16 de agosto de 2018

Vacaciones con Murphy



Después del paréntesis veraniego aquí estoy de vuelta. Regreso y lo hago para hacer algo que se me da muy bien: quejarme.

Tengo fama de ser cascarrabias y yo creo que es merecida pero a veces pienso que el destino se empeña en ponerme las cosas difíciles para así poder dar rienda suelta a mi malhumor. No sé si es el destino o algún duende capullo quien se obstina en darme por saco, pero en estas vacaciones de verano el destino, el duende o los dos, se han esmerado especialmente en fastidiarme.

Dicen que para viajar es muy importante elegir bien los compañeros de viaje. Yo elegí una buena compañía pero no me di cuenta de que se incorporó al grupo un acompañante no invitado. Me refiero a Murphy, el de la Ley de Murphy. Y no solo vino conmigo sino que se hizo notar a base de bien.

Pensaréis que soy una exagerada pero os voy a contar todas las incidencias que tuve a lo largo del viaje y vosotros juzgaréis después.

Como anuncié en mi despedida vacacional este año me fui al norte, al fresquito… Y tanto que fresquito, el forro polar que metí en la maleta ‘por si acaso’ me lo tuve que poner todos los días. Es cierto que la zona en la que estuve era de montaña y ahí la temperatura es más baja, pero hubo días que más parecía otoño que verano.

En realidad el frío no me importó porque huía del calor de Madrid, así que tener que abrigarme en julio hasta me pareció bueno. Además, caminar varios kilómetros bajo un sol inclemente puede ser muy penoso, mejor que esté nublado. Pero si las nubes bajan demasiado, la caminata por la montaña puede convertirse en un deambular errático y bastante despistado.

Eso me pasó cuando fui caminando desde El Cable hasta el refugio de Áliva, la niebla era tan densa que hubo un momento en el que no sabía dónde estaba. En otras ocasiones el refugio se ve desde lejos y sirve de referencia para saber cuánto queda por andar. Pero cuando no se ve un carajo la orientación es muy mala y no se sabe si falta mucho o poco para llegar a un destino que se presenta incierto por la indefinición. Además, una puede encontrarse de golpe, y sin previo aviso, con otro caminante que viene de frente o, lo que es peor, con un toro que está parado en medio del camino.
Camino hacia el refugio de Áliva
Refugio de Áliva al fondo, a la derecha
Toros en la niebla

Esas mismas nubes insistentes impidieron que disfrutara de las maravillosas vistas que se pueden observar desde el mirador de El Cable, arriba de Fuente Dé. Yo ya había estado ahí en otras ocasiones y sé lo bonito que se presenta el valle de Liébana desde esas alturas, pero dos de mis acompañantes iban allí por primera vez y tuvieron que conformarse con las fotos de Google para hacerse una idea de lo que había abajo porque ese día no se veía absolutamente nada.

Vistas (¿vistas?) desde el mirador de El Cable 

El valle de Liébana no fue el único que no se dejó ver. Especialmente esquivo se mostró el Naranjo. Tuve que ‘perseguirlo’ durante dos días para poder verlo. Se empeñó en esconderse tras unas nubes y no quería mostrarse. La primera intentona fue en el pueblo de Bulnes, tras subir a un mirador estuve cerca de una hora esperando a que las nubes se fueran y ver ese pico. El caso es que las nubes se fueron, pero venían otras después, de manera que el ‘Picu Urriellu’ estuvo escondido todo el rato.

Pero no me di por vencida. Al día siguiente me fui a otro lugar para ver el Naranjo, primero me subí a una colina y las puñeteras nubes seguían tapándolo, pero tras una buena espera y desde otro mirador, el Naranjo de Bulnes se mostró desafiante y bello entre otros picos no menos bonitos.

El Naranjo desde el Mirador de Poo
En mi deambular norteño recalé en la playa de Gulpiyuri. Esta playa es muy espectacular porque no se encuentra en el mar. Me explico: la playa está en medio de un prado y el agua marina penetra en ella a través de un túnel que atraviesa las rocas tras las que está el mar. A mí la playa me pareció muy bonita, pero creo que si hubiera tenido agua habría estado mejor, porque resulta que una servidora apareció allí cuando había marea baja, tan baja que el agua se había retirado completamente tras las rocas y la playa solo tenía arena. Huelga decir que no me bañé.

Playa de Gulpiyuri

Otra muestra de que mi ‘amigo’ Murphy estuvo haciendo de las suyas fue en la Ruta del Cares. No sé qué poderes tiene este Murphy pero creo que puede mover montañas, como la fe, pero en versión puñetera. He recorrido esa senda varias veces y sé perfectamente que hay un ‘pequeño’ repecho al inicio de la ruta –si se empieza en Poncebos–, pero en esta ocasión Murphy alargó la cuesta de manera que yo creí estar ascendiendo un ocho mil. ¡Madre mía, esa pendiente no se acababa nunca! Estoy segura de que las otras veces que hice la senda, aquella subida fue más corta. Según mi marido la cuesta no ha variado nada y lo que ha cambiado es mi edad –las veces anteriores que hice la ruta tenía veinte años menos–, pero esa explicación no me convence. Fue Murphy, que alargó la pendiente para hacerme la puñeta. Seguro.


Una servidora sudando la gota gorda subiendo "el repechito" de la Ruta del Cares


Pero lo peor estaba por llegar.

Cuando inicié mis vacaciones lo hice con la esperanza de que fueran aventureras. No es que me fuera a los Alpes, pero los Picos de Europa tienen su porción de riesgo y algunos desfiladeros son peligrosos. Así que me calcé las botas de montaña con la intención de vivir el “peligro”. Dicen que hay que tener cuidado con lo que deseas porque puede hacerse realidad, y es cierto. Murphy se empleó a fondo en cumplir mi deseo de aventura y riesgo, pero de una manera muy diferente a la que yo tenía en la cabeza.

Mi estancia en los Picos de Europa se dividió en dos estapas. Una etapa asturiana donde pernoctaba en Cangas de Onís, y otra etapa cántabra donde residí en un hotelito de una pequeña localidad situada entre Potes y Fuente Dé. El municipio donde se encontraba ese hotelito cántabro se llama Camaleño. Si habéis estado pendientes de las noticias el mes de julio habréis oído hablar de ese lugar pues fue allí donde la noche del 17 y la madrugada del 18 un individuo se atrincheró en su casa y se dedicó a disparar a la Guardia Civil. ¿A que no sabéis qué día iba yo allí? El 18 de julio. Pero cuando llegué a la zona ese señor ya no estaba en su casa de Camaleño, qué va. Se había escapado y las fuerzas del orden público suponían que estaría por las cercanías.

Vistas desde el hotel de Camaleño (posiblemente con el fugado escondido entre los árboles)
Saber que por donde yo estaba, andaba merodeando un tarado con una recortada me puso muy nerviosa. A pesar de las palabras tranquilizadoras de un guardia civil al que preguntamos antes de llegar, ‘señora, está usted en el lugar más vigilado, y seguro, de España’ (sí, sí, seguro, pensé, por eso se os ha escapado) yo no las tenía todas conmigo. Encima, el encargado del bar del hotel nos dijo que el individuo ese (el Rambo de Liébana le llamaban) era parroquiano del establecimiento. Ya solo me faltaba que se tomara un café allí, a mi lado.

Como era de esperar, la noche del 18 de julio, el tema de conversación de los clientes de ese bar era “el fugado”. La mayoría de los vecinos de la zona pensaban que, dado lo buen conocedor que era del monte, ya estaría muy lejos de allí. Al igual que me pasó con las palabras del guardia civil, yo no me lo creí. Y resultó que yo tenía razón. Al sujeto le pillaron esa madrugada cuando regresaba a su casa a la una de la mañana. Una hora y media antes yo volvía de cenar en Potes por una carretera aledaña a su domicilio y, estoy segura, ese tío estaba por allí ya. Al menos, Murphy no tuvo a bien que me topara con él de bruces.

Cuando pedí unas vacaciones de riesgo no estaba pensando en acudir a un tiroteo. Entre mi equipaje llevaba, además de las botas de montaña, un chubasquero y hasta un capa de agua para protegerme de las inclemencias del tiempo o de los posibles inconvenientes. Nunca se me ocurrió añadir un chaleco antibalas.

En fin, que estas vacaciones fueron de desventura en desventura, pero es lo que hay. Cuando al destino, o al duende puñetero, le dan por enrededar y Murphy se empeña en acompañarte… no hay nada que hacer.

Pero no todo fueron cosas malas. También hubo otras muy buenas. Una de ellas fue la buena compañía (la que yo elegí) con la que hice el viaje. A pesar de las inclemencias meteorológicas o de los fugados montaraces, me divertí mucho y las risas fueron constantes. Esas risas en algunos lugares no fueron bien entendidas, en un par de sidrerías de Cangas aún se están preguntando qué tiene de gracioso escanciar una botella de sidra y no conseguir que caiga dentro del vaso ni siquiera la mitad de su contenido.

Además, conocí a personajes muy peculiares (pero mucho) que me contaron historias realmente curiosas. En sucesivas publicaciones, en lo que voy a llamar Crónicas astures y Crónicas cántabras,  transmitiré lo que esos extraños personajes me relataron. Estoy segura de que disfrutaréis con sus historias al igual que lo hice yo cuando las escuché.

Pero eso será otro día. Ahora voy a ver si ya mando a freír espárragos a Murphy y consigo reponerme de tanto sobresalto.








1 de julio de 2018

Cerrado por vacaciones


‘Viajar y cambiar de lugar revitaliza la mente’ – Séneca

El año pasado, por estas fechas más o menos, desconecté el blog por primera vez desde que lo abrí. En aquella ocasión, la defensa de mi tesis doctoral me había dejado secuelas y necesitaba recargar la batería.

Comprobé entonces que desconectar de vez en cuando, aunque sea de una actividad que gusta como es la de escribir, siempre viene bien.

Cambiar de aires, dejar de hacer las cosas que habitualmente se hacen -aunque sean las cosas que a una le agradan- despeja mucho. Si, encima, esa desconexión se hace viajando, la mente se revitaliza; y esto lo dijo Séneca, así que no voy yo a enmendarle la plana a ese señor tan sabio.

Este año me voy también unos días y cierro el blog.

Además, estas vacaciones no las voy a pasar en ninguna isla, como llevo haciendo desde hace más de veinte años. Me voy al norte, al fresquito, a practicar senderismo y a disfrutar de la gastronomía cantábrica que tanto me gusta. De paso, retorno a mis orígenes norteños -lo cortés no quita lo valiente-. Me voy a disfrutar pero también puedo ser muy espiritual, aunque esa espiritualidad sea con el estómago lleno a base de queso de Cabrales, de fabes con almejas o de sobaos pasiegos.

Intentaré, a pesar de las digestiones complicadas, estar en armonía con el paisaje que mis antepasados vieron antes que yo y establecer comunicación con sus espíritus para inspirarme y volver con muchas ideas para escribir nuevas historias. Mi sentido pragmático para con el blog se impone y pienso sacarle rédito al viaje.

Por cierto, perdonad si no contesto a los comentarios pero desde ya mismo estoy en modo off. Es decir, cuando esta entrada aparezca por la red, una servidora estará preparando las maletas, con las botas de montaña puestas, dispuesta a encaramarse a cualquier risco para hacerle la competencia a las cabras monteses y establecer contacto con el fantasma de algún celta que ande por ahí perdido en el limbo de las montañas.

Nos leemos en unas semanas.
¡Feliz verano!




29 de junio de 2018

"La habitación oscura" - Isaac Rosa


Un grupo de amigos comparten un local donde reunirse y realizar diferentes actividades. Un día se va la luz en todo el barrio y se quedan completamente a oscuras, entonces descubren la excitación que supone no ver absolutamente nada y cómo ese factor puede cambiar la percepción de las cosas.

A raíz de esa experiencia inesperada deciden construir una habitación oscura en el sótano, donde no se pueda ver, donde nadie puede hablar y así no reconocerse entre ellos. En esa habitación pasan a ser anónimos. En esa habitación los sentidos –salvo el de la vista se agudizan y en ese anonimato cada uno encuentra una vía de escape. En esa habitación descubren la desinhibición, pueden mostrarse como no se atreven a hacerlo con luz, porque allí no existe la fealdad, ni el rechazo.


Cuando construyen esa habitación oscura son jóvenes y los motivos por los que la habitación se muestra atractiva son diversos. Pasan los años y esos jóvenes se hacen adultos, maduran, cambian; y la habitación también cambia, evoluciona con ellos.

A lo largo de quince años los inquilinos van mostrando sus impresiones, qué significa la habitación oscura para cada uno de ellos. Esos moradores tienen nombres propios, Raúl, María, Andrés, Jesús, Pablo, Sonia, Eva, Sergio, Olga… Unos están allí desde el principio, algunos han dejado la habitación tras un corto periodo de tiempo, otros se han incorporado más tarde.

El narrador cuenta en primera persona lo que significa la habitación, qué se siente dentro de ella. El narrador es uno de los usuarios de la habitación oscura; un usuario que va cambiando según qué nos cuenta, unas veces es María, otras es Sergio, otras simplemente no lo sabemos. Pero eso no importa, porque lo que importa es cómo todos y cada uno de los moradores de la habitación oscura buscan allí lo que no pueden encontrar fuera, ahí fuera donde hay luz, donde se ve, donde se reconocen.

En la evolución de los personajes, y de la habitación, se muestran las diferentes etapas de la vida: la juventud donde todo es ilusionante y la madurez que llega cargada de responsabilidades y decepciones.


En esa evolución merece especial mención la manera de contar cómo la crisis económica les afecta. A mí, personalmente, me fascinó. Al principio asisten al hundimiento de la economía como simples espectadores que se creen a salvo de la catástrofe, “un público cautivado por el espectáculo del apocalipsis” para asistir después impotentes al derrumbe donde los cascoques y los vidrios rotos les caen encima provocándoles heridas, algunas irreversibles.

La forma de narrar es muy cinematográfica. El autor utiliza mucho el recurso de la cámara rápida, o “time lapse”. Se nos cuenta el paso del tiempo con esta técnica, donde una sucesión de imágenes pasadas rápidamente nos muestra cómo la habitación y las vidas de sus ocupantes van cambiando. Son cambios imperceptibles si se miran en un lapso de tiempo corto, pero que muestran su importancia al verlos con la perspectiva de un intervalo temporal mayor.

En todo el libro se respira denuncia, un grito en la oscuridad que protesta por tantos sueños rotos, por una juventud perdida en el desencanto de unas expectativas que no se cumplieron.

“La habitación oscura” es una alegoría, llena de metáforas, algunos fragmentos son pura prosa poética, otros son tan prosaicos que se rompe completamente el ritmo y hasta descoloca al lector. Este recurso me parece bien si está hecho a propósito, si se busca ese desconcierto. Lo que no me pareció tan bien fue la creación de situaciones poco creíbles para así desarrollar un argumento que se ve forzado al final. Además, ese final es brusco, áspero, y tan sorprendente que a mí no me convenció, no me lo creí.

En cualquier caso la trama y la forma de contar es original, no deja indiferente y eso siempre es de agradecer.


Nota: En este vídeo resalto algunos párrafos de la novela que me parecieron muy buenos.



25 de junio de 2018

A casa



Estación de tren de cercanías de Atocha. Una taquilla de venta de billetes. Al mostrador se acerca una muchacha de dieciséis años con una mochila, unas zapatillas deportivas, unos vaqueros gastados y una sudadera dos tallas más grande. Se dirige a la taquillera.

MUCHACHA: Quiero un billete. Solo ida.

TAQUILLERA: ¿Destino?

MUCHACHA: Es igual.

La taquillera, veterana empleada de la estación, levanta la vista del teclado para fijarse en su interlocutora y se encuentra con una adolescente de mirada triste y perdida. La chica mira hacia un lado y hacia otro, como si buscara a alguien, o como si temiera que alguien la buscara a ella.

TAQUILLERA: Me tienes que decir un lugar.

MUCHACHA: Cualquiera, lejos de aquí. Qué más da.

TAQUILLERA: Bueno, cada lugar es diferente.

MUCHACHA: ¿De verdad? Pues yo creo que en todos los sitios pasa lo mismo, son igual de feos y la gente es igual de capulla.

La taquillera mira a la adolescente por encima de sus gafas.

TAQUILLERA: ¿Tú crees? Yo pienso que hay gente buena y gente mala en todos los lugares, pero eso no los hace idénticos. Todo es cuestión de actitud.

MUCHACHA: ¡Oh, claro! Cuestión de actitud. Y ¿eso qué es? Porque la actitud de los demás es siempre la misma, te miran, te utilizan y luego te mandan a la mierda.

TAQUILLERA: A ti, siendo tan joven, ¿ya te han mandado a la mierda? Seguro que no ha sido para tanto.

MUCHACHA: Me he encontrado con mucho capullo.

TAQUILLERA: ¿Sí? ¿A qué te refieres?

MUCHACHA: A tíos como el Chispas, que es un gilipollas y un mamón. Al principio se enrollaba cantidad, era divertido, pero luego resultó ser un cabronazo.

La taquillera se quita las gafas para mirar fijamente a la muchacha.

TAQUILLERA: ¿Por qué dices eso? ¿Qué hizo?

MUCHACHA: Se lo montaba con otra tía más, y le tiraba los trastos a una amiga suya. Un harén quería tener el imbécil. 

La chica baja la cabeza y arrastra un pie de lado a lado.

MUCHACHA: No sé por qué te cuento esto. Yo lo que quiero es un billete.

TAQUILLERA: A veces las personas no responden como nosotros queremos pero eso no es culpa de ellas, sino de nosotros mismos que nos equivocamos a la hora de conocer a los demás.

MUCHACHA: Vale, tía. Lo que tú digas. Pero dame ya el dichoso billete.

TAQUILLERA: Tienes que decirme un destino. ¿O prefieres que elija yo por ti? ¿Es eso lo que quieres? ¿Que otro decida?

MUCHACHA: No me des la charla. La maquinita esa ¿no puede sacar uno a voleo? Como la de la primitiva.

La taquillera sonríe condescendientemente.

TAQUILLERA: Me temo que esa función todavía no se ha implantado en la RENFE.

La taquillera observa con resignación y ternura a la joven. Suspira, y esbozando una sonrisa más amplia le pregunta:

TAQUILLERA: ¿Dónde viven tus padres?

MUCHACHA: En Guadalajara.

La taquillera se pone las gafas y comienza a teclear.

TAQUILLERA: Bien, un billete a Guadalajara, solo ida. A casa.



 NOTA

Este relato es un ejercicio para practicar el guion de cine. El narrador no puede ser omnisciente, no sabe qué piensan los personajes, tan solo cuenta lo que pasa y se intenta que sea el diálogo el mejor narrador de la escena. 


21 de junio de 2018

"La flor púrpura" - Chimamanda Ngozi Adichie



Kambili es una niña de quince años que vive en Nigeria, tiene un nivel de vida elevado pues su padre es un hombre poderoso con varios negocios. Ella asiste a un colegio de élite y en su casa no falta ninguna comodidad. Podría decirse que Kambili es afortunada pero no es así.

Su padre es autoritario y un fanático católico. En su fanatismo reniega de los ancestros de su cultura y todo lo que le recuerde a esa cultura primigenia es pagano y pecaminoso. El padre de Kambili dirige su familia con mano férrea y abusa de su poder, todo ha de hacerse a su manera, y cualquier infracción de las estrictas normas que rigen la casa supone un severo castigo.

En el lado opuesto está la tía Ifeoma, la hermana del padre de Kambili. Ella es espontánea, sigue las tradiciones de su pueblo como una manera de rendir homenaje a sus antepasados. En la casa de Ifeoma no hay tantas comodidades como en la de Kambili, incluso hay muchas carencias, pero sí tiene una cosa que Kambili no posee: alegría.

Con la visión de una niña de quince años se nos cuenta el día a día de Kambili, su forma de percibir la realidad. En su ignorancia, confunde el respeto y el miedo que le tiene a su padre con el amor. El nivel exigente de su progenitor para con ella, para con todos los que dependen de él, la niña lo interpreta como una manifestación de amor. Ella busca desesperadamente complacer a su padre y éste solo le paga con más exigencias y reproches. Su obsesión por agradar a su padre resta espontaneidad a todos sus actos y se siente agobiada por conseguir el reconocimiento paterno.

El padre de Kambili es un maltratador y como tal se comporta. Abusa del más débil y es servil con quien él cree que es superior. Su exacerbado catolicismo le lleva a rendir pleitesía a todo aquel que lleve un hábito, sobre todo si además es de raza blanca.

“Hacía las cosas como se han de hacer, como las hacen los blancos, no como las sigue haciendo nuestra gente”

Entre estas dos formas tan distintas de afrontar la vida, la de Ifeoma y la de su padre, Kambili reflexiona y se siente perdida. Desea ser como su tía Ifeoma, pero al mismo tiempo le da miedo pues vivir a la sombra de un maltratador la ha convertido en una persona tímida, timorata y asustadiza. Es una niña triste.

Con una minuciosidad estupenda, Chimamanda, la autora nigeriana, nos relata la realidad de su país, las dos caras de una misma moneda, donde adaptarse al mundo occidental, el mundo que se supone es el progreso, implica despegarse de la tradición. Donde un gobierno dictatorial que persigue a los profesores universitarios y a la libertad de prensa, arrincona a muchos de sus ciudadanos contra las cuerdas obligándolos a emigrar a otros países buscando un futuro mejor.

Utiliza una manera de narrar muy buena, pero a mi modo de ver, abusa de los localismos. Se emplean con demasiada profusión palabras nigerianas que me frenaron la lectura y me la hicieron muy incómoda. Entiendo que algunas comidas y/o utensilios típicos y exclusivos de Nigeria no tienen traducción, pero otras palabras como “abuelo”, “hermano” sí se pueden traducir y ponerlas en la versión original es una técnica con la que no estoy de acuerdo. Ya sabemos que la acción se desarrolla en Nigeria, es completamente innecesario llenar el texto de palabras nigerianas.

Otro punto negativo fue el ritmo descompensado. Toda la trama se desarrolla con  lentitud, todo se relata suavemente, incluso los hechos más crueles, pues es una niña quien cuenta la historia; pero en las últimas quince páginas ocurre un hecho totalmente inesperado que cambia el discurrir de los acontecimientos y de golpe y porrazo pasa el tiempo y la deriva de los personajes da un bandazo. No sé si esto está hecho adrede para impactar al lector, pero a mí no me gustó, es como si todo lo anterior fuera una introducción demasiado larga.

En cualquier caso es una buena novela, con una narrativa estupenda –si se obvia el uso excesivo de palabras nigerianas, lo que es obviar bastante– y con una maravillosa descripción de unos personajes complejos por la situación social y familiar en la que viven y que se muestran con reflexiones muy interesantes.

Una buena novela, con algunos defectos que no me impedirán seguir leyendo a una autora muy interesante.







16 de junio de 2018

La última batalla



Hoy en la sala me siento solo, como suele ser habitual. A pesar de la gente que me rodea. La sala siempre está llena, cualquier día, laborable o festivo, a cualquier hora, por la mañana, por la noche o de madrugada. Siempre llena. Desde que la visito estos dos últimos años nunca la he visto vacía y nunca me he sentido acompañado. Hoy no ha sido la excepción.

¿Qué tiene esta sala que me hace sentir soledad? Con todo su peso. Con toda su crudeza. Y con antipatía. La soledad es mala compañera cuando no se la llama, cuando no se la busca, cuando se la encuentra en lugares llenos de gente. Estoy rodeado de personas y estoy solo.

Apenas soy consciente del murmullo incesante que se oye de fondo. Solo me doy cuenta de ese cuchicheo molesto al debilitarse levemente, cuando la voz metálica se oye por megafonía. Con un goteo cadencioso, lento, muy lento, exasperante, la voz llama a los familiares de los pacientes. Todos esperan, todos esperamos, que nos llamen. Familiares de… Eso soy yo aquí, el familiar de. No tenemos nombre, no tengo nombre; el nombre se reserva para los pacientes. Los que esperamos en esta sala solitaria atestada de gente somos los anónimos familiares.

Un anonimato que me hace sentir más solo. Un presente adicional, una mueca de burla, un girón de escarnio: estoy solo y no tengo nombre.

Al otro lado de las puertas abatibles está el territorio inexplorado. Terra ignota. Allí está el dolor, las esperanzas sin fundamento, la lucha, la muerte. Al otro lado se libran batallas, y en este, en la sala solitaria llena de gente, esperamos el resultado de la confrontación, esperamos saber quién ha ganado, quién ha sido más fuerte, quién ha salido vencedor.

En un rincón, un hombre se pelea con la máquina del café. No es un habitual, de lo contrario sabría que esa máquina está estropeada desde hace un mes.

Aquí también peleamos, derrotados de antemano nos revolvemos contra la realidad, contra la impotencia, contra nuestro propio dolor. Un dolor que no se combate con analgésicos, un dolor que no se ubica en el cuerpo. No asumimos la derrota, ilusos hasta el final. Somos los daños colaterales, la población civil víctima del bombardeo.

Enfrente de mí un anciano se queda adormilado en su silla, una mujer más joven le coloca la cabeza sobre su propio hombro. La espera se hace larga y el tedio se enseñorea.

Peleamos y esperamos. Esperamos al heraldo que nos traiga la misiva maldita para comunicarnos quién cayó en la vanguardia. La voz metálica del mensajero, con un goteo cadencioso, lento, muy lento, exasperante, va llamando para notificar las novedades en el frente. Quién está herido leve, quién lo está muy grave, quién sucumbió al fuego enemigo. Ese enemigo imbatible al final, porque siempre acaba ganando en la última batalla.

Envuelto en una capa de falso aislamiento, regurgitando las lágrimas que me dicen al oído que este será el último combate, el que siempre gana el enemigo, oigo el nombre del que soy familiar. Envuelto en una coraza endeble, fabricada con esperanzas infundadas, me dirijo a recoger la misiva del mensajero que trae noticias del frente, de mi frente, de mi batalla. Me dirijo a recoger el último parte de guerra.


NOTA
Este relato corresponde a un ejercicio donde se practica la prosa poética y había que escribir una historia "infectada de lirismo". 
Soy una negada para el lirismo, me cuesta trabajo leer y entender la poesía, así que tener que escribirla, aunque sea en prosa, me supuso un esfuerzo agotador. Para mi sorpresa el texto fue muy bien valorado por mi profesora. Vosotros diréis si estáis de acuerdo con ella.


13 de junio de 2018

"Muerte con pingüino" - Andrei Kurkov


Viktor es un escritor fracasado, a caballo entre el periodismo y la prosa mediocre; no consigue publicar. Vive en la Ucrania de finales del siglo XX, alli tampoco van las cosas muy bien. En el zoológico no tienen dinero para dar de comer a los animales y la dirección propone a los visitantes que se lleven a algunos para que así puedan sobrevivir. Viktor decide llevarse un pingüino, pero no tiene suerte. No entiende nada de zoología en general y menos de pingüinos en particular, así que elige a uno que está enfermo, elige a Misha que tiene depresión.

El nuevo compañero de piso de Viktor pasa a ser una preocupación para éste pero también le hace compañía.

“Dos soledades complementarias que daban más la impresión de interdependencia que de amistad”

Misha suelta suspiros melancólicos y pasa horas encerrado en su habitación, come con desgana el pescado y de vez en cuando chapotea en la bañera que Viktor le llena amorosamente con agua helada.  

En este escenario aparece el editor de un periódico que le ofrece a Viktor un encargo bastante peculiar. Debe escribir esquelas de personajes que han tenido relevancia pública. Esto no sería demasiado extraño si no fuera porque esas personas aún no han fallecido.

Viktor se vuelca en su cometido con ilusión, pero es una labor frustrante pues su trabajo no ve la luz ya que los destinatarios siguen vivos y sus esquelas no se publican. Pero, de repente, los personajes a los que dedica las esquelas empiezan a morir en extrañas circunstancias. Y Viktor empieza a tener problemas.

Así se va desarrollando una trama disparatada y con tintes de humor negro, donde Misha y Viktor no son los únicos personajes absurdos. A lo largo de esta original novela iremos conociendo a otros que no se quedan atrás en cuanto a disparate, como Sergei, un policía que se cambia el apellido por uno judío para poder abandonar el país, aunque luego regresa a su patria cuando comprueba que en el extranjero tampoco se está tan bien.

“Después vi lo mal que lo pasaban lo emigrantes en el extranjero y decidí quedarme y me metí a policía para tener derecho a llevar armas.”

“El miedo está justificado cuando hay posibilidad de seguir vivo.”

En la galería de personajes absurdos que desfilan por esta novela se encuentra Stepan Y. Pidpaly, el cuidador de pingüinos del zoo que es despedido cuando regalan todos los animales. Está enfermo de cáncer, a través de este personaje y debido a su enfermedad, el autor nos hace una descripción cruda y sin paliativos de las condiciones sanitarias ucranianas. Porque en Ucrania no hay medicinas; la única medicina es guardar cama y estar en reposo.

Hay muchos más personajes, cada uno con su historia detrás y cada uno defendiéndose de la vida que le ha tocado vivir. Porque de vivir se trata esta novela, o mejor dicho, de sobrevivir.


Me gustan las historias absurdas, siempre que lo absurdo esté justificado y tenga algo más detrás. Porque una trama absurda si no tiene un trasfondo se convierte en simplemente una tontería.

Esta novela es absurda, pero sus motivos tiene. Andrei Kurkov nos muestra a través de lo absurdo la realidad de Ucrania en 1999, las duras condiciones en las que la población ha de sobrevivir. Muchas situaciones de la novela parten de hechos reales. Hace unos años un zoológico ucraniano pidió ayuda a los amantes de la naturaleza para poder comprar comida a los animales pues no tenían fondos y muchos estaban en un estado de desnutrición. Igualmente, hace tiempo, la OMS alertó del colapso del sistema sanitario en Ucrania.

Exagerando algunas situaciones reales –esa es la esencia de lo absurdo– Kurkov nos enseña la verdad. Con una prosa minuciosa, donde se relata el día a día con detalle preciosista, el escritor nos cuenta cómo sus compatriotas se defienden de un estado de precariedad provocado por la corrupción y la rapiña de los gobernantes.

Esta novela, a través del disparate, explica y defiende la supervivencia a costa de lo que sea.

Viktor sobrevive escribiendo esquelas de personas que aún no han muerto, Misha lo hace arrastrando su pena escondiéndose en su habitación o sumergido en una bañera con agua helada, Sergei aprovecha su condición de policía para poder llevar armas y así defenderse, Pidpaly espera en la cama de un hospital desabastecido que el cáncer acabe con él.

Vivir como sea, de la manera que sea, pero vivir; a pesar del entorno, a pesar de los demás, a pesar de uno mismo. Un canto a la supervivencia.


NOTA
En el siguiente vídeo muestro algunos fragmentos de la novela, con reflexiones y frases dignas de tener en cuenta.





8 de junio de 2018

La incógnita


Cada vez me cuesta más moverme, siento como si llevara encima una carga muy pesada, mucho más pesada que los kilos de más que he ganado estos meses. Me canso mucho, cualquier tarea me resulta engorrosa y no me apetece hacer nada que no sea tumbarme y llorar.

Sé que tengo que ser fuerte, que tengo que pensar no solo en mí, sino en esa vida que se está gestando en mi interior. Me sé de memoria todos los consejos que me dan desde hace quince días, pero no puedo, no tengo fuerzas. Esto me supera.

Cuando Sergio y yo supimos que íbamos a tener un hijo recibimos la noticia con alegría y cierta precaución. Era un niño, o una niña, muy deseado, o muy deseada. Tantos meses de consulta en consulta, de especialista en especialista para conseguir un embarazo que se hacía de rogar, al final dieron resultado y estábamos exultantes.

La placidez que llegó tras el cuarto mes de gestación me ayudó a relajarme, ni yo misma me reconocía. El agobio y el constante estado de alerta que tanto le molestaban a Sergio y que son mi signo de identidad, se disiparon como por arte de magia y fue entonces cuando empecé a entender a qué se referían cuando decían eso del milagro de la vida, pues un milagro me pareció que yo fuera capaz de comportarme con serenidad y tranquilidad, como si todo lo que ocurría a mi alrededor no me incumbiera.

Fueron unas semanas de felicidad compartida con Sergio, cuando creí que el futuro era alentador. Nuestras peleas, benditas peleas, para decidir qué color debía tener la habitación del bebé, o qué cuna era la más adecuada y funcional, ahora se me antojan una diversión. Hasta de colegios hablamos, y de universidades donde nuestro hijo, o nuestra hija, iría a formarse para ser un hombre, o una mujer, con un buen futuro profesional. ¡Qué absurdo!

Todo cambió con aquella llamada de teléfono, cuando una voz desconocida, que se presentó como un trabajador de un hospital de la ciudad, me comunicó que debía personarme en la sala de urgencias porque Sergio había tenido un accidente de tráfico.

Entonces me vinieron a la mente muchas preguntas, en tropel.  ¿Con qué coche? ¿Con el cuatro por cuatro o con el utilitario más pequeño? ¿Fue a la ida o a la vuelta de su trabajo? Me hice interrogantes banales pero muy concretos que me parecieron importantes. Sin embargo, no me pregunté cual había sido el resultado del accidente, cómo se encontraba Sergio. No quería saberlo.

Luego vinieron los lamentos, las miradas de conmiseración hacia la pobre viuda embarazada. Un desfile interminable de amigos, compañeros y familiares; se acercaban para decirme frases manidas y de compromiso.

La placidez que tanto me agradaba se convirtió en apatía, en desinterés. Es una reacción biológica de defensa, me dijo el ginecólogo, ahora mismo la prioridad es el bebé, no debe sufrir más de lo necesario para que el embarazo llegue a término sin complicaciones.

El bebé no sufrirá, él, o ella, no sabe de la desaparición de su padre, ni de mí sabe siquiera. No me conoce aún, ni conocerá a Sergio nunca. Él, o ella, solo sabe alimentarse y crecer, esa es su tarea. La mía, que se alimente y que crezca.

¿Por qué ese porvenir de color de rosa que imaginamos Sergio y yo, ahora es tan feo?  Quiero tener un hijo, o una hija, pero con él. Antes, cuando el futuro era tan bonito, me hice preguntas sobre el modelo del cochecito, si anestesia epidural o parto natural, si acudir a las clases de pre-parto o no; lo normal en una situación así, me dijeron mis amigas. Pero en todos esos interrogantes nunca se encontró cómo ser madre y padre a la vez, cómo criar a mi hijo, o a mi hija, en soledad; porque eso no es lo normal.

¿Con quién voy a elegir la guardería o el colegio? ¿Con quién me desahogaré cuando mi hijo, o mi hija, se meta en problemas? ¿Con quién compartiré mis dudas cuando mi hijo, o mi hija, me pida consejos? Sergio era la otra parte de la ecuación, una ecuación cuya incógnita es este bebé que llevo dentro y cuya solución no sabré calcular si me faltan datos, si me falta Sergio.

Tengo que reponerme. Ser fuerte. No pensar solo en mí. Resolveré esa difícil ecuación sola y procuraré que la incógnita sea un buen resultado. Tengo que conseguirlo.

Pero ahora solo me apetece tumbarme en el sofá y llorar.

NOTA

Este relato corresponde a un ejercicio donde había que explorar en los roles que cada ser humano desempeña en la cotidianidad cuando surgen conflictos. En concreto, se pedía explorar en el mundo de una mujer joven embarazada que enviuda y debe hacer de padre y madre.




4 de junio de 2018

"La niebla y la doncella"-Lorenzo Silva


El sargento de la Guardia Civil, Bevilacqua y su compañera Chamorro han de investigar quién se encuentra tras el asesinato de Iván López von Amsberg, un joven problemático que apareció muerto en La Gomera. El asunto se presenta difícil porque el homicidio ocurrió dos años atrás, se acusó a un político, pero fue juzgado y absuelto. El caso quedó pendiente, y ahora les toca a los guardias mencionados encargarse de retomar las investigaciones, con la dificultad añadida que supone el tiempo transcurrido para encontrar nuevas pruebas.

“Los muertos, al principio, huelen como los vivos, luego huelen a rayos, y al final no huelen a nada.”

Este es el segundo libro que leo de la serie que tiene como protagonistas a los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro. El primero fue “El lejano país de los estanques” y, si soy sincera, apenas me acuerdo de nada, lo que quiere decir que pasó sin pena ni gloria. En cambio sí recuerdo perfectamente la impresión que me causó “El nombre de los nuestros”, una novela sobre el desastre de Annual. De hecho, con esa novela me enamoré de Lorenzo Silva, de su forma de escribir y contar las cosas.

Con estas experiencias previas con el autor me puse a leer esta novela de guardias civiles y asesinatos. Y el resultado ha sido desconcertante, porque ha habido cosas que me han gustado mucho y otras no tanto (no me han gustado nada de nada). En deferencia a Silva y como gratitud por lo mucho que disfruté leyendo “El nombre de los nuestros”, empezaré por lo malo y acabaré con lo bueno, para dejar un buen sabor de boca.

Parque Nacional Garajonay

Quizás sea una deformación por el curso de escritura que estoy recibiendo, pero me pareció un fallo que se tarde bastante en informar al lector de dónde transcurre la historia. En la sinopsis aparece el nombre de la isla de La Gomera, pero en la novela no se sabe hasta bien avanzada la trama. Además, cuando ubica las escenas lo hace con una indefinición rayana con la dejadez. Por ejemplo: cuando habla del parque nacional Garajonay, tan solo dice ‘el parque’ –quien no conozca bien la isla podría pensar que se habla de un parque corriente y moliente–, cuando habla de San Sebastián de La Gomera, escribe ‘la capital’, o cuando se dan otro tipo de ubicaciones no especifica cuáles son, las referencias son ‘al sur de la isla’ o ‘al norte de la isla’. Esa falta de topónimos me molestó, pues soy una enamorada de las Islas Canarias en general y de esa isla en particular –junto con La Palma–. En fin, que se lo podía haber currado un poquito más, simplemente con un mapa. Tampoco estoy pidiendo una descripción exhaustiva de la zona.

San Sebastían de La Gomera

El libro se lee bien, pero tiene mucha paja a mi modo de ver. Se tocan algunos temas que no aportan mucho a la historia y que yo vi como de relleno; a saber: cómo son las turbinas de un avión, ciertas características de los tratados forenses, o algunas teorías físicas que me resultaron tediosas. Hay una historia entre el sargento y otra guardia, muy guapa ella y muy seductora, que me pareció empalagosa y bastante ñoña. De hecho, por culpa de esa relación, Belilacqua –que se presenta muy atractivo en muchos aspectos– para mí perdió unos cuantos puntos. 

Además esta guardia tan seductora es una antigua conocida de Chamorro, entre ellas hay cierta tirantez cuyas causas se desvelan al final y que a mí se me antojaron simplonas, aspecto este que también restó puntos a la propia Chamorro. 

Pero lo que empañó mucho la lectura, y me convenció de la poca seriedad a la hora de documentarse, fue un desliz, a mi modo de ver, importante. En un momento dado se habla de la isla de La Palma, y uno de los personajes dice que Madonna se refiere a ella en su canción “La isla bonita”. ¡Craso error! Es cierto que a La Palma se la conoce en Canarias como la isla bonita, pero cuando Madonna cantaba aquella canción no se refería a esta isla sino a otra, San Pedro (Belice).

Todas estas cosas me decepcionaron bastante, no me esperaba algo así de Lorenzo Silva. Sin embargo, y como anuncié al inicio de la reseña, hubo otras cosas que me gustaron mucho. Aquí van.

Se hacen algunas reflexiones sobre el comportamiento humano que hacen pensar. “La vida tiene una deplorable facilidad para convertirse en algo feo e insatisfactorio” y esta insatisfacción hace que algunos se frustren de tal manera que optan por medidas agresivas: o se pegan un tiro, o acaban pegándoselo a otro.

También se medita sobre el fracaso de algunas revoluciones. El autor, a través del sargento Bevilacqua, nos da una explicación curiosa. Muchas de esas revoluciones las encabezan ‘hijos de papá’ que actúan así por diversión y por llevar la contraria a sus padres. Al ser gente más instruida que el pueblo al que se supone le va a beneficiar esa revolución toman el timón, pero estos tipos suelen volver al redil (con papá y mamá), dejando en la estacada a ese pueblo, y entonces la revolución se va al garete.  Esta digresión me gustó, pero reconozco que fue también un relleno innecesario.
La Gomera

Antes me he quejado de la falta de precisión cuando se ubican algunas escenas. Podría pensarse que el autor no conoce las islas. No sé si ha estado en Canarias alguna vez, pero el ambiente brumoso propio de La Gomera (y de La Palma o del Hierro) debido a la exuberante vegetación está muy bien descrito. Aunque lo que sí ha sabido plasmar muy bien es otra característica de ese archipiélago: la pachorra de los camareros. Se hace bastante hincapié en los de Tenerife –puede que demasiado- pero yo creo que el primer premio se lo llevan los de La Palma. A cuenta de esa manera tan suya de atender a la clientela –que a mí no me molesta en absoluto– yo tengo unas cuantas anécdotas al respecto pues visito esa isla con frecuencia.

En resumen, una novela entretenida, con asesinatos, investigadores y asesinos. Ni más ni menos. Yo esperaba algo más porque tenía el recuerdo de otro tipo de novela de este autor, pero eso solo es culpa mía. Quizás tenga mucho que ver que no soy una entusiasta del género policíaco, o puede que el autor no siempre tenga un buen día a la hora de escribir.

“La gente es capaz de dar sensaciones muy diferentes, según las circunstancias”



29 de mayo de 2018

Muerte en los canales


Aquel japonés de las fotos fue el primero. Durante todo el trayecto se dedicó a fotografiar a diestra y siniestra. En un inglés básico me pidió que fuera más despacio para poder obtener una mejor instantánea del Puente Rialto. Mira con los ojos y no con la cámara, imbécil, le dije en italiano, y ese no es el Puente Rialto sino el de los Suspiros. Entonces él me sonrió bobaliconamente y eso me enfadó; sin pensarlo le golpeé con el remo en la cara. Con los ojos desorbitados, pero sin la sonrisa idiota, se quedó despatarrado en la góndola. Lo tapé con una manta y me fui hasta Sacca San Bagio para hundirlo con unas piedras en la parte más profunda.

Mi reacción me sorprendió –soy una persona tranquila y pacifista–, pero me sorprendió mucho más el constatar que deshacerme de ese nipón impertinente me había dado una gran serenidad, una calma que no experimentaba desde hacía mucho. ¡Me sentí de puta madre!

Amo mi ciudad. Amo sus canales, sus balcones, sus puentes. Me gusta navegar por ella, respirar su historia, sentir su melancolía. Cada rincón recuerda su esplendor, aquel que consiguió hace tantos siglos y cuyo recuerdo sus hijos debemos preservar.

Viajeros ilustres de antaño le dieron publicidad, pero ella no lo precisa. No necesitamos que un poeta romántico y fatuo venga de Inglaterra a bañarse en la laguna o que un compositor xenófobo y megalómano, encima alemán, tenga que morirse aquí para que la ciudad alcance renombre. Nosotros tenemos a nuestros propios famosos. Marco Polo fue uno de los primeros que llevó el nombre de nuestra patria por todo lo alto. Aunque yo prefiero a Casanova, ese sí que nos dio lustre.

Mi padre fue gondolero, como lo fue mi abuelo. Yo también heredé la misma profesión. El legado recibido de mis antepasados es un honor y una responsabilidad; lo llevo con orgullo.

Paseo todos los días a viajeros que vienen a admirar esta urbe fascinante. Cada vez vienen más y no todos son adecuados, no todos merecen contemplar las maravillas que se muestran a sus ojos. Las autoridades están preocupadas por la masificación turística y quieren hacer algo para remediarlo, aunque no saben qué. Esos politicastros no se ponen de acuerdo y mientras tanto mi adorada ciudad se deteriora. Pero yo no lo voy a consentir. Yo sí sé qué hacer.

Los siguientes fueron una pareja de alemanes. Cuando señalaron el palazzo Cavallifranchetti y dijeron  “Wagner died” mirándome para que les aplaudiera su cultura, la furia apareció de nuevo. Estúpidos, Wagner no murió ahí, lo hizo en Ca’ Vendramin Calergi. Así que, aprovechando que ya era casi de noche y que había poco tráfico por la zona, les aticé con el canto del remo a los dos en la nuca, primero a él y después a ella. Cayeron a plomo una encima del otro. Esta vez elegí la zona de Sacca Fisola para deshacerme de los cadáveres.

A resultas de esta acción el remo se me rompió. Como mi economía no es muy boyante, decidí utilizar otro tipo de herramienta para la siguiente ejecución. Una cosa es hacer un servicio a mi ciudad y otra arruinarme comprando remos.

Me agencié un cuchillo de carnicero.

Dos recién casados, creo que eran chinos, o coreanos, creyeron que estaban en el Gran Canal cuando paseábamos por el Canal Giudecca. ¡Santa Madonna, cuánta ignorancia! Cuando estábamos en un canal estrecho, aproveché uno de sus arrumacos para sacar el machete y les rajé la garganta. Plis, plas. Esos orientales son de sangre tan espesa que no reaccionaron cuando me abalancé sobre ellos. Por desgracia, la sangre también la tienen roja, como la de cualquiera, y lo pusieron todo perdido. Tardé una mañana entera en limpiar la góndola, y esas horas que estuve sin trabajar se notaron en las ganancias del día. Tenía que mejorar mi técnica.

Con los tres australianos que confundieron el Palacio Ducal con la Biblioteca, empleé una cuerda. Lo bueno de estrangular es que apenas se hace ruido y, lo más importante, es un método muy limpio. El primero en caer asfixiado fue el más delgaducho, estaba detrás de los otros dos y aproveché la posición. Hizo un débil amago por respirar y dejó de mover las manos enseguida.  Luego me fui por el moreno de la derecha ya que el de al lado suyo estaba entretenido colgando en facebook las fotos hechas con su teléfono móvil. 

Este hizo algo más de ruido cuando intentó deshacerse de mi presión en su garganta, además pataleó, lo que provocó que su compañero levantara la vista de la pantalla. Me vi forzado a recurrir de nuevo al remo. Me cargué al del móvil con un buen golpe y al otro terminé de ahogarlo metiéndole la cabeza en el agua. Satisfecho con el resultado, especialmente porque el remo salió indemne en esta ocasión, me deshice de los restos sin dificultad. Esta ciudad maravillosa está llena de rincones que no conocen bastantes venecianos en general y los carabinieri en particular.

Me gustaría matar a muchos más, pero he de seleccionar entre la clientela porque no voy a cargármelos a todos ya que no es cuestión de quedarme en el paro, así que he decidido hacer una especie de examen a los viajeros. Tan solo unas preguntas de cultura general sobre Venecia donde no saber quién fue el último Dogo o en qué año la Serenísima perdió la independencia supondrá para el ignorante que le dé matarile.

Amo mi ciudad y detesto que tanto analfabeto la profane. Mientras que los politicuchos di merda andan dándole vueltas al tema de la masificación yo me ocupo de limpiar los canales. Por cierto, querido lector, ¿sabes quién fue el último Dogo?


NOTA

Este relato corresponde a un ejercicio de humor negro donde debía escribir desde la piel de un asesino que mata por placer, que disfruta sin remordimientos. Debía convertirme en un asesino en serie y convencer de que mi manera de actuar era la única posible, que hice lo correcto; un asesino sin sentimiento de culpa y donde la víctima se merece la muerte. Esto es lo que salió.

 Añadiré que me divertí mucho escribiendo este relato y eso es algo que me ha dejado muy preocupada. Quizás debería hacérmelo mirar. 





Hada verde:Cursores
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