21 de junio de 2018

"La flor púrpura" - Chimamanda Ngozi Adichie



Kambili es una niña de quince años que vive en Nigeria, tiene un nivel de vida elevado pues su padre es un hombre poderoso con varios negocios. Ella asiste a un colegio de élite y en su casa no falta ninguna comodidad. Podría decirse que Kambili es afortunada pero no es así.

Su padre es autoritario y un fanático católico. En su fanatismo reniega de los ancestros de su cultura y todo lo que le recuerde a esa cultura primigenia es pagano y pecaminoso. El padre de Kambili dirige su familia con mano férrea y abusa de su poder, todo ha de hacerse a su manera, y cualquier infracción de las estrictas normas que rigen la casa supone un severo castigo.

En el lado opuesto está la tía Ifeoma, la hermana del padre de Kambili. Ella es espontánea, sigue las tradiciones de su pueblo como una manera de rendir homenaje a sus antepasados. En la casa de Ifeoma no hay tantas comodidades como en la de Kambili, incluso hay muchas carencias, pero sí tiene una cosa que Kambili no posee: alegría.

Con la visión de una niña de quince años se nos cuenta el día a día de Kambili, su forma de percibir la realidad. En su ignorancia, confunde el respeto y el miedo que le tiene a su padre con el amor. El nivel exigente de su progenitor para con ella, para con todos los que dependen de él, la niña lo interpreta como una manifestación de amor. Ella busca desesperadamente complacer a su padre y éste solo le paga con más exigencias y reproches. Su obsesión por agradar a su padre resta espontaneidad a todos sus actos y se siente agobiada por conseguir el reconocimiento paterno.

El padre de Kambili es un maltratador y como tal se comporta. Abusa del más débil y es servil con quien él cree que es superior. Su exacerbado catolicismo le lleva a rendir pleitesía a todo aquel que lleve un hábito, sobre todo si además es de raza blanca.

“Hacía las cosas como se han de hacer, como las hacen los blancos, no como las sigue haciendo nuestra gente”

Entre estas dos formas tan distintas de afrontar la vida, la de Ifeoma y la de su padre, Kambili reflexiona y se siente perdida. Desea ser como su tía Ifeoma, pero al mismo tiempo le da miedo pues vivir a la sombra de un maltratador la ha convertido en una persona tímida, timorata y asustadiza. Es una niña triste.

Con una minuciosidad estupenda, Chimamanda, la autora nigeriana, nos relata la realidad de su país, las dos caras de una misma moneda, donde adaptarse al mundo occidental, el mundo que se supone es el progreso, implica despegarse de la tradición. Donde un gobierno dictatorial que persigue a los profesores universitarios y a la libertad de prensa, arrincona a muchos de sus ciudadanos contra las cuerdas obligándolos a emigrar a otros países buscando un futuro mejor.

Utiliza una manera de narrar muy buena, pero a mi modo de ver, abusa de los localismos. Se emplean con demasiada profusión palabras nigerianas que me frenaron la lectura y me la hicieron muy incómoda. Entiendo que algunas comidas y/o utensilios típicos y exclusivos de Nigeria no tienen traducción, pero otras palabras como “abuelo”, “hermano” sí se pueden traducir y ponerlas en la versión original es una técnica con la que no estoy de acuerdo. Ya sabemos que la acción se desarrolla en Nigeria, es completamente innecesario llenar el texto de palabras nigerianas.

Otro punto negativo fue el ritmo descompensado. Toda la trama se desarrolla con  lentitud, todo se relata suavemente, incluso los hechos más crueles, pues es una niña quien cuenta la historia; pero en las últimas quince páginas ocurre un hecho totalmente inesperado que cambia el discurrir de los acontecimientos y de golpe y porrazo pasa el tiempo y la deriva de los personajes da un bandazo. No sé si esto está hecho adrede para impactar al lector, pero a mí no me gustó, es como si todo lo anterior fuera una introducción demasiado larga.

En cualquier caso es una buena novela, con una narrativa estupenda –si se obvia el uso excesivo de palabras nigerianas, lo que es obviar bastante– y con una maravillosa descripción de unos personajes complejos por la situación social y familiar en la que viven y que se muestran con reflexiones muy interesantes.

Una buena novela, con algunos defectos que no me impedirán seguir leyendo a una autora muy interesante.







16 de junio de 2018

La última batalla



Hoy en la sala me siento solo, como suele ser habitual. A pesar de la gente que me rodea. La sala siempre está llena, cualquier día, laborable o festivo, a cualquier hora, por la mañana, por la noche o de madrugada. Siempre llena. Desde que la visito estos dos últimos años nunca la he visto vacía y nunca me he sentido acompañado. Hoy no ha sido la excepción.

¿Qué tiene esta sala que me hace sentir soledad? Con todo su peso. Con toda su crudeza. Y con antipatía. La soledad es mala compañera cuando no se la llama, cuando no se la busca, cuando se la encuentra en lugares llenos de gente. Estoy rodeado de personas y estoy solo.

Apenas soy consciente del murmullo incesante que se oye de fondo. Solo me doy cuenta de ese cuchicheo molesto al debilitarse levemente, cuando la voz metálica se oye por megafonía. Con un goteo cadencioso, lento, muy lento, exasperante, la voz llama a los familiares de los pacientes. Todos esperan, todos esperamos, que nos llamen. Familiares de… Eso soy yo aquí, el familiar de. No tenemos nombre, no tengo nombre; el nombre se reserva para los pacientes. Los que esperamos en esta sala solitaria atestada de gente somos los anónimos familiares.

Un anonimato que me hace sentir más solo. Un presente adicional, una mueca de burla, un girón de escarnio: estoy solo y no tengo nombre.

Al otro lado de las puertas abatibles está el territorio inexplorado. Terra ignota. Allí está el dolor, las esperanzas sin fundamento, la lucha, la muerte. Al otro lado se libran batallas, y en este, en la sala solitaria llena de gente, esperamos el resultado de la confrontación, esperamos saber quién ha ganado, quién ha sido más fuerte, quién ha salido vencedor.

En un rincón, un hombre se pelea con la máquina del café. No es un habitual, de lo contrario sabría que esa máquina está estropeada desde hace un mes.

Aquí también peleamos, derrotados de antemano nos revolvemos contra la realidad, contra la impotencia, contra nuestro propio dolor. Un dolor que no se combate con analgésicos, un dolor que no se ubica en el cuerpo. No asumimos la derrota, ilusos hasta el final. Somos los daños colaterales, la población civil víctima del bombardeo.

Enfrente de mí un anciano se queda adormilado en su silla, una mujer más joven le coloca la cabeza sobre su propio hombro. La espera se hace larga y el tedio se enseñorea.

Peleamos y esperamos. Esperamos al heraldo que nos traiga la misiva maldita para comunicarnos quién cayó en la vanguardia. La voz metálica del mensajero, con un goteo cadencioso, lento, muy lento, exasperante, va llamando para notificar las novedades en el frente. Quién está herido leve, quién lo está muy grave, quién sucumbió al fuego enemigo. Ese enemigo imbatible al final, porque siempre acaba ganando en la última batalla.

Envuelto en una capa de falso aislamiento, regurgitando las lágrimas que me dicen al oído que este será el último combate, el que siempre gana el enemigo, oigo el nombre del que soy familiar. Envuelto en una coraza endeble, fabricada con esperanzas infundadas, me dirijo a recoger la misiva del mensajero que trae noticias del frente, de mi frente, de mi batalla. Me dirijo a recoger el último parte de guerra.


NOTA
Este relato corresponde a un ejercicio donde se practica la prosa poética y había que escribir una historia "infectada de lirismo". 
Soy una negada para el lirismo, me cuesta trabajo leer y entender la poesía, así que tener que escribirla, aunque sea en prosa, me supuso un esfuerzo agotador. Para mi sorpresa el texto fue muy bien valorado por mi profesora. Vosotros diréis si estáis de acuerdo con ella.


13 de junio de 2018

"Muerte con pingüino" - Andrei Kurkov


Viktor es un escritor fracasado, a caballo entre el periodismo y la prosa mediocre; no consigue publicar. Vive en la Ucrania de finales del siglo XX, alli tampoco van las cosas muy bien. En el zoológico no tienen dinero para dar de comer a los animales y la dirección propone a los visitantes que se lleven a algunos para que así puedan sobrevivir. Viktor decide llevarse un pingüino, pero no tiene suerte. No entiende nada de zoología en general y menos de pingüinos en particular, así que elige a uno que está enfermo, elige a Misha que tiene depresión.

El nuevo compañero de piso de Viktor pasa a ser una preocupación para éste pero también le hace compañía.

“Dos soledades complementarias que daban más la impresión de interdependencia que de amistad”

Misha suelta suspiros melancólicos y pasa horas encerrado en su habitación, come con desgana el pescado y de vez en cuando chapotea en la bañera que Viktor le llena amorosamente con agua helada.  

En este escenario aparece el editor de un periódico que le ofrece a Viktor un encargo bastante peculiar. Debe escribir esquelas de personajes que han tenido relevancia pública. Esto no sería demasiado extraño si no fuera porque esas personas aún no han fallecido.

Viktor se vuelca en su cometido con ilusión, pero es una labor frustrante pues su trabajo no ve la luz ya que los destinatarios siguen vivos y sus esquelas no se publican. Pero, de repente, los personajes a los que dedica las esquelas empiezan a morir en extrañas circunstancias. Y Viktor empieza a tener problemas.

Así se va desarrollando una trama disparatada y con tintes de humor negro, donde Misha y Viktor no son los únicos personajes absurdos. A lo largo de esta original novela iremos conociendo a otros que no se quedan atrás en cuanto a disparate, como Sergei, un policía que se cambia el apellido por uno judío para poder abandonar el país, aunque luego regresa a su patria cuando comprueba que en el extranjero tampoco se está tan bien.

“Después vi lo mal que lo pasaban lo emigrantes en el extranjero y decidí quedarme y me metí a policía para tener derecho a llevar armas.”

“El miedo está justificado cuando hay posibilidad de seguir vivo.”

En la galería de personajes absurdos que desfilan por esta novela se encuentra Stepan Y. Pidpaly, el cuidador de pingüinos del zoo que es despedido cuando regalan todos los animales. Está enfermo de cáncer, a través de este personaje y debido a su enfermedad, el autor nos hace una descripción cruda y sin paliativos de las condiciones sanitarias ucranianas. Porque en Ucrania no hay medicinas; la única medicina es guardar cama y estar en reposo.

Hay muchos más personajes, cada uno con su historia detrás y cada uno defendiéndose de la vida que le ha tocado vivir. Porque de vivir se trata esta novela, o mejor dicho, de sobrevivir.


Me gustan las historias absurdas, siempre que lo absurdo esté justificado y tenga algo más detrás. Porque una trama absurda si no tiene un trasfondo se convierte en simplemente una tontería.

Esta novela es absurda, pero sus motivos tiene. Andrei Kurkov nos muestra a través de lo absurdo la realidad de Ucrania en 1999, las duras condiciones en las que la población ha de sobrevivir. Muchas situaciones de la novela parten de hechos reales. Hace unos años un zoológico ucraniano pidió ayuda a los amantes de la naturaleza para poder comprar comida a los animales pues no tenían fondos y muchos estaban en un estado de desnutrición. Igualmente, hace tiempo, la OMS alertó del colapso del sistema sanitario en Ucrania.

Exagerando algunas situaciones reales –esa es la esencia de lo absurdo– Kurkov nos enseña la verdad. Con una prosa minuciosa, donde se relata el día a día con detalle preciosista, el escritor nos cuenta cómo sus compatriotas se defienden de un estado de precariedad provocado por la corrupción y la rapiña de los gobernantes.

Esta novela, a través del disparate, explica y defiende la supervivencia a costa de lo que sea.

Viktor sobrevive escribiendo esquelas de personas que aún no han muerto, Misha lo hace arrastrando su pena escondiéndose en su habitación o sumergido en una bañera con agua helada, Sergei aprovecha su condición de policía para poder llevar armas y así defenderse, Pidpaly espera en la cama de un hospital desabastecido que el cáncer acabe con él.

Vivir como sea, de la manera que sea, pero vivir; a pesar del entorno, a pesar de los demás, a pesar de uno mismo. Un canto a la supervivencia.


NOTA
En el siguiente vídeo muestro algunos fragmentos de la novela, con reflexiones y frases dignas de tener en cuenta.





8 de junio de 2018

La incógnita


Cada vez me cuesta más moverme, siento como si llevara encima una carga muy pesada, mucho más pesada que los kilos de más que he ganado estos meses. Me canso mucho, cualquier tarea me resulta engorrosa y no me apetece hacer nada que no sea tumbarme y llorar.

Sé que tengo que ser fuerte, que tengo que pensar no solo en mí, sino en esa vida que se está gestando en mi interior. Me sé de memoria todos los consejos que me dan desde hace quince días, pero no puedo, no tengo fuerzas. Esto me supera.

Cuando Sergio y yo supimos que íbamos a tener un hijo recibimos la noticia con alegría y cierta precaución. Era un niño, o una niña, muy deseado, o muy deseada. Tantos meses de consulta en consulta, de especialista en especialista para conseguir un embarazo que se hacía de rogar, al final dieron resultado y estábamos exultantes.

La placidez que llegó tras el cuarto mes de gestación me ayudó a relajarme, ni yo misma me reconocía. El agobio y el constante estado de alerta que tanto le molestaban a Sergio y que son mi signo de identidad, se disiparon como por arte de magia y fue entonces cuando empecé a entender a qué se referían cuando decían eso del milagro de la vida, pues un milagro me pareció que yo fuera capaz de comportarme con serenidad y tranquilidad, como si todo lo que ocurría a mi alrededor no me incumbiera.

Fueron unas semanas de felicidad compartida con Sergio, cuando creí que el futuro era alentador. Nuestras peleas, benditas peleas, para decidir qué color debía tener la habitación del bebé, o qué cuna era la más adecuada y funcional, ahora se me antojan una diversión. Hasta de colegios hablamos, y de universidades donde nuestro hijo, o nuestra hija, iría a formarse para ser un hombre, o una mujer, con un buen futuro profesional. ¡Qué absurdo!

Todo cambió con aquella llamada de teléfono, cuando una voz desconocida, que se presentó como un trabajador de un hospital de la ciudad, me comunicó que debía personarme en la sala de urgencias porque Sergio había tenido un accidente de tráfico.

Entonces me vinieron a la mente muchas preguntas, en tropel.  ¿Con qué coche? ¿Con el cuatro por cuatro o con el utilitario más pequeño? ¿Fue a la ida o a la vuelta de su trabajo? Me hice interrogantes banales pero muy concretos que me parecieron importantes. Sin embargo, no me pregunté cual había sido el resultado del accidente, cómo se encontraba Sergio. No quería saberlo.

Luego vinieron los lamentos, las miradas de conmiseración hacia la pobre viuda embarazada. Un desfile interminable de amigos, compañeros y familiares; se acercaban para decirme frases manidas y de compromiso.

La placidez que tanto me agradaba se convirtió en apatía, en desinterés. Es una reacción biológica de defensa, me dijo el ginecólogo, ahora mismo la prioridad es el bebé, no debe sufrir más de lo necesario para que el embarazo llegue a término sin complicaciones.

El bebé no sufrirá, él, o ella, no sabe de la desaparición de su padre, ni de mí sabe siquiera. No me conoce aún, ni conocerá a Sergio nunca. Él, o ella, solo sabe alimentarse y crecer, esa es su tarea. La mía, que se alimente y que crezca.

¿Por qué ese porvenir de color de rosa que imaginamos Sergio y yo, ahora es tan feo?  Quiero tener un hijo, o una hija, pero con él. Antes, cuando el futuro era tan bonito, me hice preguntas sobre el modelo del cochecito, si anestesia epidural o parto natural, si acudir a las clases de pre-parto o no; lo normal en una situación así, me dijeron mis amigas. Pero en todos esos interrogantes nunca se encontró cómo ser madre y padre a la vez, cómo criar a mi hijo, o a mi hija, en soledad; porque eso no es lo normal.

¿Con quién voy a elegir la guardería o el colegio? ¿Con quién me desahogaré cuando mi hijo, o mi hija, se meta en problemas? ¿Con quién compartiré mis dudas cuando mi hijo, o mi hija, me pida consejos? Sergio era la otra parte de la ecuación, una ecuación cuya incógnita es este bebé que llevo dentro y cuya solución no sabré calcular si me faltan datos, si me falta Sergio.

Tengo que reponerme. Ser fuerte. No pensar solo en mí. Resolveré esa difícil ecuación sola y procuraré que la incógnita sea un buen resultado. Tengo que conseguirlo.

Pero ahora solo me apetece tumbarme en el sofá y llorar.

NOTA

Este relato corresponde a un ejercicio donde había que explorar en los roles que cada ser humano desempeña en la cotidianidad cuando surgen conflictos. En concreto, se pedía explorar en el mundo de una mujer joven embarazada que enviuda y debe hacer de padre y madre.




4 de junio de 2018

"La niebla y la doncella"-Lorenzo Silva


El sargento de la Guardia Civil, Bevilacqua y su compañera Chamorro han de investigar quién se encuentra tras el asesinato de Iván López von Amsberg, un joven problemático que apareció muerto en La Gomera. El asunto se presenta difícil porque el homicidio ocurrió dos años atrás, se acusó a un político, pero fue juzgado y absuelto. El caso quedó pendiente, y ahora les toca a los guardias mencionados encargarse de retomar las investigaciones, con la dificultad añadida que supone el tiempo transcurrido para encontrar nuevas pruebas.

“Los muertos, al principio, huelen como los vivos, luego huelen a rayos, y al final no huelen a nada.”

Este es el segundo libro que leo de la serie que tiene como protagonistas a los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro. El primero fue “El lejano país de los estanques” y, si soy sincera, apenas me acuerdo de nada, lo que quiere decir que pasó sin pena ni gloria. En cambio sí recuerdo perfectamente la impresión que me causó “El nombre de los nuestros”, una novela sobre el desastre de Annual. De hecho, con esa novela me enamoré de Lorenzo Silva, de su forma de escribir y contar las cosas.

Con estas experiencias previas con el autor me puse a leer esta novela de guardias civiles y asesinatos. Y el resultado ha sido desconcertante, porque ha habido cosas que me han gustado mucho y otras no tanto (no me han gustado nada de nada). En deferencia a Silva y como gratitud por lo mucho que disfruté leyendo “El nombre de los nuestros”, empezaré por lo malo y acabaré con lo bueno, para dejar un buen sabor de boca.

Parque Nacional Garajonay

Quizás sea una deformación por el curso de escritura que estoy recibiendo, pero me pareció un fallo que se tarde bastante en informar al lector de dónde transcurre la historia. En la sinopsis aparece el nombre de la isla de La Gomera, pero en la novela no se sabe hasta bien avanzada la trama. Además, cuando ubica las escenas lo hace con una indefinición rayana con la dejadez. Por ejemplo: cuando habla del parque nacional Garajonay, tan solo dice ‘el parque’ –quien no conozca bien la isla podría pensar que se habla de un parque corriente y moliente–, cuando habla de San Sebastián de La Gomera, escribe ‘la capital’, o cuando se dan otro tipo de ubicaciones no especifica cuáles son, las referencias son ‘al sur de la isla’ o ‘al norte de la isla’. Esa falta de topónimos me molestó, pues soy una enamorada de las Islas Canarias en general y de esa isla en particular –junto con La Palma–. En fin, que se lo podía haber currado un poquito más, simplemente con un mapa. Tampoco estoy pidiendo una descripción exhaustiva de la zona.

San Sebastían de La Gomera

El libro se lee bien, pero tiene mucha paja a mi modo de ver. Se tocan algunos temas que no aportan mucho a la historia y que yo vi como de relleno; a saber: cómo son las turbinas de un avión, ciertas características de los tratados forenses, o algunas teorías físicas que me resultaron tediosas. Hay una historia entre el sargento y otra guardia, muy guapa ella y muy seductora, que me pareció empalagosa y bastante ñoña. De hecho, por culpa de esa relación, Belilacqua –que se presenta muy atractivo en muchos aspectos– para mí perdió unos cuantos puntos. 

Además esta guardia tan seductora es una antigua conocida de Chamorro, entre ellas hay cierta tirantez cuyas causas se desvelan al final y que a mí se me antojaron simplonas, aspecto este que también restó puntos a la propia Chamorro. 

Pero lo que empañó mucho la lectura, y me convenció de la poca seriedad a la hora de documentarse, fue un desliz, a mi modo de ver, importante. En un momento dado se habla de la isla de La Palma, y uno de los personajes dice que Madonna se refiere a ella en su canción “La isla bonita”. ¡Craso error! Es cierto que a La Palma se la conoce en Canarias como la isla bonita, pero cuando Madonna cantaba aquella canción no se refería a esta isla sino a otra, San Pedro (Belice).

Todas estas cosas me decepcionaron bastante, no me esperaba algo así de Lorenzo Silva. Sin embargo, y como anuncié al inicio de la reseña, hubo otras cosas que me gustaron mucho. Aquí van.

Se hacen algunas reflexiones sobre el comportamiento humano que hacen pensar. “La vida tiene una deplorable facilidad para convertirse en algo feo e insatisfactorio” y esta insatisfacción hace que algunos se frustren de tal manera que optan por medidas agresivas: o se pegan un tiro, o acaban pegándoselo a otro.

También se medita sobre el fracaso de algunas revoluciones. El autor, a través del sargento Bevilacqua, nos da una explicación curiosa. Muchas de esas revoluciones las encabezan ‘hijos de papá’ que actúan así por diversión y por llevar la contraria a sus padres. Al ser gente más instruida que el pueblo al que se supone le va a beneficiar esa revolución toman el timón, pero estos tipos suelen volver al redil (con papá y mamá), dejando en la estacada a ese pueblo, y entonces la revolución se va al garete.  Esta digresión me gustó, pero reconozco que fue también un relleno innecesario.
La Gomera

Antes me he quejado de la falta de precisión cuando se ubican algunas escenas. Podría pensarse que el autor no conoce las islas. No sé si ha estado en Canarias alguna vez, pero el ambiente brumoso propio de La Gomera (y de La Palma o del Hierro) debido a la exuberante vegetación está muy bien descrito. Aunque lo que sí ha sabido plasmar muy bien es otra característica de ese archipiélago: la pachorra de los camareros. Se hace bastante hincapié en los de Tenerife –puede que demasiado- pero yo creo que el primer premio se lo llevan los de La Palma. A cuenta de esa manera tan suya de atender a la clientela –que a mí no me molesta en absoluto– yo tengo unas cuantas anécdotas al respecto pues visito esa isla con frecuencia.

En resumen, una novela entretenida, con asesinatos, investigadores y asesinos. Ni más ni menos. Yo esperaba algo más porque tenía el recuerdo de otro tipo de novela de este autor, pero eso solo es culpa mía. Quizás tenga mucho que ver que no soy una entusiasta del género policíaco, o puede que el autor no siempre tenga un buen día a la hora de escribir.

“La gente es capaz de dar sensaciones muy diferentes, según las circunstancias”



29 de mayo de 2018

Muerte en los canales


Aquel japonés de las fotos fue el primero. Durante todo el trayecto se dedicó a fotografiar a diestra y siniestra. En un inglés básico me pidió que fuera más despacio para poder obtener una mejor instantánea del Puente Rialto. Mira con los ojos y no con la cámara, imbécil, le dije en italiano, y ese no es el Puente Rialto sino el de los Suspiros. Entonces él me sonrió bobaliconamente y eso me enfadó; sin pensarlo le golpeé con el remo en la cara. Con los ojos desorbitados, pero sin la sonrisa idiota, se quedó despatarrado en la góndola. Lo tapé con una manta y me fui hasta Sacca San Bagio para hundirlo con unas piedras en la parte más profunda.

Mi reacción me sorprendió –soy una persona tranquila y pacifista–, pero me sorprendió mucho más el constatar que deshacerme de ese nipón impertinente me había dado una gran serenidad, una calma que no experimentaba desde hacía mucho. ¡Me sentí de puta madre!

Amo mi ciudad. Amo sus canales, sus balcones, sus puentes. Me gusta navegar por ella, respirar su historia, sentir su melancolía. Cada rincón recuerda su esplendor, aquel que consiguió hace tantos siglos y cuyo recuerdo sus hijos debemos preservar.

Viajeros ilustres de antaño le dieron publicidad, pero ella no lo precisa. No necesitamos que un poeta romántico y fatuo venga de Inglaterra a bañarse en la laguna o que un compositor xenófobo y megalómano, encima alemán, tenga que morirse aquí para que la ciudad alcance renombre. Nosotros tenemos a nuestros propios famosos. Marco Polo fue uno de los primeros que llevó el nombre de nuestra patria por todo lo alto. Aunque yo prefiero a Casanova, ese sí que nos dio lustre.

Mi padre fue gondolero, como lo fue mi abuelo. Yo también heredé la misma profesión. El legado recibido de mis antepasados es un honor y una responsabilidad; lo llevo con orgullo.

Paseo todos los días a viajeros que vienen a admirar esta urbe fascinante. Cada vez vienen más y no todos son adecuados, no todos merecen contemplar las maravillas que se muestran a sus ojos. Las autoridades están preocupadas por la masificación turística y quieren hacer algo para remediarlo, aunque no saben qué. Esos politicastros no se ponen de acuerdo y mientras tanto mi adorada ciudad se deteriora. Pero yo no lo voy a consentir. Yo sí sé qué hacer.

Los siguientes fueron una pareja de alemanes. Cuando señalaron el palazzo Cavallifranchetti y dijeron  “Wagner died” mirándome para que les aplaudiera su cultura, la furia apareció de nuevo. Estúpidos, Wagner no murió ahí, lo hizo en Ca’ Vendramin Calergi. Así que, aprovechando que ya era casi de noche y que había poco tráfico por la zona, les aticé con el canto del remo a los dos en la nuca, primero a él y después a ella. Cayeron a plomo una encima del otro. Esta vez elegí la zona de Sacca Fisola para deshacerme de los cadáveres.

A resultas de esta acción el remo se me rompió. Como mi economía no es muy bollante, decidí utilizar otro tipo de herramienta para la siguiente ejecución. Una cosa es hacer un servicio a mi ciudad y otra arruinarme comprando remos.

Me agencié un cuchillo de carnicero.

Dos recién casados, creo que eran chinos, o coreanos, creyeron que estaban en el Gran Canal cuando paseábamos por el Canal Giudecca. ¡Santa Madonna, cuánta ignorancia! Cuando estábamos en un canal estrecho, aproveché uno de sus arrumacos para sacar el machete y les rajé la garganta. Plis, plas. Esos orientales son de sangre tan espesa que no reaccionaron cuando me abalancé sobre ellos. Por desgracia, la sangre también la tienen roja, como la de cualquiera, y lo pusieron todo perdido. Tardé una mañana entera en limpiar la góndola, y esas horas que estuve sin trabajar se notaron en las ganancias del día. Tenía que mejorar mi técnica.

Con los tres australianos que confundieron el Palacio Ducal con la Biblioteca, empleé una cuerda. Lo bueno de estrangular es que apenas se hace ruido y, lo más importante, es un método muy limpio. El primero en caer asfixiado fue el más delgaducho, estaba detrás de los otros dos y aproveché la posición. Hizo un débil amago por respirar y dejó de mover las manos enseguida.  Luego me fui por el moreno de la derecha ya que el de al lado suyo estaba entretenido colgando en facebook las fotos hechas con su teléfono móvil. 

Este hizo algo más de ruido cuando intentó deshacerse de mi presión en su garganta, además pataleó, lo que provocó que su compañero levantara la vista de la pantalla. Me vi forzado a recurrir de nuevo al remo. Me cargué al del móvil con un buen golpe y al otro terminé de ahogarlo metiéndole la cabeza en el agua. Satisfecho con el resultado, especialmente porque el remo salió indemne en esta ocasión, me deshice de los restos sin dificultad. Esta ciudad maravillosa está llena de rincones que no conocen bastantes venecianos en general y los carabinieri en particular.

Me gustaría matar a muchos más, pero he de seleccionar entre la clientela porque no voy a cargármelos a todos ya que no es cuestión de quedarme en el paro, así que he decidido hacer una especie de examen a los viajeros. Tan solo unas preguntas de cultura general sobre Venecia donde no saber quién fue el último Dogo o en qué año la Serenísima perdió la independencia supondrá para el ignorante que le dé matarile.

Amo mi ciudad y detesto que tanto analfabeto la profane. Mientras que los politicuchos di merda andan dándole vueltas al tema de la masificación yo me ocupo de limpiar los canales. Por cierto, querido lector, ¿sabes quién fue el último Dogo?


NOTA

Este relato corresponde a un ejercicio de humor negro donde debía escribir desde la piel de un asesino que mata por placer, que disfruta sin remordimientos. Debía convertirme en un asesino en serie y convencer de que mi manera de actuar era la única posible, que hice lo correcto; un asesino sin sentimiento de culpa y donde la víctima se merece la muerte. Esto es lo que salió.

 Añadiré que me divertí mucho escribiendo este relato y eso es algo que me ha dejado muy preocupada. Quizás debería hacérmelo mirar. 





26 de mayo de 2018

"La uruguaya" - Pedro Mairal



Lucas Pereyra, un escritor argentino, con no muy buena fortuna, relata lo que le ocurrió cuando se fue a Montevideo a cobrar el adelanto que unas editoriales extranjeras le han dado por un libro que va a escribir. El motivo de acudir a otro país para cobrar ese dinero no es otro que el de evadir las estrictas leyes fiscales de su país.

Lucas sufre varias crisis existenciales que, como una conspiración cósmica, vienen a complicarle la vida. Por una parte sufre la crisis de los cuarenta, no sabe muy bien hacia dónde va ni que está haciendo de su vida. También sufre la decepción de no haber conseguido casi ningún sueño de juventud, todas la metas que se había propuesto no las ha conseguido. El sospechar que su esposa le es infiel no le ayuda nada, y el no ver reconocida su obra literaria como a él le gustaría, tampoco.

Pero Lucas es un hombre de recursos y decide aprovechar el viaje a Montevideo para reunirse con una amante ocasional con la que mantiene un contacto irregular. Esa mujer, bastante más joven que él, supone un aliciente al viaje y una manera de sentirse mejor consigo mismo, una reafirmación de su virilidad. Lo tiene todo bien planificado, le sacará todo el partido a las horas que va invertir en esa estancia. Sin embargo, nada sale como él pensaba.

Esta novela corta, o relato largo, cuenta unos sucesos que transcurren en menos de veinticuatro horas, y es la prueba evidente de que una historia no necesita un lapso de tiempo extenso para ser buena. Porque el relato, o la novela, es estupendo. El lenguaje utilizado es fluido y cuidado, aunque está lleno de localismos argentinos pero que no me impidieron seguir el hilo de la narración.

Aunque la vida de Lucas Pereyra no es muy divertida, todo lo que cuenta él mismo se hace con mucho humor. Este aspecto es lo que más me gustó de este relato, o de esta novela. Toca, como de pasada, algunos temas con una ironía que a mí me hizo sonreír y hasta soltar alguna carcajada.

Por ejemplo, cuando habla de los médicos (él sospecha que el supuesto amante de su mujer es uno de ellos) llega a decir:

“…maltratadores sociales, ladrones del tiempo y la salud, ojalá les llegue un infierno eterno de salas de espera con revistas pegoteadas, aprovechadores parados en su columnata griega…”

También reflexiona de manera muy cómica, pero con seriedad, lo sobrevalorada que está la paternidad. Acerca de lo que supone tener hijos comenta esto:

“Tanto curso de preparto y después nace y cuando llegás a tu casa por primera vez no sabés ni dónde ponerlo. Si realmente hicieran un curso integral de cómo criar hijos, nadie los tendría. Hace falta ignorancia para que continúe la especie, generaciones de ingenuos que se meten en un baile del que no tienen ni idea.”

El sarcasmo y la gracia de algunos comentarios le da frescura a todo el texto. Por ejemplo, cuando alude al dueño de un perro pit bull:

“¿Quién querría tener un perro así? ¿Qué hueco afectivo emocional venía a llenar semejante monstruo en una casa?”

Debajo de esas expresiones tan sarcásticas se encierra toda un crítica social a muchos valores invertidos que, si se analizan bien, dan idea de cómo nuestra sociedad ha ido perdiendo el norte. En un momento dado, uno de los personajes le comenta al protagonista que no entiende que le paguen por adelantado un libro que aún no ha escrito:

“Los libros se escriben y luego se ve cuánto valen”

Una novela, o un relato, entretenida, diferente a lo que suelo leer y que me ha gustado mucho. Un relato, o una novela, sobre la decepción que sobreviene cuando nuestras expectativas no se cumplen, cuando los sueños de juventud no son más que quimeras, cuando debemos bajar el listón de nuestros deseos si queremos tener un mínimo de realización personal.








21 de mayo de 2018

Lejos de ti



‘Busca tu destino lejos de ti’ le había dicho la pitonisa y eso es lo que estaba haciendo. En una bolsa de viaje había metido cuatro prendas de vestir y se había ido a Bruselas.

Inés aún no entendía cómo, con su pobre expediente académico, le habían aceptado la solicitud de una estancia de seis meses en la Universidad Libre de Bruselas para hacer un posgrado en Historia del Arte. Cuando hizo la petición, casi un año antes, no sabía cuánta necesidad tendría de escapar y lo oportuna que iba a ser esa estancia. Tampoco sabía que una echadora de cartas le iba a facilitar la decisión.

Inés nunca había creído en premoniciones ni en la adivinación, pero un día su amiga Marga, que sí era aficionada a los temas esotéricos, la invitó a acompañarla a la consulta de una vidente tarorista. Aquel día sus padres habían tenido una de sus broncas más escandalosas y vio en la invitación de su amiga una excusa muy oportuna para huir de su casa.

Con el ruido de los portazos de su padre y los lloros de su madre en la cabeza entró con Marga en la consulta. Una mujer excesivamente maquillada y con todos los dedos de las manos llenos de anillos las recibió. Nada más sentarse a la mesa la vidente se fijó en Inés, y antes de que esta le advirtiera que ella no era la cliente, la pitonisa le tomó la mano derecha. En seguida se fijó en una marca de nacimiento que tenía en la base de la muñeca.

—¡Qué marca tan interesante! —dijo la adivina.

Sonriendo, Inés le replicó:

—Para mí no lo es tanto, la llevo conmigo desde hace veintitrés años y ya no me resulta llamativa.

—Es un globo terráqueo.

—O un balón de fútbol según mi hermano —respondió Inés, otra vez sonriendo pero esta vez con ironía—, o una bola de billar según mi tío Pedro, o simplemente una mancha de la piel que es lo que pienso yo.

—Niña, tú vas a viajar mucho. Conocerás lugares extraños y será allí donde te encontrarás. Busca tu destino lejos de ti.

Inés retiró la mano y le aclaró a la vidente que la cliente era Marga y no ella. Pero no pudo evitar darle vueltas a las frases que tan enigmáticamente le había dicho la pitonisa.

Cuando le comentó a Fernando lo que había ocurrido, éste se echó a reír.

—Nunca hubiera creído que acudieras a semejante lugar.

—Si yo iba de acompañante, pero la tía esa me agarró la muñeca y empezó a decir sandeces.

—Sí que es una tontería eso de “busca tu destino” —dijo Fernando a la vez que ponía los ojos en blanco—. ¿Lejos de ti? ¿qué quiere decir exactamente eso? ¿Tienes que desdoblarte o hacer un viaje astral? Además, ya podía haber sido más explícita y decirte a qué lugar tenías que ir, más que nada para no gastarte una pasta en billetes de avión.

Dicho esto los dos se echaron a reír a carcajadas. Fernando era su mejor amigo y el que siempre estaba ahí, para lo bueno y para lo malo. Pero las risas que ahora compartían no consiguieron que Inés se quitara de la cabeza aquella frase final: ‘Busca tu destino lejos de ti’.

Porque Inés tenía ganas de irse lejos, no sabía muy bien a dónde, pero lejos. Lejos de su aburrida vida universitaria, de sus pobres expectativas laborales y de las broncas familiares. Gracias a Fernando podía soportarlo casi todo. Era un encanto y un estupendo remedio para aliviar su malestar, pero él no podía ser la solución a todo lo malo que a ella le pasaba. El remedio lo tenía que poner ella, y puede que la pitonisa le hubiera dado una pista.

En Bruselas dio muestras de ser una estudiante aplicada, trabajadora y seria. Su director estaba encantado con ella e Inés estaba contenta con los resultados. Además, le gustaba mucho lo que hacía y cabía la posibilidad de conseguir allí una plaza como profesora ayudante.

Sin embargo, la desazón seguía instalada en Inés. Ya no tenía que soportar las discusiones de sus padres y el futuro laboral se presentaba más amable pero, con todo y con eso, Inés no estaba satisfecha. Puede que sea una cascarrabias de nacimiento, pensó mientras marcaba el número de Fernando.

Mientras esperaba con anhelo que Fernando contestara a su llamada se dio cuenta de que tan solo se encontraba bien del todo cuando hablaba con él. Sus interminables conversaciones telefónicas eran un bálsamo a su ansiedad. El ánimo inquebrantable de su amigo podía con todo, incluso con la insatisfacción perenne de ella. Tan solo Fernando era capaz de que ella se olvidara de sí misma. En ese momento, y justo antes de que Fernando descolgara su teléfono, Inés comprendió la frase de la pitonisa.

—Hola, Inés. ¿Qué te cuentas, guapa?

—Poca cosa pero quería anunciarte a ti el primero, algo.

—Tú dirás.

A través de la línea, Inés supo que Fernando estaba sonriendo, como siempre que hablaba con ella.

—Cuando te tenga delante ya te lo explicaré mejor, pero quiero estar contigo. Vuelvo a casa.


NOTA
Este relato corresponde a un ejercicio donde se tratan las funciones de Propp. Las funciones son acciones, sucesos, movimientos o escenas que marcan decisivamente el desarrollo de un relato. Vladimir Propp resumió 31 funciones distintas y que pueden aparecer en un relato (más información aquí). De esas 31 funciones, por sorteo, a mí me tocó escribir un relato con: 'alejamiento', 'marca' y 'matrimonio'. Hice lo que pude.





18 de mayo de 2018

Abandonados I (Reseñas a medias)


Hace meses que mi ritmo de publicación de reseñas literarias ha descendido considerablemente. Esto es debido, en parte, a mi participación en un curso de escritura que ha hecho aumentar mi producción de relatos propios en detrimento de la lectura y su posterior reseña. Mi reciente viaje a Venecia y la crónica que nació de él también tiene parte de culpa. Pero no todo es debido a estas razones. Hay una mucho más importante y es que últimamente mi tino a la hora de elegir buenas lecturas es nefasto, es tan mala la opinión que me merecen que abandono su lectura antes de acabarlos. No doy una, la mayor parte de los libros que selecciono para leer son unos rollos de campeonato.

Me he parado a reflexionar sobre ello. ¿A que puede ser debido esto? Tengo varias explicaciones.

1-   Que me he vuelto mucho más crítica y ahora no soporto lo que antes me parecía soportable.
2-   Que me he vuelto más impaciente y no tengo aguante para proseguir con una lectura y darle la oportunidad de que se enderece según avanza el argumento.
3-   Que elijo a tontas y a locas y me muevo por impulsos a la hora de decidir leer un libro, sin pararme y analizar bien qué es lo que me hace atractiva una lectura.

Sea como fuere, el caso es que llevo un buen número de libros que no he terminado. 

Cuando escribo una reseña me gusta ser sincera y avisar si el libro tiene alguna pega. Como un aviso a los navegantes yo advierto de lo que hay. Pero esto lo hago cuando el libro lo he terminado. Si no lo acabo tengo presente que es posible que al final la cosa se haya arreglado. Pero he estado reflexionando, y creo que en el caso de los abandonos también debería avisar, aunque de una manera más sucinta. Y aquí estoy, con la recopilación de los libros que en los últimos meses me han decepcionado tanto que ni siquiera me han dado ganas de terminarlos. En estas no-reseñas explico por qué me decidí a abandonar la lectura.


Las tres muertes de Fermín Salvochea - Jesús Cañadas.

1873, recién instaurada la Primera República, Fermín Salvochea tomó posesión del cargo de alcalde de Cádiz. Siguiendo su espíritu anarquista, adoptó una serie de medidas polémicas que le granjearon la simpatía de los pobres al mismo tiempo que la animadversión de las clases pudientes y del clero.
1907. Fermín Salvochea, legendario alcalde de la ciudad de Cádiz, fallece en extrañas circunstancias. Ese mismo día, Juaíco, un barbero viejo y borracho, decide contarle la historia de Salvochea a su hijo Sebastián.
1873. El joven Juaíco empieza a trabajar para Fermín Salvochea durante su primera semana como alcalde. Una muerte en un burdel los embarcará en una aventura llena de misterios, magia negra y venganza más allá de la tumba.
1907. Un enigmático teatro de los horrores ha llegado a Cádiz. Brutales asesinatos se suceden en los callejones de la ciudad. Sólo Sebastián y sus amigos podrán encontrar la verdad tras la historia de Juaíco y proteger Cádiz del mal antiguo que anida en sus entrañas."

Esta sería la sinopsis del libro y no me negaréis que se presenta interesante. Bueno, pues no lo fue, al menos durante el primer tercio del libro (insisto que no lo terminé). Una de las cosas que no me gustó es que no entra en materia ni a tiros. La famosa muerte de Fermín Salochea “en extrañas circunstancias” no se cuenta durante el primer tercio del libro, y el tal Juaíco le cuenta a su hijo de todo menos cómo murió el alcalde.

El lenguaje empleado es demasiado almibarado y rebuscado con algunos adjetivos que yo creo ya están en desuso desde hace varias décadas. Fallos garrafales como citar la famosa Canción del pirata de Espronceda y decir “por cien cañones por banda” (no son cien, son diez; si un barco lleva cien cañones por banda, serían un total de doscientos, y ese barco se hundiría sí o sí, a no ser que sea el Titanic en cuyo caso se hundiría igual pero no por culpa del peso).

Con estas premisas ya iba yo pensando en dejar la lectura hasta que en la historia aparecieron grifos, y no me refiero a los instrumentos por los que sale el agua, sino a esos seres mitológicos mitad águila, mitad león. Lo que me faltaba. Así que dejé el librito por ser una payasada absurda, que tendrá su público, no lo niego, pero entre el que yo no me encuentro.

Polvo eres - Nieves Concostrina.

En este libro se cuenta la manera de morir de deteminados famosos cuyo deceso resultó algo fuera de lo normal. “No importa que sean santos, mandamases, escritores o músicos: algunos personajes no descansan ni después de muertos. Estas amenas y por momentos desternillantes páginas nos cuentan sus innumerables peripecias a la hora de morir o después de su deceso”.

El término “desternillante” del que escribió la sinopsis no coincide con el mío. Vamos a dejarlo en “graciosillo”. Se utilizan expresiones demasiado coloquiales, y aunque esta obra se cataloga en algunos foros como de “divulgación” yo creo que titular algunos capítulos como “Carlos I de España, el pejiguera de las tumbas” o “El botellón fúnebre de Nerón” me parece bastante vulgar y falto de respeto (vaya por delante que yo no soy monárquica). Además, esos titulares son llamativos pero no se corresponden para nada con la historia que subyace debajo.

No estoy en contra de la divulgación de cualquier tipo, pero si para llamar la atención del respetable público hay que acudir a expresiones chavacanas, casi que mejor dejar la cultura en los libros “serios” y dejarse de chorradas.

La sinfonía del tiempo - Álvaro Arbina.

La sinfonía del tiempo es una emocionante historia de amor, una gran saga familiar y una poderosa intriga histórica. Un fascinante viaje a los tiempos del acero y el carbón, de los edificios de hierro y cristal, de los avances industriales y científicos, de la desigualdad social y el refinamiento burgués

Así es parte de la sinopsis de esta novela. Una vez más, los que escriben las sinopsis tienen conceptos que no coinciden con los míos sobre algunas palabras. “Emocionante historia de amor” para mí fue una edulcorada, ñoña e insulsa historieta digna de un telefilm o de un culebrón, pero de los malos.

Si a esto le añadimos que la sintaxis en algunos párrafos los volvía ininteligibles por las frases tan retorcidas o que el librito tenía más de quinientas páginas… no dudé ni un momento en cerrarlo sin terminar.

El llanto de la isla de Pascua - José Vicente Alfaro.

Un arqueólogo español entra a formar parte de una ambiciosa excavación que pretende arrojar un poco más de luz sobre los numerosos enigmas que todavía hoy persisten en torno a la Isla de Pascua. Un crimen atroz y la sospecha de hallarse ante un descubrimiento antropológico sensacional, le situarán en el centro de una conspiración de la que se acabará convirtiendo en involuntario protagonista”.

Esta es la sinopsis, no voy a valorar el lenguaje empleado porque no quiero enrollarme. Solo decir que la novela está llena de saltos en el tiempo, desde la actualidad al pasado (año 1195 a.C.). Cuando se trata de la actualidad la presentación de los personajes y la manera de contarlos me pareció plana y bastante insulsa. Cuando narra lo que está pasando hace más de treinta siglos la cosa es tan difusa y tan rara (hasta donde leí no averigüé si estaba hablando de extraterrestres) que me costó centrarme. Tanto me dispersé que decidí dejarlo y quedarme sin saber cómo se construyeron los famosos moais de la isla de Pascua.

Las hijas del capitán - María Dueñas.

Esta es la última novela de María Dueñas. Con ella pretendí deshacer el empate que tengo con esta autora. ‘El tiempo entre costuras’ me gustó mucho, pero ‘Misión Olvido’ no me gustó nada. Así que este iba a ser el libro que inclinaría la balanza en un sentido u otro. Lo hizo. Y lo hizo de una manera mucho más rápida de la que se podría esperar tratándose de un tocho de mas de seiscientas páginas. Si fue rápido es porque no pasé de las primeras doscientas hojas.

La trama puede parecer interesante, pero en realidad a mí no me lo pareció. Las páginas se suceden una tras otra y la historia no avanza. Pasan muchas “cositas” pero en realidad no pasa ninguna “cosa”. Hay paja por un tubo. Describir el trayecto de una de las protagonistas a través de un Nueva York nocturno relatando calle por calle su itinerario a mí me resultó aburrido e innecesario, tan solo se explica esta maniobra si la autora quiere demostrar su maravilloso conocimiento de esa ciudad, algo que a mí me trae al fresco porque no tengo intención de visitar Nueva York en un futuro próximo y si lo hago me dedicaré a utilizar un mapa y no su novela.

Lo que leí me pareció insulso, ñoño y con poca chicha. No discuto que la cosa se enderece al final, pero si el argumento se pone interesante solo en la última etapa no entiendo a qué viene aburrir al personal con un principio más lento que un chotis.

Y hasta aquí mis abandonos. Tengo más, pero los publicaré más adelante. Por hoy, basta.

De todas formas vaya esta publicación como pre-aviso o explicación a otras reseñas que se basarán en re-lecturas. Después del éxito que estoy teniendo con algunas novedades cada vez soy más propensa a repetir con lo que ya leí y me gustó; con lo seguro.




14 de mayo de 2018

¡Oh, sole mío! (y III)


Mucho se habla de las obras de arte que hay en Venecia, que si el Palacio Ducal, que si la Basílica de San Marcos o el Puente Rialto, y aunque todo el mundo alaba la arquitectura esplendorosa de esa ciudad yo tengo que dejar clara mi disconformidad con la manera de construir que tienen allí.

No niego que los palacios renacentistas o los edificios del siglo XVIII son muy bonitos, pero a mi modo de ver tienen algunos defectos, y no solo me refiero a los desconchones que abundan por doquier. Yo no entiendo ni jota de arquitectura, pero sé lo que es una línea recta y distingo lo que está derecho de lo que está torcido. También sé lo que es la fuerza de la gravedad y que las cosas que se inclinan en exceso tienen el riesgo de caerse.

Si en anteriores entradas me quejé de la humedad y cómo afeaba las fachadas, a lo que voy ahora es a decir que en Venecia muchos edificios, además de aparecer ennegrecidos por el moho, están torcidos. Este defecto se nota especialmente en las torres y/o campanarios de la ciudad.

Aquí van unas cuantas muestras.




Esta querencia para inclinarse por parte de las torres venecianas no sé muy bien a qué se debe –ya he comentado que no tengo ni idea de arquitectura–. No sé si es por una mala cimentación, por impericia de los arquitectos venecianos o por solidaridad con su prima la torre  de Pisa, la inclinada.

No obstante, si hiciéramos un concurso para ver qué torre está más ladeada, la palma se la llevaría el campanario de la iglesia de Burano. Es un auténtico desafío a la ley de la gravedad.


Yo no sé cómo la gente sigue yendo a misa allí, el día que se caiga la torre si está todo el pueblo en plena ceremonia, la escabechina en la iglesia puede ser de campeonato. Todo un peligro y una imprudencia.

Uno de mis acompañantes en este viaje a Venecia estudió arquitectura varios años, pero no logró terminar sus estudios. Viendo la manera de construir en esa ciudad, se volvió a España con la desagradable sensación de que si hubiera cursado la carrera en Italia habría conseguido aprobar.


En la primera entrega de esta crónica veneciana comenté que siempre que he hecho un viaje a Italia, tarareo eso de “Vamos juntos hasta Italia, quiero comprarme un jersey a rayas”, pero el caso es que en ninguno de mis viajes a ese país me he comprado un jersey así porque no los veo en las tiendas. En Venecia averigüé por qué no se encuentran jerseys a rayas disponibles: los gondoleros han acabado con todas las existencias.

Yo creí que lo de las camisetas de rayas de los gondoleros eran clichés manidos que no se correspondían con la realidad –como si uno piensa que en Sevilla todas las mujeres van vestidas de faralaes–. El caso es que en Venecia todos los gondoleros llevan camisetas de rayas. Os parecerá una tontería, pero a mí me alucinó. El color de esas rayas puede variar, rojo, azul o negro. Lo que no varía es el sombrero tan ridículo de paja, aunque se empiezan a ver signos de rebeldía en algún sector del gremio pues muchos iban con la testa descubierta –algo que yo comprendo y que respeto porque mira que es feo el sombrerito–.

Lo que sí pertenece a un estereotipo más que obsoleto es eso de que cantan “Oh, sole mio”. Además, esa canción suscita controversia entre los venecianos porque resulta que es una balada napolitana que nada tiene que ver con Venecia. Así que aprovecho para pedir perdón por titular esta serie de publicaciones precisamente con esa canción, pero en el ideario del turista habitual ‘Oh, sole mio’ se relaciona, aunque sea erróneamente, con Venecia.

Desde luego, el gondolero que nos paseó a nosotros no cantó nada de nada, quizás porque andaba mosqueado con otro colega con el que casi se choca y con el que cruzó ciertas palabritas subidas de tono donde se pudo escuchar “vaffanculo”, “porco” y “figlio de puttana”. Yo no tengo ni idea de italiano, pero creo que en esencia entendí bastante bien lo que se decían.

Otro cliché manido, y no del todo cierto, es eso de que los gondoleros utilizan el remo para dirigir la góndola. Sí que lo emplean, pero también se sirven de otras ayudas algo menos ortodoxas: los pies.


Con la ayuda de los pies o con la de las manos, los gondoleros se ganan el sueldo a pulso literalmente hablando, aunque no se pueden quejar de la clientela porque es abundante y porque los 80€ que te clavan por un paseo de media hora no es ningún impedimento para que los canales se llenen de turistas embarcados en una nao tan peculiar.



Pero la góndola no es el único modo de transporte en Venecia. De hecho, las góndolas las utilizan solo los turistas. El habitante común de Venecia utiliza los vaporettos. Por cierto, el nombre despista bastante porque uno podría pensar que se mueven a vapor, pero la verdad es que lo hacen con gasóleo a juzgar por los apestosos gases que emiten, a no ser que el agua al evaporarse en Italia huela diferente a como lo hace en España (yo, después de lo de los mosquitos, estoy abierta a las más estrambóticas posibilidades).

 En principio, estos barcos-bus se emplean para ir de un lado a otro, dentro de la propia ciudad o entre las islas que se encuentran en la laguna. Pero también pueden tener otro uso que a mí me sorprendió.

La ciudad está atravesada por un canal enorme y bastante ancho. La única manera de ir del norte de la isla al sur es cruzándolo, pero solo hay cuatro puentes a lo largo de ese canal, haciendo que ir de norte a sur sea bastante complicado y poco práctico si uno tiene prisa. Y aquí es donde entran en acción los vaporettos, porque estos barcos colectivos tienen una peculiaridad: navegan haciendo zig-zag, de manera que una parada la tienen en una orilla y la siguiente en la opuesta, así muchos venecianos emplean el vaporetto para trayectos de una sola estación, lo justo para cruzar el canal.

Esta manera de navegar puede ser muy útil, pero a mí me parece insensata. Si solo hubiera dos o tres barcos, vale. Pero cuando hay un tráfico de mil demonios la cosa se puede poner peligrosa, porque eso de que cada uno vaya a lo suyo genera situaciones comprometidas. Aún tengo el susto en el cuerpo cuando una lancha-taxi se le cruzó al vaporetto en el que viajaba y pasó a tan solo un metro del casco.

Tráfico marítimo visto desde el Puente de Rialto

Hay varios tipos de vaporettos, unos más grandes que otros. Yo prefiero los grandes ya que cuando viajé en los pequeños lo hice bastante mosqueada porque son mucho más bajos. Al igual que no tengo ni idea de arquitectura, tampoco la tengo de ingeniería naval, pero eso de ir sentada por debajo de la línea de flotación del barco a mí me da un poco de canguelo. Mirar por la ventana y ver el agua a la altura de tus ojos mosquea cantidad. Por mucha mampara de cristal o de metal que haya entre el viajero y el líquido elemento, la sensación es de bastante inseguridad.

Sea en góndola, sea en vaporetto, viajar por los canales de Venecia es toda una experiencia. Aunque puestos a citar medios de transporte el que más se uliza allí es el tren de San Fernando: un ratito a pie y otro andando. Porque para moverse en Venecia hay que caminar, solo así se puede llegar a rincones preciosos, solitarios, con el encanto que confieren los habitantes del lugar, donde cada vecino contribuye al paisaje de la ciudad aportando su granito arena: un balcón lleno de flores, una banderola, un cartel protestando por la masificación turística o simplemente ropa tendida.






















Esta es la Venecia que a mí me enamoró, y por mucho que haya protestado a lo largo de estas tres publicaciones, la realidad es que fue un viaje entrañable, disfruté mucho de la estancia en esa ciudad maravillosa, me divertí, caminé por sus calles -estrechas y no tan estrechas-, me perdí y descubrí nuevos rincones. Volvería allí otra vez sin dudar. Venecia es única.



Para que vosotros también podáis disfrutar un poco de Venecia os invito a ver el vídeo del siguiente enlace donde he intentado sintetizar con unas cuantas fotos –que no hacen justicia la belleza de esa maravillosa ciudad. Aunque las mejores imágenes son las que permanecen en mi retina, en mi recuerdo y en mi corazón; esas sí que son preciosas porque están acompañadas por las sensaciones que una cámara no puede captar: el sonido del agua al chocar con las paredes de las casas, el olor de las flores de los balcones o el silencio del atardecer.





Entradas anteriores:





Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores