21 de junio de 2017

La vida invisible de Eurídice Guimäo

   Esta es la historia de Eurídice y de su hermana Guida en el Brasil de los años 40-70 del siglo pasado. 

   Eurídice es una mujer brillante pero su luz se ve apagada por el escenario en el que el destino la ha colocado. Un escenario donde las mujeres no pueden pensar, no lo necesitan porque para eso ya están los hombres. 

   Pero Eurídice no solo puede pensar, lo hace y se da cuenta de que puede hacer muchas más cosas que las que la vida le asigna por su papel de mujer, madre y ama de casa. Porque capacidad no le falta, "si hubiera tenido delante un papel en blanco habría escrito clásicos pero la vida le puso delante calzoncillos sucios".

   Vencida por el peso de la realidad se doblega, se pliega a la opinión de su marido "que no tiene buena opinión de su mujer en particular y de ninguna mujer en general". En su sumisión cambia sus propios sueños por los que sus padres tenían para ella. Hace de la vida doméstica su misión en la vida. Aun así tiene iniciativas, primero crea recetas gastronómicas propias y elabora un recetario, luego se vuelca en la costura, ahí también muestra su creatividad confeccionando modelos salidos de su imaginación y de su mente activa.

   Pero harta de que en su vida nunca pase nada se pregunta si acaso la vida es eso.

   Guida, su hermana mayor no se pliega a los convencionalismos y se muestra más rebelde, pero esa rebeldía la condena al ostracismo y al repudio de su propia familia. Su indisciplina la hace más vulnerable y la expone a más peligros.

   Pero esta novela no solo es la historia de estas hermanas. Es la historia de muchos más personajes. Es la historia de Zélia, la chismosa del barrio, con una infancia marcada por la desaparición de su padre y con un matrimonio lastrado por el aburrimiento y un marido anodino y pusilánime. Es la historia de Antônio, el dueño de la papelería, un hombre dominado por su madre. También es la historia de Joao, el farmacéutico; de Amina, la dueña de la mercería; de Filomena, una ex-prostituta reconvertida en niñera; de Marcos, un joven criado entre algodones que al abandonar la protección familiar no sabe enfrentarse a la vida, etc, etc.

   Porque esta novela es un compendio de historias, donde cada personaje tiene un pasado y esas historias propias condicionan todos sus actos y en cierta manera los explica. Porque cada uno somos lo que hemos vivido y vivimos según lo que somos.

   Con una imaginación desbordante y una extraordinaria capacidad para idear, la autora cuenta con un lenguaje fluido, muy rico en expresiones y cierta ironía la vida de Eurídice, su hermana Guida y todo un amplio elenco de personajes.

   Desde la primera página el lenguaje tan bello y el tono irónico me enamoró, supe antes de terminar el primer capítulo que esta lectura me iba a encantar, y no me equivoqué. 

   Esta novela trata de la vida de Guida y Eurídice, y también del discurrir de la vida de diferentes personajes. Un discurrir apacible con algunos eventos que alteran esa apacibilidad, con puntos de inflexión que sirven para recapitular y hacer examen para preguntarse si lo que se está haciendo es lo que realmente se quiere hacer, si en lo que uno se ha convertido es lo que realmente uno quiere ser.

   Una reflexión para hacerse, en definitiva, una pregunta: ¿esto es la vida? Interesante pregunta y terrible también.




     
    

18 de junio de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (y XVIII)

En el otro plato de la balanza


    Durante seis meses me he dedicado a contar las penurias pasadas al realizar mi tesis, durante seis meses me he lamentado y me he desahogado contando los inconvenientes de escribir una tesis doctoral.

    Una vez terminada, entregada y defendida la dichosa tesis y ya con mi flamante título de doctora en Farmacia bajo el brazo concluiré esta serie con una última publicación completamente diferente a lo acostumbrado en esta saga. No me voy a quejar, todo lo contrario.

   Porque en el otro plato de la balanza se encuentran muchas cosas buenas y que compensan sobradamente todo lo malo que haya podido sufrir. 

    No soy amante de la mal llamada fiesta nacional, los toros, pero sé que forma parte de nuestra cultura y muchas expresiones tienen que ver con ese espectáculo. Dado que uno de mis directores me dedicó unas palabras donde utilizó un símil taurino para alabarme como una torera valiente, voy a despedir esta serie de “Doctoranda al borde de un ataque de nervios” como si de una tarde de toros se tratara.

   He tenido que lidiar con una falta de “p” significativas en mis resultados, con revisores malintencionados que me han rechazado artículos y me han amargado la existencia, con citas bibliográficas, con diferentes versiones y correcciones que a punto estuvieron de ingresarme en un hospital psiquiátrico, con la burocracia, con Murphy y su maldita ley que se ensañó conmigo hasta el último momento, etc.

   Pero nada de todo esto pudo abatirme. Aunque el toro era de una ganadería muy brava conté con una buena cuadrilla que siempre estuvo al quite evitándome más de una cornada y que me enseñó cómo se ha de torear.

   Realizar la tesis implica un aprendizaje, una experiencia investigadora que hace del doctorando alguien más capacitado en cuanto a conocimientos, y así fue conmigo. Aprendí muchas cosas y ahora soy más sabia que cuando empecé.

   Ahora sé qué buena calidad profesional tienen todas las personas que de manera esporádica o permanente han trabajado a mi lado. Sus conocimientos y su generosidad para compartirlos conmigo me han servido de mucho.

   Ahora sé qué es el compañerismo, cuánto conforta una palabra amable, qué importante es saber que en las penurias hay alguien dispuesto a consolarte, a echarte una mano si te ves agobiada o simplemente a estar ahí, para lo que haga falta. Sé cuánto vale una sonrisa de ánimo o un gesto cómplice.

   También aprendí a regalar mi tiempo, a arrimar el hombro cuando es necesario y ayudar en lo que se pueda. Es muy gratificante saber que mi modesta aportación ha servido de ayuda.

   En este montón de cosas positivas se encuentran unos buenos directores, que me han asesorado, me han encaminado y me han animado. Me han enseñado que la investigación es una labor donde hay que demostrar rigor, responsabilidad y un trabajo constante y esforzado. Además con uno de ellos he establecido un vínculo que va más allá de lo estrictamente académico hasta el punto de crear lazos de amistad donde hemos compartido aficiones comunes como nuestro amor por las letras.

   He aprendido a compartir los malos momentos y también los buenos, el éxito de un compañero se convierte en propio y al igual que nos lamentamos de los resultados negativos, celebramos las situaciones alegres. Una publicación aceptada, una tesis entregada, una beca o un proyecto de investigación conseguido es un éxito compartido y celebrado por todos, independientemente de quién sea el protagonista del logro.

   Me he dado cuenta de algo que ya sabía pero que con esta tesis ha quedado más de manifiesto: tengo una familia maravillosa. Un marido que se hace fan de mis ídolos científicos y se acerca a ellos en busca de un selfie, una hija que ha resultado tener un radar especial para saber cuándo andaba necesitada de uno de sus abrazos, un padre orgulloso que se emociona cada vez que oye que su hija ya es doctora. En fin, que me ha tocado la lotería con ellos.

   Además he contado con el apoyo de una afición que desde el tendido de sol me ha animado con constantes “olés”, que han sacado los pañuelos para pedir trofeos y siempre dispuestos a pitar al palco taurino ante la eventualidad de que no me dieran las dos orejas y el rabo (con perdón). Ese respetable público habéis sido vosotros, los que por aquí me leéis.

   Entre la cuadrilla, el respetable y el apoyo de familia y amigos conseguí mi tarde de gloria saliendo por la puerta grande a hombros y con dos orejas y el rabo (con perdón).

   Pero antes de salir definitivamente de la plaza de toros me gustaría animar a todos aquellos que anhelan alcanzar una meta. Quiero decirles que al toro hay que mirarle de frente y plantarle cara, solo así se le puede vencer y aunque cabe la posibilidad de recibir alguna cornada, enfrentándose a él uno se da cuenta de lo que es capaz.

   Y ahora sí, dejo los trastos de matar. Me corto la coleta y desde hoy me dedicaré a ver los toros desde la barrera. O puede que alguna vez salte al ruedo en plan espontáneo. Nunca se sabe.

   En cualquier caso esta saga queda finiquitada. Gracias a los fieles seguidores que habéis soportado mis cuitas, gracias por ser tan generosos con vuestro tiempo y vuestros ánimos. Esta publicación va dedicada a todos vosotros.

   Va por ustedes, señores.

Glosario




15 de junio de 2017

Las vírgenes suicidas


   Nueva entrega de la sección Alalimón.

Las vírgenes suicidas, escrita por Jeffrey Eugenides
Las vírgenes suicidas, dirigida por Sofía Coppola, reseña de Chelo aquí.


 
    Una pequeña localidad norteamericana se ve conmocionada cuando un niña de 13 años intenta suicidarse. La conmoción y las especulaciones que se desatan no han hecho más que comenzar porque este será el inicio de una serie de sucesos luctuosos que se ceban en una familia: los Lisbon. En el intervalo de pocos meses las cinco hijas de esta familia, y que tienen entre 13 y 17 años, terminan quitándose la vida. Que nadie piense que acabo de destripar la novela porque esta información aparece en el primer párrafo del libro.

   Un chico que creció con ellas en el mismo barrio, y que fue testigo de estos hechos desgraciados, cuenta varios años después y en forma de crónica cómo se desarrollaron los acontecimientos. Aunque tampoco tengo muy claro que la intención de este testigo narrador sea esa, porque a lo largo de toda la novela se cuentan muchas cosas pero no todas relacionadas con el suicidio de las hermanas Lisbon, o puede que sí.

   Mi dudas se deben a que estuve perdida durante la mayor parte de la lectura. La forma narrativa me recordó en algunos momentos al realismo mágico de otros autores pertenecientes a países más al sur de EEUU. Abundan detalles absurdos y se cuentan situaciones rocambolescas como una huelga de enterradores que dura más de un año, la utilización de un farolillo chino que parpadea siguiendo un código Morse pero que nadie entiende porque el mensaje está en chino o la información sobre el tamaño más frecuente de los ataúdes.

   Supongo que en un intento por comprender la tragedia, también se nos suministran datos de la familia Lisbon, como una lista de la compra, el color de las bragas de las hermanas, qué tipo de tampones usaban o el estado de limpieza de las sábanas de sus respectivas camas. Además se ameniza todo esto con informaciones accesorias y minuciosas como la tala de los olmos para prevenir plagas, una comparativa entre las colas de las moscas del pescado y las de las langostas o cómo saber qué hora es por el sabor de los eructos.

   Además, no sé si mi ejemplar era una mala traducción del original, pero algunos párrafos me parecieron farragosos e incomprensibles, aunque puede que fuera yo que, una vez que me pierdo en la lectura, me cuesta ubicarme y entender.

   Lo normal, cuando se empieza esta novela, es preguntarse por qué se suicidaron todas las hermanas Lisbon, yo también me lo pregunté, pero a medida que avanzaba en su lectura me vinieron otras preguntas más importantes: ¿esto es una novela? ¿una crónica? ¿qué es? ¿qué pretende contar el autor realmente? Terminé el libro y esas preguntas quedaron sin respuesta. 

   También me hice otra pregunta más: ¿cómo se puede hacer una película de este libro? Pero esta pregunta no se va a quedar sin respuesta porque me voy a leer la reseña de mi compañera Chelo. Menos mal.





   

   
   

   

11 de junio de 2017

Por qué creemos en cosas raras

    Ahora que todo está volviendo a la normalidad retomo una actividad de este blog (la primigenia): hacer reseñas. Aunque esta reseña que ahora traigo no es una reseña en su sentido más estricto pues tiene mucho de reflexión.

   Durante la escritura de la tesis y dado que estaba plenamente poseída por la ciencia me leí este libro. No es una novela, es un ensayo donde se analizan diferentes aspectos relacionados con la investigación científica pero también donde se reflexiona sobre determinadas actitudes irracionales por parte de algunas personas que se empeñan en sustentar estas posturas dándoles un barniz científico y confundiendo, a propósito o no, a muchos otros en su afán de explicar lo inexplicable.

   El autor, Michael Shermer, es un historiador californiano y editor de una revista dedicada a investigar fenómenos sobrenaturales, Skeptic. También es famoso por su participación en debates televisivos donde se habla de religión y sucesos paranormales. Pero Shermer es ante todo un defensor a ultranza del escepticismo, algo que yo comparto con él plenamente.

   El escepticismo está definido en muchos libros pero creo que se podría resumir con esta frase: 
Si no me lo demuestras, no me lo creo”

   A partir de esta premisa Shermer cuenta cómo la ciencia es una herramienta muy útil para practicar el escepticismo. Todas las alusiones a la ciencia son muy buenas y dan muestra de lo bien que entiende este hombre lo que es la investigación y el método científico.

   El autor hace un repaso a distintas teorías o movimientos que intentan explicar fenómenos extraños con explicaciones más extrañas aún. La telepatía, las abducciones, las apariciones espectrales, y muchos temas más son analizados y cuestionados por Shermer. Ojo, él no niega la existencia de extraterrestres, de fantasmas, de poderes mentales o de dioses, él solo argumenta que por el momento nadie ha demostrado que existan. 

   Y es que el autor tiene muy claro que ciencia y creencia (entiéndase como creencia un concepto mucho más amplio que el de religión) no pueden estar juntas, han de ir separadas. De hecho son totalmente opuestas, mientras la ciencia evoluciona y cambia constantemente pues es provisional y está sujeta a nuevos conocimientos, la creencia no corrige, se perpetúa permaneciendo en esencia inmutable y se basa en la fe.

   Cada uno puede creer en lo que quiera pero lo que no es admisible es intentar dar validez a una creencia adornándola con explicaciones falsamente científicas. 

    Echa por tierra muchos axiomas falsos, como el que dice que todo es verdad hasta que se demuestra lo contrario. No es cierto. Toda verdad ha de demostrarse, de no ser así no es tal.

     Yo me declaro una escéptica de tomo y lomo. 

   Pero escéptico no es lo mismo que cínico, cuidado. Normalmente, los escépticos explican (explicamos) con razonamientos naturales los fenómenos aparentemente sobrenaturales; y cuando no hay razonamiento que valga ante un fenómeno extraño lo dejamos ahí, en el apartado de “por explicar”, ni más ni menos. Por eso el método escéptico es circunstancial, solo se mantiene hasta que aparece una explicación razonada.

   En este libro se hace también un estupendo análisis de cómo determinados sectores se aprovechan de la “necesidad de creer en algo” que tiene nuestra sociedad, cómo la realidad nos presiona y nos hace más crédulos convirtiéndonos en víctimas para algunos gurús oportunistas. Esto es una evidencia que no se puede soslayar, pero también propone un remedio: el conocimiento que es poder y un buen antídoto para el veneno de los embaucadores.

   En cualquier caso lo que también defiende Michael Shermer es pensar por uno mismo. Podemos creer, podemos explicar, pero siempre con criterio propio y para eso es necesario conocer, saber, indagar e incluso errar. Aunque esta postura es agotadora, pero ser humano consiste en pensar.

“Hay que estar eternamente en guardia, es el precio por nuestra libertad. Ser críticos con todo credo que esté basado en la supresión del pensamiento”




6 de junio de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (XVII)

Sí se puede (We can do it)


    Dicen que no hay mal que cien años dure, ni cuerpo que lo resista. Mi mal de tesis ya llegó a su fin, fue ayer y fue apoteósico.

    Quizás apoteosis pueda parecer un término exagerado para referirme a lo que ayer ocurrió, pero para mí no lo es. Dados los antecedentes en cuanto a contratiempos que referí en la publicación anterior todo podía pasar; pero no ocurrió nada malo, aunque los inicios parecían indicar lo contrario.

   Nada más salir de casa miré al cielo, comprobé que estaba despejado y lucía un sol espléndido por lo tanto que hubiera una tormenta que anegara la universidad no parecía probable y tampoco hacía nada de aire así que lo de que se desatara un huracán tampoco era de esperar.

    La lectura estaba programada para las 12 de la mañana, yo llegué con bastante antelación, comprobé que el ordenador y el proyector funcionaban correctamente y me dispuse a desayunar en la cafetería de la facultad; no tenía mucho apetito pero quería tener algo en el estómago y ahuyentar la posibilidad de que me diera una lipotimia durante la exposición y ofrecer un espectáculo extra a los miembros del tribunal (y al resto del público asistente).

    Cuando faltaba más o menos media hora y ya dentro de la sala, una ayudante del departamento se me acerca y me pregunta dónde está el secretario del tribunal, que tiene que darle unos documentos y no lo encuentra. Confieso que varias luces de emergencia se encendieron en mi cabeza. Pero solo fue un momento porque el secretario apareció por el pasillo. Menos mal.

   Cuando ya estaban todos los miembros del tribunal sentados y listos para comenzar, mi director número UNO se acercó a la mesa para colocar uno de los micrófonos y al hacerlo tropezó con el cable del que yo tenía en el atril con lo que el ordenador, la pantalla y el propio micrófono a punto estuvieron de desconectarse y encima dar con mi director en el suelo. No pasó nada pero yo empecé a temblar pensando que aquello no era un buen augurio.

   Pero todo salió a las mil maravillas y todas las desgracias que mi mente angustiada (y enferma) imaginó que pasarían no se hicieron realidad. Mi lengua no se convirtió en estropajo, el suelo no se abrió bajo mis pies, el techo no se desplomó y no se desató ningún cortocircuito con incendio incluido.

    Aunque sea una inmodestia, mi exposición fue correcta, no sé cómo lo hice pero me centré en lo que tenía que decir y me aislé de todo lo demás. Menos mal que el incendio de mis pesadillas no tuvo lugar porque me habría achicharrado de tan absorta como estaba. 

   Al terminar, el tribunal me felicitó y me premió con media hora extra de preguntas. Es decir, lo normal es que después de defender la tesis, el tribunal pregunte más o menos durante unos treinta minutos. A mí me tocó el doble. La verdad es que no me importó porque, y contra todo pronóstico, me sentí muy cómoda y casi lo vi más como un diálogo que como un interrogatorio. Por cierto, una de los miembros que sigue esta serie y aludiendo a la publicación en la que bromeaba y me quejaba sobre las “p” de mi tesis me hizo una dedicatoria que no puedo evitar reproducir aquí:

“Usted se queja de tener pocas “p” pero no es verdad, tiene muchas. Perfección en la realización de la tarea. Pasión por la ciencia. Perseverancia y paciencia, y ante todo profesionalidad. Además una preciosa presentación. Y para mí un placer y un privilegio haber podido estar aquí.”

   Confieso que se me saltaron las lágrimas y hube de tragar varias veces saliva para poder agradecerle esas bonitas palabras (con tantas “p”).

   Tras las deliberaciones pertinentes se me otorgó la máxima calificación: Sobresaliente Cum Laude.
Insignia de Doctor en Farmacia

   Después del acto académico oficial vinieron las felicitaciones de quienes tuvieron la amabilidad de estar presentes en el evento; abrazos, risas, alguna lagrimita y mucha alegría se repartieron a diestro y siniestro. La verdad es que yo me encontraba como en una nube, aún lo estoy, y algunas cosas las recuerdo envueltas en una nebulosa.

   Recibí también muchos regalos. Mi marido y mi hija me regalaron la insignia que me distingue como doctora en Farmacia, una amiga un colgante de una menina (tengo predilección por esa figura), mi director número uno y una compañera un collar precioso y mis compañeros de laboratorio un bolígrafo de Swarovski con un pen-drive incluido (elegancia y modernidad pueden ir de la mano) y algo que me dejó con la boca abierta: los primeros ejemplares impresos de la serie Doctoranda al borde de un ataque de nervios, además dentro tenía unas preciosas dedicatorias que me emocionaron. También me regalaron una “versión diferente” del cartel con el que he estado firmando esta serie y que podéis ver al final de esta publicación.


   Mi director número UNO, me dedicó unas palabras y utilizando un símil torero, me dijo que yo era de las que salía a torear al centro de la plaza, de las que iba a enfrentarme al toro de cara y sin rehuir la pelea, en clara alusión a las luchas con mis resultados y con los elementos varios que me obstaculizaron, pero no impidieron, que escribiera la tesis. Me sentí halagada y encantada, qué queréis que os diga.

   Según hablaba pensé que quizás mi futuro, ahora que ya estoy sin ocupación, podría ser el toreo; pero no. No me gusta el maltrato que sufren los pobres animales y sobre todo, y más importante, soy cobarde y a mí esos toros me dan pavor incluso cuando los veo en la tele.

   Más tarde, el tribunal, mis directores, mi marido y la recién y novísima doctora, o sea yo, nos fuimos a comer a una localidad cercana: El Pardo. El restaurante elegido estaba situado al lado del río Manzanares. Elegí ese lugar por ser un sitio tranquilo y agradable y porque el tener el río cerca me suponía una posible herramienta de venganza en el caso de que algún miembro del tribunal me tratara mal. Una mala caída desde el puente que cruza dicho río podría tomarse como un accidente y no levantaría sospechas. O puede que sí. Afortunadamente no tuve necesidad de recurrir a medidas tan drásticas y la comida transcurrió sin incidentes.

Mis compañeros de penurias y alegrías

    Y aquí estoy, después del día D, algo descolocada y como en estado de shock, como que no me lo creo aún. Tantas penurias, tantos agobios, tantos momentos malos (y buenos que contaré en otra ocasión) ahora me parecen como un sueño irreal, como algo perteneciente a otra dimensión.

   Supongo que poco a poco aterrizaré y volveré al mundo normal. De momento me encuentro en una especie de nube donde se está estupendamente y sin ninguna gana de bajar. Creo que me quedaré por aquí unos días a ver si me relajo, que buena falta me hace.



1 de junio de 2017

Doctoranda al borde de un ataque de nervios (XVI)

Maldita Ley de Murphy


   Hace tiempo que vengo quejándome de mi mala suerte, también es usual en mí decir que conmigo la ley de Murphy más que cumplirse, se ensaña. Por desgracia, y en estos últimos días antes de defender mi tesis, esa maldita ley no solo se ensaña, es tal el acoso y derribo que tiene con mi persona que me estoy planteando seriamente conocer al tal Murphy y cargármelo de una santa vez.

   Tenía en mente publicar dos entradas más de esta serie ‘Doctoranda al borde de un ataque de nervios’, una explicando cómo fue la defensa y la última despidiéndome de la serie y de la tesis. Pero una propone y el destino dispone. He tenido que reconsiderar mi planteamiento y aquí estoy escribiendo una publicación con la que no contaba. Una entrada para quejarme de mi maldita mala suerte, del mal fario o de los duendes revoltosos (y cabrones) que me están amargando estos últimos días de la tesis y para desahogarme, porque no sé qué hice en otra vida para merecer este último martirio añadido.

   Ya el día de la entrega de la tesis tuve mi buena dosis de adversidades (Parirás con dolor) pero desde que el Rectorado aceptó mi tesis y dio luz verde para defenderla todo han sido contratiempos. Al principio, y siempre en la idea de que lo peor ya había pasado, no les di demasiada importancia. Nunca he creido en el mal de ojo, pero ayer llegó un punto en el que mis firmes convicciones al respecto se tambalearon y hoy ya estoy decidida a acudir a un santero o a quien se encargue de sanar esto que me pasa para que me libre del cenizo de estos últimos días.

Empezaré por los primeros síntomas.

   Desde hace meses una amiga y una prima mía tenían pensado asistir a mi defensa, a ellas les hacía ilusión y a mí también. Resulta que a mi amiga le han cambiado la jefa en el trabajo y no va a poder pedir permiso, y a mi prima una pequeña intervención quirúrgica que tenía programada para septiembre se la han adelantado y tampoco podrá ir. Además, una compañera de laboratorio puede que tampoco pueda acudir porque ingresan a su suegro dentro de poco. Vosotros pensaréis que no es para tanto, y lo mismo pensé yo en ese momento. Ahora, visto lo visto, creo que fue una señal.

   Cuando el Rectorado me confirmó el tribunal lo primero que hice fue elegir una fecha que les viniera bien a todos los miembros elegidos; el día apropiado era el 5 de junio. Después de este trámite toca reservar aula para exponer la defensa. Yo estaba en la idea de un aula chiquitita, donde no hay capacidad para muchas personas pero la cercanía que da el poco espacio hace más relajado el ambiente. Pues bien, resulta que la semana del 5 de junio se celebran las pruebas de selectividad y muchas de esas aulas ya estaban pilladas por otros doctorandos que no podían usar las que se emplearían para los exámenes de ingreso a la universidad. Total, que tuve que conformarme, y gracias, con el Salón de Actos, es decir, la sala más grande de toda la facultad. ¿No querías caldo? Toma tres tazas. Tiene capacidad para casi doscientas personas y en la mesa del tribunal podrían comer los invitados a una boda gitana.

   Después de realizar la defensa se prepara un ágape en el departamento para picotear con los compañeros, los amigos y familiares que han asistido al evento. Luego, es tradición invitar al tribunal y a los directores de la tesis a una comida en un restaurante. Yo tenía pensado llevarlos a comer a uno que se encuentra dentro del Museo del Traje, que además de estar muy cerca de la facultad (solo hay que cruzar la avenida que pasa al lado del edificio) tiene unos menús muy buenos y económicos. Pero resulta que el día 5 de junio cae en lunes y los lunes algunos museos, como el del Traje, cierran.
Así que tuve que buscar otro lugar alternativo; un sitio próximo a la universidad, de lo contario podemos comer a la hora de la merienda,  donde se pueda aparcar fácilmente y donde no elijan el lunes como día de descanso para el personal. Encontrar un sitio que cumpliera todas estas premisas me costó lo mío.

   A pesar de estos indicios todavía no estaba en la idea de que algo se estaba torciendo irremisiblemente. A veces puedo ser muy optimista o más bien muy tonta.

Pero todavía quedaban más cosas por salir mal.

   Este martes, a falta de cinco días para la defensa y a las siete y media de la tarde, recibo una copia del correo de un miembro del tribunal comunicando a uno de mis directores que se ha puesto enfermo y que no podrá asistir a la presentación. En ese momento intenté serenarme a pesar de que yo notaba cómo mi cerebro empezaba a lanzar señales de alarma; respiré hondo y me dije: tranquila, Paloma, para casos así el Rectorado elige a los vocales suplentes, para sustituir a quienes por un motivo u otro no pueden acudir. Efectivamente, los suplentes están para sustituir a los que no pueden acudir… o para ponerse enfermos a la vez que el titular, que es lo que le pasó al que yo tenía en la reserva.

   Cuando al día siguiente se puso en conocimiento del Decanato que un titular y su suplente debían renunciar, por enfermedad, a formar parte del tribunal de una servidora, no se lo podían creer. Los trámites que siguieron a esta improbable, que no imposible al menos conmigo, eventualidad los realizaron la presidente del citado tribunal, la vicedecana de doctorado y mi director (adelanto que con resultados satisfactorios).

   Mientras, yo debía ensayar en el Salón de Actos, y allí la maldita mala suerte, el mal fario o los duendes revoltosos (y cabrones) volvieron a visitarme.  Conmigo estaba un técnico de medios audiovisuales para que me configurara el ordenador con el proyector de una manera concreta. El caso es que, cuando el técnico se agachó a desenchufar un conector, se arreó terrible golpe en la rodilla y se tiró en el suelo aullando de dolor y sin poder levantarse. Yo me lo quedé mirando como un pasmarote mientras decía por lo bajini “Esto no puede estar pasando. Esto es una pesadilla”, creo (no estoy segura) que me santigüé y todo. Tras unos minutos de indecisión por mi parte, pues no sabía si llamar al SAMUR o a un exorcista, el técnico consiguió levantarse pero ya no estaba en condiciones de configurar nada.

   De momento la cosa anda así. Todavía faltan tres días para que llegue el ya temido día 5 y aunque ya suponía que estaría nerviosa lo que no podía imaginar es que estaría muerta de miedo, pero no por lo que me pueda preguntar el tribunal (que también) sino porque no sé si sobreviviré a la experiencia. Me he fijado en el techo del Salón de Actos y no he detectado ninguna grieta, ese día los meteorólogos no pronostican ningún huracán ni fenómenos atmosféricos adversos, y desde ayer miro varias veces una calle antes de cruzarla, aunque sea peatonal.

  Después de todas las posibles desgracias que se me están pasando por la cabeza, lo de que el tribunal me acribille con preguntas difíciles me parece lo de menos y hasta deseable antes que otras cosas peores.

   Puede que esté somatizando mi nerviosismo en forma de mala suerte, pero si es así, yo me pregunto qué culpa tienen los miembros del tribunal que se han puesto enfermos (y el técnico lesionado).

   O puede que todo esto sea un mecanismo de defensa de mi psique enferma por la tesis y que se centra en estos hechos negativos para que mi mente se desvíe de la obsesión principal: meter la pata ante el tribunal. He estado mirando y no hay literatura al respecto, pero no lo descarto.

   De todas formas, si alguien ha visto a Murphy que me lo diga porque lo estoy buscando.


NOTA: Esta publicación está dedicada a Juana (presidente de mi tribunal) y a Begoña (vicedecana de Doctorado) por ser tan diligentes y eficaces  gestionando crisis. Mi más sincero agradecimiento para las dos.

28 de mayo de 2017

Feria del Libro de Madrid 2017


    Ayer fui a pasear por la Feria del Libro de Madrid. Asistir a ese evento es casi ya una obligación para mí y siempre que voy disfruto y me lo paso muy bien. En esta ocasión no fue distinto aunque durante todo el paseo sufrí un ataque de nostalgia y es que el año pasado estuve acompañada por varios compañeros blogueros  y recordar aquella inolvidable jornada (La otra cara de la moneda) fue inevitable.

   Añoranzas aparte, ayer me divertí mucho porque como ya he comentado en anteriores ocasiones con motivo de este evento anual (Feria del Libro 2015), la Feria del Libro es un punto de encuentro para los amigos de la lectura, es como una gran quedada de lectores. El ambiente lúdico es encantador y se respira cierto aire de verbena, incluso se pueden ver barquilleros entre los puestos. 

   Una vez más la atracción principal estriba en los autores que están firmando sus ejemplares en las casetas. Y es en esta faceta de la Feria donde me quiero detener a reflexionar, porque me llamó la atención que los "escritores" que más expectación creaban eran gente para mí completamente desconocida y eso, aunque sea una inmodestia por mi parte, me resultó muy extraño siendo yo una lectora empedernida.

   Había un tal Jordi Wild que tenía una fila de al menos cincuenta metros de personas esperando para que les firmaran un libro. Resulta que el tal Wild es un youtuber famoso (famoso para algunos porque yo era la primera vez que sabía de su existencia). Otros "escritores" que tenían mucha gente esperando eran Antonio Resines y un par de presentadoras de telediarios que se han puesto a escribir libros también. A esos sí los conocía pero de otras actividades completamente diferentes a la de escritor. No obstante, insisto, eran muy bien aceptados y supongo que habrán tenido una gran cantidad de ventas de sus libros a juzgar por todas esas personas que ejemplar en mano esperaban que les plantaran un garabato.

   En cambio Lucía Etxebarría, Inma Chacón, Care Santos, Federico Moccia, Gonzalo Giner o Ildefonso Falcones apenas tenían gente. ¿Por qué?


    ¿Por qué un actor o una presentadora de televisión, que no son realmente escritores, tienen más gancho que otros que sí lo son? Que conste que los autores antes citados no todos son de mi agrado, pero creo que escriben mejor que el actor aludido o el youtuber, aunque de estos no he leído nada, lo reconozco, pero me da que no estoy equivocada.

    ¿Qué se deduce de todo esto? ¿Que el público lee algo porque quien lo escribe es famoso y lo que escribe, o cómo lo escribe, es lo de menos? ¿Para que algo resulte atractivo primero tiene que salir en televisión o en un canal de internet?

Carmen Posadas
    En la anterior publicación de este blog respondía a un comentario de un participante lo injusto que me resultaba que escritores noveles que tienen un gran nivel narrativo no sean conocidos mientras que otros con mucha menos calidad vendían montones de libros. Ayer tuve constancia de esa injusticia. 

   ¿Por qué se vende tan bien la mala literatura? No seré yo quien critique a la gente por leer cosas que no tienen calidad, siempre he pensado que es mejor leer lo que sea a no leer nada, pero sospecho que la manera de elegir un libro u otro depende mucho de la publicidad y de quién la realiza; si la cara es conocida y se lo monta bien tiene asegurada cierta clientela.

Camilla Lackberg
    Claro que para mala calidad el cartel que ilustra la edición de la feria de este año. Sobre la imagen no voy a entrar en calificaciones, aunque a mí me parece demasiado simplona, pero sobre gustos no hay nada escrito. Lo que no me parece de recibo es que se escriba con faltas de ortografía. De toda la vida 'Madrid' empieza con mayúscula y "El Retiro" también. Quizás los organizadores creyeron oportuno que la "literatura" que va incluida en el título del cartel debía ir en consonancia con los gustos de la mayoría de los lectores. 


25 de mayo de 2017

Irreal como la vida misma

   En anteriores ocasiones he reseñado que los relatos cortos no me suelen gustar mucho, que prefiero las tramas más largas porque me implico más en la historia.

   Sin embargo, libros como este me hacen cambiar de opinión. Está claro que si el relato es bueno, da igual la extensión del mismo. Se puede contar mucho en muy poco espacio y esto es lo que pasa con "Irreal como la vida misma".

   Además de encontrar en este libro historias muy buenas, hay mucha variedad. El autor, Josep Mª Panadés, toca diferentes temáticas y lo hace muy bien.

   Entre las páginas de este libro uno se puede encontrar historias entrañables como la de un payaso que no hace reír, historias singulares como la del origen de una pareja famosa de gánsteres, historias cargadas de alegorías sobre la mala conciencia y el peso de la culpa, historias crudas sobre la violencia de género, historias inquietantes que ocurren a la cuatro y cuarto, historias de fantasmas malditos, oscuros secretos y muertes extrañas, apariciones, túneles donde al final no se encuentra la luz. Las historias transcurren en el tiempo presente, en tiempos pasados o en un futuro año 2092.

   Josep Mª Panadés tiene muchos registros, engancha con su manera de contar las cosas, nos pone en antecedentes sobre los personajes que protagonizan sus relatos (personajes que, como él mismo señala en el epílogo, podríamos encontrarnos en la vida real) y sorprende con finales inesperados.

   Y para rematar todo esto, además lo hace con un lenguaje muy cuidado, con un vocabulario rico pero sin caer en la pedantería ni en la retórica barroca que utilizan algunos autores, sobre todo si son noveles, para impresionar y hacernos creer que son muy cultos. Josep Mª escribe bien pero sin agobiar con vocablos rebuscados o sintaxis enrevesadas.

   Una delicia leer  unas historias entretenidas y además con una prosa tan cuidada. Recomendable al 100%.




16 de mayo de 2017

La felicidad

Foto

         Relato presentado en la comunidad Escribiendo que es gerundio, en el apartado "Una imagen, un relato".


    Qué gran serenidad me invade, qué plenitud siento. Mi cuerpo parece levitar y esa quietud que recorre mis venas me hace sentir ligera. La sensación de paz es muy agradable y esa luz opalina que todo lo envuelve me resulta acogedora.
    Ni recuerdo la última vez que me sentí así de bien. El estrés del trabajo, las tareas domésticas después de una jornada agotadora, el cuidado de los niños. No puedo más. Esta paz es tan extraña como inesperada.
     Desde donde estoy, en esta roca alejada de todo y de todos, las nubes se presentan como un lecho acogedor, un mullido colchón que promete un cálido recibimiento. Quiero ir hacia allí, sé que así la paz será eterna.
    No sé por qué estoy desnuda, ni por qué estas cuerdas de goma me impiden moverme. Quiero ir hacia las nubes, pero las ataduras en mis brazos y en mi cara no me dejan. Ya está, he conseguido arrancarlas, ya soy libre de saltar. Qué feliz me siento. ¡Allá voy!

***

— ¡Doctor! ¡Doctor! Tenemos un problema.
— ¿Qué ocurre, enfermera?
—La paciente del quirófano 6, está muy agitada, no consigo que se calme y se ha arrancado la vía y la mascarilla de oxígeno. En cuanto el anestesista le administró lo que se supone que era óxido nitroso empezó su comportamiento extraño.
—¿Qué quiere decir con ese “se supone”?.
—Creo que se equivocó de toma de gas, doctor.
—¡¡¿Qué?!! ¡Menuda denuncia nos va a caer! Esto es intolerable, se nos va a venir todo un ejército de abogados encima cuando la paciente despierte. Eso si despierta y no se nos queda tiesa en la mesa de operaciones.
—Puede que no nos denuncie, doctor, después de todo.
—¿Por qué lo dice?
—No sé, no parece que lo esté pasando muy mal. Ahora mismo tiene una sonrisa de felicidad en la cara.


Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores