Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

15 de octubre de 2019

¿Me quiere? ¿No me quiere?


No me gusta conducir. Lo confieso abiertamente. No me da miedo el volante, no me importa desplazarme por carreteras secundarias llenas de curvas ni circular por autovías a buena velocidad; pero no disfruto conduciendo. Si encima hay atasco, mi aversión se vuelve enfado y sufro hasta transformaciones fisiológicas muy parecidas a las que tenía el doctor Jekyll cuando se convertía en míster Hyde. Si al engorro de dirigir un coche y al fastidio de estar en un atasco se añade la posibilidad de que me pueda perder porque no atino con el camino correcto, entonces mi transformación deja a míster Hyde en una hermanita de la caridad.
Este nuevo curso empecé a impartir clases en una universidad distinta a la que acostumbraba ­―a la que acudía en metro, como una reinona―. Ahora, mi nuevo lugar de trabajo se encuentra en un sitio que es idílico para estudiar ­―al lado de la Sierra de Guadarrama, rodeado de naturaleza, aire limpio y tranquilidad ― pero que es un incordio para llegar hasta allí pues mi domicilio está a cincuenta kilómetros de distancia y el transporte público que me podría acercar es bastante malo, tirando a desastre. Total, que tengo que utilizar el coche.
Como el itinerario es algo complicado ―tengo que cambiar de carretera varias veces― encima tengo que usar el GPS para asegurarme de que llego a la universidad y no me voy derechita a Segovia que anda por las cercanías del campus.
Nunca me he llevado bien con mi GPS, ya lo conté en una ocasión con detalle (El GPS y yo) y por eso procuro no relacionarme con él con frecuencia, pero ahora no tengo más remedio que utilizarlo casi todos los días y esa convivencia me ha hecho reflexionar sobre nuestra relación y me hace dudar, porque no sé si me aprecia cuando me avisa de que hay un atasco y me ofrece otra vía alternativa, o me tiene una manía horrible cuando me mete por sitios imposibles y de difícil acceso.
¿Me quiere? ¿No me quiere?
Supongo que ÉL ―aunque la voz que me habla es la de una mujer, yo lo considero masculino porque esta relación amor/odio entre nosotros no la concibo con alguien de mi mismo sexo― pretende asegurarse de que llegue sana y salva a mi destino, sin incidencias ni problemas. Es decir, quiere hacerme el viaje más llevadero y “fácil”. Pero, viendo la manera que tiene de mostrarme su “amor” yo tengo mis dudas.
¿Me quiere? ¿No me quiere?
Algunas expresiones que me dice no tienen ningún sentido y más que ayudar, despistan. Por ejemplo, cuando me dice «Mantente a la izquierda para seguir por la derecha». Vamos a ver, ¿en qué quedamos, izquierda o derecha? Porque si voy por la izquierda, no entiendo lo de seguir por la derecha. ¿Es que hay una izquierda menos izquierda y que, por tanto, es como la derecha? ―que conste que no estoy hablando de política, sino de rutas de carreteras―. Cuando me dice esa frase siempre me repito lo mismo: «Uno de los dos (el GPS o yo) deberíamos volver a ver el capítulo de Barrio Sésamo en el que se explica dónde está la derecha y dónde la izquierda».
Otro punto en el que “ÉL” y yo solemos discrepar es sobre los distintos conceptos que tenemos de algunos términos, como ‘vía rápida’ o ‘vía cómoda’. No sé qué entiende “ÉL” por vía rápida y/o cómoda, pero desde luego no es lo mismo para mí. Hace unos meses me fui con mi familia al pueblo de mi padre, en la provincia de Burgos. El lugar se encuentra a unos veinte kilómetros de la capital burgalesa y para llegar hasta allí, viniendo desde Madrid, hay que atravesar el centro de la ciudad. Es un recorrido que he hecho muchas veces, pero aquel día mi queridísimo esposo quiso ahorrar tiempo y semáforos y se le ocurrió “consultar” con el GPS. Este, todo educado, nos preguntó previamente si preferíamos una vía cómoda o rápida. Ahí yo me mosqueé, de hecho, sugerí ir por donde siempre y dejarnos de moñadas, pero mi querido maridito decidió que no, que “probáramos” nuevas rutas y eligió “la más cómoda”.
Bien, decidimos hacerle caso al GPS y, en vista del itinerario que nos hizo, resulta que, para ÉL, es mucho más cómodo pasar por pueblos donde las casas dejan el ancho de la carretera justito para que pase un coche no demasiado grande (y metiendo los espejos retrovisores para dentro), que circular por un trayecto con unas pocas curvas ―nos evitó un pequeño puerto con cuatro curvas mal contadas y sin demasiada dificultad, a cambio de atravesar aldeas donde las casas invadían, literalmente, la calzada―. En aquella ocasión ÉL nos llevó por sitios que ni mi padre, ni una prima que viajaba con nosotros y que se crio en la zona, habían visto en su vida, algo que ellos celebraron enormemente por el placer de descubrir parajes desconocidos de su tierra natal mientras yo juraba alternativamente en arameo y en latín por lo bajini.
 En este rollo insano que me traigo con mi GPS, hay situaciones en las que sencillamente estoy convencida de que me toma el pelo. ÉL, por el tono de voz tan amable, hace como que me avisa porque me estima y quiere cuidarme, pero ya os digo yo que se cachondea de mí. Porque a ver qué sentido tiene que en un atasco de tomo y lomo con el coche circulando a 10 km/hora, me salte una alarma para avisarme de que hay un radar de control de velocidad en las cercanías. Encima del embotellamiento, pitorreo. Demasiado.
Antes comenté que algunas alocuciones llevan al despiste, pero otras llevan al espanto.
A veces le consulto antes de empezar la ruta, la situación del tráfico, y ÉL, todo solícito me sugiere alternativas si en mi itinerario habitual hay algún percance, como un accidente y cosas así. Un día de lluvia ―algo que en Madrid siempre es sinónimo de atasco multiplicado por  diez ― y cuando me disponía a salir de clase, le pregunté cómo estaba el tema. ÉL me dijo: «Parece que el tráfico por tu ruta habitual está algo más complicado de lo normal», lo que traducido viene a decir «Te vas a cagar, morena, hoy llegas a las mil y monas a tu casa» porque, eso sí, ÉL es muy educado y no quiere alarmar por lo que recurre a eufemismos que a mí no me engañan.
Resignada arranqué el coche bajo un aguacero de mil demonios y me dispuse a soportar estoicamente el súper atasco que se me venía encima. Normalmente, con tráfico fluido mi recorrido es de 45 minutos, pero ya sabía que aquel día iba a tardar mucho más. Para no deprimirme demasiado, no quise mirar la hora estimada de llegada a mi domicilio. Sin embargo, como soy algo masoquista, al final miré de reojo el tiempo aproximado de duración del viaje y fue cuando vi que ponía ¡7 horas y media!
Lo primero que pensé es que, en lugar de poner la dirección de mi casa, le había puesto la de algún sitio de Francia, o de Italia, pero tras revisar el destino introducido, comprobé que la dirección estaba correcta. ¿7 horas y media para recorrer 50 kilómetros? Casi me da un ataque, y juro que pensé dar media vuelta y pedir asilo en la residencia de estudiantes de la universidad para que me acogieran y poder pernoctar allí. Bajo la lluvia y con los cinco sentidos centrados en la carretera porque no se veía un carajo del agua que caía, no dejaba de darle vueltas al asunto, hasta que llegué al primer punto caliente (o sea, donde todos los coches estábamos completamente parados) y pude manipular bien la aplicación para averiguar que ÉL, en un alarde de crueldad infinita, había elegido una ruta para ¡ir andando! en lugar de ir en coche. ¡Será capullo! ¡Qué susto!
Como ya reconocí en su día cuando me quejé de ÉL, sé que me ha sacado de apuros más de una vez, pero otras lo que ha conseguido es sacarme de quicio. Es un amor difícil el que nos traemos. Pero para que no se me enfade, y para que vea que yo pongo de mi parte, termino esta publicación dedicándole unos versos de Machado:
Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio


6 de octubre de 2019

Arcanum fabulis - Pluribus auctoribus


En la publicación de mi regreso al blog, tras un periodo reflexivo y de reformas, avisé que las reseñas se habían acabado, pero que alguna sí aparecería como una peculiaridad ―por si no fuera ya suficiente mi manera tan particular de reseñar habitualmente― o si el libro era especial por algún motivo, y que esas reseñas se llamarían «reseñas kirkenianas». Bueno, hoy traigo una de ellas.
La peculiaridad reside en la naturaleza de los autores, pues el libro en cuestión es una antología de relatos ―de relatos misteriosos para más señas― donde la autoría corre a cargo de varios escritores. La reseña es especial porque entre esos autores me encuentro yo.


De estos escritores el denominador común es que somos aficionados, somos personas abducidas por la pasión de escribir y que nos hemos reunido en este libro para relatar diferentes historias con un nexo común: el misterio. En concreto, el misterio en forma de leyendas que recorre la geografía española con historias donde lo sobrenatural planea e impregna el relato, historias que solían contarse al calor de la lumbre en el hogar mientras las inclemencias meteorológicas se manifestaban en toda su crudeza en el exterior.
La Asociación Nacional de Escritores, Alfareros del Lenguaje ―qué nombre tan bonito y tan poético para una asociación literaria― convocó hace bastantes meses un reto: escribir un relato basado en alguna leyenda. Supe de esta asociación y de este reto tan particular a través de una bloguera, Lola O. Rubio administradora del blog ‘Tertulia de Escritores’, que me envió un comunicado de la asociación y a la que desde aquí quiero agradecer su generosidad.
Me apunté sin dudar y tuve la gran satisfacción de ver mi relato seleccionado para ser publicado junto a otros en la antología que hoy traigo. Esta fue la primera vez que tuve la fortuna de saber que un relato mío iba a ser publicado, y solo por eso este libro es entrañable como lo es el primer amor. Si bien es cierto que ya publiqué anteriormente otras dos reseñas donde hablaba sobre otros relatos de mi autoría que acabaron en letra impresa, este fue el primero. Avatares técnicos hicieron que la impresión se retrasara y no pudiera ver la luz en forma de libro hasta hace unas pocas semanas. Pero nunca es tarde si la dicha es buena y aquí está la antología, por fin.

Esta reseña es muy particular porque el nombre de una servidora aparece en la contraportada y un relato en el interior. Pero hay otra razón para hacer de esta reseña algo muy especial; entre los otros escritores de reparto se encuentra mi antiguo director de tesis, mi exjefe y compañero de letras con el que comparto no solo la pasión por la ciencia sino la pasión por escribir: Francisco José Sánchez Muniz, Paco.


No es la primera vez que mi nombre se encuentra al lado del de Paco en letra impresa. Hemos compartido muchas publicaciones científicas ―de las que yo he escrito, él sale en el 99%―. Tampoco es la primera vez que aparecen nuestros nombres juntos en un libro (tenemos un capítulo escrito entre los dos en un libro publicado por la Universidad Politécnica). Pero en todas esas ocasiones el tema a tratar siempre fue académico. Es verdad que nuestra querencia por la ficción y la literatura planeaba desde hace tiempo y se vio reflejada previamente en un artículo de divulgación científica donde combinamos refranero popular con fundamentos de ciencia ―un artículo que tuvo una gran aceptación entre los lectores, por cierto―.
Pero esta es la primera vez que compartimos un espacio literario al cien por cien, y estoy encantada.


Por si todo esto no fuera poco, ayer asistimos juntos a la presentación que se hizo en la localidad madrileña de Alcorcón, sede de la asociación. Fue un encuentro encantador con los integrantes de Alfareros del Lenguaje ―qué nombre tan bonito― y en el que, tanto Paco como yo, dirigimos unas palabras al respetable. En un ambiente muy distendido cada uno comentó diferentes aspectos sobre el relato que había escrito. Una tarde, la de ayer, sumamente agradable porque siempre es un placer estar rodeado de personas que aman la literatura.



NOTA: El texto publicado en la antología está en el blog, se titula “Noche de máscaras”

19 de septiembre de 2019

Instrucciones para turistas despistados


Con esta publicación abro la subsección hispana de la sección «Do yo speak English?», o sea, que inauguro con este texto lo que amenacé con hacer en el post de reincorporación al blog: Do you speak English? And Spanish?


    Hace unos meses leí una noticia sobre un estudio en el que se evaluaba el comportamiento de los españoles al viajar, o mejor dicho, al contarlo. El estudio en cuestión venía a decir que nuestros compatriotas son los más mentirosos a la hora de contar sus viajes. Parece ser que cuando tenemos que hablar sobre nuestro último viaje a los compañeros de trabajo o al vecino de arriba, tendemos a adornar “ligeramente” la experiencia ahorrando detalles negativos como que llovió la mitad del tiempo, como que el hotel era un antro o que nos tiramos cinco días con diarrea por comer marisco en mal estado en el chiringuito de la playa.
    Al ver estos resultados yo llegué a dos posibles conclusiones, a saber, o yo no soy española o me encuentro en el pequeñísimo porcentaje que cuenta cómo le va en sus vacaciones tal cual. Y ya os aviso que no me va bien.
   Cuando me voy al extranjero no me suele ir bien por culpa, generalmente, del idioma. A lo largo de varias publicaciones ya di cuenta de los inconvenientes con los que me he enfrentado cuando traspaso la frontera (Do you speak English?). Pero el caso es que dentro de España tampoco consigo resultados satisfactorios (Vacaciones con Murphy) , y cosa del idioma no es, así que empiezo a sospechar que hay algún gen que codifica la habilidad para viajar y que yo no poseo, o lo tengo acallado en un rinconcito de mi genoma.
     De todas formas, creo saber cuál es el principal motivo para que mis viajes sean bastante desastrosos: mi despiste. No saber interpretar un mapa es un grave defecto para desenvolverse por lugares desconocidos. Muchos, según leáis esto, pensaréis «Bueno, ahora está el GPS. Ya no hacen falta mapas.» El problema es que una servidora se lleva fatal con esos sistemas de geoposición (El GPS y yo).
    Por eso, cuando una viajera despistada y gpsfóbica, como yo, se encuentra en su deambular letreros informativos, lo agradece en el alma. Aunque algunas veces la orientación que dan algunos carteles es algo confusa y más que ayudar lo que hacen es acabar de despistar.
    Por ejemplo, hace años hice una ruta de senderismo por tierras de Teruel, en cierta fase del camino el grupo de caminantes fuimos a dar a una carretera secundaria donde se veía un cartel enorme que ponía «ATENCIÓN PELIGRO: gravillas sueltas» Yo no sé qué manera se tiene para llamar a esas piedras pequeñas que se desprenden de las rocas en otras zonas de España, pero en mi barrio se dice ‘grava’. No obstante, nada más leerlo pensé en el término ‘grava’ pero como en el asfalto no había ninguna piedra, ni pequeña ni grande, me quedé en la duda. Para más escarnio, el guía que nos llevaba por la ruta era un bromista muy cachondo él, y cuando, en mi ingenuidad, le pregunté a qué se refería el cartel con eso de ‘gravillas’, va el tío y me suelta:
      ―Son vacas, aquí en Teruel a las vacas se las llama gravillas.
   Todos los del grupo captaron enseguida la broma, menos yo porque sé que los maños son muy suyos ―aunque me pareció una irresponsabilidad utilizar argot en un cartel que avisa de un peligro, la verdad―. Cuando llevaba como unos cinco kilómetros mirando a derecha e izquierda por si salía algun astado con intenciones perversas, mi marido me preguntó por qué estaba tan alerta, al contestarle el motivo me sacó de mi error mientras, a la vez, meneaba la cabeza con compasión mirándome de reojo.
    Ya he comentado lo mal que me llevo con el GPS, pero a lo que se ve no soy la única. En una aldea encantadora de Asturias me encontré este cartel a la entrada del pueblo.


    Me pareció excelente que el ayuntamiento avisara tan amablemente del peligro que suponen esos artilugios del demonio. En cuanto vi el letrero juro que aplaudí.


    En otro pueblecito de montaña, en esta ocasión de Cantabria, el aviso me dejó algo descolocada y reflexiva. ¿Exactamente de qué quería avisar? ¿Que los balcones son peligrosos? Si hubiera estado en Mallorca lo hubiera visto lógico, por lo del balconing y los guiris, pero en Potes… También se me ocurrió que podía ser que en aquellas tierras tuvieran la insana costumbre de tirar cosas por la ventana por lo que, otra vez, me dediqué a caminar con prevención, esta vez mirando hacia las ventanas de las casas.
    De todas maneras, aunque algunos carteles lleven a confusión yo prefiero que me adviertan. Cuanta más información obtenga más segura me siento. Más vale prevenir que curar, o que perderse.




8 de septiembre de 2019

"Circe" - Madeline Miller


Como soy consciente que los cambios en esta nueva etapa del blog son bastantes, y para que la transición sea menos brusca, la segunda publicación de este nuevo ciclo consistirá en un apartado que se mantiene inalterable respecto de antiguas ediciones: es una video reseña.

En este caso se trata de una novela todo un fenómeno editorial donde la autora ha alcanzado el estrellato de manera sorprendente. Esta es su segunda novela y se ha convertido en un best-seller al igual que la primera(*).

La historia es fascinante y la protagonista, la diosa-hechicera Circe, un personaje entrañable. Sé que a la hora de calificar a esta diosa no soy imparcial porque siento cierta afinidad ya que mi nombre bloguero está basado en el suyo y ya conté en su día cuánto me identifico con ella ("De diosas y de brujas"), pero la novela es muy bonita y el enfoque que le da la escritora ha hecho que Circe ahora me caiga, si cabe, mucho mejor que antes.

Como todo best-seller que se precie tiene algunas cosillas que no me gustaron, creo que se podía haber profundizado mucho más en el papel de la protagonista ya que daba juego y motivos más que sobrados para ahondar en su pensamiento. 

No me extiendo más, aquí va el vídeo sobre la novela que cuenta cómo una diosa decidió asemejarse más a los mortales que a los dioses y así rebelarse contra el destino que le tenía reservado su linaje y la tradición. 

(*) La canción de Aquiles, la mini reseña de este libro está en la página de Facebook.



1 de septiembre de 2019

Renovarse o morir



Hace casi tres meses cerré el blog por reformas, desde que lo abrí nunca había permanecido inactivo tanto tiempo y este largo periodo de descanso me ha servido para reflexionar mucho.
He meditado, en la medida de lo posible porque una tiene sus limitaciones, sobre el futuro de este blog ya que, desde hacía una buena temporada, ya no me entusiasmaba tanto escribir en él. Había perdido fuelle y por eso hube de parar y reflexionar sobre qué es lo que yo quería y qué era lo mejor para este espacio que, a mi modo de ver, se estaba estancando.
Bien, es hora de mostrar el resultado de tanta cavilación. El blog arranca este otoño con importantes novedades. Pero, y como diría Jack el Destripador, vayamos por partes.


El cambio más llamativo quizás sea que ya no voy a escribir más reseñas literarias. Sé que este blog nació con esa función y puede que, precisamente por eso, esta tarea sea la principal damnificada de la reestructuración. Es en esta sección donde más ha pesado la falta de entusiasmo.
Los que me leéis con asiduidad sabéis que no soy una reseñista al uso, mi manera de plasmar la opinión sobre una lectura difiere bastante de lo que se lee por ahí. Por ejemplo, nunca me he tomado la molestia de poner la ficha técnica de un libro o la biografía del autor en cuestión que es lo preceptivo cuando de reseñar se trata, por eso nunca me he considerado una reseñista. Otra cosa que creo me caracteriza es la sinceridad, pero en el mundo bloguero, y a mi modo de ver, hay cierto buenismo a la hora de criticar un libro, en cambio yo, no sé si por una sinceridad mal entendida o simplemente porque soy una bruja, no suelo ser nada benévola con los escritores. Cuando una lectura me gusta lo digo sin problemas, pero si no ha sido así, también, y ahí suelo ser bastante incisiva y vuelco toda mi mala leche, lo confieso.
Además, cuando un libro tiene un montón de críticas positivas y voy yo y digo lo contrario, me siento como un bicho raro, como si nadara contra la corriente en solitario. Y como nadar así fatiga mucho, ya estoy cansada. Así que a partir de ahora nada de reseñas, aunque iré publicando mis impresiones de algunas lecturas, y de forma muy resumida, en la página de Facebook que el blog tiene. Aquí os pongo el enlace por si alguien está interesado en saber mi opinión sobre algunos libros.


No obstante, y ya que este blog nació como un espacio para hablar de libros, de vez en cuando publicaré alguna entrada para reflexionar sobre lecturas especiales por algún motivo, pero no como una reseña sobre una novela en concreto, sino sobre algún autor y su obra y las impresiones que me ha ido dejando, o sobre un grupo de libros sobre una temática concreta. A esta nueva forma de reseñar le he puesto un adjetivo: kirkeniana. En este apartado no desaparecerá mi colaboración con Chelo y su blog para nuestro Alalimón que seguirá en funcionamiento así como las esporádicas video reseñas. En fin, que no os vais a librar de saber qué pienso sobre la lectura, al fin y al cabo.


Otra sección del blog que sufrirá cambios sustanciales será “Do you speak English?”, en este caso no para desaparecer sino para crecer y no porque una servidora tenga pensado viajar más por esos mundos de Dios (que ya me gustaría) sino porque va a ampliar su radio de acción. Si antes me dedicaba a publicar mis viajes al extranjero en forma de crónica chusca ahora también contaré los que haga dentro del territorio patrio por lo que el título también crecerá para añadir a la pregunta de si uno sabe hablar inglés, la coletilla “and Spanish?”. Esto no quiere decir que vaya a incrementar alarmantemente el ritmo de esta sección porque tampoco soy una trotamundos precisamente, pero añadirá algo más de vidilla a mi manera de ver las cosas cuando viajo. También incluiré alguna publicación sobre una temática en concreto relacionada con el viajar pero siempre desde una perspectiva muy particular mía, porque al igual que no soy una reseñista, tampoco soy una especialista en viajes (a la vista está lo mal que me va cuando cojo las maletas).


Puede que estéis viendo demasiadas innovaciones de golpe, para los que el cambio les agobie tengo una buena noticia, “Las cosas de Kirke” permanecerá inalterable. Seguiré contando mi opinión sobre algunos temas de actualidad, o de lo que sea, de vez en cuando, al igual que hacía antes de las reformas.


Otro cambio importante, pero no demasiado, será el relacionado con los relatos. Gracias al blog me aficioné a escribir ficción, los ánimos que recibí en este espacio con vuestros comentarios ayudaron a que insistiera, y un curso de escritura creativa que realicé fue el empujón para que me animara a escribir regularmente. Ahora tengo pensado publicar de vez en cuando alguna cosilla (de hecho tengo en el horno una serie de historias inspiradas en una comarca donde he estado veraneando) pero no será con tanta frecuencia como antaño.
Si no voy a publicar con asiduidad no será por falta de ganas, ni porque esté cansada, es por una cuestión de tiempo y de gestión de recursos. Antes de este parón reflexivo anuncié que me iba a sumergir en la escritura de algo más extenso que un relato y así ha sido. La novela —me da un poco de vergüenza llamarla así, pero creo que será eso, una novela— me absorbe el tiempo y las fuerzas (me está dando un trabajo y unos quebraderos de cabeza inimaginables cuando empecé). A pesar del trabajo añadido y del esfuerzo, estoy disfrutando mucho con esta tarea, pero también es cierto que requiere concentración y sobre todo tiempo, un tiempo que tendré que robar de otras labores como la de escribir relatos cortos.
Bien, ya os he hablado de casi todas las secciones del blog y de lo que será de ellas. Solo falta una: “Demencia, la madre de la Ciencia”. Esta sección va a desaparecer del blog. Ha sido duro pero he decidido cargármela. Creo que de todo lo que publicaba era lo que más aceptación tenía si me atengo a las (engañosas a veces) estadísticas, y por eso precisamente he decidido eliminarla del blog. No, no me he vuelto loca. Esa buena aceptación de lo que ahí contaba me ha obligado a tomar medidas y aquí viene la principal novedad de todas: Demencia, la madre de la Ciencia cobra vida propia, sale del seno materno que la vio nacer y crecer e inicia su camino de manera autónoma en forma de blog independiente. Un claro ejemplo de ‘spin-off’: un personaje del blog se va para ser protagonista de su propia serie.
En ese nuevo blog no solo habrá biografías de científicos, como ocurría cuando era una sección, habrá muchas cosas más relacionadas con la Ciencia (y la Demencia). En la primera entrada (ya disponible en sus pantallas) lo explico con más detalle. Aquí os pongo el enlace por si alguno de vosotros quiere seguir sabiendo de los científicos dementes y sus demenciales vidas además de otras cosas que se irán publicando. Ojalá os vea también por allí.


Bueno, amigos, esto es todo lo que la nueva etapa de Leer, el remedio del alma va a ofrecer. Espero que os guste este cambio. La vida es evolución y sin cambio no hay progreso: renovarse o morir.









14 de junio de 2019

CERRADO POR REFORMAS

Hace más de seis años inicié una aventura que me supondría un vuelco en mi ocio. Hace más de seis años me impliqué en una actividad que me supuso una de las mayores satisfacciones en muchos sentidos. Hace más de seis años abrí este blog: Leer, el remedio del alma.
El 26 de abril de 2013 publiqué mi primera entrada, se trataba de la reseña de un libro muy especial, La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero. Aquella primera reseña, muy, muy corta, apenas un párrafo, fue mi primera incursión en el mundo bloguero. Y ese fue el principio de una actividad que me reportaría muchas alegrías.
Nunca hubiera podido imaginar aquel 26 de abril de hace seis años que con esa tímida reseña iniciaría una andadura que me llevaría a tener multitud de sensaciones.
Son muchas las alegrías que he recibido. Al placer de escribir, de contar las impresiones de una lectura se añadió el compartir esas sensaciones con otros lectores —aunque esto tardó algo en llegar—. Recuerdo con una sonrisa que las primeras entradas no conseguían ningún comentario, tuve la sensación durante varios meses de que nadie me leía, aunque yo escribía con ilusión, y al menos sí podía disfrutar del placer de escribir.
Poco a poco se fueron incorporando comentaristas, generalmente otros blogueros, que me dejaban su opinión sobre un libro o sobre una lectura. Ese círculo se fue haciendo más grande hasta conformar una familia muy particular. La que tengo con vosotros, los más fieles seguidores.
También se amplió el círculo de mis actividades en el blog y nuevas secciones aparecieron en él. Empecé a escribir no solo reseñas, también opiniones particulares sobre algún tema de actualidad (Las cosas de Kirke). Más tarde añadiría otras secciones sobre poesía y sus poetas (Poemas y Cantares), sobre científicos (Demencia, la madre de la Ciencia) y sobre viajes (Do you speak English?). En aquella sección de viajes, además desarrollé un género con el que me siento muy bien, el humor. La redacción de mi tesis también dio lugar a otra sección (Doctoranda al borde de un ataque de nervios) y hasta llegué a experimentar lo bien que se siente uno al trabajar en equipo cuando el colaborador es una excelente persona y una buena compañera, eso es lo que me pasó con Chelo (Alalimón).
Pero el remate llegó cuando me animé a escribir relatos. Sonrío al recordar el primero (La puerta abierta), fue una propuesta de otra bloguera que nos mostraba cuadros y nos invitaba a escribir una historia sobre ellos. Luego seguí otras propuestas porque había sido inoculada con el virus de la escritura de ficción. El Edén de los Novelistas Brutos, Edupsique, El Tintero de Oro, son algunos de los espacios que se encargaron de extender la infección y me animaron a participar en sus eventos. Me presenté a varios concursos (no muchos) y hasta me llevé algún premio y todo.
Con tanta sección nueva y tanta variación, el blog dio muestras de ser un ente vivo, que cambiaba según yo misma iba cambiando. Esta evolución se ha mostrado con cambios tenues, graduales. Después de más de quinientas publicaciones, seis años, un mes y veinte días, ha llegado el momento de que el cambio sea más drástico.
Este blog que tanto quiero ha sido el causante de que mis actividades literarias trasciendan los muros de su espacio y vuelen más lejos. Dos proyectos sumamente tentadores me han surgido gracias al escaparate que supuso el blog.
Uno de ellos surgió como consecuencia de mi manera tan peculiar de contar la ciencia, desde estamentos universitarios, y conociendo esa forma mía de escribir temas científicos, me han ofrecido participar en un libro de texto ciertamente original y rompedor, algo que me ha seducido inmediatamente —me pirra lo diferente, lo que se sale de la norma—.
El otro proyecto también tiene que ver con la escritura aunque es más personal. Una vez más el blog es el responsable y al mismo tiempo la causa de que me desligue de él. En el blog, y con vuestro incondicional apoyo, he ido adentrándome en el género de los relatos. He disfrutado muchísimo pero siento que me he estancado, que he quemado una etapa y que ya es hora de dar un paso más, uno más ambicioso. El cambio, que a mí me parece signo inequívoco de evolución, ha llamado a mi puerta y he decidido seguir su llamada. Voy a adentrarme en escribir historias más largas, unas historias con más trayectoria donde pueda profundizar en los personajes. Historias que dada su longitud no tienen cabida ya en el blog.
Este cambio en la deriva de mis intereses literarios hace que el destino de Leer, el remedio del alma sea incierto. Creo que es momento de parar y reflexionar qué quiero hacer. Tengo presente que el blog necesita una reforma profunda, nada de darle una mano de pintura. La reforma afectará a las cañerías y a la instalación eléctrica, cuando entren los albañiles tirarán paredes haciendo que algunas estancias desaparezcan para que otras tengan más espacio y así lucir más.
La verdad es que aún no tengo muy claro cómo voy a rediseñar el blog. Sobre la mesa hay varios planos, tengo que estudiarlos detenidamente y pensarlo bien.
De momento, y para poder elegir adecuadamente voy a tomarme un largo respiro aprovechando que el verano ya está aquí. Este periodo estival lo dedicaré a descansar, a airearme y a viajar. Pero no estaré ociosa, pues tengo pensado implicarme con ahínco en esos nuevos proyectos que me alejarán del blog y que, supongo, también me ayudarán a dilucidar el futuro de Leer, el remedio del alma.
Cuando el otoño llegue os mostraré el resultado de tanta cavilación y cómo la reforma ha afectado al blog.
Sé que os echaré mucho de menos, pero he decidido abandonar la seguridad de una senda cómoda y transitada para adentrarme en un bosque cuyos frondosos árboles me despiertan temor pero que me atraen también porque estoy segura que en esos parajes desconocidos se esconden maravillosos tesoros.
Un abrazo enorme a todos los que me visitáis asiduamente y dejáis elaborados mensajes aportando vuestras impresiones siempre enriquecedoras. Nos volveremos a ver en otoño.

No hay evolución sin cambio





10 de junio de 2019

El coste de la ignorancia


Dicen que las buenas historias bien contadas remueven la conciencia. Es verdad. Yo lo he comprobado hace unos días cuando me contaron una historia que ya conocía de antemano pero que no me la habían contado bien hasta ese momento. La historia en cuestión es el desastre de Chernóbil, y quien me la contó (bien) es la serie de televisión Chernobyl.
Muchos jóvenes parece ser que se han enterado de aquel “accidente” por esta serie televisiva que es trending topic en redes sociales. Mi hija, por ejemplo, se animó a verla por esa difusión social (y porque tanto su padre como yo se la recomendamos) aunque ella ya sabía más o menos lo que había pasado en aquel lugar (más menos que más).
Yo también creía que sabía más o menos lo que había pasado y eso que lo viví pero viendo lo que se cuenta en la serie, resulta que no me había enterado de casi nada. Si no me enteré fue porque hubo cierto oscurantismo (por no decir encubrimiento) a la hora de dar la información, y también porque no quería saber, porque preferí esconder la cabeza como los avestruces cuando se acerca el peligro, porque preferí cerrar los ojos como hacen los niños cuando ven algo que les da miedo en la (absurda) creencia de que aquello que no se ve, no existe. En fin, que seguí el refrán ancestral de «Ojos que no ven, corazón que no siente».
Pero antes de profundizar en esta reflexión empezaré a contar cómo me enteré del “accidente”.
Corría el año 1986, yo era una tierna veinteañera universitaria. De hecho, el día que apareció la noticia en los periódicos yo me encaminaba a mi facultad. Cuando iba en el tren que me llevaba al campus, un hombre sentado enfrente de mí estaba leyendo su periódico. Por aquel entonces sentarme cerca de alguien que llevara prensa era una técnica que solía emplear yo para enterarme de las noticias aprovechando esos momentos de cercanía en el transporte público que me permitían leer “de gorra” (en los años ochenta yo era una tierna veinteañera universitaria y pobre).
Aquel día ese hombre llevaba el periódico desplegado completamente por lo que la portada se mostraba con claridad. Recuerdo qué periódico era, El Mundo, aunque no recuerdo el titular exacto, pero era algo relativamente suave como «Accidente en la central nuclear de Chernóbil». Lo que sí recuerdo con nitidez fueron las dos ideas que acudieron a mi mente y que me impactaron como fogonazos. Una fue «accidente-nuclear» que me provocó un regusto amargo de bilis en la garganta, la otra idea fue «¿Chernóbil? ¿eso dónde está?»
Me incorporé, sin cortarme ni un pelo, para acercarme más al papel, ver la letra pequeña del artículo y así saber dónde estaba exactamente esa central nuclear que había tenido un “accidente”. Entonces comprobé que se hallaba en Ucrania, en la URSS. Y ahí me relajé, porque la Unión Soviética estaba a tomar viento de España y ese “accidente” me pillaba lejos. ¡Qué tonta fui! En mi ignorancia no supe ver que para las partículas radioactivas no existen las distancias, al menos como las concebimos los mortales ignorantes.
Con la inconsciencia que dan los veinte años y la estúpida tranquilidad que sobreviene a quienes queremos sentirnos seguros a toda costa, me olvidé del asunto y a otra cosa mariposa. Las noticias que se fueron dando los días sucesivos vinieron a afianzar mi creencia de que el “accidente” no era tan grave y además, la Rusia comunista estaba muy, pero que muy lejos. Algunas voces dieron la alarma pero la mayoría de los mandamases europeos enseguida las acallaron por agoreros y porque quienes así protestaban eran ecologistas desaforados y antinucleares, lo que era sinónimo de melenudos barbudos (estábamos en los locos años ochenta) y tocapelotas.
En aquellos años ochenta había un movimiento significativo en contra de la energía nuclear. Yo misma me apunté a manifestaciones de Greenpeace en contra de ese tipo de energía, pero desde aquí confieso que lo hice más por pura pose moderna y rebelde que por una seria convicción pues de los efectos negativos de la radioactividad sabía más bien poco. Mis conocimientos al respecto se reducían a saber que Marie Curie murió de cáncer por ese tipo de radiación (pero es que esta mujer llevaba tubos con polonio radiactivo guardados en los bolsillos y así no hay manera) o que las radiografías no se debían hacer a tontas y a locas donde en embarazadas además podían producir malformaciones en los fetos. Y ahí se centraba lo que sabía. Sobre centrales nucleares, sistemas de seguridad y potencia en megavatios mi ignorancia era mayúscula.
Y es que la ignorancia es el peor compañero que uno puede tener para afrontar la realidad, y el mejor aliado que los gobiernos pueden tener para manipular a la población. La falta de información por parte de las autoridades soviéticas, que no querían poner de manifiesto su ineptitud para manejar una catástrofe mayúscula, contribuyó a que esa ignorancia imperara y, lo que es peor, que mucha población se expusiera más tiempo del necesario a una radiación que les costó la salud y, en la mayoría de los casos, la vida.
Ignorar el problema, restar importancia a lo ocurrido fue la guinda de un pastel que se convirtió en un veneno con consecuencias catastróficas. Mientras, una Europa confiada era testigo y víctima del mayor desastre medioambiental de la Historia y que afectó a la salud de millones de personas.
No entraré en detalles de por qué estalló el núcleo de un reactor nuclear en la “lejana” URSS. El que tenga curiosidad que vea la serie pues ahí se explica muy bien cómo funcionan algunos reactores nucleares y los riesgos que se pueden dar según qué condiciones. Sin destripar nada para quienes no saben o no han visto la serie, solo añadiré que el motivo fundamental de aquel “accidente” fue el COSTE. Siempre se ha considerado a este tipo de energía como barata y cuando se trata de ahorrar dinero los gobiernos se centran en ese aspecto y se olvidan de todo lo demás. «Poderoso caballero es don dinero».
Pero el coste de algunas cosas es relativo, lo que se ahorra por un lado se gasta por el otro. Nuestro refranero tiene una sentencia que vaticina lo que en aquel remoto lugar de la URSS ocurrió en 1986: «Al final, lo barato sale caro».
Porque hay otro tipo de costes, los que no se miden con cantidades monetarias tradicionales, sino con otras monedas de mucho más valor que las de curso legal. El coste de una energía barata escondió el coste de una energía peligrosa. ¿Cuánto cuesta una vida humana? ¿Cuánto cuesta el sufrimiento de un enfermo? ¿Cuánto costó la ignorancia de la población? Mucho, tanto que no se puede ni cuantificar. Y la energía barata resultó ser muy cara. Y ese coste lo acabamos pagando todos.
Tras ver la serie mi conciencia se removió, pero también mi curiosidad y me puse a ver documentales al respecto —algo que debería haber hecho hace años, pero «Más vale tarde que nunca»—. Ahí averigüé cómo la nube radioactiva sobrevoló casi toda Europa —España se salvó por los pelos aunque a mí me quedaron dudas— y cómo algunos países siguieron negando la mayor —Francia nunca reconoció que su límpido cielo galo estuvo oscurecido por partículas de cesio, polonio y un largo etcétera de isótopos radioactivos—. Una vez más, ignorar, mirar para otro lado, fue la manera de afrontar un problema que nadie sabía resolver.
Sin embargo, había muchas señales alrededor. El cáncer de tiroides y los casos de leucemia aumentaron alarmantemente en muchos países, especialmente los escandinavos. Las malformaciones congénitas eran elevadísimas al otro lado del telón de acero. El número de abortos espontáneos se elevó a cotas insospechadas y los varones soviéticos estériles se multiplicaron sin necesidad de vasectomías. El “accidente” estaba dando sus frutos, y el coste se estaba mostrando mucho más elevado de lo esperado.
En un plano más personal yo también tuve mi epifanía particular. Un par de años después del “accidente”, una amiga mía se puso a trabajar en la extinta Junta de Energía Nuclear (ahora se llama Consejo de Seguridad Nuclear). Mi amiga, recién licenciada en Ciencias Químicas, había sido reclutada junto a un mogollón de nuevos químicos pues en la junta estaban desbordados y tenían que cubrir bastantes plazas. Su labor consistía en analizar y medir la radiación en muestras de alimentos procedentes de diversos lugares europeos y que se comercializarían en España. Sujeta a un secreto profesional que le hicieron firmar, no podía dar información detallada sobre sus investigaciones, pero en un aparte y por lo bajini, me avisó que no consumiera cierta marca de puré de patatas pues estaba elaborado con patatas polacas que rozaban el máximo permitido de radiación. Le pregunté por qué una marca española utilizaba patatas polacas cuando en nuestro querido país, hortícola por excelencia, había patatas a cascoporro. Por una razón muy simple, fue su respuesta, las patatas polacas (radioactivas) son más baratas. Otra vez el coste.
Nunca he consumido puré precocinado, siempre que lo he comido ha sido el que mi madre hacía a mano, por el método tradicional de cocer las patatas y luego triturarlas, pero desde entonces detesto ese plato. Cosas de la aprensión y del impacto negativo de las malas noticias.
Dicen que como consecuencia de este “accidente” la URSS cavó su propia tumba y como consecuencia tres años después se disolvió con la caída del muro de Berlín. No soy politóloga y no puedo opinar, pero si eso es cierto, daremos razón a otros refranes nuestros populares, «No hay mal que por bien no venga» o «El que no se consuela es porque no quiere». No obstante, de ser así, tirar ese muro fue extremadamente costoso.
Más de treinta años después aún seguimos pagando el coste, aunque los que deberían pagar realmente las consecuencias de sus actos han pagado más bien poco. A esos sí que les salió barato su mala profesionalidad y su ignorancia.
La factura aún está pendiente, hay muchos recibos por pagar y los iremos liquidando durante cientos de años, es una deuda que nuestros descendientes tendrán que asumir en una herencia envenenada. El coste de nuestra ignorancia tiene unos intereses muy altos. Esperemos que no caigamos en quiebra.
Por cierto, si entrecomillo la palabra “accidente” es porque me parece un término completamente inadecuado, ya que aquello que pasó en la remota URSS no fue tal, fue un acto deliberado y provocado por la soberbia que da la ignorancia de un puñado de estúpidos que no tenían ni idea de lo que estaban haciendo. Ese “accidente” fue el coste de la ignorancia.







6 de junio de 2019

"Absurdamente" (Antología del absurdo III)-Pedro Fabelo


Este es el tercer volumen de un antología del absurdo que cierra (espero que solo por el momento) una serie donde el ABSURDO es el protagonista por excelencia de los relatos que en ella se encuentran.
De nuevo las risas están aseguradas, de nuevo el absurdo impera por doquier y de nuevo la denuncia soterrada (a veces no tan soterrada) se encuentra en las historias que Pedro Fabelo nos cuenta. Cabría pensar que si vuelven el absurdo, el humor y la denuncia, nuevo, lo que se dice nuevo, el tema no lo es. Puede, pero cuando un libro te hace reír y pensar y divertirte, no importa insistir por triplicado como es el caso de esta trilogía.
Una vez más, los temas son muy variados y las situaciones absurdas se dan en diferentes lugares y épocas, demostrando así que el absurdo es atemporal y universal. En este tercer volumen viajamos a Estocolmo para visitar a un abuelo muy sabio (El consejo), o a Alemania a conocer los entresijos de la gala de premios “Goethe ist die hostien” (El premio). También vamos al futuro, al año 2070 (El futuro en la medicina), o al pasado, al año 398 a conocer a Atila cuando es un niño y su madre le cuida (Atilita, el huno).
Una vez más, la retranca que se gasta el autor es de traca e hila muy fino con alguna de sus ironías. Un ruiseñor llamado Atticus Finch, un descendiente de Drácula contagiado de SIDA,  un practicante del deporte del ajedrez con el colesterol elevado o una vidente llamada Cristal de Bohemia porque su nombre de pila es Cristal y nació en Bohemia. Delirante.
Una vez más, la denuncia implícita en casi todos los relatos es de una ironía exquisita. Fabelo nos hacer reír, sí, pero también nos deja cierto regustillo amargo porque en el fondo alguna de las cosas son para pararse y reflexionar de verdad.
Como un aditamento más en este tercer volumen sobre el absurdo, Pedro se nos presenta como una persona agradecida y lo demuestra y muestra dando las gracias a quienes son parte indispensable en esto de escribir: los lectores.
Este tercer volumen me ha hecho reír de nuevo (sí, de nuevo aunque ya sea habitual con este autor) y me ha hecho disfrutar con las historias disparatadas que tan bien cuenta Pedro Fabelo (las cuenta bien porque escribe muy bien, esto tampoco es nuevo). Pero sobre todo esta trilogía me ha permitido conocer a un excelente escritor y, lo que es más importante, a una excelente persona. A través de varios correos electrónicos he compartido impresiones varias con Pedro, al principio con temas relacionados con su obra, donde me enteré cómo se lo ha currado a base de bien pues al autopublicarse ha tenido que maquetar los libros y hasta diseñar las portadas con sus propios dibujos. Poco a poco empezamos a charlar de otras cosas, de nuestros respectivos blogs, de las rarezas de la RAE o de las redes sociales. En fin, charlamos virtualmente de lo terrenal y de lo celestial, y siempre he sentido a un ser muy humano y cercano. Esto ha sido lo mejor de la trilogía.
Y como una muestra más de lo buena gente que es, Pedro me ha mandado vía email unas dedicatorias manuscritas y personalizadas. Un detallazo.


Pero volviendo al libro que nos ocupa, tan solo reseñar que el final vuelve a ser muy personal, el autor nos muestra un poquito de sí mismo a través de una supuesta entrevista que le hacen, ahí nos expone detalles de su forma de ser como que tiene una voz interior sumamente divertida que le inspira y que al conocerla uno se explica perfectamente el porqué del humor tan bueno que se gasta Fabelo.
El libro y la trilogía terminan así, con esa entrevista. Pero yo quiero terminar la reseña con un párrafo que se encuentra en uno de los relatos, El consejo, porque creo que lo que ahí se cuenta refleja muy bien el espíritu de esta colección de libros. Las palabras que a continuación aparecen son toda una declaración de intenciones por parte del autor y el mejor broche para terminar una antología entrañable y divertida.

La vida, en esencia, es lo suficientemente estúpida en sí misma como para no tomársela demasiado en serio. Reíd mientras podáis. Todos los días de vuestra vida. Reíros de todo. Incluso de vuestras desgracias. Especialmente de vuestras desgracias.  Cuando la muerte os visite, reíros de ella en su cara. Que sepa que no la teméis, aunque por dentro os estéis cagando de miedo.
Mienten quienes dicen que la verdad os hará libres. Lo que de verdad nos hace libres es nuestro sentido del humor, nuestra capacidad de poder reírnos de las cosas horribles que nos ocurren a lo largo de nuestra vida. Por eso ni a las religiones ni al poder les gusta el humor. Lo temen. Porque saben que si eres capaz de reír jamás podrán someterte bajo sus estúpidas leyes, sus estúpidas normas ni sus estúpidas reglas.
No sé si hay vida después de la muerte. Lo ignoro. Pero de lo que sí estoy seguro es que, si la hay, me estaré riendo de todo y de todos allí donde esté.

Amén.



1 de junio de 2019

Sofia Kovalevsky: la matemática romántica.


“Exageraba su miedo por coquetería, poseía en alto grado esa gracia femenina tan apreciada por los hombres. Le encantaba ser protegida. Le gustaba exagerar sus miedos y sus debilidades.”
Anna Leffler

Todos somos víctimas de la época que nos toca vivir, pero algunos parece que acusan este estigma de manera más pronunciada. El personaje que hoy traigo para protagonizar Demencia, la madre de la Ciencia, es un producto del siglo XIX en el que vivió, el siglo del romanticismo por antonomasia. Porque esta protagonista alternó una mente brillante en el campo de las matemáticas con una personalidad melancólica donde la dependencia emocional le impidió desarrollar todo su potencial (o quizás ocurrió al revés). Además, los sucesos que jalonaron su vida sentimental la marcaron y la convirtieron en un personaje de novela romántica.

Sofia Vasílievna Kovalévskaya (Sofia Kovalevsky en términos occidentales y para abreviar) nace en Moscú el 15 de enero de 1850 pero su infancia discurre en Bielorrusia. Su padre era un teniente general de artillería que detestaba a las mujeres cultas aunque, paradójicamente, él mismo se casó con una ya que la madre de Sofia era la hija de un eminente matemático y astrónomo que le procuró una buena educación. 
Sofia se inicia en el mundo de las matemáticas de un forma bastante original. Cuando estaban tapizando las paredes de la casa que la familia tenía en Bielorrusia hubo un error de cálculo y se quedaron sin tapiz para forrar todas las estancias, entonces se decidió que la habitación de juegos de los niños se empapelara con hojas de conferencias de Ostrogradsky, un célebre matemático ucraniano de la época, y que andaban por ahí en un cajón pues al padre de Sofia le gustaban mucho las matemáticas. Así la pequeña Sofia, en lugar de dedicarse a jugar con muñecas, se tiraba las horas muertas tratando de descifrar los textos que adornaban las paredes.
Con catorce años estudia trigonometría de manera autodidacta con un libro de su vecino Tirtov —un matemático que vivía en la casa de al lado— y desarrolla el concepto de “seno” sin ayuda de nadie. Esto deja patidifuso al propio Tirtov y convence al padre de Sofia (recordemos que a este señor no le gustaban las mujeres instruidas) para que reciba clases especiales de matemáticas.
Cuando Sofia tiene dieciocho años, la familia se va a vivir a San Petersburgo. Con preceptores privados se adentra en la geometría analítica y el cálculo. Pero Sofia no quiere estudiar en el ámbito doméstico, quiere compartir experiencias y debates con otros estudiantes: quiere asistir a la Universidad. Sin embargo hay un gran problema para que el deseo de Sofia se cumpla ya que es una mujer rusa, y las mujeres rusas no pueden ingresar en la Universidad.
En Rusia, a mediados del siglo XIX, las mujeres que querían acceder a estudios superiores debían hacerlo en el extranjero, y para esto se necesitaban dos requisitos: dinero para pagar el estipendio y el permiso de un varón para pasar la frontera —el permiso del esposo si la viajera estaba casada o el permiso del padre si estaba soltera—. Sofia sí tenía dinero pero era soltera y su padre no estaba por la labor de que la niña se educara tanto.
Con este panorama a la joven Sofia solo le cabe una salida: casarse. El elegido es Vladimir Kovalevsky (del que toma su apellido Kovalévskaya como es preceptivo en Rusia). Vladimir aunque estudia leyes se interesa mucho por las ciencias y dedica sus ratos libres a traducir obras de Darwin, Huxley y otros naturalistas.
Sofia realiza un matrimonio de conveniencia con Kovalevsky en el que los dos cónyuges no comparten lecho y que Sofia considera la más pura muestra de amor imbuida por sus lecturas novelescas (estamos en el siglo romántico por excelencia). El matrimonio cambia sucesivamente de domicilio en diferentes ciudades europeas: San Petersburgo, Viena, Londres, Heidelberg.
En Heidelberg, Vladimir se pone a estudiar paleontología y Sofia asiste a clases de matemáticas y física gracias a una dispensa especial. Sofia también quiere estudiar química, pero el departamento de esta materia lo dirige un tal Bunsen (descubridor del elemento químico cesio e inventor del mechero que lleva su nombre). Este señor además de ser un buen químico es un misógino de tomo y lomo, y proclama a los cuatro vientos que ninguna mujer va a entrar en su laboratorio. Sofia habla con él y le convence para que la acepte como alumna (dicen que años después Bunsen alegó que Sofia le había engañado con sus encantos y que era una mujer muy peligrosa).
Mientras Vladimir se convierte en un reputado paleontólogo, Sofia se va a Berlín a estudiar más matemáticas con Weiterstrass, un célebre matemático y tan misógino como Bunsen, por lo que le impide asistir a sus clases. Una vez más Sofia recurre al contacto directo entrevistándose con él para hacerle cambiar de opinión, pero el alemán es un hueso duro de roer y para quitársela de encima le plantea una serie de problemas de difícil solución y así alegar que no tiene nivel. Sin embargo Sofia los resuelve y el terco profesor queda tan impresionado que le da clases particulares completamente gratuitas ante la negativa de la propia universidad para que ella asista a clase. El contacto directo con Sofia hace que Weiterstrass no solo cambie su opinión sobre las mujeres sino que se convierta en un defensor de sus derechos, al menos de los derechos de Sofia pues se pelea con media universidad para que le concedan el doctorado a su alumna preferida que le tenía completamente sorbido el seso (se rumoreó que la relación entre ellos dos traspasó los límites estrictamente académicos).
Y es que la ‘frágil’ Sofia era tímida, o eso decía ella, pero le proporcionó buenos resultados aprovechar la idea de que las mujeres son lánguidas y quebradizas florecillas (estamos en el siglo romántico por excelencia). Se mostraba insegura ante los varones haciendo que su desvalimiento despertara el afán protector en el sexo contrario. En el caso de su profesor le convenció de que su timidez y su mal dominio de la lengua alemana unidos a su condición femenina le supondrían un impedimento para conseguir el doctorado si tenía que exponerse a un examen oral. Sus razonamientos calan y a cambio de no defender su grado presenta tres trabajos (ni uno, ni dos, sino tres) como tesis doctoral. Al final, con veinticuatro añitos consigue su grado de doctora in absentia y summa cum laude por la Universidad de Göttingen, siendo así la primera mujer en obtener un doctorado en matemáticas.
Con su título de doctora en matemáticas bajo el brazo, Sofia vuelve con su marido de conveniencia a Rusia. Allí se emplea como maestra de aritmética para niñas bien, pero enseñar las tablas de multiplicar no es su ambición. Solicita ser profesora en la universidad pero si en Rusia no permiten que las mujeres estudien en las universidades menos van a consentir que impartan clase, así que el propio ministro de Educación en persona le deniega la solicitud.
 Decepcionada y melancólica (estamos en el siglo romántico por excelencia), Sofia abandona las matemáticas y se dedica a escribir reseñas teatrales y artículos científicos en un periódico. El tiempo libre que le concede dejar de estudiar matemáticas parece que lo emplea en consumar, por fin, su matrimonio de conveniencia con Vladimir. Queda embarazada de su hija Fufú (qué nombre más propio del siglo XIX, ese que es el romántico por excelencia) y ante la insistencia de su querido profesor Weiterstrass retoma la labor matemática. Da una conferencia sobre integrales abelianas en un congreso de médicos rusos y deja a todos con la boca abierta (no me pararé a explicar qué es una integral abeliana porque ya me resulta complicado explicar qué es una integral a secas).
Pero mientras la estrella de Sofia empieza a brillar con fuerza, la de Vladimir se empieza a apagar, las deudas los acosan y deben cambiar su modo de vida y alojarse en un pequeño apartamento de Moscú. Vladimir no levanta cabeza y Sofia, en un acto de amor propio de las novelas románticas que gusta leer, estudia geología e historia natural para alentar a su marido en su trabajo. Pero no sirve de nada, Vladimir anda triste y cabizbajo (estamos en el siglo romántico por excelencia). Sofia deja a su hija con una amiga y se va a Berlín para continuar sus investigaciones en 1880 a petición de Weiterstrass que anda tentándola con nuevos campos de estudio. Tras unos pocos meses vuelve a Moscú para reconciliarse con Vladimir pero él no colabora mucho pues sigue sumido en su tristeza y melancolía. Entonces Sofía se marcha a París y esta vez se lleva a su hija.
En París la eligen miembro de la Sociedad Matemática y ya es una reputada científica. Sin embargo siguen sin permitirle impartir clases como profesora en ninguna universidad. Mientras, Vladimir sucumbe a la desesperación y acaba suicidándose (estamos en el siglo romántico por excelencia). Sofía se queda viuda a la edad de treinta y tres años.
Al año siguiente se va a Estocolmo con el objetivo de convertirse en profesora de su universidad. Allí la reciben de manera muy diversa, algunos la califican de princesa de la ciencia y otros de bruja perniciosa que quiere aprovecharse de la galantería que caracteriza a los suecos para conseguir un puesto que puede ostentar mucho mejor cualquier matemático varón. Sofía se enfada pero no porque la llamen bruja, ni perniciosa, sino porque quiere que le demuestren que hay algún varón en Suecia que sea mejor matemático que ella. La ‘frágil’ Sofia tenía su genio, y redaños.
Pero Sofia consigue su propósito y la nombran profesora de matemáticas, aunque con unas condiciones que nada tienen que ver con las de sus colegas masculinos: da clases tres veces por semana sobre los temas más novedosos del momento (algo que la obliga a actualizarse continuamente), supervisa el trabajo de gran cantidad de estudiantes y se dedica a investigar también.
Con un curriculum espléndido vuelve a Berlín para asistir como estudiante y una vez más comprueba, atónita, que le deniegan el ingreso.
Menos mal que en Estocolmo no son tan obtusos como en Berlín y, cuando tiene treinta y cinco años, la hacen también profesora de mecánica.
Sin embargo Sofia es una mente inquieta y una vez que resuelve un problema se desentiende de él, o lo que es lo mismo: una vez que consigue su objetivo, este le resulta aburrido. Las matemáticas ya no son un desafío para ella y dar clases en la universidad tampoco. La etérea Sofia (estamos en el siglo romántico por excelencia) busca su realización interior en la literatura y se pone a escribir en sueco, francés y ruso. Escribe obras de teatro de corte feminista que publica bajo pseudónimo. También escribe cuentos, poemas, novelas y hasta una autobiografía que se convierte en el best seller del momento (Recuerdos de infancia).
Sumergida en su labor como escritora le regresa el prurito investigador cuando se entera de que la Academia de Ciencias francesa ofrece un premio (el Prix Bordin) a quien haga el mejor trabajo sobre la rotación de un cuerpo rígido alrededor de un punto fijo, un problema que intentaban solucionar sin éxito varios físicos y matemáticos de aquella época. Como Sofia había tratado ya ese tema previamente, decide presentarse y gana tan preciado galardón en 1888. Además, lo hace tan requetebién que el jurado decide aumentar la dotación económica del premio como una muestra de la gran calidad de su trabajo.
Al año siguiente consigue un puesto vitalicio en Estocolmo como profesora, pero ella quiere vivir en París o en Rusia, Suecia no le gusta nada. Además, hay otras pasiones que la desvían de su pasión matemática. A Sofia le gusta que la cuiden y la mimen, busca que un enamorado caballero se encargue de sus intereses pues ella se siente incapaz de llevar esas cuestiones prácticas —puede resolver complejos problemas matemáticos pero no sabe llevar las cuentas de la casa—. Entonces aparece en su vida otro Kovalevsky pariente lejano de su marido y llamado Maxim, un eminente sociólogo e historiador ruso que la enamora y que a punto está de alejarla de las matemáticas. La relación pasa por altibajos donde las rupturas se alternan con reconciliaciones. En una de esas reconciliaciones se va a Niza a hacer senderismo con su amante y allí le da un infarto. El susto le hace tomar una drástica decisión, se casará con Maxim y por amor abandonará su profesión de profesora (estamos en el siglo romántico por excelencia). Pero el destino no le permite llegar a realizar ni el casamiento ni el abandono de la docencia porque empeora y fallece el diez de febrero de 1891 en Estocolmo. Tiene cuarenta y un años.

He comentado que Sofia es un producto de la época que le tocó vivir y no pudo desprenderse de los clichés que predominaban en el siglo donde la mujer era un delicado objeto que había que proteger y cuidar. Ella misma alentó esa supuesta fragilidad con mucha destreza y eso le permitió poder acceder a lugares que de antemano le estaban vedados por su condición femenina, para al llegar allí (ya superados los impedimentos impuestos por las convenciones sociales) demostrar su verdadera naturaleza y su valía.
Algunos historiadores creen que si no hubiera sido tan emocionalmente dependiente habría podido llegar más lejos. Yo creo que esa dependencia era puro artificio para defenderse de una sociedad hostil y que, además, supo manejar muy bien para que le procurara más beneficios que daños. Consiguió manipular una situación adversa para obtener resultados positivos. Todo un ejemplo de que no sobrevive el más fuerte, sino quien mejor sabe adaptarse al entorno.



Para Sofía*. Ojalá alcances todo lo que te propongas y espero que nunca encuentres tantos obstáculos como los que tuvo que salvar tu tocaya.

*Esta entrada se la dedico a mi sobrina Sofía por compartir nombre con la protagonista y por estar ligada a las matemáticas desde que nació.

28 de mayo de 2019

"Canción de Hielo y Fuego"-George R.R.Martin


   Hace unos días terminó una serie televisiva que ha dado mucho que hablar, tanto entre los seguidores como incluso entre quienes no la llegaron a ver nunca, me estoy refiriendo a la serie «Juego de Tronos». Las maniobras de la productora para que no se filtrara ningún dato del argumento fueron noticia incluso en los telediarios, y las especulaciones sobre qué iba a pasar con algunos personajes incendiaron las redes sociales.
   Pero esta serie está basada en una saga literaria, al menos en su mayor parte pues cuando se empezó a rodar la primera temporada dicha saga aún no estaba terminada, y ocho años después tras otras siete temporadas más, el escritor aún no ha finiquitado la historia, de manera que los guionistas tomaron las riendas haciendo lo que les vino en gana.
   Con semejantes premisas creo que esto no va a ser una reseña al uso porque para hablar de los libros a mí se me hace muy complicado no hacer referencia a la serie televisiva.
   He sido una incondicional de la serie desde sus inicios, allá por el año 2011. Si me animé a verla fue porque ya había leído un par de libros de la saga y sabía que el argumento era muy interesante. 
   Trasladar a la pantalla los personajes que ya conocía literariamente me resultó atractivo y no me defraudó porque las primeras temporadas eran un calco de los libros en los que estaban basados todos los episodios.
   Pero poco a poco empezaron los problemas. El principal escollo fue que el escritor y creador de la saga no se decidía a terminarla. Las temporadas se sucedían, más o menos a una por libro, pero llegó un momento en que ya no había más argumento del que tirar. Mientras se rodaba una de las temporadas se publicó el quinto libro de una serie de siete. Aún faltaban (faltan) dos libros para acabar, pero no estaban escritos. 
   Cuando salió este quinto volumen (Danza de dragones) los guionistas ya empezaban a sacar los pies del tiesto y a cambiar cosas de la obra literaria. Esto puede ser razonable, pero algunas de esas cosas cambiadas rompían el derrotero de ciertos personajes cruciales e incluso de la historia global. A mí eso no me gustó nada.
   Entonces hubo sus dimes y diretes entre la productora y el escritor y al final rompieron las relaciones. La verdad es que no sé muy bien cómo acabaron entre ellos realmente y si llegaron o no a algún acuerdo. El caso es que los guionistas se pusieron a la tarea y siguieron la historia que George R.R. Martin dejó a medias. Y, a mi modo de ver, aquí se torció la cosa completamente.
   Cuando los encargados del guion televisivo se pusieron a inventar del todo (por falta de argumento literario ante la inhibición del escritor) no pude ni objetar ni recriminar pues ya no tenía con qué comparar.
   Pero una vez acabada la serie definitivamente creo que se puede hacer balance. 
   Se han quedado muchos flecos pendientes y cosas sin aclarar, algo que me esperaba porque el autor se dedicó a abrir muchos frentes y la historia se había complicado demasiado. 
   Pero lo que más me ha molestado ha sido el cambio de ritmo en la recta final. Si las cinco primeras temporadas fueron bastante lentas —cosa comprensible porque los libros son igualmente lentos— el ritmo va acelerándose en las siguientes para acabar en un sprint agónico en la octava y última temporada. 
   Suceden tantas cosas y tan deprisa que creo no ha dado tiempo a que el espectador asimile todo lo que ocurre, de manera que la historia pierde fuerza y cuando al fin se desvela quién ocupará el trono de hierro uno se queda como flojo, como rumiando con cierto pasmo qué ha pasado. 
   Además, el personaje que acaba reinando es uno de los que más incógnitas me dejaron tras leer los libros, su trayectoria está llena de misterio y fue con el que más me perdí. Y esas incógnitas no se me despejaron en ningún momento en la trama televisiva, así que mal, muy mal.
   No quiero insistir más porque acabaría haciendo spoiler y no sé si algún seguidor de la serie va a animarse a leer los libros. Por si alguno se decide aquí dejo la reseña exclusivamente literaria que escribí hace ya seis años. Luego no digáis que no os avisé.


     Esta saga que está arrasando por todo el mundo, y más ahora que su fama ha aumentado con la emisión de la serie televisiva, es para mí un compendio de sensaciones encontradas.

    Por un lado la historia es apasionante. George R.R.Martin recrea un mundo de fantasía y realidad con múltiples personajes que reflejan todo lo bueno y malo que puede albergar el ser humano. El ritmo de la narración es trepidante en muchos momentos y no se hace aburrido.

    Por otro lado según he ido leyendo los cinco libros que de momento comprenden la saga, mi adhesión a la historia ha ido cambiando.

   En Juego de tronos, el primer libro, nos introducimos en las intrigas de los Siete Reinos. Invernalia, Desembarco del Rey, el Muro, Stark, Lannister, Targaryen, son nombres con los que nos familiarizamos y que ya no nos abandonarán en toda la saga. Desde el primer momento la trama engancha y cuando se acaba este libro la única idea que permanece es seguir con el siguiente.

    En Choque de reyes se sigue desarrollando el argumento iniciado en el primer libro. Sin embargo en éste el ritmo se ralentiza y aunque sigue siendo una lectura entretenida uno empieza a tener la sensación de que las páginas se suceden unas a otras sin que se den cambios significativos. Si se analiza en qué situación se encuentran los principales personajes al inicio del libro es la misma en la que están al final del mismo.

   Tormenta de espadas me reconcilió de nuevo con las vicisitudes de los Siete Reinos. La historia vuelve a ponerse al rojo vivo dando giros inesperados. Aunque para que esos giros imprevistos se den hay que esperar al final, a las últimas cincuenta páginas, y teniendo en cuenta que el librito tiene casi mil trescientas, a mí eso me mosqueó mucho.

   Festín de cuervos y Danza de dragones, me han resultado los libros más flojos de toda la colección. La lectura se hace entretenida por la fluidez con la que el escritor muestra la acción, pero lo que para algunos son libros de transición para mí ha sido una vuelta más de tuerca en una historia que ya se empieza a embrollar demasiado y, lo que es peor, que no avanza.

    Lo que empezó como una saga épica y muy interesante, con acción, intriga y aventura, se está convirtiendo en un culebrón de tomo y lomo. ¿Llegaremos a ver el final algún día?

(publicada el 28 de mayo de 2013)
Kirke


   Retomando la pregunta que dejé planteada en esa publicación de mayo de 2013, está claro que el final llegó a la tele, pero no a los libros. La lentitud del señor Martin a la hora de escribir es exasperante y creo que una estafa para sus lectores. Quizás no sea cosa de ser lento, puede que aún no se haya gastado el dineral que le pagaron los de HBO por los derechos de autor y no tenga necesidad, ni ganas, de ponerse a la tarea. 
   De momento nos quedaremos con ese final de los guionistas, que puede gustar o no, como todos los finales, pero que es un final después de todo. 
   Quién sabe, quizás George R. R. Martin consiga terminar la saga y podamos comparar qué final nos gusta más, yo no pierdo la esperanza. Cosas más raras se han dado.



Hada verde:Cursores
Hada verde:Cursores