12 de octubre de 2018

"Los perros duros no bailan" - Arturo Pérez-Reverte


Teo y Boris ‘el Guapo’ han desaparecido. Entre sus amigos se especula qué puede haber pasado y uno de ellos, apodado ‘El Negro’, un ex-campeón de lucha ya retirado de las peleas, decide indagar e ir en su busca. Tras interrogar a varios testigos que vieron a Teo y a Boris antes de desaparecer, el Negro da con sus paraderos, pero conseguir liberarlos del lugar donde se encuentran resultará una tarea difícil y peligrosa.

Según esta pequeña sinopsis la última novela de Pérez-Reverte se podría considerar policíaca (por lo de las pesquisas y eso), y no sería desacertado. Pero hay un elemento que hace de esta historia algo más que un novela de este género, y es que los protagonistas no son humanos: son perros.

Teo es un teckel, Boris un lebrel ruso y el Negro una mezcla de mastín español y fila brasileño. Mientras Teo tiene como dueña a un apacible viejita y Boris pertenece a una familia adinerada que le cuida y mima con visitas asiduas al veterinario y a peluquerías caninas, el Negro vive en la calle por su pasado cruel y triste como luchador, las cosas no le fueron muy bien pero es un tipo duro, o mejor dicho, es un perro duro.

Con estas premisas se inicia una aventura original con tintes de novela negra y cierto humor.

A través de las pesquisas del Negro para averiguar dónde se encuentra su amigo Teo nos sumergimos en el submundo de las peleas de perros. Un mundo despiadado donde solo hay dos alternativas para los que las protagonizan: matar o morir. Cual si fueran gladiadores se cuenta detalladamente en qué consiste la vida de esos pobres animales cuando son elegidos para este menester.

Con crudeza y sin paliativos se nos muestra la sanguinaria afición de apostar y disfrutar con el espectáculo de ver a dos animales destrozarse a dentelladas. No sé si el autor ha estado presente en alguna sesión de tan lamentable pasatiempo, pero desde luego uno se siente, incómodamente en mi caso, espectador de primera fila por lo bien que lo describe.

Además, dar voz a las víctimas hace que la historia llegue más al corazoncito de quienes no nos divertimos con el sufrimiento de un ser vivo (sea el ser vivo irracional o no, y estoy pensando también en los combates de boxeo).

He leído bastantes reseñas sobre este libro y en casi todas ellas se destaca un punto negativo por lo políticamente incorrecto de algunos pasajes. En concreto, hay un capítulo titulado “Los perros somos machistas” y algunos han querido ver ahí una apología del machismo. No soy para nada defensora de quienes se creen superiores por ser machos, pero creo que las críticas son excesivas, aunque es cierto que algunas frases son bastante desafortunadas, como cuando un perro dice que es machista “a mucha honra”. O cuando se dice “las perras prefieren los golfos a los caballeros”, claro, que como se refiere a las perras en el sentido literal, o sea, las caninas, pues no sé cómo piensan esas criaturas, pero creo que si lo que se quiere es extrapolar a las mujeres (sin entrar en el concepto ‘perra’ en el sentido figurado porque me llevaría mucho tiempo y mala baba), me atrevería a decirle al autor que vive anclado en un mundo paralelo que nada tiene que ver con la realidad femenina, al menos la realidad en la que vivimos la mayoría de las féminas. Yo prefiero un caballero mil veces antes que a un golfo; me considero lo suficientemente inteligente para ver las ventajas de esta preferencia y sé que la mayoría de mis congéneres tienen esa misma inteligencia. Por favor, dejemos los clichés manidos y obsoletos.

No obstante, y sin entrar en polémica en la postura ante este tema por parte del autor, yo creo que se han cargado demasiado las tintas en ello y tampoco es para tanto. Además, para polemizar ya se basta y sobra el propio Pérez-Reverte, que él solito ya sabe hacerse enemigos por todas partes.

Para mí hay otros puntos negativos en esta obra, sin necesidad de meterse en camisa de once varas. Por ejemplo, cae en errores cuando intenta expresarse como si fuera un perro. En algún momento, el protagonista perruno llega a comentar que no entiende lo que dicen los humanos pero sí sabe lo que piensan por sus actitudes; también comenta que se entera de lo que pasa viendo las fotos en los periódicos o las imágenes en la televisión. Todo esto llega a crear situaciones algo increíbles y que denotan lo difícil que es ponerse en la piel de un perro sin que se note que detrás está un humano. Me explico: en un pasaje se dice “olía a testosterona y adrenalina, o a lo que diablos olamos los perros machos cuando enseñamos los dientes”. Esta ignorancia odorífera es comprensible, lo que no se comprende es cómo un perro sabe de hormonas. En otro pasaje se hace un símil con el gladiador Espartaco y yo me pregunto cómo saben de la existencia de ese personaje, aunque cabe la posibilidad de que vieran en la tele la película de Kirk Douglas o la serie de TV "Spartacus". No sé, creo que la cosa no se sostiene en algunos momentos.

Otro factor que me ha lastrado la lectura ha sido la gran cantidad de razas perrunas que se citan. En honor a la verdad, este problema solo es responsabilidad mía y no del autor.  La única cultura canina que poseo se limita a lo que aprendí viendo “Lassie”, “Rin Tin Tin” y “101 dálmatas” por lo que suelo confundir un caniche con un pomerania y eso se traduce en que si tengo problemas con estas razas tan habituales, cuando me hablan de ‘teckel’, ‘borzoi’, ‘boyera de Flandes’ (aluciné con este nombre), ‘sabueso rodesiano’ o ‘setter irlandés’, es como si me hablaran de las piezas de un motor de avión, es decir, no me entero de nada.

Debido a esta mi ignorancia perruna hube de acudir a las imágenes de Google para hacerme una idea de los personajes que por la novela pululan, de manera que creo invertí más tiempo en esas búsquedas que en la propia lectura de la novela.

De todas formas, la novela tiene algunos pasajes muy buenos. Hay un par de situaciones realmente cómicas que me hicieron soltar carcajadas y en un capítulo se reflexiona, muy someramente, sobre la vida acomodada y lo fácil que es doblegarse a cambio de un plato de comida. Pero con todo y con eso, la novela me decepcionó. Es muy corta, poco más de cien páginas, y la historia es simple y poco trabajada, con un final predecible y algo ñoño.

Esta es una novela más del Pérez-Reverte que no me gusta: un Pérez-Reverte descafeinado que escribe una novela de poca envergadura y que se embolsa sus dineritos (supongo) por un trabajo de un par de meses (supongo). Cuando leo este tipo de obras es cuando echo de menos al Pérez-Reverte que me enamora, el que escribe novelas como ‘Hombres buenos’ o ‘El asedio’, historias trabajadas, con un argumento complejo y con personajes con muchos matices y no el sempiterno ‘tipo duro con una historia triste detrás’ como sería el caso del protagonista de esta mini-novela, el Negro.

Esta ya es la tercera novela en la que me encuentro a ese Pérez-Reverte no deseado (las dos anteriores fueron Falcó y Eva). Supongo que será cuestión de esperar y algún día llegará la obra que, al igual que me pasó con ‘Hombres buenos’, me reconcilie con este autor y me vuelva a enamorar. El que la persigue, la consigue.



6 de octubre de 2018

"Y al otro lado está el mar" - Varios autores


Los que por el blog me seguís habitualmente sabéis que no soy demasiado entusiasta de los libros de relatos pero, como en todo, siempre hay excepciones.

Hace varios meses reseñé dos libros con este formato que me gustaron mucho, “Irreal como la vida misma” y “Los demonios exteriores”. Estos son buenos ejemplos de que no se puede generalizar cuando se habla sobre si nos gusta o no un género. Además, estos dos casos tenían un valor añadido porque sus autores son personas conocidas por mí. Tanto a Josep Mª Panadès como a David Rubio los conozco por interactuar con ellos en la blogosfera (a Josep Mª también he tenido la suerte de conocerlo en persona) y eso da una proximidad que convierte la lectura en algo más que un simple contacto donde un lector se sumerge en una historia contada por un escritor.

El libro de relatos que hoy traigo también es especial por un motivo muy parecido al citado. No conozco a todos los autores, pero sí a algunos con los que he compartido varias horas comentando y analizando relatos nacidos de sus plumas.

Y al otro lado está el mar” es una antología de relatos de los alumnos de la Escuela de Escritores. En esta recopilación hay textos para todos los gustos y de todas las procedencias pues hay bastantes hispanoamericanos. Hay historias de amor, de desamor, de aventura, dramáticas, humorísticas e incluso poemas. Pero dentro de esta gran diversidad hay un denominador común que las caracteriza a todas ellas: la ilusión por escribir.

Esta antología es el resultado del esfuerzo de escritores en ciernes que quieren aprender, que quieren mejorar su estilo cuando de contar historias se trata. Los alumnos de la escuela, gracias  a la ayuda de sus profesores, y también de sus compañeros, han aprendido a contar sus historias de la mejor manera, de una forma que sea más comprensible para sus lectores y en el proceso han dejado en cada renglón de sus relatos un poquito de ellos mismos.

Son muchos los relatos que en el libro aparecen y no voy a comentarlos todos, como es natural. Pero sí haré hincapié en algunos.

Por ejemplo, ‘El elefantito plateado’ de Roberto Amelivia, un relato sobre uniones y separaciones, sobre amigos traidores y traicionados y con un estilo narrativo impecable cargado de ironía.

En ‘Propiedad de la infancia’, Daniel Egido nos cuenta la historia de dos niños que un día se olvidan la pelota en el jardín y con la imaginación propia de la niñez afrontan miedos propios y heredados. Una historia tierna y llena de moraleja.

En un mundo violento’ de Pedro Molino aborda sin tapujos el complicado mundo del bulling y las nefastas (e inesperadas) consecuencias que pueden acarrear las conductas de los abusadores.

Chico de Sal, Chica de Azúcar’ es una poética alegoría cargada de ternura salida de la pluma de Marina de Miguel que demuestra en este relato una gran sensibilidad.

Por último, comentaré un texto que me llamó mucho la atención porque aborda un género que a mí me encanta: el humor absurdo. El texto me gustó bastante pero me es difícil hablar de él. Se trata de ‘Viaja con nosotros’ y su autora es Paloma Celada. Antes he comentado que conocer al autor de un relato le da un valor añadido, pero también he comentado que siempre hay excepciones. Este caso sería una de esas excepciones. Conozco demasiado bien a la autora (o eso creo) y eso es un impedimento para comentar su texto. Solo puedo añadir que, independientemente de la calidad del mismo, en ese relato están volcados mucha ilusión y entusiasmo.

El relato de una servidora en letra impresa. ¡Alucinante!


Después de esta pequeña broma os contaré que estoy más contenta que unas castañuelas. Para alguien como yo, que se inicia en esto de escribir ficción, ver uno de tus textos en letra impresa en un libro, es una emoción difícil de describir. Seguramente este libro no será un bestseller y probablemente el círculo de lectores no irá mucho más allá de las amistades de los autores que participan en él, pero saber que una de tus historias está en un libro, de los de papel, me emociona (no quiero denostar ni mucho menos al formato digital, pero una ya tiene unos años y creció leyendo con el libro de toda la vida).

Además, en un gesto muy generoso, la Escuela de Escritores realizó una presentación del libro con todos los honores. Fue el pasado mes de junio en el Auditorio Centro del Palacio de Cibeles. En lugar tan emblemático y con la diosa Cibeles como recepcionista en la puerta yo me sentí una vip. La ceremonia fue conducida por un par de humoristas que de manera muy simpática hicieron participar a todo el público. Una antigua alumna de la escuela, Mariana Torres, que ya tiene varios libros publicados en su haber, se encargó de leer el prólogo del libro y que ella misma escribió. Al final hubo una actuación musical a cargo de Abraham Boba. No faltó de nada.

Invitación del evento

Algunos compañeros, en aquel evento, bromeamos e hicimos apuestas a ver quién sería el primero de nosotros en tener la presentación de su propio libro. Nunca digas de este agua no beberé, pero en mi caso lo veo difícil, aunque quién sabe. Si Belén Esteban va a la Feria del Libro a firmar ejemplares… yo creo que tengo el mismo derecho (y espero que mucha mejor calidad).

De momento, y mientras mi lanzamiento a la fama literaria se fragua, aquí queda la reseña del primer libro en el que participo, aunque sea de una manera tan fugaz (apenas dos páginas y media), pero menos da una piedra.

Diferentes momentos de la presentación del libro

Por otra parte, espero en breve poder reseñar otra antología donde también estaré y que me hace tanta o más ilusión que esta. Pero eso será dentro de unos meses, no adelantemos acontecimientos. Puede que entretanto me den el Planeta, aunque para eso creo que es necesario haber escrito una novela, algo que yo no cumplo (además de otros requisitos que no voy a detallar). No obstante, yo estoy ilusionada y cuando me ilusiono, me vengo arriba, y es entonces cuando creo que todo es posible. De hecho, quién me iba a decir a mí hace tan solo un año que hoy yo reseñaría un libro donde participo como escritora. ¡Qué vueltas da la vida!




NOTA: Para quienes no lo hayan leído, aquí está el enlace al texto elegido para formar parte de esta antología: 



Si alguien está interesado en adquirir un ejemplar solo tiene que pinchar en el siguiente enlace y rellenar el formulario correspondiente (ninguno de los autores obtenemos ganancias con su venta, la escuela lo ha editado sin ánimo de lucro y el precio se ajustó para cubrir los gastos de imprenta):

Petición de ejemplares "Y al otro lado está el mar"

1 de octubre de 2018

La promesa



Murieron juntos y cumplieron la promesa que se hicieron veinte años atrás.

Mientras llevaba a cuestas el cuerpo malherido de Manuel, Javier recordaba un pasaje de su infancia. En aquella escena Manuel y él hicieron un pacto de sangre, solo eran unos críos que soñaban con emular las aventuras de los libros que tanto les divertían a los dos.

A Manuel le gustaban mucho las historias de Emilio Salgari. Su favorita, ‘Los bandidos del Sahara’. Soñaba con enfrentarse a los temidos tuaregs en un mar de arena y demostrar su arrojo soportando el inclemente sol del desierto.

Por el contrario, a Javier le gustaba más Jack London. Las aventuras que se desarrollaban en el territorio inexplorado de Alaska le parecían fascinantes. Esos pioneros que se dirigían a lo desconocido afrontando los rigores de un clima hostil le encantaban. Soñaba con montarse en un trineo con varios huskies y cruzar el hielo en busca de aventuras.

—¡Tuaregs a la vista! Pongámonos al resguardo de aquella duna, si nos quedamos quietos puede que no nos vean con el reflejo del sol —decía Manuel mientras se escondía detrás de un banco del parque.

—¡Hay que hacer un refugio escarbando en la nieve! Con esta ventisca no podremos continuar la travesía —decía Javier a la vez que construía un remedo de tienda de campaña con su abrigo y la chaqueta de Manuel.

Entre risas, los dos amigos jugaban a vivir aventuras, en el desierto o en la nieve, pero siempre juntos y siempre divertidos.

A pesar del sol inclemente que en esos momentos castigaba a Javier, sonrió al recordar esa parte de su niñez. Miró de soslayo a Manuel que seguía inconsciente cargado en su hombro. Intentando no pensar en la fatiga que le estaba consumiendo y que le hacía trastabillar constantemente, Javier volvió a sus recuerdos, a aquel pacto de sangre.

La culpa fue de la señorita Adela.  En clase de Historia les había contado cómo Scott había fallecido en el intento de llegar el primero al polo sur y cómo, tras ver sucumbir a todos los miembros de su expedición, él había muerto también en la más absoluta soledad. Aquella historia les había impresionado mucho y los dos amigos lo comentaron tras salir del colegio, camino de sus casas.

—¿Te imaginas lo que debe de ser morir congelado? Dicen que el frío te hace dormir, que te vas quedando sin fuerzas hasta que el corazón se para porque la sangre se congela —dijo Javier.

—¿Cómo se va a congelar la sangre? Si va dentro del cuerpo.

—No sé. Lo que ha contado la señorita Adela de ese explorador inglés… Debe de ser muy triste morir solo en medio de tanta nieve ¿no?

—¿Solo? ¿No tendría ningún perro del trineo? —contestó Manuel con los ojos muy abiertos. La imagen de un hombre muerto rodeado de nieve le daba escalofríos.

—No lo sé. ¿Qué pensaría cuando se murió? La seño dijo que escribió un diario pero lo último del todo no lo contó.

—Si se le congeló la sangre no podría escribir al final —respondió Manuel aún estremecido.

—Yo no quiero morirme solo. Quiero estar con alguien, ¿y tú?

—¡Jo, macho! yo no pienso esas cosas, pero supongo que también.

Fue entonces cuando decidieron hacer un pacto de sangre y cuando se prometieron que morirían juntos. Tonterías de críos, se decía Javier siempre que rememoraba aquello. Aunque, esta vez, ya no le pareció tan descabellada aquella promesa y una sonrisa cínica se le dibujó en la cara porque la emboscada en Sarakhs había resultado una carnicería. El sargento Salazar y casi todos sus compañeros habían caído con el primer obús, tan solo el cabo Pellicer, Manuel y él pudieron salir del camión en llamas.

Pellicer, con más de la mitad del cuerpo quemado, solo sobrevivió una hora. Manuel tenía  una herida de metralla muy fea en el muslo que no paraba de sangrar. Recordando las clases de primeros auxilios que recibió antes de salir para Afganistán, Javier le hizo un torniquete y se lo cargó al hombro. Debía llegar al puesto de Bādgīs antes de que se hiciera de noche, y si los talibanes no les daban caza antes.

El avance era penoso, le hubiera gustado que Manuel estuviera consciente y le dijera cómo hacían los tuaregs para sobrevivir con ese sol abrasador del desierto. Después de ingresar en el ejército juntos, y tras las bromas de Manuel que le recordó que las misiones militares españolas no se realizaban nunca en Alaska ni en ningún polo, fueron destinados al lugar que más le gustaba a su amigo: el desierto. No se habían enfrentado a ningún temible tuareg, pero los insurgentes afganos eran igualmente temibles, y letales.

Agotado y exhausto, aprovechó la sombra minúscula que daba una roca para depositar a Manuel y poder recuperar el resuello. Cuando se sentó al lado de su amigo inconsciente, se tocó el hombro izquierdo y comprobó que la humedad en la espalda no era debida al sudor. Era sangre. Tenía una herida y sangraba profusamente. Entonces entendió que su debilidad no solo era producto del calor y del esfuerzo.

Se estaba haciendo de noche. Sabía que las temperaturas en ese lugar eran extremas y que el frío nocturno le haría perder las pocas fuerzas que aún le quedaban. El puesto estaba aún muy lejos. Imposible llegar. Imposible sobrevivir.

Sonriendo amargamente y aunque sabía que su amigo no le podía escuchar, le dijo.

—Manuel, parece que aquel juramento estúpido se va a cumplir. No hay nieve, pero el frío también es intenso y esta arena a ti te gusta más. No es el polo sur, pero…

Se abrazó al cuerpo de su camarada, en busca de calor y consuelo. La respiración de Manuel era arrítmica, luego se volvió muy rápida para cesar bruscamente.

Con la voz entrecortada, Javier le dijo al oído:

—He cumplido mi promesa, amigo. Y tú también.





NOTA
Aunque terminé el curso de escritura hace meses, este relato es un ejercicio del mismo. En esta ocasión había que empezar por el final. En el primer párrafo había que contar el final del relato. En un intento, vano en mi caso, de emular al gran García Márquez, había que contar el final de la historia pero manteniendo la intriga sobre el porqué de ese final. Una vez más, hice lo que pude.





25 de septiembre de 2018

"Todos los buenos soldados" - David Torres


Finales de 1957, Sidi Ifni es una pequeña ciudad sitiada en la costa atlántica marroquí. Allí, en África, al borde del Sáhara, de espaldas al Atlántico, en el resto de un imperio que se derrumbó hace ya centurias, se disputa la última guerra colonial española. En algún lugar de un pedregal interminable se encuentra el frente y varios destacamentos de soldados y legionarios han de defender ese minúsculo territorio aún español.

Pero es Navidad y desde la península llegan en un avión del ejército artistas para amenizar las fiestas. Entre estos artistas se encuentran Carmen Sevilla y el cómico Miguel Gila. Desde la península también les mandan turrón y mazapán, pero lo que realmente necesitan son ametralladoras y botas.

Después de una de las funciones realizadas para animar a la tropa aparece muerto el sargento Armendáriz y Gila es el principal sospechoso. Le retienen hasta que se aclare su relación con el muerto y posible implicación en el asesinato. Desde la fiscalía militar de Tánger llega el teniente Esnaola con la misión de investigar el homicidio, su trabajo se verá complicado cuando aparecen más legionarios asesinados.

Esnaola admira más la estrategia en la guerra que los cojones. Prefiere una confrontación ganada con astucia y pocas bajas a las grandes gestas heroicas con campos de batalla sembrados de muertos. Con esta forma de pensar no podía haber ido a parar a peor sitio. En Marruecos todo está plagado de “grandes hecatombes, medallas póstumas y banderas ensangrentadas”. Odia África.


Además, Esnaola no es bien recibido en Sidi Ifni, a él le gusta airear trapos sucios y en la Legión lo único que se airea es la bandera. Pero el teniente encontrará una valiosa ayuda en el cómico retenido como sospechoso. Gila, con su manera socarrona de ver la vida pondrá el contrapunto a una investigación castrense. Como a Gila no le toman en serio y creen que siempre está contando chistes, incluso cuando no está en un escenario,  consigue compadrear con la tropa y obtener información.

Entreverados con el suspense se encuentran fragmentos de los monólogos del genial cómico. Al humor de Gila se le califica de blanco porque no utiliza nunca palabras malsonantes ni entra en cuestiones políticas ya que sus chistes serían igual de oportunos en cualquier bando, en cualquier frente; pero en realidad es un humor negro. En sus monólogos se refleja toda la insensatez de una guerra donde los cañones no tienen agujeros o los submarinos no se sumergen y se quedan en simples barcos. El humor de Gila es absurdo, como lo es la propia guerra.


De esta manera se desarrolla una novela de género policíaco –hay asesinatos, asesinos e investigaciones- pero que en verdad es mucho más, y ese plus añadido se encuentra en las intervenciones de Gila. El humor puede ser una manera de denunciar; Gila es el bufón que dice la verdad cuando nadie más puede, es el que le cuenta al tirano lo que no quiere oír, lo que sospecha, lo que teme. Esta es sobre todo una novela de denuncia contra la guerra a través, o mediante, el propio Gila y su humor.

David Torres demuestra en “Todos los buenos soldados” un gran conocimiento de nuestro pasado bélico y también su admiración por Miguel Gila. El homenaje que le rinde entre sus páginas es todo un tributo a un genio de la risa, a un grande del Humor con mayúscula. El autor inserta hechos reales –Carmen Sevilla y Gila actuaron en Sidi Ifni en 1957– con otros ficticios como los asesinatos. Además se cuentan sucesos verídicos que bien podrían pasar por inventados por lo extraordinarios que son, como el fusilamiento fallido que sufrió Gila en la guerra civil y del que salió ileso porque, como él mismo contestaba cuando le preguntaban, le fusilaron mal.

Las descripciones de la vida cuartelaria en la guerra son muy buenas y los diálogos entre los legionarios son dignos de cualquier película de marines pero con un tinte especial que los caracteriza: la socarronería típica española utilizada como un escudo para protegerse de tanta sinrazón.

David Torres en la pasada edición de la Feria del Libro de Madrid

David Torres también rinde tributo a los combatientes que murieron en una guerra mal conocida por muchos españoles que creyeron que aquello era un simple incidente fronterizo con unas bandas de nómadas algo revoltosos. Una guerra que apenas se menciona en los libros de Historia pero que supuso la muerte de muchos soldados.

Un relato a caballo entre la novela policíaca y la crónica negra del desvarío imperial de unos gobernantes que llevaron a la muerte a buenos soldados.







19 de septiembre de 2018

Renuncia

CRÓNICAS ASTURES  V


Mi misión de convencer a la xana para que redimiera al oso penitente (Legítima defensa) no había tenido éxito porque ni siquiera había sido capaz de encontrar a la ninfa. Con el ánimo decaído me dispuse a acercarme a la aldea de Llueves para intentar contactar con Furaco y comunicarle mi decisión de abandonar la búsqueda de Ayalga.

A mi poco entusiasmo para encarar tan amarga tarea se añadió que no me acordaba de dónde se encontraba exactamente el lugar en el que me topé con aquel oso. Recordaba que había que subir una empinada cuesta pues el sitio estaba en lo alto de una colina, en una zona bastante boscosa y umbría. En aquella primera ocasión había llegado paseando sin rumbo fijo y no presté atención al camino que había empleado.

Entre las pocas ganas de llegar y mi mala memoria acabé dando vueltas completamente desorientada. La aldea de Llueves aquella mañana estaba desierta, no se veía un alma en todo el pueblo y mi desorientación se incrementó. Furaco se había aparecido cuando estaba apoyada en una roca con una cruz grabada pero después de deambular un buen rato sin dar con ella empecé a desesperarme. No solo era incapaz de encontrar a la xana, tampoco era apta para hallar el sitio donde empezó mi calvario particular. ¡Pues qué bien!

Me dispuse a llamar a la puerta de alguna casa y preguntar por la roca con la cruz, fue entonces cuando vi una construcción que me llamó la atención por sus dimensiones. Era muy, pero que muy pequeña. Aquella casa de piedra tenía un llamativo tejado de teja roja y tan solo un par de ventanas y una puerta diminuta. ¿Quién vivirá ahí? me pregunté, ¿David, el gnomo?

Llamé a la puerta y nadie me contestó. Intenté mirar por uno de los ventanucos pero estaban cerrados con unas contraventanas de madera que impedían ver el interior. Cuando me disponía a rodear la casa para cotillear más, la puerta se abrió. Me giré para ver quién se encontraba en el interior de la casa y… no vi a nadie.

¿Otro espíritu? ¡No, por favor! pensé. Pero en esta ocasión la razón de que no viera a nadie, en un primer momento, no era cuestión de fantasmas sino de dimensiones. Quien había abierto la puerta era una persona tan bajita que solo tras dirigir la vista hacia el suelo conseguí verla, su estatura apenas rebasaba mi propia cadera.

La persona que tenía delante era de lo más extraño que había visto nunca y eso que a mí ya me habían pasado cosas muy raras, especialmente en este viaje asturiano.

Una mujeruca me observaba con unos grandes ojos verdes que antaño debieron de ser muy hermosos pero que ahora me miraban circundados de arrugas y con expresión desconfiada. Tenía el pelo canoso y largo, completamente revuelto y enmarañado con hojas de todo tipo de tamaños y tonos pardos. Por vestimenta llevaba una blusa que debió de haber sido blanca muchos años atrás y una falda que conoció tiempos mejores. Estaba descalza y sus pies se mostraban sucios y encallecidos. Tras ese primer vistazo, que tanto me impresionó, pude reaccionar y articular palabra.

—Buenos días señora, perdone que la moleste, ¿podría decirme…

—Que el Señor esté contigo —me interrumpió.

Ese saludo de buena cristiana me hizo sentir culpable por mi estilo tan directo así que rectifiqué recordando mis clases de catequesis.

—Y con tu espíritu. ¿Podría decirme dónde…

—Ora pro nobis —me volvió a interrumpir la mujeruca.

Vaya, he debido de dar con la beata del pueblo, me dije.

—Estoy buscando una roca con una cruz grabada y…

—Dios todopoderoso tenga misericordia de nosotros, perdone nuestros pecados y nos lleve a la vida eterna.

—Amén —contesté en un acto reflejo.

Llegados a este punto empecé a sospechar que a ese paso lo mismo acabábamos rezando el rosario por lo que decidí desistir de preguntar a tan extraño personaje y volver a probar suerte en otra casa con gente más comunicativa.

—Perdone, creo que la he interrumpido con sus oraciones y no quiero importunarla más, mejor me voy. Disculpe la molestia.

Cuando me iba a dar la vuelta para marcharme, la mujer se introdujo en el interior de la casa dejando la puerta abierta y empezó a hablar sola.

—Tengo que multiplicarlos. Demos gracias al Señor nuestro Dios. Malditos bichos, saltan y no se dejan atrapar. No los puedo ayudar. Tengo que multiplicarlos. Es justo y necesario. El conjuro no funciona. No funciona. No. Renuncié a hacerlo. Me falta artemisa. Bendito seas por siempre, Señor. No, artemisa no. Mejor beleño, sí beleño. O mandrágora. La paz esté contigo por siempre. Los peces me necesitan. Ama al prójimo como a ti mismo.

Tras escucharla desvariar de esa manera me ratifiqué en mi idea de buscar ayuda en otro lugar. Esa mujer estaba como una regadera. ¡Un momento! Una loca, con unas pintas muy raras, diciendo incongruencias… ¡No! ¡No podía ser verdad!

Tras pensar esto volví sobre mis pasos y franqueé el umbral de la puerta agachándome un poco pues el dintel era más bajo que yo. Una vez en el interior pude ver una única estancia iluminada por una difusa luz ambarina cuya procedencia no supe localizar. La mujer seguía con su particular monólogo pero yo me dirigí a ella tímidamente y con un hilillo de voz.

—¿Ayalga?

A pesar de que la dueña de la casa estaba hablando sola y, aparentemente, sin prestarme atención, se giró en cuanto hablé.

—Sí. ¿Nos conocemos? —me contestó mientras se quedaba quieta mirándome fijamente y ladeando un poco la cabeza. Había dejado de balbucir incoherencias y su diálogo parecía comprensible.

Me quedé muda del pasmo. Así que la xana esquiva estaba viviendo en una casa y no en el río. Además, muy cerca de donde Furaco me había pedido ayuda. Y yo dando vueltas como una tonta por toda la comarca inquiriendo por ella.

Ante mi mutismo, ella insistió.

—¿Qué quieres?

Conseguí reaccionar a medias y salí de mi estupor.

—Hola. Esto… yo… —después de tanto tiempo buscando a la xana, encontrarla cuando había renunciado a ello me había descolocado completamente.

—Vamos, niña. No tengo todo el día —rezongó enfadada—. ¿Has venido a burlarte de mí?

Que me llamara ‘niña’ me confirmó lo que ya me habían avisado, que no estaba en sus cabales. Dejé la niñez hace muchos años, aunque, también es verdad que comparada con el montón de siglos que la xana tenía yo era muy joven.

—¿Burlarme? No. Quería pedirte…

—¡Ah, claro! Vienes a pedirme. Todos quieren algo de Ayalga, o burlarse o pedir. Si lo que quieres es que te haga algún conjuro te advierto que no me dedico ya a eso. Renuncié —contestó al mismo tiempo que se persignaba—. Si quieres meigallos ya estás dando media vuelta. No cuentes conmigo.

—En realidad lo que quería no es que hagas un conjuro, más bien todo lo contrario, quiero que lo deshagas.

Ante su expresión de desconcierto y mientras seguía persignándose proseguí.

—No sé si recuerdas a un oso llamado Furaco…

—¿Furaco? ¡Claro que lo recuerdo! —me interrumpió gesticulando con grandes aspavientos—. Como para olvidarme de él, si se tira todo el día deambulando por aquí quejándose. ‘Fue en legítima defensa’, ‘fue en legítima defensa’ —repitió con tono burlón y voz de falsete—. ¡Qué pesado! En mi vida he visto un oso más llorón, en cuanto lo oigo me escondo de él. Es un auténtico plomo. ¿Qué le pasa ahora? In nomine patris et filii et spiritus sancti.

—Amén —contesté yo de nuevo. Tantos años ayudando a mi abuela sacristana me habían dejado poso—. Sé que se queja mucho pero puede que tenga razón, Ayalga, él no mató al rey, en realidad fue…

—El cuñado. Ruega por nosotros Santa Madre de Dios —me interrumpió de nuevo.

—¿Lo sabías?

—Claro que sí. No juzguéis y no seréis juzgados, San Mateo versículo cinco.

Por lo visto iba a mantener una conversación con Ayalga algo dispersa, pero coherente dentro de un orden.

—¿Y por qué mantienes la maldición sobre el oso si sabes que no fue responsable de aquella muerte?

—Yo no mantengo ninguna maldición. Aquello es obra del pasado. Ahora soy distinta, renuncié y cambié. Bendito seas por siempre, Señor.

—Pero Furaco sigue penando por estos parajes, tú misma sabes que anda por aquí.

—Sí. Él sabrá por qué es un fantasma errante. Yo renuncié con mis obligaciones de xana y al hacerlo todos mis hechizos desaparecieron. Alabado sea el Señor. Además, cuando pasó aquello del rey yo ya no tenía ningún poder mágico. Reconozco que me enfadé mucho y tuve una rabieta de las mías porque la actitud de ese oso pendenciero fue muy irresponsable, solo quise asustarle un poco —añadió con una sonrisa traviesa en la cara—. Si aún no se ha reunido con los espíritus de sus ancestros será porque no tiene la conciencia tranquila, tendrá culpas que expiar. Cuando estaba vivo, Furaco no hacía más que meterse en peleas y altercados. Pero no es mi problema. Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme.

Cuando oí esto de boca de la xana recordé un programa de Cuarto Milenio donde se venía a decir que algunas apariciones eran muestra de cuentas pendientes y de remordimientos de conciencia, aunque no recordaba bien quién tenía esos remordimientos, si el espíritu en cuestión o quien percibía su presencia.

—¿De verdad no puedes hacer nada por Furaco? —no podía creer que después de todo la xana no fuera responsable de lo que le pasaba a mi oso lastimoso.

—Ni puedo, ni me apetece. ¡Que me dejen en paz! ¡Renuncié! Antes de mi renuncia nadie reparaba en mí. En cuanto abandoné mis prácticas de ninfa todos se dedicaron a insultarme, a denigrarme, a ir con chismes sobre mí por todos lados. Pero me da igual. Me es indiferente lo que piense esa panda de cretinos. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros.

Resultaba muy esclarecedor todo lo que contaba y me di cuenta de que en un conflicto siempre hay que escuchar a las dos partes, o conocer más de una versión.

—Ya sé que renunciaste a todo por amor —repliqué procurando empatizar con aquella xana que por momentos me parecía mucho más cuerda de lo que daba a entender.

—¡Tú no sabes nada! —contestó mientras alzaba la voz y me miraba airada. Esos ojos verdes podían ser muy bellos pero también eran capaces de encerrar mucha ira, o desencanto, no estaba segura.

—Llevo tiempo buscándote y averiguando cosas sobre ti. Alguien me habló de tu desengaño amoroso…

Con una mueca de burla en el rostro, Ayalga se acercó a mí y con un tono de voz que me heló la sangre me interrumpió.

—¡Tú! ¡No sabes nada!

—Me lo dijo Brigo (Ultraje), que te conoció hace tiempo —continué en un intento de justificarme.

Entonces, bruscamente y sin solución de continuidad, Ayalga pasó del enfado a la risa.

—¿Brigo, dices? —contestó entre carcajadas que me parecieron forzadas— Ese druida fatuo es un imbécil. No entiende nada. Solo le preocupan dos cosas: su persona y cuántas conquistas puede hacer para alardear de ellas. Bueno, hay otra cosa que también le interesa: quejarse. Es un llorica tan insufrible como Furaco. Dice que se siente ultrajado porque construyeron una iglesia encima de su tumba —recalcó haciendo burla y encogiéndose de hombros—. Que aprenda a convivir con la frustración, no siempre podemos conseguir lo que queremos, ¡si lo sabré yo! A mí tampoco me han salido las cosas como quería y no voy lloriqueando por todos lados. Son todos una caterva de flojos —añadió airadamente.

Según transcurría mi charla con Ayalga me iba convenciendo de que ese personaje estaba muy cuerdo. No era una loca. Rara, sí, pero loca, no.

—Yo deseé algo con toda la fuerza de mi corazón pero no pude conseguirlo —continuó Ayalga—. Amé a un hombre por el que renuncié a todo y fue en vano. No fui correspondida. Mis acercamientos no dieron resultado, ni mis conjuros tampoco. No sirvió de nada. Mi renuncia no obtuvo ninguna compensación, tan solo oprobio y rechazo.

En ese momento, Ayalga, se dejó caer al suelo sentándose entre restos de hojas y ramas secas. Un polvo fino amarillo, que yo creí que era polen, se levantó del piso envolviendo a la xana en un manto dorado. Una gran pena se reflejaba en su rostro y yo empecé a lamentar haberla molestado con mis peticiones absurdas pues empezaba a sospechar que lo que me contó Furaco no se ajustaba a la realidad.

—La bendición de Dios todopoderoso descienda sobre todos nosotros —prosiguió la xana balanceando el cuerpo hacia delante y hacia atrás.

—Amén —volví a contestar otra vez—. Tengo entendido que en un intento por conseguir la atención de tu amado te hiciste cristiana —añadí pretendiendo averiguar más sobre ella y comprobar en cuántas cosas más me habían informado mal.

—Eso tampoco es verdad. Otra mentira más que se cuenta de mí. No sabes nada, niña —contestó con un gesto de derrota que me dejó desarmada—. Convertirme al cristianismo fue una consecuencia, no una herramienta. Mi amado Bermudo era un muchacho, novicio de una de las primeras órdenes cristianas que vinieron aquí; era un benedictino. Le vi por primera vez un día que fue al río a buscar agua, estaba rezando una oración en voz alta. Sentía curiosidad por esos monjes tan austeros, tan recatados y me acerqué más. Su mirada estaba cargada de dulzura, sus manos delicadas prometían caricias imposibles que yo nunca llegué a probar, su voz era tan bonita… Desde ese momento no pude quitármelo del pensamiento —prosiguió meneando la cabeza y dejando caer los hombros en un ademán de desamparo—. Ya solo podía pensar en él. Creo que me obsesioné, pero el dios Angus me había lanzado sus redes y ya no pude escapar.

Tras decir esto Ayalga se calló y permaneció ensimismada mirando al frente, con la mirada perdida. Entonces comenzó a rezar un avemaría y a hacer el signo de la cruz frenéticamente. Cuando terminó la oración continuó su discurso como si nada hubiera pasado.

—En un par de ocasiones conseguí volver a verlo pero la última me aparecí ante él, se asustó y huyó. Las estrictas normas de su orden le obligaron a encerrarse en un monasterio, perdiendo todo contacto con nadie que no perteneciera a su congregación —tras apartar una lágrima dorada de uno de sus ojos la xana continuó hablando—Como una manera de sentirme próxima a él empecé a frecuentar los templos de su religión y me alejé del río. Ya que no podía verlo quería comprender su forma de vivir, sus oraciones. Quería saber por qué su dios le pedía aislarse encerrado entre los muros de un cenobio y no podía disfrutar de la mayor creación del hacedor: la Naturaleza.

Mientras Ayalga proseguía con su monólogo el polvo amarillo que la había envuelto al principio empezó a brillar y sus ojos verdes reflejaron destellos dorados; las hojas del suelo se arremolinaron en derredor suyo encerrando a la xana en un círculo de hojarasca. Los restos de vegetación que había por toda la estancia se habían acercado a arroparla, a protegerla.

—Al principio sus iglesias me parecían tristes, oscuras —prosiguió Ayalga—pero poco a poco, descubrí que el recogimiento que allí se sentía me procuraba una gran paz. Pasé muchas horas en esos templos, asistí a muchas de sus ceremonias religiosas y acabé consiguiendo una serenidad que creía perdida desde que me enamoré de Bermudo. Fue entonces cuando decidí seguir la doctrina del crucificado, cuando me volqué en la práctica de su religión, cuando renuncié a mi condición de xana. Sabía que mi determinación me iba a traer problemas, que ellos no lo entenderían, pero no me he arrepentido nunca de esa decisión. Nunca, a pesar de todo.

—¿A pesar de todo? —la interrumpí.

—Sí, a pesar del desprecio de mis allegados, del escarnio de mis compañeras acuáticas, de las burlas de todos los habitantes del río. Elegir otra forma de vida me supuso la defenestración, el rechazo de quienes dijeron que me querían. Dejé de formar parte de su mundo en cuanto renuncié a pensar como ellos. Hube de pagar mi imperdonable osadía: enamorarme de un ser diferente a mí y seguir un credo distinto al que me correspondía por nacimiento. Pagué un alto precio por mi elección y por mi renuncia.

Decididamente, Ayalga no estaba loca, ni mucho menos. Su discurso era de una claridad diáfana y lleno de sentido común. Si no fuera por esa manía de citar frases de la eucaristía o de ponerse a rezar de repente…

—¿Por qué a unos seres se les disculpa, incluso se admira su pasión y a otros, en cambio, se nos reprocha? —continuó—. El dios Angus se transformó en cisne para ser igual que su amada. O la misma Froiluba (El beso), baja a la orilla del río a llorar su pena y todo aquel que la oye se compadece de ella. Al menos esa viuda pudo disfrutar de su enamorado, pudo estar con él, aunque fuera un tiempo breve, pudo besarlo y sentirlo, acariciarlo y ser acariciada. Yo no. Yo no tuve nada de eso. Solo conseguí rechazo y menosprecio. Ave María Purísima.

—Sin pecado concebida —volví a replicar.

No sé si fue por mi educación en el seno de una familia católica, por mi abuela sacristana o simplemente por empatía, pero no podía dejar de contestar a los introitos eucarísticos de la xana. Tras mi réplica, Ayalga se calló, se levantó del suelo y comenzó a recorrer la pequeñísima estancia a gran velocidad, como si estuviera buscando algo.

—¿Dónde está? Tengo que encontrarla. No podré pescarlos. Y multiplicarlos. Es justo y necesario. Gracias a ti Señor, por este pan fruto del trabajo del hombre —empezó a decir Ayalga mientras daba vueltas por la sala.

Había entrado en uno de sus bruscos e intensos estados de enajenación y yo no sabía qué hacer. Verla deambular con ese frenesí me estaba poniendo nerviosa.

—¿Buscas algo? —dije por ayudar.

—La caña de pescar. La necesito —respondió mientras se mesaba los desordenados cabellos.

—Otra cosa que no te perdonan los habitantes del río es que pesques —añadí recordando mi conversación con Saltín (A contracorriente) —. Consideran una traición que ahora te alimentes de peces.

—Yo no me como los peces. Otra mentira más. Señor ten piedad. ¿Quién te dijo eso?

—Pues un salmón. Si no te los comes ¿para qué quieres la caña? No me digas que practicas tú también la pesca sin muerte —repliqué con cierto sarcasmo.

—Cada vez hay menos, los pescadores los matan y ya quedan muy pocos. Quiero capturarlos para multiplicarlos, como hizo nuestro señor Jesucristo junto al mar de Galilea. Los multiplicaré y evitaré que desaparezcan —contestó Ayalga mientras seguía revolviendo los pocos enseres que en esa casa cabían.

Después de todo, es posible que Ayalga sí estuviera un poquito loca. Pero tantos años siendo rechazada tan injustamente y viviendo en soledad condenada al ostracismo es motivo más que suficiente para que la mente se desquicie algo.

—Los peces se multiplican. Ya está. El conjuro funcionará. Ya no soy xana. Renuncié. Funcionará. Amad y seréis amados. Ora pro nobis. Y con tu espíritu. La paz del Señor.

Ayalga completamente trastornada daba vueltas desenfrenadamente y gesticulando. Tan solo se paraba de vez en cuando para persignarse y entrecruzar los dedos de las dos manos en un gesto de súplica mientras dirigía la vista hacia el techo.

Estuve unos minutos esperando a que la xana volviera a su estado de lucidez, pero fue en vano. Intenté hacerla entrar en razón con unas cuantas frases pero todo fue inútil. Parecía que el momento de discernimiento había pasado y ya no era posible comunicarse con ella.

Desistí de seguir hablando con Ayalga y salí de la casita dejando a la xana con su monólogo incoherente. Al cerrar la puerta, el mismo polvo amarillo que había en el suelo se desprendió de las jambas posándose en mis ropas.

Fuera de la vivienda me apoyé derrotada en un árbol. Estaba desconcertada. En lugar de encontrarme a una loca rencorosa y malhumorada xana, tal como me la habían descrito quienes la conocieron antes que yo, había hallado a un ser triste, algo desquiciado, es cierto, pero ante todo, Ayalga me pareció un ser desvalido, frágil y solitario.

Además, la conversación con la xana lo había trastocado todo. Ya no me importaba el destino de Furaco, ese oso tendría que afrontar las consecuencias de sus actos, quizás él mismo no estaba tan convencido de haber actuado en defensa propia cuando atacó a Favila. El druida quizás no debería amargarse tanto por reposar debajo de un templo cristiano, un templo que llamaba al recogimiento y en donde se predicaba el amor también, no tan libre ni tan carnal como a él le gustaría, pero amor al fin y al cabo. O la viuda quizás debería lamentarse menos y dar gracias por haber podido besar a su amante y por el recuerdo de ese beso; es mejor haber amado y ser correspondido que ser rechazado y no conocer nunca los placeres de ese amor.

Pero muchas veces es más fácil buscar culpables ajenos para así eludir nuestras propias responsabilidades o nos empeñamos tanto en compadecernos de nosotros mismos que no sabemos valorar lo que tenemos o lo que hemos tenido.

En cambio Ayalga no era así. Ella renunció a sus tradiciones y asumió las consecuencias. Supo ver qué podía conllevar la renuncia. Su elección al enamorarse o al creer en un dios concreto le había supuesto el ostracismo, la exclusión. Había sido fiel a una convicción, había sido coherente con su determinación y lo había pagado muy caro: sola, vilipendiada y dispersa en su delirio. Como para no volverse loco.

Mientras me sacudía el polvo que se había adherido a mi camisa al salir de la casa, sentí pena por la xana pero también admiración por su valentía, por ser tan fuerte dentro de su fragilidad. También pensé qué tendría ese dichoso polvo amarillo que se quedaba pegado a mis dedos y que brillaba a la luz del sol.

Abandoné Asturias el día siguiente. Cuando estaba colocando el equipaje en el maletero del coche miré hacia la colina donde se encontraba la vivienda de la xana. Desde mi posición no podía ver la casita, la distancia y la frondosa vegetación me lo impedían, pero al dirigir la vista hacia allí creí ver una luz verde brillar. En ese momento se levantó una ligera brisa que arrastró unas hojas secas de un jardín aledaño. Las hojas se arremolinaron en torno a mis pies formando un círculo perfecto, al mismo tiempo que un polvo dorado se levantaba del suelo para cubrir con reflejos ambarinos mis zapatos.

Volví a mirar hacia la colina y la luz verde brilló de nuevo. Ayalga decía que había renunciado a su condición de xana, pero yo sabía que lo que estaba pasando era obra de ella. Después de todo, y por mucho que se cambie, uno no puede renunciar del todo a lo que fue, siempre queda algo.

Mirando la luz verde brillante levanté la mano y le dije adiós.







NOTA: Angus es el dios celta del amor, se enamoró de una mortal y se convirtió en cisne para estar cerca de ella.
A las xanas se las considera popularmente las hadas de los ríos y los bosques asturianos. Pero en la mitología griega una ninfa no es lo mismo que un hada. Las ninfas tienen apariencia femenina y son del mismo tamaño que los humanos, mientras que las hadas son minúsculas. Mi Ayalga, como es fruto de mi invención, ha resultado ser un compendio de ninfa y hada. Que me disculpen los puristas. El polvo de hadas son unas partículas que se caracterizan porque brillan y producen diferentes efectos desde inconsciencia a alucinaciones.
Siempre he sentido admiración por quienes no se dejan arrastrar por la masa, por quienes tienen sus propias ideas y no permiten que los manipulen, aunque esa oposición les tache de locos o de raros. Independientemente de que tengan razón o no, o de que se equivoquen con sus convicciones, ese criterio propio me resulta muy atractivo. Además, me siento muchas veces identificada con ese tipo de personas, puede que yo también sea algo rara, o simplemente estoy loca. El personaje de Ayalga es un homenaje a todos aquellos que asumen con valentía ser diferentes.
Las crónicas astures se han terminado. Pero antes de cerrar definitivamente esta sección quiero agradecer encarecidamente a todos los que habéis sido fieles a esta serie. Soy consciente de que este tipo de relatos tan largos y con tantos episodios no son del agrado de muchos blogueros, que el formato no es el más apto para los gustos y usos de quienes frecuentan los blogs. Con todo y con eso, vosotros, quienes me seguisteis en la búsqueda de la xana, habéis leído y comentado igualmente. Gracias por vuestra fidelidad y vuestra paciencia.

GALERÍA FOTOGRÁFICA

La casita de Ayalga
Mapa de la ruta en busca de la xana perdida

GLOSARIO

Crónicas astures I: Legítima defensa
Crónicas astures II: El beso
Crónicas astures III: Ultraje
Crónicas astures IV: A contracorriente
Crónicas astures V: Renuncia

14 de septiembre de 2018

A contracorriente

CRÓNICAS ASTURES IV



Después del agradable encuentro con el druida Brigo (Ultraje) y siguiendo sus instrucciones, me encaminé al día siguiente al río Güeña.

Ese río es bastante largo y no sabía muy bien por dónde empezar, pero me decidí por la parte más cercana a donde Furaco tuvo su desafortunado encuentro con Favila (Legítima defensa). Pensé que, a lo mejor, las xanas tenían problemas para recorrer grandes distancias y eso haría que no pudieran desplazarse muy lejos de sus lugares originales. Aunque por otra parte, teniendo en cuenta que la xana que yo buscaba vagaba desde hacía siglos, por muy despacio que se moviera ya podía estar en cualquier otro sitio de la península ibérica o incluso de otros países siguiendo las rutas fluviales y acuáticas. Enseguida aparté estos pensamientos que me alejaban, nunca mejor dicho, de mi objetivo porque bastante difícil tenía la cosa como para ampliar el radio de acción de mi búsqueda.

Al contrario que en mi incursión en el Sella, esta vez elegí la primera hora de la mañana y no el anochecer. Se trataba de una medida preventiva para evitar encontrarme con viudas plañideras que me acongojaran (El beso).

Un tímido sol matinal intentaba hacerse ver entre las espesas nubes que cubrían el cielo. Los débiles rayos que se filtraban procuraban una luz tenue que daba una pátina de frescura al paisaje donde el rocío de la madrugada perlaba los prados circundantes y la ribera del Güeña aparecía desierta de paseantes.

Inicié mi caminar por la orilla pedregosa fijándome especialmente en los lugares donde los árboles más audaces se aproximaban al cauce y acariciaban con sus ramas bajas el discurrir del río. El silencio del alba se rompía solo por el ruido quedo de la corriente del agua y por los esporádicos trinos de unos mirlos acuáticos. El Güeña acudía presto al encuentro del Sella para fundir sus aguas en una sola cuenca e ir juntos hasta el Cantábrico, allá en Ribadesella.

Como la ribera del río estaba llena de vegetación donde una xana podría esconderse fácilmente, y ante la eventualidad de que podía pasar cerca de ella y no verla, decidí utilizar un recurso simple pero muy eficaz: llamarla a gritos por su nombre. De todos es sabido que cuando uno va por el monte buscando a alguien se suele utilizar ese procedimiento, así que por qué no iba yo a hacer lo mismo.

—¡Ayalga! ¡Ayalga!

Tras unos minutos dando voces y sin obtener resultado, me di cuenta de que, una vez más, estaba comportándome como una tarada. Justo cuando decidí renunciar a mi promesa y dejarme de buscar xanas maldecidoras vi en el agua un burbujeo. No le di mayor importancia, pero cuando esas burbujas se acercaron a donde yo estaba y se detuvieron, me fijé algo más y entonces distinguí dos ojos que me miraban persistentemente. Al principio creí que era una ilusión óptica y que esos ojos en realidad eran dos trozos de plástico o cualquier guarrería por el estilo que algunos estúpidos suelen tirar a los ríos.

Pero el gorgoteo se incrementó produciendo burbujas cada vez más grandes. Me incliné sobre el agua para fijarme más y sí, eran dos ojos que me estaban mirando. Dos ojos grandes, redondos, de un bonito color dorado. La turbidez del agua no me permitía ver qué había detrás de esos ojos, pero la intensidad de su mirada me llamó la atención.

Supuse que sería un pez, pero la insistencia en mirarme y el largo tiempo que mantuvo fijos sus ojos en mí, sugería que su propietario era alguien más inteligente que un animal acuático —tengo entendido que los ictiólogos no presuponen demasiada inteligencia a este tipo de animales, salvo el caso de los delfines, pero estos son seres marinos—. ¿Sería la xana? Como ya estaba bien servida de chascos en cuanto a encontrarla, no quería hacerme ilusiones y esa posibilidad no fue la que más peso tuvo a la hora de especular quién era el propietario de esos ojos y de esa mirada.

No obstante, me dirigí a 'aquello' y dado que fue él quien se acercó a mí le dije:

—Hola, ¿puedo ayudarte?

En cuanto hablé, el agua se removió y los ojos desaparecieron. Después de todo sí que debía de ser un pez y mi ligera esperanza de que fuera la xana se desvaneció en la bruma matinal del río. Sin embargo, en seguida los ojos volvieron a acercarse a mí, acompañados del burbujeo en el agua. Entonces volví a hablar y otra vez la reacción de lo que quiera que fuera que tenía esos ojos fue alejarse en la profundidad del río. Me callé y el gorgoteo volvió a acercarse. El jueguecito ya me estaba cansando así que di media vuelta y cuando estaba alejándome el burbujeo se acercó a la orilla hasta casi tocar las piedras de la ribera, ahí el agua era poco profunda, regresé y entonces pude ver completamente la figura del poseedor de los ojos: era un pez. A pesar de que mis conocimientos de zoología son escasos, y los de ictiología más aún, supe que se trataba de un salmón.

En cualquier caso era un salmón raro porque parecía que quería algo de mí, aunque no sabía qué. O es posible que fuera el espíritu de un salmón condenado, como Furaco pero con escamas. Después de toparme con el fantasma de un oso, el de una viuda y el de un druida, ya estaba curada de tanta cosa extraña así que decidí hablarle otra vez.

—¿Necesitas algo?

Por toda respuesta el salmón se dedicó a gorgotear más intensamente. Daba la impresión de que ese bicho no sabía hablar y que su única manera de comunicarse era con burbujeos en el agua. Estamos listos, pensé, porque si no tengo mucha idea de peces menos de su lenguaje de burbujas. Aun así, insistí.

—Lo siento, pero no te entiendo. ¿Hablas mi idioma?

¿Le acababa de decir una frase típica de las películas americanas a un salmón? ¡Por dios, sí que estaba trastornada! Tanta charla con espíritus de osos regicidas, reinas viudas y sacerdotes celtas me había vuelto majareta. Cuando ya estaba pensando en pedir cita con un psiquiatra para cuando volviera a mi casa, el salmón, gorgoteando más fuerte aún, me contestó de forma perfectamente comprensible.

—Quiero ver tus manos.

—Perdona, ¿cómo dices?

—Quiero ver tus manos.

Dado que hacía bastante fresco a esa hora temprana de la mañana, tenía las manos metidas en los bolsillos de mi forro polar. Que un salmón me hable es raro, pero que quiera verme las manos roza lo esperpéntico. Aun así se las enseñé.

—Vale, no llevas ningún anzuelo, ni veo cerca de ti una caña de pescar —dijo el salmón cuando vio mis manos vacías—. Disculpa mi mutismo de antes pero quería asegurarme de que no eras ningún pescador. Los pescadores no me caen bien.

Que tuviera ojeriza a los pescadores me suministró información. Si tenía miedo a ser pescado es que no estaba muerto y no se trataba de ningún espíritu. Era un salmón de carne y hueso, o mejor dicho, de carne y espina. Menos mal, por fin un ser vivo. Ya era hora de encontrarme con alguien normal —todo lo normal que puede ser un salmón que habla, claro—.

—Entiendo. No, no he venido a pescar. ¿Por qué te has acercado a mí?

—Te he oído decir Ayalga, ¿te llamas así?

—No, yo me llamo Paloma.

—¿Paloma? Claro, y yo me llamo Gato —contestó añadiendo un sonido diferente al gorgoteo que a mí me sonó a una especie de carcajada—. En serio, ¿cómo te llamas?

—Ya te lo he dicho, Paloma. No es broma. ¿Y tú? —pregunté por cortesía.

—Yo soy Saltín —contestó haciendo una pirueta por encima del agua y mostrándose por completo— ¿De verdad te llamas Paloma? ¿Por qué tienes el nombre de un pájaro? —prosiguió una vez en el agua de nuevo.

—Es una historia muy larga —respondí y volví al tema que me interesaba—. Cuando me oíste decir Ayalga te acercaste ¿por qué?

—Primero, porque creí que te llamabas así. A algunos humanos les gusta grabar en los árboles su nombre y pensé que tú preferías gritarlo. Sois tan raros. Además, Ayalga es un nombre muy extraño, yo solo conozco a un ser con ese nombre, es una xana.

—¿La conoces? ¿La has visto? ¿Está por aquí? ¿Dónde? ¡Dime dónde está! —exclamé alzando la voz y mirando a mi alrededor creyendo que la xana deseada andaba cerca.

El salmón al verme gritar se alejó de la orilla con un suave ondular de la cola. Además, me pareció ver que sus bonitos ojos dorados se hacían más grandes en un gesto de asombro o posiblemente de miedo. Mi reacción creo que le asustó.

—Perdóname. Aunque no lo parezca no soy peligrosa. Solo quiero encontrar a Ayalga —le dije para tranquilizarlo.

—He visto todo tipo de visitantes por estas orillas, pero tú eres la más rara. Querer encontrar a Ayalga lo demuestra —contestó Saltín cuando regresó a donde estaba yo.

—Sí, ya me han dicho que está un poco loca, pero necesito contactar con ella. Es importante.

—¿Un poco loca? ¡Está como una regadera, rapacina!

Por lo que se veía Ayalga era muy popular entre ciertos ambientes y por motivos poco alentadores. Estaba comprobando que su mala salud mental era conocida por muchos. Lo mismo yo me estaba poniendo en riesgo por empeñarme en contactar con una psicópata.

—Pero la conoces ¿no?

—Sí, aunque solo la vi dos veces. En la primera ocasión yo era un esguín recién salido del huevo —contestó él y yo sonreí al imaginarme a Saltín cuando era un bebé pez—. Ayalga estaba cantando bajo aquel abedul que hay allí delante, donde la roca cubierta de musgo ¿lo ves? —ante mi gesto de asentimiento Saltín prosiguió—. Recuerdo que me impresionó mucho porque mi madre me contó que las xanas eran seres bellos y mágicos. Pero aquella era fea y desafinaba como un grajo. Mis hermanos se reían de ella y le hacían burla. Me dio un poco de pena.

—¿Y la segunda ocasión en que la viste? ¿Cuándo fue?

En ese momento una hoja de un árbol cercano se cayó al agua y Saltín en cuanto lo oyó se alejó de la orilla, una vez más, y desapareció en la profundidad del río. Cuando el agua volvió a su discurrir normal, el salmón reapareció.

—¡Qué susto! Creí que era un anzuelo —dijo nada más regresar y mirando atemorizado a un lado y a otro.

Le vi tan angustiado que sentí lástima por él y por un momento me olvidé de Ayalga y su localización.

—Sí que tienes miedo a los pescadores, sí. Pero tengo entendido que la pesca del salmón en estos ríos es sin muerte, aunque te capturen te deben soltar porque perteneces a una especie protegida —argumenté muy docta yo recordando un documental de la 2.

—Oh, sí, claro. Me capturan y luego me sueltan y ya está todo resuelto, ¿no? —contestó el salmón abriendo aún más si cabe sus enormes ojos— ¿Tú sabes lo que duele un anzuelo clavado en la boca? Nooo, tú eso no lo sabes porque no eres un pez.

—Vale, te doy la razón. Esos ganchos tienen pinta de hacer daño…

—Por no hablar de lo mal que se pasa cuando te sacan del agua y no puedes respirar —me interrumpió Saltín.

—Sí, claro, pero así al menos no os matan.

—No te creas. Muchos de mis compañeros después del susto de verse capturados y de las heridas del anzuelo no superan el estrés postraumático y acaban flotando panza arriba. Yo me salvé en un par de ocasiones, pero he perdido a muchos y queridos amigos por esa práctica deportiva —esto último lo dijo con retintín—. ¿Deporte? ¿Desde cuándo es un deporte estar horas esperando a clavarle un arpón a un ser vivo? ¡Por favor!

Nada más decir esto las campanas de una iglesia cercana comenzaron a repicar y Saltín huyó despavorido.

—Y ahora ¿qué pasa? ¿Por qué te asustas? No me digas que tú también le tienes fobia a las iglesias —le dije al salmón escondido y recordando a mi druida ultrajado.

—Después de los pescadores lo que más detesto son las campanas —contestó tras regresar de nuevo y una vez que el campanario se calló—. ¡Instrumentos del diablo! Su sonido es de mal agüero.

Ante mi cara de extrañeza Saltín continuó.

—Mi madre me contó que en los tiempos de su abuela las iglesias tenían la mala costumbre de tañer las campanas anunciando la llegada de mis congéneres al río para que todo el mundo se enterara de que ya estábamos aquí, así los malditos pescadores sabían que podían venir a capturarnos.

—Pero eso ya no se hace ¿no? Porque estáis protegidos y os tienen que soltar —insistí yo recordando aquel documental.

—No, ahora solo tocan cuando capturan al primero de la temporada y eso es peor.

—¿Por qué?

—Porque al primero del año, a ese, no lo sueltan. Ese se lo quedan y se lo zampan —respondió mi pez favorito con un tono triste y de pánico también.

—¡El campanu! —exclamé recordando algo que oí en un restaurante a cuenta del único salmón asturiano que se puede degustar cada año y que tiene precios prohibitivos, por cierto.

—Campanu les daba yo en toda la cabeza a los que siguen esa maldita tradición. He pensado seriamente quedarme en el océano y dejar de venir aquí a veranear —contestó Saltín girando sobre sí mismo en una bonita voltereta—. Además, ni te imaginas lo que fatiga remontar un río. Nadar a contracorriente es muy cansado. Pero siempre que decido no volver, recuerdo el ambiente tan animado que se da en el fondo del río en primavera y regreso. No puedo ceder a la tentación de volver a ver unas escamas relucientes, unas aletas moteadas y un cuerpo en posición arqueada con su aleta anal hundida en el limo… es para volverse loco de deseo ¡Qué le voy a hacer! ¡Soy un romántico! —añadió el salmón.

Esto último me dejó algo descolocada. Por desgracia no veo tanto como debería los documentales de la 2 y no sabía de qué estaba hablando mi interlocutor pero pensé que se estaría refiriendo a los ritos de apareamiento.

—Qué maravillosa sensación la de sentir mi vientre pegado al légamo junto al de mi pareja —continuó evocando Saltín— nuestros cuerpos arqueados y vibrantes, nuestras mandíbulas abiertas en pleno éxtasis y mi esperma liberándose…

—¡Eh! ¡Para! ¡Por favor! —qué manía tenían por estos lares los varones, de cualquier especie, en detallar sus prácticas sexuales pues también el druida había querido entrar en pormenores cuando me contó lo que hacía en la fiesta de Beltane—. Mejor volvamos a Ayalga, ¿vale? ¿Cuándo la viste por última vez? Necesito encontrarla.

—Es verdad, Ayalga. Antes la estabas llamando —me contestó dando dos graciosos saltos sobre la superficie, se notaba que evocar sus prácticas de reproducción le había puesto contento—. Creo que la segunda y última vez que la vi fue hace dos veranos. Iba diciendo cosas muy raras, no sé qué de panes y peces. Precisamente por hablar de peces me acerqué más a ella y pude comprobar horrorizado que llevaba una caña de pesca, la muy traidora. Se supone que las xanas aman a los habitantes del río, pero Ayalga pretendía pescar. Ya no te puedes fiar ni de las xanas.

—Sé que no es muy popular en determinados sectores y que no está haciendo muchos amigos pero he de hablar con ella. Exactamente ¿dónde la viste?

—Aquí mismo, cerca del abedul de la primera vez. Después de un rato de esperar a ver si picaba alguno de mis colegas y al no tener éxito, afortunadamente, se marchó tierra adentro. Eso es todo lo que te puedo decir.

Así que la xana había estado por el lugar hacía, como mucho, dos años. Y se había marchado “tierra adentro”. Eso y nada era lo mismo. Volvía a estar como al principio. Al menos sabía que aún permanecía por la zona, pero mi estancia en Asturias tocaba a su fin y ya no disponía de más tiempo para buscar. A pesar de la buena disposición de Saltín yo no había obtenido nada.

El sol había conseguido imponerse sobre las nubes y anunciaba un día espléndido. La temperatura comenzó a subir y ya se podían ver algunos caminantes por la vereda del río. Debía terminar mi plática con Saltín antes de que algún paseante se fijara y me viera hablar con un pez. Pero Saltín se me adelantó.

—Bueno, Paloma, tengo que dejarte. Me he enterado de que hay una fiesta río arriba, cerca de la cueva del Buxu. A ver si tengo suerte y puedo arquear mi aleta caudal. Hay que perpetuar la especie —me dijo tras cerrar uno de sus  ojos, supongo que en un intento de hacerme un guiño—. Suerte con tu búsqueda —añadió alegremente.

Nada más decir esto Saltín, haciendo honor a su nombre, dio una voltereta en el aire y dando saltos llenos de gracilidad remontó el río. Tras cinco o seis impulsos por encima de la superficie del agua lo perdí de vista.

Cuando vi a Saltín nadando contra la corriente, alegre y feliz a pesar del miedo a ser capturado, a pesar del daño de los anzuelos o de la posibilidad de convertirse en el campanu, pensé que a mí me gustaría ser como él. Sí, envidié a ese salmón entusiasta, asustado pero contento, deseando volver al lugar donde es feliz a pesar de los riesgos, a pesar de todo y de todos. Y siempre nadando incansable a contracorriente.

Por desgracia yo no tenía la constitución, ni física ni moral, de un salmón y nadar a contracorriente se me estaba haciendo muy difícil. Mi búsqueda era estéril y ya estaba muy cansada por lo que decidí abandonar. Muy a mi pesar iba a faltar a la palabra dada a Furaco y no podría interceder por él. Bien que lo sentía, pero me había embarcado en una tarea abocada al fracaso desde el inicio.

Con el ánimo decaído me dispuse a volver al lugar donde me encontré con Furaco para comunicarle mi abandono. Por lo menos ese oso desgraciado se merecía una explicación.


(Continuará…)





NOTA: La pesca del salmón en Asturias está prohibida desde 2002 para preservar una especie que está en riesgo de extinción. Se permite la llamada “pesca sin muerte”, el salmón puede ser capturado pero ha de ser devuelto al río de inmediato. Esta práctica es cuestionada por algunos ecologistas pues las heridas del anzuelo suelen ser fatales y el pez acaba muriendo igualmente. Por todo esto, en Asturias no puede degustarse salmón de sus ríos, salvo una excepción, el llamado ‘campanu’ que es el primer salmón de la temporada y que sí se puede pescar sin devolver al río. El día que se abre dicha temporada (a finales de abril) los pescadores acuden a los ríos asturianos, el primer salmón en ser capturado se anuncia mediante el repique de las campanas y luego es subastado públicamente; en la puja suelen participar los mejores restaurantes de Asturias  interesados en adquirir este ejemplar único. El del año 2018 fue capturado en el Sella y alcanzó la cifra de 11.900 euros.


GALERÍA FOTOGRÁFICA

Río Güeña en la confluencia con el Sella 
Río Sella y pescador
Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción en Cangas de Onís (su campanario pone muy nervioso a Saltín)
Puente sobre el río Güeña
GLOSARIO

Crónicas astures I: Legítima defensa
Crónicas astures II: El beso
Crónicas astures III: Ultraje
Crónicas astures IV: A contracorriente
Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores