29 de junio de 2018

"La habitación oscura" - Isaac Rosa


Un grupo de amigos comparten un local donde reunirse y realizar diferentes actividades. Un día se va la luz en todo el barrio y se quedan completamente a oscuras, entonces descubren la excitación que supone no ver absolutamente nada y cómo ese factor puede cambiar la percepción de las cosas.

A raíz de esa experiencia inesperada deciden construir una habitación oscura en el sótano, donde no se pueda ver, donde nadie puede hablar y así no reconocerse entre ellos. En esa habitación pasan a ser anónimos. En esa habitación los sentidos –salvo el de la vista se agudizan y en ese anonimato cada uno encuentra una vía de escape. En esa habitación descubren la desinhibición, pueden mostrarse como no se atreven a hacerlo con luz, porque allí no existe la fealdad, ni el rechazo.


Cuando construyen esa habitación oscura son jóvenes y los motivos por los que la habitación se muestra atractiva son diversos. Pasan los años y esos jóvenes se hacen adultos, maduran, cambian; y la habitación también cambia, evoluciona con ellos.

A lo largo de quince años los inquilinos van mostrando sus impresiones, qué significa la habitación oscura para cada uno de ellos. Esos moradores tienen nombres propios, Raúl, María, Andrés, Jesús, Pablo, Sonia, Eva, Sergio, Olga… Unos están allí desde el principio, algunos han dejado la habitación tras un corto periodo de tiempo, otros se han incorporado más tarde.

El narrador cuenta en primera persona lo que significa la habitación, qué se siente dentro de ella. El narrador es uno de los usuarios de la habitación oscura; un usuario que va cambiando según qué nos cuenta, unas veces es María, otras es Sergio, otras simplemente no lo sabemos. Pero eso no importa, porque lo que importa es cómo todos y cada uno de los moradores de la habitación oscura buscan allí lo que no pueden encontrar fuera, ahí fuera donde hay luz, donde se ve, donde se reconocen.

En la evolución de los personajes, y de la habitación, se muestran las diferentes etapas de la vida: la juventud donde todo es ilusionante y la madurez que llega cargada de responsabilidades y decepciones.


En esa evolución merece especial mención la manera de contar cómo la crisis económica les afecta. A mí, personalmente, me fascinó. Al principio asisten al hundimiento de la economía como simples espectadores que se creen a salvo de la catástrofe, “un público cautivado por el espectáculo del apocalipsis” para asistir después impotentes al derrumbe donde los cascoques y los vidrios rotos les caen encima provocándoles heridas, algunas irreversibles.

La forma de narrar es muy cinematográfica. El autor utiliza mucho el recurso de la cámara rápida, o “time lapse”. Se nos cuenta el paso del tiempo con esta técnica, donde una sucesión de imágenes pasadas rápidamente nos muestra cómo la habitación y las vidas de sus ocupantes van cambiando. Son cambios imperceptibles si se miran en un lapso de tiempo corto, pero que muestran su importancia al verlos con la perspectiva de un intervalo temporal mayor.

En todo el libro se respira denuncia, un grito en la oscuridad que protesta por tantos sueños rotos, por una juventud perdida en el desencanto de unas expectativas que no se cumplieron.

“La habitación oscura” es una alegoría, llena de metáforas, algunos fragmentos son pura prosa poética, otros son tan prosaicos que se rompe completamente el ritmo y hasta descoloca al lector. Este recurso me parece bien si está hecho a propósito, si se busca ese desconcierto. Lo que no me pareció tan bien fue la creación de situaciones poco creíbles para así desarrollar un argumento que se ve forzado al final. Además, ese final es brusco, áspero, y tan sorprendente que a mí no me convenció, no me lo creí.

En cualquier caso la trama y la forma de contar es original, no deja indiferente y eso siempre es de agradecer.


Nota: En este vídeo resalto algunos párrafos de la novela que me parecieron muy buenos.



25 de junio de 2018

A casa



Estación de tren de cercanías de Atocha. Una taquilla de venta de billetes. Al mostrador se acerca una muchacha de dieciséis años con una mochila, unas zapatillas deportivas, unos vaqueros gastados y una sudadera dos tallas más grande. Se dirige a la taquillera.

MUCHACHA: Quiero un billete. Solo ida.

TAQUILLERA: ¿Destino?

MUCHACHA: Es igual.

La taquillera, veterana empleada de la estación, levanta la vista del teclado para fijarse en su interlocutora y se encuentra con una adolescente de mirada triste y perdida. La chica mira hacia un lado y hacia otro, como si buscara a alguien, o como si temiera que alguien la buscara a ella.

TAQUILLERA: Me tienes que decir un lugar.

MUCHACHA: Cualquiera, lejos de aquí. Qué más da.

TAQUILLERA: Bueno, cada lugar es diferente.

MUCHACHA: ¿De verdad? Pues yo creo que en todos los sitios pasa lo mismo, son igual de feos y la gente es igual de capulla.

La taquillera mira a la adolescente por encima de sus gafas.

TAQUILLERA: ¿Tú crees? Yo pienso que hay gente buena y gente mala en todos los lugares, pero eso no los hace idénticos. Todo es cuestión de actitud.

MUCHACHA: ¡Oh, claro! Cuestión de actitud. Y ¿eso qué es? Porque la actitud de los demás es siempre la misma, te miran, te utilizan y luego te mandan a la mierda.

TAQUILLERA: A ti, siendo tan joven, ¿ya te han mandado a la mierda? Seguro que no ha sido para tanto.

MUCHACHA: Me he encontrado con mucho capullo.

TAQUILLERA: ¿Sí? ¿A qué te refieres?

MUCHACHA: A tíos como el Chispas, que es un gilipollas y un mamón. Al principio se enrollaba cantidad, era divertido, pero luego resultó ser un cabronazo.

La taquillera se quita las gafas para mirar fijamente a la muchacha.

TAQUILLERA: ¿Por qué dices eso? ¿Qué hizo?

MUCHACHA: Se lo montaba con otra tía más, y le tiraba los trastos a una amiga suya. Un harén quería tener el imbécil. 

La chica baja la cabeza y arrastra un pie de lado a lado.

MUCHACHA: No sé por qué te cuento esto. Yo lo que quiero es un billete.

TAQUILLERA: A veces las personas no responden como nosotros queremos pero eso no es culpa de ellas, sino de nosotros mismos que nos equivocamos a la hora de conocer a los demás.

MUCHACHA: Vale, tía. Lo que tú digas. Pero dame ya el dichoso billete.

TAQUILLERA: Tienes que decirme un destino. ¿O prefieres que elija yo por ti? ¿Es eso lo que quieres? ¿Que otro decida?

MUCHACHA: No me des la charla. La maquinita esa ¿no puede sacar uno a voleo? Como la de la primitiva.

La taquillera sonríe condescendientemente.

TAQUILLERA: Me temo que esa función todavía no se ha implantado en la RENFE.

La taquillera observa con resignación y ternura a la joven. Suspira, y esbozando una sonrisa más amplia le pregunta:

TAQUILLERA: ¿Dónde viven tus padres?

MUCHACHA: En Guadalajara.

La taquillera se pone las gafas y comienza a teclear.

TAQUILLERA: Bien, un billete a Guadalajara, solo ida. A casa.



 NOTA

Este relato es un ejercicio para practicar el guion de cine. El narrador no puede ser omnisciente, no sabe qué piensan los personajes, tan solo cuenta lo que pasa y se intenta que sea el diálogo el mejor narrador de la escena. 


21 de junio de 2018

"La flor púrpura" - Chimamanda Ngozi Adichie



Kambili es una niña de quince años que vive en Nigeria, tiene un nivel de vida elevado pues su padre es un hombre poderoso con varios negocios. Ella asiste a un colegio de élite y en su casa no falta ninguna comodidad. Podría decirse que Kambili es afortunada pero no es así.

Su padre es autoritario y un fanático católico. En su fanatismo reniega de los ancestros de su cultura y todo lo que le recuerde a esa cultura primigenia es pagano y pecaminoso. El padre de Kambili dirige su familia con mano férrea y abusa de su poder, todo ha de hacerse a su manera, y cualquier infracción de las estrictas normas que rigen la casa supone un severo castigo.

En el lado opuesto está la tía Ifeoma, la hermana del padre de Kambili. Ella es espontánea, sigue las tradiciones de su pueblo como una manera de rendir homenaje a sus antepasados. En la casa de Ifeoma no hay tantas comodidades como en la de Kambili, incluso hay muchas carencias, pero sí tiene una cosa que Kambili no posee: alegría.

Con la visión de una niña de quince años se nos cuenta el día a día de Kambili, su forma de percibir la realidad. En su ignorancia, confunde el respeto y el miedo que le tiene a su padre con el amor. El nivel exigente de su progenitor para con ella, para con todos los que dependen de él, la niña lo interpreta como una manifestación de amor. Ella busca desesperadamente complacer a su padre y éste solo le paga con más exigencias y reproches. Su obsesión por agradar a su padre resta espontaneidad a todos sus actos y se siente agobiada por conseguir el reconocimiento paterno.

El padre de Kambili es un maltratador y como tal se comporta. Abusa del más débil y es servil con quien él cree que es superior. Su exacerbado catolicismo le lleva a rendir pleitesía a todo aquel que lleve un hábito, sobre todo si además es de raza blanca.

“Hacía las cosas como se han de hacer, como las hacen los blancos, no como las sigue haciendo nuestra gente”

Entre estas dos formas tan distintas de afrontar la vida, la de Ifeoma y la de su padre, Kambili reflexiona y se siente perdida. Desea ser como su tía Ifeoma, pero al mismo tiempo le da miedo pues vivir a la sombra de un maltratador la ha convertido en una persona tímida, timorata y asustadiza. Es una niña triste.

Con una minuciosidad estupenda, Chimamanda, la autora nigeriana, nos relata la realidad de su país, las dos caras de una misma moneda, donde adaptarse al mundo occidental, el mundo que se supone es el progreso, implica despegarse de la tradición. Donde un gobierno dictatorial que persigue a los profesores universitarios y a la libertad de prensa, arrincona a muchos de sus ciudadanos contra las cuerdas obligándolos a emigrar a otros países buscando un futuro mejor.

Utiliza una manera de narrar muy buena, pero a mi modo de ver, abusa de los localismos. Se emplean con demasiada profusión palabras nigerianas que me frenaron la lectura y me la hicieron muy incómoda. Entiendo que algunas comidas y/o utensilios típicos y exclusivos de Nigeria no tienen traducción, pero otras palabras como “abuelo”, “hermano” sí se pueden traducir y ponerlas en la versión original es una técnica con la que no estoy de acuerdo. Ya sabemos que la acción se desarrolla en Nigeria, es completamente innecesario llenar el texto de palabras nigerianas.

Otro punto negativo fue el ritmo descompensado. Toda la trama se desarrolla con  lentitud, todo se relata suavemente, incluso los hechos más crueles, pues es una niña quien cuenta la historia; pero en las últimas quince páginas ocurre un hecho totalmente inesperado que cambia el discurrir de los acontecimientos y de golpe y porrazo pasa el tiempo y la deriva de los personajes da un bandazo. No sé si esto está hecho adrede para impactar al lector, pero a mí no me gustó, es como si todo lo anterior fuera una introducción demasiado larga.

En cualquier caso es una buena novela, con una narrativa estupenda –si se obvia el uso excesivo de palabras nigerianas, lo que es obviar bastante– y con una maravillosa descripción de unos personajes complejos por la situación social y familiar en la que viven y que se muestran con reflexiones muy interesantes.

Una buena novela, con algunos defectos que no me impedirán seguir leyendo a una autora muy interesante.







16 de junio de 2018

La última batalla



Hoy en la sala me siento solo, como suele ser habitual. A pesar de la gente que me rodea. La sala siempre está llena, cualquier día, laborable o festivo, a cualquier hora, por la mañana, por la noche o de madrugada. Siempre llena. Desde que la visito estos dos últimos años nunca la he visto vacía y nunca me he sentido acompañado. Hoy no ha sido la excepción.

¿Qué tiene esta sala que me hace sentir soledad? Con todo su peso. Con toda su crudeza. Y con antipatía. La soledad es mala compañera cuando no se la llama, cuando no se la busca, cuando se la encuentra en lugares llenos de gente. Estoy rodeado de personas y estoy solo.

Apenas soy consciente del murmullo incesante que se oye de fondo. Solo me doy cuenta de ese cuchicheo molesto al debilitarse levemente, cuando la voz metálica se oye por megafonía. Con un goteo cadencioso, lento, muy lento, exasperante, la voz llama a los familiares de los pacientes. Todos esperan, todos esperamos, que nos llamen. Familiares de… Eso soy yo aquí, el familiar de. No tenemos nombre, no tengo nombre; el nombre se reserva para los pacientes. Los que esperamos en esta sala solitaria atestada de gente somos los anónimos familiares.

Un anonimato que me hace sentir más solo. Un presente adicional, una mueca de burla, un girón de escarnio: estoy solo y no tengo nombre.

Al otro lado de las puertas abatibles está el territorio inexplorado. Terra ignota. Allí está el dolor, las esperanzas sin fundamento, la lucha, la muerte. Al otro lado se libran batallas, y en este, en la sala solitaria llena de gente, esperamos el resultado de la confrontación, esperamos saber quién ha ganado, quién ha sido más fuerte, quién ha salido vencedor.

En un rincón, un hombre se pelea con la máquina del café. No es un habitual, de lo contrario sabría que esa máquina está estropeada desde hace un mes.

Aquí también peleamos, derrotados de antemano nos revolvemos contra la realidad, contra la impotencia, contra nuestro propio dolor. Un dolor que no se combate con analgésicos, un dolor que no se ubica en el cuerpo. No asumimos la derrota, ilusos hasta el final. Somos los daños colaterales, la población civil víctima del bombardeo.

Enfrente de mí un anciano se queda adormilado en su silla, una mujer más joven le coloca la cabeza sobre su propio hombro. La espera se hace larga y el tedio se enseñorea.

Peleamos y esperamos. Esperamos al heraldo que nos traiga la misiva maldita para comunicarnos quién cayó en la vanguardia. La voz metálica del mensajero, con un goteo cadencioso, lento, muy lento, exasperante, va llamando para notificar las novedades en el frente. Quién está herido leve, quién lo está muy grave, quién sucumbió al fuego enemigo. Ese enemigo imbatible al final, porque siempre acaba ganando en la última batalla.

Envuelto en una capa de falso aislamiento, regurgitando las lágrimas que me dicen al oído que este será el último combate, el que siempre gana el enemigo, oigo el nombre del que soy familiar. Envuelto en una coraza endeble, fabricada con esperanzas infundadas, me dirijo a recoger la misiva del mensajero que trae noticias del frente, de mi frente, de mi batalla. Me dirijo a recoger el último parte de guerra.


NOTA
Este relato corresponde a un ejercicio donde se practica la prosa poética y había que escribir una historia "infectada de lirismo". 
Soy una negada para el lirismo, me cuesta trabajo leer y entender la poesía, así que tener que escribirla, aunque sea en prosa, me supuso un esfuerzo agotador. Para mi sorpresa el texto fue muy bien valorado por mi profesora. Vosotros diréis si estáis de acuerdo con ella.


13 de junio de 2018

"Muerte con pingüino" - Andrei Kurkov


Viktor es un escritor fracasado, a caballo entre el periodismo y la prosa mediocre; no consigue publicar. Vive en la Ucrania de finales del siglo XX, alli tampoco van las cosas muy bien. En el zoológico no tienen dinero para dar de comer a los animales y la dirección propone a los visitantes que se lleven a algunos para que así puedan sobrevivir. Viktor decide llevarse un pingüino, pero no tiene suerte. No entiende nada de zoología en general y menos de pingüinos en particular, así que elige a uno que está enfermo, elige a Misha que tiene depresión.

El nuevo compañero de piso de Viktor pasa a ser una preocupación para éste pero también le hace compañía.

“Dos soledades complementarias que daban más la impresión de interdependencia que de amistad”

Misha suelta suspiros melancólicos y pasa horas encerrado en su habitación, come con desgana el pescado y de vez en cuando chapotea en la bañera que Viktor le llena amorosamente con agua helada.  

En este escenario aparece el editor de un periódico que le ofrece a Viktor un encargo bastante peculiar. Debe escribir esquelas de personajes que han tenido relevancia pública. Esto no sería demasiado extraño si no fuera porque esas personas aún no han fallecido.

Viktor se vuelca en su cometido con ilusión, pero es una labor frustrante pues su trabajo no ve la luz ya que los destinatarios siguen vivos y sus esquelas no se publican. Pero, de repente, los personajes a los que dedica las esquelas empiezan a morir en extrañas circunstancias. Y Viktor empieza a tener problemas.

Así se va desarrollando una trama disparatada y con tintes de humor negro, donde Misha y Viktor no son los únicos personajes absurdos. A lo largo de esta original novela iremos conociendo a otros que no se quedan atrás en cuanto a disparate, como Sergei, un policía que se cambia el apellido por uno judío para poder abandonar el país, aunque luego regresa a su patria cuando comprueba que en el extranjero tampoco se está tan bien.

“Después vi lo mal que lo pasaban lo emigrantes en el extranjero y decidí quedarme y me metí a policía para tener derecho a llevar armas.”

“El miedo está justificado cuando hay posibilidad de seguir vivo.”

En la galería de personajes absurdos que desfilan por esta novela se encuentra Stepan Y. Pidpaly, el cuidador de pingüinos del zoo que es despedido cuando regalan todos los animales. Está enfermo de cáncer, a través de este personaje y debido a su enfermedad, el autor nos hace una descripción cruda y sin paliativos de las condiciones sanitarias ucranianas. Porque en Ucrania no hay medicinas; la única medicina es guardar cama y estar en reposo.

Hay muchos más personajes, cada uno con su historia detrás y cada uno defendiéndose de la vida que le ha tocado vivir. Porque de vivir se trata esta novela, o mejor dicho, de sobrevivir.


Me gustan las historias absurdas, siempre que lo absurdo esté justificado y tenga algo más detrás. Porque una trama absurda si no tiene un trasfondo se convierte en simplemente una tontería.

Esta novela es absurda, pero sus motivos tiene. Andrei Kurkov nos muestra a través de lo absurdo la realidad de Ucrania en 1999, las duras condiciones en las que la población ha de sobrevivir. Muchas situaciones de la novela parten de hechos reales. Hace unos años un zoológico ucraniano pidió ayuda a los amantes de la naturaleza para poder comprar comida a los animales pues no tenían fondos y muchos estaban en un estado de desnutrición. Igualmente, hace tiempo, la OMS alertó del colapso del sistema sanitario en Ucrania.

Exagerando algunas situaciones reales –esa es la esencia de lo absurdo– Kurkov nos enseña la verdad. Con una prosa minuciosa, donde se relata el día a día con detalle preciosista, el escritor nos cuenta cómo sus compatriotas se defienden de un estado de precariedad provocado por la corrupción y la rapiña de los gobernantes.

Esta novela, a través del disparate, explica y defiende la supervivencia a costa de lo que sea.

Viktor sobrevive escribiendo esquelas de personas que aún no han muerto, Misha lo hace arrastrando su pena escondiéndose en su habitación o sumergido en una bañera con agua helada, Sergei aprovecha su condición de policía para poder llevar armas y así defenderse, Pidpaly espera en la cama de un hospital desabastecido que el cáncer acabe con él.

Vivir como sea, de la manera que sea, pero vivir; a pesar del entorno, a pesar de los demás, a pesar de uno mismo. Un canto a la supervivencia.


NOTA
En el siguiente vídeo muestro algunos fragmentos de la novela, con reflexiones y frases dignas de tener en cuenta.





8 de junio de 2018

La incógnita


Cada vez me cuesta más moverme, siento como si llevara encima una carga muy pesada, mucho más pesada que los kilos de más que he ganado estos meses. Me canso mucho, cualquier tarea me resulta engorrosa y no me apetece hacer nada que no sea tumbarme y llorar.

Sé que tengo que ser fuerte, que tengo que pensar no solo en mí, sino en esa vida que se está gestando en mi interior. Me sé de memoria todos los consejos que me dan desde hace quince días, pero no puedo, no tengo fuerzas. Esto me supera.

Cuando Sergio y yo supimos que íbamos a tener un hijo recibimos la noticia con alegría y cierta precaución. Era un niño, o una niña, muy deseado, o muy deseada. Tantos meses de consulta en consulta, de especialista en especialista para conseguir un embarazo que se hacía de rogar, al final dieron resultado y estábamos exultantes.

La placidez que llegó tras el cuarto mes de gestación me ayudó a relajarme, ni yo misma me reconocía. El agobio y el constante estado de alerta que tanto le molestaban a Sergio y que son mi signo de identidad, se disiparon como por arte de magia y fue entonces cuando empecé a entender a qué se referían cuando decían eso del milagro de la vida, pues un milagro me pareció que yo fuera capaz de comportarme con serenidad y tranquilidad, como si todo lo que ocurría a mi alrededor no me incumbiera.

Fueron unas semanas de felicidad compartida con Sergio, cuando creí que el futuro era alentador. Nuestras peleas, benditas peleas, para decidir qué color debía tener la habitación del bebé, o qué cuna era la más adecuada y funcional, ahora se me antojan una diversión. Hasta de colegios hablamos, y de universidades donde nuestro hijo, o nuestra hija, iría a formarse para ser un hombre, o una mujer, con un buen futuro profesional. ¡Qué absurdo!

Todo cambió con aquella llamada de teléfono, cuando una voz desconocida, que se presentó como un trabajador de un hospital de la ciudad, me comunicó que debía personarme en la sala de urgencias porque Sergio había tenido un accidente de tráfico.

Entonces me vinieron a la mente muchas preguntas, en tropel.  ¿Con qué coche? ¿Con el cuatro por cuatro o con el utilitario más pequeño? ¿Fue a la ida o a la vuelta de su trabajo? Me hice interrogantes banales pero muy concretos que me parecieron importantes. Sin embargo, no me pregunté cual había sido el resultado del accidente, cómo se encontraba Sergio. No quería saberlo.

Luego vinieron los lamentos, las miradas de conmiseración hacia la pobre viuda embarazada. Un desfile interminable de amigos, compañeros y familiares; se acercaban para decirme frases manidas y de compromiso.

La placidez que tanto me agradaba se convirtió en apatía, en desinterés. Es una reacción biológica de defensa, me dijo el ginecólogo, ahora mismo la prioridad es el bebé, no debe sufrir más de lo necesario para que el embarazo llegue a término sin complicaciones.

El bebé no sufrirá, él, o ella, no sabe de la desaparición de su padre, ni de mí sabe siquiera. No me conoce aún, ni conocerá a Sergio nunca. Él, o ella, solo sabe alimentarse y crecer, esa es su tarea. La mía, que se alimente y que crezca.

¿Por qué ese porvenir de color de rosa que imaginamos Sergio y yo, ahora es tan feo?  Quiero tener un hijo, o una hija, pero con él. Antes, cuando el futuro era tan bonito, me hice preguntas sobre el modelo del cochecito, si anestesia epidural o parto natural, si acudir a las clases de pre-parto o no; lo normal en una situación así, me dijeron mis amigas. Pero en todos esos interrogantes nunca se encontró cómo ser madre y padre a la vez, cómo criar a mi hijo, o a mi hija, en soledad; porque eso no es lo normal.

¿Con quién voy a elegir la guardería o el colegio? ¿Con quién me desahogaré cuando mi hijo, o mi hija, se meta en problemas? ¿Con quién compartiré mis dudas cuando mi hijo, o mi hija, me pida consejos? Sergio era la otra parte de la ecuación, una ecuación cuya incógnita es este bebé que llevo dentro y cuya solución no sabré calcular si me faltan datos, si me falta Sergio.

Tengo que reponerme. Ser fuerte. No pensar solo en mí. Resolveré esa difícil ecuación sola y procuraré que la incógnita sea un buen resultado. Tengo que conseguirlo.

Pero ahora solo me apetece tumbarme en el sofá y llorar.

NOTA

Este relato corresponde a un ejercicio donde había que explorar en los roles que cada ser humano desempeña en la cotidianidad cuando surgen conflictos. En concreto, se pedía explorar en el mundo de una mujer joven embarazada que enviuda y debe hacer de padre y madre.




4 de junio de 2018

"La niebla y la doncella"-Lorenzo Silva


El sargento de la Guardia Civil, Bevilacqua y su compañera Chamorro han de investigar quién se encuentra tras el asesinato de Iván López von Amsberg, un joven problemático que apareció muerto en La Gomera. El asunto se presenta difícil porque el homicidio ocurrió dos años atrás, se acusó a un político, pero fue juzgado y absuelto. El caso quedó pendiente, y ahora les toca a los guardias mencionados encargarse de retomar las investigaciones, con la dificultad añadida que supone el tiempo transcurrido para encontrar nuevas pruebas.

“Los muertos, al principio, huelen como los vivos, luego huelen a rayos, y al final no huelen a nada.”

Este es el segundo libro que leo de la serie que tiene como protagonistas a los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro. El primero fue “El lejano país de los estanques” y, si soy sincera, apenas me acuerdo de nada, lo que quiere decir que pasó sin pena ni gloria. En cambio sí recuerdo perfectamente la impresión que me causó “El nombre de los nuestros”, una novela sobre el desastre de Annual. De hecho, con esa novela me enamoré de Lorenzo Silva, de su forma de escribir y contar las cosas.

Con estas experiencias previas con el autor me puse a leer esta novela de guardias civiles y asesinatos. Y el resultado ha sido desconcertante, porque ha habido cosas que me han gustado mucho y otras no tanto (no me han gustado nada de nada). En deferencia a Silva y como gratitud por lo mucho que disfruté leyendo “El nombre de los nuestros”, empezaré por lo malo y acabaré con lo bueno, para dejar un buen sabor de boca.

Parque Nacional Garajonay

Quizás sea una deformación por el curso de escritura que estoy recibiendo, pero me pareció un fallo que se tarde bastante en informar al lector de dónde transcurre la historia. En la sinopsis aparece el nombre de la isla de La Gomera, pero en la novela no se sabe hasta bien avanzada la trama. Además, cuando ubica las escenas lo hace con una indefinición rayana con la dejadez. Por ejemplo: cuando habla del parque nacional Garajonay, tan solo dice ‘el parque’ –quien no conozca bien la isla podría pensar que se habla de un parque corriente y moliente–, cuando habla de San Sebastián de La Gomera, escribe ‘la capital’, o cuando se dan otro tipo de ubicaciones no especifica cuáles son, las referencias son ‘al sur de la isla’ o ‘al norte de la isla’. Esa falta de topónimos me molestó, pues soy una enamorada de las Islas Canarias en general y de esa isla en particular –junto con La Palma–. En fin, que se lo podía haber currado un poquito más, simplemente con un mapa. Tampoco estoy pidiendo una descripción exhaustiva de la zona.

San Sebastían de La Gomera

El libro se lee bien, pero tiene mucha paja a mi modo de ver. Se tocan algunos temas que no aportan mucho a la historia y que yo vi como de relleno; a saber: cómo son las turbinas de un avión, ciertas características de los tratados forenses, o algunas teorías físicas que me resultaron tediosas. Hay una historia entre el sargento y otra guardia, muy guapa ella y muy seductora, que me pareció empalagosa y bastante ñoña. De hecho, por culpa de esa relación, Belilacqua –que se presenta muy atractivo en muchos aspectos– para mí perdió unos cuantos puntos. 

Además esta guardia tan seductora es una antigua conocida de Chamorro, entre ellas hay cierta tirantez cuyas causas se desvelan al final y que a mí se me antojaron simplonas, aspecto este que también restó puntos a la propia Chamorro. 

Pero lo que empañó mucho la lectura, y me convenció de la poca seriedad a la hora de documentarse, fue un desliz, a mi modo de ver, importante. En un momento dado se habla de la isla de La Palma, y uno de los personajes dice que Madonna se refiere a ella en su canción “La isla bonita”. ¡Craso error! Es cierto que a La Palma se la conoce en Canarias como la isla bonita, pero cuando Madonna cantaba aquella canción no se refería a esta isla sino a otra, San Pedro (Belice).

Todas estas cosas me decepcionaron bastante, no me esperaba algo así de Lorenzo Silva. Sin embargo, y como anuncié al inicio de la reseña, hubo otras cosas que me gustaron mucho. Aquí van.

Se hacen algunas reflexiones sobre el comportamiento humano que hacen pensar. “La vida tiene una deplorable facilidad para convertirse en algo feo e insatisfactorio” y esta insatisfacción hace que algunos se frustren de tal manera que optan por medidas agresivas: o se pegan un tiro, o acaban pegándoselo a otro.

También se medita sobre el fracaso de algunas revoluciones. El autor, a través del sargento Bevilacqua, nos da una explicación curiosa. Muchas de esas revoluciones las encabezan ‘hijos de papá’ que actúan así por diversión y por llevar la contraria a sus padres. Al ser gente más instruida que el pueblo al que se supone le va a beneficiar esa revolución toman el timón, pero estos tipos suelen volver al redil (con papá y mamá), dejando en la estacada a ese pueblo, y entonces la revolución se va al garete.  Esta digresión me gustó, pero reconozco que fue también un relleno innecesario.
La Gomera

Antes me he quejado de la falta de precisión cuando se ubican algunas escenas. Podría pensarse que el autor no conoce las islas. No sé si ha estado en Canarias alguna vez, pero el ambiente brumoso propio de La Gomera (y de La Palma o del Hierro) debido a la exuberante vegetación está muy bien descrito. Aunque lo que sí ha sabido plasmar muy bien es otra característica de ese archipiélago: la pachorra de los camareros. Se hace bastante hincapié en los de Tenerife –puede que demasiado- pero yo creo que el primer premio se lo llevan los de La Palma. A cuenta de esa manera tan suya de atender a la clientela –que a mí no me molesta en absoluto– yo tengo unas cuantas anécdotas al respecto pues visito esa isla con frecuencia.

En resumen, una novela entretenida, con asesinatos, investigadores y asesinos. Ni más ni menos. Yo esperaba algo más porque tenía el recuerdo de otro tipo de novela de este autor, pero eso solo es culpa mía. Quizás tenga mucho que ver que no soy una entusiasta del género policíaco, o puede que el autor no siempre tenga un buen día a la hora de escribir.

“La gente es capaz de dar sensaciones muy diferentes, según las circunstancias”



Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores