28 de febrero de 2018

Segundas partes nunca fueron buenas

El relato que viene a continuación corresponde a un ejercicio donde había que buscar dos palabras pertenecientes a dos universos distintos, es decir, que nada tuvieran que ver la una con la otra. Una vez elegidas esas dos palabras había que escribir una historia extraña. 
La elección de esas dos palabras se hizo de la siguiente manera: cada alumno escribió en sendos papeles dos palabras y luego se juntaron todas en una bolsa. Una mano inocente, la del profesor, fue extrayendo las papeletas para cada alumno. Una vez más, mi amigo Murphy y su ley vinieron a visitarme y las dos palabras que me tocaron en suerte (en negrita y rojo al final del relato) dieron lugar al texto más disparatado que he escrito hasta ahora (y eso que ya llevo unos cuantos en mi haber).



Estoy sala’o.

Todo se empezó a torcer con aquella piñacera entre Louis y yo. No llevó nada bien que me negara a servir de plato en la mesa principesca. Sé que quería lucirse con su especialidad “Cangrejo relleno” pero yo no me sentí muy entusiasmado, eso de que quisiera rebozarme y ponerme al fogón no me pareció buena idea. En aquella tremenda bronca el chef real acabó con una mano escaldada y yo en ese momento me dije “Sebastián, bróder, este verraco te lo hará pagar”.

Y así fue. Sus constantes chismorreos acerca de mí hicieron mella en Ariel que sucumbió a la lengua viperina del estúpido francés chupasalsas. Tantos años como acompañante de la princesa, aguantando sus lloriqueos de “me quiere, no me quiere”, solo sirvieron para que me conmutaran la pena de muerte por otra de destierro en el mercado.

Una jebita muy guapa —demasiado maquillada para mi gusto— me compró, y sentí cierto alivio cuando le dijo al tendero que era vegetariana, lo que me hizo suponer que no quería comerme. Aunque el uso que pensaba darme no me lo hubiera imaginado ni en un millón de vidas oceánicas.

Los primeros días anduve algo despistado, la casa de Marieta —así se llamaba aquella linda jeba— era muy peculiar. La habitaban muchas jóvenes de edades parecidas a la de mi nueva ama y obedecían a un hombre al que todas llamaban Igor. Era este sujeto un varón malencarado, musculoso y lleno de tatuajes —el que llevaba en el antebrazo derecho me recordaba a mi primo el alacrán Renato—.

La rutina diaria de Marieta siempre era la misma. Las mañanas las empleaba en holgazanear en la cama, se levantaba bien entrada la tarde, comía algo y esperaba con la misma poca ropa que usaba para dormir, sentada en una banqueta de la barra de un bar muy mal iluminado y con olor a tabaco rancio. Marieta solía llevarme enganchado en el tirante de su combinación, y desde ese lugar me enteraba de todo lo que ocurría.

Allí, en ese bar, y con la misma actitud indolente, el resto de sus socias se sentaban también. Pero Igor no, él se dedicaba a contar el dinero de la caja y a platicar con los hombres que en el garito entraban. Estos, además de echarse unos tragos, solían emparejarse con una jebita para irse después con ella a alguna de las habitaciones que se encontraban en un largo y estrecho pasillo. Aventuré mucho sobre qué pasaría en aquellos dormitorios pues los gritos y suspiros, que a través de las finas paredes se podían oír cuando la música del bar no era demasiado fuerte, me dejaban algo confuso y desorientado.

Marieta casi siempre era la última en abandonar la apestosa barra, sobre todo cuando llegaba un hombre muy delgado, completamente vestido de negro y con unos lentes ahumados que no se quitaba nunca. El hombre de negro se acercaba a mi ama y entonces, sin quitarme el ojo de encima, nos íbamos los tres a la habitación de ella.

Una vez allí se repetía siempre el mismo ritual: Marieta se desnudaba mientras el hombre de negro se sentaba en una butaca, luego ella se tumbaba en la cama y posándome en su vientre me hacía pasear por su cuerpo. Desde el cuello hasta los pies iba recorriendo el voluptuoso contorno de mi ama. Cuando pasaba entre las tetas, el señor de negro se incorporaba ligeramente para ponerse completamente de pie cuando me acercaba a la chocha —monte de Venus lo llamaba de manera socarrona Igor—. Mi repetitivo paseo terminaba cuando el hombre de negro emitía un ronco jadeo y empezaba a convulsionar. Entonces, Marieta me dejaba encima de una mesa, se volvía a vestir con sus ligeras ropas y recibía unos billetes del tipo vestido de oscuro que solo en ese momento sonreía siniestramente.

Mi vida con Marieta aunque no era igual de lujosa que cuando vivía en palacio, tampoco era demasiado dura. Cuando la visitaban otros hombres yo me dedicaba a mirar desde la mesilla cómo se ponían a quimbar. A mí solo me tocaba trabajar cuando el hombre de negro acudía. Pero como, generalmente, al segundo o tercer recorrido por Marieta el paseo terminaba, reconozco que no tenía que esforzarme mucho.

Así pasaban las jornadas, hasta que mi mala suerte reapareció. Estoy sala’o.

Ayer el hombre de negro no se levantó cuando yo caminaba por la papaya de Marieta, a pesar de pararme allí un rato intencionadamente. Después de hacer el recorrido unas diez veces, y ante la falta de respuesta por parte del siniestro individuo, este le sugirió a mi ama que ¡me comiera una pata!

¡¿Qué tú dise?! ¡Casi me da un chungo!

Marieta le contestó que era vegetariana y que no podía hacer eso, pero cuando el comemierda le puso sobre la cama unos cuantos billetes más, ella se olvidó de sus costumbres alimenticias y accedió.

¡No me jodas! ¡Jinetera malparida!

Vuelta a las andadas. Otra vez volvía a ser objeto de los apetitos más lascivos de los humanos. La cara de Louis, el maldito chef, se me apareció riéndose a carcajadas. Me quedé paralizado hasta que la sabrosona boca de mi ama se acercó a mí. No sé si fue el instinto de supervivencia o comprobar de cerca que esa linda bemba despedía un aliento fétido, pero una furia insospechada me invadió y utilicé una de mis pinzas para atrapar con saña la lengua de Marieta. Aunque mi intención era asesina solo conseguí que gritara e insultara —esto último no lo puedo asegurar porque mi pinza en su boca le impedía vocalizar adecuadamente—. El hombre de negro se abalanzó sobre los dos, y fue entonces cuando yo solté mi presa para caer al suelo.

Mientras la jinetera lloraba desconsolada, el mala hoja vestido de negro le ofrecía un pañuelo para tapar la hemorragia de la boca y un cabreado Igor acudía para ver qué estaba pasando, yo aproveché el quilombo que se formó y me escondí entre dos baldosas del suelo que estaban algo sueltas.

Y aquí sigo, sin una triste alga que llevarme a las pinzas, partío del hambre y esperando que la inanición acabe conmigo. ¡Manda pinga! ¡Qué peligrosa es la vida de un cangrejo en un puticlub, bróder!


Quiero agradecer a Ángel Guzmán su asesoramiento, y su paciencia, a la hora de orientarme por el "lenguaje cubano". Gracias, Ángel.






26 de febrero de 2018

"El alcornoque de los muertos"-Fernando Roye

   Hace unos meses leí “El caso de la mano perdida”, una novela entretenida que tenía como protagonista a un peculiar sargento de la Guardia Civil: Carmelo Domínguez. Este sargento se caracteriza por utilizar métodos muy poco convencionales a la hora de resolver asesinatos.

   En esta segunda entrega el sargento, y todo su equipo de guardias que el cuartel de la benemérita tiene en Santa Honorata, ha de saber quien, en días diferentes, ha colgado de un alcornoque en las afueras del pueblo, al cura, al director de la escuela y al alcalde.

   Carmelo no tiene prisa, ni demasiado interés, en averiguar la autoría de estos hechos. A pesar de las presiones de los poderes fácticos del pueblo: el cacique y un adinerado vecino que ganó su fortuna gracias al estraperlo. La desidia del sargento, en este caso, no es debida a su pereza habitual en el trabajo. En esta ocasión se debe a que lo que aparece colgado del alcornoque no son cadáveres, sino muñecos que representan a los personajes citados.

   De todas formas, los afectados quieren saber qué elementos subversivos están detrás de este desafío a la autoridad, pues así ven lo que parece una broma sin mayores consecuencias.

   Cuando Carmelo realmente se pone a investigar es cuando empiezan a aparecer muertos de verdad. Es entonces cuando la perspicacia de tan singular detective resalta para aclarar los asesinatos.

   Esta segunda novela me ha resultado igual de entretenida que la primera, pero me he vuelto a encontrar las mismas pegas: diálogos poco creíbles, dando un nivel de educación al hablar poco acorde con el estatus social de los personajes o con su edad (hay un niño de once años que parece que tiene veinte cuando habla). El tono empleado con algunos personajes era completamente inadecuado.

   La descripción del ambiente de una casa cuartel es igual de buena que en la primera novela, también el ambiente sórdido y deprimente de los años de postguerra. Más de lo mismo, pero como es bueno no importa la repetición.

   Sin embargo, en este segundo libro la perspicacia que caracteriza al sargento para resolver enigmas se sale de madre y llega a resultar casi fantástica. Aunque en esta novela, y en la anterior, hay cierto halo ‘paranormal’ (muy tenue), la forma de “deducir” un dato clave en la resolución del caso me pareció exagerada y un punto discordante en la historia. Dado que afecta al desenlace de la novela sin ese dato no se podría cerrar el caso esa nota discordante me pareció un error grave.

   De todas formas la novela se lee bien, tiene un ritmo ágil y el personaje sigue siendo tan entrañable como me lo pareció cuando leí su primera aventura. Seguiré leyendo más casos de este singular sargento si el autor tiene a bien crear nuevas andanzas para él.



22 de febrero de 2018

A dos velas


Hoy Dalmiro estaba muy nervioso porque su amada Úrsula le iba a visitar.

La morada de Dalmiro de Braganza y Villegas se encontraba en pleno centro de la ciudad. Vivía a doscientos metros de una concurrida plaza y enfrente de un bonito parque.

Su casa no era muy amplia y el mobiliario no era abundante, pero tenía mucha clase y buen gusto. Dalmiro había sabido sacar provecho de los veinte metros cuadrados que componían su vivienda. Era un loft con toda clase de comodidades: una práctica cama, tipo futón japonés, consistente en un colchón tirado en el suelo y lleno de manchas pero que las mantas raídas conseguían tapar, al lado una caja de cartón de la casa Ducados servía de mesilla y sobre ella una lámpara vintage de gas butano alumbraba cálidamente la estancia cuando la luz del sol dejaba de iluminar; en un rincón estaba el armario, un carro del Mercadona con un bonito acabado en tonos verdes que contenía el ropero de Dalmiro y en un amasijo multicolor (Dalmiro no era muy ordenado) la ropa de verano se juntaba con la de invierno. Unos cartones, de diferentes procedencias, alfombraban el piso dando un toque cálido muy hogareño pues en invierno aislaban del frío que la acera solía proporcionar.

Por lo general no solía recibir visitas, tan solo algún policía municipal de vez en cuando se acercaba a su casa para comunicarle el malestar de sus vecinos de arriba, unos patanes a los que todo les molestaba: que si huele mal, que si hay ruido a altas horas de la madrugada… pero Dalmiro siempre fue inmune a las críticas. Aceptó hace muchos años que su estilo de vida no es entendido por todos —en realidad, por casi nadie—, cosas de las clases sociales inferiores que con sus trabajos rutinarios y sus horarios encorsetados no podían disponer de la libertad que proporciona una situación desahogada como la suya.

Sin embargo, la cita con Úrsula era muy especial. Llevaba meses cortejándola sin obtener grandes avances en su conquista pues eran muchos los pretendientes que la requerían. Úrsula vivía en una amplia finca, al lado del río, con un majestuoso puente de color rosa que le servía de techo y todas las mañanas era despertada por el amoroso graznido de las gaviotas. Ventajas de vivir en el campo y que la convertían en una damisela de gustos refinados. Debía esmerarse para que la recepción estuviera a la altura de su invitada.
   
En la delicada mesa de metal situada en el centro de la estancia y cubierta con un fino mantel de papel de periódico, colocó unos elegantes vasos de plástico para poder escanciar en ellos el excelente vino que había conseguido, un tinto Don Simón de las bodegas García Carrión y que haría las delicias del paladar exquisito de Úrsula. Una lata de sardinas y unas lonchas de mortadela serían los entrantes de la cena para seguidamente pasar al segundo plato que consistiría en un sabroso carpaccio de salami procedente de los cubos de basura de un Ahorramás aledaño.

Para dar un toque más romántico, Dalmiro decidió no utilizar la lámpara de gas y recurrir a un par de velas insertadas en sendos botellines de cerveza (ya vacíos) que darían reflejos ambarinos a la estancia. Cuando estaba prendiendo las velas oyó la cantarina voz de Úrsula.

—¿Me da su permiso? —dijo ella desde el umbral de la casa.

—Adelante, querida. Pase, por favor —indicó Dalmiro con una reverencia.

Acto seguido, Dalmiro tomó la delicada mano derecha de Úrsula, que iba enfundada en unos guantes de áspera lana y por los que se podían ver las uñas astilladas de los dedos índice y anular, e imediatamente la ayudó a despojarse del abrigo de fino paño verde —más fino por la parte de las axilas y por las mangas a la altura de los codos— que dejaba adivinar unas curvas esculturales donde unos michelines se mostraban provocadores en la cintura.

—Úrsula, siéntase como en su casa.

La invitada se acomodó en una moderna silla de plástico con forma de caja y que despedía cierto olor a fruta —fruta no de temporada pues el aroma ciertamente ácido que percibían sus papilas olfativas indicaba que se había echado a perder hacía mucho tiempo—.

—Muchas gracias, Dalmiro. Ha sido usted muy amable invitándome a su mansión —dijo Úrsula al tiempo que sonreía mostrando una dentadura amarillenta y mellada.

—No hay de qué, señora. El honor es mío por tener la inmensa suerte de gozar de su grata compañía —contestó Dalmiro embelesado ante la cautivadora imagen de una Úrsula sonriente.

Mientras esto hablaban procedieron a degustar los manjares que sobre la mesa estaban dispuestos.

—Este vino es realmente exquisito. Y el carpaccio es de lo mejor que he tenido el placer de paladear en muchos años, queridísimo Dalmiro.

—Me complace sobremanera que disfrute de este condumio, querida.

La conversación discurrió plácidamente mientras platicaban sobre diversos temas, como la fluctuación del mercado inmobiliario o el índice Dow Jones. Mecidos por el sopor producido por la ingesta de los manjares regados generosamente con el vino —cayeron tres tetrabriks—Úrsula y Dalmiro se durmieron plácidamente, la una recostada en el regazo del otro.

Las dos velas que alumbraban con reflejos ambarinos la reunión se consumieron, pero una de ellas, y antes de apagarse del todo, dejó caer una lágrima en forma de pavesa sobre el mantel de papel produciendo una quemadura y formando un agujero negro que se fue extendiendo para convertirse en una hoguera donde el delicado alfombrado contribuyó a que se iniciara un incendio en toda regla.

Los susceptibles vecinos de arriba olieron el humo enseguida, pero habituados como estaban a los malos olores propios de su molesto inquilino de abajo no reaccionaron hasta que comenzaron a ver las llamas. Un camión de bomberos se personó para dar punto y final a la romántica cita de Úrsula y Dalmiro.
***
El sepelio fue la comidilla de todo el barrio durante varias semanas. Nunca se había visto un entierro con tanto fasto como aquel. Dentro del coche fúnebre iban dos sencillas cajas de pino desbastado que albergaban los restos de Dalmiro y Úrsula. La comitiva, formada por una asistente social del ayuntamiento y el conductor del coche, despidió a la pareja entre toses —hacía un frío inusual ese mes de abril— y formularios de la beneficencia municipal.

Dalmiro y Úrsula descansan en una tumba suntuosa, muy amplia, rodeada de cipreses y cubierta de hierba. Una placa los recuerda para toda la eternidad:

“Fosa común”




NOTA: Este texto es el resultado de un ejercicio donde había que cambiar "el tono" del narrador, es decir, contar una historia con un estilo narrativo inadecuado.


19 de febrero de 2018

"El bosque animado"-Wenceslao Fernández Flórez


Nueva entrega de Alalimón.

"El bosque animado", novela escrita por Wenceslao Fernández Flórez.
"El bosque animado", película dirigida por José Luis Cuerda (Reseña de Chelo, aquí)

San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia “rugosa, frondosa y amena. Para representar gráficamente su suelo bastaría entrecruzar los dedos de ambas manos, que así se entrecruzan sus montes, todos verdes y de pendientes suaves”.

En San Salvador de Cecebre hay un bosque, o mejor dicho, una fraga. Y este libro es la historia de la fraga de Cecebre. La fraga en lengua gallega es un bosque inculto, entregado a sí mismo, con varias especies de árboles mezclados. Pero para no confundir demasiado al lector poco habituado al idioma gallego hablaré aquí de bosque aunque en realidad, y que quede bien claro, es una fraga.

El bosque suena, se comunica y los árboles se hablan entre sí. Está vivo. Además, sus sonidos son distintos según el estado de ánimo. El bosque no dice las mismas cosas de día, cuando lo transitan los humanos o de noche, cuando la luna le da un halo plateado y embellece todo. El bosque no suena igual si hace sol o si está lloviendo; cuando llueve los goterones hacen ruido de pisadas y parece que el bosque camina lleno de gente en marcha.


Cuando la lluvia visita el bosque se esconde en los sembrados esponjosos y bajo la hierba de los prados, engorda a las plantas, ensancha los musgos, convierte el polvo de los caminos en barro y las corredoiras en cauces.

El bosque cambia como cambian las estaciones. Se engalana cuando el invierno llega y a través del suave terciopelo del musgo, entre el crujir de los líquenes, aparecen por el suelo setas multicolores: “Esos enanitos de gorros de colores que son los hongos y que tienen sangre de agua, porque son hijos de la lluvia”.

En el bosque no solo están los árboles, también lo habitan otros seres que le dan vida. El topo Furacroyos, de color gris invierno busca a su esposa perdida y vive en su retiro subterráneo donde también habitan los seres mágicos que fueron desplazados por la incredulidad de los hombres; la mosca Hu-hu, al frente del pueblo pardo ha encontrado la igualdad social y junto a sus congéneres es feliz aunque, en su uniformidad, las moscas no se escuchan unas a otras porque todas piensan lo mismo; el murciélago Abrenoite se reparte los crepúsculos con el gallo. 

Entre los animales del bosque hay solidaridad, el pueblo pardo incluso realiza actos terroristas como desagravio a los ataques que sufren (se introducen en los oídos de los hombres, en su comida, en su bebida, y molestan hasta volverlos locos). Los habitantes del bosque cuando se saludan no se desean un buen día o una buena noche, se dicen: “¡Que el hombre te ignore!”

Y también están los hombres. 

Marica de Fame vive míseramente con sus hijos Fuco y Pilara, es tan pobre que no tiene más tierra que la que le hayan de dar al morir en el cementerio. Geraldo habita en lo alto de un castro, trabajó como ballenero pero volvió a Cecebre porque era un hombre de tierra, tenía alma de labrador y en el mar no era feliz. Las hermanas Roade llegaron de la ciudad porque la humedad de la costa las enfermaba y aunque la noche del bosque es más oscura que en la capital, su salud ha mejorado sensiblemente. La familia D’Abondo, propietaria de las tierras de la comarca, vive rodeada de comodidad y calor en el pazo. Moucha, la bruja, tiene el libro de San Ciprián con todos los conjuros necesarios para curar a los ameigados. El señor de la tesis, un hombre de Madrid que se dedica a estudios científicos, recala en Cecebre en busca de tranquilidad para poder escribir -no sé muy bien por qué, pero sentí cierta afinidad con este personaje-.


De todos los hombres, el único que se atreve a vivir en el bosque es Xan de Malvís, o como él prefiere que le llamen, Fendetestas. El único habitante humano del bosque abandonó sus tareas de jornalero para “emprender la higiénica vida del ladrón de caminos” porque la vida de bandido puede ser dura pero lo es más arar. No le importa vivir en el bosque pero tiene un grave inconveniente: no hay tabaco y a él le gusta mucho fumar. Asalta a los caminantes que se adentran en la fraga al grito de “¡Alto, me caso en Soria, la bolsa o la vida!”. En cada uno de sus atracos espera anhelante que su víctima sea un cura pues su sueño es robar algún día a uno. Un ladrón sumamente peculiar.

En el bosque también hay espíritus. La Santa Compaña se pasea por allí de vez en cuando, para susto de quienes creen verla de lejos. Nadie quiere tomar el testigo del penitente que encabeza la fila de ánimas por lo que todos vuelven la cara evitando mirar tan fantasmal comitiva. Este desfile solo se puede dar en lugares como la fraga, "en las tierras llanas la gente es más seca y carece de fantasía".


Pero no todos los fantasmas procesionan en grupo, algunos van por libre y en solitario. Ese es el caso de Fiz Cotovelo que no cumplió su promesa de acudir a San Andrés de Teixido (allí va muerto quien no fue vivo) y anda penando desconsolado para disgusto de Fendetestas que ve mermada su clientela desde que en el pueblo se corrió la voz de que un espíritu deambula por el bosque. 

Todo este variopinto elenco de personajes se pasean por el bosque y por las páginas de este libro entrañable. Como si de un cuento mágico se tratara, Fernández Flórez nos relata la vida de los habitantes, habituales u ocasionales, de la fraga de Cecebre.

Con un lenguaje poético y evocador, con ciertos tintes de realismo mágico, la prosa maravillosa de esta novela nos sumerge en un bosque encantado. Un bosque donde se encuentra la Vida, así con mayúscula, y también, como no, la Muerte porque la una no es posible sin la otra.

La lectura de este libro es un paseo por un bosque entrañable, lleno de humor, de ternura, de tristeza y de acentos cadenciosos que, personalmente, me trasladan a épocas muy bonitas de mi niñez. Un paseo que recomiendo encarecidamente a todos.

Al igual que todo gallego ha de ir alguna vez en la vida a San Andrés de Teixido, todo buen lector español ha de leer una vez al menos “El bosque animado”. Un canto precioso a la vida.











14 de febrero de 2018

Olvido


En un rincón, olvidadas, recuerdan tiempos mejores: imágenes y sonidos que forman parte del pasado, cadencias melancólicas de las teclas de un piano, compases alegres de las cuerdas de un violín.

Apartadas, arrinconadas, inútiles en una caja vieja de cartón, rememoran otro tiempo cuando vivieron horas intensas, cuando Ella las mimaba, las buscaba con ansiedad para mantener los pies erguidos en un equilibrio imposible y así, juntas, mecerse al compás de una melodía: plié, relevé, passé, vuelta, un, dos, tres, cuatro, cinco, seis.

Sobre la supeficie de raso los desgarros de la tela, como cicatrices de guerra, hablan de las horas de ensayo, de los giros fallidos, de las caídas. Las suelas desgastadas muestran los innumerables pasos de baile sobre el parqué. 

Hoy abandonadas, recuerdan el ayer; los ensayos delante del espejo. La mano derecha de Ella aferrada a la barra, los pies en punta. Plié, jeté, una y otra vez, repitiendo hasta la extenuación. Practicar para conseguir la ejecución perfecta. “Vamos con el primer ocho. Empezamos en quinta y terminamos con un demi-plié”. Bajo la atenta mirada de la Profesora, y siguiendo sus órdenes, los movimientos exactos, precisos, de la coreografía se convierten en armonía con los pies de Ella. Vocablos en francés a voz en grito son gracilidad sobre el entarimado, arte en movimiento. “Repetimos a partir del tercer ocho. Esa barbilla arriba, las manos en sexta. Plié, relevé, passé, vuelta, un, dos, tres, cuatro, cinco, seis”.

Olvidadas, recuerdan el nerviosismo que lo impregnaba todo antes de la función. A través del telón llega el murmullo apagado del público expectante.“¿Estará mamá? Sí, seguro que sí. No puede faltar”. Las carreras entre bambalinas. “Ese moño más estirado, esas cintas bien apretadas. Venga niñas, colocaos bien. Tercera posición”. Los acordes de la orquesta afinando sus instrumentos, el piano, el violín, “Do mayor, iniciamos la opertura cuando se apaguen las luces. Uno, dos, tres”. Toses en el patio de butacas. “Atentas a las posiciones, cada una en su marca. Al centro, salid… ¡Ya!”

El cortinaje se aparta. Los focos cegadores impiden ver qué hay delante. Silencio. Los primeros acordes comienzan a sonar. Primer ocho, segundo ocho, tercer ocho. Roces de tul, seda deslizándose por el escenario. Ella girando, saltando, dibujando en el aire la música. Plié, relevé, passé, vuelta, un, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Aplausos, ovaciones. La satisfacción del trabajo bien hecho, el resultado de muchas horas de tesón.

Recuerdan un pasado que se fue. Tiempos de nostalgia guardados en una caja de cartón.

Ella decidió buscar otros ritmos, nuevos sones más actuales. El parqué fue sustituido por el asfalto, el piano por el bombo, Tchaikovsky por Eminem, Viena por el Bronx. Ahora los movimientos son más bruscos, menos sutiles. Los pies de Ella ya no las necesitan.

En un rincón, olvidadas, recuerdan, añoran, perdonan. Esperan y confían.

Esperan que Ella evoque la cadencia de un adagio, la energía de los allegro o la hermosura de un arabesque. Confían que Ella también recuerde. Entonces volverá a buscarlas para sentir juntas la emoción de bailar. Al son de acordes armoniosos, saltarán con las teclas de un piano, vibrarán con las cuerdas de un violín, dibujarán hermosas figuras en el aire. Y bailarán.

Plié, relevé, passé, vuelta, un, dos, tres, cuatro, cinco, seis.  





12 de febrero de 2018

"Apaches"-Miguel Sáez Carral

Hace casi cuatro años que leí esta novela, aprovechando la emisión de la serie televisiva basada en ella, hoy rescato la breve reseña que en su día escribí para complementarla con algunas reflexiones más.

*** 

Años 90, Miguel tiene una vida apacible con su novia y su trabajo en una agencia de noticias. De repente su situación da un giro de 180 grados cuando descubre que su padre está arruinado. Vuelve a la casa familiar, vuelve al barrio y a todo lo que ello implica: el reencuentro con sus amigos de la infancia y con su manera de vivir; delincuencia pero también un sentido de la lealtad que no se encuentra en otros ambientes. Se ve inmerso en un mundo de criminalidad donde impera la ley del más fuerte, donde todos los días hay que defender el propio territorio, donde para sobrevivir hay que ser un apache.

  Esta sería la sinopsis del libro, en cuanto a mis impresiones podría resumirla diciendo que la novela tiene altibajos.

   La descripción de un barrio obrero, de los de toda la vida, es muy buena. Se nota que el autor vivió en uno de ellos y lo refleja muy bien -según él esta novela es autobiográfica-. Yo también viví en un barrio así, aún lo hago, y he reconocido muchas escenas como si pertenecieran a mis propios recuerdos de aquellos años. Ese sentido de la vecindad, que cada vez es más difícil de encontrar en cualquier barrio, sea obrero o no, se resalta mucho en la novela; unos vecinos que se convierten en amigos a fuerza de convivir y compartir momentos, los buenos y los malos y que lleva a ayudarse entre sí en un "hoy por ti, mañana por mí". Me pareció entrañable esa muestra de solidaridad, quizás por lo extraña de ver hoy en día.

La novela se desarrolla en el barrio de Tetuán, bastante conflictivo en cuanto a delincuencia. En los años 90 la heroína causa estragos entre muchos jóvenes, la mayoría sin trabajo y con un expediente familiar de malos tratos. Para costear la adicción a esta droga se dedican a actividades delictivas.

Pero también hay otros delincuentes más refinados, los que estafan a sus socios y los dejan en la ruina. El contraste entre estos dos mundos tan distintos de delincuencia es reseñado muy bien en la novela, de tal manera que uno toma partido por el ladronzuelo de poca monta y tiende a disculpar su manera de actuar.

Pero no nos engañemos, los delincuentes, de guante blanco o de navaja fácil, son gente poco recomendable y solo actúan movidos por sus propios intereses. Por eso la descripción de uno de los personajes, Sastre, el mejor amigo de la infancia del protagonista, no me gustó. Sastre, una especie de Robin Hood urbano, es capaz de matar sin pestañear a quien se le oponga, pero se encarga de robar juguetes para donarlos a la parroquia. Me pareció muy poco creíble.

  En algunos momentos el ritmo es trepidante, persecuciones, atracos, y mucha acción, pero en otros se insiste demasiado en algunas situaciones y parece que la trama no avanza.

   He visionado solo dos capítulos de la serie y ver en carne y hueso a personajes que previamente yo me había imaginado me decepcionó. No dudo de la calidad interpretativa de los actores que intervienen en dicha serie, pero creo que los rasgos físicos de algunos no se ajustan muy bien al perfil del personaje. Y aquí, otra vez, Sastre me defraudó. Eloy Azorín es un buen actor, representa bien su papel pero yo me imaginaba a este personaje algo más joven y más macarra, puede que haya habido una mala caracterización por parte de vestuario y/o maquillaje. O simplemente que cuando uno lee la imaginación entra en funcionamiento y no coincide con lo que otros interpretan al leer lo mismo (y además se encargan de la selección del reparto de actores).

  "Apaches" es una novela entretenida, para pasar un rato agradable, nada más (y nada menos). Cuando yo la leí me costó trabajo encontrarla (me la recomendó una amiga que vive en Tetuán), supongo que ahora, con la serie de TV en pantalla, se convertirá en un bombazo de la literatura. La publicidad no siempre va a acompañada de justicia y calidad.


7 de febrero de 2018

Viaja con nosotros


    Aquella mañana Jacinto se dirigió al estanco más cercano para adquirir la tarjeta de transporte: “Deja tu coche y viaja con nosotros”. Era un título de transporte novedoso, para utilizar solo autobuses urbanos y costaba menos de la mitad que un abono mensual corriente. A Jacinto no le gustaba mucho estar apretujado entre otros viajeros algunos con prácticas higiénicas un poco laxas— pero el ahorro que le suponía era un buen acicate para animarse.

   Con su nueva tarjeta en la mano sí que había salido barata, pensó fue a tomar un autobús. Cuando el autocar llegó, se subió y pasó la tarjeta por la canceladora que emitió un pitido diferente al de los demás viajeros que se habían subido delante de él. En ese momento, y cuando Jacinto se disponía a ir al fondo del vehículo, el conductor le dio el alto.

Un momento, caballero. Usted tiene la tarjeta “Deja tu coche y viaja con nosotros” indicó el conductor.
Sí respondió Jacinto.
¡Qué bien! Ya creía que en toda la mañana no se iba a subir nadie con una tarjeta de esas comentó el conductor mientras se levantaba de su asiento y abría la portezuela que cerraba la cabina donde estaba. Tengo unas ganas locas de comerme el bocata que me ha hecho la Mari. 

   Mientras esto decía, el conductor se situó en el rellano del bus e hizo un ademán con las manos señalando a Jacinto el sillón donde hasta hacía un instante él había estado sentado.

Perdone, creo que no le entiendo contestó Jacinto.
Venga, póngase al volante y dele al acelerador.
¿Perdón? ¿Que me ponga al volante? ¿Pero qué dice?
No se haga el longui y dele vida que voy algo retrasado. Debería estar ya en la plaza de Canillejas y todavía faltan cinco paradas.
Oiga, ¿pretende que me ponga a conducir el autobús yo? ¿Se ha vuelto loco?
El que se está haciendo el loco es usted. Pero ya me conozco el percal, no es el primero que se quiere escaquear. Es muy bonito eso de pagar menos por el billete y luego escurrir el bulto, pero a mí no me la dan. Usted tiene que cumplir con las cláusulas de la tarjeta esa, así que venga que ya me estoy cansando.
¿Cláusulas? ¿Qué cláusulas? preguntó Jacinto al mismo tiempo que ante los suaves, pero contundentes, empujones del conductor se introducía en la cabina y se sentaba en el asiento del volante.

   Mientras esto hablaban algunos pasajeros empezaron a impacientarse.

Venga, hombre. No le dé más vueltas. ¡Circule! gritó desde atrás una señora de mediana edad con un carrito de la compra.

   Una adolescente vestida con el uniforme de un colegio cercano y cargada con una mochila que, a juzgar por el volumen, debía de llevar en su interior la mitad de los fondos de la Biblioteca Nacional, exclamó:

¡Vaaamos! Hoy vuelvo a llegar tarde, la de mates me va a poner otro negativo. ¡Mierda!
Vamos a ver porfió Jacinto al conductor aquí debe de haber un error. Creo que me confunde con algún compañero que le tendría que sustituir, pero no es así. Soy un viajero más.
De viajero más, nada. Usted tiene la tarjeta esa que han creado para los conductores que no usan el transporte público porque prefieren conducir, ¿no?
Efectivamente. Pero no sé qué tiene que ver con…
Pues cumpla con su obligación continuó el conductor sin hacer caso de las protestas de Jacinto. Conduzca el bus y déjese de lamentos, que a este paso no llegamos nunca. Con esa tarjeta se paga menos pero hay que apechugar.

   Entonces, un anciano sentado en los primeros asientos del autobús comentó:

¡Eso, hombre! No se haga el tonto, que ya está bien. Como llegue tarde a la partida me va a tocar de pareja el Anselmo y es un manta.
Pero… dijo Jacinto, en esta ocasión ya en voz más baja porque estaba empezando a asustarse ya que todos los viajeros del autobús estaban pendientes de él, algunos con el ceño fruncido y en actitud amenazante.

   Aturdido y confuso, Jacinto empezó a conducir. Sin saber muy bien por dónde tirar decidió seguir por la calle en la que se encontraba. El resto del pasaje pareció que se tranquilizaba hasta que, recorridos unos quinientos metros, todos a una empezaron a silbarle y a gritar.

¡Pare! ¡Eh! ¿Dónde va? 

   Se había saltado una parada y los pasajeros que debían bajarse en ella comenzaron a insultarle. Jacinto pegó un frenazo provocando que el resto del pasaje le insultara también. Una señora, que se había roto una uña a resultas del parón brusco, se dirigió a la cabina con muy malas intenciones y Jacinto, temiendo por su integridad física, decidió huir saltando por la ventanilla que tenía a su izquierda.

   Una vez en la calzada empezó a correr en dirección contraria y para escapar más rápidamente algunos pasajeros se habían bajado del autobús y habían empezado a perseguirlo a la vez que vociferaban le dio el alto a un taxi que por allí pasaba. Cuando, desesperado y asustado, se situó en el interior del vehículo le dijo al taxista:

Por favor, a la avenida Marqués de Corbera. ¡Deprisa!
Está usted de suerte le contestó el taxista hoy tenemos descuentos especiales. ¿Quiere beneficiarse de una rebaja del 50%?
Hombre… pues claro que sí.

   En ese momento el taxista se bajó del coche, le abrió la portezuela a Jacinto y, mientras le invitaba a salir de la parte de atrás, le dijo:

Bien, pues, usted mismo, póngase al volante y emplee la ruta que más le guste. Voy a aprovechar para llamar a mi hija que hoy tenía el examen de conducir.



Nota: Este texto corresponde a un ejercicio donde se pedía una historia disparatada contada con humor.




4 de febrero de 2018

"Los demonios exteriores"-David Rubio

De niño pensaba que, cuando más los necesitáramos, los extraterrestres nos encontrarían y harían desaparecer las cosas malas del mundo

Hoy me encuentro en una encrucijada con esta reseña, por dos motivos. Porque tengo que hablar de un libro con una temática que de entrada no me resulta muy atractiva y porque está escrito por un amigo; un amigo virtual, pero amigo al fin y al cabo.

Siempre he presumido de ser muy sincera cuando vierto mi opinión sobre lo que leo y en esta ocasión, mal que me pese, tengo que ser fiel a mi forma de ser.

Quienes por aquí pasáis sabéis que muchas veces suelo ir contracorriente en cuanto a percepciones de un libro. Cuando en muchos foros se dice una cosa a cuenta de una novela, a veces,  yo opino lo contrario. Me temo que en esta ocasión ha vuelto a ocurrir.

He leído reseñas y comentarios sobre “Los demonios exteriores”, todos son unánimes y yo no estoy de acuerdo con ellos. Lo siento.

Todos coinciden en definir esta obra como un libro de relatos cortos de ciencia-ficción. No es verdad. El libro de David Rubio es una novela en toda regla y catalogarlo como de ciencia-ficción me parece una clasificación demasiado ligera. Es mucho más.

Considero que el libro es una novela porque las diferentes historias que lo conforman, en principio independientes, tienen un hilo conductor a través del tiempo. El primer relato –capítulo diría yo– tiene lugar una semana después de que el hombre pisara la Luna y el penúltimo en el año 2136, conociendo, poco a poco, cómo el contacto con seres de otros planetas influye en la vida terrestre. Estos relatos acaban formando una historia completa muy bien estructurada y con un final… Bueno, el final es de lo mejor que he leído en literatura de ciencia-ficción. Un final que solo viene a corroborar lo que se va viendo a través de todo el libro: el autor hace gala de una imaginación increíble. 

Tampoco estoy de acuerdo con incluir esta novela en el género de ciencia ficción. Sí, la acción se desarrolla en un tiempo futuro –excepto el primer relato– pero hay mucho más. Se reflexiona sobre temas que no son futuristas, todo lo contrario, son temas que siempre han estado ahí, en la idiosincrasia del ser humano: la inmortalidad (Transferencia), el racismo y/o la xenofobia (El caso del hombre desmontado), y muchas más cosas. Podría poner más ejemplos pero no quiero extenderme; el que quiera más detalles que se lea el libro.


Otra cosa con la que no estoy de acuerdo respecto a otras opiniones es sobre el estilo narrativo de David. Por ahí se dice que escribe bien, incluso que muy bien. No es verdad. Escribe muy, muy, muy bien. Ya quisieran otros autores ya consagrados (e incluso galardonados) tener la narrativa fluida y más que correcta de David Rubio. He leído mucho y creo, a estas alturas, reconocer a un buen escritor; David lo es.

En todo momento me situé en el escenario que se describía; veía y oía a los personajes. Y eso que algunos eran difíciles de ver pues pertenecen a galaxias lejanas y tienen una morfología muy peculiar. Por eso me pareció mucho más meritoria la credibilidad de las situaciones. Representar, por ejemplo, una escena donde una familia come alrededor de una mesa puede resultar relativamente fácil, pero cuando uno de los comensales tiene varios brazos o necesita estar en un medio líquido para vivir, la cosa es mucho más complicada. David Rubio lo hace fácil y uno asume la existencia de zorquianos, xenitas, gliesianos, sirianos o centurianos como si fuera lo más habitual del mundo. Al menos del mundo que recrea David.


Pero además de una recreación exquisita, llena de matices y guiños –hay un salón de actos que se llama Arthur C. Clarke, o un programa radiofónico que se llama La quinta dimensión y que a mí me hizo recordar al mítico “Milenio 3”– también hay un mensaje implícito en todo lo que cuenta. Por muchas cosas nuevas que nos depare el futuro, el ser humano es como es y eso lo lleva a comportarse de una manera concreta: recelar del que es diferente, venga de un país lejano en la Edad Media o de otra galaxia en el futuro; ser un conquistador de inexploradas tierras en el Nuevo Mundo en el siglo XV o ser un conquistador de nuevos planetas en el espacio en el siglo XXII. 

“Su especie (la humana) parece desconfiar de aquello que no puede destruir”

El lenguaje técnico, supongo inventado en la mayoría de las ocasiones, es digno de una película de Star Trek y cuando recurre a datos científicos se nota una buena documentación –utilizar como lenguaje universal el peso atómico de los elementos me pareció fantástico y de una lógica aplastante–. Además, al final de algunas de las historias se dan giros inesperados que demuestran, una vez más, la imaginación del escritor.

Y por si todo esto no fuera suficiente, está el final de la novela. Ya aludí a él en el inicio de la reseña. Antes me gustaría aclarar que uno de los motivos por los que no me gustan las historias futuristas es porque los finales me dejan con la sensación de que ha habido mucho ruido y pocas nueces.  No es el caso de “Los demonios exteriores”, tiene un final sorprendente, muy filosófico y que da que pensar al lector, algo que siempre viene bien.

“Solo rebuscaban en nuestras miserias y miedos para ofrecernos sus tentadoras promesas, como los demonios que ansían nuestras almas”

Por cierto, y por si no ha quedado claro: el libro me encantó. Si todas las novelas de ciencia-ficción fueran como esta yo me haría una seguidora incondicional de ese género. Pero no me hago ilusiones, de momento me tendré que conformar con seguir a David Rubio en sus siguientes publicaciones; leerlo es apostar sobre seguro.

Las ilustraciones son obra del propio autor.

NOTA: David, si lees esto te pido disculpas por si el inicio de esta reseña te ha inducido a error sobre mi percepción del libro. Mi alias ‘Kirke’ no es gratuito: soy una bruja.



Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores