaman Omní y Voro, un juego de palabras donde los dos nombres juntos forman: omnívoro; esto me encantó pues soy una ferviente defensora de la alimentación equilibrada a base de todo tipo de alimentos, tanto de origen vegetal como animal. Estos dos individuos son Homo sapiens y ya saben domesticar el fuego, un elemento primordial en la evolución del hombre pues cambió radicalmente la forma de alimentarse y, por tanto, de desarrollarse físicamente.

Mientras brasean el conejo que han capturado, la conversación que se traen entre ellos no tiene desperdicio siendo toda una declaración de intenciones pues avisa de lo que uno se va a encontrar en el resto de la lectura.

Recordando a sus, para ellos antiguos y retrógrados, antepasados de Atapuerca llegan a decir:

—Nosotros hemos aprendido a cocinar, que es pasar de lo crudo a lo cocido, ya no comemos las cosas podridas, ni las otras guarradas como nuestros antepasados, que se lo comían todo. Éramos homínidos y homínidas y ahora somos hombres y mujeres. Esto es cultura.

Los dos cazadores primitivos también saben reflexionar mientras degustan su conejo asado:

—¿Sabes, Voro? —dijo Omní— Aseguran que la pata del conejo trae suerte.
—¡Gilipolleces! —gruñó Voro.
En el nacimiento de la religión, que coincide con el de la cocina, también había ateos.

Este sentido del humor será una constante en todo el libro.

De una manera muy entretenida y didáctica, Eslava Galán nos cuenta cómo aparecieron determinados alimentos básicos en nuestra alimentación patria. El garum de procedencia romana, el gazpacho, la polenta, son algunos de los platos que se describen aludiendo a sus distintos orígenes. Especial hincapié se hace en la olla podrida, la base de todos los potajes/cocidos, esos platos tradicionales con diferentes variantes que se pueden degustar a lo largo y ancho de nuestra piel de toro.

También se nos cuenta quién y en qué época introdujo los animales o las plantas que se convertirían en la base de nuestra alimentación. El olivo traído por los mercaderes griegos, el vino y el cerdo introducidos por los fenicios, el garbanzo por los cartagineses o el lúpulo por los visigodos (gracias a estos últimos empezamos a consumir una cerveza decente).

El origen de algunas expresiones de nuestra lengua se basa en prácticas relacionadas con la alimentación. Así Juan Eslava Galán nos explica qué quería decir en sus inicios el “derecho de pernada” (el derecho del señor a quedarse con una pata (pierna) de cada animal sacrificado por el siervo), de dónde viene “poner la mesa” (en los banquetes de la Edad Media, las mesas consistían en tablas montadas encima de caballetes que se ponían antes de la comida y se quitaban una vez finalizada la misma), o a qué se debe el término “tonelada” (la cantidad de toneles de agua que podía albergar la bodega de un galeón y que daba idea de la capacidad y envergadura de la nave).

Toda la disertación sobre los diferentes usos y maneras de alimentación se salpimentan, como si de una especia sabrosa y preciada se tratara, con anécdotas curiosas como la de un panadero de Jaén al que llamaban ‘Poya gorda’ pero no por las dimensiones de sus atributos masculinos sino porque la porción de masa que se quedaba por sus servicios, denominada 'poya', era desmesurada.

En el devenir y evolución de nuestra forma de comer influyó, y mucho, la religión. Los diferentes pueblos que fueron asentándose en la península implementaron sus costumbres y sus tabúes.

“Cuando la comunidad que profesa una religión siente amenazada su identidad cultural, tiende a cerrarse en su concha y radicaliza sus tabúes alimenticios.”

A este respecto, y demostrando cómo la forma de alimentarse es una seña de identidad, la prohibición de comer cerdo para los judíos y musulmanes fue utilizada para delatarlos cuando se empezó a perseguirlos. Los cristianos demostraban su “buena fe” alardeando de consumir este producto vetado por las religiones enemigas y de ahí nacieron, y se mantienen, las fiestas populares de la matanza del cerdo, donde se reúne toda la familia y al aire libre para que todos los vecinos puedan verla.

Siguiendo con las limitaciones impuestas por la religión a la hora de comer determinados alimentos, se demuestra que quien hizo la ley, hizo la trampa, así se nos cuenta cómo en un monasterio portugués, durante la Cuaresma, los monjes tiraban cerdos y carneros al río para después ‘pescarlos’ y así eludir el ayuno que prohibía consumir carne en esa época del año.

En esta crónica sobre la alimentación hay una buena dosis de crítica social. Se compara la forma de comer entre ricos y pobres, en qué consistía el menú diario de las diferentes clases pues no comían lo mismo los aristócratas que los campesinos, o los clérigos que los soldados. También se constata que la falta de alimentos y las hambrunas han sido el principal motor de los más importantes levantamientos sociales.

Pero a falta de pan, buenas son tortas, y el pueblo llano se defendía del hambre con ingenio y con humor. Por ejemplo, los madrileños llegaron a ennoblecer alimentos muy pobres y humildes con nombres rimbombantes y desorientadores: las tripas fritas en sebo eran “gallinejas”; las patatas asadas, “chuletas de la huerta”; los pimientos fritos, “perdices de huerta” y al guiso de lengua y sesos de vaca se le llamó, en una fantástica demostración de ironía y recochineo, “idiomas y talentos”.

También sabremos leyendo este libro cómo algunos momentos claves de la Historia estuvieron movidos por cuestiones relacionadas con la alimentación. El descubrimiento de América fue el resultado de una maniobra para buscar una ruta alternativa a la de las especias controlada por Portugal, cuando se dio el bloqueo otomano que impedía el paso por tierras musulmanas a las caravanas cristianas que comerciaban con estos condimentos (la pimienta se llegó a utilizar como moneda de cambio siendo más valiosa que el propio oro). O cómo la Reconquista fue motivada para ganar pastos estacionales a la oveja cristiana y cambiar el alforfón (un falso cereal muy basto propio de tierras de mala calidad situadas en lugares altos) por trigo candeal.

La conquista de América y la introducción de nuevos alimentos también son mencionadas y entre estos nuevos productos se hace una loa y alabanza del chocolate, algo con lo que estoy plenamente de acuerdo pues el árbol del cacao no en vano fue llamado Theobroma, alimento de los dioses.

“El chocolate iba adquiriendo fama de ser bebida propia de personas de mucho desgaste mental, una bebida metafísica, para la gente contemplativa.”

Son muchos los temas que aparecen en este tratado de la alimentación hispana, y se narra con arte, con gracia y con cierto humor socarrón. Una delicia de lectura a la par que ilustrativa.

En resumen, un homenaje merecido a la gastronomía y a la cocina como un arte que nos conecta con Dios.

“El cocinado conduce directamente a Dios, cocinar es modificar la naturaleza, mezclar alquímicamente los elementos de la Creación, completar la obra divina, es una de las escalas para ascender a la beatitud.”

Amén.



3 de marzo de 2019

Elizabeth Garrettt Anderson: la médica testaruda.

EDICIÓN ESPECIAL DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER


“Sobre todo, no le temas a los momentos difíciles, pues de ellos salen las mejores cosas.”
Rita Levi-Montalcini (Premio Nobel de Medicina)

Aprovechando que se acerca el Día Internacional de la Mujer, y a pesar de que no me gusta demasiado esta efemérides por lo que implica, voy a hacer un 2x1: traigo un nuevo protagonista para “Demencia, la madre de la Ciencia” y de paso rindo homenaje a todas las mujeres que se encontraron con dificultades para desarrollar su carrera por su condición femenina. Y lo voy a hacer con un personaje que tuvo que luchar contra viento y marea no solo para ejercer su profesión, sino incluso para prepararse académicamente.

Elizabeth Garrett Anderson nace el nueve de junio de 1836 en Whitechapel (Londres). Su padre era un hombre de negocios emprendedor descendiente de herreros, y aunque él mismo no tenía estudios era partidario de que todos sus hijos, independientemente de su sexo, tuvieran una buena preparación intelectual.

Mientras sus hermanos se dedicaron a diferentes tipos de actividades —donde sus hermanas se decantaban por la maternidad y el cuidado de la familia—, Elizabeth elige ser médica, algo inaudito pues hasta el momento no había ninguna mujer con esa profesión en su país, ya que en la conservadora y encorsetada sociedad victoriana la labor de médico se consideraba inadecuada para una mujer: el espíritu femenino era demasiado sensible para enfrentarse a una disección y su inteligencia insuficiente para comprender las complejas materias médicas. Además, ¿qué paciente en su sano juicio iba a tomar en serio a una mujer como médico?

Esta forma de pensar era lo que impedía el acceso de las mujeres a las facultades de medicina.

Con este panorama Elizabeth hubo de conformarse, de momento, con convertirse en enfermera del Middlesex Teaching Hospital cuando tiene veinticuatro años. Pero su estancia en ese hospital la aprovecha para formarse, de manera autodidacta, como doctora. Observa con atención a los médicos que trabajan con ella y contrata a profesores particulares que le imparten clases de anatomía y de química.

Asiste como oyente a las clases de la facultad. Cuando consigue un certificado de honor en todos sus exámenes —exámenes que oficialmente a ella no le sirven de mucho pues está allí de ‘prestado’— el profesorado le sugiere que mantenga en secreto sus éxitos.

Un día acude a estas clases un médico invitado, éste hace una pregunta a los alumnos y Elizabeth es la única capaz de contestarla. Esta es la gota que colma el vaso de la paciencia de sus compañeros varones que exigen la expulsión de tan incómoda estudiante. Le impiden acceder a clase y más tarde la acaban despidiendo del hospital donde ejercía como enfermera.

Pero Elizabeth no se amilana y busca otras alternativas.

Por aquel entonces la Society of Apothecaries (Sociedad de Boticarios) no contempla en sus reglamentos ninguna prohibición para que las mujeres ingresen en ella. Garrett solicita incorporarse y se presenta a los exámenes tras cinco años de cursar un exhaustivo programa con diversas asignaturas. Recibe un diploma y su nombre se consigna en el Registro Médico.

Tras esta demostración por parte de Elizabeth, la Sociedad de Boticarios tomó buena nota. Ante el temor de que más mujeres quisieran seguir el ejemplo de Garrett se revisaron los reglamentos  y se cambiaron prohibiendo el ingreso de las peligrosas damiselas en el único cuerpo médico examinador que, hasta entonces, no le ponía trabas a las mujeres.

Aunque Elizabeth ha conseguido su diploma aún no tiene un título universitario. Las universidades de Oxford, Cambridge, St. Andrews, Londres y Edimburgo le deniegan el acceso. Así que, una vez más, esta mujer inasequible al desánimo busca otra alternativa. Aprende francés y se va a la Universidad de París, allí le permiten estudiar medicina y se convierte, con treinta y cuatro años, en la primera mujer británica que consigue el título de médico tras presentar una tesis sobre la migraña.

Pero en Gran Bretaña se niegan a reconocer el título francés de Elizabeth y siguen sin aceptar que esta mujer sea médica.

Por aquella época se casa con James George Skelton Anderson, un hombre que, al igual que hizo el padre de Elizabeth antes, la apoya y colabora en su desarrollo profesional. Una vez más aparece la figura masculina que se desmarca del sentir general y, en un alarde de valentía y de sentido común, no se pliega a lo establecido contribuyendo a la igualdad de oportunidades para hombres y mujeres.

Cuenta también con el apoyo de Emily Davies —una sufragista defensora a ultranza del derecho de las mujeres a ingresar en la Universidad— e inicia una exitosa carrera como cirujana en el hospital femenino New Hospital for Women, en cuya fundación ella misma colabora.

Esta colaboración entre mujeres que sufren la discriminación en el terreno laboral por su condición femenina es algo común en aquellos años convulsos de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Las sufragistas con su enconada lucha para conseguir el derecho a votar, revuelven conciencias y crean un sentimiento de solidaridad.

Fruto de esta colaboración entre mujeres fue la relación, no demasiado armoniosa todo hay que decirlo, que se dio entre Elizabeth Garrett Anderson y Sophia Jex-Blake.

Aquí voy a hacer un paréntesis en la biografría de nuestra protagonista para contar brevemente la trayectoria de Jex-Blake pues de alguna manera está relacionada con el trasfondo de esta publicación.

 Sophia Jex-Blake fue otra médica que tuvo que bregar para estudiar Medicina y que protagonizó una historia singular dentro de la lucha feminista por la igualdad de oportunidades.

Sophia junto a otras seis mujeres intentó ingresar en la Escuela de Medicina de Edimburgo. Este grupo, llamado “Las siete de Edimburgo”, pudo asistir a las clases magistrales y realizar los exámenes con una dispensa especial. Las siete mujeres, aprovechando ese “trato de favor”, se aplicaron seriamente en sus estudios obteniendo excelentes calificaciones. Al igual que le pasó a Garrett, este éxito no fue bien visto por los estudiantes masculinos y algunos médicos de la facultad. Los alumnos varones se rebelaron y la escuela se negó a dar a estas mujeres su título en Medicina. Ellas llevaron su caso a los tribunales y al Parlamento; el resultado fue negativo pues las siete aspirantes a doctoras perdieron la batalla. Aunque perder una batalla no significa necesariamente perder una guerra que no había hecho más que comenzar.

Al igual que Garrett, ellas no se rindieron. La mayoría se graduó en Berna (Suiza) y cuando volvieron a Gran Bretaña fundaron su propia escuela, la London School of Medicine for Women.

Dados los inconvenientes que Elizabeth Garrett Anderson tuvo que sufrir también para formarse como médica no es de extrañar que apoyara la causa de Sophia. Por eso colabora en la fundación de esta escuela de medicina para mujeres. Allí, ella misma imparte clases y contrata como profesora de Ginecología a la primera médica de Estados Unidos, Elizabeth Blackwell.

Garrett se implica también en la vida social y política. Es una ferviente sufragista y en 1908 es elegida alcaldesa de Aldeburgh, convirtiéndose así en la primera mujer de Gran Bretaña que alcanza este cargo.

Elizabeth muere el diecisiete de diciembre de 1917. Tiene ochenta y un años, y el hospital que ella había fundado toma su nombre en homenaje a esta persona que nunca se dio por vencida a pesar de las múltiples trabas que se encontró en su camino por el simple hecho de haber nacido mujer.


El trabajo de estas pioneras de la titulación en Medicina acabó dando sus frutos. El Irish College of Physicians, tras las acciones de estas guerreras decidió aceptar a las mujeres en los exámenes de titulación, y el Royal Free Hospital acabó admitiendo a estudiantes mujeres para realizar estudios clínicos.

Aquella batalla de Edimburgo capitaneada por Sophia se perdió cuando el Parlamento no reconoció la titulación adquirida, pero finalmente estas incansables luchadoras ganaron la guerra.

Gracias a mujeres así, inasequibles al desaliento y a las dificultades, nosotras hoy tenemos el camino allanado. Aún hay muchas cosas por hacer y muchos más obstáculos que salvar pero aquellas pioneras nos demostraron que la perseverancia y el saber que tenemos razón ayuda a alcanzar todo lo que nos propongamos.

Va por todas ellas.  








25 de febrero de 2019

Doctoranda al borde de un ataque de nervios. Edición Especial.

Por favor, identifíquese.


Los asiduos a este blog sabéis que tuve una sección hace un par de años donde, a modo de terapia de desintoxicación, liberaba tensiones mientras redactaba mi Tesis Doctoral. Aquella sección se llamaba “Doctoranda al borde de un ataque de nervios”.

Una vez concluido el proceso de doctorarme, y dado que dejé de ser doctoranda para convertirme en doctora, esa sección terminó, como no podía ser de otra manera. Pero nunca digas de este agua no beberé, ni este cura no es mi padre, porque yo, como algunos toreros que se habían cortado la coleta, vuelvo a los ruedos de aquella sección.

 “Doctoranda al borde de un ataque de nervios” regresa, pero que no cunda el pánico porque lo hace en forma de una única publicación, es una Edición Especial.

Esta edición extraordinaria no sé cómo calificarla, secuela, apéndice o qué. Quizás la expresión más adecuada sea “déjà vu”. Y es que de nuevo me he sentido igual que cuando escribía aquellas publicaciones: he vuelto a perder las ganas de vivir. El nerviosismo, la histeria, el desasosiego y la neurosis que me invadieron durante aquellos meses, han regresado otra vez y esta situación está directamente relacionada con aquel doctorado.

Esas sensaciones han regresado porque he tramitado mi expediente académico para acreditarme como profesora universitaria en ANECA, un organismo autónomo del Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Este organismo se dedica a evaluar la capacitación de quienes quieren impartir docencia en la Universidad. ANECA es el acrónimo de la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y la Acreditación, aunque para mí es el sinónimo de martirio chino.

Ya he dado clases con anterioridad y nunca hubo que lamentar desgracias personales —tan solo una cabezada por parte de un alumno que a punto estuvo de golpearse con el pupitre— así que creo que he demostrado que puedo impartir docencia. Pero quiero hacerlo de manera permanente y con un contrato fijo, así que a acreditarse toca.

He de reconocer que, previamente a este paso y cuando anuncié a algunos colegas lo que iba a hacer, ya me avisaron que el proceso sería tortuoso y difícil. Tendría que haberme alarmado especialmente cuando una compañera a la que le caracteriza una paciencia infinita y que nunca pierde la compostura, me dijo:

—¿Te vas a acreditar en ANECA? ¡Madre mía! Cuando lo hice yo creí que me daba algo. Fue espantoso, me puse de los nervios.

Que te diga alguien que es muy tranquilo que se ha puesto de los nervios no augura nada bueno. Pero yo, insensata e inconsciente, no hice caso de la advertencia y así me fue.

Los procedimientos burocráticos siempre son engorrosos, todo el mundo alguna vez ha tenido que hacer algún trámite y sabe de lo que hablo. Pero si a esto se le añade mi “amistad” con el simpático de Murphy, ya sabéis, el de la ley de ídem, la tragedia está asegurada.

Durante varios meses me dediqué a introducir mi currículum en la web habilitada para inscribirse y optar al visto bueno de los acreditadores. El proceso fue largo y laborioso pues cada mérito había que registrarlo con todo lujo de detalles. Recabar toda la información que se me pedía fue arduo y me llevó mucho tiempo.

Por ejemplo, para reseñar que había dado una ponencia en un congreso tenía que informar del lugar, del día, de la hora, de la duración de la exposición oral, de la página de la publicación de dicha ponencia, de la ciudad donde se realizó la edición del libro resultante con todas las intervenciones y su ISBN correspondiente. Esos eran los campos obligatorios, luego había una sección titulada “Otros datos” y ahí estuve a punto de poner el número de toses escuchadas mientras disertaba en público o las veces que tomé aire antes de seguir hablando, porque después de todo lo que se me había pedido no se me ocurría qué más podía añadir.

Uno de los méritos más importantes a la hora de capacitar a un profesor universitario es el número de publicaciones científicas. A este respecto una servidora está, hablando en términos futboleros, en la Primera División pero de colista, casi a punto de bajar a Segunda. Con solo once artículos publicados no gano la Liga ni de coña, ni juego campeonatos de postín, pero me codeo con algunos grandes de vez en cuando. El caso es que mientras añadía mis datos en la web del ministerio, un nuevo artículo mío fue aceptado por una buena revista norteamericana. Incluir esa publicación en el currículum supondría un puntazo en cuanto a méritos y me haría subir algunos puestos, así que decidí esperar a que el artículo saliera a la luz para añadirlo.

Desde que una editorial acepta un artículo hasta que se ve editado definitivamente no suelen pasar más de uno o dos meses. En este caso, y gracias a mi amigo Murphy, mi artículo guay tardó casi medio año. El motivo no lo sé, cosas de los editores y sus plazos de impresión. Mientras yo me mordía las uñas esperando la publicación de mi artículo, ANECA y el currículum se vieron aparcados. Incluso llegué a pensar que la revista se lo había pensado dos veces y había decidido no publicarme finalmente. Por fortuna, no fue así.

Pero mientras yo esperaba, Murphy no estuvo ocioso, porque en el ínterin el ministerio había cambiado la aplicación donde había introducido mis datos y cuando fui a añadir ese artículo a mi currículum, y debido a la actualización de la web, me dio error. No podía acceder a mi expediente.

Fue aquí cuando inicié un penoso y largo recorrido con una cadena de numerosos correos electrónicos. Desde todas las instancias a las que recurrí los mensajes eran de apoyo y tranquilidad. Que no me preocupara, que era una incidencia informática, que a veces se dan errores, que patatín que patatán… Pero cada vez que yo intentaba acceder a mi cuenta me salía el mismo mensaje:

Usuario no registrado

Después de mucho bregar y preguntar y volver a preguntar di con el problema. Con la nueva actualización debía registrarme con un nivel superior de accesibilidad y eso requería otra tanda de trámites entre los que se encontraban pedir una clave digital. Para los que no habéis tenido que realizar algo parecido —dichosos vosotros— os contaré que es un galimatías de la leche pues hay diferentes opciones. Hay una clave pin que solo da acceso unas horas, hay una clave permanente, hay certificado digital y también hay una firma en la nube; esta última me gustó mucho, por lo poético y porque, en mi delirio burocrático, me vi firmando rodeada de angelitos celestiales.

Tras devanarme los sesos, pues no sabía qué modalidad elegir, me decanté por una clave permanente después de utilizar el riguroso método de selección del Pinto Pinto Gorgorito. Dicha clave tuve que solicitarla vía internet aunque el código de autentificación me lo enviaban por correo normal —el del cartero y el buzón—. Tras esperar varios días y cuando ya tuve entre mis manos el dichoso código volví a intentarlo y conseguí acceder. ¡Bien!

Había cantado victoria antes de tiempo, porque accedí pero no conseguía introducir más datos. Pinché con el ratón en todas las pestañas que se me pusieron a tiro pero no sirvió de nada.

Volví a recurrir a las instancias del ministerio y estas me enviaron enlaces con instrucciones que no me sirvieron de nada, básicamente porque no entendía un pimiento. Fue en este paso donde me deprimí mucho: era incapaz de comprender el lenguaje administrativo ministerial.

Para animarme (infructuosamente) yo me decía a mí misma:

—Vamos a ver, hija mía. Has realizado una Tesis Doctoral y has leído a Góngora, ¿no vas a ser capaz de desentrañar las instrucciones de un manual para usuarios de la sede electrónica del Estado?

Por lo visto, resultó que no.

Desesperada acudí a un departamento del ministerio donde me humillé y pedí ayuda por caridad. Ahí se apiadaron de mí —los funcionarios también tienen su corazoncito— y me enviaron un PDF con instrucciones más detalladas donde aparecían las imágenes de las pantallas que debería ver en mi navegación por la sede y con flechas que indicaban dónde picar con el ratón. Se trataba de un manual para torpes y que, supongo, tienen reservado para casos extremos de ineptitud como el mío.

Una vez recuperado mi expediente y cuando conseguí que se volcaran los datos introducidos de la aplicación antigua a la nueva, Murphy volvió a aparecer en forma de mensaje de error.

¡Atención, error! El campo ‘apellido 2’ no coincide con los datos registrados en el DNI

Mi segundo apellido, Rodríguez, en la aplicación antigua estaba sin tilde en la “i”. Sé escribir mi nombre y dos apellidos sin faltas de ortografía pero la antigua aplicación tenía una característica que consistía en que pusieras lo que pusieras, al validar lo transformaba todo en mayúsculas y se merendaba los acentos.

Ante esta eventualidad no me preocupé pues me dije:

—No pasa naaaada. Lo cambio y ya está.

A veces, a pesar de lo vapuleada que estoy, puedo ser muy ingenua. De cambiar nada, las casillas del nombre y los apellidos estaban bloqueadas y no se podían modificar.

¡Pues qué bien! Tras renegar en varios idiomas y tirarme de los pelos, decidí procrastinar. Me salí de la web y lo dejé para otro día mientras pensaba a quién podría darle la lata con este nuevo impedimento. Barajé la posibilidad de recurrir al Defensor del Pueblo o llamar al teléfono de la Esperanza.

Al día siguiente, y tras persignarme, me introduje en la sede electrónica y, no sé si por intercesión de los duendes informáticos o porque rezar sirve para algo a fin de cuentas, mi Rodríguez aparecía con el acento puesto y el error ya no estaba. Cosas de la cibernética.

Cuando por fin completé mi currículum añadiendo toda la información que se me pedía di por terminada la primera fase de mi calvario burocrático particular.

Ya solo quedaba enviar toda la documentación; el paso final. Y, cómo no, Murphy vino a verme —qué pesado es este tío, de verdad—. La clave permanente que tenía para visitar la sede electrónica no tenía el nivel de acreditación adecuado para entregar mis datos. Debía acudir presencialmente a una oficina de la Seguridad Social a enseñarles la jeta con mi DNI  y así saber que era yo quien decía ser yo. De nuevo, solicité vía online cita para que me atendieran y acudí a una de las oficinas de atención al ciudadano con el DNI en la boca para identificarme. Por si acaso, y en previsión de contratiempos, me llevé también el libro de familia, el testamento de mi madre y un álbum con fotos familiares en las que aparezco en diferentes fases de mi vida, desde mi bautizo hasta las últimas vacaciones con unos primos míos en Galicia.

Una vez acreditada mi identidad y con otro código de activación me fui a mi casa a ver si ya terminaba de una puñetera vez con el trámite de marras.

Delante del ordenador y con evidentes signos de ansiedad me dispuse a finiquitar el papeleo virtual. Aún tuve que introducir diferentes números de seguridad que se me iban enviando a mi móvil vía SMS y dependiendo de los pasos que iba realizando en la web. Cada pantalla que conseguía pasar era un escollo superado que me acercaba más a mi meta. Cuando llegué a la última pantalla donde aparecía un icono con la palabra “Firmar”, y le di con el ratón juro que tenía una taquicardia importante. Con el alma en vilo y conteniendo la respiración esperé la respuesta del ministerio al envío de datos que había realizado. Aquellos segundos en que la web me mantuvo en espera se me hicieron eternos. Al final, apareció un mensaje en la pantalla de mi ordenador:

Solicitud registrada con éxito

En ese momento me levanté de la silla con los dos brazos en alto y empecé a dar botes por toda la habitación. Mi marido que había asistido a estos últimos momentos del parto burocrático como buen sufridor —ya se lo dijo el cura cuando nos casamos, para lo bueno y para lo malo— también comenzó a vitorear y mi hija se unió a la fiesta. Ni los goles del Madrid en la Champions han sido tan celebrados en mi hogar. Si no salí al balcón a tocar la vuvuzela fue porque no tengo una.

 Una vez pasada la prueba ando noqueada; todos los contratiempos sufridos me están pasando factura en forma de suspicacia. Además, tantas preguntas como tuve que contestar me han convertido en una paranoica de la información personal y estoy registrando compulsivamente datos de toda índole: el número de escalones que hay en mi edificio, el tiempo que tarda el ascensor en llegar a mi planta, la frecuencia con que el jardinero riega el césped de la propiedad, cuántas veces me asomo a la ventana y muchas más cosas. Ya llevo tres libretas, me las estoy guardando por si en un futuro la Administración me requiere alguno de esos datos.

De todas formas, voy a bucear en la red a ver dónde puede ser útil alguna de las cosas que he anotado. Tengo ganas de contarle a alguien con qué frecuencia voy al baño.



20 de febrero de 2019

"Absurdamente" (Antología del absurdo I) - Pedro Fabelo


Este es el primer volumen de una antología de relatos sobre un tema poco tratado (por desgracia) en la literatura: el absurdo.

Soy una persona que no suele dejarse llevar por la primera impresión. En el caso de la lectura no valoro un libro hasta que llevo por lo menos la mitad del mismo leído (a no ser que el libro sea un coñazo de campeonato y tenga que abandonar antes por una cuestión de salud mental). Pero hay excepciones. A veces, ya en las primeras páginas adivino que ese libro me va a gustar. Un primer párrafo muy bien escrito y original o un inicio intrigante suelen ser la clave para despertar mi curiosidad y hacerme saber que voy a disfrutar mucho con una historia.

Algo parecido me ocurrió con "Absurdamente", pero más exagerado. E inaudito. Porque supe que me iba a gustar mucho no ya en el primer párrafo sino antes de iniciar la lectura propiamente dicha; fue en las citas iniciales. Esto no me había pasado nunca. Y es que nada más abrir la portada aparecen estas dos citas:

Todo el universo es una gran broma. Frank Zappa.
Ya te digo. Pedro Fabelo.

Con semejante arranque yo me dije: esto promete. Y así fue.

Pero si ya esas dos citas auguraban una buena lectura, el primer relato me enganchó por completo, y en este caso fue porque me tocó la fibra sensible-laboral. Muchos de vosotros sabéis que soy farmacéutica y si hay algo a lo que un boticario no puede sustraerse es a conocer nuevos fármacos y a leer un buen prospecto. A mí, esas cosas me ponen; será deformación profesional. Bien, pues este primer volumen de "Absurdamente" comienza en una consulta donde una doctora prescribe humor absurdo a un paciente aquejado de sobreexposición a la realidad y es entonces cuando se muestra un prospecto entrañable con todos los elementos (indicaciones, modo de empleo, presentación, efectos adversos, etc.) para conocer las virtudes y los inconvenientes en caso de sobredosis de tan original remedio. Flipé en colores.

Una vez que el lector se informa de que el humor absurdo es una de las mejores terapias contra el malestar general, ese que deviene tras enfrentarse a la cruda realidad, todo lo que aparece a continuación son diferentes dosis de tan fantástico medicamento en distintas variantes (formas farmacéuticas en lenguaje boticario).

Esas variantes pueden ser en forma (farmacéutica) de historias entrañables como el cariñoso homenaje a Robin Williams tras su desaparición (En memoria de Robin Williams) o como la descripción de la sala de espera de una consulta en un ambulatorio (Sala de espera); en forma de historias desternillantes, como la de un taxista que un día descubre qué son los intermitentes y para qué sirven (Diario de un taxista en Nueva York); en forma de historias picantonas (Polvo de estrellas, yo no tenía ni idea de lo que realmente significaba ese término); o en forma de diálogos delirantes (e inquietantes) como el que se da entre dos agentes del KGB y un usuario de Facebook (Grotesco e inquietante).

Diferentes formas (farmacéuticas) pero un mismo principio activo: el humor absurdo.

Hay algunos relatos que se adentran en la filosofía, y a este respecto hay uno en concreto (Romanticismo) que me ha dejado perpleja y sumamente preocupada. No me gustaría destripar la historia pero en él, a modo de deducción lógica, se llega a una conclusión espeluznante: “Todos los jefes son unos románticos”. He revisado coma a coma cada paso de esa deducción y no le encuentro fisuras. ¡Estremecedor!

Otros relatos se internan en la prosa poética donde las comparaciones, además de acertadas, son preciosas. Y para muestra esta estupenda píldora:

“La ignorancia es como un laborioso operario que trabaja día y noche sin descanso colocando ladrillo sobre ladrillo levantando un muro imaginario que sirve para marcar las diferencias; mientras que el conocimiento es como una potente excavadora que se encarga de derribar ese mismo muro con la facilidad que le otorgan el entendimiento y la inteligencia.”

Pero no solo hay diversión y risas en estos relatos. En casi todos ellos subyace una crítica feroz al orden establecido y ahí es donde, a mi modo de ver, reside el mayor valor de este libro.

Utilizando el humor absurdo, Pedro Fabelo se ríe de todo y de todos, pero también denuncia. Deja al descubierto, a través de situaciones delirantes, la realidad que nos toca vivir, acreditando toda la falacia que nos rodea. Nos movemos en un mundo lleno de hipócritas de todo tipo, de fariseos que vigilan con minuciosidad el comportamiento de los demás, mientras que se relajan descaradamente con el suyo propio. El autor se ríe de todo pero con una risa agridulce porque pone en evidencia qué mal está el cotarro.

Además de un sentido del humor absurdo (con juegos de palabras de una agudeza exquisita) el autor hace gala de una gran erudición. Las alusiones a muchos referentes de la cultura en diferentes campos (del cine, de la literatura, de la música, etc.) son magníficas y muy variadas. Kubrick, Kafka (indirectamente), Frank Zappa, Kiarostami, Joyce, son algunos de los aludidos pero no siempre de manera positiva, y si no que se lo pregunten a la pobre de Danielle Steel (no me gusta nada esta escritora pero me dio un poco de penita porque Fabelo es inmisericorde con ella, algo que, por otra parte, se merece).

Y por si esto no fuera suficiente para engancharse a la lectura de este primer volumen, el estilo narrativo es más que impecable. Con sencillez, pero sin caer en la simpleza (como a él le gusta la escritura), relata historias de manera fluida y entretenida. Los diálogos —esa herramienta tan poderosa y tan peligrosa pues no es fácil de manejar— son excelentes y contribuyen a la fluidez de la lectura, facilitando que el libro se lea casi de una sentada.

Si al principio de esta reseña hablaba del fantástico inicio del libro, el final no le va a la zaga. Para terminar, Fabelo nos explica por qué escribe, entre múltiples motivos se encuentran estos:

“Me gusta escribir para mostrar mi enfado o mi decepción con algunas personas, o para denunciar algo mediante la burla o la crítica despiadada.”

“Me gusta sentir el afecto de la gente que me lee y que le gusta lo que escribo y cómo lo escribo.”

Suscribo al cien por cien sus motivos pues yo misma he experimentado lo mismo al escribir. Yo misma he utilizado la escritura para liberar la impotencia y la decepción que me reportan algunas situaciones. En esto me siento identificada con el autor pues he sentido lo mismo que él. Bueno… lo mismo, lo mismo… no, porque el lugar donde manifiesta este tipo de sentimientos yo nunca lo he visitado. Si queréis saber a qué lugar me refiero tendréis que leer el libro, así veréis satisfecha vuestra curiosidad y de paso os divertiréis con una lectura entretenida, muy buena y completamente recomendable.



15 de febrero de 2019

Tirar del carro


—¡Qué mal rollo! ¡Ya llegó el sábado!

—Y a ti qué más te da que sea sábado que domingo que lunes, ¿tienes algún plan diferente al de todos los días?

—Hoy es la final de fútbol y tengo un mal pálpito, me da que van a ganar y vendrán aquí otra vez. ¡Qué ful!

—Está encapotao, con un poco de suerte llueve y no vienen.

—Como si a esos les importara la lluvia. Vendrán y montarán la gorda hasta las tantas, así no hay manera de descansar. La última vez me pisaron una oreja y aún me duele.

—No te quejes, a mí me dieron con una lata en todo el hocico y tuve la melena pringosa durante semanas por la espuma esa que echaron.

—¡Eh!, que la oreja estuvieron a punto de arrancármela, y luego pegarla duele mazo.

—Me vas a comparar un poco de cemento en la oreja a un golpe en todos los morros, ¡venga ya, Hipo!

—¡Que no me llames Hipo! Sabes que no me gusta ese diminutivo. Con lo bonito que es mi nombre: Hipómenes. De verdad, Atalanta, cómo te encanta tocarme los bigotes.

—¡Qué quejica eres! ¡Tooodo el día lamentándote! No sé en qué estaba pensando cuando me enrollé contigo, mira cómo hemos acabao por tu culpa.

—Pues no me decías lo mismo cuando te llevé a aquel lugar apartado del templo. Y lo que fardabas de ser mi chorba ¿qué? ¿eh? Pero ahora no, ahora yo soy el julai, el culpable de este marrón. Tú, como siempre, echando balones fuera y escurriendo el bulto.

—Y tú, como siempre, chinchando. No te soporto. Y déjate de balones que atraes el mal fario, aunque si esta noche vienen los del fútbol espero que te pisen las dos orejas y el rabo.

La plaza estaba muy concurrida, numerosos transeúntes circulaban por sus amplias aceras y el tráfico era intenso. Entre tanto bullicio era difícil escuchar la conversación que mantenían airadamente Hipómenes y Atalanta. Tan solo una mujer, sentada cerca de ellos, asistía a la discusión sin intervenir pero con gesto adusto. Su porte era majestuoso, iba vestida completamente de blanco y en el serio rostro se adivinaba cierto hartazgo que parecía ser provocado por los dos pendencieros.

—¡Maldita cazadora! ¡Vete al Hades! Ojalá me hubiera fijao en tu jefa y no en ti. Qué puntería tenía la tía y qué pibón, toda una diosa la Artemisa, sí señor. Esa sí que levantaba suspiros por donde pasaba —dijo Hipómenes evocador.

—¡Ja! Me parto y me mondo. Que te crees tú que te habría hecho caso de haberlo intentao, no te habrías comío una rosca. Ni de coña, vamos. Mi señora siempre fue mu casta y mu virgen.

—No como tú —replicó Hipómenes con mucha sorna.

—Oye, no te consiento que me hables así, un día de estos… Como me dé el pronto es que no respondo, mira lo que te digo… No me toques las napias que te…

—¿Qué de qué? ¿qué me vas a hacer? ¿eh? Venga, ¡dímelo! Tú, mucho fú, fú, fú y poco mili quiqui. ¡Bocas, que eres mu bocas!

—¡¿Os queréis callar ya?! Yo sí que no os aguanto, a ninguno de los dos. Por todos los dioses del Olimpo, esto es insufrible. Estáis así todo el día y toda la noche. ¡Sois insoportables!

Quien así hablaba era la mujer que había estado asistiendo a la discusión. Sin perder ni un ápice de su majestuosidad dedicó una mirada airada y cargada de resentimiento a los dos personajes que estaban delante de ella. Nada más hablar, tanto Hipómenes como Atalanta enmudecieron en un acto de respeto, y también temor, hacia quien así les estaba reprendiendo.

Una vez que los dos litigantes se callaron, la dama de blanco se sumió en sus pensamientos. ¿Cuánto tiempo llevaba allí?. Más de dos siglos. No mucho si se comparaba con toda la eternidad, pero demasiado si se comparaba con una vida humana.

Nada más llegar a la ciudad se sintió como en casa y desde la privilegiada atalaya en la que la situaron había sido espectadora de desfiles, de bodas reales, de verbenas, de fiestas populares de todo tipo pues los habitantes de su patria de adopción eran amigos del jolgorio y la francachela.

También tuvo que presenciar enfrentamientos enconados entre diferentes bandos. La dama comprobó que los humanos eran igual de beligerantes y tan caprichosos como los parientes de ella, los dioses. Aún resonaba en su cabeza el zumbido de los obuses de aquella guerra fratricida; un sonido amortiguado por los sacos terreros que la taparon durante toda la contienda, así ni ella ni sus compañeros de carruaje sufrieron daños pero, por desgracia, no pasó lo mismo con muchos de sus conciudadanos que dejaron la vida en aquellos crueles bombardeos.

Desde su trono de piedra vio crecer a la urbe que la acogió como una habitante más y siempre se sintió querida. Más de dos siglos llevaba compartiendo con sus vecinos las alegrías y las penas. Con ellos compartía risas como en la fiesta del desfile del orgullo gay —toda una manifestación de tolerancia y convivencia—. También lloraba con ellos en los momentos duros, como en aquella marcha triste cuando, bajo un cielo que lloraba lágrimas de lluvia, más de dos millones de sus convecinos desfilaron noqueados por el ataque brutal y sanguinario en unas vías de tren.

 Ella prefería recordar los buenos momentos, aunque no todos los disfrutaba por igual. Que se subieran a su carro ciertos aficionados al fútbol siempre que su equipo ganaba algún trofeo no le hacía mucha gracia. Al menos, desde hacía unos años solo se subían los jugadores, pero seguía siendo un incordio. Ahí les daba la razón a Hipómenes y a Atalanta, pero solo en eso. Y precisamente cuando su pensamiento se centró en sus dos compañeros, fueron ellos los que rompieron la concentración de la diosa al iniciar una nueva discusión.

—Que nooo. Que la culpa de ese choque la ha tenido el pelas. Se ha tirao en plancha a por un viajero y le ha endiñao un golpe al de las pizzas —dijo Hipómenes mientras se formaba un tapón de coches en la esquina de dos de las calles que daban a la plaza debido al accidente entre un taxi y un repartidor de comida rápida a resultas del cual el motorista había acabado tirado en el suelo.

—Si el de la moto no hubiera ido haciendo zigzag no se habría golpeao, pero como iba to loco s’ha dao el piñazo. ¡Natural!—replicó Atalanta.

—Claro, tú siempre defendiendo al sector público. Si el buga hubiera sido de Cabify seguro que le echarías la culpa al conductor —contraatacó Hipómenes con retintín.

—Qué duda cabe que el transporte público es la mejor garantía para asegurar un buen servicio —añadió Atalanta toda docta recordando las consignas que había oído hacía unas semanas en una de las avenidas aledañas a su emplazamiento.

—Cuando te pones a hablar en plan reivindicativo no hay quien te aguante.

—A ti no hay quien te aguante ni cuando no hablas.

—Por lo menos yo sé dejar de hablar, no como tú que no te callas ni debajo del agua.

—¿Y por qué debería callarme? ¡No te amuela! ¡Cállate tú!

Mientras Hipómenes y Atalanta seguían discutiendo, la diosa deseó poder mover los brazos para atizarles con el cetro de piedra que llevaba en la mano derecha, o con las llaves que tenía en la izquierda.

Aunque, bien mirado, solo ella era la responsable de lo que estaba pasando. Maldijo el día que decidió convertir a esos dos en leones, pero cuando vio que los impertinentes amantes estaban copulando en su templo se dejó llevar por la ira y, en un ataque de indignación, los condenó por toda la eternidad a tirar de su carruaje en forma felina. De haber sabido lo que le esperaba los hubiera convertido en gusanos, de esos que viven bajo tierra, fuera de su vista y mudos a ser posible.

Por culpa de esos dos imbéciles su estancia allí era cada vez más penosa. Hacía tiempo que pensaba en la jubilación, después de tantos años estaba cansada de tirar del carro. El trono en el que llevaba sentada desde hacía dos centurias empezaba a ser demasiado duro y los inviernos de la villa eran muy gélidos, por no hablar de los veranos donde hasta ella, de fría piedra, se ponía a sudar bajo un sol de (in)justicia. Quería volver al Olimpo, pero sin sus dos molestos compañeros. Es verdad que allí tendría que aguantar a sus congéneres que también eran bastante especiales.

Hera se ponía insoportable con sus aires de dueña y señora, no era capaz de reconocer que su estatus se lo debía a estar casada con Zeus, que si no… Afrodita era una vanidosa estúpida y engreída, todo el día saliendo en cueros de las fuentes y los estanques para presumir de tipazo. Apolo tenía demasiada mala leche y por cualquier tontería se enfadaba y lanzaba plagas y pestes por doquier. Claro, que para belicoso, Ares; ese sí que tenía un pronto muy violento y te montaba una guerra por un quítame allá esas pajas. En cambio Eros le caía muy bien, recordaba de él su sonrisa picarona y su constante filtreo, era un conquistador nato y muy simpático. A Artemisa le tenía algo de manía, por no vigilar bien a una de sus discípulas estaba ella como estaba, si su cofrade cazadora hubiera sabido controlar mejor a Atalanta, en lugar de dos leones impertinentes ella tendría dos elegantes caballos y no se estaría planteando jubilarse y retirarse de la vida activa.

Quizás regresar al Olimpo no fuera buena idea. Rememoró sus verdaderos orígenes, y viajó con la mente a una remota región de Anatolia. Allí, cuando aún no se veneraban a los dioses del Olimpo, ella nació de la tierra, de los fértiles campos de cultivo. Ella se encargaba de dar vida en forma de frutos y alimentos. Debería regresar a donde empezó todo.



Pero le daba pena dejar de convivir con los ciudadanos que diariamente pasaban por su lado. Echaría de menos sus conversaciones casi siempre alegres, y a gritos, o sus selfies con ella al fondo. O los colores con que la adornaban con ocasión de alguna fiesta; de todos ellos su preferido era el morado, le recordaba el color del cielo al caer el sol. Esos crepúsculos también los iba a echar en falta, en ningún otro lugar podría disfrutar de una gama de colores tan bonita, desde el rosa pálido al violeta pasando por diferentes tonos de naranja. Unos atardeceres siempre acompañados por la melancólica melodía de la trompeta que sonaba con el arriado de la bandera en un cuartel cercano: el heraldo musical anunciando la llegada de la noche al son de retreta.

 Cómo iba a añorar todo eso. Pero estaba decidida, tenía que irse.

A pesar del ruido ambiental o de la sempiterna discusión entre sus leones, y mientras cavilaba sobre su situación, escuchó con nitidez el rumor del manantial que discurría debajo de ella. El quedo susurro del acuífero subterráneo era un bálsamo, su cantarina voz le proporcionaba paz y le recordaba aquellas lejanas tierras de su Anatolia natal.

Mecida por el relajante sonido del agua empezó a notarse cada vez más ligera. Apenas sentía los brazos y las piernas, todo su cuerpo estaba perdiendo consistencia. Los ruidos del tráfico sonaban cada vez más lejanos y el rumor del agua se había convertido en estruendo.  Notó cómo se diluía en un líquido cristalino que la arrastraba hacia el interior de la Tierra en un torbellino de burbujas.

Fundida en agua y tierra viajó por el subsuelo, recorrió ríos subterráneos, acarició las raíces de los árboles, respiró la oscuridad y olió las rocas. Se disolvía, y no era nada y lo era todo. Se sintió libre.



El atasco que se formó fue monumental. El tapón de coches afectaba a la plaza y a todas las avenidas que desembocaban en ella, extendiéndose como una infección por las calles colindantes.

El tremendo embotellamiento había sido producido por diez accidentes simultáneos, algo inaudito. Después de bregar con unas calles colapsadas, un par de policías motoristas consiguió llegar al núcleo del atasco y allí vieron cómo todos los transeúntes y los conductores que se encontraban en la plaza miraban asombrados hacia la fuente que estaba situada en el centro de la misma. Muchos de ellos señalaban con el dedo hacia allí. Estupefactos, los policías comprobaron de dónde venía el aturdimiento y el origen de los choques múltiples: la diosa Cibeles había desaparecido. El famoso carro tirado por dos leones no llevaba a su pasajera.

—Se ha ido por tu culpa, pedazo mendrugo —dijo Atalanta compungida.

—No, se ha ido por ti, que eres una petarda —replicó con la voz entrecortada Hipómenes.

—Que no, que has sido tú con tus lloriqueos y tus quejas.

—¡Fuiste tú!

—¡No! ¡Es culpa tuya! —contestó Atalanta sollozando—. No te pienso hablar más en la vida.

—Pues mira qué bien. Ya ves tú, qué disgusto. ¡Fetén!

—¡Es que ni una palabra te voy a decir!

—Pues ya estás tardando.

—Hipo… ¡Que te den!

—¡Que no me llames Hipo!



NOTA HISTÓRICO-MITOLÓGICA
La diosa Cibeles era adorada ya en el Neolítico en la región turca de Anatolia. Simboliza la fertilidad y la Naturaleza, se la considera también la Diosa Madre. Los griegos, muchos años después, se encapricharon de ella y se la llevaron al Olimpo con el resto de sus dioses. A la capital de España llegó en forma de fuente a finales del siglo XVIII y de la mano de Carlos III, el rey considerado el mejor alcalde de Madrid (con perdón de don Enrique Tierno Galván).
Hipómenes era un guapo mozo griego que se ligó a una cazadora llamada Atalanta y seguidora del culto a Artemisa, que también era cazadora y además diosa. Atalanta tenía la casta intención de permanecer virgen por estar consagrada a la citada diosa, pero el guaperas de Hipómenes se la cameló mediante una apuesta en la que el griego hizo trampas (para más información consultar la Wikipedia). El caso es que se hicieron amantes y un día se lo montaron en el templo de Cibeles, cuando la diosa los pilló en plena faena, ésta se agarró un buen cabreo por tamaña blasfemia y los transformó en leones a la vez que los condenaba a tirar eternamente de su carro, con las consecuencias fatales que se han podido comprobar en este relato.



Hada verde:Cursores
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