Leer, el remedio del alma

Leer, el remedio del alma
Imagen creada por Ilea Serafín

12 de enero de 2021

Crónica de una nevada anunciada (I)

 

Miércoles, 6 de enero de 2021, por la noche.

―Dicen que el viernes va a nevar.

―Bueno, es lo normal, estamos en enero, y lo lógico es que caiga algún que otro copo ―respondió Manuel a su mujer mientras leía las últimas noticias en la tablet con el ceño fruncido.

―Creo que en esta ocasión van a ser algo más de unos pocos copos, según dicen los del tiempo ―insistió ella.

―¡Bah! Esos son muy agoreros, con tal de acaparar atención, exageran. Acuérdate de la nevada que avisaron hace unos años, todos acojonados y el ayuntamiento echando sal como locos y luego resulta que ni estuvo nublado siquiera. Ni nieve, ni nada de nada.

Manuel, que ya estaba de mal humor leyendo las noticias, al recordar aquel episodio de nieve fallida se enfadó más aún. Tanta sal en el asfalto le estropeó los neumáticos del coche aparcado en la calle.

―No sé, por si acaso deberíamos hacer mañana la compra, Manolo.

―Que no, mujer, que no va a pasar nada. Al Mercadona nos vamos el viernes, como siempre.

Ana se encogió de hombros y no insistió. Después de diez años de matrimonio sabía que cuando su marido estaba de mal humor lo mejor era no forzar ningún tipo de situación porque se enrocaba y era imposible razonar con él.

―¡Qué barbaridad! Esto es inadmisible, es que no se puede tolerar algo así, ¿cómo pueden pasar estas cosas? Primero la pandemia, ahora esto. ¿Cuándo se van a acabar las desgracias? ―dijo Manuel mientras seguía leyendo las noticias en la tablet.

―Eso digo yo ―apoyó Ana olvidándose de las predicciones meteorológicas―. ¿Dónde vamos a ir a parar? Mucho presumir de democracia, pero mira, han tenido su Tejero a su manera. ¡Qué cosas!

―¿Qué dices de Tejero, Ana? ―preguntó Manuel mirando a su mujer con gesto de extrañeza.

―Lo que ha pasado ―contestó Ana señalando con la barbilla la tablet de su marido― me ha recordado cuando entró la Guardia Civil en el Congreso de los Diputados, el 23F.

―¿Lo que ha pasado? ¿23F? No te sigo.

―Lo que has dicho antes de que era una desgracia y una barbaridad, ¿no te referías al asalto al Capitolio?

―¡No! ¡Qué va! Lo decía porque el Atleti ha sido eliminado de la Copa del Rey por el Cornellá. Este Simeone… ―respondió Manuel tirando la tablet sobre el sillón con gesto airado― Es que no se va una desgracia, cuando nos viene otra.

―No sé por qué te pones así, total, ya deberías estar acostumbrado.

―Me pongo como me pongo porque estoy harto de que siempre se repita la misma historia ―añadió Manuel―. Aprovechando que los cabezones están ya dormidos me voy a preparar un vinito a ver si se me pasa el cabreo. ¿Me acompañas?

―Venga ese vinito; y no llames así a los niños, que no me gusta.

 

Jueves, 7 de enero de 2021.

―¡Nieveeeeee! ¡Mamá! ¡Corre, ven! ¡Está nevando!

Ana se acercó donde estaba uno de los gemelos que, en pijama y con el dedo extendido, señalaba la ventana.

―Sí, Dani, ya lo avisaron, que iba a nevar.

―¿Podemos salir a hacer un muñeco de nieve? Por fa, por fa, mamá ―dijo Santi, el otro gemelo, mientras acudía junto a su hermano.

―Pues como queráis hacer un muñeco de nieve con esos cuatro copos mal contados, vais a tardar un poquito ―contestó Manuel desde el pasillo―. Eso no es nevar ―añadió mientras se iba a la cocina.

Ante la cara de decepción de los niños, Ana suavizó las palabras de su marido.

―Bueno, ahora mismo no nieva mucho, pero si sigue así, puede que esta tarde, si cuaja, podáis jugar con la nieve, o mejor mañana, que es cuando dicen que va a nevar fuerte ―añadió recordando las previsiones del tiempo.

―Pero qué ilusa eres, Ana ―dijo desde la cocina su marido.

―Bueno, un poco de ilusión no viene mal, y los niños… tienen siete años, Manolo. No me seas tan bruto.

Manuel se encogió de hombros mientras terminaba de prepararse un café.

 

Viernes, 8 de enero, por la mañana, sobre las doce.

―Vamos a hacer la compra por la mañana, Manolo. Ya que estamos de vacaciones, podíamos aprovechar para ir ahora.

Manuel, además de seguidor del Atlético de Madrid, también era de costumbres fijas y poco amigo de cambiar rutinas.

―No, vamos por la tarde, como hacemos siempre. ¿Qué pasa? Sigues asustada por lo que dicen del tiempo, ¿no?

―Bueno, ayer cayeron más de cuatro copos ―contraatacó ella algo mosqueada―. De hecho, ha cuajado y todo.

―Sí, y el muñeco de nieve que intentaron hacer estos ―señaló con la barbilla a los gemelos que estaban mirando la tele― consistió en una birria de bola con un pepinillo de nariz. Vamos, Ana, que te crees todo lo que dicen por la tele.

―No sé… Está empezando a nevar otra vez.

―Que no, Ana, que no. Vamos a las cinco de la tarde, como siempre.

Viernes, 8 de enero, por la tarde, sobre las seis

―¡Madre mía, qué manera de nevar!

Manuel miraba asombrado a través del parabrisas de su coche cómo una ventisca propia de otros lugares más al norte y muy alejados de su ciudad, azotaba la calle en la que estaban parados: un autobús urbano había derrapado con la nieve y había golpeado a varios coches aparcados.

―¡Cómo mola! ―dijo Dani desde su sillita en la parte de atrás del auto.

―Ahora sí que se puede hacer un muñeco de nieve ―dijo Santi.

―¿Y si nos damos la vuelta? Esto no me gusta nada ―dijo una temerosa Ana.

―¿Pero no querías hacer la compra?

―¡La quería hacer ayer! ―contestó muy enfadada Ana y harta ya― O esta mañana, pero ahora no. Te dije que iba a nevar, pero, claro, el señorito sabe mucho más que los meteorólogos, porque como se ha graduado en… donde sea que estudian los hombres del tiempo, y entiende de todo y…

―Vale, vale, ya lo he pillado. No hace falta que sigas. Doy la vuelta ―la interrumpió Manuel mientras se disponía a girar en la estrecha calle, una maniobra complicada porque los pocos coches que se atrevían a circular lo hacían muy despacio a causa de la poca visibilidad que proporcionaba la ventisca y por la nieve acumulada en el asfalto.

―Si hay mucha nieve, podemos tirarnos en trineo por la cuesta que hay enfrente de casa ―dijo Santi.

―Sí, y le pedimos al vecino de arriba que nos preste su pekinés para que tire de él y nos damos un paseo ―añadió Manuel riéndose.

―Deja ya de meterte con los niños, haz el favor ―replicó Ana, cada vez más enfadada.

Tras una buena media hora, y eso que estaban a unos pocos cientos de metros de su casa, Manuel consiguió aparcar. Ana tuvo que pelear con los gemelos para que salieran del auto, pues no querían regresar a su casa, preferían quedarse en el parque a disfrutar de una nieve que empezaba acumularse con sorprendente facilidad por todas partes.

―Jo, mamá, déjanos un ratito, por fa, por fa ―insistieron a coro los niños.

―Vale, pero solo un rato, está haciendo mucho frío.

Se encaminaron al parque aledaño a su casa y allí se pusieron a jugar, no solo los niños, Ana y Manuel también disfrutaron tirándose bolas de nieve.

―Mamá, ¿puedo ponerme la mascarilla en los ojos? Es que con tanto aire se me mete la nieve y no veo nada ―dijo Dani mientras con las manos enguantadas intentaba sacudirse la nieve de la cara.

―No, la mascarilla es para taparte la boca y la nariz, ya te lo he repetido muchas veces.

―Pero si ya las tengo tapadas con la bufanda…

―¡Ponte la mascarilla como se debe poner!

―Vaaale ―aceptó el niño mientras regresaba junto a su hermano a terminar el muñeco de nieve que esta vez sí que era de buenas dimensiones. La nieve acumulada era mucha.

Ana y Manuel fueron paseando hasta un extremo del parque desde el que se tenía una buena panorámica al estar situado en un altozano. Mientras caminaban, la nieve amortiguaba sus pasos y el cielo encapotado tenía una luz especial. Un silencio extraño impregnaba el ambiente con un halo de irrealidad.

―¿Has visto? ¡La M-30 está llena de nieve! ―exclamó Ana sorprendida―. Nunca había visto algo así. La nevada de hace unos años cubrió las aceras y los jardines, pero las carreteras no.

―La verdad es que es alucinante. ¡Quién lo iba a decir!

―Los del tiempo. Ya lo avisaron ―replicó Ana que era tan cabezota como su marido―. ¿Y esos coches qué hacen ahí parados?

―Se habrán detenido para mirar el paisaje ―contestó Manuel con el ceño fruncido.

―¿En mitad de la autovía? ¡Qué raro! Es una temeridad, pararse ahí, en medio.

Mientras miraban cómo cada vez la circulación por la vía era más lenta, pudieron ver a lo lejos las luces parpadeantes de varios coches policiales, así como las sirenas de los bomberos.

―Vámonos a casa, Manolo. Esto no me gusta.

―Que no, mujer, que no pasa nada. Es que aquí no sabemos conducir cuando hay condiciones extremas, simplemente es una nevada un poco más fuerte de lo habitual y ya está. No te asustes.

En ese momento se oyó crujir una rama; el peso de la nieve empezaba a ser mucho y un árbol estaba inclinándose peligrosamente.

―Quizás sí sea buena idea irnos a casita ―rectificó Manuel mientras iba a recoger a los gemelos.

Mientras se encaminaban a su casa, Manuel y Ana comprobaron asombrados la transformación que se había dado en los alrededores y en pocos minutos. Las calles estaban completamente cubiertas de nieve, los coches aparcados apenas se veían parcialmente tapados por un manto blanco, dos autobuses urbanos se encontraban varados en medio de la calzada mientras un todoterreno de asistencia de los servicios municipales intentaba inútilmente remolcar uno de ellos.

Cuando llegaron hasta su edificio, los propios gemelos parecían muñecos de nieve pues estaban cubiertos de copos blancos; los pies se hundían hasta los tobillos en el manto que hacía solo un par de horas no tenía más de cuatro o cinco centímetros de espesor.

Antes de entrar en el portal, Ana dijo en un susurro:

―Esto no me gusta nada.

Continuará…






Hada verde:Cursores
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